Es muy difícil organizar un Mundial y que el presidente del país anfitrión acabe cayéndote peor que antes de empezar la competición. Normalmente pasan desapercibidos. No recuerdo a ninguno convirtiéndose en protagonista. Como mucho, y en plan simpático, Sandro Pertini rompiendo el protocolo en el palco del Bernabéu, celebrando los goles de Italia, mientras el rey Juan Carlos, en el apogeo de su campechanía, intentaba calmar su euforia.
Faltaban 24 años para que al frente de un país organizador estuviese alguien de otra liga: Donald Trump. Ha contado que llamó al organizador de todo el sarao, Infantino, para que le perdonase la tarjeta roja a un jugador estadounidense. Y el otro va y se la perdona. Trump style a saco. Y nunca pasa nada, haga lo que haga. Ya sea continuar con una guerra de la que lleva meses anunciando su final, publicar un vídeo de la franja de Gaza convertida en un resort o mostrar su machismo con Giorgia Meloni. Esta semana en la cumbre de la OTAN parecía que iba a acabar a hostias con Pedro Sánchez y se va de la cumbre diciendo que España ya se porta mejor. Nos ha perdonado la roja.
Reconozco que les escribo todo esto un poco para rellenar. Hoy el diario se leerá con estados de ánimo antagónicos, dependiendo de lo que haya pasado ayer. Me ha sido imposible entregar el artículo después del España-Bélgica, aunque he ido a Los Ángeles para verlo in situ. Planifiqué el viaje cuando todavía no se habían sorteado ni los grupos del Mundial. Lo único que tenía claro eran las ganas de vivir un Mundial como aficionado. Eso y el calendario.
Los cuartos se jugaban a partir del día 9. No sabía ni si España llegaría, ni con quién se cruzaría, ni nada. Así que pillé un vuelo para llegar a Miami el 6 de julio y a partir de ahí ir moviéndome en función de dónde jugase la selección. La casualidad quiso que durante ese vuelo comprado en noviembre se jugase el cruce España-Portugal. Podía haber aterrizado con una cara de tonto que no se me hubiese borrado viendo un Portugal-Bélgica de cuartos en Los Ángeles.
El wifi del avión funcionó hasta el minuto 88. Se ve que los 25 euros que valía no alcanzaban para ver el gol de Merino. Fue la tripulación la que después de unos minutos de incertidumbre –“parece que ha marcado España”– confirmó la victoria.
Fue muy loco comprar los vuelos en noviembre, con la ilusión de un crío, por vivir el Mundial
En Miami he vivido la remontada de Argentina a Egipto en casa de mi amigo Diego. Durante el partido, como buen argentino, fue preparando un asado, sin temor alguno a que el partido se complicase. Y se complicó. Hasta que Messi volvió a burlarse del edadismo futbolístico. Celebramos como nuestro el centro de Lautaro y el cabezazo de Enzo Fernández, mientras Diego se lamentaba como en un tango: ¿por qué sufrir tanto? La gesta vino acompañada de otra gesta: comerse un asado carbonizado en casa de un argentino. ¿Qué importa?
Vi en una pantalla gigante, en pleno South Beach, los penaltis del Colombia-Suiza, con ganas de abrazar a los colombianos que lloraban su eliminación. Un venezolano nos dedicó en un karaoke el tema Loco y un camarero hondureño que nos pilló el acento nos narró como un auténtico profesional de la radio latina un hipotético gol de España en la final. Leer esto hoy si nos han eliminado será jodido.
Ojalá el próximo artículo lo escriba camino de Nueva York, sin saber cómo acaba una final entre España y, por ejemplo, Argentina. Solo plantearlo es una locura, sobre todo viendo jugar a Francia. Pero también fue muy loco comprar unos vuelos en noviembre, con la ilusión de un crío, y superar todas las contradicciones a las que nos somete el fútbol moderno. Por más que se empeñen, también este Mundial estará por encima de Trumps e Infantinos. Jordi Évole es comunicador televisivo. La Vanguardia, 11 de julio de 2026.


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