sábado, 20 de enero de 2024

De la historia de las mujeres

 








Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz sábado. Para entender la última encuesta del CIS, comenta en El País la escritora Ángeles Caso, hay que tener presente que desde el inicio de la civilización la visión androcéntrica no ha parado de contarnos que cada acto trascendente ha sido obra de los hombres. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com










¿Y si les contásemos la historia de las mujeres?
ÁNGELES CASO
19 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Supongo que todos hemos visto estos últimos días los preocupantes resultados de la primera encuesta hecha por el Centro de Investigaciones Sociológicas sobre la percepción de las políticas feministas. De entre todos los datos —ese 44,1% de hombres que sienten que están siendo marginados, o, aún peor, ese triste 32,5% de mujeres que comparten esa opinión—, el más preocupante es, creo, el que se refiere a los varones de entre 16 y 24 años: un alarmante 51,8% de nuestros jóvenes ha afirmado estar “muy o bastante de acuerdo” con la idea de que las políticas de igualdad discriminan al género masculino.
De esta cifra podemos extraer diversas conclusiones, todas ellas abrumadoras. Una de las más obvias es que seguramente decenas de miles de chicos se ven amenazados por el empuje de sus compañeras, esas muchachas que, según el Relato, deberían ser más bien sumisas y pasivas, un poco tontas preferiblemente, y que, sin embargo, van demostrando curso tras curso ser al menos tan inteligentes como ellos e igual de disfrutonas y enérgicas.
¡Ay, el Relato! ¿Cuándo comenzó? Quizá al mismo tiempo que empezó la escritura, hace unos 5.000 años, en aquella vieja Mesopotamia en la que alguien descubrió un día que podía almacenar el excedente de producción agraria para venderlo a un alto precio e inventó así la propiedad privada, desencadenando toda una serie de consecuencias inimaginables, desde el nacimiento de los Estados y los ejércitos indisolublemente ligados a ellos hasta el comienzo de las clases sociales y la dominación del género femenino y sus capacidades reproductivas por parte del masculino. Es decir, el patriarcado.
Las cosas podrían haber sido de otra manera, pero fueron así, y de lo que comenzó en aquel momento y en aquel lugar somos todavía herederos buena parte de los habitantes del planeta, al menos los judíos, los cristianos y los musulmanes. Desde entonces, el Relato no ha parado de contarnos que cada uno de los actos trascendentes de la evolución cultural, social, económica y política ha sido protagonizado por los hombres. Todo lo importante, según nos han dicho, lo han hecho los varones, encabezados por un Ser Supremo igual a ellos. Y eso es lo que aún les transmitimos a nuestras hijas e hijos, en clase, en casa, en los cómics, en el cine, en la iglesia o en las redes: los hombres han sido siempre los dueños de la vida.
Pero en el Relato subyace una gran pregunta: ¿qué hacían las mujeres entretanto, mientras los hombres ponían el mundo en marcha (y también arremetían a menudo contra él con sus guerras, sus conquistas y sus genocidios)? Según esa versión androcéntrica de la historia, los millones y millones de mujeres que nos han precedido desde la aparición del Homo sapiens —homo, por supuesto— no han aportado apenas nada a la humanidad, más allá de gestar y parir a sus criaturas (a menudo, recuerdo, perdiendo la vida en el esfuerzo).
Los estudios históricos de género, que comenzaron hace ya 50 años, han ido sacando a la luz el infinito número de mujeres que participaron de los procesos tecnológicos, científicos, artísticos, intelectuales, religiosos, políticos, sociales e incluso, también, guerreros. Fueron —son— las protagonistas femeninas de la construcción de las sociedades, las culturas y las civilizaciones, presentes en las primeras filas en mayor o menor cantidad según las épocas históricas y las zonas geográficas, aunque hayan sido mayoritariamente ocultadas.
Pero esas investigaciones, al depositar su mirada en las mujeres, también nos han hecho comprender que siempre hemos estado involucradas en casi todas las tareas y trabajos comunes, como bien demuestran los restos arqueológicos, las fuentes escritas y toda clase de documentos y pruebas: desde la caza prehistórica hasta la construcción de las catedrales, pasando por el ejercicio de la medicina, las labores del campo y la ganadería, el interminable servicio doméstico de las criadas —cuando no esclavas—, la fabricación y venta de cualquier producto artesanal imaginable, la prostitución, la enseñanza, la confección, el lavado y planchado de ropa, el comercio en los mercados y tiendas, la descarga de los barcos de pesca, la atención en las tabernas y posadas, el tajo en multitud de fábricas e industrias y otra infinidad de ocupaciones de todo tipo, incluida, aunque nos parezca mentira, la minería del carbón. Allí donde hicieran falta brazos, estaban los de las mujeres de las clases menos privilegiadas —de las que casi todos procedemos—, obligadas siempre a producir, aunque “oficialmente” ese esfuerzo no fuese reconocido, aunque carecieran a menudo de derechos de propiedad sobre sus negocios o cobrasen sueldos mucho más bajos que los de sus maridos o hermanos.
Y luego están, por supuesto, las tareas que la división patriarcal del trabajo reservó específicamente para nuestras antepasadas: hilar, tejer y coser para proteger del frío a sus gentes y embellecer los espacios que habitaron, trenzar cestas, moler el grano, procurarse y guisar la comida elemental que permitió sobrevivir durante milenios a las familias, preparar la cerveza y los aguardientes para combatir el frío y celebrar el descanso —el de los hombres, no el suyo—, administrar las necesidades del día a día, mantener el hogar organizado y sano, lavar la ropa en el río con las manos congeladas, limpiar los excrementos de sus bebés y también los de las discapacitadas y los enfermos del entorno, preservar en poemas, canciones y relatos la memoria colectiva, educar y enseñar las normas básicas de convivencia a sus criaturas.
Sin embargo, nada de Todo-Eso-Que-Ellas-Hicieron tiene valor: ¿para qué contarlo, para qué ocupar preciados párrafos de libros, horas de clase imprescindibles para asuntos más importantes, costosos minutos de documentales o exquisitos espacios museísticos describiendo las nimiedades de la vida de las mujeres? Pero lo cierto es que Todo-Eso-Que-Ellas-Hicieron, y que nunca se ha tenido en cuenta, también nos ha traído hasta aquí. Es más, probablemente ha sido más importante para la supervivencia de la especie que muchos de los grandes hallazgos supuestamente masculinos. Y, desde luego, infinitamente más benéfico que el poder destructivo de las formas violentas de masculinidad, a las que aún tanto se admira en el Relato y que tanto sufrimiento siguen creando hoy.
La historia no es algo que nos afecte solo a los frikis de la disciplina. El Relato, lo queramos o no, nos rodea a diario, bombardea nuestras neuronas desde que nacemos, contribuye al desarrollo de nuestra autoconsciencia y nos conforma como individuos y como sociedades. Por eso, deberíamos dejar de contarles a nuestras niñas y niños el viejo cuento patriarcal —y acientífico— sobre el protagonismo absoluto de los hombres en la evolución de la humanidad.
Es cierto que muy recientemente se ha incluido, como por hacernos un favor a las chicas, algún que otro nombre de mujer incrustado en las esquinas de los libros de texto, Frida Kahlo o Marie Curie, ya saben. Pero eso no solo está muy lejos de responder a la verdad histórica, sino que contribuye muy poco a la educación en igualdad. Nuestras niñas necesitan saber que proceden de largas estirpes de mujeres valiosas, activas y fuertes, aunque las cosas no les fuesen fáciles. Y nuestros chicos deberían aprender a admirar a sus abuelas heroicas y geniales, igual que admiran a los héroes y los genios de su género. Tal vez así comprendan de una vez por todas que sus compañeras son tan merecedoras de respeto, honores y privilegios de todo tipo como ellos mismos. Ángeles Caso es escritora. 


































[ARCHIVO DEL BLOG] El calendario del príncipe. [Publicada el 23/01/2019]












La decisión de alargar o abreviar el desempeño de la magistratura, el denominado "calendario del príncipe", le corresponde solo a quien la ganó, señala el profesor Antonio Valdecantos, catedrático de Filosofía en la Universidad Carlos III.
Puede que el único resto de soberanía del gobernante contemporáneo sea la potestad de elegir el momento en que poner fin al mando, comienza diciendo. En algunos casos, esa capacidad no equivale, sin más, al poder de abdicar (propio de la monarquía, el papado, las repúblicas presidencialistas y, desde luego, las tiranías), sino que, por el contrario, permite decidir sobre el momento más ventajoso para confiar a las urnas el inicio de un nuevo mandato.
El caso español encierra elementos que hacen reverdecer, aunque sea de manera teatral, la fantasía del poder soberano: que la fecha de la disolución anticipada de las Cortes —y la palabra “disolución” no puede ser más resonante— solo la conozca el jefe del Poder Ejecutivo es lo más parecido que cabe encontrar a los viejos arcanos del imperio, y resulta natural que los inquilinos del palacio de la Moncloa no se priven, uno tras otro, de mencionar de cuando en cuando esta prerrogativa suya, dando a entender que en la ignorancia de su secreto todos estamos igualados, desde el segundo de a bordo del Gobierno hasta el más desdichado de los súbditos. La soberanía era divina, pero sus restos mortales tienen un aspecto demasiado humano.
Algún residuo de soberanía tendría que mostrar el gobernante para que no se le perdiera totalmente el respeto, si bien la ostentación habrá de ser cauta. El príncipe de la modernidad tardía tiene que parecer, sin duda, un ciudadano más y debe sobreactuar todo lo posible para ser tomado como tal, aunque, al mismo tiempo, habrá de guardarse una reserva de aura, más semejante, eso sí, a la de las estrellas del espectáculo que a la de los santos o los sabios. Su fortuna dependerá de cómo se desempeñe en la gestión de este double bind. El soberano no decide porque no existe, pero sí caben ficciones y dramaturgias en las que el titular del Gobierno determina ciertas fechas, y también son posibles tiempos baldíos y devastados (casi más afines a la poesía de T. S. Eliot que a la teoría política de Carl Schmitt) en los que el poder escenifica su propia evanescencia.
Gobernar meramente “en funciones” parece implicar una suerte de desnudez política en la que no es posible poder efectivo alguno, y de cuya anomalía se ha querido derivar a veces (como ocurrió en España en 2016) la ausencia de responsabilidad parlamentaria. Cuando el tiempo político está estancado, quien manda no manda del todo y se resistirá a someterse a quienes sí lo hacen.
Es natural que la ilusión de lograr que el tiempo deje de correr y la de ponerlo nuevamente en movimiento proporcionen un placer no pequeño a quien gobierna, aunque sería un delirio tomarla en serio. Sin embargo, a veces se está condenado a gobernar de manera que la capacidad de decidir el final del propio mandato constituya el principal motivo de fortaleza, si es que no el único.
Por agobiante que sea la indigencia de apoyo parlamentario padecida y por adversa que resulte la fortuna, la decisión de alargar o abreviar el desempeño de la magistratura le corresponde solo a quien la ganó, lo cual puede ser causa de un pundonor envenenado.
Acaso sepa el gobernante que le conviene darse prisa en la decisión porque la ocasión propicia está aquí mismo (o quizá descubra con melancolía que ha pasado ya y no volverá), pero lo primero que debe mostrar es su pertenencia a las gentes que no abandonan una empresa cuando la han asumido. ¿Quién lograría ganar unas elecciones si no ha acreditado perseverancia en el mando y es incapaz de lo que Maquiavelo llamaba mantenere lo stato?
Como el elector ya no admira nunca al gobernante, lo que exige es ponerlo y quitarlo a su gusto, sobre todo sin sufrir largas esperas. Busca la feliz gobernación, si bien no una tan próspera que haga deseable su perpetuidad. Quiere estar bien servido, aunque eso implica, sobre todo, cambiar de amo con frecuencia. Sin embargo, necesita que, mientras dure el gobierno, sea efectivamente gobierno, y no el embrollo de alguien que va con prisas. Al igual que quien manda, el elector quiere una cosa y quiere la contraria, y está atado a ambas obediencias.
Las ataduras dobles son muy frecuentes en la vida y seguramente no pueden eliminarse nunca del todo, pero lo que más importa es que hay veces en que su confesión es un tabú. El príncipe y el pueblo están unidos por un destino común: el de tener que disimular la esquizofrenia que los consume y fingir otra cosa. Sus servidumbres resultan muy semejantes, y sobre todo se parecen en que, con tal de evitar su explicitación, el uno y el otro están dispuestos a las sobreactuaciones más inverosímiles. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














viernes, 19 de enero de 2024

Del muro de la religión

 







Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz viernes. La percepción del conflicto entre Israel y Palestina desde la lente de la identidad religiosa limita las vías de reconciliación, escribe en El País la politóloga Eva Borreguero, y remontarse al Antiguo Testamento o al siglo VII solo alimenta la islamofobia y el antijudaísmo. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com












El muro de la religión
EVA BORREGUERO
15 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Cuántos muertos deberán caer antes de que se agote el dolor, la cólera y la ira que une a israelíes y palestinos. Cuánto tiempo pasará antes de que dejen de vivir de espaldas y se miren en reconocimiento mutuo. En el corazón de la pugna por la tierra, crepita el ascua de la religión que anima la identidad de implicados y movilizados, concepciones de una idea de justicia y sufrimiento que se refractan en la visión del mundo. De ello da fe la reacción de la calle árabe a la demoledora respuesta de Israel por la bárbara masacre de Hamás. A lo largo y ancho de Oriente Próximo se han sucedido protestas en solidaridad con la causa palestina, justa empatía ante la devastación de Gaza, si bien el clamor y la indignación de los manifestantes ofrecen un claro contraste con la indiferencia o escasa movilización ante otros sucesos igualmente graves perpetrados por gobiernos de países musulmanes. Algunos ejemplos: la guerra civil en Yemen que ha causado cerca de 400.000 muertos o la deportación de 1,7 de refugiados afganos decretada por las autoridades paquistaníes, a pesar de que muchos de ellos padecerán a su regreso la persecución de los talibanes. Suceso que está teniendo lugar en estos momentos ante la indiferencia de los medios de comunicación.
La percepción del conflicto desde la lente de la identidad religiosa, por otro lado, difícilmente eludible, limita las posibilidades de buscar vías de reconciliación, generando dinámicas de exclusión y rivalidad. Por eso están de más los gestos que incidan en la dimensión sacrosanta, como las del primer ministro israelí, Bibi Netanyahu, en sintonía con sus socios de la extrema derecha integrista en el Gobierno, apelando a la lógica de las escrituras sagradas para justificar la réplica a Hamás. Cualquier reivindicación que remita a promesas bíblicas para ejercer un dominio unilateral sobre la Tierra Santa avivará la discordia.
Por su parte, la izquierda musulmana debería significarse frente al anti-judaísmo inveterado que permea las sociedades islámicas y que reverberó en las concentraciones de protesta en contra de Israel al grito de ¡Jáibar, Jáibar!, referencia al oasis histórico de la península arábiga donde en el año 628 las fuerzas del islam exterminaron a la población judía. Judeofobia que alimenta el rechazo hacia Israel y explica el doble rasero de calificar la guerra contra Hamás de genocidio, pero guardar un elocuente silencio frente a crímenes con la marca de genocidio perpetrados contra musulmanes: el de los rohinyás en Myanmar —actualmente expulsados de Bangladés— o el trato del Partido Comunista de China a los uigures: más de un millón internados en centros de “reeducación”. En otro orden de cosas, pero en línea con lo anterior e igualmente con un trasfondo étnico-religioso, tenemos, de nuevo, la erradicación de los cristianos armenios. Tal y como se ha denunciado en estas páginas. Tras evacuar a la población civil armenia de las tierras que han ocupado durante siglos, Nagorno-Kabaraj será forzosamente integrado en Azerbaiyán, con el beneplácito del presidente turco, Erdogan, quien considera a Hamás un movimiento de resistencia, pero no duda en favorecer las políticas revisionistas en el sur del Cáucaso.
Tampoco ayuda el dogma de presentar a Israel como una anomalía, un cuerpo ajeno al entorno, compuesto por judíos blancos llegados de Europa. Idea que omite el origen oriental de cerca de la mitad de la población israelí, los mizrají, algunos presentes en Tierra Santa desde siglos, y el resto mayoritariamente llegados de los países del entorno de donde fueron expulsados tras fundarse el Estado hebreo. Quienes consideren a Israel como un “Estado artificial”, escribe el columnista paquistaní Kunwar Khuldune Shahid en The Freethinker, deberían fijarse en el carácter arbitrario de los Estados poscoloniales, formados a modo de retales y costurones, con especial énfasis en el que es, en muchos aspectos, el doble de Israel: Pakistán, creado en 1947 sobre la base de una teoría defendida por la Liga Musulmana, sin contar con el consentimiento de los 14 millones de indios desplazados —el mayor éxodo de la historia— entre zonas del subcontinente tan diferenciadas entre sí como lo pueden ser Polonia y Portugal en Europa.
Cualquier solución, por lejana que pueda parecer hoy, más allá de la fórmula de los dos Estados, requiere ahondar en la seguridad, la esperanza y la confianza. Las dos primeras, lógico intercambio entre israelíes y palestinos, como aclaró el antiguo director del servicio secreto interior israelí, Ami Ayalon, en una entrevista publicada en La Vanguardia. La tercera, porque en ausencia de confianza, impera el miedo, la sospecha y las posiciones defensivas. Para Israel, que ha padecido de continuo la hostilidad belicosa de sus vecinos, la confianza pasa por normalizar relaciones y que se acepte la legitimidad de su Estado. Para los palestinos, poner fin a la expansión de los asentamientos de colonos propiciado por Netanyahu y al borrado de sus derechos. A menos que unos y otros separen la tierra en disputa de las percepciones religiosas extremas, no habrá soluciones duraderas. Eva Borreguero es politóloga.