sábado, 5 de enero de 2019

[A VUELAPLUMA] El precio de unas risas





«Hoy en día hacer un chiste sale tan caro que es un lujo que muy pocos se pueden permitir»: de esta forma tan sorprendente (¿provocativa?) comienza un anuncio navideño de la empresa Campofrío, escribe en su blog Morir de risa el historiador, filósofo y crítico literario Rafael Núñez Florencio. ¿Un spot publicitario en esta sección?, comienza diciendo. ¿Por qué no? Como habrán podido comprobar, nuestro punto de referencia habitual suele ser un libro, no para hacer algo parecido a una reseña, sino para hablar de su contenido o de temas adyacentes: el texto como pretexto, como suele decirse muchas veces. Pero no sólo de libros vive el humor, naturalmente. Nos hemos ocupado también de periódicos, revistas, obras teatrales, películas, exposiciones artísticas, cómics, viñetas, toda clase de chistes, espacios humorísticos de televisión o memes de Internet, por citar un abanico suficientemente variado de expresiones humorísticas. Pero hasta ahora habíamos dejado de lado la publicidad propiamente dicha. Como decía antes, ¿por qué no ocuparnos también del humor de los reclamos publicitarios?

Como todo el mundo sabe, el humor vende. Y, como es obvio, los primeros que lo saben son los ejecutivos de las marcas y las oficinas de promoción de los productos. Casi me atrevería a decir que el ingrediente más indispensable del anuncio clásico es un toque de humor. Bastaría con remitirme a ese humor zafio, elemental y machista de la torpe ama de casa que no da pie con bola hasta que llega el producto mágico que limpia, lava o cocina como ninguno. Se lo recomienda su vecina o un hombre con actitudes paternalistas. Todos tenemos en la cabeza alguna marca que ha utilizado ese recurso de modo recurrente. O podría traer también a colación ese humor más o menos romántico de la chica o el chico tímidos o desmañados que sólo pueden ligar cuando descubren la bebida o el perfume de sus sueños. El humor basado en situaciones equívocas o en frases de doble sentido es también un clásico que ha sido utilizado en multitud de ocasiones. Como en todo, los hay malos, pasables y buenos, muy buenos. A veces basta hallar una expresión que hace fortuna por el mimetismo social. Suelen ser acuñaciones que, por los más tortuosos motivos, permanecen en la memoria colectiva. ¿Quién no se ha encontrado alguna vez diciendo «Ya es primavera...» y que otro le conteste «...en El Corte Inglés»? ¿Quién, de una cierta edad, no recuerda el anuncio de los donuts y la cartera? ¿O quién no sabe a que nos referimos cuando hablamos de «Póntelo, pónselo»?

Pero volvamos al principio, porque no es mi intención hablar aquí de anuncios en general, ni siquiera del humor en la publicidad. Aludía al inicio de estas líneas al reclamo de Campofrío, que se abre de una manera un tanto desusada, con una voz en off que pronuncia las frases transcritas anteriormente mientras el espectador contempla en un plano general a una mujer elegante caminando por una acera solitaria en un día lluvioso. La mujer se acerca a un escaparate que resulta pertenecer, como enseguida veremos, a una tienda de lujo que vende chistes. En ese escaparate, su mirada se posa en un Chiquito de la Calzada en miniatura, contenido en una cajita de joyas, desplegando su voz y sus movimientos característicos. Rápidamente nos sumergimos en el interior del establecimiento, más fastuoso aún de lo que podríamos colegir de su fachada, en el que un solícito director atiende a la señora recién llegada: «Bienvenida, ¿en qué podemos ayudarle?» «Venía a comprar un chiste», responde ella con una sonrisa. «¿Es para una ocasión especial?» «Hombre, hacer un chiste no es algo que uno pueda permitirse todos los días».

Desde esos primeros compases, resulta evidente que la factura técnica del anuncio es impecable. Dirigido por Daniel Sánchez-Arévalo –del que los cinéfilos recordamos algunas películas nada desdeñables‒, está protagonizado por rostros muy conocidos del panorama cinematográfico español, como Antonio de la Torre, Belén Cuesta, Silvia Abril, David Broncano o Enrique San Francisco, con guiños a otros personajes de la llamada crónica rosa, como Jaime Peñafiel. El ritmo es muy rápido, con escenas que se suceden de forma vertiginosa y diálogos chispeantes, con preguntas y respuestas llenas de intención que son difíciles de captar en su totalidad en una primera visión. Pero, en fin, no les voy a contar el contenido del anuncio, que está al alcance de cualquiera en Internet [Lo pueden disfrutar en el vídeo al final de la entrada], sino a reflexionar ‒como suelo hacer aquí‒ sobre algunos de sus ingredientes y, aún en mayor medida, sobre su significado global, que no es otro que el precio del humor en la sociedad actual.

El sintagma «precio del humor» resulta poco claro o, incluso, equívoco. En términos estrictos, cualquiera de nosotros diría que el humor no tiene precio, porque su característica básica es su gratuidad. Compartimos nuestro (buen) humor de modo desinteresado con quien convivimos, queremos o apreciamos. De este modo, contamos, por ejemplo, chistes, o nos los cuentan, que es una manera convencional de establecer lazos de comunicación, empatía o simple diversión. Cuando todo esto se hace a nivel profesional, para vivir del humor, nos situamos en otro nivel, claro está, porque dicho profesional tiene que poner precio a su actividad. Pero en el fondo, si se fijan, nadie tiene la propiedad intelectual de un chiste y, por tanto, nadie puede ponerle un precio. El chiste, por definición, es de todos. En principio, eso es, pues, lo que sorprende del planteamiento del anuncio de Campofrío: comprar un chiste es un oxímoron.

Pero, como todos sabemos, el concepto de precio tiene otro significado que no puede traducirse en términos monetarios. Como enseguida resulta obvio, el anuncio en cuestión juega con este equívoco y traduce lo que es una estimación genérica en un concreto asunto mercantil. Con todo, el susodicho equívoco sería ininteligible si no operara sobre un sobreentendido previo, a saber, los recientes problemas que han tenido algunos humoristas y determinadas bromas en el actual contexto político español. El más sonado de todos ellos, como todos ustedes recordarán sin duda, estuvo protagonizado por Dani Mateo en la emisora televisiva La Sexta, cuando se sonó los mocos con la bandera española. La expresión «precio del humor» adquiere así otro sentido: ¿cuánto cuesta –y no precisamente en dinero contante y sonante‒ hacer determinados chistes, realizar algunas parodias o dar ciertas bromas? En otras palabras, como bien dice Darío Adanti en «El vino y el humor, los límites del idealismo», estamos ante el viejo problema de los límites del humor. ¿Qué se puede decir y qué no? Y cuál es el precio que hay que pagar por decir lo que no se puede decir. En otras palabras, ¿cuál es el precio de la transgresión?

Vamos por partes. Primero, el contexto. Una sociedad crispada, como la española actual (aunque no sólo ella, ni mucho menos) tiene pocas ganas de reír y menos motivos aún para tomarse determinados acontecimientos con humor. Es un problema, como digo, de muchas sociedades actuales, que se sienten objetiva o subjetivamente amenazadas por la deslocalización de empresas, las precarias condiciones laborales, la inmigración, la crisis de la democracia representativa, los recortes del Estado del bienestar y, en fin, todos los factores que sabemos y que no es momento de traer aquí ahora a colación. En el caso de la España actual, añádase el problema territorial: cuando en tantos rincones de la península se rechazan los símbolos nacionales, no es extraño que muchos reaccionen con un «¡Ya está bien de bromas!»

Por otro lado, la imparable extensión de lo políticamente correcto ha ido menguando el campo del humor. Hoy día no pueden hacerse bromas con colectivos que no hace mucho constituían la cantera del humor más pedestre: enanos, tartajas, sordos, cojos, etc. Ni hasta la propia conceptuación como minusválidos o discapacitados resulta aceptable actualmente. ¡Y qué decir de los típicos chistes sobre maricas (entonces no se decía gais) o hasta las propias mujeres, como paradigma de la torpeza o la sumisión! Otro clásico, los chistes sobre gitanos, generan hoy auténticas marejadas: «Rober Bodegas, de Pantomima Full, amenazado de muerte por uno de sus monólogos sobre gitanos», podía leerse no hace mucho en la prensa española. Por cierto, que, en el anuncio de Campofrío, interviene el propio Bodegas y hay una alusión a los chistes de payos y gitanos.

La sensibilidad de múltiples sectores de la población está a flor de piel. Los admiradores de Gila recordarán sin duda aquella perla de uno de sus famosos monólogos: el negro al que le preguntaban en qué rama quería estudiar. «No, yo en pupitre, como los blancos». Cualquier broma sobre una mujer en su condición de tal desatará las iras feministas. Nadie osaría hacer hoy un sketch sobre la violencia de género como el que realizaron Martes y Trece hace algunos años (1991). En 2016, Millán Salcedo pedía perdón públicamente por esa parodia. Un caso más, también reciente: «Paula Echevarría la lía en Instagram con un chiste sobre “maricones”». ¿Somos ahora más susceptibles? ¿Se ha reducido nuestra libertad de expresión para las bromas, los chistes, el humor en general?

Quienes vivimos los estertores del franquismo no podemos dar sin más una respuesta afirmativa. Aquellos tiempos eran incomparablemente peores, no sólo por la censura, sino por el riesgo ‒mejor dicho, la certeza‒ de que determinadas chanzas podían dar con nuestros huesos en la trena. ¡Cualquiera hacía un chiste sobre la ascensión a los cielos de Carrero Blanco! Se me dirá que hoy puede hacerse, aunque la osadía no deja de estar exenta de riesgos según quién, cómo y dónde. Como es sabido, la Audiencia Nacional condenó a un año de cárcel a la tuitera Cassandra Vera por unos comentarios jocosos sobre el asesinato del almirante, sentencia luego revocada por el Supremo.

Todo esto sólo indica dos cosas: que la sensibilidad de una sociedad no permanece inalterable, sino todo lo contrario: cambia ‒o evoluciona, si se prefiere‒ a tenor de las transformaciones que van produciéndose dentro y fuera de ella. Y todo eso se produce no de modo lineal, sino con numerosas contradicciones, con zigzagueos, avances y retrocesos muchas veces más explicables por cuestiones emocionales que por planteamientos racionales. En los «años de plomo», con varias víctimas semanales, hacer un chiste sobre ETA constituía una ofensa ética y estética. Con el cese del terrorismo, la perspectiva cambia y, aunque tímidamente, son ya varias las propuestas humorísticas que se han hecho sobre la banda, entre ellas al menos dos películas: Negociador (2014) y Fe de etarras (2017), ambas de Borja Cobeaga. Como ya he señalado en otras ocasiones, para que surja el humor es imprescindible un cierto distanciamiento: distancia que es a la vez espacial y temporal, y que se sostiene ‒¿por qué no reconocerlo?‒ sobre una cierta anestesia moral. Nos guste o no, el humor se abre paso con dificultad cuando lo que domina es una fuerte empatía o una abierta proximidad sentimental.

Hay otro factor decisivo que hasta ahora no he mencionado. Ya he dicho que los límites no son nítidos y que, además, van cambiando. Pero es que hay que tener en cuenta asimismo que el humor necesita desafiar o forzar dichos límites, sean cuales fueren, estén donde estén. Sin una cierta dosis de provocación, no hay verdadero humor. La broma tiene siempre –o casi siempre‒ un punto de impertinencia, como el niño que canta las verdades al lucero del alba, si es preciso. El humorista pone a prueba la censura, el buen gusto o, como diríamos hoy, lo políticamente correcto. Se me dirá que hay un humor blanco y blando, complaciente y servil, pero este no cuenta a los efectos de lo que aquí señalamos. El humor que apreciamos, el que deja huella, el que nos hace reír de veras, tiene siempre un componente de una cierta incomodidad, nos descoloca, nos fuerza a la carcajada –podría decirse‒ casi a nuestro pesar.

Volvamos entonces al anuncio de Campofrío. En el recorrido que hace la mujer por la tienda, una amable dependienta va enseñándole los diversos tipos de chistes. Entretanto, se ven las preguntas y compras de otros interesados. Los chistes de bodas y cenas de empresa no parecen que sean muy onerosos –entiéndase el doble sentido‒, sobre todo comparados con los de humor negro, que «salen carísimos». Los chistes de exhumaciones se han agotado, debido, evidentemente, a la tan traída y llevada cuestión de sacar a Franco del Valle de los Caídos para llevarlo a alguna otra parte. Chistes sobre la monarquía (¡y encima si uno es periodista!) llevan con seguridad a la pérdida de empleo. Una empleada argumenta, sin embargo, que «los chistes sobre feminismo salen muchísimo más caros». Por cierto, para que se vea cómo de sensible está el personal ante cualquier matiz de estas características, dicha apreciación es una de las que ha despertado más controversias en las redes sociales. De hecho, hay hasta un artículo que lleva como titular «Las críticas al anuncio de Campofrío: ¿sale más caro un chiste sobre feminismo que sobre monarquía?».

El anuncio se hace eco también de «los ofendiditos», que tienen montada una concentración frente a la tienda con pancartas como «Lloro por no reír», «Porque me ofendo tengo razón», «Muerte al humor negro» y «Con tanta guasa pasa lo que pasa». La parte final deja un hueco para la recapitulación reflexiva. El director del lujoso establecimiento discurre en voz alta mirando a la cámara: «El día en que esta tienda exista dejará de ser un chiste. Algo que nos hace tanto bien no puede ser un lujo: debe ser un bien de primera necesidad». Desde mi punto de vista, se trata de una concesión buenista al tópico espíritu de la Navidad porque, por todo lo apuntado hasta ahora, creo que el humor no puede ni debe aspirar a ese estatus de aceptación generalizada. Muy al contrario, el humor está para incordiar, para volver del revés nuestras certezas, para hacernos preguntas sin respuestas. Me siento más identificado con el momento en que la clienta pide al director algo más fuerte y este la lleva a la cámara acorazada. Allí le enseña la joya de la corona. La mujer queda prendada, pero se revuelve inquieta: «Pero ¿qué precio tiene esto?» Ella misma se responde: «¿Renunciar a lo que somos?» El director asiente en silencio. Ese es, en efecto, el precio.




Campofrío. Navidad, 2018


Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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viernes, 4 de enero de 2019

[SONRÍA POR FAVOR] Hoy viernes, 4 de enero, con 43 viñetas de humor





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. También, como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Un servidor de ustedes tiene escaso sentido del humor, aunque aprecio la sonrisa ajena e intento esbozar la propia. Identificado con la primera de las acepciones citadas, en la medida de lo posible iré subiendo periódicamente al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en la prensa española. 




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jueves, 3 de enero de 2019

[UN CLÁSICO DE VEZ EN CUANDO] Hoy, con "Miles gloriosus", de Plauto




Talía, Musa de la Comedia, por Giovanni Baglione


En la mitología griega, Talía (Θάλεια) era una de las dos musas del teatro, la que inspiraba la comedia y la poesía bucólica o pastoril. Divinidad de carácter rural, se la representaba generalmente como una joven risueña, de aspecto vivaracho y mirada burlona, llevando en sus manos una máscara cómica como su principal atributo y, a veces, un cayado de pastor, una corona de hiedra en la cabeza como símbolo de la inmortalidad y calzada de borceguíes o sandalias. Era hija de Zeus y Mnemósine, y madre, con Apolo, de los Coribantes.

Les pido disculpas por mi insistencia en mencionar a los clásicos, de manera especial a los grecolatinos, y de traerlos a colación a menudo. Me gusta decir que casi todo lo importante que se ha escrito o dicho después de ellos es una mera paráfrasis de lo que ellos dijeron mucho mejor. Con toda seguridad es exagerado por mi parte, pero es así como lo siento. Deformación profesional como estudioso y amante apasionado de una época y unos hombres que pusieron los cimientos de eso que llamamos Occidente.

Continúo con esta nueva entrada la sección de Un clásico de vez en cuando dedicada a las obras de autores grecolatinos, subiendo al blog la comedia Miles gloriosus, de Plauto, que pueden leer en el enlace inmediatamente anterior, y ver completa en el vídeo al final de la entrada, en la representación que de la misma hace la compañía Clásicos Luna, del IES Pedro de Luna, de Zaragoza. Disfrútenla.

Miles gloriosus o El soldado fanfarrón, una de las obras más conocidas del dramaturgo latino Plauto, narra las aventuras y desventuras de Pirgopolínices, un soldado fanfarrón del que se burlan hasta los esclavos, que rapta a Filocomasia, cortesana ateniense, y se la lleva a Éfeso consigo; además, el mismo militar recibe como regalo de unos piratas a Palestrión, criado del joven ateniense Pléusicles, que estaba enamorado de Filocomasia, al igual que ella de él. Pléusicles viaja también a Éfeso para intentar recuperar a Filocomasia, y se hospeda en la casa contigua a la del militar. El criado hace un agujero en la pared, para que los enamorados puedan verse. Escéledro, uno de los criados del militar descubre a Filocomasia y Pléusicles besándose, pero ellos y Palestrión lo niegan, y les hacen creer que ha llegado de Atenas la hermana gemela de Filocomasia, que era la que se estaba besando con Pléusicles.

Con la complicidad de Periplectómeno, el viejo vecino del militar, Pleúsicles y Palestrión tienden entonces una trampa al soldado, haciéndole creer que la mujer del vecino está enamorada de él, y le envía un anillo de regalo como prueba de su amor. Palestrión aconseja al militar que abandone a Filocomasia, que la deje marcharse a Atenas con su hermana gemela y que además le regale sus joyas para ganarse su perdón. Pléusicles finge ser un capitán que viene a buscar a Filocomasia, de parte de su madre enferma. El militar libera a Palestrión en agradecimiento por sus servicios, y éste se marcha con Pléusicles y Filocomasia, que se finge apenada por tener que separarse del soldado. Cuando el soldado entra a casa del viejo, éste lo retiene y lo acusa de adúltero, y hace que su cocinero lo azote hasta que Pirgopolínices promete no tomar represalias contra nadie por los azotes recibidos.


Tito Maccio Plauto (254-184 a. C.) fue un comediógrafo romano, de la región de Umbria, que se trasladó a Roma de muy joven ejerciendo allí de soldado y comerciante. El amplio conocimiento del lenguaje marinero que atestiguan sus obras confirma este último dato. Posiblemente también realizó viajes por el Mediterráneo. Comenzó a escribir comedias adaptadas del griego. Se le atribuyeron hasta 130 obras, pero ya Varrón en el siglo I en su monografía De comoediis Plautinis, redujo su número a las 21 que se tienen por auténticas. Plauto se inspiró en los autores de la Comedia nueva griega. No se limitó a traducir, sino que adaptó los originales al gusto romano, e introdujo canciones y danza. A decir de los antiguos, tanta fue su estimación durante todo el Imperio, que algunos autores llegaron a afirmar que si las Musas hablaran latín lo harían con el estilo de Plauto. La complicación de las tramas obligó a Plauto no pocas veces a poner un pequeño prólogo declamado por un actor, cuya función era explicar los argumentos demasiado complejos para que el público no se desorientara.






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miércoles, 2 de enero de 2019

[A VUELAPLUMA] Sonámbulos





Este verano pasado no fue un verano cualquiera, afirma Manuel Arias Maldonado, profesor de Ciencia Politica en la Universidad de Málaga. En julio, una ola de calor azotó Europa desde el Mediterráneo hasta Siberia, comienza diciendo, que provocó incendios forestales en Suecia y una pavorosa desgracia en la costa griega, mientras el fuego consumía en California un territorio tan grande como el municipio de Los Ángeles. Según los expertos, este julio ha sido el tercero más caluroso desde que existen registros, sólo por detrás de los de 2016 y 2015. Y no sabemos qué deparará la nueva temporada de huracanes, pero acaba de saberse que el paso del huracán María por Puerto Rico el año pasado acabó con la vida de 3.000 personas. Para rematar dramáticamente la temporada, el ministro de Transición Ecológica del Gobierno galo, Nicolas Hulot, acaba de dimitir acusando a Macron de no otorgar la importancia prometida a las políticas del cambio climático.

Tras décadas de teorizaciones abstractas sobre el riesgo de colapso ecológico, pues, la acumulación de episodios meteorológicos extremos sugiere que algo está cambiando en el plano de lo real. Parece que nos encontramos ante eso que Zizek llama "acontecimiento", un desbordamiento de lo sensible que puede modificar nuestra percepción del mundo. Pero ¿están los ciudadanos tomando nota? Es difícil saberlo. Es de esperar que las primeras brisas del invierno atenúen la sensación de emergencia climática experimentada durante el verano, pero al menos las grandes cabeceras europeas se han percatado de que hay algo nuevo en el aire: The Economist ha subrayado que la guerra contra el cambio climático se está perdiendo, Die Zeit anota que la alteración del clima está reflejándose ya en el tiempo que experimentamos cotidianamente y The Guardian anticipa un cambio histórico en la percepción ciudadana del cambio climático. 

A medida que la predicción del futuro se convierte en observación del presente, el negacionismo climático se vuelve más insostenible. No por casualidad, el Pew Research Center reportaba el pasado mes de enero un aumento sin precedentes del número de norteamericanos que abogan por dar prioridad a las políticas climáticas: se entiende que los huracanes estivales han dejado su huella en el ánimo nacional. Así que la pura facticidad está haciendo valer sus derechos. Y si Meursault mataba al árabe cegado por el sol, ese mismo sol puede ahora abrirnos los ojos.

Este desplazamiento del orden del discurso al orden de lo real nos recuerda cuán necesario es abordar una reorganización eficaz de las relaciones socionaturales. Incluso un optimista racional como Steven Pinker identifica sin ambages el calentamiento global como el mayor riesgo para las sociedades humanas. Esa urgencia ha sido subrayada por Will Steffen, Johan Röckstrom y otros destacados científicos del sistema terrestre en un artículo que, por coincidir con la reciente ola de calor, ha sido descargado ya más de 270.000 veces. Los autores exponen las trayectorias alternativas que podría seguir el planeta en función de lo que la humanidad haga o deje de hacer. Su conclusión es inquietante: "Las decisiones y las tendencias sociales y tecnológicas de la próxima década podrían influir de manera significativa en la trayectoria del sistema terrestre por cientos de miles de años y conducir, potencialmente, a condiciones propias de unos estados planetarios inéditos desde hace millones; unas condiciones que serían inhóspitas para las sociedades actuales y para muchas otras especies contemporáneas".

Dicho más concretamente: si no se revierte el calentamiento global mediante una gestión climática a escala global, el planeta puede pasar a un estado irreversible que los autores denominan "hothouse Earth" o "Tierra-invernadero". Debido al efecto acumulado del C02 en la atmósfera y al modo en que funcionan los feedbacks, efectos cascada y puntos de inflexión (tipping points) en el clima del planeta, esa trayectoria fatal podría darse incluso con un aumento de temperaturas moderado de entre dos y cuatro grados, sin descartar que algunos de estos efectos puedan aparecer por debajo de ese rango.

No se trata con esto de infundir miedo, ni de incurrir en ese catastrofismo que tanto daño ha hecho al debate sobre las relaciones socionaturales. Pero, como puede comprobar cualquiera que se entretenga en leer algo sobre el funcionamiento del clima terrestre, el futuro apocalíptico descrito por la ciencia-ficción no es ya inimaginable. Tiene su ironía: los mismos recursos energéticos que nos han hecho ricos amenazan ahora nuestra supervivencia. Esta intrusión del futuro en el presente exige, si queremos evitar una desestabilización telúrica contra la que no podamos defendernos, toda la atención democrática. Más que una sociedad sostenible, hemos de asegurar cuando menos el mantenimiento de un planeta habitable. O sea, uno donde incluso los supervivientes de una sociedad que colapsara ecológicamente pudieran comenzar de nuevo.

De alguna manera, también, el futuro se ha simplificado. Tal como exponen Simon Lewis y Mark Maslin en su libro reciente sobre el Antropoceno, sólo hay tres posibilidades: un desarrollo continuado del modo liberal-capitalista que conduzca a una mayor complejidad social; el desastre; o una nueva forma de vida. Es patente que las complicaciones geopolíticas y el factor temporal parecen dificultar una salida no traumática al atolladero planetario; no es fácil ponernos de acuerdo. Pero también lo es que desconocemos cuáles podrían ser los avances que trajera consigo una más decidida aplicación del ingenio humano a la cuestión climática. El problema es que no podremos emprender ninguna política eficaz sin persuadir a los ciudadanos de la necesidad de hacerlo. Y esto, a su vez, requiere que dejemos de ser una comunidad distraída -por emplear la denominación que el semiólogo Massimo Leone aplica a la cuestión animal- para ser una comunidad despierta, formada por sujetos que no ignoran su terrenalidad y se muestran activos en la búsqueda de soluciones sostenibles.

¿Cómo despertar? ¿De qué manera producir esas subjetividades planetarias? El filósofo Hans Blumenberg dedicó un majestuoso volumen a analizar la disyunción entre el tiempo de la vida y el tiempo del mundo: entre nuestra limitada experiencia biográfica y la más vasta historia colectiva. Pero si la subjetividad individual tiene que aprehender no ya el tiempo del mundo sino el tiempo de la Tierra, las dificultades se multiplican. Pero ese tiempo profundo es una magnífica escuela: como ha advertido Joanna Zylinska, no vivimos antes de la extinción sino después de la misma. ¿O acaso el planeta no ha vivido cinco extinciones masivas que atestiguan su potencial peligrosidad? Bajo la luz que proyecta el saber geológico, la posibilidad de un planeta transformado se convierte en verosímil. Todo aquello que aprendíamos en el colegio sobre glaciaciones y placas tectónicas puede de pronto servirnos para algo.

Es imprescindible que las democracias afronten este problema. No es fácil; se trata de una forma de gobierno que presenta a este respecto deficiencias estructurales. Las democracias tienden al cortoplacismo electoralista, otorgan un poder considerable a los actores de veto y la voluntad popular puede chocar con el saber experto. Pero si las democracias no reaccionan, pueden ser las primeras víctimas del cambio climático: los colapsos sociales no conducen a la asamblea deliberativa, sino al excepcionalismo hobbesiano. Se lo dice a Robert Redford el agente cuyo complot ha descubierto en el interior de la CIA: cuando llegue el caos, los ciudadanos exigirán soluciones sin reparar en los medios. Así que va siendo hora de que despertemos del sopor antropocéntrico, asumamos nuestra condición terrenal y empecemos a preocuparnos seriamente por la habitabilidad de la Tierra. Y que lo hagamos todos: sería un error dejar que este debate lo protagonizasen en exclusiva radicales anticapitalistas y negacionistas climáticos. La cuestión planetaria es una cuestión meta-ideológica, a la que cada ideología pueda contribuir como considere oportuno. Y que puede, incluso, proporcionar a nuestras fracturadas comunidades políticas un motivo común capaz de cohesionarlas: en defensa del hábitat que todos compartimos. Aunque sólo sea para poder seguir peleándonos.Manuel 



Dibujo de Javier Olivares



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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