sábado, 26 de octubre de 2024

De las entradas del blog de hoy sábado, 26 de octubre de 2024

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 26 de octubre de 2024. La primera de las entradas de hoy va del rumbo perdido en el que navega Europa. La segunda de ellas, un archivo del blog de septiembre de 2008, se centraba en la doble moral de la que hacían gala algunos presentadores y cadenas desinformativas. La tercera es un bello poema que comienza con estos versos: Di a la leve melancolía del arrepentimiento /que se apodera de la tarde del domingo, / que no dejaré que tu encanto sea mancillado. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









Del rumbo perdido de Europa

 







Oriente Próximo está muy lejos. A juzgar por las acciones de los gobiernos europeos, no parece que la sangre derramada ahí nos salpique, afirma en la revista Ethic [El secuestro de Europa, 21/10/2024] el politólogo Víctor Lapuente. También África parece distante, a pesar de que apenas nos separa una lengua de mar. Se hunden cayucos frente a las costas canarias y los políticos europeos, en lugar de cooperar solidariamente en ayudar y asistir, compiten sobre quién es más duro contra la inmigración ilegal.

Las lágrimas de los migrantes naufragados son gotas en un océano de indiferencia. Es difícil imaginar gente con mayor ilusión por la vida que aquellos y aquellas que cogen sus escasas pertenencias para subirse a una barca precaria, capitaneada por mafiosos sin escrúpulos, para emprender la ruta marítima más mortífera del mundo. Y es casi imposible figurarse destino más cruel que morir en esas aguas sin, como ocurre a menudo, tan siquiera dejar un cuerpo al que dar descanso y al que los tuyos puedan honrar un día. Los muertos sin cadáver son la imagen de la tragedia silente más grave de nuestro tiempo.

Pero la mayoría de representantes políticos europeos, descontando algunos gestos y acciones encomiables, sobre todo en los pueblos costeros griegos, italianos o españoles en contacto directo con el drama, han decidido poner sus esfuerzos en granjear el apoyo de los votantes potencialmente más intolerantes hacia la inmigración. Al principio, fueron solo los partidos de extrema derecha, pero luego le siguieron las formaciones de la derecha tradicional, pero también algunos socialdemócratas. Y ahora hasta tenemos un partido de extrema izquierda con tintes xenófobos que va al alza en las encuestas en Alemania. Se ha generalizado la percepción, como en EE.UU., de que los inmigrantes nos están invadiendo y, frente a esa (falsa) amenaza poco puede hacer la (verdadera) tragedia: la muerte en masa de quienes quieren venir a ganarse el pan aquí.

En el extremo oriental del continente, los truenos de los imprecisos cohetes de las milicias chiíes y de las precisas bombas israelíes ahogan los llantos de los civiles en Beirut, el sur del Líbano o Gaza y cualquier rincón donde los cazas y los satélites y drones geolocalizan un objetivo militar, una infraestructura o un comandante militar, aunque esté rodeado de inocentes. Tampoco aquí hay respuesta coherente y contundente de la UE, a pesar de las palabras, por lo general acertadas del Alto Representante Josep Borrell quien, en los estertores de su mandato, mantiene un compromiso ético encomiable.

Pero Europa continúa la construcción de muros. De dos tipos. Por un lado, con el ímpetu de la ultraderecha estamos erigiendo una auténtica fortaleza europea, que limita crecientemente el acceso tanto a las personas como a los bienes de fuera. Lejos quedan los años de la globalización donde, además de unas políticas más aperturistas, teníamos también unos discursos más aperturistas. Ahora, el foco se pone en la protección. Y eso dificulta el crecimiento tanto económico como social o incluso cultural. Como es conocido en biología, cuando los organismos priorizan defenderse, no crecen.

Por otro lado, junto a esos muros reales frente al mundo exterior, los europeos estamos levantando otros ficticios, entre nosotros. Entre las tribus políticas en las que se divide cada país. Son muros por diferencias que, miradas con perspectiva, son mayormente ridículas. Por ejemplo, en España tanto los unos como los otros argumentan que el futuro de la democracia depende de si una audiencia provincial archiva o delimita la causa abierta por un juez de instrucción contra la esposa del presidente o si el tribunal supremo rechaza la amnistía por malversación a los responsables del procés. En comparación con los problemas que retumban en el exterior de la fortaleza europea, estas son cuitas minúsculas, motas de polvo en el universo de los problemas humanos.

Y esa es, la tragedia de fondo de Europa: construimos muros ficticios entre nosotros y muros reales frente al resto del mundo. Nos peleamos por lo irrelevante, embriagados de polarización, y nos aislamos tanto de los grandes problemas que nos rodean como de los que realmente tenemos en casa. Intoxicados del discurso tribal del odio, no somos capaces de distinguir lo importante de lo trivial. El moderno rapto de Europa es que nos hemos secuestrado a nosotros mismos. Víctor Lapuente es politólogo.








[ARCHIVO DEL BLOG] Doble moral. Publicado el 05/09/2008.












Dice la filósofa norteamericana Hannah Arendt: "La conducta moral no se da por supuesta, pero el conocimiento moral, el conocimiento de lo justo y lo injusto, sí", (Laure Adler: "Hannah Arendt", Destino, Barcelona, 2006). No creo que los obispos españoles hayan leído gran cosa sobre ella. Supongo que sobre "moral", sí. Aunque a la vista de las cosas que dicen en su emisora, la tristemente famosa COPE, sólo caben dos conjeturas: O no se enteran o son unos cínicos. Me quedo con lo segundo, por supuesto. Y no comprendo como estos hipócritas, inmorales por naturaleza, tienen tan siquiera el atrevimiento de arrogarse el derecho a dar lecciones de moral a nadie. Podían comenzar por ellos...
El profesor Joaquín Roy, catedrático "Jean Monnet", de Relaciones Internacionales y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Miami, muestra en El País de ayer una antología de las barbaridades, insultos, difamaciones y calumnias que la Cadena Episcopal española suelta cada día por boca de sus locutores estrellas. Se titula "Entre un gilipollas y una negra resentida", y tras el catálogo de insultos se pregunta con estupor como es posible que nadie en España se atreva a presentarle a los responsables de la citada emisora una querella a la americana, por varios millones de euros... Yo tampoco lo se, la verdad, pero visto lo visto y oído lo oído, parece claro que el señor Jiménez Losantos tiene que tener agarrados pero que muy bien a los monseñores por sus partes más nobles... Estas son algunas de las frases recogidas por el profesor Rey en su artículo: "Barack Obama se educó en Harvard, lo que es preocupante. Es una vacía caricatura y compararlo con Paris Hilton es injusto para ella. Obama es un alquimista un poco negro, no muy blanco, café con leche; ni es joven, ni es viejo; no ha hecho nada desde que sus padres lo abandonaron y fueron así los primeros que no votaron por él. Pero se ha permitido el lujo de hablar ante la Puerta de Brandemburgo. En cuanto a su mujer, Michelle, es una arpía de cuidado, una negra profesional, una resentida.
La alternativa sería John McCain, pero sin entusiasmo. McCain es un candidato muy "aseado", que no ha hecho nada desde que salió de Hanoi. Tampoco uno se siente atraído por su mujer Cindy, pero que "para el vicio" tiene más interés. McCain, en cumplimiento de la obligación histórica de Estados Unidos como primera potencia, debiera ordenar la invasión de Ecuador y Venezuela, con una estrategia dictada por el lema de "a por ellos", que tan buenos resultados le dio a la selección española de fútbol en la Eurocopa. Respecto a Castro, este hombre no debiera morirse de repente, sino sobrevivir con un ano en el pecho, en una lenta pero alargada agonía de Parkinson recurrente. El siguiente en la lista de ejecutables sería Hugo Chávez, prueba de la evolución de los primates, que en lugar de ser lineal tiene sus altibajos, como este "salto atrás". La relación de Hugo Chávez con el poder es la del gorila, mientras que su discípulo pre-homínido Evo Morales es un chimpancé, más modesto y limitado, más cómodo en las alturas de los árboles. Entretanto, en Centroamérica gobierna el miserable de Daniel Ortega, acusado de violar y abusar de una adolescente durante años, y en Ecuador alguien más peligroso, Correa. De la quema se salvaría solamente Álvaro Uribe, presidente de la parte más sana de América. Porque aunque Óscar Arias merezca consideración, tiene también sus defectos. Así que, por lo tanto, nada tiene de extraño que Alan García sea aceptable después de haber dejado en ruina al Perú. Argentina, por su parte, está en manos de un matrimonio corrupto. Es imposible responder a la pregunta de quién elige a estos idiotas. ¿Qué queda al otro lado del Atlántico? Pues las perspectivas son negativas. España esta regida por un monarca corrupto, amigo de Fidel y que recibe comisiones de Chávez. Además, comercia con petróleo, no solamente con el gorila venezolano sino también con los jeques árabes. Si la monarquía no sirve (el príncipe Felipe es una incógnita), la república tampoco parece ser la solución a la vista de que el presidente Rodríguez Zapatero es un gilipollas, un peligroso idealista, un idiota con exceso que cree que puede cambiar la realidad. Zapatero ya no es un bambi, sino que le han crecido cuernos. Fue reelegido, por pocos votos, porque tiene casi todos los medios de comunicación a su favor. En lugar de seguir la suerte de sus colegas latinoamericanos, sería mejor que fuera aquejado de una enfermedad. Por su parte, la derecha española tampoco es una alternativa, ya que Mariano Rajoy, el candidato del PP antes liderado por Aznar, quisiera simplemente heredar el poder de Zapatero. El líder verdadero de la derecha es el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, un mal tipo de cuidado. ¿Cuál es el remedio ante tal panorama? Refugiarse en un hotel de Miami, con ropa de abrigo en pleno verano para protegerse del aire acondicionado. Después de todo, Estados Unidos es un país sin cuya ayuda Europa sería hoy una granja nazi y un campo de concentración soviético.
Todo lo anterior no es una columna de extensión cómoda para los editores, es simplemente la transcripción literal de algunas de las perlas emitidas por Federico Jiménez Losantos en un programa televisivo del peruano Jaime Bayly, transmitido por MEGA TV y varias emisoras latinoamericanas y disponible en YouTube. Y mientras puede que algunos aplaudieran esta insólita antología de disparates e insultos, otros la seguían con estupefacción.
Hay muchos que creen que cualquier cosa que "sale en la tele" es verídica. Son muchos los que no saben que Jiménez Losantos ya ha sido condenado en sendos juicios por insultos a impecables figuras conservadoras como el alcalde Ruiz-Gallardón y José Antonio Zarzalejos, ex director del diario Abc. Son muchos los que ignoran que el sector conservador de la COPE, la emisora de la Conferencia Episcopal Española, donde Jiménez Losantos es estrella, domina sobre los moderados, que están francamente alarmados.
Y nadie tiene la valentía de presentar una querella de mayor cuantía (no de apenas 36.000 y 100.000 euros, las multas impuestas a Jiménez Losantos por dos tribunales de Madrid por calumnias), una querella a la americana, de varios millones de euros o de dólares. Y nadie presenta cargos por la ejecución de delitos contra el honor y la persona, perfectamente tipificados por los códigos penales. Tal vez si alguien lo hiciera, los responsables de las cadenas y diarios que cobijan esta sistemática conducta se lo pensarían dos veces. Sean felices, por favor, si les dejan las "esas buenas personas" que nos alegran la vida. HArendt













Del poema de cada día. Hoy, Tan real como la vida, de Ruth Stone (1915-2011)

 





TAN REAL COMO LA VIDA



Di a la leve melancolía del arrepentimiento

que se apodera de la tarde del domingo,

que no dejaré que tu encanto sea mancillado

por esas lágrimas que mojaron

los primeros diez años de junio.

Junio fue mi cumpleaños, probablemente desde entonces

hasta donde puedo recordar, el domingo fue lento

como una mantis religiosa trepando por un roble

y las lágrimas, como el té, tuvieron causa formal para fluir.

No me arrepentiré del mundo estereoscópico

visto a través de las ventanas dominicales

desconcertadas por profundidades que se superponen a la consternación.

Pero sí diré, he visto muchas fotografías,

tan reales como la vida, y he guardado

un recorte sobre montañistas que se congelaron.



Ruth Stone (1915-2011)

Poetisa estadounidense















De las viñetas de humor de hoy sábado, 26 de octubre de 2024

 






























viernes, 25 de octubre de 2024

De las entradas del blog de hoy viernes, 25 de octubre de 2024

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 25 de octubre de 2024. En la primera de las entradas de hoy, titulada Del fracaso de las grandes potencias, se analizan los hechos históricos recientes para entender una situación internacional extremadamente incierta y volátil. En la segunda de ellas, un archivo del blog de octubre de 2018, se hablaba del hecho de que las guerras son siempre una realidad turbia y moralmente ambigua en la que los matices no pueden ni deben obviarse. La tercera es hoy un poema de la poetisa Aurora de Albornoz que comienza con estos versos: "Ya tengo treinta años / Y es difícil / a veces / encontrar a la niña de los ojos azules". Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt









Del fracaso de las grandes potencias

 






Amin Maalouf, escritor francolibanés y miembro de la Academia Francesa desde 2011, demuestra su gran conocimiento de la historia al analizar el complejo escenario internacional de nuestros días, escribe en Revista de Libros [Errores y decepciones de las grandes potencias, 25/09/2024] el escritor y ensayista Antonio R. Rubio Plo. En 2019 obtuvo el Premio Aujourd’hui de geopolítica por su ensayo El naufragio de las civilizaciones. En su último libro, El laberinto de los extraviados. Occidente y sus adversarios, prosigue con su esfuerzo por analizar los hechos históricos recientes para entender una situación internacional extremadamente incierta y volátil. Es un retorno a los orígenes del enfrentamiento entre Occidente y sus principales adversarios, representados por Rusia y China.

La historia reciente explica la actualidad. El Premio Príncipe de Asturias, otorgado a Amin Maalouf en 2010, reconoció su labor de construcción de puentes entre Oriente y Occidente. Su condición de árabe cristiano es fundamental para entender sus novelas y ensayos. Es un hombre que admira la cultura francesa y occidental, y en particular los valores de la Ilustración. En su libro Un sillón que mira al Sena (2016), y en su discurso de ingreso en la Academia Francesa, de la que es secretario perpetuo desde 2023, Maalouf se refiere la Ilustración como una época que le inspira profundamente, valorando su contribución a la razón, la libertad, y al progreso. Sin embargo, y aquí radica el interés de este libro, nuestro autor no se adhiere incondicionalmente al «bando occidental». Ser libanés, árabe y cristiano le ayuda a perfilar los necesarios matices a la hora de exponer sus ideas. Esos matices le sirven para subrayar que la humanidad no debería tener una potencia hegemónica. Ese tipo de potencias pueden ser portadoras de los más nobles principios, pero la historia demuestra que no están exentas de ser arrogantes, depredadoras o tiránicas. Yo mismo conozco a personas que quieren convencerse de que la hegemonía de Washington debería ser sustituida por la de Pekín o Moscú, o por una combinación de ambas. Creen ver en Rusia una «potencia cristiana» y en China una «potencia benevolente» que inunda de créditos e inversiones a países en apuros económicos y sociales. Otros, en cambio, siguen viendo en Estados Unidos la única y última esperanza de Occidente.  

El laberinto de los extraviados es un buen título para describir la situación de las grandes potencias actuales. Todas ellas, especialmente Rusia y China, pronuncian discursos triunfalistas, de evocación de supuestas glorias pasadas, de recuperación de la grandeza perdida… Los que practican estos ejercicios de voluntarismo deberían recuperar la memoria de su historia reciente, en vez de dejarse llevar por ese determinismo ciego de supuestos ciclos históricos de decadencia y esplendor. El libro de Maalouf es al respecto un buen manual de repaso, y estas consideraciones son aplicables también a Estados Unidos, sobre todo si llega al poder una segunda Administración Trump. Pero, además, es una llamada de atención que Maalouf se ocupe en su libro de Japón, que a partir de la era Meiji, iniciada en 1868, parecía destinado a cambiar el destino de Asia y del mundo. Sin embargo, en menos de un siglo dejó de ser un modelo para las naciones no occidentales y experimentó una humillante derrota.

Japón: la gran decepción asiática. Tsushima es la gran batalla naval entre rusos y japoneses de 1904, cuyo eco resonó en todo el mundo, sobre todo en los territorios colonizados por las potencias occidentales. Por parte rusa, fueron hundidos 21 buques, 7 fueron capturados y 6 quedaron inutilizados. Las pérdidas humanas fueron de 5000 muertos y 6000 prisioneros. La flota rusa del Báltico fue destrozada por los japoneses. A lo largo del Asia de entonces muchos se alegraron porque una potencia asiática pudiera vencer a una potencia europea. Es cierto que el vencido era el agónico Imperio zarista, pero hubo chinos e indios, entre otros asiáticos, que quisieron creer que un día llegaría el turno de los británicos y de otros europeos occidentales. Maalouf cuenta incluso la anécdota de que el escritor iraquí Maruf Al Rusafi (1875-1945), un nacionalista crítico con las dominaciones otomana y británica, escribió un poema a la batalla de Tsushima. Además, en 1904 el escritor egipcio Mustafá Kamil (1874-1908) publicó El sol naciente, una obra en la que Japón es tomado como modelo para las reformas que necesitaba el Egipto sometido a los británicos. Además, los musulmanes de la actual Indonesia, colonizada por los holandeses, quisieron en ver en Japón el líder de un gran movimiento panasiático. A esto habría que añadir que Japón fue idealizado por la revolución persa de 1905, que dio lugar a una constitución y a un parlamento; por el movimiento de los Jóvenes Turcos, que en 1908 derrocó al sultán Abdul Hamid II; o por la república china, proclamada oficialmente en 1912.  

Pero la victoria de Tsushima no habría sido posible sin la apertura al exterior de Japón gracias a la era Meiji, promovida por el emperador Mutsuhito (1867-1912) y precedida de la apertura forzosa de los puertos al comercio norteamericano por la acción del comodoro Matthew Perry en 1853. Japón se lanzó entonces a la imitación europea sin querer abandonar su propia identidad, aunque desgraciadamente esa imitación no se ciñó solo a los aspectos técnicos, sino que también pasó por la expansión militar. Su rápida conversión al militarismo permitió a los japoneses derrotar, primero a los chinos, en la guerra de 1894-95, y luego a los rusos en 1904. Si algunos pueblos asiáticos pensaron que Japón iba a hacer realidad la consigna de «Asia para los asiáticos», pronto tuvieron la oportunidad de desengañarse. Los primeros en hacerlo fueron los chinos, que en la conferencia de Versalles (1919) presenciaron impotentes cómo los japoneses se anexionaban no solo las colonias alemanas en el Pacífico sino también las concesiones que tenía Berlín en la península de Shandong. Este fue el punto de partida para la expansión militar japonesa en China que llevó a la conquista de Manchuria en 1931 y a una segunda guerra chino-japonesa en 1937. El prestigio que entonces tenían las conquistas militares y la necesidad de materias primas para el archipiélago nipón cegaron a los militares japoneses, que irreflexivamente entraron en guerra con Estados Unidos tras el ataque a Pearl Harbor (1941). Las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki cerraron esta trágica etapa en la historia japonesa.

Sorprendentemente, y con la colaboración del antiguo enemigo estadounidense, Japón renació de sus cenizas y enarboló las banderas del pacifismo y del desarrollo económico que, en pocas décadas, lo convirtieron en la tercera potencia económica mundial. Tanto es así que en el espejo del nuevo Japón se miraron la Corea del general Park Chung Hee, que transformó un país agrario en una economía dinámica, y la China de Deng Xiaoping, que visitó Japón en 1978, antes de poner en marcha sus reformas económicas. Para entonces, los japoneses ya habían abandonado cualquier veleidad panasiática. El testigo sería recogido por la China actual, pero resulta evidente que su credibilidad es escasa. Sus vecinos no olvidan las lecciones de la historia y miran al gigante asiático con desconfianza.

Rusia: ascensión y caída del régimen soviético. El voluntarismo leninista transformó el Imperio ruso en la URSS, lo que supuso un nuevo papel para Rusia en el mundo: propagar una revolución mundial y presentarse como el «paraíso de los trabajadores». La Tercera Internacional, fundada en 1919, fomentó la creación de los partidos comunistas en todo el mundo. Llegó a los sitios más dispares, desde China hasta Líbano. Uno de los fundadores del partido libanés, Joseph Berger, sería consultado por Maaluf en su juventud para un trabajo de investigación.

Sin embargo, tras la muerte de Lenin se impuso el estalinismo, perseguidor implacable de los comunistas disidentes nacionales y extranjeros. Stalin no dudó en aliarse con Hitler en 1939 ni en disolver la Tercera Internacional en 1943 cuando se pasó al bando de los aliados. Pese a la desestalinización, la URSS siguió gozando de prestigio en numerosos países del Tercer Mundo por su mensaje antiimperialista, aunque los comunistas locales fueran perseguidos en algunos lugares, como en el Egipto de Nasser. A esto se unió la ruptura entre los dos grandes países comunistas, la URSS y China, lo que no dejaba de ser una cuestión de nacionalismos, pues los chinos no querían ser vasallos de los rusos como en los humillantes tratados del siglo XIX.

Las décadas de 1970 y 1980 mostraron abiertamente las disfunciones del sistema soviético con pésimos resultados económicos, pese a la falsificación de los datos oficiales, y una burocracia y un centralismo desmesurados. Con Gorbachov, se produjo un intento demasiado tardío de reforma del sistema, en el que los nacionalismos de las distintas repúblicas prevalecieron sobre todo lo demás. Tal y como subraya Maalouf, la «patria de los trabajadores» fue incapaz de cumplir las esperanzas despertadas en todos los continentes.

China: comunismo y modernización. Amin Maalouf describe la progresiva apertura de China al exterior, en la que desempeñaron un papel destacado los británicos con las guerras del opio y otras intervenciones armadas de los países occidentales, aunque también se produjeron revueltas como la Rebelión de Taiping o el levantamiento de los boxers. La reacción fue, no obstante, una China más encerrada en sí misma, con la excepción del breve y fracasado período reformista del emperador Guangxu, los Cien Días, entre junio y septiembre de 1898. Esta etapa finaliza con la proclamación de la república en 1912, en la que Sun Yat-sen, considerado el padre de la «nación china», tuvo un papel preeminente. Tras su muerte en 1925, es el nacionalista Chiang Kai-shek, el nuevo «hombre fuerte» de China, quien tendría que hacer frente a la invasión japonesa, aunque sus prioridades pasaban por la derrota de los comunistas, encabezados por Mao Zedong. Sin embargo, llegó un momento en que nacionalistas y comunistas tuvieron que unir sus fuerzas contra el enemigo común.

El autor destaca la habilidad de Mao al terminar la guerra en 1945, que deja las grandes ciudades en manos de Chiang, en un momento en que el país vive una situación de caos, expolios y saqueos. Mao, por tanto, no asume la responsabilidad y la guerra civil será la crónica de la huida y las deserciones de las fuerzas nacionalistas, que finalmente se refugian en Taiwán. En 1949 se proclama la República Popular China y a este hecho siguen casi tres décadas de maoísmo, con sucesos tan calamitosos como el Gran Salto Adelante y la Revolución cultural. Pese a todo, Maalouf subraya que Mao no era Stalin y no realizó unas «purgas» similares a las del líder soviético. Esto explica que Deng Xiaoping, el futuro líder reformista, pudiera salvar su vida. Desde 1978, Deng llevará a cabo un programa de ambiciosas reformas económicas, aunque tuvo mucho cuidado de no emprender un proceso de desmaoización, pues tenía en cuenta la experiencia de la URSS. No quiso poner en peligro el régimen y actuó con mano dura en la plaza de Tiananmén en 1989, pero los progresos económicos continuaron en la década siguiente.

Amin Maalouf lamenta que la China de Xi Jinping se haya apartado del legado de Deng Xiaoping, quien habría visto con buenos ojos el «sueño chino» de Xi, que prevé que en 2049 será la primera potencia mundial. Deng recomendaba la discreción y el no asustar a los vecinos de China que tenderían a alejarse del gigante asiático. La China de Xi se parece un tanto a la del período maoísta, con el riesgo de un enfrentamiento con Occidente que parece inevitable. El autor confía, no obstante, en que se imponga la sensatez, y unos y otros sean disuadidos de encaminarse hacia el abismo.

Estados Unidos: las contradicciones de la ciudadela de Occidente. Este capítulo es una excelente síntesis de la historia estadounidense en la que Maalouf hace especial énfasis en la Guerra de Secesión (1861-1865). Este conflicto tuvo, en apariencia, un vencedor, el presidente Lincoln, quien consiguió abolir la esclavitud. Sin embargo, han pasado 160 años y el problema racial persiste en Estados Unidos y condiciona su futuro. El supremacismo blanco sigue vigente, y ha evolucionado. Por un vuelco de la historia, ha pasado de ser defendido por el Partido Demócrata en sus feudos del sur a ser uno de los rasgos predominantes del Partido Republicano, el partido de Lincoln.

El autor resalta la contradicción en la vida y la presidencia de Thomas Woodrow Wilson (1913-1921). El salvador de Europa en la Primera Guerra Mundial, el inspirador de la Sociedad de Naciones o el padre de la libre determinación de los pueblos era al mismo tiempo un demócrata del sur y por citar una anécdota, recogida por Maalouf, asistió a la proyección en la Casa Blanca de El nacimiento de una nación (1915) de D. W. Griffith, aquella apología de la Confederación que coincidía con la tesis presidenciales de su libro A History of American People, donde llegó a escribir que la posguerra «colocó a los hombres blancos del sur bajo la gravosa autoridad de gobiernos apoyados por negros ignorantes». Los indios, chinos, egipcios, vietnamitas, coreanos o etíopes, que leyeron los 14 puntos de Wilson, no leyeron este pasaje. Se quedaron con la proclama de la libre determinación de los pueblos y no advirtieron que, en la práctica, solo estaba pensada para los pueblos de Europa central y oriental. Los que asistieron en 1919 a la conferencia de Versalles o intentaron, en vano, entrevistarse con el presidente Wilson, como el nacionalista egipcio Saad Zaghloul, se llevaron una profunda decepción. Estados Unidos no solo iba a cuestionar el colonialismo europeo, sino que apoyaría su continuidad en los mandatos de la Sociedad de Naciones, la organización en la que finalmente los norteamericanos no ingresaron.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos no quiso repetir los errores del pasado y, ante la perspectiva de la guerra fría con la URSS, promovió el Plan Marshall y la OTAN, sus modelos en un mundo bipolar. Finalmente, funcionó la estrategia de la contención, atribuida al diplomático George F. Kennan, y el sistema soviético se hundió por sí solo. Sin embargo, Amin Maalouf resalta las contradicciones norteamericanas en sus relaciones con los países del llamado «Tercer Mundo». En el caso del golpe de estado de 1953 en Irán contra el primer ministro Mossadeq, Washington creyó la versión británica de que el político iraní era una marioneta de los comunistas, cuando en realidad el Reino Unido estaba defendiendo sus amenazados intereses petroleros. Otra contradicción más reciente fue el apoyo a los yihadistas afganos contra la ocupación soviética en la década de 1980. Es sabido que al cabo de los años esa ayuda se volvió contra los estadounidenses. El error ha vuelto a repetirse en 2021 con la apresurada retirada de Afganistán, iniciada por Trump y completada por Biden.  

Amin Maalouf reprocha a Estados Unidos su excesiva confianza en ellos mismos y asegura que el sentimiento de considerarse invencibles puede tener consecuencias desastrosas. Considera que su incompetencia ha dejado pasar muchas oportunidades en las relaciones con el resto del mundo, y lanza esta certera observación: «Seguramente la población local no les importaba lo suficiente para intentar modernizarla de verdad ni tomarse en serio su real anhelo de democracia».

Epílogo: un mundo atrapado en su laberinto. El laberinto de los extraviados es a la vez un libro de historia y de geopolítica. No es, desde luego, la geopolítica de André Siegfried, uno de los antecesores de Maalouf en el sillón 29.º de la Academia Francesa, mencionado en su libro Un sillón que mira al Sena. Siegfried creía que el nacionalismo imperialista del siglo XIX era, en realidad, internacionalista y liberal. En cambio, hoy vemos cómo las oleadas nacionalistas, sobre todo las de las grandes potencias, cuestionan el orden internacionalista y liberal que pareció imponerse tras el final de la guerra fría.

Hay quien alimenta la idea de que el declive de Occidente es irreversible y de que serán China, Rusia y sus socios, que no aliados, en el llamado Sur Global los que escribirán la historia del siglo XXI. Sin embargo, Maalouf hace esta atinada reflexión: «Por mi observación de la Historia he aprendido que quienes basan sus conductas en un odio sistemático a Occidente suelen derivar en la barbarie, hacia la regresión, y acaban por atrofiarse y autocastigarse». Cuestiona también nuestro autor, pues lo ha vivido en su Líbano natal, la simbiosis hecha por algunos entre identidad y religión, y alaba a los pueblos de Asia Oriental, porque en ellos coexisten pacíficamente distintas religiones.

En este epílogo se destaca además que los adversarios de Occidente, nacionalismos del siglo XXI, como Rusia y China, ya no enarbolan la bandera de la revolución como en el siglo XX, sino que reclaman ser representantes del bando del orden, del conservadurismo político, social e intelectual. El autor pone un ejemplo incuestionable: ninguno de estos dos países prestó ayuda a las revoluciones de la primavera árabe de 2011. Rusia, incluso, intervino militarmente para apuntalar el régimen sirio de Bashar al Asad. A esto cabe añadir que la guerra de Ucrania hundirá más a Rusia, según el autor, en «su callejón sin salida histórico». Cabría añadir que unas conquistas territoriales y la división de un país no realzarán el prestigio de Rusia más allá del consumo interno de una parte de su opinión pública.

Amin Maalouf opina que no es improbable que Occidente salga vencedor en esta segunda guerra fría, pero debería aprender de sus experiencias, porque el futuro no pasa por repetir las mismas tragedias con otros actores. Hay medios para cooperar entre las potencias en los desafíos que amenazan al mundo, entre ellos el cambio climático, la inteligencia artificial y las pandemias. Hay que buscar formas de cooperación para salir del laberinto, pero el primer paso, quizás el más difícil, pasa por reconocer que nos hemos extraviado. Antonio Rubio Plo es escritor. Este artículo es una reseña del libro El laberinto de los extraviados. Occidente y sus adversarios, de Amin Maalouf (Alianza Editorial, Madrid, 2024).













[ARCHIVO DEL BLOG] Los matices son la cuestión. Publicado el 31/10/2018











El sociólogo e historiador José Andrés Rojo escribía hace unos días en El País sobre el hecho de que los mitos, en palabras de Keith Lowe, no nos permiten ver que las guerras son siempre una realidad turbia y moralmente ambigua en la que los matices no pueden ni deben obviarse.
Entre 1939 y 1945, comienza diciendo, fueron asesinados en torno a uno de cada seis polacos y uno de cada cinco ucranianos. Se cree que durante la Segunda Guerra Mundial perecieron al menos 20 millones de rusos. El número de víctimas en China, según los cálculos más conservadores, oscila entre los 15 y los 20 millones. Las fuerzas aliadas bombardearon Dresde hasta reducirla a escombros y Estados Unidos lanzó las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. El historiador británico Keith Lowe recoge estas referencias en algún lugar de El miedo y la libertad, su libro sobre los cambios que produjo la Segunda Guerra Mundial y que se tradujo en España el año pasado. Habla también del Holocausto, y explica que es a los judíos a quienes les ha tocado desempeñar el papel de “la víctima por antonomasia” de aquellos terribles años. “Se los asesinó de manera más eficaz y en mayores números que a ningún otro grupo racial. Y los métodos industriales empleados para aniquilarlos parecen el epítome de la inhumanidad tanto del sistema nazi como de la guerra en sí misma. En ese sentido, los judíos son un símbolo ideal de nuestro victimismo colectivo”.
Cada uno de los capítulos del libro de Lowe recoge la experiencia de una persona, y a partir de esta va iluminando aspectos concretos relacionados con aquel devastador conflicto. Cuando cuenta lo que le ocurrió al soldado estadounidense Leo Creo, que llegó a Europa para combatir contra los nazis, escribe que “lo que sucedió realmente en la guerra y lo que recordamos de ella son dos cosas muy distintas, y esa discrepancia, que no deja de aumentar, le incomoda sobremanera”. Aquel soldado pensaba que no pudo hacer gran cosa en la defensa de Estrasburgo —lo hirieron y fue retirado del combate— y le fastidiaba la inmensa estatura de héroe que le habían otorgado a su regreso. No todos los soldados que pelearon en Europa, además, fueron nobles y valientes. También los hubo que saquearon ciudades, violaron mujeres, cometieron abusos. Pero los mitos que se construyeron al final de la guerra borraron cualquier sutileza.
Madrid, miércoles 24 en la Facultad de Derecho de Tres Cantos: el historiador Santos Juliá y el abogado José María Ruiz Soroa han sido convocados por la Universidad Autónoma y la Fundación Pablo Iglesias para volver sobre el pasado bajo el título ¿Qué memoria histórica? Da la impresión de que en España todavía fuera necesario establecer un relato sobre lo que ocurrió durante la Guerra Civil y la dictadura. Es lo que los socialistas pretenden hacer con la propuesta de crear una comisión de la verdad que han incluido en su proyecto de reforma de la llamada Ley de Memoria Histórica.
Ruiz Soroa exploró los aspectos jurídicos de las últimas propuestas legislativas sobre esta cuestión y llamó la atención sobre su alta carga emocional y su deficiente factura técnica. Santos Juliá había explicado antes que igual no se trata de establecer lo que hay que recordar, como si fuéramos los fieles de una religión. Olvidar lo que nos molesta y alimentar lo que contribuye a reforzar una identidad para el presente. Frente a eso quizá sea más fecunda la actitud del historiador: salir de los tuyos y no apagar ninguna voz que proceda del pasado. Lowe lo expresa de otra manera cuando dice que los mitos no nos permiten ver que la guerra fue una realidad turbia y moralmente ambigua. La cuestión que plantea la iniciativa de los socialistas es si la sociedad española necesita realmente ese relato único sobre lo que ocurrió o si ya está madura para los matices. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, Ya tengo treinta años..., de Aurora de Albornoz (1926-1990)

 






YA TENGO TREINTA AÑOS… 



Ya tengo treinta años


Y es difícil

a veces

encontrar a la niña de los ojos azules

con sus piernas anémicas

que siempre se enroscaban

como en el sueño


Es difícil

encontrar a la niña asustada

que se cayó en el río

cuando quiso correr y saltar sola

como las otras niñas


A veces

en la noche

una sirena

o un avión

o la angustia rodada de alguna camioneta

A veces

en la noche

vuelvo al refugio aquel donde dormía:

la habitación oscura y cerrada

a la guerra y al viento

O al otro

que tenía

las escaleras

duras como peñascos

más fuertes que los días

Mi primer ataque de nervios

ese que se repite tantas veces

estuvo allí


Mi primer ataque de miedo


Y crecí

Y estoy sola

Y ya tengo treinta años

y no sé dónde estoy

aunque todos me dicen que es París

esta ciudad del río compañero

y el metro loco y triste

A veces

casi siempre que encuentro una campánula

o un gatito pequeño

o una vieja iglesina…

me sale un poco de la pequeña yo encerrada

de la pequeña

que se dejó en las cosas

En todas las cosas

Que ha muerto muchas veces,

Cada vez

Quizá lo dijo Proust

y lo sabemos todos

sin decirlo


Pero a los treinta años

hay que quitarse de la muerte

Hay que vivirse del todo

aunque no lo podamos jamás


Tal vez

por eso

tantas veces

intentó recobrar a la niñita aquella

de los ojos azules

llenos de prados y de campánulas


Porque ya tengo treinta años



Aurora de Albornoz (1926-1990)

Poetisa española