sábado, 21 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy sábado, 21 de septiembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo y todos y feliz sábado, 21 de septiembre de 2024. De Grecia a Roma, el estoicismo mostró a sus seguidores que la virtud y el desapego material contribuían a la felicidad, pero tiempos de bienestar gusta apelar al epicureísmo y en los de escasez e incertidumbre nos acordamos del estoicismo; de ambos se habla en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2017 se hablaba del juego de la democracia comparándolo con un juego de naipes; ya verán porqué. El poema de la tercera es hoy de la poetisa española Chus Pato (1955). Y la cuarta, como siempre son las viñetas de humor del día. Espero que les resulten de interés, y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De la verdad sobre el estoicismo

 







De Grecia a Roma, el estoicismo mostró a sus seguidores que la virtud y el desapego material contribuían a la felicidad. En tiempos de bienestar gusta apelar al epicureísmo. En los de escasez e incertidumbre nos acordamos del estoicismo. Sobre ello escribe en La Vanguardia [Contra el falso estoicismo: lo que Séneca y Marco Aurelio pensaban realmente. 20/09/2024] el filósofo Norbert Bilbeny. Cuidarse y aprender a vivir con lo indispensable. La virtud de Séneca y Marco Aurelio se impone al placer de Epicuro. Pero muchos ignoran qué dicen sus doctrinas, mientras que un falso estoicismo difunde hoy con éxito fáciles recetas para hacer frente en solitario al implacable destino.

El estoicismo se inicia en Atenas a finales del siglo IV a. C. y concluye en Roma al término del siglo II d. C. Fundado por Zenón de Citio (335-261 a. C.), Marco Aurelio (121-180) representa su broche final. En sus diferentes sedes y períodos incluye a una treintena de filósofos que escriben, por lo general, en lengua griega y tienen en Atenas su centro de irradiación. El trasvase de sus teorías del griego al latín se deberá, fundamentalmente, a Cicerón, no perteneciente a esta escuela.

Sin duda, Séneca (4 a. C.-65 d. C.) es el estoico más citado y conocido. Senequismo y estoicismo es casi decir lo mismo. Marco Aurelio es el otro gran referente. Los dos persiguen el “ideal del sabio” frente a los embates del destino y los tres aliados que lo integran: el tiempo, la muerte y la historia. No se conocieron. Las Meditaciones de Marco Aurelio son un siglo posteriores a Séneca. Y hay notorias diferencias entre uno y otro.

Séneca, nacido en Córdoba, no es un romano ni un noble de nacimiento, aunque en la Roma de Nerón ocupa un lugar preeminente como orador, consejero político e incluso en los negocios. Su filosofía parece una forma de escape de lo mundano y las intrigas. Se sospechó de su enriquecimiento y de haber conspirado contra Nerón, condenándole este a quitarse la vida.

Marco Aurelio es romano, emperador, reconocido por su pueblo y de una coherencia entre vida y pensamiento que no se encuentra en Séneca. Si los textos de este, principalmente las Cartas a Lucilio, son brillantes y un tanto retóricos, el libro de Marco Aurelio, escrito en griego, y que es en realidad un diario personal de reflexiones, es de expresión austera y lacónica.

Séneca es un estoico cuyo ideal de la sabiduría se funda en la búsqueda de una felicidad distante con lo material y que relativiza lo adverso. “Debes entender –escribe en Sobre la felicidad– que después de haber desterrado todas aquellas cosas que nos irritan o causan temor, se consigue una tranquilidad perpetua y la libertad”.

Marco Aurelio, en cambio, es un pesimista resignado; siente desesperanza por la política y el destino humano. No cree en la gloria ni en la inmortalidad, pero se consuela con la visión distante de todo, con el cosmos como telón de fondo. Pero ambos pensadores comparten la idea de la sabiduría como el vivir autárquico y con apatía. “La inteligencia libre de pasiones es una ciudadela. Un hombre, en efecto, no tiene nada más sólido donde poder refugiarse y estar seguro para siempre”, afirma el emperador-filósofo.

Con cinco siglos de duración, el estoicismo siguió en sus inicios a Diógenes el Cínico y a Sócrates, muerto casi un siglo antes. Con una sólida base en lógica y física y una marcada vocación moral, sus competidores fueron la Academia de Platón y el epicureísmo, con los que se desarrolló en paralelo. De las tres corrientes, el estoicismo es la que influyó más en la vida pública, sobre todo de Roma, aun sin tener una teoría política. Sus ideas en lo tocante a la ética están presentes en Pablo de Tarso y los orígenes del cristianismo.

El nombre de estoicismo se debe al lugar donde, a partir de 308 a. C., Zenón expuso su doctrina: la Stoa Pecile, o “estoa pintada”: un pórtico cubierto de 48 metros de longitud, sostenido por columnas dóricas y decorado en su interior con pinturas de Polignoto. Situado al norte del ágora ateniense, fue destruido al siglo siguiente, conservándose hoy las ruinas de su escalinata. La escuela obedece, pues, a un topónimo, pero su contenido arraiga en lo más destacado de la filosofía anterior: Sócrates, Platón y Aristóteles.

Hubo tres períodos en el estoicismo. El fundacional (323-202 a. C.), tras la muerte de Alejandro Magno, con los griegos Zenón de Citio, Cleantes y Crisipo, coincidiendo con el helenismo y basado en la física y la lógica. El período helenístico-romano (202-27 a. C.), ya en plena República romana y más orientado a la vida comunitaria, incluye a Diógenes de Babilonia, Panecio –que influye en Cicerón– y Posidonio.

Por último, el período romano imperial (27 a. C.-180 d. C.), en tiempos de los emperadores Augusto, Claudio, Nerón y Adriano, comprende a pensadores como Séneca, Musonio, Epicteto y el mismo emperador Marco Aurelio, más preocupados, en un marco general pesimista –peste, invasiones, guerras–, por la intimidad del individuo y el cuidado de su “ciudadela interior” que por la naturaleza o la política.

Aunque presenta diferentes versiones, el estoicismo tiene un fondo común. Sus fundamentos se deben a Zenón de Citio, al que Diógenes Laercio, en Vidas de los filósofos, dedica claras y jugosas páginas. Una idea preside el estoicismo: el Todo. Es inabarcable, eterno y con un orden que cada una de sus partes refleja. Si para los epicúreos la naturaleza se compone de átomos, para el estoicismo la mantiene el alma universal. El ser humano es un microcosmos que debe asimilarse a ese orden cósmico al que pertenece. Aunque no pueda esperar la vida eterna, la muerte no ha de angustiarle. Pasamos por una estación del universo que hay que aprovechar, conscientes y contentos.

El Todo está ordenado por el Logos, la razón divina y providente, la cual se extiende a la naturaleza humana. El correcto ejercicio de la razón es el fundamento de la sabiduría. Entretanto, la asimilación al orden cósmico se traduce en obrar conforme a la naturaleza. Séneca advierte: “Los hados conducen al que quiere; al que no quiere lo arrastran”.

El universo es como una gran ciudad. El sabio se tiene por ciudadano del mundo, por cosmopolita, y no le importa mucho la política local. El contacto con el universo es directo, sin intermediación de ningún otro poder que la mente. La forma de vivir según el poder propio es la autarquía. “Omnia mea mecum porto” (llevo conmigo todo lo mío), citará Cicerón. Las fórmulas del buen vivir se derivan de lo expuesto.

El ser humano busca la felicidad, la vida que fluye bien. No es un fin, como pensaba Aristóteles, pero sí un objetivo. El fin es la virtud o excelencia personal. Se compara con el buen arquero: su objetivo es dar en el blanco, pero su fin es ser un buen arquero.

La virtud es el valor supremo, siendo necesaria y suficiente para la felicidad, a diferencia del placer u otros bienes. No es pensar la felicidad lo que nos descubre la virtud, sino pensar esta la que abre camino a la felicidad. La actitud es más importante que el resultado de la acción, y solo el virtuoso puede ser feliz. No obstante, ¿cómo es esto posible, si hay que seguir siempre a la naturaleza? Conformarse a ella y aceptar un destino de enfermedad o muerte piden hacerlo desde el libre arbitrio, eligiendo la virtud y vivir con resignación inteligente.

La virtud obedece a la parte rectora de la mente, la que delibera y elige. Lo desarrolla el romano Epicteto en su Enquiridion. Así, se elige vivir conforme a la naturaleza y usar la razón en busca de la suprema virtud de vivir en la honestidad y con una plena autonomía personal. No se consigue esta con la riqueza, el poder o la fama, sino con dos actividades de la mente: la apatía, o ausencia de pasiones, y la ataraxia, o tranquilidad del alma.

La liberación no es evasión, sino descarga voluntariosa e inteligente de las ataduras innecesarias. La persona sabia es impasible e imperturbable, pero a costa de distinguir entre los objetos no dependientes de nosotros e indiferentes para la felicidad (muerte, desgracia, accidentes, fortuna, suerte) y aquellos que sí caen bajo nuestro control y libre deliberación (deseos, juicio, voluntad, moral), en los que se juega la felicidad.

La sabiduría asume el dolor inevitable, pero rehúye el que es evitable, y que solo el miedo o los prejuicios nos hacen ver como necesario. Si no deseamos nada exterior, tampoco nos va a faltar nada exterior. En un tiempo de perturbación como el nuestro, el legado del estoicismo es su enfoque de la vida desde la perspectiva de una conciencia cósmica y su ayuda para el desapego y la serenidad, sobre todo, ante todas las cosas exteriores al individuo (por ejemplo, la propaganda, las falsas verdades, las ofensas, las adversidades). “Las cosas que dependen de nosotros son por naturaleza libres” (Epicteto). Nuestro reto, sin embargo, es no convertirlo en un misticismo, ni tampoco en un egoísmo individualista que se desentienda del mal ajeno, aunque este no dependa directamente de uno. Norbert Bilbeny es filósofo. Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 676 de la revista Historia y Vida. 














La baraja y el juego en democracia. [Archivo del blog. 27/09/17]














En democracia las cartas se barajan y reparten a menudo, pero las reglas no son modificables a gusto de parte, sino de "todos" los participantes, comenta el prestigioso abogado y ensayista José María Ruiz Soroa, uno de mis más citados articulistas en Desde el trópico de Cáncer.
En un reciente trabajo, comienza diciendo en el artículo que hoy reseño, defiende Íñigo Errejón la idea de que en épocas de dislocación y crisis, rectius aquí y ahora, es imprescindible un momento de refundación en el que el we the people comparezca de nuevo y se vuelvan a barajar las cartas. Un excedente popular no satisfecho con la institucionalidad democrática existente reclama —escribe— una nueva definición del interés general y una nueva arquitectura institucional acorde.
Decía Ortega que las metáforas son los andadores del pensamiento y en este caso la metáfora del nuevo reparto de las cartas parece sin duda adecuada para llevar al intelecto a la necesidad de un momento fundacional. Pero también, y esperamos mostrarlo en este breve texto, la propia metáfora elegida muestra las limitaciones y errores de ese discurso.
Porque, contado muy directamente, volver a barajar y a repartir las cartas parece llevar consigo un nuevo comienzo (y así lo cree Íñigo Errejón); pero si se piensa un ratito más es fácil advertir que hay algo que permanece inmutable según ella: el juego mismo. Cuando se reparte de nuevo es porque se va a recomenzar la jugada, pero dentro del juego que se estaba jugando. Otra cosa sería romper la baraja y darle una patada a la mesa y al tapete, pero esa es una metáfora distinta, la metáfora revolucionaria pura. Y nuestro autor elige muy bien las metáforas, es parte de su oficio como intelectual y como político hacerlo bien.
El juego permanece. Y como desarrolló con agudeza Stephen Holmes, sucede que en los juegos las reglas de su práctica son constitutivas del juego mismo. Es decir, que si bien hay muchas actividades humanas en las que las reglas que las regulan son limitaciones y constricciones a la libertad impuestas desde fuera y pueden suprimirse, en el caso del juego (como en el del lenguaje) las reglas son constitutivas de la actividad misma, ésta no puede existir sin aquellas. Las reglas de un juego no son limitativas sino creadoras, son capacitantes porque gracias a ellas podemos jugar.
Pues bien, la democracia puede ser vista como un juego (así la veía otro liberal —¿conservador?— como Norberto Bobbio), un procedimiento que para poder existir requiere unas reglas básicas (él enumeró seis) de las que los derechos humanos son las reglas preliminares. Esas reglas no pueden cambiarse si lo que queremos es jugar a la democracia. Si las cambiamos, jugaremos a una política distinta, no a una política democrática. Es así de sencillo y así de complicado al tiempo. Porque las reglas de la democracia, esto es cierto también, se cumplen muy insuficientemente en nuestros regímenes.
En el juego de la democracia las cartas se barajan y reparten de continuo (por eso está Errejón donde está y no donde estaba), pero las reglas no son modificables: no cabe una cosa tal como “refundar la democracia”, ni “establecer una nueva arquitectura institucional”, ni cabe “un pueblo, gente o país” que como Hércules asuma un buen día el papel de reconstruir el sistema político completo de arriba abajo. Ni caben ahora, ni cupieron en el pasado: los liberales un poco realistas sabemos muy bien que en el origen de nuestras democracias no existió un we the people real. Sabemos que la del contrato social no es una realidad, sino una metáfora, otra más, un como si kantiano. Entonces hubo confusión y un proceso histórico (lento y sangriento) de prueba y error, de élites y masas populares, de ensayos y retrocesos.
La referencia al pueblo en nuestras constituciones no apunta a un sujeto real sino que es una cláusula de cierre del sistema que indica su legitimación por el interés del conjunto, nada más. Eso que llamó Bodino soberanía nunca ha existido ni existirá como poder perpetuo y absoluto (de nuevo metáforas, en este caso teológicas). Ni del pueblo ni de nadie. Sólo a los derechos humanos puede aplicárseles una idea parecida a la de soberanía.
Y este es el problema de creer y postular momentos fundacionales, sujetos trascendentes, o reglas nuevas para un juego hace tiempo inventado. Que contradicen el propio juego, además de constituir ese tipo de política de los chamanes que tanto ha obstaculizado a los reformistas en toda época. Reformistas como Errejón mismo pronto descubrirá que es, concluye diciendo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt














El poema de cada día. Hoy, Rimas, de Chus Pato (1955)

 






RIMAS



Me asistían las rimas de un príncipe encantado

la respiración de sus versos:

llevar el corazón a punto extenuado, casi muerto

y vaciar los pulmones

en la explosión del verso

única definición que yo puedo aceptar como metáfora

el sentido abandonado

apatriado

—quiero ser jinete

la queja de su boca.

Le pedí que me pintara una tempestad

una tormenta en el velador

el bosque

los árboles

desnudos

la luz

la luz de la tormenta

en la vaina del roble

y los pájaros de invierno.



Chus Pato (1955)

Poetisa española















Las viñetas de humor de hoy sábado, 21 de septiembre

 





















viernes, 20 de septiembre de 2024

De las entradas del blog de hoy viernes, 20 de septiembre de 2024

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 20 de septiembre de 2024. ¿La cultura sigue siendo elitista?, nos preguntamos en la primera de las entradas de hoy; es cierto que el acceso y el consumo de los productos culturales han cambiado con el mundo digital, pero los expertos todavía discrepan de que se haya producido una verdadera generalización cultural. En la segunda, un archivo del blog de marzo de 2014, se hablaba de libros y televisión y del manual del autor del blog para transitar ese camino. La tercera es un poema de la poetisa argentina Marina Mariasch. Y la cuarta, como siempre, las viñetas del día. Espero que sean de su interés. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Y sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt





De la cultura y el elitismo

 







¿La cultura sigue siendo elitista? El acceso y el consumo de los productos culturales han cambiado con el mundo digital, pero los expertos todavía discrepan de que se haya producido una verdadera generalización cultural. De ello discuten en El País [¿La cultura sigue siendo elitista?, 18/09/2024] el crítico musical Luis Gago y la escritora Raquel Peláez.

Un reportaje sobre la supuesta pérdida de atractivo del perfil cultureta ha reabierto el debate sobre qué puede considerarse o no cultura ahora que el acceso digital ha ampliado el acceso a los productos culturales. Con frecuencia se esgrime que solo unos cuantos afortunados con recursos económicos y educación apropiada pueden disfrutar de la verdadera cultura. O se establece una distinción entre la alta cultura y la cultura popular, pese a los estratosféricos precios que alcanzan las entradas de los conciertos de las estrellas del pop, que siempre cuelgan el cartel de vendido.

El crítico musical Luis Gago defiende que el elitismo reside en la voluntad y el esfuerzo por escuchar, contemplar o leer con intensidad, mientras que la periodista cultural Raquel Peláez sostiene que es posible que la industria de la moda sea la que haya propiciado las mezclas más peregrinas de alta y baja cultura en los últimos años.

Esto es lo que dice Luis Gago en El elitismo al alcance de todos: ¿Qué convierte a una propuesta cultural en elitista? ¿Su contenido o sus circunstancias? ¿Quién o qué traza la línea divisoria entre alta cultura y cultura, digamos, popular? Las palabras van siempre cargadas y a menudo no es fácil deslindar conceptos, sobre todo cuando lo que podríamos llamar la práctica cultural parece contradecir nociones o presuposiciones muy asentadas, como, por ejemplo, imponer a la música llamada clásica el sambenito de ser elitista, cuando el acceso a ella se ha democratizado y facilitado en las últimas décadas más que nunca. Hubo un tiempo en el que asistir a un concierto de los Berliner Philharmoniker en la Philharmonie de la capital alemana era un privilegio reservado, efectivamente, a unos pocos. Hoy, en cambio, cualquier persona en cualquier lugar del mundo puede seguir en directo en su Digital Concert Hall todos sus conciertos en streaming, con una extraordinaria calidad de sonido e imagen, pagando una suscripción anual que es sensiblemente más barata que el precio de una entrada para asistir a un solo concierto de Taylor Swift o el renacido Oasis (que se cuidan muy mucho de difundir sus actuaciones por otras vías, blindando así su exclusividad). Entonces, ¿es más elitista la Heroica o Shake it off?

Algo parecido sucede con la ópera, considerada por muchos como un espectáculo poco menos que inaccesible, aunque en la Italia del Ottocento fue cultura popular en estado puro. Sin embargo, lo cierto es que todos los teatros, en su afán por renovar y ampliar sus públicos, permiten a los más jóvenes asistir a las representaciones por un puñado de euros y algunos transmiten también en directo en cines (como la Royal Opera House de Londres) o en diversos canales propios y ajenos la totalidad o buena parte de sus temporadas. Puede predicarse otro tanto de los grandes festivales de música, cada vez más presentes en emisoras culturales como la francoalemana ARTE o en las numerosas plataformas que han proliferado en los últimos años. Disfrutar de un concierto o una representación operística de los festivales de verano de mayor prestigio (Aix-en-Provence, Salzburgo, Verbier, Bayreuth) ha dejado de ser también un lujo al alcance de unos pocos. Pensarán algunos, con razón, que no es comparable la experiencia en directo con la transmisión en streaming, pero algo parecido pasa con los discos, que también habitan a su manera en un universo virtual, lo que no les ha impedido desempeñar un papel crucial como transmisores y artefactos culturales.

Idéntico concierto, con los mismos intérpretes, puede ser asombrosamente barato en un lugar (para quienes siguen de pie los Proms londinenses en el Royal Albert Hall, por ejemplo) e incontestablemente caro en otros (los Festivales de Salzburgo y Lucerna). Pero no es bueno generalizar y en la ciudad suiza se han programado este verano hasta nueve conciertos gratuitos de música contemporánea, el último el pasado jueves, en el que se dispusieron colchonetas en el suelo junto al escenario, desde donde varios niños siguieron tumbados las evoluciones de un percusionista español, una flautista australiana y un pianista portugués. Los conciertos de música contemporánea que organiza el CNDM (y antes el CDMC) en el Museo Reina Sofía son gratuitos y, a imitación del Festival de Edimburgo, muchos otros programan una sección denominada Fringe, en la que no hay que pagar más que la voluntad. Y, más allá de la música, los museos han democratizado su acceso y jamás ha sido tan fácil, ni tan barato, leer en papel o en pantalla la mejor literatura universal.

En una entrevista concedida a este periódico en 1999, el pianista, musicólogo y polígrafo estadounidense Charles Rosen afirmó, con dolor, que “se ha perdido la costumbre de escuchar música con intensidad” y, años antes de la caída en picado de las ventas, sostuvo que “mucha gente compra discos con música que sencillamente no les moleste, que en realidad no tengan realmente que escuchar: música atmosférica”. Aquí puede radicar la clave de todo: ¿quién tiene la voluntad de escuchar, de contemplar, de leer, con intensidad? Lo que suele entenderse por alta cultura requiere esfuerzo, concentración, tiempo. Todo ello lejos de redes sociales y demás distracciones que consumen horas y horas en las vidas de gran parte de la población. Dejemos de confundir el elitismo con la indolencia.

Y esto es lo que dice Raquel Peláez por su parte en Una cuestión de acceso al conocimiento: Cada vez que resucita el debate sobre si la alta cultura es demasiado elitista, pienso en todas las mujeres que fueron a aquella manifestación de 2017 contra Trump, después que el señor dijese aquello de Grab ‘em by the pussy con pancartas de cartón en las que se podía leer: “I cant believe I still have to protest this shit”. Supongo que la mayoría de lectores no necesitan traducción para esta frase, pero hubo un tiempo en este país en el que ser capaz de leer en inglés se consideraba cultísimo, una cuestión propia de élites.

Cuando la EGB fue impuesta y extendida sistemáticamente por esos rogelios defensores de la educación pública que también garantizaron la sanidad universal, el idioma de Shakespeare dejó de ser patrimonio exclusivo de los niños bien que iban a internados ingleses en invierno o a pasar veranos en Irlanda. Pero por si aún queda alguien que no la entienda o no sepa usar el Google Translator (herramienta de acceso masivo también), la frase significa “no puedo creerme que aún tenga que protestar por esta mierda” y la usan mucho las activistas feministas que llevan décadas, incluso siglos, luchando contra los mismos desequilibrios promovidos o mantenidos exactamente por las mismas estructuras e instituciones una y otra vez.

Trabajo en el mundo de la moda, un negocio que, aunque a muchos pueda dolerles, es una industria cultural. Una que da muchísimo dinero. Y una en la que también existen peleas entre académicos y autodidactas, eventos prestigiosos a los que solo va la gente más aburrida y saraos más bien underground en los que para entrar es mucho más importante ser cool que rico, couturiers finos aceptados por los círculos más selectos a los que el gran público no acaba de entender y los críticos llaman “maestros” y creadores populares aupados por el gran público que los verdaderos connoisseurs rechazan hasta que alguien, normalmente el esnob mayor del reino, dice que ya se les puede aceptar.

Es posible, de hecho, que sea la industria de la moda la que haya propiciado las mezclas más peregrinas de alta y baja cultura en los últimos años. Pienso por ejemplo en aquel desfile de Balenciaga, la firma fundada hace muchas décadas por el modista español más “maestro” de todos pero dirigida creativamente en los últimos años por un georgiano amante de los chándales de táctel, en el que dicho señor exsoviético, Denma, se atrevió a poner los sagrados patrones de alta costura que Cristóbal Balenciaga había pensado en los años cincuenta para damas intachables como Bunny Mellon sobre la silueta de Marge Simpson. ¿Alta traición o genialidad? ¿Espectáculo viral o ruptura necesaria?

Pienso en cuando Gucci le pidió a Daper Dan, el mayor plagiador de firmas de lujo de Nueva York, que interviniese sus prendas para después venderlas a precios estratosféricos. La falsificación era al fin más cara que el original. Ahí estaban, todos esos debates que se repiten cada vez que algo de acceso universal se cuela en los lugares que supuestamente solo están reservados a “los mejores” y viceversa.

Pienso ahora en un festival de teatro alternativo al que acudo todos los años. Tiene lugar en el pequeñísimo pueblo vallisoletano de Urones de Castroponce, donde acuden las compañías más extravagantes a representar las obras más abstrusas a un público que no está compuesto por críticos sesudos ni gente especializada en el lenguaje dramático de Ionesco sino por lugareños y gentes de la zona que ya viven este acontecimiento como una tradición. Las obras se representan en una corrala que por fuera no se diferencia en nada de una nave industrial. Dentro, siempre se escucha a alguien decir: “Dicen que lo quieren hacer más popular”, “Hay quejas de que es demasiado cultureta”, pero al final las amenazas nunca se cumplen porque los organizadores consiguen hacer prevalecer el espíritu del certamen desde hace 20 años: no existe cultura alta o baja, solo acceso limitado o general a la cultura y al conocimiento. Dos cosas distintas pero parecidas. Por ejemplo, gracias al conocimiento generalizado del inglés, la mayoría de las españolas entendemos qué significa Grab ‘em by the pussy, también desde el punto de vista de las guerras culturales.









Leer un libro; ver televisión. Manual de instrucciones para andar por casa. [Archivo del blog, 02/03/2014]











Tengo una peculiar manera de acercarme a la compra y lectura de un libro del que desconozca casi todo con la que no me ha ido nada mal hasta ahora. Desde luego la primera impresión cuenta, y es que los libros, como las personas, entran por los ojos: el libro en sí, independientemente de su contenido, tiene que resultar atractivo. Por su formato, encuadernación, composición de la portada, título... Espero que no se me tache de pueril; se que lo importante está dentro, pero ya llegaremos a ello. Ahora hablo del placer estético, físico, casi -o sin casi- sensual, que supone coger un libro en las manos. Los que leen todo en una pantalla de ordenador no saben lo que se pierden.
No suelo comprar libros ni novelas de los que no se nada previo: autor, contenido, temática, etc., etc., así que gracias a la contraportada, me hago una idea más sobre el "de qué va" y la vida y obra de su autor. Y luego el índice: da igual que esté al principio o al final del libro. Cumplidos los trámites anteriores, que pueden llevar desde unos cuantos segundos a cuatro o cinco minutos, comienzo a leerlo, de pie, al lado de la estantería, aunque el empleado de turno me mire con recelo... Leo siempre y de corrido, las dos o tres primeras páginas. Si se despierta en mi un interés manifiesto, muy manifiesto..., por él, lo más probable es que el libro en cuestión acabe en la cesta.
Nota al pie: Antes era un lector y comprador compulsivo de libros. Muchos por motivos académicos, y muchos más, por el mero placer de saberme poseedor de ellos. Ahora ya he aquilatado lo suficiente mi gusto estético como para saber que eso es una gilipollez, que los "super-ventas" de las grandes superficies comerciales suelen ser una pifia, y que los grandes premios (a lo Planeta) están concedidos de antemano en función de intereses editoriales, normalmente extra-literarios. Y por supuesto, que uno no puede "comprar" todo lo que se le pone delante, porque tampoco va a tener tiempo para leerlo, ni dinero para pagarlo.
Ya estamos con el libro en casa. Mejor por la tarde (aunque cualquier hora es buena, si las circunstancias son propicias: por ejemplo los trayectos en guagua, impensables sin un libro entre las manos), sentado cómodamente, sin ruidos que distraigan, aunque una agradable música a volumen adecuado ayuda bastante a disfrutar de su lectura. Es hora de comenzar. Releo esas primeras páginas que comenté. Si persiste el agrado, digamos que en las veinte primeras páginas, sigo con su lectura; si encuentro "algo" que me provoca rechazo, ojeo al azar algunas páginas centrales; si persiste el desagrado, me voy al final... Y ahí, se acabó la historia. Lo aparco hasta mejor ocasión; probablemente no llegue nunca a terminarlo...
No soy lector asiduo de ficción. Prefiero el ensayo (deformación profesional, supongo), pero no le hago ningún tipo de asco a la buena literatura: la de siempre, los clásicos, con preferencia, pero también la reciente, aunque me acerque a ella con suspicacia. Un ejemplo: en el pasado mes de febrero he leído diez libros. Seis de ensayo: historia, política, biografía..., y cuatro de ficción. Enumero solo estos últimos: El abuelo que saltó por la ventana y se largó, del sueco Jonas Jonasson; El enredo de la bolsa y la vida, del español Eduardo Mendoza; El cuerpo humano, del italiano Paolo Giordano; y Escenas de la vida rural, del israelí Amos Oz. Todos sacados de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas de Gran Canaria, en el parque de San Telmo. Tengo que decir que me han encantado, cada uno en su estilo. Divertidos los de Jonasson (hasta la carcajada) y Mendoza; serios los de Giordano y Oz. Este último, una serie de cuentos independientes que transcurren en un mismo pueblo del Israel rural contemporáneo. 
Sobre televisión me gustaría decir que no la frecuento, lo que no deja de ser una boutade por mi parte porque todo el mundo dice lo mismo aunque se pase cinco horas al día pegado a la pantalla. No es mi caso, palabra de honor: por no ver no veo ni los telediarios. Y las series que me apasionan las veo grabadas. Me encantó la primera temporada de "Homeland" y las sucesivas de "The Good Wife" (ignoro el porqué de mantener su nombre original cuando pueden ser traducidos directamente al español, pero en fin...). También me divierte "Castle", y en menor medida "Navy" o "El mentalista". Pero la verdad es que me gustan mucho más las europeas. No sé como explicarlo pero es así; es como si estuviera en casa..., aunque transcurran en Escandinavia o el Reino Unido. Ahora mismo estoy fascinado, literalmente, por dos de ellas, las dos se pueden ver en el canal AXN. La primera, "El puente", una coproducción sueco-danesa. Sí, dije fascinante, y lo es: una mujer aparece descuartizada en medio del puente que une Copenhague, en Dinamarca, y Malmoe, en Suecia. Dos inspectores de policía, uno danés, y otra sueca, se ven involucrados en la tarea de encontrar al asesino, que dicho sea de paso, no se conforma con ese primer muerto. La segunda serie es británica, y se titula "La caza". Y transcurre en la convulsa Belfast de Irlanda del Norte, con el larvado enfrentamiento entre católicos y protestantes, y un asesino en serie del que desde el primer capítulo los espectadores lo saben todo... Como ven, no solo escribo ni hablo de política, problemas sociales o alta cultura. También tengo mi corazoncito popular. Permítanme que se las recomienda ambas: lecturas y series. Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












El poema de cada día. Hoy, Dinner, de Marina Mariasch (1973

 






DINNER


Voy caminando por la calle a la noche

y siento el olor de las milanesas

que viene de las casas

Y miro adentro para ver cómo cocinan

o se sientan a la mesa

En una casa hay una araña

con una sola lamparita encendida

Miro las plantas de las casas

tratando de imaginar

a los que se sientan

a cenar supremas o en otra

hay filet de merluza, parece.

La luz sale por la parte más alta

de las ventanas, donde las cortinas no llegan

a tapar a los que cenan.

Camino y algunos hombres

con bebés en la mano

me dicen piropos

aunque yo espíe sus quizás casas

y no toleren verme llorar.

Una vez, alguien me dijo

que el Tang tiene mucha proteína

—como la gelatina—

Desde entonces tomo todo

lo que se parece al Tang

para hacerme más fuerte.


Marina Mariasch (1973)

Poetisa argentina