sábado, 18 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 18 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 18 de octubre de 2025. ¿Importamos las mujeres más allá de como fuerza laboral, agentes reproductores y estadística a la que rogarle el voto cuando hay elecciones?, se pregunta en la primera entrada del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2018, se leía que, pese a que se inspiren en la naturaleza, las obras de ingeniería no eran producto de un proceso evolutivo. El poema del día, en la tercera es de un joven poeta español, nacido en 1991, que comienza con estos versos: Así,/como la planta mínima/que entre dos losas/halla el espacio para germinar. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt












DE LA PRIVATIZACIÓN DESCARNADA DE LA SANIDAD PÚBLICA

 







¿Importamos las mujeres más allá de como fuerza laboral, agentes reproductores y estadística a la que rogarle el voto cuando hay elecciones?, se pregunta en El País [No respetan nuestras tetas, 13/10/2025] la escritora Azahara Palomeque. Cualquiera que viva en Andalucía sabe que la sanidad pública aquí está sufriendo un enorme deterioro, comienza diciendo Palomeque. Para ver a mi médico de cabecera, normalmente tengo que esperar entre siete y diez días, con lo cual, cuando la situación es grave ―una infección, por ejemplo― me veo obligada a acudir a las urgencias de un hospital donde el tiempo se eterniza hasta que llega la receta del antibiótico. Las listas de espera para operaciones son insostenibles, las derivaciones al especialista demoran meses que el cuerpo enfermo no soporta, y todavía tenemos suerte quienes residimos en ciudades: este verano, la Junta cerró el 75% de los centros de salud por la tarde. Yo me acordaba entonces de mi pueblo ―Castro del Río, Córdoba―, con una población tan envejecida que precisa cuidados constantes, y que en su mayoría no conduce ni cuenta con otra alternativa médica en las inmediaciones. La crisis de los cribados por el cáncer de mama que, según ha informado este periódico, afecta al menos a 2.000 mujeres actúa así como la demolición parcial de un edificio cuyas grietas ya sufríamos todos los andaluces, fracturas que atestiguan otras piezas del puzle: el trasvase de varios cientos de millones de euros a la privada, o la rotación frecuente en la Consejería de Sanidad. Faltan profesionales; sobran leyes como la 15/1997 ―que permitió los conciertos y abrió la puerta a esta debacle―; falta, sobre todo, una voluntad política que anteponga la vida al lucro y respete a la ciudadanía.

Me palpo ambos pechos con estupor y rabia. Hace un año, un dolor punzante en el seno izquierdo desató mis sospechas y fui corriendo a hacerme pruebas, con la fortuna de que al final los culpables resultaron ser dos quistes benignos que se inflan o encogen según el momento de ciclo menstrual. Pero estos días me he quedado pensando si no habría podido ser yo una de esas señoras damnificadas por la ineptitud de algunos, y qué valor se atribuye a nuestras tetas. A veces sexualizadas; otras, la libertad guiando al pueblo; fuente nutricia para bebés o abanderadas del placer erótico, perturban cuando se transforman en reivindicación política, como nos ha demostrado durante décadas el feminismo. Que el escándalo se haya desatado en nuestros bustos añade una dimensión simbólica de género a un fenómeno relacionado con dinámicas universales: el hecho de que el tratamiento de la vida haya descendido a niveles que no se corresponden con los derechos humanos. Así, esta crisis andaluza evoca un fuerte componente machista que han señalado explícitamente las pancartas de las manifestaciones recientes, en las cuales podía leerse el mensaje: “Las vidas de las mujeres importan”. El Blacklivesmatter nos ha prestado un lema que apunta a la discriminación de las minorías, con la excepción de que nosotras somos el 50%.

Pero, ¿importan?, ¿importamos más allá de como fuerza laboral, agentes reproductores, estadística a la que rogarle el voto cuando hay elecciones para después utilizar la soberanía transferida en nuestro detrimento? A simple vista, no parece que nuestra relevancia se extienda más allá de un lacito rosa, pero debe quedar claro que esa minorización de la población femenina obedece a un cambio de paradigma global basado en la ruptura de consensos sobre el significado de lo humano, por el cual la producción de víctimas alberga un efecto multiplicador. Este apunta, entre otras cosas, al desmantelamiento del Estado del bienestar y la priorización del beneficio económico sobre todas las cosas. La sanidad pública, eje crucial de dicho Estado, cumple el papel de garantizar una igualdad constitucional, contribuye a mantener los precios de la privada a raya y, en su gratuidad reside la justicia de considerar al enfermo como paciente en lugar de cliente. Representa justo lo contrario al sistema estadounidense, donde el elevado e ineficiente gasto público no impide que cada año se declaren en bancarrota medio millón aproximado de ciudadanos ―incapaces de pagar las facturas médicas―; se cronifican dolencias curables para fidelizar los pagos (cuando no se fabrican epidemias como la de los opiáceos); y eso produce una desconfianza tal que muchas personas directamente evitan ponerse en manos de un facultativo cuando lo necesitan. Allí, podría argumentarse, tampoco se respetan nuestras tetas, ni nuestros úteros, dada la derogación del derecho al aborto a nivel federal en 2022.

Pues bien, si ese es el modelo que la mayoría del electorado desea, entonces quizá deberíamos replantearnos nuestra percepción de la condición humana; reavivar los debates sobre sadomasoquismo ―que el pensador Erich Fromm identificó como el germen del nazismo―; e incluso asomarnos a la realidad de una potencia que, a pesar de su hegemonía, nunca logró desarrollar una estructura social tan equitativa, tan eficaz como la que nos están robando. En las protestas de esas mujeres andaluzas exigiendo dignidad para sus pechos habita el clamor de quien pretende parar el desmoronamiento de todo lo que un día fuimos capaces de construir y ahora está siendo malvendido. Que la capacidad colectiva de escucha las acompañe, porque hay veces que en una teta puede caber el mundo. Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Huracán de negras palomas (La Moderna).





















DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA EVOLUCIÓN EN SUS MANOS. PUBLICADO EL 10/10/2018








Pese a que se inspiren en la naturaleza, las obras de ingeniería no son producto de un proceso evolutivo, escribe el profesor Javier Sampedro, doctor en genética y biología molecular, investigador del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa de Madrid y del Laboratorio de Biología Molecular del Medical Research Council de Cambridge, y columnista habitual de El País.

En la mitología, comienza diciendo Sampedro, no hay nada más fácil que crear un ser vivo. Llega un dios por ahí, hace un semidiós con tres de pipas y encima luego se lo carga infligiéndole gran daño y penalidad. Según el folclore judío, talmúdico y bíblico, un hombre sabio puede dotar de vida a una efigie —el gólem—sin más que hallar una permutación de letras que forme uno de los infinitos nombres de Dios. Bueno, supongo que eso sería fácil en la época, antes de que Cantor descubriera que los infinitos, como casi todo en este mundo, se organizan en una jerarquía que ni Dios puede violar. También Gepetto insufló vida a Pinocho por arte de magia y de forma instantánea, como hizo Mary Shelley con su Frankenstein hace dos siglos. Esperemos, por cierto, que el bicentenario no se quede en esa película que no está a la altura del mundo real. Hagamos otra, al menos.

Para desconcierto de mitólogos y guionista, los seres vivos no se crean así. Nunca. Un ser vivo, como el gólem, Pinocho o los replicantes de la secuela de Blade Runner, otra película insuficiente, no se puede hacer de golpe, a cascoporro y con un adulto saliendo de la bolsa de plástico en plena posesión de sus facultades físicas y mentales. Los seres vivos del planeta Tierra, los únicos que conocemos, son el producto de un proceso enteramente diferente de todo eso. Es la evolución, estúpido, como diría Bill Clinton si no fuera creyente. Las personas tenemos brazos porque los inventaron los peces de aletas carnosas hace 390 millones de años, en pleno Devónico. Eran tiempos difíciles en el océano, y estos peces estaban empeñados en escaparse del mar, por alguna razón. De sus aletas lobuladas vienen nuestros brazos y piernas; de sus espinas, nuestros dedos. Ay, estos pobres peces sarcopterigios, no sabían la que les esperaba en tierra firme.

Una cuestión más actual es cómo crear un cerebro. La mitad de los ingenieros del planeta Tierra estará pronto dedicada a eso. Lo llamamos inteligencia artificial (IA), y es aún mucho más complicado que construir un brazo desde cero. La inteligencia artificial siempre se ha inspirado en la natural, esa que poseen algunos humanos, y en los últimos años lo está haciendo más que nunca. Las “redes neurales” de las ciencias de la computación se inspiran en las neuronas del cerebro, que reciben información de mil dendritas y la conjugan en una sola señal de su axón; el rabioso deep learning (aprendizaje profundo) que ha revolucionado la robótica en los últimos años absorbe su estructura de una propiedad aún más profunda del cerebro: su organización en capas de abstracción progresiva, de la línea al ángulo al polígono al poliedro, y de ahí a una gramática de las formas. Así es como vemos los humanos, y así es como quieren ver, y pensar, las máquinas actuales.

Pese a que se inspiren en la naturaleza, sin embargo, las obras de ingeniería no son producto de un proceso evolutivo. Están, por así decir, hechas aposta, diseñadas para su propósito, fabricadas a lo bestia al estilo del gólem y Gepetto. Frances Arnold, galardonada ayer con el Premio Nobel de Química, ha creado una ingeniería radicalmente nueva. Consiste en no inspirarse en la naturaleza, sino en el proceso que la crea: la evolución.

Una de las cuestiones más difíciles de percibir para el lector general es que los genes son textos (gatacca...) que, como todo texto propiamente dicho, tienen un significado. Para una inteligencia visionaria como la de Arnold, ese significado es el conocimiento y la salud, y el texto está en sus manos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA PLANTA MÍNIMA, DE JUAN F. RIVERO

 







LA PLANTA MÍNIMA 



Así,


como la planta mínima

que entre dos losas

halla el espacio para germinar


y se levanta,

contraponiendo al gris

brutal y frío

un solo rayo de ternura verde,


así, con paciencia menuda

pero firme,


hemos de hacernos con las grietas

de este mundo.



JUAN F. RIVERO (1991)

poeta español























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 18 DE OCTUBRE DE 2025

 





 
























viernes, 17 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 17 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 17 de octubre de 2025. Hemos dejado de ver el dolor que no coincide con nuestra alineamiento ideológico, se  dice en la primera de las entradas del blog de hoy acerca de la de Gaza. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2017, se hablaba de de que los movimientos que entienden la soberanía en términos aislacionistas suelen recurrir a un nacionalismo exacerbado. El poema del día, en la tercera, es de un poeta español nacido en 1975, que comienza con estos versos: Las cosas sucedieron muy despacio./Aquel verano,/con sus costas lejanas,/construyó la delgada cicatriz del silencio,/todo un acantilado entre nosotros. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos, ἡμεῖς ἀπιοῦμεν, HArendt













DE LAS LEALTADES TRIBALES

 







Hemos dejado de ver el dolor que no coincide con nuestra alineamiento ideológico, comenta en El País [Ciegos en Gaza, 12/10/2025] el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez. Un sábado de mayo de 2016, comienza diciendo Vásquez, poco antes de la medianoche, atravesamos el puesto de control que sirve de entrada a la ciudad de Ramallah. Esa tarde nos habíamos encontrado en los corredores del hotel que nos alojaba en Jerusalén, y un colega irlandés me había lanzado aquella propuesta imposible de rechazar: ir al otro lado. Y allí estábamos, a unos 30 kilómetros del encuentro de escritores que era la razón de nuestra presencia en Israel, corriendo riesgos imprecisos para entrar en territorio palestino y pasar la noche hablando con otros escritores reunidos con el pretexto de otro encuentro. En el puesto de control le entregamos nuestros pasaportes a un muchacho que parecía escondido detrás de un fusil enorme y cuya expresión me pareció reconocer. La había visto en caras igual de jóvenes en un retén militar junto al río Magdalena, en Colombia, durante los difíciles años noventa; la había visto en un tren que se dirigía a Chennai, en el sur de la India, llevando a un contingente de soldados que iban a combatir a las guerrillas de los Tigres Tamiles. Lo que había en ese rostro era desconfianza: una desconfianza de resultados impredecibles, porque se parecía mucho al miedo.

El jovencito nos pidió un par de explicaciones, nos devolvió los pasaportes y nos dejó pasar. Y durante las cinco horas siguientes, hasta las 4 de la madrugada de ese domingo de primavera, estuve en la terraza de un edificio de tres pisos que hoy no sería capaz de encontrar en un mapa, hablando con novelistas y periodistas y poetas y profesores de literatura y asistiendo, como tantas otras veces, a mi propia ignorancia: por más informado que uno se sienta, por más periódicos y libros que haya consumido y creído vagamente entender, nada reemplaza la conversación de cuerpo presente para tomarle la medida a la vida de los otros. He olvidado muchas conversaciones de esa madrugada y no he vuelto a ver a mis interlocutores, y por eso no sé nombrar al periodista palestino que, contestando de buena gana a mis preguntas impertinentes, me dijo una frase simple que se me ha quedado en la memoria. No recuerdo las palabras exactas, pero la sustancia venía a ser esta: Netanyahu es lo más peligroso que le ha pasado a Palestina, pero no se quedará para siempre. Salvo que ocurra una catástrofe, un 11 de septiembre, no se quedará para siempre.

No dejo de pensar en esa conversación: pues el 11 de septiembre ocurrió, por supuesto, y se llama 7 de octubre. Hace dos años asistíamos con horror a los ataques terroristas de Hamás, a la masacre y el secuestro de más 1.500 israelíes que no estaban combatiendo ni llevaban uniforme (ancianos y niños entre ellos), y comenzaba de inmediato la reacción previsible del país agredido; y en este tiempo la reacción previsible del país agredido se ha convertido en el más atroz espectáculo de crueldad que haya llevado a cabo un estado democrático en muchas décadas, y también en el mayor fracaso político y moral de eso que llamamos Occidente. En cuanto a Netanyahu, ya convertido en criminal de guerra y líder de un régimen de fanáticos cuya intención abierta es genocida, se ha visto arrastrado por sus propias decisiones a una posición insostenible, o solo sostenible mediante la violencia: huir hacia adelante entre las ruinas de Gaza y los cuerpos de 70.000 palestinos que no tenían por qué morir. Esto tiene en común Netanyahu con otros líderes de nuestro tiempo: quedarse en el poder es la única manera de liberarse de la cárcel.

Ahora bien: he hablado del fracaso político y moral de Occidente, y quizá sea necesario aclarar a qué me refiero. Porque no estoy hablando solamente de la impotencia de nuestras instituciones, esas siglas que inventamos después de la Segunda Guerra y el Holocausto para tratar de que algo así no volviera a producirse; me refiero también a la grotesca utilización de la catástrofe de Gaza que han llevado a cabo partidos políticos y organizaciones ideológicas de todas partes del espectro: en esto, la miopía ética, el cinismo y la franca idiotez se han repartido de manera bastante equitativa. ¿Qué mundo grotesco es este, donde la derecha radical que ha sido siempre el hogar predilecto de los antisemitas y los negacionistas del Holocausto se ha convertido a sí misma en la mejor valedora de Israel y de los judíos? ¿En qué mundo grotesco estamos, si cierta izquierda se llena la boca con la defensa de los palestinos, pero, por razones puramente ideológicas, se niega a una palabra en favor de las víctimas ucranias de la agresión rusa? ¿Y no podemos ir más allá de nuestras lealtades tribales, de nuestras simpatías o antipatías, para condenar la barbarie del ejército israelí, la hambruna organizada, los cotidianos crímenes contra la humanidad que cometen Netanyahu y los suyos?

Parece que no. Y entonces la derecha radical (por ejemplo, la norteamericana) exige pruebas de que realmente se ha usado el hambre como arma de guerra en Gaza, y se le olvida que todos los días mueren asesinados los periodistas que quieren contar lo que sucede; y la izquierda más ideologizada (por ejemplo, la francesa de los Insumisos) le lava la cara al terrorismo de Hamás llamándolo “resistencia”, o exige pruebas de que hubo realmente mujeres violadas el 7 de octubre. Mientras tanto, Trump se erige en adalid contra el antisemitismo, cuando hace poco llamaba Shylocks a los banqueros judíos, su querido Elon Musk hacía saludos nazis a la vista de todos y a la Casa Blanca iban a cenar negacionistas como Nick Fuentes. Pero ni siquiera tengo que salir de mi país para encontrar ejemplos patéticos: ahí estaba el expresidente Iván Duque, miembro con carnet de la derecha más boba, tomándose fotos junto a Netanyahu para promocionar el libro que acaba de publicar, ciego a la matanza indiscriminada de gazatíes; y ahí está el presidente Gustavo Petro, representante de la izquierda más sectaria, que ha usado sin vergüenza el dolor palestino para acosar a los empresarios colombianos, y muy poco le ha importado despertar los monstruos nunca dormidos del antisemitismo. Él también está ciego.

Nos hemos quedado ciegos al dolor que no coincide con nuestras alineaciones ideológicas, y estamos ciegos al mismo tiempo a las contradicciones, hipocresías y postureos que acompañan todo conflicto en nuestros tiempos instagramables. Me alegra enormemente la posibilidad de un plan de paz: los palestinos dejarán de sufrir lo inenarrable y los secuestrados israelíes se podrán reunir con sus familias. Pero estas semillas de paz son más frágiles de lo que quisiéramos. Por una asociación de ideas que al principio fue meramente verbal, recordé en estos días una lectura de mis 20 años: Ciego en Gaza, una de las mejores novelas de Aldous Huxley. El título viene de un verso de Milton sobre el destino de Sansón, capturado y esclavizado por los filisteos, que antes le habían quemado los ojos. Anthony Beavis, el personaje principal de la novela, lleva un diario. “Todos somos noventa y nueve por ciento pacifistas”, escribe allí. “Sermón de la Montaña, siempre y cuando se nos permita ser Tamerlán o Napoleón en nuestro uno por ciento particular. Paz, una paz perfecta, mientras que nos permitan tener la guerra que nos convenga. Resultado: todos somos la víctima predestinada en la guerra excepcional de alguien más”. La novela se publicó en los años 30 y nada tiene que ver con nuestro momento. O casi nada. Juan Gabriel Vásquez es escritor.







 








DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA SOBERANÍA QUE DE VERDAD IMPORTA. PUBLICADO EL 27/10/2017

 








Los movimientos que entienden la soberanía en términos aislacionistas suelen recurrir a un nacionalismo exacerbado, comenta Javier Solana, político, físico, embajador, profesor de universidad y una de las voces más prestigiosas del socialismo europea y español, que ha sido ministro de Cultura, portavoz del Gobierno, ministro de Educación y Ciencia, de Asuntos Exteriores, Secretario General de la OTAN, Alto Representante del Consejo Europeo para la Política Exterior y de Seguridad Común de la Unión Europea, y Comandante en Jefe de la EUFOR.

En su famoso “trilema político de la economía mundial”, comienza diciendo, el economista de Harvard Dani Rodrik expone un problema irresoluble: la integración económica global, el Estado-nación y la democracia son tres elementos que no pueden darse simultáneamente en su máxima expresión. A lo sumo, podemos combinar dos de los tres, pero siempre a expensas del restante.

Hasta hace bien poco, el Consenso de Washington que nació en los años ochenta —cimentado en principios como la liberalización, la desregulación y la privatización— representaba el canon económico por excelencia. Si bien la crisis de 2008 lo puso en jaque, los países del G20 convinieron evitar una respuesta proteccionista. Mientras tanto, la Unión Europea se mantenía (y se mantiene) como el único experimento democrático a escala supranacional, haciendo gala de avances prometedores, pero aquejado de múltiples déficits. En otras palabras, a nivel mundial se venía favoreciendo una integración económica anclada todavía en el Estado-nación, lo cual daba pie a que las dinámicas de los mercados internacionales relegasen a la democracia a un segundo plano.

Pero el año 2016 marcó un punto de inflexión, aunque aún no sepamos a ciencia cierta lo que ello comportará a largo plazo. Más allá de que haya surgido en China lo que ha venido a llamarse Consenso de Pekín, en el que algunos ven un modelo alternativo de desarrollo basado en un mayor intervencionismo estatal, fueron sobre todo el Brexit y la elección de Donald Trump los acontecimientos que catalizaron un cierto cambio de ciclo. “Let’s take back control” fue el lema que popularizaron los Brexiteers, mientras que muchos votantes de Trump expresaron su recelo ante el poder acumulado por Wall Street, actores transnacionales e incluso otros Estados en un escenario de hiperglobalización. Sería poco sensato desdeñar este diagnóstico, que suscribe en gran medida el propio Rodrik, por el mero hecho de estar en desacuerdo con el tratamiento que proponen Trump y algunos conservadores (¿o reaccionarios?) británicos. Ese tratamiento consiste en poner trabas a la globalización —eso sí, manteniendo intactos o incluso realzando otros ingredientes del Consenso de Washington, como la desregulación financiera— y en fortalecer la democracia a través del estado-nación.

En su primera intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas, el presidente Trump pronunció un discurso de 42 minutos, en el que las palabras “soberanía” o “soberano” aparecieron un total de 21 veces. Es decir, la friolera de una vez cada dos minutos. En Europa, no es únicamente Reino Unido el que se encuentra inmerso en una deriva neowesfaliana, sino también otros Estados como Polonia y Hungría. Incluso el movimiento “independentista” catalán, comandado por una serie de partidos que en su mayoría no se sentirían cómodos con la etiqueta de “anti-globalización”, sigue una lógica similar de repliegue nacionalista.

Sin embargo, estos actores tienden a sobreestimar su capacidad de diluir la integración económica existente, afianzada por el vertiginoso desarrollo de las cadenas globales de valor en las últimas décadas. Resulta más plausible que, si dichos movimientos insisten en nadar contracorriente, lo que consigan diluir a mayor velocidad sea la influencia de sus respectivos Estados —o aspirantes a Estado— sobre la globalización. En resumidas cuentas, un aumento de soberanía formal puede implicar paradójicamente una pérdida de soberanía efectiva, que es la que de verdad importa. Trasladando esta reflexión al caso catalán, un movimiento pretendidamente independentista y soberanista podría terminar creando una sociedad más dependiente y menos soberana, que quedaría más a merced de las dinámicas internacionales.

Justo una semana después del discurso de Trump en la ONU, el presidente francés Emmanuel Macron acudió a la Sorbona para presentar su visión sobre el futuro de Europa. Macron mencionó también en repetidas ocasiones la palabra “soberanía”, dejando claro que su modelo de Europa se asienta sobre esta noción. Pero, a diferencia de los populistas, el presidente francés apuesta por una soberanía efectiva e inclusiva, de alcance europeo, y apoyada sobre otros dos pilares maestros: la unidad y la democracia.

Otra de las tríadas que operan en el ámbito internacional hace referencia a las formas que tienen los Estados de relacionarse entre sí. Podemos decir que estas relaciones se vehiculan a través de tres ejes: cooperación, competencia y confrontación. Sería ingenuo aspirar a eliminar por completo ese elemento de confrontación que, desde los albores de la historia humana, ha estado siempre presente. No obstante, sí que es posible reducir su dosis aumentando exponencialmente sus costes de oportunidad, como bien ha demostrado la Unión Europea. Por desgracia, los movimientos que entienden la soberanía en términos aislacionistas suelen recurrir a un nacionalismo exacerbado, poco dado a fomentar esos espacios comunes que permiten que la sociedad internacional goce de buena salud.

Que ciertos Estados aboguen por recluirse dentro de sus fronteras resulta anacrónico y contraproducente, pero sería un grave error por parte del resto de la sociedad internacional reaccionar con despecho, imponiendo estrictas cuarentenas ante el temor a un efecto contagio. El espíritu de cooperación, junto con una competencia constructiva, debe vertebrar las relaciones entre todos los actores que dispongan de legitimidad internacional. Es preciso resistir la tentación de aplicar este principio a la carta, ya que estaríamos olvidándonos de que, en aquellos Estados que han sucumbido a discursos reduccionistas, todavía existen amplísimos sectores de la ciudadanía que reivindican un enfoque aperturista. Pensemos en el 48% de votantes del Remain, o en el 49% de partidarios del “no” en el referéndum constitucional turco, y en la decepción que supondría para tantos ellos que la Unión Europea les diese la espalda.

El diálogo habrá de ser la seña de identidad de una sociedad internacional que esté a la altura de ese apelativo, que sea verdaderamente eficaz en la gestión de sus recursos compartidos, y que trate de resolver en conjunto problemas globales como la proliferación nuclear, el terrorismo y el cambio climático. Ese diálogo deberá producirse en el marco de una esfera pública común y democrática, si no queremos perpetuar las deficiencias del Consenso de Washington, que se revelaron con gran estrépito en el infausto año 2016. Si cultivásemos esa esfera pública común, disminuyendo la preeminencia del Estado-nación, podríamos desplazarnos paulatinamente hacia el lado menos explorado del triángulo que dibuja Rodrik: el de la democracia global.

Desde luego, este objetivo se antoja difícil de alcanzar, pero el desarrollo tecnológico y la multiplicación de sinapsis económicas y culturales hacen que no sea una quimera. En este sentido, la Unión Europea ha sabido abrir una nueva senda, y lo que se antoja más difícil es renunciar a la oportunidad de recorrerla. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, UNA EXTRAÑA LEALTAD, DEL POETA LUIS ANDRÉS DOMINGO PUERTA

 







UNA EXTRAÑA LEALTAD




Las cosas sucedieron muy despacio.

Aquel verano,

con sus costas lejanas, 

construyó la delgada cicatriz del silencio,

todo un acantilado entre nosotros.

Los tenaces rasguños de las motocicletas en la brisa

al caer el sol, noches de junio

que aprendían a rozar las sutiles fronteras

de un cuerpo imaginado. El corazón

como un tachón bordado sobre un sueño.


Fue aquella

una extraña lealtad que se abrazó al suicidio

cuando dejaba atrás el país de los juegos.


Noches

de un verano extendido en la tormenta,


porque nunca llegaste hasta mis quince años,

te habías ido

hasta una edad distinta, otro lugar

donde te busca

este esbozo de hombre que ahora soy y la nostalgia

que persigue en las noches

el súbito desnudo imaginario

de otra vida posible,

la que me pertenece,

la que nunca fue mía.





LUIS ANDRÉS DOMINGO PUERTA (1975)

poeta español