sábado, 12 de abril de 2025

De un país para no volver. Especial 5 de hoy sábado, 12 de abril de 2025

 







El recuerdo de Nueva York se enturbia ante el presente de miedo y depresión generado por Trump, afirma en El País [Irás y no volverás, 12/04/2025] el escritor Antonio Muñoz Molina. La posibilidad de no volver a ellos, comienza diciendo Muñoz Molina,  cambia el recuerdo de algunos lugares decisivos de mi vida. Va a hacer ocho años que me fui del que era mi barrio en Nueva York, el Upper West Side, y de otra parte al sur de la ciudad que frecuenté mucho, la zona de Washington Square, donde están los edificios de la universidad en la que trabajaba. Apenas terminaba el invierno iba en bicicleta de un lado a otro de la isla, por el sendero que discurre a la orilla del Hudson. La ligereza de la bici y la amplitud de las perspectivas ensanchaban la respiración y la mirada, y un sentimiento físico de libertad sin vigilancia. Las estaciones del año tienen en Nueva York una alternancia tan exagerada como los estados de ánimo y como los extremos de belleza y fealdad, de desamparo y entusiasmo, de riqueza y miseria, que sobresalta a quien vive en ella. A unas pocas calles al norte de mi casa estaba el campus imponente de la Universidad de Columbia. En otras épocas habían abundado las librerías de novedades y de segunda mano, pero los estudiantes ya no iban con libros bajo el brazo, sino con teléfonos y mochilas de portátiles, y las librerías que quedaban eran bastante inferiores a muchas de Madrid, de Barcelona o Valencia. Había, eso sí, excelentes puestos callejeros de libros de segunda mano, atendidos por vendedores con las caras tan curtidas por la dura intemperie de Manhattan como navegantes de alta mar. Y cada domingo, salvo los de grandes nevadas invernales, se alineaban en las aceras de Broadway los puestos del Farmer’s Market. Los granjeros tenían un aire tan rudo y resistente como los libreros de viejo. Habían venido de las zonas rurales del Estado con sus furgonetas cargadas de cajas de manzanas, de calabazas amarillas reventonas en otoño, sus patatas y zanahorias con olor a tierra fresca, los tarros de yogures, los bloques de mantequilla, los frascos de leche recién ordenada de sus vacas. No los arredraba ni el viento helado ni el frío de las mañanas de sol invernal a la sombra de los murallones de Columbia.

En el espacio de 10 o 15 calles laterales, a lo largo de la espina dorsal de Broadway, discurría una parte de mi vida: una sede de la Biblioteca Pública a la que me iba a trabajar, junto a un ventanal panorámico que dominaba desde arriba la vitalidad de la calle; un café hospitalario y algo desastrado, la Hungarian Pastry Shop; alguna tienda de vinos, una papelería, una recóndita taberna japonesa, un restaurante chino-peruano, Flor de Mayo, donde servían por unos pocos dólares un pollo asado incomparable y un gran ají de gallina; y un club de jazz en el que tocaban sin llamar mucho la atención músicos legendarios casi ancianos, y también jóvenes fulgurantes que podían cortar el aire con las notas agudas de un solo de trompeta. Había mucha mugre, desde luego, mendigos acampados en los bancos del pequeño Strauss Park, montañas de bolsas negras de basura que fermentaba en las noches de verano en los que hay una niebla húmeda y caliente como del delta del Mekong.

En Nueva York se hacen bromas snobs sobre la calidad de los restaurantes del Upper West Side, habitado sobre todo por profesores, estudiantes, músicos, judíos de ocupaciones más o menos intelectuales que no prestan atención alguna a la comida, ni a la indumentaria. En alguno de los peores restaurantes del barrio me citaba de vez en cuando mi amigo Joe, musicólogo y humanista eminente que andaba por Broadway como un ermitaño por el desierto de Judea, con una barba canosa y una pelambre que proliferaban a la sombra de una gorra de béisbol, sustituto moderno de los sombreros negros de severa ortodoxia de sus padres y sus abuelos, emigrantes de la Europa de los pogromos de hacia 1900. Mi amigo Joe se sentaba frente a mí en una mesa de un restaurante indio o griego de ínfima categoría, me decía que eligiera yo algo, pasándome una carta mal forrada de plástico, y se ponía a hablarme con conocimiento y entusiasmo de una biografía en varios tomos de Mahler sobre la que estaba escribiendo una reseña, o me preguntaba cosas sobre Manuel de Falla y Lorca en el festival flamenco de 1922. A una de nuestras últimas comidas asistió su hijo mayor, un muchacho muy serio que aquel día, en vísperas de las elecciones de 2016, nos explicó a su padre y a mí que, siendo partidario de Bernie Sanders, no estaba dispuesto a votar de ninguna manera a Hillary Clinton, ya que no creía que hubiera ninguna diferencia entre ella y Donald Trump. Ni al padre ni al hijo les parecía muy alarmante la posibilidad de que Trump ganara la presidencia. Joe, como otros amigos míos de la ciudad, pensaba que los contrapesos legales, la fuerza de la Administración, el Tribunal Supremo, frenarían cualquier disparate: en las siguientes elecciones de media legislatura, ganaría, como siempre, el partido opositor al presidente, y en último término todo cambiaría cuatro años después.

La semana pasada recibí un mensaje de Joe, que llevaba tiempo sin escribirme: “Aquí todos estamos intentando imaginar cómo reaccionar a Trump —si ignorar por completo las noticias (es lo que hacen algunos) o limitarlas a una sola dosis diarias (esa es mi estrategia). No conozco a NADIE que sienta el impulso de actuar. El ambiente es catatónico y depresivo”.

En el New York Times la información sobre las manifestaciones del fin de semana pasado ocupó un lugar muy secundario. El ambiente es tan catatónico que el presidente puede decir que un juez que le lleva la contraria es un “lunático peligroso” y no hay el menor indicio de protesta colectiva de los jueces. Otros amigos míos de la generación de Joe participaron en las grandes movilizaciones por los derechos civiles y contra la guerra de Vietnam de los años sesenta, y en algunos casos se jugaron la vida viajando al Sur en las protestas contra la segregación. Ahora las universidades expulsan a estudiantes que se han manifestado contra las matanzas israelíes en Gaza, y nadie sale a la calle, ni vuelve a ocupar el campus de Columbia, ni llena de nuevo de pancartas y cantos de rebeldía la bella amplitud de Washington Square, donde me gustaba tanto comer al sol antes de ir a clase, mirando pasar a la gente en la insurrección tranquila de los comienzo de la primavera, o escuchando a músicos extraordinarios de jazz que tocaban por unas monedas.

Mientras andaba errante por aquellos lugares queridos nunca se me ocurrió que alguien pudiera acercarse a mí de pronto y, sin mostrar ni su cara ni identificación alguna, me llevara preso. Tenía un trabajo y una tarjeta de residencia permanente, pero otras personas que también los tienen están siendo detenidas en medio de la calle por policías de paisano que esconden su identidad como los sicarios de una dictadura. Veo las imágenes de la detención de Rumeysa Ozturk, la estudiante de doctorado de la Universidad de Tufts culpable de escribir un artículo a favor de Palestina en el periódico de su facultad, y me parece que puedo estar viendo la escena tras el ventanal de un café en mi antiguo barrio, porque en él había muchas mujeres como ella, estudiantes jóvenes con un velo liviano, con rasgos meridionales o asiáticos, universitarias que se abrían un camino en el mundo, que habían cumplido la ensoñación de libertad adolescente de ir a estudiar a Nueva York. Vas por la calle pensando en tus cosas o absorto en el espectáculo vecinal y cosmopolita de la vida y unos individuos con capuchas, mascarillas y gafas oscuras se te acercan, te arrebatan el teléfono, te empujan apretándote el brazo, hacia un coche en marcha que no tiene señales distintivas. El recuerdo se enturbia, como una fotografía muy deteriorada. Ahora sé que no voy a volver. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la Real Academia Española.













De Trump y el gran Gatsby. Especial 4 de hoy sábado, 12 de abril de 2025

 






En el mundo del presidente estado­­unidense el dinero nos protege y las desgracias son solo para los pobres, comenta en El País [100 años después, Gatsby se convierte en Donald Trump, 12/04/2025] la escritora Nuria Labari. Se cumplen 100 años de la publicación de El gran Gatsby, comienza diciendo Labari, y la novela sigue siendo perfecta y su temática contemporánea. Así que les propongo un juego. ¿Quién sería Gatsby en 2025? Yo digo que Donald Trump. “Vestido de franela blanca, camisa color plata y corbata dorada”, así presentaba Fitzgerald a Gatsby, como un príncipe de opereta, igual que Trump presumiendo de derrochar agua para lavar su precioso y rubio pelo. Hay algo fallido en la identidad de Gatsby, igual que sucede con la de Trump, y Fitzgerald nos explicó a qué se debe su irremediable fracaso: a su repugnante visión del dinero.

Gatsby descifra, mejor que cualquier estudio politológico, la inmoralidad del sistema capitalista norteamericano, donde todo puede hacerse porque todo tiene un precio. ¿Pero no era El Gran Gatsby una novela de amor? Sí y no. Fitzgerald escribió sobre el desastre que supone una mala interpretación del dinero, en su caso, a través del amor. Gatsby pensaba que como era pobre no podía aspirar a nada y cuando se convierte en rico cree que puede aspirar a todo. Y lo único que pasa entre el pobre y el rico es que ha ganado dinero, ni moral ni mentalmente ha habido una evolución en el sujeto. Gatsby quiere a Daisy: primero la ama y después cree que puede tenerla porque tiene dinero suficiente.

El dinero para Gatsby, como para Trump, es pura virtualidad, es eso que permite poder hacer cosas. ¿Qué cosas? Las que tú quieras, porque las posibilidades al tener dinero son infinitas. Gatsby quiso a Daisy y Trump anhela todos los mitos de su época: el dominio del mundo, la inmortalidad y la exigencia de seguridad para cada uno de sus actos. Se siente a resguardo de sus acciones e incluso de las acciones de otros —recuerden su gesto impasible cuando intentaron asesinarle— porque cree que no estamos expuestos cuando nos protege el dinero. Las desgracias, en el mundo de Trump, son solo para los pobres.

Los ricos en cambio pueden hacer lo que les dé la gana, sin padecer las consecuencias, igual que Trump es incapaz de prever las consecuencias de sus decisiones. Porque las consecuencias, en el fondo, son morales o éticas. Y cuando lo más importante es el dinero, no hay moral que soporte las decisiones de la sociedad que así se rige. Podría parecer que un Presidente así es una anomalía en el sistema de valores norteamericano, pero a juzgar por el número de votos, cabe plantearse si no será Trump la normalidad de la ideología de un país donde el dinero lo ha atravesado todo, como ya nos contó el viejo Fitzgerald.

Nadie que haya leído El gran Gatsby olvidará la luz del embarcadero de Daisy que Gatsby veía en las noches de aquel verano en Long Island y que, desde entonces, representa uno de los paradigmas de lo inalcanzable. ¿Pero dónde está mirando Trump? La luz de algunos misiles cayendo sobre Gaza es verde también. Su deseo inalcanzable no es el amor. Y es precisamente esa otra luz la que nos permite ver la gran diferencia que existe entre Gatsby y Trump. El dinero es el mismo, pero Gatsby es un personaje literario trágico mientras que Trump es un sujeto político lamentable. Lo que distingue a uno de otro es que el trágico lamenta su destino mientras que el lamentable hace que lamentemos nuestro destino todos los demás. Nuria Labari es escritora.

















De ángeles y políticos. Especial 3 de hoy sábado, 12 de abril de 2025

 







El mesianismo nacionalista supone que hay algo supraideológico que marca los derechos de un territorio frente a otros, escribe en El País [El ángel del Señor se anunció a un político, 12/04/2025] la filóloga Lola Pons. A ver si va a ser verdad que hay ángeles, comienza diciendo la profesora Pons.Escucho discursos políticos donde parece que los hubiera. Pero yo no encuentro nada sagrado en los liderazgos, no oigo llamadas divinas sobre ningún territorio. Veo políticos, responsables públicos salidos de las listas electorales, que gestionan con mayor o menor acierto lo que les corresponde, durante el plazo y en la proporción que les hemos dado los ciudadanos al votar. Pero parece que hubiera ángeles.

Estas son frases reales, dichas por políticos o gestores institucionales con distintas ideologías y cuyo sujeto es una comunidad autónoma: “Galicia está llamada a ser un icono del siglo XXI”, “Aragón está llamado a ser un referente en inteligencia artificial”, “Valencia está llamada a ser uno de los hubs mundiales en movilidad sostenible”, “Andalucía está llamada a ser una potencia energética”, “Madrid está llamada a ser un catalizador disruptivo”, “Cataluña está llamada a ser un eje de estabilidad intercultural en la península Ibérica, al sur de Europa y al oeste del Mediterráneo”... No entro en lo que están llamadas a ser estas comunidades autónomas (aunque dan ganas: hubs, catalizadores, el pavor a decir “España” al situar a Cataluña en el mapa...). Me fijo en la expresión que se repite en todos los enunciados: ser llamado a. Acudamos al truco que los malos profesores de Gramática recomendaban para identificar los sujetos en las frases: preguntar quién al verbo. ¿Quién llama?, ¿quién es el agente aquí? Adviertan la sorprendente unidad retórica para omitir la agencia de esa llamada, para no declarar la identidad del llamante y para, desde luego, usar la frase siempre enfatizando realidades fascinantes. No esperen que nadie diga que su comunidad está llamada a ser un territorio depauperado, un eje de desigualdades o un icono de precariedad.

Ser (o estar) llamado se usa en español históricamente. A veces, se emplea en entornos donde la entidad que llama no se especifica por estar sobrentendida y no ser identificable en una persona concreta. Pensemos en expresiones como ser llamado a filas o ser llamado a votar (las armas y las urnas, aquí conectadas); en el ámbito militar, ser llamado a seguido de un nombre de lugar era ser nombrado para ocupar un puesto allí; en lo religioso, la llamada la hace una entidad divina: recuerden la “llamada de Dios” o la famosa cita bíblica de “muchos son los llamados pero pocos los escogidos”.

Cuando escucho que un territorio está llamado a ser algo, yo me pregunto por lo agentivo de esa frase: ¿hemos recibido una visita divina que nos ha señalado para cumplir una misión, un destino? Me pregunto qué clase de ángel anunciador se aparece a un político para decirle que es su territorio y no otro el llamado a protagonizar algo. Es cierto que por la localización de un lugar, su demografía o su tejido empresarial y académico, hay espacios donde es más fácil que se desarrollen estrategias dirigidas a un logro concreto. Pero no es lo mismo decir, pongamos por caso, “Extremadura está llamada a...” que declarar “Extremadura tiene las condiciones para...”. Porque si lo decimos así, de esta segunda forma, rebajamos la idea de mesianismo de la frase y hacemos evidente la responsabilidad política sobre el propósito que se persigue; subrayamos que, ante una potencialidad preexistente, corresponde a quien ejerce la gestión política y administrativa el encargo (la agencia) de trabajar para conseguir una meta específica y sacar partido a esa ventaja.

Al hablar, la política tiene que dejar claro quién se responsabiliza de las acciones; desconfío de la idea de predestinación en este tiempo de nacionalismos y populismos. Porque, aplicado a los territorios, el mesianismo construye la noción, tan profundamente excluyente como racista, de que hay algo histórico y supraideológico que marca los derechos de un espacio frente a otros, que un halo divino tocó un territorio para que fuese algo que los demás no podrán ser, y que el elegido para acometer la misión es ese pastor de los votantes que atiende la llamada del ángel.

No es la primera vez que cito en estas páginas a la filóloga argentina María Rosa Lida (1910-1962). Los lectores me dirán (y tendrán razón) que se me ve el plumero sacando a relucir el divino panteón académico que yo misma me he construido. Creo que viene al caso. Publicación póstuma de Lida fue el trabajo “La dama como obra maestra de Dios”, donde recorría los textos antiguos que ponderaban a la mujer amada como resultado de la mano divina. Yo me echo a temblar pensando que alimentemos el tópico de la comunidad autónoma como obra maestra de Dios, y que a las adoraciones o latrías ya existentes (egolatría, heliolatría, idolatría o pirolatría entre otras) tengamos que sumar, disculpen este invento de palabra, la regionlatría.

Quiero pensar que estamos ante un desafortunado recurso retórico que, apoyado en la estrategia de delegar en otros la consecución de objetivos legítimos, ha prendido en el discurso político. Los territorios no están invocados a nada, nadie llama a que un lugar sea de una forma u otra. Saquemos el incensario de la política, por respeto a la política y a los incensarios. Prefiero las religiones conocidas, las que se ven venir; prefiero los ángeles de toda la vida, los que no asignaban cometidos fantásticos a una comunidad autónoma, los que no decían hub sino ave. Lola Pons es filóloga y catedrática de Lengua Española, Lingüística y Teoría de la Literatura de la Universidad de Sevilla,











De la neurociencia de la ideología. Especial 2 de hoy sábado, 12 de abril de 2025

 






Leor Zmigrod piensa que la ideología está en los genes, es decir, en la arquitectura del cerebro moldeada por la evolución, señala el divulgador científico y genetista Javier Sampedro en El País [Neurociencia de la ideología, 12/04/2025]. Francis Galton era el primo listo de Darwin, comienza diciendo Sampedro.. Recibió la educación religiosa típica de la era victoriana, pero le confesó luego a Charles que los argumentos bíblicos tradicionales le habían hecho un “desgraciado” (wretched). Cuando estudiaba medicina en Birmingham tuvo la ocasión de visitar la Universidad de Giessen, en Alemania, pero de algún modo lo cambió por un viaje a Viena, Constanza, Estambul, Esmirna, Atenas y Postojna, de donde se trajo de vuelta a Cambridge un anfibio ciego llamado Proteus, desconocido hasta entonces en las islas británicas. Y tampoco es que fuera muy famoso en el continente, la verdad sea dicha.

Scotland Yard no empezó a utilizar las huellas dactilares hasta el siglo XX, pero podía haberlas usado mucho antes. De hecho, Sherlock Holmes ya las emplea en El signo de los cuatro, de 1890. Sir Arthur Conan Doyle era médico y estaba atento a la ciencia de su época. Había tomado la idea de un par de artículos publicados en Nature por Henry Faulds y William Herschel donde indicaban que las huellas dactilares eran únicas de cada persona, y de la subsiguiente comprobación experimental por, adivínalo, Francis Galton. Pero Galton aspiraba a mucho, mucho más que eso.

Galton fue seguramente el primer científico que percibió con claridad las consecuencias para la humanidad de la teoría de la evolución de Darwin. Ya dije que era el primo listo del gran naturalista. Se dio cuenta, por ejemplo, de que la evolución desmentía la teología. Y también de que, puesto que el cerebro es un trozo de cuerpo, la mente humana debía ser susceptible de mejora mediante la reproducción selectiva. Acuñó el término eugenesia para referirse a esa idea, y la vendió bien. Diez años después de que su primo publicara El origen de las especies (1859), Galton sacó El genio hereditario (1869), donde argumentaba que las cualidades mentales se heredaban tanto como las físicas.

Cuando Darwin leyó el libro, escribió a su primo: “Has transformado a un opositor en un converso, porque siempre he sostenido que, aparte de los tontos, los hombres no difieren mucho en intelecto, solo en celo y trabajo duro”. Darwin era un whig, un liberal de la época, o lo que hoy llamaríamos un laborista. Es curioso que, ya en el siglo XIX, los intelectuales de izquierda sintieran un rechazo casi automático a la idea de que la evolución —es decir, los genes— pudiera afectar al intelecto, y más curioso aún que esta aversión a la genética siga sin disiparse un siglo y medio después. Pero el caso es que Darwin se dejó seducir por las ideas de Galton. No le había citado en El origen de las especies (1859), pero lo hizo con profusión en El origen del hombre, su libro sobre la evolución humana, de 1871.

Hemos hablado de dos científicos de Cambridge, y ahora vamos a hablar de una tercera. La neurocientífica Leor Zmigrod piensa que la ideología está en los genes, es decir, en la arquitectura del cerebro moldeada por la evolución.

Investigar la realidad es costoso, y la ideología aporta un atajo barato de reglas y patrones sobre cómo es el mundo y cómo debería ser. Zmigrod sostiene que las ideologías nublan nuestra experiencia, nos impiden distinguir la verdad de la manipulación y son un lastre para nuestra adaptación. Cita pruebas empíricas para ello. Ya desde la infancia, los niños con más tendencia ideológica incorporan trolas a lo que oyen para reforzar sus prejuicios, mientras que los demás son más adaptables. Y todo ello se puede saber sin más que explorar su cerebro con las técnicas adecuadas. ¿Una nueva Galton? Decídelo tú mismo leyendo su último libro: The ideological brain: the radical science of flexible thinking (El cerebro ideológico: la ciencia radical del pensamiento flexible). Feliz Semana Santa. Javier Sampedro es científico genetista.

















De la antipolítica. Especial 1 de hoy sábado, 12 de abril de 2025

 






La antipolítica es lo que hacen los políticos. Los malos políticos. O los buenos contagiados por los malos, comenta en El País [Antipolítica, 12/04/2’25] el escritor Javier Cercas. ¿Qué es la antipolítica?, comienza preguntándose Cercas. Antipolítica es que el presidente de la Comunidad Valenciana no dimita después de que haya quedado absolutamente claro que gestionó de manera infame una catástrofe que arrasó el litoral valenciano y solo allí se llevó por delante la vida de 228 personas. Antipolítica es que, para seguir en su cargo, ese mismo presidente avale en un pacto la política xenófoba y racista de un partido de la ultraderecha española, que es pura antipolítica. Antipolítica es que el presidente del Gobierno, con el fin de seguir siendo presidente, tome de un día para otro y sin el menor debate ni explicación una medida capital que durante seis años aseguró por activa y por pasiva que nunca tomaría, y que avale en un pacto las trolas xenófobas y supremacistas de un partido de ultraderecha catalana, que es pura antipolítica. Antipolítica es que los dos principales partidos de este país, que desde hace décadas gobiernan juntos en la UE, prefieran pactar políticas xenófobas, racistas y supremacistas con formaciones antipolíticas a pactar entre ellos políticas decentes. Antipolítica es que, en un pleno del Congreso, el líder de la oposición le pregunte al presidente del Gobierno si está intentando controlar con dinero público Prisa, propietaria de EL PAÍS, y el presidente del Gobierno le conteste hablando del gasto del Gobierno en defensa. Antipolítica es que el líder de la oposición vuelva a formularle al presidente del Gobierno la misma pregunta y el presidente del Gobierno le conteste hablando del presidente de la Comunidad Valenciana. Antipolítica es que la presidenta del Congreso no le diga acto seguido al presidente del Gobierno: “Señor presidente, por favor, conteste a la pregunta que le han formulado”. Antipolítica es que lo anterior no provoque ningún escándalo ni abochorne a los diputados del Gobierno. Antipolítica es, como sabe cualquiera que siga un poco los plenos del Congreso, la mayor parte de lo que ocurre en los plenos del Congreso. (En el Congreso también se hace política, por supuesto, a veces incluso muy buena política, pero casi nunca en los plenos ni cuando hay cámaras a la vista: entonces casi solo se hace antipolítica). Antipolítica es que los partidos políticos no sean partidos políticos sino clubes antidemocráticos y cesaristas, y que los diputados no sean diputados sino robots al servicio del césar. Antipolítica es que se considere aceptable que en política se mienta y se engañe (siempre y cuando lo hagan los nuestros) y que solo se clame contra la corrupción si los corruptos son los otros. Antipolítica es que un político se llame a sí mismo pacifista porque se niega a ayudar a los ucranios que han decidido defender su país de una invasión: es como si llamáramos pacifistas a quienes, en 1936, se negaron a ayudar a los españoles que decidieron defender la II República; ni unos ni otros son pacifistas (aunque, como mínimo, los de 1936 no tenían la caradura de llamarse a sí mismos pacifistas): son ayudantes del verdugo.odo esto y mucho más es antipolítica. Lo que seguro que no es antipolítica es lo que suele considerarse antipolítica, lo que los políticos y sus palmeros denuncian como antipolítica: el exabrupto de un particular que protesta por la degradación de la política y que, con la bilirrubina por las nubes, dice que la política es una mierda y que todos los políticos son iguales; la furia de una pobre gente que lo ha perdido todo y grita y tira barro al Rey, la Reina, el presidente del Gobierno y el sursuncorda. Eso no es antipolítica; eso es la puesta en práctica del primer derecho político: el derecho al cabreo. No: la antipolítica no es lo que hacen ni lo que dicen los ciudadanos, aunque se equivoquen; la antipolítica es, por definición, lo que hacen los políticos. Los malos políticos. O los buenos contagiados por los malos. En cualquier caso, la antipolítica solo pueden hacerla los políticos. Y en España la hacen demasiado. Pero la hacen porque nosotros nos conformamos con el cabreo. Porque somos tan intransigentes con los otros como tolerantes con los nuestros. En definitiva: la hacen porque se lo permitimos. No deberíamos permitírselo. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.









De las entradas del blog de hoy sábado, 12 de abril de 2025

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 12 de abril de 2025. Según el Informe Mundial de la Felicidad, los países nórdicos siempre ocupan las primeras posiciones; Yascha Mounk, politólogo alemán, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy, que el Informe Mundial de la Felicidad es una farsa. La segunda es un archivo del blog de enero de 2020 en el que el filólogo Álex Grijelmo afirmaba que los seres humanos nos inclinamos cada vez más por cambiar las palabras en vez de arreglar la realidad, pero por mucho que perseveremos en ello, el rey Baltasar era negro, no afroamericano. El poema del día, en la tercera, es de la poetisa española Rosalía de Castro, lleva el título de Sombra negra y comienza con estos versos: Cuando pienso que te huyes,/negra sombra que me asombras,/al pie de mis cabezales,/tornas haciéndome mofa. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt











Del mito de la felicidad

 






Según el Informe Mundial de la Felicidad, los países nórdicos siempre ocupan las primeras posiciones; Yascha Mounk, politólogo alemán, trata de demostrar en Nueva Revista [El mito de la felicidad en los países nórdicos, 07/04/2025], que el Informe Mundial de la Felicidad es una farsa. Cada 20 de marzo se celebra, con moderación, el Día Internacional de la Felicidad y se publica el correspondiente informe, que de manera invariable sitúa a los países nórdicos en lo más alto de la clasificación. En la lista de 2024, los líderes han sido Finlandia, Dinamarca, Islandia y Suecia, mientras que España aparece en el puesto 38. Ucrania, infeliz por motivos obvios, no está tan mal como Afganistán, el país más desgraciado de la Tierra, con una insatisfacción que además va en aumento. Los medios de comunicación más importantes replican todos los años los datos de este documento sin plantearse demasiadas preguntas, pero esta vez ha surgido una voz discrepante.

Yascha Mounk, politólogo que ha tenido cierta presencia en Nueva Revista, responde con un artículo muy crítico, en el que desmonta o trata de desmontar la metodología y las conclusiones del informe. En The World Happiness Report Is a Sham (El Informe Mundial de la Felicidad es una farsa), Mounk, que tiene familia en Suecia y en Dinamarca, por lo que es conocedor de sus sociedades, argumenta que el documento ofrece una visión distorsionada de la realidad, sobre todo porque se basa en encuestas imperfectas, que incluyen una única pregunta, que por otro lado no puede ser respondida de manera uniforme en las distintas culturas.  

En primer lugar, veamos cómo y quién hace El Informe Mundial de la Felicidad, que se puso en marcha en 2011 gracias a una resolución de la ONU. Un año después, dicho organismo decidió que el 20 de marzo sería el Día Internacional de la Felicidad y se publicó el documento por primera vez. Para ello, cada año se tienen en cuenta diversos aspectos «relacionados con la felicidad global, incluidos la edad, la generación, el género, la migración, el desarrollo sostenible, la benevolencia y los efectos de la pandemia de covid-19 en el bienestar global».

Los autores aseguran que combinan «datos de bienestar de más de 140 países, con análisis de alta calidad realizados por investigadores líderes mundiales de una amplia gama de disciplinas académicas». Colaboran en el informe anual el Centro de Investigación del Bienestar de la Universidad de Oxford, Gallup y la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, que parecen proporcionar un respaldo suficiente o, como mínimo, aparente.

No obstante, los propios autores del documento reconocen lo que para Mounk es su mayor defecto: «La clasificación global de felicidad se basa en una sola pregunta de la Encuesta Mundial de Gallup, derivada de la llamada escala o escalera de Cantril». A los encuestados se les plantea la siguiente pregunta: «Imagine una escalera con escalones numerados desde el 0, en la parte inferior, al 10, en la superior. La parte superior de la escalera representa la mejor vida posible para usted y la parte inferior representa la peor vida posible para usted. ¿En qué peldaño de la escalera diría usted personalmente que se siente parado en este momento?».

Mounk no solo considera que esta forma de medir la felicidad es subjetiva, sino que es insuficiente para capturar un concepto tan complejo como la felicidad. Por otro lado, el politólogo asegura que las encuestas se realizan en muestras relativamente pequeñas de cada país, lo que puede no ser representativo de las experiencias generales de sus habitantes.

En un intento por aportar datos más objetivos, Mounk compara las conclusiones con otros indicadores relevantes para la felicidad. «Resulta que los habitantes de los mismos países escandinavos que la prensa celebra diligentemente por su supuesta felicidad son especialmente propensos a tomar antidepresivos o incluso a suicidarse», afirma el politólogo estadounidense de origen alemán. En su opinión, hay una falta de diversidad en las métricas, que no incluyen una combinación amplia de indicadores objetivos y subjetivos que podrían ofrecer una imagen más completa del bienestar.

Mounk añade que, aunque los países escandinavos tienen muchas cosas buenas, no son precisamente la estampa de la alegría. «Durante gran parte del año, son fríos y oscuros. Sus culturas son extremadamente reservadas y socialmente desarticuladas. Cuando paseas por los centros —sin duda hermosos— de Copenhague o Estocolmo, rara vez ves a alguien sonreír. ¿Serán realmente estos los lugares más felices del mundo?», se pregunta.

Más allá de esa percepción también subjetiva, y alertado por la mala clasificación de Estados Unidos (puesto 24, justo por detrás de Alemania y Reino Unido) Yascha Mounk decidió profundizar más y consultar estudios alternativos, como los realizados por los economistas Danny Blanchflower y Alex Bryson, quienes consideraron una gama más amplia de indicadores y obtuvieron resultados significativamente diferentes. En algunas de las métricas, por ejemplo (la probabilidad de que los encuestados hubieran sonreído o reído en la víspera a la entrevista), Dinamarca ni siquiera estaba entre los cien países mejor clasificados. En la clasificación final, Finlandia ocupaba el puesto 51, mientras que Japón, Panamá y Tailandia, poco felices en el informe respaldado por la ONU, resultaban ser los más dichosos.

Incluso Estados Unidos, sostiene Mounk, es un país con grandes diferencias y, si bien algunos estados son menos afortunados, en otros lugares se encuentran ciudadanos que pueden competir en felicidad con cualquier país del mundo. En concreto, cita Hawái, Minesota, las dos Dakotas, Iowa, Nebraska y Kansas.

Otra de las tesis de Mounk es que los países pobres pueden ser más felices que otros más ricos y cita el ejemplo de Bután, cuyo Gobierno promueve desde hace años una campaña por el bienestar de sus habitantes. En último extremo, el autor critica que entidades con tanto poder como The New York Times, la Universidad de Oxford y la ONU promuevan este tipo de información y sean cómplices del clickbait de unos datos tan poco fiables. «Cualquier institución que desee abordar ese problema debe comenzar por mirarse al espejo y dejar de difundir “desinformación de élite” como el Informe Mundial de la Felicidad», concluye el autor. Yascha Mounk (Múnich, 1982). Graduado en Historia por la Universidad de Cambridge y doctor en Ciencias Políticas por la de Harvard, actualmente es profesor en la Universidad Johns Hopkins. Se define «de izquierda no extrema». Autor, entre otros libros, de El gran experimento (Por qué fallan las democracias diversas y cómo hacer que funcionen).










[ARCHIVO DEL BLOG] El rey Baltasar es negro, no afroamericano. Publicado el 11/01/2020















Los seres humanos nos inclinamos cada vez más por cambiar las palabras en vez de arreglar la realidad, pero por mucho que perseveremos en ello, el rey Baltasar es negro, no afroamericano, afirma el A vuelapluma de hoy el escritor Álex Grijelmo. Los niños eligen su rey mago favorito -comienza escribiendo Grijelmo-. Y Baltasar gana generalmente a Melchor y Gaspar, sin que importe en absoluto que se trate del rey negro. Porque todavía lo llamamos negro, y no afroamericano.
Rosa Parks, que entonces tenía 42 años, pasó a la historia de la lucha contra el racismo en Estados Unidos y en el mundo cuando se negó a sentarse en el lado del autobús reservado a los negros y ocupó una plaza que correspondía a los blancos. Unos meses antes había hecho lo mismo la adolescente Claudette Colvin, pero la historia no fue generosa con ella sino con Parks.
Corría el año 1955 en Alabama, y desde entonces ha mejorado mucho en todo el territorio estadounidense la situación de los negros, si bien eso no ha mejorado a su vez la situación de la palabra que los nombra.
Tener la piel negra ya no implica allí discriminación legal, aunque existan otras diferencias sociales, pero en el vocablo negro persiste para muchas personas influyentes algún matiz peyorativo, hasta el punto de evitarlo.
Quienes consideran que no se debe discriminar a los negros mantienen, sin embargo, la discriminación del vocablo. Por ello han sustituido “negros” por “afroamericanos”. Y esto ha llegado incluso a la prensa de España. De vez en cuando se lee aquí el término “afroamericano” para referirse a un negro, ¡aunque no sea americano!
Esta serie de absurdos lleva a ciertas incoherencias. Se supone que los negros de EE UU proceden de África en última instancia, y de ahí viene el término “afroamericano”; pero también llegan a América blancos nacidos en África, y no se llama afroamericanos a los de esta raza, que, por cierto, también llegó desde allí, hace más de un millón de años. Por si fuera poco, en Europa nacen y viven negros a quienes no se denomina “afroeuropeos”. Pero ¿cómo llamar entonces a un senegalés?: pues o bien le decimos “afroafricano” o no tendrá más remedio que ser un simple negro, mientras que un negro de EE UU es un afroamericano; es decir, supuestamente un negro de mayor categoría en cuanto negro.
A veces, la palabra “negro” se evita mediante una solución eufemística diferente: persona “de color”. Y con ello se incurre en una nueva discriminación, porque de ese modo se considera “de color” solamente a los negros, cuando todos tenemos algún color. Así que los mal llamados “caucásicos” somos personas de color… blanco (si damos por bueno el blanco como color de nuestra piel).
Los seres humanos nos estamos inclinando cada vez más por cambiar las palabras en lugar de arreglar la realidad que transmiten. Lo que logre mostrar un espejo manipulado nos atrae más que aquello que se le pone delante. El lenguaje políticamente correcto consigue así la satisfacción de sus promotores, que de ese modo se sienten progresistas, respetuosos…, mientras a su alrededor continúan los desmanes.
El color de la piel es un accidente como el del pelo o la talla del calzado. Si a una colectividad le diera por considerar inferiores a quienes calzan un 49, y se empezara a llamarlos “zapatones”, no arreglaría el problema denominarlos eufemísticamente “pies grandes”, porque con el simple hecho de resaltar el tamaño del pie se continuaría dando por relevante aquello que no lo es. Si un periódico destaca en un crimen la raza del autor, da lo mismo que diga “negro” que “afroamericano”.
Las razas existen, como las tallas. La lucha contra estas discriminaciones no se basa en negar las peculiaridades ni en cambiarles el nombre, sino en no presentar las diferencias como si fueran causas. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















Del poema de cada día. Hoy, Sombra negra / Negra sombra, de Rosalía de Castro

 






SOMBRA NEGRA / NEGRA SOMBRA



Cando penso que te fuches

negra sombra que me asombras,

ó pe dos meus cabezales

tornas facéndome mofa. Cando maxino que es ida

no mesmo sol te me amostras

i eres a estrela que brila

i eres o vento que zoa. Si cantan, es ti que cantas

si choran, es ti que choras

i es o marmurio do río

i es a noite, i es a aurora.


En todo estás e ti es todo

pra min i en min mesma moras,

nin me abandonarás nunca,

sombra que sempre me asombras.


*****


Cuando pienso que te huyes,

negra sombra que me asombras,

al pie de mis cabezales,

tornas haciéndome mofa.


Si imagino que te has ido,

en el mismo sol te asomas,

y eres la estrella que brilla,

y eres el viento que sopla.


Si cantan, tú eres quien cantas,

si lloran, tú eres quien llora,

y eres murmullo del río

y eres la noche y la aurora.


En todo estás y eres todo,

para mí en mí misma moras,

nunca me abandonarás,

sombra que siempre me asombras.



ROSALÍA DE CASTRO (1837-1885)

poetisa española












De las viñetas de humor del blog de hoy sábado, 12 de abril de 2025