sábado, 22 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Wikileaks o el escándalo de las filtraciones. [Publicada el 01/08/2010]








 




Presuponiendo que lo se cuenta es verdadero y cierto, ¿entre el derecho a la información y la libertad de expresión, pilares fundamentales del sistema democrático, y la seguridad nacional y la defensa del Estado, qué debe prevalecer en caso de conflicto? Dilema casi insoluble, que corresponde resolver en cada caso a los tribunales de justicia en función de cada circunstancia concreta, y siempre a toro pasado. Personalmente, pienso que la libertad de expresión y el derecho a la información deben ceder paso únicamente ante el hecho de que lo divulgado acarré la segura pérdida de vidas humanas inocentes o un incuestionable peligro de muerte para determinadas personas. Pero a priori, y puestos ante el hecho concreto, ¿quién le pone el cascabel al gato?...
"A nadie le es dado anular lo que ha acontecido, pero a todos nos es lícito analizarlo y valorarlo". La frase es del catedrático de Filosofía de la Universidad de Pisa, Nicola Badaloni, y está en el Prólogo que escribió para "La esencia del cristianismo", del filósofo alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872), editada por el Círculo de Lectores (Barcelona, 1996) para su Biblioteca Universal de Filosofía. La leía hace unos días por las misma fechas en que saltaba a los medios de comunicación el escándalo de "Wikileaks", y pienso que viene como anillo al dedo para plantearse una toma de posición sobre el alcance y los límites de los conceptos citados al comienzo de este comentario: libertad de expresión, libertad de información, seguridad nacional y seguridad del Estado.  Por cierto, hay una estupenda frase al respecto atribuida al que fuera tercer presidente de los Estados Unidos de América, Thomas Jefferson (1743-1826): "Prefiero vivir bajo un gobierno tiránico, con libertad de prensa, que bajo uno democrático, sin periodicos".
La web especializada en filtraciones "Wikileaks", (en español "Wikifiltraciones") saltó a la fama hace unos meses con la filtración de un video clasificado en el que soldados estadounidenses, en julio de 2007, disparaban de forma indiscriminada en un barrio de Bagdad contra un grupo de civiles y mataban a un cámara de la agencia Reuters. El escándalo sobre los papeles desclasificados de la guerra de Afganistán que "Wikileaks" acaba de publicar en Internet es aún mayor. ¿Cómo consiguió desclasificar documentos ultrasecretos y comprometedores en tan poco tiempo? Según han revelado algunos medios de comunicación y agencias de prensa el mecanismo no es muy complicado: consiste en crear una web donde se invita a los usuarios a “donar” documentos —texto, audio o video— a cambio de no identificar jamás la fuente. Desde que se creó en 2006 la organización ha acumulado más de un millón de documentos.
El fundador de "Wikileaks", el periodista australiano Julian Assange, aseguraba hace unos días que nunca había publicado información que no estuviera contrastada o revisada, y denunciaba que lo relevante de lo filtrado es que la guerra es una cosa maldita detrás de otra, como la continua muerte de niños.
El pasado día 26 el periodista Fernando Navarro firmaba en El País un artículo en el que se preguntaba como una simple página de Internet sin publicidad ni ayudas públicas podía destapar y publicar documentos comprometidos, de alcance internacional, como la ideología xenófoba de un partido político en Reino Unido, el ataque indiscriminado del Ejército de EE UU contra un cámara de la agencia Reuters o, ahora, los papeles que revelan muertes de civiles y el doble juego de Pakistán en la lucha contra los talibanes. Y la respuesta, dice,  solo es una: "sí", desde que existe "Wikileaks".
Un día después, el 27 de julio, el subdirector de El País, y responsable de su sección de Internacional, el periodista Lluís Bassets, en su blog "Del alfiler al elefante", publicaba otro artículo titulado "El poder de la información", en el que analizaba las enormes implicaciones acarreadas por la revelación de "Wikileaks". No sólo por cuestionar la actuación y los métodos empleados por el ejército norteamericano en Iraq y Afganistán, o la lealtad de países presuntamente aliados como Pakistán, sino también, y muy especialmente, porque lo relatado por "Wikileaks" permite a dicha agencia codease ahora de tú a tú con los grandes medios de información y dictarles la agenda ante el hecho, divulgado por su fundador, de que tiene documentos secretos de todos los países del mundo con más de un millón de habitantes, documentos que a estas horas, dice, están afluyendo a decenas con informaciones reservadas, reportajes censurados e historias bloqueadas de muchos países donde el periodismo se halla en dificultades.        
El único problema, concluye Bassets, es que "Wikileaks", a pesar del enorme poderío demostrado no ha tenido todavía un correlato de transparencia interna sobre el funcionamiento, financiación y organización de esta entidad, algo señalado también, añade, por el influyente "Financial Times", que se extraña por la escasa transparencia sobre sus actividades de alguien que se dedica precisamente a exigir transparencia a los otros, y que debería llevarla a desvelar lo antes posible todos los datos sobre su propia actividad, antes de volver a efectuar un nuevo golpe informativo de dimensión mundial. Y este blog, "Desde el Trópico de Cáncer", cumple hoy su cuarto año de vida. Espero que disfruten con su lectura. Sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt













De las bibliotecas personales

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Rafael Narbona, va de las bibliotecas personales. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com










La biblioteca del fin del mundo
RAFAEL NARBONA 
13 JUL 2021 - Revista de Libros
harendt.blogspot.com

No lo advertí hasta que pasaron unos días. Mi biblioteca crecía con nuevos ejemplares, pero no se trataba de obras que yo hubiera adquirido, sino de volúmenes que irrumpían en los anaqueles de forma misteriosa. No sabía de dónde procedían. Mi mujer me aclaró que ella tampoco los había comprado. Vivimos en las afueras de Algar de las Peñas, casi en el fin del pequeño mundo compuesto por los trescientos habitantes de este pueblo de la sierra norte de Guadalajara. Los dos hemos superado los ochenta años. Intentamos no pensar en la muerte, pero sabemos que nuestro tiempo se acaba. Me llamo Rafael Narbona y fantaseo que mi nombre tal vez dejará un leve rastro en la memoria de los hombres. He publicado más de dos mil artículos y unos quince libros. Se trata de una miscelánea de escaso valor. Espero que la indulgencia de unos pocos lectores permita que mi escritura no se hunda en un olvido total. Me conformaría con ser una nota a pie de página en la historia de la literatura. Me avergüenzo de mi vanidad, pero ¿existe algún hombre que no haya incurrido en esa mancha?
La primera vez en que reparé en la existencia de nuevos ejemplares reaccioné con perplejidad. Media docena de volúmenes en rústica y sin título ni autor en la portada ocupaba el espacio que separaba Mientras agonizo, de Faulkner, de los cuentos de Flannery O’Connor. Parecían haber escogido un territorio fronterizo entre la desolación y la esperanza, el nihilismo y la cada vez más minoritaria fe en el viejo Dios de la tradición cristiana. Alarmado, los hojeé para averiguar de su contenido. Cuando descubrí que hablaban de los habitantes del pueblo, mi perplejidad mudó en espanto. Carecían de mérito literario. Escritos en un estilo impersonal, narraban la vida de mis vecinos y, lo que era más turbador, el momento de su muerte.
Unos días después, aparecieron nuevos ejemplares, esta vez entre la Comedia de Dante y el Ulises de Joyce, dos universos que se repelen, pues uno representa el orden como designio metafísico, y el otro, el desorden como fatalidad ontológica. Examiné uno de los libros y descubrí horrorizado que hablaba de mí. No quise leer la última página. Lo coloqué en el lugar donde se encontraba, pensando que lo más sensato sería destruirlo, pero mi veneración supersticiosa del libro me impidió hacerlo. Además, pensé que si lo quemaba, sería como arrojarme yo mismo a las llamas.
Mi mujer y yo eludimos hablar de lo que estaba sucediendo, quizás pensando que de ese modo convertiríamos el hallazgo de los libros en una borrosa pesadilla, pero una tarde acudió a visitarnos el padre Juan y el azar quiso que sus ojos advirtieran que algo había cambiado en mi biblioteca. Siempre he sido meticuloso con el orden y la limpieza, cultivando en no pocas ocasiones las absurdas simetrías. No agrupo los libros por el tema o el autor, sino por tamaño o colecciones. Esta costumbre pueril tal vez expresa mi miedo al caos. El padre Juan notó de inmediato que un puñado de libros rompía la simetría en un anaquel.
-¿Nuevas adquisiciones?
Se levantó y cogió uno de los ejemplares, un pequeño volumen con las pastas rojizas, las esquinas desgastadas y la cubierta lisa, sin nada que indicara su contenido ni su autoría. Lo abrió y, después de unos minutos leyendo, su mirada se turbó con una niebla de color ceniza.
-Es la historia de mi vida y habla de mi muerte. Menciona la fecha exacta y afirma que seré un muerto entre los muertos, que se borrará de mi mente el pasado y apenas comprenderé el presente. Solo distinguiré el futuro y mi conciencia se extinguirá por completo después del juicio final.
Comprendí que el libro le situaba en el sexto círculo del Infierno de Dante, en la ciudad de Dite, con los epicúreos, que no creían en la vida eterna y que ni siquiera subsistirían como almas arrojadas al abismo. Había oído que el padre Juan carecía de fe, pero que lo ocultaba porque consideraba que ya era demasiado tarde para retroceder. Su vida era una impostura, pero jamás lo reconocería. Además, le afligía pensar en el desaliento que cundiría entre sus escasos fieles, y el regocijo de los que no creían en Dios.
El cura se marchó de casa, balbuciendo frases incoherentes, incapaz de soportar su destino. Una semana después nos visitó Julián. También reparó en el desorden creciente de mi biblioteca. Cada mañana aparecían libros nuevos. Surgían –o nacían- de noche, como intrusos que aprovechan las sombras para asaltar una casa ajena. Cada vez se parecían más a una madreselva salvaje que invade un jardín, aferrándose a cualquier saliente o valla para consolidar su conquista. La simetría se había diluido hasta convertirse en un simple vestigio. Cuando observaba las pocas hileras que aún conservaban su disposición original, tenía la impresión de contemplar los frescos de Pompeya o el Mosaico de la Batalla de Issos, cuyos colores habían sobrevivido milagrosamente a los estragos del tiempo. Mi pequeño paraíso se desmoronaba, pero aún sobrevivían algunos rincones caracterizados por el orden, ofreciendo una resistencia tan hermosa como inútil.
Julián repitió la operación del padre Juan. Extrajo un volumen y lo exploró con sus gafas de vista cansada. Se olvidó de nosotros y leyó casi durante media hora sin levantar la mirada, ni disculparse por ignorarnos.
-Es mi biografía –dijo, guardando las gafas en un estuche-. Habla de mi estancia en la cárcel y del fallecimiento de mi mujer. De mis años como albañil y tipógrafo. De mi soledad y mi tristeza. Y revela la fecha de mi muerte. Incluso dice qué me espera en ese más allá en el que no creo: una quietud inmutable en Malebolge, con la cabeza hacia atrás. Es el castigo que Dante reserva a los falsos profetas.
-¿Por qué? ¿Cuáles son sus profecías?
-Soy anarquista y creí que algún día todos los hombres vivirán en paz, sin propiedad privada ni rencillas. En el fondo, siempre supe que era una creencia ingenua, pero esa idea me ayudó a vivir. Esa idea era una falsa profecía y Dios me condena a mirar eternamente hacia atrás, privándome del futuro. No entiendo muy bien ese castigo, pues en la eternidad ya no habrá tiempo y, por tanto, hablar de pasado, presente o futuro será absurdo.
Julián se marchó más tranquilo que el sacerdote, pero noté en su semblante la sombra que arroja la muerte sobre el que se atreve a mirarla cara a cara. Valeria, la famosa actriz, no reaccionó con la misma calma. Cenó con nosotros un sábado por la noche. Mi mujer preparó una ensalada y tofu, pues Valeria es vegetariana y no consume ni carne ni pescado. Tampoco se viste con prendas de origen animal. Nala, su perrita, y Mindy, mi vieja amiga de cuatro patas, corrieron por la casa, y cuando se cansaron, se tumbaron en el sofá, con los cuerpos muy pegados y los ojos sumidos en un tranquilo sueño que delataba su bienestar. Con un vestido veraniego y la melena roja flotando sobre los hombros desnudos, Valeria habló de sus pasiones: el teatro, el cine, la poesía. Su mirada chispeaba alegremente, pero el azul de sus ojos no podía ocultar el hondo pesar que lastraba su alma. El suicidio de Héctor, su pareja, siempre estaba ahí, introduciendo unas briznas de infelicidad incluso en los momentos más luminosos. Habían pasado muchos años, pero el recuerdo de aquel drama no se había desvanecido.
Cuando Valeria advirtió la confusión que se había apoderado de la biblioteca, no pudo reprimir su estupor:
-¿Qué ha sucedido? Los libros siempre estaban muy ordenados, casi como si respondieran a un propósito estético.
No fui capaz de relatar que cada noche aparecían nuevas obras, amontonándose sin ningún orden ni criterio en las estanterías.
Valeria alargó la mano y cogió un libro con las pastas azules, las esquinas dobladas y el lomo agrietado. Como los anteriores, carecía de título, pero hablaba de algo casi más preciado que su propia vida. Después de leer unas páginas, lanzó un grito y dejó caer el ejemplar.
-¿Qué esto? Menciona el suicido de Héctor, afirmando que ahora es un viejo árbol picoteado por unas horribles criaturas.
Valeria lloró, tapándose el rostro enterrado con las manos. Mi mujer y yo necesitamos mucho tiempo para calmarla y decidimos acompañarla a su casa. Nala y Mindy caminaban detrás de nosotros, cabizbajas y silenciosas, como si comprendieran que había sucedido algo terrible. De nuevo, uno de los libros que se habían colado en mi biblioteca asignaba un destino terrible a una persona cercana. Héctor no había vivido en el pueblo, pero todos conocíamos su historia. ¿Qué clase de horrible demiurgo había creado los libros que habían asaltado mi biblioteca? Me recordaban a los pueblos bárbaros del norte, que incendiaban los pueblos de la costa, quemando y degollando sin piedad. No cometería el error de leer el libro que adelantaba mi destino. Había hecho todo lo posible por olvidar el lugar donde lo había colocado. Vivir en la ignorancia del futuro es un don. Casandra anticipa la caída de Troya, pero su profecía no evita la tragedia. La clarividencia es una maldición.
Los vecinos comenzaron a hablar de la biblioteca. Algunos afirmaban que era una abominación, algo monstruoso que era necesario destruir. En el bar de Martín, los más viejos hablaban de maleficios y demonios, asegurando que un mal espíritu se había apoderado del pueblo. Martín ya no se atrevía a visitarnos y, poco a poco, los vecinos dejaron de saludarnos. Mi mujer tuvo que soportar comentarios despectivos mientras compraba el pan, y yo casi recibo una pedrada mientras paseaba por la orilla del río. Oculto detrás de los arbustos, alguien intentó descalabrarme. ¿Pensaban que de ese modo acabarían con los libros sin título, cuyo crecimiento no cesaba? Ya había segundas y terceras filas, y volúmenes dispersos por pasillos y habitaciones, ocupando toda clase de superficies. Cuando íbamos a sentarnos, teníamos que apartarlos. Mi mujer y yo comenzamos a odiar un formato que nos había proporcionado incontables horas de dicha. Ya no mostrábamos ningún respeto por ellos. Los arrojábamos al suelo con desdén, sin preocuparnos de que las hojas se desencuadernaran. Nos sentíamos como apóstatas que reniegan de sus viejas creencias. Una tarde hicimos una pequeña hoguera, quemando la mayoría de los libros que habían infectado la biblioteca. Fue inútil. Al día siguiente, se habían multiplicado, diseminándose como un virus. Casi parecían burlarse de nosotros, abarrotando las estanterías y apilándose en el suelo como torres. Tuvimos la impresión de contemplar un cuadro de Francis Bacon, con su carne descuartizada, transitando de la palidez al brillo obsceno de la sangre.
El padre Juan, Julián y Valeria se arrepentían de haber compartido su experiencia con algún vecino. No esperaban que la noticia corriera como el fuego, incendiando los ánimos. Una noche vinieron a visitarnos. Lo hicieron de forma clandestina, como si fueran conspiradores. Nos sentamos en el patio trasero, bajo un emparrado que permitía observar las estrellas.
-Tiene que existir una solución –dijo Julián-. Nunca he creído en el destino.
-Es cierto –añadió Valeria-. Cada ser humano escribe su futuro. Nada está fijado de antemano.
-Estoy de acuerdo –intervino el padre Juan-. Dios respeta nuestra libertad.
-¿No sería una buena idea destruir los libros? –preguntó Julián.
-Lo hemos intentando –dijo mi mujer- y ha sido inútil.
-¿Pero de dónde salen? –preguntó Valeria.
-No lo sabemos –dije- y creo que nunca lo averiguaremos. Voy a escribir a un viejo amigo. Confío en su lucidez. Quizás se le ocurra algo.
Me levanté de la mesa y encendí el ordenador, buscando la dirección de mi antiguo profesor de lógica, Álvaro Delgado-Gal. Ya había rebasado los noventa años, pero su lucidez permanecía intacta. Le envié un correo, explicando lo sucedido, no sin pensar que tal vez se preguntaría si había perdido la cordura. Tardó cerca de una hora en contestarme, sugiriéndome que habláramos por el chat. Por supuesto, no manifestó ninguna sorpresa. Su cortesía británica le impedía incurrir en esa forma de impertinencia que consiste en pedir explicaciones racionales para cualquier acontecimiento, por extravagante que sea.
-Perdona que haya tardado en responder –se disculpó.
Pensé que le había sorprendido estudiando el teorema de Gödel o releyendo la Teoría de la justicia de John Rawls, pero me equivoqué.
-Me has pillado con un Tintín entre las manos.
Incapaz de reprimir mi curiosidad, le pregunté:
-¿Cuál?
–El cetro de Ottokar. Fue el primero que leí y cuando llegan los veranos, me gusta volver a él. Es como recuperar un fragmento de mi infancia.
-En mi caso, el primer álbum de Hergé fue Tintín en América. Me lo regaló mi hermano Juan Luis. En francés.
-Yo también leí El cetro de Ottokar en francés. En cuanto a lo que me dices, ¿no has pensado que la vida es una cadena de causas y efectos? Un pequeño cambio altera toda la secuencia, conduciendo a un escenario diferente. En una inferencia lógica, es suficiente incluir una negación para cambiar el resultado. Tal vez esa podría ser la solución.
Mis invitados se mostraron un poco escépticos. No porque desconfiaran de Álvaro, sino porque la fatalidad parece irreversible cuando ha empezado su labor destructora. Sin embargo, cada uno decidió cambiar algo de su existencia. El padre Juan dejó de leer a Cioran y Schopenhauer. Lo hacía a escondidas, pensando que su pesimismo era una fiel descripción de la realidad. Después de dos semanas de abstinencia, comenzó a recuperar la fe, pensando que tal vez Dios no era una fantasía inspirada por el miedo a la muerte.
Julián revisó su concepción de la propiedad privada. Todo ser humano aspira a ser propietario de su casa y de algunos bienes, y eso no es malo. Solo había que poner freno a la acumulación abusiva. Esa reflexión le hizo experimentar el alivio del que renuncia a un sueño imposible.
Valeria se distanció del rencor que sentía por Héctor. En el fondo, nunca le había perdonado que se suicidara. Ahora comprendía que el suicidio no era un acto voluntario. Héctor no podía ser juzgado, sino compadecido. Esa idea hizo que el resentimiento cediera rápidamente hasta desaparecer.
Unas semanas después, los libros que habían invadido la biblioteca habían desaparecido y el orden se había restablecido solo, como cuando un árbol recupera su posición vertical tras el paso de un violento huracán. El incidente cayó en el olvido y Algar de las Peñas recuperó su plácida rutina.
Ha pasado casi un año, pero por la noche a veces escucho un rumor y me levanto sobresaltado, pensando que tal vez ha vuelto la extraña marea que inundó mi biblioteca con ejemplares de inexplicable origen. Si regresara, ni mi mujer ni yo buscaríamos los libros que relatan nuestra muerte. La inmortalidad quizás solo consiste en ignorar ese porvenir donde nuestro yo comenzará a disolverse. Atribuimos una importancia excesiva a un momento que no existirá para nuestra conciencia.
Álvaro me escribió hace unos días, comentándome que la muerte en realidad solo era una falacia ideada por un dios perverso para reducirnos a la impotencia.
-Recuerda la frase de Spinoza: «El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es una meditación no sobre la muerte, sino sobre la vida».
Los filósofos dicen muchas tonterías, pero en algunos casos tienen razón. Sin duda, este es uno de ellos.


































viernes, 21 de julio de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Cervantes contra la corrupción. [Publicada el 22/08/2017]










Supongo que lo voy a decir va contra lo que piensan al respecto la mayoría de mis compatriotas, pero la verdad es que yo no creo que  España y los españoles sean un país y un pueblo especialmente corruptos; al menos, no mucho más que otros países y naciones de nuestro entorno. En lo que sí estaría de acuerdo es en reconocer que ni nuestra legislación, ni los políticos en ejercicio, ni el común de los ciudadanos se toman este problema en serio ni miden el alcance de la gangrena que produce en el cuerpo social. Y ese es el problema, que no se hace nada por atajarla y extirparla de raíz, al menos desde las administraciones públicas, que es donde reside la madre del cordero.
Los políticos que solo aspiran a forrarse tienen el mismo propósito de cohecho que tanto escandalizaba al Quijote, dice el sociólogo Álvaro Espina. Y los viejos valores que defendía el caballero andante exigen comportarse con honor y sobreviven en el subconsciente colectivo.
En una entrevista reciente, con motivo de la presentación de mi libro Cervantes en la casa de Éboli, comenta al inicio de su artículo el profesor Espina, a la pregunta acerca de las posibles similitudes entre la política de entonces y la de ahora respondí precipitadamente que las situaciones son muy distintas y no deberían hacerse comparaciones. Ciertamente, en la etapa sobre la que versa mi obra todavía no habían surgido algunas de las similitudes a las que enseguida me referiré.
Sin embargo, mi respuesta no me dejó tranquilo. Unos días después, revisando la obra Utopía y contrautopía en el Quijote, de José Antonio Maravall, ya en el segundo capítulo —titulado Crítica de la situación del presente—, como para censurar severamente aquella respuesta mía, me topé con tres aseveraciones que mi maestro ponía como ejemplo de lo que el caballero andante consideraba el mal principal de aquel tiempo. La primera es de Sancho Panza, y dice: 
"—… tanto vales cuanto tienes, y tanto tienes cuanto vales…. Y el día de hoy, mi señor don Quijote, antes se toma el pulso al haber que al saber: un asno cubierto de oro parece mejor que un caballo enalbardado" (II-XX).
La segunda la dice la Gitanilla:
“—Coheche vuesa merced, señor tiniente; coheche y tendrá dineros, y no haga usos nuevos, que morirá de hambre…, que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las condenaciones de las residencias y para pretender otros cargos”.
Y la tercera es del propio Sancho, al comunicar por carta el 20 de julio de 1614 a su esposa Teresa estar dispuesto a aplicar tales máximas en la ínsula Barataria:
—“De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo” (II-XXXVI).
Verdaderamente, esto sí guarda grandes similitudes con lo que sucede ahora. Recuerdo ciertas conversaciones entre políticos en las que uno decía: “Yo estoy en política para forrarme”; y otro: “Tengo que hacerme rico…, tengo que ganar mucho dinero…; de lo que te dé, me das la mitad bajo mano”. Aunque luego los jueces considerasen que tales fechorías no tenían valor forense, a los efectos que aquí nos interesan eso da igual: manifiestan el mismo propósito de cohecho y de corrupción en el Gobierno que animaban a la Gitanilla y al gobernador Sancho Panza, para escándalo del caballero andante. Esa es probablemente una de las razones por la que el Quijote sigue gozando de tantos lectores adictos en nuestro tiempo.
El maestro Maravall asociaba todo aquello con el ascenso de la política moderna, que significó la aparición del ejército regular —frente a la mística de la caballería antigua, individual, representada por el Quijote—, de la economía monetaria y el poder del dinero, y de la administración de los expertos y letrados, a través de la burocracia.
Estas tres novedades vinieron a sustituir al imperativo que impulsaba la acción de las élites dirigentes entre la Edad Media y el Renacimiento, que no era otro que el honor. En las etapas tempranas de la modernidad el ascenso del poder de los monarcas sobre sus antiguos iguales no fue solo cuestión de pura fuerza. La subordinación de los señores feudales de la guerra ante la preeminencia de los nuevos monarcas y emperadores se vio acompañada por el culto al honor, la lealtad y el compañerismo fraternal en las órdenes de caballería —la Orden del Toisón, en el caso de los Habsburgo—. En suma, la nueva aristocracia moderna retomó el concepto antiguo de “virtud” —que había movido a los grandes héroes desde la antigüedad grecorromana—, recuperada en el Renacimiento y ensalzada por Maquiavelo, a quien, según mi novela, Cervantes lee en la biblioteca de los Éboli.
Esa es la principal enseñanza que recibió Miguel de su patrón, Ruy Gómez da Silva, príncipe de Éboli, a quien se lo habían transmitido sus mayores en la casa de los Téllez de Meneses —conquistadores de Ceuta—, la emperatriz Isabel de Portugal y el emperador Carlos de Gante. Ellos le dieron el trato exquisito que hizo de Ruy Gómez el más afamado cortesano de su tiempo y el príncipe del Renacimiento por antonomasia en España.
El honor implica legitimidad, otorgada de corazón a los gobernantes por quienes se someten a su autoridad secular. No basta con el poder de la fuerza militar, ni del dinero, ni de la autoridad burocrática y judicial (ni siquiera constitucional, diríamos ahora). En ese culto fue educado Cervantes dentro de la casa de Éboli, antes de que Felipe II terminase con lo que significaba la Orden del Toisón, asesinando a Egmont. Y parece que Miguel lo observó hasta su muerte. Poco antes, el Quijote se había declarado vencido ante el empuje de las fuerzas que menospreciaban el honor, retirándose a morir cuerdo como Alonso Quijano, El Bueno, aunque hubiera vivido loco como don Quijote, ebrio del honor y los ideales utópicos de la caballería antigua, preso de una locura que nos recuerda el elogio de Erasmo de Rotterdam.
Mucha gente piensa que al cambiar las edades sus valores quedan barridos para siempre, pero no es así. Los valores antiguos no desaparecen. Son absorbidos y sublimados en instituciones. Hegel lo denominó “aufhebung” y subyace al “espíritu del tiempo nuevo” de Ortega.
Herbert Spencer consideró a los grandes ceremoniales de la Edad Media y el Renacimiento como el origen de las instituciones modernas. Para Norbert Elías la “sociedad cortesana” de los siglos XVII y XVIII —precedente de la “sociedad burguesa”— constituye el laboratorio en que ciertas formas de coerción imprescindibles para la convivencia social son asumidas por el individuo socializado. Más tarde esta autolimitación o subordinación voluntaria de la pasión individual a las reglas mínimas de respeto a la colectividad pasaron a formar parte del sentido común, que fue para los ilustrados ingleses la argamasa de las sociedades modernas avanzadas, imprescindible para que la mano invisible permita cohonestar el interés individual con el bienestar colectivo.
La corrupción es una forma de conducta desviada por la que el individuo asocial trata de aprovechar para su interés exclusivo el esfuerzo de todos, comportándose como un gorrón, en la esperanza de pasar inadvertido, ya que la mayoría no lo hace y confía en los demás. Su cinismo se aprovecha de los valores de nuestra época, laica y utilitaria, para “forrarse y hacerse rico”, pero sin respetar aquellas reglas mínimas. Lo que sucede es que los viejos valores, que exigen comportarse con honor, sobreviven en el subconsciente colectivo y parecen estar reaflorando cuatro siglos después con impulso quijotesco en nuestra vida colectiva, concluye diciendo. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












Del placer de quedarse atrás

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Manuel Vicent, va del placer de quedarse atrás. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.










El secreto placer de quedarse atrás
MANUEL VICENT
15 JUL 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Conducía su coche por una carretera de Valencia de doble sentido y simplemente por una vez se reprimió el impulso de adelantar al vehículo que iba delante. Pudo haberlo hecho con suma facilidad, como tantas veces. Con solo apretar la suela del zapato su coche habría salido disparado sin ningún peligro. Adelantar, siempre adelantar era su objetivo en todos los órdenes de la vida, pero en este viaje había decidido reducir la marcha para contemplar el paisaje. Por supuesto, otros coches que venían detrás le pedían paso y Miguel experimentaba un placer hasta entonces desconocido al poner el intermitente hacia la derecha para facilitarles la maniobra de adelantamiento. Algunos camioneros se lo agradecían con el claxon, otros automovilistas le insultaban de viva voz por ir tan despacio, pero Miguel contemplaba el campo de girasoles, o la colina peinada de verde por el trigo en primavera o simplemente se metía en sus pensamientos o conducía sin pensar en nada. Fue una sensación placentera, sin importancia, pero Miguel decidió aplicarla a la forma de vivir, hasta el punto que su futuro se dividió en dos, antes y después de aquel viaje.
Esta experiencia le llevó a asumir que no pasaba nada si admitía que había escritores que iban delante, que tenían más éxito, más premios, más talento, más reconocimiento oficial, más medallas, academias y otros honores. Todos los días, al mirarse al espejo para afeitarse, Miguel hacía un acto de humildad. Empezaba por reconocer la destrucción de su rostro. Era un viejo, sin más. Por todas partes la juventud constituía un glorioso paisaje que Miguel tenía que atravesar. Durante muchos años lo había hecho con cierto resentimiento, si bien al final acabó aceptándolo como un náufrago que llegaba todos los días a la orilla y se salvaba. Era evidente que su tiempo había pasado, pero todos estos jóvenes querían llegar a viejos y él ya ha llegado. Aquel deleite que un día sintió en la carretera al no adelantar a los coches de peores marcas que le precedían era el mismo que sentía ahora cuando algún escritor joven le pedía paso y Miguel ponía el intermitente hacia la derecha e incluso bajaba el cristal de la ventanilla y sacaba la mano para indicarle que tenía la vía expedita. Y por nada del mundo se le hubiera ocurrido entrar en competición.
Esta agradable sensación de quedarse atrás la aplicó a la cultura. Había dejado de leer la última novedad que salía a las librerías. Por nada del mundo volvería a hacer un sacrificio semejante de leer el Ulises de Joyce solo por poder decir que lo había leído. En principio se sintió liberado de tener que estar al corriente de lo que había que saber para opinar en las tertulias. Experimentaba gusto secreto cuando le preguntaban por la novela de moda y decía “no la he leído” o por la última película de éxito y decía “no la he visto”. Se había quedado en el cine negro y en la comedia americana, repetía con sorna. Había vendido y regalado gran parte de su biblioteca, que ahora se componía tan solo de 200 volúmenes imprescindibles. En su casa ya no entraba un libro más. Había decidido comenzar a releer todo lo que hasta entonces le había gustado. Los Ensayos de Montaigne fue el primer volumen que acudió al rescate. Al tomarlo en las manos sintió que tenía un poso ganado por el tiempo. Volvió a Crimen y castigo, a Guerra y paz, a Madame Bovary, a la Eneida, a las Odas de Horacio y por ahí todo seguido hacia los libros de aventuras que le recordaban su adolescencia, los de la colección Austral que le llevaban a la hamaca de los veranos de su juventud. Saborear un vino viejo le daba el mismo gusto. A veces, al caer de la tarde, leía unos tercetos de la Divina Comedia con los labios húmedos de su licor preferido.
Por otra parte, se sentía un ser analógico. Hacía ya tiempo que se había quedado atrás, a esta orilla del río digital. Se había convertido en un torpe que a cada hora reclamaba la ayuda de su hija o de sus nietas para que le sacaran del atolladero en que se había metido con el ordenador. Pero sabía que en esta parte del río había muchas cosas que aprender todavía de los perros, de los pájaros, de los insectos y de las nefastas pasiones de los humanos. Miguel sentía una armonía interior al quedarse atrás, donde estaban las cuatro estaciones del año con sus flores y sus frutos.
Cuando la ansiedad le hacía sentirse un fracasado o un escritor que no había llegado a la meta, para consolarse, Miguel siempre recordaba lo que había dicho Borges: “Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes”. En este estadio de su vida cultivaba la amistad de unos seres que se tomaban la vejez con ironía y los acompañaba en la conquista de pequeños placeres a los que tenían derecho. Nada de nostalgia, solo un poco de melancolía, como las gotas de angostura que impulsan hacia la perfección a los martinis secos.