miércoles, 14 de mayo de 2008

Con Mayúsculas






Siempre he tenido miedo de la gente que habla con mayúsculas. Y no me refiero a las que hablan o escriben en alemán, que hace uso profuso de ellas... Me refiero a aquellos a los que no se les cae de la boca, la pluma o el teclado palabras como Dios, Patria, Libertad, Justicia, Estado, Nación, Derecha, Izquierda, Religión y todo el largo etcétera que ustedes quieran. Me mosquean muchísimo porque suelen ser -hay pocas excepciones a la Regla (con mayúscula)- los que uso más torticero hacen de esos valores que dicen, de boquilla, defender.

Frente a la generalizada apelación a los "Valores" (con mayúscula) no vendría mal un poco más de prosaico interés en la defensa de los derechos y libertades individuales consagrados constitucionalmente y cada vez más restringidos en esta España y Europa nuestra de los "Valores" (de nuevo con mayúsculas).

Es la tesis que mantiene Daniel Innerarity, profesor de Filosofía de la Universidad de Zaragoza, en un artículo de El País de hoy titulado "Cuidado con los valores", que comienza con una anécdota que dice que "cuando un profesor de Oxford se refiere a la decadencia de Occidente, en realidad está pensando en lo malo que es el servicio doméstico." ¿Una butade de otro insigne profesor universitario? Me temo que no. Porque como dice en su artículo, "a lo largo de la historia, los seres humanos hemos justificado hasta lo menos justificable apelando a los valores morales. Pero habría que preguntarse si con la actual inflacción de discursos morales no se está poniendo de manifiesto algo más ideológico e inquietante para las democracias contemporáneas ../.. un cuestionamiento de la prioridad que en una sociedad democrática le corresponde a los derechos, el consentimiento, las garantías y las libertades individuales ../.. reduciendo el espacio de la política, no para fundar los derechos sino para ponerlos en cuestión"... Espero que lo disfruten. Sean felices. HArendt



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"La Libertad guiando al pueblo", de Eugene Delacroix



"Cuidado con los valores", por Daniel Innerarity

Alguien dijo una vez que cuando un profesor de Oxford se refería a la decadencia de Occidente, en realidad estaba pensando en lo malo que era el servicio doméstico. La apelación a los valores sirve para llamar la atención sobre realidades valiosas, pero también para otras muchas cosas, algunas de muy poco valor en sí, pero de gran utilidad para quien lo realiza, como obtener alguna ventaja particular o para esquivar el punto de vista de los derechos, siempre más comprometido. La causa principal de que el recurso a los valores sea hoy tan recurrente probablemente haya que buscarla en una huida frente a la complejidad. Quien no se aclara, alivia su incomodidad instalándose en alguna evidencia que sea poco discutible. La queja moral apunta a una situación general de pérdida de valores, relativismo, consumismo, desorientación, insolidaridad, hedonismo, deslealtad, tradiciones que se abandonan. En todas partes parecen quebrarse estructuras, consensos y autoridades. Las clases sociales se difuminan y la sociedad pierde cohesión, las empresas se volatilizan en tramas virtuales, el poder del Estado se debilita, los electores son de poco fiar.

Ahora bien, el público que escucha con agrado los diagnósticos sobre la crisis de valores suele estar afectado de una carencia de conciencia histórica. Una opinión bastante extendida tiende a suponer que vivimos en un tiempo de cuestionamiento y crisis. Nuestro presente sería algo así como un momento crítico, entre el ya no y el todavía no. Ya no creemos las grandes representaciones del pasado, pero todavía no hemos conseguido sustituirlas por otras. El presente sería una especie de tierra de nadie entre las seguridades tranquilizadoras del pasado y las que sólo podemos esperar del futuro. Creo que este análisis es completamente ilusorio; responde a una ilusión que, por cierto, no es un invento nuestro, sino probablemente una característica más o menos común a todo tipo de presente.

Lo cierto es que desde hace algún tiempo, los principales partidos de nuestras sociedades democráticas, sean conservadores o progresistas, parecen tentados por volver a dar un lugar central a la defensa de los "valores morales". Esta apelación jugó un papel determinante en la reelección de Bush en noviembre de 2004, pero tampoco se trata de una peculiaridad norteamericana, pues hace tiempo que los valores morales ocupan también un lugar central en las campañas electorales europeas.

Este fenómeno de "moralización" de la vida pública se puede observar en manifestaciones muy diferentes, y cualquiera podría añadir otras muchas a las pocas que voy a mencionar aquí. Las pastorales de los obispos declinan una cruzada contra un supuesto relativismo moral y ofrecen unas orientaciones que en su literalidad no reflejan más que lugares comunes y en su contexto funcionan como tomas de partido. Por otro lado, la creciente judicialización de la política no tiene su origen en la garantía de los derechos y libertades, sino en la protección de unos valores que son entendidos de manera que precariza tales derechos y libertades.

También el fallido Tratado Constitucional de la Unión Europea apelaba a los valores comunes, concitando en torno a ellos la aprobación tanto de sus partidarios como de sus detractores. De esta manera, parecía darse a Europa una suerte de identidad sentimental más allá de los intereses económicos y de las abstracciones jurídico-políticas. Debió parecer más afectivo que el lenguaje frío de los derechos y los principios, más fácil de comprender y susceptible de generar la adhesión.

Este énfasis en los ideales y valores sobre las reglas y derechos no deja de ser significativo. En estos y otros ejemplos se advierte cómo el recurso a la moral debilita otros puntos de vista y otros niveles de realidad que son muy importantes, como la política o el derecho, cuya lógica específica no se acierta a respetar.

Pero tampoco en el inventario de los valores preferidos están todos los que son. De entrada, lo que en estos debates se llaman "valores morales" suelen ser aquellos que conciben tradicionalmente los conservadores y del modo como los conciben (familia, patria, vida, seguridad, mérito, orden, autoridad...), pero no otros que están más bien en el campo contrario y que no parecen menos importantes, como servicio público, universalidad, libre consentimiento, responsabilidad o solidaridad. Probablemente, el hecho de que la agenda pública del debate acerca de los valores se centre más en los primeros que en los segundos sea una concesión intelectual de los progresistas a los conservadores, una de las más flagrantes, ni la primera ni la única.

Mientras no se revisen esta y otras concesiones, el espacio de la discusión política seguirá sembrado de esas ventajas y desigualdades en materia de reputación que dificultan enormemente una confrontación equilibrada. No es tanto la abstención lo que perjudica a la izquierda, como suele decirse, sino la selectividad con la que se definen las prioridades morales.

Hay quien sólo verá en esta apelación generalizada a los valores un ejercicio de oportunismo y, si esta interpretación fuera la correcta, no tendríamos demasiados motivos para preocuparnos. A lo largo de la historia, los seres humanos hemos justificado hasta lo menos justificable apelando a los valores morales. Pero habría que preguntarse si con la actual inflación de discursos morales no se está poniendo de manifiesto algo más ideológico e inquietante para las democracias contemporáneas. Y es que el discurso de los valores puede ser la expresión de un cuestionamiento de la prioridad que en una sociedad democrática le corresponde a los derechos, el consentimiento, las garantías y las libertades individuales. Cuando hay una cultura política débil, la apelación a los valores en general, incluso aunque esté aparentemente destinada a fundar los derechos y libertades, acaba paradójicamente en el resultado opuesto: contestando los derechos y fragilizando las libertades individuales. El lenguaje de los valores es utilizado para reducir el espacio de la política, no para fundar los derechos sino para ponerlos en cuestión, como es el caso, por ejemplo, de la apelación a la familia, al trabajo o a la seguridad.

Tal vez no sea moralmente correcto llamar la atención sobre la falta de evidencia de unos valores a los que se apela como realidades incontrovertibles, o advertir que el acuerdo sólo durará lo que tardemos en abandonar la generalidad de los principios y descender al áspero terreno de las concreciones. Se arriesga uno a pasar por alguien de convicciones escasas. Pero si hay que tener cuidado con los valores no es porque no existan, sino porque hay demasiados, es decir, en competencia, necesitados de concreción y equilibrio.


El cuidado con los valores es la mejor prueba de que se los aprecia y respeta. En la anécdota maliciosa que contaba al principio, el profesor de Oxford estaba pensando en otra cosa cuando hablaba de crisis de valores; nuestros actuales orientadores en materia moral están pensando en cómo recortar algún derecho o en cómo introducir un punto de vista particular y discutible como si fuera una verdad evidente. Se olvidan interesadamente de que hay un debate sobre el "valor de los valores", e incluso un uso expresamente ideológico del lenguaje moral frente a la lógica de los derechos y deberes. No respetan a quien discrepa porque tampoco respetan la riqueza y complejidad de esos valores bajo cuya protección se encuentran siempre instalados con tanta comodidad. (El País, 14/05/08)





El profesor Daniel Innerarity



martes, 13 de mayo de 2008

La insoportable levedad del ser



Dante leyendo su "Comedia"


Leo en "Tu rostro mañana. Fiebre y lanza", de Javier Marías (Suma de Letras, Madrid, 2004; página 143) el comentario que el autor pone en boca de uno de los personajes de la novela sobre el sentimiento de pánico que los humanos sentimos cuando "nel mezzo del cammin di nostra vita" (Dante: Comedia, I, 1) decidimos hacer balance de situación: "Porque al final de cualquier vida más o menos larga, por monótona que haya sido, y anodina, y gris, y sin vuelcos, habrá siempre demasiados recuerdos y demasiadas contradicciones, demasiadas renuncias y omisiones y cambios, muchas marcha atrás, mucho arriar banderas, y también demasiadas deslealtades, eso es seguro. Y no es fácil ordenar todo eso, ni siquiera para contárselo a uno mismo."

No es fácil, desde luego. Y si se hace sinceramente, el resultado suele ser doloroso. ¿Por qué?, me pregunto. Si no hay más vida que ésta, ¿merece la pena el esfuerzo?... No lo se... Me quedé dándoles vueltas, tampoco en exceso, a la frase. Recordaba haber leído algo parecido en las "Meditaciones" de Marco Aurelio (Temas de Hoy, Madrid, 1994), el emperador filósofo del siglo II, que tan mal parado sale (muere asesinado por su hijo Cómodo) en "Gladiator" (una licencia histórica de Ridley Scott que no venía a cuento pero le daba dramatismo a la película). La he encontrado justo al final del Libro XII-32, y dice así: "¡Qué minúscula parte del tiempo infinito, insondable, se ha asignado a cada hombre, pues en un instante se desvanecerá! ¡Qué minúscula parte de la sustancia universal! ¡Qué minúscula parte del alma universal! ¡Qué minúscula la porción de la tierra universal sobre la que te arrastras! Ponderando todo esto, sólo tiene valor actuar siguiendo la guía de tu propia naturaleza y sufrir lo que trae la naturaleza universal."

Perdonen las molestias, aunque tampoco creo que haya sido para tanto, ¿verdad? Sean felices. HArendt



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La expulsión del Paraiso, por Miguel Ángel





lunes, 12 de mayo de 2008

Leopoldo




Leopoldo Calvo Sotelo



El pasado 4 de mayo publiqué un sentido comentario de homenaje al expresidente del gobierno de España don Leopoldo Calvo Sotelo en mi anterior y, de momento, comatoso blog "Desde el Trópico de Cáncer" (Primera época). Hoy, desde Ámsterdam, mi querida amiga Ana, me envía el que en la página electrónica de El Confidencial publicó el sábado pasado el anónimo articulista conocido por el seudónimo de Incitato (Incitato era el nombre del famoso caballo del emperador Calígula elevado a la condición de senador por su dueño). Me parece una deliciosa historia, por lo qué dice y por cómo lo dice, sobre el buen humor que caracterizaba al expresidente fallecido. Y no me resisto a compartirla con ustedes. Disfrútenla. Y sean felices. HArendt




Catafalco con los restos mortales de Calvo Sotelo




"Vete en paz, don Leo, escritor", por Incitato
(El Confidencial, 10/5/2008)

No me alcanzó el valor, don Leo querido, para ir a tu funeral y menos a tu entierro en Ribadeo. No me gustan esas cosas. Ni siquiera en Ribadeo, que ya es decir. Estoy tan harto de entierros que no pienso asistir ni siquiera al mío. Es lo que decía el gran Luis Sánchez Polack, o sea Tip: "El día en que me muera / quiero estar vivo / para ver si a mi entierro / van mis amigos". Yo no fui al tuyo, buen don Leo, aunque te quería de verdad, y me limité a ver por la tele el impresionante funeralazo que te preparó el presidente Zapatero (fue él, y no Aznar, como se ha dicho por ahí, quien encargó y supervisó, en todos sus detalles, la ceremonia), tu féretro larguirucho envuelto en la bandera nacional, las salvas de ordenanza, las músicas, el desfile y aquello de los militares entrando en el Congreso contigo a hombros. Lo que te habrás reído, no me digas que no. Según eras. Unos militares zarrapastrosos, cutres y antiespañoles estuvieron a punto de truncar, en aquel infausto día de febrero de 1981, tu investidura como presidente del Gobierno (y con ello la voluntad y el futuro de este país), y otros militares, ahí está el asunto, don Leo; muy otros militares, éstos dignos, abnegados, civilizados y constitucionales, te volvieron a meter en el hemiciclo del Congreso por última vez, a paso fúnebre y con todos los honores. El soneto que habrías escrito para descollonarte de la paradoja.

Porque ahí es donde quiero ir, amigo mío. Tú has sido un hombre de vocación frustrada. Triunfaste en casi todas tus empresas, como deseaba el sabio proverbio romano, pero pocos te aplaudimos con auténtica sinceridad en el empeño en que más deseas¬te, aunque fuese casi a escondidas, el reconocimiento: la Literatura. Te lo dije, recuérdalo, aquella noche de febrero de 2006 en que nos encontramos (no nos encontramos, coño; yo fui a buscarte) en la cena que te daban en un hotel de Madrid:

–Presidente, qué pedazo de escritor se ha perdido este país por culpa de la puñetera política, de la banca, de la Renfe, de los explosivos y hasta de las Comunidades Europeas.

–Hombre, Inci… Que tengo tres libros publicados…

–Treinta habías de tener. Y de ellos, seis de poesía burlesca.

–Bah. Yo creo que no lo he hecho tan mal, caramba.

–Sin duda. Es la primera vez en la historia que España disfruta de un jefe de Gobierno capaz de crear sonetos tan magníficamente envenenados que habrían puesto pálido de envidia a Quevedo.

–Venga, venga. Exageras, senador.

–Tú sabes bien que no.

Y claro que lo sabías. Yo acababa de recitar, de memoria y mirándote a los ojos, delante de un centenar de encorbatadísimos ejecutivos (muchos eran antiguos alumnos de la universidad de Yale), una obra maestra absoluta de la poesía satírica en español: aquel soneto que tú, Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, clavaste, como una estocada impecable, en la testuz de cierto chisgarabís que fue compañero tuyo en uno de los Gobiernos que presidió Adolfo Suárez, y que comienza así: "Ayer, en su cacatio matutina / que tan píos sermones nos reserva…" No lo reproduzco entero porque no debo repetirme, que a veces se me escapan anécdotas ya relatadas y luego me riñen: esta historia ya la conté aquí hace dos años largos. Y, además, el chisgarabís está vivo, aunque muy mayor y muy pocho, y no es nada agradable hacer sangre (tú nunca la hubieras hecho) de gente que no está en condiciones de, a su vez, desenvainar. Por edad, por circunstancias de la vida… o por falta de talento. Tú, don Leo, te podías comparar a Quevedo, pero el chisgarabís jamás fue Góngora, pobrecito. ¿Meterse ahora con él? "Qué error, qué inmenso error".

Pero no fue sólo aquel soneto magistral. Es que tú, Leopoldo, te lo habías leído todo, caramba, y además lo recordabas. Eso se notaba siempre. Martirizabas a tus amigos y colaboradores, los que te preparaban en Moncloa aquellos que tú llamabas "papeles" sobre los que se habían de construir tus intervenciones públicas. Es que no eras físicamente capaz de no corregir, escolar y puntillosamente, acentos, puntos, comas, puntos y comas y los dos puntos. Una de tus varas de medir a los seres humanos (vara que yo comparto con fervoroso entusiasmo) era la ortografía, y otra, más alta y más dura aún, el dominio de la sintaxis. Fritos tenías a quienes trabajaban en tu Gabinete, y esa fritura logró que varios de ellos escriban hoy como los ángeles y dominen la Preceptiva bastante mejor que el padrenuestro.

El resultado no podía ser otro: tu colección de discursos e intervenciones públicas, que editó la Secretaría de Estado para la Información hace veintiséis años y que me regaló el otro día uno de tus más fieles amigos, es una valiosísima joya no ya política, sino literaria.

Y luego están, no faltaba más, tus libros. Ahora que te has muerto se puede decir esto sin vacilación: el primero de ellos, Memoria viva de la Transición (Plaza y Janés, 1990), es, sin comparación posible, el mejor libro de memorias políticas publicado en España durante todo el siglo XX. Por lo que contaste y, esto sobre todo, por cómo lo contaste. Y mira que los hay buenos, ¿eh? Pero Fraga, que anota cosas importantísimas, hace nada más que eso: anotarlas con una sintaxis y un estilo que te hacen sentir, al leerlo, más o menos como te sentirías tras deglutir tres latas de fabada. Uno de tus más perversos judas, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, escribió una larguísima y muy bien redactada autoexculpación que recuerda mucho al Libro de los Muertos de los egipcios, porque lo único que intenta es convencer al lector de que las cosas sucedieron de un modo totalmente distinto a como en realidad pasaron, y de que él era, hay que ver, más o menos un entrevero de Santa Gema Galgani y Sandokán, pero con gafas muy gordas. Suárez no escribió sus memorias. Aznar no cuenta, porque se las escribieron. A Carrillo le salió una cosa muy interesante pero que parece redactada en tetragramas de canto gregoriano. Guerra lo hizo francamente bien, pero la verdad es que no te alcanza.

Sólo un escritor, un verdadero escritor con una sabiduría, una honestidad y un sentido del humor que muy pocos te reconocen hoy, podía ser capaz de escribir en sus memorias (además del soneto inmortal al chisgarabís) frases como estas: "Me acuso de vanidad, porque pensé durante algunos años que había entendido a Pío Cabanillas". "Me acuso de ser Calvo-Sotelo los lunes, miércoles y viernes, y Bustelo los martes, jueves y sábados, como dijo Alfonso Osorio; y de no haber trabajado bastante los domingos". Otra: "Me acuso de no haber sabido reponer con demagogia los votos que perdía haciendo lo que tenía que hacer". Y la última, last but not least: "Me acuso de haber creído que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a decir sencillamente, claramente, sí o no a todos… menos a algunos democratacristianos".

Los otros dos libros, Papeles de un cesante (Galaxia Gutenberg, 1999) y Pláticas de familia (La Esfera, 2003) son apenas una muestra luminosa de lo que pudiste regalar a los lectores de no haber sido, como una vez me dijiste (fue en mayo del año pasado), "un escritor frustrado que durante muchos años distrajo su frustración trabajando con rigor en otras cosas". Y qué cosas. Poner en marcha el juicio del 23-F, recurrir la sentencia del Tribunal Militar (que parecía redactada por las madres de los procesados) ante la mucho más dura y honesta Justicia civil, lo cual disolvió como un azucarillo en agua el por entonces temible "ruido de sables" que a todos nos quitaba el sueño; bregar como nadie lo ha hecho por encajar a nuestra difícil y montaraz España de entonces no sólo en la OTAN, trabajo que terminaron los desasnados socialistas mordiéndose el rabo que llevaban entre las piernas, sino sobre todo en aquella Europa adolescente en la que tanto mandaba aquel cabrón con pintas (dicho sea desde el punto de vista español) a quien tú llamabas el emperador Giscard…

Sí, querido Leopoldo, no lo hiciste "tan mal", como tú decías. Qué narices. Fuiste, en mi opinión, un espléndido, decisivo, trascendental gobernante de nuestro país, a pesar del poco tiempo que tuviste para tratar de sosegarlo. Como presidente, fuiste casi tan bueno como escritor hubieras sido de haberle echado más tiempo a los sonetos y a los epigramas. Pero la leyenda urbana eso no lo sabe. Aun hoy te tienen por un tipo gris, soso, cenizo, medio gafe y antipático. Un gilipollas con micrófono episcopal se ha creído que decía una cosa graciosísima cuando te rebautizó, no hace mucho, como "Leotelo Caldo Sopolvo", lo cual da la medida exacta del ingenio de ese innoble bruto salvapatrias. Muy pocos han oído hablar del Leopoldo nocturno, del consumado experto (teórico y nada más, desde luego, porque ahí estaba tu Pili, a la que adorabas con toda tu alma) en señoras de buen ver; del impenitente contador de chistes por completo impublicables, del Calvo-Sotelo aficionado a tascas y tabernas, comedor de cangrejos con los dedos, bailón de salsa. Es que hay que jo…, don Leo, con las leyendas urbanas.

Tú diciéndole al presidente de no sé qué banco (no lo recuerdo bien ahora, o no quiero hacerlo), que te estaba contratando, que no te esperase para trabajar a las ocho y media de la mañana, como a todo el mundo, sino a las nueve y media, porque a ti te sentaba fatal madrugar. Tú de chaval, monárquico juanista apasionado, dándote de leches, en pleno paseo de la Castellana, domingo tras domingo, con los falangistillos del SEU. Tú tirándole los tejos a una chica preciosa nada menos que en el despacho de su señor padre, que era el ministro de Educación, José Ibáñez Martín, que te quería mandar a la cárcel desde allí mismo por montarle huelgas en la Escuela de Caminos (y cuatro años después te casaste con ella, con Pilar). Tú, presidente en visita oficial, comiéndote, supongo que sin respirar, el incalificable mono asado que te hizo servir en Malabo el déspota de Guinea, Obiang, que olía a corrompido desde el pasillo que llevaba al comedor (me refiero al mono) (también). Tú, ya viejo, asegurando, con una socarronería galaica sencillamente genial, que Aznar te parecía muy bien, ¡muy centrista!, pero que de ninguna manera te pensabas apuntar a su partido, que hasta ahí podía llegar la riada.

Y tú, al fin, tumbado, acarreado por los nuevos militares españoles que pisaban, tempo di marcia fúnebre, las alfombras del Congreso que deshonraron Tejero y sus cuatreros vestidos de verde. Sin duda sonreías dentro del cajón. De haberte visto, qué soneto habrías escrito, escritor. Me imagino el principio: "De Tejero los ríspidos bigotes, /antiestéticas cerdas antiguallas, / cenizos cual escoria de fornallas, / negros y bastos como calabrotes, / se quedaron en tristes monigotes / que el tiempo ya olvidó; hoy las batallas…"

Pero no. No voy a seguir. Yo no soy capaz de escribir un soneto ni remotamente comparable a los tuyos, don Leo. Es mejor dejarlo aquí y pasar el tiempo releyendo tus páginas sabias, perfectas, llenas de humor y, a veces, de algo que pudiera parecerse a la melancolía.

Vete en paz, querido amigo. Hiciste bien, muy bien, el trabajo que te tocó hacer en tu larga vida. Es llegada la hora, la medianoche en punto, y tienes derecho al descanso.

Te será leve la tierra oscura de Ribadeo.


Parte tranquilo, hombre bueno. Tu memoria está bien custodiada. Vete en paz. 




La Moncloa (Madrid). Sede de la presidencia del gobierno de España




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"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura" (Voltaire)