sábado, 8 de febrero de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 8 de febrero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 8 de febrero de 2025. Quienes tenemos un ojo puesto en la política internacional y otro en la nacional no paramos de bizquear; no hay manera de evitar el estrabismo derivado de su falta de acople, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy. En la segunda, un archivo del blog de febrero de 2018 se comentaba lo que Goethe decía sobre  el hecho de que "un hombre vale por tantos hombres cuantos idiomas posea" y, desde luego, no seré yo quien le contradiga. De ahí que los ciudadanos españoles residentes en comunidades autónomas con lengua propia puedan ser unos seres privilegiados si llegan a ser bilingües de verdad. El poema de hoy, sin título, en la tercera del día, es del poeta Manuel Vilas y comienza con estos versos: "Oh, tú, lengua desamparada./Tal vez yo me haya convertido en tu último apóstol. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Hoy entro yo en la octava década de mi existencia. No puedo quejarme de lo vivido hasta ahora, pues he sido tratado con benevolencia, y parafraseando a Machado, permítaseme decir que creo que soy, en el buen sentido de la palabra, una buena persona y que he gozado de una vida afortunada y feliz. Lo que me quede de ella se lo encomiendo a las Euménides y la diosa Fortuna. Nos vemos mañana si ella lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt










Del cada uno a lo suyo y ninguno a lo de todos

 







Quienes tenemos un ojo puesto en la política internacional y otro en la nacional no paramos de bizquear; no hay manera de evitar el estrabismo derivado de su falta de acople, escribe en El País [La gran desconexión entre los partidos y el futuro, 02/02/2025] el politólogo Fernando Vallespín. Por un lado, un inquietante mundo en plena disrupción en el que todas las certidumbres anteriores parecen desvanecerse a una velocidad alarmante; por otro, "politics as usual", como si habitáramos una isla ajena al temporal. Aquí seguimos dejándonos llevar por las inercias de los años anteriores. Se supone que estamos entrando además en una nueva era tecnológica que romperá de modo drástico con la organización del sistema productivo, exigirá algo próximo a una revolución de los sistemas de enseñanza, sanitario y de la misma gestión burocrática del Estado. Son cuestiones que se discuten en nuestro espacio público, claro está, pero como si fuera algo ajeno a nuestra política. Esta parece inmune ante estos desafíos, inmersa como está en el pugnaz choque entre bloques o partidos, en si Puigdemont es más trilero que Sánchez o viceversa, en si este o aquel juez sufre de alguna u otra distorsión hermenéutica o partidista, o en predicciones sobre la duración de la legislatura y los costes o beneficios de la (in)estabilidad del Gobierno. En fin, en nuestra política no hay más discusión que la que imponen las necesidades de poder de los partidos.

Las iniciativas del Gobierno tampoco se pueden discutir a fondo, porque su final es imprevisible; cuesta saber cómo van a quedar después de las negociaciones que Puigdemont gusta escenificar a cara de perro y a puerta cerrada. Se nos presenta el resultado, que luego se nos vende como necesariamente bueno por la cantidad de consensos que consigue sumar. El Gobierno transmite imagen de desconcierto, y la oposición también, aunque el problema de esta es que parece haber puesto todas las fichas en el mismo número, el de sentencias judiciales cuyo tempo, recursos y eventuales pronunciamientos del Tribunal Constitucional trasladan hacia un futuro indeterminado. Fuera de eso, carece de imaginación opositora, no tiene ni un solo gesto irónico o propositivo. Así pasamos los días, las semanas, los meses, volviendo una y otra vez sobre los mismos temas y en ambiente de encarnizada lucha electoral permanente.

Lo malo es que el futuro no puede esperar a que los grandes partidos se pongan de acuerdo en algo, o a que pase el año de celebración de la muerte de Franco u otra efeméride que siga anclándonos al retrovisor en vez de enfrentarnos al porvenir. ¿No tendrían curiosidad por ver en las Cortes lo que los partidos nos tienen que decir sobre la inteligencia artificial, por ejemplo? ¿O lo que opinan sobre lo que se le viene encima a Europa con el ciclón Trump? ¿Tienen un plan específico para cada uno de los desafíos de futuro o se limitarán a hacer seguidismo de sus correligionarios europeos? La verdad es que no lo sé. En nuestros medios podemos informarnos bien sobre el devenir de este apasionante y peligroso momento histórico que nos está tocando vivir. Pero cuando vamos a las páginas de Nacional, no aparece apenas huella alguna de lo que nos ha dejado tan acongojados, como si se tratara de dos subsistemas distintos, cada uno con su propia lógica.

Todos sabemos que la política es local, que se ocupa preferentemente de lo próximo, y que en ella es inevitable el partidismo y que imperen el conflicto y la división. Pero también que muestra su cara más noble cuando consigue adicionar fuerzas para resolver problemas acuciantes. Es inevitable no calificar este momento como necesitado de orientación, de discusión pública y acción política. En este último sentido mencionado, no en el mecánico raca-raca habitual.















[ARCHIVO DEL BLOG] Lenguas, Ley y Constitución. Publicado el 20/02/2018












Goethe decía que "un hombre vale por tantos hombres cuantos idiomas posea" y, desde luego, no seré yo quien le contradiga. De ahí que los ciudadanos españoles residentes en comunidades autónomas con lengua propia puedan ser unos seres privilegiados si llegan a ser bilingües. Por consiguiente, todo lo que se haga en este sentido deber ser alabado y alentado, siempre que una política lingüística determinada no signifique a la larga la sumisión de una lengua a la otra, desvirtuándose así el objetivo del bilingüismo, escribe en El Mundo el profesor Jorge de Esteban, catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de ese diario.
Precisamente fue esta condenable orientación la que prevaleció durante el régimen anterior, en dónde estuvo vigente aquel estúpido eslogan de «habla la lengua del Imperio», comienza diciendo. Acabar con semejante estulticia fue uno de los objetivos que se trazaron los redactores de nuestra Constitución, cuyo Preámbulo señala ya que "la Nación española proclama su voluntad de proteger a todos los españoles y pueblos de España en el ejercicio de los derechos humanos, sus culturas y tradiciones, lenguas e instituciones". Razonamiento que viene perfilado ya más concretamente en el artículo 3º. Y otros artículos se refieren también, directa o indirectamente, al uso de las diferentes lenguas españolas (Arts. 2, 14, 20.3, 27.8, 148.1.17, 149.1.1 y Disposición Final).
Pues bien, en este contexto es en el que hay que plantear la solución al conflicto entre el castellano y el catalán que, como continuación a una serie de protestas, acaba de plantear el Tribunal Supremo. En efecto, ante la duda de la constitucionalidad de la Llei 7/83 de normalizació lingüística a Catalunya, aquel ha elevado ante el TC la correspondiente cuestión de inconstitucionalidad. Así, un conflicto pleno de connotaciones políticas y emocionales se trata de resolver en términos estrictamente jurídicos y, por tanto, sin perjuicio de lo que acabe resolviendo el Tribunal, la argumentación que sigue se limita a un razonamiento exclusivamente conforme a Derecho. Para ello, conviene delimitar el problema: saber si, desde el punto de vista constitucional, es posible que la enseñanza, en sus diversos grados, se imparta exclusiva o fundamentalmente en catalán, lesionándose los derechos de los castellanoparlantes.
La política de inmersión lingüística que lleva a cabo actualmente la Generalitat se basa sobre todo en el artículo 14, apartados 1,2 y 5 de la citada Llei y, en consecuencia, es el precepto que debe centrar nuestra atención, cuyos contenidos los podemos exponer así: "El catalán es la lengua propia de la enseñanza en todos los niveles educativos", "los niños tienen el derecho a recibir la enseñanza primaria en su lengua habitual, ya sea ésta el catalán o el castellano", y "la Administración deber tomar las medidas para que la lengua catalana se use progresivamente a medida que todos los alumnos la vayan dominando". Es decir, la finalidad de esta política es llevar a cabo un bilingüismo desequilibrado en favor de la preponderancia del catalán, basándose sobre todo en la enseñanza en esta lengua de todas las materias. ¿Es constitucionalmente posible?
Sinceramente, tengo mis dudas, basándome tanto en lo que dice la Constitución como en lo que señala el propio TC interpretando la misma. En primer lugar, la Constitución establece sin ambages que todos los españoles tienen el deber de conocer el castellano, mientras que es únicamente un derecho usar las otras lenguas españolas en el ámbito de la comunidad autónoma propia. La concreción constitucional de este deber se deriva no sólo de que el castellano es la lengua oficial del Estado, sino sobre todo de que, según el artículo 27.8 CE, "los poderes públicos inspeccionarán y homologaran el sistema educativo para garantizar el cumplimiento de las leyes". Y precisamente la homologación básica en la enseñanza consiste en que se haga en el idioma oficial del Estado, lo que no implica, ni mucho menos, que no se enseñe también la lengua propia de las diferentes comunidades. Ciertamente, es un derecho constitucional la enseñanza del catalán, pero no la enseñanza en catalán. Y, por si hubiese dudas, el artículo 148.1.17 CE lo aclara definitivamente, al establecer que las Comunidades Autónomas podrán asumir competencias en las siguientes materias... "el fomento de la cultura, de la investigación y, en su caso, de la enseñanza de la lengua de la Comunidad Autónoma".
Se dice, pues, enseñanza de la lengua y no enseñanza en la lengua, porque se trata así de una competencia exclusiva del Estado, según el artículo 149.1.1º, por lo que entonces éste deberá "regular las condiciones básicas que garanticen la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de los derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales". La conclusión, con la Norma Fundamental en la mano, estriba en que, reconociendo al catalán como lengua propia de Cataluña, la enseñanza debe ser impartida en castellano, sin perjuicio de las horas que se decida consagrar al aprendizaje del catalán. Semejante razonamiento es el que ha venido sosteniendo hasta ahora el Constitucional, con alguna evidente equivocación, según vamos a ver. En efecto, en una primera sentencia (STC 6/82) establece que es competencia del Estado "garantizar la igualdad de todos los españoles en el ejercicio de sus derechos y en el cumplimiento de los deberes constitucionales", por lo que la "Alta Inspección puede ejercitarse legítimamente para velar por el respeto a los derechos lingüísticos (entre los cuales está eventualmente, el derecho a conocer la lengua peculiar de la comunidad autónoma) y, en particular, el de recibir enseñanza en la lengua del Estado".Posteriormente, el TC en otras sentencias (SSTC 87/83 Y 88/87) indica que "de acuerdo con los arts. 27 y 149.1.30 de la Constitución la competencia para establecer las enseñanzas mínimas del ciclo medio de EGB corresponde al Estado, y la finalidad de tal competencia es, con toda evidencia, conseguir una formación común en un determinado nivel de todos los escolares de EGB, sea cual sea la comunidad autónoma a que pertenezcan". Y acaban señalando que "el Gobierno ha fijado unos horarios mínimos para todo el territorio nacional, y en materia lingüística los ha fijado sólo en relación con el castellano, ya que al referirse a enseñanzas mínimas en todo el Estado se ha limitado correctamente a regular la enseñanza de la única lengua que es oficial en todo su territorio y que, por tanto, debe enseñarse en todo él con arreglo de unos mismos criterios concernientes tanto al contenido como a los horarios mínimos...". Igualmente, otra sentencia (STC 82/86) vuelve a reiterar esta cuestión: «En virtud de las competencias asignadas por el artículo 149.1.1ª, el Estado puede regular las garantías básicas de la igualdad en el uso del castellano como lengua oficial ante todos los poderes públicos, así como las garantías del cumplimiento del deber de conocimiento del castellano, entre las que se halla la obligatoriedad de enseñanza en este idioma...».
Por último, dos sentencias más (SSTC 195/89 y 19/90) no reconocen sendos recursos de amparo en los que se reivindicaba el derecho de los padres a que sus hijos reciban la educación en la lengua de su preferencia, en este caso, el valenciano. Sentencias que resultan incongruentes con la doctrina anterior, porque dan por hecho la legalidad de que en la Comunidad de Valencia coexistan centros públicos de enseñanza en castellano y en valenciano cuando el Tribunal Constitucional ha venido manteniendo, como he demostrado, que la enseñanza debe realizarse siempre en castellano, sin perjuicio de que se enseñen también las otras lenguas españolas en el ámbito de la Comunidad Autónoma propia. En definitiva, si nos atenemos exclusivamente al criterio de la Constitución, de los Estatutos y de la jurisprudencia constitucional, la enseñanza no puede sino impartirse en la lengua oficial del Estado, lo que no impide que se enseñen también las otras lenguas españolas. Por supuesto, se pueden alegar criterios respetabilísimos para adoptar otro sistema diferente, tanto por razones políticas como emocionales, pero desde el punto de vista constitucional, a mi juicio, no hay más interpretación que la que se ha expuesto aquí.--- El texto anterior es literalmente el mismo de un artículo que publiqué aquí el 28 de febrero de 1994, es decir, hace 24 años. Si me he decidido a republicarlo en estas horas cruciales para Cataluña y, en definitiva, para España, ha sido para demostrar que la crisis actual no es sólo la consecuencia del interés descerebrado de los separatistas catalanes, sino sobre todo de la pasividad de los distintos Gobiernos españoles, que han dejado que el golpe de Estado avanzase irremediablemente a causa de su dejadez y miopía política o, lo que es peor, en razón de que todos los Gobiernos desde 1983 hasta la fecha han puesto sus intereses particulares por encima de los nacionales. En este tiempo, los diversos Ejecutivos no se han preocupado de hacer cumplir la Constitución, las leyes y las sentencias del TC, pero, en cambio, se han doblegado a las exigencias de los nacionalistas vascos y catalanes cuando han necesitado sus votos. Lo que nos lleva a la raíz de este problema que no es otra que la anormalidad de que en el Congreso de Diputados haya en la actualidad solo tres partidos nacionales, incompletos en toda España, mientras que hay más de media docena de partidos nacionalistas que solo representan a unas fracciones regionalistas o separatistas de ciudadanos. En consecuencia, salir de la actual crisis solo será posible mediante un gran revulsivo político. Pero eso es harina de otro costal. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















El poema de cada día. Hoy, Poema sin título, de Manuel Vilas

 






POEMA SIN TÍTULO



Oh, tú, lengua desamparada.

Tal vez yo me haya convertido en tu último apóstol.


Los hijos de los mexicanos que nacieron

en la tierra de Abraham Lincoln

a duras penas hablan

la lengua de sus padres.


Oh, tú, lengua de los pobres.


A ellos, sí, a ellos,

cuando los veo en las prósperas

ciudades anglosajonas trabajando

en los peores trabajos,

les digo con amor: “háblalo,

enséñalo a tu hijos,

el español,

estas sílabas nuestras,

estas sílabas caídas”.


Ellos me miran con gesto interrogante,

incómodo, como diciendo “cállese, se lo ruego”.


Oh, sílabas españolas dichas

en voz baja

para que no sean oídas por el gringo rico.


“Cállese, cállese, se lo ruego,

usted viene de España,

usted tiene suerte,

pero yo no”.


Cocineros de bares humeantes,

dependientas en tiendas outlet,

camareras y camareros,

conductores de autobuses,

limpiadoras y sirvientas,

pieles oscuras en trabajos duros, en obras,

en fábricas, en la industria tóxica,

en la basura,

oh, lengua desamparada,

allí dicen tus sílabas con miedo y vergüenza,

con pena.


Oh, lengua desamparada

ven a mi corazón desamparado.


Dila a tus hijos, yo les digo,

y el verbo decir se disuelve para siempre.


Oh, lengua de los humillados,

yo soy tu último apóstol.


Tu novio, tu sangre, tu amor.


Oh, lengua de los sacrificados

para que el mundo rico siga siendo rico,

yo te doy el último beso.


Oh, lengua del desamparo,

vuelve a mí,

entra en mi corazón,

contempla cómo tu soledad

halla hermanamiento

con la mía,

que es siete mil veces más grande

y más antigua

que la tuya.



Manuel Vilas (1962)

poeta español

















De las viñetas de humor de hoy sábado, 8 de febrero de 2025

 




































viernes, 7 de febrero de 2025

De las entradas del blog de hoy viernes, 7 de febrero de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 7 de febrero de 2025. En la historia del sacerdote francés François Ponchaud en Camboya, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, está la triste lucha de los que quieren hacer saber la verdad sobre las tiranías. La segunda del día es un archivo del blog de diciembre de 2010 en el se comentaba el espeluznante informe presentado días antes en la reunión del Consejo de Europa del 16 de diciembre, en el que se revelaba que tropas irregulares albanokosovares engordaban a prisioneros serbios y serbokosovares para traficar con la venta de sus órganos a mafias internacionales. El poema del día, en la tercera, se titula Guirnalda civil y comienza con estos versos: Va extendiéndose un magma./Huelgas, disturbios, choques./Turbas, heridos, muertos./¿Adónde va este caos? Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt










Del linaje de los profetas







En la historia del sacerdote francés François Ponchaud en Camboya está la triste lucha de los que quieren hacer saber la verdad sobre las tiranías, dice en El País [El linaje de los profetas, 01/02/2025] el escritor y académico de la RAE Antonio Muñoz Molina. 

En el Antiguo Testamento los profetas no vaticinan lo que va a suceder, sino que denuncian lo que ya está sucediendo, los abusos y las injusticias contra las que solo ellos se atreven a levantar la voz. A los profetas los imaginamos desgreñados y predicando a gritos, voces roncas que claman casi siempre en el desierto. El más verdadero del último siglo, Martin Luther King Jr., sabía modular y elevar la voz con la vehemencia estremecedora de las iglesias negras del Sur, pero su dicción era siempre cultivada y precisa, y su porte el del teólogo universitario que de muy joven había deseado ser. Como en este tiempo todo lo más noble parece estar sujeto a la degradación y a la parodia, el nombre venerable de Martin Luther King lo pronuncia en vano Donald Trump, y, en el espectáculo televisivo chocarrero en que lo convierte todo, un pastor negro exento de dignidad pero no de servilismo parodia histriónicamente la oratoria y los gestos del profeta asesinado en 1968. De tanta desolación pública solo nos rescató la obispa Mariann Edgar Budde, que buscaba los pequeños ojos huidizos del aspirante a tirano del mundo mientras le decía desde el púlpito una de esas verdades que solo se atreven a enunciar los profetas, sin necesidad de levantar la voz, con ese aspecto de fragilidad engañosa, que era sobre todo indicio de una delicada fortaleza interior, con esa llana elocuencia en la que había algo del recitado exacto de un poema.

Escuchando el sermón y observando la presencia agraciada y austera de la obispa Budde, a uno le daban ganas de hacerse episcopaliano y de asistir sin falta a servicios así en las mañanas de domingo, en iglesias de desnudez protestante, tan distintas de aquellas a las que íbamos de niños “los domingos y fiestas de guardar”, decoradas con malos cuadros religiosos oscurecidos de mugre y con imágenes truculentas de cristos y santos.

En los mismos días en que la obispa Budde nos depara no sé si algo de consuelo o de esperanza ha tenido mucha menos resonancia la muerte de otro religioso que a su manera también ejerció la profecía. Era el padre François Ponchaud, sacerdote francés que había pasado gran parte de su vida en Camboya, y que ha muerto en una casa de retiro en Francia a los 85 años. En las fotos el padre Ponchaud tenía una presencia física saludable y austera, pero también animosa, como la obispa Budde. Llegó como misionero a Camboya en 1965, recién ordenado sacerdote, y en la atmósfera de cambios del Concilio Vaticano II decidió por su cuenta no decir más la misa en el latín, sino en la lengua jemer, que aprendió con la celeridad del entusiasmo. “Vine a Camboya no a convertir a nadie sino a ayudar a la gente a comprender el valor de su propia religión”. Decía que las enseñanzas de Buda y la práctica de la meditación le enseñaban a ser mejor cristiano.

Su vida contemplativa y pastoral terminó cuando en 1969 Richard Nixon y su secuaz Henry Kissinger decidieron bombardear masivamente y en secreto Camboya, que era un país neutral, con el propósito de castigar a los soldados del Vietcong y de Vietnam del Norte que se movían en las zonas fronterizas. En la primera campaña, bautizada en código Operación Menú, y en el curso de unos pocos meses, fortalezas volantes B-52 lanzaron 108.000 toneladas de bombas sobre un país selvático y agrario poco mayor que las dos Castillas juntas. Tres años más tarde, en 1973, los estrategas del Pentágono dieron con otro nombre ingenioso para una nueva operación: ahora se llamaba Freedom Deal, y en ella se lanzaron 250.000 toneladas de bombas. En total, algo más de 500.000 toneladas cayeron sobre Camboya hasta el final de una guerra que teóricamente sucedía en el país de al lado. Las cifras en crudo dicen poco: Estados Unidos lanzó sobre Camboya la mitad de las bombas que había lanzado sobre Alemania entre 1942 y 1945.

Durante muchos años el padre Ponchaud pidió que se juzgara a Henry Kissinger por crímenes de guerra. Y también cargó sobre él y sobre Richard Nixon una parte grande de la responsabilidad por la siguiente tragedia colectiva que se abatió sobre Camboya, el régimen de los Jemeres Rojos. Fueron los desastres provocados por tantos bombardeos, la disgregación social, la furia contra los agresores, lo que alimentó la popularidad y facilitó el camino para que esa guerrilla comunista tomara el poder en 1975 y hundiera al país en un abismo inconcebible de terror y miseria. En los años de los bombardeos estadounidenses se calcula que murieron unas 300.000 personas. Entre 1975 y 1979, el régimen encabezado por Pol Pot exterminó a costa de hambre programada y matanzas metódicas a casi dos millones, en un país de siete millones de personas.

Pero en Occidente nadie quería saber nada. Después de tantos años de guerra primero colonial y luego imperialista en Indochina, la llegada de los Jemeres Rojos al poder se veía, sobre todo en ambientes progresistas, como una jubilosa liberación, una de esas revoluciones triunfantes en países exóticos que la izquierda de los países ricos celebra con un fervor entre épico y condescendiente. A diferencia de tantos profesores y expertos universitarios, François Ponchaud estaba allí: vio entrar a los libertadores en Phnom Penh, y se fijó en que no sonreían ni miraban a la gente que los aclamaba. A continuación, y de un día para otro, los Jemeres Rojos ordenaron la evacuación total de la ciudad, y el padre Ponchaud se vio arrastrado en ella, en una riada de un millón de personas que tenía que salir no se sabía hacia dónde, todo el mundo, hasta los ancianos en las residencias, los enfermos graves en los hospitales, los tullidos arrastrándose. Los dirigentes jemeres no eran campesinos ignorantes y fanatizados: varios de ellos tenían doctorados en Filosofía o “Ciencia” política en la Sorbona. Mao Zedong había dictaminado que un buen poema solo puede escribirse sobre una hoja en blanco. Sobre la hoja en blanco de las ciudades evacuadas y destruidas, de las minorías intelectuales, religiosas y políticas exterminadas, Pol Pot y los suyos decidieron poner en práctica la utopía de un nuevo comienzo absoluto. En París, Le Monde publicaba un titular clamoroso: “Phnom Penh Liberé”.

François Ponchaud leyó ese titular en Tailandia, en la frontera de Camboya, rodeado de fugitivos del país, de gente hambrienta y aterrada que contaba cosas increíbles, y a la que nadie hacía caso. Los medios de izquierdas celebraban desde lejos el régimen jemer con la misma convicción, y con la misma irresponsable ignorancia, con que diez años antes habían celebrado la Revolución Cultural china. Cuando François Ponchaud empezó a denunciar en voz alta lo que de verdad ocurría, lo que había visto con sus ojos, lo que sabía de primera mano, lo que le contaban los testigos en su propia lengua, hubo una campaña internacional contra él. Intelectuales y profesores en universidades de élite, que no habían estado nunca en Camboya ni mucho menos hablaban el idioma jemer, le acusaban de no conocer el país, y de inventar propaganda reaccionaria. En el diario Libération se sugirió que muy probablemente el padre Ponchaud era agente de la CIA. Sin acobardarse, con la tenacidad de los profetas, François Ponchaud siguió predicando en el desierto, no esgrimiendo argumentos, ni haciendo proclamas, sino ofreciendo datos, testimonios, pruebas. En 1977 publicó el primer libro en el que se contaba la verdad sobre aquel país martirizado: Cambodge Année Zéro. Dos años después el régimen cayó y cuando se abrieron las puertas de lo que había sido un gran campo de exterminio desde 1975 no sé si alguien de aquella frívola izquierda ignorante se acercó al padre Ponchaud y le pidió perdón por sus calumnias.









[ARCHIVO DEL BLOG] Malas nuevas desde Kosovo. Publicado el 28/12/2010












¿Son malos los prejuicios? ¿Son certezas equivocadas o verdaderas? No hace tanto tiempo, así que recuerdo con bastante precisión la tarde del domingo 17 de febrero de 2008. Veía por el canal de televisión de CNN+, en directo, la ceremonia de declaración unilateral de independencia que se estaba celebrando en el parlamento de la provincia autónoma serbia de Kosovo, ceremonia que la convertía, con el apoyo declarado de Estados Unidos y una buena parte de los estados de la Unión Europea, en república soberana e independiente. En junio de 2010 la Corte de Justicia Internacional de la ONU declaró la secesión unilateral de la provincia valida y ajustada al Derecho Internacional.
Recuerdo que la veía con aprensión -dado mi antinacionalismo visceral- no exenta de cierta simpatía, a causa de la indudable y cruel persecución de la que la mayoría albanokosovar de la provincia había sido objeto por parte del régimen del dirigente serbio Milosevic, que en 1989 había anulado la autonomía de la que la provincia gozaba en la extinta República Socialista Federativa de Yugoslavia.
¿Era ese sentimiento contradictorio un prejuicio por mi parte? Es posible que sí. En su libro ¿Qué es la política? (Paidós, Barcelona, 1997) la teórica política norteamericana de origen alemán Hannah Arendt dice que el pensamiento político se basa esencialmente en la capacidad de juzgar, pero que los "pre-juicios" (que siempre ocultan un pedazo del pasado) nos ayudan a sobrevivir, porque sin ellos ningún hombre podría vivir. Una vida desprovista de prejuicios, dice, nos exigiría una atención sobrehumana, una constante disposición, imposible de conseguir, a dejarse afectar en cada momento por toda la realidad, como si cada día fuera el primero o el del Juicio Final.
No cumplidos dos años de su independencia, leo en El País una noticia sobre Kosovo que me llena de estupor y pavor y que me retrotrae a ciertas novelas o películas de horror y ciencia-ficción en las que se relatan atrocidades impropias e incomprensibles -¿la banalidad del mal que analizó Hannah Arendt en Eichman en Jerusalén?- en una Europa en la segunda década del siglo XXI, y más propia de las sanguinarias brutalidades que sacuden de vez en cuando las guerras tribales y étnicas en África central.
La noticia, espeluznante en sí, que ha pasado absolutamente desapercibida en otros medios de prensa o canales televisivos, se refiere al informe  presentado en la reunión de la asamblea parlamentaria del  Consejo de Europa celebrada en París el pasado 16 de diciembre por el parlamentario suizo Dick Marty, en el que se revela que tropas irregulares albanokosovares, dirigidas por el actual primer ministro de la República de Kosovo, Hashim Thaci, engordaron (literalmente) a prisioneros serbios y serbokosovares, en granjas-prisiones situadas en territorio albanés, para luego sacrificarlos y traficar con la venta de sus órganos.
Viniendo de la institución que viene, que apoyó decididamente la independencia de la provincia, creo que merece toda credibilidad, y ahora, aún reconociendo que Milosevic no es Serbia, ni Kosovo Hashim Thaci, sigo con la misma duda que aquella tarde de febrero de 2008. ¿Mis sentimientos eran prejucios o eran certezas? No tengo respuesta. solo vergüenza. Sean felices a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt  

NOTA ADICIONAL: El informe de Marty fue respaldado por testimonios de víctimas, documentos judiciales y diversas investigaciones periodísticas. Sin embargo, nunca se encontraron pruebas concluyentes que confirmaran la veracidad de las acusaciones.