sábado, 9 de diciembre de 2023

De los afrodisíacos de Kissinger

 






Los afrodisiacos de Henry Kissinger
ANTONIO MUÑOZ MOLINA
09 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

A algunas personas que acumulan desmedidamente el dinero o el poder sus admiradores más abyectos llegan a atribuirles cualidades inauditas. De Henry Kissinger decían algunos de sus cortesanos y cobistas que no solo era un estratega magistral en los asuntos internacionales y un erudito de profundo saber en la historia de la diplomacia, sino que además, cuando se lo trataba de cerca, tenía un excelente sentido del humor. Algunas pruebas han llegado documentalmente a nosotros. En Nueva York o en Washington, en las fiestas de alta sociedad a las que era tan aficionado, decía a veces, con una sonrisa radiante de descaro y astucia, cuando le presentaban a un desconocido: “¿Usted también piensa que soy un criminal de guerra?”. Pequeño y regordete, con su cara y sus gafas de empollón, se complacía en exhibirse del brazo de actrices siempre más altas que él, y repetía la misma explicación de sus habilidades seductoras: “El poder es el gran afrodisiaco”.
Pero su presunto humorismo no disminuía cuando hablaba de alguno de aquellos tiranos matarifes a los que garantizó siempre el apoyo de Estados Unidos. Uno de los más crueles, y de los menos recordados ahora, fue el general Yahya Khan, que en 1971, como presidente de Pakistán, dirigió una masacre de más de 300.000 personas, hombres, mujeres y niños, en lo que hoy es Bangladés, y provocó un éxodo hacia la India de unos 10 millones, con pleno conocimiento y apoyo del presidente Nixon y del propio Kissinger, consejero de Seguridad Nacional. Ninguno de los dos hizo caso de las advertencias de sus propios diplomáticos destinados en Pakistán. Incluso facilitaron clandestinamente el envío de aviones de guerra americanos que aceleraban la destrucción y la matanza. El general Yahya Khan tenía para ellos el valor inestimable de que estaba sirviéndoles como intermediario en los preparativos secretos para el viaje de Nixon a China un año después. Como al dictador paquistaní se lo veía tan envanecido de sus habilidades como mediador, Kissinger dijo de él, según consta en una de las grabaciones de la Casa Blanca: “Khan disfruta todavía más haciendo esto que masacrando hindúes”.
En las encuestas de 1973 y 1974, Kissinger era el personaje político más popular en Estados Unidos. En un dibujo en la portada de la revista Newsweek aparecía volando con la capa y la malla azul de Superman y con un titular que proclamaba: “IT’S SUPER K!”. En los años cincuenta, era un profesor de Harvard que se hizo célebre de la noche a la mañana al publicar un libro en el que argumentaba la conveniencia de que Estados Unidos tomara la iniciativa en una “guerra nuclear limitada”. Era uno de esos temibles profesores universitarios que, cuando alcanzan el poder político, sucumben a una euforia en la que puede desbordarse la insolencia intelectual que hasta entonces estuvo confinada en los despachos y las aulas. Según se hacia viejo, y luego viejísimo, en su presencia física se iban notando más las deformaciones gradualmente monstruosas a las que induce el ejercicio prolongado de la influencia y la riqueza: el cuerpo abotargado y ensanchado por las grandes comilonas y por las largas reuniones y audiencias en despachos; el cuello poco a poco hundido entre los hombros, de tanto sentarse en sillones muy profundos de cuero, con los brazos muy altos, durante conciliábulos de tono confidencial en salones de esos clubes exclusivos, con chimeneas y panelados de maderas sombrías, donde la presencia de mujeres sigue siendo una rareza y en los que predominan rumores de voces que dirimen confidencialmente el porvenir del mundo y dictan sentencias de vida o muerte sobre millones de personas.
Alguien que lo trató en sus años finales me dice que, a punto de cumplir un siglo, Kissinger mantenía la cabeza lúcida, pero estaba ya tan gordo y tan torpe que hacían falta dos personas para moverlo. Estaba como embalsamado en vida en una vejez extrema de galápago, protegido por el caparazón de una celebridad reverencial —hasta Hillary Clinton lo llamaba “mi maestro”— y también, sin la menor duda, de una frialdad moral tan absoluta como su indiferencia humana. Haber escapado de la Alemania nazi en la primera adolescencia y perdido en los hornos crematorios a una gran parte de su familia no parece que le dejara ni el menor rastro de sensibilidad hacia los sufrimientos de los perseguidos ni un rastro de desagrado hacia la criminalidad de un poder sin límites. Que los ciudadanos de Chile hubieran cometido en 1970 la irresponsabilidad de elegir a un presidente socialista le producía el mismo desconcierto indignado que la obstinación de Vietnam del Norte y de los guerrilleros del Vietcong en no capitular por mucho que los bombardeos de las fortalezas volantes B-52 les arrasaran el país.
Había otra broma que le gustaba repetir, subrayándola con una carcajada: “Las cosas ilegales las hacemos muy rápido; las inconstitucionales tardan más tiempo”. Ilegalmente, sin notificarlo siquiera al Congreso, Richard Nixon y Henry Kissinger decidieron en 1969 que para detener los canales de suministro desde Vietnam del Norte hasta los guerrilleros del Sur había que bombardear Camboya, país limítrofe que se había mantenido en paz. Camboya era hasta entonces una tierra apacible, con agricultura próspera e inmensa riqueza natural, de una extensión que es algo menos de la mitad de España. Entre 1969 y 1970, la aviación americana, bajo las órdenes directas de Nixon y Kissinger, lanzó sobre Camboya más bombas que sobre Alemania en toda la II Guerra Mundial. El sonriente estratega buscaría con sus gafas de miope las pequeñas señales de los bombardeos sobre el mapa en colores de un país tan pequeño que costaba distinguirlo en la bola del mundo. El número de muertos y la escala de la destrucción fueron incalculables. Del trastorno y el desorden provocados por los bombardeos derivó luego la toma del poder de los jemeres rojos, que en dos años, y ante la indiferencia internacional, impusieron un régimen de alucinado fanatismo comunista que costó dos millones de vidas, entre una quinta parte y el tercio de la población, según los cálculos de Amnistía Internacional.
Nixon, manchado por la vergüenza del Watergate, abandonó la presidencia en 1974, pero Kissinger, sin perder ni el prestigio ni la sonrisa, siguió como consejero de Seguridad Nacional y secretario de Estado con Gerald Ford, de modo que tuvo tiempo para favorecer otra masacre, también ya olvidada, en otro lugar difícil de distinguir en los mapas. En 1975, con su autorización expresa, el régimen militar de Indonesia invadió la antigua colonia portuguesa de Timor Oriental, con el ya conocido pretexto de que se avecinaba en ella una revolución comunista, y con un balance aproximado de cien mil muertos, muchos de ellos por hambre, la mayor parte ejecutados a sangre fría.
El poder, sin duda, es el mayor afrodisiaco. También proporciona los grandes beneficios de la impunidad y de la amnesia. Hombres de cierta edad que visten muy parecido, tienen aficiones semejantes y se conocen desde hace mucho tiempo conversan en voz baja y hasta se dicen cosas al oído, y al otro lado del mundo un país entero es arrasado por las bombas, y hombres y mujeres inocentes son pasados a cuchillo o torturados hasta la muerte en prisiones clandestinas. Jefes de gobierno y presidentes de corporaciones acudían sigilosamente a la oficina particular del viejo Henry Kissinger y le pagaban millones a cambio de consejos para sus maniobras internacionales, murmurados como oráculos en el acento alemán que no perdió nunca.
Si le dieron el premio Nobel de la Paz, no será inverosímil que alguna vez se lo den también a Benjamín Netanyahu. Antonio Muñoz Molina es escritor y académico de la RAE.













De la película del presidente

 






Entre Pedro Sánchez y Peter Sellers
BERNA GONZÁLEZ HARBOUR
09 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Si hubiera que poner nombre a la película que Sánchez acaba de estrenar, podríamos tirar del último fenómeno que conquistó siete Oscar: Todo a la vez en todas partes, título espléndido (el título) al que aún podemos (¿podemos?) dar un giro: Todo (puede fallar) a la vez en todas partes. El presidente parece protagonizar uno de esos filmes de barullo y líos en los que hay tantos factores en juego y tanta gente en danza que caben todas las posibilidades: O todo puede salir mal y estallar en varios frentes a la vez. O todo puede estallar, sí, pero acabar saliendo bien. Pienso en Peter Sellers en El guateque, o en los hermanos Marx en Una noche en la ópera.
Ese humor es arriesgado, no siempre gusta, a muchos irrita. En esas películas siempre hay circunstancias objetivas que hacen la vida más difícil al protagonista: aquí sería el poder repentino de Junts, el suicidio en diferido de Podemos y la dispersión de votos. A lo que también se añaden los errores del propio sujeto: aceptar reuniones en Suiza con el quinto partido de Cataluña como si fuéramos Rusia y Ucrania, nombrar a un obsecuente periodista al frente de Efe, como antes poner a ministros en la Fiscalía General del Estado o el Tribunal Constitucional. Estoy viendo a Peter Sellers lavar en la fuente el zapato mientras el público rabia y grita: “¡Así noooo, lo vas a perder!” Y lo pierde.
Pero el guionista no nos oye. Porque lo que busca es exactamente irritar. Hoy, y sin necesidad de la derecha, los factores de implosión que aporta el propio Gobierno y sus aliados son tantos que solo cabe sentarse a mirar. Hemos entrado en el cine, se siente, no hay marcha atrás. Peter Sellers sigue metiendo la pata y no digamos los Hermanos Marx. En las últimas escenas, los cinco diputados de Podemos se han largado al Grupo Mixto, para ayudar. Y Puigdemont nos da lecciones de democracia desde “un país neutral”. El potencial de riesgos escala por el lado de los errores propios, y no los ajenos.
Sánchez ha demostrado tantas veces su capacidad de resistencia que se ha acostumbrado a ignorar sus propios límites. Pero esta vez es la segunda fuerza más votada, no la primera, depende de más partidos y la capacidad de cometer errores se multiplica. Haría bien en contener los suyos.
Porque la suerte no es eterna. Y porque lo malo de esas películas es que, aunque acaben bien y el zapato de Peter Sellers acabe volviendo a él en bandeja, a muchos no les hacen gracia. Berna González Harbour es escritora.













De la palabra igualdad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura para hoy, del escritor Martín Caparrós, va de la palabra igualdad. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











La palabra igualdad
MARTÍN CAPARRÓS
02 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Sí, hay palabras así: que se divierten confundiéndonos. Que consiguen un lugar de privilegio y se pronuncian y se repiten con denuedo y, sin embargo, nadie sabe bien qué dice cuando va y las dice; nadie, menos aún, cuando las oye. En ese juego la palabra igualdad no tiene igual.
Seamos francos, es francesa: igualdad también empezó allí, 1789. Era el jamón del sándwich: entre liberté y fraternité había algo que parecía indispensable, la famosa égalité. Entonces estaba claro lo que significaba: la igualdad de los burgueses parisienses de la Revolución era la igualdad ante la ley, que ningún hombre tuviera más derechos que otro por su mero nacimiento, que desaparecieran los privilegios feudales medievales y todos los hombres fueran dizque iguales. Decía hombres y debería haber dicho hombres blancos: al principio ni se les ocurrió que los negros esclavos tuvieran esos derechos, ni que las mujeres los tuvieran. Pero era una idea fuerte y empezó a difundirse.
Medio siglo después la Revolución Francesa parecía haber fracasado y había, en cambio, movimientos que pedían otra igualdad: aquellos socialistas pretendían que todos los hombres fueran iguales social, económicamente. Que no hubiera unos pocos potentados y millones de pobres, que cada cual pudiera disfrutar por igual de su vida, que cada quien aportara lo que podía y recibiera lo que necesitaba.
La idea fue locamente seductora: durante buena parte del siglo XX, millones murieron con la esperanza de que sus muertes sirvieran para concretarla. Pero, ya hacia fines, fue evidente que sus concreciones eran sus fracasos, que esa supuesta igualdad era el disfraz para el poder concentrado de unos pocos, radicalmente desiguales.
Tras ese fracaso —”el fin de la historia”— la igualdad perdió toda defensa y las grandes fortunas se apoderaron de más y más y conocimos —conocemos— una de las épocas más desiguales que se recuerden. Era tan exagerado que muchos empezaron a preocuparse: los grandes capitalistas dijeron que esa desigualdad no era buena para los negocios; los bienintencionados dijeron que era intolerable para la moral. De distintas maneras muy distintos sectores empezaron a condenar la desigualdad. El problema es que no saben cuál es su contrario.
Sería obvio decir que lo contrario de la desigualdad es la igualdad: tras el fracaso de los sistemas “igualitaristas”, casi nadie lo dice. Entonces, para el ala derecha, la igualdad ha recibido un apellido con ínfulas: “De oportunidades”. Lo que reclaman y proclaman es la “igualdad de oportunidades”, una entelequia inverosímil. Esa igualdad debería consistir en que, al principio, todos tengan las mismas chances: que la línea de salida sea una para todos. Para empezar, la metáfora de la carrera es triste: supone que su partida es igual solo para legitimar las desigualdades que se puedan ir produciendo en ese recorrido. O sea: que el fin de esa igualdad es legitimar la desigualdad resultante. Y, por otro lado, esa supuesta igualdad de inicio es falsa: por más que un joven acceda a escuelas públicas o becas o ayudas nunca podrá recuperar la ventaja de quien tenga unos papás educados y ricos, libros y contactos, charlas y viajes y acomodos —los productos de la desigualdad.
Para el ala ¿izquierda?, en cambio, la igualdad se ha reducido mucho. Así como “memoria” se volvió el recuerdo de las atrocidades cometidas por alguna dictadura, “igualdad” es la necesidad de igualar el trato y las opciones entre mujeres y hombres. Es indispensable; es reductor. En España, sin ir más lejos, hay un “Ministerio de Igualdad” que se ocupó básicamente de eso: no de la igualdad de los obreros con sus patrones, no la de los parados sentados en un banco con los dueños y dueñas de los bancos; no, casi todo se ha vuelto una cuestión de género. Es lógico que, siendo las mujeres la mitad de la población, ocupen la mitad de los sillones parlamentarios. Sería lógico, entonces, también, que siendo los inmigrantes el 10%, uno de cada diez fuera para ellos. Y lo mismo para los obreros, los ancianos, los ensillados y demás comunidades nada autónomas. El Congreso estaría lleno de miembros y, para reducirlo y que cupieran, habría que trabajar los cruces: una mujer gitana y coja de origen rumano que limpia casas tendría todas las chances de ser diputada, como bien sabemos.
O quizá no. Entre géneros y oportunidades, el resultado es que nunca, desde 1789, la palabra igualdad fue tan poquito. Si no conseguimos recargarla, volver a darle un valor fuerte, terminará por no significar casi nada. Y el problema no será suyo sino nuestro.





































[ARCHIVO DEL BLOG] Las Lolitas nuestras de cada día. [Publicada el 02/03/2018]











La obra de Vladimir Nabokov debe ser leída, analizada y utilizada para entender cómo el patriarcado manipula en su beneficio, y para nuestra desgracia, la cultura. Pero en ningún caso la novela debe ser sacralizada, escribe en El País la novelista y ensayista Laura Freixas.Miedo y hostilidad: es la reacción de muchos ante el movimiento #Metoo, es decir, ante el feminismo aplicado a la cultura, comienza diciendo Freixas. Creadores, intelectuales, se inquietan por la libertad de creación; temen que la ideología se imponga a la calidad como criterio supremo; y afirman el derecho del arte de representar el mal.
Este último argumento me parece el más interesante y en él me voy a concentrar. No podemos exigir, nos dicen quienes así piensan, a las novelas, películas, óperas... que pinten un mundo edulcorado, políticamente correcto, con personajes positivos y acciones moralmente irreprochables. El arte que así lo hiciera sería falso. Tomemos, por ejemplo (es de hecho su ejemplo favorito) Lolita: la historia de un hombre maduro, Humbert Humbert, al que le gustan las niñas. El mundo, nos dicen, está lleno de Humberts. ¿Qué ganaríamos censurando su reflejo literario?
Acepto el reto: tomemos Lolita. Y lo primero que veo es que es una historia de violencia ejercida por un hombre contra una mujer. Qué curioso: quienes defienden la legitimidad de representar artísticamente el mal, nunca reparan en el detalle de que el mal en cuestión suele ser el de los poderosos (varones, occidentales, blancos, de clase media o alta) contra los subalternos (mujeres, colonizados, de otras razas o pobres). ¿Quizá si esos intelectuales tan preocupados por la libertad del arte para mostrar la violencia, no pertenecieran al grupo de los potenciales artistas sino al de las potenciales víctimas, lo verían de otra manera?... Pero Dios me libre de ser tan mal pensada. Sigamos con el argumento: es necesario que el arte hable del mal.
Por supuesto, estoy de acuerdo. El mal existe y el arte debe reflejarlo. La cuestión es cómo. Comparemos, por ejemplo, dos cuadros que nos muestran la violencia de un hombre contra una mujer. En el de Tiziano La violación de Lucrecia, un hermoso joven, ricamente ataviado, blande un puñal ante una hermosa mujer, sugestivamente desnuda y enjoyada. Es un cuadro muy bello, que evita lo escabroso (no hay sangre, ni la violación es explícita)... y muestra una constante de la cultura patriarcal: la que consiste en estetizar, erotizar, edulcorar, la agresión masculina y el sufrimiento femenino, desde los bellos raptos, violaciones y suicidios mostrados en pintura y escultura (Dido, Lucrecia, las sabinas...), hasta la modelo semidesnuda con una soga al cuello en un desfile de David Delfín, pasando por las heroínas suicidas del belcanto y los simpáticos violadores de Almodóvar. Muy distinto es Unos cuantos piquetitos de Frida Kahlo, en el que un hombre sonríe satisfecho ante el cadáver desnudo (solo lleva un zapato) de una mujer. La fatuidad de su sonrisa, el baño de sangre, la incongruencia del zapato... todo provoca en el espectador un escalofrío que no suscita la obra de Tiziano.
En su novela, Nabokov nos presenta la violación de Lolita como Tiziano la de Lucrecia en su cuadro. ¡Qué atractiva es Lolita, qué erótica su indefensión! ¡Qué seductor es Humbert! ¡Qué enamorado está! Pobre, no le queda más remedio que casarse con la (insoportable) madre de Lolita para acercarse a su amada, y cuando por fin la madre muere, él rapta a la niña y la viola cada noche. Es reprobable, claro, pero el pobre Humbert está tan enamorado... (Sí, ya sé. Nabokov condenaba a Humbert. Pero aquí no analizo las opiniones del ciudadano Nabokov, sino la novela, fuera cual fuese la intención consciente de su autor). Hasta la Providencia parece estar de su lado: él planea asesinar a la madre de Lolita, pero no necesita mancharse las manos, pues el azar la hace morir atropellada; es detenido y juzgado, pero un oportuno infarto le hace escapar a la humillación de una condena... Humbert resulta, en fin, un caballero encantador, y quienes se oponen a sus designios, intentando proteger a la niña, nos son descritas (se trata siempre de mujeres mayores) como personajes odiosos y ridículos. O aunque no intenten proteger a nadie: en Lolita, las mujeres mayores, especialmente si tienen algún poder, siempre resultan ridículas y odiosas. Otra constante de la cultura patriarcal.
¿Lolita representa el mal, pero en nombre de la libertad y de la calidad artística (nadie niega que sea una gran novela), debemos abstenernos de criticarla, como nos piden sus defensores? Ay, qué pena, hay un problema: la novela está escrita de tal modo que consigue hacernos olvidar que está mal violar niñas. No es casual que haya sido y siga siendo casi unánimemente definida como “una historia de amor”. Recordemos que claramente, Lolita no desea tener relaciones sexuales con ese hombre que cuadruplica su edad y que ha sido el marido de su madre. Recordemos que él la tiene en su poder (es su tutor legal), la vigila, impide que pida ayuda y la somete a violencia física. Recordemos que Lolita llora amargamente cada noche después de que él la viole. ¿“Amor”?...
Llegados a este punto, no puedo evitar formular una pregunta que sonará a provocación, pero que me parece pertinente: quienes defienden Lolita, ¿lo hacen porque es una obra de arte y a pesar de que muestra, e implícitamente justifica, la violación de una niña, la reducción del ser humano femenino a la condición de objeto para el placer masculino, la ridiculización y burla de cualquier mujer no sometida... o lo hacen porque su condición de obra de arte la sacraliza y nos prohíbe por lo tanto criticar todo lo anterior? (como piensa Lola López Mondéjar: véase Cada noche, cada noche, su interesante novela-ensayo sobre Lolita). Por cierto, quizá no está de más recordar (es este otro detalle en el que los defensores de Lolita raramente reparan) que el mundo está lleno no solo de Humberts, sino de Lolitas: de niñas y mujeres maltratadas y violadas. Que esto preocupe solamente al 1,8 % de los españoles algo tendrá que ver con una cultura, de la que Lolita no es más que un ejemplo, que banaliza esa violencia. Y que del 1,8 hayamos pasado en unos meses al 4,6 % (última encuesta del CIS), algo tendrá que ver a su vez con la campaña #metoo.
Retomo la pregunta del título: ¿qué hacemos con Lolita? A la luz de lo que llevo dicho, se comprenderá mi conclusión: leerla, sí, porque es una gran novela. Pero también analizarla. Criticarla. Usarla para entender cómo el patriarcado manipula en su beneficio, y para nuestra desgracia, la cultura. Buscarle alternativas: leer y dar a leer otros textos, que en vez de reproducir ad nauseam la visión patriarcal del mundo, nos ofrezcan un nuevo punto de vista, como hace Frida Kahlo. Cualquier cosa, en fin, menos sacralizarla. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












viernes, 8 de diciembre de 2023

De la incomprensión lectora

 






El incordio de no enterarse de nada
JOSÉ ANDRÉS ROJO
08 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Todavía se lee mucho en el metro y en los trenes. Los vagones van de una estación a otra, y los que se han sumergido en un libro o, ahora con más frecuencia, en el móvil, realizan al mismo tiempo otro trayecto. El mundo ha quedado suspendido ahí afuera, no hay manera de seguir interviniendo en lo que toca (el trabajo, llevar a tus hijos al colegio, hacer la compra, ir al médico), así que hay un paréntesis, vas solo, te enganchas a las palabras. En una exposición que se pudo ver hace unos meses en Madrid en la Fundación Mapfre había un montón de fotografías de Louis Stettner de gente que viajaba en el metro o en el tren en los años cincuenta, y en alguna de ellas muchos leían. Tenían delante esos antiguos y enormes periódicos que obligaban a hacer una verdadera pirueta para pasar de una página a otra sin descomponer el artefacto, y estaban totalmente absortos. Vaya usted a saber lo que había llamado tanto su atención: una guerra, la crónica de un crimen, el resultado de un partido de béisbol, los anuncios de pisos vacíos. Iban de camino para hacer una gestión trivial o quizá se dirigían a una cita más importante: repartirse una herencia, conseguir un empleo, hacer el amor. Y, mientras tanto, abrieron el periódico, y desconectaron.
Tratamos con la realidad de esa manera. A veces resulta que hay que implicarse y otras, simplemente dejar que pase el tiempo. La lectura está con frecuencia en ese terreno de nadie. Muchas veces no es una obligación, pero tampoco necesariamente un placer (por lo menos, en ese momento). Digamos que te pones a leer porque no hay más remedio: vas en el metro, quedan unas cuantas paradas. Sería francamente un incordio que no comprendieras, pongamos por caso, lo que cuenta esa noticia sobre el resultado de la negociación de los sindicatos con una poderosa multinacional que va a dejar a algunos miles de empleados en la calle. Pues en esas andamos: los resultados del informe PISA no han dejado bien a España, hemos bajado de nota en comprensión lectora (va a resultar más cómodo quedarse como un pasmarote que entretenerse con la lectura).
No es una buena noticia, porque seguramente lo más importante de una buena formación es que te enseñe a leer y que te entrene a hacerlo. Y a hacerlo bien, comprendiendo lo que las palabras dicen y, de paso, la realidad a la que hacen referencia. Lo que cuenta es que al final leer te resulte casi tan fácil como respirar, que en ningún caso vayas a atorarte al hacerlo, que fluyan las letras y que fluya tu entendimiento de las cosas. Al cabo, gracias a la lectura se echan raíces en la tierra, pero incluso te ayuda a tratar con tus propios demonios, a mirar las estrellas o a abrirte a otros mundos.
En los cincuenta se leían esos periódicos inmensos y hoy ya casi solo se utilizan los teléfonos móviles. Levantas la vista en el metro y todo el mundo está absorto en sus pantallas. Muchos leen, e inician así otro tipo de trayecto que los lleva a un sitio distinto de aquel al que los está conduciendo el tren en el que se desplazan. Otros caminos, otras realidades, otras ventanas desde las que mirar lo que está pasando. Y por eso es un desastre que las cosas vayan mal en comprensión lectora. La vida se nos escapa. José Andrés Rojo es escritor.















De la normalización política vasca

 






El aviso de Bildu sin la ‘generación Otegi"
ESTEFANÍA MOLINA
8 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Bildu podría ganar las elecciones vascas de 2024 y, al día siguiente, habría voces afirmando que la sociedad vasca es filoetarra. Algunos no han entendido aún la evolución de las actuales Cataluña o Euskadi. La realidad es que la renuncia de Arnaldo Otegi como candidato a lehendakari demuestra que Bildu está dispuesta a soltar símbolos del pasado en aras de su normalización política. Y ello no solo tendrá implicaciones autonómicas a corto plazo; también lanza un aviso a Pedro Sánchez y a la derecha en España.
La coalición abertzale vivía hasta la fecha entre dos aguas, fruto de la brecha generacional que atraviesa ese espacio. De un lado, estaban los viejos cuadros como Otegi, que apelaban a asuntos como el acercamiento de los presos de ETA, algo que evocaba los años de plomo. Del otro, está esa Bildu a la que votan las nuevas generaciones vascas: su referente es Oskar Matute hablando de frenar a la ultraderecha o apoyando en el Congreso medidas relativas al salario mínimo o a los alquileres. No es que toda la juventud vasca actual desconozca el horror del terrorismo etarra, sino que, por edad, no pueden darle las mismas implicaciones que sus padres. Para ellos, la izquierda abertzale es su opción nacionalista, con un Podemos hundido y un PSE que actúa como la muleta del PNV, la derecha nacionalista vasca.
Así que Bildu tenía que elegir si futuro u Otegi y ha elegido dar un paso decisivo para llegar alguna vez a ser el partido de gobierno en Euskadi. A la pujanza de la coalición abertzale en las elecciones municipales —superó al PNV en concejales—, se sumaba el haberse quedado el 23-J a 1.100 votos de los peneuvistas en el Congreso. Bildu se ha convertido en una eficaz máquina electoral, capaz de mimetizarse con el cambio sociológico tras el fin de ETA. Cabe preguntarse, pues, cuándo desembarcará en la Lehendakaritza.
A corto plazo, hay teorías sobre que la renuncia de Otegi facilitaría un acuerdo con el PSE si lograran sumar tras los comicios del año que viene. De lo contrario, el riesgo para los socialistas vascos sería el desgaste por sus alianzas con el PNV, dado que hay corrientes jóvenes de Bildu que son en la actualidad incluso más comunistas que nacionalistas en sus postulados. Es decir, remesas de votantes que empujan hacia la izquierda en lo económico, por encima de lo identitario.
Sin embargo, la estrategia de Bildu se perfila de más largo alcance. La coalición es consciente de que el PSE está cautivo del PNV en esta legislatura, debido a sus acuerdos en varios municipios o en las diputaciones forales, lo que hace más probable que acaben reeditando el Gobierno autonómico. Por eso, la estrategia abertzale podría ir más allá, buscando rentabilizar esa decadencia asistida de los peneuvistas. No sería raro ver a Alberto Núñez Feijóo apoyando externamente un acuerdo entre el PSE y el PNV para impedir el ascenso de los abertzales, como ya hizo el PP tras los comicios municipales y forales del 28-M. Frente al triunvirato de peneuvistas, socialistas y populares, partidos bunquerizados en torno al viejo sistema, Bildu podría aparecer a cuatro años vista como opción renovadora, a la contra, que movilizara más activos ante la voluntad de un cambio.
El caso es que Bildu no tiene prisa para alcanzar el poder: su único afán en esta fase es institucionalizarse. Prueba es que aupara a María Chivite como presidenta de Navarra, aun siendo excluida de las negociaciones de gobierno y después de que el PSN hubiera negado semanas antes a los abertzales la alcaldía de Pamplona. Eran los tiempos del “que te vote Txapote”: el PSOE no podía aparecer de la mano de quien venía de incluir a candidatos con delitos de sangre en sus listas, pese a que luego rectificaran ante la indignación desatada.
La figura de Otegi ha cumplido una función en estos años, pese al lastre que supone para Bildu en términos de imagen: cerrar filas en el espacio de la izquierda abertzale ante el miedo a que algunas facciones radicalizadas se escindieran y se presentaran a las elecciones por su cuenta. De ahí los equilibrios de su coordinador general: unos días, atacando al “Estado español”; otros, apoyando al Gobierno en varias votaciones parlamentarias.
Con todo, la jugada de Bildu lanza varios mensajes a la política española. De un lado, su completa normalización seguirá allanando la relación con Pedro Sánchez, pero obligará al PSOE a darle a la izquierda abertzale algo más que reconocimiento a cambio de sus votos, tanto en Navarra como en el Congreso o en Euskadi. No es casual que el grupo vasco apoyara la reciente investidura del líder socialista solo a cambio de una foto con Mertxe Aizpurua, fruto de su todavía necesidad de legitimación política. Del otro lado, una formación que deje atrás a la generación Otegi planteará a la derecha el desafío de dejarle de considerar un partido paria. Aunque el afán de Bildu de mirar hacia las generaciones futuras, asumido que hoy le pesa más mantener en primera fila a sus viejos cuadros que apartarlos, solo puede entenderse ya como otra victoria de la democracia en España. Estefanía Molina es politóloga.











De la mirada del otro

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura para hoy, de la escritora Irene Vallejo, va de la mirada del otro. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Los ojos del enemigo
IRENE VALLEJO
02 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Al mirar el mundo, captamos algo más que un caos de cosas. Reconocemos árboles, casas y nubes a pesar de sus innumerables formas y variedades. Nuestra mente es capaz de agrupar una infinitud de imágenes en un concepto. Aristóteles habló de categorías y los lingüistas actuales definen este proceso como generalización composicional. Una habilidad clave en el desarrollo del lenguaje, donde tropieza la inteligencia artificial, y que quizá nos acerca a lo esencialmente humano. Sin embargo, esta proeza neuronal tiene también sus peligros, sobre todo al aplicarla a personas: la generalización, la simplificación, la tendencia a aprisionar a los demás en nuestras herméticas hormas mentales.
En la antigua Grecia, el teatro nació para debatir en público sobre las tensiones y la pugna de voluntades. La tragedia escenificaba conflictos éticos y bélicos, esas disputas feroces donde lo más tentador es negarse a entender los motivos del adversario. En los orígenes, sin embargo, surge un texto insospechado: Los persas, de Esquilo, la primera obra teatral europea conservada, y la única existente de asunto histórico. En vida del autor, el Imperio Persa intentó invadir varias veces aquel enjambre de mi­núscu­las ciudades que era Grecia. En Atenas sentían la amenaza constante de ese poderoso adversario sobre su democracia y su libertad. Esquilo luchó en varios campos de batalla, entre ellos Maratón, donde cayó su hermano. La guerra era muy distinta en aquellos tiempos: sin aviación ni misiles, se enfrentaban cara a cara. Los combatientes se miraban a los ojos mientras hundían en la carne del enemigo lanzas y espadas, mutilaban cuerpos, pisaban cadáveres, escuchaban aullidos de muerte, se manchaban de barro y vísceras.
Con la victoria griega aún fresca en la memoria, Esquilo relató la sanguinaria batalla de Salamina. Podría haber escrito un panfleto patriótico, pero el poeta veterano decidió ser audaz: adoptó el punto de vista del enemigo. La acción sucede en Susa, la capital persa, y ningún personaje griego toma la palabra. Se inicia con la llegada de un mensajero a la explanada del palacio para anunciar la derrota, y termina cuando el rey Jerjes regresa andrajoso, con su arrogancia pisoteada y una inútil carnicería a sus espaldas. La mirada es insólita: no describe a los persas como encarnación del mal ni como criminales natos. Esquilo plasma la impotencia de los ancianos consejeros que se oponían a la guerra y fueron desoídos, la angustia de quienes esperan en casa el retorno de sus seres queridos, las divisiones internas entre halcones y palomas del imperio, el dolor de las viudas y las madres, las calamidades de los soldados arrastrados al matadero por la megalomanía de su rey. Fascina pensar que Esquilo, tras luchar contra los persas cuerpo a cuerpo, mirándolos a los ojos, y después de ver cómo mataban a su hermano en combate, llevara al escenario el sufrimiento del otro bando, sus matices y motivos, sin convertir a todos en malvados culpables.
El filósofo Emmanuel Lévinas, cuya familia fue casi aniquilada en el Holocausto, afirmó que el rostro del otro —el diferente— define el comienzo de la ética: “La epifanía del rostro introduce la humanidad”. En momentos de dilemas y conflictos, no hay ejercicio más difícil —y quizás, más esencialmente humano— que preguntarse por las razones y emociones del adversario. Reconocer que la línea divisoria entre barbarie y civilización no es una frontera territorial, sino un trazo ético oscilante dentro de cada país, de cada grupo, de cada individuo. Rebatir el espejismo de la aparente unanimidad. Engañados por esa falacia, contemplamos a los desconocidos, enemigos o extranjeros como grupos monolíticos con posiciones hostiles nítidas. Encajamos a los demás en un molde único que justifique nuestra enemistad, cuando ni siquiera nosotros mismos logramos poner de acuerdo nuestras propias contradicciones y polifonías interiores. Quizás convivir exija atrevernos a descubrir un territorio nuevo: el rostro de quienes no son nosotros. Alertados sobre los perjuicios de nuestros prejuicios, en el teatro griego aprendimos que todas las personas son excepciones a una regla inexistente.