sábado, 20 de septiembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 20 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 20 de septiembre de 2025. Centrada la atención en nuestros nacionalismos, hemos olvidado no pocos lugares que solo intentan que su existencia no sea pasado, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy el escritor Ignacio Peyró. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2009, HArendt nos hablaba del concierto del mítico músico colombiano, Juanes, en la plaza de la Revolución de La Habana, Cuba, el pasado domingo, no por la prevista y multitudinaria asistencia al mismo, ni por el sectario uso propagandístico que de él pudieran hacer las autoridades cubanas, sino por lo que pudiera suponer de rompimiento de una comunidad sentimental entre los cubanos de dentro de la isla caribeña y los cubanos del exterior. El poema del día, en la tercera, se titula Yo soy un hombre sincero, es del poeta cuban-español José Martí, y comienza con estos versos: Yo soy un hombre sincero/De donde crece la palma,/Y antes de morirme quiero/Echar mis versos del alma. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt














DE LOS ESPAÑOLES CLASE "A", Y LOS ESPAÑOLES CLASE "B"

 







Centrada la atención en nuestros nacionalismos, hemos olvidado no pocos lugares que solo intentan que su existencia no sea pasado, comenta en El País [España ya no huele a pueblo, 19/09/2025] el escritor Ignacio Peyró. “España huele a pueblo, / a descalzo y a fuente, / a trabajo y a queso, / a arrugas en la frente”. Junto a algunas flores selectas de Paco Martínez Soria, España huele a pueblo, comienza diciendo Peyró,  fue uno de esos productos culturales que, derivados del éxodo rural, nacieron como odas pero pronto se iban a entender como elegías. Benito Moreno compuso la canción en la marea alta del folk de los setenta y Manolo Escobar, un sabueso del casticismo, la popularizó. Se trataba de curar las nostalgias de aquellos que, con más anhelos de subsistencia que sueños de clase media, habían dejado atrás sus pueblos y volvían a evocarlos con un baile en la Feria de Abril de Barberà del Vallès o con un casete de Juanito Valderrama en Alemania. Menéndez Pelayo, en un golpe de brillo, escribió que la “antigua libertad” española era de carácter “municipal y foral”, y para honrar esa intuición bastará con recordar que Extremadura, con un millón de habitantes, tiene más municipios que Portugal, con 11 millones. Precisamente hasta el éxodo rural esos pueblos españoles continuaban siendo —como observó Azorín— iguales que en tiempos de Cervantes: “Plazas anchas, con soportales ruinosos, por las que de tarde en tarde discurre un perro”. Hoy seguimos teniendo más de 8.000 municipios, cuatro de cada cinco por debajo de los 10.000 habitantes. Y si nunca estuvieron muy poblados, hoy están diezmados y envejecidos, presa de la corrosión que desencadena el éxodo: el padre se va, el hijo no vuelve, el quiosco cierra, el bar apenas abre y —si se clausura la escuela— solo quedarán viejos hasta que ya no queden viejos. De los setenta a esta parte, fijar la población al territorio ha sido un principio rector de la vida nacional: por eso hemos abierto universidades y tendido vías férreas, y por eso prevemos mecanismos para fusionar municipios que chocan con el hecho de que a un pueblo no le gusta cómo huele el otro pueblo. Hemos tenido, en fin, mucho regocijo con las rotondas, pero si en algo es puntera la inversión pública es en polideportivos a una escala más adecuada a Toronto que a Villanueva de Gállego. El resultado de los esfuerzos ya sabemos cuál es: nuestra democracia ha tenido más éxito en recuperar al lince ibérico que al joven zamorano. Tenemos un problema —como si nos faltaran— con los pueblos.

Podemos pensar que, centrada la atención en nuestros nacionalismos, hemos olvidado no pocos lugares de España que no piden independencias, sino que intentan que su existencia no sea pasado. Solo impactos tan brutales como los fuegos de agosto nos harían volver los ojos a ellos. En realidad, siempre le hemos prestado atención al campo, desde el esfuerzo ilustrado —canales, repoblaciones— bajo los Borbones hasta el agrarismo de los años treinta o los pueblos nuevos de la “colonización” franquista. Ha ocurrido en la política y también en las sensibilidades: nuestro barroco hizo el menosprecio de corte y nuestro costumbrismo iba a ser, con tipos tan leídos en su día como Pereda y Gabriel y Galán, una alabanza de aldea. Hasta podemos concebir el carlismo, un tradicionalismo al fin y al cabo, como una invitación a permanecer sentados sobre nuestro propio foro. De hecho, para ser un país de industrialización enclenque, nuestro XIX hará de la ciudad y del progreso unos demonios desproporcionados: un cuento como el Adiós, Cordera de Clarín viene a ilustrar casi al punto el axioma chemin de fer, chemin d’enfer. Y no hablemos de la idealización rural de Valle-Inclán y Miró, de Unamuno y Azorín. “¡Rascacielos!”, clama Miguel Hernández. Él mismo se contesta: “¡Rascaleches!”

Nada de esto, infelizmente, contribuyó a prestigiar nuestros pueblos y nuestros campos, que fuera y dentro de nuestro país han tenido la mala fortuna de identificarse más bien con una España negra, tantas veces más trágica que “la negra provincia de Flaubert”. Así, ninguna idealización rural ha tenido la pegada de unos Campos de Níjar o unas Hurdes, tierra sin pan y, al pensar en la vida del agro evocamos más a Puerto Hurraco que a cualquiera de nuestros trasuntos de los Cotswolds. Todo país tiene su palabra para “paleto” o “pueblerino”, pero hay matices: en Inglaterra, el campo era el lugar de la vida bella y el saber de Oxford y Cambridge; en Francia, el campesino era el portador de las verdades de la tierra. Quizá sí tenemos parecidos con el Mediodía italiano, lo que no resulta alentador: el pueblo ahí será pobreza, la marca de vergüenza por la que el campesino de Sicilia o de Galicia disimulaba la lengua aprendida de su madre. Al pensar en el destrozo urbanístico de nuestros pueblos; al lamentar la ausencia histórica de ligas de defensa de nuestra arquitectura popular, colegimos que, literaturas aparte, el pueblo era el lugar del que uno quería largarse.

Hoy seguimos atendiendo al problema, de la PAC al PER, con sobresaliente compromiso presupuestario. Y hasta las “ideas estéticas”, por citar de nuevo a Menéndez Pelayo, nos acompañan: uno de los aciertos editoriales de estos años fue La España vacía. Y ha cobrado auge una literatura que no es que vuelva al campo, sino que no salió de él y así —muchas veces con autoría femenina— lo reivindica. El turismo y la gastronomía han hecho bien a nuestra mirada: los niños no vienen de París, pero las estrellas Michelín vienen del campo. Es posible que caigamos en la tontería si dejamos que nuestra visión del agro y los pueblos sea la de la casa rural y el hotelito con encanto, pero —como fuere— el origen se vive ya más como orgullo que como vergüenza. Cada municipio tiene su asociación comprometida con el propio municipio. Y en la última década se han conjurado dos peligros: por un lado, el de quienes, con pasión geométrica e ignorancia práctica, querían eliminar las diputaciones provinciales; por otro, el de quienes querían despojar de Estado a tantos pueblos con la racionalización, je, de las cabezas de partido judicial. Lleguemos, por fin, al argumento supremo (aviso ironía): ¡pero si en el campo hay agua caliente y Amazon!

Y, sin embargo, España —grandes zonas— se sigue despoblando a un ritmo solo comparable al surgimiento de comités de sabios contra la despoblación. Los nómadas digitales no se han mudado al campo. La covid no nos devolvió a él. Quizá cantemos más que antes las alabanzas de la cecina de León, pero la percepción es que León solo sale en las noticias cuando arde, mientras que los leoneses están a la última de Ayuso y conocen el nombre hasta de la consellera de Territori catalana. Sigue habiendo españoles A y B y sigue habiendo acentos que sí y acentos que no: seremos más sensibles a nuestro Hinterland, evitaremos con tacto palabras como “provincia” o “periferia”, pero sigue habiendo brecha. Y nuestro tiempo favorece, aún más que antes, la concentración de gentes y talentos en las grandes ciudades. De hecho, el proceso se acelera: en 1950, España ya tenía más población urbana que rural; el mundo solo dio ese paso hacia 2010.

Así, podríamos encogernos de hombros y contemplar con resignación aquella España de “tierra solitaria y ciudades silenciosas”, tan amada de los viajeros de otro tiempo. Pero es difícil pensar que eso ocurra. AfD en Alemania, Le Pen en Francia, Farage en el Reino Unido y hasta Trump en EE UU demuestran hasta dónde llega el poder de esos “lugares que no importan”, en expresión de Rodríguez Pose, pero sí votan. Hay un malestar en la España despoblada que se intentó cubrir con copias locales del PNV: Teruel Existe, Cuenca Ahora, Soria Ya. El malestar, como han mostrado los fuegos, ha crecido. Y ahora ese malestar se llama Vox. Ignacio Peyró es periodista, escritor y traductor, y director del Instituto Cervantes en Roma.













DEL ARCHIVO DEL BLOG. JUANES EN CUBA. PUBLICADO EL 22/09/2009

 







Les confieso mi desazón previa sobre el concierto del mítico músico colombiano, Juanes, en la plaza de la Revolución de La Habana, Cuba, el pasado domingo. No por la prevista y multitudinaria asistencia al mismo, ni por el sectario uso propagandístico que de él pudieran hacer las autoridades cubanas, sino por lo que pudiera suponer de rompimiento de una comunidad sentimental entre los cubanos de dentro de la isla caribeña y los cubanos del exterior.

La lectura, ayer lunes, de "Generación Y", el magnífico Blog que escribe desde su exilio interior en Cuba mi amiga y admirada Yoani Sánchez, me reconforta sobremanera. Sin abdicar lo más mínimo de su radical crítica al régimen, Yoani, con esa mesura tan suya, tan magnífica como humana, deja constancia de su esperanza de que el concierto de Juanes del domingo sea el ensayo general de ese otro concierto en el que "un día puedan participar los excluidos de esta tarde". En esa esperanza participamos también los que desde este otro lado del mismo Atlántico que nos arrulla, creemos en la fuerza de la palabra. Gracias de nuevo, Yoani, por tu ejemplo de valor y fortaleza. Les dejo con su artículo: "Después de Juanes", por Yoani Sánchez.Del Blog "Generación Y" (21/09/09).

Mañana amanecerá como cada lunes. El peso convertible seguirá por las nubes, Adolfo y sus colegas tendrán otro día tras las rejas en la prisión de Canaleta, mi hijo escuchará en la escuela que el socialismo es la única opción para el país y en los aeropuertos nos seguirán pidiendo un permiso para salir de la Isla. El concierto de Juanes no habrá cambiado significativamente nuestra vida, pero tampoco fui a la Plaza con esa ilusión. Sería injusto exigirle al joven cantante colombiano que impulse aquellos cambios que nosotros mismos no hemos logrado hacer, a pesar de desearlos tanto.

Estuve en aquella explanada para comprobar cuán diferente puede ser un mismo espacio cuando alberga concentraciones organizadas desde arriba o cuando cobija a un grupo de personas necesitada de bailar, cantar e interactuar, sin la política de por medio. Fue una experiencia rara estar allí, sin gritar una consigna y sin tener que aplaudir mecánicamente cuando el tono del discurso apuntaba que era el momento de ovacionar. Claro que algunos elementos sí se parecían a los de cualquier marcha por el primero de mayo, especialmente la proporción de policías vestidos de civil dentro del público.

Ciertos detalles técnicos resultaron incómodos. El audio no se escuchaba bien, la pequeña pantalla que reproducía lo que ocurría sobre el escenario no se veía en la distancia y la hora elegida era inhumana, por coincidir con los peores momentos del sol. Por suerte se nubló después de las cuatro y los que estaban atrincherados debajo de los pocos árboles se lanzaron a bailar con Orishas. Son detalles a superar en la próxima presentación que hará Juanes en Cuba, esa donde no abundarán las fallas técnicas y en la que sí podrán cantar los excluidos de esta tarde.

Si vemos la presentación de este 20 de septiembre como el ensayo general del concierto que algún día tendremos, entonces hay que felicitar a los que participaron. Incluso si no hubiera otra y la Plaza retomara sus solemnidad y su grisura, al menos esta tarde de domingo vivimos algo diferente. En un sitio donde se ha sembrado sistemáticamente la división entre nosotros, Juanes –al caer el sol- ha gritado “¡Por una sola familia cubana!” Sean felices. Tamaragua, amigos. HArendt













DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, YO SOY UN HOMBRE SINCERO, DE JOSÉ MARTÍ

 








YO SOY UN HOMBRE SINCERO 




Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma,

Y antes de morirme quiero

Echar mis versos del alma.


Yo vengo de todas partes,

Y hacia todas partes voy:

Arte soy entre las artes,

En los montes, monte soy.


Yo sé los nombres extraños

De las yerbas y las flores,

Y de mortales engaños,

Y de sublimes dolores.


Yo he visto en la noche oscura

Llover sobre mi cabeza

Los rayos de lumbre pura

De la divina belleza.


Alas nacer vi en los hombros

De las mujeres hermosas:

Y salir de los escombros,

Volando las mariposas.


He visto vivir a un hombre

Con el puñal al costado,

Sin decir jamás el nombre

De aquella que lo ha matado.


Rápida, como un reflejo,

Dos veces vi el alma, dos:

Cuando murió el pobre viejo,

Cuando ella me dijo adiós.


Temblé una vez -en la reja,

A la entrada de la viña,-

Cuando la bárbara abeja

Picó en la frente a mi niña.


Gocé una vez, de tal suerte

Que gocé cual nunca: -cuando

La sentencia de mi muerte

Leyó el alcaide llorando.


Oigo un suspiro, a través

De las tierras y la mar,

Y no es un suspiro, -es

Que mi hijo va a despertar.


Si dicen que del joyero

Tome la joya mejor,

Tomo a un amigo sincero

Y pongo a un lado el amor.


Yo he visto al águila herida

Volar al azul sereno,

Y morir en su guarida

La víbora del veneno.


Yo sé bien que cuando el mundo

Cede, lívido, al descanso,

Sobre el silencio profundo

Murmura el arroyo manso.


Yo he puesto la mano osada,

De horror y júbilo yerta,

Sobre la estrella apagada

Que cayó frente a mi puerta.


Oculto en mi pecho bravo

La pena que me lo hiere:

El hijo de un pueblo esclavo

Vive por él, calla y muere.


Todo es hermoso y constante,

Todo es música y razón,

Y todo, como el diamante,

Antes que luz es carbón.


Yo sé que el necio se entierra

Con gran lujo y con gran llanto.

Y que no hay fruta en la tierra

Como la del camposanto.


Callo, y entiendo, y me quito

La pompa del rimador:

Cuelgo de un árbol marchito

Mi muceta de doctor.




JOSÉ MARTÍ (1853-1895)

poeta cubano



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 20 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 




























viernes, 19 de septiembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 19 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz 19 de septiembre de 2025. Cuando el discurso público está contaminado por la indiferencia hacia los hechos, la democracia se convierte en un teatro donde los actores solo improvisan para arrancar aplausos, escribe la primera de las entradas del blog de hoy la cineasta Isabel Coixet. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2019, el periodista Ricardo de Querol comentaba que la muerte nos equipara a todos, pero la reacción ante lo inexorable muestra las diferencias culturales entre unas sociedades y otras, ante la decisión del obispo de Huesca de evitar en su diócesis los discursos de allegados en los funerales, así como la interpretación de música o cantos que no sean los adecuados. El poema de cada día, en la tercera, se titula Todo lo bueno entre el hombre y la mujer, es de la poetisa estadounidense Carolyn D. Wright, y comienza con estos versos: Todo lo bueno entre el hombre y la mujer/ha sido escrito en lodo y mantequilla/y salsa barbecue. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt













DEL "BULLSHIT" DE CADA DÍA

 







Cuando el discurso público está contaminado por la indiferencia hacia los hechos, la democracia se convierte en un teatro donde los actores solo improvisan para arrancar aplausos, escribe en El País [Tiempos de ‘bullshit’, 18/09/2025] la cineasta Isabel Coixet. Hace veinte años, comienza diciendo Coixet, cuando Harry Frankfurt nos regaló su pequeña joya filosófica Sobre la “mierda de toro” —perdónenme la traducción directa, pero creo que es la única honesta—, el mundo parecía un lugar más predecible. Más ingenuo, tal vez. Creíamos todavía que las mentiras tenían una forma reconocible, que la verdad y la falsedad eran territorios claramente delimitados, como esos mapas antiguos donde lo desconocido se marcaba simplemente como “aquí hay dragones”. Qué equivocados estábamos.

Frankfurt (que en realidad publicó por primera vez su opúsculo en los años 80), con esa precisión quirúrgica que caracteriza a los grandes pensadores, nos alertaba sobre algo mucho más insidioso que la mentira común: la indiferencia absoluta hacia la verdad. El bullshitter, nos decía, no miente porque tenga una relación torturada con la realidad, sino porque la realidad le resulta completamente irrelevante. Es una forma de violencia epistemológica que ahora reconocemos en cada debate político, en cada conversación familiar que termina en portazo.

Pienso en esto mientras camino por Manhattan en una mañana cualquiera de 2025. Los altavoces de la ciudad —pantallas, móviles, conversaciones fragmentadas— vomitan un flujo constante de información que ya no aspira ni siquiera a ser verosímil. Solo aspira a ser viral, a ser memorable, a ser rentable. La distinción que Frankfurt trazaba entre el mentiroso y el embaucador se ha vuelto fundamental para navegar este paisaje tóxico donde la atención es la única moneda que importa.

El asesinato de Charlie Kirk, un bullshitter por antonomasia, llorado por una cohorte de bullshitters profesionales y elevado a la categoría de mártir por los mismos, es una prueba más del triunfo de esa realidad paralela en la que nos están obligando a vivir. Ver en directo al director del FBI atribuirse el mérito de la captura del presunto culpable, cuando sin la denuncia del padre esto sencillamente no se hubiera producido, es un espectáculo que produce vergüenza ajena, aunque no tanta como la repugnante satisfacción con que el partido republicano acusa a la “izquierda radical” (????) del crimen, a las feministas, a los trans, a los emigrantes, a los comunistas y por qué no, a mi tía Rosario, ya puestos.

Todo menos admitir que la muerte de Kirk es en primer lugar, la consecuencia del bíblico y sarnoso culto a las armas de un país que está viendo desaparecer su sistema democrático en caída libre.

El mentiroso, al menos, honra la verdad con su traición. Sabe qué está ocultando, qué está tergiversando. Hay algo casi romántico en esa relación conflictiva pero íntima con los hechos. El bullshitter, en cambio, ha abolido esa tensión. Habla desde un vacío moral donde las palabras son solo herramientas para conseguir un efecto, como un director de cine que solo se preocupa por el impacto visual sin importarle si la historia tiene sentido. Y aquí estamos, veinte años después, ahogándonos en ello.

Lo vemos en los políticos que cambian de discurso según la audiencia, no porque hayan evolucionado en su pensamiento, sino porque han calculado qué palabras generarán más likes, más votos, más poder. Lo vemos en las redes sociales, donde la veracidad de una afirmación importa menos que su capacidad de confirmar nuestros prejuicios. Lo vemos, con una tristeza particular, en el periodismo que se ha rendido a los algoritmos y produce titulares diseñados para provocar indignación antes que comprensión.

Pero Frankfurt no era un pesimista. Era algo mucho más valioso: un diagnosticador. Y su diagnóstico cobra una urgencia renovada en estos tiempos de polarización extrema, donde parece que hemos perdido no solo el consenso sobre qué es verdad, sino incluso sobre por qué la verdad debería importarnos.

El bullshit, nos advertía Frankfurt, es antidemocrático por naturaleza. La democracia requiere ciudadanos capaces de evaluar argumentos, de cambiar de opinión ante nuevas evidencias, de mantener conversaciones difíciles sobre temas complejos. Pero cuando el discurso público está contaminado por esta indiferencia hacia los hechos, cuando las palabras se vacían de significado, la democracia se convierte en un teatro donde los actores han olvidado el guion y solo improvisan para arrancar aplausos.

Me pregunto si Frankfurt intuía, cuando escribía su ensayo, que viviríamos tiempos en los que un tweet podría influir más en la opinión pública que años de investigación periodística. Que veríamos a líderes mundiales gobernar a golpe de eslogan, tratando los hechos como material maleable, como arcilla que se puede moldear según las necesidades del momento.

La genialidad de Frankfurt fue identificar que el problema no era solo la proliferación de mentiras, sino algo más fundamental: la erosión de la idea misma de que la verdad importa. Y esa erosión, que entonces parecía un fenómeno académico, ahora se ha convertido en una crisis civilizatoria.

Pero quizás, paradójicamente, es precisamente en estos momentos de mayor confusión cuando la lucidez de Frankfurt resulta más necesaria. Su trabajo nos ofrece un vocabulario para nombrar lo que estamos viviendo, y nombrar es el primer paso para resistir. Nos recuerda que preservar la distinción entre verdad y falsedad no es un lujo intelectual, sino una necesidad democrática.

Veinte años después, On Bullshit no es solo un texto filosófico brillante. Es un manual de supervivencia para tiempos tóxicos. Una brújula moral para navegar un mundo donde las palabras han perdido su ancla con la realidad.

Y tal vez, solo tal vez, sea también una invitación a recuperar algo que hemos perdido por el camino: el respeto por la verdad como valor en sí mismo, independientemente de si nos resulta cómoda o incómoda, rentable o costosa, popular o impopular.

Porque al final, como nos enseñó Frankfurt, el bullshit no es solo ruido. Es silencio disfrazado de palabras. Es la ausencia de sentido pretendiendo ser discurso. Y contra eso, contra esa nada que se disfraza de todo, solo tenemos una herramienta: la insistencia obstinada, casi heroica, en que las palabras importan, en que la verdad importa, en que todavía es posible —y necesario— hablar en serio. Isabel Coixet es directora de cine y escritora. Su último libro es Te escribo una carta en mi cabeza (Círculo de Tiza).






















ARCHIVO DEL BLOG. NO HAY LUGAR PARA SINATRA EN LOS FUNERALES. PUBLICADO EL 12/09/2019

 







La muerte nos equipara a todos, pero la reacción ante lo inexorable muestra las diferencias culturales entre unas sociedades y otras, afirma Ricardo de Querol, subdirector del diario El País, comentando la decisión del obispo de Huesca de evitar en su diócesis los discursos de allegados en los funerales, así como la interpretación de música o cantos que no sean los adecuados. A mí me gustaría que en el mío cantaran el "A mi manera" (Comme d'habitude), de Claude François y Jacques Revaux, la canción que hiciera universalmente famosa Frank Sinatra en su versión inglesa (My way). Pero en fin, como tampoco me voy a enterar, que hagan lo que quieran...

En la iglesia anglicana de St Georges, en Madrid, comienza diciendo Ricardo de Querol, la comunidad británica en España despedía hace unos años a uno de sus miembros más queridos. Por el púlpito desfilaron compañeros y amigos de la difunta contando graciosas anécdotas sobre su vida. Alguna despertó risas. Luego, en una sala contigua, se sirvieron canapés y se brindó por su memoria con copas de cava con zumo de naranja (el llamado cóctel mimosa o agua de Valencia). Se respiraba emoción. No vi a nadie llorar.

La muerte nos equipara a todos, pero la reacción ante lo inexorable muestra las diferencias culturales. El pasado junio, cuando se enterraba a Dr. John, uno de los músicos más singulares de Nueva Orleans, una multitud desfiló por la ciudad con trompetas y percusión, cantando y bailando. Es una tradición que se remonta al menos un siglo atrás y está en el origen del jazz.

No todos quieren eso. El obispo de Huesca, Julián Ruiz, ha decretado que se eviten en su diócesis los discursos de allegados en los funerales, así como la interpretación de “música o cantos que no sean los adecuados”. “Hay funerales en los que se ha llegado a hablar de lo ricas que estaban las natillas de la abuela”, dijo a este diario el arcipreste Francisco Raya. “En algunos entierros se ha terminado con un aplauso, con un rock de Guns N’Roses o una canción de Frank Sinatra”. En efecto, entre las canciones más elegidas para exequias, además de piezas clásicas de Bach o Pachelbel, figura My Way, de La Voz; Always on My Mind, de Elvis, o Imagine, de Lennon, que dice: “Imagina que no hay religiones”. Lo más irreverente que puede sonar, no sé si habrá pasado en Huesca, es Always Look on the Bright Side of Life, de la película La vida de Brian.

En la España de hace un siglo, mientras la comunidad negra de Nueva Orleans creaba un estilo musical en torno a los entierros, aún existían las plañideras, mujeres a las que se pagaba para que lloraran al difunto. Su tiempo terminó. Pero la austera y conservadora sociedad que no conocieron los mileniales seguía llena de viudas de luto riguroso. La norma decía que debían vestir de negro al menos dos años; los hijos, un año. Después, otro año de medio luto permitía ir añadiendo algún color.

Hay muchas formas de honrar a los muertos: el culto a los antepasados es de los más antiguos vestigios de civilización. No pongo ningún pero al funeral anglicano, salvo que prefiero el cava sin naranja.. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt