sábado, 15 de noviembre de 2025

SEGUNDO SHOCK DE TRUMP: COMO (NO) HA CAMBIADO LA ESTRATEGIA EUROPEA

 








Cuando Donald Trump fue elegido presidente de Estados Unidos en noviembre de 2024, escribe en Geopolítica europea (14/11/2025) la analista de Política internacional de la Universidad de Notre Dame, Gesine Weber, los estrategas, políticos y líderes europeos estaban mejor preparados que en 2016. Al menos, la posibilidad de una victoria de Trump se tomó en serio; se esbozaron escenarios y se debatieron las posibles implicaciones para Europa. Los europeos se prepararon intelectualmente para el escenario de una victoria de Trump, hasta que este escenario tocó los puntos más conflictivos de la relación transatlántica.

La velocidad y el alcance con que la administración Trump hizo añicos tradiciones arraigadas y lo que los analistas transatlánticos consideraban el tejido fundamental e indestructible de la relación sorprendieron a muchos. No debería haber sido así, incluso si, obviamente, resulta más conveniente seguir la idea de que los Estados siempre actúan en función de lo que históricamente, y basándose en los ideales de la democracia liberal, se ha definido como su interés nacional. Sin embargo, la administración Trump no sigue este patrón; ignora los principios de una profunda colaboración con los aliados y, en cambio, adopta un enfoque más aislacionista, transaccional y de poder político. La interpretación estratégica europea de la política exterior estadounidense aún se basaba en un razonamiento liberal-internacionalista, mientras que Estados Unidos ya había evolucionado.

Europa no estaba preparada porque muchos estrategas, políticos y líderes europeos se mostraban reacios a abordar las grandes incógnitas. Cuestionar la fiabilidad de Estados Unidos como socio, la idea de que la alianza transatlántica debía priorizarse a toda costa y la afirmación de que Europa y Estados Unidos están unidos por valores compartidos: todas estas eran cuestiones incómodas, a veces demasiado incómodas para tomarlas en serio o abordarlas, a veces porque contradecían tanto la tradición estratégica de muchos estados europeos que incluso expresarlas provocaba irritación o abierta ira.

La administración Trump obligó a Europa a afrontar estas incómodas cuestiones y, sobre todo, a encontrarles respuesta. En algunos casos, estas respuestas propiciaron profundos cambios en el pensamiento estratégico europeo y la impulsaron a consolidarse como actor de seguridad o, en general, como actor global. En otros, generó inercia estratégica. Dado que Europa aún enfrenta casi tres años de la administración Trump, los estrategas europeos deberían ahora aprovechar las lecciones aprendidas durante el primer año.

Lo que ha cambiado: Europa sola ya no es una hipótesis. El compromiso de la administración estadounidense con la OTAN en La Haya este verano, y en especial su reafirmación del artículo 5 y la declaración de Rusia como una “amenaza a largo plazo” en el comunicado final, han tranquilizado a los aliados. Sin embargo, los sucesos ocurridos a principios de 2025, como las amenazas abiertas de abandono y las conversaciones entre Trump y Putin, han dejado una profunda huella en Europa, como se evidencia en los debates actuales sobre el armamento nuclear europeo. La idea de que Estados Unidos podría no ser un socio fiable bajo la presidencia de Trump, incluso si altos funcionarios continúan tranquilizando a los aliados europeos en privado, se percibe cada vez más como una realidad. Además, los estrategas europeos se han percatado de que la política exterior estadounidense podría socavar los objetivos europeos, y que hablar con una sola voz —o más bien, reiterar el mensaje a través de diferentes canales— es fundamental para orientar la estrategia estadounidense hacia una dirección que se alinee con los intereses europeos. Visitas como la serie de reuniones bilaterales y el viaje conjunto de líderes europeos a Washington previo a la reunión entre Trump y el presidente ucraniano Zelenskyy demuestran que la coordinación en estas cuestiones clave ha mejorado. Los líderes europeos están adoptando ahora un enfoque de "cuanto más, mejor", con la esperanza de que al menos uno de ellos logre influir en el razonamiento o la toma de decisiones de Trump.

De igual modo, los europeos deben aprender a pensar estratégicamente por sí mismos. Las iniciativas anteriores, de carácter exclusivamente europeo, como la Iniciativa Europea de Intervención impulsada por Francia, solían tener un alcance muy limitado, y los debates serios sobre la seguridad del continente solo se celebraban con la presencia de Estados Unidos, es decir, en el marco de la OTAN. Hoy en día, los gobiernos europeos mantienen estos debates entre sí, pero, lo que es más importante, incluso se transforman en nuevos formatos, como se observa en la iniciativa franco-británica de la llamada Coalición de los Dispuestos a Apoyar a Ucrania , que incluye garantías de seguridad. Aún está por verse el resultado, pero el hecho de que los Estados europeos estén dispuestos a asumir responsabilidades y a influir en la toma de decisiones sobre la seguridad europea, como lo hicieron a través de esta coalición, va mucho más allá de lo que se podría haber imaginado bajo una administración estadounidense más favorable a Europa.

Si bien la adopción del objetivo del 5% para los aliados de la OTAN —que implica un gasto del 3,5% del PIB en defensa y del 1,5% en áreas afines— suele asociarse directamente con la administración Trump, la necesidad de que Europa intensificara sus esfuerzos en materia de seguridad y defensa ya existía con anterioridad. Considerar el compromiso con el gasto del 5% —una medida puramente política sin implicaciones legales— como un mérito de la administración Trump, por lo tanto, ignora los cambios estratégicos que se están produciendo en Europa; la misma medida podría haberse adoptado con una administración Harris más colaborativa en Estados Unidos. El cambio más interesante en la estrategia europea reside en la implementación de estos planes y en la selección de capacidades, como ilustra el ejemplo alemán: tan solo el 8% del gasto previsto en defensa se destinará a material de defensa estadounidense, mientras que la gran mayoría se invertirá en Europa.

Por último, y quizá lo más evidente, el riesgo de abandono por parte de Estados Unidos ha reavivado los debates estratégicos europeos sobre la defensa nuclear, y no solo sobre el despliegue nuclear compartido. Los líderes y expertos europeos coinciden en gran medida en que las potencias nucleares europeas no podrán sustituir el paraguas nuclear estadounidense y que Europa no debería aspirar a hacerlo, sino más bien mantener el compromiso con Washington. Sin embargo, el creciente debate sobre la contribución europea a la disuasión nuclear del continente también refleja la disminución de los tabúes en Europa sobre este tema y los cambios fundamentales en la percepción de la seguridad, las amenazas y las garantías estadounidenses para Europa.

Lo que no ha cambiado: Europa tiene demasiado miedo para morder. La principal lección que la administración Trump extrajo de su primer año de colaboración con los gobiernos europeos probablemente sea: la coerción funciona. El mejor ejemplo de ello es el acuerdo comercial UE-EE. UU. , en el que la UE acepta los aranceles estadounidenses sobre los productos europeos. Tras la firma del acuerdo, altos funcionarios de la UE reconocieron que los beneficios comerciales estaban condicionados a la seguridad en Europa por la administración Trump. La señal que la UE envió a Washington al aceptar este acuerdo es que sus preocupaciones de seguridad son tan graves que las convierten en un formidable instrumento de presión sobre sus aliados, y que ni siquiera movilizará recursos en el ámbito donde tiene mayor competencia, es decir, el comercio, en cuanto exista la posibilidad de que exista una conexión con la seguridad. Esto no implica que Europa debiera haberse lanzado de lleno a una guerra comercial con Washington, pero los funcionarios de la UE podrían al menos haber dejado más claro, incluso públicamente, a la administración estadounidense que su instrumento de no coerción también podía utilizarse contra Washington.

Además, el riesgo de recaer en viejos patrones persiste. Una lección clave para Europa de la primera administración Trump debería ser que improvisar es una pésima idea y que la inacción europea tendrá consecuencias contraproducentes. En algunos ámbitos, como las adquisiciones de defensa, Europa parece haber aprendido la lección. Al mismo tiempo, el hartazgo con Trump también alimenta en ciertos círculos europeos el optimismo ingenuo de que Europa solo tiene que sobrevivir (literal y metafóricamente) hasta las próximas elecciones estadounidenses, y que la coordinación con Estados Unidos volverá a ser más fácil en 2028. Sin embargo, esta visión pasa por alto que Trump y su forma de conducir la política exterior podrían representar la nueva normalidad, en lugar de la excepción. Minimiza el consenso emergente en Washington en materia de política exterior, que aboga por una política exterior estadounidense más moderada, e ignora que la ideología MAGA conecta con una parte considerable del electorado estadounidense. La imagen de Estados Unidos en Europa suele estar inspirada en una percepción liberal internacionalista, ignorando así el riesgo que supone el surgimiento de una alianza transatlántica revisionista muy diferente . Sin embargo, los estrategas europeos suelen ser demasiado cautelosos a la hora de explorar a fondo lo que significaría para Europa una confrontación ideológica abierta con Estados Unidos, y cómo podría protegerse de la hostilidad proveniente de Washington. Plus ça change…

¿Cuanto más cambian las cosas, más siguen igual? Sí y no. En esta ocasión, parece que la percepción de Estados Unidos en Europa, y especialmente la de la responsabilidad europea en materia de seguridad, ha cambiado profundamente. Incluso los estados tradicionalmente más transatlantistas, que antes rechazaban la idea de una Europa centrada en la seguridad y la defensa, argumentando que esto podría debilitar la relación con Washington, ahora coinciden en que Europa debe hacer más, incluso sin Estados Unidos. Este cambio de paradigma es claramente beneficioso para el futuro de la seguridad y la defensa europeas y ya se ha traducido en cambios en las políticas, como se observa en los objetivos de gasto nacional y las asignaciones presupuestarias para la defensa. Sin embargo, la pregunta clave es hasta qué punto Europa podrá hacer realidad sus ambiciones a medio y largo plazo. Casi todos los principales estados europeos se enfrentan a considerables limitaciones económicas para sus esfuerzos de rearme, y está por ver si lograrán implementarlos teniendo en cuenta las necesarias reformas económicas y las restricciones macroeconómicas.

Por último, el principal desafío de Europa sigue siendo la brecha entre los instrumentos y la visión. Durante el último año, Europa ha desarrollado un amplio abanico de herramientas para aumentar su soberanía, incluso en respuesta a la administración Trump. Sin embargo, los mejores instrumentos solo pueden tener un efecto limitado si faltan los objetivos a largo plazo y la definición de los intereses europeos clave. Mientras figuras destacadas atacan las ideas fundamentales del proyecto europeo —basta con recordar el discurso de JD Vance en la Conferencia de Seguridad de Múnich en febrero de 2025 o las amenazas del presidente Trump de anexar Groenlandia— , los responsables políticos y estrategas europeos deben mejorar considerablemente su capacidad para definir la esencia del proyecto europeo, tanto en términos de ideas como de logros políticos concretos. En otras palabras, Europa necesita prepararse para « defender lo que es Europa: territorio, mercado único, democracia ». Solo vinculando estos fines y medios se podrá formular e implementar una estrategia europea.¡Gracias por leer Geopolitical Europe! Suscríbete gratis para recibir nuevas publicaciones y apoyar mi trabajo. Gesine Weber

























EL VEREDICTO DE LA HISTORIA: LA GLORIFICACIÓN FASCISTA DE TRUMP. ESPECIAL 1 DE HOY SÁBADO, 15 DE NOVIEMBRE DE 2025

 












Amigos, escribe en el blog Substack el economista Robert Reich (13/11/2025), el veredicto de la historia ya se ha pronunciado sobre Trump y su glorificación fascista. Trump, comienza diciendo, ha ordenado al Tesoro de Estados Unidos que diseñe una moneda de 1 dólar con su imagen en ambas caras, con el propósito de “honrar el 250 aniversario de Estados Unidos y a @POTUS ” , según funcionarios del Tesoro.

Mientras tanto, Trump quiere que los Washington Commanders nombren su estadio, cuyo costo se estima en 3700 millones de dólares, en su honor. Una fuente de alto rango de la Casa Blanca declaró a ESPN: «Es lo que el presidente quiere, y probablemente sucederá». Se presume que el nombre de Trump estará grabado en una fachada de granito en la entrada del estadio.

El gigantesco salón de baile de 300 millones de dólares que Trump está añadiendo a la Casa Blanca se llama “Salón de Baile Presidente Donald J. Trump” en la lista de donantes del proyecto, y altos funcionarios de la administración dicen que es probable que el nombre se mantenga.

Trump busca inmortalizarse con su nombre grabado en monedas, esculpido en frontones e inscrito en el mármol de la Casa Blanca. Quiere glorificarse de la forma más permanente posible.

Esto es lo que hacen los dictadores fascistas cuando están en el poder. Stalin, Hitler y Mussolini construyeron monumentos para glorificarse a sí mismos y así ser exaltados en la historia.

Las democracias no hacen esto. Solo rinden homenaje a sus héroes después de su muerte, y solo si el público desea que se les rinda homenaje.

Trump merece ser recordado, pero no como un héroe. Al contrario: es nuestro deber solemne asegurarnos de que sea recordado por todo lo que ha hecho y aún puede hacer para destruir la democracia estadounidense.

Debe ser recordado como el presidente que afirmó, sin pruebas, que le habían “robado” las elecciones. Quien luego instigó un golpe de Estado que incluyó electores falsos, amenazas a funcionarios estatales y un asalto al Capitolio de los Estados Unidos que resultó en cinco muertos y 174 policías heridos.

Debe ser recordado como el presidente que, tras ser reelegido, intentó borrar de la memoria colectiva sus acciones indultando a 1.600 manifestantes condenados por participar en el ataque al Capitolio y a 77 personas que habían conspirado con él para llevar a cabo el intento de golpe de Estado. A todos los llamó “patriotas”.

Debe ser recordado como el presidente que usurpó los poderes del Congreso; que negó a la gente el debido proceso legal; que procesó a sus opositores políticos; que violó el derecho internacional al matar a personas a las que calificó de combatientes enemigos; que envió al ejército a ciudades estadounidenses a pesar de la oposición de sus alcaldes y gobernadores; y que aceptó sobornos abiertamente y con descaro.

No debemos permitir que Trump borre esta historia con falsos homenajes a sí mismo, grabados en plata, mármol o granito.

En cambio, una vez que se haya ido, debería erigirse un monumento para recordar a las futuras generaciones la traición de Trump y la traición de los funcionarios que lo apoyaron.

Sería un edificio sencillo, construido de hierro y cemento, que contendría los registros de sus ataques contra la democracia y los nombres de todos los que le ayudaron.

Sobre su puerta estarían las palabras “La traición de Trump”.

Se ubicaría en el jardín de la Casa Blanca, donde antes se encontraba el salón de baile Trump (ya demolido). Daría a la Avenida Pensilvania para que las familias que visiten la capital del país —incluidas aquellas que conmemoren el 500 aniversario de Estados Unidos— tengan fácil acceso y recuerden esta catástrofe durante mucho tiempo. Robert Reich























DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 15 DE NOVIEMBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 15 de noviembre de 2025. La posverdad es el fin del mundo común, que el mundo común se está acabando, se lee en la primera de las entradas del blog de hoy, y es así, ¿qué nos depara el futuro? La segunda es un archivo del blog de noviembre de 2017 en la que podía leerse que la esperanza, por muy virtud teologal que la consideraran los creyentes, no parecía muy válida como vara para medir las cuestiones políticas, ya que las promesas utópicas terminan por postergar la resolución de los problemas concretos, que son los que de verdad importan. El poema del día, en la tercera, es de un poeta español nacido en 1978, que comienza con estos versos: En el juego de miradas/pierdo el contacto con tu pupila/tus dedos señalan a otro horizonte/tus labios ya no van a mis heridas/tus pensamientos no son míos. Y la cuarta y última son las viñetas de humor. Volveremos a vernos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. Y como decía Sócrates: ἡμεῖς ἀπιοῦμεν. HArendt











DE LA POSVERDAD COMO FIN DEL MUNDO COMÚN.

 







Máriam Martínez-Bascuñán (Madrid, 1979) es profesora de Teoría Política en la Universidad Autónoma de Madrid. También ha sido directora de Opinión del diario El País y sobre todo una estudiosa de Hannah Arendt, de cuya mano visita los desafíos de posverdad y credibilidad que afrontan las democracias actuales en su último libro, ‘El fin del mundo común‘ (Taurus, 2025). Bascuñán abre una grieta nueva al señalar que la gran amenaza que se cierne sobre nuestra sociedad es la fractura de ese horizonte compartido sobre el que se asienta la convivencia. Pero no todo está perdido. Pedro Silverio (Madrid, 1977) estudió Periodismo, pero la vida le acabó llevando por los caminos de la filosofía. Tras una dilatada carrera en medios, nos encontramos con él con ocasión de la presentación de su primer libro, ‘La muerte de la verdad en democracia: cómo las elecciones nos trajeron la posverdad’ (Villa de Indianos, 2024), para hablar sobre democracia, libertades y degradaciones.

Máriam Martínez-Bascuñán y Pedro Silverio hablan en la revista Ethic (11/11/2025) que la posverdad es el fin del mundo común, que el mundo común se está acabando. Si es así, ¿qué nos deparará el futuro? Yo hablo del fin del mundo común, comienza diciendo Martínez-Bascuñán, pero no como algo irreversible. Es el diagnóstico que hago. Me detengo en lo que es el mundo común y mi diagnóstico es que la posverdad es esto, el fin del mundo común. Junto a Hannah Arendt defino esta idea del mundo común como aquello que nos conecta y nos separa a la vez. Nos conecta porque estamos todos en la misma realidad, pero al mismo tiempo nos separa porque cada uno la ve desde una perspectiva distinta. Arendt siempre habló de que la democracia tiene que velar para que exista ese mundo común. Que no se trata de que todos pensemos igual, sino que todos podamos discrepar sobre el mismo mundo. La posverdad no es que el político mienta, ya que los políticos han mentido siempre. Lo que pasa ahora es que el político utiliza la verdad o la mentira como un arma de poder para construir una realidad alternativa, que es una ficción. Lo que ha desaparecido es que hemos dejado de habitar en el mismo mundo. Para que haya un mundo común tenemos que mirar todos a ese mundo y discutir sobre él. El mundo común es también la erosión de todos esos intermediarios, de todas esas instituciones invisibles que ayudaban a sostener el suelo compartido para que fuese posible una conversación, la deliberación pública, e incluso las reglas del juego democrático. En el momento en el que caen todas esas instituciones invisibles con todos los consensos, es posible creer en realidades alternativas y en mundos ficticios que el líder es capaz de imponer. Lo vimos durante la pandemia. Por ejemplo, si alguien llega a decir que el virus no existe o que las vacunas tienen chips para controlarnos, ya no estamos discutiendo sobre el mismo mundo, ya no hay una conversación posible porque hemos roto ese suelo compartido. «Sin pluralidad no hay mundo común», señala. ¿El problema es que los partidos políticos ahora buscan desprestigiar y deshumanizar al rival?

El problema hoy es que de alguna forma hemos sustituido la pluralidad por la lógica tribal. El tribalismo instala una lógica en la ciudadanía en la que la verdad no exige que la entiendas o que te preocupes; lo que exige es pertenencia. La fidelidad al grupo vale más que su propia opinión o que la evidencia, y el juicio crítico se convierte casi en un lujo innecesario. A los políticos les renta esto porque diluyen la pluralidad de perspectivas. Lo que estamos haciendo es meternos en tribus, en burbujas, y el criterio de validación de la verdad pasa por la palabra del líder. Nosotros repetimos lo que dice el líder frente a lo que dice el medio de comunicación desprestigiado o la evidencia científica. Hay que entender qué ha pasado para que esto ocurra, y hay que hacer una autocrítica. Muchas voces han quedado fuera de la conversación pública, fuera del radar de los políticos tradicionales y de los medios, como, por ejemplo, los chalecos amarillos. Lo que ha hecho el populista es decir: «Yo sí os escucho», se hace cargo desde la manipulación de esas demandas y las canaliza a través de la ira. Al darles voz, lo que ocurre es que homogeneiza esas voces, las manipula y, cuando llega al poder, vacía la propia democracia, ya que el populista acaba representándose a sí mismo.

Hoy cobra sentido lo que apunta en el libro de que la tecnocracia de los Draghi deja el camino abonado para los Meloni…

Yo creo que sí. Lo hemos ido viendo con muchos temas, que por ser muy importantes o por considerar que nos jugábamos todo con eso, han salido de la discusión pública. Se han tomado decisiones políticas en nombre de la autoridad científica. Durante la pandemia esto sucedió muchísimo, y algunos políticos se envolvieron en la bandera de la ciencia y se parapetaron en ella para justificar decisiones. Al expulsar a la ciudadanía de ese tipo de decisión y escudarte en la autoridad científica, de alguna forma lo que estás preparando es el camino para la revuelta populista. Cuando se habla o se parapetan determinadas decisiones en élites de expertos, hay un riesgo de deslegitimar otras opiniones que no están especializadas. Esto genera una centralización antidemocrática, una salida tecnocrática de los problemas, que es la antesala del populismo. Cuando no explicas bien lo que quieres hacer o utilizas la autoridad del experto para justificar una decisión y la suprimes del debate público, la gente empieza a imaginar cosas, como que hay un interés oscuro. Un ejemplo claro fue este verano con los incendios. Las autoridades e instituciones parecían abandonar a mucha gente, que se sentía invisible y fuera de las decisiones políticas. El resultado no solamente es la revuelta populista, sino la antipolítica, que acaba siendo aprovechada por la ultraderecha.

¿Y cómo es posible debatir sobre estas cuestiones en medio de tanta polarización?

Es muy difícil porque todo ya ha tomado forma como una guerra cultural; cualquier tema, incluso el cambio climático, se vuelve una guerra de posverdad. Al final, se ha creado mucha confusión en la que ya nadie sabe a quién creer. Lo peor no es lanzar una mentira, sino dejar de creer en todo. Y dejar de creer en todo implica que si alguien te dice que ha ganado las elecciones cuando las ha perdido, pues hay un porcentaje muy importante de la ciudadanía que lo acaba creyendo. Para que esto suceda, han tenido que desprestigiarse los medios de comunicación, las instituciones electorales, las autoridades y los periódicos. Al final, lo que hacemos es adherirnos a la lógica de la tribu, a la narrativa, que además te canaliza la ira y te presenta un rostro de a quién odiar y contra quién protestar.

En el libro señala que «tenemos una ciudadanía más desorientada que un pueblo engañado». ¿Puede ser porque la única ideología propositiva es la de la extrema derecha?

Yo creo que la clave es que se han convertido en buenos narradores políticos. Ellos tienen una forma de ver el mundo que reconoce a esas personas que se han sentido fuera y que da una visión coherente sobre el mundo, aunque sea ficticia. Por ejemplo, cuando Trump dice «Estados Unidos primero», es coherente con querer construir un muro más alto, o coherente con decir «cuidado que los inmigrantes se comen nuestras mascotas y hay que protegernos de estos bárbaros». Ellos son narradores políticos con narrativas perfectamente coherentes y diseñadas. Eso se intenta combatir con datos y con expertos, pero los hechos por sí solos no convencen a nadie. Además de datos y ciencia, lo que se necesita son narradores políticos que sepan contar los hechos de manera que interpelen a la ciudadanía y que nos hagan ver por qué importan.

¿Tenemos que asumir que el debate público va a estar ya para siempre inmerso en falsedades y posverdad?

Un programa político no debería ser reactivo, es decir, no debería estar todo el tiempo contestando las barbaridades del populista y no debería dejarse colonizar por la agenda del populista. Además, los políticos deben ser capaces de llegar a la gente con historias basadas en hechos. Yo creo que hemos menospreciado las emociones. Un político no puede ganar unas elecciones sin movilizar emociones. La clave está en qué tipo de emociones movilizas, si la ira o la esperanza, como hizo Obama. No vas a llegar a la gente solo con autoridad científica. Tienes que, basándote en esa evidencia científica, construir una narración política que convenza a la ciudadanía y la haga sentir protagonista, no espectadora, que la invite a ser parte de la solución, a deliberar, a decidir juntos.

Cuando habla de la autoridad de los expertos, señala que en muchas ocasiones se impone un criterio patriarcal y vale más la opinión de un hombre blanco que la de una mujer experta en el tema nada más que por ser hombre. ¿Hasta ese punto llega la preponderancia masculina?

Bueno, he escrito algunos trabajos sobre esa jerarquía de legitimidad en el espacio público a la hora de opinar. Esto ha sido así a lo largo de la historia; hay voces que gozaban de más autoridad y otras que han estado siempre en los márgenes. Los trabajos que yo cito en el libro tienen que ver con el Brexit y cómo se desprestigiaba a las expertas cuando hablaban de las implicaciones económicas. Ahí el ejemplo claro fue el secretario de Justicia del Reino Unido, Michael Gove, cuando dijo «estamos hartos de los expertos». Pero en el caso de las mujeres, la crítica muchas veces tiene más que ver con la identidad de la propia experta que con los argumentos que da. Esto demuestra la importancia de qué voces cuentan como narradores legítimos en el espacio público y qué voces se han deslegitimado, incluso la voz de la ciencia. Esto nos lleva a distinguir entre la verdad valiente, el discurso valiente, y el otro discurso que pasa por valiente porque dice que habla sin filtros. Y aquí hay una trampa peligrosa: se ha confundido la verdad valiente con el discurso «sin filtros». Verdad valiente es cuando alguien dice algo incómodo basado en hechos, aunque le cueste poder: un científico que advierte sobre el cambio climático contra intereses petroleros, un periodista que investiga la corrupción arriesgando su carrera. Discurso «sin filtros» es cuando alguien dice algo ofensivo o falso y lo presenta como valentía: Trump diciendo que las elecciones fueron robadas, políticos que llaman «valentía» a insultar minorías. No es valentía, es impunidad disfrazada de transgresión. La diferencia es crucial: uno desafía al poder con hechos o desde una voz con conciencia moral. El otro ejerce poder sin consecuencias.

Cierra el libro hablando de los medios de comunicación y el periodismo con una sentencia muy dura: «El objetivo no es tanto salvar al periodismo sino la función pública que realizaba». Si no van a seguir siendo los medios, ¿quiénes serán los nuevos actores que lleven a cabo esta función?

No creo que tengan que ser otros actores, ni que vayamos a volver al mundo de antes. El espacio público ha cambiado y las redes lo han hecho. Hay una lectura positiva en esto: han entrado opiniones que eran totalmente marginales y que han roto el consenso hegemónico. Defiendo la importancia de la crónica y el relato de los hechos a partir de la imparcialidad homérica. La imparcialidad homérica, según Arendt, no guarda silencio sobre el vencido, da testimonio de Héctor y de Aquiles. Lo que hace Homero es mostrar todos los lados con dignidad y preservar esa pluralidad de perspectivas. La imparcialidad homérica no es equidistancia, no es tratar todas las afirmaciones como igualmente válidas, ni es dar el mismo peso a los hechos y a las mentiras. Es dar testimonio de hechos como son. A veces, esa falsa equidistancia hace que se normalicen cosas que nunca deberían haberse normalizado. La clave está en la pluralidad de perspectivas y la imparcialidad, que no es equidistancia. Lo que no podemos es volver a asistir a casos como la cobertura de la BBC en las elecciones de 2024, que ponía al mismo nivel una propuesta de justicia de Kamala Harris que las declaraciones de Donald Trump diciendo que iba a fusilar periodistas. Máriam Martínez-Bascuñán y Pedro Silverio



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA ESPERANZA, EN POLÍTICA, NO ES UNA VIRTUD. PUBLICADO EL 18/11/2017

 








La esperanza, por muy virtud teologal que la consideren los creyentes, no parece muy válida como vara para medir las cuestiones políticas, ya que las promesas utópicas terminan por postergar la resolución de los problemas concretos, que son los que de verdad importan.

Las bases de la plataforma ciudadana de Ada Colau, comenta el profesor e historiador José Andrés Rojo en El País (18/11/2017), fueron llamadas a pronunciarse sobre el pacto con los socialistas en el Ayuntamiento de Barcelona. De los 10.000 inscritos participaron 3.800 y fueron 2.059 los que se inclinaron por fulminar la alianza, frente a 1.736, el 45,68%, que prefería que ambas fuerzas siguieran trabajando juntas. Parece ser que entre los seguidores de Barcelona en Comú había cundido el descontento porque gobernara con un partido que apoyaba la aplicación del artículo 155. Por lo que se ve, urgía pronunciarse y la alcaldesa decidió sortear tesitura trasladando la decisión a su gente.

Hay quienes interpretan que ese acto de “radicalidad democrática”, esos fueron los términos que Colau utilizó para definir su iniciativa, no significa otra cosa que ganas de bailarle el mambo a los independentistas. El procés ha tenido siempre un punto festivo y nunca viene mal subirse a la corriente del entusiasmo. La radicalidad democrática de Colau le hace así un guiño a la radicalidad democrática de la que siempre han presumido los soberanistas, y que les sirvió para masacrar de un zarpazo las reglas de juego de la Constitución y el Estatut.

Vienen elecciones, luego harán falta alianzas e igual podrían juntarse Esquerra y los comunes para gobernar Cataluña. Comparten esa manera de hacer política que se sostiene en cultivar la esperanza de sus seguidores. Esquerra y el resto de los secesionistas levantaron con tesón la Arcadia feliz de la independencia. Lo de los comunes tiene más que ver con un tuit que lanzó uno de los fundadores de Podemos a propósito del golpe de los bolcheviques de 1917: “Llegó la revolución y hubo esperanza”. No cuentan gran cosa ni las checas, que empezaron enseguida, ni el horror del Gulag.

Hay otro punto de contacto, su visión crítica del consenso que forjaron distintas fuerzas políticas españolas tras la muerte de Franco para conquistar la democracia (no la radical, la otra). Santos Juliá reconstruye en su libro sobre la Transición la época del desencanto. Cuenta que en amplios sectores fue calando la idea que sostenía José Vidal-Beneyto, uno de los referentes intelectuales de aquellos años, que “no había pasado nada de lo que nuestra esperanza esperaba”. “Argumento ciertamente singular”, dice Juliá, “puesto que medía el valor de lo ocurrido”, el complicadísimo andamiaje para salir de una larga y cruel dictadura, “con el metro de nuestra esperanza”.

Tuvo que ser un historiador británico, Raymond Carr, quien finalmente advirtió que todo ese desencanto, que alimenta ahora a los críticos del “régimen del 78”, estaba basado en “una falsa concepción de la democracia y de lo que ésta es capaz de conseguir”. Santos Juliá lo dice de otra manera. Durante aquellos años, “entre ejercicio de poder o cultivo de la utopía, había que optar: o una cosa o la otra. ¿Quién ha visto alguna vez a un utópico, de los de verdad, administrando el presupuesto de un ministerio?”. Pues eso: medir las políticas concretas con el metro de la esperanza no es nunca una buena idea.























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TRES AGRAVIOS, DE JOSÉ MARÍA SÁNCHEZ ARANDA

 







TRES AGRAVIOS




En el juego de miradas

pierdo el contacto con tu pupila

tus dedos señalan a otro horizonte

tus labios ya no van a mis heridas

tus pensamientos no son míos


tres golpes me acarician


tus pasos alejándose de mi calma

tus caricias envueltas en el aire

pero sin vida

tus besos en otros hombros y horizontes

tres agravios

y mi alma perdida.




JOSÉ MARÍA SANCHEZ ARANDA (1978)

poeta español

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 15 DE NOVIEMBRE DE 2025