sábado, 8 de abril de 2023

De la vida real

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del cineasta David Trueba, va de la vida real. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.








¿Qué nos pasa?
DAVID TRUEBA
04 ABR 2023 - El País
harendt.blogspot.com
Hace 15 años que murió el guionista Rafael Azcona y no hay semana que uno no eche de menos la sobremesa donde se trataban sin ahínco los asuntos del momento. Pese a la edad, Azcona era joven de mente. A él no lo seducía ese abrazo reaccionario de que todo iba a peor, pues estaba convencido de que el mundo avanzaba en mejoras aunque el horror era siempre más visible. Te reñía si con la inconsistencia de los jóvenes echabas de menos el pasado que no habías conocido. Le ayudaba recordar el rigor de las sotanas, el autoritarismo marcial, la jerarquía del poder y el sabor agrio de la derrota permanente que conoció tras la Guerra Civil. Le gustaba recordar la viñeta del New Yorker en la que dos hombres del paleolítico charlaban a la puerta de la cueva. Uno festejaba la época en que vivían porque en ella no había atascos, ni contaminación, ni oficina, ni impuestos. El otro, en cambio, se encogía de hombros y admitía la verdad: la esperanza de vida no llegaba a los 35 años. Pues bien, Azcona escribió películas en las que los hombres se recluían del mundo, se emparejaban con muñecas hinchables, se encerraban en el baño o invitaban a cenar a pobres para tranquilizar su conciencia por un rato. Es decir, trató asuntos que son hoy actualidad absoluta. Predijo internet con ese anacoreta que lanzaba mensajes por el inodoro del váter y la incapacidad ante la frustración con ese anciano que asesinaba a sus seres queridos para tener el coche de paralítico que otros disfrutaban.
Por poner un ejemplo, esta semana hemos discutido mucho sobre la carta que unos expertos en tecnología han escrito a los gobiernos reclamando una paralización de los avances en el desarrollo de la inteligencia artificial. Y también hemos debatido, con la mesura que nos caracteriza, sobre los llamados vientres de alquiler e hijos por encargo. El resumen de ambos asuntos podría ser el mismo que el de la prohibición por referéndum de los patinetes eléctricos en París: los seres humanos nos tenemos miedo a nosotros mismos, pues sin regulación podemos llegar a ser monstruosos. Entre otras cosas porque nos sentimos a bordo de un Titanic que ya zarpó hace tiempo y no tiene pinta de saber llegar a ningún puerto seguro. Y porque por más hiperconectados y rodeados de gente, información o datos que estemos, nos seguimos sintiendo aterradoramente solos. Buscamos compañía por ese miedo atávico a la soledad, pero sospechamos que todo lo malo que nos pasa es por salir de casa o por decir que sí.
En esa contradicción reside la gran comedia de la vida. La infancia, vivida como un espanto de sometimiento y falta de autonomía, acaba por convertirse, pasado el tiempo, en el paraíso que añoramos. La compañía, que nos amarga y abruma, pasa a ser, cuando la perdemos, el centro de nuestra rememoración. No encontramos el sentido de la vida por la sencilla razón de que lo tenemos justo delante de nuestras narices. Demasiado evidente, demasiado cerca. Somos incapaces de convivir sin juzgar, sin amenazar, sin apropiarnos de todo lo que queda a nuestro alcance.
Así, entre catástrofes y auténticas chapuzas, las más sonadas las que perpetramos para reafirmar nuestra identidad individual y grupal, aparecerían algunos instantes en los que, asombrados, nos asomaríamos a mirar el mundo y exclamaríamos para nuestros adentros: la vida, qué esplendor. Y no tan a menudo: la vida, qué disparate.



























[ARCHIVO DEL BLOG] El insulto como peaje. [Publicada el 02/09/2013]













¿La posibilidad de recibir un insulto es el peaje oneroso que hay que pagar en defensa de la libertad de expresión? No es una pregunta retórica, como podrán ver más adelante. Los políticos, a la hora de insultar(se), ya sean de derechas, izquierdas o mediopensionistas, no se andan a la zaga unos de otros. Si acaso, los primeros, se distinguen a la hora de hacerlo por una mayor zafiedad, producto sin duda de su secular falta de educación y cultura, que no de formación.
Dice la filósofa norteamericana Hannah Arendt: "La conducta moral no se da por supuesta, pero el conocimiento moral, el conocimiento de lo justo y lo injusto, sí", (Laure Adler: "Hannah Arendt", Destino, Barcelona, 2006). Para algunos, supongo...
No creo que los obispos españoles hayan leído gran cosa sobre Hannah Arendt. Supongo que sobre "moral", sí. Aunque a la vista de las cosas que decían cuando el "insultador mayor del reino", don Federico Jiménez Losantos trabajaba para ellos en su tristemente famosa emisora radiofónica, la "COPE", sólo caben dos conjeturas: O no se enteraban o eran unos cínicos. Me quedo con lo segundo, por supuesto. Y no comprendo como estos hipócritas, inmorales por naturaleza, tienen tan siquiera el atrevimiento de arrogarse el derecho a dar lecciones de moral a nadie. Podían comenzar por ellos...
El profesor Joaquín Roy, catedrático "Jean Monnet", de Relaciones Internacionales y Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Miami, mostraba en El País del 4 de septiembre de 2008, una antología de las barbaridades, insultos, difamaciones y calumnias que la Cadena Episcopal española soltaba cada día por boca de su locutor estrella. Se titulaba "Entre un gilipollas y una negra resentida". Tras el catálogo de insultos se preguntaba con estupor como era posible que nadie en España se atreviera a presentarle a los responsables de la citada emisora una querella a la americana, por varios millones de euros... Yo tampoco lo se, la verdad, pero visto lo visto y oído lo oído, parece claro que el señor Jiménez Losantos tenía agarrados, pero que muy bien, a los monseñores por sus partes más nobles... Al final lograron quitárselo de encima. ¿Presiones de más arriba (y no me refiero al Espíritu Santo) o simple oportunismo? La verdad es que ni lo sé ni me importa. Ahora, si es que son capaces de soportarlo sin vomitar, pueden verlo "trabajando" en el Canal Intereconomía de televisión. Otros que tal bailan...
Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt












viernes, 7 de abril de 2023

De la ni tan inteligente ni artificial IA

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del historiador Evgeny Morozov, va de la ni tan inteligente ni artificial IA. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com










Ni es inteligente ni es artificial: esa etiqueta es una herencia de la Guerra Fría
EVGENY MOROZOV
03 ABR 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Elon Musk y Steve Wozniak, el cofundador de Apple, acaban de firmar una carta en la que piden una moratoria de seis meses en el entrenamiento de sistemas de inteligencia artificial (IA). El propósito es dar tiempo a que la sociedad se adapte a lo que los firmantes llaman “un verano de la IA”, que, en su opinión, acabará beneficiando a la humanidad, siempre que se pongan las salvaguardas adecuadas. Unas barreras que, entre otras cosas, deben incluir protocolos de seguridad rigurosamente vigilados.
Es un objetivo loable, pero hay algo aún mejor que conviene hacer en estos seis meses: retirar del debate público la manida etiqueta de “inteligencia artificial”. Hay que relegar este término al mismo montón de cenizas de la historia que “telón de acero”, “teoría del dominó” y el “momento Sputnik”.
La IA siempre ha sido un proyecto de los militares, la industria y las universidades de élite y sigue siéndolo, aunque ahora se haya democratizado su acceso. Como término, “inteligencia artificial” sobrevivió al final de la Guerra Fría gracias a su atractivo para los entusiastas de la ciencia ficción y los inversores. Pero podemos permitirnos herir sus sentimientos. ¿Por qué vamos a seguir reviviendo los traumas de la Guerra Fría, cuando este término es un corsé tan grande para nuestra imaginación?
En realidad, lo que hoy llamamos “inteligencia artificial” no es ni artificial ni inteligente. Los primeros sistemas de IA estaban muy dominados por reglas y programas, de modo que, por lo menos, la palabra “artificial” estaba justificada. Pero los sistemas actuales, como el ChatGPT que tanto gusta a todos, no se basan en reglas abstractas, sino en el trabajo de seres humanos reales: artistas, músicos, programadores y escritores, de cuya obra creativa y profesional se apropian esos sistemas con la excusa de querer salvar la civilización. En todo caso, es una “inteligencia no artificial”.
En cuanto a “inteligencia”, el interés primordial de la Guerra Fría, que financió gran parte de los primeros trabajos en IA, influyó enormemente en el sentido que le damos. Es el tipo de inteligencia que sería útil en una batalla. Por ejemplo, lo mejor de la IA actual es su capacidad de buscar patrones. No es extraño, puesto que uno de los primeros usos militares de las redes neuronales —la tecnología en la que se basa ChatGPT— fue la detección de barcos en fotografías aéreas.
Sin embargo, muchos críticos han señalado que la inteligencia no consiste solo en buscar patrones o seguir reglas. También es importante la capacidad de generalizar. La obra de Marcel Duchamp Fuente, de 1917, es un buen ejemplo. Antes de Duchamp, un urinario no era más que un urinario. Pero Duchamp cambió la perspectiva y lo convirtió en una obra de arte. En ese momento, estaba generalizando sobre el arte.
Cuando generalizamos, la emoción anula las clasificaciones arraigadas y aparentemente “racionales” de las ideas y los objetos cotidianos. Deja en suspenso las operaciones habituales, casi maquínicas, de búsqueda de patrones. No es algo que convenga hacer en medio de una guerra.
La inteligencia humana no es unidimensional. Se apoya en lo que el psicoanalista chileno Ignacio Matte Blanco denominó bilógica: una fusión entre la lógica estática y atemporal del razonamiento formal y la lógica contextual y muy dinámica de la emoción. La primera busca las diferencias; la segunda las borra a toda velocidad. Nuestra mente sabe que el urinario está relacionado con el retrete; nuestro corazón, no. La bilógica explica cómo reorganizamos las cosas prosaicas de maneras nuevas y esclarecedoras. Todos lo hacemos, no solo Marcel Duchamp.
La IA no podrá hacerlo porque las máquinas no pueden tener un sentido (no un mero conocimiento) del pasado, el presente y el futuro. Sin ese sentido, no hay emoción, lo que elimina uno de los componentes de la bilógica. Como consecuencia, las máquinas siguen atrapadas en la lógica formal singular. Así que a eso queda reducida la parte de “inteligencia”.
ChatGPT tiene su utilidad. Es un motor predictivo que también puede servir de enciclopedia. Cuando se le pregunta qué tienen en común un botellero, una pala de nieve y un urinario, responde acertadamente que son objetos cotidianos que Duchamp convirtió en arte.
Pero cuando se le preguntó qué objetos actuales convertiría Duchamp en arte, respondió que los smartphones, los patinetes electrónicos y las mascarillas. Aquí no se vislumbra nada de bilógica ni, reconozcámoslo, de “inteligencia”. Es una máquina estadística que funciona bien pero es aburrida. Tiene su utilidad, por supuesto. Pero entonces el verdadero debate deberíamos tenerlo sobre hasta qué punto dependemos del pensamiento estadístico, en vez de sobre las ventajas de la “inteligencia artificial” frente a la “inteligencia humana” ni sobre el hombre frente a la máquina.
El peligro de seguir manejando un término tan inexacto y obsoleto como “inteligencia artificial” es que corremos el riesgo de convencernos de que el mundo funciona con arreglo a una lógica singular: la del racionalismo profundamente cognitivo y sin sentimientos. En Silicon Valley ya hay muchos que así lo creen y se están dedicando a reconstruir el mundo inspirados por esa convicción.
Pero el motivo por el que las herramientas como ChatGPT son capaces de hacer algo mínimamente creativo es que sus patrones de entrenamiento los han creado unos seres humanos reales, con sus emociones complejas, sus angustias y todo lo demás. Y, en muchos casos, no es el mercado —y mucho menos el capital riesgo de Silicon Valley— el que ha pagado por ello. Si queremos que esa creatividad siga existiendo, debemos financiar la producción de arte, ficción e historia, no solo los centros de datos y el aprendizaje automático.
En la actualidad, no parece que las cosas se encaminen en esa dirección. El máximo peligro de no retirar términos como “inteligencia artificial” es que impida ver el trabajo creativo de la inteligencia y, al mismo tiempo, haga que el mundo sea más predecible y estúpido. Este término, con su carácter apolítico y progresivo, hace más difícil descubrir los motivos de Silicon Valley y sus inversores; y, a la hora de la verdad, sus motivos no siempre coinciden con los de la gente.
Por eso, en lugar de pasarnos seis meses examinando los algoritmos mientras esperamos el “verano de la IA”, más nos valdría releer El sueño de una noche de verano, de Shakespeare. Así contribuiremos mucho más a hacer del mundo un lugar más inteligente.































[ARCHIVO DEL BLOG] Movimientos sociales y democracia. [Publicada el 29/06/2013]











No soy un acendrado defensor de la democracia directa. Nunca lo he ocultado y no voy a fingir ahora, en aras de lo políticamente correcto, lo que no siento por ella. Y si un paradigma de esa democracia directa es lo que se cuece a través de internet y las redes sociales, de las que soy asiduo partícipe, basta asomarse a las mismas para echarse a temblar ante la demagogia y el populismo rampante que las invade. Cuestión distinta es, pienso yo, lo que algunos denominan democracia participativa, es decir abierta a los ciudadanos, transparente en su funcionamiento, deliberativa, pero sin sustituir, ni pretender hacerlo, la democracia representativa. La única posible, a mi juicio, en sociedas complejas como las actuales.
Sobre las carencias manifiestas de las democracias representativas y el papel dinamizador que ha insuflado a las mismas y a la política los movimientos sociales como el 15-M, el de los indignados, o las redes sociales a través de internet, va el artículo del profesor Ramón Máiz, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Santiago de Compostela, titulado "El ruido y la furia. El movimiento de los indignados y la teoría de la democracia", publicado en el blog "Vitrinas", de "Revista de Libros", en su número de junio/julio de este año, comentando el libro del también profesor de la Universidad de Barcelona y economista, Félix Ovejero Lucas, titulado "¿Idiotas o ciudadanos? El 15-M y la teoría de la democracia" (Montesinos, Mataró, 2013).
Ya he escrito en otras ocasiones sobre la democracia participativa, y en concreto, sobre la posición que al respecto mantuvo toda su vida mi admirada Hannah Arendt: "La democracia participativa en Hannah Arendt" (entrada del 26 de septiembre de 2011), muy crítica con la democracia liberal clásica, y para la cual las instituciones de las democracias representativas se conciben como foros para la deliberación en los que se reconocen, filtran y depuran los puntos de vista que los ciudadanos han podido conformar, a través de diversas esferas de participación institucionales y no institucionales. ¿Cómo las redes sociales e Internet que ella no conoció?, me preguntaba...
Hannah Arendt, se dice en ella, no defiende un modelo de democracia directa nostálgico, adecuado para pequeñas comunidades cerradas en las que es posible la participación directa de todos los ciudadanos, pero que resulta inadecuado dado el tamaño y su carácter diverso en las sociedades actuales. Por el contrario, añadía, su preocupación fundamental radica en pensar una política que pueda reconocer y darle voz a la pluralidad de puntos de vista públicos que, más allá de los intereses individuales y de las diferencias idiosincrásicas, emergen en las democracias contemporáneas, defendiendo por ello una forma de participación ciudadana más deliberante y efectiva que la que se impone desde el modelo clásico de democracia liberal.
Esa participación activa de los ciudadanos en espacios públicos diversos, como los movimientos sociales tenía para Arendt, un rol transformativo, que le llevaba a cuestionar los valores, las formas de preguntar e interpretar los asuntos públicos que se han establecido como más razonables o aceptables, al mostrar nuevos aspectos u otras experiencias que pueden resultar relevantes para discutir sobre tales asuntos. Esto significa que la participación pública no sólo puede posibilitar que voces minoritarias logren influir sobre las mayoritarias, sino que puede permitir renovar los procedimientos y marcos desde los cuales se enfocan las cuestiones públicas mismas.
Pero Arendt, decía en la entrada citada, no sólo insiste en una participación activa de los ciudadanos en espacios no estatales, sino que considera que el Estado, y en especial el sistema representativo, debe darles voz a esos espacios y estar abierto a las formas de participación deliberativa. En efecto, a su modo de ver, si el gobierno representativo se encuentra hoy en crisis, es en parte porque ha perdido, en el curso del tiempo, todas las instituciones que permitían la participación efectiva de los ciudadanos y en parte por el hecho de verse afectado por la enfermedad que sufre el sistema de partidos: la burocratización y la tendencia de los mismos a representar únicamente a su propia maquinaria. Les recomiendo encarecidamente su lectura, seguro de que les resultará sugerente.
Curiosamente, Hannah Arendt nunca escribió tratado u obra alguna sobre la democracia. Lo hizo, con rotundidad, sobre la política, la revolución, los totalitarismos de izquierda y derecha, pero no sobre la democracia. Con seguridad, porque no concebía otra forma de participación y organización política mejor ni más idónea. En eso, coincidimos una vez más.
Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt









jueves, 6 de abril de 2023

Del trato a los animales

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Fernando Savater, va del trato a los animales. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









Especies
FERNANDO SAVATER
01 ABR 2023 - El País
harendt.blogspot.com 

El filósofo australiano Peter Singer ha recibido el premio Fronteras del Conocimiento BBVA por sus contribuciones al progreso de la moral, o sea, haber expandido el círculo de la ética a los animales no humanos porque también pueden experimentar placer y dolor, sobre todo dolor. Su obra más célebre, publicada hace medio siglo, se titula Liberación animal. ¿De qué hay que liberar a los animales? ¿De la evolución de las especies? ¿De las leyes de Mendel? No, deben ser liberados del yugo humano: se trata de abrirles la jaula. Fuera de la jaula y lejos del pastor podrán dedicarse a su libertad, es decir, a ser lo que la naturaleza ha dispuesto para ellos: al principio algunos quizá estén un poco desconcertados, el chihuahua, por ejemplo, pero se irán acostumbrando. Los humanos, que tantas nuevas familias zoológicas han criado y con tantas han convivido, siempre fueron sus enemigos. El nuevo imperativo moral es: “obra de tal modo que todo ser capaz de sentir sienta lo que más pueda agradarle, sin interferencia tuya negativa”. Este es el utilitarismo, extravagancia moral convertida ya en common sense por los herederos de Bentham.
Como señala Gregorio Luri: “La colonización emotivista del mundo de la vida pretende (...) que la dignidad ya no está ni en lo que se es ni en lo que se hace, sino en lo que se padece”. Singer condena el especismo ético, es decir, preferir moralmente nuestra especie a las de los otros seres vivos. Pero es que en eso consiste precisamente la ética, en el reconocimiento humano de lo humanamente libre y responsable en el confuso tapiz de los efectos y las causas. Fue tarea de Kant racionalizar el especismo estableciendo que para el ser humano la humanidad siempre será un fin y nunca un medio. Hay que ser humanitario con los animales, pero humano entre los humanos. A Singer se le premia, la moda manda, pero no le vayamos a hacer caso...