lunes, 9 de diciembre de 2019

[A VUELAPLUMA] Cultura de la cancelación



Dibujo de Eulogia Merle para El País


"Ya no importa que la persona se avergüence de sus acciones; queremos que sea cancelada, ajusticiada con la inexistencia. Deberíamos hablar de “derecho al olvido”, no de la imposibilidad de redención", afirma en el A vuelapluma de hoy el escritor Andrés Barba. 

"Cada día -comienza diciendo- aprendemos a convivir un poco más con dinámicas digitales que hace no tanto nos llenaban de pavor. Nos asustamos menos y establecemos menos enmiendas a la totalidad cuando un Kevin Spacey desaparece de una serie por haber cometido abusos sexuales hace años o se cancelan conciertos de R. Kelly, como si lo primero fuera el justo castigo por lo segundo. Sospechamos que en el fondo no debería haber motivo para privarnos de un buen actor que ha cometido un delito siempre y cuando salde sus cuentas con la justicia, pero algo en nosotros ha acordado que en este estado de la situación, la lógica fluya por otros caminos, o tal vez ni siquiera la lógica sino algo más poderoso: lo inevitable. Sabemos también que por muy justos que en ocasiones sean esos ataques, en otras no dejan de ser perfectamente extemporáneos y hasta aleatorios. Los derechos de las minorías, la reivindicación de justicia o el simple deseo de defenestrar a alguien se confunden en las redes en un caos tan colosal que requeriría un trabajo a jornada completa distinguir lo trivial de lo serio. Tal vez por eso nos inclinamos cada día un poco más a pensar que éste es el signo de nuestros tiempos: ganar por goleada en el territorio del embrollo, hacer que la pelota de hilo sea tan grande, que la simple idea de desarmar la madeja parezca una utopía.

Casi genera cierta nostalgia acordarnos de cuando opinábamos que la cultura de la denuncia en las redes era una forma de regular mediante un sano oprobio social los comportamientos e ideologías que “debían ser corregidos”, cuando nos parecía una democratización oxigenante que se ampliara la autoridad que decidía a quién se ponía en la picota digital. Pensábamos que al fin y al cabo de lo que se trataba era de abrir el marco del sancionador, y que cuantas más voces estuvieran habilitadas a sancionar, más probable sería que dejaran de irse de rositas los de siempre. La cultura de la denuncia suponía la victoria de David frente a Goliat: garantizaba que las minorías pudieran visibilizar e interrumpir comportamientos abusivos, por eso entendíamos también que, como tales, esas minorías solo pudieran ser intransigentes: no solo necesitaban protegerse, sino también, y por encima de todo, tenían que cohesionarse como comunidad. Hoy empezamos a estar más acostumbrados, pero también menos seguros. Un grado de incertidumbre que varía según la edad y el grupo social al que se pertenezca.

Hace unas semanas se produjo un pequeño encontronazo que ilustra bien esa brecha generacional. Durante un encuentro de la Obama Foundation, el expresidente advertía a los jóvenes de los peligros de un comportamiento demasiado radical y judicativo en las redes: deberíais abandonar lo antes posible esa idea de la pureza y de que hay que estar siempre “alertas” políticamente. El mundo es un caos. Existe la ambigüedad. La gente que hace cosas buenas también tiene debilidades. Esas personas a las que atacáis también quieren a sus hijos. La réplica no tardó en llegar. Dos días después, Ernest Owens, un reportero millennial del New York Times recordaba al expresidente que había sido su generación, con su incompetencia, la que había obligado a los millennials a una franqueza radical en temas como el medio ambiente, el feminismo o los derechos LGTBI, y afirmaba que lo que el expresidente no puede o no quiere entender es que las generaciones jóvenes no atacan por deporte, sino para defender a la gente desprotegida del daño que los poderosos ya han infligido.

Los dos tienen razón, evidentemente, Obama con su consejo de abuelo en pantuflas, el millennial Owens con su hacha de guerra diciéndole al viejo que juzga la vida con unos términos obsoletos, y aunque en ese desencuentro queda también nítida una premisa fundamental: la de que cuando las figuras del establishment afirman que se debería “moderar” la libertad de expresión se refieren siempre a la de los demás, no a la de ellos, lo que está claro es que la verdadera declaración es: esto no se va acabar mañana. Esto ha llegado para quedarse.

Cada día se van afinando también más los términos. Allí donde antes bailaban los eufemismos comienza ahora a hablarse abiertamente de una “cultura de la cancelación”. Un término que nace con el movimiento Me Too precisamente para hacer un llamamiento al boicot de las celebridades que manifiesten una opinión cuestionable o hayan tenido una conducta delictiva, machista, racista u homófoba. Bill Cosby, Michael Jackson, Roseanne Barr o Louis C. K. son solo una minúscula punta de lanza en la que no se distingue a los vivos de los muertos. El boicot de la cultura de la cancelación no pretende solo un tirón de orejas digital o un bloqueo profesional, sino algo más radical y en cierto modo verdaderamente utópico, borrar literalmente a esas personas, programar un paso del ser al no ser. Ya no importa que la persona se avergüence públicamente de sus acciones, ni que pague en moneda de carne o de sangre por sus errores o sus delitos, queremos que sea ajusticiada con la inexistencia: que sea cancelada.

El exiliado y la víctima propiciatoria son también, no lo olvidemos, instituciones basales de la comunidad humana, antecedentes pretecnológicos de esta cultura de la cancelación. Uno de los asuntos más peliagudos de la condición humana es a quién tenemos que pasar a cuchillo o a quién debemos expulsar de la aldea para ser quienes somos. El problema de Internet no es tanto que genere episodios inéditos en nuestra condición natural, como que legitima comportamientos atávicos de los que nos habíamos protegido mediante la promulgación de derechos. Si algo deja claro la declaración de los derechos humanos es que seguimos siendo dignos por mucho que otras personas afirmen que hemos dejado de serlo, y que “esa imposibilidad de dejar de ser dignos” es la base del consenso —de la ficción, si uno se pone muy cínico— que hemos acordado creer para construir una sociedad más ecuánime. Es un tanto dudoso por tanto que, sea lo que sea lo que hayamos hecho, alguien pueda decidir que no existimos más.

Pero la verdadera cuestión que pone sobre la mesa la “cultura de la cancelación” es la imposibilidad de redención, la clausura de una restauración a la vida previa al delito. Una huida hacia delante peligrosa, cuyas repercusiones son más difíciles de mesurar en el caso de que se instauren en nuestra manera de juzgar la realidad. Más que sobre los términos en los que deben permitirse esas campañas de oprobio digital o sobre la efectividad de las mismas, más que el debate sobre las defensas de las minorías o hasta dónde les favorecen esas campañas, tal vez deberíamos empezar a preguntarnos hasta qué punto los términos en los que planteamos esta cultura de la cancelación no estarán provocando lo contrario de lo que pretendíamos: restaurar lo que ha sido dañado, hacer justicia. Tal vez de lo que deberíamos estar hablando no es de cultura de la cancelación, sino de derecho al olvido. Puede que las personas no sean solo sus virtudes, pero desde luego no solo son sus defectos. En cualquier caso, como aconsejaba Rilke, más que apresurarnos por encontrar la respuesta, tal vez lo que tendríamos que hacer es formular bien la pregunta".

A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 






La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



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[GALDÓS EN SU SALSA] Hoy, con "Rompecabezas"



La huida a Egipto, por Giotto (1306). Capilla de los Scrivegni, Padua


Si preguntan ustedes a cualquier canario sobre quién es su paisano más universal no tengan duda alguna de cual será su respuesta: el escritor Benito Pérez Galdós. Para conmemorar su nacimiento, del que ya se han cumplido 175 años, estoy subiendo al blog a lo largo de los últimos meses su copiosa obra narrativa. 

Nacido en Las Palmas de Gran Canaria, en las islas Canarias, el 10 de mayo de 1843 y fallecido en Madrid el 4 de enero de 1920, Benito Pérez Galdós fue un novelista, dramaturgo, cronista y político español, uno de los mejores representantes de la novela realista del siglo XIX y un narrador esencial en la historia de la literatura en lengua española, hasta el punto de ser considerado por especialistas y estudiosos de su obra como el mayor novelista español después de Cervantes. Galdós transformó el panorama novelístico español de la época, apartándose de la corriente romántica en pos del realismo y aportando a la narrativa una gran expresividad y hondura psicológica. En palabras de Max Aub, Galdós, como Lope de Vega, asumió el espectáculo del pueblo llano y con su intuición serena, profunda y total de la realidad, se lo devolvió, como Cervantes, rehecho, artísticamente transformado. De ahí, añade, que desde Lope, ningún escritor fue tan popular ni ninguno tan universal, desde Cervantes. Fue desde 1897 académico de la Real Academia Española y llegó a estar propuesto al Premio Nobel de Literatura en 1912. 

Tras la serie de los Episodios Nacionales, novelas y obras de teatro, subo hoy al blog otro de sus textos clasificados dentro de la denominada narrativa breve, y lo hago con el titulado Rompecabezas, publicado  en El Liberal el 3 de enero de 1887. Les dejó con él.


ROMPECABEZAS
(Cuento)
por
Benito Pérez Galdós



Ayer, como quien dice, el año Tal de la Era Cristiana, correspondiente al Cuál, o si se quiere, al tres mil y pico de la cronología egipcia, sucedió lo que voy a referir, historia familiar que nos transmite un papirus redactado en lindísimos monigotes. Es la tal historia o sucedido de notoria insignificancia, si el lector no sabe pasar de las exterioridades del texto gráfico; pero restregándose en éste los ojos por espacio de un par de siglos, no es difícil descubrir el meollo que contiene.

Pues señor... digo que aquel día o aquella tarde, o pongamos noche, iban por los llanos de Egipto, en la región que llaman Djebel Ezzrit (seamos eruditos), tres personas y un borriquillo. Servía éste de cabalgadura a una hermosa joven que llevaba un niño en brazos; a pie, junto a ella, caminaba un anciano grave, empuñando un palo, que así le servía para fustigar al rucio como para sostener su paso fatigoso. Pronto se les conocía que eran fugitivos, que buscaban en aquellas tierras refugio contra perseguidores de otro país, pues sin detenerse más que lo preciso para reparar las fuerzas, escogían para sus descansos lugares escondidos, huecos de peñas solitarias, o bien matorros espesos, más frecuentados de fieras que de hombres.

Imposible reproducir aquí la intensidad poética con que la escritura muñequil describe o más bien pinta la hermosura de la madre. No podréis apreciarla y comprenderla imaginando substancia de azucenas, que tostada y dorada por el sol conserva su ideal pureza. Del precioso nene, sólo puede decirse que era divino humanamente, y que sus ojos compendiaban todo el universo, como si ellos fueran la convergencia misteriosa de cielo y tierra.

Andaban, como he dicho, presurosos, esquivando los poblados y deteniéndose tan sólo en caseríos o aldehuelas de gente pobre, para implorar limosna. Como no escaseaban en aquella parte del mundo las buenas almas, pudieron avanzar, no sin trabajos, en su cautelosa marcha, y al fin llegaron a la vera de una ciudad grandísima, de gigantescos muros y colosales monumentos, cuya vista lejana recreaba y suspendía el ánimo de los pobres viandantes. El varón grave no cesaba de ponderar tanta maravilla; la joven y el niño las admiraban en silencio. Deparóles la suerte, o por mejor decir, el Eterno Señor, un buen amigo, mercader opulento, que volvía de Tebas con sinfín de servidores y una cáfila de camellos cargados de riquezas. No dice el papirus que el tal fuese compatriota de los fugitivos; pero por el habla (y esto no quiere decir que lo oyéramos), se conocía que era de las tierras que caen a la otra parte de la mar Bermeja. Contaron sus penas y trabajos los viajeros al generoso traficante, y éste les albergó en una de sus mejores tiendas, les regaló con excelentes manjares, y alentó sus abatidos ánimos con pláticas amenas y relatos de viajes y aventuras, que el precioso niño escuchaba con gravedad sonriente, como oyen los grandes a los pequeños, cuando los pequeños se saben la lección. Al despedirse asegurándoles que en aquella provincia interna del Egipto debían considerarse libres de persecución, entregó al anciano un puñado de monedas, y en la mano del niño puso una de oro, que debía de ser media pelucona o doblón de a ocho, reluciente, con endiabladas leyendas por una y otra cara. No hay que decir que esto motivó una familiar disputa entre el varón grave y la madre hermosa, pues aquél, obrando con prudencia y económica previsión, creía que la moneda estaba más segura en su bolsa que en la mano del nene, y su señora, apretando el puño de su hijito y besándolo una y otra vez, declaraba que aquellos deditos eran arca segura para guardar todos los tesoros del mundo.

II

Tranquilos y gozosos, después de dejar al rucio bien instalado en un parador de los arrabales, se internaron en la ciudad, que a la sazón ardía en fiestas aparatosas por la coronación o jura de un rey, cuyo nombre ha olvidado o debiera olvidar la Historia. En una plaza, que el papirus describe hiperbólicamente como del tamaño de una de nuestras provincias, se extendía de punta a punta un inmenso bazar o mercado. Componíanlo tiendas o barracas muy vistosas, y de la animación y bullicio que en ellas reinaba, no pueden dar idea las menguadas muchedumbres que en nuestra civilización conocemos. Allí telas riquísimas, preciadas joyas, metales y marfiles, drogas mil balsámicas, objetos sin fin, construidos para la utilidad o el capricho; allí manjares, bebidas, inciensos, narcóticos, estimulantes y venenos para todos los gustos; la vida y la muerte, el dolor placentero y el gozo febril.

Recorrieron los fugitivos parte de la inmensa feria, incansables, y mientras el anciano miraba uno a uno todos los puestos, con ojos de investigación utilitaria, buscando algo en que emplear la moneda del niño, la madre, menos práctica tal vez, soñadora, y afectada de inmensa ternura, buscaba algún objeto que sirviera para recreo de la criatura, una frivolidad, un juguete en fin, que juguetes han existido en todo tiempo, y en el antiguo Egipto enredaban los niños con pirámides de piezas constructivas, con esfinges y obeliscos monísimos, y caimanes, áspides de mentirijillas, serpientes, ánades y demonios coronados.

No tardaron en encontrar lo que la bendita madre deseaba. ¡Vaya una colección de juguetes! Ni qué vale lo que hoy conocemos en este interesante artículo, comparado con aquellas maravillas de la industria muñequil. Baste decir que ni en seis horas largas se podía ver lo que contenían las tiendas: figurillas de dioses muy brutos, y de hombres como pájaros, esfinges que no decían papá y mamá, momias baratas que se armaban y desarmaban; en fin... no se puede contar. Para que nada faltase, había teatros con decoraciones de palacios y jardines, y cómicos en actitud de soltar el latiguillo; había sacerdotes con sábana blanca y sombreros deformes, bueyes de la ganadería de Apis, pitos adornados con flores del Loto, sacerdotisas en paños menores, y militares guapísimos con armaduras, capacetes, cruces y calvarios, y cuantos chirimbolos ofensivos y defensivos ha inventado para recreo de grandes, medianos y pequeños, el arte militar de todos los siglos.

III

En medio de la señora y del sujeto grave iba el chiquitín, dando sus manecitas, a uno y otro, y acomodando su paso inquieto y juguetón al mesurado andar de las personas mayores.

Y en verdad que bien podía ser tenido por sobrenatural aquel prodigioso infante, pues si en brazos de su madre era tiernecillo y muy poquita cosa, como un ángel de meses, al contacto del suelo crecía misteriosamente, sin dejar de ser niño; andaba con paso ligero y hablaba con expedita y clara lengua. Su mirar profundo a veces triste, gravemente risueño a veces, producía en los que le contemplaban confusión y desvanecimiento.

Puestos al fin de acuerdo los padres sobre el empleo que se había de dar a la moneda, dijéronle que escogiese de aquellos bonitos objetos lo que fuese más de su agrado. Miraba y observaba el niño con atención reflexiva, y cuando parecía decidirse por algo, mudaba de parecer, y tras un muñeco señalaba otro, sin llegar a mostrar una preferencia terminante. Su vacilación era en cierto modo angustiosa, como si cuando aquel niño dudaba ocurriese en toda la Naturaleza una suspensión del curso inalterable de las cosas. Por fin, después de largas vacilaciones, pareció decidirse. Su madre le ayudaba diciéndole: «¿Quieres guerra, soldados?» Y el anciano le ayudaba también, diciéndole: «¿Quieres ángeles, sacerdotes, pastorcitos?» Y él contestó con gracia infinita, balbuciendo un concepto que traducido a nuestras lenguas, quiere decir: «De todo mucho.»

Como las figurillas eran baratas, escogieron bien pronto cantidad de ellas para llevárselas. En la preciosa colección había de todo mucho, según la feliz expresión del nene; guerreros arrogantísimos, que por las trazas representaban célebres caudillos, Gengis Kan, Cambises, Napoleón, Aníbal; santos y eremitas barbudos, pastores con pellizos y otros tipos de indudable realidad.

Partieron gozosos hacia su albergue, seguidos de un enjambre de chiquillos, ávidos de poner sus manos en aquel tesoro, que por ser tan grande se repartía en las manos de los tres forasteros. El niño llevaba las más bonitas figuras, apretándolas contra su pecho. Al llegar, la muchedumbre infantil, que había ido creciendo por el camino, rodeó al dueño de todas aquellas representaciones graciosas de la humanidad.

El hijo de la fugitiva les invitó a jugar en un extenso llano frontero a la casa... Y jugaron y alborotaron durante largo tiempo, que no puede precisarse, pues era día, y noche, y tras la noche, vinieron más y más días, que no pueden ser contados. Lo maravilloso de aquel extraño juego en que intervenían miles de niños (un historiador habla de millones), fue que el pequeñuelo, hijo de la bella señora, usando del poder sobrenatural que sin duda poseía, hizo una transformación total de los juguetes, cambiando las cabezas de todos ellos, sin que nadie lo notase; de modo que los caudillos resultaron con cabeza de pastores, y los religiosos con cabeza militar.

Vierais allí también héroes con báculo, sacerdotes con espada, monjas con cítara, y en fin, cuanto de incongruente pudierais imaginar. Hecho esto, repartió su tesoro entre la caterva infantil, la cual había llegado a ser tan numerosa como la población entera de dilatados reinos.

A un chico de Occidente, morenito, y muy picotero, le tocaron algunos curitas cabezudos, y no pocos guerreros sin cabeza.




Estatua de Galdós en su ciudad natal



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[SONRÍA, POR FAVOR] Es lunes, 9 de diciembre





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Tengo un peculiar sentido del humor que aprecia la sonrisa ajena más que la propia, por lo que, identificado con la definición de la Real Academia antes citada iré subiendo cada día al blog las viñetas de mis dibujantes favoritos en la prensa española. Y si repito alguna por despiste, mis disculpas sinceras, pero pueden sonreír igual...



















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domingo, 8 de diciembre de 2019

[ESPECIAL DOMINICAL] Por qué el español es nuestra lengua común





El Especial de cada domingo no es un A vuelapluma diario más, pero se le parece. Con un poco más de extensión, trata lo mismo que estos últimos, quiza con mayor profudidad y rigor. Y lo subo al blog el último día de la semana pensado en que la mayoría de nosotros gozará hoy de más sosiego para la lectura. El Especial de este domingo está escrito por Juan Claudio de Ramón, licenciado en Derecho y Relaciones Internacionales por ICADE y en Filosofía por la UNED, e interesado especialmente en la historia de las ideas políticas, el federalismo, el nacionalismo y el futuro de España y de Europa, y en él sostiene sin ambages que la persistencia de la propaganda nacionalista en que el español es una lengua sin raíces en Cataluña o País Vasco, importada y ajena, es algo que no se corresponde con la historia filológica de España.

"Dos libros de lectura reciente -comienza diciendo De Ramón- me han ayudado a comprender de forma cabal la historia de la convivencia de lenguas en España. El segundo ha dado cimientos fuertes a una creencia que yo ya tenía. La lectura del primero ha tenido para mí efectos emancipatorios. Empecemos con él. Se trata del El rumor de los desarraigados: Conflicto de lenguas en la península ibérica, del lingüista Ángel Lopez García-Molins. El carácter subversivo de la obra, Premio Anagrama de Ensayo en 1986, lo barruntó el exlíder independentista catalán, Ángel Colom: "un libro muy peligroso", dijo. ¿Por qué? Porque a través de una indagación filológica higienizada de ideología, López desarmaba la mentira con que el establishment nacionalista intenta polinizar la conciencia de los catalanes: que el español es una lengua sin raíces en Cataluña, ajena, importada, ilegítima; la lengua de los otros, en suma.  

Ante lo errado de esta doctrina, y advertido de que los españoles carecen de información clara respecto de la historia de la que, en la mayoría de casos, es su lengua materna, López desarrolló su tesis. Parte de asumir que castellano y español no son, como suele creerse, sinónimos. En sentido técnico, el castellano fue un dialecto centropeninsular, como el leonés o el navarro-aragonés. El español era otra cosa: una lengua de urgencia que hablantes de vasco, es decir, los únicos peninsulares que no disponían de un romance, articularon para entenderse con sus vecinos.

Esto es: el español nace como un latín mal aprendido con fuertes influjos del euskera, en un área de frontera vascoparlante. Conjetura consistente con el hecho de que el primer testimonio escrito de la nueva lengua coincida con el primer registro del euskera: las glosas emilianense conservadas en el monasterio de San Millán, en La Rioja. Ahí tenemos, en el siglo X, al primer bilingüe conocido en euskera y español: el monje copista que hace acotaciones en una y otra lengua mientras escudriña un texto latino. A partir de ahí, el español, esa koiné central, simplificada y sin adscripción nacional, se extiende por el Norte de España como un rumor de desarraigados, de hombres y mujeres sin raíces locales o espaciales fijas: peregrinos, cruzados, mercaderes, frailes, mesnadas reales y gente llana llamada a repoblar los burgos ganados a Al-Andalus, que arrastraban consigo un nuevo vehículo comunicativo, una lengua que era de todos y de ninguno.

Es decir, frente a la tendencia a pensar que el castellano fue primero la lengua de Castilla que después se impuso, por fuerza o grado, al resto de territorios españoles, López ofrece pruebas filológicas para afirmar que el "castellano" nace ya como lengua común, es decir, como español, y conoce su primera expansión cuando Castilla carece de importancia política. Cuando más tarde, al calor del apogeo militar, político y económico de Castilla –reino que ha adoptado la koiné como cosa suya y le ha dado ortografía– toda la nobleza peninsular empiece a hablar y escribir en esa lengua común –sin por ello abandonar las otras: nadie piensa aún en los maniqueos términos del nacionalismo–, el proceso de expansión se completa.

La prueba palmaria de esta realidad se encuentra en el testimonio de un anónimo que en 1559 publica en Lovaina una gramática de la koiné. En el prólogo, discutiendo las lenguas que en España se hablan, y tras mencionar la "vazquense", la "aráviga" y la catalana, alude a la que será su objeto de estudio: "El quarto lenguaje es aquel que io llamo Lengua Vulgar de España porque se habla i entiende en toda ella generalmente i en particular tiene su asiento en los reinos de Aragón, Murcia, Andaluzía, Castilla la nueva i vieja, León i Portugal; […] A esta que io llamo Vulgar, algunos la llamaron Lengua Española".

¡Hablada y entendida en toda ella generalmente! ¡En 1559! Porque 1559, conviene notarlo, está a dos siglos de distancia de la Nueva Planta y a cuatro de Franco. En suma, si bien es cierto que en la Edad Moderna el español ha sido a trechos idioma impuesto, lo que no podrá decirse es que haya sido nunca un idioma extranjero. Una parte esencial de la historia de las comunidades bilingües españolas está escrita, sin violencia, en español, en la koiné, en esa Lengua Vulgar de España, que a todos pertenece.

Para corroborarlo, acudamos al segundo libro invocado: Otra Cataluña: Seis siglos de cultura catalana en castellano, de Sergio Vila-Sanjuán (Destino, 2018). Escrito por un gran cronista de Barcelona, el libro documenta cómo durante seis siglos, los que van de Enrique de Villena a Eduardo Mendoza, una parte fundamental de los creadores catalanes han utilizado el español como vehículo de expresión, y que solo al precio de una mutilación terrible de la propia herencia, se puede pretender ocultar la condición bilingüe de Cataluña en su historia.

Dos libros, por tanto, complementarios. Sus autores se citaron hace poco en una jornada sobre convivencia lingüística en Barcelona organizada por Societad Civil Catalana. Desde el público se preguntó: ¿castellano o español? Mientras López manifestaba su preferencia por "español", y subrayar así su condición de lengua común entre españoles, Vila-Sanjuán se acogía al razonable argumento de que al llamarlo "castellano", liberamos la categoría "español" para las restantes lenguas del país, que serían igualmente españolas. Dos puntos de vista sensatos, aunque si me preguntan a mí, últimamente me inclino por "español": la razón es que al decir "castellano", convertimos, subliminalmente y a oídos de gallegos, vascos, navarros, catalanes, valencianos y baleares, la lengua común en la "lengua de los castellanos", es decir, en la lengua de los otros. Cosa que, como hemos explicado, históricamente no se corresponde con el itinerario histórico de la koiné. 

En cualquier caso, ambos usos son corrientes y no hay obligación de escoger. Lo importante es conservar el afecto por esta inveterada lengua franca entre españoles, que el azar de la historia hizo potente koiné internacional, y hacer lo posible por que quien lo haya perdido, lo recupere. Naturalmente, el resto de lenguas que se hablan en nuestro país también son españolas y la democracia del 78 así lo supo reconocer.

Aunque se le regateen sus méritos, el aprendizaje plurilingüe del Estado en estos años ha sido notable. Cuando algunas personas hemos pensado que era hora de culminarlo y desarrollar normativamente el artículo 3 de nuestra Constitución, a fin de regular los derechos de los hablantes y poner fin a las amargas disputas lingüísticas entre ciudadanos y administraciones, hay quien ha sospechado que, queriéndolo o no, una ley de lenguas podía terminar rebajando el estatus de lengua común para el español, dando otra victoria a los nacionalistas.

No comparto esa suspicacia pero la comprendo: el cariz excluyente de las políticas lingüísticas de las comunidades bilingües –en grado variable y con Cataluña a la cabeza– ha escalado tales cotas de sinrazón que buena parte de la opinión publica no entendería que el Estado profundizase en su compromiso con el plurilingüismo si antes las comunidades no dan marcha atrás en políticas que deliberadamente buscan poner un estigma al uso del español; a esa Lengua Vulgar de España, hebra principalísima con la que se tejió la historia cultural de los españoles, también, lo sepan o no, la de quienes no quieren serlo". 





Bosque de laurisilva en La Gomera. Islas Canarias, España



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[TRIBUNA DE PRENSA] Lo mejor de la semana. Diciembre, 2019 (II)





Les dejo los artículos de opinión que  durante la semana pasada he ido subiendo diariamente al blog en la columna 'Tribuna de prensa'. Dicen que elegir es descartar, así que asumo la responsabilidad de su elección. Como dijo Hannah Arendt, espero que les inviten a pensar para comprender y comprender para actuar. Se los recomiendo encarecidamente. Son estos:

Cárceles 5.0, por Ana Fuentes
La destrucción de España, por Teodoro León
Libertades, por Fernando Savater
Calendarios asimétricos, por Jordi Juan
¿Son  necesarios los líderes o no?, por Remei Margarit
Acordonados, por Enric González
¿Por qué los llaman principios cuando quieren decir poder?, por Fernando Vallespín
El baile de los que sobran, por Joaquín Estefanía
Ideología de trinchera, por Máriam Martínez-Bascuñán
El fin de Evo Morales, por Mario Vargas Llosa

Mediocracia y corruptura, por Manuel Rivas
Colonizados, por Julio Llamazares
Ofertando la nada, por Isabel Gómez Melenchón
La pija eterna, de Elvira Lindo
Todo está dicho y todo está por hacer, por Javier Cercas
Sesión de posado, por Iñaki Gabilondo

Las empresas se colocan al lado de la sociedad, por Diego López Garrido
La mala educación, por Iñaki Gabilondo
Sin brújula no hay paisaje, por Màrius Carol
Vandalismo institucional, por Edurne Portela
Los duelistas, por Enrique Gil Calvo
Exceso de empatía, por Víctor Lapuente

El mito de la gramática: ¿para qué sirve un lingüista?, por Mamen Horno
Noticias del otro lado del mundo, por Eliane Brum
El precio, por Antonio Elorza
Prefiero morir de un disparo, por Manuel Jabois
Saber sumar, por Pepa Bueno
El incendio universal, por Isabel Gómez Melanchón
¿Unionista?, no gracias, por Marc Murtra

¿Qué partidos son constitucionalistas?, por Iñaki Gabilondo
Pragmatismo, divino tesoro, por Màrius Carol
¿Qué esperar de un gobierno de coalición?, por Ignacio Urquizo
Un mundo feliz, por Javier Sampedro
Las nuevas vulnerabilidades, por José Fernández Albertos
Por qué nos pesa tanto PISA?, por Lucas Gortázar
Plácido, por Luz Sánchez-Mellado
Trump, hazmerrír en jefe, por Lluís Bassets
La primacía del poder judicial, por Josep Ramoneda
Una historia sin ajuste de cuentas, por Carmen del Riego

¿Por qué molesta Greta Thunberg?, por Berna González Harbour
El mareo del hámster, por Màrius Carol
Constitución (y física cuántica), por Silvia Hinojosa
A vueltas con los eufemismos, por Joan-Pere Viladecans
La democracia impotente, por José Andrés Rojo
Años saludables, por Jorge M. Reverte
El gran desastre, por Olivia Muñoz-Rojas
Hable con ellas, por Cristina Manzano
Disimulo, por Juan José Millás
Un tesoro desconocido, por Carles Mundó

Desde los enlaces de más abajo puede acceder a algunos de los diarios y revistas más relevantes de España, Europa y el mundo, actualizados permanentemente:
NRC 

Time 
Life 

Y desde estos otros a algunos de los Especiales publicados en el blog sobre:

Catorce viñetas inéditas de Forges. El País El mapa del voto en España, calle a calle. Elecciones noviembre 2019
Texto íntegro de la sentencia del caso ERE
La justicia funciona en España, vídeo de Foro Europa Ciudadana
Texto del acuerdo PSOE-UP para un gobierno de coalición
Elecciones generales, noviembre 2019. El debate de los líderes. RTVE
Los delitos del "procès". Documental de El País
Ceremonia de entrega de los Premios Princesa de Asturias 2019
Texto de la sentencia del Tribunal Suoremo sobre el "procés"
Risco Caído y las Montañas de Gran Canaria, Patrimonio de la Humanidad
Solitarios en El Prado. Un viaje de 200 años
Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2019 a Ida Vitale
Discurso del rey Felipe VI en la clausura del Congreso Mundial de Juristas

Mensaje de Navidad, 2018,  de S.M. el rey Felipe VI
Celebración institucional del 40 aniversario de la Constitución

Y como siempre, para terminar, las mejores fotos de la semana de los corresponsales en todo el mundo del diario El País. 



Huelga general. Marsella, Francia



La reproducción de artículos firmados en este blog no implica compartir su contenido. Sí, en todo caso, su  interés. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt





HArendt




Entrada núm. 5520
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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)