sábado, 20 de junio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. DE HIDEPUTAS Y BELLACOS, POR SERGIO RAMÍREZ. 20 DE JUNIO DE 2026

 





Según resuena aún en los mentideros de la historia, el presidente de Estados Unidos Franklin Delano Roosevelt habría dicho del viejo dictador marrullero de Nicaragua Anastasio Somoza García que bien podría ser cierto que este era “a son of a bitch, but he’s our son of a bitch”.

La frase admite distintas traducciones, la más convencional y comedida de las cuales sería “puede que sea un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”; en cambio, la más exacta, en correspondencia a su significación e intención, sería “es un hijo de la gran puta, pero es nuestro hijo de la gran puta”; o un hideputa bellaco, como diría Sancho en castellano de puros quilates. En el idioma callejero de Nicaragua, tan teñido de términos en inglés heredados de dos ocupaciones militares en el siglo XX, esa traducción, fonética y pendenciera, sería “es un sanamambiche, pero es nuestro sanamambiche”; muy de mi infancia, pero a la vez muy actual ahora que América Latina se puebla de obsequiosos sanamambiches.

Que el viejo Somoza fuera un verdadero sanamambiche nadie lo pone en duda. Lo que sí está en duda es si la famosa frase fue pronunciada de verdad por Roosevelt. El historiador Michael Wood, por ejemplo, concluye: “No sabemos quién la dijo, a quién iba dirigida, o dónde se origina”.

Pero ese tipo de frases, aunque nunca hayan sido dichas, encarnan toda una filosofía geopolítica: mientras sean nuestros, no importa que sean unos hijosdeputa, pues los podemos dejar a cargo de nuestros protectorados, como administradores provisionales de largo plazo para que cuiden del petróleo, del oro, de los minerales raros, y, de paso, mantienen a raya a los emigrantes, criminales por naturaleza. Y en esta visión imperial de la historia, que nunca olvida el traspatio, el pretendido color ideológico del bellaco de marras, pasa a sobrar.

Hay quienes niegan que Roosevelt se refiriera a Somoza con lo de hideputa, aunque es obvio que le guardaba estima, pues lo recibió en Washington en visita de Estado en 1939, con los mismos honores que al mes siguiente dispensó al rey Jorge de Inglaterra y a su consorte, incluida una parada militar por Constitution Avenue y un suntuoso banquete oficial; aunque también se afirma que aquella parafernalia no fue sino un ensayo general para no errar en el protocolo dispensado a sus altezas reales, vaya para lo que sirven los dictadores sumisos.

Hay otros candidatos a destinatarios de la frase, si es que existió, el primero de ellos el generalísimo Rafael Leónidas Trujillo. Pero según se lee en el libro Gracias a Dios están de nuestro lado. Estados Unidos y las dictaduras de derecha, del historiador David Schmitz, quien ha expurgado miles de páginas de documentos en los archivos de la Biblioteca Presidencial Franklin D. Roosevelt, la frase sólo aparece en una referencia de pasada sobre Trujillo en la edición del 15 de noviembre de 1948 de la revista Time; y es mencionada posteriormente, el 17 de marzo de 1960, en un programa trasmitido por CBS Reports llamado Trujillo: retrato de un dictador. Nada más.

Tampoco es citada por ninguno de los numerosos biógrafos de Roosevelt. Y más borroso aún el panorama porque hay quienes la atribuyen más bien a su secretario de Estado Cordel Hull, “porque esta es la clase de cosas que él hubiera sido capaz de decir”, pero tampoco hay fuentes que lo testifiquen.

Y cuando las baterías apuntan al viejo Somoza, bellaco entre bellacos, la verdad es que sólo lo hacen de manera fugaz; supuestamente, y tampoco hay evidencia alguna, Roosevelt la habría dicho en 1939, en respuesta a una pregunta de alguien acerca del porqué invitaba a aquel dictadorzuelo tropical a la visita de Estado a Washington, para la cual se vistió de frac y bombín e hizo disparar los consabidos 21 cañonazos.

Un buen ejemplo de la política del buen vecino esa visita, otro de los cuales sería la amistad profunda y sincera desarrollada entre el Pato Donald, Pepe Carioca y Pancho Pistolas en la película de dibujos animados de 1944 de Walt Disney.

Luego la frase ha sido aplicada a otros dictadores y puesta en boca de otros presidentes de Estados Unidos; así, se dice que Eisenhower se refirió de esta manera al generalísimo Francisco Franco, caudillo de todas las Españas, cuando este aceptó establecer las bases militares en territorio nacional conforme los Pactos de Madrid de 1953. Pudo haber sido. Las leyendas toman cuerpo propio y se van encarnando en otros personajes, que hoy, en tiempos restauradores, se vuelven legión.

Pero, lo mejor de todo, es que Andrew Crawley, en su libro Somoza y Roosevelt: la política del buen vecino en Nicaragua, 1933-1945, asegura que Somoza era tan hideputa, que él mismo inventó la frase y se la atribuyó a Roosevelt para demostrar que, fuera lo que fuera, contaba con el respaldo de Estados Unidos. En animada competencia similar nos hallamos ahora. Sergio Ramírez es escritor y académico de la Real Academia Española. El País, 15 de junio de 2026.



























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 20 DE JUNIO DE 2026

 
































DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA VOLUNTAD DEL PUEBLO, POR JOHN CARLIN. PUBLICADO EL 26 DE JUNIO DE 2017

 





La consigna ganadora en el referéndum sobre el Brexit fue “recuperar el control”. Hoy, recién celebrado el primer aniversario del voto a favor de la salida de la Unión Europea, la gran democracia británica navega sin rumbo y nadie está al control de nada. Situación excelente: de repente, y por primera vez desde la borrachera del 23 de junio de 2016, hay motivos para pensar que se acabará imponiendo la sobriedad, de que Reino Unido recuperará la razón, recapacitará y el divorcio de los otros 27 países de la Unión Europea no se consumará.

Al hacer esta afirmación estoy atento a la posibilidad de haber sucumbido a lo que en inglés llaman el “wishful thinking”, frase hecha que retrata uno de los errores más frecuentes en los que caen los gobernantes, los políticos y la gente en general: convencerse de que el mundo es como uno quiere que sea y que las cosas saldrán como uno desea que salgan. Hecha la advertencia sanitaria, me hago eco de lo que escribió un columnista de The New York Times que comparte mi repudio al Brexit: ya no es wishful thinking proponer que el arrepentimiento general del electorado inglés podría conducir a un segundo referéndum.

¿Qué ha cambiado para permitirme decir algo que no me hubiera atrevido casi a pensar hace apenas dos semanas? Muchas cosas, empezando por el inesperado contratiempo electoral del partido gobernante conservador, pero lo más palpable es el cambio en la atmósfera que rodea al Brexit, tanto dentro como fuera de Reino Unido.

La parte más madura en el pretendido divorcio, la Unión Europea, ha estado ofreciendo a los británicos el laurel de la paz. En lo que uno tiene que suponer que ha sido una táctica concertada, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble; el presidente francés, Emmanuel Macron, y el primer ministro irlandés, Leo Varadkar, todos han dicho lo mismo en los últimos 12 días, utilizando exactamente la misma metáfora: que si Reino Unido cambiase de opinión, “las puertas estarían abiertas”. En plan más poético, Donald Tusk, el presidente del Consejo Europeo, dijo el jueves pasado que aún veía posible que se le dé la vuelta al Brexit. “Podrás decir que soy un soñador”, declaró Tusk, citando a John Lennon, “pero no soy el único”.

Más interesante, y más reveladora que todos estos intentos de seducción, ha sido la respuesta de los seducidos. O, mejor dicho, la no respuesta. Theresa May, la primera ministra, estuvo de pie al lado de Macron y Varadkar cuando le lanzaron sus mensajes de amor y, en vez de reaccionar con sorpresa, quizá con una sonrisa sarcástica, se hizo la tonta: no hizo ningún gesto; no dijo nada. Tampoco dijeron nada los brexiteros más fundamentalistas de su Gobierno ni, más curioso aún, los diarios que habían estado más rabiosamente a favor del Brexit y más en contra de aquellos “quejicas” y “enemigos del pueblo” (como decían el Daily Mail y The Sun) que lamentaban la inminente ruptura con Europa. Hace nada hubieran respondido todos con indignación patriotera a semejantes intentos de parte de los desdeñables líderes europeos de sobornar o poner en duda “la voluntad del pueblo” expresada en las urnas en el referéndum del año pasado.

Cada vez que alguien sugería que los votantes habían marcado el autogol del siglo al votar en contra de permanecer dentro de la UE, tanto May como sus lacayos en el gabinete o en los medios apelaban a esa misma “voluntad del pueblo” representada por el 52% del electorado que se tomó la molestia de votar. Cuestionar este sagrado concepto era una herejía contra la democracia. Prácticamente se lanzaba una fatua, “muerte a los infieles”, a aquellos que se atrevían a proponer la manifiesta verdad de que el resultado del referéndum fue estrecho, ambiguo y basado en enormes mentiras de parte de la campaña brexitera, ninguna más grande que la que propuso que Reino Unido podría dejar la UE sin perder ninguno de los privilegios de permanecer dentro.

¿Por qué Theresa May ha dejado de repente de hablar de la voluntad del pueblo? ¿O de repetir la banalidad de que “Brexit significa Brexit”? ¿Por qué los perros rabiosos de los tabloides británicos se han convertido en corderos, o al menos no gritan tanto como antes y empiezan a dar señales de reconocer que quizá el divorcio duro, tajante y sin concesiones que May proponía antes de las elecciones no sería una idea tan brillante?

La respuesta es que uno puede engañar a parte de la gente parte del tiempo, pero no puede engañar a toda la gente todo el tiempo. Tarde o temprano la lógica se tiene que imponer. Y la lógica que empieza a filtrarse por el sistema cerebral británico es que el famoso control soberano que tanto anhelaba aquel 52% tiene su precio: que la gloriosa independencia y dignidad de Albión se obtendrá solo a coste de ser más pobres. Y esa nunca fue la idea, mucho menos la que vendieron los Boris Johnson y demás farsantes del Brexit.

No habrá un segundo referéndum o un cambio de opinión o de dirección política nacional ni hoy ni mañana. Se llevará a cabo la pantomima de las negociaciones con Bruselas, que empezó la semana pasada, hasta lo que se supone que será su final, en un par de años. Pero cuanto más pase el tiempo, más se irán dando cuenta los británicos de que no se trata de una gloriosa aventura que conducirá a la tierra prometida, sino de un intento cada vez más desesperado de minimizar el terrible daño que significaría el fin del matrimonio con Europa. Hoy algunos que votaron por el Brexit empiezan a susurrar: “¿En qué será mejor eso a lo que teníamos antes?”. Hay razones para creer que a lo largo de los próximos dos años la pregunta se irá convirtiendo en un clamor general.

Macron, Varadkar, Schäuble y Tusk lo tienen claro. Ven a los británicos a punto de tirarse de un edificio de 28 pisos. Dulcemente, como hablando con un adolescente loco, les están diciendo: por favor, no tienen por qué hacer esto, no lo hagan, les queremos mucho. Un año después los británicos dan señales de estar escuchando. John Carlin es escritor. El País, 26 de junio de 2017.















 










DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY NO TENGO GANAS DE VIVIR, POR MANUEL LLORENTE. 20 DE JUNIO DE 2026

 










HOY NO TENGO GANAS DE VIVIR



—“Hoy no tengo ganas de vivir, corazón”.


—Pues sí que nos hemos levantado con buen pie.


—Es un poema de César Vallejo.


—Ya, ¿y?


—Pues que estoy fuera de mí, o demasiado dentro.


—Todos estamos hartos.


—Ya, pero, y no se ofenda, me da igual cómo esté el vecino. No es que me dé igual, pero yo soy lo primero.


—Hombre, hombre…


—Hoy estoy cansado. Como si no pudiera vencer a la situación. Tengo una congoja, como un… hartazgo que me oprime. Estoy asfixiándome.


—Calma.


—¿Cómo que calma? ¿Cómo quiere me tranquilice? ¿Qué quiere, que me ponga a ver series desde por la mañana?


—Haga como los sabios de la Antigüedad.


—¿Y qué hacían?


—Por ejemplo descansar la mirada, viajar.


—Lo que veo desde mi ventana son tejados, ventanas, antenas, coches sucios aparcados. Veo hasta el silencio. Incluso me ha molestado escuchar el ruido de una cortadora de césped.


—Pues yo creo que va por el buen camino, está descubriendo el sabor del silencio.


—Lo que me molestaba era ese motor que de repente me ha perturbado la asepsia del día.


—Ya.


—Ya me había hecho a vivir en un nirvana y tuvo que llegar ese ronroneo que me acabó perturbando.


—Va por el buen camino.


—No estoy yendo a ningún sitio.


—Pues fíjese que igual sí.


—Todos los días el mismo paisaje y usted me dice que viaje.


—Claro, viaje con su imaginación, recréese en un atardecer en la playa caminando junto a las olas, intente escuchar el murmullo del oleaje. Piense en el susurro de las hojas de los árboles en algún paseo por las montañas.


—No es fácil concentrarse.


—Quédese en la cama recreando su último sueño.


—No sueño, o por lo menos no me acuerdo.


—Todos soñamos, lo que pasa es que lo olvidamos. Nabokov tenía un cuaderno encima de la mesilla para apuntarlos. Usted puede hacer lo mismo.


—Le he dicho que no sueño, o que no me acuerdo.


—Pues dé vueltas a cuando era niño y pedaleaba con todas las fuerzas carretera abajo.


—¿Y a dónde me conduce eso?


—A una tranquilidad interior.


—Es fácil decirlo.


—Inténtelo. Usted está mirando cómo cocina su madre, es un mocoso, está sentado en un taburete y mira cómo reboza una merluza mientras canturrea.


—Y me dice que ponga la mesa.


—Por ejemplo. Intente acordarse de qué ropa llevaba, la lluvia que caía el día en que fueron juntos a comprar unos zapatos de agua antes de que empezaran el nuevo curso. O cuando le daban la paga y se acercaba a un kiosco a comprar tebeos.


—Aquello sí que era inocencia.


—Era lo que fuese. ¿Usted no fue de colonias o de campamento? ¿No se acuerda de los viajes en autobús con el colegio, de las clases de dibujo mientras una profesora les leía un libro de Enid Blyton? ¿Del miedo en las clases de gimnasia a saltar el plinto?


—Por acordarme, si hago memoria…


—¿De cuando se declaró la primera vez, de cuando vio por primera vez el mar?


—Y ahora va a decirme que lo escriba, que coja papel y lápiz y escriba mi vida.


—No lo he dicho yo, ha sido usted mismo.


—Pero inducido por usted.


—¿Y por qué no lo hace?


—No se me da bien escribir.


—Hágalo para usted. Atrévase, nadie lo va a leer.


—No le veo el sentido.


—Es que igual no tiene sentido alguno, como decíamos el otro día. Las cosas hay que hacerlas, ponerse a ellas y luego ya se verá.


—No lo veo claro.


—Tampoco lo ve demasiado oscuro. Insisto: inténtelo.


—Me da pereza.


—No tiene nada que hacer, ni que perder.


—No sé… Ponerme a escribir ahora, a mis años. Seguro que me sale algo ñoño, ridículo.


—Y qué. Haga una cosa: escriba, pero cuando termine no lo lea. Siga adelante. Bastan unas líneas. Elija la hora del día que quiera. No se lo comente a nadie. Escriba por escribir.


—Qué fácil se ve todo desde fuera.


—Ahí se equivoca, porque es lo que yo estoy haciendo.


—¿Sí, todos los días?


—Casi todos.


—¿Lleva mucho?


—Algo. Lo que le he aconsejado me lo aplico, no miro lo que escribo, pero ya llevo unas cuantas páginas.


—¿Y no se lo ha enseñado a nadie?


—A nadie. Ni hasta ahora lo sabía nadie. Era un secreto conmigo mismo.


—No sé… ¿Y se siente mejor?


—Me siento, que ya es.


—Ya.



MANUEL LLORENTE 

escritor español 




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Manuel Llorente, Manu para los amigos, que escribe en Zenda el blog Diario de un mal nadador, es uno de los referentes del periodismo cultural de nuestro país, gran apasionado del arte, del senderismo y, cómo no, de los libros y la literatura.


















DEL ASUNTO DEL DÍA. SEIS ARGUMENTOS CONTRA UN APOCALIPSIS LABORAL POR LA IA, POR TONI ROLDÁN. 20 DE JUNIO DE 2026

 







En su encíclica Magnifica humanitas, el papa León XIV muestra una profunda preocupación por cómo los avances en la inteligencia artificial (IA) pueden terminar debilitando el valor del trabajo humano. No está solo. Son muchos, especialmente desde dentro de la industria, los que muestran una visión apocalíptica del futuro del empleo. Sin ir más lejos, Dario Amodei, fundador de Anthropic, ha declarado que la IA podría destruir en poco tiempo hasta la mitad de los empleos de oficina. En España, en general, cuesta mucho encontrar voces en los debates públicos que digan cosas positivas sobre la IA.

Cualquiera que haya utilizado estas herramientas de forma mínimamente sofisticada entiende por qué estas advertencias resultan plausibles. En casi cualquier ámbito que podamos imaginar —desde el diseño de producto hasta la economía matemática, pasando por la abogacía o la investigación de materiales— tareas cognitivas que antes requerían horas de trabajo especializado hoy pueden completarse en minutos. Pero, ¿nos enfrentamos efectivamente al apocalipsis del empleo que algunos vaticinan? La realidad es que no lo sabemos. Pero pensar desde la economía puede ayudarnos a tener algunas claves para ser algo más optimistas.

Lo primero es que debemos dejar de pensar en términos de empleos y pensar en términos de tareas. Como explica muy bien Luis Garicano en su libro de reciente publicación Messy Jobs (“Trabajos caóticos”), los trabajos raramente consisten en hacer solamente una tarea. Y la exposición a la IA de las diferentes tareas que hacemos a lo largo de nuestra jornada puede variar mucho. Por ejemplo, piensen en un abogado. Es muy probable que una parte importante de las tareas que hacen abogados como resumir jurisprudencia o redactar denuncias vayan a ser automatizadas. Sin embargo, un abogado tiene que hacer muchas más cosas en un día: convencer a clientes para que le contraten, elegir los argumentos relevantes in situ para persuadir a un jurado o motivar a su equipo para trabajar duro.

Puede ser que esta nueva ola de automatización contribuya a premiar el juicio experto (como predicen Autor y Thompson) o las habilidades sociales. Sin duda, cambiará y mucho el tipo de tareas que los abogados realicen en un día —pasarán más tiempo revisando documentos que redactándolos, por ejemplo—. Pero eso es muy diferente a afirmar que esos trabajos van a desaparecer.

Un segundo argumento está relacionado con lo que los economistas llamamos la elasticidad de la demanda. Cuando una innovación hace que los precios caigan, la demanda puede reaccionar de diferentes maneras. En muchos casos, un precio más bajo puede llevar a que muchas más personas estén interesadas en comprar. El ejemplo clásico es el del transporte aéreo. A mediados del siglo pasado, volar en avión era muy caro. Sin embargo, al reducirse los costes, millones de personas nuevas empezaron a volar. El resultado fue un enorme aumento del tráfico aéreo y un montón de nuevos empleos creados en el sector.

Algo parecido puede estar pasando con el software y la demanda de programadores. Herramientas como Claude Code o Codex han reducido enormemente el coste de desarrollar software. Los propios creadores de Claude declaran que su código lo hace dicha herramienta de manera autónoma en un 80%. Es una transformación brutal. La intuición nos dice que estos cambios deberían llevar asociados una destrucción masiva de empleos. Sin embargo, aunque hay indicios de algunos efectos negativos en los trabajadores más jóvenes, no existe aún evidencia de impacto negativo en el empleo agregado de los programadores.

¿Por qué? Una posible explicación es que, al abaratarse el software, aumenta también su demanda. Por ejemplo, una pyme puede optar ahora por tener una página web mucho más potente, desarrollar nuevas aplicaciones internas o pensar en nuevos productos que antes no podía soñar. Lo relevante para el futuro del empleo de los programadores no es cuántos vamos a necesitar para hacer lo que hacíamos ayer, sino cuántos vamos a necesitar en un futuro dada la demanda al nuevo precio.

Hay un tercer argumento, relacionado con el anterior, que ha investigado en profundidad Alex Imas, de la Universidad de Chicago. Cuando una tecnología abarata mucho los costes, las personas pueden optar por usar esa renta liberada para consumir más de ese bien, pero también para comprar más de otras cosas. Imas usa el ejemplo de la agricultura: cuando su coste se fue abaratando con los progresivos cambios tecnológicos, no continuamos comiendo cada vez más. En un momento determinado, decidimos usar esa renta adicional en otras actividades, como el ocio o los cuidados. A medida que la IA vaya abaratando tareas intelectuales, según Imas, aumentará el valor de las actividades relacionales, puesto que lo humano —un médico que nos escucha o un profesor que nos motiva— será lo escaso. Aunque caiga la demanda de empleo en algunas áreas, crecerá en otras.

Esto tiene que ver con un cuarto argumento: la falacia de la cantidad fija de trabajo (lump of labor fallacy). Los humanos tendemos a centrar el foco en los trabajos que existen hoy y nos cuesta imaginar nuevas tareas o empleos que esa tecnología pueda generar. David Autor y otros investigadores muestran en un análisis con datos del censo estadounidense de un periodo de casi 80 años que alrededor de un 60% del empleo en 2014 se encontraba en ocupaciones que no existían en 1940. Imaginen: ¡en 1940 faltaban 30 años para los primeros ordenadores!

La prueba del algodón de esta realidad económica es la evolución de la población activa (el número total de personas que trabajan). A pesar de los gigantescos cambios tecnológicos, cada vez tenemos más personas ocupadas. En EE UU trabajaban aproximadamente 29 millones de personas en 1900 y hoy superan los 160 millones. La tecnología destruye tareas, pero también crea nuevas tareas, innovaciones y nuevas fuentes de demanda de empleo.

En muchos de esos empleos, el humano es el cuello de botella. Esa es la idea del O Ring, en alusión al desastre del transbordador espacial Challenger en 1986: al fallar una simple junta de goma (un o-ring), estalló toda la nave. Aplicada a la IA, la idea es que no basta con que el 95% de las tareas de un empleo se puedan automatizar. Si un humano es imprescindible para realizar el 5% restante, entonces ese empleo no se va a automatizar. Por ejemplo, si se automatiza el trabajo de cálculo de estructuras de un ingeniero, pero un humano sigue siendo el cuello de botella para revisar los cálculos o poner la firma para hacerse responsable jurídicamente del proyecto, su valor resulta insustituible.

Finalmente, los cambios suelen ser más lentos de lo que a primera vista puede parecer. Eso es lo que el economista de la Universidad de Standford Eric Brynjolfsson llama la curva J de productividad. En revoluciones previas con otras tecnologías de uso general, los cambios en la productividad tardaron mucho tiempo en verse (el rabito de la J). No es suficiente con inventar una tecnología, sino que ha de integrarse en los complejísimos entramados organizativos humanos: regulaciones, incentivos, gobiernos... Además, no basta con la primera ola de innovaciones. Para que haya cambios en el empleo y la productividad profundos ha de haber emprendedores que arriesguen y fracasen desarrollando tecnologías complementarias y aplicaciones diversas para, por ejemplo, crear un motor de combustión para automóviles que sea competitivo. Eso hace que la transición sea inevitablemente incremental y progresiva. Los ordenadores estaban disponibles desde los años setenta, pero las cifras de productividad no empezaron a cambiar hasta principios de este siglo.

Estos argumentos no son en ningún caso una invitación a la complacencia. Los efectos de la IA en el empleo resultarán sin duda muy profundos. Pero quizás el shock será menos catastrófico de lo que algunos pontifican. Toni Roldán-Monés es profesor de economía y políticas públicas en la Escuela de Políticas, Economía y Relaciones Internacionales (SPEGA) de IE University. El País, 18 de junio de 2026.