jueves, 9 de abril de 2026

DEL SABOR DEL CAFÉ. HOY, QUE EL PATRIOTISMO CAMBIE DE BANDO. ESPECIAL TARDE DEL JUEVES, 9 DE ABRIL DE 2026

 







Aquella década larga que pasé viviendo en el extranjero echaba de menos España. El sol, la seguridad en las calles, las risas atravesadas por un lenguaje común o la sanidad pública se convirtieron en objeto de una nostalgia que, progresivamente, fue horadándome las entrañas hasta que, exhausta del síndrome de Ulises, decidí retornar con un cariño renovado a las raíces. Este fenómeno, que el filósofo Edward Said ya describió, ha perseguido siempre a emigrantes y exiliados, más propensos a desarrollar un profundo patriotismo ya que les falta el suelo que querrían pisar. Poco a poco, fui despojándome de unos complejos asociados a las connotaciones negativas que el nacionalismo español acarrea desde que el franquismo se lo apropiara, y abracé un sentimiento de pertenencia a mi tierra que no es excluyente ni discriminatorio, pensando que, si la nación es una comunidad imaginada —como decía Benedict Anderson— no podemos sino imaginar sobre las coordenadas de la memoria, unas costumbres y vínculos afectivos anclados en un lugar específico. Así que me volví patriota, de las que reconocen la carga emotiva de los espacios que moldean subjetividades, pero también las garantías legales asociadas a los territorios, como el principio de soberanía o el derecho a existir en un mundo en paz.

Lamentablemente, esta aspiración tan sencilla, que es fuente de identidad y abre la puerta a una estabilidad deseable, parece haberse fragmentado en añicos como un plato de duralex conforme las aberraciones bélicas prosiguen su curso en Oriente Próximo, tras la estancada guerra en Ucrania, la intervención militar en Venezuela o la amenaza flotante en torno a Groenlandia. No hay nada a salvo más que lo que podamos construir juntos, amarrados a un orden global basado en reglas que deben ser defendidas, por mucho que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, lo haya dado por perdido, sin especificar cuál es la alternativa.

El sistema de contrapesos jurídicos diseñado sobre los cadáveres de millones de personas y amparado por la ONU ha permitido un periodo largo de relativa mansedumbre geopolítica, que es donde a menudo florece lo más querido. A la luz de la actualidad, repudiarlo supone no sólo un acto de vasallaje ante las potencias hegemónicas y una legitimación de la violencia como instrumento de control de los pueblos, sino también una afrenta a los antepasados que pelearon por un futuro apacible y a las generaciones más jóvenes, privadas de toda esperanza si el contexto vital que se les lega consiste en una lluvia de drones.

En este sentido, la consigna “no a la guerra” se vuelve un búnker donde guarecernos, una suerte de banco de semillas que pugna por cobijar las posibilidades de la vida frente a quienes ensalzan abiertamente el sufrimiento impulsado por la sinrazón. Por una parte, el eslogan actúa de contrapeso a la destrucción y fábrica de memoria productiva: recuerda nociones de la condición humana que poco tienen que ver con la falacia hobbesiana, así como los valores con que una gran mayoría de dirigentes crecieron y que, hasta hace poco, empuñaban ferozmente contra la agresión de Putin: democracia, civismo, respeto a las fronteras. Por otra parte, evoca la fuerza de una colectividad que disiente de los dislates institucionales, tal como la que, en nuestro país, salió a la calle para rechazar la guerra de Irak o sacar el dedo acusador ante los responsables del atentado de Atocha en 2004. ¡Qué bello resultó aquel acto de patriotismo! Porque esgrimir la verdad, oponerse a conflagraciones ilegales y violaciones de los derechos humanos que, además, sientan un precedente para un potencial daño a lo propio, conforma un ejercicio de amor al país de primer nivel, mucho más que izar una bandera o ser connivente con la ley del más fuerte.

Decía la filósofa Simone Weil que “echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”. Ese suelo simbólico bajo nuestros pies implica una espiritualidad y una cultura compartidas, junto a la mirada bifronte hacia el pretérito y hacia el porvenir que dibuja el significado de las biografías formando una continuidad amable. La raigambre contiene, asimismo, un componente literal: allá donde explotan misiles no crece la hierba ni prosperan las cosechas. La ecología, esa gran olvidada en mitad de la barbarie, nos informa de un apego consustancial a nuestra plenitud y alimenta concepciones de paz y equilibrio mundial apremiantes hoy. Parece mentira que, sumidos en la emergencia climática, haya que reiterar aún una sensatez que se valió de mecanismos diplomáticos para articularse tras la Segunda Guerra Mundial, y contradecir a quien la anula. Así que, pidiendo permiso a la valiente Gisèle Pelicot, creo que el patriotismo, al igual que la vergüenza, debe cambiar de bando, posicionarse contra los agresores, a favor de la dignidad y la justicia, antes de que se desmiembre completamente el mapa global que nos sostiene. De lo contrario, nuestro sol, nuestra sanidad pública, unos lazos sociales sólidos… todo lo que una vez extrañé con la fuerza de la pérdida, podría desvanecerse bajo el cetro más despiadado. AZAHARA PALOMEQUE es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Publicado en El País el 6 de abril de 2026.



























SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY JUEVES, 9 DE ABRIL DE 2026, EN CASTELLANO

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Hoy no quiero hablar de la guerra… ¿Han visto ustedes las fotos de la Luna y de la Tierra que están enviando desde la nave estadounidense? Son preciosas. ¿Cómo podemos estar matándonos los humanos desde hace al menos 10000 años viviendo un planeta tan hermoso? Quizá porque somos la especie más estúpida que lo ha poblado hasta la fecha. Lo dejamos así. Vamos con las entradas del blog de hoy. La primera, con el tema del día, está firmada por el escritor Antonio Muñoz Molina, que comienza diciendo en ella que en la parte privilegiada del mundo, en la que vivimos los españoles, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito, pero que fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. La segunda es un archivo del blog del 25 de noviembre de 2012 en el que HArendt divagaba sobre la creencia o no creencia en Dios, y que lo primero que uno debería hacer a la hora de plantear un diálogo es esperar que todos los participantes en él compartan, al menos, el significado de los conceptos sobre los que van a hablar. El poema del día, en la tercera, es de la poetisa rusa Anna Ajmatova, se titular Julio de 1914, y va como todos los últimamente publicados, sobre el horror de las guerras. La cuarta, como siempre, son las viñetas de humor, y para terminar, como cada día, El sabor del café de todas las tardes y los especiales de la noche, si los hubiera, que haberlos, como las meigas en esta vieja tierra que es España, haylos. Tamaragua, amigos míos. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna así nos lo permite. Sean felices, se lo ruego: se lo merecen. Besos. Les quiero. HArendt














ENTRADA NÚM. 10206

DEL TEMA DE CADA DÍA. HOY, LEER A SOLAS EN UNA HABITACIÓN

 







En el mundo privilegiado, ir a la escuela puede ser un hábito aburrido y banal, y la educación un bien nada brillante, mucho menos valioso que el dinero y el éxito. Fuera de aquí, la educación es a veces un don por el que vale la pena arriesgar la vida, y caminar hacia la escuela y pasar el día en ella puede ser un sueño que no se cumpla nunca, o una trampa mortal. En Gaza, el ejército israelí se ha especializado heroicamente estos últimos años en bombardear las escuelas con la misma saña que los hospitales. En sus tiendas de refugiados en su propio país, niños y niñas rescatan libros y cuadernos escolares de los escombros y aprenden caligrafía donde pueden, en papeles rotos, en los márgenes de periódicos y libros medio quemados.

El poeta Cezslaw Milosz contaba que durante la ocupación alemana la resistencia polaca mantenía escuelas, bibliotecas y hasta universidades clandestinas, y, aparte de luchar contra el invasor con las armas en la mano, organizaba conciertos y funciones teatrales para mantener vivo el amor del conocimiento y la belleza. Lo mismo hacían los judíos confinados en los guetos, y hasta en los campos de exterminio. Uno de los pasajes más conmovedores de Si esto es un hombre es aquel en el que Primo Levi, a punto de rendirse al embrutecimiento de la miseria y el miedo, consigue recordar y recitar de memoria un pasaje de la Divina Comedia. El que ha pasado hambre mantendrá siempre un respeto litúrgico hacia los alimentos. Para los condenados al analfabetismo, el saber es el alimento necesario del espíritu, y su imposibilidad o su escasez una privación de la que nunca se consuelan.

He visto desde niño que el ansia de aprender con mucha frecuencia estaba más acentuada en las mujeres, sin duda porque para ellas era más grave la condena a la ignorancia. Las madres de la clase y la generación de la mía se han pasado la vida sintiendo la amargura de lo que no pudieron aprender, y la nostalgia de una escuela a la que solo asistieron de manera esporádica, y en circunstancias precarias. Mi abuelo materno, casi del todo autodidacta, escribía con muy buena letra, aunque a veces juntara las palabras y cometiera faltas. Mi abuela solo sabía firmar su nombre, con mucha torpeza. Mi madre recordaba como un breve paraíso los días que pasó en la escuela antes de la guerra, y aunque su memoria ya va disgregándose, aún conserva un rastro del resentimiento que alimentó siempre contra las normas de un mundo en el que todo se conjuraba para impedirle aprender.

La frustración personal la compensaban esas mujeres empeñándose, a veces contra la indiferencia o la oposición de los hombres, en que sus hijas y sus hijos estudiaran. Entre los escasos regalos de Reyes que recibíamos mi hermana y yo siempre había algún libro. Para elegirlos, nuestra madre se dejaba aconsejar por el dueño de la papelería en la que comprábamos también los materiales escolares. Lo que no tuvieron en la infancia, cuando la pobreza y la obligación del trabajo se lo vedaron, pudieron disfrutarlo con mucho retraso, pero no menos felicidad, cuando en los años ochenta se matricularon, ellas sobre todo, aunque también muchos de ellos, en las escuelas para adultos, en las que unos maestros jóvenes se les aparecían como héroes providenciales. Ahora escribían con corrección y claridad, aunque siempre despacio, porque a esas edades era más difícil que se volvieran ágiles con el bolígrafo aquellas manos endurecidas por el trabajo. Y además se descubrían leyendo con una fluidez y una comprensión que no mucho antes les habrían parecido imposibles. Leían sin silabear, y pasaban con mucho cuidado las páginas, humedeciendo el pulgar con un gesto preservado o revivido de la infancia.

Durante muchos años, y hasta hace muy poco, mi madre ha sido una lectora asidua de literatura. Se sentaba con las gafas de coser y abría el libro alisándolo sobre la mesa, y luego sobre un atril, y decía que se olvidaba de poner la televisión, y el tiempo se le pasaba sin sentir. Leía Don Quijote de la Mancha y le daban ataques de risa. Leía Fortunata y Jacinta y se indignaba con las crueldades de señorito explotador de Juanito Santa Cruz, y el destino de infortunio al que se veía arrastrada Fortunata, en un mundo en el que no había posibilidad de albedrío para una mujer sola. Cuando se le empezaron a debilitar la vista y las manos, mi hermana la introdujo en el uso del Kindle. Pesa menos, y se puede agrandar la letra tanto como haga falta. Hay señoras nonagenarias que dan órdenes impacientes a Alexa, como a una sirvienta algo alelada, para que les cambie de canal, y tecnólogos futuristas que nunca imaginaron que los abuelos fueran a ser el mejor público del libro electrónico.

La habitación propia de Virginia Woolf es una conquista tan decisiva para una lectora como para una escritora. Mi madre leyendo tranquilamente a solas en su habitación estaba gozando de una de las reivindicaciones fundamentales de su vida. En los museos holandeses hay muchos cuadros del siglo XVII que retratan a mujeres solas que leen en uno de esos interiores confortables y limpios que no se ven nunca en la pintura española de la época, igual que no se ven mujeres lectoras, a no ser la Virgen María, que ve su soledad importunada por un ángel. Ha estado brevemente en España la gran activista pakistaní Malala Yousafzai y le ha dicho a Patricia R. Blanco en una entrevista: “Leer un libro sola en su habitación es un acto de resistencia para una niña afgana”. Malala sabe de lo que está hablando. Creció en una región de Pakistán donde los talibanes, para asegurarse de que las niñas se quedaban sin educación, bombardeaban las escuelas. Hija de un padre con vocación de educador y activista social, a los 12 años Malala dominaba perfectamente el inglés, además del urdu, su lengua nativa, y escribía con seudónimo un blog para la BBC, en el que daba cuenta de los abusos de los talibanes contra niñas y mujeres en su provincia. Descubierto su verdadero nombre, los mulás integristas la condenaron a muerte por la herejía femenina de adquirir una educación.

En los países privilegiados, chicos y chicas salen de un examen y se lanzan ávidamente a la libertad de la calle. A los 15 años, volviendo en autobús de un examen junto a unas amigas, Malala vio que un hombre barbudo gritaba Allahu Akbar delante de ella y le ponía una pistola en la cara, y ya no vio más. La bala le atravesó el cerebro pasando muy cerca de un ojo, y quedó alojada en su espalda. Estuvo durante meses entre la vida y la muerte. Volvió del coma con una determinación invariable de seguir aprendiendo, pero ahora no quería ser doctora, sino activista por la educación de las niñas.

En nuestro mundo de desganado cinismo, el aprendizaje es una cosa más bien superflua, y las escuelas y las universidades de los ricos, lo mismo en Madrid que en Harvard, no ofrecen ya una educación; tan solo venden credenciales y contactos. Pero algo muy serio, profundo, hasta peligroso, tiene que haber en el deseo de aprender de una niña de 15 años para que se considere necesario asesinarla. Malala salió de Pakistán no por ver mundo, sino para que no la mataran, y se doctoró en Oxford, además de ganar a los 17 años ese Premio Nobel de la Paz que al octogenario Donald Trump le da tanta rabia no haber conseguido. Malala, ahora una mujer de 28, consagra su prestigio universal a la causa de la educación de las niñas, y no parece que pierda ni la serenidad ni el entusiasmo. Hay en el mundo, nos dice, 120 millones de niñas que no pueden ir a la escuela. Quién puede imaginar lo qué pasaría si esa formidable multitud pudiera escapar al cautiverio de la ignorancia. ANTONIO MUÑOZ MOLINA es escritor y miembro de la Real Academia Española. Publicado en El País el 14 de marzo de 2026.

























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, ¿DIOS EXISTE? UN DEBATE INACABABLE. PUBLICADO EL 25 DE NOVIEMBRE DE 2012

 







Lo primero que uno debería hacer a la hora de plantear un diálogo es esperar que todos los participantes en él compartan, al menos, el significado de los conceptos sobre los que van a hablar. Y después, como Platón pone en boca de Sócrates en la República, debemos seguir la argumentación hasta donde quiera que nos lleve.

En los hispanohablantes una forma de hacerlo es recurrir a las definiciones del Diccionario de la Real Academia Española. No son infalibles, se modifican a menudo, pero son un punto de partida. Así pues, vamos a revisar algunos de los conceptos claves del asunto que nos ocupa, y luego, puestos de acuerdo, proseguimos.

1. Ateo: El que niega la existencia de Dios; 2. Agnóstico: Actitud filosófica de todo aquel que declara inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende a la experiencia; 3. Teísta: El que cree en un dios personal y providente, creador y conservador del mundo; 4. Fe (en sentido religioso): Conjunto de creencias en una religión; 5. Dios: Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo.

Si estamos de acuerdo en el sentido de las palabras citadas, comenzaré por decir que, entonces, yo no soy ateo, ni agnóstico, ni teísta, ni tengo fe, ni creo en Dios. ¿Negatividad absoluta, pues? Pues no, tampoco eso.

La razón de esta entrada tan personal, subjetiva, y probablemente inconveniente, obedece a la lectura de un libro con el que he disfrutado mucho. Me ha gustado por su estilo autobiográfico agil y claro, pero su lectura no ha conseguido provocar cambio alguno en mi opinión sobre el fenómeno religioso, y más concretamente sobre el problema de la existencia o inexistencia de Dios. 

Me refiero al libro Dios existe (Trotta, Madrid, 2012) escrito por el filósofo británico Antony Flew (1923-2010). Considerado como el representante más destacado del ateísmo filósofico anglosajón en la segunda mitad del pasado siglo, el profesor Flew mantuvo al respecto una posición inflexible y crítica durante más de cincuenta años. Hasta mayo de 2004, cuando en el transcurso de un debate público en la New York University, anunció su conversión al teísmo y su aceptación de la existencia de Dios. Y ello, dijo, a consecuencia de los nuevos avances científicos sobre la estructura del ADN, y sul reconocimiento de la racionalidad intrínseca del hecho de la existencia de Dios.

Escrito en 2007 tras su conversión, a modo de justificación racional del cambio radical de su posicionamiento filosófico anterior, el libro está divido en dos partes muy similares en extensión. 

En la primera, "Mi negación de lo divino", de marcado carácter autobiográfico, hace un recorrido expositivo sobre sus primeros años de vida en el seno de una familia de profunda raigambre religiosa metodista, que él -dice- no compartió nunca, su formación académica en la Universidad de Oxford, y su temprana adscripción al ateísmo filosófico. Sus estudios y escritos le llevaron a mantener y defender vigorosamente el ateísmo filosófico durante más de cincuenta años, a lo largo de una dilata vida académica en universidades de Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos. Los títulos de los apartados que componen esta primera parte son significativos por sí mismos: 1. La creación de un ateo; 2. Donde lleve la evidencia; y 3. El ateísmo detenidamente considerado.  

La segunda parte, "Mi descubrimiento de lo divino", la dedica a explicar su cambio de posición, las razones que le llevaron hasta él, y los fallos que, ahora, reconocía en sus obras anteriores más significativas, como Teología y falsificación, Dios y filosofía, o La presunción de ateísmo. De nuevo los diferentes apartados que conforman esta segunda parte de su libro dan una idea bastante clara de los argumentos que la sostienen: 1. Una peregrinación de la razón; 2. ¿Quién escribió las leyes de la naturaleza?; 3. ¿Sabía el universo que nosotros veníamos?; 4. ¿Cómo llegó a existir la vida?, 5. ¿Salió algo de la nada?; 6. Buscando un lugar para Dios; y 7. Abierto a la omnipotencia.

Muy interesante también, y oportuno, el prólogo a la edición española del libro, escrito por Francisco José Soler Gil. En él se destaca, con sumo acierto a mi juicio, el escaso interés que las cuestiones teológicas han suscitado siempre en España entre el público culto y los ambientes académicos, contrariamente a lo que ocurre en el mundo anglosajón, en el que gozan de una enorme relevancia e interés. Falta de interés que, personalmente, yo achaco a la precaria, por no decir nula, formación religiosa y no digamos teológica, de la mayoría de los españoles. 

Lo mismo me cabe decir del apéndice "B" del libro, escrito por N.T. Wrigth y el propio Flew, que lleva el sugestivo título de "La autorrevelación de Dios en la historia humana: Un diálogo sobre Jesús", centrado en la problemática de la demostración de la existencia real e histórica del mismo, de su carácter de personificación de la divinidad, o sobre la cuestión de su resurrección física y real después de su muerte.

Por el contrario, poco o nada, me ha gustado el prefacio del libro y el apéndice "A" del mismo: "El nuevo ateísmo: Una aproximación crítica a Dawkins, Dennet, Wolpert, Harris y Stenger", escrito por Roy Abraham Varghese, y dedicado en un tono bastante vulgar, provocador y a menudo insultante, a desacreditar las posiciones de los más significados defensores del ateísmo filósofico.

Pienso que va siendo hora ya de volver al planteamiento que formulaba al inicio de esta entrada: ¿Si no soy ateo, ni agnóstico, ni teísta, ni tengo fe, ni creo en Dios, que soy o en qué creo? No se si acertaré a explicarlo pero voy a intentarlo de la forma más clara posible.

Una de las entradas más visitadas del blog es la titulada "Dios somos nosotros", que escribí en abril de 2009, y en la que dejaba constancia de mi interés, desde siempre, sobre el fenómeno religioso, y en concreto por el cristianismo. Y es que, a pesar de mi convicción de la inexistencia de Dios, la vida después de la muerte, o la resurrección de Cristo, creo firmemente en el mensaje de alcance universal que los Evangelios transmiten sobre la persona real y humana del Jesús de Nazareth histórico. 

En ese sentido, hago mia la afirmación del teólogo español Juan José Castillo, en su obra La humanidad de Dios (Trotta, Madrid, 2012), cuando afirma que la esencia del cristianismo no es Dios sino Cristo. Y asumo por igual, y con el mismo énfasis que ella, la dolorosa declaración de la filósofa francesa Simone Weil (1909-1943), cuando en su obra Carta a un religioso (Trotta, Madrid, 1998) afirma que si el Evangelio omitiera toda mención de la resurrección de Cristo, la fe le sería más fácil, pues la Cruz sola le bastaba. A mí me pasa lo mismo.

El vídeo que acompaña la entrada recoge el debate sobre la existencia o inexistencia de Dios celebrado en 1998 en la Universidad de Wisconsin, en Madison, ante más de cuatro mil personas, entre el filósofo teísta William Lane Craig y el propio Antony Flew, entonces ateo. Un debate llevado a cabo con ocasión del cincuentenario de la también famosa controversia sobre este mismo asunto entre los también filósofos Frederick Copleston, a favor de la existencia de Dios, y Bertrand Russell, en contra de la misma. Está en inglés y puede leerse subtitulado en ese mismo idioma. Espero que les resulte interesante. Y sean felices, por favor, a pesar del gobierno que padecemos. Tamaragua, amigos. HArendt






















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, JULIO DE 1914, DE ANNA AJMATOVA

 







JULIO DE 1914




Huele a quemado. Durante cuatro semanas ya

Ha estado ardiendo el pozo seco de la huerta.

Los pájaros ni siquiera han cantado hoy

Y el álamo ha dejado de crujir y silbar.

El sol se ha tornado malestar divino.

La lluvia no ha rociado los campos desde Semana Santa.

Un forastero con una sola pierna arribó

y solo en el patio declamó:

“Tiempos de terror se acercan. Pronto

Frescas tumbas abundarán en todo lado.

Habrá hambre, terremotos, muerte por doquier,

Y un eclipse de sol y de luna.

Pero el enemigo no dividirá

Nuestra tierra a voluntad, sólo para él:

La Madre de Dios desplegará su blanco manto

Sobre toda esta enorme congoja.




ANNA AJMATOVA (1889-1966)

poetisa rusa




***




Anna Ajmátova (1889-1966) fue una poeta rusa que escribió estos versos al comienzo de la primera guerra mundial. Por sus creencias ortodoxas, su obra fue censurada tras la revolución de 1917. Aunque, por suerte, pudo publicar y difundir su obra más adelante. Junto con Nikolái Gumiliov y Ósip Mandelshtam, fue una de las figuras más representativas de la poesía acmeísta de la Edad de Plata de la literatura rusa. Fue nominada al Premio Nobel de Literatura en 1965 y 1966.​ Anna comenzó a escribir poesía a la edad de once años y publicó sus poemas al final de su adolescencia, inspirada por los poetas Nikolai Nekrasov, Jean Racine, Alexander Pushkin, Yevgeny Baratynsky y los simbolistas.

Estudió derecho, latín, historia y literatura en Kiev y en San Petersburgo. Allí se casó en 1910 con Nikolái Gumiliov, poeta famoso, promotor del acmeísmo, corriente poética que se sumaba al renacimiento intelectual de Rusia a principios del siglo XX. Sus primeros escritos parecen intuir la gran soledad en la que se verá sumergida años más tarde, después de las trágicas consecuencias de la revolución rusa de 1917. Sus últimas piezas, compuestas en ritmo y sentido neoclásico, parecen ser la voz que reflejaba lo mucho que había vivido. Durante su estancia en Komarovo fue visitada por Joseph Brodsky y otros jóvenes poetas, que perpetuaron las tradiciones de Ajmátova en la poesía de San Petersburgo en el siglo XXI. También tradujo las obras completas de Rabindranath Tagore en ocho volúmenes, al ruso. Murió de un infarto en un sanatorio de las afueras de Moscú. Fuente: Wikipedia.


























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 9 DE ABRIL DE 2026

 








































miércoles, 8 de abril de 2026

¿PUEDE EL MUNDO VOLVER A TENER SENTIDO? ESPECIAL NOCHE TRES DE HOY MIÉRCOLES, 8 DE ABRIL DE 2026

 






    

Con Habermas y MacIntyre vueltos al polvo, aunque todavía proyectando una larga sombra, no es descabellado afirmar que Charles Taylor (Montreal, 1931) es el más grande de los filósofos en pie. Por eso tiene su aquel que Cosmic Connections: Poetry in the Age of Disenchantment (Harvard, 2024), su último ensayo hasta la fecha, haya pasado de puntillas y sin apenas hacerse notar.

En sus páginas, Taylor presenta la experiencia poética como una vía regia para recuperar el sentido de pertenencia a un orden más amplio que uno mismo. Poco importa que se le llame misterio, cosmos o estro poético. Los versos de Whitman o Rilke serían, a este respecto, refugios de sentido en plena intemperie secular, en tanto que preservan una forma de trascendencia inmanente, asequible incluso a quienes, habiendo perdido la fe, aún conservan el temblor.

Su argumento es que la poesía abre fisuras por donde se cuela lo que no cabe en el inventario. Entonces el mundo, sin mudar de pellejo, deja de desfilar como una sarta de hechos catalogados y se nos revela como el portador de un excedente de sentido. Por eso la lectura de, pongamos, Wordsworth (que es uno de los vates convocados por Taylor) lleva a una experiencia que no se agota en la mera efusión sentimental: la razón poética rasga los velos de esa realidad que, indómita y esquiva, rehúsa someterse al imperio de lo contable y lo disponible.

Cosmic Connections (todavía sin traducción al castellano) es uno de esos libros que alumbra retrospectivamente la obra de una vida. En este caso, revela el corpus entero de Taylor como una poco disimulada tentativa de reencantamiento. Tanto sus primeros análisis del agente encarnado como su reconstrucción de la secularidad, pasando por su teoría del reconocimiento o su noción de plenitud, forman parte del despliegue de la misma intuición: que el mundo moderno, aun con el sayo del misterio hecho jirones, no deja de reclamar una religadura de sentido que le arregle los costurones, haciéndolo de nuevo habitable.

No es casualidad que la faena primera de Taylor consistiera en tumbar uno de los puntales de nuestro desencantamiento: la fábula de la persona reducida a engranaje. Su temprana crítica al naturalismo en The Explanation of Behaviour (1964), desarrollada con mayor brío en sus ensayos de los años 80, sigue siendo un misilazo contra quienes reducen el ser humano a artefacto de relojería. En cuanto agentes encarnados, nuestro mundo es menos un almacén de hechos que un tupido y exuberante campo de significaciones. Cuando se ignora esa dimensión, la libertad queda reducida a palabra hueca.

La antropología de Taylor, afinada en La ética de la autenticidad (1991), se levanta como un correctivo contra la banalidad narcisista de nuestro tiempo: el ser humano no comparece como mónada autosatisfecha, sino como sujeto dialógico, siempre en trato consigo y con los otros, y por tanto obligado a situarse en un horizonte de sentido que no ha elegido, pero sin el cual nada sería.

De ahí el llamado giro del reconocimiento. Si el sujeto no es mónada sino nudo de relaciones, ¿cómo va a forjar su identidad en el vacío? Ya en Fuentes del yo (1989) y, con mayor nitidez, en El multiculturalismo y «la política del reconocimiento» (1992), Taylor evidenció hasta qué punto no somos sin los otros, y cómo lo que somos depende, quiéralo o no el individualista de laboratorio, de una urdimbre compartida. ¿Identidad privada? No hay tal cosa. De igual modo, tampoco la justicia puede contentarse con repartir derechos como quien distribuye fichas en una mesa abstracta. ¿De qué sirven los derechos si la persona que los porta comparece socialmente como una sombra o un apestado?

Frente al mentado Habermas, que creyó erigir una arquitectura deontológica en el vacío (pues vacía es la neutralidad procedimental), Taylor niega la posibilidad de un orden político ajeno a una concepción de bien. Para neutral, la deletérea ficción del individuo, homúnculo de probeta que se figura dueño absoluto de su albedrío, como si pudiera parirse de la nada. La libertad no es, en consecuencia, el formalismo vacío que todavía enarbolan algunos liberales ingenuos, sino una realidad institucional encarnada en formas de vida compartidas, esto es, en aquella eticidad, la Sittlichkeit hegeliana, que precede a la autonomía individual (de todos los hallazgos de Taylor, no fue menor el de atraerse a Hegel desde el liberalismo en su ensayo de 1975).

Aún a despecho de su crítica al liberalismo procedimental por haber escamoteado la propia noción de persona, reducir a Taylor a simple comunitarista es pintarlo con brocha gorda. Al fin y al cabo, lo que hace el filósofo canadiense es poco menos que dinamitar los cimientos mismos sobre los que el imaginario contemporáneo levanta su teatrillo. ¿O acaso hay quien nazca de la nada y se fabrique a sí mismo como quien monta un mueble sueco? En nuestra dependencia, que no es servidumbre sino mera condición de posibilidad, se cifran la capacidad de ser libres, aunque el sujeto moderno, disfrazado de self made man, se empeñe en disimularlo.

En cuanto a la trascendencia, su contundente análisis de la secularización, desplegado en el monumental La era secular (2007) y prolongado en artículos posteriores como «Disenchantment-Reenchantment» (2011) y «Recovering the Sacred» (2019), hace patente que la modernidad nunca llegó a eliminarla: más bien la volvió una posibilidad entre otras. Un texto de 2016 titulado «A Secular Age Outside Latin Christendom» introduce un importante matiz, en tanto que limita la emergencia del «marco inmanente» al espacio del Atlántico Norte, reduciéndolo a un fenómeno sin validez universal y que, así pues, no podía ser exportado como modelo explicativo a civilizaciones como la islámica, la india o la china.

La secularización, bien vista, no podía ser el fruto inevitable y cantado de la marcha triunfal del progreso, cuajado como ley natural, sino la hechura precaria de una determinada trabazón histórica que, por unas veredas muy concretas y no necesariamente repetibles, habilitó esa rara avis de existencia desasida de lo religioso. ¿Necesidad? Menos lobos…

Taylor culmina la cuestión en El futuro del pasado religioso (2021), donde, en vez de volver a hacer un traje a la modernidad secular (evitaré el chiste fácil con su apellido sartorial), se pregunta cómo recoserla. Ahí el filósofo trueca la narrativa del declive por una fenomenología de las mutaciones, viajes y tornaviajes de lo religioso, refutando las teorías más consabidas de la secularización. El célebre «yo blindado» que se cree autosuficiente, ¿no lleva un runrún por dentro, una morriña pertinaz de sentido que no hay inmanencia que la acalle? El desencanto es un mundo poblado por individuos encantados de conocerse; cuanto más se blindan, más rezuman por las junturas. Entonces, ¿cuál es «el futuro del pasado religioso»? Todo lo más, una proliferación de interrogaciones vitales que, avanzando a tientas, más que afirmar inquieren sobre su propia insuficiencia.

Claro que si el reencantamiento es algo más que una mera hipótesis y hemos de plantearlo como una suerte de tarea programática, preciso será meter la uña en las grietas del «marco inmanente» con que el mundo, clausurado en su propia facticidad, cree que se basta y se sobra, como quien echa el cerrojo por dentro y tira la llave. ¿De verdad nada nos interpela? ¿Nada nos concierne más allá de lo que se deja medir y usar?

En la conversación que Taylor mantuvo con Michiel Meijer en 2019 lo dijo a las claras: el desencantamiento no es solo que se esfumen los duendes o que se venga abajo la vieja jerarquía del cosmos, sino la instalación de una ontología deshabitada en que nada parece salirnos al paso y, por supuesto, nada nos reclama.

Conque reencantar el mundo no va de dar marcha atrás y reinstaurar la tramoya de la vieja «gran cadena del ser». El reencantamiento no será tanto una regresión como una pesquisa: el mismo tanteo a ciegas que lleva a la «evaluación fuerte» que, según Taylor, nos permite discernir, sin recurrir al algoritmo ni al sistema métrico decimal, sino a una brújula sepultada en nuestro interior, si nuestra vida se encamina hacia lo alto. Véase su querencia por la poesía postromántica, herramienta con que forzar la cerradura del sentido. ¿Reliquias o ganzúas? ¿Restos muertos o herramientas vivas para volver a abrir lo que dimos por clausurado?

El catolicismo de Charles Taylor, más que una clave de lectura, es la corriente subterránea que orienta la intuición central de su filosofía: que la vida humana está atravesada por una aspiración a la plenitud que no se deja reducir ni a la autosuficiencia moral ni a la clausura del «marco inmanente». Taylor asume que el cristianismo ha sido tanto un agente decisivo en la gestación de la modernidad como en su progresivo desencantamiento; así y todo, en el seno de esa misma tradición perviven todavía los recursos conceptuales y espirituales necesarios para imaginar una salida del marco secular.

En sus reflexiones en Church Life Journal y en sus intervenciones en Collegium aparece un cristianismo que nada tiene que ver con la defensa de un orden cerrado ni con la restauración de una cristiandad perdida. Ante la tentación, siempre al acecho, de entender la pertenencia religiosa como una identidad cerrada, Taylor la plantea más cerca de la ligadura que de la coraza. Por eso alerta de que, bajo ciertas espiritualidades de nuevo cuño, late el peligro de la disolución narcisista, la posibilidad de estallar en un espiritualismo que se quiebre de puro sutil, como las pompas de Machado, sin carne ni comunidad que lo ancle al suelo.

Al fortín de hojalata del «yo blindado», autosuficiente y cerrado, Taylor opone la imagen del «yo poroso», capaz de ser afectado por otros. La idea de comunión no es aquí una entelequia de catequista, sino una forma concreta de existencia marcada por el amor agapeístico, el único que no se agota en el cálculo de beneficios ni en la autosuperación onanista, puesto que implica reciprocidad y apertura. En un mundo que presume de vivir «sin Dios», la vida espiritual no se reduce a aporrear dogmas como quien clava estacas en la tierra yerma, sino de encarnarlos en formas de vida, a saber, en comunidades que obligan y ejemplos vitales que tiran de nosotros como un imán.

Para Taylor, lo sagrado persiste incluso allí donde Dios parece haberse retirado. Frente a quienes sostienen que la modernidad despojó al mundo de sus velos ilusorios para revelar su desnuda facticidad (el desencantamiento weberiano, verbigracia), para Taylor el «marco inmanente» no clausura la apertura a lo sagrado, sino que, antes bien, la vuelve frágil e intermitente, permanentemente sometida a la competencia de alternativas seculares. Lo sagrado deja de ser estructurar el mundo para ser una experiencia más, y en esa oscilación de plenitud y ausencia, marejadilla y resaca, se cifra la inestabilidad constitutiva de la modernidad.

En resumidas cuentas, el «yo blindado» de la modernidad tardía, tan ufano de su clausura, ¿qué es sino el fruto tardío de una larga faena de cortes y desgajes? Amarra a amarra, la modernidad fue celebrando su emancipación como quien desata todo vínculo posible. Primero la interioridad cartesiana, que replegó el mundo al granguiñol de la conciencia; luego la autonomía kantiana, empeñada en legislarse a sí misma; y, por último, el arrebato romántico de autenticidad, donde cada cual se erigía en fuente y medida de sí mismo. ¿Liberación o más bien deshilachamiento? Cortadas las cuerdas, el sujeto quedó a la deriva.

A diferencia de tantos filósofos, la empresa de Charles Taylor no estriba en añadir un hilo más al enredo, sino más bien en rehacer la trama. Una obstinada labor de religadura que lo obliga anudar los cabos sueltos que la modernidad fue dejando tras de sí. ¿A qué tratar de recomponer el tapiz intacto, si hace tiempo que dejó de existir? De lo que se trata es de impedir que la vida siga desflecándose y de suturar, aunque sea con remiendos, la urdimbre que nos compone. JORGE FREIRE es filósofo. Publicado en Ethic el 6 de abril de 2026.