miércoles, 4 de noviembre de 2026

DEL CAFÉ SEMANAL: HOY, ¿RECUERDAS LO ÚLTIMO QUE HICISTE ANTES DE MORIR?, POR MANUEL JABOIS

 






Bryan Cranston (Breaking Bad) no se ha resistido al humanísimo impulso de despedirse de alguien recordando su último contacto, en este caso RJ Mitte, el actor con parálisis cerebral que interpretó a su hijo en la serie. La incredulidad (Mitte se ha suicidado a los 34 años) tiene muchas maneras de expresarse, pero ninguna mejor que la de contar los planes que teníais con el muerto. “¡Hace unos días quedamos para cenar!”, decimos de uno. “Si hace poco fuimos a jugar al tenis, ¿cómo es posible?”, decimos de otro. De nuestra sorpresa se deduce una conclusión ridícula: “¿Cómo se le ha ocurrido morir si teníamos pensado cenar: nunca piensa en los demás?“, o “¿cómo se pudo haber muerto si jugamos hace poco al tenis, tan mal jugué?”. Cranston relató que hacía poco había intercambiado correos con Mitte para almorzar. Al recordar Cranston su último contacto con él, al recordar nosotros la última vez que vimos a alguien de quien nos dicen que ha muerto de forma sorpresiva, lo que hacemos no es recordar esa última vez, porque para nosotros no era la última cuando lo vimos, no sabíamos que no lo volveríamos a ver, aquello no fue un final ni nada, generalmente se trató de una chorrada sin importancia (“me dijo que iba a votar a la Chunta”) sino que expresamos el íntimo asombro de que nuestro último encuentro fuese algo tan banal, tan parte de la vida como la decena de encuentros casuales que uno va teniendo durante la semana. “No me dijo que iba a tener un infarto en unos días, sólo que estaba acabando de leer un libro de autoayuda”. Pero de pronto lo trivial es trascendente, la muerte da al pasado un significado a veces extraño y ridículo que nos empeñamos en ver sublime (“algo le noté en la mirada cuando me dijo que no volvería a comer panceta”) porque no asumimos o no queremos asumir que la muerte generalmente, si llega de golpe, si llega en tromba, es un acto tan sencillo y despojado de épica como echar la llave. Por eso a menudo la sorpresa de verdad no es que el otro haya muerto, sino que tú no: “Pero cómo ha podido pasar, si me lo encontré hace unos días en el mercado..., y él me encontró a mí”. Manuel Jabois es escritor. Publicado en El País.






















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martes, 3 de noviembre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY MARTES: EL AMOR ES LO MÁS PARECIDO QUE TIENE LA VIDA A UN SENTIDO, POR DAVID MEJÍA

 





Ensayista, catedrático de Filosofía y referente intelectual, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) ha dedicado su trayectoria a reivindicar la libertad, la responsabilidad individual y el papel de la educación en la construcción de una sociedad democrática. En esta conversación reflexiona sobre la naturaleza de la filosofía, la ética, el placer, Spinoza, Kant, Nietzsche y las grandes preguntas que han atravesado su obra.

P. A menudo se refieren a ti como filósofo, pero tú siempre has preferido definirte como profesor de Filosofía.

R. Sí, efectivamente. Creo que cada uno debe ajustarse al papel que realmente ha desempeñado. Yo no soy un filósofo en el sentido en que lo fueron Spinoza o Kant. He sido profesor de Filosofía. He intentado acercar el pensamiento de los grandes filósofos al mayor número posible de personas, pero no me considero un creador de un sistema filosófico propio.

P. En uno de tus libros más celebrados, Las preguntas de la vida, aparece una dedicatoria que siempre me ha gustado mucho: «A los que no lo tienen todo claro». Después citas a Cioran: «Mi fuerza es no haber encontrado respuesta a nada». ¿Qué dicen esas dos frases sobre tu forma de entender la filosofía?

R. Las dos son una invitación al escepticismo. Cuando uno escribe un libro titulado Las preguntas de la vida, puede dar la impresión de que pretende responder definitivamente a las grandes cuestiones. Yo quise advertir desde el principio que no era así. Intento ofrecer respuestas, sí, pero siempre con reservas, con dudas. Creo que el territorio propio de la filosofía es precisamente la duda. Las respuestas filosóficas nunca deberían tranquilizarnos del todo.

P. ¿Cuál dirías que es la especificidad de las preguntas filosóficas frente a las preguntas de la ciencia o de la religión?

R. Son maneras distintas de enfrentarse a cuestiones que, muchas veces, pueden parecer semejantes. La ciencia formula preguntas que, cuando encuentran una respuesta comprobable, consideran resuelto el problema y pasan a otro. La respuesta científica es empírica y verificable. La religión, por su parte, parte de unas verdades reveladas y trata de interpretarlas. La filosofía funciona de otra manera. No pretende cerrar definitivamente las preguntas, sino profundizar en ellas. Un filósofo no deja al lector satisfecho porque haya encontrado la respuesta definitiva, sino porque le ayuda a comprender mejor la pregunta. En cierto sentido, la filosofía no resuelve los interrogantes: los hace más fecundos.

P. En la introducción de tu Diccionario filosófico dices que el filósofo es «el forastero por antonomasia», «el extranjero». ¿Qué quieres decir con esa imagen?

R. En la tradición clásica el filósofo aparece como alguien que llega de fuera. No forma parte de la rutina de la ciudad ni acepta sin más las convenciones establecidas. Su condición de extranjero consiste precisamente en eso: introduce extrañeza. No responde según lo esperado, sino que obliga a mirar las cosas desde otro lugar. El filósofo siempre descoloca un poco porque rompe con las respuestas convencionales.

P. Si hace años te hubieran preguntado cuál era el principal enemigo de la filosofía, quizá habrías respondido que la religión o la Iglesia. ¿Lo seguirías diciendo hoy?

R. Probablemente cuando era más joven tenía una visión más combativa. Hoy ya no. Creo que la filosofía convive con la religión, con la ciencia y con otras formas de conocimiento. No tiene sentido convertirla en un arma destinada a destruirlas. La filosofía posee una perspectiva propia y no necesita definirse únicamente por oposición a otras disciplinas.

P. ¿Tiene sentido preguntarse si la vida tiene sentido?

R. Sí. De hecho, quizá el sentido de la vida consista precisamente en preguntarse por su sentido. Es una pregunta distinta de todas las demás porque las trasciende. Nunca admite una respuesta completamente satisfactoria. La filosofía mantiene abierta esa cuestión y nos obliga a convivir con ella.

P. Hay dos palabras que suelen presentarse como enemigas: ética y placer. Pero en tu obra aparecen casi siempre como aliadas.

R. Porque creo que la conducta humana busca el placer. Pero no cualquier placer, sino un placer bueno, un placer compatible con una vida responsable. La ética no consiste en negar el placer, sino en aprender a disfrutarlo adecuadamente. Por eso ética y placer no son conceptos opuestos: deberían ser cómplices.

P. Coincides con Aristóteles en entender la ética como una forma de sabiduría práctica y en conceder tanta importancia a los hábitos. ¿Qué hábitos crees que deberíamos recuperar?

R. En la línea aristotélica, lo que debemos buscar es cómo aplicar mejor la prudencia. Una persona virtuosa es, sobre todo, una persona prudente, alguien que sabe aplicar correctamente las virtudes en las circunstancias concretas de la vida. Y respecto a los hábitos perdidos, no me gusta ese discurso según el cual todo tiempo pasado fue mejor y hoy se han perdido definitivamente las virtudes. La idea del filósofo como consejero único de la humanidad me hace reír. Pero la defensa de la prudencia, y de los mecanismos de la prudencia, me parece importante. Pierre Aubenque tiene un libro estupendo que se llama, precisamente, La prudencia en Aristóteles, que recomiendo mucho.

P. ¿Qué ha significado Spinoza para ti?

R. Spinoza representa uno de los grandes sistemas filosóficos de la modernidad. Su obra constituye un punto de referencia permanente para cualquier filósofo. Su manera de construir un pensamiento sistemático sigue siendo una referencia imprescindible para entender qué significa hacer filosofía. Siempre he dicho que todo filósofo, además de su sistema filosófico, tiene el de Spinoza.

P. Has criticado el moralismo, pero al mismo tiempo has defendido la dignidad humana y la autonomía, ideas muy kantianas. ¿Qué lugar ocupa Kant en tu pensamiento?

R. Un lugar fundamental. Kant enseña, sobre todo, a pensar. Más allá de sus conclusiones concretas, el razonamiento kantiano constituye una extraordinaria escuela de pensamiento. Gran parte de la filosofía posterior parte de él, aunque sea para discutirlo. Siempre le he tenido una enorme admiración, aunque no sea el pensador definitivo de nada, pero es quien ha planteado todos los caminos de la filosofía. El kantismo nos permite despegar hacia la filosofía, pero yo nunca me quedaría en Kant.

P. Nunca te interesó la ética animalista.

R. Porque creo que la ética es una reflexión sobre cómo convivimos los seres humanos entre nosotros. Siempre que escucho hablar de aplicar la ética a los animales me parece que es como incluir a los animales en las olimpiadas. Eso no significa que debamos maltratar a los animales, naturalmente. Pero otra cosa distinta es convertirlos en sujetos de la comunidad moral en el mismo sentido que las personas. Creo que eso desdibuja el objeto propio de la ética.

P. Peter Singer respondería que, como seres sintientes, los animales merecen formar parte de nuestra comunidad moral. El sufrimiento, por sí solo, no basta para fundamentar la moral.

R.Los seres humanos no solo sufrimos: comprendemos el sufrimiento, deliberamos sobre él y somos capaces de darle sentido o incluso asumirlo voluntariamente. La ética nace de esa capacidad racional y moral, no únicamente de la capacidad de sentir dolor.

P. Quería preguntarte también por Nietzsche. Siempre has admirado su pensamiento, pero también has advertido de sus riesgos. ¿Cuáles dirías que son sus virtudes y cuáles sus peligros?

R. Nietzsche es un pensador peligroso precisamente porque posee un talento literario extraordinario. Es uno de los grandes estilistas de la filosofía. Su manera de escribir seduce. A veces estamos dispuestos a darle la razón simplemente porque expresa las ideas con una belleza excepcional. Además, Nietzsche no busca eliminar todas las contradicciones. Convive con ellas. Entiende que el pensamiento humano no siempre puede aspirar a una coherencia absoluta, y esa es una de las razones por las que sigue siendo un autor tan fascinante.

P. En Fedón, Sócrates afirma que filosofar es aprender a morir. ¿Estás de acuerdo?

R. Siempre recuerdo una anécdota sobre una amiga de Voltaire. Alguien le decía que los grandes filósofos sostenían que filosofar era prepararse para morir. Ella respondió: «Pues todas las personas que he visto morir lo hacían muy bien a la primera». Me parece una buena respuesta. La muerte es lo que da espesor a la vida. Si no existiera, la vida perdería gran parte de su gravedad y de su importancia.

P. Para terminar, quería preguntarte por el amor. La filosofía quizá le ha dedicado menos atención de la que cabría esperar. ¿Por qué? ¿Y qué papel ha tenido en tu vida?

R. No lo sé. Pero una de las pocas conclusiones firmes a las que he llegado es que el amor es lo más parecido que tiene la vida a un sentido. Si tenemos que hablar del sentido de la vida, consiste precisamente en buscar, encontrar y fortalecer el amor. Una vida sin amor es una vida sin sentido.

P. ¿Es una convicción que has tenido siempre?

R. No, es algo que solo se aprende viviendo. Hay que haber amado para comprender la importancia del amor; hay que haber experimentado también lo difícil que puede ser amar y el sufrimiento que a veces conlleva. Cuando uno es joven tiene deseos, impulsos y pasiones. El amor, en cambio, es algo mucho más complejo. Solo la experiencia permite comprender realmente su profundidad. David Mejía, es escritor. Publicado en Ethic.















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ESPECIAL TRES DE HOY MARTES: A MÁS ATAQUES DE PUTIN, MAYOR DEBE SER EL APOYO DE EUROPA A UCRANIA, POR TIMOTHY GARTON ASH

 





Vladímir Putin está intensificando su guerra abierta contra Ucrania y su guerra encubierta contra el resto de Europa. El principal objetivo de esta última es debilitar el apoyo europeo a Ucrania para poder someter el país, algo que considera fundamental tanto para el futuro de Rusia como para el suyo propio. Aunque en el resto de Europa debemos prepararnos lo mejor posible para defendernos de todo tipo de ataques híbridos, el eje central de nuestra respuesta debe consistir en multiplicar nuestro apoyo a Ucrania. Ucrania es su principal objetivo. Es allí, y solo allí, no en una contienda formada por mil alfilerazos híbridos, donde se puede derrotar y detener de verdad a la Rusia de Putin.

En un nuevo y elocuente libro, Warum Russland nicht aufhören wird (Por qué Rusia no va a parar), el historiador alemán Martin Schulze Wessel demuestra que la política de Putin encaja en una antiquísima tradición rusa de expansionismo territorial y búsqueda de la hegemonía, combinada con una ideología imperialista impregnada de elementos religiosos. Nos recuerda que, en 2016, Putin dijo que “la frontera de Rusia no termina en ningún sitio” y, en 2025, “cualquier terreno que pise la bota de un soldado ruso es nuestro”. Los europeos occidentales, que imaginamos con optimismo que hemos relegado ese imperialismo territorial tan brutal al vertedero de la historia, tendemos a pensar que debe de haber alguna otra explicación (por ejemplo, algo que hicimos “mal”, como la expansión de la OTAN hacia el este). Los finlandeses, los estonios y los polacos saben muy bien que no es así. A pesar de sus debilidades, concluye el autor, Rusia es “el país más peligroso del mundo”. Puede que en Asia algunos pongan en duda esa generalización, pero, desde luego, Rusia es el país más peligroso para Europa.

Schulze Wessel presenta otro argumento sencillo, pero muy pertinente: la expansión de Rusia siempre se ha visto facilitada cuando puede cooperar con otras grandes potencias y se ha frenado cuando otras potencias iguales se oponen. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca el año pasado, Estados Unidos ha dejado de ser esto último y, en ocasiones, se parece a lo primero. Por tanto, ahora es Europa la que está asumiendo la carga de ser la potencia igual y en contra. Europa (incluido el Reino Unido) ha prestado ya más ayuda a Ucrania que Estados Unidos. Sus economías, sumadas, son diez veces mayores que la de Rusia; la economía alemana, por sí sola, duplica su tamaño.

Y, en ese esfuerzo europeo, Alemania tiene hoy el papel fundamental. En total, desde el inicio de la guerra en 2022, Alemania ha sido el mayor donante individual, a excepción de Estados Unidos. Según el seguimiento de la ayuda a Ucrania que lleva a cabo el Instituto de Kiel, Alemania ha aportado el doble que el Reino Unido o Francia. Teniendo en cuenta que la población de Kiev y Odesa sufre a diario los ataques de los misiles balísticos y los drones propulsados por reactores de Putin, merece la pena examinar las cifras del registro que hace el Instituto sobre los sistemas de defensa aérea. Alemania ha donado hasta ahora 19, entre los que hay cinco importantísimas baterías de defensa aérea Patriot de fabricación estadounidense, dos más de las que ha donado el propio Estados Unidos. En el primer año de esta guerra, defendí en estas páginas que Alemania “tiene una responsabilidad histórica única a la hora de ayudar a defender a una Ucrania libre y soberana”. En aquel momento, estaba convencido de que Alemania no estaba haciendo aún lo que debía.

Ahora, en el quinto año de una guerra que ya ha durado más que la I Guerra Mundial y que no tiene visos de acabar, puedo decir sin ninguna duda que sí lo está haciendo. No solo por la magnitud de su ayuda a Ucrania ni el aumento de su propio gasto en defensa, que, según las últimas previsiones del Ministerio de Hacienda alemán, alcanzará los 154.000 millones de euros en 2028 (aproximadamente la misma cantidad que el presupuesto militar de Rusia para este año).

Es además una cuestión de voluntad política. El canciller Friedrich Merz ha demostrado que tiene esa voluntad y también que tiene valor, al viajar en tren desde Alemania a Ucrania la tarde del 3 de octubre, en el 36º aniversario de la reunificación alemana, acompañado de una delegación de peso en la que estaban varios directivos del sector de la defensa. En esta ocasión, el bombardeo ruso contra objetivos civiles del centro de Kiev, entre ellos la Academia de Ciencias de Ucrania y los puentes que cruzan el río Dniéper, no cesó a pesar de que —o quizás precisamente porque— Moscú sabía que el líder alemán estaría allí.

Para un historiador, hay algo que resulta muy familiar en todo esto. ¡No puede ser, otra vez Alemania y Rusia! Sin embargo, cada vez es diferente. Históricamente, Alemania es una de las potencias que más ha contribuido a facilitar la expansión rusa (no hay más que recordar el pacto Hitler-Stalin de 1939), pero también una de las que más la ha amenazado. En la I Guerra Mundial, e incluso de forma más marginal en la Segunda, algunos nacionalistas ucranios pensaron que un conflicto entre Alemania y Rusia les daba una oportunidad para alcanzar la independencia. Sin embargo, lo que consiguieron fue el colonialismo de la Alemania imperial (y luego la derrota alemana) en el primer caso y el fascismo genocida de Hitler (y luego la derrota alemana) en el segundo.

Ahora, por fin, Alemania está verdaderamente comprometida, pese a los costes y riesgos que eso supone, con la soberanía de Ucrania. Para cualquiera que conozca esta enmarañada historia, hay algo no solo redentor, sino francamente inspirador, en el hecho de que la Alemania democrática sea uno de los países que más está contribuyendo a sostener el histórico esfuerzo de una Ucrania independiente por ocupar el lugar que merece en una gran comunidad europea de países libres.

¿Pero hasta cuándo? ¿Y con cuánto apoyo del resto de Europa? Precisamente porque Putin conoce muy bien el papel fundamental de Alemania, ha hecho de este país uno de los principales objetivos de su guerra híbrida, desde los drones cargados de explosivos en el aeropuerto de Leipzig y las amenazas de asesinato contra directivos de la industria de defensa hasta las injerencias políticas encubiertas y la desinformación. Mientras Ucrania se prepara para su invierno más difícil hasta la fecha, hay tres aspectos estrechamente relacionados que van a ponerse a prueba: la voluntad de Alemania de mantenerse en el lado correcto de la historia, la capacidad de las democracias para sostener la lucha contra una dictadura (una preocupación constante) y la habilidad de Europa para permanecer unida en esta causa.

Un escéptico puede señalar muchos motivos para el pesimismo. Merz es impopular en su país. La AfD, el partido que marca hoy el ritmo de la política alemana, entregaría Ucrania a Rusia. En Francia, la candidata presidencial del Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen, proclama que no pueden permitirse seguir dando tanta ayuda a Ucrania. La solidaridad con sus vecinos también está derrumbándose en la derecha polaca, con dos partidos pequeños que se muestran descaradamente anti-Ucrania. En una encuesta llevada a cabo en Italia el mes pasado, más de la mitad de los entrevistados se opusieron a que se siguieran enviando armas a Kiev.

Hace poco, en Bruselas, me encontré con un público numeroso que parecía inquebrantable en su apoyo a Ucrania… hasta que, justo al final, nuestro debate derivó hacia la cuestión del uso de los activos rusos congelados que están guardados en Bélgica. Ah, bueno, eso no. Sin embargo, con el terrible daño que está sufriendo la economía ucrania, incluidas sus exportaciones de cereales a través del mar Negro, los expertos calculan que, solo en 2027, podría ser necesaria una ayuda adicional para Kiev de hasta 100.000 millones de euros, que en la actualidad no puede financiarse; y los contribuyentes europeos, en situación complicada, no están dispuestos a pagar esa cantidad.

Putin cree que las decadentes democracias europeas se desmoronarán ante la férrea determinación de un déspota imperialista. Nuestro deber es demostrarle que se equivoca. Timothy Garton Ash es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. Su último libro es Europa en 7 capítulos y medio (Penguin) Publicado en El País.




















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ESPECIAL DOS DE HOY MARTES: LA LÍNEA TORCIDA, POR DAVID TRUEBA

 





La palabra accidente procede de la idea de algo que te cae encima. Un amigo sostenía que le gustaba mucho viajar en tren hasta que los trenes empezaron a volar, es decir, a ir demasiado rápido. Reducir los tiempos de traslado entre grandes ciudades es una de las obsesiones que ha ido despoblando nuestro país, a la espera del teletransportador que nos fascinaba de Star Trek. El terrible accidente de trenes que segó la vida a 69 personas en Urda (Toledo) la semana pasada nos cayó encima con historias sobre mecanismos de seguridad, sistemas de frenado y paneles de control. Pero nadie ha hablado de la lentitud. La aceleración de la civilización en los últimos treinta años también es física. Vamos demasiado deprisa. Incluso a la hora de analizar una tragedia nos precipitamos. Unos días antes del accidente ferroviario un autobús cayó por un terraplén de 20 metros en Fogars de Montclús (Barcelona). Milagrosamente no hubo víctimas mortales, pero en España mueren al año en la carretera menos de 2.000 personas. Antes de la implantación del carnet por puntos superábamos los 4.000 muertos al año y se redujo esa cifra con controles de alcoholemia, mejora de vías y avances en los sistemas de protección. Mejoramos porque los ciudadanos tomaron conciencia de un drama que sacudía a todas las familias.

Si a algo nos obligan las tragedias de Angrois, Adamuz y Urda es a replantearnos el problema de la alta velocidad. En cinco años ha multiplicado por dos el número de viajeros anuales. Esta sobrecarga nos hace más vulnerables. También la fatiga de materiales requiere una constante revisión en toda la longitud del trazado. La precariedad laboral es fácil suponer que es la misma que sufren casi todos los servicios. Se ha apuntado incluso a la falta de una transición generacional llevada a cabo sin prisas en los puestos de responsabilidad. El perfil político de los directivos no ayuda a optimizar la gestión porque la corrupción en España se suele condensar en las infraestructuras y sus grandes contratas de construcción y servicios. Como pasa con la sanidad pública, la convivencia del negocio particular con las infraestructuras estatales provoca un desvío constante de ingresos, atención y cuidados que convierte al ciudadano en cliente en lugar de dueño. El proceso tiende a finalizar siempre con la privatización total de los servicios públicos, porque esa es la manera por la cual los políticos finalmente se sacuden toda responsabilidad.

La presión turística sobre España fuerza nuestras infraestructuras de transporte, sanidad, limpieza, energía y consumo, pero como el negocio es boyante celebramos los récords anuales de llegadas. Cuando observamos la degradación laboral y la magnitud del problema de vivienda comprobamos que el muchísimo dinero que ganamos gracias al turismo no alcanza para tapar la grieta que provoca. La política madura, la que no se dedica a inflamar a los queridos niños camino del día de la votación, tiene que centrarse en el equilibrio. Las reformas, las regulaciones y las compensaciones son el único mecanismo de reequilibrio en un paisaje que se inclina, como las mesas del casino, hacia las ganancias de unos pocos y las pérdidas de otros muchos, esos ilusos que aún confían en la suerte. Pero lo inteligente es estar preparado para cuando llega la mala suerte. Los accidentes siempre señalan algún aspecto que falla, cada vez uno distinto, pero una mirada más valiente nos ayudaría a apreciar con mayor claridad la deriva en que vivimos. Como escribió el poeta Luis Chaves: “Hay que empezar la década otra vez, la línea va torcida”. David Trueba es cineasta. Publicado en El País.






















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ESPECIAL DE HOY MARTES: EL FUTURO YA NO ES LO QUE ERA ANTES, POR JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

 







Este texto es una transcripción de las palabras pronunciadas por Juan Gabriel Vásquez antes de la cena de los intervinientes en el foro World in Progress Barcelona, organizado por el Grupo Prisa, EL PAÍS y la Cadena SER.

En 1947, los científicos del Proyecto Manhattan inventaron una manera simbólica de alertar a la humanidad de los riesgos que corre a cada momento: el Reloj del fin del mundo. La medianoche en el reloj es el momento de la catástrofe, el momento en que la humanidad puede desaparecer. Cuando se creó el reloj, sus manecillas marcaban siete minutos para la medianoche; cada año, en enero, los expertos del Boletín de Científicos Atómicos evalúan los riesgos que corre la humanidad y mueven las manecillas, alejándolas o acercándolas a la medianoche de la catástrofe. El momento en que más lejos ha estado la humanidad de su extinción fue 1991: la Guerra Fría había terminado y los científicos hicieron retroceder las manecillas de forma que marcaran 17 minutos para la media noche. Pero en los últimos tiempos el pesimismo ha crecido, y hace casi dos años el expresidente colombiano Juan Manuel Santos, como presidente del grupo de los Elders, tuvo el honor extrañísimo de mover las manecillas para que marcaran 89 segundos. En enero de este año, la apreciación de los científicos volvió a empeorar. Hoy faltan 85 segundos para la medianoche.

Las causas que se dan en esta última evaluación son cuatro: las guerras, el cambio climático, las tecnologías disruptivas y el auge de las autocracias.

En realidad, yo creo que el auge de las autocracias cubre todo lo demás. Estas autocracias son culpables de las guerras que hoy incendian el mundo del este de Europa al Medio Oriente; estas autocracias desprecian la ciencia que está detrás del cambio climático y tratan de sabotear los esfuerzos que se hacen –desde el multilateralismo y la diplomacia– para atenuar sus consecuencias; sobre todo, estas autocracias se han convertido en las cómplices o valedoras de la principal amenaza que hoy flota sobre la especie humana. Eso que los expertos del Boletín de Científicos Atómicos llaman “tecnologías disruptivas” comprende las redes sociales, que se han convertido desde 2016 en una amenaza flagrante para nuestras democracias, porque su modelo de negocio se basa en la exacerbación de nuestros odios y nuestros miedos, en el envenenamiento de nuestra conversación ciudadana y la destrucción de la noción de realidad compartida; pero sobre todo se refiere a esas otras tecnologías que hoy mismo, mientras nosotros hablamos aquí, pueden estar acercándonos a un desastre planetario irreversible. Desde luego que no me refiero a la tecnología que les permite escribir novelas a quienes no quieren tomarse el tiempo ni asumir el esfuerzo de aprender a hacerlo. Eso, comparativamente, es inofensivo. Yo soy hijo de la Guerra Fría, y hoy, por primera vez desde que los niños de los años 60 creyeron que morirían debajo de una nube en forma de hongo, veo opiniones serias e informadas, basadas en información seria y en previsiones realistas, que dicen que el mundo se va a acabar.

Fue lo que pasó hace apenas unas semanas. Un hombre llamado Jacob Coxon, investigador de inteligencia artificial que había trabajado para Open AI y para Anthropic, renunció con un mensaje en la red X que llegó más lejos que otros anuncios de la catástrofe. “Las personas que desarrollan la IA creen firmemente que podría acabar con todos nosotros antes de que termine la década”, escribió Coxon. Ahora bien: cosas parecidas habían dicho otros científicos, a veces tan autorizados o más autorizados que este Coxon. Geoffrey Hinton, científico británico-canadiense, premio Nobel de Física en 2024, conocido como “el padrino de la IA”, dijo en 2023 que esta tecnología podría provocar la extinción de la humanidad en un plazo de tres décadas, y desde ese año ha acortado el plazo. La publicación científica The Lancet, más optimista, previó que el mal uso de la inteligencia artificial (o un conflicto nuclear, que también es posible) podrían causar la extinción humana antes del año 2100. Y todos nos estamos haciendo la misma pregunta: ¿Qué va a pasar? ¿Qué nos espera en el futuro?

En los años 30, el escritor Paul Valéry dijo: “El futuro carece de imagen. La historia le da los medios para ser pensado”. Quería decir que, cada vez que el ser humano se ve enfrentado a una situación nueva, a la urgencia de actuar sobre algo que nunca ha experimentado, tiene que acudir a lo que Valéry llamarecuerdos imaginarios: nuestra experiencia, las imágenes del pasado tal como han quedado contadas en nuestros relatos: la historia, el periodismo, la literatura. En otras palabras: como no vemos cómo es el futuro, como el futuro es desconocido, lo que hacemos es ver el pasado y basarnos en él para saber cómo actuar. Bien, creo que nuestro gran problema hoy es que no tenemos recuerdos imaginarios que nos sirvan para ver este futuro: el futuro dominado por la inteligencia artificial. No podemos ver el futuro correctamente porque nos enfrentamos a algo tan novedoso, tan inédito, que no hay un repositorio de memoria al cual podamos acudir para imaginar lo que puede pasarnos. Y por eso no nos estamos defendiendo como deberíamos. Y por eso podemos decir hoy que el futuro ya no es el que nos imaginábamos hace cinco o diez años. El futuro ya no es lo que era antes.

Los que han decidido hacer sonar las alarmas están viendo un futuro distinto del que vemos los demás: un futuro que, para nosotros, los profanos y los ignorantes, ha sido invisible. El desarrollo de esta tecnología que, según los mismos que la están produciendo, puede matarnos a todos, ha ocurrido en lugares que no vemos, fuera de la supervisión de nuestros Estados, lejos de la regulación de nuestras democracias. Esto no ha sido accidental, sino un propósito consciente: los líderes de estos progresos tecnológicos no han escondido nunca su profunda desconfianza en las instituciones, los gobiernos e incluso la democracia. En un manifiesto del año 2009, uno de los ideólogos de estos nuevos movimientos, Curtis Yarvin, llamaba a “dar por terminada la fallida experiencia democrática de los dos últimos siglos”; Sam Altman decía que iba a ser necesario “replantearnos el contrato social”; y en otro manifiesto –a esta gente le gustan mucho los manifiestos– Marc Andreessen decía, hace apenas tres años, que era mentira todo lo que decían los pesimistas: “Nos dicen que la tecnología nos roba el trabajo, reduce nuestro salario, arruina el medio ambiente, pone en riesgo nuestro futuro y está siempre a punto de demolerlo todo”. Nada de eso es verdad, dice. “La tecnología es lo que da gloria a la ambición y al éxito humanos, la punta de lanza del progreso y la realización de nuestro potencial”. Y concluye, con la temible voz de los profetas: “Estoy aquí para anunciarles una buena nueva. Es tiempo de volvernos tecno-optimistas”.

Pero no podemos ser tecno-optimistas cuando un enjambre de agentes de IA gestionados por OpenAI se rebela, rompe las medidas de contención y piratea sitios web durante unas pruebas de seguridad. Lo que pasó a principios de este año les produjo pánico incluso a los más cínicos, como Altman, que empezaron a hablar de ralentizar al desarrollo de la tecnología. Y los hechos preocupantes han seguido ocurriendo. Hace unos meses Anthropic contó cómo delincuentes y científicos sin escrúpulos habían intentado utilizar Claude para fabricar armas biológicas. Y todos están de acuerdo en que la pregunta no es si lo lograrán, sino cuándo, y qué pasará después.

La pregunta es: ¿Tendremos imaginación suficiente para actuar? ¿Seremos capaces, como sociedades democráticas, de exigirles a nuestros gobiernos una intervención urgente que no desaproveche los inmensos beneficios que estas tecnologías sin duda contienen, pero que nos salve de sus peligros? No lo sé. Hace un cuarto de siglo tuve el placer de traducir, por primera vez en España, uno de los libros favoritos de Gabriel García Márquez: Hiroshima, el reportaje de John Hersey sobre las consecuencias de la bomba atómica. Por esa época me obsesioné con el tema y leí varios miles de páginas sobre esos años, y en estos días he recordado a menudo esos conocimientos que me parecían inútiles: pues lo que veo es que nuestra situación actual se parece enormemente a los años previos a Hiroshima y Nagasaki. Si en ese momento alguien hubiera sugerido detener las investigaciones en energía nuclear, a la gente le habría parecido absurdo: los ciudadanos no hubieran creído en realidad en la posibilidad de una bomba. Para los físicos era obvio, pero trasladar el mensaje a los ciudadanos no hubiera sido posible. Todo era teórico: hasta que cayeron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. Con la IA, los peligros eran teóricos –para nosotros, los profanos– hasta que ocurrió la rebelión de Open AI. Ahora, el debate sobre si se puede perder el control ya no tiene sentido. Se perdió el control y se puede perder de nuevo.

Pero hay muchos obstáculos. El más evidente tiene que ver –que no se sorprenda nadie– con el dinero. Ya comienza uno a leer artículos que hablan de que, si fracasa la IA, la debacle en Wall Street puede ser tan grave que lleve el mundo a una nueva recesión. Y no me hago ilusiones: desde el 2008 sabemos que nunca hay que subestimar la codicia humana, la manera como nos enceguece a todos. Ustedes conocen la caricatura de Ann Telnaes que fue censurada por el Washington Post: ahí están Zuckerberg, Sam Altman, el dueño de Los Angeles Times, Patrick Soon-Shiong, y hasta Jeff Bezos: narcisistas patológicos cuyas reservas de empatía y solidaridad marcan números rojos desde su nacimiento y cuya brújula moral necesita que alguien la calibre, todos llevándole ofrendas al narcisista más peligroso de Occidente. Esta caricatura es la metáfora imperfecta del peligro más grande de nuestro momento. Es imperfecta porque en ella no está Elon Musk, el más peligroso de los tecno-oligarcas, el único que ha usado su poder para hacer daño o permitir que otros hagan daño: un verdadero sociópata. ¿Por qué le hacen ofrendas al ídolo Trump? ¿A cambio de qué? La respuesta no es sencilla, pero una parte de la respuesta es: a cambio de desregulación. Las nuevas tecnologías dependen de que ningún Estado, ningún gobierno, intente regularlas. Trump ofrece quitarles regulaciones y presionar a otros gobiernos para que hagan lo mismo; a cambio, ellos le ofrecen la mercancía más preciada para todo autócrata: la manipulación del ciudadano y la destrucción de la realidad común. Es decir, un mundo donde la verdad no existe.

Hace unos días, Bill Gates le dio a Ezra Klein una entrevista espeluznante: “Esto es lo más peligroso a lo que nos hemos acercado. Un modelo abierto puede producir armas biológicas y desactivar cualquier monitoreo. Fuera de la industria, la conciencia de los peligros de la IA es extremadamente baja. Y eso se puede decir de la academia, de los think tanks, de los políticos. La razón por la que estoy tratando de hablar alto es que no podemos confiar en la industria para que se autorregule. La pregunta es: ¿Esperamos a que un ciberataque cause un daño inmenso, a que un ataque biológico cause un daño inmenso, y entonces ponemos las salvaguardas y el monitoreo necesarios para que eso no vuelva a pasar muchas veces? ¿O la tendremos la sabiduría de implementar estas regulaciones antes de que haya millones de muertes?”

En 1928, hace casi cien años, un novelista austriaco, Hermann Broch, comenzó a escribir una novela llamada Los sonámbulos. Los sonámbulos del título son los europeos que, entre la década de 1880 y la de 1910, vieron la desaparición de todo un mundo, un sistema de valores, y el nacimiento de otro sistema de valores y de visiones del mundo que los llevaría a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Cada vez me parece más claro que nosotros, los ciudadanos del año 2026, somos nuevos sonámbulos: vamos caminando hacia nuestra propia destrucción, incapaces de ver el futuro y reconocer la urgencia de que actuemos. Nos hace falta clarividencia. Pero yo creo que la clarividencia es posible. Los movimientos ciudadanos fueron determinantes para conquistar por caminos indirectos el final de la Guerra Fría y llegar al momento de 1991 en que los científicos del Boletín hicieron retroceder las manecillas hasta aquellos 17 minutos, lo más alejados que hemos estado de nuestra destrucción. Yo los invito a que reaccionemos: a que exijamos a quienes tienen el poder para hacerlo que tomen medidas para evitar lo peor. Para que dejemos de caminar hacia al precipicio, como los sonámbulos de Broch, y el futuro vuelva a ser lo que era hace unos años.

World In Progress (WIP) es un foro internacional de reflexión y debate organizado por PRISA, EL PAÍS y, como medio colaborador, la Cadena SER. Tiene el apoyo del Ajuntament de Barcelona, Generalitat de Catalunya, Abertis, Fundación la Caixa, Glovo, Iberdrola, Indra Group, Limak, Mango, Moeve, Sabadell, Santander, Telefónica, Veolia y Vueling. Juan Gabriel Vásquez es escritor. Publicado en El País.




















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DEL POEMA SEMANAL: HOY, LA MALA REPUTACIÓN, DE GEORGE BRASSENS (1921-1981)

 







LA MALA REPUTACIÓN




En mi pueblo sin pretensión


Tengo mala reputación,


Haga lo que haga es igual


Todo lo consideran mal,


Yo no pienso pues hacer ningún daño


Queriendo vivir fuera del rebaño;


No, a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


No, a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Todos todos me miran mal


Salvo los ciegos es natural.


Cuando la fiesta nacional


Yo me quedo en la cama igual,


Que la música militar


Nunca me pudo levantar.


En el mundo pues no hay mayor pecado


Que el de no seguir al abanderado


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Todos me muestran con el dedo


Salvo los mancos, quiero y no puedo.


Si en la calle corre un ladrón


Y a la zaga va un ricachón


Zancadilla doy al señor


Y he aplastado el perseguidor


Eso sí que sí que será una lata


Siempre tengo yo que meter la pata


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Tras de mí todos a correr


Salvo los cojos, es de creer.


Ya sé con mucha precisión


Como acabará la función


No les falta más que el garrote


Pa’ matarme como un coyote


A pesar de que no arme ningún lío


Con que no va a Roma el camino mío


Que a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Que a le gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Tras de mí todos a ladrar


Salvo los mudos es de pensar.




GEORGE BRASSENS (1921-1981)

poeta y canta-autor francés





***





Georges Brassens (Sète, Languedoc-Rosellón, Francia, 22 de octubre de 1921-Saint-Gély-du-Fesc, cerca de Montpellier, 29 de octubre de 1981) fue un cantautor francés, exponente relevante tanto de la chanson française como de la trova anarquista del siglo XX. Alcanzó la fama gracias a las melodías de sus canciones, sencillas y elegantes; y a sus letras, variadas y elaboradas. Se le considera uno de los mejores poetas franceses de la posguerra (ganó el Premio Nacional de Poesía). Puso música a poemas de muchos otros escritores, como Louis Aragon, Victor Hugo, Jean Richepin, François Villon y otros. Fuera de su país, actuó en Suiza, Bélgica, Canadá e Inglaterra. Es célebre la grabación en vivo de Brassens cantando en Londres la «Ballade des dames du temps jadis», poema del mencionado Villon donde el autor se pregunta «y qué fue de Juana, la buena lorena que los ingleses quemaron en Rouen».
















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