1.
En los márgenes del libro, allí donde se habla de cultos antiguos y visiones sagradas, hay un árbol que irradia su propia luz. Aparece vestido de hiedra, todo él iluminado, casi como el Dios de un poema de Rilke: «Como Él, de joyas áureas vestido / y como en trono de sol sentado». Habrían de pasar muchos años hasta que la hiedra que lo cubría recibiera un nombre, Hedera helix, pero en aquel tiempo solo era el río de lentejuelas que centelleaban sobre una luz encantada. Roble luminoso: ¿se inclinarían los hombres ante él? Al parecer era así. Otros hombres encontraron en ese árbol resplandeciente (hermano de la zarza ardiente, hija de Urzavista, que otorgó a Moisés la sabiduría divina) una forma de entender su propio destino interior, aquello misterioso que mucho antes de nacer ya les había sido deparado. El destino del hombre era esa luz. Y si el árbol estaba iluminado, entonces el hombre podía estar iluminado también. El árbol se convirtió así en la metáfora sagrada de esa difícil ascensión, el camino a la iluminación espiritual. Motivo por el cual ocupó el centro geométrico de un inmenso jardín, núcleo radiante del bosque salvaje —a veces en llamas— para ese pueblo de antepasados y fantasmas que visitábamos en sueños. Fue el Sefiroth y el Kundalini, el Árbol de la Ciencia y la Cruz de Cristo, fue Yggdrasil, e incluso fue ese árbol trenzado de serpientes que se aparecía revestido de colores en las visiones de los chamanes americanos, y que en Europa hemos visto grabado en escudos, en discos de bronce, en las piedras talladas al borde de un pobre calvero. Reconocemos en el árbol iluminado —miremos hacia arriba: en realidad, todos los árboles están iluminados— esa prolongación del cuerpo al infinito, esa necesidad ardiente de una altura. Situarlo en el centro de nuestro jardín interior es nuestra manera de aceptar que el árbol y el hombre comparten un espacio holístico, que lo sagrado en el árbol concierne muy profundamente a lo sagrado en el hombre, y que el hombre y el árbol pertenecen a una misma familia divina. Certezas que se encuentran, sin embargo, fuera de lugar en un mundo que ha decidido arrancar del camino del progreso las raíces de mandrágora de todo aquello que suena a superstición. Pero si al mirar por mi ventana en dirección a la montaña veo las construcciones artificiales de las (así llamadas) «placas solares», en lugar de los árboles de ayer, ¿qué es lo que puedo pensar que hemos ganado con ello? Se diría que estamos siendo testigos del amanecer en nuestro mundo de un culto siniestro, una especie de alquimia negra.
2.
Hay una (precaria) inmortalidad que parece aguardar al hombre en el paisaje tecnológico, pero su limitada definición sólo abarca la mera prolongación de la vida por medios artificiales, lo que nos lleva al inquietante universo de las piezas prostéticas, los implantes cerebrales y los órganos impresos en 3D que en un futuro quizá no tan lejano sólo pondrán en pie a un triste muñeco accionado por impulsos eléctricos. Sin embargo, frente a nuestra búsqueda artificial y enrevesada, descubrimos con asombro que algunos árboles son perfectamente capaces de alargar su ciclo vital extrayendo los materiales para la supervivencia de su propio cuerpo —sí, cuerpo: la palabra ha venido sola—, y reemplazar de esa manera lo que ya se ha consumido o ha quedado limitado por un continuo desgaste. El árbol abraza su cuerpo antiguo por medio de la corteza que revive en torno a sí, como un hijo que fuera al mismo tiempo su propio padre; como la forma absoluta y más lograda de un mito. Ernst Zürcher —ingeniero forestal y experto en ciencias de la madera— explica ese proceso con estas sencillas palabras:
Se confirma que, en el caso del tejo, cuanto más anciano es el árbol, menor es su crecimiento anual. Los tejos de más edad a menudo muestran un crecimiento anual de su circunferencia de sólo medio centímetro, como el tejo de Dryburgh. La circunferencia del tronco de algunos árboles, pese a la exuberancia de la que estos hacen gala, apenas ha crecido en el transcurso de los últimos siglos. Según Meredith, esta circunstancia se debe, por un lado, a que su tronco está hueco y, por otro, a que el árbol ha desarrollado una o varias raíces aéreas internas. En este caso, de acuerdo con los botánicos, el árbol puede haber formado nuevas hojas axiales a la altura de la corona (reiteraciones), provistas de sus propias raíces, y haber constituido poco a poco un tronco secundario interno. A partir de tales raíces internas, en el tejo de Linton (Hereford) se ha ido desarrollando un tronco secundario, hoy en día pluricentenario, rodeado de un viejo tronco hueco cuya circunferencia ronda los diez metros.
Pensando, una vez más, en los términos de «algo» que trasciende lo visible, árboles tan señeros en los rituales y los cultos de las antiguas religiones como el tejo podrían conservar todavía hoy su condición de «maestros espirituales», o así debería ser si supiéramos extraer las lecciones más importantes de ese proceso de rejuvenecimiento que les permite alargar su vida «consciente» —como equivalente de la vida «visible»— desde su propio interior. Y no puedo evitar entender dicho proceso en términos casi idénticos a lo que se concibe como el desarrollo de la conciencia entre las religiones y las filosofías orientales: es necesario que nos deshagamos de nuestro viejo ego para acceder a los encantamientos de nuestro nuevo yo. ¿El tronco antiguo, entonces, como el puntal de ese tronco interior que conduce a lo divino? ¿Y por qué no? La escalera de Jacob era algo así.
3.
Avanzando por el bosque, uno se siente en un terreno familiar ante todos estos árboles plantados muy cerca de las piedras erigidas por los hombres del pasado, como agujas laboriosamente dispuestas para una especie de acupuntura terrestre. Hablo del libro como un bosque, naturalmente. Al borde de un dosel, Ernst Zürcher se detiene a explicar las investigaciones realizadas por John Burke y Kaj Halberg, y plantea la posibilidad de que en esos alineamientos se estuviera experimentando con la conductividad del electromagnetismo terrestre y el geomagnetismo local1. Más allá de que algo como esto nos obligaría a reconsiderar buena parte de las ideas que nos hemos hecho acerca de las «supersticiones» de nuestros antepasados, la noción de una conductividad producida por la correcta alineación de piedras y árboles supondría darle algún crédito a la hipótesis de las líneas Ley y aceptar que, pese a todo, sí existen unos conductores invisibles para la energía interior y exterior de la tierra, y que esos conductores pueden ser localizados (como los movimientos del agua sumergida para el zahorí que percibe el temblor de la varita de encina) y utilizados como una fuente de energía más; o bien, lo que habría que aceptar es que las piedras erigidas de ese modo, con ayuda de los árboles alineados junto a ellas, podían crear una serie de redes propias que actuaban como nervios conductores. Muchas veces he pensado que estos alineamientos, con piedras de diferentes tamaños colocadas unas detrás de otras, son como un instrumento afinado en distintas frecuencias, una flauta gigante en la que el tamaño equivale a la longitud de onda. Lo que no estamos, tal vez, en condiciones de saber es qué música hicieron sonar. Pero a juzgar por los siglos y las inmensas tierras que cubrieron, lo que sí sabemos es que el alma debía saltar con ella.
En una ocasión, a cincuenta kilómetros de Dinard, descubrí por casualidad uno de esos alineamientos de árboles y piedras en los que Halberg y Burke vieron las primeras manifestaciones del tendido electromagnético, miles de años antes de que Tesla jugara con sus varillas a los pies de la torre obelisco de Wardenclyffe (Long Island). Aquel lugar olvidado se había convertido en un espacio liminal, una puerta abierta entre dos mundos: porque, después de muchos siglos, las raíces del árbol se habían empezado a petrificar.
4.
En la antigüedad, el tejo, cultivado desde el sur hasta el norte de Europa, dio lugar a una religión natural, una que todo el mundo era capaz de entender, y a la que todo el mundo podía responder. No es por casualidad que el tejo fuera el árbol sagrado en lugares tan alejados entre sí como Irlanda y la vieja Iberia, lo que significa que, o tenía una peculiaridad que cualquiera podía percibir (pero tan profunda como para irradiar algo verdaderamente significativo entre quienes se encontraban cerca), o debemos empezar a aceptar la idea de que existe algo, un «campo mórfico», si nos atenemos a la definición del biólogo británico Rupert Sheldrake, que permea nuestra realidad, y que el mundo antiguo se limitó a seguir los hallazgos de algún desconocido precursor que había descubierto una condición singular y especialmente atractiva en el tejo. Es una condición que lo determina o que está determinada por él, y que el tejo no comparte con ningún otro árbol (Robert Graves lo coloca también, por motivos evidentes, en el centro de La Diosa blanca2), y creo que podemos asumir la inquietante experiencia descrita por Albert Kukowka, profesor de Medicina en la Universidad de Greiz de Alemania, como una manera de empezar a confirmarlo: cierto día que se encontraba rodeado de tejos, Kukowka sufrió un desvanecimiento y una sensación de levedad inmediata, un estado de ensueño que puso su conciencia a volar. Al investigar lo sucedido, descubrió que los tejos liberaban un alcaloide cuyos efectos eran parecidos a los de un poderoso alucinógeno, como si el árbol (a semejanza de las diosas que desde la antigüedad llegaron hasta los poemas de Swinburne y Keats) pudiera ser también una adormidera. Pero la historia no era nueva para nosotros. Tiempo atrás se decía —Plinio el Viejo lo dijo, por ejemplo— que quien dormía a la sombra de un tejo ya no volvía a despertar. En Inglaterra se convirtió en el árbol que en los cementerios vigila el sueño de los muertos, y allí seguirán durmiendo mientras haya una cúpula enramada que disperse sobre las tumbas su polvillo dorado. Pero quizá el tejo no sea el único árbol que hace dormir por un instante al viejo ego y trae a la vida, también por un instante, un nuevo yo. Es posible que en general los árboles sean «puertas de percepción», y nos permitan abrir la mente a una especie de realidad aumentada si buscamos en nuestro interior —como extensiones del árbol que somos— las llaves adecuadas. Y ya no hablo del árbol como un sustituto del «maestro espiritual», sino literalmente como el portador de una enseñanza, el guía a un fabuloso mundo de símbolos que, a la manera de esos jardines rescatados por Jorn de Précy, con sus ninfas desmembradas y sus fuentes en ruinas, incomprensiblemente hemos abandonado3.
5.
Y si así fuera, ¿qué pensar entonces de la respuesta que desde los «pasillos de poder» empieza a darse a los incendios que cada verano sufren los bosques de todo el mundo? ¿Qué pensar de las sospechas que parecen despertar los lugares a los que no hace tantos años considerábamos los órganos sensibles del planeta, y no hace tantos siglos atribuíamos un encantamiento? Cada año el mundo pierde miles de árboles, parques naturales y zonas protegidas que tardaremos décadas en recuperar, y eso si el árbol sigue siendo entendido en el futuro no como un ornamento del entorno, no como un mero puntal, ni una pizarra sobre la que clavar la navaja, sino como nuestro hermano en la tierra, y existe la voluntad de respetarlo. ¿Es una sorpresa que este nuevo desastre coincida con el momento en que una parte considerable de las élites políticas han comenzado a extender la idea de que «tenemos demasiados bosques», y que no dejaremos de sufrir incendios como una consecuencia lógica de «nuestra abundancia de árboles»? Se trata sin duda de una aseveración extraordinaria, y, siendo generosos, llama la atención que quienes detentan un poder exclusivo para modificar nuestro entorno a golpe de decreto consideren que la mejor idea para redimir a un árbol de su peor muerte posible consista en matarlo por adelantado. Pero algo similar está sucediendo en el nuevo escenario que poco a poco se va apoderando de lo que antes podíamos considerar un paisaje natural. Cuando, desde mi casa en la montaña, subo hasta la cima y observo el campo que se extiende alrededor, no deja de asustarme la rapidez con que los (así llamados) «paneles solares» están ocupando los lugares abandonados por el destierro forzoso de los árboles. En su libro, Zürcher se detiene a describir la intrincada química que la tierra necesita liberar para poner un solo árbol en pie, y esa energía invisible (un domo electromagnético) que irradia de ellos y de la que depende todo cuanto existe en la naturaleza. Sabemos que los árboles son capaces de crear desde ese domo su propio rocío, su propia lluvia, todo cuanto precisan para inventar su propia vida. Ahora, sin embargo, por todas partes, incluso lejos de las ciudades, nos rodea una nueva cúpula, un enjambre artificial de ondas de radio que (esto también lo sabemos: véase El arcoíris invisible, de Arthur Firstenberg)4 interrumpe las señales de la bóveda natural bajo la cual nació la vida y, por lo tanto, afecta a la vida como la conocemos. Surge así una pregunta inevitable: ¿qué es lo que ha desaparecido en nuestro mundo y (algo mucho más inquietante) en nuestra humanidad para que el político medio y el hombre común, reeducado a fuerza de leyes y decretos, estén cada vez más convencidos de que una «naturaleza natural» es infinitamente menos necesaria que una artificial para nuestra supervivencia material y espiritual? Conviene recordar una premisa que Zürcher sostiene repetidamente en su libro: «La peor catástrofe que los reyes y los pueblos tuvieron que soportar fue la invasión y la tala de sus lugares sagrados». Me pregunto de qué modo cabría describir a los reyes y los pueblos que, en esa «peor de las catástrofes», han decidido con una alegría endemoniada empuñar el hacha.
6.
Árboles sagrados. Árboles como maestros espirituales. Árboles que unen lo que somos con lo que una vez fuimos, o aspiramos todavía a ser. El domo encantado que nos permite ver nuestra propia luz en el centelleo de unas hojas que proyectan sobre nosotros algo más que este mágico vuelo por el cielo, estos rayos de sol. ¿Cómo terminar un viaje así —como diría Octavio Paz—, «árbol adentro»?
Recordaba a Rilke hace un momento, en ese poema sobre la Madre que se llama «Anunciación»:
No estás de Dios más cerca que nosotros;
todos le somos tan lejanos.
Pero maravillosamente están de gracia
llenas tus manos.
No hay manos tan brillantes, tan maduras,
como las que brotan de tus mangas:
yo soy el día, yo soy el rocío,
pero tú eres el árbol.
¿Tú eres el árbol? ¡Pero Rainer! Si somos rocío, entonces también nosotros somos el árbol.
Reseña del libro Los árboles en lo visible e invisible, de Ernst Zürcher. Girona, Ediciones Atalanta, 2025. LORENZO LUENGO ES ESCRITOR. Publicado en Revista de Libros el 20 de marzo de 2026.