viernes, 13 de febrero de 2026

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, VENRES, 13 DE FEBREIRO, EN GALEGO

 







Ola, bos días de novo a todos e feliz venres. Entramos na terceira fin de semana de febreiro, hoxe, venres 13, un día maldito na cultura anglosaxoa, que non nos afecta... Imos coas entradas do blog de hoxe. A primeira trata sobre a lectura como terapia e pracer: No acto de escribir pode haber amargura, angustia e desánimo; na lectura, que eu saiba, só hai felicidade; así o di o escritor e membro da Real Academia Española, Antonio Muñoz Molina. A segunda é unha entrada do blog arquivada de hai exactamente 9 anos, escrita polo historiador Joaquim Coll, e trataba de como España ten un déficit de símbolos pero que nunca é tarde para fortalecer os lazos sentimentais. O poema de hoxe, metade prosa, metade poema, titúlase "O camiño sutil", e é da poeta colombo-española Aurora H. Camero. E a cuarta e última, coma sempre, son as tiras cómicas do blog. Tamaragua, meus amigos. Sede felices, por favor. A Deusa Sorte sorriranos. Bicos. Quérovos, HArendt












ENTRADA NÚM. 9874

DE LA LECTURA COMO TERAPIA Y PLACER

 







En el acto de escribir puede haber amargura, angustia y desánimo; en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad, comenta en El País (07/02/2026) el escritor y académico de la RAE, Antonio Muñoz Molina. Está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado, comienza diciendo. Yo he conocido, como todo el mundo, mis dosis de sinsabores y de infortunios, pero sé que he tenido suerte en las dos o tres cosas fundamentales de la vida. Una de ellas es que nunca me ha faltado el refugio, el consuelo, el vicio, el sustento de la literatura, y de la lectura, para ser más exactos. En el oficio de escribir hay demasiada incertidumbre, y si uno tiene un poco de conciencia crítica es probable que al cabo de un tiempo sienta el remordimiento de los errores cometidos, y que al revisar por encima un libro ya publicado se fije en los descuidos, en las imprecisiones, en los excesos verbales en los que no debía haber incurrido. En Alemania y en Estados Unidos es habitual que en sus presentaciones un autor lea en voz alta algunas páginas del libro recién publicado. Cuando he tenido que hacerlo, he mirado las caras del público temiendo detectar en ellas una aburrida somnolencia, y no se me ha ocurrido otro remedio que suprimir palabras, hasta frases enteras, que de pronto me parecían innecesarias, corregir retrospectivamente lo que podría haber sido mucho mejor.

Puede que la vanidad sea un reflejo de autodefensa en un trabajo tan incierto, pero no estoy seguro, igual que no estoy seguro de que la chulería de ciertos matones sea la máscara de una fragilidad interior. Decía Gore Vidal que nadie debería engañarse con respecto a la apariencia helada que presentaba él al mundo: debajo del hielo había agua muy fría. Así que es posible que debajo de las vanidades hipertróficas que ahora propician las redes sociales lo que se esconda sean capas más profundas de vanidad y tontería, y que detrás de la máscara de esos brutos faltones que andan por ahí lo que haya sea una pura soberbia que, al no ser satisfecha, segregue un refuerzo de resentimiento.

A mí el oficio de escribir me ha causado muchas veces angustia y desánimo, hartazgo de las inercias sinuosas que suelen confundirse con rasgos de estilo, pero, a pesar de todo, lo disfruto tanto que no me imagino haciendo otra cosa en la vida, sobre todo ahora que me voy desprendiendo de tareas accesorias y de la exposición pública que tan fácilmente puede convertir a un escritor en la caricatura de sí mismo, además de quitarle un tiempo que mejor dedicaría a escribir y a leer, y a mirar el mundo con atención y sosiego. Alguien publica algo y vende libros y se pone de moda, y a partir de ese momento se somete a una conspiración colectiva de invitaciones y halagos cuyo propósito es impedirle que vuelva a escribir, o que solo lo haga a toda prisa en un aeropuerto entre dos vuelos o en la habitación de un hotel adonde llegará rendido por el esfuerzo de actuar ante los demás como escritor.

En la lectura no existen esos inconvenientes. Es quizás el único vicio sin castigo, como escribió aquel lector extraordinario, Valery Larbaud, que llevó su maestría en la lectura hasta la hazaña de traducir Ulises al francés. Un traductor es el lector máximo, el que no se pierde ningún matiz, el que llega a conocer el texto mejor que quien lo escribió, porque es posible que le dedique más tiempo. La inteligencia artificial, que al menos en el campo de las humanidades no hace más inteligente a nadie, porque su único propósito es hacer mucho más ricos a los que ya lo son desmesuradamente, está minando sin que lo denuncie nadie el oficio esencial de los traductores, y haciendo todavía más precarias sus vidas. Pero sin ellos no existe el reino maravilloso de la literatura universal, y nuestra humanidad queda mermada y un poco más robotizada. El vicio de la lectura es más barato y accesible que cualquier otro, y carece de efectos secundarios, a no ser que uno, de leer tanto, acabe como don Quijote de la Mancha, pasando “las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio”, pero mucho peor será siempre dejarse la vida y la vista en el brillo helado de una pantalla.

Escribir tiene sus neurosis y sus desengaños, sus peligros diversos que cubren el arco entre la vanidad y la amargura, entre el delirio de la soberbia y la tristeza de quien claudica, no siempre por falta de talento. El talento sin suerte puede mucho menos de lo que sería justo, y en la literatura y en las artes casi todo lo que más brilla es falso. Lo verdadero, cuando brilla, no es porque lo ilumine el foco voluble de la moda, sino porque irradia su propia luz, en un raro fenómeno parecido a la bioluminiscencia.

En el acto de escribir puede haber amargura: en la lectura, que yo sepa, solo hay felicidad. Yo lo descubrí nada más aprender las primeras letras, y hasta hoy. Leía muy despacio y separando las sílabas un libro escolar que se llamaba el Parvulito, y cuando iba por la calle de la mano de mi madre descifraba con satisfacción precoz los letreros de las tiendas y los nombres de las calles. Llegué muy pronto a los tebeos, que en mi tierra llamábamos Pulgarcitos, y con ellos conocí tempranamente el deleite unas veces ensimismado y otras compartido de leer durante mucho rato, de encontrarme en una fraternidad de lectores como yo y de seres imaginarios. Un niño no sabe que las películas tienen director, y que las historias que tanto le gustan han sido escritas y también dibujadas por alguien. Solo muchos años después hemos descubierto nuestra deuda de gratitud con los historietistas que trabajaban como galeotes para la editorial Bruguera, Ibáñez, Segura, el inmenso Escobar, que introducía un alma anarquista y satírica en sus viñetas de Carpanta y de Zipi y Zape. Y tampoco sabíamos que los autores de las novelillas del oeste, de espías y extraterrestres que comprábamos en los kioscos, aunque firmaban con sonoros nombres americanos,— Edward Goodman, Clark Carrados, Silver Kane, Lou Carrigan— eran veteranos de guerra del bando republicano, expulsados de sus profesiones, salidos de las cárceles, sobreviviendo como podían, anónimos a la fuerza.

Dice Simone Weil que de algunas de nuestras mejores acciones no llegamos a enterarnos, espléndido reverso para los que hacen ostentación de las suyas. Si yo tuviera que hacer una lista de agradecimientos como las que se ponen a veces al final de los libros, no habría páginas suficientes para completarla. Salvo en alguna época universitaria en la que me forcé sin éxito a traspasar espesas arideces teóricas, solo he leído y leo por curiosidad y por placer. Aprender otros idiomas me ha servido para ensanchar el horizonte de las lecturas y para aumentar el placer cuando me ha sido posible leer en su lengua original a algunos autores que ya amaba traducidos a la mía. Hay personas que me dicen que con el paso de los años han ido perdiendo la afición por las novelas, y prefieren ahora la no ficción. Durante un tiempo pensé que empezaba a pasarme eso, pero ha sido lo contrario. Herman Melville, Henry James, Conrad, Pérez Galdós, Flaubert, George Eliot, Charlotte Brontë, Flaubert, Virginia Woolf, Joyce, Proust, Flannery O’Connor, Katherine Mansfield, me gustan más que nunca, a medida que llego o que regreso a ellos. Pero también disfruto más que nunca de la poesía, y de libros de historia, de arqueología, de divulgación científica, de memorias, sin más orden ni más hilo conductor que la satisfacción de la curiosidad y el deleite de lo muy bien escrito. Creo que era Schumann quien decía que, habiendo tanta música buena, no queda tiempo para escuchar música mala. Al cabo de más de 60 años dedicado a ella, no conozco mejor ventana al mundo ni refugio contra el mundo que la lectura. Es una parte de la escondida senda que soñaba Fray Luis de León. Yo tuve la suerte de encontrarla muy pronto.


























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, FEDERALISMO EMOCIONAL. PUBLICADO EL 12/02/2017

 










España tiene un déficit de símbolos pero nunca es tarde para reforzar vínculos sentimentales, escribe en El País (12/02/2017) el historiador Joaquim Coll. La escasa penetración popular del federalismo en España, tras décadas de enconados debates territoriales, dice mucho de su débil fuerza propagandística frente a la enorme carga emocional de los nacionalismos, comienza diciendo. El discurso federal aparece demasiado frío, racionalista, un sesudo asunto solo al alcance de catedráticos de derecho constitucional, y por ello incapaz de ganar la partida a las pasiones identitarias que sacuden la política española. Sin embargo, algunos creemos que podría ser diferente si se articulase con eficacia una narrativa federal que incluyera también los valores, emociones y sentimientos del proyecto común español.

Las razones de ese fracaso son achacables a muchos motivos. De entrada, el federalismo en España es la historia de una malentendido. La cultura política de la derecha lo ha asociado al cantonalismo, la disgregación, a veces incluso a la antesala de la separación. En la izquierda, o por lo menos en una parte de ella, particularmente en Cataluña, se ha tendido a confundir el federalismo con algo parecido a la confederación, invocando incluso en su nombre el falaz derecho a decidir. La reciente interlocutoria del Tribunal Constitucional alemán sobre la imposibilidad de que los Länder celebren referéndums de secesión demuestra el carácter unitario del sistema federal. A diferencia de la confederación, el federalismo es una unión integrada, cohesionada y solidaria. Por un lado, garantiza un autogobierno sustantivo a los entes territoriales, pero también requiere cooperación, es decir, exige implicar y hacer participe a esas unidades federadas de la voluntad general de la federación.

La ciencia política internacional cataloga nuestro modelo autonómico como federal, aunque no se diga así. En cambio, en el debate político español las cosas no parecen tan claras y el vocablo federal suscita inacabables discusiones. Cuanto menos se puede afirmar que el diseño territorial nacido en 1978 reúne la mayoría de los elementos de un Estado federal, como demuestran los sólidos niveles de autogobierno de las autonomías, por encima de la mayoría de las federaciones contemporáneas. Sin embargo, nuestro Estado de las autonomías tiene problemas de coherencia y estabilidad evidentes, como puso de manifiesto el Consejo de Estado en un famoso informe en 2006. No es momento de enumerarlos ni de ahondar en el abanico de soluciones. Está todo dicho en la literatura académica. Ahora solo falta que haya capacidad y voluntad política para encontrar el mejor momento que nos conduzca a votar todos juntos una reforma constitucional hecha desde el consenso.

La ciencia política internacional cataloga nuestro modelo autonómico como federal, aunque no se diga así

Ahora bien, cualquier mejora que se produzca en un sentido federal necesitará dotarse de una narrativa que vaya más allá de un discurso que mezcle lo político con lo jurídico. Si se quiere dar plena coherencia a un fuerte deseo de autogobierno territorial que no ponga en riesgo el principio de unidad, reforzando los espacios de cooperación, la solución se llama federalismo. Para ello es imprescindible que la derecha pierda el miedo a llamar a la cosas por su nombre y asuma que la España federal, bien articulada, es la identidad más útil en la lucha contra los secesionismos. El federalismo no puede ser una propuesta exclusiva de la izquierda.

La mayoría de las grandes democracias se organizan federalmente (Estados Unidos, Canadá, Australia, Suiza o Alemania). El federalismo conjuga bien con principios y valores como unidad, diversidad, solidaridad, responsabilidad, cooperación o lealtad, que permiten a cada grupo ideológico enfatizar lo que le parezca más relevante sin prescindir del resto. Pero el federalismo seguirá fracasando como discurso político en España si pretende construir una comunidad hiperracional. Manuel Arias Maldonado ha explicado brillantemente en Democracia sentimental (2016) el valor de las emociones en la lucha política. El papel de los símbolos es imprescindible, más aún para hacer frente a unos nacionalismos obsesionados en exaltar su identidad.

España tiene un evidente déficit de símbolos y fiestas cívicas, pero nunca es tarde para redefinir y fortalecer elementos que actúen de pegamento sentimental. La mejor prueba de este potencial es que nuestro país es una realidad internacionalmente reconocida por su historia, cultura, gastronomía, geografía o deportes. Falta reelaborar todos estos materiales y proyectarlos con inteligencia en el interior. También la propia diversidad lingüística puede ser una seña de identidad compartida. El orgullo por el carácter plurilingüe de España, sin menoscabo de la lengua común, puede suministrar parte de la emoción que requiere nuestro federalismo.
















DEL POEMA DE CADÍA. HOY, LA VÍA SUTIL, DE AURORA H. CAMERO

 







LA VÍA SUTIL



Llamamos al amor desde cuerpos diferentes. cambian las amantes bajo el mismo nombre. decimos amor, recordando… el cuerpo se vacía (por un instante). llamamos al amor desde orificios húmedos. sus mil manos a lo largo del sueño. sus mil treguas a lo largo del placer. llamamos con la misma insistencia, pero cambian las amantes. como un recordatorio de los dedos que no están allí. de la dicha que acabó. del ángel mudo. decimos amor, recordando… sin fuerza llamamos, otra vez. a lo largo del sueño doloroso y los placeres dolorosos. deseando más placer, pero los cuerpos se vacían (súbitamente, sin ángel). llamamos al amor esperando que responda. imitamos el silencio. el corazón sigue girando. no sabemos elegir.


Mi piel reconoce su intimidad en los objetos. el placer es una herida que yo abro (en el fondo me recibe la estrechez). hay huéspedes hostiles, en mi sangre ellos dibujan. rostro en la pizarra, triste rostro en descomposición. el mapa de esta herencia traza caminos púrpura. yo escribo una costura que me renombre. estoy cubierta de aprendizaje


Tumbada boca abajo   la espalda arqueada mi nariz toca su clítoris permanecemos juntas (un buen rato)   su cuerpo lleno de ventanas amarillas   huellas   cardinales como incendios subterráneos   yo recojo tu ceniza (me alimento del relato)   extranjera   y las ciudades como un texto de humo   en mi pecho   los caracoles tiemblan   (partenogénesis)   su clítoris curvándose más alto   aspiro la húmeda respuesta de raíces.


Imagina


que pinto en tus uñas


cada día


la ruta de sangre


de mi niña


delirio.




Al final


una nunca elige


suspendida


en corazones verticales.




AURORA H. CAMEJO (1994)

poetisa colombiano-española



























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 13 DE FEBRERO DE 2026

 

























jueves, 12 de febrero de 2026

SALUTACIONES EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY JUEVES, 12 DE FEBRERO, EN CASTELLANO

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Sigue la ola de frío y lluvias en la Península y de frío en las islas Canaria; yo, al menos, no recuerdo un invierno más frío que éste en los 59 años que llevo viviendo en esta tierra paradisíaca. Vamos con las entradas del blog de hoy. La primera va del funambulismo de la vida: Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando, comenta en ella el escritor Juan José Millás. La segunda es un archivo del blog de diciembre de 2016 sobre la polémica que el uso del concepto de “Nación de naciones” para referirse a España se había levantado: Nada impide que una palabra se refiera al conjunto y a las partes, del mismo modo que México o Alemania son Estados formados por Estados, escribía el filólogo Álex Grijelmo, y por tanto nada impide desde el punto de vista del lenguaje que España se denomine “nación de naciones”, y que el término “nación” se refiera al conjunto y a la vez a todas o algunas de sus partes. El poema del día, en la tercera, se titula Futilidad, y esta escrito por el gran poeta británico Wilfred Owen, muerto a los 25 años en la I Guerra Mundial. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor del día. Tamaragua, amigos míos. Sean felices, y que la diosa Fortuna nos bendiga. Hasta mañana. Besos. Les quiero. HArendt





















ENTRADA NÚM. 9869

DEL FUNAMBULISMO DE LA VIDA

 







Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando, comenta en El País (06/02/2026) el escritor Juan José Millás. Leo en El actor y la diana, comienza diciendo, un curioso manual para intérpretes de Declan Donnellan, que el futuro es el territorio de la ansiedad y el pasado el de culpa. Son barrios mal iluminados los dos, se me ocurre a mí. El futuro es ese vecino con grandes ideas que nunca paga los recibos de la comunidad. El pasado te da conversación, pero te cobra caro los recuerdos. Entre ambos, el presente no sabe si ponerse corbata o salir en chándal. Estamos entrenados para vivir en diferido. En la escuela nos enseñaron a preparar el futuro; en casa, a no repetir los errores del pasado. Nadie nos explicó qué hacer con el ahora, ese trozo de tiempo que no cotiza en Bolsa.

Los autores de libros de autoayuda hablan de “vivir el presente”, pero suelen hacerlo con tono de almanaque zen. Y no: el presente no es amable, es un animal salvaje que muerde cuando le das la espalda. Requiere una cierta valentía doméstica apagar la alarma del miedo, la notificación de la culpa, y quedarse un rato en silencio, sin prometer nada a nadie, ni siquiera a uno mismo. El mercado, que todo lo administra, también gestiona el tiempo. Nos vende la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo, el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación.

Pero a veces ocurre un milagro: un minuto se escapa del sistema. Estás tomando café y, de pronto, no debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El aire pesa lo justo, la taza brilla como si acabaran de inventarla. Dura poco, claro, pero ese instante tiene más verdad que todas las promesas del porvenir juntas. Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando. Vivir es un ejercicio de funambulismo en la delgada cuerda del presente, cuyos cabos permanecen amarrados al futuro y al pasado, es decir, y volvemos al principio, a la ansiedad y la culpa.



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, NACIÓN DE NACIONES. PUBLICADO EL 04/12/2016





 


Nada impide que una palabra se refiera al conjunto y a las partes, del mismo modo que México o Alemania son Estados formados por Estados, escribe en El País de hoy el filólogo y escritor Álex Grijelmo. Un mismo vocablo puede designar el todo y a la vez una de sus partes. El brazo está integrado por el antebrazo y el brazo; el día, por la noche y el día; el mar y la tierra forman parte de la Tierra. Y de igual manera, el espacio en blanco entre palabras es un no signo que funciona como signo. Ese no signo (ausencia de todo rasgo) se convierte en signo para que con él diferenciemos bien entre “un barco chino” y “un bar cochino”; entre “dígalo, sin vergüenza” y “dígalo, sinvergüenza”. Por tanto, el signo y el no signo son igualmente signos, del mismo modo que el brazo está incluido en el brazo, el día está incluido en el día, la tierra está incluida en la Tierra y “correveidile” o “tentempié” son palabras de palabras.

En cordial analogía con todo eso, la Constitución española de 1837 mencionaba a “las Españas” que forman parte de España. Esta expresión en plural se inventó y se aplicó mucho antes del descubrimiento de América, a fin de evocar el reino de reinos que nuestra historia describe. Por tanto, nada impide desde el punto de vista del lenguaje que España se denomine “nación de naciones”, y que el término “nación” se refiera al conjunto y a la vez a todas o algunas de sus partes, del mismo modo que México o Alemania son Estados formados por Estados.

El acuerdo entre los socialistas y los nacionalistas vascos ha devuelto a la playa la palabra “nación”, y quizás convenga por ello recordar su trayectoria. “Nación” procede del latín natio, término que significaba en la lengua romana “lugar de nacimiento”. Así, cuando Espronceda califica de “aragonés de nación” a aquel buen soldado “amigo de la guerra, de las mozas y, sobre todo, de la bota” no está diciendo que Aragón fuera una nación (que también podría), sino que el soldado había nacido allí. (Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar, 1834). De igual manera, cuando antaño se definía a alguien como “ciego de nación” se quería decir que se trataba de un ciego de nacimiento.

El primer diccionario académico, el Diccionario de Autoridades (1734), define “nación” en primer lugar como “acto de nacer”; y ya en segunda acepción indicaba: “La colección de los habitadores en alguna Provincia, País o Reino”.

“Nación” sirvió también en el lenguaje popular del siglo XVIII para referirse a un extranjero. Si en un barrio de Madrid se veía a un rubio alto y de ojos azules, cualquiera podía decir “parece nación”.

Hasta 1852 no le añadió la Academia a “nación” la idea de entidad política. En 1884 asentaría más ese clavo, y además en la primera acepción: “Estado o cuerpo político que reconoce un centro común supremo de gobierno”. La definición vigente ahora, sin perder las acepciones históricas (acto de nacer, origen personal), empieza precisando así los significados más actuales:

“1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno”. “2. Territorio de una nación”. “3. Conjunto de personas de un mismo origen que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”.

Este cuerpo de acepciones permite hablar, por tanto, de “nación de naciones” para referirse a España, y considerar que el País Vasco o Cataluña lo son también. Si el sentimiento general de un pueblo reclama para sí la palabra “nación”, no será la lengua castellana quien se lo niegue.


















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, FUTILIDAD, DE WILFRED OWEN

 







FUTILIDAD



Muévelo hacia el sol—

su contacto lo despertó dulcemente una vez,

en casa, con los susurros de los campos a medio sembrar.

El sol siempre lo despertó, incluso en Francia,

hasta esta mañana, hasta esta nieve.

Si existe algo que ahora pueda despertarlo

el viejo y amable sol sabrá cómo hacerlo.


Piensa en cómo despierta a las semillas—

en cómo una vez despertó la superficie de una fría estrella.

¿Son sus extremidades, tan cuidadosamente concebidas, sus costados

recorridos por los nervios y aún calientes, tan difíciles de mover?

¿Para esto se alzaron las formas del mundo?

—Oh, ¿qué llevó al esfuerzo fatuo de la luz solar

a quebrar el sueño de la tierra en su totalidad?



WILFRED OWEN (1893-1918)

poeta británico