jueves, 12 de febrero de 2026

SALUTACIONES EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY JUEVES, 12 DE FEBRERO, EN CASTELLANO

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Sigue la ola de frío y lluvias en la Península y de frío en las islas Canaria; yo, al menos, no recuerdo un invierno más frío que éste en los 59 años que llevo viviendo en esta tierra paradisíaca. Vamos con las entradas del blog de hoy. La primera va del funambulismo de la vida: Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando, comenta en ella el escritor Juan José Millás. La segunda es un archivo del blog de diciembre de 2016 sobre la polémica que el uso del concepto de “Nación de naciones” para referirse a España se había levantado: Nada impide que una palabra se refiera al conjunto y a las partes, del mismo modo que México o Alemania son Estados formados por Estados, escribía el filólogo Álex Grijelmo, y por tanto nada impide desde el punto de vista del lenguaje que España se denomine “nación de naciones”, y que el término “nación” se refiera al conjunto y a la vez a todas o algunas de sus partes. El poema del día, en la tercera, se titula Futilidad, y esta escrito por el gran poeta británico Wilfred Owen, muerto a los 25 años en la I Guerra Mundial. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor del día. Tamaragua, amigos míos. Sean felices, y que la diosa Fortuna nos bendiga. Hasta mañana. Besos. Les quiero. HArendt





















ENTRADA NÚM. 9869

DEL FUNAMBULISMO DE LA VIDA

 







Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando, comenta en El País (06/02/2026) el escritor Juan José Millás. Leo en El actor y la diana, comienza diciendo, un curioso manual para intérpretes de Declan Donnellan, que el futuro es el territorio de la ansiedad y el pasado el de culpa. Son barrios mal iluminados los dos, se me ocurre a mí. El futuro es ese vecino con grandes ideas que nunca paga los recibos de la comunidad. El pasado te da conversación, pero te cobra caro los recuerdos. Entre ambos, el presente no sabe si ponerse corbata o salir en chándal. Estamos entrenados para vivir en diferido. En la escuela nos enseñaron a preparar el futuro; en casa, a no repetir los errores del pasado. Nadie nos explicó qué hacer con el ahora, ese trozo de tiempo que no cotiza en Bolsa.

Los autores de libros de autoayuda hablan de “vivir el presente”, pero suelen hacerlo con tono de almanaque zen. Y no: el presente no es amable, es un animal salvaje que muerde cuando le das la espalda. Requiere una cierta valentía doméstica apagar la alarma del miedo, la notificación de la culpa, y quedarse un rato en silencio, sin prometer nada a nadie, ni siquiera a uno mismo. El mercado, que todo lo administra, también gestiona el tiempo. Nos vende la ansiedad en cómodos plazos y la culpa en forma de nostalgia. Corremos hacia el futuro para pagar las deudas del pasado. De este modo, el presente se convierte en un pasillo, no en una habitación.

Pero a veces ocurre un milagro: un minuto se escapa del sistema. Estás tomando café y, de pronto, no debes nada al pasado ni temes nada del futuro. El aire pesa lo justo, la taza brilla como si acabaran de inventarla. Dura poco, claro, pero ese instante tiene más verdad que todas las promesas del porvenir juntas. Quizá la salida no sea vencer la ansiedad ni expiar la culpa, sino burlarlas: guiñar un ojo al miedo y seguir andando. Vivir es un ejercicio de funambulismo en la delgada cuerda del presente, cuyos cabos permanecen amarrados al futuro y al pasado, es decir, y volvemos al principio, a la ansiedad y la culpa.



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, NACIÓN DE NACIONES. PUBLICADO EL 04/12/2016





 


Nada impide que una palabra se refiera al conjunto y a las partes, del mismo modo que México o Alemania son Estados formados por Estados, escribe en El País de hoy el filólogo y escritor Álex Grijelmo. Un mismo vocablo puede designar el todo y a la vez una de sus partes. El brazo está integrado por el antebrazo y el brazo; el día, por la noche y el día; el mar y la tierra forman parte de la Tierra. Y de igual manera, el espacio en blanco entre palabras es un no signo que funciona como signo. Ese no signo (ausencia de todo rasgo) se convierte en signo para que con él diferenciemos bien entre “un barco chino” y “un bar cochino”; entre “dígalo, sin vergüenza” y “dígalo, sinvergüenza”. Por tanto, el signo y el no signo son igualmente signos, del mismo modo que el brazo está incluido en el brazo, el día está incluido en el día, la tierra está incluida en la Tierra y “correveidile” o “tentempié” son palabras de palabras.

En cordial analogía con todo eso, la Constitución española de 1837 mencionaba a “las Españas” que forman parte de España. Esta expresión en plural se inventó y se aplicó mucho antes del descubrimiento de América, a fin de evocar el reino de reinos que nuestra historia describe. Por tanto, nada impide desde el punto de vista del lenguaje que España se denomine “nación de naciones”, y que el término “nación” se refiera al conjunto y a la vez a todas o algunas de sus partes, del mismo modo que México o Alemania son Estados formados por Estados.

El acuerdo entre los socialistas y los nacionalistas vascos ha devuelto a la playa la palabra “nación”, y quizás convenga por ello recordar su trayectoria. “Nación” procede del latín natio, término que significaba en la lengua romana “lugar de nacimiento”. Así, cuando Espronceda califica de “aragonés de nación” a aquel buen soldado “amigo de la guerra, de las mozas y, sobre todo, de la bota” no está diciendo que Aragón fuera una nación (que también podría), sino que el soldado había nacido allí. (Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar, 1834). De igual manera, cuando antaño se definía a alguien como “ciego de nación” se quería decir que se trataba de un ciego de nacimiento.

El primer diccionario académico, el Diccionario de Autoridades (1734), define “nación” en primer lugar como “acto de nacer”; y ya en segunda acepción indicaba: “La colección de los habitadores en alguna Provincia, País o Reino”.

“Nación” sirvió también en el lenguaje popular del siglo XVIII para referirse a un extranjero. Si en un barrio de Madrid se veía a un rubio alto y de ojos azules, cualquiera podía decir “parece nación”.

Hasta 1852 no le añadió la Academia a “nación” la idea de entidad política. En 1884 asentaría más ese clavo, y además en la primera acepción: “Estado o cuerpo político que reconoce un centro común supremo de gobierno”. La definición vigente ahora, sin perder las acepciones históricas (acto de nacer, origen personal), empieza precisando así los significados más actuales:

“1. Conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo Gobierno”. “2. Territorio de una nación”. “3. Conjunto de personas de un mismo origen que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común”.

Este cuerpo de acepciones permite hablar, por tanto, de “nación de naciones” para referirse a España, y considerar que el País Vasco o Cataluña lo son también. Si el sentimiento general de un pueblo reclama para sí la palabra “nación”, no será la lengua castellana quien se lo niegue.


















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, FUTILIDAD, DE WILFRED OWEN

 







FUTILIDAD



Muévelo hacia el sol—

su contacto lo despertó dulcemente una vez,

en casa, con los susurros de los campos a medio sembrar.

El sol siempre lo despertó, incluso en Francia,

hasta esta mañana, hasta esta nieve.

Si existe algo que ahora pueda despertarlo

el viejo y amable sol sabrá cómo hacerlo.


Piensa en cómo despierta a las semillas—

en cómo una vez despertó la superficie de una fría estrella.

¿Son sus extremidades, tan cuidadosamente concebidas, sus costados

recorridos por los nervios y aún calientes, tan difíciles de mover?

¿Para esto se alzaron las formas del mundo?

—Oh, ¿qué llevó al esfuerzo fatuo de la luz solar

a quebrar el sueño de la tierra en su totalidad?



WILFRED OWEN (1893-1918)

poeta británico

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUVES, 12 DE FEBRERO DE 2026

 








































miércoles, 11 de febrero de 2026

SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIMECRES, 11 DE FEBRER, AL CATALÀ

 







Hola, bon dia de nou a tots i feliç dimecres, 11 de febrer de 2026. Benvinguts a la meva terra, la meva pàtria petita, estimada sempre, les illes Canàries, que aquests dies celebra les seves festes més estimades i admirades: el Carnaval. Però anem amb les entrades d?avui. La primera, escrita pel filòsof Josep Ramoneda, on ens descriu l'alarmant impotència d'Europa davant l'avenç de les forces reaccionàries encoratjades per Trump. La segona és un arxiu del bloc del novembre del 2017, escrita pel professor Rafael Navarro-Valls, el dia que es complien els 54 anys de l'assassinat del president Kennedy, en què intentava respondre a l'interrogant, que encara persisteix, sobre qui el va matar. La tercera és un bell i intrigant poema en prosa, titulat El verí de l'aire, de l'escriptor espanyol Juan Miguel de los Ríos. I la quarta i última, com sempre, són les vinyetes d'humor del bloc. Sigueu feliços, si us plau, lluitin per això, que val la pena. Tamaragua, amics meus. Petons. Els vull. HArendt












ENTRADA NÚM. 9864

DE LOS REHENES DE LA EXTREMA DERECHA

 








La impotencia de Europa ante el avance de las fuerzas reaccionarias, alentado por Trump, resulta alarmante, escribe en El País (06/02/2026) el filósofo Josep Ramoneda. 

1. El auge de las extremas derechas europeas coincide con una regresión de las izquierdas, cada vez más descoloridas en un momento en que la palabra socialdemocracia es casi un tabú. Las cosas no ocurren por casualidad, y la ruptura con la tradición democrática que representa Donald Trump, y que viene arrastrando a amplios sectores con la furia con la que el presidente estadounidense pretende romper las normas establecidas situándose más allá de la legalidad, pone en evidencia los fracasos y las ligerezas no sólo de Estados Unidos sino también de las democracias europeas, que están pasando de la naturalidad de las alternancias al ruido populista. Y España va camino de ser un ejemplo canónico de esta evolución, que en el fondo no es más que el resultado de una transición en los poderes económicos que impone cambios políticos reactivos, en detrimento de las instituciones democráticas. El tabú ha caído al primer envite: el PP ya asume que va de la mano con Vox para alcanzar el poder.

Los populismos acechan, con una novedad interesante ensayada por Trump: las fronteras geográficas y políticas se desdibujan a la hora de imponer la lógica del más fuerte. El caso de Venezuela es ahora mismo referencial, y sus próximas secuencias pueden ser indiciarias de una estrategia que pone los resultados por delante de las afinidades. La pregunta es si estamos en el principio de una era en la que los populismos adquieren una nueva dimensión o al final de un intento —el proyecto de Trump— que puede explosionar en cualquier momento. En buena parte, dependerá del rendimiento que hayan obtenido quienes le auparon.

De momento, las fronteras, tanto las geográficas como las políticas, ya no son lo que eran. El más fuerte se otorga licencia para cruzar. Trump da un golpe militar espectáculo que se interpreta como el intento de tumbar al chavismo. En la lógica del golpismo capitalista, la derecha venezolana daba por hecho que se abría su turno. Y resulta que Trump tenía atado al chavismo, en una operación que cada vez da más síntomas de apaño pactado. Para celebrarlo, es decir, para dar por sellada la apuesta, Delcy Rodríguez proclama una amnistía, y la derecha venezolana entra en estado de perplejidad. No nos adelantemos. Estos cambios de relato pueden dar todavía muchos giros. Pero lo cierto es que Trump ha dejado claro que lo que le importa es el resultado —la industria venezolana del petróleo al servicio de los inversores americanos— y que no tiene ningún empacho en dar nueva vida a los enemigos si se aprestan a compartir el trabajo sucio y se pliegan a sus exigencias, garantizando el control del país. Continuará. Lo que de momento está claro es que Trump ha descolocado al personal. ¿Le seguirán los poderes americanos que le entronizaron? Al final, acabar con los debates ideológicos e imponer la ley al que se adapta, independientemente de su pasado, puede ser una forma ventajosa de explotación.

2. Conforme al modelo puesto en marcha, el presidente estadounidense, quizás con excesivo desparpajo, pero esa es su manera de estar en el mundo, anticipó la próxima conquista: Groenlandia. La reacción de Europa no ha dejado de transmitir señales de inseguridad y miedo. Sin embargo, la amenaza se ha enfriado. ¿Hasta cuándo? En buena parte, la clave de esta historia está en si hay trumpistas después de Trump. O si muerto el jefe se acabó la rabia. Pero el lado visible del espectáculo no debería provocar una cierta negación de la realidad. Y esta, como se ve diariamente, evidencia que el autoritarismo está capitalizando la impotencia de la socialdemocracia, incapaz de defender el marco de libertades y bienestar que parecía consolidado en Europa.

Desconcertadas por las incertezas que las abruman, empezando por el derecho a la vivienda y al trabajo, las clases medias y populares buscan alternativas, y ahí están las extremas derechas atrayendo al personal con el ruido aportado por la histeria nacionalista y señalando a la inmigración —por otra parte, sin problema para explotarla cuando la necesitan— como la amenaza que se come el bienestar de los ciudadanos. Es la criminalización de los extranjeros que vienen a apoderarse de nuestras tierras, convertidos en responsables de cualquier desgracia que nos aceche.

3. En Europa, las derechas aceleran en esta dirección: claudican a diario ante Trump y renuncian a la más elemental autonomía, sin que las izquierdas capitalicen la situación. Hemos llegado a un punto en que, ahora mismo, el Gobierno de Pedro Sánchez pasa por ser uno de los raros reductos de la socialdemocracia. Mientras, Vox se las promete felices robándole espacio al PP y ganando reconocimiento entre jóvenes y mayores, con Feijóo a remolque, incapaz de plantar cara a Abascal. Transmite la sensación de que le compra parte del discurso, olvidando que el votante por lo general prefiere el original a la copia.

La impotencia de Europa es alarmante, atenazada entre Estados Unidos y Rusia, que lidian su duelo pasando por encima de una Unión Europea cada vez más convertida en patética y resignada espectadora de lo que se le viene encima. Lo vemos en España: la derecha se enfrasca en la descalificación permanente del adversario, Sánchez en este caso, con el PP cada vez más entregado al seguidismo de la extrema derecha, que es la enfermedad que se ha ido contagiando en Europa, ante la desfiguración acelerada de las derechas tradicionales (conservadores, liberales y democratacristianos), que, junto con la socialdemocracia, eran los pilares de la Unión. ¿Hasta dónde alcanzará esta deriva? Una reacción contra Trump de la sociedad estadounidense en las próximas elecciones legislativas podría ser un indicio de que aún no está todo perdido.



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, ¿QUIÉN MATÓ A KENNEDY? PUBLICADO EL 22/11/2017 (REVISADA)

 







Hoy, 22 de noviembre de 2017, se cumplen 54 años del asesinato del presidente de los Estados Unidos de América, John F. Kennedy. Como los lectores asiduos de Desde el trópico de Cáncer saben (y mi hija Ruth me reprocha cariñosamente) cada año, por estas mismas fechas, suelo recrear la experiencia que ese hecho de la historia del mundo significó para mí. Este año no lo hago, aunque les dejo aquí el enlace a la última entrada que dediqué a la efeméride y cuya visita me permito recomendar a aquellos lectores que no hayan sufrido aún mi incontinencia literaria kennedyana.

En su lugar subo al blog el artículo que sobre el asesinato de Kennedy y las teorías conspiratorias que en torno al mismo siguen proliferando, publicó hace unas semanas en El Mundo el profesor Rafael Navarro-Valls, catedrático emérito de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid y vicepresidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación. 

Nos espera una buena: ¡otra avalancha bibliográfica sobre John F. Kennedy!, comienza diciendo el profesor Navarro-Valls. Si 40.000 es aproximadamente el número de ensayos, libros y artículos escritos hasta ahora en torno al presidente asesinado en Dallas, la desclasificación documental ordenada por Donald Trump (2.891 documentos publicados, más 200 a punto de hacerse) -que previsiblemente serán devorados por una nube de comentadores, incluido un servidor- hará elevar en flecha ese número.

Siempre he sostenido que la pregunta ¿quién mató a Kennedy? debería sustituirse por ¿quién era en realidad Kennedy? A esta segunda pregunta he intentado responder en otro trabajo, resaltando las luces y las sombras del malogrado presidente. Baste decir aquí que los tres balazos que acabaron con JFK en una calle de Dallas fueron el principio de una leyenda en la que, como suele ocurrir, hechos superpuestos a la objetividad de la persona fueron creando una neblina, que enterró al personaje entre los destellos pirotécnicos de la emotividad. Era inevitable que la figura del joven presidente fuera engrandecida por todos aquellos a los que hizo soñar con un mundo nuevo.

Ahora -ante la mencionada desclasificación- conviene detenerse en la primera pregunta, ¿quién mató a Kennedy? Hay dos cuestiones en juego: 1) Si Oswald fue el único tirador de las tres balas disparadas; 2) Si hubo conspiración-extranjera o interna- en el asesinato del 23 de noviembre. Adelanto que, en mi opinión, es claro que el único tirador cuyas balas hicieron explotar el cráneo y la garganta de Kennedy fue el atormentado Lee Harvey Oswald.

El rifle Carcano utilizado contra Kennedy lo compró Oswald bajo el nombre ficticio de A. J. Hidell. Sus huellas aparecen claramente en el fusil, y en los libros en que lo apoyó en la ventana del depósito de libros escolares del Texas School Book Depository. La prueba de parafina es también concluyente: no hay duda de que Oswald disparó, al menos, un arma. Su mujer, Marina, admitió que el fusil utilizado para asesinar al presidente era de su marido. Precisamente, entre los documentos encontrados aparece una fotografía en la que el antiguo marine posa con las armas requisadas: el rifle con el que disparó contra el presidente y el revolver con el que asesinó poco después al agente Tippit, un oficial de policía que trabajaba en el Departamento de Policía de Dallas, y que dio el alto a Oswald 45 minutos después del asesinato de Kennedy. Varios testigos afirmaron que un hombre «joven, blanco y delgado» era el que disparaba desde una ventana del sexto piso, que hace ángulo entre Elm Street y Houston Street, con vistas perfectas sobre la caravana presidencial. En fin, en rueda de testigos, fue reconocido como la persona que disparó contra Tippit. Y el misterio de la bala mágica (la que de una tacada atravesó la garganta de Kennedy, impactó en la espalda del gobernador Connally y luego horadó su muñeca y el muslo izquierdo, apareciendo en la camilla del propio gobernador en el hospital) se aclaró con los informes de los expertos en balística del ejército. Por no decir nada de que, sumando los distintos francotiradores que aparecen en las tesis conspiratorias (disparando desde cuatro edificios diversos, una alcantarilla, varios montículos y pasos elevados, etcétera), Anthony Summers ha contado unos 30. Ninguno ha sido localizado. Son fantasmas que se pierden en la niebla. No obstante lo dicho, sucede que la tesis de la conspiración fue poco a poco tomando cuerpo, de modo que parece que la cuestión a resolver, más que ¿quién mató verdaderamente a Kennedy? es -por la proliferación de candidatos- ¿quién no mató a Kennedy? (Vincent Quivy).

Veamos los protagonistas, según las tesis conspiratorias. Ya desde el principio comenzó a correr el nombre del vicepresidente Lyndon B. Johnson como instigador del crimen. Ciertamente, éste era un ególatra consciente de la animadversión de Bobby Kennedy y la simple tolerancia del presidente. Si fue elegido vicepresidente fue para aportar Texas a la candidatura del joven aspirante. Lo cual no impidió que algún asesor tan cercano como K. O'Donnell le espetara a Jack Kennedy: "Éste es el peor error que has cometido en tu vida". Luego, su figura se convirtió en algo así como "un tío soltero cascarrabias y rico, que se presenta en la casa inesperadamente y anuncia que ha venido para quedarse una buena temporada" (J. A. Barnes). Posiblemente, el asesinato del presidente -aparte de la conmoción por el peso que se le venía encima- no le produjo un gran dolor. Sin embargo, siempre fue leal a Kennedy. No hay ni un indicio de que conspirara a sus espaldas, y menos con la CIA, y eso cuando él mismo en su larga vida política siempre había creído en las conspiraciones. Lo cual acrecentó su inquietud cuando comenzó a ser señalado con el dedo acusador. Rápidamente creó una Comisión independiente, con equilibrio entre demócratas y republicanos, personalidades de prestigio, poniendo al mando al propio presidente del TS Earl Warren. Solamente la imaginación cinematográfica o literaria de los dos Stone (Oliver, película y Roger, libro; no tienen parentesco entre ellos) ha podido en serio lanzar la acusación contra Johnson. También han ido poco a poco diluyéndose en callejones sin salida las teorías de la gran industria petrolera amenazada por una reforma fiscal en curso; de las industrias armamentísticas que necesitaban una escalada en Vietnam, a la que presuntamente se oponía Kennedy; de la mafia de Chicago, en peligro por la lucha contra el crimen organizado; de la KGB para vengar la humillación de la retirada de los misiles de Cuba; de un grupo de estadounidenses patriotas exasperado por la amenaza a la paz mundial que suponía la audacia irreflexiva del joven presidente... Por no hablar sobre la teoría que pone en el centro de la conspiración a Aristóteles Onassis (con quien se casó Jackie, al enviudar), en combinación con un grupo de siniestros illuminati. Conviene detenerse ahora en la posible autoría de Fidel Castro, dado que la desclasificación documental narra más detalladamente un viaje a México de Oswald, en el que supuestamente se gestaría una intervención extranjera en el asesinato. Oswald estuvo allí seis días (26 septiembre a 5 de octubre, semanas antes del asesinato). Como observa Philip Shenon, Ciudad de México era por entonces una especie de versión latinoamericana de Viena o Berlín. Bullía de espías y las embajadas cubana, soviética y estadounidense se vigilaban mutuamente. Cuando a Oswald le denegaron la visa para desplazarse a La Habana, salió dando un portazo de la embajada cubana, amenazando con matar a Kennedy. Los cubanos no le dieron mayor importancia al exabrupto. Y para la CIA que vigilaba, la visita de Oswald fue como "un simple parpadeo en la pantalla de radar de la estación espía": una especie de turista aventurero, algo bravucón e inofensivo. Desde luego sin ninguna conexión seria con las embajadas de Cuba y Unión Soviética, a la que también visitó. Los miembros de la Comisión Warren que visitaron México tampoco vieron el origen de una conspiración en el corto viaje. De todas formas, había que descartar de una vez por todas la posible intervención de los hombres de Fidel en el asesinato. Y aquí hay que referirse a un episodio poco conocido: se trata de un viaje de William Coleman -abogado de la Comisión Warren- hacia Cuba para entrevistarse en el verano de 1964 con Fidel Castro. Éste y Coleman se encontraron a unos 30 kilómetros de Cuba, en el yate del líder cubano. La cita fue pedida por Castro. Duró tres horas, en las que el líder cubano negó cualquier implicación en el asesinato. A su vuelta, Coleman declaró a Warren: "No descubrí nada que me llevara a pensar que hay pruebas de que Fidel lo hiciera". El punto final lo pone un borrador desclasificado del Comité del Congreso (HSCA), que en 1978/79 volvió a analizar el magnicidio: "El Comité no cree que Castro haya asesinado al presidente Kennedy, porque semejante acto, si se descubriera, le hubiera otorgado a Estados Unidos la excusa para destruir Cuba. El riesgo no hubiera valido la pena". Así, pues, me temo que los papeles desclasificados no aportan nada espectacular sobre el asesinato. El gran protagonista seguirá siendo Lee H. Oswald, por más que se le intente poner en el centro de no demostradas y fantasmales conspiraciones.Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


 
















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL VENENO DEL AIRE, DE JUAN MIGUEL DE LOS RÍOS

 







EL VENENO DEL AIRE




Una palabra mató a mi padre. Pudo decir muchas otras, o pudo ser dueño de su silencio, igual que lo éramos todos en aquel tiempo; pero no lo fue, y esa palabra lo mató. Me contaron que antes de yo nacer mi país era libre, la gente expresaba sus opiniones y vivía con dignidad, hasta que un día llegaron las sombras con sus palabras cargadas de mentiras, de violencia disfrazada de tolerancia, de soluciones que eran quimeras; sólo nos dejaron libertad para ser unos cobardes, y eso nos condenó. Los periódicos callaron sus rotativas y otros surgieron en su lugar. Las televisiones enmudecieron y nuevos canales propagaron el martilleo de sus mentiras. Se crearon juntas, comisiones, centros de reeducación, todos con carácter revisionista y hostigador. Miles de voluntarios se les unieron para no estar en el lado equivocado del nuevo régimen. Las piras de libros se amontonaron en las plazas y sus columnas de fuego se hendieron en las tinieblas de la noche; de sus cenizas surgieron las sombras más oscuras. Pasaron décadas en la que nada se escapó al control de aquellas sombras, nadie pudo acabar con ellas.

"Lo colgaron de una soga a las doce del mediodía, la hora donde el sol no dibujaba sombras; al menos murió librándose de ellas"

Cuando cumplí treinta años, y en pleno invierno, llegó un mal que se propagó a una velocidad descontrolada. Lo llamaron el veneno del aire, nadie supo cómo se contagiaba, la gente moría entre fiebres y dolores de cabeza. En aquel tiempo enterré a muchos amigos, no lo digo de manera figurada, mi oficio era enterrador. Heredé ese trabajo de mi padre, que no fue hijo de enterrador, sino de un intelectual al que los aciagos tiempos de las primeras sombras lo condenaron. A mi padre, como hijo de un traidor, lo destituyeron de su cátedra de Historia y prohibieron la lectura de sus libros; todos fueron quemados. Nadie le dio amparo y no encontró otro oficio que enterrador; lo único que le ofrecieron. A mi padre lo mató una palabra cuando yo era adolescente, aún no dije qué palabra fue. Mi padre dijo “No”. Lo dijo una sola vez, un “No” rotundo frente a una comisión creada para reescribir la Historia de nuestro país. Tuvo a mano su redención, pudo dejar su miseria y regresar del olvido. Murió en una mañana calurosa de mayo mientras el tañido de las campanas presagiaba su luto. Lo colgaron de una soga a las doce del mediodía, la hora donde el sol no dibujaba sombras; al menos murió librándose de ellas.

"Mashiaj nos decía que la única certeza es la que viene de nuestro entendimiento, la que nos hace explorar los caminos de la incertidumbre y fuerza los deseos de elegir"

En los días de aquel invierno, encerrados en nuestras casas por la enfermedad del aire, nada sucedía, hasta que una tarde llegó un desconocido. Era alto, enjuto, envarado y con una barba rala que hormigueaba en sus facciones. Hablaba con palabras cargadas de un sentido común que nos intimidaba. En las sombras es difícil ver la verdad, quizá porque se vuelve opaca para las mentes que se han rendido. El veneno del aire empezó a matar con más saña y encerró en sus casas a los gerifaltes, a los voluntarios del orden y al Ejército. El confinamiento permitió que aquel desconocido, llamado Mashiaj, se quedara en nuestras casas y nos regalara sus charlas. En las noches nos reuníamos a su alrededor y llenábamos comedores o abarrotábamos los pasillos. Mashiaj nos decía que la única certeza es la que viene de nuestro entendimiento, la que nos hace explorar los caminos de la incertidumbre y fuerza los deseos de elegir.

—Eso es lo que os han robado —nos dijo Mashiaj—. Os quitaron la libertad de elegir.

"Todos cogimos piedras para defender aquello en lo que creíamos. Las lanzamos, centenares, miles de ellas. Conseguimos arrebatarles sus fusiles y les disparamos"

Un día se acercó a mí y agarró mi pala de enterrador. Con un “sígueme”, dejé la pala, a los muertos que enterraba, y lo acompañé. El veneno del aire nos parapetaba de un ataque del Ejército, pero nada impedía que las palabras de Mashiaj viajaran de una ciudad a otra hasta convertirse en un rumor. Me pidió prestada la voz para llegar a más personas y comencé a predicar sus pensamientos. Hablé a la gente de que era el momento de luchar por nuestra porción de luz, acabar con las sombras. Una noche llegó el Ejército con toda su fuerza y el miedo se apoderó de nosotros. Las sombras fueron más oscuras que nunca. Mashiaj apareció entre las columnas de humo y lanzó una piedra contra ellos, acto seguido recogió otra y la lanzó. Todos cogimos piedras para defender aquello en lo que creíamos. Las lanzamos, centenares, miles de ellas. Conseguimos arrebatarles sus fusiles y les disparamos. Llegamos a sus tanques y los bombardeamos. Nos convertimos en un Ejército del Pueblo, declaramos una guerra civil y cada palmo de terreno se regó con la sangre de unos y otros. En pocos meses apresamos a nuestro dictador cuando huía camino de la frontera. Lo condenamos a la horca y yo estuve en su ajusticiamiento, en primera fila, junto a un viejo amigo de mi padre.

—Cada revolución trae sus propios demonios —me susurró al oído—. El veneno del aire seguirá entre nosotros. Cuando matemos a este miserable, aparecerá otro demonio.

"Voy de ciudad en ciudad predicando el mensaje de Mashiaj, cumplo con la promesa que le hice el día que lo enterré"

Un 15 de octubre los medios de comunicación lanzaron el mismo titular: “La guerra ha terminado”. Mashiaj habría sido feliz, pero murió unos días antes. Lo apuñalaron a traición y no atrapamos a su asesino. Agarré mi pala de enterrador por última vez y yo mismo lo enterré. Juré ante todos que su memoria no caería en el olvido. En los meses siguientes organizamos un partido político y me eligieron para dirigirlo. Ganamos las primeras elecciones libres en décadas, y tan pronto como llegué a presidente ordené eliminar las viejas instituciones, vacié las cárceles, llené las ciudades de colegios, construí hospitales y di casa y comida a los ciudadanos más desfavorecidos. Abarrotamos las plazas con estatuas de Mashiaj y escribimos las mejores frases de sus discursos en murales. Convertimos su mensaje en una asignatura para que nuestros hijos no olvidaran cuánto costó la vida que ahora disfrutaban. Hemos ganado todas las elecciones por una apabullante mayoría y me he convertido en presidente perpetuo. Voy de ciudad en ciudad predicando el mensaje de Mashiaj, cumplo con la promesa que le hice el día que lo enterré. En una de esas ciudades me reencontré con el viejo amigo de mi padre; me alegró saber que aún vivía. Pasaron muchos años desde que me hizo aquella advertencia y aún la recuerdo. Yo sabía que tenía razón. Lo supe el día que apuñalé a Mashiaj y lo asesiné. Cuando él murió, nació su leyenda y yo me convertí en el demonio de aquella revolución. El veneno del aire siempre será el mismo; son las palabras con las que engaño a quienes mendigan una esperanza.




JUAN MIGUEL DE LOS RÍOS (1971)

escritor español