viernes, 24 de abril de 2026

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, VENRES, 24 DE ABRIL DE 2026, EN GALEGO

 






Ola, bos días de novo a todos e a todas, e feliz venres. Hoxe, 24 de abril, cúmprense 52 anos desde que comezou a Revolución dos Caraveis no noso país veciño, Portugal, que puxo fin á ditadura máis longa de Europa Occidental (1926-1974). Durante a noite do 24 ao 25 ​​de abril, escoitouse na radio a canción prohibida "Grândola, Vila Morena", e ese foi o sinal para o levantamento militar case incruento que derrocou a ditadura do Estado Novo. Xa é historia, así que imos coas entradas do blog de hoxe. A primeira entrada, no tema de hoxe, titúlase "Psicoloxía dun votante populista" e está escrita pola psicóloga Patricia Fernández Martín. Nela, explica que algunhas persoas que antes se inclinaban cara a un extremo político agora atópanse no extremo oposto e, ás veces, conversar con elas faise complicado. A segunda publicación é unha entrada de blog arquivada do 25 de agosto de 2024, titulada "Paixón intelectual", escrita pola investigadora Ana M. Bande. Nela trátase da conexión entre a obra filosófica e literaria de Rosa Chacel e o pensamento de Ortega y Gasset, que a propia escritora defendeu ata o final da súa vida. O poema de hoxe é do poeta sirio Ali Ahmad Said (Adonis), titulado "Tempo", e publícoo tanto en castelán como no seu árabe orixinal. O cuarto, como sempre, son as viñetas de humor, e para rematar, como todos os días, o segmento do café da tarde, titulado "Abre o arquivo", escrito pola historiadora Pilar Mera, e as tres revistas de prensa vespertinas, escritas respectivamente polo economista Robert Reich, tituladas "Adeus e adeus, señora secretaria de Traballo"; a xornalista Katrin Bennhold, titulada "A mellor arma de Irán non é nuclear"; e o editor da revista Persuasion, Sam Kahn, titulada "Queres salvar as humanidades? Comeza a ler". Tamaragua, amigos meus. Ata mañá, se a sorte quere. Sé feliz, prégocho: mereceso. Bicos. Quérote. HArendt













ENTRADA NÚM. 10336

EL TEMA DEL DÍA. PSICOLOGÍA DE UN VOTANTE POPULISTA, POR PATRICIA FERNÁNDEZ MARTÍN

 










Hay personas que antes se inclinaban por un extremo político y ahora se sitúan en el opuesto. Todos conocemos a alguien. A veces, conversar con ellos se vuelve complicado. Se intenta un debate racional, pero uno se encuentra con un intercambio de emociones. Al explorar las ideas del otro, se nota cierta simplicidad en el discurso y escasa profundidad. Los argumentos suelen resumirse en soluciones fáciles para problemas complejos. Escuchar a ese amigo, que de repente se ha convertido en un votante populista, puede decepcionar y, al mismo tiempo, despertar un temor sutil a que uno mismo pueda verse arrastrado en algún momento hacia esa misma lógica.

En una conferencia reciente en la Fundación Juan March, Fernando Vallespín señalaba que estamos ante un cambio de era marcado por la convergencia de crisis globales: el debilitamiento de democracias, la descomposición del orden internacional, los conflictos bélicos, las amenazas nucleares, el cambio climático o los avances tecnológicos de la inteligencia artificial. También destacaba la ruptura de la idea de progreso que durante décadas aportó estabilidad a las sociedades occidentales. La globalización ha dejado ganadores y perdedores, y muchas clases medias experimentan estancamiento y frustración. Este malestar crea un terreno fértil para el populismo, que ofrece respuestas inmediatas ante la sensación de desilusión y la percepción de ineficacia de las democracias tradicionales, en un contexto social cada vez más complejo y lleno de intereses contrapuestos.

Ante este escenario, pueden identificarse tres grandes posturas políticas. Por un lado, los partidos tradicionales, que buscan preservar el sistema democrático y el Estado de derecho. Por otro, la retrotopía, representada por movimientos populistas y nacionalistas que idealizan el pasado. Por último, emerge una visión más disruptiva que plantea reorganizar la política desde criterios de eficiencia, incluso a costa de sustituir mecanismos democráticos por modelos tecnocráticos o apoyados en la tecnología.

Según Luis Miller, si nos fijamos en el votante populista, diversos estudios apuntan a que la emoción predominante no es tanto el miedo, sino el enfado. A ello se suman el malestar, la frustración o la ansiedad, junto con una sensación de amenaza respecto al propio estatus. El enfado actúa como motor que empuja hacia opciones que prometen cambios contundentes o que desafían directamente al sistema. También influye la percepción de exclusión: cuando las personas sienten que no cuentan o no son escuchadas, tienden a desconectarse de la política tradicional y a buscar otras alternativas.

Desde una perspectiva psicológica, algunos estudios señalan que estos votantes pueden mostrar menor inclinación al consenso, mayor neuroticismo, mayor preferencia por estructuras jerárquicas y una tendencia a aceptar explicaciones simplificadas de la realidad, así como mayor susceptibilidad a narrativas conspiranoicas. A ello, se le suma la dificultad para discriminar entre información fiable y desinformación en entornos saturados de estímulos.

El componente emocional del voto populista también puede entenderse desde la salud mental. Vivir en un contexto de incertidumbre prolongada, con sensación de pérdida de control o falta de reconocimiento social, tiene efectos claros, como el aumento del estrés y la ansiedad y la necesidad de encontrar certezas rápidas. En este sentido, los discursos populistas no solo ofrecen respuestas políticas, sino también un alivio emocional. Simplifican la realidad —«nosotros» frente a «ellos»— y devuelven una sensación de pertenencia y control.

Cuando las personas sienten que su grupo o forma de vida está en riesgo, el atractivo del populismo se intensifica

Otro elemento clave hoy en día, según Miller, es la importancia de la subjetividad. Cuando las personas perciben amenazas económicas, culturales o relacionadas con su identidad, los discursos populistas ganan fuerza. No importa tanto la situación objetiva como la forma en que se interpreta. A veces existen razones reales para el desencanto; otras, la percepción amplifica o distorsiona esas condiciones. El factor identitario también resulta determinante. Cuando las personas sienten que su grupo o forma de vida está en riesgo, el atractivo del populismo se intensifica. La psicología social muestra que no solo votamos por intereses individuales, sino también por pertenencia grupal. Estos discursos satisfacen la necesidad de identidad y cohesión.

Los medios y las redes sociales amplifican este fenómeno. Los contenidos más emocionales, especialmente los negativos, son los que más se difunden. Los mensajes polarizantes generan más interacción y refuerzan la percepción de que determinadas ideas son mayoritarias, creando cámaras de eco que consolidan esas creencias y dificultan el contraste con otras perspectivas.

Comprender el papel de las emociones —especialmente el enfado vinculado al estancamiento de las clases medias— permite explicar el auge del populismo, pero también revela los desafíos a los que se enfrentan las democracias actuales. No todos los votantes populistas responden únicamente a impulsos emocionales o a la desinformación. En muchos casos, expresan malestares reales —precariedad, pérdida de estatus, falta de representación— que no han encontrado respuesta en los canales tradicionales. Es comprensible que muchas personas se sientan frustradas o desatendidas; el problema reside más en la naturaleza de las soluciones que se proponen. Además, el rechazo al sistema no implica necesariamente que existan alternativas mejores.

Como señala Vallespín, quizá la respuesta no pase por romper las reglas del juego, sino por replantear cómo se juega: reconstruir una narrativa nueva de progreso que integre las preocupaciones reales de amplias capas de la población, gestionar la frustración colectiva y recuperar valores como la moderación, el debate o el reconocimiento mutuo. Esto implica crear contextos —en lo cotidiano y en lo público— donde el intercambio sea posible sin caer en la descalificación constante. Escuchar más allá de los afines, argumentar en lugar de reaccionar y fomentar espacios de interacción real pueden contribuir a romper la dinámica emocional que alimenta la polarización. Volver a unificar los valores que tradicionalmente estaban ligados a nuestro sistema democrático. Ver lo que tenemos en común y no solo lo que nos diferencia.

En definitiva, el auge del populismo no puede entenderse solo como un fenómeno político, sino también como un reflejo del malestar emocional de nuestras sociedades. Abordarlo exige no solo respuestas institucionales, sino también una comprensión más profunda de las necesidades psicológicas, sociales y simbólicas de los ciudadanos. Cierto es que las emociones pueden llevar a sesgos o a reforzar posiciones previas, pero, otras veces, también empujan a informarse más, a implicarse y a participar mejor en la democracia. Ese es el verdadero desafío. Cómo gestionar esas emociones sin que terminen erosionando la convivencia democrática. PATRICIA FERNÁNDEZ MARTÍN es psicóloga. Publicado en la revista Ethic el 20 de abril de 2026. 















DEL ARCHVO DEL BLOG. LA PASIÓN INTELECTUAL, POR ANA M. BANDE. PUBLICADO EL 25 DE AGOSTO DE 2024

 





La vinculación de la obra filosófica y literaria de Rosa Chacel al pensamiento de Ortega, que la propia escritora defendió hasta el final de sus días, tiene mucho que ver con la pasión intelectual que compartían y que les impulsó hacia el pensamiento creador, escribe la investigadora de la Universidad de Vigo, Ana María Bande [Rosa Chacel y José Ortega y Gasset. La pasión intelectual. Revista de Libros, 24/04/2024]. No tendríamos que seguir reivindicando todavía la necesidad de reinsertar la obra de Chacel en la producción literaria y filosófica del siglo XX puesto que es más que evidente que una obra de la densidad intelectual como la suya debería gozar de una recepción mucho mayor. Cualquiera que concluya un texto de Rosa Chacel, ya sea novela, relato, poesía, biografía, o ensayo, tiene la sensación de haber descubierto algo maravilloso, de haber tocado la porosa y suave textura del pensamiento en estado puro; y claro está, la lógica de este eros intelectual que la autora logra contagiarnos desde la primera línea de sus textos nos lleva a querer compartirlos para ayudarlos a germinar y reproducirse. Es entonces cuando la persistente ausencia de sus textos en manuales, monografías y estudios críticos nos desconcierta y ruboriza. Es una inexplicable anomalía el patente desconocimiento de una obra tan excepcional como innovadora.
Alberto Porlan, uno de sus amigos más íntimos y lector privilegiado de sus textos, pues los iba leyendo a medida que ella escribía, nos ofrece una consoladora advertencia: «Rosa no será nunca popular, pero siempre será célebre»1 y efectivamente, así es. A día de hoy la figura y la obra de la escritora de Valladolid sigue suscitando la admiración y respeto del que gozó siempre, pero por desgracia sin la intensidad que merece, sin llegar a ser popular. La tenacidad del estereotipo de escritora difícil, que incluso la crítica se empeña en sostener, condiciona una recepción siempre problemática, pero a priori parece absurdo que veamos reeditados los estudios sobre el amor de Ortega y Gasset, a pesar de ser manifiestamente los textos más extemporáneos del filósofo, mientras que el revolucionario ensayo Esquema de los problemas actuales y prácticos del amor que Chacel publicó en Revista de Occidente, en 1931, se queda al margen de todos los planes editoriales. Shirley Mangini, la autora de Las modernas de Madrid, el gran estudio pionero en el rescate de las escritoras y artistas españolas que trabajaron en los años previos a la Guerra Civil, reconoció que Chacel, con sus ensayos, emprendió la tarea —apenas abordada en las letras españolas― de explicar el impacto del amor en el pensamiento, el cuerpo y las relaciones humanas.
Aquel año de 1931 Chacel logró introducirse, con una autoridad irrefutable, en el debate que sobre el tema de la mujer venía produciéndose en las páginas de Revista de Occidente desde la década anterior. A la fuerza misógina del discurso literario y filosófico de Ortega se unía el resto de científicos europeos más reputados del momento; todos intentaban fundamentar las diferencias entre los sexos con la intención, calificada de perversa por la escritora, de demostrar la inferioridad intelectual de la mujer y explicar así el papel marginal que le correspondía en el ámbito de la creación. A Chacel no le pasó inadvertido este despropósito, y en su refutación no ahorró críticas a filósofos, psicólogos y científicos que defendían que la razón existencial de la mujer se sostenía en bases morales diferentes y singulares de su sexo; la calificación de «ambición servil» con que Georg Simmel califica la pretensión de algunas mujeres de pensar y escribir como lo hacían los hombres, desata una profunda consternación en la escritora, que no esconde su rechazo a toda mujer que acepte la «vileza» de ese «postulado que encierra una intención de soborno y un fondo de desprecio como hoy no se encuentra en ninguna de las tendencias sociales que consideramos no corrompidas»2. Nada menos. Podemos preguntarnos, ¿realmente se comprendió el enfado de Chacel en 1931? O incluso, ¿se entiende a día de hoy su provocación al culpabilizar a las mujeres de aceptar el postulado que las condena a permanecer en los márgenes de los espacios de creación? De lo que no nos cabe duda es de que, de haberse difundido a tiempo, este ensayo habría convertido a Rosa Chacel en unas de las referencias intelectuales imprescindibles en la construcción teórica del feminismo del siglo XX.
En Esquema, Rosa Chacel rebatió con contundencia a Simmel y a Carl Jung, dos de los más insignes intelectuales de su tiempo, maestros de su maestro, además; aunque, de momento, la crítica a Ortega la haga de modo indirecto, está claro que desde muy pronto Chacel no solo desconfía, sino que rechaza de plano sus teorías en torno a la diferencia sexual y el amor. Armando Savignano, especialista en el pensamiento filosófico español de la Edad de Plata, en su Historia de la Filosofía Española del siglo XX, dedicó todo un capítulo al pensamiento feminista íntegramente consagrado a la crítica de la diferencia de Rosa Chacel. Hasta ahora, pocos más han sido los que supieron leer en Esquema y el resto de los ensayos chacelianos la historia de la revolución erótica en la filosofía de la España del pasado siglo, de modo que todavía es necesario poner de relieve la importancia de la lucha que emprendió la escritora contra los peligros de los discursos «científicos» contra las mujeres, cada vez más agresivos y de cuya articulación no fue ajeno Ortega y Gasset. Es necesario revisar, y mucho, el cliché de autora ferozmente orteguiana con que la crítica suele referirse continuamente a su obra.
En Saturnal, el ensayo que Chacel elabora al comienzo de los años 60 en Nueva York, treinta años después de Esquema, hay ya una refutación explícita del pensamiento de Ortega. Chacel ya habla abiertamente de los «espejismos», «enredos» e «inconsistencias» del filósofo, concluyendo que «resulta extraño ―y conmovedor― ver cómo una mente tan bien organizada se extravía, distraído en cubrir de flores el esquema de los hechos», y afirmando que sus palabras no eran sino la prueba de una «convicción, bonitamente encubierta, de que la mujer nunca creó nada valioso». El intento de Chacel de exorcizar el demonio del género, como reconoció también Mangini, es uno de los más provocativos y originales en la España del siglo XX. De modo que hemos de preguntarnos si, con la invitación para publicar Esquema en su revista, el filósofo realmente quiso compensarla tras haber incumplido su promesa de publicar Estación. Ida y vuelta, su primera novela, absolutamente orteguiana, por otra parte. Desde luego, Chacel aprovechó la ocasión y entró con toda autoridad en el ámbito de la cultura, componiendo un tratado sobre el eros pero también una compleja especulación filosófica sobre el homoerotismo, que tendría mucho interés en los actuales debates en torno a la identidad sexual3.
Si bien es cierto que la propia circunstancia ―por hablar en términos orteguianos― de nuestra propia historia, marcada por la interminable dictadura franquista, nos ha impedido conocer a tiempo este capítulo del pensamiento filosófico hasta casi hoy mismo, el caso de España no es una anomalía, pues otro tanto estaba ocurriendo en Europa, donde Virginia Woolf, Djuna Barnes o Gertrud Stein irrumpen en la cultura, un club de hombres que, como James Joyce, o T. S. Eliot, tampoco disimularon su contrariedad ante la intromisión de la mujer en la literatura. La rigurosidad y seguridad con la que Chacel participa en el debate tenía que haberse estudiado en España como prueba evidente de sus argumentos en defensa de las capacidades de las mujeres. La única forma de obviarlo fue, como en tantos otros ámbitos, el ocultamiento que Esquema y la exuberante secuela de reflexiones teóricas que sobre el tema del amor, la diferencia genérica o el sexo sufrieron durante la dictadura franquista, y que de forma perniciosa se mantiene aún en nuestros días.
Para que esta situación se revierta, es necesario poner estos textos a disposición del público lector a través, primero, de su inclusión en los materiales de estudio de los diferentes niveles educativos y después, mediante una política editorial a su altura.
La marginación del discurso chaceliano ha supuesto para nuestra cultura una ocasión perdida de incorporarnos al debate feminista sin tener que importar discursos foráneos. La escasa atención que prestaron a su obra crítica y público la soportó Chacel durante toda su vida. A la desolación que esto le ocasionaba ―pues su búsqueda apasionada de la belleza y de la verdad como acto erótico, solo se completaría con el conocimiento de su obra―, ella encontró una explicación: la falta de madurez de los tiempos. Y esto le ocurrió desde el principio, pues el carácter innovador de sus propuestas nunca se entendió en su momento. Este desencuentro no la hizo moverse un ápice de su camino, marcado por una vocación temprana, pero le provocaba una constante ansiedad, que se traducía a menudo en una sensación de «atragantamiento» con algunas de sus obras. Es el suyo un caso paradigmático de los contrasentidos que pueden determinar la conformación de un canon. A pesar de ser Ortega la mayor autoridad intelectual del país, la persistente fidelidad de Chacel a su ideario pudo perjudicarla, si tenemos en cuenta la conocida problemática que también afectó al filósofo en España. Ricardo Tejada, filósofo experto en exilio, incide en que este empecinamiento suyo en defender el magisterio orteguiano fue el desencadenante de las dificultades que encontró Chacel en su reinserción literaria en España porque, según él «críticos como Torrente Ballester o Consuelo Bergés [la acusaron] de ser la única del grupo Nova Novorum en vida que persistía en la vía muerta de la deshumanización del arte»4. Chacel fue consciente del perjuicio que su filiación orteguiana añadía a la ya deficiente recepción de su obra por otros motivos, pero precisamente por tratarse de una fidelidad al honor que ponía Ortega en su pasión por la creación a través de la palabra, no podía renunciar a ella.
Cuando, con ocasión de entrevistarla, Mangini le pregunta por la influencia del perspectivismo orteguiano ella contesta tajante: «Muchísimo, y tan visibles ―patentes― influencias me perjudicaron ante el grupo rector de los años 60, que, sin eso, tal vez me hubieran acogido. Recuerda que Martín Santos en Tiempo de silencio se mete con Ortega de una manera despiadada y estúpida, con la seguridad de ser corroborado por sus congéneres. Y fue justamente en el año 62 cuando a mí se me ocurrió venir a España a ver qué pasaba»5. A las etiquetas ya fabricadas por otros intelectuales se unen los tópicos añadidos por estos críticos de la literatura española de posguerra que, con el sesgo que introduce irremediablemente la ideología cuando se precipita con descuido sobre el campo literario y filosófico, añaden más obstáculos a una obra ya poco accesible. La batalla contra estos tópicos, como la mal entendida deshumanización del arte, la dio la propia autora en sus artículos y ensayos desde el comienzo. Rebatió en innumerables ocasiones la etiqueta de literatura deshumanizada, aclarando que era precisamente la rehumanización lo que trató de hacer Ortega con sus proyectos literarios.
La serie de biografías en donde tendría que incluirse la obra de Chacel, Teresa, por ejemplo, fue un intento de paliar la deshumanización, con la esperanza de que entre los jóvenes prosistas surgiera un «rehumanizador que la rehumanizase», según explicaba ella misma. Las epatantes declaraciones de Chacel en casi todos los ámbitos tuvieron, además, sus propias consecuencias. A la escritora parece haberle ocurrido lo que a otras mujeres europeas de gran talento intelectual ―pensemos en los casos de Iris Murdoch o Hannah Arendt― a las que se acusó de haber sido enemigas de sí mismas por la implacable defensa con que defendieron un pensamiento propio altamente innovador y decididamente original. Sorprende también la semejanza en las relaciones que sostuvieron con sus maestros, cuyo autoritarismo provocaba a menudo, entre estas parejas de intelectuales, problemáticos encuentros que desvelan las dificultades suplementarias que tenían que adoptar estas mujeres sabias para mantener sus posiciones.
En su ensayo sobre Ortega, escrito en 1983, la autora relató uno de sus encuentros personales con el maestro, uno de los más broncos, debido a la indignación que le provocó la alusión de Ortega a una posible influencia de Giradoux en Estación. Ida y vuelta con la que el filósofo pretendía explicar su desinterés por la novela. Chacel escribió que su cólera «no se apaciguó ni con los elogios que formuló sobre mi prosa, ni con su actitud encantadora […] no, no se aplacó mi furor, sino al contrario». Dio comienzo así una relación discipular que ella calificó de extravagante. Estos desencuentros, sin duda, respondían a la lógica de la misoginia estructural que impedía, en aquel tiempo, un entendimiento entre iguales en cuestiones intelectuales, según reflejan las extemporáneas ideas de Ortega en la cuestión de la mujer. La actitud autoritaria del filósofo se manifiesta con más contundencia en el último encuentro. La interpelación que le formuló la escritora a raíz de su distanciamiento con los jóvenes fue, esta vez, la causa de su ira. Chacel escribe los detalles de la violencia, incluso física, de este encuentro: «Ortega… me cogió por el brazo: todos los libritos cayeron al suelo y me hizo sentar […] como casi siempre supe leer sus pensamientos, vi que tenía ganas de retorcerme el pescuezo, pero se contuvo: nuestra proximidad nunca había llegado a tanto. Solo recuerdo del final del drama que paseó de un lado a otro de la habitación, como león enjaulado, deshaciendo todos mis argumentos».
Decidí precisamente subtitular este trabajo con el rótulo de «pasión intelectual» porque lo importante en esta relación es la pasión erótica que estimula la incansable búsqueda del conocimiento, la verdad y la belleza en ambos escritores. Recordemos que en las Meditaciones del Quijote, libro de cabecera que Chacel lee ávidamente en Roma, Ortega se muestra partidario de esa fuerza erótica, que es la que, por su capacidad para unir, es decir, para crear, es la responsable también del conocimiento. Y aquí está el mayor punto de encuentro entre Ortega y Chacel, la determinación para seguir la senda de lo que tiene capacidad de generar, de crear, de hacerse vida y por lo tanto belleza en la forma que sea. En Saturnal, Chacel afirma que en el libro pretende seguir los pasos marcados por la meditación del eros: «la meditación del eros puede no ser más que el efecto de una transmutación: lo que resulta, brota, se produce cuando la carne se hace verbo. Es lo que en este libro trato de dilucidar». Una curiosa y reveladora inversión de la cita bíblica que sirve a la escritora para resaltar la relevancia del deseo, del impulso genésico en la creación intelectual; el origen de la palabra explicado desde el amor, y por tanto desde el deseo de fusión. Así como el amor provoca la unión de los cuerpos para generar un ser, también la pasión es la que está en el origen de la palabra, del conocimiento.
La cita adquiere especial significado cuando es enunciada por una mujer que está reivindicando, ¡todavía en los años 60!, su papel como un ser capacitado para la creación, en todos los sentidos. Recordemos que Chacel consideraba que la exclusión de la mujer de la esfera creativa provocaba una distancia entre hombres y mujeres mucho mayor que la atribuida a la diferencia sexual y la capacidad reproductiva; de ahí que se mostrase siempre más combativa o molesta por ser apartada como mujer intelectual que como mujer.
Es en este contexto en el que debemos interpretar unas declaraciones que fueron leídas por la crítica como contradicciones producto de la ambigüedad de Chacel frente al feminismo. El tono tajante y ciertamente provocador de Chacel cuando decía por ejemplo, que «la cultura es cosa de hombres, la que quiera entrar que entre, la que prefiera ser tratada como el otro, como otra cosa, está frita»6 solo trata de reflejar una realidad evidente para todo el mundo y frente a la cual hay que tomar posición. Y la realidad era, y es, que el mundo cultural que ella conoció y del que se empapó había sido creado por hombres; de eso no se podía salir, de modo que, para sobrevivir como intelectual, la única posibilidad que existía era unirse al «carro del patriarcado», pues lo contrario implicaría situarse en un modelo alternativo que implicaría ser juzgada como «otro», algo que ella rechazó visceralmente y que fue precisamente el núcleo de su argumentación en Esquema. En su maestro Ortega ya está el origen de ese impulso vital, genésico, que dirige el quehacer de Chacel en su vida y su obra. No es de extrañar entonces que el amor sea el centro de sus ensayos y el núcleo que desencadena los conflictos y circunstancias que hagan vivir a sus personajes en la obra de ficción; el amor siempre como búsqueda constante de la belleza para engendrar en ella la palabra; porque con la palabra Chacel podía crear, como antes, en su época de escultora había creado con el barro. De ahí también la absoluta disposición a seguir a un maestro cuya palabra era, siguiendo sus palabras, «tan luminosa y brutal como la de El Viviente».
A pesar de los encuentros descritos, la fertilidad de la amistad intelectual que mantuvieron Chacel y Ortega se traduce en un riquísimo diálogo entre filósofos de cuya investigación solo pueden aflorar nuevos e interesantes estímulos para el pensamiento. Una muestra de ello es la sensación de encontrar un tesoro que siempre implica el redescubrimiento de esta enorme pareja de intelectuales. Lleva razón Alberto Porlan cuando señala que no confía en las recuperaciones de literatos, porque: «cada uno tiene su lugar en las páginas que escribió, al margen de aniversarios y conmemoraciones, y lo tendrá mientras existan copias de sus libros; que en cierto momento vuelvan a leerse es algo que sólo depende de modas y criterios». Pero creo francamente que, sin el esfuerzo, reconocimiento y trabajo que escritoras, investigadoras e intelectuales dedicaron a su obra ―como Ana María Moix, Ana Rodríguez-Fischer, Juan Pedro Quiñonero, Ricardo Tejada, o el mismo Alberto Porlan― por mencionar solo a quienes lo hicieron en España, hoy no dispondríamos de las reediciones y estudios que nos permiten acceder a su rica producción, tanto ensayística como de ficción. La filiación orteguiana de Chacel es algo tan completamente natural como fortuito, pues si tenemos en cuenta los primeros años de la vida de la autora, esos primeros diez años a los que ella limita su autobiografía, podemos percibir claramente que el «hecho Ortega», la aparición de su «personidad», como ella misma escribe, no hizo sino empujar a la pensadora por unos surcos que había abierto por sí misma.
El autodidactismo de Chacel, tanto en su infancia, como sobre todo en sus años de ateneísta en los que se empapó de toda la filosofía, tanto clásica como contemporánea, la condujeron en el empeño absoluto hacia la reflexión interior en una búsqueda constante de sentido. Si a su capacidad extraordinaria para la percepción sensorial ―su reconocida hiperestesia― añadimos una prodigiosa memoria y una determinación absoluta a transitar por la vía del conocimiento interior, de la mente, entendemos perfectamente que el resultado de este laboratorio de ideas haya producido textos de una belleza y autenticidad inauditas.
Cuando en 1922 Chacel abandona por primera vez España para instalarse en Italia, sabemos que en su maleta llevaba el Retrato del artista adolescente de Joyce, y un tomo de las obras completas de Freud, pero también le acompañaba la firme determinación de leer a Ortega en su totalidad. Esta conjunción de lecturas y circunstancias de este primer exilio voluntario fueron, sin duda, los estímulos externos que contribuyeron a completar un proyecto vocacional que, a nuestro modo de ver, ya estaba completamente decidido y que solo necesitaba materializarse en obras de creación propia. La lectura tan temprana de Joyce supuso la confirmación de una libertad a la que Chacel ya estaba inexorablemente unida, pero que vio corroborada cuando sintió que en la novela todo podía hacerse, «hasta blasfemar». Y en Ortega, por supuesto, encontró una pasión por la vida y el conocimiento similares al suyo y a los que, además, acompañaba un método. La razón vital de Ortega, en su globalidad, y el respeto a la circunstancia en particular fueron para Chacel el marco en donde encuadrar un pensamiento que necesitaba expresarse con el mismo rigor con el que era producido.
Hemos hablado de la novela Estación. Ida y vuelta y el incumplimiento de la promesa de Ortega como posible factor que pudo propiciar la publicación del ensayo de Chacel de 1931; pero nos tenemos que detener en un poco más en el análisis de esta obra porque fue concebida, en su conjunto, como una personificación de la razón vital orteguiana. Chacel se refiere a ella como un libro desaforadamente orteguiano. En los artículos y textos dedicados a su maestro, la escritora no deja de reafirmarse como su discípula, porque para ella «pertenecer a la casta intelectual de Ortega es estar comprometido en la causa de la verdad». Estación. Ida y vuelta es un texto elaborado siguiendo casi al pie de la letra las instrucciones de Ortega en sus ensayos. Ahí están el minimalismo de la trama, la creación de almas interesantes, la técnica elusiva en la descripción de los personajes, y por supuesto, la buena literatura sin malos sentimientos; como ella misma apuntó: todo lo que ya estaba en la norma dada en 1914, en las Meditaciones del Quijote. A su vuelta a España, sin embargo, el libro no suscitó el interés que la escritora esperaba; por razones desconocidas no se publicó tal y como estaba previsto, en la colección Nova Novorum. Las causas concretas se nos escapan. Pudieron ser de índole literaria ―un exceso de ambigüedad en la novela, una presentación demasiado directa del pensamiento orteguiano, una supresión de la trama mucho más allá de lo preceptuado por el filósofo― o extraliterarias. En este último sentido, Félix Pardo apunta a que la retención del libro por parte de Ortega durante tres años pudo deberse a que Chacel ya apuntaba claramente a una filosofía del espíritu que Ortega trataba de explicar desde 1924, en su ensayo Vitalidad, alma y espíritu, pero sin el éxito que tendría Max Scheler con su obra El Puesto del hombre en el Cosmos, del año 1928, que, sin embargo, sí publicó Ortega en Revista de Occidente (1989). Que el filósofo quisiera evitar que Chacel se pudiera adelantar a sus maestros como causa de la retención del manuscrito nos parece un supuesto atrevido, pero estimulante sin duda, para emprender la investigación que sugiere Pardo.
Además, la prueba de que la novela no desilusionó a Ortega reside en el hecho de que, tras su lectura, invitó a la autora a participar en el selecto club de la Revista de Occidente. La crítica chaceliana asume de forma unánime que Estación. Ida y vuelta, es una innegable demostración del profundo conocimiento que la escritora tiene de las recetas que Ortega prescribe para la novela en sus conocidos ensayos Ideas sobre la novela, Meditaciones del Quijote y La deshumanización del arte. Pero sin desmentir el fiel seguimiento de las directrices orteguianas, la novela tiene otras lecturas. La investigadora Elisabeth Scarlett apunta las evidentes relaciones intertextuales de Chacel con su mentor a través del inevitable conflicto freudiano de la ley del padre. No olvidemos que, en esa maleta con la que se marchó a Roma, Chacel incluyó un tomo de la obra de Freud y que por debajo de toda influencia o ansiedad, si hablamos en términos de Harold Bloom, se esconde una rebelión, por la propia asimetría en el equilibrio de poder entre cualquier pareja del tipo padre/hijo, maestro/discípulo. En nuestro caso, no se puede dejar de lado la posición de poder de Ortega, como el propietario de los medios de publicación y autoridad intelectual que marcó unas pautas rigurosas a sus discípulos. En este sentido, Ortega representa a la perfección el modelo de la figura del padre, lo que hace interesante analizar Estación. Ida y vuelta, no solo como un ejercicio de una alumna obediente y pasiva, sino como un relato que introduce, aunque de modo complejo, un itinerario de disensos con el maestro, propios de la condición discipular. El relato no puede ser ajeno a otro desequilibrio, en este caso, la diferencia sexual, que incide además en el texto a través de unos marcadores sexuales que Chacel introduce ya tempranamente en todas sus obras mediante su propia concepción del cuerpo y que introducen un conflicto que, como en toda su obra, se esconde entre multitud de capas. Lo que hace precisamente tan estimulante la investigación chaceliana son estas tensiones de género que atenúan, cuando menos, los efectos nocivos que sobre su obra pudiera ejercer la etiqueta de deshumanización. De todos modos, los desacuerdos de la investigación en este punto son meramente de grado, entre unas interpretaciones totalmente favorables al rótulo de «novelización de la filosofía orteguiana» para resaltar una aceptación rotunda, y por lo tanto más pasiva en la aplicación de esas directrices, y quienes adivinan entre la trama numerosas pistas que ponen en duda esa pasividad para presentarnos a una escritora que, desde muy pronto, es capaz de trascender la «norma», y transitar por un camino propio. En un momento de la novela se dice «tengo mi propia norma personal, la cual me inclino a imponer», pero no podemos saber con total seguridad cuál es la voz narradora que habla aquí.
Entre los guiños constantes al lector, siempre complejos por la imbricación, a veces indescifrable, de las voces narrativas que nos posicionan al lado de la voz autorial, nos encontramos con interpelaciones de este tipo que desestabilizan enormemente la lectura por una serie de deslizamientos de voces que complican la interpretación.
Ninguna investigación duda ya de que Estación. Ida y vuelta es el esfuerzo más auténticamente vanguardista que se produjo en la prosa literaria en España; de modo que el estudio detenido de este enfrentamiento intelectual de la escritora contra una tradición vanguardista eminentemente masculina nos invita hoy a un encuentro placentero al situarnos frente a una literatura muy poco conocida que nos desafía en cada línea. Estación. Ida y vuelta se puede leer, como indica la sentencia final del libro, como un final y un principio. Entendemos que lo que acaba, entre otras cosas, es un proceso de asimilación de un método ―el orteguiano― y comienza el trabajo literario inmenso de una escritora que persistirá, con su propia verdad «luminosa y brutal», en una literatura que dialoga siempre con su maestro. Ana M. Bande Bande es bibliotecaria e investigadora de la Universidad de Vigo. 















DEL POEMA DE CADA DÍA. EL TIEMPO, POR ALI AHMAD SAID (ADONIS)





 




EL TIEMPO




Abrazo la espiga del tiempo.

Mi cabeza es una torre de fuego.

¿Qué es esta sangre que palpita en la arena

y qué es este ocaso?

Llama del presente, ¿qué vamos a decir?

En mi garganta están los jirones de la historia.

Y en mi rostro los signos del sacrificio.

¡Qué amargo es ahora el lenguaje!

¡Qué angosta la puerta del alfabeto!

Abrazo la espiga del tiempo,

mi cabeza es una torre de fuego,

¿se ha convertido en verdugo?

Un vecino ha dicho: ¡Cuánto tarda Hulagu en venir!

¿Quién llama a la puerta?¿el recaudador de impuestos?

Dale tributo... siluetas de mujeres

y de hombres... imágenes... que caminan...

Nos hemos hecho señales, nos hemos

intercambiado secretos.

Nuestros pasos son una hebra de muertos.

¿Tu muerto viene de tu señor o tu señor viene

de tu muerto?

Perdido por el enigma, se inclina cual arco de

Terror sobre sus días encorvados.




ALI AHMAD SAID  (1930)

ADONIS

(poeta sirio)



***




الوقت — أدونيس




حاضِناً سُنبلةَ الوقتِ ورأسي برجُ نارْ

ما الدّمُ الضّاربُ في الرّملِ، وما هذا الأفولْ؟

قُلْ لَنا، يا لَهَبَ الحاضِرِ، ماذا سنقولْ؟

مِزَقُ التّاريخِ في حُنجرتي

وعلى وجهي أماراتُ الضّحيّهْ

ما أَمَرَّ اللّغةَ الآنَ وما أضيقَ بابَ الأبجديّهْ!

حاضناً سنبلةَ الوقتِ ورأسي برجُ نارْ

أصديقٌ صار جلاّداً؟

أجارٌ قالَ: ما أبطأ هولاكو؟

مَنِ الطارقُ؟ جابٍ؟

أعطِهِ الجزيةَ... أشكالُ نساءٍ ورجالٍ...

صُوَرٌ تمشي...

أشَرْنا وتَسارَرْنا

خطانا خيطُ قتلى

أترى قتلُكَ من ربِّكَ آتٍ؟ أم ترى ربُّكَ من قتلِكَ آتٍ؟

ضَيَّعَتْهُ الأحجيَهْ

فانحنى قوساً من الرُّعبِ على أيّامهِ المنحنيَهْ.



ALI AHMAD SAID (ADONIS)

(Versión original en  árabe)




***




Ali Ahmad Said Esber (1930), conocido por su seudónimo Adonis o Adunis,  es un poeta y ensayista sirio. Adonis ha desarrollado su carrera literaria principalmente en el Líbano y Francia. Ha publicado más de veinte libros de poemas en árabe, y es considerado desde hace varios años uno de los aspirantes a obtener el Premio Nobel de Literatura. Entre 1970 y 1985 fue catedrático de literatura árabe en la Universidad del Líbano. En 1976, fue nombrado profesor invitado en su alma máter. En 1980, emigró a París para escapar de la guerra civil libanesa, y durante unos años fue profesor en la Sorbona y en el Colegio de Francia. Adonis es un pionero dentro de la moderna poesía árabe. Es considerado como un rebelde, un iconoclasta que sigue sus propias reglas.



















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 24 DE ABRIL DE 2026

 




























jueves, 23 de abril de 2026

REVISTA DE PRENSA. EL GOBIERNO DE TRUMP ESTÁ MALINTERPRETANDO LA HISTORIA, POR STEWART PATRICK. ESPECIAL NOCHE TRES DEL 23 DE ABRIL DE 2026

 







Algunos integrantes del gobierno de Donald Trump han estado canalizando a su Tucídides interior; parafrasean los aforismos del historiador griego sobre la realidad implacable del poder en un mundo de países interesados en sí mismos.

En enero, el presidente de Estados Unidos designó a la intervención militar unilateral que terminó con la captura del líder venezolano Nicolás Maduro como un ejemplo de las “leyes de hierro que siempre han determinado el poder mundial”. Cuando se le preguntó sobre la operación estadounidense en Venezuela, el asesor principal de política de la Casa Blanca, Stephen Miller, se burló del presentador de CNN Jake Tapper por su ingenuidad sobre “cortesías internacionales” como la Carta de las Naciones Unidas. “Vivimos en un mundo, en el mundo real, Jake, que se rige por la fuerza, por la imposición, por el poder.”

La guerra con Irán solo ha reforzado estos instintos. El 7 de abril, Trump advirtió al régimen iraní que se rindiera ante el poderío estadounidense. De lo contrario, amenazó: “Toda una civilización morirá esta noche”.

Esas referencias a las verdades intemporales de la política de poder suelen estar inspiradas en Tucídides, cuya Historia de la guerra del Peloponeso sigue siendo un texto fundamental para los autoproclamados realistas de política exterior. A menudo, legisladores y analistas invocan esa obra para explicar la inevitabilidad de la rivalidad entre las grandes potencias y justificar la dominación de los débiles. Pero sus análisis no ofrecen una lectura lo suficientemente cuidadosa, y con frecuencia pasan por alto las lecciones más profundas del historiador sobre los peligros de ejercer el poder sin límites ni legitimidad.

El pasaje más famoso de la Historia de Tucídides es el “diálogo de los melios”. Ahí, una delegación ateniense lanza un ultimátum a la isla de Melos: someterse al poder superior de Atenas y convertirse en un Estado tributario en su guerra contra Esparta o enfrentarse a la destrucción. Los melios abogan por permanecer neutrales, pero son rechazados. “Ya lo saben tan bien como nosotros”, dicen los atenienses, “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Melos es vencida, los hombres adultos son ejecutados y sus mujeres y niños, vendidos como esclavos.

El segundo periodo presidencial de Trump ha adoptado con entusiasmo la lógica del diálogo de los melios. Esa lógica se refleja en la declaración sin rodeos de Trump al presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski cuando le dijo “no tienes las cartas”; en su intento de forzar a Dinamarca a ceder el control de Groenlandia; en la aplicación unilateral de aranceles a naciones más pequeñas; en sus amenazas de “tomar” Cuba en el momento que Estados Unidos elija, y en sus demandas a los aliados de la OTAN —no consultados antes de la guerra en Irán— de que contribuyan a abrir el estrecho de Ormuz. Estas son las acciones de una superpotencia renegada que ha abandonado cualquier pretensión de liderazgo ilustrado o aspiración a la legitimidad en favor del puro dominio global. El acoso incesante del gobierno de Trump ignora una lección central de la Antigüedad clásica: la transición de Atenas de una hegemonía benévola a un imperio malévolo allanó su camino a la ruina.

Desde el siglo VII a. C. en adelante, las ciudades-Estado de la antigua Grecia reconocían a una de ellas como su dirigente natural, merecedora de un estatus preeminente y de derechos especiales por su aporte desproporcionado a la defensa colectiva. Llamaban a este poder el hegemón. Este liderazgo, sin embargo, a menudo era disputado. El enfrentamiento más célebre fue la guerra del Peloponeso, que enfrentó a Atenas contra Esparta. Al final, Atenas fue vencida.

“Lo que hizo inevitable la guerra”, escribió famosamente Tucídides, “fue el crecimiento del poder ateniense y el miedo que esto causó en Esparta”. Muchos estudiosos contemporáneos se han aferrado a esta frase como una explicación sucinta de la inevitabilidad de la guerra entre grandes potencias. Como Atenas y Esparta, nos dicen, Estados Unidos y China corren el riesgo de caer en una “trampa de Tucídides”.

Pero, como deja claro el propio historiador, las causas de la guerra eran más profundas. Lo que hacía tan preocupante el poder en aumento de Atenas era su violación de las normas helénicas, al buscar transformar su liderazgo consensuado en un imperio coercitivo. En el debate de los espartanos sobre si ir o no a la guerra, una delegación ateniense de visita justificó el viraje imperial de Atenas: “No fuimos nosotros quienes dimos el ejemplo, pues siempre ha sido ley que el más débil esté sometido al más fuerte”. Esa declaración resultó contraproducente: los espartanos confirmaron sus sospechas sobre las intenciones imperialistas de Atenas y los llevó, junto con sus aliados, a aprobar una declaración de guerra. En otras palabras, lo que hizo inevitable la guerra no fue solo la existencia de grandes potencias rivales, sino el hecho de que una de ellas estaba abusando de las reglas del sistema que había hecho posible su ascenso.

La tentación de explotar el dominio es un impulso histórico recurrente, uno al que ha sucumbido el Estados Unidos de Trump. Cansado de asumir cargas en aras del interés general, Estados Unidos está aprovechando y abusando de su dominio estructural para maximizar sus beneficios, coaccionando y extrayendo ventajas incluso de sus socios más cercanos. Como en tiempos de Tucídides, esta postura promete beneficios a corto plazo, pero un desastre a largo plazo.

La genialidad de la política exterior estadounidense posterior a 1945 consistió en insertar el asombroso poder de Estados Unidos en un marco de instituciones y leyes internacionales en el que todas las naciones, grandes y pequeñas, pudieran participar y beneficiarse. No era perfecta y coincidió con muchos episodios de intervención imperialista. Pero, en general, la estrategia dio sus frutos a Estados Unidos. Amortiguó la realidad del dominio estadounidense, legitimó el poder estadounidense y produjo un orden que en gran medida concordaba con los intereses estadounidenses.

El gobierno de Trump está destruyendo cualquier fe que todavía quedara en que Estados Unidos puede ejercer el poder de manera responsable. También está eliminando cualquier distinción entre el ejercicio del poderío estadounidense y las acciones rusas en Ucrania y el comportamiento chino en el mar de la China Meridional o (potencialmente) en Taiwán.

Los líderes, al fin y al cabo, necesitan seguidores. Trump puede insistir, como ha hecho en el conflicto con Irán, en que “¡NO NECESITAMOS LA AYUDA DE NADIE!”. Pero si Estados Unidos sigue por este camino, se encontrará sin aliados ni amigos, una superpotencia solitaria en un sistema internacional sin ley que ha ayudado a crear. No es demasiado tarde para revertir el curso, y eso empieza con una lectura más detenida de Tucídides. STEWART PATRICK dirige el Programa de Orden e Instituciones Globales del Carnegie Endowment for International Peace. Publicado The New York Times el 20 de abril de 2026.