DESDE EL TRÓPICO DE CÁNCER
El blog de HArendt (2006-2026) Pensar para comprender, comprender para actuar
jueves, 25 de junio de 2026
DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA RUSIA DE OCCIDENTE, POR JAVIER MORENO LUZÓN. PUBLICADO EL 24 DE JULIO DE 2017
El mito de la Revolución de Octubre sigue vivo; las hazañas de Lenin y Trotski aún despiertan simpatías entre algunos izquierdistas españoles. Las alusiones a 1917 no son inocentes; sus consecuencias, que marcaron el siglo XX, todavía nos interpelan. Lo comenta en El País Javier Moreno Luzón, catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro, recién publicado, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos).
El revolucionario ruso León Trotski, comienza diciendo, pasó en España los últimos meses de 1916, tan solo un año antes de tomar el poder en Petrogrado. Fue un viaje azaroso: expulsado de Francia, anduvo por Madrid, donde disfrutó del Museo del Prado, hasta que la policía lo encarceló y lo mandó a Cádiz, a la espera de un barco que lo sacase del país. Apenas logró manejar unas cuantas palabras en castellano, pero captó algunos rasgos de la vida española, como la mala fama de los políticos, las desigualdades sociales o el poder de la Iglesia. Le impresionaron la indolencia, la amabilidad y el calor. Desde su siguiente destino, Nueva York, escribió que el problema agrario y el carácter violento de sus habitantes hacían de España, después de Rusia, el lugar donde resultaba más probable una revolución.
Aquel paralelismo entre los dos extremos de Europa tenía antecedentes tan ilustres como el de Miguel de Unamuno, quien había afirmado que ambos pueblos compartían una misma religiosidad mística y un fondo comunal campesino. Los estereotipos hablaban de seculares atrasos y exotismos orientales, de gentes un tanto salvajes. Hasta el ancho de vía de sus respectivos ferrocarriles era mayor que el usual en el continente. El rey Alfonso XIII creía que la primera de las revoluciones rusas de 1917, la que hizo abdicar al zar, podía repetirse en España, sobre todo si entraba en la guerra europea como había hecho Rusia.
Durante unos meses, los acontecimientos dieron la razón a los augures. Ese mismo verano se encadenaron varios conatos revolucionarios en España: el de las juntas militares, que expresaban agravios corporativos; el de catalanistas y republicanos, que convocaron una asamblea de parlamentarios para exigir la reforma de la Constitución; y el de los sindicatos obreros, lanzados a la huelga general. Hubo quien pensó en una réplica de la experiencia rusa, con un proceso constituyente custodiado por sóviets de obreros y soldados. Pero España no era Rusia: a la hora de la verdad, las clases medias catalanas no se aliaron con los huelguistas y los militares reprimieron la insurrección sindical. La monarquía española, más parecida a la italiana que al imperio de los zares, resistió el embate.
La verdadera fe que llegó a España desde Rusia en 1917 no fue la del febrero democrático, sino la del octubre rojo, un potente mito político que cambió el paisaje mundial, dividió a las izquierdas y atemorizó a las derechas. El campo andaluz vivió un trienio bolchevique en el que los jornaleros aspiraban al reparto de las tierras que habían conseguido los rusos; mientras los sectores conservadores alertaban del peligro soviético para imponer soluciones autoritarias. Aunque la escasa información jugara a veces malas pasadas. Los anarcosindicalistas de la CNT acogieron con entusiasmo aquel trastorno radical y los socialistas decidieron tantear su adhesión a la nueva Internacional. Pero sendos viajes a Moscú les quitaron las ganas, pues aquellos aguerridos héroes perseguían a los ácratas, exigían disciplina y despreciaban los derechos ciudadanos. Vladímir Lenin se lo dejó claro en 1920 a un atónito Fernando de los Ríos, enviado del PSOE: “Libertad, ¿para qué?”. Por entonces se organizaban ya los comunistas españoles.
La vieja Rusia medieval se había convertido, de golpe, en el faro que alumbraba el futuro de la humanidad. En España se publicaron decenas de libros sobre el experimento y numerosos viajeros confirmaron sus excelencias. Sin embargo, sus partidarios no salieron de los márgenes hasta la Segunda República, cuando el camarada Iósif Stalin había heredado ya las herramientas dictatoriales de Lenin y lanzado al exilio a Trotski, disidente en nombre del ideal leninista. Mediados los años treinta, el régimen staliniano se sumó a las coaliciones contra el fascismo que avanzaba en Europa y sus peones españoles hicieron lo propio con el Frente Popular que ganó las elecciones de 1936. Entraron en el Parlamento y se hicieron con el control de las juventudes socialistas, aunque la posibilidad de una revolución al estilo soviético, un fantasma que agitaron las derechas antirrepublicanas, era más bien remota. Al socialista Francisco Largo Caballero le quedó, eso sí, el remoquete de Lenin español.
España estuvo algo más cerca de transformarse en la Rusia de Occidente durante la Guerra Civil. La Unión Soviética era el único apoyo internacional de peso que tenía la República y su esfuerzo militar dependía de la ayuda de Stalin, por lo que los comunistas adquirieron en la zona leal una influencia decisiva. Cabeza de la contrarrevolución que acabó con las colectivizaciones orquestadas por los anarquistas al estallar el conflicto, aplicaron las técnicas ya probadas en la Unión Soviética, donde no solo habían barrido a los trotskistas, sino que también purgaban a los más adictos, en un sistema de terror sin límites. Los marxistas antiestalinistas del POUM fueron liquidados. En 1940, el catalán Ramón Mercader, al servicio de Stalin, asesinó a Trotski en su destierro mexicano.
A partir de ahí, el comunismo español formó el tronco principal de la oposición a la dictadura de Francisco Franco. Tras el fracaso del maquis guerrillero, adoptó una línea conciliadora que aspiraba a traer a España la democracia pluralista y no un régimen autocrático al estilo soviético. Esa distancia se ensanchó y la actitud constructiva del PCE protagonizó la Transición a la muerte del tirano. Poco quedaba ya del sueño revolucionario, aunque aún subsistían los métodos de Lenin, la jerarquía implacable y la purga de los discrepantes en el interior del partido. Su progresiva insignificancia acabó por diluirlo en Izquierda Unida, donde ha sobrevivido pese al derrumbe de la Unión Soviética.
Hoy, en el centenario de las revoluciones rusas, concluye diciendo, carecen de sentido las comparaciones de antaño y nadie podría imaginar una España sovietizada. Pero el mito sigue vivo y las hazañas de Lenin y Trotski, no tanto las de Stalin, aún despiertan simpatías entre algunos izquierdistas españoles. Sobre todo en Podemos, donde sus impulsores, que han hablado de leninismo amable, no ocultan su admiración por Octubre, su fuerza y sus procedimientos. Pablo Iglesias Turrión emplea la retórica revolucionaria y rinde homenajes a “aquel calvo”, “mente prodigiosa” que satisfizo los deseos de los trabajadores. Las alusiones a 1917 no pueden ser inocentes, pues sus consecuencias, que marcaron el siglo XX, todavía nos interpelan. Javier Moreno Luzón es historiador. El País, 24 de julio de 2017.
DEL POEMA DE CADA DÍA. GRAN CANARIA, POR PEDRO GARCÍA CABRERA. 25 DE JUNIO DE 2026
GRAN CANARIA
a Felo Monzón
Ya desde aquí en adelante
me seguirás en la marcha,
cresta de la lejanía,
esposa de la distancia.
Sobre los hombros del mar
toda isla es tierra en andas,
una tierra a contrapunto,
una tierra desterrada.
No puedo intuir siquiera
el pinar de Tamadaba,
pero los amigos sí
que los tengo en la mirada,
tanto los que están en pie
como al fondo de Jinámar.
Para saber que te llevo
en el costado clavada
no has de leerme la mano,
ha de bastar mi palabra.
Mas si la quieres leer
verás tan sólo en sus rayas
los caminos de una isla
que se llama Gran Canaria.
Caminos que me conducen,
sombreados de esperanza,
a roques que no se nublan
y a piedras enamoradas
de dialogar con las cimas
de sueños que no se alcanzan.
Sé que no dejas el tiempo
nunca en barbecho; descansas
como mares y trigales,
rizando siempre la espalda;
que jamás se te hace tarde
ni coge el sol en la cama.
Mas yo aprecio sobre todo
tus descartes de baraja,
los rincones que conversan,
el trapecio con pestañas
del faro que da sus vueltas
ágil de luz y de alma,
la intimidad del silencio
en la alberca de las plazas,
las palabras que caminan
la noche, redondeándola
con ternura de tahona
oliendo en la madrugada
y más que nada los brazos
del afecto, que levantan
y visten a los balandros
de la amistad velas blancas,
unos balandros que nunca
cambian el rumbo o naufragan,
esas versiones de amigos
que contra bosques de lanzas
en aceite convirtieron
los bofes de las borrascas.
Es tarde. En mis travesaños
se recogen las palabras.
Es la hora en que la sombra
y la montaña hacen tablas.
Todo se irá y volverá
todo vuela a ser mañana:
el mar, las islas, el viento,
la sed, la angustia y el alba.
Amigos míos, salud.
Buenas noches, Gran Canaria.
PEDRO GARCÍA CABRERA (1905-1981)
poeta español
***
Pedro García Cabrera (Vallehermoso, La Gomera, 19 de agosto de 1905 - Santa Cruz de Tenerife, 20 de marzo de 1981) fue un poeta y periodista español perteneciente a la Generación del 27. El 22 de febrero de 2012 el Gobierno de Canarias le dedicó el Día de las Letras Canarias.
DEL ASUNTO DEL DÍA. POR QUÉ STARMER DIMITE Y SÁNCHEZ SOBREVIVE, POR AGENDA PÚBLICA. 25 DE JUNIO DE 2026
En Westminster, Downing Street devora primeros ministros a velocidad de vértigo. En Madrid, el Palacio de la Moncloa funciona como un búnker inexpugnable. ¿Por qué el Reino Unido decapita a sus líderes al menor síntoma de debilidad, mientras España blinda a sus presidentes ante cualquier asedio político? La respuesta no reside en el carácter de sus políticos, sino en su fría arquitectura institucional: la guillotina británica frente al cerrojo español.
Si uno observa la política europea con la mirada puesta en las mudanzas oficiales, existe un gran contraste entre Londres y Madrid. En los últimos años, el número 10 de Downing Street ha parecido tener una puerta giratoria, engullendo a primeros ministros a una velocidad de vértigo. Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y ayer Keir Starmer. Todos sucumbieron a la presión, empacaron sus cosas y dimitieron frente a los micrófonos, forzados por sus propios compañeros y sin que la oposición hubiera articulado una mayoría para gobernar.
Mientras tanto, a mil quinientos kilómetros al sur, en el Palacio de la Moncloa, el manual de supervivencia es diametralmente opuesto. En España, los presidentes del Gobierno resisten asedios parlamentarios, crisis de popularidad y rupturas de coaliciones. La dimisión por pura presión política, sin una derrota formal y vinculante que traiga un sustituto bajo el brazo o por una derrota en una cuestión de confianza, no forma parte de la normalidad del sistema político español.
"Es una historia de dos parlamentarismos: el clásico y el racionalizado"¿Por qué el sistema británico devora a sus líderes mientras el español los blinda? La respuesta no reside en el carácter de los políticos, sino en la fría y calculada arquitectura de sus sistemas institucionales. Es una historia de dos parlamentarismos: el clásico y el racionalizado.
La guillotina de Westminster. Para entender la fragilidad del inquilino de Downing Street, hay que comprender primero qué motiva a quienes tienen el poder de echarlo: los diputados de su propio partido. El sistema político británico carece de una constitución escrita que blinde al gobierno, pero sobre todo, se basa en un sistema electoral mayoritario uninominal, el famoso First-Past-The-Post.
En el Reino Unido, no hay listas de partido. Cuando un ciudadano británico acude a las urnas, no vota por "el Partido Conservador" o "el Partido Laborista" en abstracto; vota por su representante local en su circunscripción (constituency). Esto crea una dinámica de poder radicalmente distinta a la del sur de Europa. El diputado británico le debe su escaño y su salario a sus votantes locales, no a la bondad del líder del partido que lo puso en una lista. "En Westminster, el Primer Ministro no es el dueño del partido; es un empleado de sus diputados. Y si los diputados creen que el gerente está hundiendo la empresa, lo despiden antes de que la empresa quiebre".
Cuando un primer ministro británico, como Boris Johnson tras los escándalos del Partygate o Liz Truss tras su desastroso plan económico, empieza a hundirse en las encuestas, el pánico se apodera de los backbenchers (los diputados rasos). Si la popularidad del líder nacional cae, el diputado raso perderá su escaño en las siguientes elecciones. Su instinto de supervivencia se activa.
Es aquí donde entra la maquinaria interna. Los partidos británicos son despiadados. En el caso del Partido Conservador, el legendario Comité 1922 canaliza este descontento. Si el 15% de los diputados envía una carta de censura al presidente del comité, se detona una votación secreta. Si el Primer Ministro la pierde, está fuera. Inmediatamente. Y todo esto ocurre dentro del propio partido en el poder, sin necesidad de que el Partido Laborista tenga una mayoría para gobernar. El sistema permite, y de hecho fomenta, el regicidio como mecanismo de supervivencia electoral. El líder cae al vacío sin red de seguridad. En el caso del Partido Laborista, el 20% de los diputados no pueden forzar la dimisión del primer ministro, pero pueden forzar unas primarias para elegir a un nuevo líder.
La obsesión española por la estabilidad. Crucemos ahora el Canal de la Mancha y los Pirineos. Cuando los constituyentes españoles se sentaron a redactar la Carta Magna de 1978, tenían un miedo atroz grabado en la memoria colectiva: la inestabilidad crónica de la Segunda República y el espectro del caos político. España no quería un parlamento que jugara a derribar gobiernos por capricho o crisis momentáneas. Miraron hacia la Ley Fundamental de Bonn en Alemania y adoptaron el parlamentarismo racionalizado.
La joya de la corona de este sistema es el Artículo 113 de la Constitución: la moción de censura constructiva. Esta es la principal razón por la que un presidente español no dimite por presiones del parlamento.
En España, la oposición no puede simplemente sumar sus votos para decirle al presidente: "Váyase, no confiamos en usted". Para derribar a un Gobierno, la Constitución exige presentar simultáneamente un candidato alternativo a la presidencia, junto con un programa político.
"La joya de la corona de este sistema es el Artículo 113 de la Constitución: la moción de censura constructiva"Imaginemos un parlamento muy fragmentado. Es perfectamente posible que una amplia mayoría de diputados (digamos, 200 de 350) quiera que el presidente dimita. Sin embargo, si esos 200 diputados (que pueden ir desde la extrema derecha hasta la izquierda anticapitalista y los nacionalismos periféricos) no pueden ponerse de acuerdo en votar a un mismo candidato sustituto, no hay moción de censura posible y el presidente sobrevive.
La Constitución española prefiere un gobierno débil, minoritario y desgastado antes que un vacío de poder. Te prohíbe destruir si no eres capaz de construir. Por eso, en toda la historia democrática de España, solo una moción de censura ha prosperado (la de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy en 2018), y requirió una alineación planetaria de fuerzas políticas muy dispares.
Las listas cerradas en España
Pero la moción constructiva no explica por sí sola por qué en España no vemos los "motines internos" que tan comunes son en el Reino Unido. ¿Por qué el partido de un presidente español impopular no lo derroca internamente, como hacen los Tories?
" ¿Por qué el partido de un presidente español impopular no lo derroca internamente, como hacen los tories?". La respuesta es el sistema electoral de listas cerradas y bloqueadas. En España, el ciudadano vota a la papeleta de un partido. El orden en el que aparecen los candidatos en esa papeleta lo decide, de facto, la cúpula del partido en Madrid (Génova o Ferraz). En la política española, el diputado individual es políticamente irrelevante. Si un diputado decide rebelarse contra su líder y pedir su dimisión, sabe que está firmando su propia sentencia de muerte política. En las siguientes elecciones, el líder simplemente lo eliminará de la lista electoral.
En España, los diputados deben su supervivencia profesional a la lealtad al líder; en el Reino Unido, se la deben a sus electores locales. Los presidentes españoles no temen a sus propios backbenchers porque controlan con mano de hierro quién entra y quién sale de las listas. Un golpe palaciego como los que sufre el partido conservador británico es prácticamente una imposibilidad matemática y orgánica en la política española contemporánea. Pensemos por un momento en el Comité Federal del PSOE del próximo sábado o en un equivalente del mismo comité en la Comunidad de Madrid?
Dos psicologías, dos democracias. El resultado de estas arquitecturas tan divergentes es la creación de dos culturas políticas y dos psicologías de liderazgo completamente distintas.
En Westminster, la rendición de cuentas (accountability) se entiende de forma continua y brutal. Un líder es fuerte solo mientras aporta valor electoral. En el momento en que se convierte en un pasivo, la cultura política dicta que debe "hacer lo honorable" (do the honorable thing) y dimitir. La presión mediática, parlamentaria y de sus propios correligionarios se vuelve tan insoportable que la dimisión es la única válvula de escape para que el sistema siga funcionando. No hace falta un gobierno alternativo preparado en las bancadas de la oposición; basta con que el partido gobernante decida iniciar unas primarias exprés o que se convoquen elecciones.
"En el Reino Unido, un líder es fuerte solo mientras aporta valor electoral. En el momento en que se convierte en un pasivo, la cultura política dicta que debe "hacer lo honorable" y dimitir"En España, por el contrario, el sistema puede generar líderes que ven la presión externa como ruido. El manual no escrito del presidente español dicta aprovechar la imposibilidad aritmética de la oposición para unirse, y esperar a que pase la tormenta. Ambos sistemas tienen patologías evidentes. El británico corre el riesgo de caer en crisis nerviosas permanentes, devorando líderes, cambiando de rumbo económico cada seis meses y generando una inestabilidad que espanta a los mercados. Prima la guillotina sobre la paciencia.
El modelo español, diseñado para evitar el caos, corre el riesgo del bloqueo y el cinismo institucional. Permite la supervivencia de gobiernos que no pueden legislar por falta de apoyos, pero imposibles de derribar porque la oposición está dividida. Un sistema que premia la supervivencia corre el riesgo de alejar a la ciudadanía de las instituciones, viendo cómo sus líderes se aferran al cargo aferrándose al articulado de la Constitución.
En el fondo, ambos parlamentos responden a la historia de sus naciones. El Reino Unido, confiado en su milenaria continuidad institucional, se permite el lujo de jugar a las sillas musicales con sus primeros ministros. España, todavía marcada por la fragilidad de su pasado, prefiere un piloto sin suficientes apoyos a los mandos antes que ver la cabina vacía. Agenda Pública. 23 de junio de 2026.
EGUN ON. AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN. GAUR, OSTEGUNA, 2026KO EKAINAREN 25A, EUSKARAZ
Kaixo, egun on berriro guztioi, eta ostegun zoriontsua. Nire maitea den hiriaren urtebetetzea joan da dagoeneko. Las Palmas de Gran Canaria 548 urte eta egun bat bete ditu orain. Eta Desde el trópico de Cáncer-en hemen gaude oraindik, beti bezala, oporrak izan edo ez. Gaurko blogeko sarrerak ikus ditzagun. Lehenengoa Agenda Públicako editoreak argitaratu du eta azaltzen du, uste dut arrazoi osoz, zergatik dimisioa eman zuen Starmerrek eta zergatik bizirik iraun eta eutsi zion Sánchezek. Bigarrena, bere uharteari, Gran Canariari, eskainitako poema bat da, Pedro García Cabrera poetak idatzia, oso ederra iruditzen zaidana. Hirugarrena, 2017ko uztaileko blogaren artxibo bat da, non Javier Moreno Luzón historialariak azaltzen duen zergatik bihurtu zen Espainia ia Mendebaldeko Errusia. Laugarrena, eguneroko umorezko marrazki biziduna da. Bosgarren sarrera, afalosteko kafean argitaratua, Íñigo Domínguez kazetariak idatzi du eta "Aberria sentitzeko argibideak" izenburua du; oso gomendagarria da. Seigarrena, arratsaldeko azken orduetan, Ramón Obiols politikari sozialista ohiak idatzi du, demokraziek gainbehera politikoaren arriskuez ohartarazten gaituena. Eta azkena, beti bezala, Harendten eguneroko "Gabon" mezua da bere irakurleentzat, Zorte Andereak eta Patu onberak irribarre egitea opa dielako zinez. Egun ona izan. Espero dut gaurko blog sarrerak interesgarriak izatea. Eta bihar arte, Zorteak uzten badu. Musuak. Maite zaituztet guztioi. HArendt
ENTRADA NÚM. 10882
miércoles, 24 de junio de 2026
BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. HOXE, MÉRCORES, 24 DE XUÑO DE 2026, EN GALEGO
Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos esta noite de mércores, 24-25 de xuño de 2026. Espero que pasarades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino vos acompañen. Ata mañá. Quérovos. Bicos. HArendt
DE LA TARDE QUE CAE. EL HOMBRE QUE COLECCIONABA QUIJOTES, POR IRENE LOZANO. 24 DE JUNIO DE 2026
Cuando Pedro Sánchez levanta la vista en su despacho de La Moncloa, ve un quijote. Desde hace años atesora una colección de figuritas del caballero andante, muchas adquiridas en Mojácar. Allí un escándalo menor de presunta compra de votos fue utilizado por la derecha en plena campaña de 2023 para acusarle personalmente de pucherazo.
La historieta pasó a engrosar el saco de descartes de la derecha, donde han muerto no se sabe cuántas proclamas sobre la maldad intrínseca del sanchismo. ¿Qué pasa hoy por la cabeza del presidente del Gobierno? No es fácil saberlo. Se guarda: para muchos sigue siendo enigmático. Sus libros, en cuya escritura colaboré, permiten extraer conclusiones.
En Manual de Resistencia describe su llegada a casa, defenestrado como secretario general del PSOE, la noche del 1 de octubre de 2016. Encontró a Begoña “con lágrimas en los ojos”. Para su forja como líder político, se trata de un instante fundacional: “Empecé a cobrar conciencia de la capacidad de resistencia que podía llegar a tener”. Preguntar cómo hace para aguantar es como plantear por qué florece el edelweiss a 3.000 metros de altitud: es su hábitat. No es que se crezca en las dificultades, que también. Es que la épica de la remontada es, como dicen los cursis, su zona de confort.
Aquella toma de conciencia ocurrió en 2016, el año del umbral. Fue el año de la victoria de Donald Trump y del Brexit, fenómenos que ni los más agudos analistas entendieron entonces. Ahora sí: en 2016 acabó “el fin de la historia”, esa época en que las conquistas democráticas y sociales occidentales eran tan imposibles de perfeccionar que sólo había que mantenerlas, como un bello macizo de rosas.
Creímos que lo conquistado no se perdería nunca, pero ahora, engolfados en el posfin de la historia, vemos el rosal deshojarse. La vieja época se deshace, la nueva no cobra forma aún. Según Gramsci, en ese momento liminar surgen los monstruos. Los de esta época huelen a macho y a imperio, tienen un carácter autoritario y, por toda idea, la reacción. Propugnan tecnologías punta para el capitalismo de la vigilancia y aman la motosierra.
Sánchez leyó a Fukuyama y ahora lo padece: la historia primero se para y luego camina hacia atrás. Pero el Pedro resistente, forjado como líder español y europeo en esta década convulsa, está empeñado en avanzar.
Vive acontecimientos que no habían ocurrido antes, incluso ha protagonizado unos cuantos. Pero sufre algo inevitable: se juzga lo que él hace hoy con los parámetros de ayer, como si la historia siguiera detenida.
Se puede aventurar que, tras ocho años navegando el temporal, observa la línea de la playa electoral de 2027 y esboza una sonrisa de satisfacción. Allí podrá hacer balance de su mandato, mostrar esta España mejor que él ha impulsado. Su rival, por el contrario, solo tiene un saco de descartes repleto de historietas fallidas. Si la derecha hubiera estudiado a Sánchez con rigor, habría aflojado: puede aburrirse, pero no desfallecer. El acoso personal y la agitación promovida contra él es el combustible que acelera su motor interno.
La experiencia del poder le ha enseñado a reinterpretar el hostigamiento: si en Manual de resistencia aún expresaba desconcierto ante los brutales ataques, en Tierra Firme la perplejidad da paso a un preciso marco de análisis. Ha comprendido cómo funciona “la máquina del fango”, el juego sucio orientado a envenenar la conversación pública y cambiar gobiernos. Cree que una de sus misiones es desvelarlo.
Tiene absoluta confianza en los logros de su etapa: la economía que más crece de la UE, la culminación de los fondos europeos, la revolución energética, el salario mínimo creciente... Seguramente preferiría que las elecciones no fueran a cara de perro, pero le motivan.
No creo que infravalore a Alberto Núñez Feijóo: él sabe cuánto se equivocaron quienes lo infravaloraron a él. Pero el adversario dirige un partido que pide cárcel para su hermano: en tiempos liminares todo es posible. Cuando alcance la orilla, saltará animoso a jugar la partida, con una hoja de servicios a España tan imbatible a sus ojos como un chuletón.
No va a precipitarse: él tiene el tiempo en la mano. Sabe esperar, se ha vuelto un paciente maestro del autocontrol. Tiempo y calma para hacer camino, porque así se pondrá todo en su sitio. El estrés lo combate haciendo deporte, a menudo con Begoña.
Cuando la imputaron, sufrió. Aquellos cinco días de abril fueron críticos, pero la pareja salió de ellos más unida. Y juntos renovaron su compromiso resistente. Dos años después, el proceso judicial desquiciado es una clase magistral sobre la máquina del fango. Impartida, eso sí, sobre los huesos de Begoña. No creo que lo olvide nunca.
Él guarda el tiempo en la mano, porque sabe que la gente tiene ojos: el acoso a Begoña ya no lo desgasta; quizá incluso opere a su favor. Está decidido a ser él quien decida cuándo acaba la legislatura. No por nada, es su trabajo.
Su experiencia le dice que desoír a los prudentes le suele funcionar. Tal vez alguno le animara a complacer a EE UU respecto al aumento del gasto en Defensa. No lo escuchó. Después denunció el genocidio en Gaza y la guerra de Irán, y se convirtió en la némesis global de Trump. A estas alturas, confía de forma plena en su instinto.
Es de los veteranos del Consejo Europeo. En los últimos años ha visto a su amigo António Costa dimitir ante una endeble sospecha de corrupción; y al socialdemócrata Olaf Scholz, convocar una moción de confianza que sabía perdida para adelantar elecciones a continuación. Enzensberger los llamaría héroes de la retirada.
Pedro Sánchez los ha visto conducirse con las reglas elegantes del fin de la historia. Y también lo que vino después: en Portugal la ultraderecha ha pasado, en cuatro años, de 12 a 60 escaños. En Alemania los ultraderechistas de AfD obtuvieron en aquellas elecciones anticipadas el 21%, su mejor resultado histórico.
A este lado del umbral, asoma una forma de neofascismo, aún no sabemos cuál. Para un resistente —me atrevo a especular— la retirada elegante puede leerse como una suerte de narcisismo moral que antepone el bienestar de la conciencia a la lucha política. Quizá estos tiempos liminares no son de retirada sino de resistencia.
Con motivo de la Cumbre Progresista de abril en Barcelona, Sánchez habló mucho con Lula, cuyos huesos pasaron 580 días en la cárcel. El Comité de Derechos Humanos de la ONU dictaminó que se habían vulnerado sus garantías, su derecho a un juez imparcial y su libertad. Más aún: calificó de arbitraria su exclusión de las elecciones de 2018. Fue el año que ganó Jair Bolsonaro y nombró ministro de Justicia al juez que había condenado a Lula, Sérgio Moro.
Lula se convirtió en héroe cuando la resistencia lo llevó a prisión. Sánchez, al menos por ahora, sigue en La Moncloa. La pregunta que queda en el aire es si un resistente es capaz de identificar el momento en que ya no resulta posible resistir más. O si resiste porque en sus oídos resuena una melodía que habla de ganar o morir: We shall never surrender, esa melodía.
Los momentos liminares se comprenden mejor tiempo después: algún día sabremos si es resistencia o terquedad, virtud de época o carácter. Pero si me preguntaran si el presidente del Gobierno se siente acorralado, diría que esta mañana se ha levantado, ha mirado un quijote y ha dicho: es lunes, sigamos. Irene Lozano es escritora. Su último libro publicado es Contra la bazofia digital (Península). Ha colaborado con Pedro Sánchez en sus libros Manual de Resistencia y Tierra firme.
























