jueves, 2 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. NACIDOS PARA TRIUNFAR, POR ELVIRA LINDO. 2 DE JULIO DE 2026

 





Niños de los sesenta o los setenta, niña de entonces, acuérdate hoy del inicio de las vacaciones. Recuerda que el lejano rumor de los coches de la carretera de Valencia eran un anticipo de las olas del mar. Recuerda la paz que te provocaba un boletín de notas sin mácula. Tus padres no pedían demasiado, solo el salvoconducto para seguir adelante. Para que no se te enfriara demasiado el cerebro, te compraban el cuaderno de vacaciones de la EGB, que más que de refuerzo parecía un libro de crucigramas. Nos estaban ablandando el cerebro, se decía entonces, pero es que habíamos dejado atrás los años cincuenta y la severidad se estaba diluyendo.

Severos seguían siendo los padres de los que conseguíamos zafarnos en cuanto llegábamos al pueblo. Era más fácil practicar la travesura clandestina bajo el autoritarismo paterno, un tanto negligente, que sometido al exceso de sobreprotección. Acuérdate de que cuando pasados unos años, no tantos, te convertiste en madre, una de esas gatas jóvenes que compatibilizaban el juego de los niños con la caña en el chiringuito. Madres y padres jóvenes de los viernes. Hubo algún lío. Ay, la vida secreta de los progenitores. Era el tiempo de las separaciones y tú, en ese campo, como en otros, fuiste precoz; acuérdate de que no querías calcar el código moral de tus padres. Pretendías educar con palabras prestadas de Summerhill, de Montessori, de centros que defendían el derecho a una infancia libre y creativa. La teórica sonaba bien; en la práctica, como suele ocurrir, hacías lo que podías. Amabas sumida en contradicciones. La muchachada no salió mal, a pesar de que teoría y descuido siempre iban de la mano.

Por eso, ahora me pregunto: si venimos de aquella educación relajada, si aquellos niños nuestros son ahora estos padres, ¿cómo llegaron a integrarse tan dócilmente en un sistema que somete a sus hijos a una agenda propia de ejecutivos? Un astuto diablo ha convencido a los progenitores para que desde el nacimiento pavimenten el camino hacia la PAU; alguien les inoculó la certeza de que a una criatura se le ha de dar bien toda materia, de que las tardes son para las extraescolares: unas veces por refuerzo; otras, porque ni el notable ni el excelente les son suficientes. En las familias humildes aún podría entenderse, desean que sus hijos se escapen del círculo de la pobreza, pero son las clases pudientes las que están forzando una competitividad ciega. Los padres vuelven a hablar de notas, ¿no es esto extraordinario? Contagian a los niños el estrés que provoca la necesidad no ya ser buenos, sino de ser los mejores. Quieren que experimenten el éxito desde la casilla de salida.

Un ensayo perspicaz de Santiago Gerchunoff, En la era de los niños cosa. Ensayos contra la crianza como emprendimiento, se refiere entre otras absurdas situaciones al angloparlante del parque infantil: “Hay algo muy turbador en oír a un muchacho de Madrid hablar en inglés a sus hijos, como si lo vieras llevando una máscara”. Recuerda las palabras sobre el exilio de Hanna Arendt: “Hay una diferencia abismal entre tu lengua materna y todas las demás”. Cualquier divertimento debe justificarse como parte de un currículum. Pero esos niños tan adiestrados para no decepcionar llegarán pronto a una adolescencia y frente al espejo se encontrarán con complejos e insatisfacciones que serán aún más evidentes si han sido adiestrados para ser individuos de éxito. Siempre nos quedará el inolvidable consejo de Natalia Ginzburg: hay que enseñar a los hijos no las pequeñas virtudes sino las grandes, “no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y saber”. Recordemos que no le salieron mal sus descendientes, ahí estaba el brillante historiador Carlo Ginzburg, que nos dejó la pasada semana. Yo me remito a un deseo: dejen a los niños jugar entre ellos, inventar sus reglas. Si eso les consuela, en el juego y la indolencia estival estarán recibiendo la lección más decisiva de su infancia. Elvira Lindo es escritora. El País, 28 de Junio de 2026.






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 2 DE JULIO DE 2026

 




























DEL ARCHIVO DEL BLOG. LOS AÑOS DE PLOMO, POR MARIO VARGAS LLOSA. PUBLICADO EL 1 DE JULIO DE 2017

 






Las ciudades italianas, incluso las más pequeñas, chisporrotean en el verano con actividades culturales: ferias del libro, festivales de música o de cine, conciertos, recitales, mesas redondas, conferencias, exposiciones, que atraen masas de espectadores de toda clase y condición. Es un espectáculo que, como decía una publicidad del pisco Vargas en el Perú de mi infancia, “alegra el espíritu y levanta el corazón”.

Paso un par de días en Bolonia, con motivo de las actividades organizadas por el diario La Repubblica, y tengo un diálogo de una hora con su director, Mario Calabresi, ante el frontispicio de una iglesia románica del siglo XIII, en la plaza de Santo Stefano, convertida en auditorio, que está rodeada de bares, cafés y restaurantes donde, mientras hablamos de literatura y política, un público en el que abundan los jóvenes toma cerveza y nos escucha, en apariencia muy atento. Es estimulante y grato estar en ese bello lugar, donde parece que reinan la cultura, la convivencia y la paz.

Pero, después de la cena con el vino, la pasta y el tiramisú obligatorios, otra cara de Italia me tiene despierto muchas horas en mi cuarto de hotel, mientras leo Spingendo la notte più in là, el libro de Mario Calabresi que cuenta la historia de su familia y de otras víctimas del terrorismo.

El padre de Mario, el comisario Luigi Calabresi, fue asesinado de un balazo en la espalda y otro en la nuca, cuando salía de su casa, por tres militantes de Lotta Continua, el 17 de mayo de 1972. El asesinato fue precedido de una campaña fraudulenta, acusándolo de haber asesinado a Guiseppe Pinelli, militante de aquella organización, que cayó de una ventana mientras era interrogado por la policía sobre una bomba que estalló en un banco milanés. Aquella campaña consistía en pancartas, manifiestos de intelectuales progresistas, volantes, denuncias en actos públicos, artículos de prensa, carteles en los muros de Milán. Así se fue imponiendo en la opinión pública aquella patraña. Sin embargo, a lo largo de los años iría siendo desmentida sistemáticamente por varias investigaciones oficiales que probaron de manera inequívoca que el comisario Calabresi no se hallaba en la habitación —las cinco personas que estaban en ella lo atestiguaron— cuando ocurrió la defenestración del militante anarquista. Pero es verdad aquello de “miente, miente que algo queda”. Hasta nuestros días la injusta sospecha, fabricada por el fanatismo y la demagogia, ha perseguido como una sombra la infortunada figura del comisario Calabresi.

Lo que más impresiona en el libro de su hijo son la sobriedad y el pudor con que aquella historia está contada, las catastróficas consecuencias que el asesinato del padre y la denigración de su figura tuvieron para la viuda y los tres hijos pequeños, la estoica supervivencia de la familia en los años siguientes. El libro es a la vez un testimonio y una averiguación muy objetiva de la oleada terrorista que asoló Italia en las últimas décadas del siglo pasado: los años de plomo. Grupos y grupúsculos extremistas habían decidido pedirle cuentas al despreciable orden burgués asesinando a sus exponentes más visibles; recuérdese el secuestro y asesinato de Aldo Moro. No se trataba de algo marginal, los asesinos contaban con una vasta red de cómplices en la prensa, la administración, los partidos políticos, los intelectuales y hasta entre los jueces, donde, por convicción o por miedo, los terroristas encontraban justificaciones, atenuantes, dilaciones e indultos. Estallaban bombas que mataban inocentes, se asesinaba a diestra y siniestra, Italia parecía acercarse al abismo. Todo aquello está resucitado con pericia periodística en el libro de Mario Calabresi y uno se pregunta qué clase de epidemia sanguinaria se apoderó de sus supuestas vanguardias políticas.

No hay siquiera un asomo de amargura en sus páginas, y menos todavía un espíritu de venganza. Se trata de una difícil búsqueda y reconstrucción de la verdad, entre las montañas de tergiversaciones y falsedades que querían sepultarla. Y, también, de la escueta y puntual descripción de las monstruosas injusticias que cometieron esos jóvenes fascinados por las orgías de violencia de la revolución cultural china, que querían lavar con sangre todo aquello que andaba mal en la sociedad italiana. Las imágenes de las viudas, padres, hijos, hermanos, de las decenas de víctimas de aquellas matanzas que aparecen a lo largo del libro, que, además de perder a sus seres queridos, tuvieron también que luchar para reivindicar sus conductas y credenciales, adulteradas hasta el absurdo para justificar los crímenes, mantienen en vilo al lector y le dan la sensación de vivir un aquelarre macabro. Acaso lo peor sean esos kafkianos trámites judiciales donde la vida se vuelve papeleo, jerga, burocracia, y las tragedias vividas y padecidas se evaporan en trajines tan infinitos como estúpidos. Algunos de los criminales pagan sus fechorías, pero otros, muchos otros, salen absueltos, indultados o escapan a Francia. ¿Es posible que aquello ocurriera en uno de los países más cultos y civilizados del planeta?

Es verdad que, comparado el terrorismo que acabó con la vida del padre de Mario Calabresi con el que practican en nuestros días los yihadistas, aquel nos parece un juego de niños. Aquellos asesinos escogían blancos individuales y se daban razones para sus crímenes, aunque para ello tuvieran que reinventar a sus presas. Los terroristas de nuestros días parten del supuesto de que no hay inocentes, todos los que no comparten la verdad religiosa o política que a ellos los convierte en explosivos humanos son culpables. Por lo tanto matan en bulto y en abstracto, al mayor número posible, en trenes, estaciones, conciertos, pues gracias a esos mares de sangre ellos llegarán más pronto al paraíso. Sin embargo, hay un hilo secreto que emparenta muy estrechamente a esas dos barbaries, que hermana a aquellos y estos asesinos. Es otro de los méritos del libro de Mario Calabresi ponerlo en evidencia.

Como ocurrió a finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando media Europa padeció una ola de atentados anarquistas, experiencia que describió Joseph Conrad en una novela extraordinaria, El agente secreto, a lo largo de la historia periódicamente han surgido bandas de fanáticos religiosos y políticos que creían en el baño de sangre purificador, en las matanzas que librarían a la humanidad de sus estigmas y bajarían el cielo a la tierra. En el libro de Mario Calabresi ha quedado retratada de manera ejemplar, en un caso particular, toda la absurdidad y la demencia que sustenta aquella creencia, y el dolor y las atroces injusticias que acarrea. Mario Vargas Llosa es premio Nobel de Literatura. El País, 1 de julio de 2017.




























DEL POEMA DE CADA DÍA. ALEGRÍA, POR WILLIAM BLAKE. 2 DE JULIO DE 2026

 






ALEGRÍA 




“No poseo nombre: pero nací hace dos días.”

¿Cómo te llamaré?

“Soy feliz.

Me llamo alegría.”

¡Que el dulce júbilo sea contigo!


¡Bonita alegría!

Dulce alegría, de apenas dos días,

te llamo dulce alegría:

así tú sonríes,

mientras yo canto.

¡Que el dulce júbilo sea contigo!




WILLIAM BLAKE (1757-1827)

poeta inglés




***




El poeta William Blake (1757 - 1827) es uno de los máximos referentes del romanticismo inglés. En estos versos, decide personificar a la alegría como una presencia recién nacida que debe alimentarse de la disponibilidad de las personas. Así, el hablante la libera al mundo para que pueda cumplir con su misión de llevar felicidad al mundo.




















DEL ASUNTO DEL DÍA. PROTEGER LA DEMOCRACIA, POR TREVA I PAU. 2 DE JULIO DE 2026

 







Hace unas semanas en un artículo, nos referíamos al prestigio de las instituciones públicas, advirtiendo que en los consensos entre los distintos grupos políticos e ideológicos radicaba, en gran medida, el acierto en la gobernanza del Estado en su conjunto, teniendo en cuenta que la soberanía nacional reside única y exclusivamente en el pueblo español (artículo 1 de la Constitución), que aspira a la paz y la justicia social y cuyos servidores, que son los representantes políticos, vienen obligados a garantizarla.

La Constitución de 1978, la más longeva de nuestra historia desde la de Cádiz de 1812, que fue la primera, es el resultado de una época de duros desencuentros, guerra civil y posterior y larga dictadura, que llevaron a nuestro país a la ruina y a la insignificancia a nivel internacional.

Con ánimo de decir nunca más, vencedores y vencidos, y vencidos y vencedores, pactaron una Carta Magna que pusiera fin al enfrentamiento y así recuperaron en un nuevo marco jurídico democrático y social una gobernanza respetuosa siempre con las mayorías y minorías parlamentarias conforme a las normas democráticas recogidas en la Constitución, en la que todos los ciudadanos debíamos ser actores de la política.

Recordemos aquellos hombres y mujeres de todos los signos políticos, muchos de ellos venidos de un triste y largo exilio, que concibieron y pactaron una reforma en profundidad de nuestro sistema político, retornando España a la democracia perdida y ofreciéndonos un sistema homologable al del resto de países democráticos europeos.

Los índices de progreso y de estabilidad social son hoy parangonables con los de los países más desarrollados democráticamente del mundo occidental. Prueba de ello es nuestra presencia en el concierto de las naciones y la atención que merece España en el mundo, que se ha convertido, además, en el país más visitado, por encima de Francia y Estados Unidos.

Es una lástima que cuando el poder se cree poder y no servicio puede convertirse en interés de partido

Ya, desde un principio, ingresamos en las instituciones democráticas internacionales y no como meros observadores, sino participando activamente en ellas y ostentando relevantes responsabilidades hasta nuestros días. La voz de España es oída y respetada en la comunidad internacional

y participamos tanto en su defensa como en su desarrollo.

Nuestras empresas, sindicatos y en general la sociedad civil está activa y ejerce una actividad subsidiaria de primer orden en la sociedad, con iniciativas de gran calado y con una presencia internacional que coloca a nuestro país en una situación envidiable en el concierto internacional. Todo ello no es más que el esfuerzo común de los que vivimos en nuestro país; tanto los que nacimos en él como los que en él viven y trabajan somos actores indiscutibles de estos logros­.

España fue siempre un país de acogida, pero tampoco podemos olvidar que muchos españoles fueron acogidos en otros países (especialmente en Europa y América Latina), en los que se refugiaron a causa de la guerra y de las persecuciones políticas, así como aquellos que emigraron para sobrevivir, ya que nada podía ofrecerles la guerra ni la posterior dictadura. Si olvidáramos esto, traicionaríamos la memoria histórica de nuestro país. El desencuentro y la falta de respeto de los políticos en atender las verdaderas necesidades de los ciudadanos provocó la sangre, el odio y el resentimiento que aún parecen aflorar como si no existiera hoy la urgencia de potenciar la solidaridad entre todos nosotros.

Es por todo ello que tenemos una única y urgente necesidad en estos momentos que no es otra que la de proteger la democracia, que no estaría, de ninguna manera, en peligro si se cumpliera escrupulosamente lo dispuesto en la Constitución. Aquellos que ejercen la función pública deben respetarla, pues su incumplimiento conduce inexorablemente a su desaparición. No cabe duda de que vivimos unos momentos agitados que preocupan seriamente al conjunto del país y se habla de la necesidad de convocar elecciones generales o de presentar una moción de censura. Probablemente ninguna de las dos cosas se va a realizar porque existen razones, meridianamente evidentes, para saber de antemano que eso será así.

Entretanto, sería perentorio recuperar las buenas maneras del discurso parlamentario, asumiendo las admoniciones de León XIV en su reciente y singular intervención en el Parlamento español. Y recordar en la práctica que la función primordial del Parlamento es discutir iniciativas legislativas y no las ocurrencias, habitualmente carentes de ingenio, de parlamentarios agresivos, reiterativos y poco ejemplares.

Es una lástima que cuando el poder se cree efectivamente poder y no servicio puede convertirse en interés de partido, lo que hace muy difícil e incluso imposible llegar a acuerdos, ya que no hay otro acuerdo que el de estar y pasar por lo que cada uno de ellos considera en virtud de sus intereses, siempre legítimos, pero no siempre compartidos ni convenientes a la sociedad. Hoy en España no queda más remedio que afrontar la lamentable situación en la que nos encontramos por el bien de todos nosotros. La responsabilidad no solo está en nuestras manos, sino que reside fundamentalmente en manos de nuestros servidores. Colectivo Treva i Pau. La Vanguardia, 30 de junio de 2026.




















BUENOS DÍAS DE NUEVO A TODOS Y FELIZ JUEVES, 2 DE JULIO DE 2026, EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY, EN CASTELLANO







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves, en la mitad ya de la primera semana de este mes de julio. Felices vacaciones a quienes tengan la fortuna de estar disfrutándolas ya. Vamos con las entradas del blog de hoy. La primera la firma el colectivo Treva i Pau, que centra su artículo en la necesidad de proteger la democracia construída por la Constitución de 1978. El poema del día es del poeta inglés del siglo XVIII, William Blake, de titula Alegría, y comienza así: ““No poseo nombre: pero nací hace dos días.”/¿Cómo te llamaré?/“Soy feliz./Me llamo alegría.”/¡Que el dulce júbilo sea contigo!”. Luego viene el archivo del blog, hoy de julio de 2017, escrito por Mario Vargas Llosa y titulado Los años de plomo. Tras las viñetas de humor llega el café de sobremesa de todos los días, hoy jueves, de la escritora Elvira Lindo y titulado Nacidos para triunfar. Y el de la tarde que cae es del cineasta David Trueba y lleva por título la centrifugadora, imagino que intuyen por qué… La última, como siempre, es el Buena noches diario de HArendt a sus lectores, deseándoles de corazón que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Que pasen un buen día. Espero que las entradas del blog de hoy sean de su interés. Tamaragua, amigos míos. HArendt


























ENTRADA NÚM. 10944

miércoles, 1 de julio de 2026

BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. AVUI DIMECRES, 1 DE JULIOL DE 2026, AVUI, EN CATALÀ

 






Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i somnis dolços a tots aquesta nit de dimecres/dijous de l'1 al 2 de juliol de 2026. Espero que hagin passat un bon dia en companyia de les seves famílies i amics. Gràcies de tot cor per haver-se fet una volta pel bloc. M'alegraria creure que han gaudit de la visita. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. Petons. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. TOLERAR LOS LÍMITES DE LA CONDICIÓN HUMANA, POR PATRICIA FERNÁNDEZ MARÍN. 1 DE JULIO DE 2026

 





Un hombre de 36 años acude a una consulta por ataques de pánico. Se trata de una persona exitosa que dedica gran parte de su tiempo a optimizar distintos aspectos de su vida: el trabajo, la salud, el ejercicio físico o las finanzas. Tras cometer un error laboral, comienza a experimentar un intenso miedo a volver a equivocarse, llegando a consultar a diferentes médicos para descartar problemas de atención o posibles deficiencias vitamínicas que pudieran explicar una supuesta pérdida de rendimiento. Más allá del error concreto, lo que le resultaba intolerable era la posibilidad de sentirse vulnerable. >Este caso ilustra una problemática cada vez más frecuente en la sociedad contemporánea: la dificultad para aceptar los límites inherentes a la condición humana.

La crisis de salud mental puede entenderse, al menos en parte, relacionada con esto. Parte del malestar contemporáneo proviene de la dificultad para aceptar experiencias normales de la vida, como la tristeza, la incertidumbre, el fracaso, la soledad, la pérdida o la enfermedad. Cuando toda experiencia dolorosa se interpreta como algo anómalo, la vida se vuelve más difícil de soportar. Así, situaciones inevitables como una ruptura amorosa, un error en el trabajo o un conflicto con un amigo se viven como injusticias o fracasos personales que deben resolverse de inmediato o corregirse. Según la psicóloga Olalla Martínez Rubín, muchas personas que consultan por ansiedad crónica o somatización presentan una dificultad para aceptar experiencias humanas dolorosas, pero normales. El malestar no proviene únicamente de estas experiencias, sino del esfuerzo constante por evitarlas, corregirlas o encontrar una explicación que las elimine.

Parte de esta situación puede explicarse por la forma en que la cultura contemporánea nos enseña a relacionarnos con los límites. En las últimas décadas se ha reforzado la idea de que cada persona puede construir su identidad, controlar su destino y alcanzar cualquier meta si se esfuerza lo suficiente. Sin embargo, la realidad sigue imponiendo límites inevitables como la biología, la enfermedad, el envejecimiento, las circunstancias sociales, la suerte o la propia muerte. Por supuesto, existen límites injustos que requieren ser cambiados —como la discriminación, la pobreza o la falta de derechos—, pero también otros que no pueden eliminarse, como la vulnerabilidad, la dependencia, el sufrimiento, la incertidumbre o la muerte. La madurez individual y colectiva reside en saber diferenciar ambos.

Anteriormente, la cultura ofrecía referencias compartidas para interpretar la realidad y afrontar los límites. Elementos como la religión, la espiritualidad, las costumbres, la amistad, la familia, las redes de apoyo, las leyes o las instituciones proporcionaban normas y relatos que ayudaban a comprender experiencias dolorosas. Aunque estos marcos impusieran responsabilidades, también ofrecían orientación, sentido y pertenencia. Además, ahora hay una tendencia a pensar que el individuo puede depender solo de él. Sin embargo, cuando la experiencia se interpreta únicamente desde la perspectiva subjetiva, puede resultar más difícil tolerar la crítica, el desacuerdo o la frustración.

Pese a los avances científicos y tecnológicos, siguen existiendo límites en la naturaleza que no pueden eliminarse por completo. La enfermedad, el envejecimiento, la pérdida o la muerte nos recuerdan que existen aspectos de la vida que escapan a nuestro control. Los avances científicos han mejorado enormemente la vida humana, pero a veces también alimentan la expectativa de que todo problema tiene una solución inmediata. Por ejemplo, algunas personas viven el envejecimiento exclusivamente como un fallo que debe corregirse, en lugar de asumirlo como una dimensión inevitable de la vida humana.

La falta de aceptación de los límites también se traduce en que se ha perdido capacidad de espera. La cultura contemporánea fomenta la satisfacción inmediata de los deseos y las redes sociales refuerzan esta gratificación instantánea. El tiempo se ha convertido en un límite difícil de tolerar, y se tiende a exigir resultados rápidos en las relaciones o en la búsqueda de bienestar. Sin embargo, muchas de las experiencias más valiosas de la vida —como la amistad, el amor, el conocimiento, la madurez o la confianza— requieren tiempo, esfuerzo sostenido y compromiso. Del mismo modo, la frustración ha dejado de entenderse como una experiencia normal del desarrollo personal. Aprender implica equivocarse, trabajar supone afrontar dificultades, convivir exige aceptar conflictos y querer a alguien conlleva el riesgo de la pérdida.

Además, elegir implica renunciar. No se educa en la idea de que toda elección implica una pérdida. Esta abundancia de alternativas genera la ilusión de que siempre existe una opción mejor, lo que puede dificultar el compromiso. Elegir una pareja implica renunciar a otras relaciones posibles; elegir una profesión supone descartar otros caminos; y elegir un proyecto vital significa abandonar múltiples oportunidades. En este sentido, la dificultad contemporánea no reside solo en elegir, sino en aceptar lo que inevitablemente se deja atrás. Toda elección supone un límite, ya que implica renunciar a vivir todas las vidas posibles.

Como señala Martínez Rubín, desde una perspectiva terapéutica, el trabajo consiste en aceptar que equivocarse, sufrir, cansarse o rendir menos, en determinados momentos, es inevitable. También consiste en ayudar a la persona a reconocer y tolerar estos aspectos inevitables de la vida en lugar de mantener una lucha permanente contra ellos. Además, aceptar los límites es compatible con comprometerse —en una relación, una profesión, una familia, una amistad o una comunidad— ya que implica renunciar a otras posibilidades. Enfoques terapéuticos como la terapia de aceptación y compromiso actúan en esta línea. Estas terapias ayudan a adoptar una posición intermedia respecto a la libertad humana. Como ya señalaba Epicuro, algunas cosas dependen de nosotros, otras están determinadas por circunstancias que no controlamos y otras ocurren de manera imprevisible. La madurez consiste en reconocer simultáneamente nuestra capacidad de actuar y los límites que condicionan nuestras decisiones.

Esto no supone renunciar a la transformación social, sino recuperar una comprensión más realista de la existencia humana: reconocer que no todo depende de nosotros, que el sufrimiento forma parte de la vida, que existen condicionantes biológicos y sociales, que necesitamos a los demás y que toda elección implica una renuncia. Patricia Fernández Marín es psicóloga. Ethic, 24 de junio de 2026.



























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. ZAPATERO Y LA MIERDA, POR JAVIER CERCAS. 1 DE JULIO DE 2026

 





En pleno estallido del caso Zapatero, mientras leía noticias a cuál más deprimente, un titular me levantó el ánimo. “Con 89 años, tengo relaciones con distintos hombres fuera de la residencia”, declaraba a El Periódico una señora. Pensé: “Olé tus ovarios”. También pensé: “En las próximas elecciones, votaré a esta señora”. Pasado el subidón, volvió la depresión.

Lo más serio que se ha dicho sobre el caso Zapatero lo dijo en el Congreso Gabriel Rufián: “Es una mierda”. Pero yo no creo que sea una mierda porque Zapatero fuera un faro moral o un padre político que ha dejado a oscuras o huérfana a la izquierda, o por cualquiera de las demás cursiladas que se dijeron aquellos días. Yo creo que es una mierda porque Zapatero fue presidente del Gobierno. Que yo lo votara dos veces —todas las que se presentó a la presidencia— es lo de menos; lo relevante es que fue el presidente de todos, incluidos los que no lo votaron. Esa es la mierda auténtica. Hace ocho años, un Gobierno del PP cayó envuelto en casos de corrupción; todo parece indicar que este Gobierno va a caer envuelto en casos de corrupción. Esto no es un argumento equidistante: es un hecho. En realidad, ahora mismo no resulta nada fácil de explicar fuera de España, a menos que se recurra a la teoría de la conspiración, que siga en su puesto un presidente que tiene imputados por la justicia a su esposa, a su hermano, a su última mano derecha, a su penúltima mano derecha, a la mano derecha de su penúltima mano derecha y a un grupo de su propio partido, cuyo secretario de Organización urdió según el juez una “estructura criminal” para desacreditar adversarios; también a Zapatero, quien, como dijo Carlos E. Cué, para el presidente era mucho más importante que muchos ministros (así es: fue Zapatero quien pactó en 2023 con Puigdemont un acuerdo donde el PSOE suscribe todas las mentiras del secesionismo, lo que hizo posible la amnistía y la segunda legislatura de Sánchez). Dicho esto, ¿cómo extrañarse de que haya quien piense que todos los políticos son iguales y que el sistema está corrompido, gente a la que entren ganas de no volver a votar o de votar a una nonagenaria alegre y folladora? ¿Cómo es posible que haya quien acuse a esa gente deprimida de fomentar la antipolítica y no entienda que quien la fomenta son los políticos que no atajan de una vez la corrupción? Porque no se engañen: la cuestión no es cambiar los malos gobernantes por los buenos; la cuestión es cambiar el sistema de forma que ni siquiera los buenos gobernantes puedan convertirse en malos. ¿Imposible? Falso: en Dinamarca o Finlandia la corrupción es irrelevante. ¿Que nosotros somos distintos, que tenemos otra cultura y otra tradición? Y un cuerno: hace cuatro días también se decía que, a diferencia de daneses o finlandeses, nosotros no podíamos vivir en democracia porque teníamos otra cultura y otra tradición; y aquí estamos. No, la cuestión no es esa; la cuestión es que, en estos casi 50 años de democracia, nuestros partidos políticos —empezando por el PSOE y el PP— no han cumplido con su deber de crear un sistema lo más invulnerable posible a la corrupción; y que nosotros se lo hemos permitido. Esa es la verdadera mierda.

No ocultaré que conozco a Zapatero. Ya no era presidente, pero yo le había criticado en un artículo y quiso hablar conmigo. Conversamos; estuvimos de acuerdo en unas cosas y en otras no. No me pareció un faro, ni falta que hace: para ser un político útil basta con ser razonable y honesto, tener un poquito de humildad, saber escuchar, rodearse de buenos asesores y querer lo mejor para tu país. Me pareció que Zapatero cumplía los requisitos (y no tengo ninguna razón para pensar que mi nonagenaria favorita no los cumpla); ni se me pasó por la cabeza, en todo caso, que pudiera hacer nada semejante a lo que el juez le atribuye. Por lo demás, creo en la inocencia de Zapatero; por un motivo: porque la civilización consiste en creer que cualquier persona, sea el presidente del Gobierno o Jack el Destripador, sea de izquierdas, de derechas o mediopensionista, es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Todo lo demás es una mierda. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 20 de junio de 2026.