miércoles, 22 de julio de 2026

BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. HOXE, MÉRCORES, 22 DE XULLO DE 2026, EN GALEGO

 






Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos esta noite de mércores a xoves, 22 e 23 de xullo de 2026. Espero que pasarades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino vos acompañen. Ata mañá. Quérovos. Bicos. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. DE LOS NO NACIDOS (Y DE LOS TODAVÍA VIVOS), POR SANTIAGO ALBA RICO. 22 DE JULIO DE 2026

 






Ahora que todos volvemos a leer a Hannah Arendt, es necesario mencionar que la idea central de su pensamiento político es la de “nacimiento”: la del comienzo como matriz generadora de historias imprevisibles que se trenzan en un tejido común. “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o su productor”, dice Arendt en La condición humana, recordando que la existencia siempre nos viene dada y siempre se inscribe en un mundo preconstituido que, sin embargo, gracias a esa novedad puede ser transformado. A Arendt le importaba mucho insistir en el “nacimiento” como lo más decisivo de la vida humana, y ello en clara ruptura con su maestro y amante Martin Heidegger, al que guardó hasta el final una fidelidad pugnaz. Nada resume mejor esta ruptura con el existencialismo (y su ser-para-la-muerte) que esta breve entrada de sus Diarios filosóficos: “Parece como si los hombres desde Platón no hayan podido tomar en serio el hecho de haber nacido, y solo se hayan tomado en serio el hecho de tener que morir”. Esa obsesión por la muerte y la inmortalidad, tan dominante hoy en la ideología de los tenebrosos tecnobros de Sillicon Valley, olvida, en efecto, la importancia política y filosófica del nacimiento. Si la “gran decisión de la filosofía contemporánea” es la disyuntiva entre el Ser y la Tierra, según la última obra del profesor Villacañas, no cabe duda que el énfasis natalicio de Arendt es una clara apuesta por la Tierra frente al Ser.

De todos los que aún no hemos muerto, es verdad, se puede decir que vamos a morir, pero también puede decirse —de todos sin excepción— que hemos nacido. ¡Que levante la mano el que no haya nacido! Hace un mes, en estas mismas páginas, escribía que la única cosa que aún pueden hacer los humanos mejor que la IA es morirse. Es cierto, a condición de que recordemos que la IA tampoco puede nacer. Y que, mientras no aprenda a nacer, y a nacer de otra vida, podrá contar historias, e historias bien trabadas, pero no introducir en el mundo nada radicalmente nuevo.

Pero cuidado. El caso es que los ya nacidos no nacemos una sola vez. Por ejemplo, hace unos días encontré a un amigo al que no veía hace mucho tiempo y que me contó que había sufrido un infarto fulminante, con tan buena suerte que se encontraba en ese momento en el hospital para una revisión rutinaria y los médicos pudieron salvarle la vida. “Es como si hubiera nacido de nuevo”, me dijo. Condenados a muerte, todos los días sobrevivimos a un posible infarto y a un posible accidente de coche y a una posible caída. Cada día que no nos morimos volvemos a nacer. Aún más: volvemos a parir. Porque todos, cada vez que no nos morimos, cada vez que nacemos de nuevo, contribuimos a asegurar las condiciones de re-nacimiento del mundo, con todas sus cursilerías y todas sus porquerías. Es verdad que las mujeres saben de nacimientos más que los hombres, pero los hombres también paren, al menos en el sentido de que pueden ayudar a sobrevivir a esos nacidos prematuros que somos todos los humanos; y a consolidar y transformar con sus acciones un mundo en ininterrumpida gestación.

De manera que, si nos fijamos más en el nacimiento que en la muerte, introducimos en nuestras vidas un permanente fondo de ingenuidad. No de optimismo, no, esa chuchería analgésica de la que con razón se burlaba Voltaire en la figura de Pangloss, absurdamente convencido de que vivimos en el mejor mundo posible y de que incluso las desgracias más atroces anticipan un mundo superior. No hablo de optimismo sino de ingenuidad en su sentido clásico, etimológico, ése que asociaba la idea de nacimiento a la de libertad originaria. Todos, quiero decir, nacemos libres todos los días, aunque quedemos enseguida atrapados en una red de obligaciones, trabajos, cuerpos y relaciones de poder. El optimismo es incompatible con el estado actual del mundo. La ingenuidad, en cambio, acompaña a todos los mundos posibles porque tiene que ver con la repetición de lo imposible: el gesto de la madre regañona que vuelve a cambiar los pañales al único hijo que ha sobrevivido a la guerra, el del maestro desengañado que sigue enseñando el alfabeto entre las ruinas, el del bombero misántropo que regresa entre las llamas del bosque incendiado; el gesto, en definitiva, de nacer y parir contra toda esperanza y toda racionalidad. Suspicaces y escépticas, todas las madres del mundo —de cualquier sexo y de cualquier género— sostienen el universo sobre sus espaldas. El optimista suele acabar desengañado y buena parte de los suicidas son, en realidad, optimistas descabalgados. Las madres —de cualquier género— no son optimistas y por eso no se suicidan; sencillamente nacen y paren y de esa manera, como decía Hannah Arendt, restablecen con sus acciones, una y otra vez, el mundo común.

Así que hay que defender la ingenuidad frente al optimismo y recordar cuáles son sus tres fuentes milagrosas de renovación: los niños, cuyas demandas no se pueden ni rechazar ni procrastinar; el trabajo, de cuya repetición fatigosa depende todo lo bueno y todo lo malo del ser humano; y la belleza, cuyas revelaciones efímeras (artísticas, poéticas, literarias) no sirven para “orientarnos” o “educarnos” o “volvernos virtuosos”: sólo sirven para hacernos imprescindible el mundo común.

Por eso, cuando hablamos del aborto incurrimos en un malentendido. Nadie tiene derecho a nacer y nadie tiene derecho a impedir un nacimiento. No hay ningún derecho de los no nacidos ni tampoco sobre los no nacidos. Existe, sí, el derecho de los nacidos a cuidados, ropa, alimentos, reparo; es decir, el derecho a una vida digna y el derecho más general a que, una vez nacidos, a los niños les esté esperando aquí un mundo y no un infierno. Y existe asimismo el derecho de cada mujer individual a decidir sobre su propio cuerpo, con las aporías éticas y psicológicas que acompañan a toda verdadera decisión. Pero ni nacer ni abortar pueden ser un “derecho”. Si aceptásemos la idea del “derecho a nacer”, habría que reconocer enseguida el derecho a nacer rico, blanco, sano, feliz, lo que —contrario a la idea misma de “nacimiento”— instituiría una eugenesia de clase y privaría a la mayor parte de las mujeres del derecho sobre su propio cuerpo. Como ha ocurrido a lo largo de la mayor parte de la historia.

En este sentido, la obsesión de la derecha con los no nacidos es coherente con su tendencia, en tantos casos, a desentenderse de los nacidos, a los que tratan, contra la caridad cristiana, como seres condenados a muerte. ¿Y por qué ocuparnos de criaturas que se van a morir? Paradójicamente, entre los mal llamados activistas pro-vida y esos antinatalistas que, invocando los males presentes, se niegan a traer más niños al mundo, existe esta concordancia: los dos se tratan a sí mismos y a las generaciones futuras como condenadas a muerte. No es justo: los nacidos merecen volver a nacer; los no nacidos merecen un mundo mejor que este.

Este artículo, dirigido contra el optimismo, se opone también al pesimismo. Recuerdo que Chesterton, hace ahora un siglo, defendía los cuentos de hadas en cuanto que transmisores de un doble mensaje: (1) los monstruos existen y (2) podemos vencerlos. Pues bien, el optimismo es negacionista: pretende que los monstruos no existen. El pesimismo es derrotista: pretende que no podemos vencerlos. La ingenuidad actúa una y otra vez, sin falsas ilusiones, como si la victoria sobre los monstruos estuviese —nunca mejor dicho— al alcance de la mano. Demos a luz de nuevo al mundo; volvamos a nacer un día más. Santiago Alba Rico es filósofo. El País, 21 de julio de 2026.




















ESPECIAL 2 DE HOY. TAL VEZ LAS VIDAS AMERICANAS SI TENGAN UNA SEGUNDA OPORTUNIDAD, POR GUILO ALTARES. 23 DE JULIO DE 2026

 





American Pie, de Don McLean, fue la canción más larga que alcanzó al número 1 en Estados Unidos. La enigmática letra de este tema de ocho minutos, que no ha dejado de sonar en todo el mundo desde la década de los años setenta, arranca con la muerte en un accidente de avioneta en 1959 de los tres músicos más famosos de EE UU, Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper. Encarnaban, en cierta medida, la inocencia de un país que todavía no se había enfangado en la guerra de Vietnam ni vivía el estallido del movimiento de los derechos civiles contra la segregación racial, un país lleno de electrodomésticos y riqueza frente a la pobreza de la posguerra europea.


El objetivo de McLean era “escribir una canción sobre el final del sueño americano” que habla en sus interminables y evocadoras estrofas de una “generación perdida en el espacio / sin tiempo para empezar de nuevo”. Con los versos en los que describe a una pareja enamorada que baila en un gimnasio —que recuerdan tanto a la escena del pajar de Único testigo mientras suena otro clásico, What a Wonderful World, de Sam Cooke—, el cantautor refleja una imagen idílica de EE UU, pero que está a punto de caer por un barranco, uno de los temas centrales de la literatura y el cine estadounidense.

Nadie reflejó esa sensación de eterna fragilidad como el escritor que simbolizó a la vez la locura de los años veinte y el crack de 1929, Francis Scott Fitzgerald, ya sea con el final de El gran Gatsby —“Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado”— o en la primera frase de El Crack-Up: “Toda vida es un proceso de demolición”. Su esposa, la escritora Zelda Sayre, escribió sobre él cuando murió: “La contribución esencial de Scott es haber conseguido dramatizar la desesperanza y la pena de una época, y haber logrado, gracias a un valor trágico, una nueva razón de ser”.

La historia de Estados Unidos siempre se ha movido entre esos momentos de grandeza y caídas estrepitosas: muchas veces se ha encontrado al borde del precipicio, avanzando con decisión hacia el abismo. Pero también, en estos dos siglos y medio, ha ofrecido al mundo alguno de los momentos estelares de la humanidad. La Declaración de Independencia, firmada hace 250 años, es uno de ellos, al igual que su Constitución o el movimiento de los derechos civiles, tal vez la mayor lección de libertad que EE UU ha dado al mundo y que la actual presidencia de Donald Trump trata de revertir con todos los medios a su alcance.

La novela Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, refleja perfectamente lo que significó aquel movimiento contra la injusticia racial contado a través de los ojos de una niña a la que su padre enseña la solidaridad, la igualdad y la empatía hacia los demás, con independencia del color de su piel. Es difícil medir la inmensa influencia de la cultura estadounidense, pero sin Hollywood nuestro mundo sería mucho peor. Y el cine simboliza, además, todo lo que EE UU debe a los migrantes: fue una industria fundada en su mayor parte por refugiados judíos que huían primero de los pogromos rusos y después de los nazis.

La Guerra de Secesión; la Conquista del Oeste —el mito fundacional de Estados Unidos, que significó el exterminio de los nativos americanos—; la masacre racista de Tulsa en 1921; el Ku Klux Klan; la Caza de Brujas y la histeria anticomunista de los años cincuenta; la presidencia de Richard Nixon y el Watergate; la invasión de Irak en 2003, basada en mentiras, y toda la guerra con el terrorismo de Bush, que aplicó sin complejos la tortura…

A lo largo de su historia, este país ha pasado por momentos en los que parecía casi imposible que sobreviviese su democracia y los principios firmados hace 250 años para romper con la tiranía del imperio británico. No es sencillo saber qué lugar ocupa la presidencia de Donald Trump en medio de todos estos desastres; pero está bastante arriba. Solo podemos esperar que el famoso axioma de Francis Scott Fitzgerald —“No hay segundos actos en las vidas estadounidenses”— no se cumpla y que, una vez más, encuentre su razón de ser. Guillermo Altares es escritor. El País, 22 de julio de 2026.




















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. FUEGOS ARTIFICIALES EN LA FINAL DEL MUNDIAL, POR PILAR MERA. 22 DE JULIO DE 2026

 







Después de un año, que en el reloj de una niña de tres años es media eternidad, por fin llegaron los fuegos de Bouzas. Para mi peixiña, los fuegos de Bouzas son sinónimo de magia, familia, jolgorio, gente contenta y la puerta de nuestros cumpleaños. Alegría, esperanza y un ciclo que vuelve a empezar. Este año coincidieron con la final del Mundial y se retrasaron hasta la una de la madrugada. Vigo celebró el título llenando el cielo de colores. De camino al paseo marítimo donde los vemos, mi peixiña observaba risueña los ruidos jubilosos. En un momento de iluminación, frunció las cejas y me preguntó: “¿Por qué estamos contentas, si nuestro equipo es el Celta?” Mientras me sumergía en el proceloso mar de las identidades complejas y le explicaba que nadie puede disputar el lugar del Celta en nuestro corazón, que son competiciones distintas, que es bueno compartir celebraciones, y que además estaba Borja Iglesias, me preguntaba ¿cuántos fogonazos de esta noche recordará? ¿Cómo serán el mundo y ella cuando pasen unos cuantos mundiales?

Tengo pocos fogonazos del Mundial de España, que me pilló más o menos de su tamaño. Naranjito, mucho barullo en Vigo y un montón de señores bigotudos. Mis recuerdos claros llegan con las noches en familia de México 86. A partir de ahí, miles de escenas. En lugares distintos, con emociones cruzadas, curiosidad futbolera y casi siempre en familia. En este camino largo hemos cambiado mucho. El mundo, España, y mis hermanos y yo, que nos hemos convertido en adultos. Gente querida se ha ido y otros, como mi peixiña, han venido a llenarnos de luz.

En tiempos de crisis, en los que no paramos de señalar lo malo, está bien tener excusas para frenar y ser conscientes de lo construido en las últimas décadas. De vivir en dictadura hemos pasado a ser punteros en derechos sociales, con avances significativos en igualdad de género y en reconocimiento y protección a quienes habían vivido ocultos, sin existir para los demás o siendo objeto de burla en una sociedad machista que parecía monocolor. Hemos ganado en salud, educación y calidad de vida. Sigue habiendo muchos temas pendientes, sí, y estamos en un momento crítico, donde demasiados se esfuerzan por desmontar lo construido. Por eso mismo es importante reconocer con orgullo la importancia de estos logros y sentir una determinación feroz por defenderlos y hacerlos crecer. Blindar la alegría, la esperanza y el ciclo que vuelve a empezar. Para que cuando mi peixiña y su generación hagan balance dentro de un puñado de mundiales, vivan en un mundo que siga mereciendo la pena defender. Pilar Mera es historiadora. El País, 21 de julio de 2026.






















ESPECIAL 1 DE HOY. CÓMO LA GUERRA DIVIDE A LOS IRANÍES, POR MITRA VAND. 22 DE JULIO DE 2026

 







No es de extrañar que el Memorando de Entendimiento de Islamabad firmado en junio entre Irán y Estados Unidos haya demostrado ser bastante endeble.

Este conflicto nunca se ha resuelto, solo se ha pospuesto. No porque ninguna de las partes sea incapaz de la diplomacia, sino porque ninguna ha creído jamás plenamente en la otra. Pero para la gente de Irán, la noticia significó lo que siempre ha significado: la vida estaba a punto de volverse más difícil.

Ambos países sostienen versiones contrapuestas sobre los motivos, pero el resultado es el mismo: la guerra ha regresado a las provincias del sur de Irán.

Para los iraníes, la geografía de estos recientes ataques tiene un peso psicológico propio, especialmente para aquellos que recuerdan la guerra Irán-Irak. Las escenas de los bombardeos aéreos en las provincias del sur de Irán han reabierto heridas que creían pertenecientes a otra época.

Para mi generación, esto tiene un significado especial. Nos llamaban la Generación Quemada, crecimos en un país que intentaba reconstruirse tras ocho años de guerra. Nos entreteníamos con películas de guerra, escuchábamos canciones sobre el frente y nos dormíamos con historias de jóvenes que se convirtieron en mártires antes de tener edad suficiente para ser otra cosa. Muchos, incluyéndome a mí, perdimos familiares en esa guerra y tuvimos que visitar a tíos que regresaron con un trastorno de estrés postraumático indescriptible. Incluso nos llevaron a los campos minados en excursiones escolares, cargando con la memoria colectiva de que un país extranjero, con la ayuda de Estados Unidos , había violado nuestras fronteras y había matado a nuestros hijos. Independientemente de si comprendíamos o no la política, heredamos el trauma.

Los iraníes han experimentado muchas promesas a lo largo de varias generaciones: el Shah prometiendo modernización, la Revolución prometiendo justicia, los reformistas prometiendo un cambio gradual, el Movimiento Verde prometiendo elecciones justas, la campaña entre Estados Unidos e Israel prometiendo la destitución del régimen y la instauración de la democracia.

Muchas promesas, ninguna de las cuales se materializó a lo largo de la vida de nuestros padres, de  nosotros mismos o de nuestros hijos . Y aquellos que una vez pidieron al mundo exterior que los apoyara, ahora ven cómo la "ayuda" llega en forma de bombas.

Hay tantas cosas insoportables y desgarradoras en la experiencia de los iraníes. Quizás lo que más duele es saber que existe otro Irán que nunca aparece en los titulares internacionales, que permanece oculto al mundo exterior y que, de no ser por la guerra y el actual auge de los sectores más intransigentes, podría marcar el comienzo de una nueva era, más abierta.

Un amigo que recientemente dejó Irán me lo describió: Es como caminar por las calles de París. Jóvenes, hombres y mujeres, están sentados en cafés, escuchando música, tomados de la mano, y las mujeres ya no usan el hiyab.

Me dijo que las mujeres simplemente se niegan a usarlo. Entra en una galería de arte, un café o un restaurante, y verás gente cantando, bailando, disfrutando de esta libertad limitada, y, si lo pides discretamente, incluso alguien podría traerte una bebida por debajo de la mesa.

“Es esta generación joven; son algo aparte.” Y no se trata solo de Teherán. Este cambio se está produciendo en todo Irán, incluso en ciudades religiosas como Mashhad y Qom —ciudades en torno a las cuales la República Islámica construyó su identidad— donde los jóvenes están poniendo a prueba los límites discretamente.

Durante mi adolescencia y juventud, el miedo era una parte fundamental de la vida cotidiana. El Ministerio de Cultura y la Policía de la Moral nos vigilaban constantemente. Se habían instalado en las calles, en las escuelas, en las universidades, en las oficinas públicas e incluso en los hospitales, como si ningún lugar estuviera fuera de su alcance. A menudo, respirar se sentía imposible. Exigíamos reformas y pedíamos libertad, pero siempre nos encontrábamos con promesas vacías o con toda la fuerza de la maquinaria represiva del Estado.

Todavía se reportan cierres de restaurantes y cafés por parte de la República Islámica debido a problemas como la violación del hiyab o la música en vivo. Pero la nueva generación ya no espera a que la República Islámica les conceda sus derechos, por pequeños que sean. No tienen nada que perder. Han crecido conectados con el mundo exterior, dotados de conocimiento y mucho menos dispuestos a vivir bajo reglas en las que no creen. En lugar de esperar permiso, reclaman discretamente lo que consideran que ya les pertenece: la dignidad de vivir libremente.

“Este no es el Teherán en el que crecimos”, me dicen, “donde íbamos a la cárcel por escuchar música”.

Incluso antes de los últimos ataques estadounidenses, los iraníes estaban profundamente divididos respecto a la campaña militar conjunta de Estados Unidos e Israel contra Irán. Algunos creían que la presión militar era necesaria para debilitar a un régimen que se había mostrado reacio a reformarse. Otros temían que la intervención extranjera, en última instancia, causara más sufrimiento a los iraníes de a pie que a quienes ostentaban el poder.

La forma en que los iraníes experimentan Irán puede variar enormemente de una comunidad a otra. Irán está gobernado por una teocracia envejecida, pero alberga una de las poblaciones más jóvenes y dinámicas de la región. Es profundamente ideológico y fundamentalista, y a la vez profundamente pragmático. Gran parte de la población es religiosa y, sin embargo, se opone a la República Islámica. Y cuenta con algunos de los sectores más seculares de la región, aunque sigue gobernado por una teocracia sólida. La gente transita entre estos dos mundos, se contradice y profesa creencias que no se ajustan fácilmente a etiquetas.

Esta guerra no ha unido a los iraníes contra un enemigo común, pero sí ha puesto de manifiesto su cercanía al poder y los beneficios que les reporta. Quienes están vinculados a la República Islámica, ya sea física o ideológicamente, se sienten vencedores de esta guerra. No se trata solo de la generación mayor aferrada al poder. El apoyo al régimen trasciende edades, clases sociales y orígenes de una forma que los ajenos al sistema no suelen esperar. Los leales no temen las dificultades: el régimen ha sobrevivido a casi medio siglo de sanciones impuestas por uno de los países más poderosos del mundo; no tiene que rendir cuentas a los ciudadanos porque no fue elegido , sino designado por potencias superiores; y ha arrastrado a Estados Unidos a una guerra más larga de lo previsto que Estados Unidos no deseaba. Para los leales, ellos son los vencedores.

Durante las negociaciones , e incluso después del alto el fuego del mes pasado, los sectores más intransigentes continuaron utilizando una retórica belicista, amenazando no solo al presidente de Estados Unidos y a funcionarios estadounidenses, sino también a sus propios líderes, incluidos el presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, y el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araghchi, por aceptar negociar con Estados Unidos.

«Odio al régimen», me dijo una amiga que fue arrestada por protestar y que recientemente se convirtió en madre en Teherán, «pero odio aún más los bombardeos. Nunca sale nada bueno de ellos. El plástico solía ser lo más barato que existía. Ahora ni siquiera eso se puede comprar».

Su preocupación no era abstracta. Cuando se bombardean fábricas, se destruyen carreteras y se interrumpen las cadenas de suministro, las consecuencias las sufren primero las personas comunes que ya luchan contra la inflación, la pobreza y las sanciones. La gente pospone su futuro. Las empresas cierran antes de tener la oportunidad de crecer. Las deudas quedan sin pagar. Incluso pagar el alquiler o comprar alimentos se convierte en un cálculo diario agotador.

A los pocos días de la última oleada de ataques, murieron civiles, las carreteras quedaron destruidas , las escuelas cerraron, la ayuda tuvo dificultades para llegar a las comunidades afectadas y la vida cotidiana comenzó a organizarse de nuevo en torno a la posibilidad del próximo ataque aéreo.

Es a menudo en momentos como estos cuando un régimen arraigado se fortalece, no se debilita. Cuando la supervivencia está en juego, la gente recurre a cualquier estructura que funcione, incluso a la que odian.

Aun así, el ascenso de los sectores más intransigentes podría ser solo temporal, y no debemos olvidar el Irán que el mundo no ve. La nueva generación está rompiendo barreras de una forma que la nuestra jamás podría haber imaginado. Lo veo también en las redes sociales. A veces, apenas reconozco Teherán. Veo a jóvenes valientes, hombres y mujeres, que cada día superan los límites de lo posible , recuperando discretamente aspectos de la vida cotidiana.que antes parecían inimaginables.

« Quizás todo esto tenía que suceder —la masacre, el silencio de la comunidad internacional, el bombardeo de Irán— para que las cosas cambiaran », me dijo mi padre por teléfono. «A veces, incluso un enemigo puede obrar el bien, si Dios así lo quiere».

El coste psicológico de la guerra, sumado al trauma, moldeará tanto a Irán como a Estados Unidos de maneras que solo el tiempo podrá medir.

Las guerras acaban por terminar, se firman acuerdos de alto el fuego, los negociadores vuelven a la mesa de negociaciones, pero lo que queda es lo que hereda la siguiente generación. Mitra Vand es una escritora iraní-estadounidense originaria de Teherán. Su obra examina el autoritarismo, el exilio y las consecuencias emocionales de la violencia política. Escribe bajo un seudónimo. Substack, 22 de julio de 2026.






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 22 DE JULIO DE 2026

 






























DEL ARCHIVO DEL BLOG. SOÑADORES DEL PASADO, POR JORGE MARIRRODRIGA. PUBLICADO EL 23 DE JULIO DE 2019

 





Mientras medio planeta se asoma a la pantalla del móvil —lo cierto es que ya no sale de ahí nunca— para ver cómo será de viejo y a continuación se gasta lo que no tiene en ungüentos, dietas, ejercicios y “experiencias vitales” en la ilusión de que podrá evitarlo, en Londres se ha producido un conmovedor ejercicio de realismo histórico que ha pasado bastante desapercibido en medio de tanta arruga y cana virtual.

“Nuestra Armada Real es demasiado pequeña para gestionar todos nuestros intereses a lo largo del mundo”, ha declarado el secretario de Estado de Defensa del Reino Unido en referencia al apresamiento de un buque británico por Irán en el estrecho de Ormuz. Lo ha dicho el representante de un país que gobernó el mundo gracias precisamente a sus barcos. Palabras pronunciadas a metros de donde se levanta el monumento a Horacio Nelson, el tipo que paró los pies a Napoleón en el mar y que se dejó la vida para vencer en Trafalgar. Los cuatro leones de su columna están hechos con el bronce de cañones españoles. Para Nelson, lo demasiado pequeño no era su Armada, sino el propio mar.

Es verdad que las cosas no son lo que eran. Y lo más importante que se les olvida a algunos: no lo volverán a ser. Pero parece que el reconocimiento del secretario de Estado de Defensa no tiene un sentido de reflexión, sino aires de recochineo político. “Si esa es nuestra intención futura, será algo que corresponderá reconocer y manejar al nuevo primer ministro”, ha añadido. En el alambicado estilo lingüístico británico, esto quiere decir ahí os quedáis. Significa que quien hoy sea elegido líder del Partido Conservador, y ocupe el cargo —dure el tiempo que dure— de primer ministro, tendrá que buscarse la vida con el problema.

Probablemente, el elegido será Boris Johnson, uno de esos soñadores del pasado que tanto triunfan ahora. Ese tipo de personaje que considera borrable de un plumazo todo el tiempo transcurrido desde el momento en que considera que las cosas comenzaron a torcerse. Johnson tiene al otro lado del Atlántico, en Donald Trump, un buen ejemplo de esa estrategia. En realidad, añoran el mundo grande de cuando ellos eran más jóvenes. Pero eso no hay aplicación informática que lo cambie y Nelson no va a bajar de su columna. Jorge Marirrodriga es escritor. 23 de julio de 2019.


























DEL POEMA DE CADA DÍA. TUS HIJOS NO SON TUS HIJOS, DE KHALIL GIBRAN (1883-1931)

 







TUS HIJOS NO SON  TUS HIJOS




Tus hijos no son tus hijos,

son hijos e hijas de la vida

deseosa de sí misma.

No vienen de ti, sino a través de ti,

y aunque estén contigo,

no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,

pero no tus pensamientos, pues,

ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,

pero no sus almas, porque ellas

viven en la casa de mañana,

que no puedes visitar,

ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,

pero no procures hacerlos

semejantes a ti

porque la vida no retrocede

ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,

como flechas vivas son lanzados.

Deja que la inclinación,

en tu mano de arquero

sea para la felicidad

Pues aunque Él ama

la flecha que vuela,

Ama de igual modo al arco estable.




KAHLIL GIBRAN (1883-1931)

poeta libanés





***





Yibrán Jalil Yibrán (en árabe: جبران خليل جبران بن ميخائل بن سعد‎, Ŷibrān Jalīl Ŷibrān ibn Mijā'īl ibn SaꞫd; Bisharri, 6 de enero de 1883-Nueva York, 10 de abril de 1931) fue un poeta, pintor, novelista y ensayista libanés. Es conocido como "el poeta del exilio". La ortografía de su nombre más conocida procede de la transcripción inglesa Khalil Gibran del original árabe جبران خليل. La transcripción empleada usualmente en español en las ediciones de la obra de este autor es Gibrán Jalil Gibrán,[2] aunque las recomendaciones de romanización de la Fundéu[3] conduzcan a las transcripciones Yibrán Jalil Yibrán o Yubrán Jalil Yubrán.