viernes, 12 de junio de 2026

BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. AVUI DIVENDRES, 12 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 





Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i dolços somnis a tots aquesta nit de divendres, del 12 al 13 de juny del 2026. Acaba la visita pastoral del papa Lleó XIV a Canàries i Espanya amb anècdota final. Va viatjar a primera hora de l'illa de Gran Canària a la de Tenerife, per reunir-se amb els migrants acollits al centre d'internament de Las Raíces: L'estranger d'ahir pot ser el germà i veí d'avui, els ha manifestat amb èmfasi, i clama contra els que s'aprofiten de la desesperació, retenen documents i exploten treballadors, recordant-los. Els canaris valoren el Papa, però la migració és una altra cosa: El problema és a l'Àfrica, no aquí, li han dit. Després, visita al Bisbat de La Laguna i missa al port de Santa Cruz de Tenerife. I la sorpresa final: El motor de l'avió del papa Lleó XIV ha fallat, i davant dels dubtes sobre la seguretat de l'aparell, el rei Felip VI, que havia viatjat a Tenerife per acomiadar-se'n, li ha cedit el seu propi avió perquè volés de tornada a Roma. Gràcies, Sa Santedat, Espanya i Canàries us agraeixen la vostra visita i les vostres paraules. Això de la immigració, per desgràcia, és una altra cosa. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. Petons. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. LA NIÑA Y LA IA, POR SANTIAGO ALBA RICO. 12 DE JUNIO DE 2026

 





Hace unos días, en un vuelo a São Paulo, entré en el avión muy tarde y, cuando llegué hasta mi plaza, había en el asiento una niña. No era una aparición. Se llamaba Antonela. Era una niña minúscula y morena, de pelo crespo y ojos negrísimos, vestida con un pijama peludo de color rosa tachonado de estrellitas blancas. Tenía un año y medio y viajaba a Brasil con su mamá de vuelta a casa tras haber visitado a unos parientes en Portugal. Al ver a Antonela, que me miraba fijamente, no pude dejar de sucumbir a su desarmante belleza, pero tampoco dejar de pensar con una cierta contrariedad: “Qué viaje tan difícil me espera”.

No lo fue. Para alivio de su madre, orgullosa y cansada, Antonela acabó sentada entre los dos asientos, jugando alternativamente con cada uno de nosotros. Me tocaba el hombro y con elocuente riqueza de gorjeos y gorgoritos me pedía que liberara su cinturón de seguridad para —una y otra vez, infancia incansable— reenganchar hábil y trabajosamente la lengüeta en la hebilla. Yo me había reservado para el viaje la lectura de la encíclica papal Magnifica humanitas, que me mantenía muy concentrado, pero no me molestaba su juego. Al contrario: cada vez que me interrumpía, vivía su presencia a mi lado como una ilustración de las tesis del texto, que han sido siempre las mías: los límites y la fragilidad del ser humano, digamos, “no son un error a corregir” sino la condición de su “florecimiento”. ¿Puede imaginarse una fragilidad mayor que la de una niña de 18 meses a 10.000 metros de altura, lanzada por el aire en un huevo de acero? ¿Puede imaginarse un límite más acertado e insuperable, más preñado de florecimientos, que una niña que interrumpe con su dedo nuestros pensamientos? ¿Alguien osaría considerar a Antonela “un error a corregir”? Sólo un supercriminal se atrevería, en efecto, a matar a un niño (no digamos a 20.000), pero esa superhumanidad del asesino prueba justamente la relación ontológica entre la humanidad y los límites.

Así que la primera parte de mi viaje a Brasil la pasé leyendo la encíclica papal al lado de una magnifica humanitas, viva y morena, que me interrumpía cada tres minutos para explicarme en su idioma de gorgoritos lo que yo estaba leyendo. De esta manera, Antonela y la encíclica se han acabado mezclando en mi recuerdo, y ahora, al abordar su contenido, no puedo separarlas.

Cuando pensamos en la inteligencia artificial (IA) y en esta nueva encrucijada civilizacional, conviene que nos hagamos —quiero decir— dos preguntas al mismo tiempo: qué cosas aún podemos hacer mejor que la IA y qué cosas conviene que sigamos haciendo, aunque la IA las haga mejor que nosotros. En general, suele preocuparnos más la primera cuestión, como si se tratase de una competición en la que el perdedor quedara para siempre fuera de juego. Digamos la verdad: esa competición ya la hemos perdido. La IA lo hace ya todo mejor que nosotros: calcular, recordar, sintetizar proteínas, fabricar bombas, hacer planos, pintar, redactar ensayos, incluso escribir poemas (o pronto lo hará). Puede hacerlo todo porque todo se lo hemos enseñado nosotros y puede hacerlo todo mejor porque sus recursos cerebrales, al contrario que los nuestros, son infinitos. ¿Todo? Bueno, hay dos cosas que de momento nosotros todavía sabemos hacer y ella no: tener infancia y morirnos.

¿En qué consiste la infancia? En la alegre y trabajosa adquisición de un cuerpo humano en el choque con la luna y con la madre, con los monstruos nocturnos y con los adultos diurnos. ¿Podemos concebir una inteligencia sin infancia? ¿Sin traumas? ¿Sin la insaciable nostalgia de una caricia? Una inteligencia quizás sí; una inteligencia —aún más— podría memorizar todos los traumas de la humanidad y utilizarlos en una conversación para convencernos de su humanidad; podría incluso fingirse niña (y balbucear gorgoritos) para enternecernos, como nos enternecen los bebés de las películas. Eso es lo que llamamos un psicópata, capaz de remedar los sentimientos humanos para explotarlos o aniquilarlos. Pero si la inteligencia puede disociarse de los cuerpos, los niños no. La infancia es, sobre todo, la presencia corporal de una vulnerabilidad sagrada que mantiene en el mundo el vicio de cuidar. Madre puede ser cualquiera (incluso un hombre, incluso una loba), pero siempre en relación con un cuerpo que nos toca con el dedo y que no nos deja ser sencillamente inteligentes.

¿Y morirse? ¿Qué ventajas tendría morirse? Lo he escrito otras veces: al menos tres: el pensamiento, el amor y la risa. Gracias a la muerte, podemos pensar, esa cosa que, exclusivamente humana, los humanos hacemos raramente y que, si nos fiamos de Hannah Arendt, sólo sirve para desactivar los protocolos y los excesos de la inteligencia; algunos lo llaman todavía ética o moral. Gracias a la muerte, podemos también amar, ese doloroso interés en la existencia del otro que nos salva de nosotros mismos. Y gracias a la muerte, podemos permitirnos la risa, que es el derecho de los frágiles a tratar en pie de igualdad —y recordárselo— a los que también van a morirse. El pensamiento, el amor y la risa son a su vez las condiciones de la justicia, que Zeus concedió a los humanos desvalidos porque no tenían caparazón como las tortugas ni garras como las águilas ni pinchos como los erizos.

Ahora bien, defender nuestra humanidad no significa sólo defendernos de la IA (o ella o nosotros, en un juego de suma cero); significa seguir haciendo gestos humanos, aunque la IA pueda hacerlos mejor que nosotros. Está bien que haya lavadoras inteligentes que liberan tiempo de ocio y estaría mejor que empleáramos ese tiempo emancipado en algo propio, individual, al margen del ocio proletarizado de la vida digital. Hay máquinas en las que es bueno que deleguemos algunas de nuestras fatigas cotidianas. Pero tenemos que seguir queriendo que nadie, ni cuerpo ni máquina, cuide a nuestras niñas en nuestro lugar. Supongamos que pudiéramos sustituir a las madres por robots; no seríamos ni más felices ni más libres. Nos olvidaríamos sencillamente de cuidarnos. ¿Y la escritura? Hace ya casi dos siglos que por primera vez una locomotora fue más deprisa que un ser humano. No por eso hemos dejado de correr: hacemos footing, corremos maratones y celebramos campeonatos de atletismo en los que no dejamos participar a los bólidos de la fórmula 1. Del mismo modo, cuando la IA escriba mejor que nosotros, tendremos que seguir escribiendo nuestras propias frases. ¿Y por qué crear nuestras propias frases? Porque de otro modo nos olvidaríamos de hablar, esa facultad que nos distingue del resto de los animales. Si el lenguaje dejara de ser nuestro, entonces no podríamos ni alegrarnos ni defendernos ni rebelarnos.

Antonela y su pijama peludo nos recuerdan lo que somos: combinaciones chapuceras, frágiles y analógicas, de carne y de palabra. Ahí deben caber todos los mortales. Y si finalmente una IA corporizada consiguiese ser madre y ser niña y morirse y pensar y amar y reírse, entonces la IA habría sido vencida por la humanidad, y la humanidad así extendida tendría que proteger del racismo y de la explotación a las nuevas máquinas humanizadas. La batalla es esa: o dignidad humana aplicada a todos los que sufren o desaparición de la humanidad en la inteligencia abstracta del poshumanismo. Que cada uno elija su campo. Yo no tengo dudas: apuesto por Antonela y su dedito de flor, subversivo como un beso, fecundo como un soneto. Santiago Alba Rico es filósofo. El País, 11 de junio de 2026.




























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. DEBERÍAMOS ESTAR TODOS MUERTOS, POR JAIME RUBIO HANCOCK. 12 DE JUNIO DE 2026

 





Según una tuitera, yo debería haber muerto el 31 de mayo, igual que otros siete mil millones de personas. El mensaje es del 10 de febrero, pero por suerte no lo vi hasta hace unos días porque menudos cuatro meses más malos habría pasado. La tuitera, @maryaamss_, advertía de que las personas vacunadas de covid no llegaríamos a junio. Y daba una fuente: “La BBC lo ha confirmado”.

Por supuesto, la BBC no había confirmado nada, pero algunos se guardaron el tuit y llevan unos días contestando con choteo a este perfil que escribe mensajes por lo demás inofensivos. En las respuestas, un médico británico recordaba que estas amenazas de muertes en masa por culpa de la vacuna nos acompañan desde la pandemia. Como no nos morimos, la fecha del apocalipsis se va desplazando hacia el futuro y al final nos moriremos todos, pero de viejos o de otra cosa, y si queda algún conspiranoico aún se atreverá a soltar un “os lo dije”.

Esa frase tan tuitera de “dato mata relato” no es cierta ni de lejos. Si nos queremos creer un relato, le encontramos explicación a cualquier dato que nos pongan delante. Porque datos sobre las vacunas tenemos muchos, comenzando por los estudios que prueban que han servido para prevenir contagios y evitar muertes, y siguiendo con la constatación de que casi todas las personas que tenemos cerca se han vacunado y siguen tan tranquilas.

Recordemos otro fin del mundo a modo de ejemplo: según los cálculos del estadounidense William Miller, la mañana del 22 de octubre de 1844 sería el día de la segunda venida de Cristo y, por tanto, del juicio final. Pero el 23 de octubre se dieron cuenta de que Cristo tenía otros planes. La mayoría renunció a las creencias de Miller, pero algunos se negaron a admitir el error y prefirieron justificarse con la idea de que esa era la fecha en la que Jesucristo había comenzado a juzgarnos. Así fundaron la Iglesia Adventista del Séptimo Día, que en la actualidad cuenta con más de 20 millones de miembros que creen que el fin está (más o menos) cerca.

El mundo tampoco terminó el 21 de diciembre de 1954, que es la fecha que anunció Marian Keech para una catástrofe mundial de la que se salvaría su grupo de fieles, a quienes rescataría una nave espacial. El psicólogo Leon Festinger decidió seguir a este grupo y el 22 de diciembre constató un comportamiento similar al de los adventistas: los seguidores de Keech más comprometidos con la causa, los que habían vendido sus propiedades confiando en que dejarían el planeta en platillo volante, aumentaron su fe en raptos futuros.

Festinger inició así los estudios sobre la disonancia cognitiva: cuanto más nos comprometemos con una idea, más nos cuesta renunciar a ella por muy evidente que sea nuestro error. Hacemos toda clase de malabares mentales para rechazar los datos que nos contradicen o para reducirlos a excepciones y mentiras.

La disonancia cognitiva no es algo que pase solo a gente metida en sectas o a víctimas de teorías de la conspiración: nos afecta a todos y nos afecta todos los días. Siempre tenemos excusas a mano para justificar nuestro comportamiento, ya sea encender otro cigarrillo o tirar un papel al suelo.

Y en política la cosa es terrible. Un estudio publicado el pasado marzo en el Journal of Social and Political Psychology muestra que tendemos a rechazar o a intentar explicar las acusaciones de corrupción dirigidas a políticos que apoyamos, asegurando que son mentiras, que no tienen importancia o que todos los políticos son iguales. El estudio se hizo con seguidores de Trump. Sí, sé que Trump nos parece a todos un caso especial, y lo es, pero nosotros no lo somos y por eso caemos en estas actitudes y excusamos los errores de los nuestros con alegría mientras condenamos los ajenos sin dificultad.

Esto no quiere decir que debamos creernos toda la información que nos llega. Pero sí debemos recordar que es muy fácil reírnos de los conspiranoicos y de los trumpistas, pero bastante más difícil ser críticos con nosotros mismos y tener presente que todos estamos a un paso de ponernos un gorro de papel de plata en la cabeza. Jaime Rubio Hancock es escritor. El País, 11 de junio de 2026.
















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 12 DE JUNIO DE 2026

 































DEL ARCHIVO DEL BLOG. LOS DENISOVANOS TAMBIÉN TENÍAN SEXO, POR ALEX GRIJELMO. PUBLICADO EL 2 DE DICIEMBRE DE 2018

 





Quizás haya más formas de denominar el acto sexual que de practicarlo. La última en llegar al español habitual de los medios de comunicación ha sido “tener sexo” (documentada ya en 1975, pero de escaso uso hasta hace poco).

Algunos meses atrás se acusó a la actriz Asia Argento de haber tenido sexo con un actor de 17 años. Y en el mismo día se nos informaba de que hace 50.000 años una mujer neandertal y un hombre denisovano también tuvieron sexo, lo que dio lugar a la primera hija de dos especies humanas distintas.

La locución verbal “tener sexo” no se ha fabricado genuinamente en el ámbito del español. Procede del puritanismo anglosajón, que pretendía esquivar expresiones más crudas (to have sex, dicen en esa lengua). Tampoco fue creación hispana la fórmula “hacer el amor”, copiada del inglés o del francés; o de los dos a la vez: make love y faire l’amour. (Sí: suena mucho mejor en francés).

Las dos opciones arrastran problemas. “Tener sexo” choca con la realidad de que todo el mundo tiene sexo aunque no se coma un colín (“barra de pan pequeña, delgada y alargada”, por cierto). Tener sexo no es una elección, sino que nos viene de serie. De ese modo, si alguien dice “a fulano le gusta mucho tener sexo”, se le podría contestar “será que lo usa”. Por su parte, la palabra “amor” encaja regular con el omnipresente verbo “hacer”, porque éste se vincula con algo mecánico que se produce, se ejecuta o se fabrica, y no tanto con algo que se da, se disfruta o se comparte.

Mientras esas expresiones progresaban, quedaron arrinconados los verbos castizos “copular”, “coitar”, “ayuntarse”…; además de “fornicar” (que se aplica cuando el acto excede la circunscripción del matrimonio). No obstante, todos ellos siguen en la memoria colectiva junto con otras posibilidades que no reproduciremos aquí por si esta columna se lee en horario de protección infantil.

Antes de que llegara a nosotros en el siglo XX esa influencia anglofrancesa, “hacer el amor” significaba “galantear”, “cortejar”, “enamorar”. Un personaje de Galdós dice en Fortunata y Jacinta (siglo XIX): “Todavía sostendrá que yo le hice el amor. No hay quien se lo quite de la cabeza. Y todo porque me solía parar en la esquina de la calle de Tintoreros”. Si uno desconoce el antiguo significado, se quedará muy extrañado de que dos personas puedan discutir sobre si hicieron el amor o no, sobre todo si el acto había ocurrido en plena calle de Tintoreros.

Del mismo modo, siglos atrás dos personajes de una novela hacían el amor incluso en presencia de sus padres; lo cual, leído ahora, puede provocar una impresión equivocada sobre la promiscuidad de nuestros antepasados.

Ahora bien, no hemos asumido estas nuevas formas por casualidad. El hueco a los dos extranjerismos hoy en boga se abre porque ninguna alternativa propia nos convence. Unas nos suenan a eufemismo rancio (“¿nos acostamos?”). Otras parecen una impertinencia (“¿quieres que copulemos?”). Y también las hay que son una cursilería que hasta quita las ganas (“cariño, ¿practicamos el coito?”). Por no hablar de las opciones soeces (“¿…?”). Y entre unas razones y otras, se usan poco (los verbos, digo).

El mecanismo sigue igual desde hace milenios, pero después de tantos siglos no hemos terminado de dar con las palabras adecuadas para nombrarlo sin eufemismos y quedarnos tan panchos. Álex Grijelmo es escritor. El País, 2 de diciembre de 2018.






















DEL POEMA DEL DÍA. SI YO PUDIERA MORDER LA TIERRA TODA, POR FERNANDO PESSOA. 12 DE JUNIO DE 2026

 







SI YO PUDIERA MODER LA TIERRA TODA



Si yo pudiera morder la tierra toda

y sentirle el sabor sería más feliz por un momento…

Pero no siempre quiero ser feliz

es necesario ser de vez en cuando infeliz para poder ser natural…

No todo es días de sol

y la lluvia cuando falta mucho, se pide.

Por eso tomo la infelicidad con la felicidad.

Naturalmente como quien no se extraña

con que existan montañas y planicies y que haya rocas y hierbas…

Lo que es necesario es ser natural y calmado en la felicidad o en la

infelicidad.

Sentir como quien mira. Pensar como quien anda,

y cuando se ha de morir,

Recordar que el día muere y que el poniente

es bello y es bella la noche que queda.

Así es y así sea.



FERNANDO PESSOA (1888-1935)

poeta portugués




***




Fernando Pessoa (Portugal, 1888 - 1935) fue una de las figuras literarias más importantes del siglo XX. Se destacó por tener más de 70 heterónimos, personalidades literarias con una identidad y estilo diferente al suyo. En este poema busca demostrar la importancia del equilibrio en la vida. Así, destaca la necesidad de conocer los sinsabores de la existencia para luego ser capaz de valorar la felicidad más pura.














DEL ASUNTO DEL DÍA. LA POBREZA SE FABRICA: TAMBIÉN PUEDE ERRADICARSE, POR OLIVER DE SCHUTTER, THOMAS PIKETTY Y JOSEPH E. STIGLITZ. 12 DE JUNIO DE 2026

 







Vivimos en una era de escasez fabricada. En un mundo más rico que nunca, más de una décima parte de la población mundial sigue viviendo en la pobreza extrema. Millones de personas no pueden permitirse alimentos suficientes, vivienda o atención sanitaria básica, mientras una ínfima minoría acumula niveles sin precedentes de riqueza y poder. Al mismo tiempo, las sequías, los megaincendios, las inundaciones y las olas de calor nos recuerdan que nuestras economías están empujando al planeta más allá de sus límites.

No se trata de crisis separadas. Son síntomas de un modelo económico que ha llegado al final del camino. La pobreza y la desigualdad no son accidentes; son resultados previsibles de decisiones de política pública: cómo diseñamos los sistemas tributarios, regulamos los mercados laborales, valoramos los cuidados, estructuramos los servicios públicos y decidimos qué necesidades y qué voces importan. Cuando se niega a las personas los medios para vivir con dignidad y participar como iguales en sus sociedades, se vulneran sus derechos humanos. Lo crucial es que si los gobiernos pueden fabricar pobreza, también pueden desmantelarla.

Durante décadas, la receta fue sencilla: hacer crecer la economía y la pobreza desaparecería gradualmente. Pero no se ha cumplido la promesa de que el crecimiento económico “elevaría todos los barcos”. Mientras los ingresos nacionales aumentaban, los salarios se estancaban, el trabajo precario se expandía y se recortaban los servicios públicos. En la cúspide, las fortunas se disparaban; en la base, las familias recurrían a los bancos de alimentos. El crecimiento se ha desvinculado de la prosperidad compartida.

También se ha vuelto ecológicamente insostenible. Los científicos advierten que nos acercamos a una “Tierra invernadero”, en la que el aumento de las emisiones y la pérdida de biodiversidad están desestabilizando las condiciones que sustentan la vida humana. Alrededor del 80% de las emisiones mundiales de carbono pueden atribuirse a los países más ricos, y el 10 % más acaudalado de la población es responsable de casi la mitad de las emisiones globales, mientras que las personas en situación de pobreza son las primeras en afrontar la pérdida de cosechas y el aumento de los precios de los alimentos. Un modelo económico que depende de una expansión sin fin en un planeta finito no solo es injusto; es peligroso.

Muchos países de ingresos bajos siguen necesitando crecimiento para construir carreteras, hospitales, escuelas, energías renovables y empleos decentes. Pero la senda dominante hacia el crecimiento —basada en la extracción de recursos, la mano de obra barata y dócil, la dependencia de las exportaciones y un endeudamiento cada vez mayor— ha ampliado la desigualdad y degradado el medio ambiente. La verdadera pregunta hoy no es si el crecimiento continúa, sino qué tipo de economías estamos construyendo, a quién sirven y si permiten que todas las personas vivan con dignidad dentro de los límites planetarios.

Por eso nos reunimos para desarrollar y respaldar la Hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento, que fue lanzada recientemente en Ginebra en la Organización Internacional del Trabajo, bajo los auspicios de la Coalición Mundial para la Justicia Social. La Hoja de ruta ofrece una serie de alternativas para ir más allá del enfoque estrecho centrado en “crecer-gravar-transferir” que ha moldeado las políticas durante décadas. No es un plan elaborado por un pequeño grupo de expertos. Es exactamente lo contrario: durante 18 meses, más de 400 personas —organismos de las Naciones Unidas, gobiernos nacionales, personas expertas del ámbito académico, organizaciones de la sociedad civil, sindicatos, actores de la economía social y solidaria y movimientos de base, tanto del Norte como del Sur globales— trabajaron para responder a una pregunta sencilla: ¿cómo podemos poner fin a la pobreza y reducir las desigualdades sin tratar el crecimiento del PIB como nuestra condición principal para el progreso?

No coincidimos en todos los detalles de política. Pero nos une la convicción de que nuestras economías deben rediseñarse para organizar la producción, la distribución y el consumo en torno a la realización de los derechos y al bienestar colectivo dentro de los límites planetarios, en lugar de maximizar la producción a cualquier costo. Los derechos humanos no son aquí una ocurrencia tardía; son el principio organizador de cómo medimos el progreso, fijamos prioridades y resolvemos las disyuntivas.

Es una prioridad absoluta garantizar una protección social universal basada en los derechos y el acceso universal a servicios públicos de calidad; en muchos países, esta sigue siendo la primera y más urgente tarea. Pero una economía basada en los derechos humanos va más allá de la redistribución y la compensación posteriores al mercado. La protección social y los servicios públicos son esenciales, pero no pueden compensar indefinidamente economías que, por diseño, generan salarios de pobreza, empleos inseguros y viviendas inasequibles.

Necesitamos cambiar las reglas desde el origen. Eso significa, por ejemplo, trabajo decente y sistemas de garantía de empleo, salarios dignos y una remuneración justa, sindicatos más fuertes y democracia en el lugar de trabajo, combatir la discriminación y valorar el trabajo de cuidados remunerado y no remunerado del que dependen nuestras sociedades. Significa invertir en la infancia, la vivienda, la salud, la educación y el transporte mediante una provisión pública universal, de modo que la pobreza se prevenga en lugar de transmitirse de generación en generación. Significa control público de los activos estratégicos, orientación del crédito para dirigir la inversión hacia prioridades sociales y ecológicas, y apoyo al desarrollo de la economía social y solidaria.

Aplicar esta visión significa cambiar las reglas de una economía mundial que todavía organiza las capacidades productivas de los países de ingresos bajos y medianos en función del consumo del Norte, en lugar de atender las necesidades locales. Hoy se reprocha a los gobiernos del Sur Global no hacer lo suficiente para combatir la pobreza, al tiempo que se les asfixia con sanciones unilaterales, acuerdos comerciales restrictivos, intercambio desigual y cargas de deuda arraigadas en siglos de despojo colonial. Unos 3.400 millones de personas viven en países que gastan más en el servicio de la deuda que en salud o educación. A los países fuertemente endeudados las instituciones financieras internacionales los presionan para recortar el gasto social y debilitar la protección laboral en nombre de la “competitividad”. Mientras tanto, las cadenas mundiales de suministro permiten una vasta transferencia neta de trabajo y recursos del Sur al Norte, en una escala que bastaría para poner fin a la pobreza extrema muchas veces.

La solidaridad internacional es, por tanto, una obligación jurídica y moral arraigada en la realidad histórica de que muchos países ricos construyeron su riqueza empobreciendo al Sur mediante patrones de extracción que hoy continúan bajo nuevas formas. Una transición justa más allá del crecimiento debe incluir justicia de la deuda, una mayor cooperación Sur-Sur, financiación climática reparadora y restaurativa y apoyo a los pisos de protección social universal, sobre la base de los principios de no dominación y autodeterminación, de modo que los países puedan trazar sus propios futuros económicos de manera Soberana.

Igualmente crucial es quién puede dar forma a esta transición. Con demasiada frecuencia, las políticas que afectan a las personas en situación de pobreza se diseñan sin ellas, y a veces en su contra. Cuando los sistemas de bienestar se construyen en torno a la sospecha, las sanciones y condiciones humillantes, profundizan el estigma y disuaden a las personas de reclamar las prestaciones que les corresponden. Cuando las reformas agrarias o los programas de vivienda social están contaminados por la corrupción y el favoritismo, o excluyen a quienes viven en asentamientos informales, no logran llegar a quienes necesitan el apoyo con mayor urgencia. Quienes viven en la pobreza saben mejor que nadie cómo pueden fallar los sistemas en la práctica. Su experiencia debe orientar el diseño, la aplicación y el seguimiento de las estrategias de lucha contra la pobreza, desde los consejos locales hasta los parlamentos y los foros internacionales.

No partimos de cero. En todo el mundo, las luchas Indígenas, la organización feminista, los sindicatos y los movimientos por la justicia climática están defendiendo y construyendo futuros alternativos arraigados en el cuidado colectivo y los derechos territoriales. Nuevas coaliciones de Estados están impulsando nuevas visiones de la gobernanza económica mundial, y distintos gobiernos están experimentando con estrategias de lucha contra la pobreza basadas en los derechos, asambleas ciudadanas y creación de riqueza comunitaria. La ONU y muchos aliados están explorando indicadores de “Más allá del PIB” y nuevas instituciones, como un Panel Internacional sobre la Desigualdad, para ayudar a orientar este cambio.

Nuestra hoja de ruta se apoya en esos esfuerzos, los conecta y los impulsa aún más. La ofrecemos ahora como un punto de referencia común para quienes se niegan a aceptar que la pobreza y el colapso ecológico sean el precio que hay que pagar por la manera en que actualmente definimos el “éxito” económico. De cara a la Cumbre de los ODS de 2027 y a otras importantes negociaciones mundiales sobre financiación, fiscalidad y clima, los gobiernos y las instituciones multilaterales tienen una elección: redoblar la apuesta por un modelo fallido centrado primero en el crecimiento, o comprometerse a erradicar la pobreza transformando las reglas económicas que la producen.

La pobreza se fabrica. Esa es la mala noticia, y también la buena. Lo que ha sido fabricado puede desmantelarse y sustituirse. Con la Hoja de ruta para erradicar la pobreza más allá del crecimiento, ponemos sobre la mesa opciones concretas, cada una respaldada por detallados “perfiles de políticas” que exponen la evidencia, los pasos para su aplicación y ejemplos del mundo real. Hacemos un llamamiento a las y los dirigentes políticos de todos los niveles para que las utilicen, escuchen a quienes más se ven afectados y consideren el fin de la pobreza, la reducción de las desigualdades y la realización efectiva de los derechos humanos como la medida con la que debe juzgarse la política económica.

Olivier de Schutter es relator especial de Naciones Unidas sobre la extrema pobreza y los derechos humanos y presidente de New Economies for Eradicating Poverty (NEEP). Joseph E. Stiglitz es premio Nobel de Economía, catedrático de la Universidad de Columbia y economista jefe del Instituto Roosevelt; Thomas Piketty es profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS), catedrático de la Escuela de Economía de París y codirector del World Inequality Lab, y 360 firmas más. El País, 12 de junio de 2026.























BONS DIES. SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIVENDRES, 12 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 





Hola, bon dia de nou a tots i feliç divendres. Avui, última jornada del papa Lleó XIV a Canàries ia Espanya, amb comiat dels reis Felip i Letizia a l'illa de Tenerife. Demà a la tarda els explico com va passar el dia a l'illa germana. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Que passin un bon dia. Espero que les entrades del bloc d'avui siguin del vostre interès. I ens veiem demà de nou si la deessa Fortuna ho permet. Per cert, avui 12 de juny del 2026 es compleixen 41 anys de l'entrada d'Espanya a la Unió Europea. Feliç aniversari a tots els meus compatriotes canaris, espanyols i europeus. HArendt
















ENTRADA NÚM. 10764

jueves, 11 de junio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, OSTEGUNA, 2026KO EKAINAK 11, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi ostegun gau honetan, 2026ko ekainaren 11-12. Leon XIV.a Aita Santuak Kanariar Uharteetara egindako bisitaren lehen eguna, gaur Gran Canaria uhartean, Bartzelonatik iritsi den 10:50ak aldera. Berehala joan da Gandoko Aire Basetik, non lehorreratu zen, Arguineguíngo portura, uhartearen hegoaldean, bertan ostatu hartzen ari ziren afrikar etorkinekin biltzera. Han, Espainiako Gobernuko presidente Pedro Sánchezen aurrean, migratzaileen diskriminazioaren aurkako eta haiei harrera egitearen aldeko diskurtso sendoa eman du: "Iristen den bizitza orok galdetzen digu zer geratzen den gure gizatasunetik", esan du, eta gaineratu du: "Ezin gara ohitu hildakoak zenbatzen. Giza duintasunak ez du pasaporterik". Ondoren, 14:00ak aldera, Las Palmas de Gran Canariako Santa Ana katedralean, Kanariar Uharteetako Elizbarrutiko eliz komunitatearekin bildu zen. Atsedenaldi labur baten ondoren, Meza Santua ospatu zuen Gran Canaria estadioan, 35.000 fededun baino gehiagoren aurrean, bero hartu zutenak. Eta bihar, goizean goiz, Tenerifera itzuliko da hegazkinez. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Patu onbera zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. HArendt