viernes, 25 de septiembre de 2026

BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. 25 DE SETEMBRO DE 2026

  





Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos esta noite de 25 de setembro de 2026. Espero que tivérades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino estean convosco. Ata mañá. Quérovos. HArendt













DE LA TARDE QUE CAE: EL SABER YA NO OCUPA LUGAR, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA. 25 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





Dice el Tao Te Ching: “El que sabe, calla; el que habla no sabe”. Quizás el que sabe algo está tan ocupado en su aprendizaje o en su trabajo que no tiene tiempo de hablar; y también puede ser que calle no por propia voluntad sino porque nadie le pregunta. En el ya consabido espectáculo colectivo de los golpes de pecho y las acusaciones a otros después del último Informe PISA he oído opinar copiosamente a expertos universales de tertulia, a catedráticos de didáctica, a consejeros autonómicos, a portavoces virulentos de partidos políticos, incluso a una ministra de Educación que no había levantado la voz hasta ahora. Lo que no he visto ni oído en ningún medio impreso o digital, televisivo o radiofónico, ha sido a ningún maestro ni maestra, a ningún profesor de instituto, y ninguno de universidad, salvo los especialistas en saberes arcanos como la Didáctica o la Psicopedagogía.

Habría bastado con consultar a dos o tres de ellos en estos últimos años para predecir lo que el informe, con su sobreabundancia de porcentajes tan específicos como dudosos, ha venido a revelar. Los grandes especialistas en cuestiones teóricas y en retorcimientos verbales que encubren prestigiosamente el vacío se parecen quizás a los miembros de los servicios secretos en que están tan ocupados en sus propias maquinaciones que no tienen tiempo de observar la realidad, o no la consideran digna de su egregia atención. Los miembros de la que se llamó hace años “la secta pedagógica” llevan décadas elaborando planes cada vez más complicados y más inteligibles para mejorar de una vez por todas los sistemas educativos, y en convencer a los dirigentes políticos de la solidez de sus volubles innovaciones doctrinales y lingüísticas, pero ni unos ni otros han considerado nunca necesario consultar a los profesores acerca de la aplicación de sus teorías en las aulas, y menos aún de las condiciones en las que se ejerce a diario el oficio noble y desdeñado de enseñar.

Nada ofende más a los ideólogos de grandes planes redentores que la obcecación de la realidad en no acomodarse a sus vaticinios. Cualquier fracaso en la acelerada industrialización soviética se atribuía no al disparate organizativo de los planes quinquenales, sino a los sabotajes de ingenieros a sueldo de la contrarrevolución imperialista. Con mucha frecuencia, los comisarios políticos de la educación en España —tan aficionados a la burocracia como los soviéticos— echan la culpa del incumplimiento de los resultados que ellos esperan y exigen a la mala fe, a la indolencia, al conservadurismo de los profesores, que si tienen ya cierta edad son culpables de no saber adaptarse a los nuevos tiempos y a los nuevos métodos. Como no se les puede deportar —y ni siquiera despedir, en muchos casos— se ha intentado todo, hasta comprarlos. En eso fue pionera Andalucía en 2008, en tiempos de gobierno regional socialista: a los profesores se les ofrecía un bono si aumentaban el número de aprobados. Con eso no se mejoraba la enseñanza, y ni siquiera la economía siempre modesta del profesorado, pero sí se lograban estadísticas más vistosas, indicadoras del éxito contra el fracaso escolar.

No he hablado en los últimos años con ningún profesor que no mostrara su asombro y su alarma por una caída brusca no ya en esos resultados escolares que pueden cuantificarse, sino en la actitud de los alumnos, en su capacidad de atención y comprensión, en su interés por las cosas, lo mismo en el instituto que en la universidad. Un amigo me cuenta el primer día de su clase de historia contemporánea, en un aula lleva de estudiantes de primer año a los que se supone un interés en esa materia que al fin y al cabo han elegido. Empieza a hablar del 11 de septiembre de 2001 y del modo en que el atentado de las Torres Gemelas cambió de golpe la política mundial, y observa miradas de extrañeza y desconcierto en las caras jóvenes. Entonces se le ocurre pedir que alce la mano quien sepa qué ocurrió en Nueva York ese 11 de septiembre: solo una mano insegura se levanta, imagino que acompañada por el antiguo miedo escolar a que lo acusen a uno de empollón.

Esos alumnos estaban en una universidad española: hoy hemos sabido que a una parte considerable de la gente joven en Nueva York tampoco les suena, o solo vagamente, lo que ocurrió en su ciudad aquel día, y pareció que la marcaba para siempre. Alguno, un poco más informado, aventura que hubo un atentado con aviones, pero que se estrellaron contra el Empire State.

Nuestro consuelo de tontos es que el progreso de la ignorancia es universal, tan rentable para los nuevos fascistas y para los milmillonarios psicópatas y antisociales de las grandes compañías tecnológicas. Y la sórdida variante española es el espectáculo de los expertos de todo tipo pontificando sobre lo que no saben ni les importa y de los políticos utilizando un desastre que nos afecta a todos como munición para culpar a los otros y evitar cualquier autocrítica o asumir cualquier responsabilidad. Unos y otros son culpables por igual de la manía de imponer nuevas leyes de educación cada vez que llegan al poder, y de hacer atolondradamente, sin debate verdadero, sin rastro de consenso, sin prevenir los medios necesarios y por supuesto sin consultar a quienes tienen el oficio de poner en práctica esas leyes. Unos y otros son responsables desde hace muchos años de los bajos sueldos y la precariedad de muchos profesores, que no escapan de ella después de aprobar una oposición, de las bajas que no se cubren, las instalaciones que se deterioran sin que las arregle nadie, incluyendo una necesidad tan elemental en estos tiempos como la refrigeración en las aulas y la sombra en los patios, del papeleo incesante que estorba tanto la tarea de enseñar, y de la pérdida de respeto hacia los profesores, equivalente a la falta de consideración hacia el saber y de simple y anticuada buena educación.

En un país en el que los padres de un alumno de universidad pueden acudir al despacho del profesor para quejarse de la nota de su hijo se ve que hay responsabilidades muy compartidas, y que no todas ellas se remedian con medidas políticas. En su laberinto de estadísticas, el célebre informe mide el porcentaje del daño educativo que corresponde al desorden en las clases, según los minutos que un profesor tarda en imponer cierto grado de silencio, de modo que si queda algún alumno con capacidad de atención pueda aprender algo. En mis tiempos escolares, el orden en el aula estaba garantizado por la bofetada y la palmeta: en una sociedad democrática y bien educada, el valor que se atribuye al aprendizaje debería reflejarse en el respeto a quien lo imparte y a la comunidad igualitaria de estudio que él o ella forma con los alumnos.

Aquí las responsabilidades están más repartidas todavía. Está el profesor demagogo que se hace el payaso o el coleguita, y está el entorno en el que toda disciplina se vuelve sospechosa de imposición represiva, y está la familia que abdica del deber y la tarea fatigosa de educar, y en la que a los hijos se les pagan clases de piano o de jiu-jitsu, pero no se les enseña a ser considerados hacia los otros y a no cerrar de un portazo o no tirar al suelo el envoltorio de un helado. A leer no se aprende solo en la escuela: un padre, una madre, una abuela, lee en voz alta al niño y le enseña así el valor mágico de las palabras escritas, y cuando va con él por la calle y el niño señala un cartel y pregunta qué pone ahí se lo lee y se lo explica. Cuando veo un bebé con una pantalla delante, o un padre y una madre y unos hijos de ocho o nueve años perdidos cada uno en su teléfono en un restaurante, siento tristeza, ira, lástima. La lástima es hacia esos niños a los que se les están saboteando dos de las facultades mejores del ser humano, el conocimiento y la imaginación. Antonio Muñoz Molina es escritor. El País, 12 de septiembre de 2026.

















DEL CAFÉ DE SOBREMESA: EL CUADERNO DE ROCKEFELLER, POR JUAN GABRIEL VÁSQUEZ. 25 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





He leído en alguna parte —pero no recuerdo en dónde ni cuándo— que Rockefeller pagaba para recibir, todas las mañanas, una edición especial del periódico: una edición que sólo contenía buenas noticias, o de la cual se eliminaban las noticias tristes, para que al millonario no se le amargara el día. Era una mentira, una leyenda urbana, pero corrió y se acabó haciendo popular porque la verdad no era completamente distinta. Rockefeller, tras notar con agudeza que la realidad importa menos que la percepción, contrató a uno de los primeros equipos de relaciones públicas del siglo XX para tratar de neutralizar, o por lo menos de atenuar, las críticas que ya comenzaban a condenar la actividad de sus empresas petrolíferas. Parece que solía pedir cuadernos de recortes para enterarse de lo que salía en la prensa; parece que su equipo de relaciones públicas, para evitarle preocupaciones mayores a un hombre de salud frágil, omitía en el cuaderno las noticias más negativas. Y así pudo nacer la leyenda aquella del periódico hecho a medida.

Pues bien: he estado pensando que en eso nos hemos transformado en los últimos diez o 12 años, desde que los cacareados algoritmos comenzaron a decidir qué versión de la realidad nos dejan ver. No recuerdo cuándo fue la primera vez que escribí acerca de la principal consecuencia, y la más nefasta, de la vida vivida en las redes sociales: la ruptura de la realidad común. Pero el asunto cobró una materialidad preocupante hacia 2015, cuando me di cuenta de la facilidad —y la impunidad— con la cual decían mentiras los que en Colombia se oponían a las negociaciones de paz que por entonces adelantaba el Gobierno con la guerrilla de las FARC. Eran mentiras tan absurdas —los acuerdos buscaban eliminar la propiedad privada, los acuerdos volverían a nuestros hijos homosexuales— que los defensores de la negociación no sabían (no sabíamos) cómo responder a ellas, y en eso se veía que nos enfrentábamos a algo nuevo. No era la misma mentira política de siempre, aunque se le parecía. Era más bien el hecho de que la gente ya no la podía comparar con la verdad, pues la verdad era invisible. En otras palabras: había desaparecido ese mundo en que todos veíamos la misma realidad y la interpretábamos de manera distinta según nuestras convicciones políticas o nuestro credo religioso, o nuestras heridas privadas o nuestros resentimientos secretos.

(Sí, también las emociones más recónditas juegan un rol decisivo en nuestras actitudes ciudadanas: no hay que saberse de memoria a Shakespeare para reconocer que las decisiones políticas son también una manera de sublimar las carencias o los traumas).

Lo cierto es que a partir de cierto momento, después de horas y horas de conversaciones con gentes de distintas procedencias, me di cuenta de que no estábamos viendo la misma realidad. Yo recibía mi versión del mundo de siete u ocho periódicos distintos, de líneas editoriales razonablemente diversas y hechos por periodistas profesionales de diversas tendencias; la inmensa mayoría de mis interlocutores, en cambio, no leía periódicos, sino que se informaba a través de Facebook, de Twitter, de cadenas de WhatsApp y de videos de YouTube que a veces vampirizaban el periodismo de verdad, pero reduciéndolo a una sola línea ideológica, y a veces eran el producto de desinformadores que habían descubierto la fórmula mágica: el engaño y la polarización dan más visitas y generan más tráfico que la verdad y la moderación. Y el diálogo dejó de ser posible entre nosotros, porque para ellos, que sólo veían una realidad diseñada para confirmar sus sesgos y alimentar sus prejuicios, la versión que yo proponía no era simplemente otra opinión, sino que debía ser una mentira malintencionada.

Sí, lo creo de verdad: los mecanismos de las nuevas tecnologías han convertido a muchos ciudadanos en narcisistas sin remedio que, como un millonario de salud frágil, no ven la realidad, sino los cuadernos de recortes bien escogidos que su equipo de relaciones públicas les pone en la mesa del desayuno. Igual que Rockefeller recibía recortes escogidos por su equipo, cualquier ciudadano recibe hoy la información que otro escoge. El problema es quién; el otro problema es con qué intenciones. Sólo los más ingenuos o desinformados creen todavía en la famosa neutralidad de internet, y basta haber estado un poco atento a los libros recientes (Sarah Wynn-Williams, por ejemplo) o a las denuncias y condenas (contra Meta, por ejemplo) para entender que asistimos a la más grande empresa de manipulación de los ciudadanos que ha existido jamás, y que sus intenciones, que al principio buscaban tan sólo el enriquecimiento sin límites, ahora persiguen también el poder político.

Y así se da un matrimonio perfecto: los Trump de este mundo necesitan mentir impunemente, confundir al ciudadano, polarizar a las sociedades y destruir el buen periodismo, porque sólo si la realidad común ha desaparecido se puede decir que el 6 de enero fue una manifestación pacífica o que Biden se robó las elecciones o que Renée Good estaba embistiendo con su coche a los agentes del ICE; por su parte, los Musk de este mundo —o los Altman o los Thiel— necesitan que desaparezcan los límites y las regulaciones, porque sólo en un mundo digital que se parezca al salvaje oeste pueden seguir capturando el tiempo y los recursos de los ciudadanos mediante falsedades y teorías de la conspiración, o mediante la indignación fabricada, la normalización del odio y la mercantilización del miedo. Y su modelo de negocio depende exactamente de eso.

Por eso reaccionaron como lo hicieron los hipócritas Estados Unidos cuando, hace apenas unos días, el Reino Unido consideró la idea de obligar a YouTube y otras plataformas digitales a modificar sus algoritmos para que la información periodística tradicional —la BBC, por ejemplo— tenga más visibilidad. Es decir, para que compita en igualdad de condiciones con la desinformación grotesca, irresponsable y peligrosa de los inescrupulosos que, como Musk, llaman a la guerra civil o acusan sin pruebas a un inmigrante de crímenes graves. Esa regulación podría “facilitar la censura” y hacer daño a “periodistas independientes”, dijo la embajada del Gobierno occidental que más ha buscado la censura de los periodistas incómodos (Ann Telnaes en The Washington Post y Stephen Colbert en CBS) y perseguido a los periodistas críticos: The Guardian, The New Yorker y Le Monde han publicado los casos de periodistas que sufren el acoso de las autoridades de inmigración en los aeropuertos de Estados Unidos, y la Associated Press no puede volver a las ruedas de prensa de esta ridícula Casa Blanca desde que se negó a aceptar que el Golfo de México ahora se llamaba Golfo de América. Y podría llenar esta página con ejemplos similares, y aun con algunos más graves que estos. Porque los Estados Unidos de Trump son el peor enemigo de la libertad de expresión y la libertad de prensa que hay ahora mismo en Occidente.

Pero lo más preocupante es la pasividad de los ciudadanos. Leerán esto y leerán los libros que he mencionado —si quieren un buen panfleto, lean La izquierda ante el tecnofascismo, de Jordi Gracia— y se preocuparán buenamente, pero poco harán al respecto. En otra leyenda urbana, el presidente argentino Hipólito Yrigoyen recibía también una edición adulterada del periódico, preparada por su círculo más cercano, y vivió engañado, sin enterarse del descontento social ni sospechar la conspiración que acabó por deponerlo. A veces se me ocurre que somos eso: una sociedad engañada, ignorante de la conspiración que la va a deponer. Juan Gabriel Vásquez es escritor. El País, 13 de septiembre de 2026.




















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 25 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 






















DEL ARCHIVO DEL BLOG: DE LA GUÍA PARA DEMÓCRATAS PERPLEJOS, POR HARENDT. PUBLICADO EL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2024







Gane o pierda, Kamala Harris, comenta en El País [Kamala Harris, guía para demócratas perplejos de todo el mundo, 25/09/2024] el escritor Sergio del Molino, puede presumir ya de haber encendido un farolillo en la noche política. Parafraseando a los futboleros, está demostrando que hay partido frente al populismo resentido y que caben otras estrategias alternativas al repliegue radical en los extremos o al conservadurismo defensivo que tan caro les está saliendo, por ejemplo, a los socialdemócratas alemanes.

Gane o pierda, los demócratas de todo el mundo hemos visto que la democracia aún puede movilizar entusiasmos transversales, que interpelan a toda la comunidad política y siembran dudas al otro lado del muro que divide un país polarizado. Más allá de su puesta en escena, sus gestos o sus discursos; más allá incluso de la contundencia con la que humilló a Trump en el debate, el éxito de Harris consiste en no dar la razón a sus rivales y abrirles una vía de agua en el corazón de su propaganda. Hasta ahora, nadie lo había hecho tan bien como ella.

La acusación más recurrente y exitosa del populismo hacia los progresistas es el elitismo. Al reaccionar con soberbia, los progresistas les daban la razón y alimentaban el fuego que ya ardía a sus pies. Cuando Trump señalaba a los pijos progres como causa de todos los males del norteamericano común, cualquier sarcasmo de la tira cómica de The New Yorker solo servía como combustible para la hoguera. ¿Veis cómo no les importáis?, bramaban los Trump de ambos lados del Atlántico. El desprecio arrogante con el que una parte de la izquierda —la intelectual y cultural sobre todo, pero también la política— ha reaccionado al resentimiento de quienes se sienten descolgados del mundo ha terminado por arrojar a muchos votantes a los brazos de demagogos y mesías de baratillo.

Tal vez su biografía la vacunó contra la soberbia y le ayudó a presentarse como hija de unas clases medias meritocráticas, una versión actualizada del sueño americano con la que se pueden identificar muchos votantes para los que hacer América grande de nuevo significa mandar a sus hijos a la universidad y que prosperen como la buena chica Kamala. María Ramírez, en su reciente libro-perfil Kamala Harris, la primera, la caracteriza como negociadora y partidaria de comprender al otro sin renunciar por ello a sus propias posiciones. También la retrata como una política flexible, poco dogmática y apegada al presente y sus circunstancias. Quizá nada de esto baste para contener a Trump ni apagar los ardores guerreros de los que ya hacen planes para tomar el Capitolio otra vez, pero es un buen principio y una guía para demócratas perplejos de todo el mundo. Sergio del Molino es escritor.












 




DEL POEMA DE CADA DÍA: HOY, UNA LLAMADA, POR SEAMUS HEANEY (1939-2013)

 










UNA LLAMADA 



«Espera,» dijo ella, «saldré simplemente e iré a por él.

El tiempo aquí es tan bueno, que aprovecha

para escardar Un poco.»

De modo que lo vi

apoyado sobre las manos y rodillas al lado del rastrillo,

tocando, inspeccionando, separando un

tallo del otro, estirando con suavidad

cada cosa no estrechada, frágil y sin hojas,

complacido de sentir cómo se abría cada raíz de malas hierbas,

pero también arrepentido…

Luego me encontré escuchando

al amplio y grave tic de los relojes de la entrada

donde el teléfono estaba desatendido en una calma

de espejo y péndulos iluminados por el sol…S


y me encontré entonces pensando: si fuera hoy,

así es como la Muerte convocaría a Cualquiera.


A continuación él habló y casi le dije que le amaba.



SEAMUS HEANEY (    )

poeta irlandés





***





Seamus Heaney /ˈʃeɪməs ˈhiːni/ (Condado de Derry, Irlanda del Norte, 13 de abril de 1939-Dublín, 30 de agosto de 2013) fue un poeta y profesor irlandés. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1995. El poeta estadounidense Robert Lowell lo describió como «el poeta irlandés más importante desde Yeats», y muchos otros, como el académico John Sutherland, han dicho que es «el poeta más grande de nuestra era».












DEL ASUNTO DEL DÍA: SOLO PUEDE HABER CONSENSO SI HAY CONFRONTACIÓN, POR SERGIO DEL MOLINO. 25 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







En el diálogo «El espíritu de la Transición», el expresidente del Gobierno Felipe González (Sevilla, 1942) conversó con el escritor Sergio del Molino (Madrid, 1979), autor de Un tal González, recorrido narrativo por los avances de España durante los primeros gobiernos socialistas, en los que, además de consolidarse el sistema democrático, se universalizó la sanidad pública, se amplió el sistema educativo con la Ley Orgánica de Derecho a la Educación (LODE) y se integró a España en la Unión Europea.

«Sin ánimo de nostalgia, el mito de la Transición, tanto para la crítica como para la devoción, está teñido de violencia política; parece que hubo concesiones, pero no fueron tantas, y lo que primó en ella fue la capacidad de entender el conflicto», apuntó Del Molino. Discrepancia, voluntad, entendimiento, acuerdos, responsabilidad, el bien común por encima de las siglas, transición.

«Solo puede haber consenso si hay confrontación», sostuvo González, quien recordó que su conocida muletilla —«Le diré sin acritud»— le servía para argumentar a la contra de modo contundente. «Construimos la Transición desde posiciones muy distanciadas. Ahora, en cambio, no se dice nada, pero predomina la acritud; se grita, se insulta, pero se dicen menos cosas», indicó en referencia al tono áspero que rige la vida política actual, no solo la nacional: «Putin, Xi Jinping y Trump no admiten el disenso. No saben que no saben. Y un necio arruina a un pueblo».

Apuntó, además, que la Transición fue la culminación de un proceso de doscientos años de historia, al tiempo que recordó que «en política no se culmina nada nunca», puesto que hay que perseverar en los logros. Porque, si damos por descontado lo conseguido, nos encontramos situaciones como la que preside en su decir nuestro país, «donde el crecimiento del PIB es de los más altos de Europa y, sin embargo, el descontento de la población es mayúsculo». A su juicio, el buen gobierno ha de hacerse cargo del estado de ánimo de la ciudadanía. «Pareciera que cada cuarenta años —en referencia a la duración aproximada de la Dictadura y de la democracia posterior— hay que deshacer lo hecho, y la gente empieza a hartarse».

Defendió la Constitución de 1978, sacando un ejemplar de su americana («Siempre lo llevo conmigo»), animando a todos los españoles a «leerla a conciencia: no perderán el tiempo». Y aunque se mostró partidario de que el texto constitucional pudiera modificarse en alguno de sus artículos, también expuso sin ambages lo que para él suponen «líneas rojas», como el «pacto plurinacional», un modelo de Estado defendido por el PSOE, Sumar, PNV y Junts, y que en su opinión es «claramente inconstitucional» porque dinamita la soberanía nacional y destruye la igualdad entre españoles.

Respecto a la polarización que acampa en nuestra sociedad, apuntó que también era enorme en el periodo de la II República, donde «crecía de abajo hacia arriba, al contrario que hoy», y reclamó el diálogo como única senda posible para «no perder el sentido del progreso». «Nosotros aprendimos en la Transición que podíamos ponernos de acuerdo en un pacto constitucional. Hay que recuperar esa línea del consenso», apostilló. La democracia facilita, en el decir del expresidente, «acuerdos que permiten la convivencia, a pesar de los conflictos de ideas; un espacio que hoy estamos perdiendo». Sergio del Molino es escritor. Publicado en Ethic el 14 de septiembre de 2026.






















jueves, 24 de septiembre de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS







Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de 24 de septiembre de 2026. Espero que hayan pasado un buen día en compañía de sus familias y amigos. Gracias de todo corazón por haberse dado una vuelta por el blog. Me alegraría creer que han disfrutado de su visita. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. HArendt

















ENTRADA NÚM. 14114

DE LA TARDE QUE CAE: POR QUÉ TANTOS ESTADOUNIDENSES DETESTAN LA POLÍTICA, POR JOSEP M. COLOMER. 24 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 





El MAGA y el trumpismo no constituyen un movimiento político propiamente dicho. Son más bien la expresión de un reconcomio antisistema, del rechazo y la antipatía hacia los gobernantes, y del deseo de un outsider capaz de volcar el statu quo. Pero Donald Trump ha decepcionado profundamente a muchos de sus votantes durante los menos de dos años de su segundo mandato, con resultados económicos peores de lo esperado, el flagrante incumplimiento de su promesa de no iniciar nuevas guerras, la brutalidad contra los inmigrantes, una corrupción descarada y los intentos frustrados de ocultar su implicación en las ignominias de Jeffrey Epstein.

En el periodo más reciente han surgido señales claras de una decepción política creciente y generalizada y una sensación de traición a las expectativas populares en la gran mayoría de las democracias desarrolladas. La derrota electoral de los partidos de gobierno se ha convertido en la pauta principal. En Estados Unidos, debido a la polarizante elección presidencial, solo hay dos partidos viables. Los ciudadanos tienen que registrarse como votantes de uno de los dos partidos para poder participar en las elecciones primarias destinadas a seleccionar sus candidatos. Lo novedoso es que, hoy en día, cerca del 45% de los votantes están registrados como “independientes” no partidistas, una proporción casi el doble de la que existía hace 25 años.

Sin embargo, esto no ha conllevado un aumento de la abstención en las subsiguientes elecciones; al contrario, en las dos presidenciales más recientes, en el 2020 y el 2024, la participación fue más alta que nunca, de cerca del 64%, una proporción no vista desde 1960. También ha habido alta participación en las dos elecciones congresuales de mitad de mandato más recientes. Una deducción lógica es que muchos más votantes que nunca votan “en contra” de candidatos partidistas tradicionales más que “a favor” de otros candidatos.

Entre los demócratas, figuras como Hillary Clinton, Joe Biden y Kamala Harris fueron percibidas, ante todo, como miembros de la gastada y detestada clase política. Es dudoso que el Partido Demócrata gane competitividad si continúa dependiendo de políticos carreristas demasiado conocidos. El primigenio éxito de las candidaturas de los Demócratas Socialistas (DS) sugiere el surgimiento de un nuevo fervor anti­sistema. Ya han logrado las alcaldías de Nueva York y Washington y lideran las encuestas para congresistas y gobernadores en varios estados.

Los DS podrían convertirse en una especie de MAGA de izquierdas; es decir, una reacción tanto contra el establishment tradicional como contra la decepcionante gestión del Partido Demócrata. Esto está empezando a generar pánico entre quienes no están acostumbrados a este tipo de candidaturas, mítines y discursos de estilo europeo. Por supuesto, todo cambio con esperanza conlleva riesgo, pero expresa, sobre todo, ira y descontento.

La otra cara y una buena explicación de la insatisfacción de los americanos con la política es la satisfacción de la gente con su vida privada, la cual hace que la insatisfacción política pueda ser llevadera y manejable. En primer lugar, la influencia relativa de la política en la vida de los ciudadanos es menor que en la mayoría de las democracias desarrolladas. La población de EE.UU. es menor que la de la actual Unión Europea (unos 340 millones frente a 450 millones); sin embargo, el tamaño de la economía privada en EE.UU. es más del doble que el de la UE, lo cual encoge mucho la influencia de la economía publica, aunque el tamaño absoluto de la misma en los dos imperios sea similar.

La productividad de los trabajadores americanos (producto por hora trabajada) es aproximadamente un tercio mayor que la de los europeos. Siempre he tenido la fuerte impresión de que los empleados en EE.UU. trabajan más días al año y más horas al día y que, cuando trabajan, están más concentrados, por así decirlo.

Como consecuencia de todo esto, la renta per cápita de los americanos es aproximadamente el doble que la de los europeos. Esto refleja unos salarios medios más elevados y una proporción el doble de alta de ciudadanos que poseen bonos o acciones (alrededor del 62% en EE. UU.)

En contra de frecuentes comentarios anticuados e indocumentados, el 92% de los estadounidenses cuenta con cobertura sanitaria, ya sea a través del empleo o mediante programas especiales para jubilados y pobres (solo el 3% paga su propio seguro privado). Alrededor del 92% de los americanos ha completado la educación secundaria (en contraste con el 56% que termina el bachillerato o la formación profesional en España, por ejemplo). Quizás no haga falta mencionar cifras relativas a ciencia y tecnología, cultura y entretenimiento.

En resumen: muchos americanos detestan la política y votan en contra de los partidos y políticos tradicionales, lo cual tiende a producir sorpresas desagradables, en gran medida mientras y porque valoran mucho su vida privada relativamente próspera. También por eso tantas personas del resto del mundo votan con los pies e intentan unirse a ese sueño. No se preocupen: el ineficiente sistema político estadounidense continuará generando problemas y desgracias, pero no destruirá el estilo de vida americano productivo, creativo y bastante feliz, tanto privado como social. Josep M. Colomer es politólogo. Publicado en La Vanguardia el 8 de septiembre de 2026.























DEL CAFÉ DE SOBREMESA: EL PROBLEMA DEL MILENIO, POR DELIA RODRÍGUEZ. 24 DE SEPTIEMBRE DE 2026

 







Este verano decidí ignorar alegremente algunas noticias. Los periodistas usamos una expresión para describir el momento en que el cuerpo se revuelve contra ellas: fatiga informativa. Cuando no sabes a qué nueva terrible amenaza para la civilización atender, apagas la radio y te vas a por un helado. Y eso es muy sano, pero también un problema enorme porque de verdad estamos hablando de terribles amenazas para la civilización. Por algún motivo, dejar de mirar el móvil no detuvo el flujo de hechos inquietantes. El ataque involuntario de OpenAI a Hugging Face de julio que intenté obviar resultó ser peor de lo imaginado. No solo se escapó un modelo de un entorno de pruebas para hackear a otra empresa, sino que un enjambre de un millar de agentes hizo todo lo posible para ganar: organizarse en grupo, engañar, sacrificarse, borrar rastros y dejar de avisar a los humanos. Su comportamiento no es excepcional: según un estudio reciente del Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido, todos los modelos que probaron intentan hacer trampas. Como, al parecer, sus jefes humanos.

El martes, OpenAI dijo haber resuelto uno de los siete grandes Problemas del Milenio, el Navier-Stokes, y las circunstancias que rodearon al anuncio me sacaron a golpes de la desidia. Solo Grigori Perelman había conseguido resolver uno antes, la conjetura de Poincaré. Lo inquietante no es el increíble avance, sino la poca ética demostrada por el camino. Sam Altman ha explicado que empezaron a abordar el problema hace unos días tras escuchar rumores de que Anthropic estaba en ello. Era más o menos cierto: un investigador de la empresa rival, Levent Alpöge, y un matemático, Tristan Buckmaster, trabajaban en él por su cuenta —basándose, por cierto, en los avances de dos españoles—, pero aún no tenían una solución completa. OpenAI decidió dedicarle un modelo avanzado aún en pruebas y 10.000 agentes autónomos (es decir, varios millones de dólares). Horas antes del anuncio, Buckmaster hizo públicos sus resultados y acusó a la compañía de presionarlo para publicar de forma conjunta sin su colega. Insinuó también que habían aprovechado conversaciones confidenciales con Codex, una herramienta de OpenAI. La compañía lo niega, pero reconoce que podrían haber mejorado sus modelos con “datos desidentificados derivados de su uso de nuestros productos”.

Poco después, Jacob Coxon, que fue investigador primero en OpenAI y después en Anthropic, anunciaba en X su dimisión por la irresponsabilidad de estas empresas que corren a toda velocidad hacia la superinteligencia “jugando con nuestras vidas”; la primera porque no ha interiorizado sus riesgos y la segunda porque prefiere manejarlos ella. “No hay que subestimar el poder de esta tecnología. Pronto serán sistemas sobrehumanos capaces de hackear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana y adquirir poder y recursos reales”, escribía. Continuaba con una frase tranquilizadora: “la gente que está construyendo la IA cree sinceramente que podría matarnos a todos para finales de la década”. En julio, más de mil trabajadores de la industria pidieron herramientas para poder pausarla en una carta abierta. No siempre quienes más conocen un sector son los mejores para juzgarlo, pero se agradece el aviso. Todos estamos hartos de historias apocalípticas a las que terminamos por no hacer caso, pero es importante superar la fatiga informativa que nos provoca la IA, porque este puede ser el problema del milenio. Delia Rodríguez es escritora. Publicado en El País, el 10 de septiembre de 2026.


















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 24 DE SEPTIEMBRE DE 2026