DESDE EL TRÓPICO DE CÁNCER (20 ANIVERSARIO)
El blog de HArendt (2006-2026) Pensar para comprender, comprender para actuar
jueves, 17 de septiembre de 2026
DEL ARCHIVO DEL BLOG: EL JUEGO DE LA DEMOCRACIA, POR FELIPE FERNÁNDEZ-ARMESTO. PUBLICADO EL 17 DE SEPTIEMBRE DE 2017
Por ser rutinario, el abuso de la palabra "democracia" no me preocupa. Nadie lo toma al pie de la letra, comenta el profesor Felipe Fernández-Armesto, historiador y titular de la cátedra William P. Reynolds de Artes y Letras de la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU). En la mayoría de los Estados que históricamente se calificaban de "repúblicas democráticas", democracia equivalía a decir «dictadura». En la actualidad el abuso más notorio es el de la República Democrática de Corea -o sea, Corea del Norte- y Laos (regido por una junta de militares izquierdistas), Etiopía (donde la oposición no tiene diputados en la legislatura) y Argelia (donde un círculo de potentes no elegidos domina los procesos gubernamentales) se denominan de la misma forma sin cumplir las normas más elementales. Nepal se califica de República Democrática Federal pero al cabo de una guerra civil recentísimo es difícil por ahora predecir el rumbo que va a seguir su democracia inexperta. Timor del Este y Sri Lanka son tal vez las únicas repúblicas democráticas que merecen el apodo. Mucho más inquietante que esa retórica, a la cual ya ni hacemos caso por saber que se trata de una pura superchería, es la perversión de la realidad democrática en países serios e incluso (en los casos de EEUU, el Reino Unido y España) modélicos. En EEUU una minoría del electorado ha impuesto un presidente que se burla del país. En Gran Bretaña la situación es, en cierto sentido, más grave que en el país de Trump, ya que el Gobierno de Theresa May está deformando la legalidad sin el consentimiento de los ciudadanos. El Ejecutivo de Londres remite, de una forma racionalmente incomprensible, a un referéndum constitucionalmente no vinculante, aprobado por una escasa mayoría de los votantes, para marginar las tradiciones constitucionales, sacar el país de la Unión Europea, poner de un lado tratados que garanticen el rol del Tribunal Europeo de Justicia, y cancelar algunos derechos de sus ciudadanos, entre ellos, los de trabajar, viajar y comerciar libremente en el resto de la Unión. Por tanto, el Reino Unido parece destinado a un Brexit duro que nadie quiere, sino unos pocos xenófobos y nacionalistas a ultranza. Los casos de Venezuela y Turquía son menos chocantes, porque sus raíces democráticas son menos profundas, pero se parecen de forma inquietante. En ambos, por maniobras electorales aprobadas por mayorías insuficientes para justificar cambios constitucionales, se está logrando suprimir las oposiciones y socavar el Estado de Derecho. En España, mientras tanto, por una maniobra semejante, un Gobierno autonómico en Cataluña, elegido por una minoría de sus votantes, se propone eliminar la Constitución sin tener el apoyo de la mayoría de los conciudadanos de la misma región, sino contando únicamente con el servilismo de una escasa minoría de sus propios seguidores que estarán dispuestos a participar en un referéndum ilegal.
En todos estos casos, la democracia ha quedado impotente frente a los abusos. Por respeto al Estado de Derecho, los demócratas auténticos toleran las anomalías constitucionales que permiten, en España y en el Reino Unido, que coaliciones de perdedores se agarren del poder, o en EEUU que Estados pequeños ejerzan una preponderancia electoral desproporcionada, privando a los votantes de grandes Estados, tales como Nueva York y California, del peso justo de sus votos. En Turquía, el golpe fracasado quitó legitimidad a la oposición en el momento clave del estratagema de Erdogan. En Venezuela y en España los recuerdos de la violencia política desarman los defensores de la democracia y animan el terrorismo psicológico de los revolucionarios. Maduro y Puigdemont se burlan de la benevolencia de sus opositores.
Parece mentira que en la historia de las ideas quepa corromper tan fácilmente el concepto de la democracia. La tradición abusiva es larga. Supongo que los 'chavistas' ni los 'erdoganistas' ni los 'trumpistas' ni los 'brexiteros' ni los señoritos del secesionismo catalán habrán leído los textos de Rousseau ni de Kant sobre esa "voluntad general" que supera a las voluntades de los individuos, por numerosos que sean, ni que hayan estudiado la tradición idealista alemán decimonónico que autorizaba a líderes --sedicentes carismáticos o superdotados de heroísmo o representativos o encarnados del espíritu del pueblo- para interpretar esa supuesta voluntad según sus caprichos o intereses particulares. Para algunos -de la CUP y de Esquerra- la tradición intelectual vigente es la de un marxismo degenerado que les permite considerarse como representantes de una clase supuestamente oprimida cuya opresión les otorga el derecho de oprimir a los demás.
Sé dónde echar la culpa, pero no sé dónde buscar el remedio. El independentismo catalán es un problema intrincadísimo, al cabo de tantos años de gestión poco inteligente por parte de sucesivos gobiernos españoles. El lector que me haya seguido -si existe alguno- sabrá que desde el momento del fracaso del Estatut en 2010 yo apostaba por una consulta a nivel nacional sobre la Constitución española para evitar la quiebra del país. Y mientras el movimiento secesionista en Cataluña ha ido acumulando fuerza, he insistido en la necesidad de organizar, por parte del Gobierno español, una consulta sobre la independencia de todos los habitantes de Cataluña y todos los del resto de España que se consideran catalanes. De esta manera, el Gobierno hubiera llevado la iniciativa. Sabríamos a ciencia cierta que la mayoría de los catalanes no quieren abandonar el resto de España. O, en caso contrario, ¿quién iba a pensar en mantener la Constitución actual si una gran mayoría de los españoles quisieran cambiarla y apostaran, por ejemplo, por un sistema federal? O si una gran mayoría de catalanes prefiriesen un futuro desacoplado de sus vínculos históricos con el resto de España, ¿quién piensa que los demás españoles no les concederían la independencia con afecto y tristeza, pidiéndoles que vayan con Dios? Parte de la esencia de la democracia, dentro de las normas del Derecho, es confiar en el pueblo, y deferir a su autoridad. Unos pocos catalanes no pueden cambiar la Constitución de España, pero si en algún futuro por ahora imprevisible el pueblo catalán realmente deseara independizarse, la magnanimidad de España no dudaría en lograr los cambios constitucionales necesarias para que se realizara.
Pero ya se ha perdido la ocasión de mostrar al país y al mundo la verdadera actitud de la mayoría de los catalanes. La iniciativa queda en manos de los resentidos del Palau de la Generalitat. Su referéndum secesionista, que en efecto sólo permite votar a los partidarios de la ilegalidad, me recuerda la decisión democrática de los Estados del Sur de independizarse de los Estados Unidos en 1860 sin tener en cuenta la opinión de los negros. El intento carece de cualquier pretensión verosímil de legitimidad. Pero el Gobierno nacional dispone de pocas posibilidades de frustrarlo. Si se suprime, los nacionalistas obtendrán una victoria propagandística, denunciando ante el mundo entero una tiranía que no permite a los votantes expresar su voluntad, o insistiendo en que las autoridades centrales actuaban por miedo. Hay que responder con un contundente, No tinc por. Hay que permitir el ejercicio, ridiculizándolo y denunciando su irresponsabilidad, su coste injustificable, su falta de justicia, su apoyo minoritario y su ineficacia legal. Sobre todo, hace falta una campaña de información, animando a los votantes a abstenerse de las urnas. Un referéndum fracasado valdrá más al mundo que un referéndum suprimido. Ni los señoritos del Palau osarían proclamar una independencia que pocos catalanes quieren, que el país entero rechaza, y que pocos Estados -excepto Venezuela o Corea del Norte- reconocerían. Si lo hiciesen, o si la CUP intentara un golpe, el rechazo popular en Cataluña sería enorme y veríamos a millones de manifestantes por las calles.
Pero la actitud negativa, aunque precisa, no es suficiente. La democracia no es el despotismo de la mayoría sino un sistema consensuado que involucra, consulta y respeta las opiniones de minorías significativas. No cabe duda de que en la actualidad hay una minoría significativa en Cataluña a favor de la independencia. Puede conseguir hasta un par de millones de votos. Merece tomarse seriamente en cuenta, asegurándole la disposición benévola del resto del país, la apertura al diálogo, y la promesa de buscar soluciones satisfactorias a sus inquietudes dentro del reino de derecho, de justicia, de paz y de amor que es España. Felipe Fernández-Armesto es historiador. Publicado en El Mundo el 17 de septiembre de 2017.
DEL POEMA DE CADA DÍA: HOY, CANCIÓN PARA DOS CARACOLES QUE VAN A UN ENTIERRO, DE JACQUES PREVERT (1900-1977). 17 DE SEPTIEMBRE DE 2026
CANCIÓN PARA DOS CARACOLES QUE VAN A UN ENTIERRO
Al entierro de una hoja seca
se van dos caracoles
tienen la concha oscura
crespón llevan de moño
bajo los arreboles
se fueron sin premura
una tarde de otoño
Cuando llegaron era
ay ya la primavera
todas las hojas secas
habían resucitado
y cada caracol
se sintió muy frustrado
mas aparece el sol
el sol que apenas nace
les habla y así empieza
sentaos aquí si os place
un vaso de cerveza
tomárselo en un tris
mas si lo preferís
tomad quizá os aguarde
el bus para París
partirá por la tarde
veréis a vuestro antojo
la campiña feliz
sin luto así me alegro
lo digo sin sonrojo
porque el luto de negro
pone el blanco del ojo
y lo vuelve a uno feo
esos cuentos de féretros
oírlos no deseo
por ser de triste género
revestid por favor
de la vida el color
luego animal y bestia
los árboles las plantas
entonaron con brío
perdiendo la modestia
forzando las gargantas
la canción del estío
como el calor les arde
brinda todo el gentío
es una linda tarde
linda tarde de estío
y los dos caracoles
se van a casa en fila
se van sin desencanto
dichosos los alcoholes
como bebieron tanto
vacilan un poquito
desde el cielo infinito
la luna los vigila.
JACQUES PREVERT (1900-1977)
poeta francés
***
Jacques André Marie Prévert (Neuilly-sur-Seine, 4 de febrero de 1900-Omonville-la-Petite, 11 de abril de 1977) fue un poeta, autor teatral y guionista cinematográfico francés. Jacques Prévert utiliza con frecuencia figuras retóricas de dicción o de repetición para trastocar el flujo convencional del lenguaje. Su poesía recurre a neologismos, dobles significados, imágenes insólitas y está permeada de retruécanos burlescos y lapsus voluntarios que producen efectos cómicos e inesperados, de un humor a veces negro y a veces erótico. En sus poemas abundan los juegos de sonidos: aliteraciones, rimas y ritmos. El vínculo con el surrealismo está presente tanto en la naturaleza fluida de las imágenes como en el uso de recursos como los inventarios, las enumeraciones heteróclitas de objetos e individuos, las sustantivaciones o las personificaciones de objetos y animales.
miércoles, 16 de septiembre de 2026
BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. 16 DE SETEMBRO DE 2026
Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos esta noite de mércores, 16 de setembro de 2026. Espero que tivérades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino estean convosco. Ata mañá. Quérovos. HArendt
ENTRADA NÚM. 11458
DE LA TARDE QUE CAE: LOS CANTAMAÑANAS DE SUSSEX, POR JAVIER MELERO. 16 DE SEPTIEMBRE DE 2026
A estas alturas, les hago al caso de todos los acontecimientos que han merecido durante agosto la respetable calificación de “noticias”. Se trata del habitual batiburrillo en el que conviven el Mundial de fútbol, el eclipse de las narices, alguna nueva majadería del presidente Trump –este año no me sorprendería que declarase la guerra a Luxemburgo– y el descubrimiento anual de los incendios forestales, que ya han adquirido la misma categoría que la “pertinaz sequía” de los tiempos de Franco.
También hemos tenido nuestra ración de Marruecos y Ceuta. Yo mismo he contribuido modestamente al asunto, de modo que no seré quien critique la sobreexposición. Así y todo, no dejo de preguntarme –dada la manifiesta incapacidad de nuestros gobernantes para mantener la paz civil por allá abajo– cómo no se están construyendo dos ciudades gemelas de Ceuta y Melilla en las costas de Málaga y Cádiz, vendiendo las ciudades autónomas al mejor postor –tal vez a Xi Jinping le hagan gracia– y buscando algún apaño para los menores marroquíes que nadie sabe dónde meter.
Algo me dice que eso ocurre porque los políticos no son muy dados a la lectura; si no, enseguida habrían pensado en el ensayo de Jonathan Swift de 1729 titulado Una modesta proposición , para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al público, donde el autor propone, con razonable criterio, comérselos.
Piensen, además, en las externalidades positivas: reducción del gasto en menores no acompañados, impulso al sector hostelero nacional y una oportunidad inmejorable para la alta cocina, siempre en busca de nuevas experiencias. Swift habría reconocido inmediatamente la correcta interpretación de su mesurado proyecto.
Pero uno espera septiembre porque sabe que, tarde o temprano, volverán los acontecimientos verdaderamente importantes. Y este año hay uno que me tiene en ascuas: el regreso a Inglaterra de Harry y Meghan. No es una noticia menor. Hablamos de los duques de Sussex, un hermoso condado cuyos habitantes no tienen ninguna culpa de nada y deben de estar más que hartos de que su tierra se asocie a un par de cantamañanas capaces de hacer que nuestro Froilán parezca el doctor Menéndez Pelayo.
Como ya saben, estos dos faros de la civilización abandonaron Inglaterra con un sonoro portazo después de haber soportado toda clase de supuestas sevicias por parte de su augusta familia. Pero la libertad, además de quedar estupendamente en las mansiones de Montecito, tiene la desagradable costumbre de ocasionar gastos. Así que nuestros duques suscribieron jugosos contratos con Netflix y Spotify a cambio, esencialmente, de poner verde a la parentela. El negocio funcionó estupendamente mientras hubo cosas que contar, pero poco han tardado nuestros amigos en descubrir que la independencia tiene algunos inconvenientes. Sobre todo cuando ya no te respalda la chequera de los Windsor y no sabes hacer la o con un canuto.
Así que no ha quedado otra que volver, después de constatar que el mercado americano está dispuesto a pagar cantidades absurdas por escuchar a un príncipe contar que la vida de un príncipe es un desastre –eso ya funcionó con lady Di–, pero no necesariamente está dispuesto a escucharle indefinidamente. Y cuando uno se ha acostumbrado a gastar en tratamientos de belleza cantidades que permitirían financiar un año el presupuesto de un país pequeño, regresar puede empezar a parecer una decisión sensata.
Voltaire veía en Inglaterra la tierra de la libertad, la razón y la tolerancia. Seguro que habría podido perdonar a Boris Johnson y a Theresa May –lo sé, es difícil–, pero cualquier vestigio de admiración por la Pérfida Albión que le quedara, los duques de Sussex se ocuparían de arrancárselo de cuajo. Sobre todo Meghan, una mujer que ha hecho una industria del hecho perfectamente comprensible de que la abuela de su marido no la quisiera lo suficiente.
Mientras tanto, en Londres circula un rumor que no he podido confirmar y que, precisamente por eso, me parece perfectamente digno de crédito: el príncipe de Gales habría empezado a contemplar con renovado interés los retratos de Carlos I y Cromwell. No porque esté pensando en restaurar la decapitación, al menos no enseguida. Pero quizá haya comprendido que, con los Windsor, el problema de las relaciones familiares no es que sean difíciles. Es que duran demasiado. Javier Melero es escritor. Publicado en La Vanguardia el 2 de septiembre de 2026.
DEL CAFÉ DE SOBREMESA. COLETTE EN TIEMPOS DE APOCALIPSIS, POR SERGIO DEL MOLINO (EL PAÍS). 16 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Hay dos cosas que los personajes de Colette hacen muy bien: el sexo y comer. En lo primero son refinados, elegantes, vanguardistas, ambiguos y ricos en perfumes, espejos y disfraces. En lo segundo son rústicos y esenciales, zampadores de comidas de la abuela con mucha grasa acompañadas de grandes rodajas de pan de centeno. Sirva de ejemplo este café de portera que se desayuna el casi gigoló Chéri en la novela que protagoniza: “Un café con leche cremoso y azucarado que debía recalentarse después de añadirle unas tostadas con mantequilla desmigajadas que se recocían a placer y formaban en la superficie del café una costra suculenta”. Toda una guarrindongada digna de David de Jorge y, según las asociaciones de cardiólogos, un crimen contra las arterias.
He pasado el verano leyendo a Colette (1873-1954), esa tragona sensual que confundía los placeres de la cama y de la mesa, una escritora de hace un siglo que suena más moderna que las más modernas de hoy. Un icono feminista que decía que la política era una cosa aburrida de chicos y una hedonista que vivió y narró dos guerras y dio recetas en la radio del París ocupado riéndose del racionamiento. Sus intervenciones empezaban así: “Tome seis u ocho huevos, si es que los encuentra”.
En un verano sin tregua en el que los cuatro jinetes del apocalipsis prendieron fuego a Europa para cruzar luego a Ceuta sin un día de sosiego, la literatura de Colette me ha dado felicidad, emoción, alegría y paz. No he dejado de ponerme serio ni de tratar los infiernos de la actualidad con la atención requerida, pero cuando me tumbaba a leer Chéri o Sido o La gata o las novelas de Claudine me sentía un impostor: hay que escribir como Colette —me decía—, no como un Hemingway oportunista y moralista. Hay que señalar lo importante, no solo lo urgente.
Colette vivió unos tiempos bastante más sísmicos que los actuales (aunque yo llevo ya tres veranos sintiendo que son mi último verano en paz) y nunca renunció al gozo ni a la belleza. Mientras sus colegas se histerizaban, se enfrentaban en bandos, se acusaban y se mataban, ella siguió militando en el placer y en una forma traviesa, erótica, infantil y mundana de vivir. Hoy, leer a sus coetáneos politizados puede ser una tortura parecida a la de tragarse una misa de seis horas, mientras que Colette nos llega fresca, como si la tinta de los cuadernos en los que escribía no se hubiera secado, y sus palabras nos regocijan e interpelan como no lo harán jamás las del intelectual más comprometido y ceñudo. Sergio del Molino es escritor.
DEL ARCHIVO DEL BLOG: EL CARRO DE HENO, DE GUSTAVO MARTÍN GARZO. PUBLICADO EL 24 DE SEPTIEMBRE DE 2016
Se dice que no he amado a los hombres, que mi obra nace del disgusto que me provocan sus apetitos, sus ansias de poder, su insaciable egoísmo. Se dice que en mis cuadros sólo hay fealdad y locura, que fui un pintor excéntrico y visionario, obsesionado con ese infierno que a casi todos aguarda a causa de los pecados. Mas se olvida que en aquel tiempo solo se pensaba en la muerte. Era normal casarse a los catorce años, tener hijos inmediatamente y morir antes de cumplir los treinta. Una vida corta y no muy feliz así era la vida de casi todos. Y con la muerte llegaba el juicio, y te esperaban el infierno o el purgatorio o, con un poco de suerte, el cielo. Se vivía en mundo lleno de demonios y ángeles, y mis cuadros debían servir para hacer ver a hombres y mujeres los peligros que corrían si abandonaban la senda de la doctrina cristiana.
Se dice que pocos han pintado infiernos más temibles que los míos. Dragones, culebras, peces y escuerzos, se mezclan en ellos con guerreros y soldados torturadores, con flechas, ollas y trompetas, con fogatas y ruinas. Animales y hombres se confunden entre sus llamas dando lugar a criaturas repugnantes que simbolizan las abyecciones humanas y los desvíos de la sexualidad. En mi Tríptico del Juicio Final, algunos cuerpos son mordidos por serpientes, otros se abrasan en hornos. Un demonio femenino con patas de ave cocina a un desdichado a fuego lento junto a dos huevos blancos. Pero esa criatura con un embudo en la cabeza, el enano con sombrero rojo y cola de lagarto, la cabeza con piernas que lleva un naipe en la boca, los hombres ruedas, la monja que cocina cuerpos humanos, ¿acaso no son como las criaturas que en las ferias nos consuelan con sus risas de las miserias de la vida? Aún más, ¿no hay en esas obscenidades y locuras algo que nos obliga a prestarles atención?
No me hice famoso por defender ante los hombres la doctrina cristiana, sino porque me transformé en su bufón. Así fue como mi nombre no tardó en ser conocido en las cortes de Europa. Los príncipes pagaban grandes sumas por mis cuadros, y se formaban colas interminables para contemplarlos. Querían que les mostrara ese carro de heno que nunca se agota, que les hablara del cuerpo que lo roba, que lo esconde entre las ropas, de esa belleza inexplicable que hay en todo lo condenado: el sexo, las pasiones, los sueños.
¿Habéis visto cómo en las catástrofes los niños siempre encuentran la manera de entregarse a sus juegos y así unos dan en bañarse en las calles que el agua inunda, otros en deslizarse por los tejados hundidos por el peso de la nieve, y otros más en levantar sus moradas entre las vigas de la ciudad destruida por las guerras? ¿Les habéis visto jugar con los objetos que flotan en el agua, buscar en los campos de batalla las armas de los soldados muertos, jugar en las ramas del árbol en el que ayer mismo alguien se ahorcó? Yo era como ellos, mi reino eran las ruinas del corazón humano. El árbol del ahorcado donde juegan los niños, eso es toda mi obra.
No era un rebelde, nunca lo fui. Creía que la pintura debía transmitir un mensaje moral, advertir de los peligros que acechan al alma que renuncia a la pureza. Sé que muchos opinaban que estaba loco, que en mis monstruos y quimeras alimentaban extrañas herejías que hacían del cuerpo y de los excesos su única razón de ser. Pero yo no era distinto a los miniaturistas que adornaban los libros de los códices, los salterios y los libros de horas con todo tipo de criaturas extrañas, e incluso en mis cuadros más queridos, los que contienen las imágenes de mi devoción, no podía evitar introducir ese mundo de lo deforme y maldito. Y mentiría si dijera que no gozaba al hacerlo. Algo me decía mientras pintaba que no debemos abandonar prematuramente esa vida desfigurada, que saldremos ganando si no lo hacemos.
Siendo ya mayor pinté el cuadro que entre todos los míos es el que prefiero. Lo llamé La variedad del mundo, aunque a causa de su panel central, todos lo conozcan por El jardín de las delicias. Sus árboles están llenos de frutos rojos. Son los frutos del árbol de la vida por eso en el jardín todos están desnudos, todos danzan en torno a una pequeña laguna llena de muchachas que juegan. Un reino de silencio, donde se habla el lenguaje de las cosas mudas, así es mi jardín.
No están ahí nuestros recuerdos sino lo que hemos olvidado: un mundo de fuentes de ámbar y de secretos de los que no somos dueños. Es inútil que preguntéis por su significado, pues todo lo que pasa en él es indecible. Esa mujer que ofrece a su compañero un fruto rojo, ¿por qué se lo da a probar? Y los amantes que viven en el interior de una manzana ¿qué hacen? Ese ave delgadísima y el árbol que crece a su lado, ¿por qué están ahí, de quién es la pierna que asoma sobre el agua? ¿Qué hacen los grupos de jinetes o las jóvenes que se bañan en la laguna central?
Cada cosa, cada criatura guarda un secreto que ni yo mismo, que todo lo pinté, podría explicar, ¿pues acaso un pintor sabe lo que hace? No, no lo sabe, pues la pintura solo nos espera en el punto en el que no nos estaba destinada, donde no era para nosotros. Somos entonces como aquellos judíos que durante el éxodo, y cuando más desesperados estaban, asistieron al milagro del maná. Estaban perdidos y hambrientos, creían que nada bueno volvería a sucederles y vieron aquellos copos blancos cayendo del cielo, y cómo en su boca se transformaban en la fuente de las delicias. Eso es lo que significa la palabra maná en su lengua: qué es. Veían caer aquella hermosura y se preguntaban qué es.
Fijaros ahora en mi jardín. ¿Acaso no veis caer los copos blancos? ¿No veis como todos quieren probarlos? Fijaros en las muchachas que hay en la laguna central. Algunas llevan frutos rojos en la frente, otras dialogan con garzas y cornejas, las de raza blanca se mezclan con naturalidad con las de raza negra. No sabemos qué hacen allí, qué esperan, se comportan como si pensaran que les basta con extender sus manos para tomar lo que quieren.
Ved ahora el círculo de los jinetes. Unos llevan huevos o peces, otros se cubren con pétalos inmensos o hacen acrobacias sobre sus monturas, que unas veces son caballos, otras dromedarios, cerdos, vacas, leones. ¿No les veis alzar las manos, adoptar todas las posturas inimaginables como esperando recoger eso que cae del cielo? Y todos los otros, los que en círculos aún más amplios reposan en la hierba, se ocultan en mejillones o vainas o se transforman en flores, qué esconden, por qué necesitan buscar los lugares más imprevistos para guardarlo? Esa muchacha, por ejemplo, que yace junto a un joven cuya cabeza es un fruto azul, ¿por qué lo mira así, qué esconde un corazón como el suyo? Qué es, qué es, oímos decir por todos los rincones del jardín, y es como si el maná siguiera cayendo en el mundo. Hemos sido expulsados del paraíso, pero a la vez permanecemos eternamente en él, es lo que nos dicen esos copos que no vemos. Gustavo Martín Garzo es escritor. Publicado en El País, el 24 de septiembre de 2016.























