miércoles, 1 de julio de 2026

BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. AVUI DIMECRES, 1 DE JULIOL DE 2026, AVUI, EN CATALÀ

 






Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i somnis dolços a tots aquesta nit de dimecres/dijous de l'1 al 2 de juliol de 2026. Espero que hagin passat un bon dia en companyia de les seves famílies i amics. Gràcies de tot cor per haver-se fet una volta pel bloc. M'alegraria creure que han gaudit de la visita. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. Petons. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. TOLERAR LOS LÍMITES DE LA CONDICIÓN HUMANA, POR PATRICIA FERNÁNDEZ MARÍN. 1 DE JULIO DE 2026

 





Un hombre de 36 años acude a una consulta por ataques de pánico. Se trata de una persona exitosa que dedica gran parte de su tiempo a optimizar distintos aspectos de su vida: el trabajo, la salud, el ejercicio físico o las finanzas. Tras cometer un error laboral, comienza a experimentar un intenso miedo a volver a equivocarse, llegando a consultar a diferentes médicos para descartar problemas de atención o posibles deficiencias vitamínicas que pudieran explicar una supuesta pérdida de rendimiento. Más allá del error concreto, lo que le resultaba intolerable era la posibilidad de sentirse vulnerable. >Este caso ilustra una problemática cada vez más frecuente en la sociedad contemporánea: la dificultad para aceptar los límites inherentes a la condición humana.

La crisis de salud mental puede entenderse, al menos en parte, relacionada con esto. Parte del malestar contemporáneo proviene de la dificultad para aceptar experiencias normales de la vida, como la tristeza, la incertidumbre, el fracaso, la soledad, la pérdida o la enfermedad. Cuando toda experiencia dolorosa se interpreta como algo anómalo, la vida se vuelve más difícil de soportar. Así, situaciones inevitables como una ruptura amorosa, un error en el trabajo o un conflicto con un amigo se viven como injusticias o fracasos personales que deben resolverse de inmediato o corregirse. Según la psicóloga Olalla Martínez Rubín, muchas personas que consultan por ansiedad crónica o somatización presentan una dificultad para aceptar experiencias humanas dolorosas, pero normales. El malestar no proviene únicamente de estas experiencias, sino del esfuerzo constante por evitarlas, corregirlas o encontrar una explicación que las elimine.

Parte de esta situación puede explicarse por la forma en que la cultura contemporánea nos enseña a relacionarnos con los límites. En las últimas décadas se ha reforzado la idea de que cada persona puede construir su identidad, controlar su destino y alcanzar cualquier meta si se esfuerza lo suficiente. Sin embargo, la realidad sigue imponiendo límites inevitables como la biología, la enfermedad, el envejecimiento, las circunstancias sociales, la suerte o la propia muerte. Por supuesto, existen límites injustos que requieren ser cambiados —como la discriminación, la pobreza o la falta de derechos—, pero también otros que no pueden eliminarse, como la vulnerabilidad, la dependencia, el sufrimiento, la incertidumbre o la muerte. La madurez individual y colectiva reside en saber diferenciar ambos.

Anteriormente, la cultura ofrecía referencias compartidas para interpretar la realidad y afrontar los límites. Elementos como la religión, la espiritualidad, las costumbres, la amistad, la familia, las redes de apoyo, las leyes o las instituciones proporcionaban normas y relatos que ayudaban a comprender experiencias dolorosas. Aunque estos marcos impusieran responsabilidades, también ofrecían orientación, sentido y pertenencia. Además, ahora hay una tendencia a pensar que el individuo puede depender solo de él. Sin embargo, cuando la experiencia se interpreta únicamente desde la perspectiva subjetiva, puede resultar más difícil tolerar la crítica, el desacuerdo o la frustración.

Pese a los avances científicos y tecnológicos, siguen existiendo límites en la naturaleza que no pueden eliminarse por completo. La enfermedad, el envejecimiento, la pérdida o la muerte nos recuerdan que existen aspectos de la vida que escapan a nuestro control. Los avances científicos han mejorado enormemente la vida humana, pero a veces también alimentan la expectativa de que todo problema tiene una solución inmediata. Por ejemplo, algunas personas viven el envejecimiento exclusivamente como un fallo que debe corregirse, en lugar de asumirlo como una dimensión inevitable de la vida humana.

La falta de aceptación de los límites también se traduce en que se ha perdido capacidad de espera. La cultura contemporánea fomenta la satisfacción inmediata de los deseos y las redes sociales refuerzan esta gratificación instantánea. El tiempo se ha convertido en un límite difícil de tolerar, y se tiende a exigir resultados rápidos en las relaciones o en la búsqueda de bienestar. Sin embargo, muchas de las experiencias más valiosas de la vida —como la amistad, el amor, el conocimiento, la madurez o la confianza— requieren tiempo, esfuerzo sostenido y compromiso. Del mismo modo, la frustración ha dejado de entenderse como una experiencia normal del desarrollo personal. Aprender implica equivocarse, trabajar supone afrontar dificultades, convivir exige aceptar conflictos y querer a alguien conlleva el riesgo de la pérdida.

Además, elegir implica renunciar. No se educa en la idea de que toda elección implica una pérdida. Esta abundancia de alternativas genera la ilusión de que siempre existe una opción mejor, lo que puede dificultar el compromiso. Elegir una pareja implica renunciar a otras relaciones posibles; elegir una profesión supone descartar otros caminos; y elegir un proyecto vital significa abandonar múltiples oportunidades. En este sentido, la dificultad contemporánea no reside solo en elegir, sino en aceptar lo que inevitablemente se deja atrás. Toda elección supone un límite, ya que implica renunciar a vivir todas las vidas posibles.

Como señala Martínez Rubín, desde una perspectiva terapéutica, el trabajo consiste en aceptar que equivocarse, sufrir, cansarse o rendir menos, en determinados momentos, es inevitable. También consiste en ayudar a la persona a reconocer y tolerar estos aspectos inevitables de la vida en lugar de mantener una lucha permanente contra ellos. Además, aceptar los límites es compatible con comprometerse —en una relación, una profesión, una familia, una amistad o una comunidad— ya que implica renunciar a otras posibilidades. Enfoques terapéuticos como la terapia de aceptación y compromiso actúan en esta línea. Estas terapias ayudan a adoptar una posición intermedia respecto a la libertad humana. Como ya señalaba Epicuro, algunas cosas dependen de nosotros, otras están determinadas por circunstancias que no controlamos y otras ocurren de manera imprevisible. La madurez consiste en reconocer simultáneamente nuestra capacidad de actuar y los límites que condicionan nuestras decisiones.

Esto no supone renunciar a la transformación social, sino recuperar una comprensión más realista de la existencia humana: reconocer que no todo depende de nosotros, que el sufrimiento forma parte de la vida, que existen condicionantes biológicos y sociales, que necesitamos a los demás y que toda elección implica una renuncia. Patricia Fernández Marín es psicóloga. Ethic, 24 de junio de 2026.



























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. ZAPATERO Y LA MIERDA, POR JAVIER CERCAS. 1 DE JULIO DE 2026

 





En pleno estallido del caso Zapatero, mientras leía noticias a cuál más deprimente, un titular me levantó el ánimo. “Con 89 años, tengo relaciones con distintos hombres fuera de la residencia”, declaraba a El Periódico una señora. Pensé: “Olé tus ovarios”. También pensé: “En las próximas elecciones, votaré a esta señora”. Pasado el subidón, volvió la depresión.

Lo más serio que se ha dicho sobre el caso Zapatero lo dijo en el Congreso Gabriel Rufián: “Es una mierda”. Pero yo no creo que sea una mierda porque Zapatero fuera un faro moral o un padre político que ha dejado a oscuras o huérfana a la izquierda, o por cualquiera de las demás cursiladas que se dijeron aquellos días. Yo creo que es una mierda porque Zapatero fue presidente del Gobierno. Que yo lo votara dos veces —todas las que se presentó a la presidencia— es lo de menos; lo relevante es que fue el presidente de todos, incluidos los que no lo votaron. Esa es la mierda auténtica. Hace ocho años, un Gobierno del PP cayó envuelto en casos de corrupción; todo parece indicar que este Gobierno va a caer envuelto en casos de corrupción. Esto no es un argumento equidistante: es un hecho. En realidad, ahora mismo no resulta nada fácil de explicar fuera de España, a menos que se recurra a la teoría de la conspiración, que siga en su puesto un presidente que tiene imputados por la justicia a su esposa, a su hermano, a su última mano derecha, a su penúltima mano derecha, a la mano derecha de su penúltima mano derecha y a un grupo de su propio partido, cuyo secretario de Organización urdió según el juez una “estructura criminal” para desacreditar adversarios; también a Zapatero, quien, como dijo Carlos E. Cué, para el presidente era mucho más importante que muchos ministros (así es: fue Zapatero quien pactó en 2023 con Puigdemont un acuerdo donde el PSOE suscribe todas las mentiras del secesionismo, lo que hizo posible la amnistía y la segunda legislatura de Sánchez). Dicho esto, ¿cómo extrañarse de que haya quien piense que todos los políticos son iguales y que el sistema está corrompido, gente a la que entren ganas de no volver a votar o de votar a una nonagenaria alegre y folladora? ¿Cómo es posible que haya quien acuse a esa gente deprimida de fomentar la antipolítica y no entienda que quien la fomenta son los políticos que no atajan de una vez la corrupción? Porque no se engañen: la cuestión no es cambiar los malos gobernantes por los buenos; la cuestión es cambiar el sistema de forma que ni siquiera los buenos gobernantes puedan convertirse en malos. ¿Imposible? Falso: en Dinamarca o Finlandia la corrupción es irrelevante. ¿Que nosotros somos distintos, que tenemos otra cultura y otra tradición? Y un cuerno: hace cuatro días también se decía que, a diferencia de daneses o finlandeses, nosotros no podíamos vivir en democracia porque teníamos otra cultura y otra tradición; y aquí estamos. No, la cuestión no es esa; la cuestión es que, en estos casi 50 años de democracia, nuestros partidos políticos —empezando por el PSOE y el PP— no han cumplido con su deber de crear un sistema lo más invulnerable posible a la corrupción; y que nosotros se lo hemos permitido. Esa es la verdadera mierda.

No ocultaré que conozco a Zapatero. Ya no era presidente, pero yo le había criticado en un artículo y quiso hablar conmigo. Conversamos; estuvimos de acuerdo en unas cosas y en otras no. No me pareció un faro, ni falta que hace: para ser un político útil basta con ser razonable y honesto, tener un poquito de humildad, saber escuchar, rodearse de buenos asesores y querer lo mejor para tu país. Me pareció que Zapatero cumplía los requisitos (y no tengo ninguna razón para pensar que mi nonagenaria favorita no los cumpla); ni se me pasó por la cabeza, en todo caso, que pudiera hacer nada semejante a lo que el juez le atribuye. Por lo demás, creo en la inocencia de Zapatero; por un motivo: porque la civilización consiste en creer que cualquier persona, sea el presidente del Gobierno o Jack el Destripador, sea de izquierdas, de derechas o mediopensionista, es inocente hasta que se demuestre lo contrario. Todo lo demás es una mierda. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española. El País, 20 de junio de 2026.

























DE LAS VIÑETAS DE HUOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 1 DE JULIO DE 2026

 



























DEL ARCHIVO DEL BLOG. EL PÚBLICO VISTO DESDE EL ESTRADO, POR FERNANDO ARAMBURU. PUBLICADO EL 10 DE ENERO DE 2018

 






Todos los que en algún momento de nuestras vidas hemos impartido clases o nos hemos tenido que dirigir en público y en solitario a un auditorio, creo que nos vemos reflejados en el delicioso artículo que el escritor y antiguo profesor Fernando Aramburu, escribe en El Mundo. Seguro que lo disfrutan.

Al escritor lo invitaron a hablar en público, comienza diciendo Aramburu. Es esta una actividad para la cual nunca fue aleccionado por un profesor de oratoria. Lo suyo es escribir, no hablar, si bien a fuerza de años y disertaciones ha ido reuniendo algunas tablas. Lo ayuda la circunstancia de haberse dedicado durante largo tiempo a la docencia. Cree que no se puede establecer una distinción tajante entre hacerle pasar un buen rato a un grupo de adultos o a una piña de colegiales, aunque ante estos últimos conviene no confiarse demasiado, ya que por lo común ignoran las técnica de disimular la impaciencia. Quitando este detalle, es cosa probada que mayores y pequeños disfrutan por igual de la amenidad y de la risa.

El escritor ha publicado, no siempre con éxito, cierta cantidad de libros. No olvida la tarde en que fue a presentar uno de dichos libros a una ciudad de provincias y acudieron cinco personas a escucharlo. El presentador no apareció. Fuera caía una lluvia estruendosa y tronaba como si los artilleros del cielo se hubieran conjurado para reventarle el acto. El escritor no descarta la posibilidad de que dos o tres de los asistentes, acaso todos, hubieran entrado en el recinto sin más propósito cultural que resguardarse de la tormenta.

Hoy la sala presenta un aspecto concurrido. El escritor lo comprueba con una mirada en apariencia distraída. A continuación agradece los aplausos que el generoso público ha tenido a bien dispensarle a modo de recibimiento. Los aplausos del final suponen un premio; los del principio, una advertencia endulzada de cordialidad: abrigamos expectativas, esfuércese.

Sobre la mesa, junto al micrófono, está la copa de vino tinto que el escritor había solicitado. El vino le aclara los pensamientos, le suelta la lengua; obra en él de costumbre un efecto euforizante que acaba con cualquier asomo de fatiga, de paso que pone freno a su inseguridad. Le carga, además, las pilas de buen humor. El escritor, cuando ve la copa de vino sobre la mesa, se hace a la idea que nada puede fallar.

En algún sitio, los organizadores del acto no entendieron la razón del vino y sirvieron al escritor una botella de litro, considerando tal vez que convenía satisfacer su dipsomanía para salvar la conferencia. No sería, desde luego, el primero que sube a un estrado con las pupilas dilatadas. ¿Cuántos, antes de hablar en público, se acogen al estímulo de los fármacos, el alcohol, los estupefacientes? Vaticino el derrumbe de muchas famas el día en que el gremio de los oradores haya de someterse a controles antidopaje.

El presentador lee ahora las dos páginas sazonadas de datos biográficos y elogios que ha traído escritas de casa. El escritor aprovecha estos prolegómenos corteses tanto para arrearle el primer lingotazo a la copa de vino como para cerciorarse de que entre el público no está su mujer. No hallarla le da tranquilidad, pues teme sus opiniones al término del acto. A ella le da igual el contenido de la intervención. Juzgará el nudo de la corbata, si los colores de las distintas prendas del atuendo armonizaban, si él se rascó seis veces la cabeza o se puso otras tantas la mano delante de la boca.

Observadas desde el estrado, las filas de cuerpos forman una unidad ilusoria. Es seguro que cada uno de los circunstantes se siente distinto y separado de los demás. La masa son los otros y uno es el que es. Esta convicción se le impone con más fuerza al escritor por su posición de aislamiento en el escenario. Como en sus viejos tiempos del colegio, habla mirando a este, a ese, al de más allá alternativamente, deteniendo los ojos tan sólo unos segundos en cada uno de los rostros elegidos al azar. A veces dirige la mirada hacia el fondo de la sala, hacia nadie, y en realidad, aunque hace como que mira a este señor y luego a esa señora, sólo presta atención al flujo de sus propias palabras. No hay diferencia entre hablar a los cinco de aquella lejana tarde de relámpagos y hablar ante 100, 200 o 500 almas.

La cosa cambia cuando alguna persona del público se singulariza en razón de su conducta, como ocurre ahora con una señora de la tercera fila. Se ha quedado traspuesta, aunque pudiera ser que esté escuchando la conferencia con los ojos cerrados a fin de aguzar la concentración y sacarles el mayor provecho posible a los razonamientos del conferenciante. No menos intriga al escritor esa persona que de pronto se levanta y abandona el recinto andando de puntillas como quien huye después de haber perpetrado una fechoría. ¿Se va decepcionada, ofendida, presa de cólera o, sintiéndolo en su corazón, debe acudir deprisa a una cita inaplazable? ¿Estará en desacuerdo con las ideas expuestas por el orador? ¿La aprieta de pronto un apuro físico? El escritor no ha podido nunca resolver el enigma.

Conserva de sus años de docente el instinto de captar si el público se está aburriendo o no. Hay señales inequívocas que así se lo indican. Si la gente empieza a removerse en los asientos y menea la cabeza, malo. Urge entonces cambiar de asunto o jugar la baza jocosa. El escritor escudriña fisonomías a la busca de una persona que lo escuche con gestos de asentimiento. Y, en efecto, una chica de la quinta fila corresponde de vez en cuando a sus palabras con cabezadas de asentimiento. Consecuentemente, el escritor detiene su mirada en ella y le habla como si no hubiera nadie más en la sala. Si los gestos fueran de reprobación, el escritor se apresuraría a mirar hacia otro lado.Llega, tras casi una hora de disertación, el turno de las preguntas. No es raro que sobre el mar de cabezas se extienda un espeso silencio. Al escritor le importa poco esta situación, que no le resulta embarazosa porque preludia el final inminente de la tarea. En ocasiones, pide la palabra un espontáneo, figura típica en estos lances culturales, que aprovecha el micrófono que se le ofrece y el público que lo rodea para soltar una alocución a menudo descabellada, sin la menor conexión con el tema de la conferencia. Aconsejado por la cautela, el escritor adopta una expresión de serenidad. Ya una vez, en un centro cultural, cometió la imprudencia de replicar con guasa a uno de estos asistentes desaforados y el tipo se lo tomó a mal. Ahora el escritor, discretamente ensimismado y, por supuesto, sordo, se limita a saborear el último trago de vino, mientras piensa si en la cena posterior al acto, con posible asistencia de algún concejal, pedirá carne o pescado, o si más bien debería contentarse con una ensalada. Es que cada vez que se embarca en un ciclo de presentaciones vuelve a casa con algún que otro kilo de más y eso tampoco le gusta a su mujer.



























DEL POEMA DE CADA DÍA. LA CANCIÓN DEL PRESENTE, POR MANUEL MACHADO. 1 DE JULIO DE 2026

 







LA CANCIÓN DEL PRESENTE 



No sé odiar, ni amar tampoco.

Y en mi vida inconsecuente,

amo, a veces, como un loco

u odio de un modo insolente.

Pero siempre dura poco

lo que quiero y lo que no…

¡Qué sé yo!

Ni me importa…

Alegre es la vida. Y corta,

pasajera.

Y es absurdo,

y es antipático y zurdo

complicarla

con un ansia de verdad

duradera



MANUEL MACHADO (1874-1947)

poeta español





***





Manuel Machado Ruiz (Sevilla, 29 de agosto de 1874-Madrid, 19 de enero de 1947) fue un poeta y dramaturgo español, enmarcado en el modernismo. Fue hermano del también poeta Antonio Machado, así como del pintor José Machado. Influido por Verlaine y Rubén Darío, su verso aparece ingenioso, ágil y expresivo, con huellas del parnasianismo y los poetas malditos franceses. A menudo se ha contrapuesto esta vertiente definidamente modernista con su inserción en el contexto de la generación del 98.













DEL ASUNTO DEL DÍA. AMÉRICA LATINA PARTIDA POR L,A MITAD, POR SERGIO RAMÍREZ. 1 DE JULIO DE 2026

 






Hay una ola que tiñe de rojo MAGA el mapa de América Latina, ahora que candidatos fieles a la propuesta radical y vociferante del presidente Donald Trump alcanzan el poder. Y lo hacen por medio de votos contados de manera incuestionable. No es la vieja derecha tradicional conservadora, sino la extrema derecha con una propuesta alucinógena de megacárceles, mano dura contra los emigrantes, recortes masivos del gasto público que suprimen programas sociales, y alineamiento militar y de seguridad con el Escudo de las Américas, la alianza encabezada por Estados Unidos.

No es poca cosa que, en medio de tantas carencias institucionales crónicas en nuestros países, entre la corrupción rampante, la debilidad de un sistema judicial influenciado por el narcotráfico, y el creciente poder político que en regiones enteras detenta el crimen organizado, tengamos sistemas electorales confiables, que puedan dilucidar resultados tan ajustados, como los de Perú y Colombia.

Pero que la diferencia en esas elecciones sea de tan pocos votos, como ya ocurrió el año pasado en Honduras, nos revela, a la vez, que el electorado se halla dividido por la mitad entre una propuesta de populismo de derecha contra otra propuesta de populismo de izquierda, lo que representa también una tajante división geográfica y social.

En el Perú, la costa se volcó por Keiko Fujimori, heredera de su padre, Alberto Fujimori, convicto por crímenes de Estado; y la sierra de los cholos, las regiones más atrasadas, votó abrumadoramente por Roberto Sánchez, heredero de Pedro Castillo, depuesto tras un frustrado autogolpe de Estado, igual al que en su tiempo dio con éxito el dictador Fujimori. La diferencia entre ambos candidatos fue de apenas el 0,25%.

Y en Colombia, las regiones de la periferia, las más pobres y las más golpeadas por la violencia, se decantaron por Iván Cepeda, el candidato de la izquierda populista de Petro, mientras el centro del país lo hizo por Abelardo de la Espriella, bendecido por Trump, y quien terminó ganando por el 1% de los votos.

Las propuestas radicales encuentran adeptos entre todos los sectores sociales, y la polarización alcanza a los sectores más pobres, donde la extrema derecha ha logrado penetrar explotando la inseguridad ciudadana, clave del éxito de la popularidad de Bukele en El Salvador: megacárceles y suspensión de garantías, que sirve ahora como modelo en no pocos países, Chile, Colombia, o Ecuador, donde ha fracasado escandalosamente.

La tensión entre los extremos, si los gobernantes apuntados a la derecha populista deciden llevar adelante sus propuestas, muchas de ellas demagógicas, encontrarán resistencia en la otra mitad, y en medio de la confrontación ningún país puede avanzar hacia el bienestar y la equidad y la paz social, que es lo que al fin y al cabo la gente busca.

Como lo busca en Venezuela, donde no hay visos de que vaya a darse a corto plazo un restablecimiento democrático, y más bien persiste ese extraño modelo híbrido que se parece tanto al protectorado, con un Gobierno populista con el sello de izquierda chavista, en alianza con los Estados Unidos de Trump, algo insólito en la historia de América Latina, y que ojalá el terremoto ocurrido estos días no acabe de remachar, bajo pretexto de emergencia nacional.

La gente aplaudió, sin duda, que se llevaran a Maduro a una cárcel en Nueva York, violación de la soberanía de por medio o no, siempre que esa acción diera paso al regreso inmediato de la democracia. Pero los meses pasan, y quienes entregaron a Maduro y formaron parte de su aparato político y represivo siguen administrando el poder bajo los dictados de Trump.

Lo pongo mejor en las palabras de Miguel Henrique Otero, director del diario El Nacional, que se sigue editando desde el exilio: “No hay avance alguno. No hay debate democrático, no hay apertura política (…). Los cuerpos policiales y los servicios de inteligencia continúan espiando, fabricando expedientes (…). El asedio y chantaje a los presos políticos —militares y civiles— y a sus familiares continúa. Los jueces, principales extorsionadores, continúan con su sucia matraca, sin que nada ni nadie lo impida o lo castigue”.

Ya El Nacional debía estarse editando en Caracas, y las instalaciones que le fueron confiscadas devueltas; ya todos los medios de comunicación deberían estar funcionado sin trabas, los presos políticos liberados todos, los exiliados de regreso, y un proceso electoral libre en marcha.

En América Latina, la historia ha demostrado que tiene un comportamiento cíclico. Si hoy la ola dominante se mueve hacia la extrema derecha, los protectorados prolongados y la resurrección de la doctrina Monroe con gobernantes obsequiosos y serviles a la voluntad de Washington, puede revertir esa ola y resucitar el viejo nacionalismo antimperialista latinoamericano, que no ha desaparecido, sino que se halla agazapado, y despertará si se comienza a azuzarlo.

Baste recordar la visita de buena voluntad a América Latina de Richard Nixon en 1958, entonces vicepresidente de Eisenhower, recibido a pedradas en Lima y en Caracas, cuando la ola se elevaba del otro lado. Sergio Ramírez es escritor y exvicepresidente de Nicaragua. El País, 29 de junio de 2026.






















BONS DIES DE NOU A TOTS I FELIÇ DIMECRES, 1 DE JULIOL DE 2026, A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA ESPANYOLA.. AVUI, EN CATALÀ

 






Hola, bon dia de nou a tots i feliç dimecres i feliç inici de mes, i als que puguin i vagin a gaudir de les seves merescudes vacances d'estiu, que s'ho passin molt bé. Anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera la signa l'escriptor i acabat de triar membre de la Reial Acadèmia Espanyola, Sergio Ramírez, i ens parla de l'onada que tenyeix de vermell MAGA el mapa d'Amèrica Llatina, ara que candidats fidels a la proposta radical i vociferant del president Donald Trump arriben al poder. Després ve el poema del dia, La cançó del present, del poeta Manuel Machado, que comença amb aquests versos. “No sé odiar, ni estimar tampoc. I en la meva vida inconseqüent, estimo, de vegades, com un boig o odi d'una manera insolent”. I després del poema, l'arxiu del bloc, avui de gener de 2018, en què l'escriptor Fernando Aramburu, ens parla del dia que el van convidar a parlar en públic, una activitat per a la qual no va ser mai alliçonat per un professor d'oratòria, perquè ho era escriure, no parlar, si bé a força d'anys i dissertacions havia anat reunint algunes taules. I després de les vinyetes d'humor, el cafè de sobretaula, avui de l'escriptor Javier Cercas, en què comenta que en pleesclat del cas Zapatero, mentre llegia notícies a quina més depriment, un titular li va aixecar l'ànim. “Amb 89 anys, tinc relacions amb diferents homes fora de la residència”, declarava a El Periódico una senyora; “Vaig olar els teus ovaris”, vaig pensar, però també vaig pensar: “En les properes eleccions, votaré aquesta senyora”; i passat la pujada, va tornar la depressió. I al de la tarda que cau, la psicòloga Patricia Fernández Marín ens parla d'un cas que il·lustra una problemàtica cada cop més freqüent a la societat contemporània: la dificultat per acceptar els límits inherents a la condició humana. L'última, com sempre, és el Bona nit diari d'HArendt als seus lectors, desitjant-los de cor que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Que passin un bon dia. Espero que les entrades del bloc d'avui siguin del vostre interès. I ens veiem demà de nou si la deessa Fortuna ho permet. Petons. Els vull. HArendt














ENTRADA NÚM. 10936

martes, 30 de junio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, ASTEARTEA, 2026KO EKAINAK 30, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi astearte/asteazken gau honetan, 2026ko ekainaren 30etik uztailaren 1era. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Eskerrik asko bihotz-bihotzez bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisita gustatu izana pentsatzeaz. Joan den ekaina izan da Minbiziaren Tropikotik bisita gehien izan dituen hilabetea historian: 261.381 bisita. Eskerrik asko, mila esker bihotz-bihotzez. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Moirai onberak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. HArendt















SARRERA ZK. 10935

DE LA TARDE QUE CAE. EL ÚLTIMO MISTERIO, POR IRENE VALLEJO. 30 DE JUNIO DE 2026

 





Fui una buscadora de presagios. De niña y adolescente descubría advertencias secretas en el baile de las hojas que el viento amarillo del otoño arrancaba de los árboles. Evitaba el mal augurio de pisar el borde de los adoquines o las franjas blancas en los pasos de cebra. Deshojaba margaritas, leía avisos del destino cuando rompía un vaso o perdía una bufanda. Posaba los ojos, esperando una señal, en una página que abría al azar de un libro amado. El viento de mi ciudad natal crea instantes prodigiosos, cuando el sol encuentra un hueco entre la flota de nubes veloces impulsadas por el cierzo y, en la catarata súbita de luz, rescatado del gris, todo se colorea y brilla. En esa iluminación repentina había un significado mágico, que me esforzaba en descifrar. Me peinaba trenzas cuando necesitaba suerte, mi jersey azul impedía estrellarse a los aviones. No existían casualidades, todo era signo.

Con el tiempo, aprendí que nuestras mentes inquietas nos impulsan a las supersticiones; es un efecto secundario de nuestra capacidad para encontrar patrones en todo lo que nos sucede. Si queremos planear necesitamos predecir, y eso nos vuelve criaturas sedientas de pistas, lógicas o insensatas, para anticiparnos al porvenir. Ser capaces de imaginarlo es nuestra gran ventaja, y también la fuente de nuestros más feroces insomnios. Nos obsesiona desvelar ese último misterio, el futuro.

En su ensayo Profecía, la filósofa mexicana Carissa Véliz propone una tesis audaz. Los algoritmos predictivos de nuestros flamantes dispositivos tecnológicos no son sino la versión contemporánea de los oráculos de antaño. La fe en los datos ha sustituido a la de las hojas de té, las vísceras de los animales y las estrellas en cuyos dibujos nuestros antepasados vislumbraban el mañana. Descreídos de los adivinos, hoy las cifras, los cómputos y las estadísticas nos cautivan con su espejismo de máxima objetividad. Confiamos en los números porque hemos dejado de confiar en las personas, olvidando que son personas quienes elaboran esos números.

Nuestras vidas dependen de las profecías que unos pocos ­—ayudados o no por máquinas— proyectan sobre nosotros. Esas predicciones cierran caminos y mutilan encrucijadas. Seremos elegidos o descartados para una hipoteca, un puesto de trabajo, un trasplante. Nos niegan oportunidades —préstamos, empleos, becas— como resultado de lo que otros vaticinan. No por lo que hemos hecho, sino por lo que alguien decide que llegaremos a ser. Véliz, experta en ética, cuestiona esas herramientas de selección. Frente a las promesas de libertad, el pronóstico tecnológico se ha convertido en una barrera insalvable que amuralla horizontes.

Desde tiempos antiguos sabemos que el negocio de la profecía es un sofisticado mercado de manipulación. El historiador griego Heródoto mencionaba acusaciones contra los sacerdotes de Delfos por aceptar pagos a cambio de vaticinios políticamente convenientes. Los oráculos podían hundir a los gobernantes reacios a obedecer sus directrices. En la antigua Roma, existía un cargo denominado pullarius, cuidador en jefe de un corral de pollos sagrados. Estas aves eran nada menos que intérpretes de la voluntad divina. En momentos decisivos, se les consultaba ofreciéndoles grano: si comían, significaba que los dioses aprobaban el designio de los romanos; si rechazaban la comida, los hados eran adversos. Puede parecernos absurdo, pero recordemos que nosotros hemos consultado a un pulpo las victorias del Mundial de fútbol. Lógicamente, el apetito de los pollos proféticos dependía de cómo los cebase el pullarius, con un cálculo muy consciente. En la Primera Guerra Púnica, el general Publio Claudio Pulcro acudió a los plumíferos adivinos antes de emprender una batalla naval. Enfadado por la inapetencia de los pollos, clamó: “Si no quieren comer, que beban”, y ordenó arrojarlos al mar. El sacrilegio aterrorizó a sus tropas, que, sumidas en el pánico, sufrieron una derrota aniquiladora. Así, al amañar la nutrición de aquel puñado de pollos, un sacerdote podía interferir en las altas esferas de la estrategia bélica. La corrupción, los sobornos y las tretas florecen, desde siempre, allá donde se juega el ajedrez del poder.

Milenios después de las sibilas y los arúspices sospechosos, los pronósticos siguen siendo manipulados, desde la información privilegiada a las campañas engañosas o las estadísticas maquilladas. Si las encuestas electorales moldean las percepciones de los votantes, ¿son predicción o persuasión: una instantánea o un cincel? En realidad, las afirmaciones sobre el porvenir son por definición suposiciones, no hechos, porque los hechos futuros aún no existen. Como explica Véliz, aspiran al control, no al conocimiento. Cuando el director ejecutivo de una marca tecnológica anuncia que en unos años todo el mundo utilizará sus productos, en realidad trata de empujarnos a consumirlos por miedo a quedar atrás y, de esa forma, hacer realidad su visión. Con ese objetivo, ciertas empresas ávidas de información recopilan nuestros datos, incluso incumpliendo los reglamentos de protección. Muchas aplicaciones se diseñan para rastrear nuestras vidas y modelar nuestras decisiones. Que nos resulten útiles, entretenidas o hipnóticas es solo el incentivo para que entreguemos la llave de nuestros deseos. El producto estrella somos nosotros.

La experiencia histórica advierte de que las sociedades obsesionadas por la vigilancia y las profecías autocumplidas suelen desarrollar una fe creciente en el control y la supervisión, antesala de opresiones. Ahí palpita el desasosiego de la película Minority Report, dirigida por Steven Spielberg, que conecta la obra futurista de Philip K. Dick con el mito griego de Edipo. La empresa privada PreCrime, subcontratada por la policía, predice crímenes que todavía no han sucedido. De esa forma —asegura— se logra evitar los asesinatos. John Anderton, jefe de PreCrime en Washington, es un exitoso agente, convencido de su misión. Las alarmas saltan cuando, un día, el sistema advierte que Anderton va a asesinar a un hombre. Desde entonces tendrá que escapar de sus colegas, que lo persiguen para impedir el homicidio anunciado. Como Edipo, Anderton huye, además, del destino que le vaticinan. ¿Cree en el determinismo que defiende su empresa o se sabe libre de no matar? ¿Cómo podemos defendernos si nos acusan de lo que aún no hemos hecho?

Aquella etapa infantil como calamitosa intérprete de signos me dejó un poso de escepticismo. Los intereses, deseos y miedos se infiltran fácilmente en la entraña de nuestras profecías. La complejidad del mundo se resiste tercamente a las previsiones exhaustivas. Es más, el afán de predecir puede incrementar las amenazas mientras dice reducirlas. Bajamos la guardia si confiamos en que las tecnologías pueden preverlo todo. Cuanto más intentamos controlar el mundo, mayores manifestaciones monstruosas de lo incontrolable creamos, como la vigilancia total o la escalada armamentística y nuclear.

Los oráculos de internet, las redes sociales y la inteligencia artificial prometieron nuevos territorios de libertad al tiempo que construían sistemas de espionaje y dominio. Proclamaron un mundo más democrático y cooperativo, pero han gestado monopolios con liderazgos despóticos. Hoy pronostican la conquista de otros planetas mientras colonizan nuestra imaginación. Necesitamos ser previsores, pero también entender las predicciones como actos de poder: toda profecía es un intento de fabricar un mañana a medida. Así, creer en los algoritmos predictivos equivale a obedecer órdenes. Ante los vaticinios tecnológicos, cabe elegir entre la resignación o la rebeldía. No queremos el guion minucioso de nuestra vida, sino un cuaderno con espacios en blanco. El futuro no se prescribe: se escribe. Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).