viernes, 26 de junio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LIMPIAR LA CALLE, POR PILAR MERA. 26 DE JUNIO DE 2026

 





“Yo tampoco me imaginaba que podía terminar en la calle”. No deja de resonar en mi cabeza esta frase que Andrés, un hombre de barba embarullada, ojos tristes y risa atronadora, me regaló en una de mis noches universitarias santiaguesas. Mis amigos y yo estábamos de botellón en la Alameda. Despedíamos uno de los mejores cursos que recuerdo haciendo planes y brindando a bajo precio antes de bajar a la zona nueva a bailar y seguir riendo. Entonces entró en juego lo que mi hermana llama mi yo oficina oficial de Turismo, que viene a ser la suma de un imán para que la gente me pare en cualquier sitio para preguntarme cualquier cosa y una tendencia natural a largas conversaciones con personas desconocidas. Terminé sentada en las escaleras que bajan al campus escuchando la historia de Andrés. Un buen trabajo, una familia feliz, unas decisiones equivocadas por aquí, un poco de alcohol por allá, deudas, vergüenza, más alcohol y una vida rota. “Te pareces a mi hija”, decía. Terminamos en una cabina a punto de llamarla, pero eran las tres de la mañana y le dio miedo. Con ojos llorosos prometió hacerlo al día siguiente. No volví a verlo. Me temo que no lo hizo, aunque me gustaría pensar que sí, que ese fue el primer paso de una nueva etapa. De una vida mejor.

Cualquiera puede terminar en la calle. Lo difícil es salir de ella. La voluntad no llega para superar el miedo, la vergüenza y las barreras materiales. Imagínate ir a una entrevista de trabajo sin ducharte, sin ropa limpia. O alquilar una habitación sin dinero. Querer es poder sólo es posible cuando poder es una opción. Mientras los Andrés de la calle sobreviven, su visión nos incomoda y preferimos no pensar en ellos. Quizás por eso no reaccionamos ante actuaciones como las del Ayuntamiento de Madrid, que ha decidido que el agua a presión se lleve por delante lo poco que tienen quienes duermen en sus calles. Da igual que sean cartones sucios, colchones o papeles de identidad, juguetes, fotografías o cualquier recuerdo. Limpiar, lo llaman. El derecho de la propiedad mengua en importancia cuando no cotiza en Bolsa.

Quizás Almeida y su vicealcaldesa no sabían nada hasta que lo leyeron en la prensa. Es la magia de las subcontratas. Te sirven de excusa mientras diluyen el valor de lo público, la calidad del servicio y la capacidad de control de quien contrata. Pero ya lo saben. No vale seguir negándolo o afirmar que sólo están dando “un futuro a personas que lo han perdido todo”. ¿Qué harán ahora? ¿Qué haremos ahora? Pilar Mera es profesora de la UNED y politóloga. El País, 23 de junio de 2026.





























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 26 DE JUNIO DE 2026

 





























DEL ARCHIVO DEL BLOG. PURITANISMO, POR JUAN CRUZ. PUBLICADO EL 26 DE JUNIO DE 2017

 







Es saludable que se atreva uno a decir “no me gusta”, en el tiempo del “me gusta”, porque de ese modo se rompe el árbol de la complacencia. Javier Marías suele cumplir esa función, entre nosotros. Entre los ingleses tenían a Christopher Hitchens: se establecía una corriente, él iba por el otro lado. Aquí ha habido otros contradictorios, pero en este momento Marías, a juzgar por lo que es atacado, debe ser el adalid de los que se atreven a llevar la contraria. En un libro de Guillermo Cabrera Infante, que fue amigo de Marías, por cierto, se habla de una tribu, probablemente norteamericana, que se llama Los Contradictorios, que hasta se sientan al revés, para darle la razón a su denominación y a su origen.

Pero antes de hablar de lo que trae aquí a Javier Marías y a los contradictorios, déjenme que vaya al Parlamento y a la ya extinta moción de censura. Recuerden ustedes que en ella hubo un rifirrafe, que ahora se llama así el debate, entre el líder de Podemos, Pablo Iglesias, y la diputada de Coalición Canaria Ana Oramas. Aquel la señaló a ésta con el dedo (acusador, por supuesto) y terminó llamándola tránsfuga. Y Ana Oramas lo llamó a él machista. Se pegaron, pues, lo normal. A pesar de que ella había introducido versos, sarcásticos, en su respuesta, así como cierta retranca canaria, la diputada Irene Montero optó por deducir que la oponente de su compañero estaba irritada y buscó en seguida, en el baúl de los recuerdos de uno de los suyos, una razón para explicar la irritación supuesta de Ana Oramas.

Llevada por ese ánimo justiciero, Montero reprodujo en Twitter la razón por la que, según ella, Ana Oramas estaba irritada. Era porque in illo tempore (in illo tempore ahora puede ser anteayer, o la semana pasada, o la última contienda electoral) el diputado podemita tinerfeño Alberto Rodríguez había contado en una reunión ante los suyos que la abuela de Ana Oramas, rica de La Laguna, había tenido a su propia abuela, la de Alberto Rodríguez, cosiendo y martirizada, mal pagada y humillada. Y exhibía Irene Montero, tan segura de sí misma como en el debate, esa pieza de documentación en la que se ve a su compañero narrando, con su correspondiente suspense, episodio tan ilustrativo.

Tour en 360º por la exposición de fotografías de Gloria Fuertes en el Centro Cultural de la Villa, Madrid.

No hubo reproches a Irene Montero por sacar tal documento para desmejorar, con una historia de antepasados, a la diputada presente, sólo con el deseo de dañar su reputación en función de la supuesta reputación de su abuela; no hubo compasión (por decir esta horrible palabra) con Ana Oramas. Las alusiones, machistas, sin duda, de Rafael Hernando, a la propia Montero en ese mismo debate, tuvieron un recorrido inmenso por las redes, pero a la diputada canaria nadie la salvó de la agresión, primero en el Parlamento y después en las dichosas redes sociales. Por otra parte, cualquier referencia a la identidad de las amistades propias de la diputada de Podemos alcanzan niveles de enorme agitación tuitera, pues el machismo irrita, y con razón, pero cuando la agitada es una persona que no tiene el aval de la ideología más dominante en Twitter, por ejemplo, el decibelio se queda a cero. Y eso tampoco es justo.

Pues, a lo que iba. Ahora se ha atrevido Javier Marías a tocar el árbol del me gusta y no me gusta y ha dicho algo que resulta muy normal decir, pues el gusto literario es el menos obligatorio de los gustos, y de los disgustos. Y ha dicho que Gloria Fuertes no es para tanto. Para que fue aquello. ¡Y además lo ha dicho en EL PAÍS! Pues leña al mono. Te puede disgustar Hemingway, e incluso Camus, o incluso te puede disgustar, cómo no, Javier Marías. Pero tocas las nuevas santidades y acabas chamuscado. Y Gloria Fuertes está entre las glorias intocables de este momento histórico. Qué atrevido Marías, arañar nombres de los recientes santorales. Ha chocado contra el renovado puritanismo, que apunta con letras de oro lo que siempre estuvo en la división de bronce de la muy vapuleada historia de la literatura menor española. Y tendrá su merecido en las redes sociales, que ahora ya lo están tratando de quemar en las hogueras en las que se quema a aquellos que desafían la corriente. Un día el nuevo puritanismo hará una lista de los intocables, para que Marías y otros desviados se fijen en ella. Juan Cruz es escritor. El País, 26 de junio de 2017.






















DEL POEMA DE CADA DÍA. LA BELLEZA, DE HERMAN HESSE. 26 DE JUNIO DE 2026

 







LA BELLEZA 



La mitad de la belleza depende del paisaje;

y la otra mitad de la persona que la mira…


Los más brillantes amaneceres; los más románticos atardeceres;

los paraísos más increíbles;

se pueden encontrar siempre en el rostro de las personas queridas.


Cuando no hay lagos más claros y profundos que sus ojos;

cuando no hay grutas de las maravillas comparables con su boca;

cuando no hay lluvia que supere a su llanto;

ni sol que brille más que su sonrisa……


La belleza no hace feliz al que la posee;

sino a quien puede amarla y adorarla.



HERMAN HESSE (1877-1962)

poeta suizo-alemán




***




Hermann Karl Hesse (Calw, Reino de Wurtemberg, 2 de julio de 1877-Montagnola, Suiza, 9 de agosto de 1962) fue un escritor, poeta, novelista y pintor alemán, nacionalizado suizo en 1924, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1946.

















DEL ASUNTO DEL DÍA. SALVAR LA SOCIALDEMOCRACIA, POR ADELA CORTINA. 26 DE JUNIO DE 2026







Lo que nos pasa —decía Ortega— es que no sabemos lo que nos pasa. Se dice que la nuestra es una sociedad cansada, desilusionada, acelerada, conformista. Y últimamente, que vivimos tiempos de incertidumbre. Desconocemos qué nos deparará el futuro, ignoramos hacia dónde dirigirnos en este mundo de posveracidad, desinformación y polarizaciones enconadas. Sin embargo, si empezando por aquel entorno que nos resulta más accesible, por España, la Unión Europea y América Latina, pudiéramos construir un nosotros desde un diálogo abierto, ¿hacia dónde decidiríamos ir?

Tal vez descubriríamos que tan desnortados no estamos, que en cuanto habláramos en serio saldrían a la luz conquistas ya alcanzadas, de las que tenemos una buena experiencia cuando las hemos vivido, y a las que, por eso mismo no deberíamos renunciar, sino fortalecerlas y prolongarlas. Sobre ellas podríamos encontrar un acuerdo.

En principio, aceptaríamos que la comunidad política, siguiendo la sugerencia de Rawls, es un sistema equitativo de cooperación a lo largo del tiempo, desde una generación hacia las siguientes. No un campo de Agramante, ni siquiera un sistema de convivencia más o menos llevadero, más o menos injusto, sino un sistema de cooperación con el que todos deberíamos conseguir ventajas y por eso tiene sentido aceptar el pacto de colaborar. La justicia es la clave de ese contrato social que constituye nuestras sociedades democráticas y que resulta irrenunciable, porque fuera del pacto, a la intemperie, hace un frío insufrible, como el que narra la Nobel surcoreana Han Kang en su desgarradora novela Imposible decir adiós.

Dando un paso más, en nuestros países hemos experimentado ya la forma política, más o menos incorporada en la vida cotidiana, de un Estado social y democrático de derecho, es decir, una democracia liberal-social, que se compromete a tratar a sus ciudadanos como “ciudadanos sociales”, siguiendo el concepto de ciudadanía social de Marshall; es decir, debe proteger sus derechos civiles y políticos, pero también los económicos, sociales y culturales. Este es el modelo democrático de la Unión Europea, que se propone en sus documentos evitar cualquier exclusión, cualquier descarte, para que nadie quede atrás. Es la plasmación de las actuales propuestas de socialdemocracia, que aceptan la economía social de mercado, con intervención del Estado para corregir desigualdades, promover la justicia y mantener servicios públicos de calidad, creando con ello cohesión social en el mejor sentido de la palabra. Este es el modo de generar entre la ciudadanía una amistad cívica: la que nace entre quienes comparten un proyecto común desde el pluralismo y desde profundas discrepancias en el modo de llevarlo a cabo.

A diferencia del modelo de democracia neoliberal estadounidense, sobre todo en la versión MAGA, y frente al comunismo capitalista chino totalitario, que es radicalmente antidemocrático, la Unión Europea apuesta en sus documentos por la socialdemocracia, que se propone unir valores irrenunciables, como la libertad, la igualdad y la solidaridad. Cuando llega a encarnarse en las sociedades realmente, es capaz de unir lo justo y lo conveniente. Renunciar a ella sería un delito de lesa humanidad. Es el modelo que algunos universalizaríamos en una ciudadanía social cosmopolita, el modelo europeo hacia el cosmopolitismo, que también Habermas diseñó desde ese afán de entendimiento mutuo, que une razón y emoción. La reciente visita de León XIV a España ha demostrado una vez más que en ese diseño converge también la doctrina social de la Iglesia, iniciada por León XIII en 1891 con la Rerum novarum.

Ciertamente, cuando se está hablando de proponer un nuevo contrato social en el nivel mundial para responder a los retos de la inteligencia artificial, de modo que esté al servicio del bien común y no de unas cuantas compañías poderosas o del Estado totalitario, España tiene que estar preparada para sumarse a este diálogo e intentar tener una voz en el contexto europeo.

Ahora bien, una cosa son las propuestas, sobre las que deberíamos deliberar los ciudadanos en distintos foros y los representantes en el Parlamento, si es que queremos construir una democracia deliberativa, progresista, y no agregativa, reactiva, y otra cosa es decidir en manos de qué partido o partidos políticos sería razonable poner la responsabilidad de llevar adelante la propuesta socialdemócrata para que no desaparezca. Y en este punto, aunque nadie es perfecto, el nivel de corrupción de que tenemos noticia a diario en nuestro país ha conseguido liquidar la confianza en la política. Se extiende la desafección.

Y es que, por desgracia, más que la posverdad se ha impuesto la posveracidad, el hábito de mentir sin ningún problema y de justificar lo injustificable. Entonces sucede, como decía Hannah Arendt, que ya nadie se cree nada. No hace falta criticar la desinformación que extienden las plataformas, porque la mentira se ha normalizado y además sin penalización alguna. Pero entonces, como nuestra Constitución pone en manos de los partidos una gran parte de la gestión política, ¿a cuáles se puede confiar algo tan importante como llevar adelante la socialdemocracia?

¿Cómo confiar en quienes destruyen de hecho la separación de poderes al criticar públicamente las decisiones de los jueces cuando les incomodan, las atribuyen a una conspiración orquestada y perversa, pretendiendo convertirse en víctimas, en vez de practicar una elemental autocrítica?

Es bien conocida la afirmación de Kant en La paz perpetua, cuando asegura que hasta un pueblo de demonios, de seres sin sensibilidad moral, preferiría un Estado de derecho al estado de naturaleza, con tal de que tengan inteligencia. El estado de naturaleza es un estado potencial de guerra de todos contra todos en el que vence el más poderoso, no quien tiene razón, mientras que en un Estado de derecho el que está legitimado para resolver las disputas es el juez, y por eso debe ser imparcial e íntegro. Naturalmente, el juez puede equivocarse y el derecho a recurso debe estar instituido. Pero quien debe decidir entonces no es el gobernante; la separación de los tres poderes es irrenunciable para evitar el totalitarismo, destructor de la democracia. El derecho de la ciudadanía es sagrado.

Y como solo despiertan confianza algunas personas o grupos, en una democracia que quiera ser viva y flexible se hace necesario desacoplar la propuesta socialdemócrata de las siglas de un partido que en realidad no la defiende, y encomendarla a quienes sí parezcan estar dispuestos a ponerla en marcha desde un acuerdo básico. En este punto se hace imprescindible que la ciudadanía asuma también esa ética de la responsabilidad de la que hablaba Max Weber, que en una sociedad democrática no es sólo la que corresponde a los políticos de oficio sino a todos los ciudadanos. Una ciudadanía madura, crítica, es la que intenta discernir qué es lo más conveniente en cada contexto, sin ataduras dogmáticas.

Precisamente, la transición desde la dictadura a la democracia fue posible en España, entre otras cosas, porque se logró una sinergia entre un poder político democrático, el poder económico, el consenso entre todas las fuerzas sociales y la mano intangible de los hábitos, los valores éticos y las virtudes cívicas que valen por sí mismos y para que la democracia funcione. Una sinergia que es hoy necesario reconstruir en este tiempo nuevo para tener realmente razones para la esperanza de un mundo justo y compasivo. Contando también con la estabilidad que ofrece el suelo de una institución que ya tenemos, la Monarquía parlamentaria, que aporta un capital simbólico de imparcialidad en el juego partidario, unidad y permanencia del Estado, a largo plazo, y un muy valioso capital social internacional, especialmente como vínculo de unión con todos los países de América Latina, a los que llevamos cálidamente en el corazón.

Adela Cortina es catedrática emérita de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas y directora de la Fundación ÉTNOR. Su último libro es ¿Ética o ideología de la inteligencia artificial? (Paidós). El País, 24 de junio de 2026.-





















BONS DIES. SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIVENDRES, 26 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 






Hola, bon dia de nou a tots i feliç divendres. Horríson terratrèmol a Veneçuela del qual encara no tenim dades fidedignes de víctimes. Canàries està amb l'ànima en suspens perquè la seva vinculació històrica amb Veneçuela i la seva gent és secular… I avui, divendres, 26 de juliol, també celebrem l'aniversari de l'Organització de les Nacions Unides, 81 ja. No és que estigui últimament servint per a molt, però segueix, com a últim recurs en defensa de la seguretat i l'ordre internacional, encara que Trump, Putin i Israel es passin les seves decisions pel folre dels seus calçotets... Mentre arriben notícies anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera és aquest bon dia en llengua catalana, tan espanyola com el castellà, el gallec i el basc. La segona, la signa la filòsofa Adela Cortina i va de la necessitat de salvar la socialdemocràcia a Espanya i Europa pel bé de tots, fins i tot d'aquells que la menyspreen des de la seva ignorància. La tercera és el poema del dia, avui d'escriptor i poeta suís alemany, Herman Hesse, premi nobel de literatura, titulat La bellesa. La cusrta és un arxiu del bloc, avui de fa just nou anys, titulat Puritanismo, i escrit pel canari Juan Cruz. La cinquena són les vinyetes del bloc de cada dia. La sisena està escrita per la politòloga Pilar Mera, professora de la UNED, la meva ànima máter, i es titula Netejar el carrer; una metàfora de la necessitat de netejar una societat en decadència política. La setena la firma el periodista Félix Riera i es titula Arribarà allò impensable, que no és altra cosa que el govern de l'extrema dreta a la major part de la Unió Europea si no fem tot el democràticament possible per impedir-ho. I la darrera, com sempre, és la Bona nit diari d'HArendt als seus lectors, desitjant-los de cor que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Que passin un bon dia. Espero que les entrades del bloc d'avui siguin del vostre interès. I ens veiem demà de nou si la deessa Fortuna ho permet. Petons. Els vull. HArendt

















ENTRADA NÚM. 10890

jueves, 25 de junio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, OSTEGUNA, 2026KO EKAINAK 25, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi ostegun gau honetan, 2026ko ekainaren 25-26. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisita gustatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Moirai onberak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. Harendt






















DE LA TARDE QUE CAE. CONTRA LA DESCOMPOSICIÓN POLÍTICA, POR RAMÓN OBIOLS. 25 DE JUNIO DE 2026

 






Una vez, leí una entrevista a Michel Rocard, quien fue primer ministro francés siendo Mitterrand presidente, en la que decía que jamás recomendaría a sus hijos que se dedicaran a la política. Meses después, me tocó cenar sentado al lado de su esposa. No pude evitar preguntarle por aquella opinión de su marido. “¡Pues claro!”, me dijo. “¡No puedes ni imaginarte las cosas que le han llegado a hacer!”. Sí que podía imaginármelas, y recordé para mí el viejo adagio: si no quieres polvo, no vayas a la era. El recurso de los que gobiernan diciendo que sufren y se sacrifican por los demás, o por el bien del país, me parecía entonces un victimismo forzado o una coquetería interesada.

Sin embargo, últimamente tengo dudas. Me consta que muchos de los que, de mi generación y de la siguiente, se han dedicado a la cosa pública, aunque no expresan en público el parecer de Rocard, en privado lo aplican. Constato, por otro lado, que las cosas de la política han llegado a un punto tal de brutalidad que dedicarse a ella puede llegar a hacerse insoportable para muchos. No me refiero a la creciente dificultad de los problemas a los que cualquier Gobierno se enfrenta, ni a la dureza de los debates en las redes o en los parlamentos, sino a otra cosa. El espectáculo de la política se está convirtiendo a menudo en algo grotesco, hasta extremos hace poco inimaginables que nos recuerdan la frase del viejo Tarradellas: “En política se puede hacer de todo, menos el ridículo”.

¿Quién podía llegar a imaginar que veríamos en los jardines de la Casa Blanca un ring en el que dos individuos combatían ante miles de espectadores con tanta violencia que, según leo en la prensa, “cuando uno cae al suelo, el otro tiene derecho a machacarlo?”. ¿Quién podía predecir los exabruptos que se escuchan en el Congreso de los Diputados o en el Senado? No se llega allí a las manos, por suerte, pero el espectáculo es tan de vergüenza ajena como los combates de artes marciales en La Garra de Trump.

Tacos e insultos se han convertido en la nueva normalidad parlamentaria en España. Incluso cuando excepcionalmente se produce una pausa, también esta resulta inquietante y significativa. No es normal aplaudir durante siete minutos un discurso, aunque lo pronuncie el papa de Roma. Se puede llegar a creer que la ovación del Congreso a León XIV no sólo fue por lo que dijo sino por lo que sabiamente omitió. En efecto: la palabra corrupción no fue pronunciada en el discurso. La diplomacia vaticana sabe que no se menta la soga en casa del ahorcado.

Para definir las principales causas de la crispación política imperante suelen invocarse la corrupción y su correlato, la judicialización de la política. No minimizo en absoluto la enorme gravedad de estos fenómenos: ambos son peligrosamente liberticidas y pueden llevarse por delante nuestra democracia. Sin embargo, no creo que sean la causa principal de los problemas políticos actuales. Más bien creo que se trata de su consecuencia.

Si no me falla la memoria, escuché por primera vez la expresión “judicialización de la política” hace unos 50 años, de boca de José Ramón Recalde, un intelectual que pagó con detenciones, torturas y cárcel su compromiso político contra la dictadura de Franco, y que luego, en la democracia recuperada, fue consejero socialista del Gobierno vasco. Sus análisis, condensados en el libro Crisis y descomposición de la política (Alianza, 1995), son de una sorprendente actualidad. Recalde, a quien ETA no logró asesinar, aunque sí hirió de gravedad, dice que la corrupción no debe ser vista únicamente como el “vicio ético” de unos individuos determinados, sino que debe ser considerada “en su sentido propio, derivado de la descomposición biológica”, como eventual “proceso degenerativo” de los instrumentos e instituciones de la democracia. Según Recalde, el principal factor de crisis de las democracias no sería la polarización, sino más bien lo contrario: la dispersión individualista, la indiferenciación entre las ofertas, que puede llevar a la descomposición de la política y de sus instrumentos. Las cosas suelen ser siempre complicadas y hay que desconfiar de las explicaciones sencillas, pero me parece que el viejo análisis de Recalde es muy útil y fecundo para interpretar la crisis actual de las democracias. ¿No estamos asistiendo, en efecto, en España y en todo el mundo, a fenómenos espectaculares de grotesca y caótica descomposición de la política?

Vistas así las cosas, la corrupción, tanto la real como la atribuida, no sería la causa de la crisis democrática, sino más bien su reflejo, una consecuencia de lo que Recalde imputaba a la descomposición y a la “selección negativa” que puede producirse en las democracias. Que estas consecuencias sean especialmente dolorosas cuando afectan a quienes se juzga como mejores agrava el problema. Corruptio optimi pessima, “la corrupción de los mejores es la peor”, decían los clásicos. En este sentido, un remedio es recomendable: hay que salir decepcionado de casa.

Hay mucho de premeditado y fabricado, de exageradamente estimulado, en la crispación política actual. Algunos afirman que desaparecería por ensalmo si el PP llegara al Gobierno, con o sin Vox. Otros, para evitarla, han preconizado acuerdos entre el PSOE y el PP. Pero hay fundadas razones que hacen pensar que estos no son viables, y que ceder, por pasiva inhibición, el Gobierno al PP sería, en el mejor de los supuestos, una muestra de pésima ingenuidad.

Algunas de estas razones vienen del pasado. Los exponentes de la vieja generación socialista que expresan reservas o críticas a Pedro Sánchez reconocen también, por propia experiencia, que la destrucción del adversario a cualquier precio es la sustancia misma de la política de las derechas españolas cuando están en la oposición. Añaden que, en este empeño, la “derechita cobarde” puede llegar a ser peor que la otra. De vez en cuando hay que recordar a Luis María Anson: “Había que terminar con Felipe González. En muchos momentos se rozó la estabilidad del propio Estado, pero era la única forma de sacarlo de ahí”.

Estamos en lo mismo, pero a lo bestia, con formas más sobreactuadas y brutales, en un contexto internacional más caótico y peligroso. La teatral desinhibición de Donald Trump actúa de decapante, disuelve todas las formalidades de respeto, hace escuela. Así, escuchamos a los portavoces del PP, un partido con un ominoso historial de condenas, decir que el Gobierno de Pedro Sánchez es una “organización criminal”; que La Moncloa es una “guarida de delincuentes”, y así sucesivamente. Este teatro genera efectos de bumerán, de incredulidad, pero provoca alarma. ¿Los que exigen que el Gobierno se rinda “con las manos en alto” son demócratas o son de los del brazo alzado?

Se afirma, con razón, que decir que viene el lobo no es la solución. Pero la cuestión que se plantea a continuación es la siguiente: ¿qué debemos hacer cuando tenemos la certeza de que viene el lobo? ¿Silbar y mirar hacia otro lado? ¿Podemos dejar de señalar que la amenaza de una involución iliberal, autoritaria y centralista en España es hoy una posibilidad absolutamente real?

Lo saben bien quienes, desde todo el arco parlamentario, sostienen o hacen posible el actual Gobierno de coalición. Tal vez lo que les une puede expresarse con los versos de Eugenio Montale: “Hoy sólo esto podemos decirte, / lo que no somos, lo que no queremos”. Pero este nexo de unión no es poca cosa. Es el consenso democrático mínimo que en el siglo pasado acabó derrotando a los totalitarismos, y que hoy se enfrenta a nuevas amenazas. No parece responsable, en estas circunstancias, preconizar la inhibición, la neutralidad o la abstención; o recomendar a nuestros hijos y nietos que no se dediquen a la política. Ni el mercado ni la técnica podrán salvarlos de la posible barbarie de los años venideros. Sólo lo logrará la política democrática, si participan en ella. Si los consejos de retraimiento se impusieran, se impondría también, por mucho tiempo, la descomposición política. Entonces tendríamos en el Gobierno a lo mejor de cada casa, como estamos viendo que sucede en tantas partes del mundo. Raimon Obiols fue primer secretario del PSC entre 1983 y 1996. El País, 23 de junio de 2026.


























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. INSTRUCCIONES PARA SENTIR LA PATRIA, POR ÍÑIGO DOMÍNGUEZ. 25 DE JUNIO DE 2026






 

“El país al que pertenecemos no es, como quiere la retórica, aquel que se ama, sino aquel del que nos avergonzamos, o del que uno se puede avergonzar”. No dramaticen, no estoy hablando del España-Cabo Verde, es una frase del gran historiador italiano Carlo Ginzburg, fallecido esta semana, investigador de pequeñas historias, autor de libros deliciosos en los que mezclaba cosas, relacionaba ideas que no tenían nada que ver e iluminaba ángulos oscuros. Creía en la casualidad como forma de conocimiento: pedía al azar un libro en la biblioteca y descubría algo que nunca habría encontrado de forma normal. Seguía el consejo de uno de sus maestros, Aby Warburg, que creó una inmensa biblioteca meticulosamente desordenada (está en Londres, se la llevó allí tras la llegada de los nazis) con esa idea: “El libro que necesitas está al lado del que estás buscando”. Ginzburg, hijo de la admirable escritora Natalia Ginzburg, era uno de esos sabios humanistas que harían el mundo mejor solo con salir en la tele hablando cada semana. Como pequeño homenaje, seguí yo también el juego y caí por azar en la autobiografía de Charles Chaplin. Tener libros olvidados que no sabías que tenías es uno de los placeres del desorden. Leyendo la vida de Chaplin recordé su mísera infancia, sin apenas educación, y llegué a esta frase, cuando relata que empezó a leer libros por pura vergüenza: “Quería yo saber, no por amor a la ciencia, sino como una defensa contra el desprecio que siente el mundo por el ignorante”. Pensé que ya es un sentimiento antiguo, tanto el personal como el colectivo, ambos muy relacionados. Me pregunté si ese tipo de sensación todavía existe, en qué ha quedado el pudor en general, y eso que nunca como hoy tanta gente ha estado tan atenta a lo que piensen los demás. Me conmovió pensar en Chaplin, todo preocupado por no parecer inculto, comprándose los tres tomos de El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, como cuenta que hizo. Esto sí que estoy seguro de que hoy no lo hace nadie, salvo que empiece un in­fluencer, y si lo intentan en su casa por favor que sea con un médico cerca. Me imaginé a Chaplin como en sus películas, en una escena muda, leyendo en un cuartucho, y brillaba en ella la idea arrebatadora de que algo que está escrito en un libro lo puede leer cualquiera, como un tesoro al alcance de la mano que cambia el destino de quien lo lee. Seguí leyendo hasta que Chaplin hizo El gran dictador (1940), feroz parodia de Hitler. Ahí empezaron sus problemas, pues en Estados Unidos había más nazis de los que creía. Acabada la guerra, fueron a por él, acusado de comunista y acosado por el FBI. Al final, como otros, se tuvo que ir del país, por antiamericano. Chaplin dice entonces: “Estos superpatriotas pueden llegar a ser las células que conviertan a América en una nación fascista”. Era 1952 (y el libro se publicó en 1964). Él era británico, pero sentía vergüenza de ese país. Sobre todo, de su “pomposidad moral”. Qué expresión tan acertada, lo peor es la grandilocuencia.

En esto, por continuar asociando cosas, en casa pusieron la tele y apareció Trump en el G-7, orgulloso de su ridículo ante Irán, donde los pobres iraníes ahora están peor que nunca y encima al régimen le van a dar 300.000 millones de dólares por las molestias. Se puso a decir tonterías, como el campeón de la presunción y la ignorancia que es, y no se hacen idea de la cantidad de cosas que relacioné en ese momento. Los superpatriotas hoy nos hacen sentir tanta vergüenza a los demás que así descubrimos cuánto amamos a nuestro país, eso hay que reconocérselo. Pero por favor, un poco de contención, no muramos de vergüenza ajena. Íñigo Domínguez, es periodista. 22 de junio de 2026.