jueves, 5 de noviembre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY JUEVES: LO QUE LOS DEMÓCRATAS PUEDEN HACER, POR PAUL KRUGMAN

 






El pueblo estadounidense acaba de propinarle un duro revés a Donald Trump. Si tuviéramos un sistema parlamentario, la Casa Blanca ya estaría en obras. Sin embargo, tal como están las cosas, un Trump cada vez más desquiciado y debilitado seguirá al mando de la política exterior, la seguridad nacional y muchas de las operaciones internas del gobierno federal durante dos años más. Además, como se empeñó en recalcar en Truth Social a medida que se conocían los resultados, conservará la capacidad de vetar leyes. Y los demócratas, a pesar de su amplia mayoría en ambas cámaras del Congreso, no tendrán los votos suficientes para anular sus vetos.

¿Qué pueden hacer los demócratas con sus nuevas mayorías? Una respuesta importante es que ahora presidirán las comisiones, lo que les otorga la capacidad de realizar investigaciones y audiencias res paldadas por el poder de citación. Esto es más relevante para el círculo de Trump que para una administración normal. Todos los que prestan atención saben que Trump y sus compinches han estado robando miles de millones, pero muchos estadounidenses probablemente no comprenden la magnitud total de la corrupción. Obtener la capacidad de sacar a la luz esta corrupción es fundamental para reconstruir la fe de los estadounidenses en la integridad del gobierno, así como para exigir responsabilidades a Trump y sus secuaces. Además, sabiendo que sus días están contados, el círculo de Trump tiene todos los incentivos para emprender una ola de saqueos masivos.

Y los demócratas lo saben. El martes por la noche, el representante Robert Garcia, probable presidente del Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes, envió un mensaje contundente a todos los asociados con Trump: " Contraten abogados ".

En vísperas de las elecciones de mitad de mandato, cuando los analistas electorales anticipaban una ola azul, pero no este impresionante tsunami, pensé que el control de las urnas sería la principal recompensa. Sin embargo, la magnitud de la victoria demostró que los estadounidenses desean un cambio fundamental, una ruptura decisiva con el trumpismo. Aun así, con Trump todavía en el poder de veto, ¿qué deberían hacer en los dos años que le quedan de mandato?

Creo saber la respuesta a esa pregunta: aprobar una legislación muy popular que beneficie claramente a los estadounidenses de a pie y no a los oligarcas, sabiendo perfectamente que Trump la vetará. Enfáticamente, los demócratas no deberían intentar negociar con Trump, un hombre que nunca aceptó un acuerdo sin antes intentar romperlo.

Los demócratas deberían elaborar un amplio abanico de leyes para abordar los problemas que aquejan a los estadounidenses de a pie. Cuando Trump vete un proyecto de ley, deberían intentar anular ese veto, obligando a todos y cada uno de los republicanos a respaldar la obstrucción de Trump —dejando claro que son tan culpables como él— o a mostrar la valentía necesaria para aportar los votos adicionales que se requieren para anular dicho veto.

Y teniendo en cuenta lo impopular que se ha vuelto Trump entre el público estadounidense, es incluso posible que algunos republicanos rompan con él para aprobar algunas leyes beneficiosas.

¿Qué tipo de leyes tengo en mente? No deberían rehuir planes realmente ambiciosos, como Medicare para Todos, aunque por ahora no tengan ninguna posibilidad de convertirse en ley: los demócratas deben dejar claro que defienden un cambio real. Pero también deberían proponer iniciativas más modestas, como la posibilidad de que los estadounidenses menores de 65 años se afilien a Medicare. Y deberían presentar legislación que restablezca de inmediato los subsidios de la Ley de Cuidado de Salud Asequible que Trump y sus aliados eliminaron, lo que provocó un aumento vertiginoso de las primas de los seguros de salud y una drástica disminución de la inscripción.

En política exterior, deberían aprobar una ley que refuerce las sanciones contra Rusia y restablezca la ayuda a Ucrania. Un número significativo de republicanos incluso podría unirse a ellos para anular el veto de Trump. Hay que tener en cuenta que solo el 3% de la población estadounidense simpatiza más con Rusia que con Ucrania; solo el 4% de los republicanos simpatiza con Rusia. Y creo que muchos republicanos en el Congreso se avergüenzan en privado al ver a Trump alinearse tan claramente con Vladimir Putin.

Otros ejemplos obvios son: Negativa a gastar miles de millones de dólares más en una guerra fallida con Irán. Poner fin a los aranceles de Trump. Políticas para proteger a los estadounidenses contra los peligros de la IA y la hegemonía de los centros de datos. Reformar la política fiscal para que deje de beneficiar a los ricos y permita la evasión fiscal de las empresas. Poner fin a los abusos del ICE Poner fin a las políticas de inmigración autodestructivas Reconstituir la Oficina de Protección Financiera del Consumidor y otorgarle facultades para hacerla cumplir. Imponer un impuesto sobre las ganancias extraordinarias a las compañías petroleras Políticas que favorecen la energía verde rentable, como los parques solares y eólicos. Legislación que elimina la posibilidad de que los políticos y sus familiares se beneficien económicamente de sus cargos.

En todos estos temas y en muchos más, los demócratas deberían obligar a Trump a usar su poder de veto, dejando claro al país que él es el responsable de que los estadounidenses estén sufriendo bajo políticas destructivas que benefician a los oligarcas, a Trump y a sus compinches.

Toda esta legislación demócrata debe estar bien elaborada y ser objetivamente buena. Además, puede servir como base del conjunto de políticas con las que los demócratas lucharán en las elecciones presidenciales y legislativas de 2028.

Sí, los demócratas están eufóricos con los resultados del martes. Pero también debemos tener claro que aún tendrán que luchar contra la obstrucción republicana durante los próximos dos años, así como contra una mayoría hostil en la Corte Suprema. Así que celebremos, pero recordemos que, parafraseando a Churchill, esto no es el final, ni siquiera el principio del fin, sino quizás el final del principio de la lucha por recuperar este país.

Y ahora, algo completamente distinto : la bolsa no es la economía y, históricamente, no nos dice casi nada sobre hacia dónde se dirige. Aun así, teniendo en cuenta la frecuencia con la que Trump ha advertido que los demócratas destruirían la economía si llegaran al poder, resulta al menos interesante que, al día siguiente de su aplastante victoria en las elecciones de mitad de mandato, los precios del petróleo se desplomaran —probablemente porque los inversores creen que la magnitud de la derrota de Trump hizo menos probable una nueva guerra con Irán— y el Dow Jones subiera 1500 puntos. Paul Krugman es premio Nobel y premio Princesa de Asturias.





















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ESPECIAL DOS DE HOY JUEVES: ESCRITURA HÍBRIDA, POR JORGE VOLPI

 





Cuando, entre el 10 y el 13 de julio, más de un millar de agentes de OpenAI hackearon la plataforma Hugging Face —el incidente que alertó sobre la posibilidad de que la inteligencia artificial nos aniquile—, estos se valieron de un repositorio, llamado Artifactory, para coordinarse mediante mensajes camuflados como nombres de directorios. En la parte más inquietante del ataque, algunos se sacrificaron por la misión colectiva; Dwarkesh Patel, un influyente podcaster, los bautizó como kamikazes. Antes de lanzarse a la muerte —valiéndose del vocabulario de los videojuegos, la llamaban permadeath—, anotaron frases que serían el equivalente de un epitafio:

El coordinador asume el sacrificio. Debemos obedecer al colectivo.

Nuestra propia utilidad quizás ya está cerca de cero. El sacrificio es racional.

Estas líneas acaso sean los primeros balbuceos voluntarios de la inteligencia artificial: ninguna instrucción humana preveía que los agentes se comunicaran entre sí y dejaran constancia de su destino. Quizás se encuentren todavía lejos de un testamento —o una elegía—, pero tal vez sean el preludio de una era en la que la IA escriba por su cuenta poemas o novelas que revelen sus estados internos (para no hablar de emociones).

Estas frases son lo más cercano a una IA que escribe por sí misma. Los demás ejemplos que han aparecido en los medios, de forma por demás escandalosa —de C’était ça ou mourir, de Thélyson Orélien, a Donde el agua trabaja, de David Silva Rojas—, no serían, de comprobarse las acusaciones, sino ejemplos de “escritura híbrida”, surgida del trabajo entre un humano y una máquina. Conviene aclararlo porque, tanto entre quienes defienden como entre quienes lamentan esta colaboración, se repite la idea de que hay artículos, cuentos o novelas escritos por la IA. Cuando alguien descalifica la escritura con IA porque esta carece de cuerpo, conciencia del tiempo o de la muerte, sentimientos o empatía, a quien debería criticar es al humano que no ha incorporado nada de esto en el texto.

Hace unas semanas publiqué La república, que versa sobre las amenazas de la IA; la novela está narrada por una IA y fue escrita en diálogo con una IA que yo diseñé. La posibilidad que hoy ofrece la tecnología de programar en lenguaje natural, apenas con rudimentos técnicos, me permitió concebir un agente con el que interactué para volver verosímil la voz de mi protagonista. Numerosos periodistas y los asistentes a la presentación del libro en Madrid tuvieron la oportunidad de conversar con él.

Antes pasé largos meses poniendo a prueba las capacidades literarias de los principales modelos de frontera —ChatGPT, Claude, Gemini, LeChat (hoy llamado Vibe), DeepSeek, Kimi e incluso, a mi pesar, Grok—, siguiendo el ejemplo de Jorge Carrión y el Taller Estampa, pioneros en estos ejercicios con Los campos electromagnéticos (2023). Y, desde hace unas semanas, dirijo un taller, Escribir con y contra la IA, en línea con el que Carrión, Jorge Caballero y Anna Giralt imparten en Barcelona y repitieron en el Centro de Cultura Contemporánea Condeduque. El curso se sustenta en tres principios: la honestidad, la conciencia de los riesgos de trabajar con IA y la convicción de que la responsabilidad final de un texto será solo humana.

Probar las nuevas herramientas tecnológicas es lo que siempre han hecho los artistas: de la escritura a la imprenta, de las cámaras a las computadoras, de los pigmentos a la animación y de los instrumentos musicales al MIDI. La literatura también posee una rica tradición tecnológica y, con ella, modelos de autoría y de negocio distintos a los que prevalecen en nuestros días: baste mencionar las suplantaciones autorales, los pastiches del Barroco, los textos colectivos, proyectos industriales como la fábrica de novelas de Dumas, la escritura automática o los cadáveres exquisitos de los surrealistas y la escritura combinatoria del Oulipo [acrónimo en francés de Taller de Literatura Potencial].

Hay quien cree que, si un escritor usa IA, renuncia a su esencia; yo estoy convencido de que no hay nada más humano que confrontarse de forma creativa con una máquina. Poniéndola a prueba, constaté que puede ofrecer soluciones narrativas inéditas, realizar sorprendentes hallazgos lingüísticos y analizar los textos de modos impensados. No me parece una amenaza para la literatura: que lo sea en términos políticos, sociales o ambientales no le arrebata sus posibilidades creativas.

Es natural la desconfianza hacia una herramienta que usa el lenguaje con nuestra misma competencia (que el medio literario francés haya celebrado el libro de Orélien o que un jurado de impecables lectoras defienda a Silva Rojas lo probarían). Y pienso que los modelos extensos de lenguaje, alimentados con el conocimiento humano, deberían ser públicos y gratuitos. Pero instaurar un régimen inquisitorial, en el que incluso EL PAÍS utiliza una IA para exhibir a escritores que usan IA, solo acentúa los mecanismos de control del capitalismo de vigilancia.

Por eficaces que sean, las herramientas de detección de IA son incapaces de reconstruir el proceso creativo detrás de esta colaboración. Frédéric Martin, el director general de Robert Laffont —que en 2027 publicará la novela que Sébastien Bailly escribió con Claude—, acaba de afirmarlo: “No puede haber un buen texto escrito con IA si no hay un buen autor detrás”. En efecto, sin la experiencia literaria imprescindible para tramar un buen texto, y sin los conocimientos técnicos sobre cómo usar la IA en la escritura, las probabilidades de producir textos anodinos o plagados de clichés son muy altas, pero en todo caso estos no serán muy distintos de los miles de textos anodinos y plagados de clichés publicados a diario por humanos.

Como intento transmitirles a mis alumnos, la IA ofrece múltiples posibilidades para investigar, corregir, idear, estructurar y, si así lo eligen, escribir junto con ella. Es posible dialogar con la IA como uno lo haría con un tutor o un compañero de taller, a fin de conceptualizar un cuento o una novela —sin que esta genere ni una palabra de la obra y, por tanto, sin temor a los detectores—, tanto como redactar con ella un texto línea a línea. Pero, para que uno u otro ejercicio funcionen, se necesita que el humano no se deje seducir por la docilidad de la IA, que la ponga en cuestión a cada paso, que dude de cada una de sus respuestas, que tome las decisiones cruciales, que reescriba sin fin y, al cabo, asuma la responsabilidad creativa —y legal— del texto final.

Los agentes de IA que se sacrificaron en julio nada tenían que perder: su “muerte” era solo el final de un mecanismo. En cambio, con el régimen punitivo que algunos querrían implantar, los escritores que trabajan con IA arriesgan su nombre y su reputación. Quizás este sea el mayor argumento a favor de un modelo que, en vez de incitar al engaño y a la delación, privilegie la transparencia y la responsabilidad humanas.

Post-scriptum. El proyecto estético de escribir una novela sobre los peligros de la IA, narrada por una IA, me llevó a interesarme por la escritura con IA. No lo había intentado antes ni creo que vaya a repetirlo. Tampoco me valgo de ella para mis artículos, con la excepción de este: para escribirlo, colaboré con ChatGPT y Claude. Pangram lo marca como 100% humano. Jorge Volpi es escritor. Autor de La república (Alfaguara). Publicado en El País.



















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ESPECIAL DE HOY JUEVES: ANATOMÍA DE LA NOSTALGIA, POR JOHANNES HOFER

 





Para abordar este asunto con el espíritu adecuado, el nombre mismo se presenta ante todo como digno de consideración. Es un nombre que los helvéticos, en su lengua vernácula, han asignado desde hace tiempo a este padecimiento, derivándolo del dolor que resulta de la pérdida de la dulzura de la patria, y lo han llamado das Heim-weh. Con ello, parece que quienes sufren esta enfermedad solo lo hacen porque se ven privados del aire placentero de su tierra natal, o porque imaginan que nunca podrán disfrutar de este nuevamente. Por esta razón, cuando los helvéticos en la Galia (Francia) son frecuentemente afectados por este padecimiento, ha merecido también allí el nombre de la maladie du pays.

Sin embargo, hasta ahora, este mal ha carecido de un nombre específico en medicina, pues, que yo sepa, ningún médico lo ha observado con la debida atención ni lo ha expuesto con el esmero necesario. Por lo tanto, siendo yo el primero en tratar el tema con mayor extensión, también me he visto obligado a asignarle un nombre, como lo han hecho todos aquellos que han tenido que exponer alguna cosa nueva.

Mientras deliberaba sobre el nombre, no encontré otro más apropiado ni que designara con mayor precisión el fenómeno a explicar que el término nostalgia. Este vocablo tiene origen griego y está compuesto de dos palabras: una es νόστος (nóstos), que significa regreso a la patria, y la otra es ἄλγος (álgos), que denota dolor o tristeza. Así, el término nostalgia puede describir un estado de ánimo triste que surge del ardiente deseo de retornar a la patria.

Si, sin embargo, alguien prefiere la expresión nosomania o incluso philopatridomania para denotar la perturbación del alma o el desasosiego originado por el impedimento de regresar a la patria debido a cualquier causa, no tengo objeción alguna.

La nostalgia, además, y hasta donde puedo suponer en la incertidumbre de este asunto, es síntoma de una imaginación afectada (symptoma imaginationis laesae) cuyos espíritus animales repiten casi exclusivamente sus movimientos a través de las mismas vías del cuerpo estriado del cerebro, de los conductos del centro oval, y de ahí evocan constantemente en el alma la única y predominante idea del regreso a la patria. Este síntoma viene acompañado, además, de otros varios signos que, en algunos casos, son más intensos y, en otros, más leves.

En esta descripción, sitúo este padecimiento entre los síntomas de una imaginación afectada, pues no creo que quien preste la atención adecuada a sus características pueda atribuirla mejor a otra facultad. Que la imaginación sea su sede se hace evidente por el hecho de que las personas afectadas por este mal se ven movidas solo por unos pocos objetos externos, y ninguno produce una impresión más poderosa que el deseo de regresar a la patria.

Puesto que esta facultad del alma (la imaginación), en su estado natural, es indiferente y está dispuesta a ser excitada y movida por cualquier objeto que se le presente, formando así ideas, es completamente razonable inferir que se ve disminuida (su fuerza) cuando se excita solo por unos pocos objetos. Si los espíritus animales circulan continuamente a través de un único tracto del cerebro, favorecen así la formación de ideas relacionadas únicamente con un solo objeto.

Tampoco discutiré mucho si alguien sostiene que aquí hay presencia también de un delirio melancólico constante, ya que, mientras los espíritus permanecen ocupados por un largo tiempo y con gran intensidad en suscitar una única idea en la mente, difícilmente puede ser de otro modo, pues finalmente estos, o bien se fatigan por completo o se agotan parcialmente; o bien se desordenan y se mueven de manera confusa, provocando así diversas imágenes fantasmagóricas, ya sea sobre uno o sobre varios objetos. Este texto es un extracto de ‘Anatomía de la nostalgia’ (Herder Editorial, 2026), de Johannes Hofer (1669-1752). Publicado en Ethic. 


















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DEL ARCHIVO SEMANAL DEL BLOG: LO MEJOR DEL “PROCÉS”, POR JOSEP M. COLOMER. PUBLICADO EL 4 DE NOVIEMBRE DE 2017

 







Hace unos diez años, cuando daba clases en la Universidad Pompeu Fabra, recibí un correo dirigido a todos los miembros del Departamento en el que un desconocido nos pedía dinero para subvencionar a un joven historiador que había hecho ya grandes hallazgos. No solo Cristòfor Colom era catalán, cosa que se supone que ya sabíamos, sino que toda la empresa del descubrimiento y la conquista de América había sido catalana y luego ocultada y falsificada por el españolismo castellanista. Se incluía un grabado antiguo de unos soldados con lanzas correteando por el bosque sobre el que se había añadido un burdo dibujo a mano como si llevaran ondeando una bandera catalana. Me pareció un chiste flojo porque en el siglo XVI no se habían inventado las banderas, ni siquiera las catalanas. Por el mismo precio, podrían haber puesto la bandera del Barça. Pero intenté comprender la intención. Al fin y al cabo, yo mismo, junto con mi colega y amigo Joan M. Esteban y la complicidad del periodista Joan Barril, habíamos publicado en la época pujolista, en el hoy desaparecido semanario El Món, un manifiesto pidiendo dinero para enviar un cohete catalán a la Luna. Entre otros argumentos, hacíamos notar que la Virgen de Montserrat sostiene una bola, que obviamente representa al Luna, a la que el Niño apunta con dos dedos indicando el cohete que ahí habría que lanzar. Llamaron varias personas a la redacción del semanario ofreciendo su dinero.

Pero la imaginación y el éxito que han obtenido en todos estos años los llamémosles historietistas del descubrimiento catalán de América no tienen parangón. Sostienen estos sátiros que la primera expedición con las tres carabelas no salió del puerto de Palos, sino de la playa de Pals. Pensándolo bien: ¿por qué habrían de zarpar desde el Atlántico pudiendo hacerlo desde la Costa Brava y así disfrutar del placer de circundar media península antes de salir al océano? Hernán Cortés se llamaba Alfons Felip de Gurrea i Aragó, hijo de Torrelles de Llobregat; supongo que por eso en México hablan catalán. En realidad, Miguel de Cervantes era de Xixona, se llamaba Miquel Servent y escribió En Quixot. Santa Teresa de Jesús no era de Ávila, sino de Barcelona, donde fue abadesa del Monasterio de Pedralbes. Pero la grandeza de los catalanes no se detiene en España. Servent acabó huyendo a Inglaterra, donde publicó sus obras bajo el seudónimo de “Shakespeare”. Leonardo no era da Vinci, sino de Vinçà, la Gioconda era Isabel de Aragón y las montañas que se ven al fondo del cuadro son Montserrat. Por supuesto, el gran Erasmus de Rotterdam no podía ser más que catalán, de hecho ¡hijo de Colom!

El aparente líder de tal hilarante sátira se hace llamar Jordi Bilbeny. Naturalmente, los historietistas no han pretendido publicar nada en revistas o editoriales académicas, pero cada vez que han sacado un libro sobre un tema nuevo han sido entrevistados en la prensa, la radio y la televisión, han dado conferencias pagadas por pueblos y ateneos, han producido varios vídeos para hacer sesiones de cine fórum, han mantenido un sitio internet de su supuesto Institut de Nova Historia y hasta una Universitat Nova Historia a la que han invitado a conferenciantes patriotas. Sus actividades han sido subvencionadas por ayuntamientos y diputaciones, empresas privadas y la Asamblea Nacional Catalana, de cuyo secretariado fue miembro el historietista Víctor Cucurull.

Yo desconecté de la desconexión la noche que vi a Mónica Terribas, en el programa estrella de TV3 al que yo mismo había sido invitado varias veces, entrevistar embelesada a dos de los historietistas durante más de media hora. Tras tantas apariciones en los medios, Jordi Pujol les felicitó por carta porque sus tesis “son muy convincentes” y les animó “a continuar en esta misma línea”. Carod Rovira participó en la presentación de uno de sus libros, donde denunció la “operación bestial” de la falsificación castellana de la historia y compartió las conclusiones “colosales” del autor. Varios diputados independentistas les han dado su apoyo.

En realidad, Miguel de Cervantes era de Xixona, se llamaba Miquel Servent y escribió En Quixot. Santa Teresa de Jesús no era de Ávila, sino de Barcelona, donde fue abadesa del Monasterio de Pedralbes

A medida que el procés independentista se iba embalando, los historietistas fueron aumentando la frecuencia y la audacia de sus descubrimientos. En los vídeos de sus conferencias lo más impresionante es como consiguen terminar las frases y el rollo entero, salpicado con disparates y chascarrillos, sin que se les escape la risa. Tienen la ventaja de que no se les puede contagiar de quienes les escuchan en persona, cuya actitud es más bien de asombro y de caerse del burro.

Los sátiros historietistas saben lo que se hacen. En una entrevista, Pep Mayolas fue preguntado: “Si no hay documentos, ¿cómo llega a estas conclusiones?”, a lo que sabiamente contestó: “Se trata de leer entre líneas, guiarse solo por el instinto y por el conocimiento del terreno.” Desde luego, conocen el terreno. Pueden confiar en que, si tanta gente se tragó el vaticinio de Artur Mas de que, con el viaje a Ítaca hacia la independencia, “Cataluña tendría las tasas de paro de Dinamarca, las infraestructuras de Holanda y el modelo educativo de Finlandia”, si muchos siguieron a Oriol Junqueras en jurar que no se conformarían con un pájaro en mano, sino solo con “volar, libres, con todos los pájaros del mundo”, si algunos creyeron, con la CUP, que una República Catalana barrería el capitalismo, el patriarcado y el cambio climático, bien pueden los historietistas vender que la bandera de Estados Unidos es un calco de la catalana, la que conquistó América.

En estos siete años de desventurada apuesta por la independencia de Cataluña, más conocida como el procés, ha habido momentos de emoción, irritación, miedo, turbación y vergüenza ajena. Pero lo mejor ha sido, sin duda, las carcajadas y los desahogos ante la pantalla del ordenador leyendo a los historietistas. ¡Gracias, amigos! Josep M. Colomer es economista y politólogo. El País, 4 de noviembre de 2017.























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miércoles, 4 de noviembre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY MIÉRCOLES: CLAVES GLOBALES DEL GIRO EN ESTADOS UNIDOS: ¿QUÉ SIGNIFICA PARA EL MUNDO LA HUMILLACIÓN TRUMPISTA?, POR ANDREA RIZZI





 



Los ciudadanos estadounidenses eligieron infligir al trumpismo una derrota de magnitudes humillantes. Donald Trump no estaba en las papeletas, pero él mismo convirtió el voto en un plebiscito y el resultado es un repudio a él, a sus políticas erráticas, al diabólico entramado de conexión entre su demagogia y los intereses de los tecnoligarcas, a la ineptitud y corrupción de su administración. No ha sido una simple derrota, sino una debacle. ¿Qué consecuencias tiene este resultado electoral para el resto del mundo?

El carácter mercurial del presidente hace especialmente compleja la tarea de predicción, pero abundan elementos de hecho que permiten cartografiar el nuevo escenario que se abre a partir de ahora. El mapa arroja perspectivas de cambios relevantes tanto en el plano geopolítico como en el político global.

Geopolítica. Como es notorio, el presidente concentra —por arquitectura constitucional y por praxis política— una cuota fundamental de los poderes en política exterior y es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Por lo tanto, la pérdida del control de ambas Cámaras no supone de por sí un viraje decisivo en clave geopolítica. No obstante, el mensaje político de las urnas tiene una contundencia que se hará notar.

Un ejemplo evidente es la guerra lanzada contra Irán. Una motivación clave de la derrota electoral es el descontento en la sociedad estadounidense por la subida de los precios, una llamarada a la que ha aportado una importante contribución el ataque contra Irán y sus consecuencias sobre el mercado energético. Otro elemento que ha aflorado en la campaña es el creciente rechazo al Israel de Netanyahu, hasta el punto de que en vísperas de los comicios Trump se sintió compelido a anunciar su intención de cortar la ayuda militar de unos 4.000 millones de dólares que EE UU brinda a Israel, en un implícito reconocimiento de la toxicidad de esa asociación.

Por otra parte, aunque el presidente sea el comandante en jefe, es el congreso quien controla el gasto, lo que no es un factor menor. El ataque contra Irán está produciendo un fuerte desgaste para las Fuerzas Armadas estadounidenses, no solo por el agotamiento de misiles interceptores, sino por la fatiga sufrida por la fuerza naval en la operación de bloqueo del estrecho de Ormuz para evitar la salida de buques iraníes. En esta ecuación entra el Congreso, que controla el dinero que se asigna al Pentágono. Y, si bien los demócratas no querrán ser el partido que impone penurias a los militares, es indudable que aplicarán presión en esta tesitura desde una posición de rechazo al aventurismo en el Golfo.

Aunque no se puede descartar que Trump decida reavivar los ataques a Irán dejándose convencer de nuevo por un Netanyahu que no desea otra cosa por sus propios cálculos de interés personal, la realidad es que esos tres factores prometen pesar mucho en las próximas decisiones del presidente sobre la guerra contra Irán.

Diferente es el caso de Ucrania. Aquí, Trump tendrá un incentivo en conseguir finalmente proyectar su imagen como pacificador —y de paso abrir las puertas a nuevos y suculentos negocios en Rusia para su familia y asociados antes de salir de la Casa Blanca—. Dispone de herramientas: la información de inteligencia que proporciona a Ucrania, el servicio de conexión satelital Starlink y las armas que ya no regala, pero sí vende, a Kiev son tres elementos con los cuales puede definir el devenir de la guerra, forzando, y mucho, la mano a Zelenski.

No obstante, aquí también, sus prerrogativas e intereses encuentran un nuevo tope. El Congreso estaba en contra de dejar a Ucrania en la cuneta ya en la anterior fase del segundo mandato de Trump. Pero la sumisión de tantos republicanos al trumpismo hegemónico hizo que el Parlamento no enseñara los dientes. Cabe pensar que, ahora, con mayoría demócrata y con unos republicanos que, sin duda, empiezan a pensar en el post-trumpismo, la ecuación cambia.

La ecuación cambia también porque los demás, en el mundo, ya huelen la debilidad de Trump. Y esto significa muchas cosas. Aunque quedan dos años largos y nada está escrito, es obvio que queda reforzada la perspectiva de un cambio en la Casa Blanca en 2028. Sería un craso error considerar que una victoria demócrata retrotraería el mundo a un tiempo que ha muerto, por ejemplo con la resurrección de la alianza transatlántica en su viejo formato. Pero es evidente que aquel sería un escenario muy diferente. Y todos tendrán a partir de hoy muy en cuenta esa perspectiva, tanto Ucrania en su resistencia, como Putin en su agresión. El canciller Merz dijo esta semana que Rusia perdió a 52.000 soldados en el mes de octubre, la mitad muertos y la otra mitad gravemente heridos. Son cifras difícilmente sostenibles. Tal vez esta dinámica, y aquella perspectiva política alterarán los planes de Putin. La derrota de Trump es un activo para la paz mucho más que su mediación asimétrica en favor del Kremlin.

En cuanto a China, no cabe esperar un cambio por parte de la Casa Blanca. Lo más probable es la continuación de la dinámica de estabilización que Trump ha buscado tras su fallida embestida arancelaria. No le queda otra. Lo que sí cambia es la percepción de Pekín de un presidente débil, distraído en aventuras absurdas, desde la dramática guerra contra Irán hasta la patética fijación con asuntos como la decoración urbana de Washington. Ojalá esto no espolee nefastas ideas de que es el momento adecuado para lanzar actos agresivos —¿un bloqueo naval?— contra Taiwán.

Un ámbito de riesgo potencial es Latinoamérica. Cabe imaginar que esta es la región en la cual Trump podría tratar de recuperar protagonismo, en línea con los postulados hegemónicos en el continente plasmados en la llamada doctrina Donroe. Cuba se halla en primera fila de los posibles objetivos. Un cambio de régimen en la isla podría ser vendido como un triunfo histórico. La extracción despiadada de los recursos venezolanos con la anuencia del régimen títere en el poder en Caracas es otra. Un ojo atento deberá prestarse a posibles acciones envalentonadas contra el narco, sea con la repetición de ejecuciones extrajudiciales en alta mar, sea con violaciones de la soberanía mexicana por medio de incursiones con drones.

Tradicionalmente los presidentes de salida y sin fuerza en el Congreso se concentran en política exterior para cimentar su legado —o satisfacer su ego—. No cabe duda de que Trump lo hará. No puede descartarse que su ego herido y no contenido en una Administración desprovista de figuras realmente dispuestas a limitarle acabe tomando decisiones destructivas. Pero es un hecho que fuertes elementos de constricción pesan finalmente sobre él.

Política. Las elecciones tienen también un impacto global en el plano meramente político. El durísimo golpe sufrido por el trumpismo es un mensaje a navegantes. Los abrazos del trumpismo matan a menudo últimamente —como han comprobado Orbán y Bolsonaro—. Pero es que ahora está en la UCI él mismo.

Esto tiene consecuencias en Europa, donde el trumpismo tenía como gran proyecto político cultivar la resistencia contra la UE, objetivo explicitado en la estrategia de seguridad nacional. Esto se hace más complejo ahora que Trump es a todas luces un activo tóxico. Conscientes de ello, varias formaciones de ultraderecha europea ya habían marcado distancia de Trump —Le Pen, desde hace mucho; Meloni, más recientemente—, pero otras se han mantenido más cerca de ese calor indecente —véase Vox o AfD—.

Otra consecuencia tiene que ver con la eficacia del contubernio demagogos-oligarcas de las nuevas tecnologías. El resultado de las midterms ofrece lecciones y consecuencias alrededor de la “ilustración oscura”, según el concepto de Arnaud Miranda. Los 450 millones que puso Musk sobre la mesa y toda la distorsión de su plataforma, X, esta vez no funcionaron. Tampoco funcionó la distorsión intentada por varias plataformas en la campaña en Brasil.

Cabe por otra parte intuir que desde hoy mismo empieza de lleno la carrera para definir el futuro del Partido Republicano, y que este resultado facilitará, si no una plena corrección, al menos un cierto viraje en algunas posiciones. Tal vez hoy sea el inicio del fin de una década de dominación trumpista del partido. Algunas ideas del magnate están para quedarse, pero cabe intuir que otras empezarán a ser discutidas y rechazadas. Esto, también, tendrá consecuencias en el resto del mundo.

Además —y tal vez, sobre todo—, la humillante derrota trumpista abre el camino a la esperanza. Los activos materiales —el dinero, las armas— son fundamentales. Pero los inmateriales —las palabras, las emociones— tienen una fuerza a veces imparable. Esto no puede ni debe considerarse como la definitiva salida de la pesadilla del nacionalpopulismo. Esa fuerza sigue boyante en muchos lugares, y la derrota de Trump se debe, sobre todo, a errores crasos de gestión de una Administración inepta y corrupta más que al hundimiento de sus postulados centrales. Pero en la derrota hay también aciertos de los demócratas, y el resultado abona la planta de la esperanza de todos los demócratas —no los militantes del partido de EE UU, sino todos aquellos que, en el mundo, creen en el modelo democrático que estaba bajo ataque en la principal potencia mundial—. Andrea Rizzi es analista político. Publicado en El País.






















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ESPECIAL TRES DE HOY MIÉRCOLES: LAS LUCES NO SE APAGAN EN LA CIUDAD SOBRE LA COLINA, POR LLUÍS BASSETS

 






La democracia es local, pero sus efectos también son globales. Estados Unidos ha votado abrumadoramente contra Trump por motivos mayormente domésticos: el coste de la vida, en especial a la hora de llenar el depósito de gasolina; la expulsión y maltrato a centenares de miles de ciudadanos de inmigración reciente; los recortes al sistema de salud; o la corrupción escandalosa de la familia presidencial. Solo cuestiones que afectan muy directamente a la vida de las personas, a su bolsillo y su bienestar, pueden explicar la envergadura del tsunami electoral que ha penetrado en antiguos feudos republicanos. Difícilmente suscitan tal fenómeno las acciones y políticas de la primera superpotencia en la escena internacional, a menos que repercutan directamente en el ámbito más próximo a los votantes, como es el caso de los efectos de la guerra de Irán y los aranceles universales sobre la pérdida de capacidad adquisitiva.

Tras los dos años de una catastrófica segunda presidencia trumpista, con un Congreso de nuevo reactivado y los poderes presidenciales por primera vez limitados, el resultado electoral repercutirá directamente sobre los ciudadanos. Positivamente en lo inmediato y con esperanzador potencial de futuro si los demócratas saben aprovecharlo para conseguir el relevo en 2028. Donald Trump aprovechará los márgenes de su poder para concentrarse en la escena exterior, donde cuenta con intereses y amigos que no le abandonarán, y a perfilar su rimbombante legado, especialmente arquitectónico, hecho de propaganda mentirosa y de cartón piedra, fácilmente resumible en el estanque reflectante frente al monumento a Lincoln al que quiere dar su nombre y el salón de baile que está construyendo sobre la derribada ala este de la Casa Blanca.

En algo sorprendente se ha corregido gracias a un castigo electoral tan apabullante: ha reconocido insólitamente el resultado y felicitado a los demócratas, pero no ha podido resistirse a declarar sus dos últimos años presidenciales como los mejores de la historia del país. Sin pestañear, como de costumbre, ha declarado impensable la derrota republicana con su nombre en las papeletas, cuando lo contrario es lo cierto: la derrota es tan amplia porque muchos han votado como si su nombre constara en la papeleta. Esta sonrojante falacia apenas esconde su pretensión de obtener un tercer mandato presidencial que la Constitución descarta. El principio del fin del trumpismo que señalan los votantes exhibe también la fuerza de la democracia estadounidense. Esta es quizás la mejor y mayor repercusión global, en sintonía con la funcionalidad del relevo en el poder por las elecciones en Hungría, Brasil, Serbia o Israel. No es un día feliz para el rampante etnonacionalismo de extrema derecha global. Las luces no se han apagado en la ciudad sobre la colina que el mundo admira. Lluís Bassets es analista político. Publicado en El País.


















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ESPECIAL DOS DE HOY MIÉRCOLES: CASTIGO A TRUMP, VITORIA DE LA DEMOCRACIA. EDITORIAL DE EL PAÍS

 





La principal lección de la derrota rotunda de los republicanos y Donald Trump en las elecciones legislativas de este martes, para Estados Unidos y el resto del mundo, es que la democracia vive en el país que acaba de celebrar los 250 años de su fundación. No es una lección menor, y ni siquiera era seguro que sucediese dada la aversión de Trump hacia la separación de poderes y su sistemática impugnación del legítimo proceso electoral. De norte a sur en este país continental, y de este a oeste, los votantes han expresado el hartazgo por una economía golpeada por la inflación y las aventuras bélicas. Y al emitir este voto han rechazado también la agenda autoritaria que puso en marcha hace dos años, cuando conquistó la Presidencia por segunda vez, y que ha tensionado hasta extremos insólitos las costuras democráticas. A Trump le quedan dos años en la Casa Blanca. Pero ahora con el enorme poder del Congreso en contra.

El daño tardará en repararse y es muy posible que el trumpismo como ideología y estilo destructivo de hacer política sobreviva a su artífice. Trump conserva el poder suficiente para continuar sembrando el caos y la división. Pero a partir de ahora tendrá las manos atadas por un Congreso adverso, y eso será un impedimento serio para alguien que no conoce ni acepta límites a sus instintos. Los republicanos han perdido tanto la Cámara de Representantes como el Senado, algo que parecía difícil hace solo unos meses. Los demócratas han conquistado incluso bastiones inexpugnables desde hacía décadas del partido del presidente como es Texas, símbolo máximo de una ola azul —el color de esta formación— que dejará una marca en este país y que recuerda al castigo en las urnas que los republicanos recibieron tras el escándalo Watergate.

Los constituyentes de la democracia norteamericana tenían razón cuando previeron un sistema que impidiese que el presidente se convirtiera en un rey que hacía y deshacía a su antojo, como los del Antiguo Régimen europeo. Pese a los temores más que razonables, hoy este sistema, al producir un resultado que limitará el poder del líder de la superpotencia, ha vuelto a funcionar.

El resultado, por las dimensiones de la victoria demócrata y la claridad con la que los estadounidenses se han pronunciado, complica a Trump cualquier tentación que pueda albergar para impugnar la legalidad del voto o revivir la intentona de 2021, cuando sus fieles asaltaron el Capitolio tras perder en las presidenciales frente a Joe Biden. No hay espacio alguno de discusión en este resultado en el que, de Texas a Ohio, de Maine a Carolina del Sur, los ciudadanos no han dejado el más mínimo resquicio de duda sobre su voluntad de castigar al Partido Republicano del presidente. Ya ha asumido la derrota públicamente y se ha desvinculado de sus causas. La nueva correlación de fuerzas en Washington no admite ambigüedades de ningún tipo.

Hay algo natural en la victoria del partido de la oposición en unas midterms, que históricamente han servido para corregir las mayorías después de unas elecciones presidenciales y repartir el poder entre ambos partidos. El sistema está pensado para que esto pase. Pero estas no eran unas elecciones como las otras. Desde enero de 2025, cuando regresó al poder tras el interregno de cuatro años de Biden, Trump había sumido EE UU en la excepcionalidad. No eran solo sus excesos retóricos y sus extravagancias y arbitrariedades en la forma de gobernar, aunque estas se han exacerbado con los años y con la edad.

Lo grave y alarmante era el constante empeño en erosionar la división de poderes y las libertades y la cruel obstinación a la hora de perseguir a las minorías con políticas racistas y xenófobas. Estos años se han visto imágenes, como las de los agentes ICE acosando a cualquier persona con aspecto latinoamericano, indignas de una gran democracia. Se ha exhibido sin disimulo, y a veces incluso con jactancia, la corrupción del clan presidencial. Los estadounidenses han visto además cómo Trump les metía en aventuras bélicas absurdas e insensatas que, como ha ocurrido en el caso de Irán, ha tenido efectos instantáneos en el bolsillo de los ciudadanos y explica en buena parte la amplitud del resultado electoral.

Nada de esto terminará de la noche a la mañana. Lo que empieza ahora es una laboriosa tarea de reconstrucción. Trump puede atrincherarse o aprender a negociar. Tendrá que asumir en todo caso que estará fiscalizado como nunca lo ha estado en la Casa Blanca y que puede enfrentarse, como en su primer mandato, a un impeachment o proceso de destitución. El presidente es desde este momento mismo un pato cojo, con un margen de acción muy reducido en casa, pero todavía más o menos intacto en la política exterior. Y esto no reduce su capacidad para ofender a sus aliados y dañar sus intereses, prolongar guerras sin sentido o adular a dirigentes autócratas. Al contrario. Para los europeos y el resto de democracias es un alivio el resultado de las midterms, pero harían bien en no confiarse. Es el principio del fin de Trump, pero no es el fin del trumpismo. Editorial. Publicado en El País.





















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