martes, 26 de septiembre de 2017

[A vuelapluma] Respeto a los sentimientos, pero a la Constitución también





Los sentimientos no pueden discutirse, pero sí respetarse, y lo que está sucediendo entre Cataluña y España es una cuestión de sentimientos. El día 2 habrá que sentarse con respeto para negociar de lo que sí se puede: poderes, competencias y recursos.

Quien así se expresa, a mi juicio con acierto y prudencia, es José Álvarez Junco (Viella, 1942), escritor e historiador español, catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid. En noviembre pasado publiqué en el blog una entrada sobre su libro Dioses Útiles. Naciones y nacionalismo (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2017), en donde condensa sus investigaciones en torno al tema del nacionalismo, intentando racionalizar un problema histórico-político caracterizado por la emocionalidad.

Esta no es una cuestión de nacionalismo, sino de democracia”, me decía el amigo que presentaba un manifiesto instando a Rajoy a defender la “unidad nacional” con mano dura. Lo mismo, exactamente lo mismo, me podría haber dicho mi amigo catalán inclinado últimamente hacia el independentismo.

Porque el concepto de democracia solo es sencillo en apariencia, cuando decimos que nosotros, los ciudadanos, los gobernados, el pueblo, somos quienes decidimos el futuro de nuestra comunidad. En la práctica, se reduce a la elección periódica de nuestros gobernantes. Pero hay otras decisiones, mucho más importantes, en las que no intervenimos ni hemos intervenido nunca: la principal, la definición del demos, de ese pueblo, nación o comunidad en el que nos integramos. Esa definición no es algo evidente y racional, sino, muy al contrario, algo emocional, que se da por supuesto. Algo que, lejos de ser el resultado de un debate, meditación y decisión democráticos, nos ha venido dado, como producto de la historia, de la formación de las unidades políticas, en la que las claves fueron el azar y la violencia guerrera.

Pocas veces se habrá revelado con tanta nitidez esta trampa como en la actual situación catalana. “Democracia” es precisamente la palabra que a un independentista no se le cae de la boca. Según él, lo que pide es obvio, elemental, en democracia: que el pueblo catalán decida su propio futuro. ¿Por qué se opone “Madrid”, no ya a que sean independientes, sino incluso a que se les pregunte si quieren serlo? Porque el sistema político español no es democrático, sigue siendo franquista. “Cualquier país civilizado” —nos refriega, para más INRI— reconoce este derecho (la verdad es que ninguno lo reconoce). Y, frente a eso, se siente autorizado para rebelarse, infringir esa ley española, impuesta por la fuerza, invocando la voluntad del pueblo catalán, fuente de la soberanía legítima.

Alguien que parta de la presunción contraria, es decir, que el demos es la nación española, usará el mismo razonamiento para llegar a la conclusión opuesta: quien decide el futuro de España es el pueblo español. Algo que, por cierto, ya hizo en 1978. Quien no reconozca el sistema legal establecido entonces, quien actúe al margen de la Constitución, es, por tanto, un antidemócrata. ¿Cómo podría ser democrática una decisión catalana de separarse de España sin tener en cuenta la voluntad del resto de los españoles? ¿Sería acaso respetuoso conmigo cortarme un brazo sin consultarme?

Por supuesto, el independentista catalán replicaría: ¿y de dónde te sacas que yo sea un brazo tuyo? Me estás menospreciando y ofendiendo, como siempre. Tú lo que eres es un nacionalista español, que demuestras el poco respeto que me tienes al reducirme a la categoría de miembro o parte de un conjunto cuya existencia tú te has inventado. Lo dicho: no eres demócrata, no aceptas que las decisiones las tomen los ciudadanos. Pregúntanos, por lo menos.

A este se le podría quizás hacer comprender que su posición también tiene un parti pris previo si se le preguntara por un hipotético referéndum en Cataluña con resultado global favorable a la independencia, pero en el que un territorio (Tarragona, digamos) hubiera votado por permanecer en España: ¿tú aceptarías que ese territorio siguiera siendo español, aunque el resto de Cataluña se convirtiera en independiente? Porque lo democrático, según tú planteas ese principio, es que el futuro de Tarragona sea decidido por los tarraconenses.

A lo cual nuestro independentista contestaría: ah, eso no. Tarragona forma parte de la nación catalana y si Cataluña, como conjunto, decide algo, sus partes deben someterse. En democracia, las minorías se someten a la decisión de las mayorías. ¿Cómo podría cortársele un brazo a Cataluña contra su voluntad? Solo el conjunto de los catalanes puede decidir eso.

Calcaría, pues, la respuesta españolista sobre Cataluña. Y podría ofender a los tarraconenses, a quienes niega la posibilidad de declararse nación y deja, por decreto, reducidos a miembros de un conjunto al que no se molesta en preguntarle si quiere pertenecer.

En realidad, en cuanto a la definición del demos básico que debe tomar las decisiones, ninguno de los dos es un demócrata. Son nacionalistas primero —al dar por supuesto que su demos existe— y demócratas después. La existencia de su nación es un prius, un dato prejurídico, anterior al inicio del proceso racional de toma de decisiones colectivas que legitiman el sistema legal.

Sin embargo, ese dato previo es enormemente peligroso y destructivo. La fragmentación a la que puede llevar la aplicación estricta del principio de que cada colectividad decide su futuro es infinita. Pues si Tarragona puede también declararse nación, decidir escindirse de Cataluña y permanecer en España, el municipio tarraconense X o Z, dominado por los independentistas, puede optar por seguir a Cataluña y no a su provincia. ¿Quién podría obligarles, en términos estrictamente democráticos? ¿Quién puede negarles el “derecho a decidir”, el derecho a declararse nación?

Nadie puede establecer un mapa nítido e indiscutible de los pueblos o naciones existentes en el mundo. Las identidades se mezclan en todas partes. Con lo que el principio de las nacionalidades da lugar a conflictos sin fin. Como comprendieron amargamente quienes trazaron las fronteras europeas al final de la Gran Guerra, aplicar el dogma de la autodeterminación de los pueblos era imposible sin dejar por doquier territorios irredentos y minorías discriminadas. Pese a ello, lo hicieron. Y pavimentaron el camino para la Segunda Guerra Mundial.

La combinación entre nación y democracia es, en realidad, explosiva. La democracia es un principio que puede defenderse racionalmente. La nación, no. Es algo afectivo, arraigado en los estratos emocionales más profundos; como el atractivo de aquellos a los que amamos o las gracias de nuestros hijos o nietos, imposibles de discutir ni argumentar. Pese a esta incompatibilidad, toda democracia necesita apoyarse en una identidad colectiva, una nación, un demos. Esa colectividad básica para la democracia ni fue decidida racionalmente en su origen ni es posible hacerlo ahora. Y como su definición se apoya en afectos y emociones, y no en datos ni argumentos objetivos, los conflictos sobre lo que sea o no democrático son de imposible solución.

Esta es, pues, una cuestión de sentimientos. Y los sentimientos solo pueden ser respetados, no discutidos. Es razonable invocar el cumplimiento de la ley y denunciar las incoherencias o imposiciones del otro. Pero no hay que limitarse a eso; y las leyes deben adaptarse a la realidad social. El 2 de octubre deberíamos sentarnos unos frente a otros, respetándonos e intentando entender nuestras respectivas emociones; y negociando sobre lo único negociable: poderes, competencias, recursos. Esperemos que, para entonces, no haya habido que lamentar desgracias irreparables, termina diciendo.



Dibujo de Eva Vázquez para El País



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt




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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

[Píldoras literarias] Hoy, con "De John Donne", por Juan José Arreola





La noción de brevedad ronda siempre las consideraciones sobre la minificción de los minirrelatos. Aunque la brevedad no sea, ni con mucho, el único rasgo que es necesario observar en estas brillantes construcciones verbales, resulta lógico que para el lector común, e inclusive en cierta medida para el escritor, resalte de manera especial. 

Fue, en efecto, la primera característica que llamó la atención de lectores y críticos de esta forma literaria: la que primero produjo desconcierto y, a partir de allí, admiración. Ocurre, sin embargo, que tal noción es eminentemente subjetiva. Se puede considerar breve un relato de ocho o diez páginas, pero también lo será uno de un par de páginas, e igualmente, y con mayor razón, algún texto de extensión aún menor, que podremos describir en función de un determinado número máximo de líneas o de palabras, y no de páginas ni de párrafos. 

Pesan en este sentido la tradición de una literatura, y también la implícita comparación -casi instintiva, casi subconsciente- que formulamos con otros textos que conocemos, o bien con lo que se considera cuento o relato en nuestra propia literatura o en una distinta de ella. ¿Habremos de aceptar una categoría nueva, la del microrrelato brevísimo o hiperbreve, aunque el nombre resulte redundante? ¿O bien entenderemos que hay casos en que el escritor extrema alguna de las características que también tienen otros textos de este tipo, y ese hecho es percibido por el lector como un factor de diferenciación? 

Continúo la serie de Píldoras literarias con el relato titulado De John Donne, de Juan José Arreola Zúñiga (1918-2001), escritor, académico y editor mexicano. Comenzó su carrera de escritor a los 31 años. En 1948, gracias a Antonio Alatorre, encontró trabajo en el Fondo de Cultura Económica como corrector y autor de solapas. Obtuvo una beca en El Colegio de México gracias a la intervención de Alfonso Reyes. Su primer libro de cuentos Varia invención, apareció en 1949, editado por el FCE. Para 1950 comenzó a colaborar en la colección "Los Presentes" y recibió una beca de la Fundación Rockefeller. En 1979 recibió el Premio Nacional en Lingüística y Literatura y diez años más tarde el Premio Jalisco de Letras y en 1992 el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe "Juan Rulfo". De amplia cultura, la obra de Arreola se caracteriza por una inteligencia profunda y lúdica que juega con los conceptos y las situaciones utilizando símbolos y parodias en textos breves y significativos que rompen las leyes lógicas y naturales en una prosa es de estilo clásico y depurado. En el universo de su obra se rompen las leyes lógicas y naturales.

Les dejo con su De John Donne, publicado en Minificción mexicana, de Lauro Zavala. Tiene catorce palabras y dice así: 



DE JOHN DONNE
por

El espíritu es solvente de la carne. 
Pero yo soy de tu carne indisoluble.




Mujer sentada, de Pierre-Auguste Renoir


Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt



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[Humor en cápsulas] Para hoy martes, 26 de septiembre de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; Forges, Peridis, Ros, El Roto y Sciammarella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas.





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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lunes, 25 de septiembre de 2017

[A vuelapluma] Lecturas del pasado





Dejemos aparcada por un momento la política... ¿Es eso posible? Pienso que no, pero en todo caso, intentémoslo. ¿El juicio previo que se dicta sobre una obra literaria sin haberla leído, como es el caso de El monarca de las sombras de Javier Cercas, (yo sí la he leído, como el autor del artículo que reseño, y me gustó mucho) y la pretensión de que todo intelectual tiene que “mojarse”, sin matices, no son dos perversiones de este tiempo nuestro que nos ha tocado vivir? Se lo preguntaba hace unos días en El País el escritor Miguel Barroso, y creo que merece la pena leer lo que dice. Y por cierto, me identifico plenamente con lo que escribe en él.

Se lo escuché hace poco a un conocido politólogo, comienza diciendo: “Javier Cercas está blanqueando los sepulcros del fascismo”. La afirmación me pareció tan peculiar y el tono tan pintorescamente exaltado, que le pedí que desarrollara la cuestión. Me explicó que Cercas se dedicaba en su última novela a embellecer el papel de la Falange, tanto en la Guerra Civil como en los años previos al conflicto y yo le pregunté si se había tomado la molestia de leerla. No lo había hecho. Tampoco lo creía necesario. Para sacar tal conclusión le bastaban algunos comentarios leídos al respecto y el hecho de que su autor tuviera una columna en El País desde la que, en vez de cuestionar severamente la transición y sus derivaciones, optaba por exponer y razonar un punto de vista más templado. Fue un diálogo interesante, en tanto que explica bien algunas perversiones propias de este tiempo nuestro.

La primera tiene que ver con el escaso peso del que goza el concepto de “autoridad”, entendido en un sentido meramente académico. El fenómeno me llamó la atención a principios de este año, justamente cuando se anunció la publicación de El monarca de las sombras (Penguin Random House) y se dijo que Cercas seguía en su nueva novela las huellas de un tío suyo, falangista, al que no llegó a conocer porque murió en las trincheras del Ebro, cuando apenas era un adolescente. Antes de que llegase a las librerías, se desató un aluvión de reacciones que comenzaron por cuestionar el propósito del libro para terminar impugnando toda la obra del escritor. Lejos de aguardar a que el texto pudiera leerse y hubiera, por lo tanto, una base desde la que labrar una opinión solvente, no tardaron en aparecer voces que reconvenían seriamente al novelista a partir no de lo que había escrito, sino de lo que se dijo que decía en las páginas que acababa de dar a imprenta. No era necesario acreditar esa "autoridad" que da el conocimiento porque el juicio previo se instaló sin reservas y campó por sus respetos.

No tenía la menor importancia que El monarca de las sombras, que yo sí leí, no dedicara sus páginas a elogiar o disfrazar el papel de la Falange, sino que más bien se afanara en todo lo contrario. Si algo hay es una crítica acerba a quienes se aprovecharon de las necesidades del campesinado de la España de 1936 para aglutinar adeptos en torno a una causa que no sólo era ilegítima, sino también inmoral. Lo que hace Javier Cercas con su tío no es incurrir en los elogios propios de quien se siente abrumado ante un modelo de conducta irreprochable, sino apiadarse de alguien que tomó partido por el bando equivocado, a una edad demasiado temprana para entrar en disquisiciones políticas.

Por aquellas mismas fechas, yo acababa de leer Recordarán tu nombre (Destino), la espléndida novela en la que Lorenzo Silva glosa la biografía del general José Aranguren, que hizo que la Guardia Civil salvaguardara en Barcelona la legalidad republicana el 19 de julio de 1936. Alguien me trasladó su desagrado ante el hecho de que el escritor se obstinase en defender al cuerpo fundado por el duque de Ahumada. Fue inútil explicarle que si por algo se caracterizó el instituto armado en 1936 fue por mantenerse fiel, en un apreciable porcentaje, al Gobierno de la República. También que le advirtiera de que no hay en todo el libro de Silva una sola línea complaciente con el dictador Franco. Como ocurriera meses atrás con Javier Cercas, aunque en este caso a menor escala, la sentencia ya estaba pronunciada.

Todo esto entronca con la segunda reflexión a la que me condujo mi breve conversación con el politólogo. A la hora de referirse a los artículos que Javier Cercas publica en El País, explicó que cualquier persona que disponga de un espacio en los medios de comunicación está haciendo política y añadió que llega un momento en el que todo intelectual tiene que mojarse. No puedo no estar de acuerdo con su primera afirmación, que yo ampliaría: todos hacemos constantemente política, en cualquier faceta de la vida. Respecto a la segunda, en cambio, tengo serias dudas. Por lo que entendí, mi interlocutor consideraba que “mojarse” equivale a defender una determinada causa, sin atender a sombras ni matices. Pero quizá la verdadera labor intelectual consista en cuestionarlo todo, incluso (o principalmente) aquello que se defiende o con cuyos fundamentos se comulga. Pienso, sin salir del contexto de la Guerra Civil, en Arturo Barea o Manuel Chaves Nogales, que tan bien narraron aquellos años, instalados en la izquierda pero sin escamotear ni una sola de sus penumbras; o en el George Orwell brigadista, que contó en su Homenaje a Cataluña las luchas intestinas que tenían lugar dentro del bando republicano; o en Dionisio Ridruejo, coautor de la letra del Cara al sol, que supo cuestionar sus propios dogmas hasta convertirse en un firme opositor al franquismo.

Hace tiempo que la política se maneja en una endiablada dialéctica entre el “ellos” y el “nosotros”, extrapolada a todas las escalas imaginables. Todos hacemos política constantemente, sí, pero están quienes aspiran a adquirir responsabilidades públicas y los que sólo pretenden intervenir en los asuntos colectivos mediante su opinión, su voto o sus tertulias. Los primeros posiblemente tengan que apostarse en su trinchera retórica y mermar como sea al adversario. Los segundos, en cambio, hacen bien en evitar maniqueísmos y situarse a una altura desde la que juzgar, con ecuanimidad y sin consignas, lo que les rodea. Luego sus opiniones o sus análisis podrán evaluarse en función de sus propios méritos o defectos, pero nunca mediante juicios anticipados, estereotipos o falsas acusaciones de blanqueamiento de sepulcros.

Nadie puede pontificar sobre lo que deben escribir quienes rehúsan seguir la senda marcada porque han preferido trazar ellos mismos su camino. A algunos les gusta tanto sentarse ante el tablero y elegir blancas o negras que terminan olvidando los matices de gris, los claroscuros. No deja de resultar curioso que quienes más críticos se muestran al leer nuestro pasado reciente sean también quienes más agresividad destilan cuando se ponen de manifiesto las grietas de las que adolecen los cimientos de sus convicciones. Mientras sigan optando por ocultar esos resquicios, y no por asumir que tal vez convenga replantear la estructura, no podremos decir que el miliciano de Robert Capa sea un personaje anónimo. En realidad, somos nosotros, cayendo constantemente abatidos por la bala de nuestro revanchismo inerte, concluye diciendo.



Dibujo de Nicolás Álvarez para El País



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[Política] XII Legislatura de las Cortes Generales. Septiembre, 2017 (IV)





Las Cortes Generales representan al pueblo español y están conformadas por el Congreso de los Diputados y el Senado. Ambas Cámaras ejercen la potestad legislativa del Estado, aprueban sus Presupuestos, controlan la acción del Gobierno y tienen las demás competencias que les atribuye la Constitución. 

En los Diarios de Sesiones de las Cámaras se reflejan literalmente los debates habidos en los plenos y las comisiones respectivas y las resoluciones adoptadas en cada una de ellas. Los demás documentos parlamentarios: proyectos de ley, proposiciones de ley, interpelaciones, mociones, preguntas, y el resto de la actividad parlamentaria, se recogen en los Boletines Oficiales del Congreso de los Diputados y del Senado. 

Desde este enlace pueden acceder a toda la información parlamentaria de la presente legislatura, actualizada diariamente. Les recomiendo encarecidamente que la exploren con atención si tienen interés en ello. Y desde estos otros a las páginas oficiales de la

Casa de S.M. el Rey

Congreso de los Diputados
Senado
Presidencia del Gobierno
Tribunal Constitucional
Tribunal Supremo y Consejo General del Poder Judicial
Consejo de Estado
Boletín Oficial del Estado

Parlamento Europeo

Consejo Europeo y Consejo de la Unión Europea
Comisión Europea
Tribunal de Justicia de la Unión Europea
Tribunal Europeo de Derechos Humanos
Diario Oficial de la Unión Europea

Parlamento de Canarias

Gobierno de Canarias
Cabildo de Gran Canaria
Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria

La actividad parlamentaria oficial de las Cortes Generales estuvo centrada en las reuniones celebradas por las Comisiones y Plenos de ambas Cámaras. Les recomiendo encarecidamente la lectura del Diario de Sesiones del Pleno del Congreso de fecha 21 de septiembre.

Lunes, 18 de septiembre:
Comisión de Hacienda y Función Pública (Senado).

Martes, 19 de septiembre:
Sesión Plenaria (Congreso).
Comisión de Empleo y Seguridad Social (Congreso).
Comisión de Defensa (Congreso).
Comisión de Economía, Industria y Competitividad (Congreso).
Comisión para Política integrales de discapacidad (Senado).

Miércoles, 20 de septiembre:
Sesión Plenaria (Congreso).
Comisión de Justicia (Congreso).
Comisión de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente (Congreso).
Comisión de Hacienda y Función Pública (Congreso).
Comisión para Políticas Integrales de Discapacidad (Congreso).
Comisión de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Senado).
Comisión de Medio Ambiente y Cambio Climático (Senado).
Comisión de Empleo y Seguridad Social (Senado).

Jueves, 21 de septiembre:
Sesión Plenaria (Congreso).
Comisión de Sanidad y Servicios Sociales (Congreso).
Comisión de Sanidad y Servicios Sociales (Senado).
Comisión de Interior (Senado).

Desde los enlaces anteriores (en rojo) pueden acceder a los Diarios de sesiones respectivos.

Y esta es la agenda de trabajo prevista para esta semana en el Congreso y en el Senado

Y ahora vamos una semana más con los documentos que relatan la historia del parlamentarismo español. Todo ello gracias a la publicación de "Papeles para la Historia" en la página electrónica del Congreso de los Diputados, que tiene como objetivo acercar a los ciudadanos la historia parlamentaria aprovechando la digitalización de los fondos del archivo de la Cámara que se ha realizado en estos últimos años.

El periodo que abarca esta historia parlamentaria desde 1810 a 1977 se ha dividido en ocho etapas formadas a su vez por las diferentes elecciones y las legislaturas comprendidas entre una elección y otra.

Los apartados desarrollado son los siguientes:

I. Cortes de Cádiz 1810-1814.
II. Trienio Liberal 1820-1823.
III. Regencias y Reinado de Isabel II 1833-1868, subdividido en la 
III. 1. Regencia de María Cristina de Borbón, 1833-1840.
III. 2. Regencia del General Baldomero Espartero, 1840-1843.
III. 3. Década Moderada,1844-1854.
III. 4. Bienio Progresista, 1854-1856.
III. 5. Crisis del Moderantismo, 1856-1868.
IV. Sexenio Revolucionario, 1868-1874, con: 
IV. 1.Gobierno Provisional-Regencia del General Serrano y Gobierno de Prim.
IV. 2. Reinado de Amadeo I 
IV. 3. Primera República.
V. Restauración, 1874-1923, con:
V. 1. Reinado de Alfonso XII, 1874-1885.
V. 2. Regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena, 1885-1902.
V. 3. Reinado de Alfonso XIII, 1902-1923 
VI. Dictadura de Primo de Rivera, 1923-1930, con:
VI. 1. Asamblea Nacional, 1927-1929. 
VII. Segunda República Española, 1931-1939.
VIII. Franquismo. Cortes Españolas, 1943 -1977

Cada uno de estos periodos va introducido por un breve resumen histórico reseñando los hechos más relevantes de esos años. En el texto se muestran distintos enlaces a imágenes o documentos que pretenden ilustrar y testimoniar la historia política y parlamentaria dando además a conocer el patrimonio documental y bibliográfico del Congreso de los Diputados.

Además en cada periodo aparecen bajo la elección correspondiente los datos relativos a cada una de las legislaturas, así como el resumen o reseña, según los casos, que se publicaba al final de los índices del Diario de Sesiones. Y a continuación se enumeran los presidentes de la cámara, durante cada una de las legislaturas con un enlace al apartado referente a los mismos en la página institucional.

Continúo hoy la historia del parlamento español subiendo al blog los documentos relacionados con el denominado Bienio Progresista (1854-1856).

La Década Moderada finaliza con la Revolución de 1854. El partido moderado y el gobierno del conde de San Luis se encuentran desgastados. Espartero propone a la Reina la convocatoria de unas nuevas Cortes Constituyentes, y que éstas estén  formadas solo por el Congreso de los Diputados, para impedir la presión conservadora del Senado. 

Tras las elecciones, celebradas el 4 de octubre, las nuevas Cortes Constituyentes abren sus sesiones el 8 de noviembre de 1854. En la Sesión Regia de apertura, el discurso de la Reina Isabel II recobra el apoyo popular al acercarse  a los progresistas. Se nombra una Comisión Constitucional para que elabore un nuevo texto. En primer lugar, se discute el tema de la soberanía nacional, que es el punto conflictivo entre moderados y progresistas. Los derechos individuales quedan reforzados y garantizados. José María Orense no consigue introducir el sufragio universal. La cuestión religiosa es objeto de debate entre los partidarios de recoger en el texto la unidad católica de España y los que pretenden introducir la libertad de cultos. Se respetan las dos cámaras, pero el Senado pasa a ser electivo, para que sus miembros sean designados igual que los diputados. Las cuestiones más cercanas a los progresistas fueron las relacionadas con los municipios, la milicia nacional y la instauración del jurado.



Sesión Regia de Apertura de las Cortes Constituyentes el 8/11/54.

La Constitución de la Monarquía española de 1856 (parte 01) (parte 02) no llega a regir en España, pues, discutida y votada por las Cortes constituyentes, antes de llegar a promulgarse, se publica el Real Decreto de 15 de septiembre de 1856, que reestablece la Constitución de 23 de mayo de 1845. 

Destaca en este bienio la Ley Desamortizadora promulgada el 1 de mayo de 1855, conocida como la Desamortización de Madoz. Pascual Madoz es recordado por su obra Diccionario geográfico, histórico y estadístico de España y sus posesiones de Ultramar, 1848-1850, en 16 volúmenes, que representa el primer intento de recogida  de datos estadísticos de toda la geografía política y social de España. 

El 15 de septiembre de 1856, el presidente del Consejo de Ministros, O´Donnell, firma en Palacio, un Acta Adicional a la Constitución de la Monarquía Española de 1845. La vigencia del Acta Adicional es tan breve que queda sin efecto por otro Real Decreto de 14 de octubre del mismo año, que dispone que rija y se observe sólo la ley constitucional de 23 de mayo de 1845. 






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[Humor en cápsulas] Para hoy lunes, 25 de septiembre de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; Forges, Peridis, Ros, El Roto y Sciammarella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





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domingo, 24 de septiembre de 2017

[A vuelapluma] Mesura, sangre fría, y no volar todos los puentes





Ante un golpe de Estado y una rebelión popular como la que se está gestando en Cataluña lo difícil del doble reto es combinar firmeza y mesura, sangre fría y no volar los puentes que quedan.

Un golpe de Estado y una rebelión popular, encadenados, simultáneos, ambos iniciados, y ambos a media cocción. Eso es lo que sucede en Cataluña, acaba de de escribir el periodista Xavier Vidal-Foch en El País.

Lo primero ha sido la tentativa de culminar el golpe desencadenado el 6 y 8 de septiembre en el Parlament al imponerse las leyes de ruptura o “desconexión” que pretendieron derogar la legalidad democrática vigente abrogando antes su legitimidad.

La esencia de esta operación es la ruptura del Estatut. Más concretamente, algo tan detallista como la abrupta cancelación de su legítimo mecanismo de reforma: el artículo 222, que, para emprenderla, “requiere el voto favorable de las dos terceras partes de los miembros” de la Cámara y no una simple mayoría.

Ese propósito se fraguó ya en los preparativos de las elecciones “plebiscitarias” del 27-S de 2015. “Un fantasma se cierne sobre Cataluña, el de un golpe contra el Estatut, el de un golpe contra la legalidad catalana, el de un golpe contra los ciudadanos catalanes. Eso sí, paradójicamente ideado, planificado y a ejecutar por catalanes: se trata pues, propiamente, de un autogolpe”, radiografié dos meses antes (Un golpe contra Cataluña, EL PAÍS, 25/7/2015).

La operación “implica”, añadía, “la subversión del ordenamiento y la ocupación ilegítima de las instituciones, o su desnaturalización”. Para lo que no obstaba la ausencia de una violencia indiscriminada, como ilustra el del general Primo de Rivera, un “mero pronunciamiento”, y otros reseñados en Técnicas de golpe de Estado, de Curzio Malaparte (Planeta, 2009).

Como este desentrañó en el golpe de Bonaparte, lo esencial es “parecer que obedece las leyes, sus acciones deben conservar todas las apariencias de la legalidad”. Y “su objetivo táctico es el Parlamento: quieren conquistar el Estado mediante el Parlamento”, exactamente lo buscado en la bochornosa sesión del día 6 en el Parlament de la Ciutadella.

En un brillante artículo, el profesor Javier García Fernández apeló recientemente a Hans Kelsen cuando este indicaba que hay un golpe de Estado cuando “el orden jurídico de una comunidad es anulado y sustituido en forma ilegítima por un nuevo orden” (EL PAÍS, 31/8).

Y el notari de Catalunya, Juan-José López Burniol, precisó tras el parlamentazo que “ha sido un golpe de Estado porque lo hay siempre que se produce una subversión total del ordenamiento jurídico establecido con voluntad explícita de hacerse con el control absoluto del poder” (La Vanguardia, 16/9). También lo han dicho Joan Tapia (El Periódico, 17/9), y Mario Vargas Llosa y Josep Borrell, anteayer.

Ahora bien, cada caso es distinto, aunque todos exhiban rasgos comunes. Y el rasgo diferencial del caso catalán es la concatenación del golpe con el burbujeo de una rebelión popular de una parte notable de la ciudadanía catalana, con nostalgia de aromas de 14 de abril. La autoridad insubordinada apela a ella para tomar prestado algún grado de legitimidad. Y esta se la concede a gusto, contra su propio interés.

Así que al intento de toma y destrucción del Estado por el bloque de los indepes indesmayables se une parte del frente antiRajoy. Una porción de quienes —infinidad en Cataluña— detestan al PP. Y que no solo no posponen sino que colocan en primer plano su responsabilidad pasada en la gestación de la crisis: la campaña antiEstatut de 2006, la parálisis del Gobierno durante un lustro, sin plantear respuestas políticas. La confluencia de ambos afluentes da la calle reactiva a los registros y otras actuaciones judiciales de anteayer: y de próximas jornadas.

Muchos, los anticonservadores legalistas, anteponen con acierto la defensa del orden democrático a ese historicismo, y consideran que no hay que llorar sobre la leche derramada. Pero el ruido de la coyunda entre quienes practican el golpe y quienes lo aplauden como si no lo fuera, y como forma expeditiva y espúrea de echar a un Gobierno (en vez de la propia en democracia, convencer a la mayoría) es atronador. Y un cierto manejo mediático del mismo ofrece la imagen distorsionada del espejo cóncavo.

La dificultad del momento para la democracia y para las autoridades reside en combinar el recetario con que afrontar los dos males al mismo tiempo. Contra el golpismo, cualquier medida del ordenamiento constitucional puede convenir, si se encaja legalmente: el principio es la suficiencia, del que forma parte la rotundidad que resulte indispensable.

Y ante la rebelión popular es preciso extremar precisión y proporcionalidad, nunca estropear más de lo que se arregla. No porque el empleo de esos principios vaya a convencerla de entrada —ya hemos visto nutridas manifestaciones contra las primeras medidas judiciales, que eran notoriamente selectivas— sino, porque solo sobre el sentido de la mesura puede sembrarse para pronto la siempre aplazada vía política —–y explicarla bien desde ya; no basta con la justificación de la actuación coercitiva—: el diálogo normalizador, las propuestas, las reformas, la negociación… con quienes la prefieran, y la antepongan al caos. 





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos.  HArendt




HArendt





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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)