viernes, 20 de febrero de 2026

ADIÓS Y BUENA SUERTE, DAVID BROOKS. ESPECIAL UNO DE HOY, VIERNES, 20 DE FEBRERO DE 2026








Sus reflexiones sobre la moralidad personal han sido reflexivas; sus opiniones sobre la moralidad pública y nuestra economía política, mucho menos, escribe en Substack (16/02/2026) el profesor Robert Reich.

Amigos, comienza diciendo, el columnista del New York Times, David Brooks, quien personifica el oxímoron "pensador conservador" mejor que nadie que conozco, ha anunciado que deja su puesto. Esto merece una mención especial, ya que su trabajo como comentarista ha sido influyente entre neoconservadores y neoliberales.

Las reflexiones de Brooks sobre la moralidad y el carácter personal me han parecido provocativas y reflexivas durante los últimos años.

Pero cuando se ha aventurado en la política y la economía, como solía hacer con bastante regularidad, Brooks ha demostrado una ignorancia tan profunda que a menudo me he sentido obligado a corregir los hechos para evitar que su ilógica contamine permanentemente el debate público.

Tal ha sido el caso de sus columnas en las que sostiene que deberíamos centrarnos en los “problemas sociales interrelacionados de los pobres” en lugar de en la desigualdad económica, y que ambos son fundamentalmente distintos. Basura.

Cuando las ganancias del crecimiento llegan a los más ricos —como ha ocurrido cada vez más en los últimos 40 años—, la clase media pierde el poder adquisitivo necesario para mantener la economía en marcha. De ahí la estanflación intermitente que hemos padecido durante décadas.

La escasez de empleos y el crecimiento lento afectan especialmente a los pobres, porque son los primeros en ser despedidos, los últimos en ser contratados y los más propensos a soportar el peso de los salarios estancados y la disminución de los beneficios.

Además, cuando la clase media está bajo presión, se vuelve menos generosa con los necesitados. Los "problemas sociales interrelacionados" de los pobres presumiblemente requieren recursos públicos. Pero una clase media con precariedad financiera no siente que pueda permitirse pagar más impuestos (y los superricos han tenido el poder político para reducir sus tasas impositivas).

La disminución de la clase media estadounidense también ha obstaculizado la movilidad ascendente de los pobres del país, quienes ahora enfrentan un desafío más abrumador porque la escala del ingreso es mucho más larga que antes y sus peldaños intermedios han desaparecido.

Brooks ha argumentado que no deberíamos hablar de poder político desigual, porque tales expresiones causan “divisiones” que dificultan alcanzar un consenso político sobre qué hacer por los pobres.

Tonterías. La desigualdad de poder político no ha alimentado la división; la división ha sido alimentada por la desigualdad de poder político.

Décadas antes de Trump, los súper ricos comenzaron a gastar enormes sumas en relaciones públicas, centros de estudios y campañas políticas, todo lo cual vilipendió a los liberales, empezando por los hermanos Koch y culminando con Elon Musk.

Al mismo tiempo, una clase trabajadora cada vez más enojada —justificadamente enojada porque el juego estaba amañado en su contra— era cada vez más susceptible a los demagogos de derecha que canalizaron su enojo hacia la intolerancia nativista, que culminó en Trump.

La división amarga es el resultado de una desigualdad cada vez mayor: su consecuencia más nociva y nefasta, y la amenaza más fundamental para nuestra democracia. Todo esto ocurrió antes de Trump, aunque Trump se benefició de ello y al mismo tiempo lo agravó.

Durante cuatro décadas, el gran dinero ha invadido Washington y muchas capitales estatales, ahogando cada vez más las voces de los estadounidenses promedio, llenando las arcas de campaña de los candidatos que cumplirán sus órdenes, financiando ataques contra los sindicatos, los inmigrantes, las personas trans, los negros y los latinos, y financiando un vasto imperio de periodistas, expertos y políticos de derecha.

El hecho de que David Brooks, uno de los más reflexivos de todos los expertos conservadores, no haya visto ni reconocido esto —a pesar de su encomiable interés en el desarrollo moral y el carácter personal— es una señal de hasta qué punto incluso la derecha moderada se ha alejado de la realidad que viven la mayoría de los estadounidenses todos los días.

Le deseo a Brooks lo mejor en sus nuevas actividades. Sean cuales sean, espero que comience a explorar las importantes relaciones entre la creciente desigualdad económica y la crisis de moralidad personal que ha reconocido con tanta facilidad y acierto. Creo que están estrechamente entrelazadas.

 















SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI, DIVENDRES, 20 DE FEBRER, EN CATALÀ

 







Hola, bon dia de nou a tots i feliç divendres, 20 de febrer de 2026, Dia Internacional del Gat. Anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera, de l'escriptor Sergio del Molino, en què diu que la història de la humanitat és la història de les migracions, i que qui s'aferra a un passat pur, o és un cínic, o és un ingenu que no comprèn que la seva vida està feta de les pedretes i la sorra que portaven a les sabates milions d'errants al camí. La segona és un arxiu del bloc febrer del 2020, escrit pel periodista Joaquín Estefanía, en què ens recordava les idees equivocades també van ser responsables que els ciutadans haguessin viscut gairebé una dècada de profunda crisi econòmica, mentre creien estar segurs i que no es repetirien els excessos del passat. El poema del dia és del poeta hispanonicaragüenc William González Guevara, i es titula El fill de l'estrangera. I la quartamy última, com sempre, són les vinyetes del bloc. Sigueu feliços, si us plau. Ens veiem demà si la deessa Fortuna ho permet. Tamaragua, amics meus. Petons. Els vull. HArendt













ENTRADA NÚM. 8926

LA HISTORIA DE LA HUMANIDAD ES LA HISTORIA DE LAS MIGRACIONES









La historia de la humanidad es la historia de las migraciones, comenta en la revista Ethic (12/02/2026) el escritor Sergio del Molino, y quien se aferra a un pasado puro, o es un cínico, o es un ingenuo que no comprende que su vida está hecha de las piedritas y la arena que llevaban en los zapatos millones de errantes en el camino.

Follow the money, decían los investigadores de la serie The Wire, inspirándose en la trama de Todos los hombres del presidente. Sigue el rastro del dinero y llegarás al capo de la mafia. Así proceden los inspectores de hacienda y los sociólogos, y así deberíamos proceder en cuestiones de identidad. Nos perdemos en debates ontológicos y metafísicos sobre el ser nacional, qué significa ser extranjero o qué constituye un país, pero el galimatías se aclara enseguida si seguimos el dinero. Eso es, en resumen, lo que le dijo Karl Marx a Hegel: déjate de fenomenologías, tío, y sigue el dinero. Solo así entenderás cómo funciona el mundo.

Siguiendo el dinero se ven claras las raíces del nacionalismo vasco, por ejemplo. El aranismo de finales del XIX tenía una obsesión por la pureza étnica, que sentía amenazada por la llegada masiva de campesinos de la meseta y del sur de España para trabajar en las acerías. Asustados ante tanto pobre rebozado en hollín, los aranistas se encastillaron en un sentimiento de casta (de donde viene el adjetivo castizo) justificado por la pureza de sangre: los vascos eran un pueblo inmaculado, impermeable al latín de los romanos. No era Sabino Arana el primero que recurría a esa virginidad ancestral. Los señores de Vizcaya ya habían ahormado el mito en tiempos de la Contrarreforma. Cuando la Inquisición perseguía a herejes y conversos por toda España, los nobles vizcaínos aducían que a sus tierras no llegaron moros ni judíos, y presumían de ser los únicos cristianos viejos en un país de advenedizos y mil leches.

No los animaba el fervor religioso, sino el dinero. El certificado de pureza de sangre era un documento imprescindible para participar de la rapiña conquistadora. No se concedían encomiendas ni sinecuras en las tierras usurpadas a los moros o en las Indias a personajes de linaje dudoso. La pureza cristiana de los vizcaínos les garantizaba el monopolio de la administración imperial, de ahí que la toponimia de América esté llena de sonoridades euskaldunas y de que muchos criollos que acaudillaron la independencia de las repúblicas americanas —y cuyos descendientes siguen ocupando escaños y presidencias— tuvieran más de ocho apellidos vascos.

Quien quiera saber por qué la identidad es tan importante, que no escarbe en los sentimientos de los poetas ni se deje engañar por la nostalgia de los emigrantes. Basta con seguir la plata que descendía el río de la ídem desde Potosí a Buenos Aires y se embarcaba en galeones rumbo a Cádiz. Esquivando a corsarios ingleses y tempestades en los trópicos, la expedición llegará segura a los puertos de Sabino Arana y a los verdes, rojos y blancos de la ikurriña. Hoy, como entonces, se trata de quedarse con el oro y no compartirlo con los de la tribu de al lado, a los que se acusa de viles e impuros. En definitiva, indignos de la prosperidad.

La pureza es un mito para justificar conquistas o para preservar privilegios que se sienten amenazados. Consolidar esos mitos requiere mucha coacción y propaganda, pues la experiencia cotidiana nos dice que estamos hechos de millones de mezclas. Las formas puras solo existen en las abstracciones de la geometría y en las alturas celestes de la teoría. Vivir es convivir. Y convivir es mancharse, dejarse influir por el otro. La endogamia es el camino más seguro hacia la extinción y el retraso mental.

No hay ninguna sociedad que no sea el resultado de hibridaciones. No hay ninguna lengua, ni siquiera la ancestral vasca, que no esté hecha de otras tantas que la precedieron, la cercaron, la degradaron o la desplazaron. En España hablamos un latín al que se le engastaron palabras ibéricas y celtas (balsa, vega), y venía ya muy baqueteado de etrusco (ancla, cebolla) y griego (teatro, bodega). Se nos pringó después del alemán primitivo que hablaban los visigodos (guerra, ropa), del vasco (izquierda, boina, chatarra, bacalao) y, por supuesto, del árabe (al- mohada, la mitad de los topónimos de España, miles de palabras, incluida ojalá), pero también del náhuatl (chocolate, tomate, chicle), del maya (patatús, campechano) y del quechua (cancha, chiripa, china, en su acepción de ‘piedrita’), entre otros muchos idiomas con los que el castellano copula, en una orgía lingüística perpetua. Hablamos con palabras muy viejas que ya sonaban en Iberia antes de los fenicios, pero también con muchas otras que dejaron en prenda los conquistados, los conquistadores y todos los errantes que iban de acá para allá por mil motivos.

Lo mismo sucede con la comida: toda cocina es fusión. Cuando comemos un cocido, sorbemos la sopa de la adafina judía, la olla podrida cristiana y el cuscús magrebí. Sin América, el caldo no tendría esa tintura roja del pimentón, ni existiría el chorizo «de mi pueblo» que con tanto orgullo chovinista se celebra. Ni los tomates de Barbastro ni las patatas gallegas proceden de Barbastro o de Galicia, como el asado argentino está hecho de vacas europeas emigrantes. No hay un solo plato tradicional que no sea el resultado de invasiones y cruces de otras tradiciones que, a su vez, son mezclas de otras muchas. ¿Acaso el sushi y el kebab no son ya gastronomía española, tan cotidianos como el gazpacho? Porque hubo un día en que el gazpacho fue cocina exótica en Burgos. Dentro de cien años, solo los eruditos sabrán que el sushi es originario de Japón.

Frente a la imagen nacional de una comunidad estática y perenne que persiste siglo tras siglo, idéntica a sí misma, se impone la idea de un mundo dinámico, un péndulo de Foucault imparable de masas que van y vienen, cuestionando el mito del sedentarismo. Que el Homo sapiens arase la tierra y fundase ciudades en ese período que llamamos neolítico, origen de los Estados modernos, no significa que los individuos abandonasen sus hábitos nómadas. Nunca hemos dejado la manía de ir de un lado para otro con la mudanza a cuestas. A veces, como invasores y colonos. Otras, como inmigrantes pobres que buscan prosperar en la tribu más rica, a menudo lavándoles los platos y las letrinas. Siempre, como errantes que persiguen un lugar en el mundo y casi nunca lo encuentran. O lo hacen por un tiempo breve, hasta que sus hijos o sus nietos echan a andar otra vez.

Quien se aferra a un pasado puro, o es un cínico, como los señores de Vizcaya del siglo XVI que querían quedarse la plata de las Indias, o es un ingenuo que no comprende que su vida está hecha de las piedritas y la arena que llevaban en los zapatos millones de errantes. Y no hace falta adoptar una perspectiva global ni panhistórica para verlo.

Alberto Núñez Feijóo debe su liderazgo del Partido Popular a su condición previa de presidente de la Xunta de Galicia. Como tal, recogió el legado de un pueblo forjado en la emigración, hasta el punto de generar una metonimia: a los españoles en Argentina y Uruguay se les llama «gallegos». Feijóo ha hecho campaña en Buenos Aires y ha aprobado subvenciones para mantener las casas gallegas de La Habana o de Zúrich, adonde mandaba grupos de folclore, poetas y pulpeiras para atemperarles la morriña. En la biografía de todos los gallegos vive el recuerdo de la emigración masiva que aún marca el paisaje urbano. Basta con ver las escuelas de indianos en los pueblos, pagadas con el dinero de los emigrados, o darse una vuelta por los jardines de Laxe de Vigo, donde los restaurantes de moda ocupan los locales de las viejas navieras que llevaban a los gallegos pobres a ultramar. Aún se conservan los despachos de billetes y las tablas con las tarifas. Sin embargo, como líder nacional, el antiguo presidente de Galicia promueve políticas de retribalización: al tiempo que celebra el legado de los emigrantes gallegos, quiere cerrarle el paso a los migrantes que hoy aspiran a vivir en Galicia y en el resto de España.

Las religiones son instrumentos del tribalismo, pero tanto el cristianismo como el Islam se plantearon como revoluciones ecuménicas. El mandato evangélico de acoger a los que huyen y la proverbial hospitalidad árabe manifiestan la conciencia de que el mundo siempre está en movimiento y de que el enrocamiento tribal es contrario al tejido comunitario y a la virtud. Se acoge a los migrantes porque nosotros también podemos serlo. Olvidarlo es entregarse a la política del miedo, el primer paso para convertir en monstruos a los forasteros.

Temer la disolución de la cultura propia en otras extranjeras supone tener miedo a la humanidad misma

Antes de convertirse en fanáticos que se masacraban entre sí, los primeros revolucionarios cristianos y árabes entendieron que las diferencias culturales son accidentes superficiales que se traspasan con facilidad. La literatura y el arte alcanzan la universalidad porque a través de ellos nos reconocemos por encima de cualquier minucia tribal. No hay dioses ni lenguas ni reyes ni océanos lo bastante grandes que nos impidan entender a ese forastero que se parece tanto a nosotros. Llora por lo mismo. Tal vez no se ría por los mismos chistes, porque el humor es contexto e inmediatez, y su efecto rara vez se siente fuera del momento y el grupo de amigos en el que se pronuncia, pero comprende nuestros pesares y placeres porque los seres humanos estamos hechos para comprendernos de un vistazo. Incluso comemos lo mismo en todas partes, por rara o incomestible que nos parezca a primera vista la gastronomía de los demás.

En la Odisea se celebran muchas hecatombes. Si la traducción es fina, el lector se imagina fácilmente los banquetes: sacrifican bueyes o corderos, asan las piernas y las cortan en trocitos pequeños que comen con pan ácimo y verduras. Es decir, comen un kebab, que es lo que compartió Jesucristo con sus apóstoles en la última cena. Cuando los soldados de Hernán Cortés entran en la plaza de Tenochtitlán, Bernal Díaz del Castillo describe a unas mujeres acuclilladas que preparan unas tortas de maíz rellenas de carne y unas verduras que no identifica, pero que a los ojos de cualquiera se presentan como tacos: los turistas de hoy se encuentran a las descendientes de esas mujeres vendiendo tacos muy parecidos en el Zócalo de Ciudad de México.

Pasada la impresión inicial, al segundo mordisco nos reconocemos en la comida de los otros, porque todas las gastronomías son combinaciones de proteínas, verduras e hidratos mucho menos diferentes de lo que parecen. Una pizza de anchoas, un taco al pastor, una crepe de salmón, una empanada de zorza, un sándwich de pepino inglés, un giros con patatas o un bao de pulpo en tempura son lo mismo, como las culturas son variaciones de un mismo tema humano. Por eso los japoneses también lloran con la Chacona de Bach, como si fuesen luteranos alemanes del siglo XVIII. Temer la disolución de la cultura propia en otras extranjeras supone tener miedo a la humanidad misma y engañarse creyendo que hay algo irreductible y original en nuestra habla o nuestras costumbres volanderas, cuando no son más que plagios y refritos de tantas otras. Hojas y formas que arrastran los caminantes, nada más.

Abrazar el ecumenismo significa aceptar nuestra impureza y nuestra naturaleza bastarda. Renunciar a las ilusiones de nobleza es un imperativo necesario para que las sociedades complejas y abiertas de Europa sigan mutando como siempre han hecho, albergando en un ideal democrático ese mosaico cuyas teselas van a fundirse sin remedio y sin que se noten las líneas de fisura. Sucederá así, lo quieran los xenófobos o no, y será más fácil para todos si lo aceptan de primeras y no se enrocan como Sabino Arana, protegiendo su castillito de arena de una marea que no cesa y ante la que solo cabe nadar.
























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, LOS RESPONSABLES INTELECTUALES. PUBLICADO EL 19/02/2020

 









"Las ideas equivocadas -escribe en el A vuelapluma de hoy miércoles el periodista Joaquín Estefanía- también son responsables de que los ciudadanos hayan vivido casi una década de profunda crisis económica, mientras creían estar seguros y que no se repetirían los excesos del pasado. Es imprescindible corregirlas para que las dificultades no vuelvan. Una de esas ideas fue la llamada “austeridad expansiva”, que decía que todo ajuste basado en un recorte del gasto público tendrá finalmente carácter expansivo, olvidando a los que se quedan por el camino. Sus teóricos han sido los responsables intelectuales de la Gran Recesión, a los que se han de unir los protagonistas prácticos de la mayor operación de engaño de la historia moderna (una redistribución de la renta y la riqueza a la inversa) y los supervisores que no supervisaron.

Uno de los personajes que aplicaron con más rigor esa austeridad expansiva fue el alemán Wolfgang Schäuble, hoy presidente del Bundestag y antiguo ministro de Finanzas, que acaba de declarar que no cree que el populismo sea consecuencia de las políticas de austeridad por las que una parte importante de los europeos se sintió abandonada: “Los hechos hablan en contra de esas suposiciones no académicas (…). Yo creo que las causas son otras”.

La austeridad expansiva tiene varios padres. Ahora, uno de ellos, el profesor de la Universidad de Harvard Alberto Alesina, publica un libro (Austeridad; Deusto) en el que reivindica lo que él mismo y su colega Silvia Ardagna llevan diciendo desde finales de los años noventa: que no hay una sino dos austeridades: la basada en la subida de los impuestos (austeridad recesiva) y la que se centra en el recorte de gastos, que es la buena porque la austeridad y el crecimiento se hacen compatibles (austeridad expansiva). Nuestras investigaciones, dice Alesina, certifican que hay una diferencia importante en cuanto al efecto de los planes de la austeridad basado en el aumento de los impuestos y los paquetes de medidas de consolidación centradas principalmente en las reducciones del gasto. A favor de estos últimos.

Los autores (Alesina y dos profesores de Milán) acusan a los que han hecho balance de las políticas seguidas durante la Gran Recesión en Europa y las han calificado de estrepitoso fracaso, porque el crecimiento ha sido menor que antes y la deuda no ha disminuido, de llevar a una discusión tóxica o cuando menos áspera e ideologizada, lo que termina produciendo una conversación inútil e improductiva. Sin embargo, a lo largo de las 335 páginas de su texto no hay ni una sola reflexión central sobre los perdedores de las políticas de recortes de gasto y devaluación salarial que se han aplicado al menos entre los años 2008 y 2014.

Alesina contesta directamente a los que afirman que la austeridad, tal como ha sido concebida (una forma de deflación voluntaria por la cual la economía entra en un proceso de ajuste basado en más paro, reducción de salarios y un menor gasto social con el objeto de disminuir la deuda y el déficit), es una idea peligrosa que ha sido refutada por la realidad, sin que sus teóricos hayan hecho la menor autocrítica académica o profesional. Mark Blyth, un profesor de la Universidad de Brown, escribió en 2014: “No obstante, y a pesar de que [incluso] el Fondo Monetario Internacional ha perdido la fe en la austeridad, esto no significa que sus defensores no estén tratando de encontrar nuevos ejemplos de su (presunto) funcionamiento positivo. Hay demasiadas reputaciones en juego, y demasiado es también el capital político invertido, como para permitir que unos simples e inoportunos hechos vengan a interponerse en el camino de esta ideología”.

Alesina et altri escriben que no es cierto que la austeridad sea un “beso de la muerte” para los Gobiernos que adoptan este tipo de políticas. Desmienten con ello aquellas declaraciones del expresidente de la Comisión Europea Jean-Claude ­Juncker cuando dijo sobre los programas de ajuste: “Todos sabemos qué políticas debemos aplicar, lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si las aplicamos”. A vuelapluma es una locución adverbial que el Diccionario de la lengua española define como texto escrito "muy deprisa, a merced de la inspiración, sin detenerse a meditar, sin vacilación ni esfuerzo". No es del todo cierto, al menos en mi caso, y quiero suponer que tampoco en el de los autores cuyos textos subo al blog. Espero que los sigan disfrutando, como yo, por mucho tiempo. 














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL HIJO DE LA EXTRANJERA, DE WILLIAM GONZÁLEZ GUEVARA

 







EL HIJO DE LA EXTRANJERA

(vivencias)


Los sufrimientos son enormes, pero hay que ser fuerte,

haber nacido poeta, y yo me he reconocido poeta.

No soy enteramente responsable de esto.

Rimbaud




I


Creció en un piso lleno de humedades,

averías constantes, manchas, plagas.

Su pobre estantería fue creciendo

—hay quienes no nacimos entre versos—.

Primero, con los libros que robaba

de bibliotecas públicas: “No puedes

sacar más ejemplares. Te han vetado”.

Después, solicitando poemarios

en su instituto, hurtando obras célebres

en grandes ferias antiguas del libro.

Con su mejor amigo recorría las calles

en busca de libritos desechados,

radiantes en los cubos de basura.

Algunas madrugadas encontraban

manuales que versaban sobre métrica.

Así empezó a jugar con el lenguaje.


II


Con dieciséis llegaron los trabajos

en grandes almacenes retirados

del amplio corazón de la ciudad.

Primeras incursiones laborales:

haciendo de canguro en barrios pijos,

Starbucks, La Sureña, Burger King.

Cuando cobraba, junto con su amigo,

compraba en librerías de la zona

buscando poemarios económicos.

Reconocía sus limitaciones:

antologías, libros tapa dura

que valiera la pena devorarlos.

No tenía dinero suficiente,

pero ya no robaba.

Sentía sus aromas desprenderse,

olor a libro nuevo. ¡Qué delicia!

Con veintidós recién cumplidos lleva

un tatuaje en el pecho:

On n’est pas sérieux, quand on a dix-sept ans.






WILLIAM GONZÁLEZ GUEVARA (2000)

poeta hispano-nicaragüense

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 20 DE FEBRERO DE 2026

 




























jueves, 19 de febrero de 2026

LA MISERIA DE LA CLASE EPSTEIN. ESPECIAL UNO DE HOY, JUEVES, 19 DE FEBRERO DE 2026

 







Feliz Día de los Presidentes, escribe el profesor Robert Reich en Substack (16/02/2026). Amigos, comienza diciendo, así respondió el congresista republicano de Kentucky, Thomas Massie, el domingo, durante el programa “This Week” de ABC, a una pregunta sobre el manejo de los archivos de Epstein por parte del régimen de Trump:

Se trata de la clase Epstein... Son multimillonarios que eran amigos de esta gente, y a eso me enfrento en Washington, D.C. Donald Trump nos dijo que, aunque cenara con este tipo de gente en Nueva York y West Palm Beach, sería transparente. Pero no lo es. Sigue involucrado con la clase Epstein. Esta es la administración Epstein. Y me atacan por intentar que se publiquen estos archivos.

La clase Epstein. No solo quienes se acostaron con Jeffrey Epstein ni quienes abusaron de niñas. Es un mundo interconectado de hombres inmensamente ricos, prominentes, con derechos, engreídos, poderosos y engreídos (en su mayoría). Trump es el presidente honorario.

Trump aparece 1433 veces en los archivos de Epstein hasta la fecha. Sus multimillonarios patrocinadores también son miembros. Elon Musk aparece 1122 veces. Howard Lutnick es miembro. También lo son Peter Thiel, quien apoya a Trump ( 2710 veces), y Leslie Wexner ( 565 veces). Al igual que Steven Witkoff, ahora enviado de Trump a Oriente Medio, y Steve Bannon, consejero de Trump ( 1855 veces).

La clase Epstein no se limita a los donantes de Trump. Bill Clinton es miembro ( 1192 veces), al igual que Larry Summers ( 5621 veces). También lo son el fundador de LinkedIn, Reid Hoffman ( 3769 veces), el príncipe Andrés ( 1821 veces), Bill Gates ( 6385 veces) y Steve Tisch, copropietario de los New York Giants ( 429 veces).

Si no es la política, ¿qué conecta a los miembros de la clase Epstein? No se trata solo de la riqueza. Algunos miembros no son particularmente ricos, pero tienen conexiones sólidas. Se aprovechan de su prominencia, de a quién conocen y de quién les devuelve las llamadas.

Intercambian información privilegiada sobre acciones, movimientos de divisas, ofertas públicas iniciales (OPI) y nuevos mecanismos de evasión fiscal. Sobre cómo entrar en clubes exclusivos, reservar en restaurantes elegantes, hoteles lujosos y viajes exóticos.

Se entretienen mutuamente, se alojan en sus respectivas casas de huéspedes y villas. Algunos intercambian consejos sobre cómo conseguir ciertas drogas, sexo erótico o valiosas obras de arte. Y, por supuesto, cómo acumular más riqueza.

La mayoría de los miembros de la clase Epstein se han recluido en su propio mundo, pequeño, aislado y miserable. Están desconectados del resto de la sociedad. La mayoría no cree particularmente en la democracia; Peter Thiel (recuerde que aparece 2710 veces en los archivos de Epstein) ha dicho que «ya no cree que la libertad y la democracia sean compatibles». Muchos invierten su fortuna en elegir a personas que cumplan sus órdenes. Por lo tanto, son políticamente peligrosos.

La clase Epstein es el subproducto de una economía que surgió durante las últimas dos décadas, de la cual esta nueva élite ha extraído enormes cantidades de riqueza. Es una economía que prácticamente no se parece a la de Estados Unidos a mediados del siglo XX. Las empresas más valiosas de esta nueva economía tienen pocos trabajadores porque no fabrican. Lo diseñan. Crean ideas. Venden conceptos. Transfieren dinero. El valor de las empresas en esta nueva economía no reside en fábricas, edificios ni máquinas. Está en algoritmos, sistemas operativos, estándares, marcas y vastas redes de usuarios que se retroalimentan.

Recuerdo cuando IBM era la empresa más valiosa del país y uno de sus mayores empleadores, con una nómina en la década de 1980 de casi 400.000 empleados. Hoy, Nvidia es casi 20 veces más valiosa que IBM entonces y cinco veces más rentable (ajustado a la inflación), pero emplea a poco más de 40.000 personas. Nvidia, a diferencia de la antigua IBM, diseña, pero no fabrica sus productos.

En los últimos tres años, los ingresos de Alphabet, la empresa matriz de Google, han crecido un 43 %, mientras que su nómina se ha mantenido estable. Los ingresos de Amazon se han disparado, pero están eliminando puestos de trabajo.

Los miembros de la Clase Epstein reciben su remuneración en acciones. Con el aumento de las ganancias corporativas, el mercado bursátil se ha disparado. Con el aumento del mercado bursátil, la remuneración de la Clase Epstein ha alcanzado cifras astronómicas.

Mientras tanto, la mayoría de los estadounidenses están atrapados en una economía anticuada, donde dependen de salarios cada vez más bajos y de una disminución del número de empleos. El Banco de la Reserva Federal de Nueva York acaba de informar que las tasas de morosidad hipotecaria en los hogares de bajos ingresos están aumentando.

La vivienda asequible no es un problema exclusivo de la clase Epstein. Tampoco lo es la desigualdad de ingresos. Ni la pérdida de nuestra democracia. Ni los efectos nocivos de las redes sociales en jóvenes y niños.

Cuando el mayor defensor de la tecnología de Silicon Valley en el Congreso, el representante Ro Khanna, anunció recientemente su apoyo a un impuesto a los multimillonarios de California, para ayudar a llenar el vacío creado por los recortes de Trump a Medicare (que, a su vez, dieron paso al segundo gran recorte de impuestos de Trump para los ricos), la clase de Epstein tuvo un ataque.

Vinod Khosla, uno de los capitalistas de riesgo más destacados de Silicon Valley, con un patrimonio neto estimado en más de 13 mil millones de dólares (y que es mencionado apenas 182 veces en los archivos de Epstein, pero no es amigo de Trump), llamó a Khanna un "camarada comunista".

Khosla, por cierto, es más conocido por haber comprado 89 acres de propiedad frente al mar en California en 2008 por 32,5 millones de dólares, y luego intentar bloquear el acceso público al océano con una puerta cerrada y letreros. A pesar de perder múltiples fallos judiciales, incluyendo una apelación ante la Corte Suprema en 2018, continúa con la disputa. No es nada elegante, pero, digamos, es un movimiento típico de la clase Epstein.