domingo, 18 de octubre de 2026

UN ESPECIAL PARA EL DOMINGO: LAS TRIBULACIONES DEL MILLONARIO ESTOICO, POR IRENE VALLEJO

 






Érase una vez la disciplina. El trono del esfuerzo. Madruga, haz ejercicio, invierte, explota tu mejor versión, adiestra tu cuerpo y mente para ser invulnerable. Esculpe la realidad con el cincel de tus pensamientos. En nombre de la filosofía estoica, con un repertorio de citas de Marco Aurelio siempre a punto, los nuevos centuriones del triunfo —hoy sin túnica ni camiseta— ofrecen desde sus tribunas virtuales consignas, vídeos, cursos, libros y conferencias con técnicas infalibles para tomar las riendas de tu vida. No lo dudes, eres jinete de las adversidades, capitán de tu destino. Por suerte es verdad; la mala noticia es que también es mentira. Los genuinos estoicos griegos y romanos insistían en distinguir entre lo que podemos controlar y lo que escapa de nuestras manos: los logros de la voluntad se equilibran con el peso de las circunstancias —salud, dinero, apoyos—. Aquellos filósofos antiguos exaltaban, es cierto, el trabajo interior. Pero no prometían que triunfarías, prometían que el éxito te daría igual. Fortalecimiento, resignación y esfuerzo eran los ingredientes de su receta para alcanzar el sosiego: “Hay que abstenerse de buscar riquezas fuera de uno mismo”.

La contradicción estoica es tan antigua como la vida de Séneca. Nacido en Corduba, hoy Córdoba, en los albores de nuestra era, fue uno de los primeros provincianos que logró el rango de cónsul. No escaló desde la pobreza a la cumbre. Empezó desde arriba, con el trampolín de una familia rica y bien situada, como la mayoría de triunfadores. En la antigua Roma, el clientelismo movía todos los resortes. Conquistar el éxito requería ambición, mucho dinero y la protección de grandes personajes.

Todo lo tuvo. Llegó a acumular una de las mayores fortunas de su siglo: 75 millones de denarios ­—como referencia, los treinta denarios de Judas representaban un muy buen salario mensual—. Fue el mayor prestamista de la época, porque era el más rico. Cobraba elevadísimos intereses, como es lógico. Usó y abusó de su crédito, su autoridad social y sus relaciones para engrosar su patrimonio. Cuando los romanos conquistaron Britania, Séneca adelantó 10 millones de denarios, pues no cabía duda de que los deudores devolverían el capital al consejero del príncipe. Creó lo que podríamos llamar el banco de crédito más importante de su época, atendido por un grupo de infatigables esclavos. Adquirió fincas en Egipto, el gran negocio inmobiliario de la época. Sus viñedos en Mentana, a las afueras de Roma, eran célebres. Si ya era rico por estirpe y gracias a su sentido del negocio, se convirtió en multimillonario gracias a Nerón, que le colmó de fincas y otros regalos. El filósofo hispano fue preceptor y “amigo” —título oficial— del César. En aquellos remotos tiempos, tan lejanos de los nuestros, el emperador enriquecía a su círculo íntimo a cambio de adulación, apoyo y legitimidad: bienaventurado quien a buen árbol se arrima.

Séneca predicaba un evangelio de autotransformación y contención de los deseos. Afirmaba que no es rico quien más tiene, sino quien menos necesita. Pero la enorme fortuna que acumuló menguaba su credibilidad como estoico y predicador de austeridades. Su tratado De vita beata recoge algunos ataques de sus críticos: “¿Por qué hablas con más energía que vives? ¿Por qué tu mujer lleva en las orejas la renta de una casa suntuosa? ¿Por qué tienes posesiones allende del mar, más de las que conoces?“. Séneca respondía que un sabio es digno en su pobreza, pero también sabe usar bien una gran fortuna —cuando no queda otro remedio—. En sus escritos, intentó armonizar la filosofía con su profesión de político y opulento favorito, sin llegar nunca a resolver la lucha entre lo pensado y lo vivido.

Los esclavos que pertenecían a Séneca y los inquilinos de sus muchas haciendas tendrían, hay que suponer, opiniones más informadas sobre el tener poco y trabajar mucho. Ya Aristóteles escribió en su Política que “todas las revoluciones giran en torno al problema de la propiedad”. Se diría que el magnate estoico no captaba la ironía —tan evidente y chirriante para todos los demás— de elogiar la disciplina, el arduo trabajo y el esfuerzo tenaz mientras escalaba como terrateniente rentista y consejero mimado del emperador, bienvenido a todas sus redes y prebendas. Cuando aconsejaba desapego y frugalidad, cuando recomendaba ejercitarse en la pobreza una vez a la semana comiendo un mendrugo de pan tosco —lo que hoy llamamos ayuno intermitente— y durmiendo en el suelo, cómo no iban a tomárselo a guasa sus contemporáneos.

En cambio, otro famoso estoico, Epicteto, conocía las aristas más cortantes de la vida. Fue muchos años esclavo en Roma, y su amo lo dejó lisiado en una de sus palizas. Cuando logró la libertad, vivió en una casa humilde, enseñando a un pequeño grupo de alumnos en qué consiste la serenidad, hasta que lo forzaron a exiliarse. En sus conferencias solía explicar que no podemos tener un corazón alegre si nuestras mentes son un afligido caldero de temor y ambición. Con cuánta facilidad nos deslumbran —añadía— los cargos, los títulos, los honores, las posesiones, la ropa cara. Anhelantes de todo eso, nos esclavizamos y explotamos a los demás. Entramos en una lógica que nos aprisiona y encadena a los que nos rodean. Epicteto defendía que, si deseas sosiego interior, ánimo apaciguado y libertad perdurable, deberás privarte de la riqueza y el poder. El mismo mensaje de Séneca, pero afilado por la congruencia vital.

Cuando miramos al pasado, solemos seleccionar aquello que nos conviene, pequeñas porciones, lecturas interesadas. Nuestros legionarios del éxito han tomado de aquellos filósofos solo la idea de salvarnos a solas, el trabajo sobre uno mismo, la búsqueda de una felicidad individual. En la quiebra de los ideales colectivos, convierten al yo en un único punto de apoyo. Esa lectura egocéntrica del estoicismo se ajusta al ideal narcisista de nuestro tiempo, un solipsismo que quiere romper las formas de solidaridad y comunidad. Tal vez porque saben bien que, con esos lazos colectivos, se tejen las redes de resistencia y apoyo mutuo.

En su novela Todo un hombre, Tom Wolfe sigue los pasos de Charlie Croker, un magnate inmobiliario que debe más de mil millones de dólares a los bancos, pero se niega a creer que su imperio pueda desmantelarse por una nimiedad así. Él no es un perdedor. En el camino de Croker se cruza Conrad Hensley, un fugitivo desarraigado e idealista. En sus conversaciones le da a conocer la filosofía estoica, que descubrió en la biblioteca penitenciaria. Convierte al promotor inmobiliario a la doctrina de la renuncia y la resistencia. Charlie, en bancarrota, decide explorar la vía del gurú de la autorrealización. Un viejo conocido del incombustible tiburón de los negocios comenta: “Parece que a Croker le va bien otra vez. Va hablando de un tal Epic…nosequé. Es dinamita. Está a punto de firmar un acuerdo con la Fox para un programa que va a llamarse La hora del estoico". Ese estoicismo con más pose que poso se convierte en la nueva fórmula de éxito de Croker. Wolfe anticipa la última vuelta de tuerca: hacer dinero —muchísimo dinero— comerciando con una filosofía nacida para combatir la codicia y sus turbulencias. Irene Vallejo es escritora. El País, 18 de octubre de 2026.

















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sábado, 17 de octubre de 2026

DEL ASUNTO DE LA SEMANA QUE TERMINA: LO QUE PUEDEN NUESTRAS MANOS, POR LIDIA JORGE

 







Una pluma de ganso puso fin a la muerte que había puesto fin a las conversaciones (Dylan Thomas).

1. Siempre tuve la idea de que entre la mano y el cerebro había una relación misteriosa, aunque al principio no supiera cómo enunciar semejante premisa. Pero recuerdo cómo se me quedó grabada la cuestión desde muy pequeña. Fue durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar. Yo era una niña, alumna de primaria, con mis nueve años, y ya sabía leer y escribir con la corrección exigida para mi edad, cuando, un día, empezaron a aparecer adultos analfabetos a media tarde, que acudían al colegio por primera vez. Fue todo un acontecimiento. Se trataba de una campaña de alfabetización, muy necesaria en Portugal, pero no se habían asignado recursos para llevarla a cabo. La maestra, docente de Primaria, sin ninguna preparación ni método, era la encargada de instruir a estos alumnos suplentes que venían a aprender las primeras letras. A aquella mujer, agobiada por la tarea que había recaído sobre sus espaldas, se le ocurrió una idea: bajo su supervisión, recurriría a los alumnos más aventajados en lectura y escritura para que enseñaran a los adultos. Así fue como me reclutaron para la difícil tarea. La crueldad de los niños es proverbial. Los tres que fuimos seleccionados mirábamos a nuestros vecinos adultos con la superioridad de reyes. Abríamos la cartilla con presunción y les enseñábamos a reconocer las letras, gritando mucho e imitando los gestos de la maestra con nosotros. Y ellos aprendían a reconocer las letras y a formar palabras. Lo peor era la escritura. Poníamos nuestras manitas sobre las suyas para guiar así los movimientos circulares de las letras mayúsculas y minúsculas, pero resultaba muy difícil que las copiaran en línea recta. Las letras saltaban del margen, se invertían, se esparcían por la página; una dificultad poco habitual. Algunos se rindieron, otros lograron firmar con su nombre, y fueron pocos los que terminaron su instrucción forzada logrando escribir un mensaje.

2. Pero lo que me desconcertaba era por qué razón las encajeras, que manejaban la aguja de ganchillo con extraordinaria destreza, eran incapaces de dibujar una b o una f. El carpintero, que tallaba ranuras rectas en tablones de madera y dibujaba la cerradura de la llave con precisión milimétrica, era incapaz de escribir la G mayúscula de su nombre con los trazos correctos. La bordadora, con la ayuda de la máquina de coser Singer, transformaba hilos de diversos colores en mariposas y flores multicolores, pero era incapaz, en una hoja en blanco, de escribir la M y la N de forma distinta. En mi cabeza infantil, pensaba que esas personas pertenecían a otra especie. Estar alfabetizado o no estarlo dividía a la especie humana. Y un día oí a un campesino que quería aprender a leer y escribir, pero no podía, preguntarle a la maestra: “Saber leer y escribir ¿vale tanto como los 500.000 escudos que tengo?“. Se trata de una escena arcaica, es obvio. Pero vale la pena revisar escenas arcaicas cuando nos aportan evidencias que nos ayudan a comprender el presente e imaginar el futuro.

3. No merece la pena discurrir en exceso sobre lo que ocurre con la lectura entre los jóvenes; es de sobra conocido. Todos los días aparecen textos con las debidas dosis de alarma para quienes se interesan por el asunto. Pero dado que lo que proviene de los Estados Unidos de América siempre llega cargado de un estatuto científico que ilumina incluso a los europeos más iluminados, y entre ellos a quienes previeron sabiamente hace mucho la anunciada capitulación, merece la pena leer el extenso artículo que Rose Horowitch publicó en The Atlantic el mes pasado, titulado The end of Reading is here. Quizá la catástrofe, escrita en inglés, consiga parecer más dramática y la advertencia resulte más convincente.

Además, en esos mismos días, en relación con el Informe PISA 2025, que citaba la pandemia como causa del descenso del rendimiento escolar en Europa, también se vinculó la relación entre la cultura digital y la hiperconectividad con la pérdida de la capacidad lectora, así como con bajos niveles de razonamiento deductivo y una capacidad de cálculo matemático deficiente. Y, por último, también se hizo mención a que la incapacidad para leer libros y comprender textos complejos, o para descifrar el significado metafórico de una oración, está estrechamente relacionada con la pérdida de la habilidad para escribir a mano. Casualmente, en medio de la controversia, apareció en las librerías Escrever à Mão (Escribir a mano), obra del neurólogo Alexandre Castro Caldas, especialista en neurociencia cognitiva, que explica con diáfana claridad la relación entre la habilidad para dibujar letras con las que formar palabras y las capacidades de reacción y rendimiento del cerebro.

4. A lo largo de 200 páginas, se detalla la demostración científica con una buena base histórica y filosófica, pero yo diría, en resumen, que lo que queda bastante claro es que las capacidades operativas del cerebro aumentan con la práctica de la escritura manual y disminuyen con su reducción. Lo que Castro Caldas plantea es la inminente pérdida de los gestos fundadores que nos hicieron humanos modernos, en esta violenta fase de cambio de paradigma a través del surgimiento de novísimos instrumentos cuyo poder parece ilimitado para el usuario, transformando a quien debería ser un sujeto activo en un patético ser pasivo. El autor nunca se deja llevar por el dramatismo, comprende el rumbo del cambio, pero aun así anuncia que nos enfrentamos a un cambio estructural en la naturaleza de nuestra especie.

En su voz se oyen campanas que doblan por un tiempo que tal vez esté en vías de desaparición. Sin embargo, como verdadero humanista, sabe que, naturalmente, una nueva era llegará por sí sola. Lo que no le impide llamar a la resistencia. Cita a Anaxágoras: “El hombre es el más inteligente de los seres vivos a causa de tener manos”. Por lo tanto, luchemos al menos para evitar vernos de regreso al mundo feudal que dejamos atrás hace seis siglos, iluminado ahora por la luz cegadora y totalitaria de la inteligencia artificial. El autor escribe en un momento dado: “No podemos permitir que nuestras mentes se conviertan en esclavas de un sistema artificial, que viene de quién sabe dónde”. Con todo, una de las mayores sorpresas que me deparó este libro fue encontrar en él la explicación a las dudas que me habían acompañado desde que fui una maestra niña para mis vecinos adultos.

5. Castro Caldas está especializado en el funcionamiento cerebral del adulto analfabeto en contraste con el del alfabetizado. Lo que cualquiera de nosotros imagina de forma empírica queda demostrado mediante la experimentación. Resulta conmovedor darse cuenta de cómo la falta del aprendizaje de la escritura durante la primera infancia obstaculiza el mecanismo neurológico que permite el almacenamiento de datos y condiciona el desempeño mental del analfabeto a lo largo de la vida, reduciendo su capacidad de desciframiento silogístico. Lo que está en juego hoy, con el progresivo distanciamiento del uso de la mano como ayuda para el cerebro, es la amenaza de un retroceso en la capacidad de imaginación, expresión, determinación y en el ejercicio del derecho a la libertad. Pronto comprenderemos hacia dónde nos dirigimos. Creo que estamos viviendo uno de esos momentos decisivos en los que el progreso exige detenerse y perder significa ganar. Ojalá que los jóvenes de hoy, que serán adultos en un futuro próximo, no tengan que volver a aprender a juntar letras y a deletrear palabras para salvar su propia humanidad. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es El día de los prodigios (La Umbría y la Solana). El País, 4 de octubre de 2026.




















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viernes, 16 de octubre de 2026

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE LA TERCERA SEMANA DE OCTUBRE

 












































































































































































































ENTRADA NÚM. 11559