lunes, 13 de abril de 2026

DEL SABOR DEL CAFÉ. DE GENERACIONES, POR MARTÍN CAPARRÓS. ESPECIAL TARDE DE HOY LUNES, 13 DE ABRIL DE 2026




 





Últimamente, hablamos tanto de generaciones —y resulta que todos tenemos por lo menos una—. Quizá la culpa es de la democracia. Hubo tiempos en que solo pertenecían a una generación los que habían hecho algún mérito: hablábamos de la generación —de narradores y pintores— del 98, de la generación —de poetas— del 27, por ejemplo. Pero llegó el populismo y trajo generaciones para todos. Dicen que la precursora fue una periodista neoyorquina, Sylvia F. Porter, que notó, a principios de los cincuenta, que el Central Park rebosaba de nenes y entendió que eran el resultado de la euforia amable de la posguerra, cuando el Mundo Libre estaba en pleno boom de coches y neveras y bombas atómicas. Entonces se le ocurrió llamarlo baby boom, y el concepto fue un boom tamaño baño —recuerdo de unos días, como estos, en que Estados Unidos lo resolvía todo a fuerza de bombazos—.

Así, las personas nacidas entre 1946 y 1964 en los países ricos fueron boomers, y profundos entomólogos les dibujaron rasgos bien superficiales. Y cuando el negocio ya se acababa supieron rescatarlo: alguien inventó la generación X, que iba del 1965 al 80 y también tenía sus bemoles. Y después los mileniales (1981-1996), y después los centeniales o generación Y (1997-2012), y los que están naciendo ahora y los que nacerán: todos tienen su lugar en unos casilleros cronológicos que supuestamente los definen. Fue curioso ver cómo un verbo radicalmente activo —generar, engendrar— terminó en un sustantivo que define a personas sin más acción que la de haber nacido en tal o cual año, esfuerzo escaso.

Sorprende. Es difícil creer que alguien pueda pensar que un obrero de la construcción nacido en Cali en 2001, inmigrado a Alcobendas, tiene mucho en común con una banquerita nacida en Santander en el mismo 2001, a punto de terminar su tercer máster en Harvard. Los ejemplos son expresamente extremos: en el medio hay cientos de millones de personas que comparten fechas, quién sabe unas canciones, quizás algún héroe juvenil, unos peinados, un modo u otro de la desesperanza, tantas diferencias.

Pero volverlos generación es útil. Es el penúltimo intento de simular que no existen las clases sociales: de buscar otros recortes que reemplacen ese concepto que nos generó tantos disgustos, el muy degenerado. Es cierto que la clase obrera, la clase por excelencia, la que fundamentó los análisis de su explorador —un tal Karl Marx—, ya no tiene el peso que tuvo y es casi una pena: era cómodo adjudicarle la obligación y el privilegio de cambiar la historia.

La clase obrera occidental se fue disolviendo entre fábricas chinas y repartos en moto y ahora, con la dispersión de empleos y funciones, las clasificaciones se hacen más laboriosas. Pero, de todas formas, es más que obvio que sigue habiendo clases: me da hasta vergüencita tener que sostenerlo. Está muy claro que, aun si tú y tú a veces compartís músicas o modas o incluso alguna idea de la vida, todo es absolutamente diferente según si tu papá tiene en sus manos callos o millones, si has podido estudiar, si has nacido en las Tres Mil Viviendas de Sevilla o en la Concha de San Sebastián.

Pero si ese intento de agrupar a personas tan radicalmente diferentes según sus edades ya era un poco flufli, ahora se le agrega el de culpar a —la generación de— los mayores por las penurias de —la generación de— los jóvenes. Que si gastamos demasiado en sus pensiones, que si tantos viejos desequilibran la ecuación, que si tardan mucho en morirse y dejarnos el piso. Sí, es cierto que los dueños de los grandes bancos y corporaciones son más bien mayores, pero también eran mayores los 7.291, por ejemplo.

Las portaestandartes de esta tristeza argumental tienen un lema, digno del In hoc signo vinces o del No pasarán: “Viviremos peor que nuestros padres”, piten y repiten. Lo cual plantea por lo menos dos problemas. El primero es, claro, qué significa “vivir peor”. Duele decirlo pero hay sospechas de que consistiría en la dificultad de asegurarse un empleo para aburrirse durante el resto de sus vidas y, por lo tanto, no poder sacar una hipoteca para el piso ni cambiar el coche cuando huele. Vidas peores. Que las mujeres sean autónomas, los gais personas, las elecciones habituales, la energía solar, muchas escuelas laicas y las vidas 15 o 20 años más largas no parece pesar en sus evaluaciones. Así es la vida.

El otro problema es que, pobrecitos, un viejo malo y primitivo les diría que si quieren cosas salgan y peleen como tantos salimos y peleamos, que se junten con otros más allá de edades, más acá de clases y necesidades. “Somos una generación derrotada, que salió a las plazas para nada”, decía aquí mismo, hablando de unos días de hace 15 años, una de sus portavoces, Estefanía Molina. Yo no creo que lo sean. Me parece temprano para darse por vencidos, pero, aun si lo fueran, ¿no son un poco grandes para decir que la culpa es de papá y mamá? MARTÍN CAPARRÓS es escritor. Publicado en El País del 9 de abril de 2026.























SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DILLUNS, 13 D'ABRIL DE 2026, EN CATALÀ

 







Hola, bon dia de nou a tots i feliç dilluns i feliç inici de setmana, la tercera del mes i la setzena de l'any. La treva acordada entre els Estats Units i Israel per una banda, i l'Iran de l'altra, es manté amb prou feines, però es manté… Serà el preludi d'un alto el foc definitiu? Què els déus ho permetin! El Déu de les tres religions, que és el mateix per a totes tres, vull suposar que s'alegraria de veure els seus fills enfrontats fent la pau. Amen, inshallah, shalom… Anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera, de la historiadora de l'art Mónica Bello, ens parla que la capacitat de les teories per fer-nos veure allò que sembla absent, i que pot modificar el món, no passa sempre per descriure allò visible; de vegades, consisteix a crear les condicions perquè alguna cosa sigui possible, i, silenciosament, emergeixi. La segona, un arxiu del bloc del 16 d'abril de 2017, estava escrita per Javier Marías i ens parlava de la complexitat de les traduccions: Cap no parlem d'una sola manera, deia, ni posseïm un lèxic tan limitat (malgrat que avui es tendeixi a reduir al màxim el de tot el món) que no puguem recórrer a diferents. El poema del dia, a la tercera, segueix la sèrie dedicada a l'horror de les guerres; el d'avui es titula Explico algunes coses, i és del poeta xilè, i premi Nobel de literatura Pablo Neruda. La quarta, com sempre, són les vinyetes d'humor, i per acabar, com cada dia, El sabor del cafè de totes les tardes i els especials de la nit, si n'hi hagués, d'haver-hi, com les meigas en aquesta vella terra que és Espanya, n'hi ha. Tamaragua, amics meus. Ens veiem demà si la deessa Fortuna així ens ho permet. Sigueu feliços, us ho prego: us ho mereixen. Petons. Els vull. HArendt













ENTRADA NÚM. 10240

DEL TEMA DEL DÍA. VAGO, PERO EMOCIONANTE, POR MÓNICA BELLO

 







La capacidad de las teorías para hacernos ver aquello que parece ausente, y que puede modificar el mundo, no pasa siempre por describir lo visible; a veces, consiste en crear las condiciones para que algo sea posible, y, silenciosamente, emerja. Cuenta Tim Berners-Lee que cuando presentó la propuesta de lo que hoy conocemos como la World Wide Web, su jefe, Mike Sendall, la describió como “vaga pero emocionante”. La mezcla de escepticismo y curiosidad fue suficiente. La propuesta no fue rechazada ni celebrada: fue tolerada. Y esto permitió que Berners-Lee trabajara en ella silenciosamente en paralelo con sus tareas corrientes en el CERN de Ginebra. Antes de convertirse en la red que habitamos, la World Wide Web fue una hipótesis de organización del conocimiento. Era difícil imaginar entonces cuánto cambiaría el mundo aquella idea todavía imprecisa. Lo que comenzó como una necesidad técnica de orden y estructura terminó por modificar radicalmente nuestra manera de vivir, comunicarnos y pensar.

Esa tensión entre imaginación, experimento y solidez técnica no pertenece solo al terreno de la ciencia. Salvador Dalí admiraba profundamente a Santiago Ramón y Cajal. Le fascinaban sus dibujos microscópicos, la belleza casi arquitectónica de las neuronas. Cajal demostró la naturaleza de la célula nerviosa y cómo estas formas abstractas describían con precisión el componente esencial del sistema nervioso. Los dibujos se destinaron a crear algo que convertía la ciencia en forma visible, en realidad física. Si Dalí encontró en ellos una confirmación de su intuición simbólica, lo acompañó de la certeza de que lo invisible, ya sean sueños o formas vivas, sostiene el mundo visible.

Ocurrió también con John Couch Adams y Urbain Le Verrier, mientras trabajaban de forma independiente en una propuesta derivada de una anomalía: la órbita de Urano no coincidía exactamente con lo que predecían las leyes de Newton. Detectando esta discrepancia propusieron la existencia de un planeta aún invisible. Realizaron cálculos y determinaron posiciones en el espacio, y cuando los telescopios apuntaron al lugar indicado, allí estaba el planeta: Neptuno. En este caso, una idea precedió a su verificación, y a la transformación de los mapas mentales del mundo.

La pregunta no es solo cómo imaginamos, sino cómo sostenemos lo imaginado. Qué formas empleamos para comprender el mundo y cuánto tiempo estamos dispuestos a dedicar a una teoría antes de que se convierta en evidencia científica, en herramienta de transformación social o en obra de arte.

Los espacios de la ciencia se han transformado en nuevos espacios de creación, donde artistas y científicos ya no se limitan a representar: experimentan juntos. Observan, manipulan, dialogan, ensayan, fracasan. Se desplazan entre el estudio y el laboratorio, entre la trama urbana, o en regiones remotas, entre lo visible y lo apenas intuido, en cualquier localización del planeta que nos cuenta algo más que no sabemos.

En este contexto, destaca el creciente interés de las instituciones científicas por acoger artistas y reconocer el potencial transformador de su participación en la vida del laboratorio. Los artistas acceden a ideas científicas que se amplifican más allá del ámbito académico en forma de narrativas y experiencias. Mientras, los científicos participan en procesos creativos inusuales, pero que les resultan extrañamente familiares a su propia práctica, y que puede llevarles a cuestionar su actividad y el impacto de esta. Además, estos encuentros se sostienen en profundas afinidades metodológicas: tanto en el arte como en la ciencia, abordar grandes preguntas implica explorar lo inesperado, aceptar desvíos, asumir el error como parte esencial del proceso, valorar la colaboración y anticipar lo que está por venir. El arte y la ciencia nos ayudan a proyectar futuros posibles y, sobre todo, a ensayar nuevas formas de comprender el mundo. No son únicamente formas de describir la realidad; son modos de acción estratégica que se enriquecen mutuamente. Plantean intervenciones concretas e invitan a pensar cómo las decisiones que tomamos hoy pueden prosperar en ciertos futuros imaginados o resultar fallidas en otros.

Hoy abundan las ocurrencias, y escasea la idea sostenida. Plantear una teoría relevante, analizar su significado, desarrollarla con rigor y audacia, y aceptar que puede requerir años de elaboración silenciosa, parece un gesto cada vez menos frecuente. Nos hemos acostumbrado a la inmediatez, pero no necesariamente a la profundidad, ni al impacto duradero de aquello que nos conmueve.

Tal vez lo que distingue a una época no sea la cantidad de ideas que produce, sino la calidad de la atención que es capaz de sostener sobre ellas. La World Wide Web fue una idea vaga que encontró tiempo para madurar. Neptuno fue una hipótesis que resistió el cálculo. Una neurona fue una forma invisible que alguien decidió dibujar. Imaginar los horizontes del mundo —un gesto muy daliniano— sigue siendo un acto radical. Más radical aún es sostener una idea hasta que el mundo termine por hacerla visible. MÓNICA BELLO es historiadora del arte. 



























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, ESTUPIDEZ CLASISTA, DE JAVIER MARÍAS. PUBLICADO EL 16 DE ABRIL DE 2017

 








Cuando daba cursos de Teoría de la Traducción en Inglaterra o España, hace ya muchísimos años, dedicaba un par de clases a lo que George Steiner y otros han llamado “intratraducción”, es decir, la traducción que sin cesar llevamos a cabo dentro de la propia lengua. Ninguno hablamos de una sola manera, ni poseemos un léxico tan limitado (pese a que hoy se tienda a reducir al máximo el de todo el mundo) que no podamos recurrir a diferentes vocablos y registros según nuestros interlocutores y las circunstancias. A menudo nos adaptamos al habla de los otros, en la medida de nuestras posibilidades. Desde luego, para ser mejor entendidos, pero también para protegernos y conseguir nuestros propósitos; para caer bien y resultar simpáticos, ahuyentar la desconfianza, llamar la atención o no llamarla. A veces lo hacemos para quitarnos a alguien de encima y blindarnos, para excluir y subrayar las diferencias, incluso para humillar y decirle a un individuo: “No eres de los míos”. La lengua sirve para unir y para separar, para acercar y alejar, atraer y repeler, engañar y fingir, para la verdad y la mentira. Lo que es seguro es que nadie la usa siempre de la misma y única forma, que nadie es monocorde en su empleo, ni siquiera las personas menos cultivadas y más brutas que imaginarse pueda. En cada ocasión sabemos lo que conviene, y solemos saberlo instantánea e intuitivamente, ni siquiera hemos de premeditar cómo vamos a dirigirnos a alguien. Cuando somos adolescentes o jóvenes, no barajamos el mismo vocabulario con nuestros padres o abuelos que con nuestros compañeros. El que elegimos en cada caso es seguramente falso: reprimimos con los mayores las expresiones “malsonantes”, y en cambio con los de nuestra edad las exageramos machaconamente, por temor a ser rechazados si nos apartamos del lenguaje tribal “acordado”. No hablamos igual con un desconocido en el ascensor que con un amigo de toda la vida, y antes –quizá ya no ahora– nuestra gama de términos variaba si la conversación era con mujeres o con varones. A un niño no le decimos lo que a un adulto, ni a un anciano lo que a un coetáneo, ni a un taxista lo que al juez o al médico. Dentro de nuestro idioma pasamos sin transición de un habla a otra, traducimos continuamente, nuestra flexibilidad es asombrosa.

Tras unos años desde su nacimiento, sabemos que si algo distingue a Unidos Podemos es que sus dirigentes simpatizan con buena parte de las vilezas del mundo.

Tras unos años desde su nacimiento, sabemos que si algo distingue a Unidos Podemos es que sus dirigentes simpatizan con buena parte de las vilezas del mundo (el chavismo, el putinismo, el entorno proetarra, los tuits venenosos), y se apuntan a casi todas las imbecilidades vetustas. Una de las más recientes ha sido proponer en el Congreso un léxico “de la calle” (“Me la suda, me la trae floja, me la bufa, me la refanfinfla”, ya saben), o, como también han aducido, “un lenguaje que entienda la gente”. Con esas argumentaciones han demostrado su señoritismo y su enorme desprecio por lo que ellos llaman así, “la gente”, que viene a ser una variante del antiguo “pueblo”. ¿Acaso piensan que la gente carece de la capacidad antes descrita, de cambiar de registro según el lugar, la oportunidad y los interlocutores? Tampoco “el pueblo llano” habla de una sola manera, ni es tan lerdo como para no entender expresiones como “me trae sin cuidado” o “me resulta indiferente”, que son las que probablemente habría pronunciado la gran mayoría, de haberse encontrado en el Congreso. Las personas desfavorecidas o sin estudios son tan educadas o más que las pudientes e instruidas (como se comprueba cada vez que salen a la luz grabaciones o emails de estas últimas), no digamos que los aristócratas españoles, malhablados tradicionalmente muchos de ellos, en absoluta correspondencia con su frecuente burricie congénita.

Esos miembros de “la gente” no dicen en toda ocasión “me la suda”, como si fueran prisioneros de un único registro. Es más fácil que recurran a “me da lo mismo”, sobre todo si están entre personas con las que no tienen confianza. Quienes hablan así todo el rato (con deliberación, esforzadamente) no son los trabajadores ni “las clases populares”, sino los imitadores que se quieren hacer pasar por ellos y así creen adularlos. La insistencia en ese léxico resulta siempre artificial, impostada, una farsa. Lo propio de todo hablante es oscilar, pasar de un estilo a otro, adecuarse a cada situación y a cada interlocutor. A veces por deferencia hacia éste, a veces por conveniencia. Todos somos capaces de instalarnos en lo grueso, nada más fácil, está al alcance de cualquiera, lo mismo que mostrarse cortés y respetuoso. Ninguna de las dos opciones tiene mérito alguno. Ahora bien, elegir la primera con pretextos “ideológicos”, con ánimo de “provocar”, en una época en que en todas las televisiones se oyen zafiedades sin pausa –se han convertido en la norma–, es, en el mejor de los casos, de una puerilidad sonrojante. En el peor, de una estupidez supina, y además clasista. JAVIER MARÍAS es escritor y miembro de la Real Academia Española.
























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EXPLICO ALGUNAS COSAS, POR PABLO NERUDA

 







EXPLICO ALGUNAS COSAS




Preguntaréis


Y dónde están las lilas?

Y la metafísica cubierta de amapolas?

Y la lluvia que a menudo golpeaba

sus palabras llenándolas

de agujeros y pájaros?


Os voy a contar todo lo que me pasa.


Yo vivía en un barrio

de Madrid, con campanas,

con relojes, con árboles.


Desde allí se veía

el rostro seco de Castilla

como un océano de cuero.

Mi casa era llamada

la casa de las flores, porque por todas partes

estallaban geranios: era

una bella casa

con perros y chiquillos.

Raúl, te acuerdas?

Te acuerdas, Rafael?

Federico, te acuerdas

debajo de la tierra,

te acuerdas de mi casa con balcones en donde

la luz de junio ahogaba flores en tu boca?

Hermano, hermano!

Todo

eran grandes voces, sal de mercaderías,

aglomeraciones de pan palpitante,

mercados de mi barrio de Argüelles con su estatua

como un tintero pálido entre las merluzas:

el aceite llegaba a las cucharas,

un profundo latido

de pies y manos llenaba las calles,

metros, litros, esencia

aguda de la vida,

pescados hacinados,

contextura de techos con sol frío en el cual

la flecha se fatiga,

delirante marfil fino de las patatas,

tomates repetidos hasta el mar.


Y una mañana todo estaba ardiendo

y una mañana las hogueras

salían de la tierra

devorando seres,

y desde entonces fuego,

pólvora desde entonces,

y desde entonces sangre.

Bandidos con aviones y con moros,

bandidos con sortijas y duquesas,

bandidos con frailes negros bendiciendo

venían por el cielo a matar niños,

y por las calles la sangre de los niños

corría simplemente, como sangre de niños.


Chacales que el chacal rechazaría,

piedras que el cardo seco mordería escupiendo,

víboras que las víboras odiaran!


Frente a vosotros he visto la sangre

de España levantarse

para ahogaros en una sola ola

de orgullo y de cuchillos!


Generales

traidores:

mirad mi casa muerta,

mirad España rota:

pero de cada casa muerta sale metal ardiendo

en vez de flores,

pero de cada hueco de España

sale España,

pero de cada niño muerto sale un fusil con ojos,

pero de cada crimen nacen balas

que os hallarán un día el sitio

del corazón.


Preguntaréis por qué su poesía

no nos habla del sueño, de las hojas,

de los grandes volcanes de su país natal?


Venid a ver la sangre por las calles,

venid a ver

la sangre por las calles,

venid a ver la sangre

por las calles!




PABLO NERUDA (1904-1973)

poeta chileno




***




Pablo Neruda (1904 - 1973) fue uno de los poetas más importantes en lengua española del siglo XX. Durante la Guerra Civil Española se encontraba en Madrid debido a su cargo de cónsul. Así fue como surgió el libro España en el corazón (1937), donde buscaba generar consciencia sobre la situación. El poema comienza con forma de pregunta, es como si el poeta interpelara al lector y le dijera ¿qué pasó? ¿cuál es el afán del ser humano por acabar con la alegría y la belleza de la vida? Recorre la ciudad que perdió su encanto, denunciando la destrucción y muerte que observa por doquier. De este modo, se instala a sí mismo como vocero del desastre, ya que la poesía debe convertirse en arma de lucha para así defender a esta "España rota".













DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 13 DE ABRIL DE 2026

 



























domingo, 12 de abril de 2026

SALUTATIONES IN LINGUA COMMUNI DILECTAE NOSTRAE EUROPAE, LATINA, HODIE, DIE DOMINICA, XII APRILIS, ANNO MMXXVI

 






Salvete, iterum bonum mane omnes, et felicem diem Dominicum. Ne verbum amplius (adhuc) de indutiis. Sum pessimista compulsivus, et si dixero, pedem in eo immittam. Speremus... Amen, Inshallah, Shalom... Vos relinquam cum maratone hebdomadario librorum pictorum et tribus hodiernis specialibus, quae sincere spero vobis frui. Et gratias ago ex imo corde quod adsitis quotidie.

Lingua Latina non est lingua mortua, sed codex geneticus Europae. Ea ut linguam francam adoptando, Unio Europaea vocem neutralem, communem et profundam, quae fines transcendit, recuperaret, hereditatem nostram classicam cum futuro identitatis communis sine hegemoniis linguisticis coniungens, nam lingua Latina symbolum unitatis nostrae esset. Iterum vos videbimus die Dominico proximo, si Fortuna voluerit. Tamaragua, amici mei. Oscula. Vos amo. HArendt






















ENTRADA NÚM. 10235

FOUCAULT NO FUE A LA PLAYA. ESPECIAL TRES DE HOY DOMINGO, 12 DE ABRIL DE 2026.

 







Foucault dio una conferencia en el año 1967 que tardó décadas en publicarse: “Des espaces autres”, que puedes leer en castellano en este enlace. Es excepcional porque acuñó un término extraño, heterotopias; que son espacios reales pero de otros. Se opone a las utopias, como proyecciones del deseo. El espacio heterótopo es aquel en el que las reglas habituales se suspenden, se invierten o se reinventan. Foucault puso ejemplos: el cementerio, el teatro, el barco, el jardín persa. No puso la playa. Pero debió ponerla.

La playa es el lugar más heterotópico de la vida española o internacional. Es el sitio donde compartimos una escasa distancia en ropa interior (o incluso sin ella). Toalla, libro, sombrilla, nevera, chanclas, crema para el sol constituyen los elementos de reconstrucción de las relaciones sociales. Ahí, en ese escaso espacio hacemos relaciones sociales o huimos de ellas, protegidos por el libro, las gafas de sol y la gorra.

Es un espacio donde la jerarquía social desaparece, donde el cuerpo es tan público como desatendido. La playa es el espacio donde la sociedad española se mira a sí misma sin la ropa que le ponen el trabajo, la clase y el protocolo. Y es, por eso mismo, el lugar donde más se revela.

Ordenancismo de la toalla. Esa sensación de tranquilidad que nos llega cuando vemos las olas pasar desaparece cuando observamos las Ordenanzas Municipales de Uso y Aprovechamiento de las Playas. Ahí, la corporación municipal ha dado rienda suelta a esa imaginación que le falta tantas veces y a golpe de prohibición, nos encontramos con aspectos variopintos que crea una especie de ordenancismo de toalla; sólo superado por el ordenancismo del pudor.

Los ejemplos se suceden, con el ordenancismo de la toalla. En Calpe (Alicante) no se puede poner una sombrilla en la playa antes de las 9:30, bajo sanción de 250€, más el traslado de tus enseres a un deposito municipal. La recuperación conlleva, ademas, el pago de la tasa por gastos de recogida y almacenaje. En Torrox (Málaga), ir a la playa, plantar la sombrilla o la toalla y volver a casa a desayunar, supone la requisa y una multa que oscila entre 30 y 300€. En Cullera (Valencia) si dejas la toalla para tomarte una cerveza en el chiringuito y la dejas más de una hora sin vigilancia, la requisan por “uso abusivo del dominio público”. En Benidorm, hay que ir con un metro, dado que si se pone la toalla en los primeros 6 metros o juegas a las palas tienes una sanción entre 750 y 3000€. En San Pedro del Pinatar se sanciona con 750€ por llevar vidrio a la playa.

Sería interesante ver el análisis de la proporcionalidad de las sanciones que hicieron esas Corporaciones Municipales. O la profundidad de los análisis de los medios que hacen falta para cumplirla.

El Derecho administrativo esquizofrénico. En esa búsqueda de un Derecho administrativo para la gestión pública, uno que luche contra los episodios de Derecho administrativo esquizofrénico a que me he referido ¿es razonable? Todas estas ordenanzas son normas jurídicas manifiestamente incumplidas. ¿Es eficaz gastar el tiempo y la energía en su redacción y aprobación para que el Consistorio municipal acabe haciendo el ridículo? El problema es que la prohibición la ejecutan otros.

Es curioso, de todos modos, que mientras en la playa hacemos cosas que normalmente no hacemos (dormir en un espacio público, comer con las manos, conversar con desconocidos, tolerar el ruido de la toalla ajena con paciencia, estar en ropa interior (o sin ella) a la vista de todos); hay una hiperregulación del uso de la playa que si se aplicara en su integridad, desaparecería como el espacio que es hoy y en el que la convivencia funciona razonablemente bien.

Jurídicamente, en cambio, la playa es un apéndice de un orden administrativo que no debiera ser el adecuado en el siglo XXI, que vive de la sanción como el instrumento básico de regulación: dominio público con régimen de uso común, competencias municipales de policía, potestad sancionadora en vigor. Entre ambos planos hay un abismo.

Posiblemente, tu ni siquiera sabías que en esa playa a la que vas habitualmente hay una Ordenanza que regula qué puedes hacer. La consecuencia práctica es que la ordenanza playera es, en España, uno de los instrumentos jurídicos más ignorados del ordenamiento… afortunadamente. El Derecho administrativo español ha decidido, sin decirlo, convivir con su propia inoperancia en la arena. Es un pacto no escrito entre la norma y la vida.

Yo no sé si este pacto es bueno o malo. Sospecho que es inevitable. Las heterotopías resisten mal la regulación exhaustiva: cuando el Derecho entra de verdad en ellas, dejan de ser heterotopías y se convierten en sucursales del mundo normal. Quizá la sabiduría del legislador consiste, a veces, en aprobar normas sabiendo que no se van a cumplir, precisamente para que el espacio regulado siga siendo otro… salvo que aparezca un policía municipal celoso y ponga el cronómetro a funcionar cuando te ve ir hacia el chiringuito a por una cerveza.

Pero convendría reconocerlo. Convendría que el Derecho público español se atreviera, al menos una vez, a pensar la playa como lo que es: un espacio excepcional que merece un tratamiento excepcional. Otras ordenanzas. Unas que entendieran que allí, entre la arena y el agua, la sociedad está haciendo algo importante que no sabe explicar y que el Derecho no sabe nombrar. Foucault, en bañador (o sin él), lo habría entendido a la primera. JULIO GONZÁLEZ GARCÍA es jurista. Publicado en La Trastienda (Global Politics and Law) el 9 de abril de 2026.