miércoles, 4 de noviembre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY MIÉRCOLES: LAS LUCES NO SE APAGAN EN LA CIUDAD SOBRE LA COLINA, POR LLUÍS BASSETS

 






La democracia es local, pero sus efectos también son globales. Estados Unidos ha votado abrumadoramente contra Trump por motivos mayormente domésticos: el coste de la vida, en especial a la hora de llenar el depósito de gasolina; la expulsión y maltrato a centenares de miles de ciudadanos de inmigración reciente; los recortes al sistema de salud; o la corrupción escandalosa de la familia presidencial. Solo cuestiones que afectan muy directamente a la vida de las personas, a su bolsillo y su bienestar, pueden explicar la envergadura del tsunami electoral que ha penetrado en antiguos feudos republicanos. Difícilmente suscitan tal fenómeno las acciones y políticas de la primera superpotencia en la escena internacional, a menos que repercutan directamente en el ámbito más próximo a los votantes, como es el caso de los efectos de la guerra de Irán y los aranceles universales sobre la pérdida de capacidad adquisitiva.

Tras los dos años de una catastrófica segunda presidencia trumpista, con un Congreso de nuevo reactivado y los poderes presidenciales por primera vez limitados, el resultado electoral repercutirá directamente sobre los ciudadanos. Positivamente en lo inmediato y con esperanzador potencial de futuro si los demócratas saben aprovecharlo para conseguir el relevo en 2028. Donald Trump aprovechará los márgenes de su poder para concentrarse en la escena exterior, donde cuenta con intereses y amigos que no le abandonarán, y a perfilar su rimbombante legado, especialmente arquitectónico, hecho de propaganda mentirosa y de cartón piedra, fácilmente resumible en el estanque reflectante frente al monumento a Lincoln al que quiere dar su nombre y el salón de baile que está construyendo sobre la derribada ala este de la Casa Blanca.

En algo sorprendente se ha corregido gracias a un castigo electoral tan apabullante: ha reconocido insólitamente el resultado y felicitado a los demócratas, pero no ha podido resistirse a declarar sus dos últimos años presidenciales como los mejores de la historia del país. Sin pestañear, como de costumbre, ha declarado impensable la derrota republicana con su nombre en las papeletas, cuando lo contrario es lo cierto: la derrota es tan amplia porque muchos han votado como si su nombre constara en la papeleta. Esta sonrojante falacia apenas esconde su pretensión de obtener un tercer mandato presidencial que la Constitución descarta. El principio del fin del trumpismo que señalan los votantes exhibe también la fuerza de la democracia estadounidense. Esta es quizás la mejor y mayor repercusión global, en sintonía con la funcionalidad del relevo en el poder por las elecciones en Hungría, Brasil, Serbia o Israel. No es un día feliz para el rampante etnonacionalismo de extrema derecha global. Las luces no se han apagado en la ciudad sobre la colina que el mundo admira. Lluís Bassets es analista político. Publicado en El País.


















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ESPECIAL DOS DE HOY MIÉRCOLES: CASTIGO A TRUMP, VITORIA DE LA DEMOCRACIA. EDITORIAL DE EL PAÍS

 





La principal lección de la derrota rotunda de los republicanos y Donald Trump en las elecciones legislativas de este martes, para Estados Unidos y el resto del mundo, es que la democracia vive en el país que acaba de celebrar los 250 años de su fundación. No es una lección menor, y ni siquiera era seguro que sucediese dada la aversión de Trump hacia la separación de poderes y su sistemática impugnación del legítimo proceso electoral. De norte a sur en este país continental, y de este a oeste, los votantes han expresado el hartazgo por una economía golpeada por la inflación y las aventuras bélicas. Y al emitir este voto han rechazado también la agenda autoritaria que puso en marcha hace dos años, cuando conquistó la Presidencia por segunda vez, y que ha tensionado hasta extremos insólitos las costuras democráticas. A Trump le quedan dos años en la Casa Blanca. Pero ahora con el enorme poder del Congreso en contra.

El daño tardará en repararse y es muy posible que el trumpismo como ideología y estilo destructivo de hacer política sobreviva a su artífice. Trump conserva el poder suficiente para continuar sembrando el caos y la división. Pero a partir de ahora tendrá las manos atadas por un Congreso adverso, y eso será un impedimento serio para alguien que no conoce ni acepta límites a sus instintos. Los republicanos han perdido tanto la Cámara de Representantes como el Senado, algo que parecía difícil hace solo unos meses. Los demócratas han conquistado incluso bastiones inexpugnables desde hacía décadas del partido del presidente como es Texas, símbolo máximo de una ola azul —el color de esta formación— que dejará una marca en este país y que recuerda al castigo en las urnas que los republicanos recibieron tras el escándalo Watergate.

Los constituyentes de la democracia norteamericana tenían razón cuando previeron un sistema que impidiese que el presidente se convirtiera en un rey que hacía y deshacía a su antojo, como los del Antiguo Régimen europeo. Pese a los temores más que razonables, hoy este sistema, al producir un resultado que limitará el poder del líder de la superpotencia, ha vuelto a funcionar.

El resultado, por las dimensiones de la victoria demócrata y la claridad con la que los estadounidenses se han pronunciado, complica a Trump cualquier tentación que pueda albergar para impugnar la legalidad del voto o revivir la intentona de 2021, cuando sus fieles asaltaron el Capitolio tras perder en las presidenciales frente a Joe Biden. No hay espacio alguno de discusión en este resultado en el que, de Texas a Ohio, de Maine a Carolina del Sur, los ciudadanos no han dejado el más mínimo resquicio de duda sobre su voluntad de castigar al Partido Republicano del presidente. Ya ha asumido la derrota públicamente y se ha desvinculado de sus causas. La nueva correlación de fuerzas en Washington no admite ambigüedades de ningún tipo.

Hay algo natural en la victoria del partido de la oposición en unas midterms, que históricamente han servido para corregir las mayorías después de unas elecciones presidenciales y repartir el poder entre ambos partidos. El sistema está pensado para que esto pase. Pero estas no eran unas elecciones como las otras. Desde enero de 2025, cuando regresó al poder tras el interregno de cuatro años de Biden, Trump había sumido EE UU en la excepcionalidad. No eran solo sus excesos retóricos y sus extravagancias y arbitrariedades en la forma de gobernar, aunque estas se han exacerbado con los años y con la edad.

Lo grave y alarmante era el constante empeño en erosionar la división de poderes y las libertades y la cruel obstinación a la hora de perseguir a las minorías con políticas racistas y xenófobas. Estos años se han visto imágenes, como las de los agentes ICE acosando a cualquier persona con aspecto latinoamericano, indignas de una gran democracia. Se ha exhibido sin disimulo, y a veces incluso con jactancia, la corrupción del clan presidencial. Los estadounidenses han visto además cómo Trump les metía en aventuras bélicas absurdas e insensatas que, como ha ocurrido en el caso de Irán, ha tenido efectos instantáneos en el bolsillo de los ciudadanos y explica en buena parte la amplitud del resultado electoral.

Nada de esto terminará de la noche a la mañana. Lo que empieza ahora es una laboriosa tarea de reconstrucción. Trump puede atrincherarse o aprender a negociar. Tendrá que asumir en todo caso que estará fiscalizado como nunca lo ha estado en la Casa Blanca y que puede enfrentarse, como en su primer mandato, a un impeachment o proceso de destitución. El presidente es desde este momento mismo un pato cojo, con un margen de acción muy reducido en casa, pero todavía más o menos intacto en la política exterior. Y esto no reduce su capacidad para ofender a sus aliados y dañar sus intereses, prolongar guerras sin sentido o adular a dirigentes autócratas. Al contrario. Para los europeos y el resto de democracias es un alivio el resultado de las midterms, pero harían bien en no confiarse. Es el principio del fin de Trump, pero no es el fin del trumpismo. Editorial. Publicado en El País.





















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ESPECIAL DE HOY MIÉRCOLES: VUELCO ELECTORAL EN ESTADOS UNIDOS, POR EL PAÍS

 







Las ‘midterms’ 2026, en vivo | Vuelco político en Estados Unidos: los demócratas logran el control total del Congreso en un duro castigo a Trump

Los demócratas reconquistan el Senado y la Cámara de Representantes | Los republicanos pierden el poder en Texas después de décadas | Trump admite la derrota y dice que aceptará los resultados

Estados Unidos tiene su primer senador musulmán: Abdul El-Sayed en Míchigan

Obama celebra la victoria demócrata en las ‘midterms’ como un mensaje claro a favor de la unidad y las soluciones

Los demócratas se hacen con el control del Senado

El demócrata Josh Turek gana la batalla al Senado por Iowa

La demócrata Gina Hinojosa se convierte en la primera mujer hispana que gobierna Texas

Rob Sand, el demócrata al que comparan con Kennedy, se convierte en gobernador de Iowa

Vuelco político en Estados Unidos. Los demócratas han arrasado en las elecciones de medio mandato en una noche fatídica para el presidente Donald Trump. El partido azul ha recuperado el control del Senado y de la Cámara de Representantes después de imponerse en bastiones republicanos donde las encuestas ni siquiera les daban posibilidades. Uno de los triunfos de la noche es el de Texas, donde Gina Hinojosa se convierte en la primera gobernadora hispana tras derrotar al todopoderoso Greg Abbott. Los demócratas han logrado también su escaño en el Senado en ese Estado con el triunfo de James Talarico. Los republicanos han mantenido el escaño en el Senado por Florida, con el triunfo de Ashley Moody, y Byron Donalds será el primer gobernador negro de ese Estado, que se consolida como principal enclave conservador. Publicado en El País.



















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DEL CAFÉ SEMANAL: HOY, ¿RECUERDAS LO ÚLTIMO QUE HICISTE ANTES DE MORIR?, POR MANUEL JABOIS

 






Bryan Cranston (Breaking Bad) no se ha resistido al humanísimo impulso de despedirse de alguien recordando su último contacto, en este caso RJ Mitte, el actor con parálisis cerebral que interpretó a su hijo en la serie. La incredulidad (Mitte se ha suicidado a los 34 años) tiene muchas maneras de expresarse, pero ninguna mejor que la de contar los planes que teníais con el muerto. “¡Hace unos días quedamos para cenar!”, decimos de uno. “Si hace poco fuimos a jugar al tenis, ¿cómo es posible?”, decimos de otro. De nuestra sorpresa se deduce una conclusión ridícula: “¿Cómo se le ha ocurrido morir si teníamos pensado cenar: nunca piensa en los demás?“, o “¿cómo se pudo haber muerto si jugamos hace poco al tenis, tan mal jugué?”. Cranston relató que hacía poco había intercambiado correos con Mitte para almorzar. Al recordar Cranston su último contacto con él, al recordar nosotros la última vez que vimos a alguien de quien nos dicen que ha muerto de forma sorpresiva, lo que hacemos no es recordar esa última vez, porque para nosotros no era la última cuando lo vimos, no sabíamos que no lo volveríamos a ver, aquello no fue un final ni nada, generalmente se trató de una chorrada sin importancia (“me dijo que iba a votar a la Chunta”) sino que expresamos el íntimo asombro de que nuestro último encuentro fuese algo tan banal, tan parte de la vida como la decena de encuentros casuales que uno va teniendo durante la semana. “No me dijo que iba a tener un infarto en unos días, sólo que estaba acabando de leer un libro de autoayuda”. Pero de pronto lo trivial es trascendente, la muerte da al pasado un significado a veces extraño y ridículo que nos empeñamos en ver sublime (“algo le noté en la mirada cuando me dijo que no volvería a comer panceta”) porque no asumimos o no queremos asumir que la muerte generalmente, si llega de golpe, si llega en tromba, es un acto tan sencillo y despojado de épica como echar la llave. Por eso a menudo la sorpresa de verdad no es que el otro haya muerto, sino que tú no: “Pero cómo ha podido pasar, si me lo encontré hace unos días en el mercado..., y él me encontró a mí”. Manuel Jabois es escritor. Publicado en El País.






















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martes, 3 de noviembre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY MARTES: EL AMOR ES LO MÁS PARECIDO QUE TIENE LA VIDA A UN SENTIDO, POR DAVID MEJÍA

 





Ensayista, catedrático de Filosofía y referente intelectual, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) ha dedicado su trayectoria a reivindicar la libertad, la responsabilidad individual y el papel de la educación en la construcción de una sociedad democrática. En esta conversación reflexiona sobre la naturaleza de la filosofía, la ética, el placer, Spinoza, Kant, Nietzsche y las grandes preguntas que han atravesado su obra.

P. A menudo se refieren a ti como filósofo, pero tú siempre has preferido definirte como profesor de Filosofía.

R. Sí, efectivamente. Creo que cada uno debe ajustarse al papel que realmente ha desempeñado. Yo no soy un filósofo en el sentido en que lo fueron Spinoza o Kant. He sido profesor de Filosofía. He intentado acercar el pensamiento de los grandes filósofos al mayor número posible de personas, pero no me considero un creador de un sistema filosófico propio.

P. En uno de tus libros más celebrados, Las preguntas de la vida, aparece una dedicatoria que siempre me ha gustado mucho: «A los que no lo tienen todo claro». Después citas a Cioran: «Mi fuerza es no haber encontrado respuesta a nada». ¿Qué dicen esas dos frases sobre tu forma de entender la filosofía?

R. Las dos son una invitación al escepticismo. Cuando uno escribe un libro titulado Las preguntas de la vida, puede dar la impresión de que pretende responder definitivamente a las grandes cuestiones. Yo quise advertir desde el principio que no era así. Intento ofrecer respuestas, sí, pero siempre con reservas, con dudas. Creo que el territorio propio de la filosofía es precisamente la duda. Las respuestas filosóficas nunca deberían tranquilizarnos del todo.

P. ¿Cuál dirías que es la especificidad de las preguntas filosóficas frente a las preguntas de la ciencia o de la religión?

R. Son maneras distintas de enfrentarse a cuestiones que, muchas veces, pueden parecer semejantes. La ciencia formula preguntas que, cuando encuentran una respuesta comprobable, consideran resuelto el problema y pasan a otro. La respuesta científica es empírica y verificable. La religión, por su parte, parte de unas verdades reveladas y trata de interpretarlas. La filosofía funciona de otra manera. No pretende cerrar definitivamente las preguntas, sino profundizar en ellas. Un filósofo no deja al lector satisfecho porque haya encontrado la respuesta definitiva, sino porque le ayuda a comprender mejor la pregunta. En cierto sentido, la filosofía no resuelve los interrogantes: los hace más fecundos.

P. En la introducción de tu Diccionario filosófico dices que el filósofo es «el forastero por antonomasia», «el extranjero». ¿Qué quieres decir con esa imagen?

R. En la tradición clásica el filósofo aparece como alguien que llega de fuera. No forma parte de la rutina de la ciudad ni acepta sin más las convenciones establecidas. Su condición de extranjero consiste precisamente en eso: introduce extrañeza. No responde según lo esperado, sino que obliga a mirar las cosas desde otro lugar. El filósofo siempre descoloca un poco porque rompe con las respuestas convencionales.

P. Si hace años te hubieran preguntado cuál era el principal enemigo de la filosofía, quizá habrías respondido que la religión o la Iglesia. ¿Lo seguirías diciendo hoy?

R. Probablemente cuando era más joven tenía una visión más combativa. Hoy ya no. Creo que la filosofía convive con la religión, con la ciencia y con otras formas de conocimiento. No tiene sentido convertirla en un arma destinada a destruirlas. La filosofía posee una perspectiva propia y no necesita definirse únicamente por oposición a otras disciplinas.

P. ¿Tiene sentido preguntarse si la vida tiene sentido?

R. Sí. De hecho, quizá el sentido de la vida consista precisamente en preguntarse por su sentido. Es una pregunta distinta de todas las demás porque las trasciende. Nunca admite una respuesta completamente satisfactoria. La filosofía mantiene abierta esa cuestión y nos obliga a convivir con ella.

P. Hay dos palabras que suelen presentarse como enemigas: ética y placer. Pero en tu obra aparecen casi siempre como aliadas.

R. Porque creo que la conducta humana busca el placer. Pero no cualquier placer, sino un placer bueno, un placer compatible con una vida responsable. La ética no consiste en negar el placer, sino en aprender a disfrutarlo adecuadamente. Por eso ética y placer no son conceptos opuestos: deberían ser cómplices.

P. Coincides con Aristóteles en entender la ética como una forma de sabiduría práctica y en conceder tanta importancia a los hábitos. ¿Qué hábitos crees que deberíamos recuperar?

R. En la línea aristotélica, lo que debemos buscar es cómo aplicar mejor la prudencia. Una persona virtuosa es, sobre todo, una persona prudente, alguien que sabe aplicar correctamente las virtudes en las circunstancias concretas de la vida. Y respecto a los hábitos perdidos, no me gusta ese discurso según el cual todo tiempo pasado fue mejor y hoy se han perdido definitivamente las virtudes. La idea del filósofo como consejero único de la humanidad me hace reír. Pero la defensa de la prudencia, y de los mecanismos de la prudencia, me parece importante. Pierre Aubenque tiene un libro estupendo que se llama, precisamente, La prudencia en Aristóteles, que recomiendo mucho.

P. ¿Qué ha significado Spinoza para ti?

R. Spinoza representa uno de los grandes sistemas filosóficos de la modernidad. Su obra constituye un punto de referencia permanente para cualquier filósofo. Su manera de construir un pensamiento sistemático sigue siendo una referencia imprescindible para entender qué significa hacer filosofía. Siempre he dicho que todo filósofo, además de su sistema filosófico, tiene el de Spinoza.

P. Has criticado el moralismo, pero al mismo tiempo has defendido la dignidad humana y la autonomía, ideas muy kantianas. ¿Qué lugar ocupa Kant en tu pensamiento?

R. Un lugar fundamental. Kant enseña, sobre todo, a pensar. Más allá de sus conclusiones concretas, el razonamiento kantiano constituye una extraordinaria escuela de pensamiento. Gran parte de la filosofía posterior parte de él, aunque sea para discutirlo. Siempre le he tenido una enorme admiración, aunque no sea el pensador definitivo de nada, pero es quien ha planteado todos los caminos de la filosofía. El kantismo nos permite despegar hacia la filosofía, pero yo nunca me quedaría en Kant.

P. Nunca te interesó la ética animalista.

R. Porque creo que la ética es una reflexión sobre cómo convivimos los seres humanos entre nosotros. Siempre que escucho hablar de aplicar la ética a los animales me parece que es como incluir a los animales en las olimpiadas. Eso no significa que debamos maltratar a los animales, naturalmente. Pero otra cosa distinta es convertirlos en sujetos de la comunidad moral en el mismo sentido que las personas. Creo que eso desdibuja el objeto propio de la ética.

P. Peter Singer respondería que, como seres sintientes, los animales merecen formar parte de nuestra comunidad moral. El sufrimiento, por sí solo, no basta para fundamentar la moral.

R.Los seres humanos no solo sufrimos: comprendemos el sufrimiento, deliberamos sobre él y somos capaces de darle sentido o incluso asumirlo voluntariamente. La ética nace de esa capacidad racional y moral, no únicamente de la capacidad de sentir dolor.

P. Quería preguntarte también por Nietzsche. Siempre has admirado su pensamiento, pero también has advertido de sus riesgos. ¿Cuáles dirías que son sus virtudes y cuáles sus peligros?

R. Nietzsche es un pensador peligroso precisamente porque posee un talento literario extraordinario. Es uno de los grandes estilistas de la filosofía. Su manera de escribir seduce. A veces estamos dispuestos a darle la razón simplemente porque expresa las ideas con una belleza excepcional. Además, Nietzsche no busca eliminar todas las contradicciones. Convive con ellas. Entiende que el pensamiento humano no siempre puede aspirar a una coherencia absoluta, y esa es una de las razones por las que sigue siendo un autor tan fascinante.

P. En Fedón, Sócrates afirma que filosofar es aprender a morir. ¿Estás de acuerdo?

R. Siempre recuerdo una anécdota sobre una amiga de Voltaire. Alguien le decía que los grandes filósofos sostenían que filosofar era prepararse para morir. Ella respondió: «Pues todas las personas que he visto morir lo hacían muy bien a la primera». Me parece una buena respuesta. La muerte es lo que da espesor a la vida. Si no existiera, la vida perdería gran parte de su gravedad y de su importancia.

P. Para terminar, quería preguntarte por el amor. La filosofía quizá le ha dedicado menos atención de la que cabría esperar. ¿Por qué? ¿Y qué papel ha tenido en tu vida?

R. No lo sé. Pero una de las pocas conclusiones firmes a las que he llegado es que el amor es lo más parecido que tiene la vida a un sentido. Si tenemos que hablar del sentido de la vida, consiste precisamente en buscar, encontrar y fortalecer el amor. Una vida sin amor es una vida sin sentido.

P. ¿Es una convicción que has tenido siempre?

R. No, es algo que solo se aprende viviendo. Hay que haber amado para comprender la importancia del amor; hay que haber experimentado también lo difícil que puede ser amar y el sufrimiento que a veces conlleva. Cuando uno es joven tiene deseos, impulsos y pasiones. El amor, en cambio, es algo mucho más complejo. Solo la experiencia permite comprender realmente su profundidad. David Mejía, es escritor. Publicado en Ethic.















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ESPECIAL TRES DE HOY MARTES: A MÁS ATAQUES DE PUTIN, MAYOR DEBE SER EL APOYO DE EUROPA A UCRANIA, POR TIMOTHY GARTON ASH

 





Vladímir Putin está intensificando su guerra abierta contra Ucrania y su guerra encubierta contra el resto de Europa. El principal objetivo de esta última es debilitar el apoyo europeo a Ucrania para poder someter el país, algo que considera fundamental tanto para el futuro de Rusia como para el suyo propio. Aunque en el resto de Europa debemos prepararnos lo mejor posible para defendernos de todo tipo de ataques híbridos, el eje central de nuestra respuesta debe consistir en multiplicar nuestro apoyo a Ucrania. Ucrania es su principal objetivo. Es allí, y solo allí, no en una contienda formada por mil alfilerazos híbridos, donde se puede derrotar y detener de verdad a la Rusia de Putin.

En un nuevo y elocuente libro, Warum Russland nicht aufhören wird (Por qué Rusia no va a parar), el historiador alemán Martin Schulze Wessel demuestra que la política de Putin encaja en una antiquísima tradición rusa de expansionismo territorial y búsqueda de la hegemonía, combinada con una ideología imperialista impregnada de elementos religiosos. Nos recuerda que, en 2016, Putin dijo que “la frontera de Rusia no termina en ningún sitio” y, en 2025, “cualquier terreno que pise la bota de un soldado ruso es nuestro”. Los europeos occidentales, que imaginamos con optimismo que hemos relegado ese imperialismo territorial tan brutal al vertedero de la historia, tendemos a pensar que debe de haber alguna otra explicación (por ejemplo, algo que hicimos “mal”, como la expansión de la OTAN hacia el este). Los finlandeses, los estonios y los polacos saben muy bien que no es así. A pesar de sus debilidades, concluye el autor, Rusia es “el país más peligroso del mundo”. Puede que en Asia algunos pongan en duda esa generalización, pero, desde luego, Rusia es el país más peligroso para Europa.

Schulze Wessel presenta otro argumento sencillo, pero muy pertinente: la expansión de Rusia siempre se ha visto facilitada cuando puede cooperar con otras grandes potencias y se ha frenado cuando otras potencias iguales se oponen. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca el año pasado, Estados Unidos ha dejado de ser esto último y, en ocasiones, se parece a lo primero. Por tanto, ahora es Europa la que está asumiendo la carga de ser la potencia igual y en contra. Europa (incluido el Reino Unido) ha prestado ya más ayuda a Ucrania que Estados Unidos. Sus economías, sumadas, son diez veces mayores que la de Rusia; la economía alemana, por sí sola, duplica su tamaño.

Y, en ese esfuerzo europeo, Alemania tiene hoy el papel fundamental. En total, desde el inicio de la guerra en 2022, Alemania ha sido el mayor donante individual, a excepción de Estados Unidos. Según el seguimiento de la ayuda a Ucrania que lleva a cabo el Instituto de Kiel, Alemania ha aportado el doble que el Reino Unido o Francia. Teniendo en cuenta que la población de Kiev y Odesa sufre a diario los ataques de los misiles balísticos y los drones propulsados por reactores de Putin, merece la pena examinar las cifras del registro que hace el Instituto sobre los sistemas de defensa aérea. Alemania ha donado hasta ahora 19, entre los que hay cinco importantísimas baterías de defensa aérea Patriot de fabricación estadounidense, dos más de las que ha donado el propio Estados Unidos. En el primer año de esta guerra, defendí en estas páginas que Alemania “tiene una responsabilidad histórica única a la hora de ayudar a defender a una Ucrania libre y soberana”. En aquel momento, estaba convencido de que Alemania no estaba haciendo aún lo que debía.

Ahora, en el quinto año de una guerra que ya ha durado más que la I Guerra Mundial y que no tiene visos de acabar, puedo decir sin ninguna duda que sí lo está haciendo. No solo por la magnitud de su ayuda a Ucrania ni el aumento de su propio gasto en defensa, que, según las últimas previsiones del Ministerio de Hacienda alemán, alcanzará los 154.000 millones de euros en 2028 (aproximadamente la misma cantidad que el presupuesto militar de Rusia para este año).

Es además una cuestión de voluntad política. El canciller Friedrich Merz ha demostrado que tiene esa voluntad y también que tiene valor, al viajar en tren desde Alemania a Ucrania la tarde del 3 de octubre, en el 36º aniversario de la reunificación alemana, acompañado de una delegación de peso en la que estaban varios directivos del sector de la defensa. En esta ocasión, el bombardeo ruso contra objetivos civiles del centro de Kiev, entre ellos la Academia de Ciencias de Ucrania y los puentes que cruzan el río Dniéper, no cesó a pesar de que —o quizás precisamente porque— Moscú sabía que el líder alemán estaría allí.

Para un historiador, hay algo que resulta muy familiar en todo esto. ¡No puede ser, otra vez Alemania y Rusia! Sin embargo, cada vez es diferente. Históricamente, Alemania es una de las potencias que más ha contribuido a facilitar la expansión rusa (no hay más que recordar el pacto Hitler-Stalin de 1939), pero también una de las que más la ha amenazado. En la I Guerra Mundial, e incluso de forma más marginal en la Segunda, algunos nacionalistas ucranios pensaron que un conflicto entre Alemania y Rusia les daba una oportunidad para alcanzar la independencia. Sin embargo, lo que consiguieron fue el colonialismo de la Alemania imperial (y luego la derrota alemana) en el primer caso y el fascismo genocida de Hitler (y luego la derrota alemana) en el segundo.

Ahora, por fin, Alemania está verdaderamente comprometida, pese a los costes y riesgos que eso supone, con la soberanía de Ucrania. Para cualquiera que conozca esta enmarañada historia, hay algo no solo redentor, sino francamente inspirador, en el hecho de que la Alemania democrática sea uno de los países que más está contribuyendo a sostener el histórico esfuerzo de una Ucrania independiente por ocupar el lugar que merece en una gran comunidad europea de países libres.

¿Pero hasta cuándo? ¿Y con cuánto apoyo del resto de Europa? Precisamente porque Putin conoce muy bien el papel fundamental de Alemania, ha hecho de este país uno de los principales objetivos de su guerra híbrida, desde los drones cargados de explosivos en el aeropuerto de Leipzig y las amenazas de asesinato contra directivos de la industria de defensa hasta las injerencias políticas encubiertas y la desinformación. Mientras Ucrania se prepara para su invierno más difícil hasta la fecha, hay tres aspectos estrechamente relacionados que van a ponerse a prueba: la voluntad de Alemania de mantenerse en el lado correcto de la historia, la capacidad de las democracias para sostener la lucha contra una dictadura (una preocupación constante) y la habilidad de Europa para permanecer unida en esta causa.

Un escéptico puede señalar muchos motivos para el pesimismo. Merz es impopular en su país. La AfD, el partido que marca hoy el ritmo de la política alemana, entregaría Ucrania a Rusia. En Francia, la candidata presidencial del Reagrupamiento Nacional, Marine Le Pen, proclama que no pueden permitirse seguir dando tanta ayuda a Ucrania. La solidaridad con sus vecinos también está derrumbándose en la derecha polaca, con dos partidos pequeños que se muestran descaradamente anti-Ucrania. En una encuesta llevada a cabo en Italia el mes pasado, más de la mitad de los entrevistados se opusieron a que se siguieran enviando armas a Kiev.

Hace poco, en Bruselas, me encontré con un público numeroso que parecía inquebrantable en su apoyo a Ucrania… hasta que, justo al final, nuestro debate derivó hacia la cuestión del uso de los activos rusos congelados que están guardados en Bélgica. Ah, bueno, eso no. Sin embargo, con el terrible daño que está sufriendo la economía ucrania, incluidas sus exportaciones de cereales a través del mar Negro, los expertos calculan que, solo en 2027, podría ser necesaria una ayuda adicional para Kiev de hasta 100.000 millones de euros, que en la actualidad no puede financiarse; y los contribuyentes europeos, en situación complicada, no están dispuestos a pagar esa cantidad.

Putin cree que las decadentes democracias europeas se desmoronarán ante la férrea determinación de un déspota imperialista. Nuestro deber es demostrarle que se equivoca. Timothy Garton Ash es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. Su último libro es Europa en 7 capítulos y medio (Penguin) Publicado en El País.




















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ESPECIAL DOS DE HOY MARTES: LA LÍNEA TORCIDA, POR DAVID TRUEBA

 





La palabra accidente procede de la idea de algo que te cae encima. Un amigo sostenía que le gustaba mucho viajar en tren hasta que los trenes empezaron a volar, es decir, a ir demasiado rápido. Reducir los tiempos de traslado entre grandes ciudades es una de las obsesiones que ha ido despoblando nuestro país, a la espera del teletransportador que nos fascinaba de Star Trek. El terrible accidente de trenes que segó la vida a 69 personas en Urda (Toledo) la semana pasada nos cayó encima con historias sobre mecanismos de seguridad, sistemas de frenado y paneles de control. Pero nadie ha hablado de la lentitud. La aceleración de la civilización en los últimos treinta años también es física. Vamos demasiado deprisa. Incluso a la hora de analizar una tragedia nos precipitamos. Unos días antes del accidente ferroviario un autobús cayó por un terraplén de 20 metros en Fogars de Montclús (Barcelona). Milagrosamente no hubo víctimas mortales, pero en España mueren al año en la carretera menos de 2.000 personas. Antes de la implantación del carnet por puntos superábamos los 4.000 muertos al año y se redujo esa cifra con controles de alcoholemia, mejora de vías y avances en los sistemas de protección. Mejoramos porque los ciudadanos tomaron conciencia de un drama que sacudía a todas las familias.

Si a algo nos obligan las tragedias de Angrois, Adamuz y Urda es a replantearnos el problema de la alta velocidad. En cinco años ha multiplicado por dos el número de viajeros anuales. Esta sobrecarga nos hace más vulnerables. También la fatiga de materiales requiere una constante revisión en toda la longitud del trazado. La precariedad laboral es fácil suponer que es la misma que sufren casi todos los servicios. Se ha apuntado incluso a la falta de una transición generacional llevada a cabo sin prisas en los puestos de responsabilidad. El perfil político de los directivos no ayuda a optimizar la gestión porque la corrupción en España se suele condensar en las infraestructuras y sus grandes contratas de construcción y servicios. Como pasa con la sanidad pública, la convivencia del negocio particular con las infraestructuras estatales provoca un desvío constante de ingresos, atención y cuidados que convierte al ciudadano en cliente en lugar de dueño. El proceso tiende a finalizar siempre con la privatización total de los servicios públicos, porque esa es la manera por la cual los políticos finalmente se sacuden toda responsabilidad.

La presión turística sobre España fuerza nuestras infraestructuras de transporte, sanidad, limpieza, energía y consumo, pero como el negocio es boyante celebramos los récords anuales de llegadas. Cuando observamos la degradación laboral y la magnitud del problema de vivienda comprobamos que el muchísimo dinero que ganamos gracias al turismo no alcanza para tapar la grieta que provoca. La política madura, la que no se dedica a inflamar a los queridos niños camino del día de la votación, tiene que centrarse en el equilibrio. Las reformas, las regulaciones y las compensaciones son el único mecanismo de reequilibrio en un paisaje que se inclina, como las mesas del casino, hacia las ganancias de unos pocos y las pérdidas de otros muchos, esos ilusos que aún confían en la suerte. Pero lo inteligente es estar preparado para cuando llega la mala suerte. Los accidentes siempre señalan algún aspecto que falla, cada vez uno distinto, pero una mirada más valiente nos ayudaría a apreciar con mayor claridad la deriva en que vivimos. Como escribió el poeta Luis Chaves: “Hay que empezar la década otra vez, la línea va torcida”. David Trueba es cineasta. Publicado en El País.






















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