viernes, 5 de junio de 2026

ESPECIAL DE HOY. LEÓN XIV EN ESPAÑA: CUANDO EL NEOLIBERALISMO YA NO SALVA, VUELVE DIOS, POR EDUARDO BAYÓN. 5 DE JUNIO DE 2026.

 





El 6 de junio aterriza en Barajas León XIV, en el primer viaje papal a España desde Benedicto XVI en 2011. La Plaza de Cibeles acogerá el domingo 7 la misa solemne del Corpus Christi, miles de voluntarios despliegan una logística que recuerda a la de la Jornada Mundial de la Juventud y Madrid se prepara para una semana de actos culturales en torno a la visita. Quince años después del último gran acto católico en España, la pregunta no es por qué viene el Papa. Es por qué importa que venga.

La cuestión religiosa ha regresado al centro de la conversación pública no como reliquia, sino como síntoma. Lo que está emergiendo en España y en buena parte de Occidente no es exactamente una «vuelta de lo sagrado», sino una búsqueda de refugio, identidad y sentido tras dos conmociones decisivas —la crisis de 2008 y la pandemia de la COVID-19— que dejaron a una generación entera socializada en la precariedad, la incertidumbre y la intemperie emocional.

La dirección del movimiento es clara, aunque su contenido sea ambiguo. El Barómetro sobre Religión y Creencias en España (BREC 2025) de la Fundación Pluralismo y Convivencia, publicado en noviembre, sitúa en el 31% el porcentaje de jóvenes españoles que cree en alguna fuerza vital. Pero el 61% de los jóvenes de 18 a 24 años se declara ya indiferente, agnóstico o ateo. El Informe España 2025 de la Cátedra Martín Patino habla directamente de «tercera gran oleada de secularización»: el 60% de los jóvenes ya se declara sin religión, frente al 13% del año 2000. La paradoja es exacta. Cae la fe institucional. Crece la demanda de sentido. Y lo que ocupa el hueco no es nada en particular: es de todo un poco. Espiritualidad pop, conversiones puntuales, obsesión con la energía y el destino, sufismo asomando en la música mainstream, una necesidad difusa pero insistente de «creer en algo».

Para entender el fenómeno conviene recuperar a Marvin Harris. Su tesis era tan simple como incómoda: las creencias religiosas no flotan por encima de la sociedad como ideas puras, sino que condensan necesidades materiales, tensiones colectivas y estrategias de adaptación. La religión, leída desde el materialismo cultural, no se entiende solo por lo que dice sobre Dios, sino por lo que hace por quienes la necesitan.

Harris vinculó el crecimiento de cultos y fundamentalismos en los años ochenta a la acumulación de frustración y resentimiento provocada por el fracaso de la sociedad industrial avanzada para ofrecer la satisfacción material prometida. Es difícil no leerlo como descripción anticipada del presente. El ciclo abierto en 2008 rompió la expectativa de ascenso social. La pandemia añadió aislamiento, duelo, vulnerabilidad y conciencia de finitud. El auge espiritual actual no es una anomalía antimoderna: es una respuesta moderna al agotamiento del orden neoliberal..

La pandemia fue decisiva porque hizo visible lo que las rutinas tapaban. El confinamiento, la suspensión de la vida presencial, el duelo masivo y la experiencia compartida de fragilidad expusieron hasta qué punto la vida contemporánea descansaba sobre vínculos debilitados. Para muchos jóvenes no fue solo una crisis sanitaria: fue una interrupción biográfica en los años formativos.

A esa intemperie se le suma una segunda capa. El Observatorio Estatal de la Soledad no Deseada (SoledadES) cifra en el 25,5% la proporción de jóvenes de 16 a 29 años que se sienten solos en el momento actual, y revela que casi la mitad (45,7%) llevan más de tres años en esa situación. La hiperconexión digital, lejos de resolver el problema, lo prolonga en bucle: visibilidad sin pertenencia, estímulo sin vínculo, comparación sin consuelo. Las pantallas funcionan como anestesia, no como cura. Y cuando la anestesia deja de hacer efecto, la pregunta religiosa vuelve a hacerse audible.

Lo que ni la técnica ni la política logran proporcionar con eficacia, lo ofrece la religión casi por defecto: lenguaje para el sufrimiento, ritual, idea de destino, promesa de protección, narrativa de sentido. No es casual que en los años posteriores a la pandemia hayan proliferado los discursos sobre interioridad, sanación, propósito y trascendencia. El vacío no desapareció con las restricciones. Se volvió consciente.

Rosalía es el caso más visible de este giro, aunque conviene leerlo con precisión. Lux, lanzado el 7 de noviembre de 2025 y grabado con la London Symphony Orchestra —con la participación del Cor de Cambra del Palau de la Música y de la Escolanía de Montserrat—, no es un álbum católico: es deliberadamente sincrético. La cantante ha repetido en entrevistas que «resuena» con el budismo, el islam, el cristianismo y el hinduismo. «La Yugular» se inspira en Rabia al-Adawiyya, mística sufí del siglo VIII y considerada la primera santa sufí del islam, y toma su título de un versículo del Corán. Hábito de monja en la portada, sufismo en las letras, latín y árabe en los créditos. Lo que vuelve, con Rosalía, no es la institución. Es la pregunta. Y eso es lo relevante: ni siquiera en la cima del éxito y la hipervisibilidad digital basta la promesa secular del reconocimiento. La celebridad no vacuna contra el vacío; en ocasiones lo hace más nítido.

El caso de Ernesto Castro va por otro lado y dice algo distinto. El filósofo de la Autónoma de Madrid, durante años referente del pensamiento crítico joven y declarado ateo, hizo pública su conversión al catolicismo en una carta a León XIV publicada el 26 de mayo, donde reconoce que se bautizó, confirmó y comulgó por primera vez «hace dos semanas» y que la conversión «fue iniciativa de la Virgen de Montserrat». El gesto rompe el supuesto secular de que la religión retrocedería sin remedio en los entornos urbanos, universitarios y formados.

No obstante, que figuras formadas y mediáticas se conviertan no demuestra que la sociedad esté volviendo a la fe. Estos casos visibles conviven con cifras macro inequívocas de secularización creciente —el 60% de los jóvenes sin religión, el 61% de 18 a 24 años en posiciones indiferentes, agnósticas o ateas—. Lo que sí indican es otra cosa: que la búsqueda de sentido aparece también en sectores muy socializados en el escepticismo y que los lenguajes terapéuticos, ideológicos o racionales han dejado de bastar para responder a ciertas experiencias de límite. La fascinación pública con cada conversión mediática dice menos sobre la religión que sobre el vacío del repertorio simbólico disponible.

Si Rosalía y Castro expresan la dimensión cultural del fenómeno, el auge evangélico muestra mejor su infraestructura social. Según el Observatorio del Pluralismo Religioso, en 2025 hay 4.763 lugares de culto evangélicos en España, frente a 3.353 en diciembre de 2012: más de 1.400 templos nuevos en poco más de una década. Y, en perspectiva histórica, el salto es aún mayor: en 1992 las iglesias evangélicas registradas eran apenas 529. En tres décadas se han multiplicado por nueve. Cataluña lidera el mapa actual (1.010), seguida de Madrid (855), Andalucía (744) y Comunidad Valenciana (510). Solo en la Comunidad de Madrid se han abierto en torno a trescientos templos evangélicos en los últimos doce años. Las organizaciones evangélicas calculan más de un millón de fieles. Y el factor decisivo es plenamente material: inmigración latinoamericana, inserción barrial, redes de ayuda mutua, comunidad cotidiana, pertenencia en contextos de fragilidad. Donde el Estado del bienestar adelgaza, las congregaciones engordan.

Junto a esa religión popular y comunitaria crece otra cosa muy distinta: una espiritualidad burguesa, estetizada, individualizada y compatible con el consumo cultural. En sectores de clase media y media-alta, lo espiritual opera como compensación elegante para vidas estructuradas por el rendimiento, la autoexplotación y el desgaste psíquico. No siempre impugna el privilegio: a menudo lo sublima. Mindfulness, yoga, retiros, journaling, microdosis, astrología, coaching trascendental.

La diferencia importa políticamente. En sectores populares, la religión es red de apoyo, disciplina compartida y comunidad real. En sectores burgueses, suplemento de alma para biografías saturadas. Dos lógicas distintas, nacidas del mismo clima histórico: el derrumbe de la promesa de que el crecimiento, la meritocracia, la tecnología y el consumo iban a sustituir, sin más, las viejas necesidades de pertenencia y trascendencia.

León XIV aterrizará en Madrid el sábado en un país que ya no es mayoritariamente católico, pero que vuelve a tener la religión —y la espiritualidad— en el centro de la conversación pública. La utilidad de Harris está en que permite escapar tanto del triunfalismo religioso como del desprecio secular. El retorno de la fe no demuestra que «Dios ha vuelto», pero tampoco puede despacharse como moda irracional o residuo reaccionario. Lo que está emergiendo es una respuesta social inteligible a un largo ciclo de precarización, hiperconexión sin comunidad, soledad y agotamiento.

Conviene, en cualquier caso, no confundir la visibilidad mediática del fenómeno con su dimensión real. España se seculariza a un ritmo histórico —el 60% de los jóvenes ya no se identifica con ninguna religión—, y lo que retorna no es la fe institucional, sino una demanda difusa de sentido que ocupa el hueco dejado por promesas seculares incumplidas. La derecha cultural celebrará las conversiones mediáticas como prueba de un giro civilizacional; la lectura ecuánime es otra: el repertorio simbólico que dejó la modernidad neoliberal —rendimiento, consumo, autorrealización individual— resulta hoy insuficiente para una generación entera. Que algunas figuras públicas llenen ese hueco con catolicismo no significa que la sociedad lo haga; significa que el hueco existe y que está a la espera de ser llenado por algo.

Por eso la pregunta clave no es por qué vuelve la religión, sino qué ha fallado para que vuelva a resultar atractiva. El auge espiritual posterior a 2008 y a la pandemia habla de fe, pero también del mercado, del trabajo, de las pantallas, de la fragilidad de los vínculos y de la incapacidad del orden contemporáneo para ofrecer sentido además de estímulos. No está regresando simplemente Dios. Está quedando a la vista que la sociedad digital tampoco sabía salvar. Eduardo Bayón es analista político. InfoPolítica, 5 de junio de 2026.




















DEL CAFÉ DE SOBREMESA.BLECUA, POR LUIS GARCÍA MONTERO. 5 DE JUNIO DE 2026

 






Los topónimos no son fríos. Era siempre una emoción hablar con José Manuel Blecua de todo lo que cabe en las palabras, seres vivos que se escapan de los diccionarios para respirar entre las personas. Hace ahora dos años, cuando dejó un legado en la Caja de las Letras, recordó su trabajo como director académico del Instituto Cervantes entre 1994 y 1995. Poner en marcha la institución junto a Nicolás Sánchez-Albornoz le hizo comprender que los topónimos no son fríos. Cada vez que escuchaba noticias sobre algún suceso en El Cairo o en Beirut, una sequía, una guerra, los topónimos se llenaban de gente, personas que salían todas las mañanas a la calle, caminaban entre las dificultades de la existencia y decidían, por ejemplo, estudiar o enseñar un idioma. La cordialidad de Blecua era inseparable de su amor por las palabras. A través de ella había aprendido, como lector y filólogo, a respetar el menester y la conversación de los hablantes.

Los apellidos tampoco son fríos. Hablar con Blecua era también estudiar a Lope de Vega con su padre, don José Manuel, o a Garcilaso con su hermano Alberto. El apellido Blecua es un sinónimo de la palabra filología, salta de los libros a la admiración para juntarse con Lázaro Carreter, Ynduráin o Alvar, y luego con Góngora o Juan de Mena, pasando más tarde a la gramática española, la lingüística y la significación de todo tipo de antónimos. Porque si tienen valor los sinónimos, tampoco carecen de importancia los antónimos. Su respeto a la vida de las palabras le llevó a entender la importancia de la diversidad de nuestro idioma y la riqueza del español en América. Desde el Instituto Cervantes abrió el camino que desembocaría poco después en el primer Congreso Internacional de la Lengua Española en Zacatecas. Allí se comprobó que los topónimos no son fríos y que el amor a la literatura y las palabras es inseparable del respeto a la dignidad los seres humanos. Luis García Montero es poeta y director del Instituto Cervantes. 1 de junio de 2026.
















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY VIERNES, 5 DE JUNIO DE 2026

 































DEL ARCHIVO DEL BLOG. DE LAS MÁQUINAS QUE NOS VIGILAN, POR GUILLERMO ALTARES. PUBLICADO EL 10 DE JUNIO DE 2019

 





Uno de los indicios claros de que algo inquietante está ocurriendo se produce cuando las distopías comienzan a llegar al mundo real y las máquinas que nos vigilan comienzan a ser de uso general, escribe en El País el periodista Guillermo Altares.

Desde las novelas de Philip K. Dick, comienza diciendo Altares, hasta la serie Black Mirror, la ciencia ficción ha especulado sobre los límites de la tecnología y el momento en que deja de ser una ayuda para convertirse en un problema. Uno de los indicios claros de que algo inquietante está ocurriendo se produce cuando las distopías comienzan a llegar al mundo real. Y ese es el problema que plantean ahora mismo los sistemas de reconocimiento facial, una revolución tecnológica que amenaza la privacidad de todos los ciudadanos en los espacios públicos.

Un hombre fue multado recientemente en Londres por cubrirse ante una cámara para evitar el reconocimiento facial, un incidente que fue filmado por la BBC. El Parlamento Europeo ha aprobado la creación de una base de datos con los rostros de los 500 millones de habitantes de la UE, mientras que la Estación Sur de autobuses de Madrid, por la que pasan 20 millones de personas, cuenta con un sistema de este tipo. China es el país donde el reconocimiento facial está más desarrollado (hay una cámara por cada siete habitantes) y se utiliza para el control de la población en una situación que se parece cada vez más al Gran Hermano de George Orwell.

Primero se multiplicaron las cámaras en los espacios públicos y luego se introdujeron sistemas cada vez más sofisticados para poner un nombre a cada uno de esos rostros de la multitud. Esta tecnología no es solo capaz de reconocer a una persona de cerca —como ocurre para desbloquear algunos móviles, en tiendas o en cajeros automáticos—, sino que también puede localizar a alguien y conocer sus movimientos y los lugares que visita.

La reciente prohibición de estos sistemas por parte de la ciudad de San Francisco, donde están basadas muchas de las multinacionales tecnológicas, ha lanzado la voz de alarma sobre las derivadas indeseadas de estos sistemas que, si bien es cierto que pueden ser un instrumento muy útil contra el crimen, también tienen la capacidad de laminar la privacidad. Este paso de San Francisco se produjo mientras algunos inversores de Amazon trataban de que la multinacional frenase la distribución de su sistema Rekognition, uno de los más eficaces del mercado, pero fracasaron. El debate sigue, pero el ojo del Gran Hermano se hace más grande y más preciso.


























DEL POEMA DE CADA DÍA. MANUAL DE ARENAS, POR ANA MELGOSA. 5 DE JUNIO DE 2026

 






MANUAL DE ARENAS




Espectacular arenoso manual

La poesía es una herida que se recorre con la pluma

Ella nos tantea con la memoria cuando

chequeamos

nuevas síntesis de imágenes


Ultraísmo y Creacionismo


Así se calman el mar y el alma:

Eliminando la rutina y la mala costumbre,

los usos repetidos y otras ornamentaciones

Negando frases confirmantes, obstaculizando

palabras confinantes, taponando adjetivos

baldíos y limitando a los confidentes aleatorios


Amar es tener una brecha que no cierra

un arañazo se cura con metáforas

una rozadura se calma con aplicaciones frescas

de sugerencias

y apósitos de libertad


Pero ser…, ser es poseer poesía

es tener un reloj de arena cuyo arsenal da para

construir tiempo infinito con cada pequeño

fragmento como mampostería de la vida


«Quiero oír cada grano de arena que voy pisando»


Medir la lejanía y el horizonte con un compás

de curvas planas

y aguardar olas, espumas y marea

como revolución íntima


La geografía extraña al que no viaja

El mar exilia a quien no naufraga


Ser es tener un reflector

un faro, una grúa, una tolva, bahía, eco, espumas,

navíos y un piano

Y como Dante, un largo estudio y un gran amor


Allí también me entraron ganas de dibujar

a la luz del farol del borracho

en la calle con luna

Y en la noche bahía

sentada al borde del dique o en el rompeolas

ir desatando todos los barcos que pudiera


La geometría del alma evoca la melancolía

y extraña a quien no viene de lejos


El mundo confina a quien no viaja por el tiempo

y el horizonte expulsa a quien no naufraga




ANA MELGOSA (1975)

poetisa española




***



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Ana Melgosan (1975) estudió arte en Leku-Eder (Bilbao), diseño de interiores en la escuela de Artes Aplicadas de Bilbao y Zaragoza. Se formó como artista plástica en la academia de dibujo y pintura del Museo de Reproducciones de Bilbao y en el atelier modèle vivant del Circulo de Bellas Artes de Madrid; aprendió técnicas antiguas de pintura y restauración con Nicolai Nicolaievich Senin, y actualmente tiene su estudio en Santander.





































DEL ASUNTO DEL DÍA. CÓMO DOS EMPERADORES TROPEZARON CON CON LA GUERRA, POR XAVIER COLÁS. 5 DE JUNIO DE 2026

 






Una lección común sobre la historia de los emperadores de ayer y hoy es que no suelen tropezar al primer paso. Tropiezan cuando un éxito anterior les enseña una conclusión falsa.

El problema de los emperadores es que acaban creyendo demasiado en su propia biografía. Vladimir Putin siente que sabe mucho sobre historia, aunque no siempre predice bien lo que va a pasar: creyó que 2022 sería 2014, una victoria ineludible aunque con más tanques. Donald Trump confía en sus instintos, y calculó que la batalla de Irán sería como la de Caracas pero con más portaaviones desplegados en esas aguas. Ahora están ambos entrampados en guerras que parecían menos complejas, y condicionan la política europea.

Para Europa, Putin es abiertamente una amenaza, aunque en algunos sectores sigue siendo visto como el proveedor barato de energía al que alguna vez habrá que recuperar. Con Trump aparece ante nosotros el aliado norteamericano malogrado por la putrefacción política, y los europeos dudan si señalar la desnudez populista y temeraria del emperador o ponerse de perfil para conservar los vínculos que hicieron florecer la relación durante el siglo XX.

Europa contempla las humaredas del campo de batalla con espanto. Trump y Putin entraron en la guerra con la memoria de un éxito anterior, y los dos descubrieron demasiado tarde que la historia no se repite a voluntad del hombre que manda.  La resistencia de Europa en su apoyo a Ucrania ha hecho que Moscú señale a los europeos como participantes en la guerra. Y la renuencia de los socios de la UE a seguir a Trump en su aventura iraní ha dado al voluble emperador americano una excusa para cargar contra el continente europeo precisamente por no querer participar.

El problema es cómo se puede influir sobre jefes de Estado que parecen diseñados para ser herméticos ante cualquier presión.

Serguéi Lavrov, preguntado por un empresario sobre si Putin le consultó antes de invadir Ucrania, musitó: «Putin tiene tres consejeros: Iván el Terrible, Pedro I y Catalina II». En el caso ruso, la trampa estaba en Crimea. Fue precisamente Catalina quien convirtió Crimea en trofeo imperial ruso en 1783, después de arrancarla de la larga mano otomana y vestir la anexión como destino histórico. Potemkin, su hombre en el sur, transformó la península en pieza central de la expansión rusa hacia el mar Negro. Por eso cuando Putin habla de Crimea invoca el glorioso 1783, la vieja frontera sur de Catalina, la fantasía de Nueva Rusia y la idea de que la historia rusa avanza corrigiendo humillaciones.

La anexión de 2014 fue rápida, barata y sancionada por Occidente con más indignación que castigos inmediatos. Putin leyó aquel episodio como una prueba de debilidad ucraniana y de cansancio –o poca resistencia – occidental. Ocho años después, más aislado, más ideologizado y con un círculo de decisión cada vez más estrecho, convirtió ese chute histórico en un descabellado plan militar. Ucrania no sería una guerra, sino una corrección histórica. Kyiv no lucharía, pues no opuso resistencia a perder Crimea, y el Estado se partiría como ocurrió con Donbas. Europa protestaría y después seguiría comprando gas y petróleo, igual que hizo tras 2014. Así fue cómo la guerra de 2022 empezó como una aventura emprendida desde un palacio mal informado. Putin no subestimó solo al Ejército ucraniano. También subestimó la existencia política de Ucrania, la capacidad europea de reaccionar y el coste de convertir una operación de decapitación en una guerra nacional. Desde entonces el Kremlin ha ido moviendo el objetivo de la victoria. Primero era tomar Kyiv. Luego liberar el Donbás. Después resistir a lo que en Moscú llaman «Occidente colectivo». Hoy la guerra que debía demostrar la grandeza rusa consume soldados, presupuesto, industria, alianzas y futuro. Moscú puede avanzar, bombardear y aguantar más que una democracia, pero ya no puede fingir que no es una guerra de verdad sino una «operación militar especial» contra unos nazis sueltos.

Trump necesita una guerra corta porque su coalición no está hecha para soportar una larga, pero el régimen ruso puede metabolizar pérdidas, censura, pobreza relativa y miedo

Donald Trump tropezó con otra analogía. Caracas le ofreció una imagen demasiado perfecta de su poderío: una operación fulminante, un enemigo personal capturado, una capital sobrevolada con impunidad por sus Delta Force, dejando un régimen descabezado. Durante los días posteriores el rey bravucón se mostró capaz de vender la acción como restauración del orden. El precedente venezolano alimentó una idea muy trumpiana de la guerra, pero la verdad es que Irán no es Venezuela. No es un régimen dependiente de un solo hombre ni una crisis caribeña contenible en la lógica del patio trasero. Irán tiene profundidad estratégica, mucha población, un sólido aparato ideológico, redes regionales que no ayudan a descabezar a distancia, misiles escondidos, drones probados en Ucrania y una palanca económica que ha demostrado ser formidable: Ormuz.

El resultado es que la guerra que empezó con maximalismo –destruir capacidades, imponer condiciones, insinuar cambio de régimen– se está encogiendo hacia los términos clásicos de toda salida imperfecta: un alto el fuego, la esperada reapertura del estrecho, mediadores y sobre todo propaganda de victoria para todos.

Los dos errores nacen de la misma enfermedad imperial: confundir el precedente con una ley escrita en mármol. Putin pensó que Ucrania seguía siendo el país fracturado y vulnerable de 2014. Trump pensó que la intimidación que funcionó en Caracas podía trasladarse al Golfo Pérsico. En ambos casos, el enemigo fue menospreciado antes de ser atacado.  La propaganda hizo el resto. Rusia no invadía: se defendía de una cosa invisible. Estados Unidos no lanzaba otra guerra: prevenía un peligro nuclear y castigaba a un régimen hostil aunque lejano.

La diferencia está en el tiempo: Trump necesita una guerra corta porque su coalición no está hecha para soportar una larga, pero el régimen ruso puede metabolizar pérdidas, censura, pobreza relativa y miedo. El trumpismo puede asimilar golpes de fuerza, imágenes de superioridad y negociaciones disfrazadas de rendición ajena. Pero una guerra cara, con petróleo alto, división interna y objetivos cambiantes, amenaza el centro mismo de su relato: que basta con querer para imponer. No olvidemos que Trump tiene elecciones legislativas en noviembre.

En Europa hay inquietud sobre cómo las tensiones del trumpismo pueden dañar las garantías de seguridad del viejo continente. «Desde mi punto de vista es horrible las declaraciones de activistas Maga cuestionando los vínculos euroatlánticos», admite un diputado polaco que prefiere hablar desde el anonimato: «Si queremos revivir nuestras relaciones euro atlánticas tenemos que asumir el peso de nuestra seguridad». Pero en todo caso, recuerda que «tenemos muchos vínculos como para estar pendientes de cada reacción de Trump».

También difieren los riesgos. Para Putin, Ucrania es el lugar de su régimen en la historia. La guerra ha concentrado a Rusia alrededor de la industria militar, la represión y la dependencia de China. Una derrota clara pondría en duda veinticinco años de autoridad personal y una paz mala dejaría a la vista que la sangre no compró kilómetros para el imperio. Por eso Putin puede preferir una guerra interminable a una conclusión humillante. El peligro es perder el derecho a explicar Rusia, porque durante los últimos 10 años se ha erigido en principal intérprete.

Para Trump, Irán no es existencial para Estados Unidos, pero puede ser corrosivo para su presidencia. El riesgo no es el colapso del Estado, sino la fractura. Sobre todo porque prometió fuerza sin pantano, castigo sin ocupación, victoria sin coste. Si termina aceptando un acuerdo parecido al tipo de pacto nuclear que antes despreciaba, podrá llamarlo triunfo, pero sus adversarios lo llamarán retirada. La política estadounidense permite cambiar de relato con más facilidad que la rusa. Y también castiga más deprisa cuando la factura llega al bolsillo.

Los clásicos ayudan a entender el problema. Roma no hacía la guerra sin vestirla antes con compases de ceremonia: los sacerdotes de la diplomacia y de la guerra, envolvían el conflicto en ritos, reclamaciones y fórmulas de justicia… la violencia necesitaba un lenguaje solemne. Aquello no impedía el imperialismo, pero obligaba a presentarlo como necesidad. En Atenas la guerra se discutía en la asamblea, y aun así la democracia ateniense se precipitó sobre Sicilia en una expedición desastrosa: de nuevo encontramos mucha retórica, mala inteligencia, objetivos hinchados y una derrota que cambió la guerra del Peloponeso.

«Si Putin pensaba que con la invasión iba a recuperar el prestigio de Rusia en el mundo, está claro que se equivocó», explica José María Faraldo historiador y autor de Sociedad Z. La Rusia de Vladimir Putin. Faraldo señala que «ni siquiera los países que le apoyan ven a Rusia como un líder o un modelo de futuro». Salvo en pequeños aspectos como la reacción conservadora o represión de minorías, no hay «nada en lo que Rusia parezca poder liderar a las autocracias menores».

¿Hay solución para los desmanes de dos hombres tan poderosos? Edward Lucas, periodista y autor de The New Cold War (La Nueva Guerra Fría, 2008) no es muy optimista: «Creo que los países solo cambian de verdad cuando sufren un shock político o económico profundo». En el caso ruso, «si la prosperidad económica de Rusia dejara de depender de recursos naturales vulnerables en un modelo depredador y pasara a basarse en una economía mucho más descentralizada y de servicios, donde el Estado no tuviera tanto control, quizá eso cambiaría algo».

Putin aprendió de Crimea que Ucrania era vulnerable y Europa manejable. Trump aprendió de Caracas que la audacia podía sustituir a la estrategia. Ambos descubren ahora que una guerra empieza en el despacho del líder, pero después a la mesa se sienta el enemigo, bajo los nubarrones de la economía, con el eco de los muertos, el condicionante del tiempo y la tozudez de los hechos. Pero todo esto será en todo caso una lección para los siguientes emperadores. Xavier Colás es periodista. Ethic, 1 de junio de 2026.