DESDE EL TRÓPICO DE CÁNCER (20 ANIVERSARIO)
El blog de HArendt (2006-2026) Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 5 de septiembre de 2026
DEL ARCHIVO DEL BLOG. SOBRE LA DEMOCRACIA, POR HARENDT. PUBLICADO EL 24 DE ABRIL DE 2016
Que la democracia, o por resultar menos beligerante en la expresión, que las instituciones democráticas no están funcionando correctamente es un hecho incontrovertible. Que deberían hacerlo, el funcionar, también. Ahora bien, ¿cuál y cómo debería ser el funcionamiento correcto de esas instituciones en una democracia moderna? Ahí estoy convencido que caben opiniones varias, todas respetables, aunque unas resulten más respetables que otras. No seré yo quien resuelva la ecuación, entre unas razones porque no tengo la respuesta, y entre otras porque lo que yo piense al respecto no es relevante. En cambio, sí tengo algunas ideas claras sobre la democracia. Así, en plan informal, sin afán de verdad absoluta, que no tengo reparos en compartir con ustedes: 1) La democracia moderna es representativa o no es democracia. 2) La democracia directa no existe; es un mito. 3) No hay democracia posible sin partidos. 4) La soberanía pertenece al pueblo en su conjunto, pero no se ejerce directamente por éste, sino a través de los órganos constitucionalmente previstos, normalmente, el Parlamento.
Corolario de la anteriormente expuesto es: 1) Que los miembros de los parlamentos, sea cual sea su forma de elección y el partido o formación política por la que se presentan, representan a la nación en su conjunto y no sólo a los electores de su circunscripción, sus votantes o su partido. 2) Que no están sujetos a mandato imperativo alguno, ni del pueblo, ni de sus electores ni votantes, y mucho menos de su partido. Y 3) que en el ejercicio de sus funciones parlamentarias no están ligados por ningún tipo de disciplina de voto, sino que cuando las ejercen, lo hacen en conciencia y bajo su exclusiva responsabilidad personal.
Ni siquiera la Confederación Helvética (Suiza), que con tanta asiduidad recurre al referéndum como vía de participación política directa del pueblo en los asuntos de Estado, pone en cuestión la premisa de la democracia representativa.
Si esto no se acepta, sobran los parlamentos y cualesquiera instituciones representativas de las que se dotan las sociedades democráticas, pues bastaría con elegir al hipotético líder de la nación por el pueblo, sin intermediación de partidos, y delegar en él todo el poder del Estado para funcionar. Ni siquiera los regímenes fascistas y de dictadura proletaria se han atrevido a tanto y han guardado alguna apariencia formal de representación política.
Lo ideal sería establecer procedimientos democráticos por los cuales, en casos tasados, los representantes elegidos pudieran ser apartados de sus cargos antes de la finalización de sus mandatos, bien por aquellos mismos que los han elegido o por los órganos jurisdiccionales correspondientes. Pero en el ínterin, no deberíamos rasgarnos tanto las vestiduras ante casos de transfuguismo de un partido a otro, o de rompimiento de la disciplina de voto, porque no siempre están motivados por razones espurias. O por citar otro ejemplo: ¿no exigimos a jueces y magistrados que voten en conciencia sin sujección a mandato imperativo alguno de aquellos por los que han sido designados? Si es así, ¿por qué nos resulta tan difícil admitir lo mismo de nuestros representantes políticos?
Por supuesto, habría que obligar constitucional y legalmente a los partidos a dotarse de estructuras y procedimientos internos democráticos abiertos a los afiliados, simpatizantes y votantes, y a celebrar congresos donde rendir cuenta periódica y tasada de sus actividades y financiación.
En los estados medievales peninsulares, los procuradores que eran enviados por las ciudades con representación en ellas a las Cortes convocadas por el rey, lo hacían bajo mandato imperativo, y sujetos estrictamente a las órdenes dadas por escrito por sus conciudadanos, y cuando volvían de ellas, si no se habían atenido al mandato recibido, se arriesgaban a ser colgados de las almenas de la ciudad. No creo que ese sea el procedimiento idóneo hoy día de exigir responsabilidades políticas, aunque nunca se sabe… HArendt.
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, CONTRA LA SEDUCCIÓN, DE BERTOLT BRECHT (1898-1956)
CONTRA LA SEDUCCIÓN
No os dejéis seducir:
no hay retorno alguno.
El día está a las puertas,
hay ya viento nocturno:
no vendrá otra mañana.
No os dejéis engañar
con que la vida es poco.
Bebedla a grandes tragos
porque no os bastará
cuando hayáis de perderla.
No os dejéis consolar.
Vuestro tiempo no es mucho.
El lodo, a los podridos.
La vida es lo más grande:
perderla es perder todo.
BERTOLT BRECHT (1898-1956)
poeta alemán
***
Eugen Berthold Friedrich Brecht (Augsburgo, 10 de febrero de 1898-Berlín Este, 14 de agosto de 1956), conocido como Bertolt Brecht, fue un dramaturgo y poeta alemán, uno de los más influyentes del siglo XX, creador del teatro épico, también denominado teatro dialéctico.[1] Creciendo durante la República de Weimar, tuvo sus tres primeros éxitos como dramaturgo en Múnich y se mudó a Berlín en 1924, donde escribió La ópera de los tres centavos con Elisabeth Hauptmann y Kurt Weill y empezó una colaboración vitalicia con el compositor Hanns Eisler. Inmerso en el pensamiento marxista durante este periodo, Brecht escribió lo que llamó «Lehr-stücke» («obras de teatro ejemplares»)—obras claramente didácticas para ser representadas fuera del teatro ortodoxo—con música de Weill, Hindemith y Eisler, y se convirtió en un teórico destacado del teatro épico (al que posteriormente prefería llamar «teatro dialéctico»), y del llamado efecto de distanciamiento.
DEL ASUNTO DEL DÍA. DEDICADO, CON AMOR, A LAS ANÓNIMAS, POR ROSA MONTERO. 5 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Tengo entre mis manos un libro maravilloso. Por su contenido y por quien lo firma. Hablo de una nueva edición de Las mil y una noches, publicada por Austral; en la cubierta azul marino puede leerse claramente el nombre al que se le atribuye la autoría. Y dice: Anónima.
Se trata de un proyecto hecho en colaboración con ONU Mujeres España. Hace ya bastantes décadas que existe la muy afianzada teoría de que, bajo los múltiples textos anónimos de la historia de la literatura, se esconden mujeres que no pudieron reivindicar su obra por el sexismo de la sociedad. Uno de esos textos es sin duda Las mil y una noches, un conjunto de narraciones árabes procedentes de varios países y diversos siglos. El conocido y bellísimo cuento marco de Sherezade es claramente feminista, y hay muchos otros relatos en el libro que también lo son, como las aventuras de la princesa cristiana Ibriza, incluidas en La historia del rey Umar Al-Numán, una novela épica que ocupa la octava parte de las Noches, el fragmento más extenso con diferencia. Pues bien, Ibriza pelea mejor que cualquier varón; vence en combate al príncipe Sarkán (y sus doncellas también vencen a los guerreros árabes), y además es cultísima y una ajedrecista formidable. De hecho, también gana a Sarkán al ajedrez. “En todo resultas vencido”, le dice Ibriza. Y Sarkán contesta, galante: “¡Señora! El ser vencido por ti es un honor”. Cuando leí todo esto, hace muchos años, ya quedé convencida de que tenía que estar escrito por una mujer (dudo que un hombre hubiera llevado las sucesivas derrotas con esa deliciosa ligereza). Pero una cosa es suponer y otra comprobarlo.
Para eso ha creado ONU Mujeres el Proyecto Anónimas. Un grupo de investigadoras especializadas en inteligencia artificial ha estudiado durante cinco meses los textos de Las mil y una noches. Al principio los resultados eran confusos, hasta que se dieron cuenta de que estaban trabajando sobre traducciones hechas por varones. Recurrieron entonces al manuscrito árabe más antiguo que existe y que se conserva en la Biblioteca Nacional de Francia; sobre esos textos trabajó el francés Galland, que contribuyó a la introducción de las Noches en Occidente con sus traducciones al francés, publicadas entre 1707 y 1717. Y al investigar los originales los resultados fueron abrumadores: están escritos por mujeres al 81,7%. De ahí esta nueva edición, que usa la traducción directa del árabe de Dolors Cinca y Margarita Castells y que aparece firmada orgullosamente por Anónima.
Quién sabe cuántos más libros anónimos habrán sido escritos por mujeres. Y cuántas autoras habrán sido despojadas de sus textos, publicados bajo la supuesta autoría de un varón real que se apropió de la obra, como sucedió con María Lejárraga o Colette. Estos casos los conocemos, pero ¿cuántos habrá que no? Por no hablar de las muchas mujeres que, aun teniendo talento, nunca lograron escribir, porque no pudieron estudiar y ni siquiera creyeron en sí mismas, como explicaba Virginia Woolf en su maravilloso ensayo Una habitación propia (1929), en el que inventa a una supuesta hermana de Shakespeare, Judith, tan dotada como él, pero a la que las circunstancias terminan enmudeciendo y destrozando. Por cierto, y ahora que mencionamos al bardo inglés, recordemos que es un escritor muy escurridizo del que se sabe muy poco, hasta el punto de que hay grandes dudas sobre si escribió de verdad sus obras. Se han propuesto diversos nombres de posibles autores o coautores, los más conocidos Marlowe y Bacon, pero en 2019 Elizabeth Winkler publicó en la prestigiosa revista norteamericana The Atlantic un interesante trabajo sosteniendo que la autora oculta de las obras de Shakespeare podría ser Emilia Bassano, la primera mujer que publicó un libro de poemas en inglés (en 1611) y un personaje fascinante. Los expertos shakespearianos reniegan de semejante idea, por supuesto (¿por qué será que no me sorprende?), pero lo cierto es que la obra de Shakespeare es increíblemente feminista en muchos aspectos; resuena en el oído y en el corazón como me resonaba Ibriza, así que, ¿quién sabe? (recomiendo leer el fascinante trabajo de Alejandro Gamero ¿Y si William Shakespeare hubiera sido en realidad una mujer?, en lapiedradesisifo.com). En fin, este artículo es el último hasta septiembre; yo me voy a pasar las vacaciones leyendo libros escritos por mujeres para celebrar que ahora, por fortuna, ya podemos firmar y publicar. Feliz verano. Rosa Montero es escritora. El País, 26 de julio de 2026.
viernes, 4 de septiembre de 2026
OLA DE NOVO, AMIGOS. BOAS NOITES A TODOS. HOXE, VENRES, 4 DE SETEMBRO DE 2026, EN GALEGO
Ola de novo, amigos. Boas noites, feliz descanso e doces soños a todos nesta noite de venres, 4 de setembro de 2026. Espero que pasarades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino estean convosco. Ata mañá. Quérovos. HArendt
ENTRADA NÚM. 11371
DE LA TARDE QUE CAE. DE AMORES Y AFINIDADES ENTRE LOS ESCRITORES Y LOS GATOS, POR IGNACIO PEYRÓ. 4 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Siempre ha habido secretas simpatías entre los gatos, la soledad, los libros y el silencio. Los príncipes de este mundo se han hecho retratar con perros y caballos, mientras que el gato quedó para posar en el regazo bien acolchado de los cardenales. Es animal de interior, y todavía hoy una biblioteca será más biblioteca si un gato se pasea por entre los lomos de los libros con indiferencia de dama de bolero. Según Von Betchen, “el gato se parece a lo que los escritores querrían ser”: es decir, gentes independientes y caracteres sin sobresaltos. Y aún podríamos añadir: tanto a los escritores como a los gatos les gusta el mismo tipo de vida, sofá orejero por el día; escapada y aventura al caer la noche.
Cuando un petimetre de Oxford le pidió consejo para iniciar su carrera literaria, Aldous Huxley no lo dudó: “Si usted quiere escribir, tenga gatos”. En el sur de Europa el gato es animal tiñoso de exteriores, y en España las clases pijas han aborrecido a los gatos, a saber si por preferir los toros. En otros países civilizados y lluviosos el gato era, sin embargo, un animal tan ornamental como su reproducción en porcelana. Gatófilo ejemplar, Paul Léautaud decía ser el escritor más libre de Francia por ser también el más pobre. En su casa llegó a acumular más de 300 gatos, recogidos aquí y allá por los arrabales de París. Los escritores han sido, en todo caso, siempre proyectivos y pretenciosos con los nombres: Colette llamó a una gata Kiki-la-Doucette y tuvo el acierto de llamar a otro Prr. Lilith se llamaba la gata de Mallarmé, lo que sin duda le pega a Mallarmé, y uno no sabe en qué pensaba el viejo Anatole France al imponer a su gato nada menos que el nombre de Amílcar, que es como llamar Gandhi a un rottweiler. Nunca hemos sabido el nombre del gato de Dante, pero del de Petrarca se sabe que el poeta le escribió un epitafio.
Pla dejó escrito cuanto hay de esfíngico en los gatos al afirmar que “todo en el gato es dogma, seriedad y forma eterna”. Como animal escrito, el gato tiene una prosapia de gran tono. Teófilo Gautier, Colette y Kipling le dedicaron novelitas, y Eliot les dedicó un libro de poemas. En todo caso, su vate de más fama será para siempre Baudelaire, que no tuvo el menor problema a la hora de rimar “magiques” con “mystiques” en su alabanza. Neruda lo llamó “mínimo tigre de salón” y ya no sé quién dijo aquello de que Dios había creado al gato para que pudiésemos acariciar a un tigre. Y, de gato escrito a gato pintado, una iconografía para aplaudir: el gato que captura ratones como imagen de Cristo en busca de las almas.
La política nos ha dejado felinos de interés como Larry, el ratonero de Downing Street, que va ya por su sexto primer ministro en Downing Street, con el pienso garantizado por el presupuesto público. Con todo, y sin salir de Londres, el gato más conocido de la historia también ha tenido más que ver con las letras que con las armas. Del gato Hodge sabemos lo que nos cuenta James Boswell: que el doctor Johnson se aliviaba sus melancolías de erudito, tan intensas, jugando con él, y que se ocupaba personalmente de comprarle la comida, no fuera que los sirvientes —decía el prohombre— le cogieran rabia a “la pobre criatura” si tenían que ir de mandados ellos. Viejo y sabio, el doctor Johnson conocía la impiedad de sus hermanos los hombres con lo que es más desnudo e indefenso.
Cuando Hodge ya estaba en la ronda de la muerte, el gran lexicógrafo tuvo que cumplir con un deber de piedad: comprarle la valeriana para aliviar su tránsito. Y cabe imaginar que aquel recado le resultaría penoso, toda vez que Boswell, que abominaba de los gatos, nos relata cómo Johnson dejaba que Hodge se paseara por su pecho, mientras el escritor “sonreía y silbaba entre dientes”, un solaz que no era sino un paréntesis de alegría pura de vivir, de afecto y desenfado para un sabio de carácter en ocasiones funéreo. Y no sé si Johnson era un animalista o si tan sólo sabía que la mirada de los animales nos devuelve nuestra propia humanidad, y que por eso hay que tratarlos con el respeto que merece toda la naturaleza que pena y sufre y muere, más aún cuando “la pobre criatura” le había dado tan gratuitamente ocasión de sonreír. Hoy a Hodge le honran una estatua en Londres, una cita al comienzo del Pálido fuego de Nabokov, y hasta nosotros, querido lector, que hemos engañado nuestras melancolías evocándolo. Ignacio Peyró es escritor. El País, 2 de agosto de 2026.
DEL CAFÉ DE SOBREMESA. COMO NUBLARSE EL ENTENDIMIENTO Y ENVENENARSE EL CORAZÓN, POR JAVIER CERCAS. 4 DE SEPTIEMBRE 2026
Un día de 1803, Samuel T. Coleridge anotó en su cuaderno el principio central de la crítica, que yo vertería así al castellano: “Nunca hay que perder una oportunidad de razonar contra ese principio que nubla el entendimiento y envenena el corazón, según el cual hay que juzgar una obra por sus defectos y no por sus virtudes. Cualquier obra debe tener los primeros —lo sabemos a priori—, pero no cualquiera tiene las últimas, y, por tanto, aquel que las descubre te dice algo que no podías haber previsto con seguridad, ni siquiera con probabilidad”.
Es un principio que solo podía concebir un poeta mayúsculo. Juzgar una obra por sus carencias y no por sus bondades envenena el corazón y nubla el entendimiento porque coloca al juzgador por encima de lo juzgado, le priva de la máxima virtud, que es la humildad, y le condena al defecto máximo, que es la soberbia, la hybris que en la tragedia griega lleva a los hombres a enfrentarse a los dioses, quienes los castigan por ello. No existe obra sin tacha. La mejor novela conocida no ha dejado de encajar improperios desde su publicación (o desde antes); algunos son estúpidos, desde el envidioso “no hay poeta tan necio que alabe a don Quijote”, de Lope de Vega, hasta las petulantes execraciones de Nabokov, Martin Amis o Paul Groussac, que respectivamente acusaron al libro de ser cruel, de ser largo, de estar escrito en una “prosa de sobremesa”; otros reproches, en cambio, no son tan absurdos. Seamos sinceros: ¿qué pinta en medio de las aventuras de don Quijote la historia de El curioso impertinente? ¿No podía haberla dejado don Miguel para las Novelas ejemplares, a las que tal vez pertenecía? ¿Y qué me dicen del epílogo de Guerra y paz? ¿Cómo demonios se le ocurre a Tolstói largarnos ese sermón de última hora? ¿Quién le manda ponerse a aclarar el sentido de su novela, como si el lector fuera tonto del bote? Se dirá que el Quijote y Guerra y paz están escritas un poco “a lo que salga”, por decirlo como Unamuno, y que no incurren en esos deslices novelas más rigurosas, geométricas o deliberadas. Falso. Podría aducir ejemplos de grandes obras de Kafka, de Joyce, de Faulkner; ninguno como Madame Bovary, una novela aureolada con una leyenda tenaz de perfección. De ahí que los sabios lleven casi dos siglos intentando explicar cómo es posible que un relato escrito en tercera persona empiece en primera (Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, arranca el relato: “Estábamos en la hora de estudio cuando entró el director”) y, por muchos esfuerzos que han hecho, la única explicación plausible de la incoherencia flagrante de ese nous inicial es que no tiene explicación. Quandoque bonus dormitat Homerus. Y, como hasta el mejor escribano echa un borrón —eso es lo que significa el verso de Horacio—, cebarse con los defectos de una obra solo sirve para envenenarse el corazón y nublarse el entendimiento haciéndose el listo, que es lo que suelen hacer los tontos. Por lo demás, al principio de Coleridge yo solo le agregaría una cláusula. Juzgamos a Shakespeare por El rey Lear, no por Tito Andrónico y su estomagante grandilocuencia gore; juzgamos a Cervantes por el Quijote, no por el Persiles, novela que cabe elogiar con entusiasmo, pero solo a condición de no haberla leído (todo indica que don Miguel buscó hacerse perdonar el éxito del Quijote haciendo en el Persiles casi lo peor que puede hacer un escritor serio: tratar de demostrar que lo es). Pese a ello, más de uno ha condenado a García Márquez para siempre por su última novela, Memoria de mis putas tristes, como si no hubiera escrito Cien años de soledad. He aquí la cláusula que yo añadiría al principio de Coleridge: es injusto juzgar a los antiguos por sus obras mejores y a los contemporáneos por las peores.
Dicho esto, sobra añadir que todo el mundo debería disfrutar con lo que le plazca y que, aunque los dioses continúan castigando nuestra soberbia —nos los cargamos hace tiempo, pero ellos siguen ahí, erre que erre—, si alguien disfruta nublándose el entendimiento y envenenándose el corazón, por mí que no quede. Javier Cercas es escritor. El País, 15 de agosto de 2026.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. VALS, POR JAVIER MARÍAS. PUBLICACO EL 8 DE ABRIL DE 2018
He vuelto a escuchar el Vals Kupelwieser, de Schubert, al cabo de unos cuantos años. En la Academia hay tres grandes melómanos: el sabio Ignacio Bosque, el Doctor García Barreno y Félix de Azúa. De vez en cuando nos intercambiamos información acerca de obras raras que puedan desconocer los otros. Mi saber musical es limitado, pero alguna pequeña noticia puedo aportarles de tarde en tarde, y hace unas semanas, hablando con Bosque de piezas breves y sencillas y extraordinarias, le mencioné ese Vals. A mí me lo descubrió Juan Benet en otra vida, hacia 1971 o 1972, no mucho después de conocerlo. Cuando aún no existía el CD y no era posible repetir un tema en el tocadiscos sin poner la aguja cada vez en el surco, se las ingenió (al fin y al cabo era ingeniero) para oír Kupelwieser sin cesar durante todo un verano, mientras escribía parte de su novela Un viaje de invierno, de título schubertiano y en la que —no recuerdo si explícitamente, no la releo desde su publicación en 1972— esa música desempeñaba algún papel. De hecho, en la guarda posterior de la primera edición, Benet hizo reproducir el inicio de la partitura. Es un vals para piano, brevísimo (no dura ni minuto y medio), aparentemente modesto, según quién lo interprete el piano suena casi como una pianola. A lo largo de tanto tiempo transcurrido, sólo he encontrado dos versiones en CD, una de Michel Dalberto y otra de Hans Kann, lo cual indica que se graba poco y es más bien pasado por alto. Y, que yo sepa, en este soporte no existe la versión que, en vinilo, escuchó Benet incansablemente, y también los que nos quedamos deslumbrados por su hallazgo. Se trataba de un disco barato, a cargo de la pianista venezolana Rosario Marciano. Esa será siempre para mí la versión original, por mucho que las otras no difieran en demasía, dadas la brevedad y sencillez de la maravillosa pieza.
Esa música, a la vez melancólica y confiada, la tengo por tanto asociada a la figura de Juan Benet, y ahora me doy cuenta de que el pasado 5 de enero se cumplieron veinticinco años de su muerte, a los sesenta y cinco, y de que el aniversario ha pasado bastante inadvertido, y de que ni siquiera reparé yo en él en su día. Su memoria, con todo, está más viva que la de la mayoría de sus coetáneos desaparecidos (con la excepción de Gil de Biedma), así que tampoco es cuestión de quejarse en este siglo olvidadizo, o es más, deliberadamente arrasador de todo recuerdo. Es como si los vivos reclamaran cada vez más espacio, lo necesitaran todo para que nada ni nadie les haga sombra ni los obligue a comparaciones engorrosas o desfavorables. La obra de Benet está en las librerías gracias a la colección Debolsillo, y han salido varios volúmenes de correspondencia y de escritos dispersos merced a la labor recopilatoria y crítica de Ignacio Echevarría. Algunos autores jóvenes todavía se asoman a lo que escribió, y lo “salvan” del desdén habitual con que todas las generaciones españolas de novelistas hemos tratado a nuestros predecesores. Así que algo es algo, y a fin de cuentas tampoco Benet contó en vida con muchos lectores, ni lo pretendió: al no vivir de su pluma, se permitió lo que quiso, ajeno a las modas y a los “gustos”; sólo al final intentó “complacer” levemente, cansado de que sus esfuerzos no obtuvieran más que la recompensa del prestigio. Quizá llega un momento en el que eso no basta.
El pasado 5 de enero se cumplieron veinticinco años de la muerte de Juan Benet. Su memoria, con todo, está más viva que la de la mayoría de sus coetáneos desaparecidos
En estos días de escuchar su Vals me acude con persistencia un recuerdo concreto. Poco después de los primerísimos síntomas de su enfermedad, cuando aún se ignoraba su gravedad, llegué a su casa de la calle Pisuerga. Se levantó de su otomana, en la que solía leer y escuchar música, y, desde su gran altura (medía 1,90 o así), en un gesto en él infrecuente (era reacio a la cursilería), me abrazó tímida y torpemente y me dijo, todavía en tono de guasa, o fingiéndolo: “Esto es el fin, joven Marías, esto es el fin”. “Pero qué dices”, le contesté, sin darle el menor crédito; “qué va, qué tontería”. No podía tomar la frase en serio, no me parecía posible. Si alguien vivía como si fuera eterno, ese era él: siempre con proyectos, siempre activo y despierto, disfrutando de lo que se trajera entre manos, siempre dispuesto a reír y a divertirse. No insistió, claro.
Cuando alguien muere, quienes le son cercanos tienden a consolarse y a reunirse, aunque no se conozcan previamente. Ese fue el caso de la hermana de Benet, Marisol, que ahora cumple noventa y cuatro años, creo. Durante los muchos que traté a Don Juan, nunca la vi. Un día, tras su muerte, una señora me saludó en la calle Juan Bravo y se presentó. Tenía un aire de familia, pero desprendía una dulzura que Benet, pese a ser un sentimental, no mostraba. Desde entonces, de una manera para mí conmovedora, Marisol aparecía en cuantas charlas o presentaciones tuviéramos en Madrid los amigos mucho más jóvenes de su hermano pequeño: Molina Foix, Azúa, Mendoza, yo mismo. Con una fidelidad infalible, pese a ir cumpliendo sus años; y aún lo hace. Como si con su presencia protectora y benévola, de apoyo a esos amigos, le estuviera rindiendo a él homenaje, y recordándolo por discípulos interpuestos. Si es que a estas alturas merecemos todavía ese título, y nos cuadra. Javier Marías es escritor. El País, 8 de abril de 2018.
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, DÍAS DE OTOÑI, DE RAINER MARÍA RILKE (1875-1926)
DÍA DE OTOÑO
Señor: es hora. Largo fue el verano.
Pon tu sombra en los relojes solares,
y suelta los vientos por las llanuras.
Haz que sazonen los últimos frutos;
concédeles dos días más del sur,
úrgeles a su madurez y mete
en el vino espeso el postrer dulzor.
No hará casa el que ahora no la tiene,
el que ahora está solo lo estará siempre,
velará, leerá, escribirá largas cartas,
y deambulará por las avenidas,
inquieto como el rodar de las hojas.
RAINER MARIA RILKE (1875-1926)
poeta checo-austríaco
***
René Karl Wilhelm Johann Josef Maria Rilke (Praga, 4 de diciembre de 1875-Raroña, Suiza, 29 de diciembre de 1926), conocido como Rainer Maria Rilke ([ˈʁaɪnɐ maˈʁiːa ˈʁɪlkə] también Rainer Maria von Rilke), fue un poeta y novelista austríaco considerado uno de los poetas más importantes en alemán y de la literatura universal. Su obra es vista por críticos y académicos como llena de matices de misticismo, explorando temas de experiencia subjetiva e incredulidad. Entre sus escritos se incluyen una novela, varias colecciones de poesía y varios volúmenes de correspondencia.























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