sábado, 24 de octubre de 2026

ESPECIAL OCHO DE HOY SÁBADO: EL PORQUÉ DEL NAUFRAGIO DE MACRONISMO, POR ANDREA RIZZI

 






Una prolongada parálisis desde la derrota en las elecciones europeas de junio de 2024 y ahora terribles convulsiones. El viaje del macronismo empezó con el asombroso éxito político de un hombre sin partido cargado de ideas, y termina con un triste calvario. ¿Qué pasó?

La explicación es obviamente multifactorial. Pero probablemente su raíz fundamental sea un desgarro mal gestionado. Una brecha provocada por el movimiento dañino de distintas placas. Una de clase, entre los segmentos superiores, —no solo las élites, sino también la media-alta— que prosperan en el nuevo mundo, y los populares. Una territorial, entre los espacios que están en el corazón del nuevo tiempo y los periféricos. Otra identitaria. Otra puramente emocional, de dignidad herida, de orgullos, de expectativas. En el vacío abierto por esas brechas —un fenómeno ni exclusivo de Francia, ni generado por el macronismo— fermenta la ira. Macron fracasó en gestionarlo. Este argumento, sin embargo, debe observarse lejos de ciertas denuncias un punto caricaturescas que abundan contra Macron.

Consideremos su reforma de las pensiones, que provocó enormes protestas y el inicio del fin de su ciclo político. Cabe observar que elevar la edad de jubilación de los 62 a los 64 años no parece una iniciativa irracional e hiperliberal, y quienes le criticaron por ella, por lo general, no han reclamado al Gobierno progresista español que rebajara a 62 la edad de jubilación en España, donde se sitúa en al menos 65, y más si no se tiene un cierto recorrido de cotización. Se pueden criticar aspectos específicos y modalidades de ejecución de aquella reforma, pero es intelectualmente deshonesto considerar esa reforma en conjunto como un disparate neoliberal y obviar su sentido de equilibrio intergeneracional.

Otro problema muy señalado, y real, es el déficit desbocado, que ahora limita el margen de maniobra y obliga a tomar decisiones dolorosas que nadie quiere asumir. Curiosamente, esto es, en parte, el fruto de una política de consistente protección ―tampoco en línea con la imagen liberal de Macron― llevada adelante en sucesivas crisis, desde la covid hasta el shock por la guerra de Ucrania. Se gastó en amortiguar.

Lo que sí tuvo un corte liberal fue la acción para recortar ciertos impuestos, principalmente sobre empresas y capital. El recorte fomentó la inversión, pero no redundó en un crecimiento sostenido, y la mezcla de gasto sostenido, recortes de impuestos y crecimiento anémico ha causado un déficit muy grave. Ahora no hay margen.

Los impuestos que generaron la revuelta de los chalecos amarillos, de por sí, tenían una intención verde que tampoco responde al estereotipo del liberal poco implicado con la lucha contra el cambio climático. Pero la medida fue otra herida para esas clases descolgadas de la cresta de la ola del tiempo moderno.

El macronismo pues no ha sido un neoliberalismo caricaturesco, ni un thatcherismo, ni siquiera el reformismo de las medidas laborales Hartz del socialdemócrata Schröder. Pero dejó sangrar esa herida, y puso sal sobre ella con una actitud política presidencial altiva, distante, muy intelectualizada. Macron es la encarnación de las élites en un tiempo en el que triunfan políticos que hablan directo y al grano con lenguajes simplones y con pocas lecturas.

El resultado de esto es que la tasa de pobreza se situó en 2024 (dato disponible más reciente) en un 15,4%, el más alto de la serie, iniciada en 1996. Muchos más son aquellos que se sienten ciudadanos de segunda, desconectados de una manera u otra de la posibilidad de prosperar. Esto ocurre en un país con servicios públicos muy potentes. Francia tiene un gasto público que supera con creces el 50% del PIB, mucho más que España. Macron no lo amputó. Pero no solo cuenta el contexto sustancial, sino también las percepciones. Y ahí el macronismo ha fallado, propagando una imagen de desconexión de la gente común.

Macron acertó de pleno en apelar a la autonomía estratégica de la UE o en reclamar mayor firmeza europea ante la competencia desleal china. Desafortunadamente, se le ha hecho caso demasiado tarde. Pero no supo percibir y manejar adecuadamente las brechas que desgarran a Francia. Paradójicamente, la opción con más posibilidades de evitar la calamidad de una presidencia Le Pen es cierta continuidad macronista: Édouard Philippe, su primer ministro en el primer mandato, que podría conseguir pasar a la segunda vuelta con opciones si se retira de la competición otro macronista, Gabriel Attal. Pero incluso si eso pasara, no sería una salvación. El macronismo ha naufragado y hay que corregir el rumbo de navegación. Andrea Rizzi es analista de política internacional. Publicado en El País.

























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ESPECIAL SIETE DE HOY SÁBADO: LA PALABRA DESORDEN, POR MARTÍN CAPARRÓS

 





Sí, podría ponerme más pomposo, más grandilocuente, pero lo que vi fue el pajarito. Un pájaro bonito, negro intenso, su pico anaranjado, su porte distinguido, esa manera de comer sin prisas —como si el mundo tuviera que esperarlo. Vi el pajarito, mediodía de octubre y, una vez más, me maravilló que la larguísima sucesión de azares de la selección natural haya podido pasar de una ameba invisible a estas plumas espléndidas. Un vez más, la pregunta de cómo pudo suceder y la envidia —la relativa envidia— de aquellos tiempos en que la respuesta era que un dios.

Fue terrible, admirable, fácil y difícil. Al principio los hombres se inventaron unos dioses que se les parecían: grandes familias donde todos se disputaban todo, cada cual quería conseguir lo que quería y, para eso, cada quien hacía lo que podía. La confusión reinaba en el Cielo como en la Tierra hasta que ciertos egipcios, babilonios, indios, pensaron que si cada banda tenía un jefe indiscutido, único, las de los dioses también debían tenerlo. Después otros darían el gran paso: no solo habría un dios jefe; se cargarían a todos los demás, se inventarían un dios único. (No, no voy a acusar a nadie de genocidio de dioses.)

La consecuencia de esa idea era radical: un monodiós perfecto tenía que haber creado un mundo perfectamente perfecto, el producto de una mente todopoderosa: un universo donde cada cosa, cada acción tendrían su lugar y su razón. Y así vivimos, durante muchos siglos, en esta urba llamada Occidente: aceptando el orden supremo de ese ser supremo que llamaban dios y el orden supremito de ese ser supremito que llamaban rey. Así vivimos, con el alivio de saber que si pasaba tal o cual, tantas cosas horribles, no era inútil ni gratuito: todo tenía sentido porque Él lo había decidido, por nuestra culpa, para nuestro bien.

“Nuestra Era cristiana” fue el triunfo de la idea de que una sola voluntad guía mejor que muchas y que rendirse ante esa voluntad es lo más sensato que un pueblo puede hacer. El dios único impuso su orden, poder omnipotente.

Hasta que empezamos a rebelarnos, hace dos o tres siglos. Los más lanzados y los más valientes ya no creían en Él ni le creían. La rebelión llegó a su cumbre borrascosa cuando el doctor Darwin y compañía limitada empezaron a mostrar y demostrar que aquel mirlo —y todos los demás, las víboras, los chinos, las uñas, las orquídeas— no resultaron de la inspiración de un ente mágico sino de millones y millones de años de ensayo y error de nadie, una búsqueda que no sabía qué buscaba o, mejor, millones y millones de búsquedas que no sabían que buscaban y, por eso, terminaron encontrando todo esto.

Fue uno de los momentos más reveladores, más aterradores de la historia. Había que ser muy valientes para pasar de la comodidad y el alivio de aquel mundo creado por un ser superior a este mundo azaroso, confuso, sin reglas ni comandos: reemplazar, en unos pocos años, el orden más perfecto por la conciencia del desorden. Y aceptar, entonces, el desafío de vivir en un mundo que debemos ordenar todo el tiempo.

El gran cambio de la modernidad fue renunciar a la ilusión de un orden perfecto, inmutable, y enfrentarse a la realidad. No hay orden natural; el estado natural es el desorden y debemos esforzarnos para organizarlo. Hubo momentos en que el inmenso set de reglas con que intentamos establecer un orden funcionó; hubo otros, como este, en que no. Entonces el desorden aparece, casi desnudo, obsceno, como en estos días.

Ahora, aunque nos joda, sabemos que cualquier orden que intente organizarnos es un invento —uno entre tantos posibles— que puede desarmarse cualquier día. De hecho ahora estamos en un momento desarmado: nos falta ese consenso, modelos diferentes chocan y, por supuesto, no nos entendemos.

Acordar un orden común permite, entre otras minucias, ponerse de acuerdo en qué es verdadero y qué no. Es un trámite que ayuda bastante: eso es un pajarito; no, eso es un robot; te digo que es un pajarito; bueno, para mí es un robot.

La idea es encontrar un entendimiento que nos permita asegurar que es un pajarito —o un robot. Cuando no lo tenemos se hace muy difícil conversar, porque no hay forma de saber qué dice el otro. Y claro, a esta altura tampoco podemos extrañar los tiempos en que los pajaritos eran criaturas del Señor, así que estamos complicados. Teníamos una buena cantidad de acuerdos y hemos dedicado estas últimas décadas a romperlos. Vaya a saber cuánto nos costará construir los próximos. Martín Caparrós es escritor. Publicado en El País Semanal.



















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ESPECIAL SEIS DE HOY SÁBADO: SABERLO TODO SOBRE NADA, POR JAVIER SAMPEDRO








La frase más repetida en las tertulias políticas es seguramente “yo no soy jurista, pero…”, seguida de cerca por “yo no soy economista, pero” y “yo no soy encuestador, pero”. Vivimos en la autarquía de los expertos, y es lógico que así sea. Quizá la realidad no sea más compleja que antes, pero nuestra percepción de la realidad sí que lo es, porque cada vez disponemos de unas herramientas más afiladas para analizarla. Cada ángulo del mundo se ha vuelto tan complicado que, en efecto, hace falta un experto para entenderlo. No es nuevo que los tertulianos políticos opinen sobre las sentencias del Tribunal Supremo. Lo que es nuevo es que ahora sienten la necesidad de arrancar con el topicazo del yo-no-soy-jurista-pero antes de ponerse a opinar como han hecho toda la vida.

El fenómeno alcanza el paroxismo en ciencia, donde el trabajo de un grupo no lo suele entender ni el del laboratorio de al lado. No es infrecuente que un científico dedique toda su vida profesional a investigar el espín de una sola partícula subatómica o el funcionamiento de un milímetro cuadrado de córtex cerebral. Y estas investigaciones son necesarias, porque son la forma de avanzar sobre bases sólidas. La teoría más bella se desintegra en el mismo instante en que contradice un solo dato bien tomado. Los datos son la única religión del científico, y obtenerlos requiere investigadores altamente especializados.

Pero los datos no son conocimiento por sí mismos. Los movimientos de los planetas se explican igual de bien poniendo la Tierra en el centro o poniendo el Sol. La revolución copernicana no se basó en nuevos datos, sino en un cambio de perspectiva, como ese cubo de Necker que salta de una interpretación a otra sin que cambie nada en el mundo externo. Copérnico es un ejemplo perfecto de cómo añadir conocimiento sin obtener nuevos datos. Y nuestra expertocracia es el paradigma de lo contrario: toneladas y chorros de datos que no añaden conocimiento. Y aquí sí que hay que mirar un poco más allá de la pecera de la especialización para imitar el salto copernicano, o para hacer flip como el cubo de Necker.

Un científico al que conocí el siglo pasado decía que la especialización consiste en saber cada vez más sobre cada vez menos hasta llegar a saberlo todo sobre nada. Necesitamos generalistas. No hipergeneralistas —gente que sabe nada sobre todo, apurando el aforismo—, sino generalistas modestos, en el sentido de que saben mucho de unas pocas cosas. Los descubrimientos matemáticos, por ejemplo, se deben a menudo a gente como Henri Poincaré, que dominaba distintas áreas de las matemáticas y encontraba nexos profundos entre ellas.

Por eso los grandes avances científicos son unificaciones, como explicar los movimientos de los planetas en el cielo del ocaso, las fases de la Luna y la caída al suelo de las manzanas por la misma fuerza gravitatoria. O revelar que la electricidad y el magnetismo son dos formas de mirar al mismo fenómeno, y que la luz es su manifestación más notable. O que el cerebro está hecho de células igual que el resto del cuerpo.

Lo que pasa es que aquí no nos vale el generalista del tipo yo-no-soy-jurista-pero. Necesitamos más bien alguien que sepa bastante de ciencia jurídica y también de ciencia política, de modo que pueda hallar nexos útiles entre ambas. Puede que un robot, que lo ha leído todo, sirva algún día para ese propósito. Entretanto, tendrán que ser los analistas los que se sumerjan en varias materias con cierta profundidad. ¿Demasiado pedir? Oh, vamos. Como dicen en las series moñas, nadie dijo que fuera a resultar fácil. Así que deja de decir yo-no-soy-jurista-pero y hazte con los conocimientos necesarios. Los ciudadanos queremos que entiendas el mundo y nos lo expliques. Por ese orden. Javier Sampedro es científico genetista. Publicado en El País.

 
















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ESPECIAL CINCO DE HOY SÁBADO: BASTARÍA CON QUERER HACERLO, POR ROSA MONTERO

 






Desde luego no ha sido la primera vez que sucede algo así, ni, por desgracia, era inesperado, pero el rechazo de los decretos de vivienda ha vuelto a dejarme anonadada. Se ve que las fuerzas políticas de nuestro país son incapaces de colaborar en causas esenciales, tan esenciales, en fin, que van mucho más allá de los valores partidistas y son transversales, afectando a toda la sociedad, sea cual sea su ideología. No digo que los decretos fueran perfectos ni suficientes. Todo es susceptible de mejora. Pero usar la catástrofe habitacional para arreciar en el pimpampum electoralista y politiquero me parece deprimente (además de que deben de estar sordos y miopes, dada la indignación que arde en las calles).

La realidad es siempre compleja, molesta, tenaz e irreductible. No se adapta a nuestra voluntad ni a las ideologías. El caos inmobiliario es poliédrico y de muy difícil solución, y empeora por el hecho de que está todo pringado de demagogia. Tomemos, por ejemplo, el tema de la ocupación. El problema no es ni muchísimo menos tan grave como trompetean las desfachatadas empresas antiokupas, pero desde luego existe y es peor de lo que sostiene cierta izquierda negacionista. Un familiar muy cercano mío lo ha sufrido, sin ir más lejos; unos indeseables entraron en su único piso en propiedad en el breve tiempo que medió entre dos inquilinos, aunque por fortuna pudo echarlos. Porque además no todos los okupas son familias maravillosas aplastadas por el sistema: también hay canallas. Lo mismo que entre los inquilinos: hay sinvergüenzas a los que hay que desahuciar. En realidad, tampoco creo que haya que hablar sólo de los derechos de los pequeños propietarios y demonizar a todas las empresas; cuando sucedió la insensata tragedia de Maricarmen, un buen amigo me contó el caso de una prima anciana suya que vivía en Madrid en un piso alquilado por sus padres en los años treinta y que ella mantenía con una renta prehistórica. El edificio fue adquirido el año pasado por una inmobiliaria que, tras proporcionar a la mujer otro piso semejante en el mismo barrio (Lavapiés), se ha comprometido a alojarla gratis hasta el fin de sus días. Así que la cuestión no es ser una empresa o un particular. La cuestión es tener principios éticos o ser un tipo mezquino. Creo que todos sabemos cuándo estamos comportándonos mal, solo que a los miserables eso les da lo mismo. Diré por último que hay gente pobre malvada y gente rica estupenda, una obviedad tan rematadamente obvia que avergüenza escribirla, pero es que a veces me parece que vivo en un mundo que algunos se empeñan en ver como de Disney, plano y tópico, cuando, como digo, la realidad es pertinaz y maliciosa e insiste en emborronar los paisajes impecables que nuestros prejuicios han dibujado.

A todo este lío hay que añadir que la justicia nunca puede ser justa del todo. Aunque los legisladores intenten crear una ley lo más favorable posible para la mayoría de las personas, siempre habrá alguien que saldrá perdiendo. Así que, en democracia, resulta inevitable tener que elegir un mal menor, y esa elección sin duda está tamizada por nuestra manera de ver el mundo. Tomemos por ejemplo el sistema penal, que puede ser más o menos garantista, es decir, puede enfatizar la presunción de inocencia del acusado y sus posibilidades de defensa, o bien ser más restrictivo y punitivo. Porque desde luego es imposible conseguir un funcionamiento por completo perfecto; siempre habrá culpables que logren salvarse del castigo e inocentes condenados de manera injusta. Personalmente, ¿qué te preocupa más a ti? ¿Qué te parece más angustioso? Ambos errores son terribles, pero creo que, sin que estemos hablando de un coladero, yo prefiero la vertiente más garantista; me perturba más destruirle la vida a un inocente que el hecho de que un culpable quede suelto. Pues bien, sucede lo mismo en el ámbito inmobiliario. Prefiero que las personas de bien que tienen todo el derecho de desalojar a un sinvergüenza deban cumplimentar algún trámite engorroso, a que inquilinos en estado de extrema vulnerabilidad como Maricarmen puedan ser echados a la calle fácilmente. Son, ya digo, maneras de ver la realidad. Y, por otra parte, las leyes no están escritas en piedra; se prueban, se reforman y se pueden cambiar si no funcionan. A veces tengo un sueño, como Luther King. Sueño que sería fácil entendernos, y que bastaría con querer hacerlo. Rosa Montero es escritora. Publicado en El País Semanal.




















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ESPECIAL CUATRO DE HOY SÁBADO: PERDER LAS FORMAS, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA

 







Manuel Fernández-Montesinos apenas se acordaba de su padre ni de su tío Federico, asesinados los dos, con un día de diferencia, cuando él tenía cuatro años. Las fotos le concedían un espejismo de memoria. En la vida de un niño las personas desaparecen y nadie se ocupa de darle explicaciones, por un deseo de protección que a Fernández-Montesinos le pareció siempre equivocado. El padre y el tío tan querido unas veces están y otras ya no están, y ni siquiera vuelven a aparecer en ese porvenir indeterminado de la conciencia infantil, regresados de un viaje, trayendo ese regalo que quizás el niño no olvide nunca, aunque no pueda recordar al que fue su porrtador. El espacio en blanco de los muertos lo ocuparon en la niñez y la juventud de Manuel Fernández-Montesinos dos hombres mayores que a él se lo parecerían más aún, físicamente bien sólidos, a diferencia de los queridos fantasmas fotográficos, con un aspecto formal de señores de otro tiempo, casi de otro siglo: su abuelo Federico y quien él llamó siempre el tío Fernando, Fernando de los Ríos. En las fotos don Federico García Rodríguez tiene una gran cabeza cuadrada sobre un torso cuadrado y fornido, más rotundo aún por los hombros rectos y las anchas solapas de la chaqueta de un traje negro que durante los últimos nueve años de su vida fue un traje invariable de luto. En el paraíso de la Huerta de San Vicente, en la que el niño conoció y perdió muy pronto la eternidad feliz del verano, el abuelo era el gigante bondadoso que velaba por el nieto y le regalaba caramelillos y herramientas de hortelano hechas a la medida de las manos y las fuerzas infantiles por un herrero amigo. La silueta de encina del abuelo se recorta con la misma nitidez en la huerta familiar, en la cubierta del barco donde lo que queda de la familia va a exiliarse en Estados Unidos, en la orilla del río Hudson y entre los robles y los arces de Riverside Park, donde el antiguo niño hortelano ahora juega al beisbol y habla inglés sin ningún rastro de acento.

Lo que no pudo aprender de su padre o de su tío Montesinos lo aprendió observando y escuchando al abuelo don Federico y al tío don Fernando, que en el destierro de Nueva York mantenía una fidelidad desalentada a la República española, a la que había servido tan honrosamente en el Ministerio de Justicia y en el de Instrucción pública, y por fin en la embajada de Washington. En los años cuarenta De los Ríos ejerció como ministro de Estado —entonces se llamaba así el de Asuntos Exteriores— en el Gobierno fantasmal de la República en el exilio, y pudo comprobar con la misma amargura que ni la derrota ni el destierro empujaban a los vencidos a ponerse de acuerdo en algo ni las llamadas potencias democráticas iban a apoyar de verdad la restauración de la democracia en España. A los ocho años, apoyado junto a su abuelo en la barandilla de cubierta del barco que se alejaba, Fernández-Montesinos lo oyó decir para sí: “Yo no vuelvo a ese jodío país mientras viva”. A Fernando de los Ríos siempre lo escuchó defender la esperanza, la libertad y las buenas formas. Al uno y al otro los vio morir en Nueva York. En Lo que nosotros vive, que es una de las grandes memorias del exilio español, Fernández-Montesinos atestigua la persistencia a lo largo de su vida de las enseñanzas que le dejaron el abuelo y el tío. Los muertos tutelares, los que más quisimos y más nos quisieron, permanecen en nosotros con una fidelidad que el paso de los años no debilita, y con frecuencia acentúa. “Lleva quien deja y vive el que ha vivido”, dice Antonio Machado en su poema de homenaje a Francisco Giner de los Ríos. En su vida adulta muy rica y siempre fracturada, entre España y Estados Unidos, a Manuel Fernández-Montesinos le volvían una y otra vez recuerdos de cosas que le decían su abuelo Federico o su tío Fernando, o de actitudes que había observado en ellos. Vuelto del exilio a principios de los cincuenta, sumergido en las asperezas de la dictadura y en los peligros de la militancia clandestina, en los momentos de mayor desolación le daba la razón al anciano que había jurado no volver, y en otros de lo que se acordaba era de la nobleza y la integridad política de don Fernando, y de una determinación de no rendirse nunca que solo el irreversible deterioro físico le impidió mantenr hasta el final.

Don Federico murió en 1945; don Fernando en 1949. Veintiocho años justos después, el nietecillo y sobrino Manolo fue elegido diputado por Granada en las primeras elecciones libres desde 1936. El recuerdo de su primer día en las Cortes queda deslucido por un hecho en apariencia menor: Fernández-Montesinos había imaginado que esa mañana se abrirían de par en par las puertas de bronce del Parlamento, y que los representantes de la democracia recobrada entrarían por ellas con una solemnidad propia de las circunstancias. Para su sorpresa, bedeles no muy bien encarados los guiaron por pasillos sin lustre, tan estrechos que se entorpecían los unos a los otros. La falta de formalidad ofendió al hijo de la represión fascista y del exilio, y le pareció un mal augurio. Las buenas formas no son un adorno superfluo, le había oído decir muchas veces a don Fernando de los Ríos; y había visto con su propios ojos cómo el tío Fernando se esmeraba tanto en ellas en su vida personal y en su vida pública, en su trabajo como profesor. La pobre y desbaratada república española en el exilio no podía sufragar viaje alguno a su ministro de Asuntos Exteriores, pero él ejercía esa tarea con la misma sobria dignidad que si representara a una gran potencia.

Y no encontraba excusa ninguna para la grosería. Un solo recuerdo nos puede iluminar durante muchos años. En agosto de 1945, Manuel Fernández-Montesinos asistió a uno de los pocos accesos de ira del siempre templado don Fernando. En The New York Times venían las fotos de la ceremonia de rendición del imperio japonés ante los Aliados. Serios, muy formales, con frac y chistera, los diplomáticos de Japón se presentaban ante el general MacArthur, que los recibía descamisado, con las piernas abiertas, con la pipa en la boca. Nada podía repugnar más a don Fernando de los Ríos que el militarismo japonés, cómplice de los fascismos que había costeado la destrucción de la república española. Y sin embargo, dice Montesinos, “eso a tío Fernando le pareció una innecesaria y cruel afrenta; según él, los vencidos, incluso aquellos que habían llevado tantísima atrocidad a gran parte de Asia, merecían, como seres humanos, respeto”.

Las palabras escritas en los libros no cambian, pero el momento y el estado de ánimo de cada lectura hacen que algunas resalten más, o que uno ponga en ellas una atención distinta a la de otras veces. Tuve un trato intermitente y siempre afectuoso con Manuel Fernández-Montesinos, y en este ejemplar de sus memorias hay una dedicatoria cariñosa para mi mujer y para mí. Pero, como ha pasado con tantas otras personas de entonces, ahora me arrepiento de no haberle preguntado más cosas, ese tipo de detalles concretos y cotidianos que son las pepitas del oro del tiempo. Porque la vida pública y la política y el lenguaje nos ahogan en una pavorosa tempestad de grosería, alimentada por la bajeza general de los tiempos, en particular una derecha que huele a victoria y revancha próxima ha decidido optar por un gamberrismo a la vez tabernario y tecnológico, esta vez me he fijado en una frase de Fernández-Montesinos sobre Fernando de los Ríos, y las personas de su estirpe anacrónica: “Había en él una constante preocupación por las formas, por todo aquello que facilita y enriquece la convivencia; la forma de vestir, de hablar, de saludar, de comportarse”. Perder las formas es perder la razón. Pero ahora vivimos en los tiempos de Isabel Díaz Ayuso y de Javier Milei. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. Publicado en El País.


























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ESPECIAL TRES DE HOY SÁBADO: UNA BOLA NEGRA CONTRA EL HISPANISMO, POR LOLA PONS

 






Las frases capaces de provocar entrañan el peligro de la generalización. “Nuestros mayores hispanistas son de fuera de España” es una de esas frases. Hoy escribo para refutarla. En La bola negra, Glenn Close encarna a una investigadora llamada Isabelle Durand, que participa en 2017 en un coloquio académico. Las palabras de Durand son escuchadas por un auditorio lleno y expectante. Con serenidad y sobreponiéndose a su acento anglófono, el personaje sostiene que la investigación sobre la literatura no puede permitirse el lujo de desentenderse de las pasiones que experimentan quienes escriben. Y censura que los analistas españoles parecen creer que los textos literarios son escritos por personas ajenas al deseo, cuando el deseo existe y atraviesa por completo la experiencia humana. En concreto, existe el deseo homosexual en la literatura de Federico García Lorca. Al concluir su intervención, la moderadora del coloquio (interpretada por Alana S. Portero) suscribe el argumento de las cortapisas españolas y dice por eso: “Nuestros mayores hispanistas son de fuera de España”. En una película tan bien documentada, tan atenta al detalle, sorprende que se haya colado un juicio historiográfico tan simple.

La frase invisibiliza a generaciones de investigadores españoles que han trabajado en sus universidades como hispanistas desde España o países hispanohablantes, que alimentaron a partir del siglo XIX la hispanofilia que dio lugar al hispanismo foráneo y que colaboraron con sus colegas de fuera, creando redes fundamentales para el crecimiento intelectual de los lugares donde se desplazaron e integraron. La frase borra el papel, que creo hemos de respetar, de los investigadores que bajo las condiciones adversas del franquismo trataron de mantener cierta independencia académica o, si eran universitarios, se esforzaron por preparar a sus discípulos en universidades estragadas por el vacío del exilio y las depuraciones y el sofoco de las limitaciones morales. Con los términos de fuera y dentro aplicados a la actividad investigadora, la frase citada obliga a posicionar a individuos que se avienen mal con esa adscripción dualista. En mi altar de reverencias filológicas mayores está María Rosa Lida, argentina, ¿la debo considerar extranjera y por ello mejor capacitada para entender a La Celestina? ¿Qué hacemos con Amado Alonso, navarro formado en España y desarrollado profesionalmente en Buenos Aires? Su magistral obra sobre Pablo Neruda ¿es muestra de buen hispanismo de fuera de España?

La frase, en fin, simplifica también la propia complejidad del hispanismo foráneo, que nunca ha funcionado como modelo ideológico único. Quienes desde universidades de fuera de España acudían a nuestro país a indagar en nuestra cultura podían posar su mirada con libertad sobre la realidad española. Pero la condición ajena del investigador no lo ponía automáticamente a salvo de las redes de influencia del poder. El franquismo, como todas las dictaduras, sabía de la capacidad propagandística del académico extranjero y desplegaba notables esfuerzos institucionales en agasajar a aquellos cuya opinión importaba, mostrándoles la cara más obsequiosa de un régimen sin libertad. Hay en España un conjunto de bibliografía sólida sobre el hispanismo de fuera de España, en su evolución, figuras y contradicciones; y si contamos con esa tradición de estudios es porque tenemos la fortuna y la ventaja de que existe el hispanismo y, con él, la posibilidad no solo de reconocer desde España la deuda contraída con investigadores de otros centros sino la necesidad de enjuiciarlos críticamente, de valorarlos en sus contextos ideológicos.

De hecho, tan diverso internamente es eso que llamamos hispanismo que hoy lo que se debate en torno a esta etiqueta no es, en absoluto, el acientífico juicio de valor sobre dónde están los mayores o los menores del grupo, sino qué hay dentro de ese nombre, si conviene complementarlo o sustituirlo por el de latinoamericanismo y cómo desligar el término de los estandartes políticos expansivos de quienes defienden el hispanismo como proyecto hegemónico.

No escribo estas líneas obnubilada por patrias o banderas. Escribo conociendo los proyectos de investigación, las tesis doctorales, las publicaciones de compañeros que, desde las universidades públicas españolas donde trabajan, me han enseñado a entender mejor nuestro pasado y su trascendencia para el presente. Elevar el hispanismo foráneo a la categoría de única guía legítima para comprender nuestra historia cultural es perpetuar un sesgo injusto que mantiene la errónea idea de que solo la mirada externa posee rigor y objetividad; supone que este país es incapaz de estar ante un espejo sin un árbitro internacional que lo ayude a mirarse. Esta frase tan simplista remite a una historia que no es tan simple. El desprecio español a la intelectualidad propia se asienta en una larga tradición, que hoy alcanza derivas retorcidas: la desconfianza hacia la investigación de letras, la suspicacia hacia la Universidad.

Y el caso es que a mí me ha gustado la película. Salí del cine sobrecogida por la vorágine de su imaginería y satisfecha por su fino retrato lingüístico, pero con la sensación incómoda y conocida de que, de nuevo, se pone a la Universidad española sobre el yunque que espera al martillo. Y eso no me lo esperaba de La bola negra. Lola Pons Rodríguez es filóloga. Publicado en El País.



















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ESPECIAL DOS DE HOY SÁBADO: ¿CÓMO NO ENTENDER A FELIPE GONZÁLEZ?, POR BERNA GONZÁLEZ HARBOUR

 






Hubo un tiempo muy lejano en que Felipe González fue tan coherente que mantuvo sus promesas de principio a fin. Nos sacó de la OTAN, como había defendido, su gobierno combatió el terrorismo solo con las armas de la ley y, una vez que la corrupción empezó a anegar sus filas, en los primeros noventa, se retiró para asumir la responsabilidad de lo ocurrido. Con una generosidad inmensa, dio un paso atrás y permitió que los mejores renovaran el PSOE. En esos tiempos nadie se atrincheraba en el poder y no se distorsionaban “los valores democráticos” como dice que ocurre hoy. Y bla, bla, bla.

Todo esto es mentira, claro. Felipe González giró para mantenernos en la OTAN, vio entrar en la cárcel a sus hombres más cercanos por los GAL sin que se aclarase nunca su propio papel; se presentó de nuevo en 1993, cuando su encanto pudo sobreponerse a casos gravísimos de corrupción; y volvió a ganar. Tal vez él lo ha olvidado, ya que parece un Felipe González de ficción, no comprende los virajes tácticos, y se siente legitimado para decir que votará en blanco, que no se siente representado por nadie y que no perdona a Pedro Sánchez la amnistía, ni los pactos con Bildu, a quien considera peor que Vox.

Aclarado todo esto y pese a todo: ¿Cómo no le vamos a entender? ¿Cómo no estar de acuerdo? ¿Cómo vamos a sentirnos representados por una coalición —la que formen PP y Vox— que quiere retroceder en aborto, eutanasia, censurar la cultura, menguar lo público y quitar impuestos a quien más tiene? ¿Y cómo sentirse representados por un partido —el PSOE— que ha visto la corrupción tan cerca del presidente, que ha albergado cloacas infames, que no ha solucionado el problema de la vivienda y cuyo líder resiste como si no tuviera ninguna responsabilidad? Al ver su soltura ante Broncano, pareciera que nada de lo ocurrido tiene que ver con él.

La equidistancia es pecado en democracia, pero a veces nos ponen fácil el desdén. La campaña sucia que ha iniciado el Partido Popular al manipular las imágenes y voces de Begoña Gómez y miembros del PSOE es nauseabunda. El desparpajo del PSOE al querer utilizar las protestas por la vivienda a su favor es deshonesto. Se acercan días siniestros, de trincheras en las que todo parece valer. Y habrá que ponerse las pinzas en la nariz el 29 de noviembre, pero no será Felipe González quien nos dé lecciones, porque también nos las pusimos con él. Que no nacimos ayer. Berna González Harbour es escritora. Publicado en El País.





















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ESPECIAL DE HOY SÁBADO: ‘PALOS DE CIEGO’, UNA COLUMNA POR DENTRO, POR JAVIER CERCAS

 





El título genérico de la columna, ‘Palos de ciego’, se me apareció mientras daba vueltas a una frase de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”. Esta columna siempre ha aspirado a entregarle al lector un pedazo de prosa decente, a entretenerle un rato, a hacerle un poco de compañía; en el mejor de los casos, a que ambos, lector y autor, podamos intuir a tientas algo de la oscuridad que nos rodea. No se me ocurre un propósito más ambicioso.

El País Semanal forma parte de un periódico, pero quizá se parece más a una revista que a un periódico. En un periódico, los textos se publican de un día para otro, a veces de un momento para otro; en El País Semanal, no: baste decir que escribo estas líneas más de dos semanas antes de su publicación. El periódico es adicto a la urgencia: cuenta las cosas que pasan en el momento en que pasan, en medio del polvo, el ruido y la furia de la actualidad; El País Semanal trabaja con más calma: aquí escribimos cuando la polvareda se apacigua y la furia y el ruido desaparecieron o se atenuaron y el presente empieza a ser pasado y ya es posible intentar entender o empezar a entender lo ocurrido, o parte de lo ocurrido. El periódico tiende a la narración; El País Semanal, a la reflexión. Para un servidor, que no es periodista y siente que el periodismo es algo demasiado serio como para considerarse periodista, esto representa una ventaja, entre otras razones porque no le obliga a escribir con la velocidad del periodista, de la que es incapaz. (Aquí, como casi siempre, me siento muy próximo a Oscar Wilde. “Me he pasado el día escribiendo”, declaró. “Por la mañana quité una coma; por la tarde, la volví a poner”). No es la única ventaja. Dado que no se hallan sometidos a la dictadura de la actualidad, los textos de El País Semanal pueden alzar la mirada de lo inmediato y particular a lo general y universal; de ahí que deriven hacia lo ensayístico, lo literario y lo personal, que es lo más universal. Por otra parte, es sabido que los escritores padecemos una querencia incontenible por la irrealidad; escribir una columna, sin embargo, obliga a mantener un pie en lo real, a interesarse por lo que ocurre alrededor y ocuparse mínimamente de la polis, de lo que nos atañe a todos. Esto es a menudo incómodo, pero siempre es saludable, porque un escritor es antes que nada un escritor, pero también es un ciudadano y tiene los mismos derechos y deberes que cualquier ciudadano, empezando por el deber de ocuparse de la polis; a mí, sin ir más lejos, esta columna me ha obligado a estudiar asuntos que, si no hubiera tenido la responsabilidad de escribirla, quizá nunca hubiera estudiado: era la única forma de participar en el debate público no solo con la honestidad y humildad exigibles a cualquier articulista, sino también con algún conocimiento de causa. García Márquez, que fue periodista antes que novelista (además de discípulo aventajado de Faulkner), decía con razón que para un novelista es bueno escribir una columna, porque le permite mantener la disciplina de escritura entre novela y novela, como si el periódico fuera un gimnasio. Reconoceré que, en mi caso, con frecuencia he usado esta columna como laboratorio; la prueba es que durante los últimos 25 años apenas he publicado un libro que no haya tenido en estas páginas su origen, o que no se haya alimentado de ellas. Todo eso que le debo a El País Semanal.

Pero sobre todo le debo otra cosa. “Escribir una columna es como invitar cada domingo a tu casa a un montón de gente”, me dijo hace casi 25 años Alex Martínez Roig, por entonces director de El País Semanal, cuando me invitó a colaborar aquí. Nunca empiezo a escribir esta columna sin recordar esas palabras, sin recordar que escribirla equivale a entablar un diálogo personal con ustedes, los lectores. Y que el primer beneficiario de ese diálogo soy yo. Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española. Publicado en El País Semanal.




















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