jueves, 25 de junio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, OSTEGUNA, 2026KO EKAINAK 25, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi ostegun gau honetan, 2026ko ekainaren 25-26. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisita gustatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Moirai onberak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. Harendt






















DE LA TARDE QUE CAE. CONTRA LA DESCOMPOSICIÓN POLÍTICA, POR RAMÓN OBIOLS. 25 DE JUNIO DE 2026

 






Una vez, leí una entrevista a Michel Rocard, quien fue primer ministro francés siendo Mitterrand presidente, en la que decía que jamás recomendaría a sus hijos que se dedicaran a la política. Meses después, me tocó cenar sentado al lado de su esposa. No pude evitar preguntarle por aquella opinión de su marido. “¡Pues claro!”, me dijo. “¡No puedes ni imaginarte las cosas que le han llegado a hacer!”. Sí que podía imaginármelas, y recordé para mí el viejo adagio: si no quieres polvo, no vayas a la era. El recurso de los que gobiernan diciendo que sufren y se sacrifican por los demás, o por el bien del país, me parecía entonces un victimismo forzado o una coquetería interesada.

Sin embargo, últimamente tengo dudas. Me consta que muchos de los que, de mi generación y de la siguiente, se han dedicado a la cosa pública, aunque no expresan en público el parecer de Rocard, en privado lo aplican. Constato, por otro lado, que las cosas de la política han llegado a un punto tal de brutalidad que dedicarse a ella puede llegar a hacerse insoportable para muchos. No me refiero a la creciente dificultad de los problemas a los que cualquier Gobierno se enfrenta, ni a la dureza de los debates en las redes o en los parlamentos, sino a otra cosa. El espectáculo de la política se está convirtiendo a menudo en algo grotesco, hasta extremos hace poco inimaginables que nos recuerdan la frase del viejo Tarradellas: “En política se puede hacer de todo, menos el ridículo”.

¿Quién podía llegar a imaginar que veríamos en los jardines de la Casa Blanca un ring en el que dos individuos combatían ante miles de espectadores con tanta violencia que, según leo en la prensa, “cuando uno cae al suelo, el otro tiene derecho a machacarlo?”. ¿Quién podía predecir los exabruptos que se escuchan en el Congreso de los Diputados o en el Senado? No se llega allí a las manos, por suerte, pero el espectáculo es tan de vergüenza ajena como los combates de artes marciales en La Garra de Trump.

Tacos e insultos se han convertido en la nueva normalidad parlamentaria en España. Incluso cuando excepcionalmente se produce una pausa, también esta resulta inquietante y significativa. No es normal aplaudir durante siete minutos un discurso, aunque lo pronuncie el papa de Roma. Se puede llegar a creer que la ovación del Congreso a León XIV no sólo fue por lo que dijo sino por lo que sabiamente omitió. En efecto: la palabra corrupción no fue pronunciada en el discurso. La diplomacia vaticana sabe que no se menta la soga en casa del ahorcado.

Para definir las principales causas de la crispación política imperante suelen invocarse la corrupción y su correlato, la judicialización de la política. No minimizo en absoluto la enorme gravedad de estos fenómenos: ambos son peligrosamente liberticidas y pueden llevarse por delante nuestra democracia. Sin embargo, no creo que sean la causa principal de los problemas políticos actuales. Más bien creo que se trata de su consecuencia.

Si no me falla la memoria, escuché por primera vez la expresión “judicialización de la política” hace unos 50 años, de boca de José Ramón Recalde, un intelectual que pagó con detenciones, torturas y cárcel su compromiso político contra la dictadura de Franco, y que luego, en la democracia recuperada, fue consejero socialista del Gobierno vasco. Sus análisis, condensados en el libro Crisis y descomposición de la política (Alianza, 1995), son de una sorprendente actualidad. Recalde, a quien ETA no logró asesinar, aunque sí hirió de gravedad, dice que la corrupción no debe ser vista únicamente como el “vicio ético” de unos individuos determinados, sino que debe ser considerada “en su sentido propio, derivado de la descomposición biológica”, como eventual “proceso degenerativo” de los instrumentos e instituciones de la democracia. Según Recalde, el principal factor de crisis de las democracias no sería la polarización, sino más bien lo contrario: la dispersión individualista, la indiferenciación entre las ofertas, que puede llevar a la descomposición de la política y de sus instrumentos. Las cosas suelen ser siempre complicadas y hay que desconfiar de las explicaciones sencillas, pero me parece que el viejo análisis de Recalde es muy útil y fecundo para interpretar la crisis actual de las democracias. ¿No estamos asistiendo, en efecto, en España y en todo el mundo, a fenómenos espectaculares de grotesca y caótica descomposición de la política?

Vistas así las cosas, la corrupción, tanto la real como la atribuida, no sería la causa de la crisis democrática, sino más bien su reflejo, una consecuencia de lo que Recalde imputaba a la descomposición y a la “selección negativa” que puede producirse en las democracias. Que estas consecuencias sean especialmente dolorosas cuando afectan a quienes se juzga como mejores agrava el problema. Corruptio optimi pessima, “la corrupción de los mejores es la peor”, decían los clásicos. En este sentido, un remedio es recomendable: hay que salir decepcionado de casa.

Hay mucho de premeditado y fabricado, de exageradamente estimulado, en la crispación política actual. Algunos afirman que desaparecería por ensalmo si el PP llegara al Gobierno, con o sin Vox. Otros, para evitarla, han preconizado acuerdos entre el PSOE y el PP. Pero hay fundadas razones que hacen pensar que estos no son viables, y que ceder, por pasiva inhibición, el Gobierno al PP sería, en el mejor de los supuestos, una muestra de pésima ingenuidad.

Algunas de estas razones vienen del pasado. Los exponentes de la vieja generación socialista que expresan reservas o críticas a Pedro Sánchez reconocen también, por propia experiencia, que la destrucción del adversario a cualquier precio es la sustancia misma de la política de las derechas españolas cuando están en la oposición. Añaden que, en este empeño, la “derechita cobarde” puede llegar a ser peor que la otra. De vez en cuando hay que recordar a Luis María Anson: “Había que terminar con Felipe González. En muchos momentos se rozó la estabilidad del propio Estado, pero era la única forma de sacarlo de ahí”.

Estamos en lo mismo, pero a lo bestia, con formas más sobreactuadas y brutales, en un contexto internacional más caótico y peligroso. La teatral desinhibición de Donald Trump actúa de decapante, disuelve todas las formalidades de respeto, hace escuela. Así, escuchamos a los portavoces del PP, un partido con un ominoso historial de condenas, decir que el Gobierno de Pedro Sánchez es una “organización criminal”; que La Moncloa es una “guarida de delincuentes”, y así sucesivamente. Este teatro genera efectos de bumerán, de incredulidad, pero provoca alarma. ¿Los que exigen que el Gobierno se rinda “con las manos en alto” son demócratas o son de los del brazo alzado?

Se afirma, con razón, que decir que viene el lobo no es la solución. Pero la cuestión que se plantea a continuación es la siguiente: ¿qué debemos hacer cuando tenemos la certeza de que viene el lobo? ¿Silbar y mirar hacia otro lado? ¿Podemos dejar de señalar que la amenaza de una involución iliberal, autoritaria y centralista en España es hoy una posibilidad absolutamente real?

Lo saben bien quienes, desde todo el arco parlamentario, sostienen o hacen posible el actual Gobierno de coalición. Tal vez lo que les une puede expresarse con los versos de Eugenio Montale: “Hoy sólo esto podemos decirte, / lo que no somos, lo que no queremos”. Pero este nexo de unión no es poca cosa. Es el consenso democrático mínimo que en el siglo pasado acabó derrotando a los totalitarismos, y que hoy se enfrenta a nuevas amenazas. No parece responsable, en estas circunstancias, preconizar la inhibición, la neutralidad o la abstención; o recomendar a nuestros hijos y nietos que no se dediquen a la política. Ni el mercado ni la técnica podrán salvarlos de la posible barbarie de los años venideros. Sólo lo logrará la política democrática, si participan en ella. Si los consejos de retraimiento se impusieran, se impondría también, por mucho tiempo, la descomposición política. Entonces tendríamos en el Gobierno a lo mejor de cada casa, como estamos viendo que sucede en tantas partes del mundo. Raimon Obiols fue primer secretario del PSC entre 1983 y 1996. El País, 23 de junio de 2026.


























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. INSTRUCCIONES PARA SENTIR LA PATRIA, POR ÍÑIGO DOMÍNGUEZ. 25 DE JUNIO DE 2026






 

“El país al que pertenecemos no es, como quiere la retórica, aquel que se ama, sino aquel del que nos avergonzamos, o del que uno se puede avergonzar”. No dramaticen, no estoy hablando del España-Cabo Verde, es una frase del gran historiador italiano Carlo Ginzburg, fallecido esta semana, investigador de pequeñas historias, autor de libros deliciosos en los que mezclaba cosas, relacionaba ideas que no tenían nada que ver e iluminaba ángulos oscuros. Creía en la casualidad como forma de conocimiento: pedía al azar un libro en la biblioteca y descubría algo que nunca habría encontrado de forma normal. Seguía el consejo de uno de sus maestros, Aby Warburg, que creó una inmensa biblioteca meticulosamente desordenada (está en Londres, se la llevó allí tras la llegada de los nazis) con esa idea: “El libro que necesitas está al lado del que estás buscando”. Ginzburg, hijo de la admirable escritora Natalia Ginzburg, era uno de esos sabios humanistas que harían el mundo mejor solo con salir en la tele hablando cada semana. Como pequeño homenaje, seguí yo también el juego y caí por azar en la autobiografía de Charles Chaplin. Tener libros olvidados que no sabías que tenías es uno de los placeres del desorden. Leyendo la vida de Chaplin recordé su mísera infancia, sin apenas educación, y llegué a esta frase, cuando relata que empezó a leer libros por pura vergüenza: “Quería yo saber, no por amor a la ciencia, sino como una defensa contra el desprecio que siente el mundo por el ignorante”. Pensé que ya es un sentimiento antiguo, tanto el personal como el colectivo, ambos muy relacionados. Me pregunté si ese tipo de sensación todavía existe, en qué ha quedado el pudor en general, y eso que nunca como hoy tanta gente ha estado tan atenta a lo que piensen los demás. Me conmovió pensar en Chaplin, todo preocupado por no parecer inculto, comprándose los tres tomos de El mundo como voluntad y representación, de Schopenhauer, como cuenta que hizo. Esto sí que estoy seguro de que hoy no lo hace nadie, salvo que empiece un in­fluencer, y si lo intentan en su casa por favor que sea con un médico cerca. Me imaginé a Chaplin como en sus películas, en una escena muda, leyendo en un cuartucho, y brillaba en ella la idea arrebatadora de que algo que está escrito en un libro lo puede leer cualquiera, como un tesoro al alcance de la mano que cambia el destino de quien lo lee. Seguí leyendo hasta que Chaplin hizo El gran dictador (1940), feroz parodia de Hitler. Ahí empezaron sus problemas, pues en Estados Unidos había más nazis de los que creía. Acabada la guerra, fueron a por él, acusado de comunista y acosado por el FBI. Al final, como otros, se tuvo que ir del país, por antiamericano. Chaplin dice entonces: “Estos superpatriotas pueden llegar a ser las células que conviertan a América en una nación fascista”. Era 1952 (y el libro se publicó en 1964). Él era británico, pero sentía vergüenza de ese país. Sobre todo, de su “pomposidad moral”. Qué expresión tan acertada, lo peor es la grandilocuencia.

En esto, por continuar asociando cosas, en casa pusieron la tele y apareció Trump en el G-7, orgulloso de su ridículo ante Irán, donde los pobres iraníes ahora están peor que nunca y encima al régimen le van a dar 300.000 millones de dólares por las molestias. Se puso a decir tonterías, como el campeón de la presunción y la ignorancia que es, y no se hacen idea de la cantidad de cosas que relacioné en ese momento. Los superpatriotas hoy nos hacen sentir tanta vergüenza a los demás que así descubrimos cuánto amamos a nuestro país, eso hay que reconocérselo. Pero por favor, un poco de contención, no muramos de vergüenza ajena. Íñigo Domínguez, es periodista. 22 de junio de 2026.






















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 25 DE JUNIO DE 2026

 
















DEL ARCHIVO DEL BLOG. LA RUSIA DE OCCIDENTE, POR JAVIER MORENO LUZÓN. PUBLICADO EL 24 DE JULIO DE 2017

 





El mito de la Revolución de Octubre sigue vivo; las hazañas de Lenin y Trotski aún despiertan simpatías entre algunos izquierdistas españoles. Las alusiones a 1917 no son inocentes; sus consecuencias, que marcaron el siglo XX, todavía nos interpelan. Lo comenta en El País Javier Moreno Luzón, catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro, recién publicado, Los colores de la patria. Símbolos nacionales en la España contemporánea (Tecnos).

El revolucionario ruso León Trotski, comienza diciendo, pasó en España los últimos meses de 1916, tan solo un año antes de tomar el poder en Petrogrado. Fue un viaje azaroso: expulsado de Francia, anduvo por Madrid, donde disfrutó del Museo del Prado, hasta que la policía lo encarceló y lo mandó a Cádiz, a la espera de un barco que lo sacase del país. Apenas logró manejar unas cuantas palabras en castellano, pero captó algunos rasgos de la vida española, como la mala fama de los políticos, las desigualdades sociales o el poder de la Iglesia. Le impresionaron la indolencia, la amabilidad y el calor. Desde su siguiente destino, Nueva York, escribió que el problema agrario y el carácter violento de sus habitantes hacían de España, después de Rusia, el lugar donde resultaba más probable una revolución.

Aquel paralelismo entre los dos extremos de Europa tenía antecedentes tan ilustres como el de Miguel de Unamuno, quien había afirmado que ambos pueblos compartían una misma religiosidad mística y un fondo comunal campesino. Los estereotipos hablaban de seculares atrasos y exotismos orientales, de gentes un tanto salvajes. Hasta el ancho de vía de sus respectivos ferrocarriles era mayor que el usual en el continente. El rey Alfonso XIII creía que la primera de las revoluciones rusas de 1917, la que hizo abdicar al zar, podía repetirse en España, sobre todo si entraba en la guerra europea como había hecho Rusia.

Durante unos meses, los acontecimientos dieron la razón a los augures. Ese mismo verano se encadenaron varios conatos revolucionarios en España: el de las juntas militares, que expresaban agravios corporativos; el de catalanistas y republicanos, que convocaron una asamblea de parlamentarios para exigir la reforma de la Constitución; y el de los sindicatos obreros, lanzados a la huelga general. Hubo quien pensó en una réplica de la experiencia rusa, con un proceso constituyente custodiado por sóviets de obreros y soldados. Pero España no era Rusia: a la hora de la verdad, las clases medias catalanas no se aliaron con los huelguistas y los militares reprimieron la insurrección sindical. La monarquía española, más parecida a la italiana que al imperio de los zares, resistió el embate.

La verdadera fe que llegó a España desde Rusia en 1917 no fue la del febrero democrático, sino la del octubre rojo, un potente mito político que cambió el paisaje mundial, dividió a las izquierdas y atemorizó a las derechas. El campo andaluz vivió un trienio bolchevique en el que los jornaleros aspiraban al reparto de las tierras que habían conseguido los rusos; mientras los sectores conservadores alertaban del peligro soviético para imponer soluciones autoritarias. Aunque la escasa información jugara a veces malas pasadas. Los anarcosindicalistas de la CNT acogieron con entusiasmo aquel trastorno radical y los socialistas decidieron tantear su adhesión a la nueva Internacional. Pero sendos viajes a Moscú les quitaron las ganas, pues aquellos aguerridos héroes perseguían a los ácratas, exigían disciplina y despreciaban los derechos ciudadanos. Vladímir Lenin se lo dejó claro en 1920 a un atónito Fernando de los Ríos, enviado del PSOE: “Libertad, ¿para qué?”. Por entonces se organizaban ya los comunistas españoles.

La vieja Rusia medieval se había convertido, de golpe, en el faro que alumbraba el futuro de la humanidad. En España se publicaron decenas de libros sobre el experimento y numerosos viajeros confirmaron sus excelencias. Sin embargo, sus partidarios no salieron de los márgenes hasta la Segunda República, cuando el camarada Iósif Stalin había heredado ya las herramientas dictatoriales de Lenin y lanzado al exilio a Trotski, disidente en nombre del ideal leninista. Mediados los años treinta, el régimen staliniano se sumó a las coaliciones contra el fascismo que avanzaba en Europa y sus peones españoles hicieron lo propio con el Frente Popular que ganó las elecciones de 1936. Entraron en el Parlamento y se hicieron con el control de las juventudes socialistas, aunque la posibilidad de una revolución al estilo soviético, un fantasma que agitaron las derechas antirrepublicanas, era más bien remota. Al socialista Francisco Largo Caballero le quedó, eso sí, el remoquete de Lenin español.

España estuvo algo más cerca de transformarse en la Rusia de Occidente durante la Guerra Civil. La Unión Soviética era el único apoyo internacional de peso que tenía la República y su esfuerzo militar dependía de la ayuda de Stalin, por lo que los comunistas adquirieron en la zona leal una influencia decisiva. Cabeza de la contrarrevolución que acabó con las colectivizaciones orquestadas por los anarquistas al estallar el conflicto, aplicaron las técnicas ya probadas en la Unión Soviética, donde no solo habían barrido a los trotskistas, sino que también purgaban a los más adictos, en un sistema de terror sin límites. Los marxistas antiestalinistas del POUM fueron liquidados. En 1940, el catalán Ramón Mercader, al servicio de Stalin, asesinó a Trotski en su destierro mexicano.

A partir de ahí, el comunismo español formó el tronco principal de la oposición a la dictadura de Francisco Franco. Tras el fracaso del maquis guerrillero, adoptó una línea conciliadora que aspiraba a traer a España la democracia pluralista y no un régimen autocrático al estilo soviético. Esa distancia se ensanchó y la actitud constructiva del PCE protagonizó la Transición a la muerte del tirano. Poco quedaba ya del sueño revolucionario, aunque aún subsistían los métodos de Lenin, la jerarquía implacable y la purga de los discrepantes en el interior del partido. Su progresiva insignificancia acabó por diluirlo en Izquierda Unida, donde ha sobrevivido pese al derrumbe de la Unión Soviética.

Hoy, en el centenario de las revoluciones rusas, concluye diciendo, carecen de sentido las comparaciones de antaño y nadie podría imaginar una España sovietizada. Pero el mito sigue vivo y las hazañas de Lenin y Trotski, no tanto las de Stalin, aún despiertan simpatías entre algunos izquierdistas españoles. Sobre todo en Podemos, donde sus impulsores, que han hablado de leninismo amable, no ocultan su admiración por Octubre, su fuerza y sus procedimientos. Pablo Iglesias Turrión emplea la retórica revolucionaria y rinde homenajes a “aquel calvo”, “mente prodigiosa” que satisfizo los deseos de los trabajadores. Las alusiones a 1917 no pueden ser inocentes, pues sus consecuencias, que marcaron el siglo XX, todavía nos interpelan. Javier Moreno Luzón es historiador. El País, 24 de julio de 2017.
























DEL POEMA DE CADA DÍA. GRAN CANARIA, POR PEDRO GARCÍA CABRERA. 25 DE JUNIO DE 2026

 






GRAN CANARIA

a Felo Monzón


Ya desde aquí en adelante

me seguirás en la marcha,

cresta de la lejanía,

esposa de la distancia.

Sobre los hombros del mar

toda isla es tierra en andas,

una tierra a contrapunto,

una tierra desterrada.

No puedo intuir siquiera

el pinar de Tamadaba,

pero los amigos sí

que los tengo en la mirada,

tanto los que están en pie

como al fondo de Jinámar.

Para saber que te llevo

en el costado clavada

no has de leerme la mano,

ha de bastar mi palabra.

Mas si la quieres leer

verás tan sólo en sus rayas

los caminos de una isla

que se llama Gran Canaria.

Caminos que me conducen,

sombreados de esperanza,

a roques que no se nublan

y a piedras enamoradas

de dialogar con las cimas

de sueños que no se alcanzan.

Sé que no dejas el tiempo

nunca en barbecho; descansas

como mares y trigales,

rizando siempre la espalda;

que jamás se te hace tarde

ni coge el sol en la cama.

Mas yo aprecio sobre todo

tus descartes de baraja,

los rincones que conversan,

el trapecio con pestañas

del faro que da sus vueltas

ágil de luz y de alma,

la intimidad del silencio

en la alberca de las plazas,

las palabras que caminan

la noche, redondeándola

con ternura de tahona

oliendo en la madrugada

y más que nada los brazos

del afecto, que levantan

y visten a los balandros

de la amistad velas blancas,

unos balandros que nunca

cambian el rumbo o naufragan,

esas versiones de amigos

que contra bosques de lanzas

en aceite convirtieron

los bofes de las borrascas.

Es tarde. En mis travesaños

se recogen las palabras.

Es la hora en que la sombra

y la montaña hacen tablas.

Todo se irá y volverá

todo vuela a ser mañana:

el mar, las islas, el viento,

la sed, la angustia y el alba.

Amigos míos, salud.

Buenas noches, Gran Canaria.




PEDRO GARCÍA CABRERA (1905-1981)

poeta español






***





Pedro García Cabrera (Vallehermoso, La Gomera, 19 de agosto de 1905 - Santa Cruz de Tenerife, 20 de marzo de 1981) fue un poeta y periodista español perteneciente a la Generación del 27. El 22 de febrero de 2012 el Gobierno de Canarias le dedicó el Día de las Letras Canarias.






















DEL ASUNTO DEL DÍA. POR QUÉ STARMER DIMITE Y SÁNCHEZ SOBREVIVE, POR AGENDA PÚBLICA. 25 DE JUNIO DE 2026

 





En Westminster, Downing Street devora primeros ministros a velocidad de vértigo. En Madrid, el Palacio de la Moncloa funciona como un búnker inexpugnable. ¿Por qué el Reino Unido decapita a sus líderes al menor síntoma de debilidad, mientras España blinda a sus presidentes ante cualquier asedio político? La respuesta no reside en el carácter de sus políticos, sino en su fría arquitectura institucional: la guillotina británica frente al cerrojo español.

Si uno observa la política europea con la mirada puesta en las mudanzas oficiales, existe un gran contraste entre Londres y Madrid. En los últimos años, el número 10 de Downing Street ha parecido tener una puerta giratoria, engullendo a primeros ministros a una velocidad de vértigo. Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss y ayer Keir Starmer. Todos sucumbieron a la presión, empacaron sus cosas y dimitieron frente a los micrófonos, forzados por sus propios compañeros y sin que la oposición hubiera articulado una mayoría para gobernar.

Mientras tanto, a mil quinientos kilómetros al sur, en el Palacio de la Moncloa, el manual de supervivencia es diametralmente opuesto. En España, los presidentes del Gobierno resisten asedios parlamentarios, crisis de popularidad y rupturas de coaliciones. La dimisión por pura presión política, sin una derrota formal y vinculante que traiga un sustituto bajo el brazo o por una derrota en una cuestión de confianza, no forma parte de la normalidad del sistema político español.

"Es una historia de dos parlamentarismos: el clásico y el racionalizado"¿Por qué el sistema británico devora a sus líderes mientras el español los blinda? La respuesta no reside en el carácter de los políticos, sino en la fría y calculada arquitectura de sus sistemas institucionales. Es una historia de dos parlamentarismos: el clásico y el racionalizado.

La guillotina de Westminster. Para entender la fragilidad del inquilino de Downing Street, hay que comprender primero qué motiva a quienes tienen el poder de echarlo: los diputados de su propio partido. El sistema político británico carece de una constitución escrita que blinde al gobierno, pero sobre todo, se basa en un sistema electoral mayoritario uninominal, el famoso First-Past-The-Post.

En el Reino Unido, no hay listas de partido. Cuando un ciudadano británico acude a las urnas, no vota por "el Partido Conservador" o "el Partido Laborista" en abstracto; vota por su representante local en su circunscripción (constituency). Esto crea una dinámica de poder radicalmente distinta a la del sur de Europa. El diputado británico le debe su escaño y su salario a sus votantes locales, no a la bondad del líder del partido que lo puso en una lista. "En Westminster, el Primer Ministro no es el dueño del partido; es un empleado de sus diputados. Y si los diputados creen que el gerente está hundiendo la empresa, lo despiden antes de que la empresa quiebre".

Cuando un primer ministro británico, como Boris Johnson tras los escándalos del Partygate o Liz Truss tras su desastroso plan económico, empieza a hundirse en las encuestas, el pánico se apodera de los backbenchers (los diputados rasos). Si la popularidad del líder nacional cae, el diputado raso perderá su escaño en las siguientes elecciones. Su instinto de supervivencia se activa.

Es aquí donde entra la maquinaria interna. Los partidos británicos son despiadados. En el caso del Partido Conservador, el legendario Comité 1922 canaliza este descontento. Si el 15% de los diputados envía una carta de censura al presidente del comité, se detona una votación secreta. Si el Primer Ministro la pierde, está fuera. Inmediatamente. Y todo esto ocurre dentro del propio partido en el poder, sin necesidad de que el Partido Laborista tenga una mayoría para gobernar. El sistema permite, y de hecho fomenta, el regicidio como mecanismo de supervivencia electoral. El líder cae al vacío sin red de seguridad. En el caso del Partido Laborista, el 20% de los diputados no pueden forzar la dimisión del primer ministro, pero pueden forzar unas primarias para elegir a un nuevo líder.

La obsesión española por la estabilidad. Crucemos ahora el Canal de la Mancha y los Pirineos. Cuando los constituyentes españoles se sentaron a redactar la Carta Magna de 1978, tenían un miedo atroz grabado en la memoria colectiva: la inestabilidad crónica de la Segunda República y el espectro del caos político. España no quería un parlamento que jugara a derribar gobiernos por capricho o crisis momentáneas. Miraron hacia la Ley Fundamental de Bonn en Alemania y adoptaron el parlamentarismo racionalizado.

La joya de la corona de este sistema es el Artículo 113 de la Constitución: la moción de censura constructiva. Esta es la principal razón por la que un presidente español no dimite por presiones del parlamento.

En España, la oposición no puede simplemente sumar sus votos para decirle al presidente: "Váyase, no confiamos en usted". Para derribar a un Gobierno, la Constitución exige presentar simultáneamente un candidato alternativo a la presidencia, junto con un programa político.

"La joya de la corona de este sistema es el Artículo 113 de la Constitución: la moción de censura constructiva"Imaginemos un parlamento muy fragmentado. Es perfectamente posible que una amplia mayoría de diputados (digamos, 200 de 350) quiera que el presidente dimita. Sin embargo, si esos 200 diputados (que pueden ir desde la extrema derecha hasta la izquierda anticapitalista y los nacionalismos periféricos) no pueden ponerse de acuerdo en votar a un mismo candidato sustituto, no hay moción de censura posible y el presidente sobrevive.

La Constitución española prefiere un gobierno débil, minoritario y desgastado antes que un vacío de poder. Te prohíbe destruir si no eres capaz de construir. Por eso, en toda la historia democrática de España, solo una moción de censura ha prosperado (la de Pedro Sánchez contra Mariano Rajoy en 2018), y requirió una alineación planetaria de fuerzas políticas muy dispares.

Las listas cerradas en España 

Pero la moción constructiva no explica por sí sola por qué en España no vemos los "motines internos" que tan comunes son en el Reino Unido. ¿Por qué el partido de un presidente español impopular no lo derroca internamente, como hacen los Tories?

" ¿Por qué el partido de un presidente español impopular no lo derroca internamente, como hacen los tories?". La respuesta es el sistema electoral de listas cerradas y bloqueadas. En España, el ciudadano vota a la papeleta de un partido. El orden en el que aparecen los candidatos en esa papeleta lo decide, de facto, la cúpula del partido en Madrid (Génova o Ferraz). En la política española, el diputado individual es políticamente irrelevante. Si un diputado decide rebelarse contra su líder y pedir su dimisión, sabe que está firmando su propia sentencia de muerte política. En las siguientes elecciones, el líder simplemente lo eliminará de la lista electoral.

En España, los diputados deben su supervivencia profesional a la lealtad al líder; en el Reino Unido, se la deben a sus electores locales. Los presidentes españoles no temen a sus propios backbenchers porque controlan con mano de hierro quién entra y quién sale de las listas. Un golpe palaciego como los que sufre el partido conservador británico es prácticamente una imposibilidad matemática y orgánica en la política española contemporánea. Pensemos por un momento en el Comité Federal del PSOE del próximo sábado o en un equivalente del mismo comité en la Comunidad de Madrid? 

Dos psicologías, dos democracias. El resultado de estas arquitecturas tan divergentes es la creación de dos culturas políticas y dos psicologías de liderazgo completamente distintas.

En Westminster, la rendición de cuentas (accountability) se entiende de forma continua y brutal. Un líder es fuerte solo mientras aporta valor electoral. En el momento en que se convierte en un pasivo, la cultura política dicta que debe "hacer lo honorable" (do the honorable thing) y dimitir. La presión mediática, parlamentaria y de sus propios correligionarios se vuelve tan insoportable que la dimisión es la única válvula de escape para que el sistema siga funcionando. No hace falta un gobierno alternativo preparado en las bancadas de la oposición; basta con que el partido gobernante decida iniciar unas primarias exprés o que se convoquen elecciones.

"En el Reino Unido, un líder es fuerte solo mientras aporta valor electoral. En el momento en que se convierte en un pasivo, la cultura política dicta que debe "hacer lo honorable" y dimitir"En España, por el contrario, el sistema puede generar líderes que ven la presión externa como ruido. El manual no escrito del presidente español dicta aprovechar la imposibilidad aritmética de la oposición para unirse, y esperar a que pase la tormenta. Ambos sistemas tienen patologías evidentes. El británico corre el riesgo de caer en crisis nerviosas permanentes, devorando líderes, cambiando de rumbo económico cada seis meses y generando una inestabilidad que espanta a los mercados. Prima la guillotina sobre la paciencia.

El modelo español, diseñado para evitar el caos, corre el riesgo del bloqueo y el cinismo institucional. Permite la supervivencia de gobiernos que no pueden legislar por falta de apoyos, pero imposibles de derribar porque la oposición está dividida. Un sistema que premia la supervivencia corre el riesgo de alejar a la ciudadanía de las instituciones, viendo cómo sus líderes se aferran al cargo aferrándose al articulado de la Constitución.

En el fondo, ambos parlamentos responden a la historia de sus naciones. El Reino Unido, confiado en su milenaria continuidad institucional, se permite el lujo de jugar a las sillas musicales con sus primeros ministros. España, todavía marcada por la fragilidad de su pasado, prefiere un piloto sin suficientes apoyos a los mandos antes que ver la cabina vacía. Agenda Pública. 23 de junio de 2026.