El 1 de octubre de 1919, un joven medievalista apenas salido del cascarón académico se incorporaba a la recién reorganizada Universidad de Estrasburgo. Hasta apenas unos meses antes, la institución honraba el nombre del emperador Guillermo I (1871-1888); sin embargo, tras el final de la Gran Guerra y la reincorporación de Alsacia y Lorena a la Tercera República Francesa, el centro fue sometido a un profundo proceso de depuración y reciclaje. Allí llegó Marc Bloch (1886-1944), quien a sus 33 años y recién desmovilizado del frente, se topó con unas instalaciones precarias y una biblioteca que no solo era exigua, sino que había sido construida ignorando sistemáticamente la investigación francesa. Así se lo confesó en una carta a Ferdinand Lot. El gobierno francés concebía Estrasburgo como un símbolo de la victoria sobre Alemania y deseaba que su universidad sirviera de ejemplo de los logros de la nación victoriosa sobre su vecina derrotada1.
La biblioteca de Estrasburgo es un espejo fiel que refleja la construcción de las naciones europeas en las décadas previas. Levantadas sobre las cenizas del Antiguo Régimen, legitimaban su existencia mediante relatos esencialistas que exaltaban una singularidad casi mística y unas raíces que se hundían en el origen de los tiempos. Eran narrativas diseñadas para glorificar los méritos propios mientras se denigraba la identidad del «otro», proyectando sobre las naciones vecinas una imagen estereotipada y monolítica. Las rivalidades seculares y las tensiones geopolíticas impidieron, en la práctica, que autores como Fustel de Coulanges compartieran estantería con Leopold von Ranke. Acabada la Primera Guerra Mundial, Bloch se asentó en Estrasburgo, consolidando su carrera a orillas del Rin mientras su familia crecía. Fue en este entorno donde, gracias al intercambio intelectual con especialistas de diversos campos, comenzó a cimentar lo que Peter Burke denominó la «revolución historiográfica francesa»2.
Si proyectáramos esta escena sobre el célebre lienzo de Delacroix, La libertad guiando al pueblo (1830), un joven Marc Bloch encarnaría a la Marianne; su bandera no sería otra que la interdisciplinariedad y la historia socioeconómica. En esta alegoría, su causa principal —el tema que aquí nos ocupa— sería el distanciamiento de los grandes relatos esencialistas y de la hagiografía de los grandes nombres del pasado. Finalmente, los entusiastas revolucionarios que empuñan bayonetas en el cuadro original quedarían representados por los historiadores que, desde entonces y hasta hoy, han continuado y defendido su legado metodológico. Junto al modernista Lucien Febvre, Bloch concibió una nueva forma de hacer historia que cristalizó en la revista Annales, fundada en 1929. Sus enfoques transformaron gradualmente la historiografía francesa e inglesa, exportando sus premisas a otros escenarios internacionales. Sin embargo, en ese hipotético Marc Bloch guiando a los historiadores, resultaría sumamente difícil incluir a los españoles en la comitiva; la mayoría permanecían estrechamente ligados a las formas decimonónicas de narrar el pasado.
Al igual que ocurrió en otros procesos de construcción nacional, la mitificación del medievo puso este período al servicio de la política y de los intereses patrios. Los historiadores articularon el pretérito para otorgar carta de naturaleza a una España ahistórica que supuestamente se había restaurado tras una lucha de ochocientos años contra el islam; un enfrentamiento que, a partir de entonces, se canonizó bajo el nombre de Reconquista, con mayúscula. Así, mientras la historiografía europea comenzaba a modernizarse y a distanciarse de estos paradigmas, la española permaneció anclada a ellos durante mucho más tiempo. Una inercia que, en ciertos casos, todavía persiste.
Casi al mismo tiempo que Annales daba sus primeros pasos, el poeta galo Paul Valéry lanzaba una severa diatriba contra la historia, a la cual consideraba el producto más peligroso que ha elaborado la química del intelecto. Sus propiedades son bien conocidas. Hace soñar, embriaga a los pueblos, les engendra falsos recuerdos, exagera sus reflejos, aviva sus viejas heridas, los atormenta en su descanso, los conduce al delirio de grandeza o al de persecución, y vuelve a las naciones amargadas, altivas, insoportables y vanidosas. La historia justifica lo que uno quiera. En realidad, no enseña nada, pues lo contiene todo y ofrece ejemplos de todo. […] En el estado actual del mundo, el peligro de dejarse seducir por la Historia es mayor que nunca3.
La experiencia de la guerra había desvelado el temible poder del pasado: los soldados de las naciones que se aniquilaron durante cuatro largos años lo hicieron convencidos de su propia superioridad. A ese sentimiento de supremacía contribuyó decisivamente la historia como disciplina, así como sus estudiosos en tanto que arquitectos de un conocimiento supeditado a los intereses nacionales. Las lapidarias palabras de Valéry resuenan hoy como un eco de la culpa que los historiadores tuvimos en la conflagración de 1914, advirtiéndonos sobre los riesgos de manipular el pretérito interesadamente. Elegirlas como título para esta reseña es una declaración de intenciones en el contexto actual. Hoy asistimos a un resurgimiento de movimientos nacionalistas en toda Europa que instrumentalizan el pasado no solo para legitimar su existencia, sino para dotar de una pátina de normalidad a sus políticas de odio. Ante este escenario, los historiadores ostentamos un papel público insoslayable y la obligación ética de intervenir frente a la manipulación y las falsedades que se alimentan de la tergiversación del conocimiento histórico.
Impulsado por esta preocupación y compromiso social, Alejandro García Sanjuán ha escrito un manifiesto de doscientas páginas en el que denuncia los usos espurios del medievo peninsular, desde la era de la construcción de las naciones hasta nuestros días. Catedrático de Historia Medieval en la Universidad de Huelva y especialista en el mundo islámico, García Sanjuán ha dedicado gran parte de su trayectoria reciente a diseccionar la noción de «Reconquista», analizando sus usos y peligros en una prolífica producción científica4. Estas reflexiones, sumadas a otras nuevas propuestas, convergen en su obra más reciente, objeto de recensión en las siguientes páginas: Desmitificando la Edad Media peninsular: cómo y por qué se ha construido una historia que no existió (Catarata, 2026). El subtítulo sintetiza a la perfección la idea central de la pieza y uno de los axiomas del trabajo del historiador: la historia es un constructo hecho y rehecho constantemente en un diálogo ininterrumpido entre el pasado y el presente. En este proceso, el contexto de quien escribe permea inevitablemente sus interpretaciones, confirmando que la historia posee su propia historia. Comprender el ahora exige, por tanto, evaluar cómo se han edificado los marcos ideológicos que heredamos, pues no vivimos de espaldas a ellos ni al pasado que los elaboró. Se trata, en definitiva, de una invitación a redescubrir, en palabras de Robert Collingwood, que «en la historia, como en todas las cuestiones fundamentales, ninguna conquista es definitiva»5. La obra nos recuerda que la persistencia de esencialismos en las narrativas históricas no es solo una contradicción metodológica, sino un fenómeno con efectos nocivos en la esfera pública.
Esta pervivencia resulta contradictoria desde su origen: si la historia, por definición, estudia lo vivo y el cambio, los esencialismos pretenden sostener naciones sempiternas cuyos caracteres y valores habrían permanecido inalterados durante milenios. Cabe preguntarse: si algo no cambia, ¿no es porque está muerto? En esta línea, García Sanjuán sostiene en la introducción que «la idealización continuista del pasado vertebra el contenido de los relatos esencialistas sobre la nación y representa, en realidad, la estrategia de los sectores reaccionarios para negar el cambio como clave interpretativa de la historia» (p. 15). Es una afirmación tan válida para la era de las revoluciones liberales como para la actualidad, donde proliferan usos y consumos del pasado por parte de sectores ajenos al oficio que pretenden enunciar el pretérito en beneficio propio.
Con el fin de acotar su objeto de estudio, el autor se centra en la idealización del pasado medieval tanto en el mundo académico como en el político. No obstante, reconoce la existencia de otros fenómenos, como los denominados por el filósofo Edgar Straehle «populismos historiográficos», que buscan interpelar al público apelando directamente a las emociones (p. 25). Sin duda, profundizar en la compleja cuestión del intrusismo y en la difusión de discursos sesgados que, bajo un disfraz divulgativo, reproducen marcos ideológicos conservadores y siembran odio, homofobia y xenofobia, daría para varios volúmenes6.
Desmitificando la Edad Media peninsular propone un recorrido diacrónico que abarca desde el propio medievo hasta la actualidad. Su objetivo es desentrañar las diversas formas en que se ha interrogado al pasado para construir, desde los albores del siglo XIX hasta el inicio del tercer milenio, la(s) idea(s) de nación. En este sentido, la obra analiza tanto el nacionalismo español como los nacionalismos periféricos —andaluz, catalán, vasco, valenciano y gallego— y su particular vinculación con el legado medieval. Este segundo propósito constituye el núcleo del volumen, el cual se articula a través de veintidós capítulos (no numerados) que destacan por ser, por lo general, breves y concisos. El aparato textual se completa con las conclusiones y la bibliografía, conformando una estructura ágil que facilita la lectura.
Los apartados del libro pueden agruparse en cuatro bloques diferenciados correspondientes a las fases de elaboración de los discursos que presentan la «Reconquista» y la guerra contra el islam como forjadores de la nación española. El primero de ellos comprende los dos capítulos iniciales («De los mitos medievales a los modernos», pp. 27-40, y «Retroproyección mítica de la nación», pp. 41-50), los cuales analizan, a modo de antecedentes, los relatos surgidos desde el siglo VIII. Estas crónicas, al tiempo que legitimaban el avance de los reinos cristianos, deslegitimaban la presencia musulmana bajo una controversia teológica secular; sin embargo, carecían de cualquier referencia a la recuperación de una «nación española». Por consiguiente, la noción de «Reconquista» que el liberalismo activó en el siglo XIX estaba ausente en la época donde se supone que tuvo lugar. Fue a partir de los Reyes Católicos cuando el destierro o bautismo forzoso de judíos y musulmanes —y, posteriormente, la expulsión de los moriscos en 1609— cimentó un relato etnocéntrico pivotado sobre el catolicismo. Este poso religioso ejercería, siglos más tarde, una influencia decisiva en la configuración liberal de la identidad nacional.
La segunda parte (que abarca desde «Irrupción del liberalismo e institucionalización del relato liberal», pp. 51-56, hasta «La metafísica de la nación», pp. 113-115) constituye el bloque más extenso del libro. En ella se desentraña la invención de las raíces medievales de la nación y la compleja elaboración del pasado que tuvo lugar desde las revoluciones liberales de inicios del Ochocientos hasta la Segunda República. Durante este casi siglo y medio, el Estado-nación erigido sobre las cenizas del Antiguo Régimen recurrió a la Edad Media para dotarse de legitimidad. Paradójicamente, los liberales apelaban a la recuperación de leyes y libertades medievales para restaurar la salud de la patria; una estrategia que permitía salvaguardar a la monarquía y a la Iglesia dentro del nuevo orden, al tiempo que blindaba al liberalismo frente a las críticas que lo señalaban como una ideología de importación extranjera. A partir de 1812, los historiadores —que transitaron de servir a la dinastía a servir a la nación— se entregaron a la construcción de un discurso historicista que vinculaba la esencia española al catolicismo de forma inextricable. Esta narrativa se erigió, en gran medida, de espaldas al pasado andalusí. Si bien existieron intentos de integrarlo en el relato colectivo, se hizo mediante un proceso de «desarabización» al que contribuyeron arabistas como Julián Ribera, sorteando la delicada posición que les otorgaba el hecho de ser «expertos en los enemigos de la nación» (p. 109). No obstante, la tendencia hegemónica, liderada por figuras como Modesto Lafuente, optó por marginar a al-Ándalus, considerándolo un elemento no solo ajeno, sino antagónico. Influidos por el esencialismo y el providencialismo, estos autores negaron la raíz autóctona de los habitantes de la península convertidos al islam: como bien señala García Sanjuán, «los andalusíes fueron reducidos a la condición de meros okupas, invasores ilegítimos de un territorio que no les pertenecía y del que debían ser desalojados» (p. 68).
A partir de la herencia de los relatos etnocéntricos previos, la historiografía decimonónica elaboró una narrativa con una marcada pátina nacionalista de la que emergió, finalmente, la noción de «Reconquista». Esta fue definida —y así consta en el Diccionario de la lengua española desde 1936— como la «Recuperación del territorio hispano invadido por los musulmanes en 711 d. C., que termina con la toma de Granada en 1492»7. Este marco conceptual propició la entronización de héroes nacionales como el Cid o Fernando III, quienes encarnaron un modelo de masculinidad guerrera propuesto como referente absoluto de conducta. Estos relatos, sin embargo, no eran inocuos. Pese a tratarse en gran medida de ficciones emanadas de la imaginación nacionalista, tuvieron la capacidad de generar realidades históricas tangibles. El autor lo ejemplifica con la Guerra de África (1859-1860), cuya violencia se legitimó apelando al espíritu de la Reconquista mientras se trazaban paralelismos interesados entre Isabel la Católica e Isabel II.
Tras el breve paréntesis del Sexenio Democrático, la Restauración canovista llevó la mitificación del medievo a nuevas cotas: nación y catolicismo se fundieron en la panegírica Historia general de España, reflejando una Iglesia que, tras el ocaso carlista, aceptaba por fin el orden liberal. El regreso de los Borbones propició hitos simbólicos como la exaltación de Pelayo y su comparación con Alfonso XII, devolviendo al santuario de Covadonga su estatus como epicentro de la «reparación» nacional. A través de monumentos, pinturas y efemérides, estos discursos permearon en la sociedad de forma análoga a lo descrito por Hobsbawm y Ranger en La invención de la tradición8. A finales del siglo XIX, los nacionalismos periféricos —catalán, vasco o andaluz— supieron articular de manera similar estas nociones esencialistas para nutrir sus propios proyectos identitarios.
El cambio de siglo y la crisis del sistema de la Restauración trajeron consigo importantes ramificaciones historiográficas. Por una parte, intelectuales de la talla de Joaquín Costa u Ortega y Gasset se atrevieron a cuestionar el culto a figuras hasta entonces idolatradas, como el Cid; no obstante, esta postura fue estrictamente minoritaria. En paralelo, surgieron las primeras iniciativas de educación laica vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza. Pese a estos vientos de cambio, el discurso liberal decimonónico mantuvo su hegemonía, persistiendo en la idea de que la solución a los problemas contemporáneos de España se hallaba en las esencias de su pasado. La manifestación más rotunda de esta inercia dentro del medievalismo español fue la publicación, en 1929, de La España del Cid de Ramón Menéndez Pidal. Esta obra contó con el respaldo masivo de los sectores académicos y terminó por eclipsar los tenues atisbos de modernización historiográfica que comenzaban a llegar del exterior. Con ello, el relato pidaliano consolidó una visión del medievo que, lejos de renovarse, blindó la mitología nacional frente a las corrientes críticas europeas. Durante la época del ascenso del fascismo y el advenimiento de la República, si bien el discurso mantuvo una trayectoria continuista, las nuevas culturas políticas de extrema derecha lo reorientaron hacia sus enemigos liberales y marxistas, contra los que se activó una retórica de cruzada y «Reconquista» exacerbada durante los años de Guerra Civil y la dictadura franquista.
La tercera parte (que va desde «Franquismo: cruzada y Reconquista», pp. 116-126, hasta «Castro y la ruptura del mito etnocéntrico», pp. 148-152) analiza el proceso de apropiación del relato de la Reconquista durante los cuarenta años de dictadura. Este período supuso, en palabras del autor, «el comienzo de la más intensa utilización del pasado medieval al servicio del poder y la violencia registrada hasta entonces» (p. 116), una tendencia que solo se suavizaría ligeramente durante la etapa del desarrollismo. Desde el estallido de la Guerra Civil en 1936, las apelaciones a la cruzada, la guerra santa y los llamamientos a reconquistar España fueron constantes para justificar la sublevación militar. Así las cosas, el recurso al pasado y a sus figuras icónicas fue ubicuo: se trazaron analogías entre Franco y el Cid, mientras se entronizaba a Isabel la Católica como arquetipo de la domesticidad femenina. Con el beneplácito de la Iglesia, el propio dictador fue objeto de una profunda sacralización; una operación que rescataba fórmulas medievales como la apostilla «por la gracia de Dios» para legitimar su posición de dominio. Gracias al control de los medios de comunicación de masas, esta mitificación del pretérito se irradió de forma sistemática por todo el cuerpo social «cuya probada eficacia se manifiesta en la continua actualidad de muchos de sus elementos cinco décadas después de la muerte del dictador en 1975» (p. 124).
El paradigma de la «España musulmana», heredado del siglo anterior, no escapó a la instrumentalización franquista. El régimen llegó a emplearlo para justificar el despliegue de tropas rifeñas durante la contienda, bajo el pretexto de una supuesta fraternidad que hundía sus raíces en el pasado andalusí. Sin embargo, esta retórica de hermandad se detenía en las puertas de la escuela: los libros de texto continuaron reproduciendo los estereotipos racistas precedentes. Estos usos públicos del pasado se consolidaron mediante la subordinación de las instituciones de investigación, destacando figuras como Justo Pérez de Urbel —primer abad del Valle de los Caídos— y el control del recién creado CSIC, cuya misión fue redirigir la producción histórica hacia los lugares comunes del nacionalcatolicismo y la glorificación de un pasado diseñado ad hoc.
La transversalidad y el calado del mito de la Reconquista se hacen patentes al observar cómo intelectuales alejados del franquismo, como el republicano Claudio Sánchez-Albornoz o el liberal Ramón Menéndez Pidal, terminaron coincidiendo en sus planteamientos historiográficos con los de la dictadura. Frente a este consenso, otro exiliado, Américo Castro, introdujo una ruptura al proponer la noción de una «España tolerante». Castro presentaba la coexistencia de las tres religiones como un rasgo genuino de lo español, desafiando el mito etnocéntrico de una nación forjada exclusivamente contra el islam. Esta audacia explica su escaso éxito en una historiografía española que, incluso en democracia, permaneció «imbuida de la naturaleza católica de la identidad nacional» (p. 152).
Los cinco capítulos siguientes (que abarcan desde «El medievo está mitificado, ¿quién lo desmitificará?», pp. 153-156, hasta «Mitificación del pasado y discursos de odio», pp. 192-202) constituyen la cuarta parte del volumen, centrada en el período que media entre la Transición y la actualidad. Tras la muerte de Franco, se inició un paulatino proceso de renovación historiográfica. Desde el exterior, Pierre Guichard impugnó el concepto de «España musulmana» señalando la contradicción de defender tal idea dentro de un relato que basaba el nacimiento de la nación precisamente en una lucha secular contra el islam. En el interior, Abilio Barbero y Marcelo Vigil hicieron lo propio al cuestionar el discurso esencialista de la Reconquista; para estos autores, lo que se produjo en la península no fue una gesta identitaria, sino un proceso de expansión feudal donde los sentimientos nacionales, por inexistentes, no desempeñaron papel alguno. A pesar de este giro hacia la revisión crítica, García Sanjuán plantea serias dudas sobre el grado real de abandono de los viejos mitos. El autor señala la «vigencia de sectores académicos afines o acríticos con el régimen que, al igual que otros aparatos represores de la dictadura, pasaron intactos al nuevo contexto democrático» (p. 160). Esta inercia se hizo especialmente visible durante el proceso de renacionalización impulsado por el presidente Aznar en su segundo mandato (2000-2004). En este clima, ciertos miembros de la Real Academia de la Historia comenzaron a «exhibir sus destrezas en la actualización de la mitología franquista». Destaca aquí la denominada «cepa franquista vallisoletana», heredera del medievalista y colaborador de la dictadura Luis Suárez Fernández (p. 162), cuyo rasgo distintivo ha sido «la abnegada idealización continuista de la nación mediante la insistencia en “las raíces medievales de España”» (p. 166).
La descentralización del Estado y la creación de las comunidades autónomas proporcionaron el marco ideal para la construcción de nuevas narrativas esencialistas fundamentadas en el medievo. Entre ellas, García Sanjuán se detiene en la celebración del 9 de octubre en la Comunidad Valenciana. Esta festividad, oficializada en 1982, «siendo una de las varias, junto a Aragón, Galicia o Asturias, cuya celebración coincide con fechas asociadas a la lucha frente a los musulmanes» (p. 180), conmemora la entrada de Jaime I en Madînat Balansiya y la creación del reino de Valencia. Señala el autor: «Que la principal celebración oficial de la comunidad valenciana conmemore hechos que coinciden con el relato españolista de la Reconquista provoca en los sectores historiográficos más entusiastas y desinhibidos del valencianismo una incomodidad que explica disciplinados ejercicios de funambulismo destinados a mantener el equilibrio entre el afán por transmitir “entusiasmo identitario” y el frustrado anhelo de rigurosidad académica» (p. 181). En esta línea, el libro somete a examen los planteamientos del historiador y cronista de Valencia, Vicent Baydal, quien ha defendido la cristalización de una «identidad colectiva valenciana» ya en los siglos bajomedievales9. Ambos autores protagonizaron en octubre de 2022 un tenso debate en la red social Twitter/X sobre la inserción de esta festividad en las narrativas de la Reconquista10, a pesar de que dicho concepto ha sido ampliamente cuestionado por la historiografía académica valenciana11. No obstante, a diferencia de otros mitos decimonónicos, la conmemoración de la conquista de 1238 se remonta a la época medieval: ya en 1338, los jurados de la ciudad de Valencia organizaron una procesión cívica para recordar cómo Jaime I rescató la urbe del «poder de los infieles seguidores de la secta del abominable Mahoma, y la dicha ciudad entregó a fieles cristianos, para que el nombre de Dios y de la Virgen gloriosa nuestra señora santa María, madre suya, fuese loada, servida y bendecida»12.
Aunque la festividad autonómica actual evita las referencias explícitas a la lucha contra el islam, la creación del reino y sus instituciones —pilares del valencianismo— fue posible gracias a la instauración de una sociedad colonial y al sometimiento violento de los mudéjares. Difícilmente podrían los vencidos haber hallado acomodo en una narrativa identitaria formalizada en torno a un «nosotros» cristiano frente a un «otro» ajeno a esa fe. Sin desmerecer la trayectoria de Vicent Baydal —especialista en la cultura política del pactismo en la Corona de Aragón y divulgador de historia activo en redes sociales y otros medios de comunicación—, resulta improbable, y en esto coincido plenamente con García Sanjuán, que la población conquistada compartiera esa supuesta conciencia colectiva. Al fin y al cabo, los cimientos de tal sentimiento eran los fueros, las Cortes y la Generalitat; instituciones en las que las minorías religiosas, sistemáticamente discriminadas y criminalizadas, tenían vetada la participación13. Si bien este particularismo aparece arraigado en las élites a través de la documentación, apenas conservamos testimonios del sentir de las clases populares. Aunque existían mecanismos para que estas ideas permearan en la base social, no debemos negar a los sectores subalternos la capacidad de desarrollar un pensamiento propio o disidente, tal como nos enseñó el molinero Menocchio14. Este debate ha cobrado fuerza recientemente con investigaciones como la de Javier Fajardo sobre las «naciones sin nacionalismo», que analiza la aparición de sentimientos nacionales premodernos sin que estos deban entenderse necesariamente como universales y tendentes a una evolución lineal hacia la nación contemporánea15. Cerrado este inciso, y hablando como valenciano, la reflexión de García Sanjuán sobre el 9 de octubre resulta tan sugestiva como necesaria. Su análisis —que, a la luz de lo visto en este libro y en todas sus otras publicaciones al respecto, es imposible atribuir a un sentimiento antivalenciano propio del nacionalismo español— pone de relieve los vestigios esencialistas de una conmemoración que debería, al menos, reevaluarse. Un relato inclusivo no solo tendría que reconocer a la masa de población musulmana desplazada o confinada en aljamas, sino también enfatizar aspectos colectivos que resulten menos controvertidos para la sensibilidad actual que el mero acto de una conquista y colonización feudal.
Continuando con el recorrido, los dos últimos capítulos se consagran, respectivamente, a la idealización de al-Ándalus en el orbe islámico y a la proliferación de discursos de odio amparados en narrativas esencialistas. La integración del pasado andalusí en el imaginario político de naciones como Marruecos, o su instrumentalización por parte del terrorismo yihadista, constituyen dos ejemplos paradigmáticos de cómo el pretérito puede ser moldeado para satisfacer fines diametralmente opuestos. Entre estos intereses, cobra una rabiosa actualidad la difusión de relatos identitarios y etnocéntricos que actúan como caldo de cultivo para la violencia, manifestándose en episodios tan deplorables y recientes como los disturbios de Torre-Pacheco en julio de 2025.
El libro concluye con unas «Consideraciones finales» (pp. 203-208) que funcionan como un firme llamamiento a la responsabilidad social del historiador. Ante unos discursos que, reactivados con estruendo en los últimos años, facilitan el ascenso de la extrema derecha y la normalización del odio, García Sanjuán insta a la movilización académica. Esta deriva, advierte el autor, no solo «representa un serio desafío para el conocimiento histórico», sino que pone en jaque los fundamentos mismos de la convivencia democrática (p. 207).
Si la historia como disciplina ha evolucionado desde su institucionalización decimonónica, el papel del historiador no le ha ido a la zaga. Mientras que en las épocas medieval y moderna se escribía para mayor gloria de una dinastía, el Estado liberal puso la pluma al servicio de la nación, engendrando relatos esencialistas basados en la centralidad del cristianismo. Esta inercia se prolongó hasta el ocaso del franquismo, periodo en el que la historiografía española arrastró un severo retraso respecto a las corrientes europeas. El legado de Marc Bloch y Lucien Febvre tardó en calar debido a un régimen que, a través de la censura y el control del CSIC —institución cuyo legado también ha despertado controversia—, unificó fe y ciencia para depurar cualquier disidencia académica16. En este sentido, Desmitificando la Edad Media peninsular no solo explica esta evolución del oficio, sino que constituye una denuncia frontal de los abusos cometidos sobre el pasado en beneficio del poder. Es una praxis en la que el gremio ha tenido una responsabilidad histórica y que ciertos sectores persisten en reproducir. Si bien la academia se ha vuelto más combativa frente a estas manipulaciones, asistimos hoy al auge de pseudodivulgadores que, carentes de formación, utilizan su proyección mediática para sentar cátedra sobre gestas nacionales y difundir bulos que alimentan la crispación presente. A la obra de García Sanjuán se suman aportaciones cruciales, como las de Nora Berend sobre el Cid, los dos volúmenes colectivos coordinados por Ferran Archilés, Julián Sanz y Xavier Andreu sobre los lugares comunes del nacionalismo español y los bulos sobre el pasado reciente, o el dirigido por Jesús Casquete sobre el uso del pretérito que hace el partido ultraderechista Vox, que apelan a la responsabilidad ética del historiador ante el uso interesado de la memoria17. ¡Y no es para menos! Como advirtió Mateo Ballester, la invocación del pasado nunca es inocente. Al recurrir a la Reconquista o a la victoria de Lepanto, fuerzas políticas como Vox no solo buscan dotarse de un aura guerrera mediante grandes hitos, sino que normalizan la imagen del musulmán como enemigo eterno de España. De este modo, la construcción de un pasado mítico se convierte en la herramienta definitiva para legitimar el odio y la exclusión en nuestro presente18.
Las tesis de García Sanjuán son, en definitiva, contundentes, rigurosas y, sobre todo, profundamente incómodas. Su calado no solo pone en duda elementos del pasado aún anclados en el imaginario colectivo, sino que socava los cimientos de políticas actuales que instrumentalizan el odio para erosionar la convivencia. El historiador del siglo XXI tiene el deber de ser una figura incómoda; debe fiscalizar los usos del pasado, sabiendo que estos rara vez son inocentes. Asimismo, en un ejercicio de necesaria honestidad, el gremio debe reflexionar sobre su propia responsabilidad en la creación de unos relatos identitarios que, aunque ya no cuenten con el aval académico, han escapado a nuestro control para difundirse masivamente a través de canales que alcanzan a millones de personas. La toxicidad de estos discursos representa una amenaza real para el estudio riguroso del pasado y para quienes lo ejercen, pues a menudo somos señalados como «enemigos de la nación» por no plegarnos a los adalides de las glorias pretéritas. Si la academia no reacciona en bloque ——un reto que exige resolver también males internos como la asfixiante dinámica de publicación o la falta de tiempo para una divulgación ciudadana efectiva—, corremos el riesgo de que la historia regrese a su peor versión: la de ser, una vez más, el producto más peligroso que ha elaborado la química del intelecto. Marc Bloch se definió como un amante de la vida y, precisamente por ello, consagró su existencia a la historia. Nos corresponde ahora preguntarnos si nosotros la amamos del mismo modo o si permitiremos que muera, convirtiéndose en un monumento de piedra, gélido y exánime; un fetiche estético y narcisista para quienes buscan en el ayer una autoestima que no encuentran en el presente. José Tébar Gómez es investigador vinculado al Departamento de Historia Medieval y Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universitat de València. Experto en sexualidad en la Edad Media, ha desarrollado otras líneas de investigación en torno a la historiografía y los usos del pasado en la actualidad, que se ha plasmado en publicaciones como Los populismos historiográficos en el nacionalismo español: usos del pasado y problemas de la historia en el siglo XXI (2024); así como la edición de fuentes medievales, fruto de la cual vio la luz el volumen Lletres missives de la ciutat de València. I. Lletres al rei (1315-1400) (2024). Revista de Libros, 29 de junio de 2026. Reseña del libro: Desmitificando la Edad Media peninsular: cómo y por qué se ha construido una historia que no existió, de Alejandro García Sanjuán (Madrid, Catarata, 2026).





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