lunes, 23 de marzo de 2026

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, LUNS, 23 DE MARZO DE 2026, EN GALEGO

 







Ola, bos días de novo a todos e feliz luns. A tormenta Therese está a remitir na miña pequena terra natal, as Illas Canarias. Non causou danos excesivos e, o máis importante, ningunha vítima. Así que, imos coas entradas do blog de hoxe. A primeira está escrita pola politóloga Cristina Domínguez e trata sobre a indignación, que, segundo ela, non é só un sentimento individual, senón un fenómeno social que se aprende e se forma en grupo. Pero que factores determinan que inxustizas nos enfurecen e cales decidimos deixar pasar? A segunda é unha entrada do blog de marzo de 2018, na que o compañeiro politólogo Fernando Vallespín escribiu sobre como temos un Parlamento cada vez máis decorativo e ruidoso, unha coalición de catro partidos que non toma decisións, está constantemente inmersa en conflitos partidistas e unha clase política irresponsable e desconcertada incapaz de actuar; é difícil discrepar con eles. O poema do día titúlase "Andalucía" e é do poeta Manuel Machado. O cuarto, como sempre, son as viñetas humorísticas, e para rematar, como todos os días, están "O sabor do café" todas as tardes e os especiais da noite, se é que os hai, que hoxe hai: tres, cada un máis interesante que o anterior. Espero que os gocedes. Tamaragua, amigos meus. Ata mañá se a sorte, sempre voluble, o permite. Sede felices. Bicos. Quérovos. HArendt

















ENTRADA NÚM. 10060

LA INDIGNACIÓN SELECTIVA

 







La indignación no es solo un sentimiento individual, sino un fenómeno social que se aprende y se moldea en grupo. ¿Qué factores determinan cuáles injusticias nos enfurecen y cuáles decidimos dejar pasar? Un tuit polémico, un fragmento de vídeo fuera de contexto, una supuesta noticia con fuentes imposibles de rastrear… La injusticia del día se decide menos por la gravedad del hecho que por la viralidad del mismo. Está claro que las redes sociales contribuyen a reforzar determinadas expresiones de indignación, marcando, de alguna manera, aquello que estamos impelidos moralmente a despreciar y aquello que podemos tolerar. Pero, incluso antes de que el universo mediático fuera omnipresente, el ser humano elegía qué causas merecían su indignación y cuáles no. Una suerte de indignación selectiva.

La indignación es esa mezcla de ira, asco y desprecio que sentimos ante la violación de una norma moral o de lo que consideramos correcto. Suele incluir cierto sentimiento de superioridad y ganas de culpar y avergonzar a la persona responsable, aunque sus acciones no nos atañan directamente. Por ejemplo, si vemos a alguien saltándose una cola, es probable que tengamos ganas de increparle y restablecer la justicia, aunque nosotros no estemos esperando. Y si la norma transgredida implica un maltrato hacia otra persona, la rabia que sentimos es lógicamente mayor. Eso explica las reacciones que provocó, por ejemplo, el vídeo de la trabajadora de una residencia de Guadalajara humillando a una anciana el verano pasado, y que acabó con el despido de la empleada.

De hecho, los estudios muestran que las conductas que más nos indignan son aquellas que violan las normas centrales de nuestro grupo. Además, la rabia crece cuando los agravios afectan a personas que percibimos cercanas (por ideología o identidad) y disminuye cuando les sucede a alguien que no es de «los nuestros». También suelen despertar mayor indignación las personas infractoras con poder o autoridad, y las acciones que percibimos como intencionales.

Por lo tanto, la indignación no es un sentimiento exclusivamente individual, sino un fenómeno social aprendido que se configura en función de las normas de un determinado grupo y se refuerza por el feedback social, de ahí que florezca con especial fuerza en las redes sociales.

Un estudio de psicología social publicado en Science Advances sostiene que Twitter (ahora X) y otras plataformas similares no solo transmiten la indignación, sino que la moldean y amplifican a través de mecanismos de aprendizaje social: los autores descubrieron que cuando una persona recibe más atención (likes, reposts, comentarios…) tras un contenido de indignación, es más probable que vuelva a expresar indignación en los días siguientes. De la misma manera, si en el feed recibes muchos contenidos de este tipo, es más probable que muestres de forma explícita tus sentimientos de enojo.

Las redes sociales, de hecho, premian con mayor engagement la indignación, por lo que, de alguna manera, la potencian, contribuyendo a un mayor nivel de crispación en las plataformas. Los usuarios se adaptan a las normas de expresión del entorno digital aprendiendo implícitamente que lo que hay que hacer ahí es indignarse. Las redes nos enseñan, poco a poco, qué indignación funciona y cuál es el estilo óptimo para manifestarla. Se normalizan y se esperan manifestaciones de este tipo, y esto es aún más evidente en redes muy polarizadas o ideológicamente extremas.

Se podría argumentar que, en todo caso, es bueno compartir aquello que nos solivianta para hacer del mundo un lugar mejor, donde comportamientos poco éticos sean censurados y castigados. Pero la evidencia científica nos demuestra que un grado excesivo de indignación no lleva a un mayor compromiso social, sino todo lo contrario. A menudo, el enfado moral sustituye a la acción real: sentimos que ya hemos hecho algo porque hemos criticado.

Los investigadores Leach, Formanowicz, Nikadon & Cichocka analizaron cómo la indignación moral afecta a la difusión y a la acción real en las peticiones de Change.org. Lo que concluyeron fue que las peticiones compartidas con lenguaje más indignado lograban viralizarse más, pero eso no se asociaba a un mayor número de firmas. Al contrario, de entre toda la audiencia, el porcentaje de personas que finalmente firmaban era menor que en las que apostaban por un mensaje más de agencia. Es decir, habría un desajuste entre el contenido que engancha y el que realmente contribuye a las causas colectivas.

Por otro lado, lo que más nos indigna no siempre correlaciona con lo más injusto de la sociedad. Eso en muchas ocasiones se interpreta como una hipocresía, pero los filósofos Adam Piovarchy y Scott Siskind aseguran que la indignación selectiva puede tener efectos en cómo se mantienen y se hacen cumplir las normas sociales. Explican algunas de las causas que pueden llevar a que una persona se altere mucho por la violación de una determinada norma, y poco por otra a priori moralmente parecida. Así, los seres humanos tendemos a enfadarnos más cuando se rompe una norma bien establecida y menos cuando es difusa; más cuando el daño lo recibe alguien que sentimos similar a nosotros y menos cuando le sucede a un extraño; más cuando se ve como algo que podríamos llegar a cambiar y menos cuando se interpreta como algo lejano y en lo que es imposible influir.

Además, defienden que la indignación selectiva puede ser no un defecto moral, sino una estrategia de priorización de normas en un mundo con recursos limitados. Si intentas indignarte y actuar con la misma intensidad ante todas las injusticias, corres el riesgo de acabar colapsando y no hacer nada en absoluto. La indignación selectiva sería criticable, entonces, cuando es intencional y cuando se niega su existencia, pero no cuando se reconoce y se cuestiona.

Por eso conviene tener claro que aquello que nos indigna viene filtrado por nuestra identidad política, nacional, ideológica o profesional, de modo que algunas injusticias apenas las registramos mientras que otras las amplificamos de forma automática, algo que siempre conviene revisar. Preguntarnos conscientemente si hay injusticias que no estamos notando, mantener contacto con perspectivas críticas para salir de nuestra «burbuja social», elegir conscientemente a qué queremos prestar más atención, o centrarnos en acciones concretas en el mundo real, pueden ser buenas estrategias para tratar de desprogramar esa indignación selectiva y dirigir nuestra reprobación de forma asertiva hacia causas realmente profundas. CRISTINA DOMÍNGUEZ es politóloga. Artículo publicado en Ethic el 13 de marzo de 2026.

























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, LA CLASE DISCUTIDORA. PUBLICADO EL 27/03/2018

 







Tenemos un Parlamento cada vez más decorativo a la par que ruidoso, un tetrapartito que no decide y que está en permanente confrontación partidista y una clase política irresponsable y ofuscada incapaz para la acción, comenta en El País el profesor Fernando Vallespín, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.

Nos encontramos, comienza diciendo Vallespín, en medio de una legislatura perdida, fútil e insufrible. Mientras al país se le acumulan las dificultades, la política, lo que debería ser su solución, se ha convertido en el verdadero problema. Nuestra mayor preocupación, Cataluña, ha sido endosada a los jueces o, desde la otra parte, vive en el pintoresco limbo de Maastricht sin osar poner el pie en la realidad. Grupos de ciudadanos de distinta sensibilidad y condición reclaman en la calle lo que al parecer es incapaz de procesar el sistema de partidos. (¡Y esta exhibición de masas no ha hecho más que comenzar!). Tenemos un Parlamento cada vez más decorativo a la par que ruidoso, cuyo único fin consiste en escenificar desacuerdos, representar agravios y alimentar el espectáculo. Política sin acción, una contradicción en los términos, convertida en puro circo mediático. Para muestra el bochorno del “debate” en torno a la prisión permanente revisable.

Cada uno de los actores políticos aparece atrapado por el rol al que le empuja una distribución de papeles donde el mayor incentivo consiste en sobresalir en las encuestas, el nuevo espejo de la madrastra de Blancanieves. Todos compiten por ver quién sale mejor retratado y cómo les va a los demás. Prueba de ello es que la propia discusión política se ha trasladado a la búsqueda de conspiraciones en la elaboración de los estudios de opinión. Se ha pergeñado así un híbrido entre la “teatrocracia” y la “democracia de sondeos”, el mejor síntoma de pérdida de la auténtica orientación política. Y abundan los liderazgos blandos y pusilánimes, sin más recorrido que su propia popularidad relativa, el nuevo narcisismo demoscópico.

Estamos, qué duda cabe, ante un proceso de ajuste al sistema del nuevo tetrapartito, y ante una desquiciada carrera por ver quién accede a la hegemonía en su campo respectivo, la derecha y la izquierda. Y a quién se le otorgará el beneficio de quedar el cabeza, el bonus más ansiado. El PP no hizo sus deberes en Cataluña, prefirió, como ya se ha apuntado, externalizar el problema a los tribunales. Tampoco supo prever lo que viene siendo una experiencia histórica, que lo malo de las crisis son las poscrisis, cuando los colectivos sobre los que se hace recaer los mayores sacrificios empiezan a entonar el “¿qué hay de lo mío?”. A esta doble equivocación de Rajoy se une el porfiar en un Gobierno de bajo perfil político al que, salvo excepciones, ni siquiera cabe calificar de tecnocrático.

Ciudadanos, por su parte, al que su éxito catalán le ha dado alas demoscópicas, se encuentra en plena incongruencia de estatus. Ignora si es apoyo del Gobierno o parte de la oposición, y esta situación hamletiana obliga a su líder a optar más por el ataque a unos y otros que por la componenda. Algo parecido a lo que le ocurre al PSOE, que ha pasado de facilitar la gobernabilidad a convertirse en uno de sus mayores impedimentos. Y ahora compite con Podemos por ver quién puede instrumentalizar mejor estos movimientos, aparentemente transversales, que inundan las calles. Para Podemos, el más afectado por la crisis catalana, esto es lluvia benéfica en medio de su actual desconcierto interno. Pero tampoco parece que sea capaz de canalizarlo.

Jamás pensé que llegaría a citar al personaje, pero a nuestros actuales políticos les encaja como un guante el epíteto que Donoso Cortés reservara para los políticos de su época, la “clase discutidora”. Como decía el pensador extremeño, cuando “el mundo no sabía si irse con Barrabás o Jesús”, la lucha existencial entre catolicismo y el ateísmo de Proudhon, van los parlamentarios y “montan una comisión”. El caso es no decidir y diluir todo activismo político en una discusión perenne. Eran otros tiempos, desde luego, aunque esta crítica le sería enormemente útil a Carl Schmitt para sustentar después su desprecio del parlamentarismo de Weimar y optar por el Barrabás nazi.

Ahora no estamos ante opciones existenciales de igual calado, pero nadie ignora que hoy es precisamente el populismo quien, en buen tono schmittiano, más apela a la decisión y más se aparta de los presupuestos de la democracia representativa. Algunos imaginábamos que este nuevo furor populista serviría al menos para que la “política establecida” tomara buena nota y se aprestara a reforzar los aspectos liberales del sistema. El populismo tiene mucho de pharmakon, en su doble sentido etimológico de medicina y veneno. Si triunfa, ponzoña la democracia, e incluso puede provocar su caída. Ya sabemos que, por desgracia, esta forma de gobierno está resultando más frágil de lo que nos imaginábamos. Pero lo normal sería que operara como remedio, que sirviera, como ocurrió en Francia, para provocar una reacción inmediata que sacara al parlamentarismo de su largo sopor.

De ahí la irresponsabilidad de nuestra clase política, en permanente estado de ofuscación e incapaz para la acción. Sólo espera que llegue lo que parece ser su objetivo último, la próximas convocatorias electorales. Y para ello no paran de meterse zancadillas, de recurrir a burdas maniobras para apropiarse de la nueva espontaneidad en la calle, de anteponer sus intereses de partido al interés general.

Mientras tanto, no es que se acumulen los problemas, lógico en una situación de impotencia parlamentaria, es que, como bien señaló Javier Solana a su partido, nadie está afrontando los inmensos retos del futuro inmediato: Europa, el impacto laboral de las nuevas tecnologías, la peligrosa restructuración del espacio público, las nuevas inseguridades, la necesidad urgente de recuperar el prestigio de las instituciones, la reforma constitucional... Todo esto lo han dejado para un mañana indeterminado, el presente sigue marcado por la guerra de trincheras retórica con fines partidistas.

La democracia de hoy padece de una preocupante esquizofrenia, la cada vez mayor escisión entre dos esferas de la política: por un lado la administración de asuntos corrientes, pautada y funcional; y, por otro, el espacio de la pura confrontación partidista como fin en sí mismo, bien lubricada por la emocionalidad en las redes y la subasta de promesas que casi siempre se ven frustradas cuando toca gobernar. Una es fría y tecnocrática; otra, caliente, ruidosa y cainita. La descompensación entre ellas puede que sea la fuente de los principales problemas de la democracia. Cuanto más y mejor se conecten tanto mejor nos irá. Esperemos que nuestros partidos hayan aprendido la lección de esta legislatura y consigan ajustar el tetrapartito a la gobernabilidad. El verdadero peligro es que, de seguir esta crisis de representación, con el tiempo les acabe ocurriendo lo mismo que a los sindicatos.



















DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ANDALUCÍA, DE MANUEL MACHADO

 






ANDALUCÍA



Cádiz, salada claridad; Granada,

agua oculta que llora.

Romana y mora, Córdoba callada.

Málaga cantaora.

Almería dorada.

Plateado Jaén. Huelva, la orilla

de las Tres Carabelas...

y Sevilla.




MANUEL MACHADO (1874-1947

poeta español




***






Manuel Machado Ruiz (Sevilla, 29 de agosto de 1874-Madrid, 19 de enero de 1947) fue un poeta y dramaturgo español, enmarcado en el modernismo. Fue hermano del también poeta Antonio Machado, así como del pintor José Machado. Manuel Machado continuó, en algunos aspectos, la tarea de su padre como divulgador y renovador del folclore popular y el cante hondo. Su producción poética abunda en estructuras idóneas para el cante: coplas, seguidillas y soleares. Creó una nueva variante de soleá, en la que el verso central tiene un número desproporcionado de sílabas (9, 10, 11, o más sílabas), que bautizó como soleariyas. También, cultivó el romance, los cuartetos y serventesios, y el soneto, estrofa que renovó con una variante (el sonetillo), que utiliza versos de arte menor, generalmente octosílabos y, en algún caso, trisílabos (como en el sonetillo titulado Verano). Influido por Verlaine y Rubén Darío, su verso aparece ingenioso, ágil y expresivo, con huellas del parnasianismo y los poetas malditos franceses.[30]​ A menudo se ha contrapuesto esta vertiente definidamente modernista con su inserción en el contexto de la generación del 98. Fuente: Wikipedia.

















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 23 DE MARZO DE 2026

 



























domingo, 22 de marzo de 2026

SALUTATIONES LINGUA COMMUNI DILECTISSIMAE NOSTRAE EUROPAE, LATINA. HODIE, DIE DOMINICO, XXII MENIS MARTII, ANNO MMXXVI

 







Lingua Latina non est lingua mortua, sed codex geneticus Europae. Ea ut linguam francam adoptando, Unio Europaea vocem neutralem, communem et profundam, quae fines transcendit, recuperabit, hereditatem nostram classicam cum futuro identitatis communis sine hegemoniis linguisticis coniungens, nam lingua Latina symbolum unitatis nostrae erit. De hodiernis nuntiis, sicut omni die Dominico, hebdomadalem supermarathonem imaginum humoristicarum edimus. Laeti estote, quaeso. Iterum vos videbimus proxima die Dominico, si Fortuna voluerit. Tamaragua, amici mei. Oscula. Amo vos. Harendt
















ENTRADA NÚM. 10055

DEL MARATÓN DE VIÑETAS DE ESTA SEMANA. DEL 16/03/2026 AL 22/03/2026