sábado, 31 de octubre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY SÁBADO: ESCRIBIR SOBRE LA CATÁSTROFE, POR LUIS GARCÍA MONTERO

 







Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. Pero tampoco puedo dejar de escribir, porque el accidente ferroviario de Urda ha marcado la actualidad española y ha marcado mi actualidad. La desolación que tengo y el dolor por las víctimas hace imposible que guarde silencio. Las vías de tren que unen Andalucía con Madrid forman parte de mi vida desde hace muchos años. He viajado cientos de veces solo, o con mi pareja, o con mis padres, o con mis hijos, o con mis amigos. Así que las noticias sobre las víctimas y sus familiares se convierten en un dolor íntimo y cotidiano. Comprendo lo que puede significar que estallen por los aires y se rompan de golpe las raíces, los cristales, los hierros, los asientos y las plazas más queridas de una intimidad.

Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. El accidente ferroviario de Urda me ha traído muchos recuerdos literarios. Y no sólo por las veces que he abierto un cuaderno o un ordenador para escribir un poema o un artículo. Me viene ahora al corazón la voz de mi padre leyendo en voz alta “El tren expreso de Campoamor”, cuando un hombre desencantado intentaba recobrar la quietud y la sensatez, o los viajes de Antonio Machado, en un vagón de tercera y ligero de equipaje. Son recuerdos importantes de mi vida, pero la tristeza no me permite encerrarme hoy en los recuerdos y en la literatura.

Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. La actualidad vuelve a llenarse de crispación, buitres carroñeros, agitadores dispuestos a sacar partido político para meterse con un ministro o un Gobierno, sin respeto al dolor de las víctimas y sus familias. Una vez más es indigna la dinámica, pero no quiero alimentar una polémica sobre los bulos y las crispaciones interesadas, porque me pesa el abatimiento mucho más que la indignación contra los aires dañinos que se han apoderado de los debates sociales.

Resulta difícil escribir sobre la catástrofe. Uno se siente identificado con los compañeros de trabajo y con las personas que salen a la calle, se colocan en las puertas y guardan un minuto de silencio, cinco minutos, para expresar la tristeza y la solidaridad. Abro mi ordenador, miro las teclas, la pantalla, y siento la necesidad del silencio, el deseo de que la vida cotidiana comprenda y participe de una pesadumbre que se apodera de los edificios, las plazas y las calles de nuestras ciudades. Y también de la habitación de una casa, de la silla, de la mesa, de un silencio acostumbrado a buscar palabras para contar lo que me pasa.

Resulta difícil escribir, porque no es atractivo duplicar todo lo que ya se ha dicho en estos días, todo lo que se ha escrito, pero tampoco es aceptable buscar la originalidad, buscar el protagonismo de una ocurrencia, la singularidad de un punto de vista que añada novedades a la noticia. Resulta muy comprensible el luto de los bolígrafos, de las teclas del ordenador, de los dedos de la mano y de los labios.

Pero la dificultad y la tristeza no pueden evitar que preguntemos como ciudadanos y nos preguntemos como sociedad por los motivos de la catástrofe, por las causas y por las responsabilidades. Y parece necesario utilizar la palabra responsabilidad en plural, porque un error humano no se convierte en origen único de las catástrofes. Sólo alcanza una gravedad rotunda cuando se produce en contextos descuidados y favorables. Hay que exigir un análisis serio de la situación, conocer los motivos y reconocer las responsabilidades. 

En un escenario crispado, que tiende una y otra vez a mentir y echarle las culpas al otro, puede ser un gesto valorable y de dignidad política aceptar las propias responsabilidades. Luis García Montero es poeta y director del Instituto Cervantes. Publicado en Tinta Libre.













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ESPECIAL DOS DE HOY SÁBADO: SEMBRAR FUTUROS, POR EURÍDICE CABAÑES

 





Los relatos sobre el futuro y el imaginario asociado a él están secuestrados. Aceptamos el colapso como horizonte cierto de nuestro futuro inminente mientras este, a la vez, se nos desvanece entre las manos. Uno de los efectos más devastadores de esta condición es la incapacidad de pensar en una agencia colectiva que posibilite procesos de cambio so­cial. Nos han arrebatado la imaginación, la posibilidad de plantear cambios sistémicos que reviertan este rumbo o que nos permitan habitar el colapso de un modo que no se limi­te a la mera supervivencia.

A esto se refiere Marina Garcés cuando habla del senti­miento póstumo en su libro Nueva ilustración radical. La fi­lósofa plantea que, si la modernidad centraba su mirada en el progreso como promesa de un futuro brillante, y la pos­modernidad desenmascaró esa ilusión reivindicando un presente infinito y constante, la actualidad nos sitúa más allá del umbral. Estamos en un tiempo de descuento en el que la pregunta ya no es qué vamos a hacer o cómo lo vamos a hacer, sino hasta cuándo. ¿Hasta cuándo durarán los recur­sos naturales? ¿Hasta cuándo será el aire respirable? ¿Hasta cuándo podré pagar el alquiler? En esta sensación constante de emergencia se desactiva la posibilidad de cualquier ac­ción colectiva orientada al cambio a largo plazo.

En un mundo que parece colapsar, los discursos del mie­do se convierten en herramientas poderosas para justificar la exclusión y la violencia hacia quienes ya han sido privados de sus derechos. Si cada vez una mayor parte de la pobla­ción mundial va a quedar sin las garantías más básicas de protección, es conveniente poner el punto de mira en quie­nes ya carecen de ellas, y presentarlos como el problema de la sociedad y un peligro para el Estado del bienestar. De esta manera, se desvía la atención del verdadero problema. Por ejemplo, si el problema es el acceso a la vivienda, los discur­sos desde el poder fomentan el temor a los okupas. De este modo no solo se desvía la atención de los fondos buitre y los grandes tenedores, o se inhabilita la acción colectiva que exigiría regulaciones y acción política, sino que, además, se impulsa la venta de alarmas y el gasto en seguridad. ¿El re­sultado? Una sociedad preocupada por la posibilidad de que sus conciudadanos le quiten la casa en la que vive, cuan­do es infinitamente más probable que lo haga el banco. Y así con todo: migrantes, desplazados climáticos, personas sin hogar, y muchos otros colectivos, son criminalizados, pre­sentados como culpables por el simple hecho de existir en lugares donde su presencia incomoda.

En las últimas olas de frío, en los aeropuertos se ha empe­zado a exigir las tarjetas de embarque para entrar; según me explicó una de las trabajadoras cuando pregunté, para que «no se llene esto de vagabundos». Al mismo tiempo, policías y basureros han obligado a las personas sin hogar a entregar sus cartones; lo he visto con mis propios ojos. En la plaza del mer­cado de la Barceloneta, una triste nota pegada en el suelo por algún vecino avisaba de que allí mismo había muerto de frío una persona sin hogar esa misma semana. No se sabía su nom­bre, nadie reclamaría su cuerpo; murió sola, de frío. No es que el sistema esté fallando en atender a los más vulnerables; está participando activamente en su muerte: es necropolítica.

Desde el genocidio hasta la retirada del cartón que prote­ge del frío a una persona sin hogar, la crueldad preventiva se convierte en norma. Las víctimas de un sistema injusto son sistemáticamente representadas como amenazas al or­den social, mientras que quienes las despojan de sus dere­chos se legitiman como protectores de la estabilidad. Pero ¿a quién deberíamos temer realmente? Nuestra preocupa­ción debería centrarse en las dinámicas estructurales y cul­turales que despojan de humanidad a estas personas, no en quienes intentan sobrevivir. Hemos interiorizado que las muertes de algunos no importan; que el sistema, como una maquinaria que devora cuerpos a su paso, debe continuar pese a las bajas. Las contabilizamos como daños colaterales y permitimos que sucedan como práctica habitual. La ne­cropolítica justifica su muerte y su marginación, alentando discursos de escasez y sacrificio mientras engrosa los bolsi­llos de los grandes billonarios.

El temor no debería dirigirse hacia quienes luchan por existir en medio de la adversidad, sino hacia aquellos siste­mas que los despojan de su dignidad y sus derechos, y hacia quienes diseñan y ejecutan esa crueldad legitimada. Desde esta perspectiva, revertir la mirada supone armarse de empa­tía y ternura, estar para el cuidado del otro. La empatía no es solo un principio ético, sino una herramienta política esen­cial para contrarrestar los discursos del miedo y generar na­rrativas donde la justicia y el cuidado desarmen las dinámicas de exclusión y opresión. Cuando la violencia se estructura como norma, la ternura se convierte en un acto radical. Porque si los derechos no se extienden a todos, no son derechos: son privilegios. Y un privilegio no se defiende colectivamen­te; se acumula de forma individual, se teme perderlo, se justi­fica excluyendo a quienes no lo tienen. Por eso, apostar por el cuidado mutuo no es un gesto de bondad ingenua, sino una forma de resistencia activa contra la lógica de la escasez y el miedo. Si nuestras vidas no importan para los sistemas que nos oprimen, debemos importarnos entre nosotros. Reivindi­car los derechos de todos — empezando por los que menos tienen— no es solo un acto de justicia: es la condición indis­pensable para construir y habitar un mundo común.

En este contexto de colapso, marcado por la ausencia de futuro y desigualdades abismales, las tecnologías, lejos de ser herramientas neutrales, amplifican y moldean nuestra rela­ción con el mundo, con el otro y con los sistemas complejos que habitamos. Estamos atrapadas en un monocultivo tec­nológico que homogeneiza, invisibiliza los márgenes y apla­na los conflictos. La tecnología no solo refleja, sino que in­tensifica dinámicas de exclusión racial, económica y social, convirtiendo las herramientas digitales en nuevos escenarios de opresión.

En las fronteras del mundo, la tecnología se ha converti­do en un arma al servicio de la exclusión y la muerte. Siste­mas de vigilancia, drones y herramientas de reconocimiento facial, que podrían utilizarse para salvar vidas en crisis hu­manitarias, se emplean para segarlas e impedir la entrada de quienes buscan refugio. En la frontera sur de Europa, el uso de drones y sensores térmicos para localizar pateras no tiene como objetivo rescatar personas, sino disuadir su paso y for­zar devoluciones en caliente. Del mismo modo, en Estados Unidos, las inversiones en muros «inteligentes» y la militari­zación tecnológica del control migratorio refuerzan una na­rrativa de amenaza que deshumaniza a quienes huyen de conflictos y catástrofes climáticas, consolidando un régimen de necropolítica global. Estas herramientas no protegen, sino que perpetúan un sistema que convierte a los más vul­nerables en cifras, en daños colaterales de una maquinaria que privilegia el control sobre la vida.

En todo esto no somos meros observadores. El propio siste­ma, más allá de convertirnos en posibles víctimas futuras, nos vuelve también cómplices al emplear, cada vez con más fre­cuencia, tecnologías civiles en el ámbito militar. Así, el genoci­dio contemporáneo no solo se lleva a cabo con armas conven­cionales; se sostiene y amplifica a través de herramientas que fueron diseñadas para otros fines, pero fácilmente adaptables a la violencia. Sistemas de reconocimiento facial, entrenados con imágenes que las propias personas suben a redes sociales, han sido utilizados para identificar y perseguir a minorías ét­nicas en lugares como Xinjiang, donde el pueblo uigur vive bajo constante vigilancia. En Gaza, drones inicialmente dise­ñados para monitoreo agrícola se utilizan para seleccionar ob­jetivos en zonas densamente pobladas, convirtiendo la tecno­logía civil en un instrumento de exterminio.

Nuestra complicidad no termina en el uso de estas herra­mientas. Participamos indirectamente al entrenar sistemas de inteligencia artificial mediante el uso diario de aplicacio­nes que recopilan nuestros datos, o al financiar, a través de inversiones y consumo, a empresas tecnológicas que colabo­ran con genocidas. Los mismos dispositivos con los que tra­bajamos, nos comunicamos e interactuamos provienen de la sangre del Congo. La maquinaria de vigilancia y represión es alimentada por plataformas que dominan nuestra vida cotidiana, consolidando un ecosistema tecnológico donde la muerte y la exclusión se normalizan como externalidades del progreso.

La digitalización, lejos de ser solo una herramienta, se ha convertido en un marco que moldea nuestras vidas en sus dimensiones más íntimas. Los algoritmos no solo organizan información; estructuran relaciones, condicionan decisio­nes y delimitan los contornos de lo posible. En este proceso, la memoria colectiva se fragmenta, las comunidades se di­suelven y nuestra capacidad de imaginar queda subordinada a patrones predecibles. Ante este panorama desolador, mi principal motivación es dotar de esperanza, de metáforas y prácticas que puedan servir de inspiración para recuperar los imaginarios de futuro de esta distopía a la que parece­mos irremediablemente abocados. Y hacerlo, precisamente, desde las tecnologías, que son herramienta y agente princi­pal del colapso y la aceleración de las desigualdades, pero también oportunidad. Este libro apuesta por preguntarse a quién benefician las tecnologías que nos rodean, y qué siste­mas sociales, políticos, ecológicos o económicos podríamos imaginar de cara al futuro, así como qué tecnologías, exis­tentes o imaginadas, podrán servir a esos nuevos horizontes.

Escribo para repensar las tecnologías desde un lugar más justo, más tierno, más humano. Hay algo profundamente político en imaginar futuros. En un mundo donde la disto­pía parece ser la única narrativa posible, creo que es un acto radical abrir grietas en lo establecido y pensar en horizontes que integren la justicia y la ternura como principios recto­res. Y cuando hablo de ternura, no lo hago desde un lugar de fragilidad o sentimentalismo; hablo de ternura como una fuerza política, como la capacidad de mirar al otro desde su vulnerabilidad y dignidad, de tejer relaciones de cuidado y reciprocidad en un mundo que nos empuja constantemente hacia la competencia y la individualidad. Este texto es un fragmento de ‘Sembrar futuros’ (Ariel, 2026), de la filósofa Eurídice Cabañes. Publicado en Ethic.
























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ESPECIAL DE HOY SÁBADO: UNA DENTELLADA DE DESGRACIA, POR ANTONIO MUÑOZ MOLINA

 





En el museo Metropolitano de Nueva York me fijé por primera vez en la cabeza de leona de la diosa Sekmet. Era una exposición sobre los saberes de la medicina en el Antiguo Egipto. En un vestíbulo en penumbra, que tenía una atmósfera inevitable de templo, relucía la superficie muy pulida del basalto, la diosa sentada en su trono, esculpida a una escala mayor que la humana, con una majestad definitiva, una serenidad amenazante. Sekmet es la diosa de la guerra y la peste, de la desgracia súbita y de la curación. Su aliento de fuego asolaba la vegetación y expandía el desierto. Cuando Ra, asustado por la iniquidad de los seres humanos, decidió exterminarlos, Sekmet avanzaba sobre la tierra extendiendo la mortandad universal como una gran mancha de sangre. El Jehová del Génesis tuvo un arrepentimiento parecido.

Me acuerdo de aquella cabeza de la diosa leona cada vez que tengo miedo de que una desgracia sin remedio irrumpa en las vidas de las personas que quiero, o desbarate de golpe una normalidad que cada día siento más frágil. La frontera entre la lucidez y el trastorno puede ser tan estrecha, y tan ambigua, como la que separa lo cotidiano de lo inaudito, la calma del horror. También la pesadumbre y la alegría pueden estar más conectadas entre sí de lo que muchas veces nos da a entender nuestro desaliento. Agazapada en los escenarios usuales de la vida, la leona Sekmet da un salto de relámpago y degüella a su presa indefensa de una dentellada. Y lo hace sin motivo, sin un propósito moral, sin el menor interés en la inocencia o la culpabilidad de la víctima, con la crueldad impasible de los grandes depredadores y de los fenómenos excepcionales de la naturaleza. En 1755, después de la catástrofe sucesiva del terremoto, el tsunami, el gran incendio de Lisboa, Voltaire conjeturó que no era verosímil creer en un Dios que administraba el mundo a través de una providencia justiciera: qué culpa tendrían que pagar los millares de ahogados anónimos, los sepultados, los consumidos por el fuego.

Hay pensamientos y sensaciones que no sabemos bien si las produce la lucidez o el trastorno, o una mezcla de los dos para la que no tenemos nombre. Una conciencia afligida o debilitada tiende a percibir que la realidad en torno suyo es más insegura y amenazante de lo que parece. El suelo que pisas es una delgada lámina de hielo. El mundo a tu alrededor es de una complejidad que de un momento a otro puede quedar desbaratada por el caos. El autobús enorme que se acerca a toda velocidad a la acera en la que tú aguardas o al paso de cebra que empiezas a pisar puede no detenerse a tiempo. Las personas digamos normales viven con la convicción inquebrantable de que los accidentes y las desgracias, si bien existen, les suceden exclusivamente a otros, casi todos ellos desconocidos. Esa visión sin duda insensata de las cosas ayuda sin embargo a circular razonablemente por la vida, al aliviar el presentimiento de un horror posible del que solo nosotros estaríamos exentos. Gente anónima muere por centenares en avalanchas de glaciares que se derrumban por las laderas del Himalaya, en terremotos que se abaten sobre barriadas de hacinamiento y miseria. Incluso los desastres más cercanos afectan con preferencia a otros. El espanto parece inseparable del alivio. Creerse particularmente a salvo es una ensoñación extendida y persuasiva de la que solo lo despierta a uno, cuando ya no hay remedio, la dentellada o el zarpazo, el aliento de fuego de la leona Sekmet en la nuca.

El trastorno, el malestar profundo que puebla de amenazas y sombras la vida diaria, puede que sea a veces una forma de lucidez. Las sombras andan por dentro, pero también están fuera, y son bien reales. Una persona de mente frágil rehúye por instinto los lugares contemporáneos en los que se congregan las multitudes y las máquinas, los estruendos de la velocidad, las complejidades formidables del funcionamiento tecnológico del mundo. Yo sé que hay épocas de mi vida en las que no puedo aventurarme solo —y con frecuencia ni siquiera acompañado— en un gran aeropuerto, o en una de esas estaciones de tren que son cada vez más parecidas a aeropuertos. Los ecos de la megafonía en bóvedas de metal y hormigón me asustan porque no comprendo lo que dicen esas voces. Al bajar por las escaleras mecánicas he tenido la sensación de que tras el último peldaño se abriría un gran foso que nos engulliría a todos con nuestros teléfonos y nuestras maletas de ruedas. En los controles de seguridad cada uno de nosotros, idéntico a los demás, era un maniquí o un monigote en una cadena de montaje. Desde la altura de una pasarela he visto bajo mis pies haces de trenes moviéndose adheridos los unos a los otros como cables o tuberías en las tripas de una maquinaria gigante. La omnipresencia de las pantallas repitiendo imágenes publicitarias tan circulares como pensamientos obsesivos me ha forzado a cerrar los ojos o a fijarlos en un libro para apaciguar el vértigo.

Una pastilla puede servir de alivio. Se pueden mitigar las turbulencias de la imaginación, pero quizás no al precio de anestesiar la realidad. Los peligros que amedrentan a la persona frágil o de sensibilidad extrema también amenazan a quien se cree a salvo de ellos. El conductor beodo o gamberro que se lleva por delante a una abuela en un paso de cebra puede acabar igual de fácilmente con la vida de un joven en la plenitud de sus reflejos. Los ancianos, los niños, los animales, las personas de alma atribulada de cualquier edad, son los sensores muy especializados que perciben lo que la mayoría prefiere no ver: lo desquiciado, lo desmedido del mundo, la avidez del crecimiento cuantitativo y la acumulación, la multiplicación de todo, al precio que sea, al límite del derrumbe: el delirio del crecimiento ilimitado en un planeta donde los recursos esenciales son muy limitados, las temperaturas cada vez más altas, las calamidades naturales más frecuentes. Como hace solo unos meses en Adamuz, o hace dos años en las inundaciones de Valencia, expertos de todo tipo se apresuran a analizar las causas del nuevo desastre ferroviario, mientras los familiares buscan y lloran a los muertos, y los carroñeros de la política se van afilando con deleite los colmillos. Le digo a mi amigo ingeniero que quizás algo que ocurre es que hay demasiados trenes discurriendo por las mismas vías, y como los ingenieros creen que no hay problema que no pueda resolver la ingeniería, incluso cuando se trata de problemas creados por ingenierías anteriores, mi amigo me dice: “Más aviones despegan y aterrizan a cada momento, y nunca pasa nada. Con mejores sistemas de control todo se resuelve”.

Ellos sabrán. Nosotros sabemos que ni la más sofisticada automatización evita un solo error calamitoso de un controlador aéreo, y que los pilotos denuncian un estado general de ansiedad y agotamiento: demasiados vuelos, complicaciones, informaciones instantáneas que el cerebro humano no puede asimilar. Escribió hace poco Timothy Garton Ash que solo un desastre de la gravedad de la bomba de Hiroshima forzará a los gobiernos y a las comunidades científicas a establecer un control efectivo de la inteligencia artificial, antes de que destruya la civilización tal como la conocemos. Pasarán días, semanas, y no tardaremos mucho en leer de nuevo cifras triunfales sobre aumento de viajeros, de trenes, de vuelos, de turistas, de ocupaciones hoteleras, sobre la urgencia de ampliar estaciones y aeropuertos, de abrir la competencia saludable a nuevas compañías, de construir trenes más veloces. Quizás no sea en las mentes propensas al desamparo y a la angustia donde haya que buscar los peores síntomas de la locura. Antonio Muñoz Molina es escritor y miembro de la Real Academia Española. Publicado en El País.






















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DEL ASUNTO DE LA SEMANA QUE TERMINA: COMO ANNE CARSON DESCUBRIÓ NUEVAS POSIBILIDADES EN EL LENGUAJE, POR LAURA JANSEN # ANNE CARSON Y LA VERDAD DE LA EXPERIMENTACIÓN, POR GUDRUN PALOMINO

 





Durante más de cuatro décadas, Anne Carson, Premio Nobel de Literatura 2026,  ha ido redefiniendo discretamente el panorama de la literatura contemporánea. Poeta, traductora, clasicista, ensayista, intérprete y artista plástica, ha creado una obra que se resiste a cualquier categorización sencilla.

Sin embargo, lo más llamativo de Carson, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2026, no es su originalidad formal, por extraordinaria que sea, sino su capacidad para convertir el pensamiento en sí mismo en un acontecimiento literario.

En una época en la que la investigación académica y la escritura creativa suelen tratarse como actividades separadas, Carson ha demostrado hasta qué punto están íntimamente unidas. Su obra nos recuerda que el pensamiento y la imaginación no compiten entre sí, sino que se enriquecen mutuamente de forma continua. El resultado es una obra literaria que es a la vez intelectualmente exigente y creativamente audaz.

Carson se mueve con naturalidad entre el mundo antiguo y el moderno, no suprimiendo la diferencia histórica, sino habitándola. En sus manos, la Antigüedad nunca es un depósito de autoridad cultural ni un almacén de textos ejemplares. Es un terreno vivo e inestable de voces, fragmentos, silencios y ausencias.

Esto quizá resulte más evidente en su tratamiento de la literatura griega antigua. La Safo, el Simónides, el Sófocles y el Eurípides de Carson no aparecen como objetos de reconstrucción académica. Son interlocutores. Sus palabras atraviesan los siglos para iluminar experiencias que siguen eludiéndonos: el deseo, el dolor, la nostalgia, el distanciamiento, la mortalidad. El diálogo de Carson con la Antigüedad revela que el mundo antiguo sobrevive no porque se conserve, sino porque sigue generando nuevos significados.

Una y otra vez, su obra vuelve a las cuestiones de la distancia. Entre amantes. Entre lenguas. Entre los vivos y los muertos. Entre lo que se puede conocer y lo que debe seguir siendo inalcanzable. El deseo en Carson rara vez es un movimiento hacia la posesión; es un encuentro con la ausencia. Su escritura se adentra en los huecos y los intervalos que estructuran la experiencia humana, encontrando allí tanto dolor como posibilidad. Pocos autores contemporáneos han escrito con tanta perspicacia sobre el anhelo y las múltiples formas que adopta.

Esta preocupación por la distancia es inseparable de su experimentación radical con la forma. La fragmentación, la cita, la interrupción y el collage se convierten en formas de reflexionar sobre la memoria, el deseo y la pérdida. Publicaciones como Eros dulce y amargo (1986), Autobiografía de Rojo (1998), La belleza del marido (2001), Nox (2010) y Flota (2016) desafían continuamente las expectativas de los lectores sobre lo que puede ser un poema, un ensayo, una traducción o un libro.

Sin embargo, las innovaciones formales de Carson nunca parecen meramente innovadoras. Surgen de las exigencias de los temas que explora. La forma nunca es mera decoración; es indagación.

Lo que distingue a Anne Carson de muchos de sus contemporáneos es la combinación de audacia intelectual y moderación emocional. Aborda el lenguaje, la literatura y la experiencia humana con una osadía poco común. Sin embargo, su obra sigue caracterizándose por una profunda atención a la ausencia, la incertidumbre y lo que no se puede expresar plenamente. Ingeniosa, a veces devastadora y casi siempre impredecible, su escritura exige mucho a sus lectores, pero recompensa esa atención con una intensidad poco común. Al leer a Carson, los lectores tienen la sensación de encontrarse ante una autora que descubre nuevas posibilidades dentro del lenguaje sin dejar de ser plenamente consciente de sus límites.

La influencia de la obra de Carson ya es evidente en una generación más joven de escritores y estudiosos que se mueven con soltura entre la crítica, la traducción, la poesía y la prosa creativa. Muchos, yo incluida, hemos aprendido de su ejemplo que estas actividades no tienen por qué estar separadas unas de otras. Lo que Carson nos ha legado no es un método que imitar, sino un sentido de libertad intelectual: la voluntad de experimentar, de aceptar la incertidumbre y de confiar en que el pensamiento riguroso puede convertirse en sí mismo en un acto de creación literaria.

El Premio Nobel ha reconocido a menudo a escritores que amplían nuestra comprensión de lo que puede ser la literatura. Anne Carson pertenece sin lugar a dudas a ese grupo. Su obra ha transformado la relación entre la poesía y la erudición, la antigüedad y la modernidad, el pensamiento y el sentimiento. Y lo que es más importante, ha demostrado a innumerables lectores que la literatura sigue siendo una de las formas más poderosas de acercarse a lo lejano, lo difícil y lo ajeno. Laura Jansen es associate Professor in Classics & Comparative Literature, University of Bristol. Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Ethic, 9 de octubre de 2026.



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ANNE CARSON Y LA VERDAD DE LA EXPERIMENTACIÓN, POR GUDRUN PALOMINO

«Nació en Canadá y se gana la vida enseñando griego antiguo», así se describe a Anne Carson en todos sus libros. Nació en 1950, estudió en la Universidad de Toronto (dejó la carrera dos veces), cursó latín y griego en la Universidad de Sant Andrews y en 1981 se doctoró con una tesis sobre Safo llamada Odi et Amo Ergo Sum («Odio y amo, luego existo»), que más tarde se publicaría adaptada con el título Eros dulce y amargo. Ha enseñado griego antiguo en universidades como McGill, la Universidad de Michigan, la Universidad de Nueva York y Princeton.

Ganadora del Premio T. S. Eliot (2001), del PEN Award for Poetry in Translation (2010) y del Premio Princesa de Asturias de las Letras (2020), Carson es, asimismo, doctora honoris causa por la Universidad de Toronto y ha disfrutado de becas tan prestigiosas como la Guggenheim (1998) y la MacArthur (2000). Además, año tras año, es una de las favoritas para el Premio Nobel de Literatura. Es difícil categorizar a Anne Carson ni adscribirla a ningún tipo de movimiento literario. Posiblemente, la mejor expresión para describir su figura es «canalizadora de la poiesis», es decir, canalizadora de la creación poética.

Si bien Eros dulce y amargo fue su primer libro, editado en 1986, la canadiense empezó a publicar poemas en Short Talks en 1992 y en Cristal, ironía y Dios en 1995. Pero no se pueden reducir sus poemas a escrituras en verso con una métrica determinada: Carson presenta a lo largo de ellos también novelas, ensayos, tangos, óperas e incluso libros de recortes en su obra poética. Además, sus traducciones tienen igual importancia que su obra literaria o más bien son parte más de ella: su traducción más conocida es Si no, el invierno, donde reinterpreta los fragmentos de Safo, pero también ha traducido a Sófocles, Eurípides, Esquilo y Catulo.

Autobiografía de Rojo, de 1998, es uno de sus libros más conocidos, y en él podemos ver su juego constante con la mitología griega, puesto que se trata de una novela en verso donde la trama gira en torno a Gerión y Heracles de la Gerioneida de Estesícoro, pero convertidos en dos adolescentes homosexuales de la actualidad. Su continuación es Red Doc>, de 2013, sin traducción al español.

Quizás es Hombres en sus horas libres, de 2000, su libro más experimental, en el que escribe: «Mi actitud es que, por muy dura que sea la vida, lo que importa es hacer algo interesante con ella. Y esto tiene mucho que ver con el mundo físico, con mirar las cosas, la nieve y la luz y el olor de la puerta y todo aquello que constituye a cada instante tu existencia fenoménica. Qué gran consuelo… saber que estas cosas persisten en su ser y que puedes pensar sobre ellas y hacer algo con ellas en la página».

Sin embargo, la obra más conocida de la autora en el ámbito hispanoablante es La belleza del marido, de 2001. Tiene por subtítulo «un ensayo narrativo en 29 tangos» y el primero comienza con la cita «La belleza es verdad y la verdad belleza» de John Keats. Con títulos como «pero para honrar la verdad que es suavemente divina y vive entre los dioses debemos (con Platón) danzar en la mentira que vive ahí abajo entre la masa de hombres trágicos y brutos», en el ensayo relata la ruptura de un matrimonio, y que, según Carson, debe bailarse hasta el final como un tango.

A estas obras le siguieron Decreación, Nox, Norma Jeane Baker de Troya, H de H Playbook y Norma enrevesada, en las que confirma y profundiza en la experimentación del lenguaje, en las que crea una elegía para su hermano, como en Nox, o en las que se adentra a analizar la medicina forense junto a Flaubert en Norma enrevesada.

«Me da miedo el aburrimiento, porque es la condición más cercana a la muerte», aseveró Carson en una de sus entrevistas. Es posible que este miedo sea la razón por la que la autora decide tensar el lenguaje, estirarlo, bailar con él, acompañarlo de imágenes y recortes, hacer que se pierda y el silencio acompañe a ráfagas de mitos que recorren su estela literaria. Gudrun Palomino es poetisa. Publicado en Ethic.




























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viernes, 30 de octubre de 2026

ESPECIAL CINCO DE HOY VIERNES: NO ES DEMOCRACIA PARA JÓVENES, POR JAHEL QUERALT

 





En 2016, los ciudadanos del Reino Unido decidieron mediante referéndum abandonar la Unión Europea. Cerca de tres cuartas partes de los jóvenes entre 18 y 24 años quería quedarse y votó Remain, pero eran menos y se movilizaron menos que sus mayores, mucho más partidarios de abandonar la Unión. El resultado es conocido: el Leave se impuso con un 51,9% de los votos. Para los jóvenes británicos aquella decisión tendría consecuencias durante la mayor parte de sus vidas: perdieron la libertad automática de estudiar en otro país europeo, se acabaron los Erasmus en París o en Barcelona; quienes estaban al principio de su trayectoria laboral vieron cómo trabajar en la UE pasó a depender de las normas migratorias de cada país; y los efectos negativos que ha tenido el Brexit sobre el comercio, la inversión y la productividad británicos –cuya magnitud exacta es debatible– afectarán durante mucho más tiempo a quienes tenían 18 años en el momento de la decisión que a quienes tenían 70.

El Brexit ilustra bien una asimetría que matiza el principio de una persona un voto: aunque todos los votos cuenten lo mismo, no todos los votantes vivirán durante el mismo tiempo con las consecuencias de lo decidido. Esta asimetría adquiere especial importancia si tenemos en cuenta que algunas de las decisiones más trascendentales a las que nos enfrentamos –el cambio climático, la deuda pública, las pensiones– producen efectos durante décadas y condicionan un mundo en el que los jóvenes vivirán buena parte de sus vidas, pero que los mayores apenas conocerán. El efecto intergeneracional de las decisiones políticas no es, por supuesto, una preocupación nueva, ni mucho menos. Los constitucionalistas llevan años debatiendo sobre la “mano muerta del pasado” (dead hand of the past), es decir, hasta qué punto las decisiones de generaciones desaparecidas pueden condicionar legítimamente la vida de las generaciones presentes. Pero el problema que aquí nos interesa no es el que se plantea entre los vivos y los muertos, sino entre vivos de distintas generaciones que forman un mismo demos; entre una chica de 20 años y una señora de 80 que, en una decisión concreta, tienen el mismo poder electoral, sus intereses cuentan lo mismo, pero sus horizontes temporales frente a las consecuencias de esa decisión son completamente distintos.  

Este problema inter vivos se agrava por un rasgo concreto de nuestras democracias: envejecen, y bastante rápido. En la Unión Europea, la proporción de mayores de 65 años pasó del 16,4% en 2004 al 21,6% en 2024, mientras que la de menores de 19 años descendió del 22,4% al 20% (la mediana de edad de la población ha subido cinco años: de 39,3 a 44,7 según Eurostat). En España, los mayores de 65 años representan ya el 21,1% de la población, y el INE proyecta a junio de 2026 que podrían superar el 30% en las próximas décadas. Pero el electorado envejece aún más que la población, por dos razones. Una institucional: aproximadamente uno de cada cinco europeos tiene menos de 20 años y buena parte de ellos no puede votar. Otra volitiva: cuando tienen edad de votar, los jóvenes se abstienen en una proporción muy superior a la de los mayores.

Y así llegamos a la tormenta perfecta: muchas decisiones políticas producen efectos a muy largo plazo, y quienes convivirán durante más tiempo con esas decisiones constituyen una porción relativamente menor del electorado. Es posible que este diagnóstico no impresione. Al fin y al cabo, asimetrías en los efectos de las decisiones democráticas las hay por doquier. Una subida del IRPF no afecta igual a quien gana 20.000 euros que a quien gana 200.000; una reforma de las licencias de taxis afecta sobre todo a los taxistas; y la ampliación de un aeropuerto perjudica especialmente a quienes ven su terreno expropiado. El impacto de las decisiones políticas es casi siempre asimétrico y no consideramos que haya un problema de desigualdad de poder político que deba ser corregido. 

Minoría sistemática. ¿Qué tiene entonces de especial la asimetría entre jóvenes y mayores? La particularidad de la edad como variable que genera un grupo identificable es que crea desigualdades que no están circunscritas a una política concreta, sino que atraviesan muchas de ellas y lo hacen siempre en la misma dirección: los jóvenes están sistemáticamente expuestos durante más tiempo a las consecuencias a largo plazo de una decisión política. Por eso tiene sentido, como no lo tiene en otros casos, preguntarnos si institucionalmente debemos dar más peso a sus intereses, teniendo en cuenta, además, que las circunstancias demográficas los convierten en una minoría sistemática.

La respuesta más intuitiva para corregir los efectos del envejecimiento del demos consiste en ampliarlo por abajo, hacerlo más joven, rebajando la edad de voto a los 16 años. Aunque se trata de una medida generalmente impulsada por partidos de izquierda, verdes y liberales, Austria, el primer país de la UE que la aprobó, lo hizo con un amplio respaldo parlamentario. Fijar la edad de voto por debajo de la mayoría de edad tiene sentido como un correlato del hecho de que la edad mínima para trabajar está también por debajo. Sería una manera de igualar cargas y derechos. Además, frente a posibles dudas sobre su madurez, los jóvenes austriacos han mostrado que no son menos capaces que el resto del electorado de votar coherentemente con sus preferencias. Votan igual de bien o de mal que sus mayores. 

La cuestión, sin embargo, es si esta reforma permite atajar realmente el problema que nos ocupa y la respuesta es que bastante poco. La rebaja en la edad electoral amplía el demos únicamente en dos cohortes. En las elecciones escocesas de 2016, por ejemplo, las primeras en las que pudieron votar los jóvenes de 16 y 17 años, el censo se aumentó en 80.000 nuevos electores que representaban un 2% del electorado. El desequilibrio generacional siguió siendo considerable: en el censo de 2022, los votantes de 16 a 24 representaban la mitad que los mayores de 65. Los viejos eran, respecto a los jóvenes, mayoría absoluta. 

Una segunda opción consiste en dar a los jóvenes el mismo tratamiento que otros grupos sistemáticamente desaventajados como, por ejemplo, las mujeres o las minorías raciales y crear cuotas para ellos. Esta medida no es incompatible con la anterior. De hecho, supone dar un paso más: no basta con que los más jóvenes puedan votar, sino que su escaso peso demográfico y electoral exige mecanismos específicos de representación. Según la Unión Interparlamentaria (IPU), en 2025 solo el 2,8% de los parlamentarios del mundo tenía 30 años o menos. Además, el 37,1% de las cámaras parlamentarias no tenía ni un solo diputado de 30 años o menos. En la actualidad, existen cuotas juveniles en 16 cámaras parlamentarias, casi todas únicas o bajas, que descansan, como todas las cuotas, sobre una premisa discutible: que para representar los intereses de los jóvenes hacen falta representantes jóvenes. 

Asimetría temporal. De entrada, conviene cuestionar si es posible dar un sentido preciso a la idea de “intereses de los jóvenes”. Los jóvenes, como las mujeres y los negros, no son un grupo homogéneo con preferencias cognoscibles. El hecho de que compartan una asimetría temporal respecto a otros grupos no significa que coincidan en una posición política. Pensemos, por ejemplo, en la inteligencia artificial. Los jóvenes vivirán durante más tiempo que los jubilados con las consecuencias de las decisiones que adoptemos hoy sobre su desarrollo y, sin embargo, partiendo de esta idea, unos pueden sostener que su interés es que se acelere al máximo su desarrollo para aprovechar al máximo sus beneficios, confiando en que se creen nuevos trabajos y lleguemos a una sociedad de la abundancia que haga bajar los precios; otros, atemorizados por los riesgos, pueden preferir fuertes restricciones que la frenen. ¿Cuál es el interés de los jóvenes que un parlamentario debería representar? Son varios. Afortunadamente, no en todos los debates andamos dando palos de ciego entre el optimismo extremo y el apocalipsis. Es difícil negar que una multiplicación de la deuda pública para pagar pensiones puede resultar una política muy gravosa para los jóvenes. Pero puede ser que un diputado de 25 años defienda esta política por intereses electorales, y que uno de 60 se oponga a ella con vehemencia. Un estudio sobre los parlamentarios británicos e irlandeses encontró, por ejemplo, que los parlamentarios más activos en cuestiones LGBTIQ+ eran miembros que no pertenecían a esa minoría (1). Como advierte Jane Mansbridge, la representación descriptiva no garantiza la representación sustantiva: compartir una característica con un grupo no implica necesariamente defender sus intereses. 

Una tercera posibilidad, mucho más radical, consiste en establecer un límite al derecho de voto por arriba, igual que existe por abajo. En 1970, Douglas J. Stewart publicó el artículo Disenfranchise the Old, en el que sugería la retirada del sufragio a los 70 años. Su argumento aludía precisamente a la asimetría temporal que aquí se discute. Cualquier umbral tiene un componente arbitrario y, medio siglo después, el aumento de la esperanza de vida permitiría elevarlo, por ejemplo, hasta los 75 años. Pero la cifra exacta es lo de menos. La propuesta es arriesgada y plantea una objeción inmediata: ¿no supondría discriminar a los mayores? La respuesta no es evidente. Muchos derechos universales están sujetos a lo que podríamos llamar condiciones de activación o desactivación. El derecho al habeas corpus, por ejemplo, se hace efectivo cuando alguien es detenido; el derecho al salario mínimo, cuando trabaja. El sufragio ya funciona de manera semejante respecto de la edad: es un derecho universal cuya posibilidad de ejercicio se activa al alcanzar una determinada edad. La peculiaridad de una condición de edad es, además, que si vivimos lo suficiente cruzaremos el umbral, tanto el inferior como el superior, si decidimos fijarlo. Esto no elimina de cuajo la preocupación sobre fijar un límite superior pero permite responder a la pregunta sobre la discriminación con otra pregunta: si aceptamos que la edad puede determinar cuándo comienza el ejercicio del sufragio, ¿por qué debemos rechazar de entrada que pueda determinar también cuándo termina?

La objeción más profunda es otra. No todas las decisiones políticas proyectan sus consecuencias durante décadas. Un anciano de 80 años tiene un interés tan inmediato como el de cualquiera en la seguridad de su barrio, por ejemplo. Retirarle completamente el voto para corregir una desigualdad que aparece sobre todo ante decisiones de largo plazo, puede ser una decisión demasiado drástica. Imaginemos una comunidad de propietarios que debe decidir sobre una reforma muy costosa que supone una derrama carísima. Todos deben pagarla ahora para que se acometan las obras, pero los beneficios se extenderán durante décadas. Supongamos, por simplificar, que cinco propietarios tienen menos de 30 años, diez tienen entre 30 y 69 y los treinta restantes superan los 70. La edad genera una asimetría considerable respecto a la exposición a los costes y beneficios de la decisión. Pero imaginemos ahora que la comunidad decide cuánto gastar en la limpieza del edificio durante el próximo año. La asimetría prácticamente desaparece. Una edad máxima para votar, sin embargo, trataría ambos supuestos exactamente igual. 

Y por eso, Philippe Van Parijs juzga la retirada completa del sufragio como una medida cruda que supone una especie de muerte política. Su propuesta pasa por mecanismos alternativos más moderados como ponderar el voto por edad. Por ejemplo, conceder un voto adicional a los menores de 60 años, hacer que un voto valga dos a los 18 y pierda un 1% de su peso cada año o, de manera más sistemática, vincular el número de votos a la esperanza de vida restante. Aplicado a nuestro edificio, nadie perdería por completo el derecho a participar: el propietario de 70 años seguiría votando, pero su voto pesaría menos que el del propietario de 25. Esto parece justo cuando se trata de decisiones de largo alcance temporal. Pero cuando se trata de cuestiones inmediatas en las que el tiempo no es relevante, el voto ponderado, si bien evita la muerte política, crea una desigualdad difícilmente justificable: ¿por qué debería contar menos el voto de un jubilado al decidir sobre algo que ocurrirá mañana?

Esta no es una democracia para jóvenes. Intentar que lo sea nos obliga a poner en cuestión la promesa igualitaria que mejor define la democracia: una persona, un voto. Un precio considerable. Jahel Queralt es profesora de Filosofía política en la Universitat Pompeu Fabra. Su último libro es ‘Nadie merece nada. Por qué la izquierda necesita la meritocracia’ (Anagrama, 2026). Publicado en Tinta Libre.























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