sábado, 18 de julio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, LARUNBATA, 2026KO UZTAILAREN 18A, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi larunbat gauetik igande goizera, 2026ko uztailaren 18-19. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisita gustatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Moirai onberak zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. HArendt
















DE LA TARDE QUE CAE. SIN FRANCESES (NI ESPAÑOLES), `POR NAYAT EL HACHMI. 18 DE JULIO DE 2026





 


“¿De dónde eres?” Le preguntan al niño con los ojos rasgados y el pelo negro. “De aquí”. “¿Pero naciste aquí?” “Sí”. “¿Y tus padres? ¿De dónde son tus padres?” El chaval estaba tan tranquilo jugando en el parque cuando un adulto lo sometió a esa inquisición identitaria. Es el tipo de persona que haría un comentario como el que hizo Mariano Rajoy en su columna, que por muy jocosa que pretendiera ser, refleja una visión de la ciudadanía anclada en un pasado que presupone una correlación entre los rasgos externos de los habitantes de un país y su pertenencia al mismo. En el nuestro ese reconocimiento, la españolidad desde el punto de vista legal, está claramente establecido por el ordenamiento jurídico. Se es español al nacer de padres españoles pero también si uno lleva un tiempo viviendo en territorio nacional y cumple no pocos requisitos.

Si en Francia hace décadas que algunos de sus habitantes no parecen franceses a ojos de quienes llevan las mismas gafas racializadoras que el expresidente, en España la inmigración extracomunitaria tiene ya un recorrido lo suficientemente largo como para que cambie lo que consideramos “español” desde el punto de vista del color de la piel u otros rasgos considerados extranjeros. ¿o a Rajoy le parece que ni Lamine Yamal ni Nico Williams o Ana Peleteiro son dignos representantes del país por el que compiten? Mis hijos, por llevar El Hachmi de apellido, ¿van a tener que estar dando explicaciones toda su vida sobre lo que son y cómo se sienten o podrán vivir algún día sin esa carga? ¿cuántas generaciones de españoles que “no lo parecen” tiene que haber para que de una vez por todas nos demos cuenta de que ni el color de piel ni el pelo ni los rasgos ni la lengua que hablamos con nuestros padres ni los dioses en los que creamos o no tienen nada que ver con nuestra condición de ciudadanos?

De la polémica columna de Rajoy lo único que me alegra es ver que la reacción ha sido casi unánime al rechazar su visión racista de las identidades nacionales, algo que no pasaba hace diez o veinte años, cuando esa concepción excluyente estaba mucho más extendida y normalizada. El colmo es que la extrema derecha francesa llame racista al bueno de Mariano. No es verdad que el Rajoy de ahora diga cosas que no hubiera dicho antes del avance de Vox. Los que venimos conviviendo con el racismo desde pequeños podríamos hacer una lista larguísima de declaraciones como la suya que solo nos indignaban a nosotros. Lo nuevo no es el racismo, lo nuevo es que ya no nos resulte indiferente. Algo que hay que celebrar. Najat El Hachmi es escritora. El País, 17 de julio de 2026.






















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. SUEÑO DE UNA NOCHE DE MUNDIAL, POR IGNACIO PEYRÓ. 18 DE JULIO DE 2026







Una manera de contar la Historia de España —no la más alentadora— pasa por enumerar todo aquello a lo que hemos llegado tarde, ya sea la industrialización, el capitalismo, los derechos civiles o la cocina japonesa. Algunas veces hemos caído incluso en la sobrecompensación: ¿no hemos sido un país aislado? Pues bien: hoy pasmamos a la prensa extranjera con la cantidad de banderas europeas que somos capaces de poner. Con el deporte ha ocurrido algo parecido. Durante mucho tiempo, el deporte, como los inventos, era algo que hacían ellos. El gentleman lo practicaba, un hidalgo no: con su traslación del honor al divertimento, el deporte antiguo resultaba del todo ajeno a sus códigos.

Pero el deporte siempre ha sido más que deporte. Ahí está el célebre apócrifo de Wellington, según el cual la batalla de Waterloo comenzó a ganarse en las canchas del colegio de Eton. Con sus reglas y sus exigencias, el deporte educaba el carácter, lo que iba a abrir amplias posibilidades a las pedagogías más crueles. En la Inglaterra liberal, Thomas Arnold, director de la Escuela Rugby, legaría a su país un deporte y también un tipo de hombre diseñado como recrío del Imperio. En la Italia fascista, la obsesión física del Duce le llevó, como escribe Maurizio Serra, a “hacer del propio cuerpo un arma de propaganda”, en tanto que la gimnasia, como “fábrica del Hombre Nuevo”, se iba a generalizar por la fuerza entre las gentes. Poco extraña que en España, donde la pedagoga era la Iglesia, todo esto oliera a protestante o a pagano, porque efectivamente lo era. Y salvo la cremita alfonsina que jugaba al tenis cuando aún se escribía tennis, nuestros deportes iban a ser de esos en los que el mayor esfuerzo recae sobre el otro: la caza, la pesca y, más por marcialidad que por pijerío, el caballo. En fin: Mussolini mostraba sus pectorales en las fotos; Franco solo mostraba sus atunes.

Una particularidad española está en el escultismo patrio, que sirvió literalmente para todas las pedagogías: para el nacionalismo catalán, para los Exploradores de España de la Restauración monárquica, para la OJE del Movimiento y para los paseos krausistas de la Institución Libre de Enseñanza. Otra excepción está en los clubes: en un país de tejido cívico escaso, que Real Madrid y Barcelona sean asociaciones privadas solo se explica porque los socios ponen las entidades en manos —véase Florentino— de un conducator poderoso. Como fuere, cuando en 1961 se instaura la educación física en las aulas, el atraso es evidente: sudar, más que un lujo, seguía siendo un derivado de la siega. Así, a falta de escuela, tuvimos que recurrir, como en la literatura y el arte, a la figura del pájaro solitario: Bahamontes —justamente llamado “el águila de Toledo”—, el saturnino Luis Ocaña, aquel Severiano Ballesteros que entró en el mundo anglosajón como un bandolero irresistible. Solo en 1984, con el baloncesto de Los Ángeles, comienza a cambiar el tópico por el que los españoles éramos esos locos bajitos, con el pecho más poblado que una alfombra de Alcaraz. La proteína barata y la sociedad de consumo tenían su efecto.

Un problema de la épica, con todo, es su cercanía al ridículo, y el fútbol, con nuestros camachos, juanitos y demás empecinados, nos tuvo durante décadas a dieta de pathos: hubo un tiempo en que la leyenda estaba tan barata que ya bastaba con clasificarse en los minutos de la agonía ante Irlanda del Norte. Luego está el heroísmo martirial que más nos gusta: la noche oscura de Arconada, Luis Enrique como un eccehomo, nuestra decadencia y caída ante Corea. Mucha honra, en definitiva, para tan pocos barcos. En un país acostumbrado a medir su autoestima por sus fracasos, animar a la selección requería de la moral de Manolo el del Bombo, quien, según tengo entendido, era de no lejos de Alcoy. Por supuesto, habíamos ganado una Eurocopa con el gol de Marcelino, “a pase de Pereda, constituido de extremo”, pero una Eurocopa es algo que le puede ocurrir hasta a Grecia o Dinamarca. Ni siquiera teníamos una leyenda negra contra la que consolarnos: simplemente, amábamos más al fútbol de lo que él parecía amarnos. Todo cambió en los cuartos de final de 2008: ganar a Italia, país tan favorecido en el rasca y gana de la Historia, en los penaltis.

El fútbol siempre tiene que ver con el pasado. Ya hay generaciones para las que oír hablar de “la maldición de cuartos” es como oír hablar del “desastre de Cuba”. Les envidio la infancia feliz, ese sedimento aristocrático que da a la vida saberse ganadores y que mi generación —1980— no tuvo. Del Mundial de 2010 también empieza a hacer ya mucho tiempo, lo suficiente para sentirnos elegíacos al recordar el waka-waka, el pulpo, la vuvuzela, Iker y Sara, el jabulani. Durante mucho tiempo pensé que ganar un Mundial era lo que necesitaba la autoestima nacional, más aún al jugar con un imperio sereno que poco tenía que ver con aquella “furia española” tan cargante. Que las victorias han sido políticamente indiferentes se demostró bien pronto: España jugó la final un 11 de julio; la manifestación por la sentencia del Estatut, comienzo de tantas cosas, fue el día 10. Es posible que la presencia de la bandera sí se haya normalizado, tanto como el júbilo del indepe cada vez que España perdió. Para la autoestima quizá haya que esperar a ganar Eurovisión. O a que crezca esa bendita generación para la que el orden natural de las cosas no pasa necesariamente por perder. Ignacio Peyró es escritor. El País, 17 de julio de 2026.























ESPECIAL 2 DE HOY. SOBRE EL 18 DE JULIO DE 1936 (II), POR ÁNGEL VIÑAS. 18 DE JULIO DE 2026

 





El artículo anterior no alude a la historia que los investigadores españoles (y algunos extranjeros, en particular sir Paul Preston) hemos ido reconstruyendo penosamente. Nuestro foco de la atención ha ido cambiando, merced a influencias exteriores (de la historia política y militar se ha ido pasando a la social, cultural y de género, con las aportaciones de la medicina, arqueología, ciencia de los suelos, psicología social, etc.) y al desplazamiento hacia los vencidos, a la represión y sus circunstancias.

Sin embargo, ha tardado en darse una respuesta a la pregunta del millón. ¿Quién quiso la Guerra Civil? Para ello hay que volver a la esencia del relato histórico: los comportamientos de los seres humanos, en condiciones dadas, creadas desde el pasado y activadas en su presente, en una mezcla de voluntades y acciones colectivas e individuales, en persecución de unos fines u otros.

Lo que desde hacía tiempo se sabía de la Guerra Civil como producto de una conspiración, hoy se ha identificado, no del todo, pero sí lo suficiente. Fue el resultado de una conspiración de cinco años de duración. Su corte fue monárquico y fascista a la que, por la fuerza, hubo que incorporar desde su comienzo a generales, jefes y oficiales. No es, pues, una tesis nueva. La expuso parcialmente en 1951 uno de sus protagonistas (el piloto Juan Antonio Ansaldo) y abundó en ella un dirigente monárquico (el catedrático Pedro Sainz Rodríguez), en 1978. Ambos dejaron de lado la parte esencial y la que escribió ha sido objeto de cuidadosos trabajos académicos por historiadores muy diversos.

Entre ellos destacan españoles (Ismael Saz, Eduardo González Calleja y otros) y extranjeros (sir Paul Preston y Morten Heiberg, que avanzó más que nadie hasta entonces). Ninguno pudo rematarla. No por incompetencia, sino porque no llegaron a conocer sus resultados.

La documentación imprescindible se encuentra en la Fundación Universitaria Española, en la madrileña calle de Alcalá, y se complementa acudiendo a los Ministerios de Relaciones Exteriores (Farnesina) y de Aviación en Roma, sumados al equivalente del primero y al Archivo Militar en París.

Empezó en serio y en términos operativos en 1934 con la firma de un convenio entre monárquicos, civiles y militares, y carlistas con la Italia fascista. Los primeros al menos aseguraron la continuidad de los contactos. De ellos y de las repetidas demandas de fondos para comprar voluntades y costear los gastos de propaganda se encargó en primera línea el exministro Antonio Goicoechea. En retaguardia se situó siempre José Calvo Sotelo. En junio de 1936 se incorporó a las continuas peticiones de fondos José Antonio Primo de Rivera.

Los contactos corrieron a cuenta de Sainz Rodríguez y de Ernesto Carpi, un banquero fascista, radicado en Barcelona y agente de varios servicios de inteligencia italianos. En 1935 los conspiradores españoles lo nombraron enlace con el Ministerio de Aeronáutica, cuyo responsable era el propio Mussolini. Esto implica que la conspiración se había percatado que necesitaría aviones.

Para entonces Goicoechea planeaba un tercer viaje a Roma y entrevistarse con el Duce en un contacto decisivo. Tuvo lugar en octubre, a pesar de la invasión fascista de Abisinia. Le declaró las intenciones de los conspiradores. Si la izquierda volvía al poder, ellos, los falangistas y los militares se sublevarían. En el interín pidió más fondos.

Ansaldo tuvo que huir a Francia para transportar a los tres intervinientes en el intento de asesinato de Luis Jiménez de Asúa, reputado catedrático de Derecho Penal y vicepresidente socialista de las Cortes surgidas de las elecciones de febrero de 1936.

La ocasión la pintaron calva. Ansaldo quedó disponible para resolver el problema de los aviones. Negoció con una empresa aeronáutica (Società Idrovolante Alta Italia) que, como todas las del ramo, estaba controlada por el Ministerio de Aeronáutica. El 1 de julio Sainz Rodríguez se desplazó a Italia y firmó cuatro contratos de suministro de aviones de bombardeo y de caza, más tres hidroaviones y abundantísima munición, motores, piezas auxiliares y gasolina de un tipo que apenas si entonces había en España. Los contratos completos han sido reproducidos en dos libros publicados por Crítica. El pago lo había asegurado previamente Juan March.

El primer envío debía hacerse antes del 31 de julio y los fascistas empezaron a prepararlos, convenientemente disfrazados, en los días siguientes a la firma. No se echaron atrás en ningún momento durante la guerra.

Pregunta: ¿Con qué apoyo extranjero demostrado contaban quienes no iban a sublevarse el 17 y el 18 de julio? Ángel Viñas es catedrático jubilado de la UCM y recientemente ha dirigido el libro Al servicio de la democracia (Crítica). El País, 18 de julio de 2026.






















ESPECIAL 1 DE HOY. SOBRE EL 18 DE JULIO DE 1936 (I), POR ÁNGEL VIÑAS. 18 DE JULIO DE 2026

 






Se cumplen ahora 90 años del hecho que cambió la historia de España. Que se me ocurra, solo el 2 de mayo de 1808 es medianamente comparable en sus repercusiones.

Los historiadores hemos investigado el camino hacia el más reciente. Desde el momento mismo del golpe, los militares y civiles sublevados lo defendieron como la única operación imprescindible para prevenir la “revolución comunista” que estallaría en agosto. Se trataba, nada menos, que salvar a ESPAÑA (con mayúsculas) de caer en las garras de Stalin. Aunque no solo a España: también a la Europa occidental y cristiana e impedir que surgiera un foco de subversión en su retaguardia.

Con su supremo sacrificio, los buenos españoles lo evitaron. No solo para sí mismos, sino también para los demás europeos.

La posibilidad de una revolución en ciernes la había anunciado la Embajada británica en Madrid. No la francesa. La confirmó el recién llegado embajador republicano en Londres. El gobierno británico la aceptó. El cónsul general en Barcelona y el propio embajador en Madrid continuaron echando petróleo al fuego.

La tesis la mantuvo la dictadura y Franco se regodeó en un nuevo título de “Centinela de Occidente”. Todavía hay gente, mucha, que se lo cree. Los denodados esfuerzos de los historiadores militares del régimen intensificaron tal interpretación en tres títulos de obligada consulta publicados en los años cuarenta, cincuenta y sesenta por el Servicio Histórico Militar.

Con las necesarias adaptaciones derivadas de la evolución de las técnicas de comunicación, tales tesis sobreviven hoy. Modernizadas por el creciente énfasis en el supuestamente inmenso y único desbordamiento de asesinatos y asaltos a la propiedad y a las personas en la primavera de 1936.

Coincidiendo con la largo tiempo contenida etapa del desarrollismo en los años sesenta, en el mundo de habla inglesa aparecieron las primeras historias que presentaban la Guerra Civil bajo otro ángulo. Hugh Thomas, Herbert R. Southworth y Gabriel Jackson fueron pioneros en rescatar lo que, en realidad, había ocurrido desde 1931. La dictadura respondió con la censura más abyecta primero y con la “modernización” de la interpretación clásica.

De ello se encargó un avezado técnico de Información y Turismo llamado Ricardo de la Cierva bajo la égida del inolvidable ministro del ramo, Manuel Fraga Iribarne.

Eso sí, los archivos permanecieron celosamente cerrados excepto a los militares (un teniente general glosó las semejanzas entre 1808 y 1936) y consiguió que su panfleto fuera declarado de interés para las Fuerzas Armadas. Le proporcionó un mercado cautivo bastante significativo.

En la retaguardia, el Ministerio de Educación Nacional y la púdicamente denominada Secretaría General del Movimiento), más el aparato policial y judicial en su conjunto, obraron de consuno para que los españoles no se desviaran del camino que se les imponía.

Los años republicanos, en particular, continuaron con la mácula que sobre ellos impusieron los vencedores. Sus tesis, escasamente modificadas siguen empapando la educación y, sobre todo, las nuevas tecnologías de la comunicación. Si acaso no se acentúa tanto que la rebelión del 18 de julio se había adelantado, por meras semanas, a un golpe de Estado comunista teledirigido desde Moscú. A muchos les parece ya un poco exagerado.

Con todo, la vieja interpretación retorna en tiempos absolutamente diferentes. Los desastres de la guerra se achacan básicamente a la izquierda y se desvanecen las hambrunas de la posguerra y la represión en y tras el conflicto. Se ha revivido gran parte de lo señalado por el implacable Abc de la época. Recomiendo echar un vistazo a lo que afirmó el 13 de febrero de 1936.

El general Francisco Franco y el exministro de la Guerra, José María Gil Robles, intentaron dar un golpe blando, hoy todavía muy desfigurado. El presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, lo impidió y ordenó la lectura por el conducto reglamentario y reservado de un mensaje suyo a todos los generales, jefes y oficiales.

Anticipaba que “hoy un golpe de Estado lejos de ser sin lucha comenzaría por esta en su forma más feroz” y esto “solo puede llevar a la destrucción de España y del Ejército”.Claro que esto importaba un bledo a los conspiradores monárquicos, militares y fascistas. Buscaban otra cosa, algo que desde entonces se ha desfigurado en la gran mayoría de las versiones que las derechas han escrito sobre la supuesta gloria del asalto contra el orden legítimo y legalmente establecido. Forzados, claro, por la necesidad de salvar a la PATRIAAAAAAAA. Ángel Viñas es catedrático jubilado de la UCM y recientemente ha dirigido el libro Al servicio de la democracia (Crítica). El País, 17 de julio de 2026.

























DE LAS VIÑETAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 18 DE JULIO DE 2026

 























DEL ARCHIVO DEL BLOG. OCCIDENTE EN EL DIVÁN, POR JAVIER SOLANA. PUBLICADO EL 2 DE JULIO DE 2018

 







Ya no cabe la menor duda: Occidente está en crisis. Es cierto que el concepto de “Occidente” siempre ha sido algo difuso y que, históricamente, los países llamados “occidentales” han presentado grados considerables de heterogeneidad en sus respectivas políticas exteriores (recordemos, por ejemplo, las enormes discrepancias que suscitó la guerra de Irak). Pero no es menos cierto que existen múltiples pilares ideológicos sobre los que se sustenta dicho concepto; unos pilares que, durante la presidencia de Donald Trump, se han ido resquebrajando. Las acusaciones plagadas de falsedades por parte de Trump y de sus correligionarios —“no podemos dejar que nuestros amigos […]se aprovechen de nosotros”, repiten incesantemente— están haciendo mucha mella.

Tal vez con la única excepción de Oriente Próximo, donde Trump ha redoblado su apoyo a los aliados tradicionales de Estados Unidos, el presidente estadounidense parece dispuesto a echar por tierra cualquier tipo de entendimiento estratégico, por esencial que sea para su país. ¿Quién hubiese imaginado hace pocos años que Estados Unidos se desmarcaría de una declaración conjunta del G7? ¿O que Estados Unidos y Canadá tendrían un desencuentro público del calibre del que ha generado Trump —y destacados miembros de su Administración— con el primer ministro Justin Trudeau? Trump aseguró tras su cumbre con Kim Jong-un en Singapur que mantiene una “buena relación” con Trudeau, pero añadió acto seguido que mantenía también “una muy buena relación con el presidente Kim”. Hablar en estos términos de Canadá y de Corea del Norte en la misma frase es más que una torpeza: se trata de una absoluta insensatez que refleja una escalofriante falta de perspectiva.

A Trump le pierden las formas, pero sería un alivio que ese fuese el único problema. La cuestión de fondo es que la desconfianza mutua se está propagando como resultado de una sucesión de medidas muy tangibles. Los aranceles impuestos por Estados Unidos al acero y al aluminio —entre cuyos damnificados se encuentran ya Canadá y la Unión Europea, después de que Trump levantara sendas exenciones— dinamitaron toda posibilidad de consenso que pudiera existir todavía en el G7. Con estos aranceles, Trump no está perjudicando únicamente a las exportaciones de otros países, sino que está condenando también a Estados Unidos a sufrir pérdidas cuantiosas. Pero el proteccionismo de Trump parece impermeable a los datos y a la lógica económica. Para justificar sus contraproducentes políticas, Trump se aferra a casos aislados y descontextualizados —como los elevados aranceles canadienses a los productos lácteos— obviando que la tasa arancelaria media ponderada que aplica Estados Unidos es superior a la de la Unión Europea, Japón y Canadá.

Mientras el G7 de Canadá se sumía en la polémica, otra reunión de gran relevancia tenía lugar en la ciudad china de Qingdao. La Organización de Cooperación de Shanghái (formada por China, India, Kazajistán, Kirguistán, Pakistán, Rusia, Tayikistán y Uzbekistán) celebraba su reunión anual de jefes de Estado. El principal diario oficial del Partido Comunista chino no perdió la oportunidad de ahondar en la herida, destacando el ambiente cordial que se vivió en Qingdao —con Xi Jinping y Vladímir Putin como grandes protagonistas— en contraposición con el que se vivió en Canadá.

Puede que Trump no acertara al sugerir que Rusia retornara al formato G8, pero tampoco podemos obviar una realidad que se viene poniendo de manifiesto: la excesiva compartimentación de todos estos clubes propicia una serie de dinámicas cada vez más desfavorables para Occidente. Ante el actual declive de la preponderancia occidental en la esfera internacional, arrinconarse no es la mejor opción. Se hará más sencillo idear remedios sostenibles a nuestros problemas globales si se da un impulso al G20 y a otros espacios de diálogo entre las potencias que definirán el siglo XXI.

Al margen de que la política exterior de Putin genere una comprensible aversión en amplios sectores de Occidente, la propuesta de Trump sobre resucitar el G8 con Rusia se enfrenta a un inconveniente añadido: la Administración estadounidense no ha contribuido, ni a nivel doméstico ni a nivel internacional, a crear las condiciones de confianza necesarias para que prospere. A los recelos que provoca la relación de Trump y su entorno con Rusia se suman los desplantes de Trump a sus aliados europeos, que han afectado también a un ámbito tan sensible como es la seguridad.

Después de algunos titubeos iniciales, Trump ha terminado por manifestar su compromiso con la OTAN, pero las tensiones no se han disipado. Trump no ha cedido un ápice en su insistencia de que otros miembros de la Alianza Atlántica incrementen su gasto militar. La demanda sería legítima si no fuera porque estos fondos adicionales no tendrían que destinarse a engrosar el presupuesto de la OTAN o a “pagar” a los estadounidenses por su protección, como parece entender Trump, sino a mejorar las capacidades de los propios Estados miembros. La Cooperación Estructurada Permanente que ha puesto en marcha la Unión Europea incluye la voluntad de avanzar a nivel europeo en esta dirección, aumentando los recursos y sobre todo utilizándolos colectivamente de manera más eficiente, algo que Estados Unidos debería celebrar.

Desgraciadamente, toda iniciativa conjunta que emprenda la Unión Europea parece destinada a suscitar reticencias en la Administración Trump. Y es que el presidente estadounidense no ha escatimado esfuerzos en debilitar a la Unión Europea. Cuando todavía era candidato presidencial, Trump se mostró partidario del Brexit, y hace unos días el embajador estadounidense en Alemania, Richard Grenell, se apartó de la ortodoxia diplomática al afirmar que su objetivo es “empoderar a otros conservadores en Europa”. Pero los movimientos que Trump y Grenell pretenden empoderar en Europa no son los conservadores, sino los reaccionarios: todos aquellos que pretenden desandar gran parte del camino que los europeos hemos recorrido en nuestro proyecto común.

Trump se siente mucho más cómodo relacionándose con otros Estados de modo bilateral, dando rienda suelta a su estrategia de “divide y vencerás”. No es de extrañar, pues, que la Unión Europea —gran adalid del multilateralismo a escala global— no sea santo de su devoción. Pero cuando más éxito han tenido Europa y Estados Unidos ha sido cuando se han respaldado mutuamente, contribuyendo a construir un entramado normativo e institucional que favorezca la cooperación internacional. En el juego del “divide y vencerás”, Occidente terminará perdiendo, y el mundo en general también. Javier Solana es distinguished fellow en la Brookings Institution y presidente de ESADEgeo, el Centro de Economía y Geopolítica Global de ESADE.




















DEL POEMA DE CADA DÍA. EL ODIO, POR WISLAWA SZYMBORSKA (1923-2012)

 






EL ODIO





Miren qué buena condición sigue teniendo
qué bien se conserva
en nuestro siglo el odio.
Con qué ligereza vence los grandes obstáculos.
Qué fácil para él saltar, atrapar.

No es como otros sentimientos.
Es al mismo tiempo más viejo y más joven.
Él mismo crea las causas
que lo despiertan a la vida.
Si duerme, no es nunca un sueño eterno.
El insomnio no le quita la fuerza, se la da.

Con religión o sin ella,
lo importante es arrodillarse en la línea de salida.
Con patria o sin ella,
lo importante es arrancarse a correr.
Lo bueno y lo justo al principio.
Después ya agarra vuelo.
El odio. El odio.

Su rostro lo deforma un gesto
de éxtasis amoroso.

Ay, esos otros sentimientos,
debiluchos y torpes.
¿Desde cuando la hermandad
puede contar con multitudes?
¿Alguna vez la compasión
llegó primero a la meta?
¿Cuántos seguidores arrastra tras de si la incertidumbre?
Arrastra solo el odio, que sabe lo suyo.

Talentoso, inteligente, muy trabajador.
¿Hace falta decir cuantas canciones ha compuesto?
¿Cuántas páginas de la historia ha numerado?
¿Cuántas alfombras de gente ha extendido,
en cuántas plazas, en cuántos estadios?

No nos engañemos,
sabe crear belleza:
espléndidos resplandores en la negrura de la noche.
Estupendas humaredas en el amanecer rosado.
Difícil negarle patetismo a las ruinas
y cierto humor vulgar
a las columnas vigorosamente erectas entre ellas.

Es un maestro del contraste
entre el estruendo y el silencio,
entre la sangre roja y la blancura de la nieve.
Y ante todo, jamás le aburre
el motivo del torturador impecable
y su victima deshonrada.

En todo momento, listo para nuevas tareas.
Si tiene que esperar, espera.
Dicen que es ciego. ¿Ciego?
Tiene el ojo certero del francotirador
Y solamente él mira hacia el futuro
con confianza.



WISLAWA SZYMBORSKA (1923-2012)

poetisa polaca





***





Wisława Maria Szymborska-Włodek (2 de julio de 1923 - 1 de febrero de 2012) poetisa, ensayista , crítica literaria, traductora , columnista polaca; ganadora del Premio Nobel de Literatura (1996). Desde 1929, Wisława Szymborska vivió en Cracovia, donde debutó en 1945 en " Dziennik Polski " con el poema " Buscando una palabra ". En 1952, publicó su primer volumen de poesía, " Por eso vivimos ", en la Cooperativa Editorial "Czytelnik" , y ese mismo año se convirtió en miembro de la Asociación de Escritores Polacos . Entre 1953 y 1966 dirigió la sección de poesía del semanario " Życie Literackie " , y entre 1967 y 1981 publicó columnas tituladas "Lektury nadosobowy", que escribió hasta 2002. Cofundadora de la Asociación de Escritores Polacos (1989), miembro de la Academia Polaca de Artes y Ciencias (1995).