martes, 9 de junio de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. HOY MARTES, 9 DE JUNIO DE 2026, EN CASTELLANO

 







Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de martes, del 9 al 10 de junio de 2026. 13375 personas se pasaron ayer (no digo que se pararan a leerlo, aunque me gustaría que hubiera sido así) por Desde el trópico de Cáncer; 41623 en lo que llevamos de junio. No sé si son pocos o muchos, pero me llena de satisfacción. Según la prensa española del día, León XIV repartíó cachetadas a ambos lados de Sus Señorías, y dejó contentos (o disgustados, pero eso no lo reconocerá ninguno) a las derecha y las izquierdas presentes en el Congreso de los Diputados. Lo indiscutible, porque lo vimos todos, es que todos los afectados le aplaudieron durante siete interminables minutos, una ovación nunca vista antes en la sede de la soberanía nacional. Al final todos contentos, y eso es lo importante, al menos de cara a la galería propia. Hoy está en Barcelona. Y en la catedral de Santa Eulalia, el papa ha llamado a todos a  “construir armonía, más allá de toda polarización”, pronunciando en catalán parte de su primer discurso. Mi mujer y yo hemos estado hoy dando nuestro paseíto semanal por la calle Triana, con sol, pero unos alisios soplando fuerte y frescos, y patrullas de la policía local advirtiendo a comerciantes y terrazas que mañana miércoles, a partir de las 20:00, tienen que todo despejado porque viene el papa a la ciudad. Mañana, desde las 06:00 (hora de Canarias) tendrán en el blog las nuevas entradas del blog del miércoles, 10 de junio de 2026. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. Besos. HArendt





















DE LA TARDE QUE CAE. EL DÍA DESPUÉS DEL CAPITALISMO, POR FRANCISCO ORTÍN Y ALBERTO MUELAS. 9 DE JUNIO DE 2026

 






Parece impensable considerar un modelo económico distinto al actual, al igual que imaginar un mundo en el que el PIB no sea la medida única de desarrollo económico, pero la realidad es que el capitalismo es efímero. Si nos remontamos a la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith como su origen, el capitalismo ha cumplido 250 años en 2026. Ha ocupado menos del 2% de la historia de la civilización humana. Dicho de otro modo, si concentráramos la historia de la civilización en un año, el capitalismo sería el sistema económico que habría regido la última semana. 

Que sea el único que conocemos no significa que el capitalismo sea el único sistema económico posible. No fue el primero, y es más que posible que no sea el último.

Sus predecesores, el feudalismo y el mercantilismo, posiblemente también pasaron por épocas en las que parecían la respuesta definitiva a todos los problemas sociales relacionados con la gestión de recursos. Y, de hecho, el mercantilismo realizó contribuciones clave al progreso en términos de desarrollo de infraestructuras, crecimiento industrial, desarrollo del comercio internacional y establecimiento de las bases de los estados modernos. Pero el desequilibrio de la balanza comercial (que impulsó la inflación) y el estrangulamiento a las colonias probaron ser insostenibles a largo plazo. Todo sistema tiene un principio y un final.

De igual forma, el capitalismo ha sido sinónimo de crecimiento exponencial de la renta, desarrollo tecnológico, reducción de la pobreza, aumento de la esperanza de vida o reducción de la guerra y la violencia. También de agotamiento de recursos naturales, deterioro medioambiental, aumento de incidencia de patologías crónicas y crecimiento de la desigualdad social. Por ello, no todo lo relacionado con el capitalismo es negativo, pero algunos de sus defectos reclaman un replanteamiento del sistema o, incluso, el desarrollo de uno nuevo.

No es posible entender un sistema económico sin comprender antes los indicadores que lo gobiernan y, aunque no sabemos cómo será el nuevo sistema económico, sabemos que necesariamente se regirá por indicadores distintos. 

El mercantilismo se regía por indicadores como las reservas de oro y la balanza comercial. En el marco del capitalismo se abandonó el patrón oro y las reservas pasaron a ser un indicador totalmente inocuo, mientras que la balanza comercial ha pasado a formar parte de un indicador más amplio: el omnipresente Producto Interior Bruto (PIB). 

Curiosamente, el PIB y el capitalismo no siempre han estado juntos. Tuvieron que pasar 150 años de capitalismo hasta que Simon Kuznets inventara el PIB. Y no fue hasta después de Bretton Woods cuando se convirtió en la vara universal para medir el desarrollo, aun cuando su propio creador ya advertía sobre las limitaciones del indicador para capturar el nivel de desarrollo social. 

Las consecuencias del uso del PIB como indicador único de desarrollo coinciden con las limitaciones que tiene: como no mide el reparto de renta, genera desigualdad; como no mide externalidades, nadie es responsable de los daños sobre los bienes comunes o sobre terceros; como no mide lo que no se intercambia en un mercado, convierte en despreciables desde un punto de gestión económica cuestiones como la esperanza de vida, la actividad física, el tiempo libre dedicado a relaciones sociales, el ocio, o el cuidado de terceros. Esto conecta con la paradoja de Easterlin, según la cual, a partir de cierto nivel de renta, el aumento del PIB deja de traducirse de forma clara en mayor bienestar para los ciudadanos.

Aunque no nacieron juntos, la canonización del PIB coincidió con la época dorada del capitalismo del periodo 1940-1970. Es inevitable pensar que hacen buena pareja cuando, en realidad, combinados presentan efectos secundarios severos. 

En un mundo en constante aumento de la productividad, como sugería Adam Smith, el crecimiento económico medido a través del crecimiento del PIB, en ocasiones, no produce más bienestar sino que, sobre todo, impide que se genere malestar. Más productividad hace que se necesite menos fuerza laboral para producir lo mismo, por lo que lo único que evita el aumento del desempleo es la expansión de la economía. De ahí surge la necesidad de que el PIB crezca de forma indefinida. Es un sistema que nos hace adictos al crecimiento. Al mismo tiempo, cualquier mejora de productividad asociada a una mayor eficiencia en el uso de recursos se suele aprovechar para utilizar esos recursos liberados en seguir creciendo, por lo que acaba traduciéndose en un mayor consumo de recursos en un mundo de recursos finitos. 

El equivalente del PIB para las empresas es el Valor Añadido Bruto (VAB). En esencia, es la suma de sueldos y salarios pagados por una empresa y de sus beneficios brutos. Todo aquel que ostente una posición de toma de decisiones corporativas posiblemente comparta la sensación claustrofóbica de tener que crecer cada año más que el anterior para que todo siga razonablemente igual. Es como tener que correr cada vez más deprisa para en realidad permanecer en el mismo sitio. Si es así, estás viviendo la suma de capitalismo y PIB. 

Economistas como John Stuart Mill y John Maynard Keynes teorizaron sobre estados estacionarios de la economía en los que, una vez conseguido el pleno empleo, no sería necesario seguir buscando el crecimiento. Ese futuro que se dibujaba hace un siglo todavía no ha llegado. La realidad económica siguió empujando en otra dirección: más producción, más consumo y más expansión. Porque lo cierto es que las teorías económicas no inventan nada. Solo explican la realidad que acontece a su alrededor. La riqueza de la naciones no deja de ser una caracterización perfecta de la Revolución Industrial, interpretada desde una óptica económica. 

La realidad siempre precede a la teoría que la explica. Y lo que nos dice ahora la realidad es que el capitalismo tal y como lo conocemos, con en el PIB como brújula, ya no sirve para explicarla. 

Tal vez no se trate de buscar el crecimiento infinito, sino de alcanzar un equilibrio dinámico. La naturaleza no funciona como una línea ascendente permanente: sus sistemas crecen, se reajustan y se estabilizan. Quizás, el siguiente paso para que un sistema económico se sostenga en el tiempo sea precisamente ese. Y la respuesta está, hoy, en las empresas.  

La Revolución Industrial conllevó un cambio en las estructuras sociales y la propiedad por el que la monarquía, la nobleza y el clero fueron dando paso progresivamente a las democracias occidentales, un sector público profesionalizado, un sector financiero moderno y la clase industrial. Estas nuevas estructuras sociales fueron clave en la adopción del capitalismo. 

Como parte de esa evolución de las estructuras sociales, hace 150 años comenzaron a surgir también las grandes corporaciones modernas. Los General Electric, Boeing o Coca-Cola que abrieron el camino a los actuales Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Tesla o Walmart. Hoy son sinónimo de capitalismo, pero también pueden ser las protagonistas de la transición hacia un nuevo sistema. 

En estos momentos concentran gran parte de la renta y riqueza mundial y, por lo tanto, gran parte del poder político –en el sentido amplio de la palabra– y social. Según Global Justice Now, 69 de las 100 economías más grandes del planeta son empresas. Las condiciones laborales y el Código Ético de Amazon pueden tener más relevancia que la Ley de Contratos del Trabajo de Estonia –el equivalente al Estatuto de los Trabajadores de España–, si consideramos el número de personas afectadas: 1,5 millones de empleados de Amazon, frente a 1,3 millones de habitantes de Estonia. En otras palabras, las corporaciones son las células del sistema capitalista y, si ellas cambian, el sistema cambia.

Con todos sus defectos y virtudes, y sus fracasos y sus logros, la denominada «sostenibilidad corporativa» ha sido, cuando menos, un elemento de disrupción que ha hecho que las empresas reflexionen sobre indicadores más allá de los estrictamente financieros. Su adopción no ha sido lineal ni ha estado exenta de tropiezos y marchas atrás. Pero, igual que el germen del PIB hay que buscarlo 300 años antes de su invención (en concreto, en las estimaciones de «Renta Nacional» de William Petty de 1665), posiblemente el origen de los indicadores del futuro sistema económico haya que buscarlos a finales de la década de los 1960. 

No es casualidad que coincida con la aparición de los primeros síntomas de agotamiento del sistema capitalista manifestados en la estanflación de los 70, las crisis energéticas, la desindustrialización y el crecimiento del desempleo, el aumento de la desigualdad social o los movimientos ecologistas. 

Desde entonces, cada nueva ola de sostenibilidad corporativa (figura 1) nos ha llevado a entender mejor los procesos de creación de valor e integrarlos en las estrategias y gestión de las empresas. 

Si confiamos en la senda que proyectan las cuatro primeras olas de la sostenibilidad corporativa, todo apunta a que el futuro estará marcado por unas corporaciones y empresas cuyos procesos de toma de decisiones tendrán necesariamente en cuenta (en el sentido cuantitativo y de gestión de la expresión) los impactos que ejercen sobre sus entornos, y los riesgos y oportunidades sociales y ambientales que sus entornos presentan sobre el negocio.

Algunos actores ya han comenzado a imaginar la empresa del futuro, como recoge el Value Balancing Playbook, desarrollado por un grupo de expertos internacionales procedentes de multinacionales, ONG, instituciones internacionales y consultoras. Los resultados apuntan a la importancia de los indicadores con los que guían la toma de decisiones.

Al igual que en la transición entre el mercantilismo y el capitalismo la balanza comercial pasó a formar parte del PIB, ahora toca dar el siguiente paso y que el retorno económico de las empresas se integre en un indicador de valor aún más amplio, que capture también aspectos sociales y ambientales, que posea una mayor orientación hacia la construcción social a largo plazo y que refleje más adecuadamente los efectos reales sobre el desarrollo de la sociedad, como las cuentas de impacto. 

En la práctica, estas cuentas de impacto, como pequeños instrumentos de contabilidad nacional de las células corporativas que componen la economía, potencialmente tienen la capacidad de corregir las carencias tradicionales de un indicador como el PIB, ya que implican ponerle un valor e integrar en los procesos de decisiones los bienes y servicios de no-mercado (externalidades, bienes comunes y todo aquello no sujeto al intercambio en un mercado formal).

Es legítimo querer salvar el modelo económico en el que nos encontramos. A esto los psicólogos lo llaman el fenómeno de «justificación del sistema» –teoría desarrollada por John Jost y Mahzarin Banaji–. Efectivamente, no se trata de matar el capitalismo, al igual que el capitalismo no mató el mercantilismo. Fue su evolución natural. 

El abogar por un sistema nuevo no debe interpretarse como un movimiento antisistema. Al contrario. Es la forma de preservar el orden social y, al mismo tiempo, evolucionar para mejorar la capacidad de la economía de ponerse a disposición del desarrollo humano. 

La medición de impacto no será perfecta pero, al menos, nos pone en la senda de una nueva evolución del sistema que nació hace 250 años de la tinta de la pluma de Adam Smith. Francisco Ortín y Alberto Muelas son investigadores sociales. Revista Ethic, junio 2026.


























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. HOLA, AYATOLÁ, POR NAYAT EL HACHMI. 9 DE JUNIO DE 2026








Ir en cercanías y que te pongan delante un vergonzoso cartel en el que se da la bienvenida al Papa en nombre de todos los catalanes. El tren va tarde, hace calor, hay pasajeros de pie sosteniendo todo el cansancio del mundo sobre sus hombros y encima hay que ver a gente bailando una sardana con el lema “Hola, Papa, benvingut Lleó XIV”. En otros carteles aparece Montserrat, un señor vestido de pastoret y un capgros. Ni en tiempos de Pujol nos habían folclorizado de una forma tan humillante. Qué decadencia, dios mío (aunque no existas), qué patética estampa. Y pagada con el sudor de la frente de esos trabajadores que se hacinan cada día en los trenes que no llegan. Todo para recibir al jefe de un Estado minúsculo cuyo poder está sobredimensionado gracias a la herencia franquista del Concordato y que ahora es faro moral de Occidente porque ha soltado un discursito que algunos parecen tomar por El manifiesto comunista. Si vamos a adular al primer teócrata que diga algo sensato de vez en cuando, preparémonos para rendirle la misma pleitesía a cualquier fanático que abra la boca.

Ese trato privilegiado que se le da al jefe del catolicismo (esa secta que solo se diferencia de las demás por estar arraigada desde hace siglos y por tener a mano todo tipo de recursos para afianzar su poder, ahora también el mediático) es una ignominia desde el punto de vista democrático. Recordemos que estamos en un Estado aconfesional que, por lo tanto, no puede tener ninguna preferencia por ninguna religión en particular y debería ser neutral en tal materia. Pero seguimos en la estela del nacionalcatolicismo y todo lo que dejó bien atado el antiguo régimen y por eso hay que parar el mundo cuando ese señor venga a pasearse con su vestido planchado por Barcelona y Madrid pagando nosotros hasta el traslado del papamóvil.

Si el Papa fuera un ayatolá venido de Irán a hacer una visita y fuera recibido como lo es León XIV tendríamos las calles llenas de manifestantes en contra. También organizaciones fundamentalistas como los Hermanos Musulmanes o los salafistas, incluso los talibanes dicen algo estupendo de vez en cuando. Si nuestros gobernantes quieren avalar y permitir la injerencia parasitaria de la Iglesia en el Estado que se preparen para que otras confesiones pidan lo mismo. Si de verdad es aconfesional no podrá negar el mismo trato preferente a ayatolás, rabinos, predicadores evangélicos y todo tipo de hombres que viven en ese delirio colectivo llamado religión y montan circos esperpénticos de rituales absurdos. Por no hablar de lo coherente que resulta declararse feminista y postrarse ante el Papa. Najat El Hachmi es escritora. El País, 5 de junio de 2026.

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MARTES, 9 DE JUNIO DE 2026

 























DEL ARCHIVO DEL BLOG. ¿ELPACTO EDUCATIVO, UNA EXCUSA PARA NO ASUMIR RESPONSABILIDADES?, POR BENITO ARRUÑADA. PUBLICADO EL 19 DE SEPTIEMBRE DE 2016

 





Los perceptibles e innegables fallos del sistema educativo español, de la enseñanza primaria a la universitaria, ¿son solo un problema de dinero?, ¿de organización o planificación?, ¿de formación deficiente del profesorado?, ¿de falta de alicientes? ¿O hay otras causas? ¿Tienen alguna responsabilidad en ese fallo estructural, si es que existe, los propios alumnos, sus familias, o la propia sociedad española en su conjunto? Para algunos expertos, el pacto educativo que las formaciones políticas están buscando podría ser la mejor forma de que nadie asuma la responsabilidad de su fracaso.

El pasado viernes apareció en El País un artículo del catedrático de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona Benito Arruñada, que me provocó un innegable desasosiego por la dura y explícita crítica que formula al sistema educativo español, del que entiende que falla sobre todo, no por falta de medios materiales como dinero o formación del profesorado, sino porque ni autoridades políticas, ni académicas, ni profesores, ni familias, ni alumnos tienen claro que se pretende con él ni para que sirve. 

Nuestro sistema educativo es imperfecto, dice al comienzo de su artículo, pero el pacto por la educación que se busca como panacea no va a atacar sus fallos estructurales, por el simple motivo de que estos responden a una demanda ciudadana que, en el fondo, concibe la educación más como consumo o disfrute que como inversión. Si estoy en lo cierto, el pacto aumentará el gasto educativo para tener un impacto dudoso en la formación de las futuras generaciones.

Pese a lo elevado del desempleo, añade, la queja de los empleadores sobre sus empleados más jóvenes no se centra tanto en su aptitud (que también), como en sus actitudes: en su escasa madurez y capacidad de dedicación, concentración y autocrítica. Es un caso extremo pero común e indicativo que lo primero que pida un recién contratado, sin pareja y que vive con sus padres, sea conocer la política de “conciliación” del bufete puntero al que acaba de incorporarse.

La explicación optimista, sigue diciendo, es que los jóvenes desean trabajar menos para así llevar una vida más tranquila. Sospecho, en cambio, que los jóvenes no son conscientes de las consecuencias de sus decisiones. Están sobrevalorando su potencial de ingresos e infravalorando el coste de satisfacer sus deseos. Toman por ello decisiones que pronto se revelan inconsistentes: eligen carreras y empleos en los que invierten menos de lo necesario para alcanzar el nivel de vida al que aspiran.

Lo hacen porque no han sido educados para posponer la gratificación, añade. Al menos, no en la medida en que lo exigen los empleos que les permitirían mantener el nivel de vida de sus padres. Esta incongruencia se confirma cada vez que un bachiller elige estudiar, digamos, Políticas; o cada vez que un recién licenciado actúa como si su formación hubiera concluido; o cuando opta por un empleo de poco esfuerzo y menos futuro.

Las causas y hasta la prevalencia de esta mala educación son, por supuesto, debatibles, añade conciliador. Una hipótesis, quizá simplista pero atendible, reposa, en última instancia, en que, tras desplomarse la natalidad, muchos jóvenes han disfrutado una posición de monopolistas emocionales. Como hijos y nietos únicos, a menudo tardíos, han disfrutado de un enorme poder negociador.

La fuerza de los niños, continúa diciendo, y la debilidad de los padres favorecen un “equilibrio” de normas sociales de alta permisividad y consumismo juvenil; normas que probablemente han sido arropadas, que no causadas, por las falacias pedagógicas de los años sesenta, consagradas ya en la Ley General de Educación de 1970. (Sí, mucho antes de la LOGSE). Me refiero a falacias como la visión negativa de todo castigo y competencia; la necesidad de contener el esfuerzo y educar en el disfrute; la marginación del ejercicio de la memoria y el sacrificio; el énfasis en que la responsabilidad es principalmente social y, por tanto, ajena; y la supresión de reválidas y cursos selectivos.

Normas y falacias que, por cierto, dice, aún cautivan a nuestro establishment pedagógico, a juzgar por la propuesta de suprimir los deberes, las reformas que hacen aún más blando el bachillerato, el engaño de enseñar supuestas “competencias” en vez de conocimiento, o la resistencia a permitir a los centros concertados organizarse en libertad.

Normas y falacias, sigue diciendo, que también favorecen mitos exculpatorios tan corrosivos como el de la “generación mejor preparada”; y que generan gregarismo: muchos padres, ante las dificultades que encuentran para educar a sus hijos como hubieran deseado, modifican sus valores para reducir así la disonancia con respecto a sus acciones. Por muy reales que sean, los fallos del sistema educativo representan un similar papel exculpatorio.

Llovía sobre mojado, por la fuerza que tiene en España, pese al descenso en la práctica religiosa e incluso en medios ateos que se creen progresistas, la cultura católica tradicional. Me refiero, añade, a aquella que antepone las relaciones personales a las impersonales; en especial, la protección de familia y amigos a todo imperativo social de mayor alcance. El control efectivo de la natalidad ha sido más disruptivo de las normas sociales en sociedades que, como la nuestra, son en este sentido tan culturalmente católicas. El debate sobre los niños mimados se inicia en los años ochenta del siglo pasado en Italia, un país que es aún más católico que el nuestro.

Ese trasfondo cultural, dice a continuación, también ayuda a explicar la disposición a sostener un ingente flujo de transferencias intrafamiliares. Más que Estado benefactor tenemos aquí familias benefactoras; con similar destrucción de los incentivos para invertir y producir. Quizá no sea casual que el personaje familiar más denostado haya dejado últimamente de ser la suegra, para serlo el cuñado. Un cambio natural, pues este último es ahora el principal competidor por las rentas familiares que, a menudo, es la propia suegra quien distribuye entre hijos, yernos y concuñados.

Lógico por todo ello, añade, que en las últimas décadas hayamos anticipado en versión XL dos tendencias que en otros países solo están apareciendo al envejecer los millennials: la de los “niños trofeo” y la “generación bumerán”. Por un lado, padres y profesores hemos premiado el rendimiento de hijos y alumnos, no ya cuando alcanzaban un rendimiento estándar, sino incluso cuando este era mediocre. También hemos desprestigiado el esfuerzo y la competitividad, al fomentar el igualitarismo en la recompensa. En 2016, el porcentaje de estudiantes que superó las pruebas de Selectividad fue del 97%, y eso tras sonoras quejas por lo duro de algunos exámenes.

Como mucho, asevera el profesor Arruñada, los jóvenes mejor educados lo han sido en que basta con esforzarse. Se asombran al ser evaluados en función de sus resultados. Es común que el graduado recién contratado rompa a llorar al recibir la primera censura de su jefe. Nadie le ha enseñado a asumir la crítica hacia su trabajo. Muchos incluso están acostumbrados a que las reglas sean flexibles y su incumplimiento negociable, cuando no evitable con solo pedir perdón. Da el tono aquella madre que hace meses regañaba a una anciana porque esta, malherida, se quejaba de que su hijo la había atropellado con el patinete: “Señora, no se queje. ¿No ve que el niño ya le ha pedido perdón?”.

Por otro lado, continúa diciendo, tenemos también la versión límite de la generación bumerán: si en EE UU algunos hijos retornan a casa tras la universidad, muchos en España nunca la abandonan. El asunto alcanza tintes cómicos cuando, tras empezar a trabajar, alguno de estos jóvenes sigue viviendo con sus padres sin contribuir al presupuesto familiar ni realizar tarea doméstica alguna.

Ojalá haya aquí exceso de pesimismo; pero, concluye su artículo, en la medida en que esta hipótesis de mala educación familiar se ajuste a la realidad, es probable que las reformas educativas consensuables no solo se queden en la superficie, sino que escondan e incluso magnifiquen el problema. Por supuesto que otras reformas sí podrían restaurar un equilibrio social productivo, aquel en el que la educación fuera inversión y dejara de ser solo consumo. No obstante, ¿cree usted que es ese el verdadero deseo de la mayoría de padres? 

Como contrapunto a lo expuesto por el profesor Arruñada, El País de hoy, en su sección de Formación, publica una interesante entrevista con el profesor Sugata Mitra de la Universidad de Newcastle, Gran Bretaña, cuyos métodos educativos se imparten en una cincuenta de países, en la que defiende una opción educativa diferente. 

Con una idea tan simple como poner a un grupo de estudiantes a trabajar con un solo ordenador y sin un profesor como supervisor, Sugata Mitra (1952, Calcuta) ganó en 2013 el TED Prize. Consiguió así la atención mediática de todo el mundo y un millón de dólares para poner en marcha su proyecto SOLE (siglas en inglés de Self Organised Learning Environments), en español, entornos de aprendizaje auto organizados, que hoy emplean colegios de 50 países. La charla Construyendo una escuela en la nube, que suma más de 2,6 millones de visitas, fue considerada por TED -organización nacida en 1984 en Estados Unidos para promover la tecnología, educación y diseño- como la más inspiradora del año y con mayor potencial de cambio.

En su conferencia de 20 minutos, este ingeniero, que trabaja como profesor en la Universidad de Newcastle, critica el actual sistema educativo. Cree que se basa en un modelo que se diseñó hace 300 años, en la era de los imperios, cuando los gobiernos formaban ciudadanos idénticos para que funcionasen en cualquier punta del planeta.

Para él, la revolución educativa pasa por acabar con los programas académicos para situar Internet en el centro del aprendizaje. También aboga por el fin de los exámenes como instrumento de evaluación. Simplemente porque “la época de las trincheras ha terminado y los estudiantes ya no necesitan aprender con la amenaza y el miedo como una constante”.

A la pregunta si los exámenes ya no son útiles porque no permiten a los estudiantes pensar con claridad, responde que tiene la evidencia científica que ha aportado la neurociencia. En el centro de nuestro cerebro se encuentra lo que llamamos el cerebro reptiliano y su función es decidir en cada momento si luchar o volar -escapar ante una situación-. Aunque no somos conscientes, está continuamente evaluando y cuando siente una amenaza apaga otras partes del cerebro como la corteza prefrontal, que juega un papel primordial en la coordinación de pensamientos. Los exámenes son percibidos como una amenaza y, por tanto, la creatividad se bloquea. Si le preguntas a un estudiante qué le pide el cuerpo durante un examen, su respuesta será salir corriendo. El estrés le lleva a pensar que no es el momento para las grandes ideas.

A la pregunta sobre cuándo comenzó a interesarle la educación, responde que no fue algo premeditado. Me encargaba de diseñar programas formativos, dice, pero al final acabé haciendo lo contrario: demostrar que la tecnología se puede aprender de forma autodidacta. En los noventa éramos pocos los que teníamos ordenador en casa y un día comenté con un grupo de amigos la facilidad con la que nuestros hijos los manejaban sin apenas directrices. A modo de experimento, se me ocurrió incrustar un ordenador en un muro de un barrio pobre de Nueva Delhi para analizar la reacción de los niños. Ocho horas más tarde, estaban navegando por la Red y enseñando a otros a hacerlo. Esos niños nunca habían ido a la escuela y no sabían inglés. Repliqué la misma prueba en zonas remotas de la India y gracias al apoyo económico del Banco Mundial llevé a cabo la primera ivestigación en 2002. El gran descubrimiento: un grupo de niños sin ningún supervisor y con acceso a Internet pueden aprender en nueve meses a manejar un ordenador como cualquier secretario de occidente.

Más adelante le preguntan que cómo aplicó ese descubrimiento a las aulas. Su respuesta es que años más tarde, la Universidad de Newcastle le llamó para llevar el experimento a los colegios de la India. Ahí descubrimos, dice, que sucedía lo mismo con las matemáticas, la física o el arte; los niños aprendían sin las lecciones del profesor, solo trabajando en grupos con un ordenador conectado a Internet. La única guía que recibían era una gran pregunta que debían contestar. ¿Por qué llueve? Una profesora de un colegio británico contactó conmigo para llevar el sistema en su centro. Cuando lo probaron, los docentes decían que lo imposible estaba pasando; los chicos aprendían sin una enseñanza dirigida. No hablaban de ventajas o desventajas, solo de que se podía hacer. En los países desarrollados, SOLE acaba con la rigidez del sistema, ayuda a abrir la mente.

Respecto a la pregunta sobre qué novedad representa su metodología con respecto a otros modelos de aprendizaje colaborativo, como, por ejemplo, el planteado por los hermanos estadounidense Roger y David Johnson en los sesenta, responde que ya se hablaba de aprendizaje autodirigido en los años 20. Un caso conocido, añade, es el del cura jesuita que puso en marcha un sistema en la India en el que estudiantes de cursos superiores enseñaban a los más pequeños. ¿Cuál es la diferencia? Internet. Mi investigación habla de otra forma en la que los niños pueden aprender, un método más rápido e igual de eficiente.

Ante la pregunta de que han surgido muchas voces críticas con su proyecto SOLE, y que le han acusado de falta de evidencias científicas que prueben que realmente funciona, su respuesta es que resulta muy difícil definir qué es funcionar bien cuando ya se está planteando cambiar el modo en que evaluamos. La realidad, continúa diciendo, es que hay más de 1.000 SOLE por el mundo, grupos de niños conectados a Internet y aprendiendo en grupos. La mejor evidencia del éxito del modelo son los datos que hemos recopilado de Twitter: más de 10.000 profesores están hablando de SOLE. Cuando les pregunto a los críticos si han leído mis investigaciones, la respuesta suele ser negativa. Son 15 publicaciones en los últimos 17 años en revistas científicas como British Journal of Educational Technology o American Educational Research Association. Los papers muestran que el aprendizaje de los niños es exponencial, siempre suben de nivel, o que mejora su nivel de inglés, entre otros muchos aspectos. Este año quiero poner en marcha un equipo de investgación en la Universidad de Newcastle para medir el impacto de este aprendizaje.

Respecto al papel que juegan los profesores en SOLE responde que su trabajo no tiene que ser enseñar, sino dejar que los niños aprendan. Tienen que quitar el foco de ellos mismos, perder el protagonismo, añade. Su función es plantear las preguntas adecuadas, incluso si no conocen la respuesta. Ahí es donde se produce el aprendizaje. No tienen que decir a sus alumnos “yo tengo la respuesta”, sino “esto es lo que habéis encontrado”.

¿Cómo están reaccionando los gobiernos de los diferentes continentes ante su modelo de aprendizaje?, le preguntan más adelante. Con la excepción de los países escandinavos, dice, que tienen la habilidad de cambiar, la mayoría de gobiernos, especialmente aquellos que tuvieron grandes imperios como Reino Unido o India, no saben cómo avanzar y son incapaces de cambiar. Los burócratas entienden lo que propongo, pero me han llegado a decir que mientras ellos vivan, el cambio de paradigma no se producirá. Los libros de texto son una industria que mueve trillones de dólares, es imposible retirarlos. Su máxima es mantener las cosas como están para conservar su trabajo.

¿Cómo cree que se debe medir el conocimiento? le preguntan más adelante. Hay que cambiar la norma de lo que hay que evaluar, responde. Creo que la clave está en analizar la creatividad de cada uno, y con las herramientas que tenemos ahora no se puede. No estoy seguro de si necesitamos la evaluación individual o basta con la del grupo. Ahora el mundo funciona con sinergias. La virtud que se valorará en pocos años será la de ser capaz de hacerse preguntas continuamente y tener la habilidad de contestarlas.

Al final de la entrevista le preguntan que cómo lleva lo de ser un gurú mundial de la educación. Su respuesta es que si lo es, es por accidente. No tengo ninguna habilidad especial para conseguir cambios sociales, dice, y tampoco es mi objetivo. Solo quiero ayudar a los niños a encajar en un escenario en el que todas las reglas serán distintas a las de ahora. En 20 o 30 años, los robots controlarán el mercado laboral y solo sobrevivirán los que sepan construir o inventar. Los llamados makers.




















DEL POEMA DE CADA DÍA. MORADA, POR CARMEN YÁNEZ. 9 DE JUNIO DE 2026

 






MORADA



Se han ido todos;

el bosque con su música de abetos,

los hombres cargando sus sombras

y sus perros.


Y eran de sueño los prismas de colores

que dejaban tras de sí.


Se han ido todos.


Yo me quedo

con un mínimo candil

entre las manos.


De vez en cuando

soy el árbol

que apuesta sus raíces

a la tierra.



CARMEN YÁNEZ (1952 )

poetisa chilena



***



Carmen Yánez nacida en Santiago en 1952, es una de las poetas chilenas más sobresalientes en la actualidad. Su poesía tiene una dulzura estremecedora que invita a la contemplación y fascina a todo aquel que haya nacido con cierta tendencia instintiva hacia la belleza.















DEL ASUNTO DEL DÍA. LA PAZ DEL PERRO, POR LEONARDO PADURA. 9 DE JUNIO DE 2026

 







1. Todo parece indicar que el novelista chino Feng Menlong, que vivió entre 1574 y 1646, en los años finales de la dinastía Ming, fue el autor de una frase que ha tenido el éxito de la trascendencia gracias a su sutil sabiduría oriental: “Mejor ser un perro en tiempos de paz que una persona en tiempos de caos”, escribió el neoconfuciano y su máxima, por resultar en tantas ocasiones verificable, ha tenido luego diversas variantes, de difícil atribución en su autoría, aunque expresan una misma verdad: “Sálvenos Dios de vivir momentos históricos”.

Todos sabemos, con plena conciencia de ello desde finales del siglo XVIII, que los hombres vivimos en la Historia, y que si algunos individuos son motores de las alteraciones de esa avasallante maquinaria, otros muchos apenas resultan ser figurantes, simples objetos de las convulsiones de los acontecimientos —“tiempos de caos”—, aunque no por ello se libran de sus efectos.

La certeza de tener no solo conciencia, sino la persistente y repetida constatación de que se viven momentos, procesos, coyunturas trascendentes, que afectan o inciden en cada situación de las vidas individuales de una comunidad en un período más prolongado, es la razón por la que un personaje de mis novelas define ese sentimiento como “cansancio histórico”, confrontándolo con la posibilidad de vivir en algún margen apacible y hasta anodino, quizás gratificados con la paz del dichoso perro de Feng Menglong.

2. Desde hace décadas, los cubanos vivimos en coyunturas históricas. El discurso oficial se ha encargado de recordárnoslo cuando, con justificada o voluntariosa insistencia, nos ha advertido de que los acontecimientos en curso tienen carácter histórico. Y lo mismo puede ser una crisis —proceso que ya nos resulta tan familiar que hemos olvidado cómo sería no estar atravesando alguna— que un congreso, un evento deportivo o una zafra azucarera. Todo se ha vuelto histórico, hasta el hartazgo.

Imbuido por tanta historicidad, que puede ser incluso real, en algún momento dije que me gustaría vivir en un país menos histórico y más normal. Para mi sorpresa, con la expresión de ese deseo personal desaté la furia de ciertos defensores a ultranza del sistema político cubano que me acusaron de pretender que mi país viviera la normalidad de ciertas sociedades asoladas por las desigualdades y la pobreza, pues inferían que esa era mi percepción de la normalidad en contraposición con la historicidad —no sé si es válido llamarla así— que vivía mi país. Incluso cuestionaron mi derecho a hablar de mi contexto si era para cuestiones como añorar normalidad.

3. Hoy, ahora mismo, Cuba vive un indudable y muy dramático momento histórico. Una serie de procesos de carácter doméstico y una asfixiante presión foránea han puesto a la sociedad cubana en una encrucijada que no solo afecta el presente de sus ciudadanos, sino que debe —y todo parece indicar que lo hará— definir el carácter futuro de esa sociedad. Historia e incertidumbre en ebullición.

Por un lado, han alimentado esta dramática situación las propias ineficiencias económicas y el inmovilismo político del sistema cubano, que, reacio a realizar transformaciones más profundas del modelo sociopolítico y económico, ha propiciado que se hayan hecho mucho más manifiestas las necesidades de cambios estructurales para intentar superar una crisis que se arrastra por tres décadas y que, en los últimos años, ha entrado en su fase más álgida. Una crisis que ha propiciado la desigualdad mientras ha empobrecido a gran parte de la población, que sufre el deterioro de sus niveles de vida mientras padece, entre otros avatares, de interminables apagones o falta de medicamentos. Una crisis que ha provocado un éxodo masivo que sobrepasa 1.200.000 personas y puede estar cerca de los dos millones de cubanos sumados a la diáspora. La misma crisis que ha permitido el deterioro creciente de infraestructuras y, entre otras cuestiones muy sensibles, ha generado la acumulación callejera de desperdicios, con todas las consecuencias urbanísticas y sanitarias que algo así puede propiciar.

Del otro lado, está el peso enorme del casi eterno bloqueo comercial y financiero estadounidense, establecido en 1962 por la presidencia de Kennedy, recrudecido en la década de 1990 con las leyes Torricelli y Helms-Burton que incluso lo internacionalizaron, y más recientemente convertido en estrategia de asfixia por el Gobierno de Trump y su política de “máxima presión” que ha tenido múltiples modos de ejercitarse hasta llegar al establecimiento del actual bloqueo energético, que impide a la isla recibir el combustible que, si fuera posible adquirirlo, podría hacer menos catastrófica la crisis en marcha y ascenso.

4. Recordemos algo… Hace 10 años, en La Habana se celebraba un concierto de los Rolling Stones, se recibía la visita del presidente Obama, la casa Chanel realizaba un desfile, mientras por el Malecón habanero corrían los autos de un episodio de Fast & Furious. Ahora nos parece que algo así ocurrió en otra era histórica.

5. Cuba vivió un momento histórico en los años finales del siglo XIX cuando ya parecía inminente la victoria del Ejército Libertador en su guerra contra la metrópoli española. Se produjo entonces, en 1898, la entrada del ejército estadounidense en la contienda. El pretexto esgrimido fue la voladura, en el puerto de La Habana, del acorazado USS Maine de la Armada de ese país.

La llamada Guerra Hispano-cubano-norteamericana se selló con la aplastante derrota de un agotado ejército español y una ocupación estadounidense del territorio cubano, que sería regido por un gobernador militar enviado por Washington y que solo abandonó la isla cuando se proclamó el nacimiento de la República, en 1902. Pero el nuevo Estado nacía con la humillante existencia de una enmienda constitucional, promovida por el senador Orville Platt, que, entre sus cláusulas, contemplaba que Estados Unidos se reservaba el derecho de intervenir militarmente en la isla para proteger la independencia cubana y, sobre todo, para preservar los intereses de los ciudadanos y empresas del Norte establecidos en Cuba. Y en 1906 ejercieron ese derecho con una nueva intervención que colocó al frente del Gobierno a otro interventor militar.

Solo en 1934, cuando ya no parecía tan necesaria, fue derogada esa onerosa enmienda constitucional.

6. Lo que pone más dramatismo al momento histórico actual y la causa que genera la más nerviosa incertidumbre sobre un futuro que puede ser inmediato es la actitud política del Gobierno estadounidense respecto a su relación con la isla, manifestada en repetidas ocasiones.

Qué podrá ocurrir en las próximas semanas, quizás en los próximos días, es una muy dramática interrogación. Qué reformas o cambios está dispuesto a hacer el Gobierno cubano, que insiste en preservar la potestad de decidir soberanamente los destinos del país, es otra interrogación. Y, como añadido, ¿hay en curso alguna solución para superar esta apabullante crisis?

Como he dicho en otras ocasiones, Cuba necesita cambios. Económicos, sociales, políticos. Pero no porque Estados Unidos, con su postura abiertamente imperialista, tan alarmantemente parecida a la de 1898 —esos rizos de la Historia—, obligue a hacerlos, con la amenaza o incluso el uso de la fuerza militar, como puede ocurrir en este momento histórico. Cuba precisa de cambios porque los cubanos los necesitan, entre otras razones, para evitar el caos social y aliviar las paupérrimas condiciones de vida de muchos de sus ciudadanos.

Ojalá una cordura, que de momento parece tan esquiva, un diálogo político que supere los fundamentalismos de parte y parte, unas soluciones que eviten el caos que puede provocarse con decisiones drásticas impidan que se manifieste la furia de las armas y salve a mi país del panorama que sin duda se vislumbra en el horizonte.

Y que en lugar del caos, tengamos la normalidad de quedar un poco al margen de la agotadora Historia y, quizás, hasta con el beneficio de la paz del dichoso perro chino. Leonardo Padura es escritor. 7 de junio de 2026.