DESDE EL TRÓPICO DE CÁNCER (20 ANIVERSARIO)
El blog de HArendt (2006-2026) Pensar para comprender, comprender para actuar
viernes, 11 de septiembre de 2026
DEL ARCHIVO DEL BLOG. LAS PIONERAS, POR ANNA CABALLÉ. PUBLICADO EL 29 DE AGOSTO DE 2018
La cultura española no se lo puso fácil a las primeras literatas. Pronto comprendieron que su tiempo no había llegado, pero ejercieron de formidables quitanieves luchando por abrirse camino en medio de una cerrada misoginia, comenta en El País Anna Caballé Masforroll, escritora y crítica literaria, que el próximo septiembre publica en Taurus su libro Concepción Arenal. La caminante y su sombra.
Caballé comienza su artículo contando lo que Rüdiger Safranski dice en su libro sobre la amistad entre Goethe y Schiller: que cuando Madame de Staël anunció al primero su próxima visita a Weimar, prevista para las Navidades de 1803, con el propósito de conocer al gran hombre, Goethe corrió consternado a casa de Schiller: ¿qué pretendía aquella notable mujer con su visita? Los dos amigos experimentarían un gran alivio cuando se fue, tres meses después de su llegada. Germaine Staël tampoco se mostró muy entusiasta de sus conversaciones con los dos grandes poetas alemanes: no encontró en Weimar ninguna de las cosas que le interesaban: algo de amor, poder o el brillo de la gran ciudad. Sin embargo, con aquella y otras visitas al país germano armaría un gran libro, De l’Allemagne, decisivo en el conocimiento y la admiración de franceses y españoles por la nueva cultura germánica. Interesa subrayar aquí el estupor de Goethe: ¿quién quería sostener una conversación intelectual con una mujer, fuera de París, donde las mujeres sí lograron abrir durante la Ilustración un espacio de cultura maravilloso gracias a sus preciados salones? Mary Wollstonecraft se había hecho eco ya de los cambios que se avecinaban en su ensayo Vindicación de los derechos de la mujer, analizado recientemente por Charlotte Gordon en una biografía donde se considera aquella figura excepcional en relación a su hija, Mary Shelley.
Desde luego, la cultura española no se lo puso fácil a las primeras literatas que creyeron en los nuevos ideales que inflamaron el romanticismo, a excepción de Juan Eugenio Hartzenbusch, su principal apoyo. Hartzenbusch, el hombre que amaba a las mujeres. Muy pronto, aquellas pioneras comprenderían que su tiempo no había llegado, pero, en todo caso, ejercieron de formidables quitanieves luchando por abrirse camino con sus obras en medio de una cerrada misoginia. A la que firmaría más adelante con el seudónimo de Fernán Caballero, su padre, el influyente Nicolás Böhl de Faber, furioso con las ideas defendidas por Wollstonecraft, le escribió: “El día que quemes sus Rights of Women será para mí un gran día”. Y es que su joven hija Cecilia, deseosa de recibir la bendición paterna, le había consultado qué opinaba sobre el ensayo que tanto citaba y admiraba su madre, la también literata gaditana Francisca Larrea. Para el cónsul alemán, el libro no podía ser más dañino: “La esfera intelectual no se ha hecho para las mujeres. Dios ha querido que el amor y el sentimiento sean su elemento. Cuando Ícaro se acercó demasiado al sol, cayó al agua, y lo mismo sucedió a madame Wollstonecraft. ¿Por qué son desgraciadas todas las mujeres sabias? ¿Por qué se las detesta? ¿Por qué se las ridiculiza, por lo menos?”. La forma de reaccionar a esa hostilidad generalizada que solo la tenacidad del feminismo ha conseguido disolver, al menos en amplios sectores de la sociedad, determinaría la trayectoria de cada literata. En general, limitaron su talento para evitar choques, se recluyeron en el misticismo o bien aceptaron una masculinización impuesta que las sumía en la mayor confusión sobre sí mismas. Cuando Nicasio Gallego subrayó el “varonil vigor” de la literatura de Gertrudis Gómez de Avellaneda, ella respondería expresando sus dudas: “Yo no lo sé, creo que ningún hombre ve ciertas cosas como yo las veo, pero no niego que nunca descollé por cualidades femeninas”. Se entiende que las cualidades en las que estaba pensando eran el gusto por el hogar o las labores de aguja, pues la maternidad, aunque fugaz, sí fue intensamente vivida por la novelista cubana.
El caso más interesante en el conflicto que se plantea en el siglo XIX entre razón (hombre) y naturaleza (mujer) es el que ofrece Concepción Arenal, la pensadora (declino la palabra también en masculino) más importante del siglo XIX. Para poder abrirse camino intelectualmente se deshizo de corsés y crinolinas adoptando una cómoda indumentaria masculina en su juventud que le permitió acceder, mal que bien, a las aulas universitarias y trabar sólidas amistades. Sus ensayos sobre la moralidad pública, la necesidad de una sociedad civil concebida como contrapoder, el derecho de gentes o la urgencia de una reforma penitenciaria mostraban a las claras una inteligencia brillante, dominada por la lucidez. Sin embargo, su influencia sería mínima y no se contó con ella cuando tímidamente se abordaron las primeras reformas en el mundo penal. Vestirse de hombre no era suficiente, solo incrementaba su excentricidad y que la señalaran con el dedo. Arenal adoptó un aspecto que transmitía una gran severidad, pero era solo un escudo protector ante la maledicencia. Por ello defendió el derecho de las mujeres a intervenir activamente en la sociedad: “¿Cómo una mujer ha de ser empleada de aduanas? Solo pensarlo da risa. Pero una mujer puede ser jefe del Estado”. Era su razonamiento, porque no hay lógica que justifique tan absurdo criterio: una mujer puede ser madre de Dios, pero no puede dedicar su vida al sacerdocio. Tampoco le servirían de mucho los dos ensayos. En su tiempo se aceptó que su extraña vocación por la filosofía era fruto de una inteligencia masculina en un cuerpo de mujer, y así lo repetía la prensa una y otra vez, escribiendo con asombro sobre su talento viril, y desentendiéndose al mismo tiempo de la fuerza de sus ideas. La soledad moral de Arenal iría en aumento hasta darse casi por vencida en los últimos años. Casi, porque siguió trabajando y publicando hasta el final. Una vez desaparecida, de su política del espíritu, destinada a despertar a las élites liberales, no han quedado más que un par de frases. Pero sus correspondencias con el pensamiento de Martha Nussbaum son asombrosas: ambos se fundan en la empatía (que Arenal llamaba compasión) y tiene que ver con la idea de que es posible conectar con los otros, por diferentes que sean. No solo es posible, es un deber ético el intentarlo, y con ello se fomenta una cultura cívica y verdaderamente democrática. De ahí su frase, inspirada en el Tartufo de Molière, “odia el delito y compadece al delincuente”.
Es posible que ahora, en plena reescritura de la tradición cultural, se vea con un cierto hartazgo la presencia femenina, pero está respondiendo a la necesidad de romper con un orden —intelectual, científico, artístico, moral y económico— que ignoraba a la mujer como albergue del logos (la expresión es de María Zambrano, vista por los poetas de su generación como una pedante insufrible). Piénsese en lo que puede ocurrir si a una niña le destruimos su voluntad, sus propósitos, sus preferencias y aficiones cuando no se ajusten a un modelo determinado. Si le negamos su derecho a saber y minimizamos su talento, exigiéndole, además, que su físico sea el que nos conviene a nosotros. ¿Qué obtendríamos de toda esa presión? Pensar en ella ayuda a comprender de dónde venimos.
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, MAÑANA, DE CESARE PAVESE (1908-1950)
MAÑANA
La ventana entornada recuadra un rostro
sobre el campo del mar. Los lindos cabellos
acompañan el tierno ritmo del mar.
No hay recuerdos en este rostro.
Sólo una sombra huidiza, como de nubes.
La sombra es húmeda y dulce como la arena
de una intacta caverna, bajo el crepúsculo.
No hay recuerdos. Sólo un susurro
que es la voz del mar convertida en recuerdo.
En el crepúsculo, el agua mullida del alba,
que se impregna de luz, alumbra el rostro.
Cada día es un milagro intemporal,
bajo el sol: lo impregnan una luz salobre
y un sabor a vívido marisco.
No existe recuerdo en este rostro.
No hay palabra que lo contenga
o vincule con cosas pasadas. Ayer,
se desvaneció de la angosta ventana,
tal como se desvanecerá dentro de poco, sin tristeza
ni humanas palabras, sobre el campo del mar.
CESARE PAVESE (1908-1950)
poeta italiano
***
Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 9 de septiembre de 1908 - Turín, 27 de agosto de 1950) fue un escritor, traductor, crítico literario y ensayista italiano. A menudo se le considera uno de los escritores italianos más influyentes de su tiempo. La traducción de las obras de Pavese al castellano comenzó pocos años después de su muerte, sobre todo porque el interés por la literatura italiana contemporánea creció en Europa y América Latina durante las décadas de 1950 y 1960, lo que favoreció la aparición de las primeras traducciones. Por esta razón, estas publicaciones surgieron primero en Argentina y otros países latinoamericanos, donde el mercado editorial estaba más abierto a la literatura europea moderna que en la España franquista. La recepción de Pavese se vio favorecida por varios factores: su prestigio literario en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, la afinidad temática de su obra con el existencialismo y la introspección psicológica de la literatura de posguerra, y el interés de poetas y narradores hispánicos que actuaron como mediadores culturales mediante traducciones, prólogos y estudios críticos. En el ámbito hispánico Pavese ha sido leído principalmente como un escritor de la experiencia interior y del retorno a los orígenes. Sus novelas ambientadas en el Piemonte rural y sus reflexiones sobre la soledad y el destino humano han sido interpretadas como una síntesis entre la narrativa realista y la exploración existencial, lo que ha contribuido a su permanencia en el canon de la literatura europea traducida al castellano.
DEL ASUNTO DEL DÍA. EL MUNDO DE AYER, POR MARGARYTA YAKOBENKO. 11 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Al cruzar la cerca de metal verde, te adentras en un mundo de sombras. Las parras trepadoras que se plantaron un día que ya nadie recuerda han logrado tapar del sol la entrada a ese patio en el que antes cabían hasta dos coches que llegaban repletos de primos, maletas, cajas con tomates y sandías compradas en el arcén, a medio camino. Si sigues caminando, el patio se ensancha. Sus únicas fronteras, que lo separan del huerto, son unos muros encalados de un grosor vetusto que mantiene la casa fresca en verano y templada en invierno, cuando afuera el termómetro baja a menos 20, y la nieve impide abrir la puerta.
En medio del patio hay un pozo con la tapa verde. Sobre el pozo, un nogal gigante arroja una sombra olorosa. Si se levanta un poco de viento, sus hojas se mueven como si en realidad hubiera un vendaval, su tronco cruje. Hay que hacer algo con ese nogal, diría un tío, un abuelo, si en este momento estuviera viéndolo. Hay que pintar el pozo de azul. Volver a encalar los muros. Reparar la ventana de la veranda en la que se cena las noches de agosto en las que empieza a refrescar. Hay que preparar la casa porque luego vendrán los nietos, los hijos, los yernos y las nueras, y el patio se llenará de ruido, de cochecitos de plástico y pelotas, de hamacas colgadas entre el peral y el cerezo. De rodillas bañadas en Betadine porque a alguien se le ocurrió subirse al albaricoque y luego le dio miedo bajar.
Pero este año no vendrá nadie a la casa de muros centenarios. Nadie correrá alrededor del pozo. No habrá coches en el patio debajo de los racimos de uvas que ahora solo se comen las avispas. Este verano, y ya van cinco, la casa seguirá triste y vacía. Y mientras el nogal proyecta una sombra ahora estéril, el sonido del movimiento de sus ramas se ahoga con los proyectiles que impactan sobre la tierra, sobre las casas, sobre centrales eléctricas, sobre la gente. Los campos ya no reciben semillas, ahora solo se preñan de metralla.
El desarraigo es un duelo eterno. Intentamos preservar los recuerdos, la infancia, la casa de los abuelos, en bolas de cristal que envolvemos en mantas esperando protegerlas, sabiendo que un día también ese artefacto frágil se romperá. Hoy se cumplen 1.647 días del comienzo de la guerra en Ucrania y no te acostumbras, solo asumes que lo único seguro en la vida es que no se puede dar nada por sentado. Y, a partir de ahí, intentas vivir. A veces en el día de hoy. La mayor parte del tiempo, en el mundo de ayer. Margaryta Yakovenko es periodista y escritora, antes de llegar a EL PAÍS fue editora en la revista PlayGround y redactora en El Periódico de Cataluña y La Opinión de Murcia. Graduada en Periodismo y máster en Periodismo Político Internacional. Es autora de la novela 'Desencajada' y varios relatos. Su último libro es 'Ocupación' (2026).
jueves, 10 de septiembre de 2026
GAU ON, ATASEDEN GOZOA ETA AMETS GOZOAK. 2026KO IARAILAREN 10EAN
Kaixo berriro ere, lagunok. Gau on, amets gozoak eta atseden zoriontsua guztioi ostegun gau honetan, 2026ko irailaren 10ean. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisitaz gozatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Patu onbera zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. HArendt
ENTRADA NÚM. 11409
DE LA TARDE QUE CAE. ARRIBA A LA DERECHA, POR DANIEL INNERARITY. 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Las categorías de la izquierda y la derecha son más rígidas que las realidades que quieren explicar; solo nos servirán para entender la realidad si las manejamos de un modo que permita configuraciones inéditas, coincidencias y desacuerdos nuevos. Uno puede seguir sosteniendo que los pobres votan a la izquierda y las élites a la derecha y, al comprobar que la sociología no le da del todo la razón, indignarse porque unos voten torpemente contra sus intereses y otros manipulen tan astutamente. ¿Qué tal si comenzamos por entender bien la realidad, aunque esto nos genere la incomodidad de tener que modificar el observatorio desde el que la miramos?
Se han reconfigurado las líneas de la disputa política, que ya no se comprende o explica bien con los conceptos habituales, por ejemplo, el conflicto entre una clase trabajadora de izquierdas y una burguesía de derechas, entre trabajo y capital, Estado y mercado. Ahora tenemos, además, unos conflictos que denominamos culturales y que enfrentan a quienes perciben la pérdida de los límites nacionales como una amenaza a sus intereses políticos o a su identidad y a esa élite formada que se beneficia económicamente de una globalización que multiplica sus opciones vitales.
Un tópico para explicar el actual malestar insiste en que se trata de una revuelta de los llamados “perdedores de la globalización”, sin que termine de estar claro de qué tipo de perdedores estaríamos hablando y cómo explicamos su sintonía con cierta parte de las élites. ¿Cómo entender esa curiosa alianza entre una parte de los de arriba y una parte de los de abajo en Estados Unidos, aunque solo sea porque para Donald Trump no hay nada peor que ser un perdedor? Mi interpretación es que los votantes de partidos de extrema derecha no proceden significativamente de medios desfavorecidos. Muchos de ellos no son quienes han perdido económicamente, sino quienes tienen más miedo a perder; están más preocupados por la condición económica general que por su situación personal. El populismo de derechas no es una reacción de las clases populares que se entienden perjudicadas por la liberalización, sino el proyecto de una parte de las clases dominantes. En todo caso serían los perdedores de la “sociedad del conocimiento”: la brecha cultural entre los sectores altamente cualificados, que trabajan en entornos laborales interpersonales (y tienen una visión liberal de la comunidad), y los sectores poco cualificados, que se dedican a tareas orientadas a objetos (y tienen una visión autoritaria de la comunidad).
Tampoco se explica el nuevo populismo por la revuelta de los trabajadores blancos. El hecho de que Trump haya sido votado en una cantidad significativa por asiáticos, hispanos y negros apunta a un “realineamiento étnico”. El Partido Republicano se parece cada vez más a una coalición multiétnica, mientras el Partido Demócrata se reduce progresivamente a ser el partido de los empleados en las grandes ciudades gentrificadas y blancas, una tendencia que tal vez se esté revirtiendo con los nuevos candidatos victoriosos en Nueva York o Michigan.
Las actuales combinaciones políticas se cuecen arriba a la derecha y son apoyadas por sectores de los de abajo que tradicionalmente habían defendido sus intereses de clase votando a la izquierda. Desde el punto ideológico se trata de una síntesis entre libertades económicas y etnocentrismo, mercado abierto y nación cerrada. Se observa con claridad en la actual Administración de Trump cuando combina —no sin contradicciones— un proteccionismo económico (sustentado por los altos aranceles a la importación) con un programa ultraliberal de recortes y disminución del Estado (proyecto DOGE de Elon Musk) y una fiscalidad favorable a las élites con altos ingresos.
En Europa asistimos a unas transformaciones muy similares; son metamorfosis políticas que ya se habían dado en Europa oriental tras 1990 y que se han extendido hacia el oeste: la fórmula política económica de izquierdas y política social de derechas, una combinación que suele llamarse “chauvinismo del Estado de bienestar”. El viejo mundo de los liberales se ha desplazado hacia la ultraderecha. Recordemos que los grandes poderes financieros en Gran Bretaña —anteriormente partidarios de la apertura global— apoyaron el Brexit. Es muy significativo lo que ha pasado en Alemania con los liberales del FDP, cuyos votantes son un nuevo nicho para la ultraderecha. También hay partidos de izquierda que han asumido posiciones de la derecha extrema en materia de migración. Los ejemplos más elocuentes son los del Partido Socialdemócrata danés de Mette Frederiksen (aliada ahora con la italiana Meloni en estas cuestiones) y el partido de Sahra Wagenknecht surgido de Die Linke en Alemania.
La clave para el análisis es preguntarse por el sujeto que protagoniza estos movimientos. Mi hipótesis a este respecto es que se trata de un tipo de trabajadores que no corresponde a la clase trabajadora del mundo industrial y al conflicto social correspondiente. En la antigua división de clases los trabajadores votarían a la izquierda y la clase directiva a la derecha, mientras que ahora tendríamos distintos grupos de trabajadores con lógicas diversas, donde las personas se sitúan en la nueva dimensión cultural, cada vez más relevante. Los aliados de abajo no son las antiguas clases trabajadoras, sino algo más heterogéneo formado, principalmente, por los pequeños propietarios y, por supuesto, ciertos trabajadores y buena parte del mundo rural.
El laboratorio norteamericano proporciona buenas pistas para entender lo que está pasando. El actual ciclo de populismo de derechas no se inscribe en la historia de protestas contra la desindustrialización, sino en el declive del sector de la pequeña empresa. De hecho, fueron los miembros de la clase media no urbana los que impulsaron el Tea Party y luego el movimiento MAGA: empresarios autónomos, comerciantes locales, algo así como la pequeña burguesía del siglo XXI, cuyos intereses materiales no dependen de una mejor protección sindical, sino que confían en la desregulación del mercado y la defensa del patrimonio familiar.
Estos trabajadores son muy críticos con el Estado y la regulación; su ataque libertario al Estado se debe a que es percibido como intrusivo y confiscatorio, una sensación que ha dejado de ser propia de una minoría radicalizada. Se consideran gobernados por burócratas que no tienen ni idea del oficio regulado. Este sentimiento encaja muy bien con el discurso contra las prohibiciones de la ultraderecha y con esa convicción de ciertas élites conservadoras de encontrarse por encima de las reglas comunes.
Además del Estado, el otro objetivo de sus críticas son las grandes empresas de la economía financiarizada. Trump se presentó a sí mismo como amigo de la pequeña empresa, a pesar de haber hecho concesiones muy ventajosas para las grandes. Un icono de ese planteamiento fue su propuesta en 2017 de endurecer los requisitos para los camioneros migrantes y sustituirlos por veteranos del ejército. Desde este punto de vista, la evolución ideológica de los populismos de derecha se presenta menos extraña de lo que podía parecer desde la vieja concepción del conflicto político; para ser bien entendido hace falta únicamente que lo observemos con las categorías adecuadas. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y Senior Fellow del Instituto Europeo de Florencia. Acaba de publicar el libro El futuro de la democracia (Galaxia-Gutenberg). El País, 27 de agosto de 2026.
DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LO QUE ESPAÑA AÚN LE DEBE A CEUTA, POR SERGIO DEL MOLINO. 10 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Me enamoré de Ceuta nada más bajar del ferri, la primera vez que viajé a la ciudad. Llevaba en la mochila y en la cabeza un revoltijo de prejuicios y lecturas —militarismos varios, novelas de la guerra de Marruecos, mucha bibliografía sobre el Marruecos colonial…— que se me fueron diluyendo en el agua del Estrecho y ya no existían cuando desembarqué y enfilé mis pasos hacia el Baluarte de los Mallorquines. Descubrí una ciudad bella y compleja, abierta al mar y a toda la rosa de los vientos, que lo mismo se muestra provinciana y tediosa un domingo por la tarde en el Revellín, que cosmopolita y vibrante como el barrio más vanguardista de una metrópoli. Unos cuantos viajes después, ya rendido sin condiciones, Ceuta me inspiró un libro sobre fronteras que cuento entre mis trabajos más queridos.
En El Príncipe he conocido a los españoles más patriotas; jóvenes que mezclan el dariya con el castellano y se ofenden muchísimo —con razón— cuando alguien cuestiona su españolidad. Fueron ellos quienes primero atendieron la crisis y quienes más han acusado la fatiga en este agosto trágico. El Príncipe tiene una red de solidaridad vecinal muy fuerte, y mientras los ultras de Europa bramaban y el Gobierno hacía lo del avestruz, allí dieron de comer al hambriento y de beber al sediento.
Ese es el espíritu caballa, el de una ciudad que nunca ha esperado a que le saquen las castañas de los muchos fuegos que la abrasan. Si hay un lugar de España donde saben de negociación y democracia es Ceuta: en un espacio de un kilómetro de largo, en el centro, tienen una catedral, dos iglesias, dos templos hindúes, una sinagoga y una mezquita. Los ceutíes podrían recorrer el mundo impartiendo seminarios y enseñando que la armonía y la paz son imperativas cuando tantas lenguas, culturas y religiones se mezclan en un espacio mínimo que, para los imperios, es una casilla de Monopoly.
El Estado español —tanto el Gobierno central como los autonómicos que se niegan a recibir a los niños— ha fallado gravemente a una ciudad pequeña que ha soportado un golpe capaz de destruir lugares mucho más poderosos. La retórica ministerial y las declaraciones de españolidad en modo superlativo solo han servido para subrayar la soledad de los ceutíes, que merecen mucho más de lo que hasta ahora han recibido, que ha sido casi nada. Las disculpas de Margarita Robles se comprenden, pero están lejos de ser lo más urgente ahora que el Gobierno se despereza. Ninguna palabra va a desmentir esa sensación cierta de abandono. Los hechos, si son claros y generosos, tal vez la mitiguen un poco. Sergio del Molino es escritor. El País, 27 de agosto de 2026.
DEL ARCHIVO DEL BLOG. NOSTALGIA DE UN IMPERIO, POR LLUÍS URÍA. PUBLICADO EL 18 DE NOVIEMBRE DE 2019
Nací en 1881 en un imperio grande y poderoso, la monarquía de los Habsburgo –escribió Stefan Zweig en el prefacio de sus memorias, El mundo de ayer –; pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro”. Lo comentaba el escritor Lluís Uría hace unos días en el diario barcelonés La Vanguardia: "Abrumado por la furia suicida de Europa, -comienza diciendo Uría- que por segunda vez en el siglo XX dirigía el continente hacia la destrucción, el escritor austriaco lamentaba la pérdida de un mundo basado en la razón y la tolerancia, y añoraba la Austria culta, cosmopolita, abierta y plural, arruinada por las guerras mundiales y condenada en aquel momento –finales de los años treinta, principios de los cuarenta– a convertirse bajo la bota de Hitler en una provincia alemana: “Sólo las décadas venideras demostrarán el crimen cometido contra Viena con el intento de nacionalizar y provincializar esta ciudad, cuyo sentido y cultura consistían precisamente en el encuentro de elementos de lo más heterogéneo, en su supranacionalidad”. Un siglo después de la caída y desmembramiento del imperio austro-húngaro –el pasado 10 de septiembre se cumplieron cien años de la firma del tratado de Saint-Germain-en-Laye entre Austria y las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, que certificó su fenecimiento–, algunos estudiosos valoran el legado de la monarquía de los Habsburgo, cuya evolución a finales del siglo XIX ven como un ejemplo de Estado multinacional moderno, alejado del mito de la “prisión de naciones” con el que fue calificado al término de la Gran Guerra. Los historiadores Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, autores de un artículo reciente publicado en The New York Times con el título Lo que el imperio de los Habsburgo hizo bien , presentan la monarquía multinacional austriaca casi como un antecedente de la Unión Europea: en sus vastos territorios –que incluían Austria, Hungría, Chequia, Eslovaquia, Eslovenia, Croacia, Bosnia-Herzegovina, buena parte de Polonia y Rumanía, y porciones de Italia y Ucrania–, no había fronteras interiores, funcionaba una moneda única, había 11 lenguas reconocidas oficialmente, se permitía la libertad de expresión y de religión, y todos los ciudadanos eran iguales ante la ley. No se trataba, desde luego, de un Estado democrático, pero sí era más abierto y tolerante que los imperios vecinos, el alemán y el ruso. Para Paul Miller-Melamed y Claire Morelon, la monarquía de los Habsburgo demostró que “un Estado multinacional no está necesariamente condenado al fracaso” y que “el Estado-nación no es la única forma natural de organización política”. ¿Hasta qué punto el modelo de los Habsburgo fue una apuesta política consciente o resultado de las contingencias históricas? El escritor italiano Claudio Magris, nacido en una antigua posesión austro-húngara, Trieste, y autor de un formidable libro histórico y cultural sobre las tierras del viejo imperio – El Danubio –, sostiene que la inclinación de Viena por la construcción de la denominada Mitteleuropa , fue consecuencia de su impotencia a la hora de disputar a Berlín la hegemonía del mundo germánico. “Incapaz de llevar a cabo la unificación alemana, a cuya cabeza se sitúa Prusia, la Austria de los Habsburgo busca una nueva misión y una nueva identidad en el imperio supernacional, crisol de pueblos y de culturas”, escribe Magris. El Danubio se acabaría erigiendo en símbolo de cruce y de mezcla, en contraposición al Rin, “místico guardián de la pureza de la estirpe”. Quien más quien menos reconoce la originalidad del modelo supranacional austriaco, pero no todo el mundo comparte el mismo entusiasmo. En un trabajo realizado en 1997 para el Center for Austrian Studies of Minnesota –y publicado en el 2009 on line por Cambridge University Press–, el desaparecido historiador norteamericano Solomon Wank, uno de los mayores expertos mundiales en el imperio austro-húngaro, constataba ya en aquel momento –dos décadas atrás– la existencia de una cierta “ola de nostalgia” historiográfica hacia lo que representó la monarquía de los Habsburgo, que compartía sólo parcialmente. Wank reconocía de buena gana los avances que el imperio introdujo a nivel económico y social, pero –por más que consideraba también contingente la organización del Estado-nación, modelo que según decía “no durará siempre”– veía serias disfunciones en la estructura austro-húngara. El modelo presentaba claros desequilibrios. Fruto del llamado Compromiso de 1867, por el cual se reconocieron como iguales las entidades nacionales austriaca y húngara, el imperio otorgó un segundo rango al resto de nacionalidades y nunca llegó a adoptar la forma federal e igualitaria que reivindicaba en 1848 el líder nacionalista checo Francis Palacký. A juicio de Solomon Wank, las sucesivas concesiones descentralizadoras realizadas por los Habsburgo –que no dejaban de verse a sí mismos como una dinastía alemana– perseguían solamente salvaguardar la continuidad de su monarquía y no hicieron sino acrecentar las pulsiones nacionalistas en el seno del imperio. “La cuestión de cómo purgar el nacionalismo de Europa central y del este de sus agresivas y destructivas tendencias y crear una estructura política multinacional –razonaba Wonk– sigue abierta. (...) Quizá la solución radica en una Europa comunitaria ampliada”. Eso escribía en 1997. Austria había ingresado en la UE apenas dos años antes, y el resto de países del viejo imperio, aún tardarían bastante: Chequia, Eslovaquia, Eslovenia y Polonia entrarían en el 2004; Rumanía en el 2007; Croacia en el 2013... No deja de ser irónico que el nacionalismo de los antiguos países del viejo imperio, lejos de haberse curado en la Europa unida, no ha hecho más que exacerbarse, hasta el punto de que son precisamente ellos –reunidos en el Grupo de Visegrado– los que amenazan hoy más directa y gravemente los principios y la cohesión de la UE.
DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, TIERRA, DE GIUSEPPE UNGARETTI (1888-1970)
TIERRA
Podría haber en la guadaña
un rápido reflejo, y el rumor
tornar y perderse por grados
hacia las grutas, y el viento podría
de otra sal enrojecer los ojos…
Podrías, la quilla sumergida,
oírla deslizarse a lo lejos,
o a una gaviota equivocar su pico,
la presa huída, en el espejo…
Del trigo de noches y días
colmadas mostraste las manos,
delfines de los viejos tirrenos
viste pintados en secretos
muros inmateriales y, luego, detrás
de las naves, vivos volar,
y tierra eres aún de cenizas
de inventores sin descanso.
Cauto temblor podría otra vez a adormecedoras
mariposas en los olivos, de un instante a otro,
despertar;
quedarás inspiradas vigilias de extintos,
intervenciones insomnes de ausentes,
la fuerza de cenizas, sombras
en el raudo oscilar de las platas.
Continúas derribando al viento ;
desde abetos a palmeras el estrépito
por siempre desolas; silente
el grito de los muertos es más fuerte.
GIUSEPPE UNGARETTI (1888-1970)
poeta italiano
***
Giuseppe Ungaretti (Alejandría, Egipto, 10 de febrero de 1888-Milán, 1 de junio de 1970) fue un poeta italiano, habitualmente situado en el grupo de los herméticos. El valor esencial de la poesía de Ungaretti no debe buscarse sólo en su desarrollo de una nueva métrica y una sintaxis diferente, sino también en la búsqueda de un nuevo valor para la palabra, reduciéndola a sus elementos esenciales. El poeta destruye el verso, crea nuevos ritmos, buscando la esencia de la palabra aislada. Ungaretti invierte por lo tanto la tendencia de los movimientos poéticos de aquel momento: el lenguaje compuesto de los crepusculares y la abdicación estilística de los futuristas. El poeta tiende a la palabra desnuda, la palabra pegada a la realidad, con un estilo libre de las incrustaciones literarias e irónicas de los crepusculares y de la semántica aproximada de los futuristas. Si bien de los primeros rechaza la ambigüedad de la palabra, le atrae su concepción de la sintaxis. De los futuristas descarta la falta de estilo, pero preserva de ellos la pureza de la palabra y una cierta disposición gráfica de los versos. La novedad de Ungaretti radica fundamentalmente en la recuperación del sentido de la palabra.



























