sábado, 4 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. POÉTICA DE LA PAZ, POR LUIS GARCÍA MONTERO. 4 DE JULIO DE 2026

 






En medio de las situaciones más conflictivas, ya sea en la crispación política o en los partidos de fútbol que se salen de tono y se llenan de patadas, conviene mantener una poética de la paz, respetar las espinillas del contrario, los derechos humanos y la justicia internacional de unas reglas de juego. Me atrevo a contarlo aquí: en el extranjero, una y otra vez, elogian a la selección española. Como delantero centro del Instituto Cervantes, o como defensa, no lo sé bien, acabo de estar en Macedonia del Norte para proponer que el español sea lengua de estudio en los colegios y los institutos. Gracias a las gestiones del embajador Rafael Soriano, en día y medio, o en 90 minutos, pude hablar con la ministra de Medio Ambiente, que estudió en España; con el ministro de Deportes, que fue portero del equipo de balonmano del Barcelona; con el ministro de Cultura, y con Gordana Siljanovska-Davkova, presidenta de la República, una catedrática de Derecho Constitucional que representa a una coalición conservadora.

Después de conversar sobre el español y su futuro, doña Gordana tuvo la gentileza de recordar una afirmación del poeta Jean-Pierre Siméon: sólo los poetas pueden salvar el mundo. Yo le di las gracias, pero me atreví a hacerle una corrección: los poetas no; salvarán el mundo los buenos políticos que guarden la poesía en su corazón, es decir, los valores democráticos, la paz y los derechos humanos. Entonces, la presidenta de Macedonia del Norte me respondió: así es, como el presidente de Gobierno de su país. Yo le sonreí agradecido y volví a hablar de la importancia de la lengua española, mientras pensaba que esta escena iba a contarla en España, orgulloso de defender la camiseta de la selección en medio de las crispaciones internas y los insultos de las aficiones enemigas. Me gusta centrar el balón en nombre de una poética de la paz. Gracias, señora Gordana Siljanosvka-Davkova. Luis García Montero es poeta. El País, 29 de junio de 2026.



























ESPECIAL 8 DE HOY. EL ÚLTIMO DERRUMBE DE VENEZUELA, POR SERGIO DEL MOLINO. 4 DE JULIO DE 2026





 


Sería muy injusto leer el terremoto de Venezuela como metáfora, la ruina final de tantas ruinas anteriores. Sería un ejercicio de la peor literatura, la que no busca comprender ni acompañar, sino dejar frases bellas sobre la tragedia y la muerte, inscripciones de prosa municipal en las lápidas. La decencia exige mirar la catástrofe de frente, sin contexto ni resonancias políticas, como los bomberos voluntarios que desescombran y sacan cadáveres sin preguntarse nada sobre gobernantes, tiranías, decadencias o paraísos revolucionarios que devienen infiernos cotidianos.

Y, sin embargo, esa forma tan directa y urgente de mirar el terremoto es también injusta, pues solo funciona bajo la premisa de lo inevitable. Lo catastrófico sucede sin culpables y casi sin causas, nos dicen, pero no hace falta creer en el dios de la Biblia y en sus castigos recurrentes para comprender que la desdicha no golpea igual en todas partes. Quien ha paseado por Lima o por Ciudad de México puede criticar muchas cosas de los gobiernos que rigen esas ciudades, pero percibe una preocupación muy seria por minimizar las víctimas de los sismos y tsunamis. Todo está sembrado de puntos seguros y de rutas de evacuación, los edificios cumplen una normativa estricta para prevenir derrumbes y los servicios de emergencia están muy entrenados. Nada de eso sucedía en Venezuela. Ni los edificios se construyeron para aguantar, ni los servicios saben qué hacer. La gente se muere bajo los cascotes sin que ese gobierno tan asfixiante, tan metomentodo, que no les deja en paz ni a la hora de la siesta, reaccione y demuestre que le importa un maldito carajo ese pueblo que dice representar.

Por eso, el terremoto como metáfora no es una grosería ni un capricho de vate provinciano que quiere ganar unos juegos florales. Las dictaduras revelan su crueldad en los instantes trágicos, cuando es evidente que todo su aparataje solo está al servicio de la represión y de la perpetuación de las élites corruptas. Lo único eficaz en tiranías como la de Venezuela es la policía política. Nadie te garantiza la asistencia sanitaria, el avituallamiento, la circulación de los transportes o el suministro eléctrico, pero puedes dar por seguro que, si disientes, aparecerá un uniformado para llevarte preso. Esos nunca fallan.

El terremoto es una catástrofe inevitable, claro que sí, pero también el final de una larguísima decadencia que empezó antes de Hugo Chávez y que se ha ido expresando en pesadillas sucesivas. Es el último sello que quedaba por romperse en el apocalipsis de un país que alumbró el mundo hispánico entre 1940 y 1990 y pudo haber sido –quizá lo fue, no hace tanto– el modelo de prosperidad y libertad que nunca acaba de cuajar en la América hispanohablante. Solo apunto un dato del mundo al que me dedico, los libros. En el año 2000, la división venezolana de lo que entonces era Santillana (hoy, Penguin Random House) facturaba el doble que la colombiana. Hoy, ningún grupo editorial opera en Venezuela, los libros entran casi de matute y en cantidades minúsculas, circulando en una red ínfima de librerías resistentes, mientras Colombia lidera el mercado sudamericano.

Como tantos otros españoles, tengo una relación familiar e íntima con Venezuela. Una parte de mi familia se exilió en Caracas tras la guerra civil y prosperó enormemente. Se convirtieron en la rama rica, los happy few cuyas vidas apenas podíamos imaginar desde nuestros pisitos españoles. Tenían casas en la playa, se iban de compras a Miami, montaban negocios y siempre estaban de buen humor. Mi tía se reía constantemente, y al reírse le brillaban las joyas que llevaba al cuello y en las orejas, como una Castafiore tropical. Eran joyas buenas, nada de la bisutería que gastaba mi madre.

Asistimos desde nuestro lado del charco a la ruina progresiva de aquel país que acogió a tantos exiliados y tantos intelectuales. Ese país donde todo el mundo era culto porque los libros estaban baratísimos y había un sistema de enseñanza universal enorme. Ese país que atraía a los artistas de vanguardia, que diseñaban una Caracas caótica y vibrante donde todo parecía posible. Ese país que impuso una industria televisiva al resto de la comunidad de habla española, que incluso premiaba a los escritores muertos de hambre de otros países invocando a un presidente letraherido llamado Rómulo Gallegos.

Nos parecía inverosímil que todo aquello fuera desapareciendo bajo las zapatillas deportivas de un Tirano Banderas. Peor que la ruina y la represión era la grosería chandalera con la que esta avanzaba. La vida alegre de mi familia fue convirtiéndose poco a poco en una versión caribeña de La busca de Baroja. Nos contaban que cualquier trámite cotidiano era una odisea: conseguir papel higiénico, llenar la nevera, comprar ciertos medicamentos… Todo escaseaba (salvo la gasolina, prácticamente gratuita), cortaban la luz, el dinero no valía nada. Las casas de la playa desaparecieron, el patrimonio de los años buenos se fue borrando de los catastros, y a cuentagotas primero, en desbandada después, mis familiares siguieron la ruta de tantos otros y abandonaron Venezuela.

Descapitalizada, con millones de ciudadanos esparcidos por tantos países (víctimas en muchos del racismo y la xenofobia, y en otros, del cliché del venezolano opulento que oculta a tantos taxistas y currantes inscritos en la regularización española), silenciada por la represión y el fraude electoral, y, al final, paradójica colonia del imperio trumpista tras el secuestro de Maduro, Venezuela ya era una inmensa ruina antes del terremoto. La desolación de La Guaira solo ha constatado lo que los venezolanos sabían: que no queda nada parecido a un Estado, que la policía y el ejército solo sirven para reprimir manifestaciones y que el destino del pueblo no le importa a ninguno de los sátrapas cuya única ideología es la perpetuación del poder petrolero.

Ahora hablarán de reconstrucción. ¿Y qué reconstruirán? ¿El mismo agujero, los mismos vacíos, la misma vaina bolivariana, las mismas vallas de propaganda gubernamental para tapar la miseria y las cárceles? Ni los artistas venezolanos de vanguardia del arte cinético o del informalismo de los años 60, tan audaces, sabrían cómo resolver urbanísticamente esa paradoja. Hay que cavar mucho más hondo: debajo de estos muertos se esconden muchos otros. Sergio del Molino es escritor. Ethic, 30 de junio de 2026.






















ESPECIAL 7 DE HOY. LA DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA EUROPEA DE UNOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA TENEBROSOS, POR ANDREA RIZZI. 4 DE JULIO DE 2026

 







Se considera la tierra de los libres, según el célebre pasaje de su himno, pero en el 250 aniversario de su Declaración de Independencia, Estados Unidos se describe mejor como una tierra de crueldad e indecencia. Entre su ciudadanía hay, por supuesto, la misma proporción de nobleza y mezquindad que en cualquier otro lugar del mundo. Pero a veces las sociedades van a la deriva, y en esta el poder proyecta esas dos pulsiones oscuras: piensen en el terror del ICE o en el enriquecimiento desde el poder del presidente y de su entorno. A lo largo de cuarto de milenio de historia EE UU ha acumulado un gran historial de abusos, pero también ha sido una fuerza hegemónica con impulsos admirables, y no solo por su papel en la derrota del nazifascismo. Hoy, no obstante, el nivel de las tinieblas alcanza cotas elevadísimas, y el de las luces, mínimas. El entramado político-tecnológico estadounidense tiene rasgos horripilantes. Y su alcance es desgraciadamente global. ¿Qué relación debería tener Europa con estos EE UU? Nadie sensato a estas alturas duda de que necesitamos superar la dependencia en la cual hemos vivido durante décadas como protectorado militar y asistidos tecnológicos. El problema es: ¿cómo?

La complejidad reside en que seguimos siendo profundamente dependientes de EE UU mientras afrontamos a la vez un desafío brutal y sin escrúpulos desde Rusia, y un reto formidable e inquietante desde China. Si es una ingenuidad letal confiar en los EE UU de Trump, también lo es creer que la China de Xi no desea tenernos divididos y frágiles para que no planteemos una competencia eficaz. Con esta realidad, un corte abrupto con Washington puede tener consecuencias graves. A la Casa Blanca no le falta capacidad de represalias, sea en términos de retirada de protección militar, de corte de acceso a tecnología, de andanadas comerciales.

Hay quienes consideran que el shock de un corte abrupto puede provocar un momento de dificultad, pero que esta es la mejor opción. Concentraría las mentes y contribuiría a superar, finalmente, las lamentables divisiones que nos frenan en el salto de integración. Las amenazas de un mundo de depredadores son grandes, pero en este momento Rusia desde luego no tiene la fuerza de plantear un riesgo militar.

Otros son partidarios de la tesis prudente del avanzar lo más rápido posible hacia la autonomía mientras se mantiene cuanto más tiempo posible viva al menos una parte del lazo transatlántico. Este bando apunta también que, si bien está claro que la relación transatlántica no va a volver a ser lo que fue, Trump pasará, y no sería lo mismo con otra Administración demócrata o incluso con una republicana si, en vez de ser liderada por J. D. Vance o un allegado de Donald Trump, lo fuera por Marco Rubio. Hay mucho sentido en esta tesis, pero su segunda parte nos ha frenado demasiado.

Los extremos maximalistas y el minimalista no sirven. El primero no concita apoyos suficientes; el segundo no garantiza avances suficientes. Hay que andar en un camino intermedio como siempre en las cosas europeas. Este puede ser fructífero, mucho más que los modestos resultados actuales. Modestos, pero no nulos: los europeos hemos reaccionado muy bien a la espantada de Trump en Ucrania o a sus amenazas contra Groenlandia. Pero modestos al cabo. Estamos muy lejos de una verdadera independencia. Y mírese el lamentable naufragio del proyecto de avión de combate FCAS. Un disparo en el pie, como si no fueran suficientes los que nos llegan de Oriente y Occidente.

Ese camino reclama mayor decisión sin llegar al desgarro. Esta columna celebró hace unas semanas el portazo de Países Bajos a una empresa tecnológica estadounidense que buscaba adquirir una empresa involucrada en la gestión de servicios y datos públicos. Cabe comprobar con satisfacción que España ha dado pasos para dar portazo a Palantir, y el primer ministro in pectore del Reino Unido busca hacer lo mismo, después de que Alemania diera ejemplo en ello.

Pero hay que hacer mucho más. En el plano de la defensa hay que dotarse de las capacidades que nos faltan y nos hacen dependientes. Y, más difícil aún, hay que dotarse de las estructuras de mando para un despliegue coordinado de esas capacidades, que es la única manera para que tengan credibilidad disuasoria y, dada la necesidad, eficacia operativa.

La cumbre de la OTAN de la semana que viene será un momento de prueba importante. Los europeos deben asumir una mayor cuota del peso de la defensa convencional del continente. Pero también deben intentar asumir un papel mucho más protagónico en su liderazgo y coordinación, rol tradicionalmente asumido por EE UU. Para ello, es preciso pensar en mecanismos de rediseño del mando de la Alianza que faciliten esa asunción de responsabilidades compartidas por europeos. Rafael Loss, Marta Prochwicz Jazowska y Jana Puglierin del think tank ECFR acaban de publicar un interesante paper con propuestas en ese sentido de rediseño regionalizado del mando.

Este aspecto es esencial para garantizar que los europeos, en caso de necesidad y de no poder contar con el apoyo de EE UU, tengan una estructura operativa común. Pero incluso si se dieran pasos en ese sentido, no puede descartarse que Washington llegue no solo a rechazar involucrarse en la defensa común europea, si no que opte por torpedear todo uso de estructuras comunes en la OTAN. Y es por ello que es sabio proceder a fórmulas de estrechamiento de lazos en paralelo a la Alianza. Esto no va a poder ser en el marco de la UE, que puede desempeñar un valioso papel en el ámbito del apoyo financiero y la coordinación industrial, pero no dispone de las condiciones políticas para asumir una función militar a corto plazo. Lo que se puede y debe hacer es el estrechamiento de lazos minilaterales entre quienes tengan una visión compartida y puedan funcionar como embrión de alternativa.

En el frente tecnológico hay que proceder con el mismo espíritu. No titubear a la hora de regular y fijar impuestos. Construir alternativas propias. Hay quienes promueven la idea de un CERN para la IA, un vehículo para que sumemos fuerzas y podamos estar a la vanguardia del conocimiento esencial de nuestra época. De fondo, naturalmente, está la cuestión de conseguir la fibra competitiva sin la cual no se va a ningún lado.

La tarea es ardua e inmensa. Las trece colonias americanas lo consiguieron en condiciones mucho más complejas. Los Veintisiete europeos y otros socios valiosos como Reino Unido o Noruega también pueden conseguirlo. No hace falta ni conviene ningún enunciado formal. La declaración de independencia europea solo necesita abandonar día tras día los delirios nacionalistas de ciertas formaciones euroescépticas y los pequeños intereses nacionales que nos impiden unir fuerzas lo suficiente. Andrea Rizzi es analista político. El País, 4 de julio de 2026.





















ESPECIAL 6 DE HOY. RECUERDOS DEL BICENTENARIO, POR PAUL KRUGMAN. 4 DE JULIO DE 2026

 





Hoy se conmemora el 250 aniversario de la nación . Y debería ser un día de celebración. Pero no será así. El 250 aniversario de Estados Unidos será un evento sombrío y triste. Por lo que veo, incluso los seguidores de MAGA están deprimidos. Desde luego, no van a ir a visitar la triste y cutre feria estatal de Donald Trump. Es una diferencia enorme con respecto al bicentenario, que celebré de una manera inusual pero profundamente memorable.

Verás, pasé el verano de 1976 en Portugal, país que había tenido su propia revolución (la Revolución de los Claveles) apenas dos años antes. Esa revolución derrocó la dictadura fascista del país y creó lo que ha demostrado ser una democracia duradera.

Estuve allí como parte de un grupo de estudiantes de posgrado del MIT que trabajaban en el Banco de  Portugal, el equivalente a la Reserva Federal en ese país. Y pasé el 4 de julio en un picnic en un parque de Lisboa, organizado por la embajada de Estados Unidos.

Fue un asunto menor. Hoy en día Lisboa está repleta de turistas y expatriados estadounidenses, pero en aquel entonces éramos muy pocos. Incluso el gobierno estadounidense tenía relativamente poca presencia allí, pues intentaba pasar desapercibido ante el creciente sentimiento antiestadounidense: muchos portugueses aún hablaban de cómo Estados Unidos había ayudado a derrocar a un gobierno democráticamente elegido en Chile tres años antes. Había grafitis por toda Lisboa que decían "Muerta a la CIA", aunque a algunos les habían añadido "y a la KGB" con pintura más fresca.

Así que la embajada completó el picnic invitando a estadounidenses que sabía que estaban en Lisboa, junto con personal de otras embajadas amigas. Recuerdo haber charlado con varios alemanes occidentales.

El picnic fue encantador. Estuvimos allí comiendo perritos calientes —quién sabe cómo lo hicieron en la tierra del bacalao salado y las sardinas a la parrilla— y escuchamos al embajador leer un mensaje patriótico de Gerald Ford. Y recuerdo haber sentido un gran orgullo por Estados Unidos.

Además, no fui el único estadounidense que se sintió alegre en el bicentenario, que de alguna manera fue una ocasión reconfortante. Este optimismo puede parecer extraño, dado que Estados Unidos atravesaba dificultades en muchos sentidos. Acabábamos de sufrir una humillante derrota en Vietnam. Nuestras ciudades eran un caos: Nueva York registró 1600 asesinatos en 1976, más de cinco veces la cifra del año anterior, y Times Square era un foco de drogadictos y tiendas de pornografía. Ah, y la ciudad se había declarado en bancarrota recientemente.

Sin embargo, de alguna manera los estadounidenses lograron divertirse en las festividades del bicentenario, y se respiraba un sorprendente optimismo en el ambiente. Una fuente de optimismo fue, sin duda, el fin de la guerra de Vietnam. Sí, terminó en derrota. Pero terminó, lo que significó que los jóvenes estadounidenses y sus familias ya no tenían que preocuparse por el reclutamiento militar, y que los noticieros nocturnos dejaron de informar sobre el número de muertos. Otra fuente de optimismo —algo que personas como JD Vance jamás comprenderán— fue la caída de Richard Nixon. La satisfacción por cómo el Watergate derrocó a Nixon no se debió principalmente a partidismo. Más bien, la saga del Watergate se sintió como una afirmación del espíritu estadounidense. Los periodistas fueron héroes y los medios cumplieron con su deber. Lo mismo hizo el Congreso. Nadie llamaría a Gerald Ford un gran presidente, pero era claramente una persona decente. Los poderosos rindieron cuentas. Estados Unidos, al parecer, aún conservaba su esencia. ¿Quién diría eso ahora? 

En vísperas del 250 aniversario de Estados Unidos, se confirmó la corrupción presidencial a una escala que Nixon jamás habría imaginado. Eso ya es grave. Lo peor es que nadie cree que Trump, sus compinches y sus secuaces vayan a sufrir consecuencias. En 1974, los republicanos se unieron a los demócratas para exigirle responsabilidades a Nixon. Esta vez, están totalmente empeñados en magnificar el poder de Trump y su culto a la personalidad, a pesar de saber perfectamente quién es y qué está haciendo. No pierdo la esperanza. Estados Unidos no está irremediablemente perdido. Pero ahora, mucho más que hace 50 años, somos una nación que necesita desesperadamente redimirse. Paul Krugman es premio Nobel de Economía. Substack, 3 de julio de 2026.





















ESPECIAL 5 DE HOY. EL VERDADERO SIGNIFICADO DEL 4 DE JULIO DE 2026, POR ROBERT REICH. 4 DE JULIO DE 2026

 





Amigos: En este 4 de julio, el 250 aniversario del inicio de este país, muchas personas, incluido el actual inquilino del Despacho Oval, creen que celebrar a Estados Unidos significa ondear la bandera, ponerse de pie para el himno nacional o gritar: "¡Estados Unidos primero!". Eso no es el verdadero patriotismo. El verdadero patriotismo significa sacrificarse para que Estados Unidos siga adelante. Significa pagar impuestos proporcionales a tu riqueza. Me dirijo a ti, Donald Trump, a ti, Jeff Bezos, y a ti, Elon Musk. Significa pagar a tus trabajadores un salario digno para que puedan prosperar. Me dirijo a ti, John Furner, director ejecutivo de Walmart, y a ti, Chris Kempczinski, director ejecutivo de McDonald's. Significa afrontar plenamente cómo la opresión racial y la supremacía blanca han moldeado esta nación, no blanquear nuestra historia ni ignorar el legado persistente del racismo. Me dirijo a usted, Ron DeSantis, y a otros legisladores que intentan impedir que los estudiantes aprendan el papel que la esclavitud y el genocidio han desempeñado en nuestra historia.

El verdadero patriotismo significa proteger la democracia estadounidense y nuestra forma de gobierno, no intentar anular una elección que fue ratificada por 60 tribunales federales y la Corte Suprema, ni mentir sobre un supuesto fraude electoral cuando apenas existe, ni intentar suprimir el derecho al voto de las personas de color.

Me dirijo a ti, Trump, junto con los miembros traidores del Congreso que se negaron a certificar las elecciones de 2020, y a ustedes, legisladores estatales que han impulsado casi 400 proyectos de ley para la supresión del voto, y a ustedes, jueces de la Corte Suprema que han desmantelado la Ley de Derechos Electorales de 1965.

El verdadero patriotismo consiste en no inundar nuestra política con dinero de las grandes corporaciones, para que se escuche la voz del pueblo. Me dirijo de nuevo a ti, Elon, así como a Charles Koch, Timothy Mellon, Miriam Adelson y Michael Bloomberg. Y eso significa anteponer los intereses de nuestro país a los partidismos. ¿Me oyen, Mike Johnson y John Thune?

Finalmente, el verdadero patriotismo implica usar tu posición de poder en los medios para informar y educar al público, en lugar de instrumentalizar las mentiras y promover el extremismo para conseguir más clics. Me dirijo a ti, Mark Zuckerberg; a ti, David Ellison; a ti, Rupert Murdoch; y, una vez más, a ti, Elon.

En este 4 de julio, en el 250 aniversario de Estados Unidos, debemos reafirmar nuestro compromiso con el verdadero patriotismo: el arduo trabajo necesario para que la democracia estadounidense sobreviva. Robert Reich es economista. Substack, 4 de julio de 2026.


























ESPECIAL 4 DE HOY. LA DIGNIDAD EN CAMISETA DE TIRANTES, POR ANA IRIS SIMÓN. 4 DE JULIO DE 2026

 





La foto de portada de El País Semanal de este domingo era la de un trabajador que, con las manos enfundadas en guantes de látex y sumo cuidado, tiraba de un panel del que colgaban algunas pinturas de Sorolla. El museo dedicado al pintor concluía sus obras de ampliación y este periódico se coló en la mudanza para hacer un magnífico reportaje. En él aparecían imágenes de las nuevas dependencias del museo, de los lucernarios que han colocado en los tejados para que la luz entre por todos lados, como le gustaba al pintor, del equipo de arquitectos que ha firmado el proyecto y de los profesionales que han intervenido en el transporte de las obras. Hubo algo que me impactó, porque revelaba el mimo con el que habían sido tratadas las pinturas durante el proceso: a pesar de no estar expuestas, habían sido colgadas para respetar su posición vertical.

Leí el reportaje mientras mi padre hojeaba el periódico, esperando el AVE en Santa Justa, la estación de trenes de Sevilla. Habíamos ido para ver el concierto de El Último de la Fila, que por lo visto fue el más multitudinario de toda la gira. 60.000 personas, mayoritariamente boomers e hijos, llenamos La Cartuja para recordar nuestra juventud o nuestra infancia. Y entre los fans de Manolo García y Quimi Portet, los que habían ido al Orgullo, que se celebraba ese sábado, y los turistas, la ciudad estaba hasta la bola y la estación de trenes también. Así que si me hubiera cruzado con Andrés Hurtado, quien como yo volvía ese día a su casa, no habría reparado en la bolsa de plástico que llevaba en la mano. Ni en que de ella asomaba un cuadro, que resultó ser un Sorolla.

A Andrés no le hicieron falta ni guantes para manipularlo ni una cámara sellada en la que guardarlo: se encontró el lienzo apoyado en un macetero, a pocos metros del hotel en el que se alojaba, y se lo llevó porque le gustó el marco. El lunes, ya en su casa, se dio cuenta de que en el cuadro había una firma. Así que le hizo una foto y se la mandó a la IA del teléfono, que le dijo que era bueno. Andrés llamó entonces a una casa de subastas y les contó la historia; le respondieron que les enviara una imagen del cuadro en cuestión y unas horas después recibió la tasación. Le daban entre 40.000 y 150.000 euros por la pieza. Y Andrés, que es un transformista en paro que imita a Lola Flores o a Rocío Jurado con el sobrenombre de Lola Montiel, se quedó pasmado.

Pero la alegría le duró poco: enseguida vio en la tele la noticia de un Sorolla robado en Sevilla, cuyos propietarios buscaban por ser una pieza “de gran valor sentimental”. Y Andrés no lo dudó: llamó a la Policía para decirles que el cuadro lo tenía él, pero que no había robado nada. Se lo había encontrado tirado en la calle. La recompensa que ofrecían los dueños, que por lo visto se estaban llevando el cuadro a la playa y se lo dejaron olvidado mientras cargaban el coche, a día de hoy no ha llegado.

Andrés dijo en una entrevista que se conformaba con un móvil nuevo, que el que tiene está para el desguace, y quizá unos alpargates porque los suyos están rotos. Pero, a la espera de que esa extraña familia que se lleva un Sorolla de vacaciones le dé su compensación, en estos días ya ha recibido una recompensa mayor que el dinero: encarnar la dignidad de los humildes en los mismos informativos que últimamente solo nos hablan de la indignidad de las élites. Representar la virtud y la decencia en camiseta de tirantes, en contraste con la desvergüenza de los encorbatados. Ana Iris Simón es escritora. El País, 4 de julio de 2026.























ESPECIAL 3 DE HOY. UNA PERIODISTA CON CORONA, POR JOANA BONET. 4 DE JULIO DE 2026

 





Ocurre estando con mis hijas, cuando entablamos conversación con desconocidos, ya sea en un viaje, una tienda o incluso en la playa, y yo pronuncio casi sin darme cuenta dos palabras: “soy periodista”. Entonces ellas sonríen, guiñándose el ojo, y en voz baja se burlan de mí: “mucho has tardado esta vez; como si los periodistas le interesaran a alguien”. Deportivamente me río con ellas y me autoparodio, consciente de que esa necesidad de confesión va más allá de la mera definición profesional y enmarca mi identidad, acaso más importante que la geográfica.

En un libro de Leila Guerriero leí una brillante entrada sobre el periodismo de Tomás Eloy Martínez, que exprime esa condición: “El periodismo no es una camisa que uno se pone encima a la hora de ir al trabajo. Es algo que duerme con nosotros, que respira y ama con nuestras mismas vísceras y nuestros mismos sentimientos”. Sí, es una bicha voraz que se alimenta de miradas furtivas y palabras cazadas al vuelo, de todo aquello que sea noticiable. La bicha mordiente que confirma, contrasta y convierte los datos en personas, acercando con rigor los hechos al lenguaje.

“¡Qué bien habla la Reina!”, escucho a menudo a mi alrededor

Pienso en esa bicha habitando la cabeza de una Reina, y en lo inevitable: una puede adormecerla, pero es arduo librarse de ella. En el último año, sus discursos han alcanzado mayor notoriedad, tanto por su contenido como por su exposición. Porque, a sus 53 años, ha resurgido la periodista de raza que nunca ha dimitido de su vocación. A pesar de llevar corona. Y es que, como sostiene Tomás Eloy Martínez, el periodismo no es un oficio sino una condición existencial.

“¡Qué bien habla la Reina!”, escucho a menudo a mi alrededor. Y sin duda es admirable su capacidad de interiorizar el mensaje sin necesidad de agarrarse a muletillas ni frases hechas. Una Reina que se informa con puntos y comas y siempre sabe hacer la pregunta. Y lo que es más importante: habla para todos. A diferencia de la clase política, nuestros Reyes contribuyen a que la ciudadanía no se avergüence tanto de sus representantes, pues sus mensajes transmiten sensatez, preparación e institución. En un país que se despierta cada día a golpe de quiebro, con palabras huecas y propósitos espurios, el ejemplo de la reina Letizia responde a una anomalía imprescindible. Joana Bonet es periodista. La Vanguardia. 4 de julio de 2026.






















ESPECIAL 2 DE HOY. LOS VIGILANTES DE LA PATRIA, POR JORDI ÉVOLE. 4 DE JULIO DE 2026

 






En julio del año pasado no lo consiguieron. Y mira que lo tuvieron a huevo con Santos Cerdán y compañía. Pero han aprendido la lección y este mes de julio no puede volver a pasar. Hay que cargarse a este Gobierno sí o sí antes de irnos de vacaciones. La situación es insostenible. Un exministro y exjefe del PSOE condenado, un expresidente y su familia investigados por Hacienda, la directora de la Guardia Civil imputada, el de la SEPI, el hermano, la mujer, el corruptor en libertad, la Brunete mediática, ansiosa. Digo Brunete mediática, que suena a antiguo, porque teniendo en cuenta las virtudes de los líderes de opinión de la derecha, te hacen en prime time una ouija y reaparecen las almas del sindicato del crimen que en su momento ya se cargó a Felipe González, ahora tan admirado.

Tienen tanta prisa que Núñez Feijóo y su escudero Miguel Tellado insinuaron que de aquello de la amnistía, ya tal. Pelillos a la mar. Todo para que Junts les apoye en la causa general: cargarse al soldado Sánchez.

Rápidamente salieron los vigilantes de la patria. La doble A, Aznar/Ayuso, pusieron los puntos sobre las íes y colocaron al presidente de su partido en su sitio, recordándole quién manda. ¿O acaso no se acuerda de lo que le pasó a Casado? ¿O acaso no sabe que el quién pueda hacer que haga fue producto de la traición a la patria por la ley de amnistía? A ver si se creen que en tres años van a pasar página del Puigdemont a prisión para llegar a Moncloa. Ya lo harán cuando hayan llegado. Hacerlo antes sería demasiado descarado. No es momento de precipitarse. Tiempo al tiempo.

En este último año se han celebrado elecciones en cuatro comunidades autónomas. Y en las cuatro el poder de la ultraderecha ha crecido hasta el extremo que han logrado colar el concepto lepenista de prioridad nacional en todos los pactos. Incluido el de Andalucía, con el moderado, el simpático, el majo de Juanma Moreno Bonilla, que ha tenido que tragar con un vicepresidente de Vox para seguir gobernando. El lío, como él decía. Pero, ¿y qué?. Todo eso ya no cuenta. Ya no penaliza, o al menos no lo parece. Porque es solo Sánchez el que está contra las cuerdas.

Aznar/Ayuso colocaron al presidente de su partido en su sitio, recordándole quién manda

Y si hay que advertir de que hay riesgo de fraude electoral, se advierte. Que no quede nada en el tintero. Pero oiga, que el PSOE no ha ganado ninguna de las últimas elecciones. Da igual. Por si acaso. Si no ganamos, no es que hayamos perdido, es que nos han robado. ¿Quién? En su día fue Indra. Luego, los extranjeros nacionalizados. Y ahora, los nietos de emigrantes o exiliados españoles, que como todo el mundo sabe, votan como zombies al Partido Comunista de los Pueblos de España. O en su defecto, al PSOE. Ese tipo de nacionalizaciones las reclamó hasta el mismísimo Feijóo. Ahora las maldice. A este ritmo de contradicciones, yo no le concedería ninguna entrevista a Silvia Intxaurrondo.

El problema es que julio viene cargado de entretenimiento y eso despista al populacho. Empezando por hoy mismo, 4 de julio, día de la independencia de los Estados Unidos de Donald Trump. Si eres tan buen español como Hernán Cortés, hay que celebrarlo. Si no eres muy de días nacionales, tienes el Tour por Barcelona. La semana que viene, Sanfermines. Y vuelve a jugar España. Ahora con el Portugal de Ronaldo.

Si gana, el día 10 puede cruzarse en cuartos con Estados Unidos. Menudo dilema. Es que si lo piensas, hasta es lógico que algunos compatriotas quieran que España pierda. Porque entre ver ganando a un hijo negro de inmigrantes africanos nacido en Mataró, o que gane una leyenda del madridismo, pues la B. Prioridades nacionales. Vigilantes de la patria, que el Mundial no nos nuble el camino. Jordi Évole es periodista. La Vanguardia, 4 de julio de 2026.