lunes, 6 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. CRASO ERROR, POR IGNACIO MARTÍNEZ DE PISÓN. 6 DE JULIO DE 2026

 







La de Ahmed Tommouhi, detenido en 1991 por unas violaciones que no había cometido, es una historia triste con final feliz. La noticia saltó hace unos días, cuando el Tribunal Supremo le reconoció el derecho a ser indemnizado con dos millones y medio de euros por los dieciocho años pasados en prisión. Se cierra así una larga cadena de errores judiciales. El primer error, la condena, basada únicamente en la identificación en las ruedas de reconocimiento, una prueba a la que muchos juristas conceden escasa fiabilidad. El segundo, la inoperancia del sistema judicial para revisar la condena, cuando unas pruebas de ADN señalaron de forma inequívoca a los verdaderos culpables. Y el tercero, la negativa primero del Ministerio de Justicia y luego de la Audiencia Nacional a resarcirle por los daños y perjuicios sufridos, tan dramáticos y evidentes. Menos mal que, treinta y cinco años después de aquella detención, ha llegado el Supremo a poner las cosas en su sitio.

Su caso tal vez habría tenido un desenlace más desdichado si no se hubieran empeñado en denunciarlo una y otra vez unos cuantos periodistas, entre ellos Domingo Marchena, de La Vanguardia, y Braulio García Jaén, de El País, que le dedicó el libro Justicia poética (yo leí la primera edición, del 2010; creo que hay una edición actualizada). Está claro: el buen periodismo, además de buscar la verdad, consigue a veces hacer justicia.Me pregunto, sin embargo, cuántos casos como el de Tommouhi habrán quedado sin ningún tipo de reparación por haber pasado por debajo del radar de los periodistas.

Los medios de comunicación que hace unos días se hacían eco de la decisión del Supremo no mencionaban a Abdezarrak Mounib, detenido y condenado al mismo tiempo que Tommouhi, al que no conocía de nada. El día que lo detuvieron y lo acusaron de unas violaciones que no había cometido no podía imaginar que nunca más volvería a pisar la calle y vivir en libertad: en abril del año 2000, cuando solo tenía 48 años, un infarto acabó con su vida en la cárcel de Can Brians. Ni Mounib, cuya culpabilidad estaba ya descartada por esas fechas, ni sus familiares han recibido ningún tipo de compensación. Digo yo que, con el precedente de Tommouhi, tendría que ser el propio Ministerio de Justicia el que se adelantara a ofrecerles alguna clase de reparación.

Cuántos casos como el de Ahmed Tommouhi habrán quedado sin ningún tipo de reparación

Según los expertos, el ministerio rechaza la inmensa mayoría de las reclamaciones similares a la de Tommouhi y solo acepta aquellas en las que no puede negar que se haya cometido un “error judicial craso”. Según el diccionario de la RAE, craso significa “indisculpable”, “que no tiene disculpa”. ¿No les parece lo bastante craso el error cometido con Mounib, al que se condenó a vivir en prisión los últimos nueve años de su vida y que tal vez hasta aceleró su muerte?

Los juzgados españoles han cometido otros errores igual de crasos, que han acabado saliendo a la luz gracias a las pruebas de ADN. Dolores Vázquez, víctima de un brutal linchamiento mediático, pasó más de quinientos días en prisión acusada del asesinato de Rocío Wanninkhof. Aún más grave es el caso del holandés Romano van der Dussen, que, condenado por unas agresiones sexuales que no había cometido, cumplió doce años y medio de cárcel a pesar de que el verdadero agresor había sido identificado cuando el holandés llevaba dos años en prisión. ¿Qué tienen en común Dolores Vázquez y Romano van der Dussen? Que tampoco ellos han merecido ninguna compensación por parte de la justicia española, lo que quiere decir que el Estado español ni siquiera se cree en la obligación de disculparse por sus crasos errores.

Dolores Vázquez, que tuvo que rehacer su vida lejos de España, reclamó una indemnización de cuatro millones de euros al Tribunal Supremo, que se la denegó en el 2015. De Vázquez sabemos que ha acabado retirándose en su Galicia natal, donde el año pasado recibió un homenaje por parte del municipio de Betanzos. Hace un par de meses volvió a ser noticia porque el Gobierno la condecoró con una medalla a la promoción de los valores de igualdad. Lo suyo, como el título del libro sobre Tommouhi y Mounib, sí que es justicia poética, una expresión que la RAE define como “triunfo de los valores morales que sirven de resarcimiento a quien injustamente ha recibido castigo, humillación o desdén”. ignacio Martínez de Pisón es escritor. La Vanguardia, 2 de julio de 2026.






















ESPECIAL 5 DE HOY. ¿SERÁN LIMPIAS LAS ELECCIONES DE NOVIEMBRE EN USA?, POR REED BRODY. 6 DE JULIO DE 2026

 





Las elecciones de mitad de mandato siempre han sido una prueba importante para cualquier presidente de los Estados Unidos. Funcionan como un referéndum sobre el poder en ejercicio y, a menudo, corrigen el rumbo político del país. Pero las del próximo 3 de noviembre tienen una importancia distinta.

Para millones de estadounidenses, representan una de las últimas oportunidades de imponer límites democráticos a un presidente que ha dedicado el último año y medio a debilitar precisamente las instituciones llamadas a controlarlo. Los tribunales siguen resistiendo en ocasiones. Los Estados conservan importantes espacios de autonomía. La sociedad civil está cada vez más movilizada. Pero el instrumento de control más poderoso sigue siendo el voto.

Las elecciones de noviembre podrían privar a Donald Trump del control absoluto de Washington, reactivar la supervisión del Congreso y devolver parte del equilibrio perdido al sistema político estadounidense. Y es precisamente por eso por lo que las propias elecciones se han convertido en un objetivo político.

El 11 de junio, más de un centenar de agentes del FBI irrumpieron en las oficinas de la Ohio Organizing Collaborative (Coordinadora de Organización de Ohio), en Cleveland, y en los domicilios de sus responsables. Esta asociación ayuda, entre otras cosas, a inscribir en el censo electoral a habitantes de barrios desfavorecidos. Los agentes se incautaron de ordenadores, exhibieron citaciones e interrogaron a voluntarios. No era un episodio aislado, sino una manifestación más de una tendencia de fondo. Su finalidad no era tanto encontrar pruebas como sembrar miedo: recordar a quienes inscriben votantes, y a quienes votan, que participar tiene un precio.

Las elecciones de mitad de mandato suelen castigar al partido que ocupa la Casa Blanca. Trump lo sabe bien: en 2018 los demócratas ganaron 40 escaños y recuperaron la Cámara de Representantes. Con una popularidad por los suelos, la inflación al alza y una guerra que no convence, la posibilidad de una derrota electoral es real. De ahí los esfuerzos por reducir la incertidumbre del voto mediante ventajas construidas de antemano.

Una de ellas es el rediseño partidista de los distritos electorales. Trump ha presionado a Estados gobernados por republicanos para reforzar su ventaja estructural, mientras los demócratas han respondido en algunos lugares, como California, con estrategias similares. El resultado es un sistema cada vez menos competitivo y una ventaja inicial de alrededor de una decena de escaños para los republicanos.

La Administración busca también modificar las reglas electorales. En febrero, Trump pidió, sin éxito, a los republicanos del Congreso que “nacionalizaran” el voto, aunque la Constitución reserva la organización de las elecciones a los Estados. La Cámara de Representantes sí aprobó la Ley de Salvaguardia de la Idoneidad del Votante Estadounidense (SAVE Act), que exigiría una prueba documental de ciudadanía para registrarse como votante. Millones de estadounidenses carecen de ella. Por ahora, la medida sigue bloqueada en el Senado, pero Trump no renuncia: ha hecho de la sospecha sobre el voto un instrumento de poder.

He dedicado mi carrera a perseguir a dictadores y a documentar cómo se degradan las democracias. He aprendido que el desmantelamiento rara vez llega de golpe: avanza paso a paso, hasta que un día lo irreversible parece normal. Lo que ocurre hoy en mi país no son episodios sueltos, sino un patrón que conozco bien.

Conviene recordar lo ocurrido en 2020. Tras perder las elecciones, Trump intentó mantenerse en el poder mediante una combinación de presiones políticas, falsos compromisarios y campañas de desinformación que culminaron en el asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021. Aquel esfuerzo fracasó porque los contrapesos institucionales resistieron. Pero muchos de los funcionarios, fiscales y responsables de seguridad electoral que desempeñaron entonces un papel decisivo han sido apartados o sustituidos por personas leales al presidente.

Como ocurrió en 2020, el problema ya no es solo la competencia electoral. Es la creciente disposición a considerar ilegítimo cualquier resultado adverso. El escenario se repite. En Atlanta (Georgia), el FBI incautó a finales de enero las papeletas de 2020 del condado de Fulton, bastión demócrata, y ha destinado 260 analistas a esa investigación “prioritaria”.

Trump persigue un doble objetivo: alimentar el mito fundacional de una elección robada y, desde ahí, minar la confianza en las siguientes.

En Míchigan, el Departamento de Justicia multiplica las peticiones de documentos electorales. En California, el fiscal nombrado por Trump abrió investigaciones por supuesto fraude tras las elecciones primarias en junio.

Al mismo tiempo, la Administración intenta obligar a los Estados a entregar sus registros electorales, un paso hacia la creación de una base de datos nacional de votantes que dictaría quién tiene derecho a votar.

Trump ya ha advertido de que solo aceptará los resultados de noviembre si considera que las elecciones han sido “honestas”. Y citó Detroit, Filadelfia y Atlanta, tres ciudades demócratas de Estados decisivos que hoy se encuentran en el punto de mira federal.

¿Qué puede ocurrir ahora? No hace falta imaginar una ruptura espectacular del orden constitucional. El riesgo es más sutil. Que acusaciones infundadas de fraude sirvan para justificar nuevas intervenciones federales. Que ciudadanos armados aparezcan para “vigilar” colegios electorales. Que Steve Bannon vea cumplida su promesa de “rodear los colegios electorales con el ICE”. Que el Departamento de Justicia bloquee la certificación de comicios decisivos incautando las papeletas, con el pretexto de investigar “irregularidades”.

La votación se decide Estado por Estado y distrito electoral por distrito electoral. Basta con introducir suficiente confusión para impugnar después los resultados que resulten desfavorables a los republicanos. El peligro no es un fraude masivo. Es una niebla organizada.

Sin embargo, no todo está decidido. Los tribunales han frenado ya algunos de los intentos de la Administración de intervenir en los registros electorales. La estructura descentralizada del sistema electoral estadounidense sigue ofreciendo protección. Miles de funcionarios locales organizan las elecciones y muchos se preparan ya para posibles injerencias. La sociedad civil permanece vigilante. Y una prensa asediada pero todavía libre continúa documentando los hechos.

La pregunta no es solo si Donald Trump aceptará unos resultados adversos. Es también si los estadounidenses conservarán la posibilidad real de producirlos. De eso dependerá no solo la composición del próximo Congreso, sino la capacidad de nuestra democracia para corregirse a sí misma para que siga siendo verdad lo que los padres fundadores proclamaron evidente por sí mismo hace 250 años: que los gobiernos derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. Reed Brody es abogado especializado en crímenes de lesa humanidad y exfiscal adjunto del Estado de Nueva York. Es autor de Atrapar a un dictador (Debate, 2025). El País, 6 de julio de 2026.





















ESPECIAL 4 DE HOY. ¿POR QUÉ ESTÁ UTILIZANDO LA CARTA DEL COMUNISMO?, POR ROBERT REICH. 6 DE JULIO DE 2026

 





La portada de «¿Es este el mañana?», un cómic anticomunista publicado en 1947, sugiere el caos y la ruina que seguirían a una toma del poder por los comunistas en Estados Unidos. Estas publicaciones reflejaban la exaltada política que prevaleció tras la Segunda Guerra Mundial y durante la década de 1950. 

Amigos: A Trump se le han acabado las cartas que jugar en las elecciones de mitad de mandato, por eso ahora habla de la "amenaza comunista". No puede hablar de economía porque los precios siguen subiendo más rápido que los salarios, lo que significa que la mayoría de los estadounidenses se están empobreciendo. No puede hablar de política exterior porque su guerra en Irán ha sido un desastre, sus aranceles un fracaso absoluto y, obviamente, no ha resuelto la guerra en Ucrania desde el primer día. No puede hablar de inmigración porque sus redadas y deportaciones masivas se han vuelto muy impopulares.

Entonces, de cara a las elecciones de mitad de mandato, ¿qué queda?. Está recurriendo al tópico más antiguo de la derecha: acusar a los demócratas (especialmente a una nueva generación de políticos demócratas jóvenes, enérgicos y novedosos) de ser comunistas.

El viernes dio inicio a las celebraciones del 250 aniversario de Estados Unidos con un discurso en el Monte Rushmore en el que ensalzó la cultura estadounidense y advirtió sobre el resurgimiento de la "amenaza comunista". Con los rostros de granito de cuatro de sus predecesores a sus espaldas, Trump arremetió contra lo que denominó "radicales" y "extremistas".

“Ahora se observa un resurgimiento de la amenaza comunista en nuestro país, incluso por parte de inmigrantes que adoptan ideas totalmente opuestas a nuestro estilo de vida y a nuestros grandes logros. Se puede ser comunista o patriota. No se pueden ser ambas cosas.” ¡Oh, por favor!

Durante años, Trump ha intentado asustar a los estadounidenses con respecto a los demócratas progresistas que defienden la atención médica universal, el cuidado infantil universal, la educación superior pública gratuita y los impuestos más altos a los superricos para financiarlos (todo lo cual defienden los jóvenes demócratas emergentes).

Pero no ha conseguido nada porque estas iniciativas cuentan con el apoyo de la mayoría de los estadounidenses. Así que ahora está lanzando la etiqueta de comunista contra la pared a ver si se pega.

El comunismo fue la palabra de terror utilizada por la derecha tras la Primera y la Segunda Guerra Mundial para presionar a la izquierda. Provocó persecuciones y arruinó carreras profesionales. A principios de la década de 1950, esto convirtió al ex senador de Wisconsin, Joe McCarthy, en una especie de escuadrón antibombas unipersonal, cuando ridiculizó los "patéticos chillidos" de "esos falsos liberales chupasangre" que "consideraban sacrosantos a esos comunistas y homosexuales", y obligó a los ciudadanos estadounidenses a "dar nombres".

El macartismo fue un subproducto del esfuerzo del Partido Republicano en la posguerra por erradicar el New Deal. El Partido Republicano había presentado las elecciones de mitad de mandato de 1946 como una "batalla entre el republicanismo y el comunismo", y el presidente del Comité Nacional Republicano afirmó que la burocracia federal estaba llena de "títeres rosas".

Los demócratas segregacionistas del sur se sumaron a la campaña anticomunista. El senador de Mississippi, Theodore Bilbo, un miembro del Ku Klux Klan que obstruyó la legislación contra los linchamientos, describió la defensa de los derechos civiles por parte de los sindicatos multirraciales como obra de "comunistas del norte". El representante John Elliott Rankin, un demócrata racista y antisemita de Mississippi que ayudó a establecer el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes, calificó la campaña de organización de los sindicatos en el sur como "una conspiración comunista", temiendo que resultara en un mayor número de votantes negros. "Estamos dormidos", advirtió. "Se están apoderando de este país; tenemos que detenerlos si queremos conservarlo".

La campaña anticomunista tuvo éxito temporalmente. En las elecciones de mitad de mandato de 1946, los demócratas perdieron el control de ambas cámaras del Congreso. Wisconsin eligió a Joe McCarthy para el Senado. California envió a la Cámara de Representantes a un joven abogado republicano que ya sabía cómo utilizar la campaña anticomunista como herramienta política: Richard Nixon. Cuatro años después, envió a Nixon al Senado.

Es probable que los primeros recuerdos políticos de Trump sean de la caza de brujas anticomunista de Joe McCarthy. Trump y yo tenemos la misma edad, y esos están entre mis primeros recuerdos. El 9 de junio de 1954, me senté junto a mi padre en el sofá de la sala para ver las audiencias del Ejército-McCarthy. McCarthy había acusado al Ejército estadounidense de tener una seguridad deficiente en una instalación ultrasecreta, insinuando una posible subversión comunista. Acusó a uno de los jóvenes abogados del equipo de Joseph Welch, quien representaba al Ejército, de ser comunista. Esta acusación podía arruinar la carrera del joven.

“¡Hijo de puta ! ”, le gritó mi padre a McCarthy en la televisión. Escondí la cabeza. Mientras McCarthy continuaba su ataque contra el joven abogado, Welch intervino: "Hasta este momento, senador, creo que nunca había comprendido realmente su crueldad ni su imprudencia". Solo tenía 8 años, pero quedé fascinado. McCarthy no dejó de atacar al joven abogado. “¡ Hijo de puta! ” gritó mi padre, aún más fuerte.

En ese momento, Welch exigió que McCarthy lo escuchara. «No sigamos asesinando a este muchacho, senador», dijo. «Ya ha hecho suficiente. ¿Acaso no tiene un mínimo de decencia?».

De la noche a la mañana, McCarthy se derrumbó. Welch había despertado la sensibilidad del pueblo estadounidense. Su popularidad nacional se esfumó. Tres años después, censurado por sus colegas del Senado, marginado por su partido e ignorado por la prensa, McCarthy murió de alcoholismo, un hombre destrozado a los 48 años.

Durante esas audiencias, el principal asesor legal de McCarthy fue Roy Cohn, quien había ganado notoriedad como el abogado del Departamento de Justicia que procesó con éxito a Julius y Ethel Rosenberg por espionaje, lo que condujo a sus ejecuciones en 1953.

Tras la caída de McCarthy, Cohn se reinventó como una figura influyente en Nueva York que sobrevivió a escándalos, acusaciones formales y denuncias de evasión fiscal, soborno y robo, hasta convertirse finalmente en el mentor de Trump. Por supuesto, Trump recurriría al tema del comunismo cuando ya no le quedan otras cartas que jugar.

El problema para Trump es que las nuevas estrellas del Partido Demócrata a las que quiere desacreditar no tienen absolutamente nada que ver con el comunismo. Apenas tienen algo que ver con el socialismo.

Zohran Mamdani de Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez, Katie Wilson de Seattle, Melat Kiros de Colorado y docenas de otros, incluidos muchos que han ganado primarias recientes, son populares porque se enfrentan a las grandes corporaciones estadounidenses, atacan la corrupción política del dinero y abordan los problemas reales de los estadounidenses comunes.

Las etiquetas, en definitiva, están perdiendo relevancia. En una encuesta de Axios-Generation Lab realizada a jóvenes estadounidenses, el 67 % afirma tener una asociación positiva o neutral con la palabra «socialismo», frente al 40 % que tiene una asociación positiva o neutral con «capitalismo». Una nueva encuesta nacional del Instituto Cato revela que la Generación Z apoya más el socialismo (53 %) que el capitalismo (45 %).

Comprendo la creciente desilusión de la Generación Z con el capitalismo. No pueden permitirse una vivienda propia. Les cuesta pagar un seguro médico. El mercado laboral es pésimo. No pueden permitirse formar una familia. En muchos sentidos, el capitalismo —o como quieran llamar a nuestro sistema actual— les ha fallado. Y ellos son el futuro de Estados Unidos. Por lo tanto, dudo que la renovada campaña anticomunista de Trump vaya a ayudar a los republicanos en las elecciones de mitad de mandato.

En la medida en que los estadounidenses reflexionan sobre el sistema estadounidense en su conjunto, parecen estar más preocupados por los conflictos de intereses de Trump que por el socialismo o el comunismo. Esa misma encuesta reciente del Instituto Cato revela que el 56% de los estadounidenses teme que Estados Unidos deje de ser un país libre en los próximos 50 años debido a la corrupción y los abusos de poder en las más altas esferas del gobierno.

Por supuesto, Trump no tiene ideología. Le importa un bledo el capitalismo, y no le preocupan ni el comunismo ni el socialismo. Es un fanático del narcisismo, de la variedad más maligna. Robert Reich es economista. Substack, 6 de julio de 2026.


ESPECIAL 3 DE HOY. RÉQUIEM POR EL VOTANTE DE CENTRO, POR FERNANDO VALLESPÍN. 6 DE JULIO DE 2026

 







El centro puro no existe, al menos si lo comparamos con las categorías de izquierda o derecha, que suelen tener un carácter más identitario. En ellas se es de una cosa u otra sin necesidad de tener que preguntarse por qué; es un atributo que permite orientarnos en el mundo de la política a partir de una visión binaria que cada cual rellena después del contenido que buenamente desee. Aun así, cuando se pregunta al ciudadano dónde se ubica en el eje izquierda/derecha —el clásico baremo del 1 al 10—, la media se sitúa ahora en torno al 4,8, algunas décimas a la derecha de lo que venía siendo la pauta de las últimas décadas, más cercana al 4,5. Es decir, que el votante medio se sitúa en el centro; o, mejor, es “moderado”. Moderado con una ligera inclinación a la izquierda, eso sí.

A la hora de la verdad, sin embargo, esa limpieza que ofrece el dato estadístico tiende a emborronarse. Existe una marcada tendencia a desplazarse a posiciones más extremas cuando el liderazgo del partido de referencia empuja en esa dirección a sus votantes. Y, no lo olvidemos, es un eje que en nuestro país convive con el de los sentimientos nacionales.

En esta capacidad del liderazgo debió de pensar Alberto Núñez Feijóo al suscribir sus sorprendentes y ominosos pactos con Vox: me aseguro el gobierno en las autonomías donde fui el más votado y, de cara a las generales, el antisanchismo visceral que impera entre mis votantes hará el resto. Riesgo cero. De modo especular, es la misma confianza que sostiene al Gobierno, solo que ahora por la razón inversa: un PP abrazado a Vox es el revulsivo que necesitan sus votantes para volver al redil, tanto los desmoralizados por los escándalos como los críticos con los pactos con otros partidos. No es para menos. A la vista de las cesiones hechas en Andalucía, imaginar un gobierno con Santiago Abascal de vicepresidente no resulta un escenario fácil de digerir. Si eso ocurre en el bastión del líder más moderado del PP, ya cualquiera cosa parece posible.

En la batalla de las próximas generales sobrarán los programas o, en el caso del partido del Gobierno, la ponderación del rendimiento de cuentas. Asistiremos más bien a un choque de fobias que arrastrará hacia los extremos. Bloque contra bloque. La animadversión más intensa dirimirá la contienda. ¿Qué pesa más, el rechazo a Sánchez, por simplificar, o imaginar a Abascal en el Consejo de Ministros? El horizonte está bien claro, acabaremos teniendo de nuevo o bien un “gobierno Frankenstein”, por que me entiendan, u otro sustentado por la ultraderecha. Dicho de otro modo, el país del 4,8 de media en autoubicación ideológica, se tragará a los del 1 y 2 más independentistas —por incorporar al otro eje— o bien a los que se sitúan del 8 en adelante y ni siquiera creen en el Estado de las Autonomías. Todo dependerá, desde luego, de las concesiones que los dos grandes partidos hagan a sus extremos. Pero ya sabemos que obtener el poder o mantenerse en él no atiende a esas minucias.

El resultado es que la mayoría de los votantes, que son de centroizquierda o centroderecha, quedarán huérfanos de representación. Por no hablar de los de centro-centro, el 20-25 % que se ubican en el 5. El votante moderado está secuestrado por la polarización. Acabará en la abstención o votando por quien le produzca menos rechazo, sin el menor entusiasmo. Pero, sobre todo, seguirá preguntándose por qué el PSOE no concedió esos dos votos que le faltaban a Juan Manuel Moreno en Andalucía, por ejemplo, o por qué este ni siquiera se los pidió. Pues porque cada uno de los grandes fía más su victoria a la confrontación con el otro que a una estrategia de entendimiento. El interés del partido por encima del de el propio país. Esto es lo que nos pasa. Fernando Vallespín es politólogo. El País, 5 de julio de 2026.





















ESPECIAL 2 DE HOY. MEDUSAS, POR IRENE SOLÀ. 6 DE JULIO DE 2026

 







La primera fue una señora llamada Frau Troffea. Se puso a bailar delante de su casa, sin música, un 14 de julio, y siguió durante horas, ignorando los ruegos de su marido para que parara. Por la noche se desplomó de agotamiento. A la mañana siguiente, a pesar de la hinchazón en los pies, continuó. Algunos de los vecinos que la habían visto se contagiaron, y en pocos días había una treintena de bailarines. Se tiene constancia de más de una docena de casos de coreomanía, pero la plaga de baile de Estrasburgo de 1518 es la más mortal y la mejor documentada. Duró más de un mes, con cientos de ciudadanos afectados, que bailaron hasta caer inconscientes o, en algunos casos, muertos.

El gremio de médicos declaró que la causa de la epidemia era el calentamiento de la sangre. Y recomendó que los enfermos bailaran hasta liberarse de la afección. Con el fin de crear las condiciones idóneas para que la danza se agotara por ella misma, se instalaron plataformas en los mercados, se contrataron decenas de músicos y se pagaron bailarines sanos para animar a los afectados a mover el esqueleto y así supuestamente acelerar su recuperación. Pero la locura colectiva se fue de madre, y en su momento más álgido, morían bailando hasta quince personas al día.

Diferentes historiadores habían argumentado que las epidemias de danza de la Europa medieval habían sido provocadas por el cornezuelo de centeno, que parasita el centeno y otros cereales y causa convulsiones y alucinaciones. Pero el historiador John Waller, en el libro A time to dance, a time to die (2009), desmiente esta hipótesis. Argumenta que este hongo también restringe el flujo sanguíneo a brazos y piernas, por lo cual los envenenados no podrían haber bailado durante días. Waller, en cambio, habla de precedentes, de condiciones y de predisposiciones.

No caben sus argumentos detallados en estas pocas líneas, pero abre el libro con una cita de H. C. Erik Midelfort, en A history of madness in sixteenth-century Germany (1999), que me nada en la cabeza desde hace días: “Las locuras del pasado no son entidades petrificadas que se puedan arrancar preservadas de sus nichos y colocar bajo nuestros microscopios modernos. Más bien son como medusas, que se deshacen y se secan cuando las sacamos de su ambiente de agua de mar”. Irene Solà es escritora. La Vanguardia. 5 de julio de 2026.























ESPECIAL 1 DE HOY. ¿CÓMO EMPEZAR A REPARAR?, POR ROBERT REICH. 6 DE JULIO DE 2026

 







Amigos: Bien, ya hemos superado el agridulce 250 aniversario. Ahora, ¡manos a la obra! Cada día trae consigo más noticias sobre la avaricia, la incompetencia, la crueldad y la criminalidad de Trump. Obtuvo 2200 millones de dólares en su primer año de mandato, gran parte de ellos desviados de los contribuyentes y de seguidores ingenuos. Su desastre con Irán. Su narcisismo maligno, que lo lleva a poner su rostro y su nombre por todas partes. Sus crueles deportaciones masivas. Su uso del Departamento de Justicia para procesar a cualquiera que, según él, le haya hecho daño. Y así sucesivamente.

Como escribe el periodista Tom Edsall: "El daño que el presidente Trump ha infligido a Estados Unidos y al mundo es tan enorme y de tan amplio alcance que resulta difícil de comprender".

Creo que es importante separar la detestabilidad que genera Trump como persona de las atrocidades que comete. Trump no va a cambiar, pero podemos empezar a buscar cambios en nuestro sistema para prevenir semejantes atrocidades en el futuro, especialmente si logramos expulsar a los cobardes y aduladores republicanos del Congreso.

¿Qué reformas básicas son necesarias para empezar a solucionar este problema? No me refiero a políticas específicas como reducir el tamaño del ejército, salvar el planeta del cambio climático, brindar atención médica universal o abordar la inteligencia artificial, por importantes que sean. Me centro en reformas fundamentales sobre el funcionamiento de nuestro gobierno: reformas necesarias para lograr cualquier cosa.

He intentado resumirlo en 10 elementos esenciales. Aquí están:

1. Limitar el mandato de los magistrados del Tribunal Supremo. Limitar el mandato de los magistrados a 18 años, tras los cuales deberán trasladarse a tribunales de apelación o de distrito. Los magistrados que ya forman parte del Tribunal Supremo solo podrán permanecer en él hasta completar 18 años. Quienes superen este límite deberán trasladarse inmediatamente a otros tribunales. (Otra reforma consiste en aumentar el número de magistrados, pero Franklin D. Roosevelt lo intentó y resultó tan impopular políticamente que tuvo que abandonarlo).

2. Prevenir conflictos de intereses. Eliminar la exención del presidente y el vicepresidente de las leyes sobre conflictos de intereses. Exigir que todos los funcionarios electos a nivel federal depositen sus inversiones en fideicomisos ciegos. Prohibir la negociación de determinadas acciones.

3. Impedir que un presidente utilice el Departamento de Justicia. Prohibir que un presidente intervenga en las decisiones sobre a quién procesar. Exigir la revisión del Congreso de cualquier indulto o conmutación de penas.

4. Acabar con la manipulación de los distritos electorales. Exigir a los estados que creen comisiones independientes para trazar los límites de los distritos congresionales.

5. Restablecer el derecho al voto. Volver a promulgar la Sección 2 de la Ley de Derechos Electorales (que prohibía las prácticas o procedimientos de votación que discriminaran por motivos de raza, color o etnia) y la Sección 5 (que exigía que las jurisdicciones con un historial de discriminación racial en la votación obtuvieran la aprobación federal antes de cambiar cualquier ley o procedimiento de votación) .

6. Proteger la libertad e independencia de prensa. Modificar las leyes antimonopolio Sherman y Clayton para impedir que las grandes corporaciones, o cualquier persona que ya posea medios de comunicación importantes, adquieran grandes redes o plataformas de medios.

7. Proteger la libertad de investigación. Prohibir que el poder ejecutivo condicione la concesión de subvenciones para investigación u otras actividades educativas a las universidades a cualquier criterio ideológico. Los investigadores deben tener la libertad de buscar la verdad.

8. Eliminar la influencia del dinero en la política . Establecer fondos públicos de contrapartida para donaciones de pequeñas cantidades destinadas a todos los cargos electos federales. Alentar a los estados a otorgar estatutos corporativos solo con la condición de que las corporaciones se abstengan de participar en actividades políticas (como lo ha hecho Hawái, lo está considerando Montana y se espera que California también lo haga). Impulsar una enmienda constitucional para revocar la sentencia Citizens United y establecer la autoridad del Congreso para limitar la influencia del dinero en la política.

9. Gravar las grandes sumas de riqueza personal. Promulgar un impuesto sobre el patrimonio. Eliminar la regla de la "base revalorizada al fallecimiento" que permite que grandes fortunas se transfieran de una generación a otra sin pagar impuestos sobre las ganancias de capital.

10. Eliminar el Colegio Electoral. Impulsar una enmienda constitucional para eliminar el Colegio Electoral y basar la elección del presidente y vicepresidente en la fórmula que obtenga la mayoría del voto popular. Mientras tanto, buscar un pacto entre los estados (y el Distrito de Columbia) para otorgar todos sus votos electorales a la fórmula presidencial que gane la mayoría del voto popular.

Puede que tengas otras prioridades; en ese caso, añádelas en tus comentarios a continuación (pero indica cuáles de las anteriores descartarías para que la lista sea manejable).

La cuestión es que debemos empezar a hablar de reformas estructurales importantes en el funcionamiento de nuestro gobierno, e instar a los candidatos a todos los niveles de gobierno a que las apoyen. Trump ha demostrado lo fácil que es abusar del sistema. Cuando tenemos el poder, debemos actuar para acabar con esos abusos. Robert Reich es economista. Substack, 5 de julio de 2026.




















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 6 DE JULIO DE 2026

 






















DEL ARCHIVO DEL BLOG. ¿HA HABIDO ALGÚN LÍDER MÁS RIDÍCULO EN LA HISTORIA?, POR JOHN CARLIN. PUBLICADO EL 3 DE JULIO DE 2017

 





Lo más increíble no es que Donald Trump soltara otra tuitorreada de adolescente trastornado la semana pasada, escupiendo sangre y bilis contra una pareja de presentadores de televisión. Ni que ayer el comandante en jefe de Estados Unidos recurriera a una ofensiva gorilesca en su guerra santa contra la CNN.

Lo más increíble no es que Trump degrade la dignidad de su cargo, la de su país y la de su lengua cada vez que convierte sus impulsos en palabras.

Lo más increíble no es, como detalló The New York Times la semana pasada, que haya dicho más de cien mentiras en los cinco meses pasados desde su investidura.

Lo más increíble no es que sus extranjeros favoritos sean déspotas rusos, filipinos o saudíes.

Lo más increíble no es que el presidente de Estados Unidos sea el líder más raro del planeta, con la posible excepción del de Corea del Norte.

Lo más increíble no es que la totalidad de sus conocimientos del mundo cabrían cómodamente dentro de una lata de Coca-Cola.

Lo más increíble no es que cuando el hombre más poderoso del planeta se reúna esta semana con los líderes del G20 en Hamburgo él sera, de lejos, el más bobo y el más irresponsable de la clase.

Todo esto lo saben perfectamente bien Angela Merkel, Emmanuel Macron, Vladímir Putin y Xi Jinping. Lo saben ustedes, queridos lectores. Lo sabe la gran mayoría de los miembros del Congreso norteamericano, los jueces de la Corte Suprema, los gobernadores de los 50 Estados. Lo tienen que saber también los miembros de su gabinete, obligados todos a tratarle como un niño malcriado, o un perro rabioso, o un loco rey feudal.

Por eso lo que sí es increíble, lo más increíble y lo más aberrante de la época en la que vivimos, es que el Congreso, la Corte Suprema, los gobernadores y los miembros del gabinete presidencial de Estados Unidos aguanten que semejante energúmeno ocupe el cargo más peligroso de la tierra, que no le hayan destituido por el bien de su país y el de la humanidad; que no hayan recurrido a la Constitución o al sentido común o a lo que sea para forzar su salida; que no hayan seguido la lógica del senador del partido republicano que dijo la semana pasada, como respuesta a aquel grotesco tuit presidencial contra los dos periodistas: “Pare. Por favor pare ya”.

Si fuese el gerente de un local de McDonald’s lo hubieran despedido hace tiempo. Pero no. Pasan los días, uno se despierta por la mañana, y ahí sigue Trump.

¿Ha habido alguna vez en la historia algún líder en el que la discrepancia entre el alcance global de su poder y la ridiculez de su persona haya sido más abismal? Quizá algún emperador romano. Invito a que los lectores hagan propuestas. John Carlin es escritor. El País, 3 de julio de 2017.