lunes, 13 de julio de 2026

BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. HOXE, LUNS, 13 DE XULLO DE 2026, EN GALEGO

 





Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos nesta noite de luns/martes 13-14 de xullo de 2026. Espero que pasarades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino vos acompañen. Ata mañá. Quérovos. Bicos. HArendt


















DE LA TARDE QUE CAE. FILOSOFÍA DE LA VIRTUD, POR ESTHER PEÑAS. 13 DE JULIO DE 2026

 







«Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un poco de agua», dejó escrito el aviador y poeta Antoine de Saint-Exupéry. Algo así sucede con la virtud. Embellece a quien la practica, porque la virtud conmina a la acción, de ahí que quien tenga virtudes se convierta en virtuoso. Se pueden tener valores nobles, altísimos, pero estos (no en vano son un término bursátil) solo arraigan en la abstracción. No hay adjetivo para quien los cultiva. A la contra de las virtudes, los valores no exigen su práctica. «Las virtudes configuran a la persona y a la comunidad», apunta la filósofa Adela Cortina.

En el antiguo Egipto, la diosa Maat simbolizaba la armonía, la verdad, el orden, la moralidad. Si ella no los regía, entre los hombres imperaba el caos. Se la representa con una pluma de avestruz. Cuando un ciudadano moría, colocaba en un plato de la balanza su alma; en el otro, su pluma. Si pesaba más esta, es que el alma no había vivido correctamente y merecía ser devorada por Ammit, la bestia de los muertos.

Siempre ha habido un concepto a propósito de lo bueno, lo deseable, lo correcto. Pero hubo que esperar al periodo clásico para que el término virtud (del latín virtutem) cristalizase, primero como aptitud física, después como idoneidad moral. Hacer lo que conviene para una vida ética. Con la felicidad como Ítaca. Como línea de horizonte.

Para el mundo griego, se convirtió en un eje para casi todo lo demás. Areté. La plenitud de una potencia. Para Sócrates, solo el sabio podía ser virtuoso. Conocimiento y bien estaban enlazados. Pero delimitar la virtud al plano intelectual conlleva el riesgo de privar de responsabilidad moral a quien no actúa como debiera. Platón observó este equívoco, y pese a que reduce las virtudes a la sabiduría, recuerda que uno siempre es responsable cuando no hace el bien, ya que ha permitido que sus pasiones le dominen.

Definidas en La República, Platón reduce a cuatro las virtudes que luego se llamarán cardinales. La prudencia, que nos permite discernir lo bueno en cada circunstancia; la fortaleza, esa capacidad de resistencia para encarar el miedo; la templanza, que remite a la moderación en los impulsos, deseos y acciones, y la justicia, que nos guía para dar a cada cual lo que le corresponde. Estas cuatro virtudes platónicas son los pilares de la ética occidental.

Aristóteles, por su parte, diferencia la virtud moral —emparentada con el hábito, que conduce las acciones y las emociones y que implica una elección— y la virtud intelectual —que rige el pensamiento y puede o no concretarse en una acción—. Se le ha reprochado lo confuso de la distinción, porque las virtudes morales implican el ejercicio de la razón, y la excelencia de la razón, a su vez, depende del cuidado de las virtudes morales.

Impecable en cambio es la relación que nos da el estagirita de las virtudes morales: la valentía, la templanza, la sinceridad, la amabilidad, la generosidad y la magnanimidad (la grandeza del alma). En Ética a Nicómaco nos recuerda que, si bien el destino de la práctica virtuosa es la felicidad, es una búsqueda tanto individual como común y compartida. Los estoicos (Séneca, Cicerón, Marco Aurelio) no contemplan, en cambio, otra finalidad de la virtud que ella misma.

A la diosa Virtus (representada como una matrona, a veces como un anciano y en algunos frisos como un joven con jabalina) se encomendaban los romanos para ser ciudadanos dignos y personas íntegras. Entre las principales virtudes romanas, públicas y privadas, se encuentra la autoridad (merecer la admiración ajena), la perseverancia, la clemencia (misericordia, dirá después el catolicismo), la dignidad, la buena fe (fides, confianza en las intenciones nobles del otro; Marco Aurelio nos recuerda que «el débil se ofende por la verdad, el fuerte, por las mentiras»), la frugalidad, la nobleza, la justicia, la prudencia, la salubridad… y dos más, fascinantes: la alegría y el humor.

El corpus teológico católico retoma las enseñanzas clásicas para entronizar las virtudes cardinales y añade tres, las teologales: fe, esperanza y caridad. Para el catolicismo, no hay virtud posible que no se fundamente en el amor. San Agustín coloca en la caridad el epicentro de todas las virtudes (a las que define como «el orden del amor»), algo que retoma santo Tomás, para quien cualquier virtud «potencia el conocimiento y la libertad». Entre uno y otro, con motivo de su coronación como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Carlomagno hace pública una relación de las virtudes caballerescas que honran a quienes las practican: dar limosna a los pobres, misericordia para con los presos, redimir al cautivo, no perseverar en la ira, no perjurar ni permitir que otros lo hicieran…

El pensamiento moderno va perdiendo la noción clásica de la virtud como resultado de la voluntad en inteligencia, para delimitarla al hábito individual o la costumbre social. Así lo hacen Descartes y Comte, si bien algunos filósofos como Leibniz matizan que la virtud excede al puro automatismo. Por su parte, Hobbes la identifica con la ley civil. La moral, por tanto, el ejercicio de las virtudes, se encamina únicamente a la paz social. En esta órbita se sitúa Bentham cuando afirma que el valor de la virtud se mide por sus consecuencias. Kant, cuyo sistema moral se sustenta en la razón, cede a la virtud el desempeño de guardiana de las pasiones.

En Nietzsche, la moral, por tanto, la virtud, es más problemática. Él distingue la moral del esclavo frente a la del amo. Habla de las virtudes, propias de «hombres superiores», como Goethe o Beethoven. Al considerar que la convivencia de este tipo de hombres con el resto los envilece, estima la soledad como la gran virtud, a la que acompaña de otras tres: valor, perspicacia y simpatía.

A principios del siglo XX, dentro de la fenomenología, destaca Max Scheler, que retoma a san Agustín y su ordo amoris para explicar la virtud en tanto tendencia a actuar de cierto modo, y con la única recompensa de obrar con rectitud («La recompensa de una buena obra es haberla hecho», san Agustín dixit).

Simone Weil, quien ahonda en la vida virtuosa, destaca de entre todas las virtudes la humildad como única senda que permite alcanzar ese término vital en su ética, la decreación (tomado, décadas después, por Anne Carson como centro de su poesía). La necesidad de disolver, de aniquilar al yo para volver a Dios.

Más contemporáneos, tanto José Antonio Marina como Javier Gomá han transitado el terreno especulativo de la virtud. Para el primero, la virtud es el «hábito de la excelencia», ya que no solo permite desempeñar con diligencia un empeño, sino que perfecciona la facultad misma. En sus obras se destacan virtudes como la compasión, la perseverancia, la bondad, la responsabilidad y el coraje. Por su parte, Gomá hace hincapié en la necesidad de educar el corazón, de manera que cada ciudadano sienta determinadas verdades como evidentes, y hace suya la definición aristotélica: «Aprender a amar, odiar y gozar correctamente».

En lo que están de acuerdo los filósofos a lo largo de los siglos, con matices, es que las virtudes se aprenden, se pulen, se perfeccionan, se incorporan de tal manera que se convierten en algo similar a una respuesta automática. Aristóteles resulta incontestable: la virtud, disposición voluntaria adquirida que habita el término medio entre dos extremos indeseables, uno por exceso y otro por defecto. Esther Peñas es escritora. Ethic, 10 de julio de 2026.



















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. LA INMIGRACIÓN, PARCHE Y COHETE DEL ESTADO DE BIENESTAR, POR ESTEFANÍA MOLINA. 13 DE JULIO DE 2026

 







Las personas migrantes merecen dignidad y respeto, pero analizar el impacto de la inmigración como fenómeno no debería ser un tabú en democracia. Se ha instaurado la idea en España de que atraer extranjeros servirá para solucionar todos los males de nuestro Estado del bienestar. Sin embargo, existen motivos para creer que ello solo nos permitirá ganar tiempo o, incluso, que nuestra clase política ha encontrado en el factor migratorio la forma de ir parcheando aquellos retos demográficos y económicos que eran previos.

Decía Pedro Sánchez que sin la llegada de inmigración habría 90.000 bares que cerrarían de aquí a 2050 y que una de cada tres explotaciones agrícolas desaparecería en España. Es decir: vino a confesar que la reciente regularización —que ahora excede por más del doble las previsiones del Gobierno— no solo fue por humanismo, sino que la patronal también necesitaba inmigración “como el aire para respirar”, según dijo el presidente de Foment del Treball y seguramente piense la CEOE. Eso explicaría por qué nuestro país ha abierto la mano a la recepción de unos dos millones de trabajadores en los últimos cuatro años. El milagro económico de Sánchez, pues, tiene letra pequeña: si el PIB no se hace notar en el bolsillo de los ciudadanos es porque hemos crecido más por volumen de trabajadores que por incrementos de la productividad. El Gobierno logra así titulares triunfalistas, pero no ha hecho que los salarios ganen poder adquisitivo de forma decisiva, menos aún con la inflación: los sueldos llevan tres décadas estancados en España, según la OCDE.

Sin embargo, los inmigrantes no son culpables de que la economía española sea low cost, sino al contrario: vienen a ganarse la vida legítimamente. Según Funcas, accedieron al 40% de los nuevos empleos que se crearon en 2024; en hostelería, comercio y construcción ese dato subió hasta el 45-60% y, en agricultura, hasta el 80%. La realidad es que el tipo de inmigración que atraemos solo es un reflejo de la economía que somos. Si fuéramos Silicon Valley, atraeríamos ingenieros indios o paquistaníes.

Hemos ahí la gran paradoja: España da síntomas de expulsar a ciudadanos muy formados, entre ellos nuestra juventud, mientras recibe fácilmente trabajadores de fuera. La llamada “fuga de cerebros” repuntó entre 2019 y 2022 en un 40%, superando la cifra de 400.000 personas, de las cuales un 30% tenía estudios superiores. Es revelador cómo muchos médicos españoles se marchan a otros lares a ganarse mejor la vida, mientras atraemos doctores de otras latitudes.

Asimismo, nos conformamos pensando que las pensiones se pagarán simplemente con más mano de obra. Ahora bien, los actuales migrantes cobran un 29,3% menos que el trabajador medio nativo, por el tipo de labores que desempeñan, según un estudio publicado en Nature. A su vez, su techo de crecimiento se ve limitado como el del resto: más de la mitad de los extranjeros con estudios superiores ocupa puestos por debajo de su cualificación, frente al 35% en el caso del conjunto en España en 2024, según Eurostat. Es grotesco que se hayan extendido coletillas como que “alguien tendrá que limpiar el culo a los abuelos”, que no solo destilan supremacismo, sino que instauran una mentalidad por la cual los inmigrantes solo están para servirnos, y no para que les ayudemos, si lo necesitan, también con prestaciones sociales. Supone además asumir que son un parche para cubrir aquellas profesiones que no quieren los autóctonos, en vez de hablar de la inmigración como un activo a futuro, mediante más formación e integración entre las segundas y terceras generaciones. Ese debate sería menos polarizante que el de la “prioridad nacional” de la ultraderecha, pero más constructivo.

Nuestro crecimiento también se podría ver lastrado por el problema de la vivienda. De los 15 millones de migrantes que llegaron entre 2002 y 2024 a nuestro país, la mitad no se quedaron por la cuestión económica. Cuando la izquierda habla de humanismo, es llamativo que nunca denuncie hasta que haya también migrantes padeciendo chabolismo vertical, probablemente: familias enteras viviendo en un solo cuarto porque no pueden lograr algo mejor.

A la postre, el problema demográfico tampoco se solucionará si no nos tomamos en serio las políticas de conciliación y natalidad. Aunque entre 2022 y 2024 la inmigración había aportado el 84% de nuestro crecimiento poblacional, entre 2007-2009 y 2021-2023 la tasa de fecundidad de las mujeres nacidas en el extranjero cayó de 1,71 a 1,24, según la Estadística Continua de Población y la Estadística de Nacimientos del INE. Además, su edad media para tener el primer hijo ha aumentado, pasando de 26,61 años en 2007-2009 a 29,08 años en 2021-2023. Entre los factores plausibles está el cambio cultural en origen y, que la precariedad les afecte tanto como a los autóctonos.

En definitiva, la migración aporta y es necesaria para nuestra sociedad, pero al mismo tiempo actúa como espejo de los retos pendientes como nuestro Estado del bienestar. Ganar tiempo solo posterga los problemas hacia el futuro. Que nadie culpe al migrante, sino que exija más soluciones a nuestra clase política, a izquierda y derecha. Estefanía Molina es politóloga. El País, 10 de julio de 2026.





















MI PLAN DE LECTURAS PARA EL INVIERNO 2025-OTOÑO 2026 (MODIFICACIONES). 13 DE JULIO DE 2026

 






MI PLAN DE LECTURAS PARA EL INVIERNO 2025-OTOÑO 2026 (MODIFICACIONES)

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INVIERNO, 2025/2026

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LA FUGITIVA (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VI), de Marcel Proust (leída).

HANNAH ARENDT, UNA BIOGRAFÍA INTELECTUAL, de Thomas Meyer (leída).

IDENTIDAD Y AMISTAD, de Emilio Lledó (leída).

EL TIEMPO RECOBRADO (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VII), de Marcel Proust (leída). 

APOLOGÍA DE SÓCRATES, de Platón (leída).

WALDEN, de Henry David Thoreau (leída).

LOS GRANDES CEMENTERIOS BAJO LA LUNA, de George Bernanos (leída).

EL GRAN GATSBY, de F. Scott Fitzgerald (leída).

LA MARAVILLOSA HISTORIA DEL ESPAÑOL, de Francisco Moreno (leída).

FEDÓN, de Platón (leída).

SONETOS DE AMOR, de William Shakespeare (leída). 

ANA NO, DE Agustín Gómez Arcos (leída).

CAMINAR, de Henry David Thoreau (leída).

(Trece lecturas completadas).

     

PRIMAVERA, 2026

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LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO, de Byung-Chul Han (leída).

ENEIDA, de Virgilio (leída).

BIOGRAFÍA DEL SILENCIO, de Pablo D’Ors (leída).

TRISTRAM SHANDI, de Laurence Sterne (leída).

CRÓNICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA, de la Real Academia Española (leída).

COMERÁS FLORES, de Lucía Solla (leída).

SAN MIGUEL, BUENO Y MÁRTIR, de Miguel de Unamuno (leída).

EL ARTE DE TENER RAZÓN, DE ARTHUR SCHOPENHAUER (leída).

SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky (leída).

ANTOLOGÍA GENERAL, de Pablo Neruda (leída).

EL PERIÓDICO DE LA DEMOCRACIA, de Javier Cercas (leída).

CÓMO EL MUNDO CREÓ OCCIDENTE, de Josephine Quinn (leída).

LENGUA MADRE, de Laura Spinney (leída).

(Trece lecturas completadas).


VERANO, 2026

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POEMA DE GILGAMESH, Anónimo (leída).

REPÚBLICA, de Platón (leída).

IBIS, de José María Vargas Vila (leída).

ANTOLOGÍA EN VERSO Y PROSA, de Gabriela Mistral (leyendo ahora).

EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA, de Daniel Innerarity (pendiente de lectura).

MARTÍ EN SU UNIVERSO, de José Martí (pendiente de lectura).

ORIGEN Y META DE LA HISTORIA, de Karl Jaspers (pendiente de lectura).

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE, de Oswald Spengler (pendiente de lectura).

ARTE SONORA, de Auserón (pendiente de lectura).

UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, de Jürgen Habermas (pendiente de lectura).

HISTORIA ALTERNATIVA DE LA FELICIDAD, de Juan Antonio González Iglesias (pendiente de lectura).

POLÍTICA Y FICCIÓN, de Jorge Lagos y Pablo Bustinday (pendiente de lectura).

ESCRITOS 6, de Soren Kierkegaard (pendiente de lectura).

¿TIENE FUTURO LA VERDAD? de Georg Steiner (pendiente de lectura).

UN CABALLERO EN MOSCÚ, de Amor Towles (pendiente de lectura).

MANIFIESTO POR UNA DEMOCRACIA RADICAL, de Jordi Sevilla (pendiente de lectura).

GALDÓS, Yolanda Arencibia (pendiente de lectura).

CONTRA EL ESTADO, de James C. Scott (pendiente de lectura).

MOMO, de Michael Ende (pendiente de lectura).

LA MEMORIA RECUPERADA, de Antonio Iglesias (pendiente de lectura).

(Tres leídas, una leyendo ahora y dieciséis pendientes).


OTOÑO, 2026

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EL FENÓMENO HUMANO, de Teilhard de Chardin (pendiente de releer)

ERASMO Y ESPAÑA, de Marcel Bataillon (pendiente de releer).

ULISES, de James Joycee (pendiente de releer).

ENSAYOS, de Michael de Montaigne (pendiente de releer).

OBRAS COMPLETAS, de Esquilo, Sófocles y Eurípides (pendiente de releer).

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, de Friedrich Nietzsche (pendiente de releer).

¿QUÉ ES LA POLÍTICA?, de Hannah Arendt (pendiente de releer).

ANTOLOGÍA GENERAl, de Pablo Neruda. (Pendiente de releer).

DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes. (Pendiente de releer).

POLÍTICA, de Aristóteles (Pendiente de releer).

(Diez relecturas pendientes).

TOTAL DE LECTURAS PROGRAMADAS EN EL AÑO: 56.























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 13 DE JULIO DE 2026

 























DEL ARCHIVO DEL BLOG. HASTA LA HIPOCRESÍA TIENE UN LÍMITE, POR MANUEL JABOIS. PUBLICADO EL 12 DE JULIO DE 2017

 






En una de sus frases más afortunadas, ese genio que fue Fernando Fernán Gómez, cuyo nombre la peor calaña política de Madrid quiso sacar de los teatros de la Villa —igual querían rebautizarlos como “Centro Cultural Volquete de Putas”— escribió que después de la guerra no había llegado la paz, sino la victoria. Es difícil expresar mejor un tiempo en el que la reconciliación consistía en cuneta, cárcel o exilio.

La democracia permite la paz; la dictadura exige la victoria. El franquismo fue la ausencia oficial de máscaras: había barra libre de fascismo, y al que se pasaba no lo echaban de la fiesta sino que lo ponían a organizar otra. Lo que ocurrió después fue un ejercicio blanqueador: miles se acostaron llorándole a una tumba y se despertaron apedreándola. La paz siempre ha exigido un material de primera calidad, muy usado pero con escaso prestigio público: la hipocresía.

Es la hipocresía la que resuelve en un primer momento las mayores tensiones; es gracias a la hipocresía, y no a la pureza de los principios, cómo se pactan los primeros acuerdos de convivencia después de un escenario de violencia. Es hipocresía, por ejemplo, lo que facilita las cosas hoy en el País Vasco. Como la de Sortu homenajeando a Blanco entre los reproches de Alfonso Alonso, que dijo de uno de ellos que “sobraba” porque “defendió a los asesinos” hace 20 años. Fue al acto, remachó, para “blanquearse”.

Quizá tenga razón Alonso, y quizá la paz consista en dejar de tener razón un poco. En España ha ido blanqueándose todo el mundo para convivir; en España se ha tenido, en nombre de la paz, la hipocresía necesaria para permitir que un franquista fundase el partido de Alonso sin que este le dijese que sobra o le pidiese condenar la dictadura. Tener la razón no implica exhibirla. Arzuaga no sobraba; probablemente lo que sobre es que haga lo que le pida el cuerpo, pero eso no lo sabremos como no quisimos saber ni queremos saber tantas cosas.

Que haya gente en la izquierda acomplejada por la muerte de uno de los suyos (Blanco lo era, y ahí empezó el espectáculo: cuando le dieron más importancia a ser del PP que a estar muerto) significa que no han aprendido nada. Que escandalice ahora la utilización del muerto por parte del Partido Popular es hasta entrañable: empezaron a los tres meses (septiembre, concierto de Las Ventas; recuerda Leguina). Pero también la hipocresía tiene un límite. Poner a la misma altura las miserias partidistas actuales del asesinato de Miguel Ángel Blanco y su asesinato no es más que un subterfugio con un objetivo, este sí, blanqueador criminalmente. Manuel Jabois es escritor. El País, 12 de julio de 2017.




















DEL POEMA DE CADA DÍA. LA RENUNCIA, POR ANDRÉS BELLO (1781-1865). 13 DE JULIO DE 2026

 






LA RENUNCIA




He renunciado a ti. No era posible

Fueron vapores de la fantasía;

son ficciones que a veces dan a lo inaccesible

una proximidad de lejanía.


Yo me quedé mirando cómo el río se iba

poniendo encinta de la estrella...

hundí mis manos locas hacia ella

y supe que la estrella estaba arriba...


He renunciado a ti, serenamente,

como renuncia a Dios el delincuente;

he renunciado a ti como el mendigo

que no se deja ver del viejo amigo;


Como el que ve partir grandes navíos

como rumbo hacia imposibles y ansiados continentes;

como el perro que apaga sus amorosos brios

cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;


Como el marino que renuncia al puerto

y el buque errante que renuncia al faro

y como el ciego junto al libro abierto

y el niño pobre ante el juguete caro.


He renunciado a ti, como renuncia

el loco a la palabra que su boca pronuncia;

como esos granujillas otoñales,

con los ojos estáticos y las manos vacías,

que empañan su renuncia, soplando los cristales

en los escaparates de las confiterías...


He renunciado a ti, y a cada instante

renunciamos un poco de lo que antes quisimos

y al final, !cuantas veces el anhelo menguante

pide un pedazo de lo que antes fuimos!


Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.

Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;

desbaratando encajes regresaré hasta el hilo.

La renuncia es el viaje de regreso del sueño...




ANDRÉS BELLO (1781-1865)

poeta venezolano





***





Andrés de Jesús María y José Bello López (Caracas, 29 de noviembre de 1781-Santiago, 15 de octubre de 1865) fue un humanista, jurista, poeta, filólogo, diplomático y educador venezolano, considerado una de las figuras intelectuales más influyentes de América Latina en el siglo XIX. Su influencia se manifestó principalmente en Venezuela, el Reino Unido y Chile, donde ejerció funciones en la administración pública, la diplomacia, la educación y la legislación