martes, 3 de noviembre de 2026

ESPECIAL DOS DE HOY MARTES: LA LÍNEA TORCIDA, POR DAVID TRUEBA

 





La palabra accidente procede de la idea de algo que te cae encima. Un amigo sostenía que le gustaba mucho viajar en tren hasta que los trenes empezaron a volar, es decir, a ir demasiado rápido. Reducir los tiempos de traslado entre grandes ciudades es una de las obsesiones que ha ido despoblando nuestro país, a la espera del teletransportador que nos fascinaba de Star Trek. El terrible accidente de trenes que segó la vida a 69 personas en Urda (Toledo) la semana pasada nos cayó encima con historias sobre mecanismos de seguridad, sistemas de frenado y paneles de control. Pero nadie ha hablado de la lentitud. La aceleración de la civilización en los últimos treinta años también es física. Vamos demasiado deprisa. Incluso a la hora de analizar una tragedia nos precipitamos. Unos días antes del accidente ferroviario un autobús cayó por un terraplén de 20 metros en Fogars de Montclús (Barcelona). Milagrosamente no hubo víctimas mortales, pero en España mueren al año en la carretera menos de 2.000 personas. Antes de la implantación del carnet por puntos superábamos los 4.000 muertos al año y se redujo esa cifra con controles de alcoholemia, mejora de vías y avances en los sistemas de protección. Mejoramos porque los ciudadanos tomaron conciencia de un drama que sacudía a todas las familias.

Si a algo nos obligan las tragedias de Angrois, Adamuz y Urda es a replantearnos el problema de la alta velocidad. En cinco años ha multiplicado por dos el número de viajeros anuales. Esta sobrecarga nos hace más vulnerables. También la fatiga de materiales requiere una constante revisión en toda la longitud del trazado. La precariedad laboral es fácil suponer que es la misma que sufren casi todos los servicios. Se ha apuntado incluso a la falta de una transición generacional llevada a cabo sin prisas en los puestos de responsabilidad. El perfil político de los directivos no ayuda a optimizar la gestión porque la corrupción en España se suele condensar en las infraestructuras y sus grandes contratas de construcción y servicios. Como pasa con la sanidad pública, la convivencia del negocio particular con las infraestructuras estatales provoca un desvío constante de ingresos, atención y cuidados que convierte al ciudadano en cliente en lugar de dueño. El proceso tiende a finalizar siempre con la privatización total de los servicios públicos, porque esa es la manera por la cual los políticos finalmente se sacuden toda responsabilidad.

La presión turística sobre España fuerza nuestras infraestructuras de transporte, sanidad, limpieza, energía y consumo, pero como el negocio es boyante celebramos los récords anuales de llegadas. Cuando observamos la degradación laboral y la magnitud del problema de vivienda comprobamos que el muchísimo dinero que ganamos gracias al turismo no alcanza para tapar la grieta que provoca. La política madura, la que no se dedica a inflamar a los queridos niños camino del día de la votación, tiene que centrarse en el equilibrio. Las reformas, las regulaciones y las compensaciones son el único mecanismo de reequilibrio en un paisaje que se inclina, como las mesas del casino, hacia las ganancias de unos pocos y las pérdidas de otros muchos, esos ilusos que aún confían en la suerte. Pero lo inteligente es estar preparado para cuando llega la mala suerte. Los accidentes siempre señalan algún aspecto que falla, cada vez uno distinto, pero una mirada más valiente nos ayudaría a apreciar con mayor claridad la deriva en que vivimos. Como escribió el poeta Luis Chaves: “Hay que empezar la década otra vez, la línea va torcida”. David Trueba es cineasta. Publicado en El País.






















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ESPECIAL DE HOY MARTES: EL FUTURO YA NO ES LO QUE ERA ANTES, POR JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

 







Este texto es una transcripción de las palabras pronunciadas por Juan Gabriel Vásquez antes de la cena de los intervinientes en el foro World in Progress Barcelona, organizado por el Grupo Prisa, EL PAÍS y la Cadena SER.

En 1947, los científicos del Proyecto Manhattan inventaron una manera simbólica de alertar a la humanidad de los riesgos que corre a cada momento: el Reloj del fin del mundo. La medianoche en el reloj es el momento de la catástrofe, el momento en que la humanidad puede desaparecer. Cuando se creó el reloj, sus manecillas marcaban siete minutos para la medianoche; cada año, en enero, los expertos del Boletín de Científicos Atómicos evalúan los riesgos que corre la humanidad y mueven las manecillas, alejándolas o acercándolas a la medianoche de la catástrofe. El momento en que más lejos ha estado la humanidad de su extinción fue 1991: la Guerra Fría había terminado y los científicos hicieron retroceder las manecillas de forma que marcaran 17 minutos para la media noche. Pero en los últimos tiempos el pesimismo ha crecido, y hace casi dos años el expresidente colombiano Juan Manuel Santos, como presidente del grupo de los Elders, tuvo el honor extrañísimo de mover las manecillas para que marcaran 89 segundos. En enero de este año, la apreciación de los científicos volvió a empeorar. Hoy faltan 85 segundos para la medianoche.

Las causas que se dan en esta última evaluación son cuatro: las guerras, el cambio climático, las tecnologías disruptivas y el auge de las autocracias.

En realidad, yo creo que el auge de las autocracias cubre todo lo demás. Estas autocracias son culpables de las guerras que hoy incendian el mundo del este de Europa al Medio Oriente; estas autocracias desprecian la ciencia que está detrás del cambio climático y tratan de sabotear los esfuerzos que se hacen –desde el multilateralismo y la diplomacia– para atenuar sus consecuencias; sobre todo, estas autocracias se han convertido en las cómplices o valedoras de la principal amenaza que hoy flota sobre la especie humana. Eso que los expertos del Boletín de Científicos Atómicos llaman “tecnologías disruptivas” comprende las redes sociales, que se han convertido desde 2016 en una amenaza flagrante para nuestras democracias, porque su modelo de negocio se basa en la exacerbación de nuestros odios y nuestros miedos, en el envenenamiento de nuestra conversación ciudadana y la destrucción de la noción de realidad compartida; pero sobre todo se refiere a esas otras tecnologías que hoy mismo, mientras nosotros hablamos aquí, pueden estar acercándonos a un desastre planetario irreversible. Desde luego que no me refiero a la tecnología que les permite escribir novelas a quienes no quieren tomarse el tiempo ni asumir el esfuerzo de aprender a hacerlo. Eso, comparativamente, es inofensivo. Yo soy hijo de la Guerra Fría, y hoy, por primera vez desde que los niños de los años 60 creyeron que morirían debajo de una nube en forma de hongo, veo opiniones serias e informadas, basadas en información seria y en previsiones realistas, que dicen que el mundo se va a acabar.

Fue lo que pasó hace apenas unas semanas. Un hombre llamado Jacob Coxon, investigador de inteligencia artificial que había trabajado para Open AI y para Anthropic, renunció con un mensaje en la red X que llegó más lejos que otros anuncios de la catástrofe. “Las personas que desarrollan la IA creen firmemente que podría acabar con todos nosotros antes de que termine la década”, escribió Coxon. Ahora bien: cosas parecidas habían dicho otros científicos, a veces tan autorizados o más autorizados que este Coxon. Geoffrey Hinton, científico británico-canadiense, premio Nobel de Física en 2024, conocido como “el padrino de la IA”, dijo en 2023 que esta tecnología podría provocar la extinción de la humanidad en un plazo de tres décadas, y desde ese año ha acortado el plazo. La publicación científica The Lancet, más optimista, previó que el mal uso de la inteligencia artificial (o un conflicto nuclear, que también es posible) podrían causar la extinción humana antes del año 2100. Y todos nos estamos haciendo la misma pregunta: ¿Qué va a pasar? ¿Qué nos espera en el futuro?

En los años 30, el escritor Paul Valéry dijo: “El futuro carece de imagen. La historia le da los medios para ser pensado”. Quería decir que, cada vez que el ser humano se ve enfrentado a una situación nueva, a la urgencia de actuar sobre algo que nunca ha experimentado, tiene que acudir a lo que Valéry llamarecuerdos imaginarios: nuestra experiencia, las imágenes del pasado tal como han quedado contadas en nuestros relatos: la historia, el periodismo, la literatura. En otras palabras: como no vemos cómo es el futuro, como el futuro es desconocido, lo que hacemos es ver el pasado y basarnos en él para saber cómo actuar. Bien, creo que nuestro gran problema hoy es que no tenemos recuerdos imaginarios que nos sirvan para ver este futuro: el futuro dominado por la inteligencia artificial. No podemos ver el futuro correctamente porque nos enfrentamos a algo tan novedoso, tan inédito, que no hay un repositorio de memoria al cual podamos acudir para imaginar lo que puede pasarnos. Y por eso no nos estamos defendiendo como deberíamos. Y por eso podemos decir hoy que el futuro ya no es el que nos imaginábamos hace cinco o diez años. El futuro ya no es lo que era antes.

Los que han decidido hacer sonar las alarmas están viendo un futuro distinto del que vemos los demás: un futuro que, para nosotros, los profanos y los ignorantes, ha sido invisible. El desarrollo de esta tecnología que, según los mismos que la están produciendo, puede matarnos a todos, ha ocurrido en lugares que no vemos, fuera de la supervisión de nuestros Estados, lejos de la regulación de nuestras democracias. Esto no ha sido accidental, sino un propósito consciente: los líderes de estos progresos tecnológicos no han escondido nunca su profunda desconfianza en las instituciones, los gobiernos e incluso la democracia. En un manifiesto del año 2009, uno de los ideólogos de estos nuevos movimientos, Curtis Yarvin, llamaba a “dar por terminada la fallida experiencia democrática de los dos últimos siglos”; Sam Altman decía que iba a ser necesario “replantearnos el contrato social”; y en otro manifiesto –a esta gente le gustan mucho los manifiestos– Marc Andreessen decía, hace apenas tres años, que era mentira todo lo que decían los pesimistas: “Nos dicen que la tecnología nos roba el trabajo, reduce nuestro salario, arruina el medio ambiente, pone en riesgo nuestro futuro y está siempre a punto de demolerlo todo”. Nada de eso es verdad, dice. “La tecnología es lo que da gloria a la ambición y al éxito humanos, la punta de lanza del progreso y la realización de nuestro potencial”. Y concluye, con la temible voz de los profetas: “Estoy aquí para anunciarles una buena nueva. Es tiempo de volvernos tecno-optimistas”.

Pero no podemos ser tecno-optimistas cuando un enjambre de agentes de IA gestionados por OpenAI se rebela, rompe las medidas de contención y piratea sitios web durante unas pruebas de seguridad. Lo que pasó a principios de este año les produjo pánico incluso a los más cínicos, como Altman, que empezaron a hablar de ralentizar al desarrollo de la tecnología. Y los hechos preocupantes han seguido ocurriendo. Hace unos meses Anthropic contó cómo delincuentes y científicos sin escrúpulos habían intentado utilizar Claude para fabricar armas biológicas. Y todos están de acuerdo en que la pregunta no es si lo lograrán, sino cuándo, y qué pasará después.

La pregunta es: ¿Tendremos imaginación suficiente para actuar? ¿Seremos capaces, como sociedades democráticas, de exigirles a nuestros gobiernos una intervención urgente que no desaproveche los inmensos beneficios que estas tecnologías sin duda contienen, pero que nos salve de sus peligros? No lo sé. Hace un cuarto de siglo tuve el placer de traducir, por primera vez en España, uno de los libros favoritos de Gabriel García Márquez: Hiroshima, el reportaje de John Hersey sobre las consecuencias de la bomba atómica. Por esa época me obsesioné con el tema y leí varios miles de páginas sobre esos años, y en estos días he recordado a menudo esos conocimientos que me parecían inútiles: pues lo que veo es que nuestra situación actual se parece enormemente a los años previos a Hiroshima y Nagasaki. Si en ese momento alguien hubiera sugerido detener las investigaciones en energía nuclear, a la gente le habría parecido absurdo: los ciudadanos no hubieran creído en realidad en la posibilidad de una bomba. Para los físicos era obvio, pero trasladar el mensaje a los ciudadanos no hubiera sido posible. Todo era teórico: hasta que cayeron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. Con la IA, los peligros eran teóricos –para nosotros, los profanos– hasta que ocurrió la rebelión de Open AI. Ahora, el debate sobre si se puede perder el control ya no tiene sentido. Se perdió el control y se puede perder de nuevo.

Pero hay muchos obstáculos. El más evidente tiene que ver –que no se sorprenda nadie– con el dinero. Ya comienza uno a leer artículos que hablan de que, si fracasa la IA, la debacle en Wall Street puede ser tan grave que lleve el mundo a una nueva recesión. Y no me hago ilusiones: desde el 2008 sabemos que nunca hay que subestimar la codicia humana, la manera como nos enceguece a todos. Ustedes conocen la caricatura de Ann Telnaes que fue censurada por el Washington Post: ahí están Zuckerberg, Sam Altman, el dueño de Los Angeles Times, Patrick Soon-Shiong, y hasta Jeff Bezos: narcisistas patológicos cuyas reservas de empatía y solidaridad marcan números rojos desde su nacimiento y cuya brújula moral necesita que alguien la calibre, todos llevándole ofrendas al narcisista más peligroso de Occidente. Esta caricatura es la metáfora imperfecta del peligro más grande de nuestro momento. Es imperfecta porque en ella no está Elon Musk, el más peligroso de los tecno-oligarcas, el único que ha usado su poder para hacer daño o permitir que otros hagan daño: un verdadero sociópata. ¿Por qué le hacen ofrendas al ídolo Trump? ¿A cambio de qué? La respuesta no es sencilla, pero una parte de la respuesta es: a cambio de desregulación. Las nuevas tecnologías dependen de que ningún Estado, ningún gobierno, intente regularlas. Trump ofrece quitarles regulaciones y presionar a otros gobiernos para que hagan lo mismo; a cambio, ellos le ofrecen la mercancía más preciada para todo autócrata: la manipulación del ciudadano y la destrucción de la realidad común. Es decir, un mundo donde la verdad no existe.

Hace unos días, Bill Gates le dio a Ezra Klein una entrevista espeluznante: “Esto es lo más peligroso a lo que nos hemos acercado. Un modelo abierto puede producir armas biológicas y desactivar cualquier monitoreo. Fuera de la industria, la conciencia de los peligros de la IA es extremadamente baja. Y eso se puede decir de la academia, de los think tanks, de los políticos. La razón por la que estoy tratando de hablar alto es que no podemos confiar en la industria para que se autorregule. La pregunta es: ¿Esperamos a que un ciberataque cause un daño inmenso, a que un ataque biológico cause un daño inmenso, y entonces ponemos las salvaguardas y el monitoreo necesarios para que eso no vuelva a pasar muchas veces? ¿O la tendremos la sabiduría de implementar estas regulaciones antes de que haya millones de muertes?”

En 1928, hace casi cien años, un novelista austriaco, Hermann Broch, comenzó a escribir una novela llamada Los sonámbulos. Los sonámbulos del título son los europeos que, entre la década de 1880 y la de 1910, vieron la desaparición de todo un mundo, un sistema de valores, y el nacimiento de otro sistema de valores y de visiones del mundo que los llevaría a la catástrofe de la Primera Guerra Mundial. Cada vez me parece más claro que nosotros, los ciudadanos del año 2026, somos nuevos sonámbulos: vamos caminando hacia nuestra propia destrucción, incapaces de ver el futuro y reconocer la urgencia de que actuemos. Nos hace falta clarividencia. Pero yo creo que la clarividencia es posible. Los movimientos ciudadanos fueron determinantes para conquistar por caminos indirectos el final de la Guerra Fría y llegar al momento de 1991 en que los científicos del Boletín hicieron retroceder las manecillas hasta aquellos 17 minutos, lo más alejados que hemos estado de nuestra destrucción. Yo los invito a que reaccionemos: a que exijamos a quienes tienen el poder para hacerlo que tomen medidas para evitar lo peor. Para que dejemos de caminar hacia al precipicio, como los sonámbulos de Broch, y el futuro vuelva a ser lo que era hace unos años.

World In Progress (WIP) es un foro internacional de reflexión y debate organizado por PRISA, EL PAÍS y, como medio colaborador, la Cadena SER. Tiene el apoyo del Ajuntament de Barcelona, Generalitat de Catalunya, Abertis, Fundación la Caixa, Glovo, Iberdrola, Indra Group, Limak, Mango, Moeve, Sabadell, Santander, Telefónica, Veolia y Vueling. Juan Gabriel Vásquez es escritor. Publicado en El País.




















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DEL POEMA SEMANAL: HOY, LA MALA REPUTACIÓN, DE GEORGE BRASSENS (1921-1981)

 







LA MALA REPUTACIÓN




En mi pueblo sin pretensión


Tengo mala reputación,


Haga lo que haga es igual


Todo lo consideran mal,


Yo no pienso pues hacer ningún daño


Queriendo vivir fuera del rebaño;


No, a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


No, a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Todos todos me miran mal


Salvo los ciegos es natural.


Cuando la fiesta nacional


Yo me quedo en la cama igual,


Que la música militar


Nunca me pudo levantar.


En el mundo pues no hay mayor pecado


Que el de no seguir al abanderado


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Todos me muestran con el dedo


Salvo los mancos, quiero y no puedo.


Si en la calle corre un ladrón


Y a la zaga va un ricachón


Zancadilla doy al señor


Y he aplastado el perseguidor


Eso sí que sí que será una lata


Siempre tengo yo que meter la pata


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Y a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Tras de mí todos a correr


Salvo los cojos, es de creer.


Ya sé con mucha precisión


Como acabará la función


No les falta más que el garrote


Pa’ matarme como un coyote


A pesar de que no arme ningún lío


Con que no va a Roma el camino mío


Que a la gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Que a le gente no gusta que


Uno tenga su propia fe


Tras de mí todos a ladrar


Salvo los mudos es de pensar.




GEORGE BRASSENS (1921-1981)

poeta y canta-autor francés





***





Georges Brassens (Sète, Languedoc-Rosellón, Francia, 22 de octubre de 1921-Saint-Gély-du-Fesc, cerca de Montpellier, 29 de octubre de 1981) fue un cantautor francés, exponente relevante tanto de la chanson française como de la trova anarquista del siglo XX. Alcanzó la fama gracias a las melodías de sus canciones, sencillas y elegantes; y a sus letras, variadas y elaboradas. Se le considera uno de los mejores poetas franceses de la posguerra (ganó el Premio Nacional de Poesía). Puso música a poemas de muchos otros escritores, como Louis Aragon, Victor Hugo, Jean Richepin, François Villon y otros. Fuera de su país, actuó en Suiza, Bélgica, Canadá e Inglaterra. Es célebre la grabación en vivo de Brassens cantando en Londres la «Ballade des dames du temps jadis», poema del mencionado Villon donde el autor se pregunta «y qué fue de Juana, la buena lorena que los ingleses quemaron en Rouen».
















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lunes, 2 de noviembre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY LUNES. UN ESTADO CAPAZ, POR JORGE GALINDO

 





Hace dos años Valencia se sintió desprotegida la tarde y la noche de la dana, cuando la alarma sonó con el agua ya dentro de las casas. También se sintió así en los días siguientes, mientras miles de voluntarios llegaban a pie donde los poderes públicos aún no lo habían hecho.

Desde entonces nos ha visitado demasiadas veces una sensación parecida, aunque fuera a menor escala. La tuvo la península entera el 28 de abril de 2025, a oscuras desde el mediodía del apagón. La tuvieron los pueblos de Ourense, León y Zamora en agosto de 2025, con vecinos apagando llamas con lo que tenían a mano, y los de Ávila, Toledo o Guadalajara este verano. La tuvo Ceuta cuando decenas de miles de personas cruzaron en dos días, y la tiene hoy con la ciudad desbordada.

Y algo desprotegido se siente quien se sube a un tren hoy, sí. Son más de cien muertes en menos de un año en una misma línea. No es algo que puedas resolver con una probabilidad de accidente y ya. “Es un medio seguro” puede sonar plausible y a la vez fuera de lugar: nadie se sube a un tren comparándolo con la A-3 o con saltar en paracaídas, sino con lo que ha conocido (una alta velocidad puntual, segura, fiable). Angrois, en 2013, se vio como una excepción terrible. Los de 2026 se leen en conjunto, y de alguna manera con todo lo demás.

Estos episodios tienen orígenes distintos y responsables diferentes, lo sé. Pero también un hilo común: un shock de partida complejo; una reacción que se sintió insuficiente; y, sobre todo, cosas que se podrían haber hecho para evitar buena parte del daño.

ES-Alert estaba disponible y no se usó. Los proyectos para el cauce desbordado en Valencia estaban redactados. Los mecanismos para que la red asumiera bien el incremento de renovables, solicitados por expertos, operadores y Red Eléctrica desde hacía años. En Ceuta, la Delegación del Gobierno advirtió por escrito de una entrada masiva “altamente probable”, y el CNI avisó de las convocatorias. En el monte, los expertos llevan años diciéndonos que la clave contra los incendios es cambiar cómo poblamos y usamos el territorio. Y en la alta velocidad a Andalucía, los maquinistas avisaron por escrito en 2025 del deterioro de la vía, y el sistema de señalización de 1992 que falló en Urda tenía su sustitución licitada desde 2020.

Todo esto desemboca en un diagnóstico difuso pero tangible, que creo que atraviesa a toda la sociedad: el de un Estado que no llega, que no da. Se aprecia en las catástrofes, pero también en las carencias de cada día: la vivienda que falta pero no se construye, el cercanías que no llega, la plaza de educación infantil que no existe, el centro de atención primaria saturado.

Como dijo Alicia González en este periódico: un país de casi cincuenta millones de personas con una infraestructura dimensionada para cuarenta.

Esos éramos en el año 2000, cuando culminaba un ciclo de inversión en nosotros mismos. La España que salió de la crisis de los setenta y de la reconversión se hizo a sí misma entre mediados de los ochenta y finales de los noventa. Transformó Barcelona y Bilbao por completo. Montó la alta velocidad, con el Madrid-Sevilla de 1992 en el que se han sucedido las dos tragedias. Multiplicaba las autovías en el sistema de carreteras. Universalizaba la sanidad y cambió ambulatorios por centros de salud. Y terminaba de media más de 80.000 viviendas protegidas al año, con un pico de 114.000 en 1985.

Todo eso fueron inversiones para el país de entonces. Pero el de ahora es distinto. No solo somos más: los retos son más complejos. Un clima que ya no es el que era, que convierte un barranco seco en una riada y un verano a la vez cálido y de fuertes vientos en una sucesión de incendios. Una red eléctrica que debe soportar que estemos electrificándolo casi todo, porque es la manera más eficaz de descarbonizar nuestro consumo energético. Ciudades que concentran cada vez más interés: porque son nuestro mejor invento para que las ideas salten de una cabeza a otra, y todos (nativos o no) queremos ser parte de esa cadena de valor. Una población que envejece y que, al mismo tiempo, crece por la inmigración, con esa doble presión demográfica sobre los servicios públicos de primera línea.

Para abordar todo esto hay que invertir en el país que viene. Pero si sumamos varias legislaturas (de ambos colores) lo que nos sale es que, en euros reales, invertimos en infraestructuras un 25% menos que en el año 2000. La inversión pública cerró 2025 en el 2,9% del PIB, frente al 3,7% de media europea, y eso con los fondos europeos post-pandemia (que se agotan este año, y de cuyos préstamos renunciamos a tres cuartas partes) empujando. La parte que va a infraestructuras ha pasado del 61% del total en 2009 a menos del 38%. En lo social no hemos ido a más: sanidad y educación pesan sobre el PIB lo mismo o menos que en 2009, con más población y más envejecida, y por cabeza seguimos por debajo de Europa y la OCDE.

Lo que nos queda en lugar de un nuevo plan ambicioso, lo que sí tenemos ante los nuevos desafíos, son muchos “no”. De derechas: que no entren más inmigrantes. Que no se pongan más placas ni molinos, que ya vimos lo del apagón. También de izquierdas, claro: que no circulen tantos trenes de tantas compañías (deshagamos la liberalización). Que no se construya en zonas inundables (sea “inundable” cada diez o cada quinientos años: como si fuera lo mismo). Vamos, que elijamos entre decrecimiento económico y retraso social.

Resulta que a un Estado incapaz solo le queda el recurso de instalarse en el no. Pero lo que necesitamos es lo contrario: un Estado que cumpla, y llegue. Recuperar la idea de progreso que lo impulsó en décadas anteriores. Esto, antes que nada, exige prioridades claras, y la mas urgente son ciudades y transportes a la altura de una nueva ambición. Eso significa vivienda protegida entendida como infraestructura, para cubrir el déficit abrumador que sufren sobre todo los perfiles más vulnerables, expuestos al hacinamiento en las periferias. Y servicios bien dotados para una vida con oportunidades: transporte cercano, educación desde los 0 años, sanidad, seguridad.

Cumplir también es mantener bien lo que ya construimos. El mantenimiento no se inaugura, y por eso nunca era prioritario. Pero creo que la acumulación de accidentes y mal funcionamiento, también en las redes convencionales, ha creado los incentivos políticos para centrarte en ello.

El cambio climático también se enfrenta haciendo. ¿Qué inversiones nos van a permitir manejar la próxima dana o el próximo verano de máximos? Cosas como barrancos encauzados, montes gestionados, o aire acondicionado.

Todo esto necesita energía barata y confiable. Tenemos las condiciones para ello: sol, viento, territorio y capacidad instalada. Ahora el foco debería estar en la red y las conexiones.

Sí: esto va a costar dinero. Podemos pensar en deuda, impuestos y colaboración público-privada. Pero quizás debemos empezar por fijarnos en que el gasto hoy mira al pasado y se lleva parte de lo que podría ir al futuro: la factura anual de las pensiones ha crecido en unos 75.000 millones desde 2019. Solo esto ya supera la inversión de las administraciones públicas en 2025.

Sumadas, estas acciones empujarían la productividad y las oportunidades. Pero también nos harían sentir más tranquilos, más protegidos, y más esperanzados para ir hacia adelante con un nuevo Estado capaz. Jorge Galindo es sociólogo. Publicado en El País.



















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ESPECIAL DOS DE HOY LUNES: NUESTRO VECINDARIO, POR LUIS GARCÍA MONTERO

 







Leer los periódicos es como caminar por las ciudades. Pregunto por los vecinos en las porterías, en el bar de siempre, en las teclas de mi ordenador, y tomo conciencia del mundo que habitamos, una miseria más que añadir al problema de la vivienda. Las elecciones de Israel se han celebrado después de muchos bombardeos, duros castigos y más de 75.000 muertos en Gaza. Ya nos hemos acostumbrado a caminar por los escombros y doblar la esquina de los derechos humanos. Pasan los días como pasan los camiones de la basura en busca de las tiendas de campaña, los contenedores y los ruidos nocturnos que conducen hasta Irán. Una señora llamada Agencia Efe me comenta que otra amiga, relatora de la ONU, habla de las penas de muerte y la represión interna, agravada por los ataques militares de Estados Unidos e Israel. La impunidad reinante de unos y otros eleva la cifra de víctimas a miles de cadáveres.

Aunque es difícil precisar el número de víctimas provocadas en Ucrania por la invasión rusa, Wikipedia, el pan nuestro y la enciclopedia libre de cada día, nos habla de 25.000 civiles ucranios y 200.000 soldados de ambos bandos. Y si le preguntamos a la vecina del quinto por Ceuta, nos dice que lo ha leído en EL PAÍS. Además de la invasión de unas 70.000 personas desde Marruecos, y además de los 141 fallecidos y otros posibles devorados por el mar, Amnistía Internacional presentó en septiembre un informe muy grave sobre las agresiones a los refugiados cometidas por la Legión y por el Tercio de Regulares. Cuando vuelvo a mi casa, me encuentro en las escaleras con RTVE y me habla de 69 muertos en el accidente de tren de Toledo, una exministra, una atleta, un inspector de Hacienda, un guardia civil…. y numerosos heridos. Lo que faltaba. Busco en los bolsillos, no encuentro las llaves de mi casa, no sé cómo voy a entrar. Miedo de mí, miedo de mi vecindario y miedo del mundo en el que vivo. Luis García Montero es poeta y director del Instituto Cervantes. Publicado en El País.




















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ESPECIAL DE HOY LUNES: ESCRÍBEME UNA BUENA NOVELA, POR SERGIO RAMÍREZ

 





Está surgiendo un nuevo tipo de investigación forense para determinar si los libros de ficción son obra de seres humanos, o de la Inteligencia Artificial. Con poco tiempo de diferencia, dos obras premiadas han sido descalificadas, o puestas en cuestión: la novela C’était ça ou mourir (Era eso o morir) del escritor haitiano Thélyson Orélien, nacionalizado canadiense, ganador del premio de la FNAC en Francia, y finalista del Goncourt; y la novela corta Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, recién galardonada en el concurso convocado por la editorial Almadía de México.

El detector de mentiras Pangram, usado en ambos casos, funciona como “un modelo de red neuronal inspirado en el cerebro humano”. Puede analizar millones de señales estilísticas y estructurales, creando “un mapa de estilos de escritura”. Difícil entonces escaparse a su escrutinio.

Antes, el baldón para un escritor era el plagio, el desdoroso delito de servirse con la cuchara grande de lo creado por otros escritores y firmarlo como propio. Hoy se trata de encargar la escritura de un libro a la IA, que tiene una memoria inconmensurable, se ha leído todos lo que se ha escrito en el planeta, y sigue leyendo de manera incansable, más allá de cualquier propuesta borgiana. Una máquina que no tiene el don del olvido, y que si se tratara de un ser humano acabaría en la locura.

La IA viene así a sustituir a “los evangelistas” que, armados de máquinas de escribir, se instalan cada día al portal de Santo Domingo en la ciudad de México, para atender a la clientela que les encarga inspiradas cartas de amor y otras piezas.

El Pengram actúa como fiscal literario, midiéndole las costillas a otro modelo de IA, digamos el ChatGPT generativo, cuando es utilizado aviesamente para escribir libros, en todo o en parte, por un escritor indolente que persigue la fama y el dinero con el menor esfuerzo.

Los dos escritores bajo acusación de haber hecho uso de la IA tenían historias singulares que relatar, basadas en su propia experiencia. Orélien huyó de Haití, un país desguazado por la violencia endémica de las pandillas criminales, y hambrunas, sequías, insalubridad, miseria. La novela cuenta ese éxodo extraviado, que es el de miles de sus compatriotas, desde República Dominicana a Brasil, y desde allí hacia el norte del continente, pasando por la selva del Darién. Largas caminatas, transportes clandestinos, las bandas de traficantes de personas, la travesía en el desierto. Nada que no valga la pena contar.

Por su parte, Donde el agua trabaja de Silva Rojas, narra la relación de dos trabajadoras temporales en los viñedos de Ica, Perú, en medio del “agotamiento físico, la vigilancia constante, la precariedad”, un relato sobre la deshumanización del trabajo agrícola que puede verse en distintos sitios de América Latina, empezando por el más tradicional de todos, el de las bananeras.

Tanto Orélien como Silva Rojas desmienten enfáticamente haber hecho uso de la IA para escribir sus novelas. La suya, afirma este último, “surgió de una investigación sobre las condiciones de vida y trabajo de las personas que llegan a Ica para trabajar en el sector agrícola”, y sostiene: “Conservo versiones anteriores del manuscrito, mi cuaderno de notas y materiales relacionados con la investigación que dio origen a la novela”.

Que me parece es el quid del asunto. Una novela, lo sabemos quienes escribimos, no es nunca una sola versión, sin borrones ni tachaduras sino el fruto de un proceso en el que intervienen hojas sueltas, tarjetas con notas, inserciones en el texto, anotaciones al margen, capítulos enteros sustituidos o cambiados de lugar, y varios borradores trabajados por meses o años. Esas serían las mejores pruebas forenses de la defensa.

Tiendo a imaginar a la IA en una versión primitiva, como esas películas del cine mudo donde la imagen salta y los personajes andan a toda velocidad. La imperfección que cada día se perfecciona, y no sabemos que será mañana, o dentro de cinco o diez años. Pero que un modelo de IA pueda escribir con la complejidad suficiente como para engañar a un jurado literario, me llena de asombro. El jurado francés del premio de la FNAC se rindió ante la destreza creativa de Era eso o morir, y lo mismo el de Almadía ante Donde el agua trabaja.

No puede pensarse en un jurado más solvente que el que premio a Silva Rojas: la novelista mexicana Cristina Rivera Garza, ganadora del premio Pulitzer en Estados Unidos; la argentina Selva Amada, y la ecuatoriana Mónica Ojeda, las tres de primera línea. Encontraron en la novela elegida “el uso de los silencios” y una construcción “con un lenguaje sutil, oraciones breves como el goteo de los regadores en las viñas, sin caer nunca en la tentación del panfleto ni la declamación”. Es decir, originalidad creativa.

El agua de los regadíos juega un papel central en esa narración. El agua que alimenta también a los centros de datos donde la IA incuba sus demonios, y sin la cual no podría vivir. Sergio Ramírez es escritor y Premio Cervantes. Publicado en El País.






















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DEL ASUNTO DE LA SEMANA QUE COMIENZA: LA HISTORIA QUE NUNCA DEJAREMOS DE SER, POR JOSÉ LUIS SASTRE

 





A menudo la Historia se representa con una flecha, que avanza siempre: del románico se pasó al gótico y del gótico al barroco. La Historia, entonces, sería una sucesión de años y revoluciones que resbalan las unas sobre las otras. Resbalan o estallan: vivir una vida de paz es, en realidad, un prodigio histórico. En todas las épocas existen también resistencias que discuten la idea de progreso y proponen volver hacia atrás: anclan la flecha al suelo o tratan de revertir su sentido para buscar esencias en el pasado. De esa tensión surge la historia, y por eso con frecuencia adopta la forma del círculo: como si muchas cosas que ya pasaron pudieran volver a pasar. Hasta que pasan.

La Historia, que está aún por escribirse, se ha definido siempre a partir de grandes crisis que se repiten por siglos. Vendrán nuevos fenómenos, claro, y asistiremos a cambios que quizá no alcanza siquiera a imaginar la inteligencia artificial. Pero eso no acabará con aquello que ha marcado a la humanidad desde el principio, y que fue siempre igual: las guerras, las plagas, los éxodos. El exilio. La pulsión de las emociones, tan políticas como las ideologías: la ilusión, el miedo, la esperanza, el odio. El deseo de dar a los hijos una vida mejor. La necesidad de escapar de la violencia y del hambre. De vivir en libertad. La aspiración de una vida digna. Nada de eso pertenece a nadie, sino a todo el mundo. Todos hemos sido eso en algún momento. Por destino o por azar. Por haber nacido en un momento o un lugar.

Todos esos fenómenos tan antiguos se seguirán dando pueblo a pueblo, por mucho que cambien sus formas y se vuelvan híbridos. Se siguen dando hoy guerras y plagas que no eligieron las poblaciones que las sufren: nunca se eligen. Pensar que hay pueblos condenados a sufrir esos castigos, o incluso que los merecen, implica un prejuicio o una maldad que se combaten rápido: con el sencillo gesto de abrir un libro de Historia.

Los hijos y los nietos nos recuerdan que fuimos guerra y exilio, y lo fueron los pueblos más desarrollados y ricos. En su memoria están inscritos el conflicto, el hambre, la emigración y hasta del odio civil. También la solidaridad y la ayuda. Eso lo enseña el círculo de la Historia a aquellos que hoy presumen de su falta de empatía o de humanidad: que todo lo que ahora les pasa a los demás no solo les pasó ya a quienes vivieron en ese pasado al que anhelan volver, sino que puede volver a pasarnos. José Luis Sastre es escritor. Publicado en El País.





















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