lunes, 4 de mayo de 2026

SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA, ESPAÑA. HOXE, LUNS, 4 DE MAIO DE 2026, EN GALEGO

 






Ola, bos días de novo a todos e a todas, e feliz luns. Espero que as nais españolas tivesen un día marabilloso onte. Realmente o merecen, non só elas, senón todas as nais do mundo. E non só un día ao ano. Pero abonda de charlas, imos ás entradas do blog de hoxe. A primeira, co tema de hoxe, titúlase "Alfabeto Alfa Masculino" e está escrita por Irene Vallejo. A segunda, o arquivo do blog, é de maio de 2008, escrita por Incitato, e é unha homenaxe ao expresidente do Goberno de España, Leopoldo Calvo Sotelo (1926-2008). O poema de hoxe, na terceira sección, seguindo os pasos daqueles dedicados aos horrores da guerra, é unha abraiante alegación escrita en ladino, a lingua dos xudeus sefardís, titulada "Canción ao pobo xudeu asasinado", do poeta polaco Itzhak Katzenelson. E a cuarta sección, como sempre, presenta as viñetas humorísticas do día. O "Café de despois de cear" de hoxe é da escritora Elvira Lindo e titúlase "No verán indio da vida"; o primeiro da serie "Ao caer a noite" titúlase "O luxo de volverse máis excéntrico coa idade", da xornalista Jancee Dunn; o segundo é do grupo anónimo Everyday Philosophy e titúlase "Por que é bo ser fatalista?"; e o terceiro e último de hoxe é do profesor Robert Reich e titúlase "Que é o nacemento?". Tamaragua, amigos meus. Ata mañá, se a sorte o permite. Sede felices, prégovos: merecédelo. Bicos. Quérovos. HArendt














DEL ASUNTO DEL DÍA. ALFABETO DEL MACHO ALFA, POR IRENE VALLEJO. 4 DE MAYO DE 2026

 



DEL ARCHIVO DEL BLOG. LEOPOLDO, POR INCITATO. PUBLICADO EL 12 DE MAYO DE 2008

 






El pasado 4 de mayo publiqué un sentido comentario de homenaje al expresidente del gobierno de España don Leopoldo Calvo Sotelo en mi anterior y, de momento, comatoso blog "Desde el Trópico de Cáncer" (Primera época). Hoy, desde Ámsterdam, mi querida amiga Ana, me envía el que en la página electrónica de El Confidencial publicó el sábado pasado el anónimo articulista conocido por el seudónimo de Incitato (Incitato era el nombre del famoso caballo del emperador Calígula elevado a la condición de senador por su dueño). Me parece una deliciosa historia, por lo qué dice y por cómo lo dice, sobre el buen humor que caracterizaba al expresidente fallecido. Y no me resisto a compartirla con ustedes. Disfrútenla. Y sean felices. HArendt

"Vete en paz, don Leo, escritor", por Incitato (El Confidencial, 10/5/2008). No me alcanzó el valor, don Leo querido, para ir a tu funeral y menos a tu entierro en Ribadeo. No me gustan esas cosas. Ni siquiera en Ribadeo, que ya es decir. Estoy tan harto de entierros que no pienso asistir ni siquiera al mío. Es lo que decía el gran Luis Sánchez Polack, o sea Tip: "El día en que me muera / quiero estar vivo / para ver si a mi entierro / van mis amigos". Yo no fui al tuyo, buen don Leo, aunque te quería de verdad, y me limité a ver por la tele el impresionante funeralazo que te preparó el presidente Zapatero (fue él, y no Aznar, como se ha dicho por ahí, quien encargó y supervisó, en todos sus detalles, la ceremonia), tu féretro larguirucho envuelto en la bandera nacional, las salvas de ordenanza, las músicas, el desfile y aquello de los militares entrando en el Congreso contigo a hombros. Lo que te habrás reído, no me digas que no. Según eras. Unos militares zarrapastrosos, cutres y antiespañoles estuvieron a punto de truncar, en aquel infausto día de febrero de 1981, tu investidura como presidente del Gobierno (y con ello la voluntad y el futuro de este país), y otros militares, ahí está el asunto, don Leo; muy otros militares, éstos dignos, abnegados, civilizados y constitucionales, te volvieron a meter en el hemiciclo del Congreso por última vez, a paso fúnebre y con todos los honores. El soneto que habrías escrito para descollonarte de la paradoja.

Porque ahí es donde quiero ir, amigo mío. Tú has sido un hombre de vocación frustrada. Triunfaste en casi todas tus empresas, como deseaba el sabio proverbio romano, pero pocos te aplaudimos con auténtica sinceridad en el empeño en que más deseas¬te, aunque fuese casi a escondidas, el reconocimiento: la Literatura. Te lo dije, recuérdalo, aquella noche de febrero de 2006 en que nos encontramos (no nos encontramos, coño; yo fui a buscarte) en la cena que te daban en un hotel de Madrid:

–Presidente, qué pedazo de escritor se ha perdido este país por culpa de la puñetera política, de la banca, de la Renfe, de los explosivos y hasta de las Comunidades Europeas.

–Hombre, Inci… Que tengo tres libros publicados…

–Treinta habías de tener. Y de ellos, seis de poesía burlesca.

–Bah. Yo creo que no lo he hecho tan mal, caramba.

–Sin duda. Es la primera vez en la historia que España disfruta de un jefe de Gobierno capaz de crear sonetos tan magníficamente envenenados que habrían puesto pálido de envidia a Quevedo.

–Venga, venga. Exageras, senador.

–Tú sabes bien que no.

Y claro que lo sabías. Yo acababa de recitar, de memoria y mirándote a los ojos, delante de un centenar de encorbatadísimos ejecutivos (muchos eran antiguos alumnos de la universidad de Yale), una obra maestra absoluta de la poesía satírica en español: aquel soneto que tú, Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, clavaste, como una estocada impecable, en la testuz de cierto chisgarabís que fue compañero tuyo en uno de los Gobiernos que presidió Adolfo Suárez, y que comienza así: "Ayer, en su cacatio matutina / que tan píos sermones nos reserva…" No lo reproduzco entero porque no debo repetirme, que a veces se me escapan anécdotas ya relatadas y luego me riñen: esta historia ya la conté aquí hace dos años largos. Y, además, el chisgarabís está vivo, aunque muy mayor y muy pocho, y no es nada agradable hacer sangre (tú nunca la hubieras hecho) de gente que no está en condiciones de, a su vez, desenvainar. Por edad, por circunstancias de la vida… o por falta de talento. Tú, don Leo, te podías comparar a Quevedo, pero el chisgarabís jamás fue Góngora, pobrecito. ¿Meterse ahora con él? "Qué error, qué inmenso error".

Pero no fue sólo aquel soneto magistral. Es que tú, Leopoldo, te lo habías leído todo, caramba, y además lo recordabas. Eso se notaba siempre. Martirizabas a tus amigos y colaboradores, los que te preparaban en Moncloa aquellos que tú llamabas "papeles" sobre los que se habían de construir tus intervenciones públicas. Es que no eras físicamente capaz de no corregir, escolar y puntillosamente, acentos, puntos, comas, puntos y comas y los dos puntos. Una de tus varas de medir a los seres humanos (vara que yo comparto con fervoroso entusiasmo) era la ortografía, y otra, más alta y más dura aún, el dominio de la sintaxis. Fritos tenías a quienes trabajaban en tu Gabinete, y esa fritura logró que varios de ellos escriban hoy como los ángeles y dominen la Preceptiva bastante mejor que el padrenuestro.

El resultado no podía ser otro: tu colección de discursos e intervenciones públicas, que editó la Secretaría de Estado para la Información hace veintiséis años y que me regaló el otro día uno de tus más fieles amigos, es una valiosísima joya no ya política, sino literaria.

Y luego están, no faltaba más, tus libros. Ahora que te has muerto se puede decir esto sin vacilación: el primero de ellos, Memoria viva de la Transición (Plaza y Janés, 1990), es, sin comparación posible, el mejor libro de memorias políticas publicado en España durante todo el siglo XX. Por lo que contaste y, esto sobre todo, por cómo lo contaste. Y mira que los hay buenos, ¿eh? Pero Fraga, que anota cosas importantísimas, hace nada más que eso: anotarlas con una sintaxis y un estilo que te hacen sentir, al leerlo, más o menos como te sentirías tras deglutir tres latas de fabada. Uno de tus más perversos judas, Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, escribió una larguísima y muy bien redactada autoexculpación que recuerda mucho al Libro de los Muertos de los egipcios, porque lo único que intenta es convencer al lector de que las cosas sucedieron de un modo totalmente distinto a como en realidad pasaron, y de que él era, hay que ver, más o menos un entrevero de Santa Gema Galgani y Sandokán, pero con gafas muy gordas. Suárez no escribió sus memorias. Aznar no cuenta, porque se las escribieron. A Carrillo le salió una cosa muy interesante pero que parece redactada en tetragramas de canto gregoriano. Guerra lo hizo francamente bien, pero la verdad es que no te alcanza.

Sólo un escritor, un verdadero escritor con una sabiduría, una honestidad y un sentido del humor que muy pocos te reconocen hoy, podía ser capaz de escribir en sus memorias (además del soneto inmortal al chisgarabís) frases como estas: "Me acuso de vanidad, porque pensé durante algunos años que había entendido a Pío Cabanillas". "Me acuso de ser Calvo-Sotelo los lunes, miércoles y viernes, y Bustelo los martes, jueves y sábados, como dijo Alfonso Osorio; y de no haber trabajado bastante los domingos". Otra: "Me acuso de no haber sabido reponer con demagogia los votos que perdía haciendo lo que tenía que hacer". Y la última, last but not least: "Me acuso de haber creído que Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó a decir sencillamente, claramente, sí o no a todos… menos a algunos democratacristianos".

Los otros dos libros, Papeles de un cesante (Galaxia Gutenberg, 1999) y Pláticas de familia (La Esfera, 2003) son apenas una muestra luminosa de lo que pudiste regalar a los lectores de no haber sido, como una vez me dijiste (fue en mayo del año pasado), "un escritor frustrado que durante muchos años distrajo su frustración trabajando con rigor en otras cosas". Y qué cosas. Poner en marcha el juicio del 23-F, recurrir la sentencia del Tribunal Militar (que parecía redactada por las madres de los procesados) ante la mucho más dura y honesta Justicia civil, lo cual disolvió como un azucarillo en agua el por entonces temible "ruido de sables" que a todos nos quitaba el sueño; bregar como nadie lo ha hecho por encajar a nuestra difícil y montaraz España de entonces no sólo en la OTAN, trabajo que terminaron los desasnados socialistas mordiéndose el rabo que llevaban entre las piernas, sino sobre todo en aquella Europa adolescente en la que tanto mandaba aquel cabrón con pintas (dicho sea desde el punto de vista español) a quien tú llamabas el emperador Giscard…

Sí, querido Leopoldo, no lo hiciste "tan mal", como tú decías. Qué narices. Fuiste, en mi opinión, un espléndido, decisivo, trascendental gobernante de nuestro país, a pesar del poco tiempo que tuviste para tratar de sosegarlo. Como presidente, fuiste casi tan bueno como escritor hubieras sido de haberle echado más tiempo a los sonetos y a los epigramas. Pero la leyenda urbana eso no lo sabe. Aun hoy te tienen por un tipo gris, soso, cenizo, medio gafe y antipático. Un gilipollas con micrófono episcopal se ha creído que decía una cosa graciosísima cuando te rebautizó, no hace mucho, como "Leotelo Caldo Sopolvo", lo cual da la medida exacta del ingenio de ese innoble bruto salvapatrias. Muy pocos han oído hablar del Leopoldo nocturno, del consumado experto (teórico y nada más, desde luego, porque ahí estaba tu Pili, a la que adorabas con toda tu alma) en señoras de buen ver; del impenitente contador de chistes por completo impublicables, del Calvo-Sotelo aficionado a tascas y tabernas, comedor de cangrejos con los dedos, bailón de salsa. Es que hay que jo…, don Leo, con las leyendas urbanas.

Tú diciéndole al presidente de no sé qué banco (no lo recuerdo bien ahora, o no quiero hacerlo), que te estaba contratando, que no te esperase para trabajar a las ocho y media de la mañana, como a todo el mundo, sino a las nueve y media, porque a ti te sentaba fatal madrugar. Tú de chaval, monárquico juanista apasionado, dándote de leches, en pleno paseo de la Castellana, domingo tras domingo, con los falangistillos del SEU. Tú tirándole los tejos a una chica preciosa nada menos que en el despacho de su señor padre, que era el ministro de Educación, José Ibáñez Martín, que te quería mandar a la cárcel desde allí mismo por montarle huelgas en la Escuela de Caminos (y cuatro años después te casaste con ella, con Pilar). Tú, presidente en visita oficial, comiéndote, supongo que sin respirar, el incalificable mono asado que te hizo servir en Malabo el déspota de Guinea, Obiang, que olía a corrompido desde el pasillo que llevaba al comedor (me refiero al mono) (también). Tú, ya viejo, asegurando, con una socarronería galaica sencillamente genial, que Aznar te parecía muy bien, ¡muy centrista!, pero que de ninguna manera te pensabas apuntar a su partido, que hasta ahí podía llegar la riada.

Y tú, al fin, tumbado, acarreado por los nuevos militares españoles que pisaban, tempo di marcia fúnebre, las alfombras del Congreso que deshonraron Tejero y sus cuatreros vestidos de verde. Sin duda sonreías dentro del cajón. De haberte visto, qué soneto habrías escrito, escritor. Me imagino el principio: "De Tejero los ríspidos bigotes, /antiestéticas cerdas antiguallas, / cenizos cual escoria de fornallas, / negros y bastos como calabrotes, / se quedaron en tristes monigotes / que el tiempo ya olvidó; hoy las batallas…"

Pero no. No voy a seguir. Yo no soy capaz de escribir un soneto ni remotamente comparable a los tuyos, don Leo. Es mejor dejarlo aquí y pasar el tiempo releyendo tus páginas sabias, perfectas, llenas de humor y, a veces, de algo que pudiera parecerse a la melancolía. Vete en paz, querido amigo. Hiciste bien, muy bien, el trabajo que te tocó hacer en tu larga vida. Es llegada la hora, la medianoche en punto, y tienes derecho al descanso. Te será leve la tierra oscura de Ribadeo. Parte tranquilo, hombre bueno. Tu memoria está bien custodiada. Vete en paz. INCITATO. 
























DEL POEMA DE CADA DÍA. CANTO AL PUEBLO JUDÍO ASESINADO, POR ITZHAK KATZENELSON

 







KANTO AL PUEVLO DJIDYO ASASINADO





¡ La fin. Por la noche el syelo se kema, esta kuvyerto de fumo diya entero i torna a ascenderse en la ora ke se faze de noche , bárminan¡ Se apersive komo en el dezyerto, salvaje, durante nuestro prisipyo: de diya kolona de fumo, de nocha kolona klara de fuego- Mi pueblo entonses estava alegre, enreyzyado en la feúzya, teniya la mansevés por delante i agora- es un akavamyento, un fin… Mos dezaraygaron a todos de la tierra, del chiko fina al grande, aki mos alimpyaron seko i verde, por entero.


Aní Agéver: yo so el ombre ke miró, ke vido

kómo a sus fijos, a sus mujeres, a sus mansevos i a sus ayegados

los arrondjavan en las karretas, komo si fueran pyedras, komo ovejas,

y los aharavan sin piedad o los estrapazavan de modo muy ascoso.


¡Él era el Sitrá Ahra, el prínchipe de GEinam, 

la medra misma, la suzyedad!

La sed de sangre, el mal en puerpo de persona

-la sanya veradera- 

kontra el ke fue despojado de sus diritos, 

kontra todo akeyo ke es bueno en la tierra i contra el ke le falta avrigo.

en la kaye de Gdansk.



Djidyós koferes y medio koferes, kon los chizmezes lustrados en los pyezes

I kon las kasketas en Magén David komo si fuera una svástika en sus kavesa,

I kon la lingua ajena i kabá en su boka, suzya i eskifoza.

Mós kitavan de nuestras kazas, mos arrodjavan de las eskaleras abasho.


Detrás de la trapera de la ventana yo mirava: vide a los firyentes -Adonay Dio!

Mirí a los ke firiyan, a los feridos mirí-

I me retugueresí las manos de vergüenza…Ah, vergüenza y burla:

a los Djidyós, kon Djidýos los mataron!.


Por la ventana mirava yo las karretas yenas… I sintiya

los mauyidos de dolor ke yegavan fina el syelo i los keshidos mudos de kayadés –

Ah, karretas inchidas de dolor biva, yevadas a la muerte! Los kavayos

Los kavayos andaban, i los karros, los karros djiravan… 



Keremos más y más djidyós… Vagones komo bandidos friyos i duros

Gritan: Más! I dayindaa más! Sin kedar! No saben el karar ke abasta,

Ya están ayi esperando en el úmshalak… mos asperan, asperan,

vagones turdos, avyertos bien grandes, muy muchos, un treno entero.



Los primeros a bolarsen fuerin las kriaturas,

kyero dizir los guerfanikos abandonados:

Lo mijor del mundo, lo más fermozo ke la tierra

tinyevloza atrezora!

Guay de los guérfanos solikos en guerfanatos.

De ellos mos uvyera venido un afalago

de las karikas las más limunyozas i mudas, las más eskuras,

uvyera amanescido.



Fueron los primeros que se bolaron, los ninykos djidyós

la más parte

sin padre ni madre, kriaturas gormadas por la yelor, 

por la fambre i los piojos.

Santos Meshihim, santifikados por la dolor …

Ah, dizidm oie ke este kastigo?

Por qué en los díyas de muerte fueron los primeros

A pagar el presyo más alto y kruel? 


Demazyado tarde! Demazyado tarde! Ntiyer, ayer mismo,

oy a la madrugada se puediya dayinda

kon otobús, kon treno,  un treno de karga…

ayegar fista una frontera de akgun otro lugar-

Mam agora ya es demasiado tarde… Ke, agora? Los pachás entedjadas

i las manos- las manos kayidas-

Demaziado tarde! Agora todos los pasajes ya están serrados

Y tambyén todas las puertas. 


Te akodras de lo más kruel, de lo más pezgado,

de los más despiadozo del mundo?

Te akordas? Ya sé que te akordas, 

te lo yevates a todas las eternidades-

Tu i mis fijos vos akodraresh por siempre

de la matansina de vuestro puevlo i de su amurchamyento.

Yo también! Ansí también kyero akordarme yo -i por esto me espanto-

Ke va a yegar laorda del olvido. 


Guay de mozós! Savemos, sí, sabemos gerrear kon vozós i matarvos,

Mozón tambyén! Mozós también!

Ma sabemos esto ke no supítesh

Ni saverash nunka en este olam-

No matarás a tu serkano! No atemerás a un puevlo ke ya está desmemparado

I ke alza en baldes los ojos a las alturas.

No savesh no matar: pekadores por natura, estash ovilgados de facerlo…

Para siempre i siempre travadores de espadas.




ITZHAK KATZENELSON (1886-1944)

poeta judío polaco






***




CANTO AL PUEBLO JUDÍO ASESINADO




Es el final. Por la noche el cielo se arde, está cubierto de humo por el día/y torna a incendiarse en la hora de la noche/ Se percibe como en el desierto, salvaje, durante nuestro inicio:/de día columna de humo, de noche de fuego./ Mi pueblo entonces iba alegre, arraigado en la fe, portando/ la juventud por delante, pero ahora es un acabamiento, el final. Nos asesinaron a todos en esta tierra, del más grande al más chico/ aquí nos arrancaron, seco y verde, por entero.


Aní Agéver, yo soy el hombre que miró, que vio/como a sus hijitos, a sus mujeres, niños y allegados/ los arrojaban en las carretas, como si fueran piedras, como ovejas/y los golpeaban sin piedad y los despreciaban de modo obsceno.


El era el impuro, el príncipe del infierno/ la mierda misma, la suciedad/ la sed de sangre, el mal en persona/el odio gratuito/ contra el despojado de sus derechos/ contra lo que es bueno en la tierra y contra el que no tiene abrigo./ Un alemán. El alemán que se detuvo y nos miró friamente/ en la calle de Gdansk./ Este era Hitler, Himmler y Alfred Rosemberg. ¡No!/ Todos los alemanes en uno,/ todo el pueblo, lo más negro, lo más falto de seso/tuvimos delante de nuestros ojos.


Judíos renegados y casi renegados, con botas lustrosas en los pies/ y la estrella de David sobre sus gorras, cual si fuera una esvástica en sus cabezas/ y con una lengua ajena y extraña en sus boca, sucia y asquerosa, que nos sacaban de nuestras casas y nos arrojaban escalera abajo.


Detrás de la ventana yo miraba: vi a los agresores, Adonai Dios, / Miré a los agresores y a los agredidos/ y me retorcí las manos de vergüenza. Oh, vergüenza y burla/ a los judíos, mis judíos, con judíos los mataron.


Por la ventana miraba yo las carretas llenas, y sentía/ los maullidos de dolor que llegaban hasta el suelo y los quejidos silenciosos que callaban/ ¡Ay, carros, henchidos de dolor vivo, llevados a la muerte! Los caballos/ los caballos cabalgaban y los carros, los carros rodaban!


¡Queremos y queremos más judíos! Los vagones, como bandidos fríos y duros/ gritan: Más. Y más aún! Sin parar. Sin conocer límites. / Ya están ahí, esperando en la estación… esperan que esperan/ vagones idiotas, abiertos de par en par, muchos, un tren entero.


Los primeros que asesinaron fueron los niños/ huérfanos abandonados/ lo mejor del mundo, lo más hermoso que la tierra/siniestra atesora./ Hay de los huerfanitos solitos del orfanato./ De ellos nos podría venir nuestro consuelo,/ de las caritas más luminosas y mudas, las más oscuras/ que hubieran amanecido.


Fueron los primeros que desaparecieron, los niñitos judíos/ la mayor parte de ellos/sin padre ni madre, criaturas devoradas por el fío/ por el hambre y los piojos/ Santos mesías, santificados por el dolor…/ Ah, decid por qué este castigo? / Por que en los días de muerte fueron los primeros/ que pagaron el precio más alto y cruel?


¡Demasiado tarde! ¡Demasiado tarde! Anteayer, ayer mismo/ Hoy a la madrugada aún se podía/ en autobús, en tren, en tren de carga/ ayer hasta la frontera de algún otro lugar/ Más ahora ya es demasiado tarde. ¿Qué ahora? Las piernas paralizadas/ y las manos ‘¡las manos caídas!-/ Demasiado tarde. Ahora todos los pasos están ya cerrados/ y clausuradas todas las puertas.


¿Te acuerdas de lo más cruel, de lo más grave/ de lo más despiadado del mundo? / ¿Te acuerdas? Yo sé que te acuerdas/ que lo llevas contigo por toda la eternidad/ Tu y mis hijos os acordaréis para siempre/ de la matanza de mi pueblo y de su silenciamiento/ Yo también. También quiero recordar y por eso mi espanto es / olvidarme en algún momento.


Hay de nosotros! Sabemos guerrear con vosotros y matar/ nosotros también, nosotros también/ Pero sabemos algo que vosotros ni sabéis/ que no sabéis nunca en este mundo/ No matarás a tu cercano! No temerás a un pueblo que ya está desamparado/ y que alza en balde los ojos a las alturas/ No sabéis no matar, pecadores por naturaleza, obligado al mal/ siempre y siempre blandiendo las espadas.




ITZHAK KATZENELSON (1886-1944)

poeta polaco





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Itzhak Katzenelson (1886–1944) fue un maestro, poeta y dramaturgo judío. Nacido en 1886 en Karelits cerca de Minsk, fue asesinado el 1 de mayo de 1944 en Auschwitz. Poco después de su nacimiento la familia de Katzenelson se mudó a Łódź, Polonia, donde se crio. Trabajó como maestro, fundando una escuela, y como dramaturgo bilingüe en Yiddish y Hebreo, armando un grupo de teatro que hizo giras por Polonia y Lituania. Luego de la Invasión de Polonia en 1939 él y su familia huyeron a Varsovia, donde fueron atrapados y recluidos en el Gueto de Varsovia. Allí dirigió una escuela clandestina para niños judíos. Su esposa y dos de sus hijos fueron deportados al campo de exterminio en Treblinka donde fueron asesinados. Katzenelson participó en el Levantamiento del Gueto de Varsovia que comenzó el 18 de abril de 1943. Para salvar su vida, sus amigos le entregaron pasaportes falsos de Honduras. A pesar de manejar la idea de abandonar el gueto más tarde se rendiría a la Gestapo. Fue deportado al campo de detención en Vittel, Francia, donde los nazis mantenían ciudadanos estadounidenses, ingleses y otros ciudadanos de países aliados y neutrales para posibles intercambios de prisioneros. En Vittel, Katzenelson escribió Dos lid funem oysgehargetn yidishn folk (Yiddish: «Canción al Pueblo Judío Asesinado»). Puso los manuscritos en botellas y los enterró bajo un árbol, de donde fue recuperado luego de la guerra. Una copia fue encuadernada y se envió a Israel. A finales de abril de 1944, Itzhak Katzenelson y su hijo Zvi fueron transportados a Auschwitz, donde fueron asesinados. Fuente: Wikipedia.





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY LUNES, 4 DE MAYO DE 2026