domingo, 26 de julio de 2026

BONA NOX, QUIES BONUM ET DULCIA SOMNIA. HODIE, DIE SOLIS, XXVI IULII, MMXXVI, LATINE

 






Salvete iterum, amici. Bona nox, quies bona et dulcia somnia omnibus hac nocte Dominica in Lunae, XXVI-XXVII Iulii, MMXXVI. Spero vos diem bonum cum familiis et amicis vestris egisse. Gratias ex imo corde ago quod blog visitastis. Libenter existimarem vos visitatione vestra fructum esse. Tamaragua, amici mei. Dea Fortuna et Moirae benignae vobiscum sint. Usque ad cras. Amo vos. Oscula. HArendt















ESPECIAL PERSONAL DE HOY DOMINGO, 26 DE JULIO DE 2026. UNA RECOMENDACIÓN DE LECTURA, POR HARENDT

 





Estoy disfrutando muchísimo de la lectura del filósofo Daniel Innerarity titulada El futuro de la democracia (Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2026). Subdividida en 55 capítulos o epígrafes de corta extensión, de cinco a seis páginas cada uno, se lee con extrema facilidad de comprensión, a lo que ayuda un lenguaje llano, clarificador en extremo, de eso que se llama la crisis de las democracias, que no es tal, sin florituras ni demagogias expresivas. En sus propias palabras: “La democracia,  tan desafiada actualmente, es una de las cosas cuya consolidación y mejora no sabemos exactamente que no está requiriendo; ¿indignación ante sus enemigos o serenidad confiada en su resistencia? ¿Son debidos sus males a la incompetencia de los dirigentes o la estupidez de las masas? ¿Hasta qué punto podemos confiar en quienes aseguran defenderla? La historia de la democracia, continúa diciendo, ha estado siempre acompañada por ese tipo de dilemas, lo cual parece indicarnos mucho acerca de su naturaleza, de ese equilibrio inestable en el que se articulan y renegocian los principios que la caracterizan. En este libro no hablo de su agitada historia sino de su incierto porvenir. Si la democracia es una forma de gobierno abierta el cuestionamiento y la renegociación de lo que se daba por establecido, la reflexión acerca de ella no está menos obligada a revisar sus conceptos, prácticas y previsiones”. Les recomiendo su lectura encarecidamente. Estoy seguro de que gozarán de ella y me lo agradecerán. Tamaragua a todos ustedes en el día de Santa Ana, patrona de mi adorada ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, hoy, 26 de julio de 2026. Su amigo, HArendt.






















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 10. DESCANSAR DE UNO MISMO, POR CARLES CASAJUANA. 26 DE JULIO DE 2026

 





En el episodio de la carreta de las Cortes de la Muerte, Don Quijote y Sancho Panza tropiezan con una compañía teatral: hay un actor disfrazado de la Muerte, otro de ángel, otro de emperador, etcétera. Don Quijote les aborda, les pregunta quiénes son y adónde van y, tras un lance con el actor caracterizado de diablo, recomienda a Sancho Panza que se lleve siempre bien con los comediantes, porque nos hacen un gran bien a todos poniéndonos ante un espejo de la vida humana, y le dice:

“Dime, ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, este el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales (…) Pues lo mismo acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura”.

Sancho Panza deja caer con malicia que ha oído muchas veces esta comparación –una manera simpática de Cervantes de reconocer que no es suya–, y dice que es como el juego del ajedrez, “que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio; y al acabarse el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la ­sepultura”.

Si el mundo es un teatro o un tablero de ajedrez, como estas ideas sugieren, unas vacaciones bien aprovechadas –para quien se las pueda tomar– también pueden ser un intervalo en la obra que representamos o un regreso temporal y saludable –nada que ver con la sepultura, toquemos madera– a esta bolsa en la que, cuando el juego se acaba, guardamos las piezas: una oportunidad para suspender la interpretación y mezclarnos con el resto de los actores sin sentirnos obligados a interpretar el papel que hemos elegido o nos ha tocado en este valle de lágrimas.

El hombre de negocios que está siempre atareado, con mil embrollos que atender, ahora puede hacer de marido, padre o amigo. La mujer que pugna por combinar la maternidad con una carrera profesional, puede dedicar todo su tiempo a sus hijos. Quienes se sienten aplastados por la rutina pueden entregarse a la aventura, y quienes tienen que viajar durante todo el año por imposición profesional pueden quedarse en casa. Con el cambio de hábitos y de entorno, de cama y de mantel, es la hora de retocar un poco el guion, de suspender las conexiones habituales y probar suerte con otras, de ponernos los cuernos a nosotros mismos, la hora de los amores de verano y de las confidencias nocturnas a desconocidos que quizás no volveremos a ver nunca.

A modo de juego, podemos sostener ideas distintas de las nuestras y hacernos pasar por seguidores del Real Madrid cuando somos culés a muerte, o abogar por más turismo cuando estamos persuadidos de que, para Catalunya, es un negocio ruinoso, o a la inversa. Se trata de probarnos las afinidades y convicciones ajenas, para darnos cuenta de que pueden ser tan razonables o tan absurdas como las nuestras. Es un ejercicio sano y puede ser muy instructivo. Los más atrevidos pueden incluso intentar defender las objeciones del Tribunal Supremo a la aplicación de la amnistía, a ver si logran convencer a alguien.

A veces, lo que más falta nos hace no es recuperar fuerzas, sino descansar un poco de nosotros mismos y no tomarnos tan en serio. Como escribió Jaume Perich, “el único animal capaz de reírse de sí mismo es el ser humano. No tiene ningún mérito: es el único que da motivos para ello”. Ahora es el momento. Ser siempre uno mismo puede acabar fatigando. No hay nada que temer: la máscara habitual nos esperará dentro de unas semanas en el mismo lugar donde la dejemos, con las obligaciones, responsabilidades e inquietudes que la acompañan. Si nos reímos un poco de ellas, tal vez nos pesarán menos. Carles Casajuna es diplomático. La Vanguardia, 25 de julio de 2026.

















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 9. “JOT DOWN” Y MADAME DE POMPADUR, POR LAURA FREIXAS. 26 DE JULIO DE 2026

 





Cierto misterio rodeaba a Jot Down cuando apareció en el 2011. De los dos socios que crearon la revista, uno, el que llevaba y lleva el día a día, se llama Ángel, vive en Sevilla y es informático. Todo normal. La otra… decía que vivía en Londres. Que se llamaba Mar de Marchis. Que era abogada y representaba a futbolistas.

Como directora de esa revista ­novedosa y audaz, la tal Mar tuvo un éxito fulminante. Consiguió que escribieran para Jot Down grandísimas firmas, y eso que pagaba poco o nada. Que El País la distribuyera. Que Cebrián se disfrazara de Darth Vader para su portada… Y todo, a golpe de teléfono. ­Llamando a todo el mundo, a todas horas, varias veces al día, hasta de madrugada. Inteligente y divertida. Coqueta, seductora. Tenaz, infatigable, autoritaria… Pero, Mar, ¿nos vamos a conocer? Es que… Excusas, excusas. Bueno, vale, quedemos. Y en el último minuto, siempre, un mensajito: cuánto lo siento… un imprevisto… Eso sí, enviaba fotos. Treintañera, rubia, de ojos claros. En ­bikini. O con menos ropa todavía. ¿Quién se ocultaba bajo el nombre estrambótico de Mar de Marchis?

¿Quién se ocultaba bajo ese nombre estrambótico? Se llegó a decir que la hija de Aznar. O una mujer siria, desfigurada en un atentado. O… Si quieren saber la verdad, lean La bola, el libro en el que Daniel Verdú cuenta su rocambolesca historia. Y que a Ángel Fernández Recuero, el socio de “Mar” (que, por supuesto, no se llamaba así, ni era una treintañera rubia, ni vivía en Londres), no le ha gustado nada. “La única mujer que en los últimos quince años logró fundar y dirigir un medio de referencia en este país, sin pedigrí ni padrinos –escribe en Jot Down, que ahora dirige él solo–, recibe su castigo póstumo” en forma de un libro “construido sobre el arquetipo misógino más viejo del inventario”. Supongo que se refiere al de la favorita: la mujer que alcanza una gran influencia a base de seducir a un hombre –en este caso, a muchos–, como Roxelana con Solimán el Magnífico o Madame de Pompadour con Luis XV.

Recuero se queja de que La bola no le reconozca a la que fue su socia “ningún mérito intelectual”. Desde luego, los tuvo, y es verdad que el libro de Verdú, por lo demás muy ameno, se queda en la superficie. Pero es que el arquetipo misógino lo usó la misma “Mar” . El viejo truco femenino de envolver la valía y ambición en coqueteo y poca ropa le funcionó de maravilla. Queremos ser una sociedad igualitaria. Creemos que ya lo somos. Pero, caramba, no hay manera. Laura Freixas es escritora. La Vanguardia, 25 de julio de 2026.
















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 8. EL DON Y EL LÁTIGO, POR JAVIER CERCAS. 26 DE JULIO DE 2026

 







Durante años me resistí con uñas y dientes a leer Open, la autobiografía de Andre Agassi. No consiguió vencer mi resistencia el hecho de que no la había escrito el gran tenista estadounidense sino J. R. Moehringer, autor de algún libro memorable; ni siquiera que, al publicarse, Alessandro Baricco escribiera: “Es el mejor libro que he leído en la última década”. Alguna vez he dicho que me gusta tanto el tenis que no leo libros sobre tenis; es una bobada: mucho más me gusta la literatura y me he pasado la vida leyendo libros sobre literatura (algunos de los cuales son en sí mismos, por cierto, excelente literatura). Por lo demás, el tema de un libro es lo de menos; cualquier tema es bueno para la literatura: el tema del Quijote —un viejo se cree un caballero andante tras pasarse la vida leyendo libros sobre caballeros andantes—, el de La metamorfosis —un hombre se despierta una mañana convertido en un monstruoso insecto— o el de En busca del tiempo perdido —Marcel se convierte en escritor— son banales o irrelevantes; pero esas tres novelas son tres de los mejores libros jamás escritos. En literatura, la forma es el fondo.

El caso es que por fin he leído Open. Es extraordinario: en él hay más literatura auténtica —más gracia y tensión verbal, más complejidad moral— que en infinidad de novelas pretenciosas, colmadas de citas de autores de postín. Nunca fui un fan de Agassi, aquel tipo con aspecto de chuleta de Las Vegas que llamaba la atención en la pista por su forma extravagante de vestir y de peinarse (al final se rapó); leyendo su autobiografía, sin embargo, te enamoras de él: de su espíritu gamberro y herido, de su desvalimiento, de su sentido del humor, de su generosidad y su honestidad, de su batalla agónica por sobrevivir en el torbellino hipnótico, obsesivo, loquísimo, salvaje y extenuante del tenis de élite. El libro, además, está constelado de reflexiones no indignas de un moralista francés: “Las victorias no nos hacen sentir tan bien como mal nos hacen sentir las derrotas, y las buenas sensaciones no duran tanto como las malas; con gran diferencia”; o bien: “A muy pocos de nosotros se nos concede la gracia de conocernos a nosotros mismos”. Pero no es ahí donde late el corazón de Open. Agassi les dice sin parar a sus interlocutores que odia el tenis. ¿Es posible odiar lo que mejor sabes hacer, aquello a lo que has consagrado tu vida? Al principio parece una broma; luego, una coquetería (como aquella, insuperable, que soltó Maradona tras la proyección de una película que exhibía sus excesos de leyenda: “Che, ¡qué gran futbolista se perdió el mundo!”); no es ni una cosa ni la otra. Empezamos a entenderlo cuando intuimos que Agassi se está definiendo a sí mismo al definir a su amiga Barbra Streisand como “una perfeccionista torturada que odiaba hacer algo en lo que era extraordinaria”; y casi lo entendemos del todo cuando le confiesa a su segunda esposa, Steffi Graf, que odia su oficio, y aquella tenista única le contesta: “Pues claro, ¿no lo odiamos todos?”. Esa es la clave. Agassi aprendió a jugar al tenis porque le gustaba, continuó jugándolo para complacer a un padre empeñado en que fuera un campeón y terminó jugándolo porque sintió que ya solo sabía jugar al tenis; pero también por algo más. “Cuando Dios te da un don, también te da un látigo”, escribió famosamente Truman Capote. “Y el látigo es solo para fustigarte”. Ese don que también es un látigo se llama vocación, o destino, y es una bendición, pero también una condena, o lo es precisamente para aquellos a quienes se concede la gracia de conocerse a sí mismos, que es lo máximo a lo que se puede aspirar. Así lo acaba entendiendo el propio Agassi. “La vida es un partido de tenis entre extremos opuestos”, les decía a los chavales pobres que asistían a su academia. “Ganar y perder, amar y odiar. Reconocer pronto ese hecho doloroso ayuda. También hay que reconocer los extremos opuestos que hay en nosotros y, si no podemos entregarnos a ellos, o reconciliarnos con ellos, debemos al menos aceptarlos y seguir adelante. Lo único que no podemos hacer es ignorarlos”. Lo dicho: un libro extraordinario. Javier Cercas es escritor. El País, 25 de julio de 2026.





















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 7. “BARTOLA WAY OF LIFE”, POR LOLA PONS. 26 DE JULIO DE 2026

 





Un cerdo perora a un cordero y a un gallo sobre su ideal de descanso: “No hay en esta vida miserable / gusto como tenderse a la bartola, / roncar bien y dejar rodar la bola”. En la ficción de esta fábula del siglo XVIII escrita por Tomás de Iriarte se simbolizaba de forma castiza un ideal material del descanso que yo con gusto quiero defender tres siglos después: sin ambages, descansar a la bartola.

No quiero que el celador de la salud mental me prescriba unas vacaciones como esencial validación del autocuidado; no quiero al papanatas del anglicismo aleccionándome sobre la necesidad de entrar por unos días en modo chill; huyo del entusiasta tecnológico que me argumenta sobre la oportuna necesidad del reseteo mental y la conveniencia de cargar las pilas. Quiero la paz mental y la simpleza de ese enunciado cochino que no merece entrar en una antología de los mejores versos escritos en español, pero formula de manera inteligible un programa vacacional exento de toda doctrina.

El ideal del cerdo de la fábula es heredero de una tradición en la que Bartola, sin ser el nombre de una mujer concreta ni de una finca con camas de sábanas limpias, se había convertido ya en deidad gentil del descanso. Sabemos que los nombres propios cargan con un equipaje de connotaciones que el habla popular se encarga de propagar. Y los nombres de Bartolo o Bartola, apodos familiares nacidos desde Bartolomé y Bartolomea, adquirieron desde la Edad Moderna en español la connotación de ser apelativos típicos para bautizar en la ficción a personajes perezosos, indolentes, pertinaces en su desidia y diestros en sustraerse al esfuerzo que otros asumían. Los bartolos de la tradición popular española eran contumaces expertos en encogerse de hombros. En el teatro, bastaba anunciar en escena la entrada de un personaje llamado Bartolo para que el público supiera que el entusiasmo por el trabajo no figuraría entre sus virtudes principales. Y la lengua llevó esa asociación más allá del nombre propio: en algunas zonas hispánicas bartola ha llegado a ser la palabra para llamar al vientre, de forma que tocarse la bartola era, literalmente, rascarse la barriga, y llenar la bartola designaba de manera popular al hecho de comer con más provecho que esfuerzo. Tumbarse a la bartola, panza arriba, era pues el símbolo de la molicie máxima. La palabra, pese a su significado de inmovilidad, incluso generó su propia familia pachorra: en el español chileno, bartolear significa haraganear y bartola puede equivaler en algunas variedades americanas a pereza.

Comprendo que quienes redactan los diccionarios se esfuercen por definir las palabras con objetividad e imagino que pueden sentir pudor ante ese despliegue de vagancia que evoca tirarse a la bartola. Por eso, entiendo que una definición de diccionario no puede permitirse decir que tirarse a la bartola es equivalente a “tumbarse panza arriba para sacar al vago redomado que uno lleva dentro”. Pero me cuesta aceptar que haya diccionarios de la lengua española que traten de revestir la explicación de la palabra con una terminología higienista diciendo que estar a la bartola es “tumbarse en posición supina”. Sé que estar espalditendido es yacer en postura supina y que, por eso, en el español de Murcia ensobinado o asobinado designan precisamente esa posición y que en catalán quien está en esa misma postura está de sobines. Pero me niego a ponerle la bata blanca a una expresión de hamaca; no tratemos de disfrazar la bartola de una cobertura técnica que no se compadece con su praxis real: oreja doblada en el sofá, sesteo bajo el limonero o entrega contemplativa al lento girar del aspa del ventilador.

Sabiendo que hoy es día de Santiago, patrón de España, quien esto escribe no desea en las próximas semanas ser animada por ultreias ni suseias. No aspiro a ir más allá, no quiero que me animen a seguir adelante. Por unas semanas quiero estar a la bartola, sabiendo que si esta propuesta nos llegara de la cultura anglosajona estaríamos sacralizando la Bartola way of life y sacando títulos de especialización y tutoriales al respecto. Mi única disciplina consistirá, inspirada por el mal perder argentino tras la final del Mundial de fútbol, en pasar deliberadamente de espaldas ante el ordenador de casa cuando me vea obligada a circular por el despacho.

Me declaro, pues, devota de la Bartola. Carece de apellido y no figura entre las advocaciones marianas, pero merece ser puesta bajo la leve parihuela de un puñado de pelusas gandulas para presidir la letanía del perezoso que la bendice como patrona del descanso. Quiero reverenciar al bartolismo, religión benévola que admite en su grey incluso a aquellos que, vencidos por la mala conciencia, consultan furtivamente el correo electrónico en mitad de las vacaciones. Esta es una devoción de conveniencia y, por tanto, terrenal y caduca. En septiembre acabaré encontrándome otra vez delante de una pantalla, abandonaré la postura supina y, con un poco de suerte, descubriré que el mundo sigue funcionando exactamente igual que ahora que, cansada de todo un curso, dejo rodar la bola y la pluma hasta septiembre. Lola Pons Rodríguez es filóloga. El País, 25 de julio de 2026.























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 6. AL OTRO LADO DE LA VIDA, POR ANA IRIS SIMÓN. 26 DE JULIO DE 2026

 







La primera vez que lloré en un museo fue con 17 años. Yo y mi amiga Cynthia habíamos ido al Reina Sofía para ver De donde no se vuelve, la exposición que recorría la trayectoria de Alberto García-Alix. Tengo muy mala memoria, pero aún puedo acordarme de algunas de las fotos que componían la pieza audiovisual que me emocionó. Había amigos muertos del fotógrafo, prostitutas, retratos suyos. De fondo sonaba la voz ronca y grave de García-Alix advirtiendo del poder de la fotografía como médium que “nos lleva al otro lado de la vida, de donde no se vuelve”.

Vuelvo a sus palabras cuando, de manera muy tonta, me siento mal por no fotografiar lo suficiente las cosas. Por no hacerme muchos selfies —con lo que me gustará verlos cuando tenga más canas y más arrugas—, por no tener una foto decente con mi mejor amiga, esa con la que fui a la exposición de García-Alix, más o menos desde entonces, hace casi 20 años. Pero, sobre todo, por no estar registrando lo suficiente la infancia de mis hijos, que tienen decenas de fotos en todas sus etapas pero que, en comparación con las de otros niños, se me hacen cosa de poco.

La infancia y la primera juventud fotográfica de mis padres cabe en un sobre: un par de fotos de bebés, mi madre en una silla de anea, mi padre siempre con la Ana Rosa, su hermana pequeña. Otro par en el colegio, sosteniendo un lápiz y con el mapa de España de fondo. Alguna en la adolescencia, ya en color, mi madre en la feria con sus amigos, mi padre en la mili. Había una que me hacía mucha gracia porque varios de sus compañeros salían enseñando el culo en el cuartel.

Mi infancia noventera abulta más, cabe en un álbum de fotos; tengo incluso carretes enteros que dan fe de algunas etapas de mi vida. De cuando estaba aprendiendo a andar, de los veranos que vinieron los saharauis a casa, de las ferias con mis abuelos y de mi primer campamento. Algunas navidades y algunos carnavales, alguna de esas que te hacían con cara de susto a la entrada del zoo.

La infancia de mis hijos cabrá en un dispositivo más pequeño que un sobre o un álbum: un pendrive de unos cuantos gigas. Supongo que cuando sean adultos tendrán que hacer algún proceso tedioso para ver lo que hay dentro, como los que tenemos vídeos caseros en cinta y los pasamos a discos DVD que ahora tampoco podemos ver porque los ordenadores ya no llevan reproductores. Las memorias infantiles de los hijos de mi generación están condenadas a la obsolescencia o a los caprichos de los magnates de Silicon Valley, cuyas nubes asumimos como eternas, pero que seguramente no lo sean. Así que en el futuro puede darse un fenómeno curioso: que los niños más fotografiados de la historia sean los que menos fotos de su infancia conserven.

Serán, desde luego, los que menos las valoren como ese artefacto capaz de darnos el don de la bilocación. Porque la combinación de llevar una cámara en el bolsillo a tiempo completo y el uso que hacemos de las imágenes en las redes sociales han hecho que las fotos dejen de ser un fetiche y pasen a ser una mercancía a granel. Muchas de las que tenemos en las galerías de nuestros teléfonos y desde luego la mayoría de las que subimos a redes sociales no serán, cuando las revisemos en un par de décadas, un médium que nos lleve al otro lado de la vida. Habrán perdido su poder. Porque lo que estábamos haciendo cuando las sacamos no era vivir sino consumir (consumir experiencias, tendencias o píldoras para el ego). O, en el caso de las redes, consumir para ser consumidos. Ana Iris Simón es escritora. El País, 25 de julio de 2026.

















REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 5. SOCIALISTAS DEMOCRÁTICOS VS. SOCIALDEMÓCRATAS, POR GARRY KASPAROV. 26 DE JULIO DE 2026

 





Hace un par de años, la imagen de un orador dirigiéndose a una asamblea nacional del Partido Demócrata con un Zhongshan , el famoso "traje del Presidente Mao", habría sido propia de las fantasías más descabelladas de los republicanos. Sin embargo, allí estaba el streamer izquierdista Hasan Piker, pronunciando un discurso desde el escenario de la Convención de Verano de los Jóvenes Demócratas, ataviado como un funcionario comunista chino.

Piker suele respaldar a los candidatos a las primarias que representan a los Socialistas Democráticos de América (DSA). Considera a Mao, un dictador responsable de decenas de millones de muertes, como "uno de los grandes líderes".

Los héroes y las elecciones de moda de Piker, claramente antiliberales, chocan con lo que muchos en la izquierda desean creer desesperadamente sobre la DSA. Cada vez que expreso mis inquietudes sobre la DSA, la respuesta es siempre la misma: estos socialistas simplemente buscan el generoso estado de bienestar que existe en las socialdemocracias escandinavas como Suecia y Dinamarca.

En la convención de los Jóvenes Demócratas, Piker dedicó mucha más energía a los supuestos enemigos internos que a la amenaza existencial del autoritarismo de MAGA. "¡Basta ya de demócratas que colaboren con los fascistas!", tronó .

Al escuchar el discurso de Piker, oí ecos del período de entreguerras, cuando Joseph Stalin proclamaba con vehemencia que "la socialdemocracia es objetivamente el ala moderada del fascismo". En el momento crítico de principios de la década de 1930, Moscú ordenó al Partido Comunista Alemán que tratara a los socialdemócratas como sus principales enemigos, lo que en la práctica le abrió las puertas a Adolf Hitler.

¿Cómo se explica todo esto con las justificaciones que equiparan a los socialistas estadounidenses con los socialdemócratas nórdicos? Significativamente, estas excusas suelen provenir de personas ajenas a la DSA. Por ejemplo, un artículo de The Guardian cita a observadores europeos que intentan encubrir a Zohran Mamdani como una figura "normal" según los estándares nórdicos.

En lugar de basarnos en interpretaciones benévolas de terceros sobre lo que son los Socialistas Democráticos de América, deberíamos volver a escuchar a la propia DSA. La organización rechaza explícitamente cualquier asociación con la socialdemocracia escandinava. Un artículo de 2017 en la publicación oficial del partido acusa a los socialdemócratas de «retroceder» y de «socavar las mismas reformas que pretenden preservar».

“Necesitamos una presencia socialista de masas”, proclama el texto, “que no solo busque domar el capitalismo, sino también superarlo”.

La clave para entender la diferencia reside en el sustantivo. En la socialdemocracia, la prioridad es la democracia . En el socialismo democrático , el énfasis recae en el socialismo, y la democracia queda reducida a un mero modificador.

Los socialdemócratas quieren remediar algunas de las injusticias y desigualdades que conlleva el capitalismo sin restricciones. Lo entiendo: al fin y al cabo, viví la Rusia de los años noventa. En definitiva, independientemente de mis discrepancias con los socialdemócratas, compartimos principios comunes como demócratas .

No se puede decir lo mismo de muchos socialistas.

El lunes, el dictador socialista de Nicaragua, Daniel Ortega, declaró que su país había terminado con la celebración de elecciones . Para siempre.

Como era de esperar, el Comité Internacional de la DSA se opone a las sanciones estadounidenses contra el régimen nicaragüense . Bernie Sanders, el representante de mayor rango de la DSA en Estados Unidos, visitó Nicaragua durante el primer mandato de Ortega como presidente en la década de 1980. Cuando un votante le preguntó a Bernie sobre el pésimo historial de derechos humanos del líder sandinista, el entonces alcalde de Burlington solo tuvo evasivas para manipular la información.

La “suspensión temporal de ciertas libertades civiles” fue la versión que el político de Vermont dio a la situación en Nicaragua alrededor de 1985. Tras ser derrocado en 1990, Daniel Ortega regresó a la presidencia en 2007 y nunca la abandonó. ¿Qué les parece esa “suspensión temporal”?

Existe una razón para esta apología de la dictadura, y es la misma razón por la que el ícono de Piker es Mao y no, por ejemplo, Olof Palme, el primer ministro socialdemócrata sueco de la Guerra Fría. Palme impulsó políticas de izquierda en Suecia y fue uno de los opositores más acérrimos a la política exterior estadounidense de su época; pero también fue un crítico mordaz de la Unión Soviética y sus títeres comunistas en Europa del Este. Más aún, Palme era un jefe de gobierno electo, no un militante revolucionario. Garry Kasparov es el fundador y presidente de la Iniciativa para la Renovación de la Democracia, que publica The Next Move .Substack, 24 de julio de 2026. 


























REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 4. ELON MUSK, EL NUEVO HÉROE DEL POPULISMO, POR PAUL KRUGMAN. 26 DE JULIO DE 2026

 





Los republicanos han decidido que su argumento para las elecciones de mitad de mandato es que todos los demócratas son comunistas . Como estrategia electoral, esto es tan ridículo como absurdo. Pero hay una pequeña base de realidad política detrás de esta nueva campaña anticomunista de la derecha : el surgimiento de una reacción pública generalizada contra la extrema concentración de riqueza en manos de los multimillonarios.

Esta reacción negativa se refleja en varias encuestas. Según la encuesta Harris Billionaires Survey , el 73 por ciento de los estadounidenses cree que la desigualdad de riqueza es un problema nacional grave, frente al 66 por ciento en 2022. Una encuesta de UMass Amherst reveló que el 58 por ciento de los estadounidenses opina que los multimillonarios son una amenaza para la democracia, y el 45 por ciento afirma que Estados Unidos es una oligarquía, "un gobierno en el que un pequeño grupo ejerce el control, especialmente con fines corruptos y egoístas". Solo el 28 por ciento se mostró en desacuerdo.

Y como señalé la semana pasada , citando una investigación del politólogo Andrew Hall, la recaudación de fondos demócrata ha comenzado recientemente a centrarse en denuncias de la influencia indebida de los multimillonarios:

Si defines como comunista a cualquiera que exprese su preocupación por la riqueza y el poder político de los multimillonarios, en ese sentido estás definiendo como comunistas a la mayoría de los estadounidenses.

¿Por qué se está viralizando ahora la reacción pública contra los multimillonarios? Esta es una pregunta interesante, ya que tanto la concentración de riqueza en la cima como el gasto político de los multimillonarios han ido en aumento durante décadas. Por ejemplo, los hermanos Koch han estado donando a la Federalist Society, el grupo de lobistas legales de derecha que creó la Corte Suprema Roberts, desde principios de la década de 1980. Los intereses de los combustibles fósiles han estado difundiendo desinformación climática desde que el calentamiento global comenzó a aparecer en los datos. El gasto político de los multimillonarios ha sido inmenso durante más de una década, aunque alcanzó nuevas cotas para ayudar a Trump a ganar la presidencia y a obtener escaños republicanos en el Congreso en las elecciones de 2024. ¿Por qué, entonces, ha tardado tanto en alcanzar una masa crítica la reacción popular contra los multimillonarios ?

Una posible explicación es que Trump ha sacado a la oligarquía estadounidense de la clandestinidad y la ha puesto en el centro de atención. Como comenté la semana pasada, el espectáculo de la "cabalgata de aduladores magnates tecnológicos en la investidura de Trump" fue una clara señal de alerta . Sin embargo, sostengo que esta muestra de lealtad de los multimillonarios hacia Trump forma parte de una dinámica más amplia en la que la nueva generación de oligarcas estadounidenses ha optado por convertirse en figuras públicas y, por ende, en blanco de ataques.

Lo cierto es que los multimillonarios han ostentado un inmenso poder político durante décadas, pero optaron por ejercerlo desde las sombras, ocultando sus acciones a través de comités de acción política (PAC) y grupos de expertos de derecha con un lenguaje supuestamente patriótico. Solo los más entendidos en política comprendían lo que ocurría tras bambalinas.

Hoy en día, sin embargo, la nueva generación de multimillonarios se muestra muy visible y ostentosa, haciendo alarde de su influencia en lugar de ocultarla. Y el máximo exponente de este cambio es, por supuesto, Elon Musk.

Para comprender la importancia de este cambio en el comportamiento de los ultrarricos, resulta útil comparar las listas de los principales donantes individuales recopiladas por OpenSecrets en diferentes elecciones recientes, concretamente las de 2016 y 2024 .

En 2016, los 100 principales donantes dividieron sus gastos casi por igual entre republicanos y demócratas, con 9 de los 20 principales apoyando firmemente a los demócratas. Esto fue inusual y sin duda reflejó el hecho de que un número significativo de donantes republicanos estaban consternados por Donald Trump. Pero para 2024, cuando Trump volvió a ser el abanderado del Partido Republicano, la mayoría de estas dudas y escrúpulos habían desaparecido: los 100 principales donantes gastaron más del triple en republicanos que en demócratas, y solo 5 de los 20 principales apoyaron a los demócratas. Esto, después de que el autoritarismo y la corrupción de Trump se hicieran claramente evidentes.

Para ser más precisos, consideremos quiénes fueron los principales donantes republicanos en 2016. Quienes siguen de cerca la política conocen desde hace tiempo el papel fundamental que desempeñaron en la política de derecha Sheldon y Miriam Adelson (provenientes de apuestas), Paul Singer (capitalista buitre), Robert Mercer (científico informático convertido en gestor de fondos de inversión) y Richard Uilein (empresa naviera). Pero ninguno de ellos buscaba la fama, y ​​siempre fue una tarea ardua concienciar a la opinión pública sobre sus políticas perniciosas y su influencia política.

La lista de 2024 aún incluye a muchos de los oligarcas tradicionalmente discretos. Pero, a diferencia de antes, también incluye a varios multimillonarios de derecha a quienes les encanta estar en el ojo público y expresar sus opiniones sobre todo, desde política fiscal hasta cultura. Entre ellos se encuentran Ken Griffin (fondo de cobertura), Marc Andreessen (tecnología/capital de riesgo) y Stephen Schwarzman (capital privado).

Y, por supuesto, Musk encabeza la lista. Pasó gran parte del año pasado dirigiendo de facto amplias zonas del gobierno estadounidense, recortando el gasto de forma que no solo no ahorró dinero a los contribuyentes, sino que también provocó un grave deterioro del funcionamiento del gobierno y ya ha causado cientos de miles de muertes . Además, el narcisismo de Musk —muy similar al de Donald Trump— lo ha llevado a acaparar toda la atención en las ruedas de prensa celebradas en el Despacho Oval. Y, como Trump, no aprende de sus errores. Ahora opina ruidosamente no solo sobre política, los males del activismo progresista y la inmigración de personas no blancas, etc., sino también sobre La Odisea. (La odió y predijo, erróneamente, que sería un fracaso de taquilla).

Lo más importante aquí es que se ha producido una transición significativa en Estados Unidos, desde los tiempos en que el poder oligárquico se ejercía mayoritariamente en la sombra hasta la era actual de ostentosas y extremistas demostraciones de la influencia de los multimillonarios.

¿Qué provocó el cambio? Al menos en parte, se debe a una transformación en el origen de la gran riqueza, que pasó de los combustibles fósiles (por ejemplo, los hermanos Koch) y otras industrias tradicionales a la élite tecnológica. Como argumenta Henry Farrell , muchos multimillonarios tecnológicos están atrapados en el culto a los "fundadores", creyéndose seres superiores con derecho a privilegios especiales y reconocimiento universal, lo que implica exponerse públicamente. Añadiría que la industria tecnológica ha sufrido un declive drástico en la percepción pública desde su apogeo alrededor de 2015, y los aduladores magnates tecnológicos en la investidura de Trump eran, en gran medida, antiguos héroes culturales que anhelan recuperar sus días de gloria.

Así pues, sin duda parte de la razón por la que la mayoría de los estadounidenses afirman ahora que la democracia está siendo socavada y que los multimillonarios lo controlan todo, es que los propios multimillonarios se jactan de su influencia.

Y su descaro, en realidad, nos beneficia a todos. Movilizarse contra la amenaza oligárquica a la democracia era difícil cuando los oligarcas operaban desde la sombra. Ahora es más fácil, ya que algunos actúan abiertamente.

Elon Musk es un héroe improbable del populismo. Pero su odioso y desenfrenado narcisismo bien podría ayudar a salvar la república estadounidense. Paul Krugman es premio nobel de Economía. Substack, 24 de julio de 2026.