miércoles, 28 de octubre de 2026

ESPECIAL TRES DE HOY MIÉRCOLES: APADRINA A UN FUNDADOR DE GOOGLE, POR MANUEL JABOIS

 





Sigo compungido, desde la distancia, el drama de los hombres más ricos del mundo que, obligados por los impuestos, han empezado una marcha migratoria desde California que a este paso aún va a terminar en México. Todo porque el 3 de noviembre los californianos deberán votar una propuesta sindical: cobrar, una sola vez, el 5% del patrimonio gravable de los milmillonarios que vivan allí para destinar el 90% a la sanidad pública (el 10% restante será para rodar la siguiente película dogma de James Cameron). A Sergey Brin, fundador de Google, le calcula Forbes 240.400 millones de dólares. No intenten calcularlo: es igual. El impuesto le quitaría 12.020 millones para la sanidad de todos los usuarios de Google, los que hacen cada día más rico a Brin. Page, el otro fundador, anda por ahí también. A Peter Thiel, fundador de PayPal y Palantir, se le estiman 37.600 millones de dólares. El impuesto le quitaría 1.800 millones de euros para la sanidad de todos, incluidos los usuarios de PayPal (los que hacen millonario a Thiel). Entre los tres habrían destinado 29.000 millones de euros a un servicio público, pero han preferido dejar sus casas y gastar 293 millones en lobbies e iniciativas para frenar esa medida. Como no podemos calcular la fortuna de quienes tienen más de mil millones, es fácil calcular en qué les afecta personalmente pagar un 5% de impuestos: en nada. Podría pensarse que son un problema, pero qué va: el problema son los millones de ciudadanos, en España y otros países, que ganando el salario mínimo (el que les subió un gobierno de izquierdas) defienden a este colectivo oprimido de Silicon Valley. O la cantidad de gente que abona más impuestos en España que el 8,9% sobre sus beneficios que pagan las grandes empresas dispuestas a defenderlas a ellas y a esos milmillonarios migrantes con tal de no perjudicar el discurso contra los mismos impuestos que están educando y sanando a sus hijos. No è un mondo difficile: es un mundo idiota. Manuel Jabois es escritor. Publicado en El País.

















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ESPECIAL DOS DE HOY MIÉRCOLES. LA REVUELTA DE LOS JÓVENES QUE NADIE ESPERABA, POR SERGIO DEL MOLINO

 





Andan los científicos sociales un poco desubicados porque les han salido unos jóvenes en el bancal, como a los labradores de Amanece, que no es poco. Estaba la sociedad europea muy explicadita, con sus pirámides de población invertidas, sus inviernos demográficos, sus huchas de pensiones reparadas con cinta aislante y sus agendas políticas dictadas por las necesidades y miedos de una población envejecida que miraba entre visillos cómo se le había llenado el barrio de musulmanes. Nadie contaba con los jóvenes. Nadie esperaba que se pusieran a acampar en las plazas españolas o que paralizasen Francia (violencias al margen, si es que una revuelta puede desentenderse de sus revoltosos). De pronto, el discurso del ciclo electoral más importante en décadas, con giros históricos previstos en España, Francia y Alemania, lo dictan esos jóvenes que nadie había computado.

De la juventud no se sabía gran cosa. Que le gusta el fascismo, de eso sí que se hablaba. Una información muy poco útil, porque el fascismo siempre ha sido un asunto de jóvenes: el himno fascista italiano se titulaba Giovinezza. También se los caricaturizaba como ñoños —generación de cristal—, desinformados —no leen periódicos—, tarugos —no se esfuerzan estudiando— y con un gusto musical atroz. Pero todo esto eran suposiciones. En realidad, nadie había visto a un joven en carne mortal: escaseaban en las aulas de ratios menguantes, y no aparecían en los espacios de recreo de los cuarentones y cincuentones, como el tardeo y los festivales, llenos de calvos y canosos vestidos a la moda de hace treinta años. La juventud era abstracta, como el lince y el lobo ibéricos cuando estaban en peligro de extinción, algo que solo se veía en los documentales.

Insisten los convocantes de la próxima huelga general en que su protesta por la vivienda es transversal, pero su sujeto es abrumadoramente juvenil. Son los problemas que acorralan a los jóvenes los que se han impuesto, por encima de problemas ficticios como la inmigración —que solo es un problema para los racistas— o los ridículos temores nacionalistas. Ahora tenemos un conflicto real expresado con la cursilería y la agresividad de las que solo los jóvenes son capaces.

Pertenezco a una generación (la X o la millenial, no lo sé) que no creía en revoluciones y pasó sus mejores años cultivando el sarcasmo y las citas paródicas. Ojalá me perdonen si me burlo de la ingenuidad de algunos lemas o de la sobreactuación de los activistas. Desconfío del sentimentalismo por naturaleza, pero me tomo muy en serio el fondo del asunto y sé que esta es una batalla que merece ser luchada. Gracias por empezarla. Sergio del Molino es escritor. Publicado en El País.
























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ESPECIAL DE HOY MIÉRCOLES: NACIONALIDAD Y SUFRAGIO: ¿UN BINOMIO INDESTRUCTIBLE?, POR ANA CARMONA CONTRERAS

 





A la decisión del Tribunal Supremo, confirmando la suspensión cautelar del reconocimiento de nacionalidad realizado al amparo de la denominada Ley de nietos, se ha sumado el rechazo “por prematuro” del recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional presentado por el Defensor del Pueblo. De este modo, todo apunta a que si el Supremo no adopta una resolución sobre el fondo de la controversia pendiente, avalando su corrección jurídica en tiempo útil, antes de que se celebren las elecciones generales el próximo 29 de noviembre (lo que resulta altamente improbable), las personas afectadas (unas 163.000) no podrán ejercer el derecho fundamental de sufragio.

La transcendencia del problema planteado es indudable, máxime cuando se produce en la antesala de unos comicios, generando una importante tensión en torno a un tema particularmente sensible para todo sistema democrático como es la configuración del estatus de ciudadanía. En este sentido, la reflexión sobre la posibilidad de condicionar el derecho de participación política de los nacionales a su residencia efectiva en territorio español cobra una particular relevancia. Vaya por delante que considero legítimo que el legislador atribuya la nacionalidad a los descendientes de exiliados de la guerra civil a personas que durante la dictadura abandonaron España, huyendo de la represión por motivos religiosos o de otra índole, así como a sefardíes, saharauis u otros colectivos. Optar por un concepto de ciudadanía inclusiva más allá del criterio estricto de haber nacido o de residir en España, ampliándolo a aquellos que presentan un vínculo familiar o histórico, por remoto o cercano que este resulte, es admisible siempre que se respete la Constitución.

La cuestión a discernir, pues, es otra. Concretamente, se trata de determinar si resulta idóneo reconocer automáticamente el derecho a votar a quienes, aun teniendo la nacionalidad, no residen en nuestro país, no mantienen un vínculo efectivo con la comunidad, no contribuyen al sostenimiento de los gastos públicos y, con carácter general, no son partícipes —porque no los viven en primera persona— los problemas cotidianos que nos atañen. En tales circunstancias, en las que no concurre un vínculo efectivo entre el ciudadano no residente y la comunidad, ¿es jurídicamente posible que se condicione o incluso se niegue a estas personas el derecho fundamental a participar en los asuntos públicos mediante el derecho de sufragio en las elecciones?

La respuesta a este interrogante es positiva, según se desprende con claridad diáfana de la jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), puesto que el derecho a participar en elecciones libres (reconocido en el Convenio Europeo de Derechos Humanos) no es de carácter absoluto. Consecuentemente, los Estados cuentan con un considerable “margen de apreciación” y pueden condicionar el reconocimiento del tal derecho al transcurso de un determinado período de residencia efectiva en territorio nacional (caso Shindler contra Reino Unido, 2013). Actuando de esta manera, se asegura que el censo electoral refleja la voluntad de la población que muestra “un vínculo real y duradero” con el espacio geográfico en el que tienen lugar las elecciones (caso Phy contra Francia, 2005). Ahora bien, una decisión de esta índole debe estar justificada por razones objetivas, ya que la privación del sufragio por motivos políticos o ideológicos se considera discriminatoria y, por lo tanto, inadmisible (caso Melnychenko contra Ucrania 2004). Asimismo, el TEDH valora si la decisión estatal limitadora del derecho de los ausentes respeta el principio de proporcionalidad, mostrándose especialmente vigilante a la hora de determinar que no se incurre en arbitrariedad. Tales exigencias sirven de base para rechazar decisiones estatales que permiten la suspensión general, automática e indiscriminada de los derechos electorales de un colectivo en cuanto tal (caso Hirst contra Reino Unido, 2005). Es primordial, según requiere el TEDH, que la privación establecida tenga carácter individualizado y también que se prevean las correspondientes garantías judiciales.

Así pues, optar por soluciones matizadas a la hora de limitar o incluso negar el derecho de voto de los nacionales en la diáspora, siempre y cuando se respeten las condiciones aludidas, resulta admisible desde la perspectiva europea. Esta aproximación, por lo demás, es adoptada por distintos países de nuestro entorno. En Alemania, el voto en las elecciones al Parlamento federal (Bundestag) de los nacionales ausentes, como regla general, se condiciona a la residencia continuada en un municipio alemán durante al menos tres meses a partir de que la persona alcance los 14 años de edad. También, de que aquella haya tenido lugar en los últimos 25 años. El incumplimiento de tales requisitos genera la pérdida automática del derecho de sufragio. Mucho más estricto es el criterio establecido en Dinamarca e Irlanda, ya que la residencia en el exterior conlleva la imposibilidad de votar a quienes que se hallan en tal condición. Por su parte, en Suecia, la regulación sobre derecho de voto de los ausentes establece un marco más pormenorizado en función de los casos previstos. Así, los nacionales por filiación (hijos o nietos de suecos nacidos en el extranjero) solo pueden votar si han estado inscritos en el Registro Civil sueco en algún momento de sus vidas. Por el contrario, los nacidos en el país que nunca han residido en él carecen del derecho de sufragio. Un tercer grupo es el integrado por nacionales no residentes. Estos forman parte del censo electoral automáticamente durante 10 años, pudiendo votar en las elecciones generales celebradas durante tal periodo. Una vez finalizado este, el ejercicio del derecho depende de que se renueve la inscripción en el censo. Otra solución es la de no vincular sufragio y residencia, pero estableciendo, como sucede en Francia e Italia, circunscripciones electorales exteriores, a las que se atribuyen un número determinado de parlamentarios y a las que se asignan los votos emitidos por los ausentes. En el caso de España, no se exige la residencia ni en las elecciones autonómicas ni tampoco en las generales, ya que la legislación vigente reconoce a los nacionales ausentes el derecho a participar en las mismas, siempre y cuando cumplan con una serie de requisitos administrativos, entre ellos, estar inscritos en el Censo de Residentes Ausentes (CERA). En las elecciones municipales, por el contrario, el Tribunal Constitucional ha afirmado (STC 153/2014) que para votar en dichos comicios es imprescindible ser “vecino”, esto es, estar empadronado y residir en el término municipal de referencia.

A la luz del panorama expuesto, el elenco de soluciones factibles apunta hacia respuestas diferentes con un alcance igualmente diverso. En cualquier caso, sostener el automatismo entre nacionalidad y derecho de sufragio al margen de la residencia efectiva, como se ha visto, no debe darse por descontado, pudiendo establecerse restricciones a su ejercicio o suprimirlo. El hecho de ser ciudadano de un país no conduce automáticamente al reconocimiento del derecho de participación política y el criterio del vínculo efectivo que se deriva de la residencia muestra una relevancia indudable. No estamos, pues, ante un binomio indestructible. Que el ejercicio de tal derecho se condicione a la residencia en el territorio nacional es una posibilidad, con el resultado de que los nacionales ausentes, esto es, las personas a las que se reconoce la condición de ciudadanos, pero que no viven en el país, no pueden votar.

El conflicto generado en torno a la “Ley de nietos” todavía pendiente de resolución judicial, así como la inminencia de las elecciones no generan un contexto propicio para abordar un debate sosegado y racional en torno a este tema. En todo caso, cuando las circunstancias lo permitan, sería necesario regular en sede legislativa o incluso constitucional las condiciones que rigen el ejercicio del derecho fundamental de participación política de los nacionales ausentes. Ana Carmona Contreras es catedrática de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla. Publicado en El País.



















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DEL CAFÉ SEMANAL: APOLOGÍA DEL EGOÍSMO, POR JAVIER CERCAS

 





Es extraordinario lo ocurrido el pasado verano con La Odisea, de Christopher Nolan: no solo abarrotó las salas de cine, aupando de paso diversas ediciones del poema de Homero a lo más alto de las listas de libros más vendidos; también saturó los medios de comunicación con comentarios sobre la película. Si no me engaño, uno de los más repetidos es el que reprochaba la infidelidad de Nolan a Homero. En The New York Review of Books, Daniel Mendelsohn lo formula así: “Este Odiseo atormentado y consumido por la culpa (…) es un hermano del amnésico angustiado de Memento, de Batman, de Oppenheimer, hombres atormentados por su pasado que luchan contra él de maneras diversas”. En suma: “Nolan ha rehecho al héroe de Homero a su imagen y semejanza”.

Es un reproche absurdo. No me cansaré de insistir: un libro es una partitura, y es el lector quien la interpreta, y cada lector la interpreta a su manera; en eso consiste el hechizo o gran parte del hechizo de la literatura. El protagonista de la literatura no es el autor sino el lector; un libro sin lectores es letra muerta: es cuando el lector abre sus páginas y empieza a leer cuando esa letra muerta cobra vida, y además una vida nueva y distinta en cada caso, porque no existen dos lectores idénticos. Esto no significa por supuesto que todas las lecturas de un libro sean igualmente valiosas; esto significa que, como escribió Francisco Rico —indispensable editor de nuestros clásicos—, “el sentido de un libro pertenece rigurosamente a la página”, mientras que “el significado y el valor pertenecen ineludiblemente al lector”. Que yo sepa, nadie lo dijo mejor que Georg Lichtenberg, hace más de dos siglos: “Un libro es como un espejo: si un asno se mira en él, no puede aspirar a ver un profeta”. ¿Es asnal La Odisea de Nolan? ¿Es profética? ¿Es buena? ¿Mala? ¿Entretenida? ¿Aburrida? ¿Fría? ¿Emocionante? Eso es lo que cuenta de verdad. No digo que carezca de interés comparar La Odisea de Nolan con la de Homero, suponiendo que sepamos cómo era ésta (en realidad, no lo sabemos: no sabemos cómo interpretaba Homero su propia partitura); digo que en el fondo es irrelevante: como cualquier lector, Nolan puede hacer lo que le venga en gana con el poema de Homero. O con cualquier libro; para eso precisamente están los libros: para que los leamos como nos plazca. Y lo que define a un clásico es que tolera o alienta múltiples lecturas, un número virtualmente infinito de usos. Este verano, la sensación del Festival de Teatro de Edimburgo fue un espectáculo de Garry Starr titulado Classic Penguins; era magnífico: durante más de una hora, Starr satirizaba salvajemente los clásicos más inapelables, desde Hamlet hasta Guerra y paz, deambulando en pelota picada por el escenario con el espíritu punk de un auténtico lector de los clásicos. Es así: la lectura es un acto de egoísmo máximo, y por eso hay tantas “Odiseas” como lectores de la Odisea, y por eso cada lector de la Odisea crea su propio Ulises, su propia Penélope, su propio Telémaco; y por eso Nolan está en su derecho de crear los suyos. Dicho esto, sobra añadir que poco o nada tiene que ver La Odisea de Nolan con la mía; pero es que ni siquiera tienen mucho que ver entre sí mis sucesivas “Odiseas”. Quiero decir que la Odisea que leí por vez primera, a los 11 o 12 años, en una edición en prosa, guarda una relación escasa con la Odisea que leo ahora: la primera era casi indistinguible de las novelas de aventuras que devoraba por entonces, y en ella contaban sobre todo las infatigables peripecias de Ulises; la Odisea que ahora leo, en cambio, se halla cada vez más próxima a la que leyó Aristóteles, al menos el Aristóteles de la Poética: la historia de un hombre que, tras una guerra terrible y un viaje azaroso, regresa a Ítaca para destruir a sus enemigos y recuperar su hogar. Yo no reconocí del todo ni una ni otra en la película de Nolan.

Ni falta que hacía. De hecho, yo no fui al cine para ver ninguna de mis “Odiseas”; tampoco, por supuesto, la de Homero. Yo solo fui a ver La Odisea de Nolan, que es la única que tenía derecho a pedirle y que él podía darme. Todo lo demás es literatura. Javier Cercas es escritor. Publicado en El País.























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martes, 27 de octubre de 2026

ESPECIAL DOS DE HOY MARTES: QUEMAR LA CIUDAD, POR DAVID TRUEBA

 






Durante más de dos décadas hemos sostenido una ficción que consistía en negarnos a nosotros mismos que las leyes y regulaciones que limitaban la vida real pudieran aplicarse en la vida digital. Algunos llamaron a eso un nuevo Salvaje Oeste, con sus pistoleros, sus pillajes, sus linchamientos y sus saloons. Tarde, y a regañadientes, algunos padres comprendieron que sus hijas no podían ser desnudadas por inteligencia artificial en las redes para burla de sus compañeros de instituto y quizá algún día los partidos políticos entenderán que cuando fabrican sus vídeos falsos para desacreditar a los rivales electorales tan sólo contribuyen a la degradación de una sociedad que ha visto cómo la utopía digital se transformaba en una pesadilla. Ese quemar la calle virtual se ha trasladado a una oleada de disturbios y destrucción callejera. Amparada bajo las protestas generales en muchas capitales europeas por la carestía de la vivienda y los bajos salarios, por redes sociales se convocó a los jóvenes a ponerse ropa negra y arramplar con el mobiliario urbano y asaltar las tiendas de producto informático, ropa y zapatillas de marca. Los intereses tan específicos de ese pillaje delatan que los altercados consisten en reivindicar el derecho a una posesión de unos bienes tan deseados como sobrevalorados. El experimento social llevado a cabo en estos años ha fracasado, por eso cuanto antes lo reconozcamos más tiempo tendremos para comenzar a enderezarlo.

Que hay descontento nadie lo puede negar. De tanto repetir a los chicos que van a vivir peor que sus padres, se lo han creído y algunos de ellos han decidido hacer pagar a sus padres por ello. Luego está esa otra lectura, más dañina y cruel, que apunta a una parte de la población inmigrante, incluso ya nacidos en su nuevo país, como partícipes de esta destrucción irracional y desmesurada. Si esto es así, especialmente en Francia, también sería bueno señalar que el discurso racista, que poco a poco se va haciendo dominante, no ha traído nada bueno a las sociedades occidentales. De tanto repetir a los hijos de la inmigración que no se adaptaban a su nación de acogida, de tanto insultarlos y retratarlos como ingobernables delincuentes, muchos de ellos han ido perdiendo por el camino su deseo de pertenencia. En grandes barriadas parisinas cada vez que hay un evento, una fiesta, una celebración deportiva, se abre una oportunidad para demostrar que al insulto se le responde con insulto y a la marginación con amenaza.

Ahora que ha llegado a España la criminalización del emigrante que no tiene origen hispano, el ejemplo francés nos apela. Durante treinta años una parte de la política gala, incluidos muchos ayuntamientos importantes, han arañado votos gracias al desprecio a esa parte de la población que llegó fruto del desplazamiento desde las antiguas colonias. Poco a poco esos marginados hijos de la clase más necesitada se han ido desentendiendo del destino de una patria que insiste en rechazarlos, estigmatizarlos y despreciarlos para invocar una esencia eterna. No es la primera vez que de tanto fabricar un enemigo posible, acabas logrando que ese enemigo exista. Cuando el esfuerzo integrador se ve distorsionado por el empeño en crear miedo, distancia y diferencia, desde la primera escuela hasta el contrato de alquiler del piso, es cuestión de tiempo que la enemistad virtual se convierta en enemistad real. Por eso las palabras significan tanto, porque nombran lo que va a ser. En Francia no lo quieren entender. En España no lo quieren ni imaginar. Pero las redes ganan dinero a espuertas por prenderle fuego a la convivencia. David Trueba es cineasta. Publicado en El País.























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ESPECIAL DE HOY MARTES: ¿POR QUÉ LA MEMORIA DE LORCA SIGUE INCOMPLETA?, POR JUAN SISINIO PÉREZ GARZÓN

 





En agosto de 1936 fueron asesinados dos amigos por personas de campos políticos enfrentados. Habían compartido los años más fecundos de la vida cultural granadina. Uno, fusilado el 18 de agosto, era Federico García Lorca de quien, es de justicia, sabemos prácticamente todo de su vida y su obra. El otro, Joaquín Amigo Aguado, profesor de Filosofía, católico y conservador, fue arrojado a los nueve días desde los cien metros del Tajo de Ronda por milicianos de la República. Lorca se convirtió en símbolo universal de la barbarie franquista. Joaquín Amigo, con una obra de calibre no comparable, quedó olvidado a pesar de la sólida camaradería que desarrollaron en la Granada intelectual de los años veinte.

Ambos coincidían en inquietudes culturales y fueron claves en el ambiente del que surgió la revista gallo (conscientemente editada en minúscula) siendo Joaquín Amigo, discípulo de Ortega y Gasset, uno de los interlocutores más próximos del poeta. Por encima de sus distintas convicciones ideológicas compartieron con pasión afectos y proyectos de modo que recordarlos juntos trascendería sus biografías y además se cumpliría, sin medias tintas, la Ley de Memoria Democrática de octubre de 2022.

Poco se ha publicitado que, tal y como establece esta ley, el 31 de octubre de cada año es el “día de recuerdo y homenaje a todas las víctimas del golpe militar, la Guerra Civil y la Dictadura”. Casi seguro que el único que celebra esta fecha y cumple con la ley es el Gobierno presidido por Pedro Sánchez. El 31 de octubre de 2022 incluyó y reconoció, junto a unas 20 víctimas de la represión franquista, la memoria de dos personas asesinadas en territorio republicano, el dirigente reformista Melquíades Álvarez y el sacerdote Adrián de Luz Anchuelo.

Así lo hace cada año y en 2024 este Gobierno homenajeó a Joaquín Amigo Aguado y su inclusión, junto a personas represaliadas de otras ideologías, constituyó un reconocimiento explícito de que la dignidad de las víctimas no depende de su orientación política ni de la identidad de sus asesinos. Este acto institucional merece ser destacado y publicitado e invita a dar un paso más transformando el gesto del reconocimiento oficial en una memoria pública compartida. En el aluvión de actos programados por el 90º aniversario del asesinato de Lorca, muy necesarios, ¿sería descabellado imaginar que Federico, con su generosidad sin límites, no lloraría igualmente por el asesinato de su amigo Joaquín? Más aún, si se trata de convivencia democrática ¿por qué mutilamos la aplicación de la Ley de Memoria Democrática y no seguimos el ejemplo del Gobierno y se promueve un homenaje conjunto a Federico y Joaquín, precisamente por la amistad que mantuvieron y por el destino trágico que ambos sufrieron?

No se trata de equiparar responsabilidades históricas. La sublevación militar destruyó la legalidad republicana y dio origen a una dictadura que institucionalizó la represión durante décadas. Reconocer esa diferencia decisiva no obliga, sin embargo, a silenciar los asesinatos cometidos en territorio republicano. Tampoco la condena de esos crímenes desacredita los principios democráticos de quienes los defendieron durante la República. En definitiva, la desigualdad de las responsabilidades históricas no implica una desigualdad en la dignidad de las víctimas.

Intelectuales muy respetados como Paul Ricoeur, Tzvetan Todorov o Dominick LaCapra, coinciden en plantear que la memoria de las víctimas exige reconocimiento y también una elaboración crítica que permita comprender lo ocurrido sin perpetuar indefinidamente las divisiones heredadas. Nuestra Guerra Civil constituye uno de esos acontecimientos que desbordaron las experiencias individuales para convertirse en un trauma colectivo y sabemos que sus consecuencias no terminaron en 1939, ni desaparecieron con la recuperación de las libertades democráticas. Han persistido en las familias, en los silencios y en las identidades políticas del presente.

Por eso, la memoria democrática de ningún modo debe repetir el mismo esquema excluyente de la memoria franquista. Si esta aplastó en un fanático y amargo silencio a los adversarios políticos, la memoria democrática no puede silenciar lo que aporta la investigación histórica, esto es, la reconstrucción de las responsabilidades, distinguiendo las formas de violencia y explicando sus circunstancias para contribuir a que el conocimiento del pasado no reproduzca las mismas exclusiones que lo atravesaron. Porque los traumas no se superan borrando las diferencias entre quienes defendieron la legalidad republicana y quienes se sublevaron contra ella, sino impidiendo que esas diferencias determinen qué víctimas merecen un reconocimiento y cuáles permanecen en los márgenes del recuerdo o en un silencio oneroso.

Es muy ilustrativo en este punto el libro de J. Gómez Calvo, Negra historia de un batallón rojo (2026), reconstrucción de la matanza cometida durante la Guerra Civil por una unidad comunista. La reflexión de Antonio Rivera, en un prólogo sobre “Víctimas sin dueño”, resulta pertinente para los casos de Lorca y Amigo, porque advierte contra la tentación de apropiarse políticamente de las víctimas para reforzar determinados relatos del presente. Quizás en la avalancha de memoria sobre Lorca se haya impuesto la comodidad ideológica sobre la realidad histórica, pero sabemos que la violencia de las guerras civiles no se explica con la simple división entre buenos y malos, ni se reduce a una confrontación entre ideologías perfectamente homogéneas.

Intervinieron proyectos políticos enfrentados, incluyendo también sus miedos, las venganzas personales, las rivalidades locales y unas decisiones individuales que la investigación debe esclarecer. Comprender históricamente no equivale a justificar y una memoria democrática no puede basarse en víctimas ideológicamente ejemplares, sino que se apoya en la idea tan profundamente ética de que ninguna persona merece ser asesinada por sus creencias. Por eso es justo recuperar la amistad que Lorca mantuvo con alguien a quien la guerra también destruyó.

La escritora Ana Merino recuperó la figura de Joaquín Amigo en su novela Amigo (2022), con documentos fehacientes de una amistad que sobrevivió a las diferencias políticas. La historia de Lorca y Amigo ofrece una posibilidad muy valiosa para la educación democrática, para enseñar que las diferencias ideológicas no tienen por qué destruir los vínculos humanos y que ninguna causa política puede convertir el asesinato en un acto legítimo. Sería deseable que las instituciones culturales y memoriales, si se autoclasifican de progresistas, siguieran al menos el ejemplo del Gobierno que, cada 31 de octubre, recuerda a víctimas de los distintos campos políticos que se confrontaron en 1936. Para explicar sus vidas, sus ideas y las circunstancias de sus asesinatos para conocer también los contextos y motivaciones de los distintos verdugos.

La convivencia democrática alberga una memoria plural y permite sostener interpretaciones históricas diferentes sin negar la dignidad de quienes piensan de otro modo. Por eso, a mi entender, la memoria de Lorca seguirá incompleta mientras no incorpore el recuerdo de su amigo asesinado también por sus ideas. Recordarlos juntos ampliaría el reconocimiento que el propio Estado inició en 2024 y demostraría que la memoria democrática puede reunir lo que la violencia política separó. Porque Lorca y Amigo fueron asesinados por quienes no soportaban las diferencias ideológicas. Recordarlos juntos sería demostrar que la democracia sí que puede hacerlo. Juan Sisinio Pérez Garzón es historiador, autor de Breve historia de España (Los Libros de la Catarata). Publicado en El País.

























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DEL POEMA DE LA SEMANA: TRES, DE ANNE CARSON (1950)

 







TRES



Tres mujeres silenciosas en la mesa de la cocina.

La cocina de mi madre es oscura y pequeña pero del otro lado de la ventana

está el páramo, paralizado con hielo.

Se extiende hasta donde alcanza la vista


a lo largo de kilómetros planos hasta un cielo blanco sólido no iluminado.

Mamá y yo estamos masticando lechuga cuidadosamente.

El reloj de la pared de la cocina emite un bajo zumbido irregular que salta


una vez en el minuto justo de las doce.

Tengo a Emily pág. 216 abierta y apoyada sobre la azucarera

pero furtivamente estoy observando a mi madre.


Miles de preguntas chocan contra mis ojos desde adentro.

Mi madre está estudiando su lechuga.

Paso a la pág. 217.


“En mi fuga a través de la cocina tropecé con Hareton

quien ahorcaba una camada de cachorros

desde el respaldo de una silla en la puerta. . .”


Es como si a todas nos hubieran bajado dentro de una atmósfera de vidrio.

De tanto en tanto un comentario atraviesa el vidrio.

Impuestos en el lote de atrás. No es un buen melón,


falta para los melones.

La peluquera del pueblo encontró a Dios, cierra la tienda cada martes.

De nuevo hay ratones en el cajón de los repasadores.

Pequeñas bolitas. Mordieron


los bordes de las servilletas, si supieran

lo que cuestan las servilletas de papel hoy en día.

Esta noche llueve.


Mañana llueve.

Ese volcán en las Filipinas otra vez activo. Esa que no me acuerdo el nombre

Anderson se murió no Shirley no


la cantante de ópera. Negra.

Cáncer.

No estás comiendo tu guarnición, ¿no te gustan los pimientos?


Por la ventana puedo ver hojas muertas que atraviesan las tierras planas

y residuos de nieve herida por la mugre de los pinos.

En el centro del páramo


donde la tierra desciende hacia una depresión,

el hielo ha comenzado a abrirse.

Llegan aguas abiertas y negras


cuajadas como la ira. Mi madre habla repentinamente.

Esa psicoterapia no te está ayudando tanto, me parece.

No lo estás superando.


Mi madre tiene esa manera de resumir las cosas.

A ella nunca le había gustado Law

pero le gustaba la idea de que yo tuviera un hombre y que continuara con mi vida.


Pues él es de los que toman y tú de las que dan espero que funcione,

era todo lo que dijo después de haberlo conocido.

Dar y tomar eran sólo palabras para mí


en ese momento. Nunca antes había estado enamorada.

Era como una rueda que bajaba rodando una colina.

Pero temprano esta mañana mientras mamá dormía


y yo estaba abajo leyendo la parte de Cumbres Borrascosas

donde Heathcliff se aferra a la celosía durante la tormenta sollozando

¡Entra! ¡Entra! al fantasma del tesoro de su corazón,


caí de rodillas sobre la alfombra y también sollocé.

Ella sabe cómo ahorcar cachorros,

esa Emily.


No es como tomarse una aspirina, sabes, le respondo débilmente.

La Dra. Haw dice que el duelo es un proceso prolongado.

Ella frunce el ceño. ¿Y qué se logra


con todo ese remover el pasado?

Oh —extiendo las manos—

¡Yo me impongo! La miro directamente a los ojos.

Ella sonríe. Sí lo haces.



ANNE CARSON (1950)

poetisa canadiense





***





Anne Carson (Toronto, 21 de junio de 1950) es una poeta canadiense, ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada en la Universidad de Míchigan. Está considerada por la crítica literaria como la poeta viva más importante de las letras anglosajonas. En 2020 fue galardonada con el Premio Princesa de Asturias de las Letras y en 2026 con el Premio Nobel de Literatura. Está afincada en Nueva York. Fue seducida desde muy joven por la cultura clásica. Su sólida formación del mundo griego y romano la ha combinado con otras materias más actuales, como la publicidad. Es ensayista, traductora y profesora de literatura clásica y comparada. Ha recibido numerosos premios y galardones por su obra.




















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