miércoles, 10 de junio de 2026

DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 10 DE JUNIO DE 2026

 























DEL ARCHIVO DEL BLOG. EL TRIÁNGULO AZUL DE LOS REPUBLICANOS, POR JUAN CRUZ. PUBLICADO EL 10 DE OCTUBRE DE 2017

 






La imagen que me vuelve siempre de Montserrat Roig es la de ella cantando en un autobús, entre los montes de Galicia. Era suave y firme, como una roca rodeada de aire y de musgo. Fue periodista, escritora; tenía en todo lo que hacía, en sus gestos, en su forma de mirar, en sus labios, la presencia de una adolescente. Era de Barcelona, donde nació en 1946; libros suyos fueron El tiempo de las cerezas, La hora violeta, Los catalanes en los campos nazis... Y murió, nos morimos todos, ella murió demasiado temprano para todo, el 10 de noviembre de 1991. Como si se hubiera dormido de pronto en medio de la vida y esta se quedara quieta sin Montserrat Roig.

Ella escribía en periódicos, escribía libros, entrevistaba, y dejó atrás testimonios muy emocionantes de su modo de ver la vida, también cuando esta oscurecía. Y ahora, en estos días en que de nuevo está oscuro, muy oscuro, el porvenir de importantes ilusiones, me ha llegado, pegado en un papel blanco, un recorte desde el que ella mira el 12 de mayo de 1986. Está impreso en El Periódico de Cataluña ese día y hoy reclama escalofrío.

Los recortes de periódicos tienen el tiempo en su textura; no es lo mismo que esas hojas ciclostiladas por la máquina de eliminar el pasado que son las reproducciones de lo que se publicó y está en Google. La tinta de periódico, la textura del papel, todo eso se añade a la fecha, como si se hubiera escrito hace mucho para que se leyera ahora, 10 de octubre de 2017, aquello que ella cuenta el 12 de mayo de hace 31 años.

En ese recorte envejecido Montserrat explica lo que vio "y no puedo callarlo". "Vi", escribe, "cómo un grupo de hombres se abalanzaban sobre un borracho y le dejaban el rostro ensangrentado". Y sigue así:

"Antes había habido una explosión de himnos y de banderas, y unos cuantos jóvenes alzaron el brazo, la mano extendida, pero no toda la mano, sino cuatro dedos, cuatro dedos que son el recuerdo de las cuatro barras. No sé qué dijo el borracho, no sé si les provocó, pero no era más que un hombre solo".

No era más que un hombre solo. Prosigue Montserrat: "Y entonces oí la frase de un joven. No era un adolescente, era un joven de unos 25 años que, buscando en la aquiescencia de un público mudo, dijo en catalán: "No preocuparos, que es español". El joven dijo esta frase porque sabía que podía expresarla, así, impunemente. No os preocupéis, que es español, como otros han dicho judío, palestino, negro, libio o catalán. Podría ser la expresión de una Cataluña desesperada, no sé, una Cataluña que cifra sus victorias en un campo de fútbol, una Cataluña que ya no puede dar la imagen de una sociedad feliz e integrada, con una escuela libre y abierta, sino la de una Cataluña resquebrajada, desintegrada, insolidaria".

Acaba así El triángulo de los apátridas, que así tituló Montserrat Roig ese artículo que era la descripción de su estado de ánimo: "Y yo, que ciertamente tampoco me considero española, estoy por pedirme el triángulo azul que llevaban los republicanos asesinados en el campo nazi de Mauthaussen. El triángulo de los apátridas".

Ella estudió a fondo, conmovida, aquella razzia feroz contra los judíos y contra los republicanos. Cuando he leído ahora ese texto revivido por el viaje de los recortes de prensa sentí ante lo que escribe Montserrat lo que expresa José Hierro al final de Requiem, el poema que el poeta cántabro escribió sobre Manuel Rodríguez, un emigrante que yacía sin nadie al lado en Funeral Home, Haskell, Nueva Jersey: "No he dicho a nadie que he estado a punto de llorar". Juan Cruz es escritor. El País, 9 de junio de 2026.





















DEL POEMA DE CADA DÍA. LA VIDA CORRIENDO HERMOSA HACIA LOS DESAGÜES, POR CARLOS BARRAL ÁLVAREZ. 10 DE JUNIO DE 2026

 







LA VIDA CORRIENDO HERMOSA HACIA LOS DESAGÜES



Si no claudican las flores,

tampoco la pasión se ahoga

ante los delirios del mal.


Con los labios rojos de emoción

y con el viento a favor,

principian algunas tonadas que ponen los vellos de punta

a los que hostigan.


¿Escucháis?

¿Sentís la sangre agolpándose tan joven?


¡Yo también estoy liado con la fiebre de la belleza

y con el ardor de la vida que hace poesía de lo más sencillo!


¿Escucháis?

¿Sentís la emoción corriendo

absurda y feliz por nuestras venas?


Toda esperanza naciendo solitaria en cada amanecer

aguarda por nosotras

sentida y generosamente.


Escucho la sangre y oigo la canción

mientras la vida corre hermosa hacia los desagües.



CARLOS BARRAL ÁLVAREZ (1969)

poeta español



***



Carlos Barral Álvarez (Oviedo 1969), es huérfano de madre, apóstata de padre, marido de Angie, padre de Lara y de Celia, hermano de Toño, de Juanjo y de Bea, amiga de sus amigos, de natural tranquilo. Desde siempre anda enamorado del arte de alta alcurnia y del de baja estofa, de la cultura en su vastedad. Es de formación, y deformación, autodidacta. 














DEL ASUNTO DEL DÍA. RELATO DE UN EXCOMBANTIENTE DE LA TRANSICIÓN, POR RODOLFO MARTÍN VILLA. 11 DE JUNIO DE 2026

 








En junio del año pasado, conocí en estas páginas, la decisión de un juzgado de Elda de citarme como investigado en relación con la muerte de un manifestante por disparos de un policía en febrero de 1976, con ocasión de las huelgas que tuvieron lugar tras la muerte de Franco. Entonces yo era ministro de Relaciones Sindicales en el primer Gobierno de la Monarquía. La noticia informaba de que declararía también el policía y destacaba que, por primera vez, se hacía comparecer a un responsable político por delitos de lesa humanidad en la Transición. Recurrí la admisión de la querella y, al rechazar el juzgado mi petición, apelé ante la Audiencia de Alicante, que el pasado 5 de mayo revocó la decisión de investigarme.

La Transición gozó de muy buena salud durante muchos años, pues existía un consenso, y creo que perdura, acerca de que la Constitución fue un reto al que los españoles dimos una respuesta difícilmente superable. En aquel clima favorable, Santiago Carrillo y yo fuimos invitados a un coloquio en Palencia. Santiago recordó que el Partido Comunista fue el primero en pedir la reconciliación en 1956 y que, recién estrenada su libertad personal a comienzos de 1977, reclamó la libertad de actuación de su partido. Reafirmó que, aunque a algunos de su lado les extrañara, importaba menos que la España que venía fuera republicana o monárquica; lo esencial era que fuese democrática.

Por mi parte, conté que el primer Gobierno de Adolfo Suárez (julio de 1976-julio de 1977), con Alfonso Osorio de vicepresidente, había dejado a España sin presos políticos y al mundo sin exiliados españoles. Y, aunque también a algunos de mi lado les extrañara, firmé como ministro de la Gobernación la legalización del PCE en el recordado Sábado Santo Rojo, pues la España democrática necesitaba al comunismo en libertad. En el coloquio coincidimos en la emoción ante El abrazo, de Genovés, símbolo de la reconciliación; valoramos el “nunca más” del Gobierno, entonces socialista, al cumplirse medio siglo de la más incivil de nuestras guerras y elogiamos el mensaje de excombatientes de los dos bandos en un monolito a orillas del Ebro: a los que perdieron la guerra, “que fueron todos”. De vuelta a Madrid, recordando lo vivido, Carrillo me dijo: “Es que tú, Rodolfo, tienes la moral del excombatiente de la Transición”.

Con esa moral se comprenderá que decidiera comparecer voluntariamente ante el Juzgado de lo Criminal número 1 de Buenos Aires al conocer por la prensa, en noviembre de 2014, la orden de detención que había dictado contra mí. Personado en la causa, me enteré de que se había presentado en 2010 una querella, luego conocida como la “querella argentina”, en la que se afirmaba que en la Transición hubo “un plan sistemático, generalizado y deliberado para eliminar a adversarios políticos partidarios del régimen democrático“.

En ese plan la querella inscribía las cinco muertes causadas por policías en Vitoria el 3 de marzo de 1976, de las que se nos responsabilizaba a Adolfo Suárez, a Alfonso Osorio y a mí por delitos de genocidio y lesa humanidad. Los tres éramos entonces ministros sin competencias sobre los cuerpos policiales.

Comparecí para defender que la Transición fue todo lo contrario a un plan para eliminar a partidarios del régimen democrático y porque era escandaloso —y así lo entendió el Tribunal de Casación argentino— que se incriminase a Adolfo Suárez y a los Gobiernos por él presididos. No era posible, ni quería, mirar para otro lado.

Desde 2014 a 2020, permanecí imputado sin que se me tomase declaración, que solicité en más de 10 ocasiones. En 2017, el Tribunal de Apelación revocó la orden de detención y en 2020 anuló la decisión de la titular del juzgado de posponer por cuarta vez mi declaración y le instó a escucharme. Finalmente, en septiembre de 2020 pude declarar desde el Consulado en Madrid.

Aporté testimonios, algunos de “adversarios políticos partidarios del régimen democrático” a los que se me acusaba de eliminar. Testificaron, entre otros, los cuatro expresidentes del Gobierno y los dos ponentes constitucionales vivos, dos ex secretarios generales de CC OO y dos de UGT. También los primeros ministros del Interior de Portugal y Chile tras las dictaduras de Salazar y Pinochet, que habían afrontado dificultades similares para adecuar a un sistema de libertades a los cuerpos policiales. Hoy, en España, la Policía y la Guardia Civil gozan de la más alta valoración.

La jueza argentina me procesó en octubre de 2021 y en diciembre el Tribunal de Apelación revocó el auto de procesamiento, que además de la pena de prisión me imponía una sanción equivalente a 10 millones de euros, que la querella apoyó relacionándome con “150.000 muertes en la Guerra Civil”, iniciada cuando yo no había cumplido dos años. En 2022, el recurso contra la revocación del procesamiento no fue admitido a trámite por la Cámara Federal de Casación Penal.

Tanto la “querella argentina” como las presentadas en España tienen el mismo planteamiento: en la Transición existió el ya mencionado “plan sistemático y deliberado” y, en consecuencia, las muertes causadas por los cuerpos policiales son delitos de lesa humanidad. Y como un plan de esas características lleva consigo que el Gobierno lo dirija, el genocidio ha de incluir a todos los miembros del Consejo de Ministros, tanto si no tuvieron competencias en materia de seguridad (noviembre de 1975 a julio de 1976), como si las tuvieron, en mi caso como ministro de la Gobernación, luego Interior (julio de 1976 a abril de 1979).

Por lo que se refiere a las querellas presentadas en España, jueces y tribunales, incluido el Constitucional, no las han admitido y han determinado que los hechos denunciados son competencia únicamente de la justicia española.

Querellas promovidas en España pueden buscar ahora, como la de Elda, un marco de apoyo en la Ley de Memoria Democrática, en cuyo articulado la Transición no ha existido como hecho político diferenciado de la Guerra Civil y del franquismo. Y pretende, además, una interpretación de la Ley de Amnistía de 1977 —pilar de la reconciliación— para que no se aplique a actuaciones policiales, aunque la interpretación de las leyes corresponde solo a jueces y tribunales. Y es que las leyes de memoria pueden, y deben, atender a la reparación de todas las víctimas y completar lo que gobiernos de uno y otro signo han, hemos, impulsado. Lo que no deben hacer es imponer una memoria única.

La memoria, también la mía, es personal y condiciona nuestro relato. En mi caso, una memoria nace en la vida universitaria, va a hacer 70 años, como consejero de la Mutualidad del Seguro Escolar y termina como gobernador civil de Barcelona en los últimos meses de Franco, cuando aquí ya casi todo era moderno menos el franquismo. La otra es la de un niño que en la dura y cruel España de la inmediata posguerra conoce la preocupación familiar en la espera y la esperanza de un indulto, felizmente concedido, a un condenado a muerte en un consejo de guerra, un tío mío, maquinista ferroviario de la entonces Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España, luego Renfe.

Hoy mi memoria es, además, la del único ministro vivo de los que integraron todos los gobiernos desde la muerte de Franco hasta la Constitución. Y ya en mi condición nonagenaria viene a mi recuerdo la idea de Marañón de que todas las guerras civiles son guerras de 100 años. Desearía que esa fatalidad no nos alcance. Rodolfo Martín Villa ocupó varias carteras ministeriales entre 1975 y 1982. Fue ministro del Interior, con Adolfo Suárez como presidente, de julio de 1976 a abril de 1979. El País, 8 de junio de 2026.





















BOS DÍAS. SAÚDOS NAS LINGUAS DA MIÑA TERRA. HOXE, MÉRCORES, 10 DE XUÑO DE 2026, EN GALEGO

 





Ola, bos días de novo a todos e feliz mércores. O Papa León XIV está en Barcelona, ​​asistindo a unha vixilia con 40.000 persoas no Estadio Olímpico, unha vixilia de oración concibida como un encontro entre o Papa e miles de mozos, fieis e asistentes de diferentes puntos de España, onde o grupo Hakuna interpretou 'Ti, o único Rei', como fixeron en Madrid. Despois veu a Procesión da Cruz, cun silencio só roto pola música. León XIV parece feliz. E aínda lle quedan Montserrat e A Moreneta por visitar. E o xoves irá á miña terra natal, as Illas Canarias, para visitar un centro de internamento de inmigrantes na localidade de Arguineguín, no sur de Gran Canaria, a 80 km da capital da illa. Os cortes de estradas anunciados son impresionantes. Pero contareivos máis sobre eles máis tarde. Tamaragua, amigos meus. Que a Dea Sorte e o benévolo Destino te acompañen. Que teñas un bo día. Espero que as entradas do blog de hoxe che resulten interesantes. E volverémonos ver mañá, se a Dea Sorte o permite. Harendt

















ENTRADA NÚM. 10747

martes, 9 de junio de 2026

BUENAS NOCHES, FELIZ DESCANSO Y DULCES SUEÑOS. HOY MARTES, 9 DE JUNIO DE 2026, EN CASTELLANO

 







Hola de nuevo, amigos. Buenas noches, feliz descanso y dulces sueños a todos esta noche de martes, del 9 al 10 de junio de 2026. 13375 personas se pasaron ayer (no digo que se pararan a leerlo, aunque me gustaría que hubiera sido así) por Desde el trópico de Cáncer; 41623 en lo que llevamos de junio. No sé si son pocos o muchos, pero me llena de satisfacción. Según la prensa española del día, León XIV repartíó cachetadas a ambos lados de Sus Señorías, y dejó contentos (o disgustados, pero eso no lo reconocerá ninguno) a las derecha y las izquierdas presentes en el Congreso de los Diputados. Lo indiscutible, porque lo vimos todos, es que todos los afectados le aplaudieron durante siete interminables minutos, una ovación nunca vista antes en la sede de la soberanía nacional. Al final todos contentos, y eso es lo importante, al menos de cara a la galería propia. Hoy está en Barcelona. Y en la catedral de Santa Eulalia, el papa ha llamado a todos a  “construir armonía, más allá de toda polarización”, pronunciando en catalán parte de su primer discurso. Mi mujer y yo hemos estado hoy dando nuestro paseíto semanal por la calle Triana, con sol, pero unos alisios soplando fuerte y frescos, y patrullas de la policía local advirtiendo a comerciantes y terrazas que mañana miércoles, a partir de las 20:00, tienen que todo despejado porque viene el papa a la ciudad. Mañana, desde las 06:00 (hora de Canarias) tendrán en el blog las nuevas entradas del blog del miércoles, 10 de junio de 2026. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Hasta mañana. Les quiero. Besos. HArendt





















DE LA TARDE QUE CAE. EL DÍA DESPUÉS DEL CAPITALISMO, POR FRANCISCO ORTÍN Y ALBERTO MUELAS. 9 DE JUNIO DE 2026

 






Parece impensable considerar un modelo económico distinto al actual, al igual que imaginar un mundo en el que el PIB no sea la medida única de desarrollo económico, pero la realidad es que el capitalismo es efímero. Si nos remontamos a la publicación de La riqueza de las naciones de Adam Smith como su origen, el capitalismo ha cumplido 250 años en 2026. Ha ocupado menos del 2% de la historia de la civilización humana. Dicho de otro modo, si concentráramos la historia de la civilización en un año, el capitalismo sería el sistema económico que habría regido la última semana. 

Que sea el único que conocemos no significa que el capitalismo sea el único sistema económico posible. No fue el primero, y es más que posible que no sea el último.

Sus predecesores, el feudalismo y el mercantilismo, posiblemente también pasaron por épocas en las que parecían la respuesta definitiva a todos los problemas sociales relacionados con la gestión de recursos. Y, de hecho, el mercantilismo realizó contribuciones clave al progreso en términos de desarrollo de infraestructuras, crecimiento industrial, desarrollo del comercio internacional y establecimiento de las bases de los estados modernos. Pero el desequilibrio de la balanza comercial (que impulsó la inflación) y el estrangulamiento a las colonias probaron ser insostenibles a largo plazo. Todo sistema tiene un principio y un final.

De igual forma, el capitalismo ha sido sinónimo de crecimiento exponencial de la renta, desarrollo tecnológico, reducción de la pobreza, aumento de la esperanza de vida o reducción de la guerra y la violencia. También de agotamiento de recursos naturales, deterioro medioambiental, aumento de incidencia de patologías crónicas y crecimiento de la desigualdad social. Por ello, no todo lo relacionado con el capitalismo es negativo, pero algunos de sus defectos reclaman un replanteamiento del sistema o, incluso, el desarrollo de uno nuevo.

No es posible entender un sistema económico sin comprender antes los indicadores que lo gobiernan y, aunque no sabemos cómo será el nuevo sistema económico, sabemos que necesariamente se regirá por indicadores distintos. 

El mercantilismo se regía por indicadores como las reservas de oro y la balanza comercial. En el marco del capitalismo se abandonó el patrón oro y las reservas pasaron a ser un indicador totalmente inocuo, mientras que la balanza comercial ha pasado a formar parte de un indicador más amplio: el omnipresente Producto Interior Bruto (PIB). 

Curiosamente, el PIB y el capitalismo no siempre han estado juntos. Tuvieron que pasar 150 años de capitalismo hasta que Simon Kuznets inventara el PIB. Y no fue hasta después de Bretton Woods cuando se convirtió en la vara universal para medir el desarrollo, aun cuando su propio creador ya advertía sobre las limitaciones del indicador para capturar el nivel de desarrollo social. 

Las consecuencias del uso del PIB como indicador único de desarrollo coinciden con las limitaciones que tiene: como no mide el reparto de renta, genera desigualdad; como no mide externalidades, nadie es responsable de los daños sobre los bienes comunes o sobre terceros; como no mide lo que no se intercambia en un mercado, convierte en despreciables desde un punto de gestión económica cuestiones como la esperanza de vida, la actividad física, el tiempo libre dedicado a relaciones sociales, el ocio, o el cuidado de terceros. Esto conecta con la paradoja de Easterlin, según la cual, a partir de cierto nivel de renta, el aumento del PIB deja de traducirse de forma clara en mayor bienestar para los ciudadanos.

Aunque no nacieron juntos, la canonización del PIB coincidió con la época dorada del capitalismo del periodo 1940-1970. Es inevitable pensar que hacen buena pareja cuando, en realidad, combinados presentan efectos secundarios severos. 

En un mundo en constante aumento de la productividad, como sugería Adam Smith, el crecimiento económico medido a través del crecimiento del PIB, en ocasiones, no produce más bienestar sino que, sobre todo, impide que se genere malestar. Más productividad hace que se necesite menos fuerza laboral para producir lo mismo, por lo que lo único que evita el aumento del desempleo es la expansión de la economía. De ahí surge la necesidad de que el PIB crezca de forma indefinida. Es un sistema que nos hace adictos al crecimiento. Al mismo tiempo, cualquier mejora de productividad asociada a una mayor eficiencia en el uso de recursos se suele aprovechar para utilizar esos recursos liberados en seguir creciendo, por lo que acaba traduciéndose en un mayor consumo de recursos en un mundo de recursos finitos. 

El equivalente del PIB para las empresas es el Valor Añadido Bruto (VAB). En esencia, es la suma de sueldos y salarios pagados por una empresa y de sus beneficios brutos. Todo aquel que ostente una posición de toma de decisiones corporativas posiblemente comparta la sensación claustrofóbica de tener que crecer cada año más que el anterior para que todo siga razonablemente igual. Es como tener que correr cada vez más deprisa para en realidad permanecer en el mismo sitio. Si es así, estás viviendo la suma de capitalismo y PIB. 

Economistas como John Stuart Mill y John Maynard Keynes teorizaron sobre estados estacionarios de la economía en los que, una vez conseguido el pleno empleo, no sería necesario seguir buscando el crecimiento. Ese futuro que se dibujaba hace un siglo todavía no ha llegado. La realidad económica siguió empujando en otra dirección: más producción, más consumo y más expansión. Porque lo cierto es que las teorías económicas no inventan nada. Solo explican la realidad que acontece a su alrededor. La riqueza de la naciones no deja de ser una caracterización perfecta de la Revolución Industrial, interpretada desde una óptica económica. 

La realidad siempre precede a la teoría que la explica. Y lo que nos dice ahora la realidad es que el capitalismo tal y como lo conocemos, con en el PIB como brújula, ya no sirve para explicarla. 

Tal vez no se trate de buscar el crecimiento infinito, sino de alcanzar un equilibrio dinámico. La naturaleza no funciona como una línea ascendente permanente: sus sistemas crecen, se reajustan y se estabilizan. Quizás, el siguiente paso para que un sistema económico se sostenga en el tiempo sea precisamente ese. Y la respuesta está, hoy, en las empresas.  

La Revolución Industrial conllevó un cambio en las estructuras sociales y la propiedad por el que la monarquía, la nobleza y el clero fueron dando paso progresivamente a las democracias occidentales, un sector público profesionalizado, un sector financiero moderno y la clase industrial. Estas nuevas estructuras sociales fueron clave en la adopción del capitalismo. 

Como parte de esa evolución de las estructuras sociales, hace 150 años comenzaron a surgir también las grandes corporaciones modernas. Los General Electric, Boeing o Coca-Cola que abrieron el camino a los actuales Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Tesla o Walmart. Hoy son sinónimo de capitalismo, pero también pueden ser las protagonistas de la transición hacia un nuevo sistema. 

En estos momentos concentran gran parte de la renta y riqueza mundial y, por lo tanto, gran parte del poder político –en el sentido amplio de la palabra– y social. Según Global Justice Now, 69 de las 100 economías más grandes del planeta son empresas. Las condiciones laborales y el Código Ético de Amazon pueden tener más relevancia que la Ley de Contratos del Trabajo de Estonia –el equivalente al Estatuto de los Trabajadores de España–, si consideramos el número de personas afectadas: 1,5 millones de empleados de Amazon, frente a 1,3 millones de habitantes de Estonia. En otras palabras, las corporaciones son las células del sistema capitalista y, si ellas cambian, el sistema cambia.

Con todos sus defectos y virtudes, y sus fracasos y sus logros, la denominada «sostenibilidad corporativa» ha sido, cuando menos, un elemento de disrupción que ha hecho que las empresas reflexionen sobre indicadores más allá de los estrictamente financieros. Su adopción no ha sido lineal ni ha estado exenta de tropiezos y marchas atrás. Pero, igual que el germen del PIB hay que buscarlo 300 años antes de su invención (en concreto, en las estimaciones de «Renta Nacional» de William Petty de 1665), posiblemente el origen de los indicadores del futuro sistema económico haya que buscarlos a finales de la década de los 1960. 

No es casualidad que coincida con la aparición de los primeros síntomas de agotamiento del sistema capitalista manifestados en la estanflación de los 70, las crisis energéticas, la desindustrialización y el crecimiento del desempleo, el aumento de la desigualdad social o los movimientos ecologistas. 

Desde entonces, cada nueva ola de sostenibilidad corporativa (figura 1) nos ha llevado a entender mejor los procesos de creación de valor e integrarlos en las estrategias y gestión de las empresas. 

Si confiamos en la senda que proyectan las cuatro primeras olas de la sostenibilidad corporativa, todo apunta a que el futuro estará marcado por unas corporaciones y empresas cuyos procesos de toma de decisiones tendrán necesariamente en cuenta (en el sentido cuantitativo y de gestión de la expresión) los impactos que ejercen sobre sus entornos, y los riesgos y oportunidades sociales y ambientales que sus entornos presentan sobre el negocio.

Algunos actores ya han comenzado a imaginar la empresa del futuro, como recoge el Value Balancing Playbook, desarrollado por un grupo de expertos internacionales procedentes de multinacionales, ONG, instituciones internacionales y consultoras. Los resultados apuntan a la importancia de los indicadores con los que guían la toma de decisiones.

Al igual que en la transición entre el mercantilismo y el capitalismo la balanza comercial pasó a formar parte del PIB, ahora toca dar el siguiente paso y que el retorno económico de las empresas se integre en un indicador de valor aún más amplio, que capture también aspectos sociales y ambientales, que posea una mayor orientación hacia la construcción social a largo plazo y que refleje más adecuadamente los efectos reales sobre el desarrollo de la sociedad, como las cuentas de impacto. 

En la práctica, estas cuentas de impacto, como pequeños instrumentos de contabilidad nacional de las células corporativas que componen la economía, potencialmente tienen la capacidad de corregir las carencias tradicionales de un indicador como el PIB, ya que implican ponerle un valor e integrar en los procesos de decisiones los bienes y servicios de no-mercado (externalidades, bienes comunes y todo aquello no sujeto al intercambio en un mercado formal).

Es legítimo querer salvar el modelo económico en el que nos encontramos. A esto los psicólogos lo llaman el fenómeno de «justificación del sistema» –teoría desarrollada por John Jost y Mahzarin Banaji–. Efectivamente, no se trata de matar el capitalismo, al igual que el capitalismo no mató el mercantilismo. Fue su evolución natural. 

El abogar por un sistema nuevo no debe interpretarse como un movimiento antisistema. Al contrario. Es la forma de preservar el orden social y, al mismo tiempo, evolucionar para mejorar la capacidad de la economía de ponerse a disposición del desarrollo humano. 

La medición de impacto no será perfecta pero, al menos, nos pone en la senda de una nueva evolución del sistema que nació hace 250 años de la tinta de la pluma de Adam Smith. Francisco Ortín y Alberto Muelas son investigadores sociales. Revista Ethic, junio 2026.


























DEL CAFÉ DE SOBREMESA. HOLA, AYATOLÁ, POR NAYAT EL HACHMI. 9 DE JUNIO DE 2026








Ir en cercanías y que te pongan delante un vergonzoso cartel en el que se da la bienvenida al Papa en nombre de todos los catalanes. El tren va tarde, hace calor, hay pasajeros de pie sosteniendo todo el cansancio del mundo sobre sus hombros y encima hay que ver a gente bailando una sardana con el lema “Hola, Papa, benvingut Lleó XIV”. En otros carteles aparece Montserrat, un señor vestido de pastoret y un capgros. Ni en tiempos de Pujol nos habían folclorizado de una forma tan humillante. Qué decadencia, dios mío (aunque no existas), qué patética estampa. Y pagada con el sudor de la frente de esos trabajadores que se hacinan cada día en los trenes que no llegan. Todo para recibir al jefe de un Estado minúsculo cuyo poder está sobredimensionado gracias a la herencia franquista del Concordato y que ahora es faro moral de Occidente porque ha soltado un discursito que algunos parecen tomar por El manifiesto comunista. Si vamos a adular al primer teócrata que diga algo sensato de vez en cuando, preparémonos para rendirle la misma pleitesía a cualquier fanático que abra la boca.

Ese trato privilegiado que se le da al jefe del catolicismo (esa secta que solo se diferencia de las demás por estar arraigada desde hace siglos y por tener a mano todo tipo de recursos para afianzar su poder, ahora también el mediático) es una ignominia desde el punto de vista democrático. Recordemos que estamos en un Estado aconfesional que, por lo tanto, no puede tener ninguna preferencia por ninguna religión en particular y debería ser neutral en tal materia. Pero seguimos en la estela del nacionalcatolicismo y todo lo que dejó bien atado el antiguo régimen y por eso hay que parar el mundo cuando ese señor venga a pasearse con su vestido planchado por Barcelona y Madrid pagando nosotros hasta el traslado del papamóvil.

Si el Papa fuera un ayatolá venido de Irán a hacer una visita y fuera recibido como lo es León XIV tendríamos las calles llenas de manifestantes en contra. También organizaciones fundamentalistas como los Hermanos Musulmanes o los salafistas, incluso los talibanes dicen algo estupendo de vez en cuando. Si nuestros gobernantes quieren avalar y permitir la injerencia parasitaria de la Iglesia en el Estado que se preparen para que otras confesiones pidan lo mismo. Si de verdad es aconfesional no podrá negar el mismo trato preferente a ayatolás, rabinos, predicadores evangélicos y todo tipo de hombres que viven en ese delirio colectivo llamado religión y montan circos esperpénticos de rituales absurdos. Por no hablar de lo coherente que resulta declararse feminista y postrarse ante el Papa. Najat El Hachmi es escritora. El País, 5 de junio de 2026.