jueves, 5 de noviembre de 2026

DEL ARCHIVO SEMANAL DEL BLOG: LO MEJOR DEL “PROCÉS”, POR JOSEP M. COLOMER. PUBLICADO EL 4 DE NOVIEMBRE DE 2017

 







Hace unos diez años, cuando daba clases en la Universidad Pompeu Fabra, recibí un correo dirigido a todos los miembros del Departamento en el que un desconocido nos pedía dinero para subvencionar a un joven historiador que había hecho ya grandes hallazgos. No solo Cristòfor Colom era catalán, cosa que se supone que ya sabíamos, sino que toda la empresa del descubrimiento y la conquista de América había sido catalana y luego ocultada y falsificada por el españolismo castellanista. Se incluía un grabado antiguo de unos soldados con lanzas correteando por el bosque sobre el que se había añadido un burdo dibujo a mano como si llevaran ondeando una bandera catalana. Me pareció un chiste flojo porque en el siglo XVI no se habían inventado las banderas, ni siquiera las catalanas. Por el mismo precio, podrían haber puesto la bandera del Barça. Pero intenté comprender la intención. Al fin y al cabo, yo mismo, junto con mi colega y amigo Joan M. Esteban y la complicidad del periodista Joan Barril, habíamos publicado en la época pujolista, en el hoy desaparecido semanario El Món, un manifiesto pidiendo dinero para enviar un cohete catalán a la Luna. Entre otros argumentos, hacíamos notar que la Virgen de Montserrat sostiene una bola, que obviamente representa al Luna, a la que el Niño apunta con dos dedos indicando el cohete que ahí habría que lanzar. Llamaron varias personas a la redacción del semanario ofreciendo su dinero.

Pero la imaginación y el éxito que han obtenido en todos estos años los llamémosles historietistas del descubrimiento catalán de América no tienen parangón. Sostienen estos sátiros que la primera expedición con las tres carabelas no salió del puerto de Palos, sino de la playa de Pals. Pensándolo bien: ¿por qué habrían de zarpar desde el Atlántico pudiendo hacerlo desde la Costa Brava y así disfrutar del placer de circundar media península antes de salir al océano? Hernán Cortés se llamaba Alfons Felip de Gurrea i Aragó, hijo de Torrelles de Llobregat; supongo que por eso en México hablan catalán. En realidad, Miguel de Cervantes era de Xixona, se llamaba Miquel Servent y escribió En Quixot. Santa Teresa de Jesús no era de Ávila, sino de Barcelona, donde fue abadesa del Monasterio de Pedralbes. Pero la grandeza de los catalanes no se detiene en España. Servent acabó huyendo a Inglaterra, donde publicó sus obras bajo el seudónimo de “Shakespeare”. Leonardo no era da Vinci, sino de Vinçà, la Gioconda era Isabel de Aragón y las montañas que se ven al fondo del cuadro son Montserrat. Por supuesto, el gran Erasmus de Rotterdam no podía ser más que catalán, de hecho ¡hijo de Colom!

El aparente líder de tal hilarante sátira se hace llamar Jordi Bilbeny. Naturalmente, los historietistas no han pretendido publicar nada en revistas o editoriales académicas, pero cada vez que han sacado un libro sobre un tema nuevo han sido entrevistados en la prensa, la radio y la televisión, han dado conferencias pagadas por pueblos y ateneos, han producido varios vídeos para hacer sesiones de cine fórum, han mantenido un sitio internet de su supuesto Institut de Nova Historia y hasta una Universitat Nova Historia a la que han invitado a conferenciantes patriotas. Sus actividades han sido subvencionadas por ayuntamientos y diputaciones, empresas privadas y la Asamblea Nacional Catalana, de cuyo secretariado fue miembro el historietista Víctor Cucurull.

Yo desconecté de la desconexión la noche que vi a Mónica Terribas, en el programa estrella de TV3 al que yo mismo había sido invitado varias veces, entrevistar embelesada a dos de los historietistas durante más de media hora. Tras tantas apariciones en los medios, Jordi Pujol les felicitó por carta porque sus tesis “son muy convincentes” y les animó “a continuar en esta misma línea”. Carod Rovira participó en la presentación de uno de sus libros, donde denunció la “operación bestial” de la falsificación castellana de la historia y compartió las conclusiones “colosales” del autor. Varios diputados independentistas les han dado su apoyo.

En realidad, Miguel de Cervantes era de Xixona, se llamaba Miquel Servent y escribió En Quixot. Santa Teresa de Jesús no era de Ávila, sino de Barcelona, donde fue abadesa del Monasterio de Pedralbes

A medida que el procés independentista se iba embalando, los historietistas fueron aumentando la frecuencia y la audacia de sus descubrimientos. En los vídeos de sus conferencias lo más impresionante es como consiguen terminar las frases y el rollo entero, salpicado con disparates y chascarrillos, sin que se les escape la risa. Tienen la ventaja de que no se les puede contagiar de quienes les escuchan en persona, cuya actitud es más bien de asombro y de caerse del burro.

Los sátiros historietistas saben lo que se hacen. En una entrevista, Pep Mayolas fue preguntado: “Si no hay documentos, ¿cómo llega a estas conclusiones?”, a lo que sabiamente contestó: “Se trata de leer entre líneas, guiarse solo por el instinto y por el conocimiento del terreno.” Desde luego, conocen el terreno. Pueden confiar en que, si tanta gente se tragó el vaticinio de Artur Mas de que, con el viaje a Ítaca hacia la independencia, “Cataluña tendría las tasas de paro de Dinamarca, las infraestructuras de Holanda y el modelo educativo de Finlandia”, si muchos siguieron a Oriol Junqueras en jurar que no se conformarían con un pájaro en mano, sino solo con “volar, libres, con todos los pájaros del mundo”, si algunos creyeron, con la CUP, que una República Catalana barrería el capitalismo, el patriarcado y el cambio climático, bien pueden los historietistas vender que la bandera de Estados Unidos es un calco de la catalana, la que conquistó América.

En estos siete años de desventurada apuesta por la independencia de Cataluña, más conocida como el procés, ha habido momentos de emoción, irritación, miedo, turbación y vergüenza ajena. Pero lo mejor ha sido, sin duda, las carcajadas y los desahogos ante la pantalla del ordenador leyendo a los historietistas. ¡Gracias, amigos! Josep M. Colomer es economista y politólogo. El País, 4 de noviembre de 2017.























ENTRADA NÚM. 11576

miércoles, 4 de noviembre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY MIÉRCOLES: CLAVES GLOBALES DEL GIRO EN ESTADOS UNIDOS: ¿QUÉ SIGNIFICA PARA EL MUNDO LA HUMILLACIÓN TRUMPISTA?, POR ANDREA RIZZI





 



Los ciudadanos estadounidenses eligieron infligir al trumpismo una derrota de magnitudes humillantes. Donald Trump no estaba en las papeletas, pero él mismo convirtió el voto en un plebiscito y el resultado es un repudio a él, a sus políticas erráticas, al diabólico entramado de conexión entre su demagogia y los intereses de los tecnoligarcas, a la ineptitud y corrupción de su administración. No ha sido una simple derrota, sino una debacle. ¿Qué consecuencias tiene este resultado electoral para el resto del mundo?

El carácter mercurial del presidente hace especialmente compleja la tarea de predicción, pero abundan elementos de hecho que permiten cartografiar el nuevo escenario que se abre a partir de ahora. El mapa arroja perspectivas de cambios relevantes tanto en el plano geopolítico como en el político global.

Geopolítica. Como es notorio, el presidente concentra —por arquitectura constitucional y por praxis política— una cuota fundamental de los poderes en política exterior y es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas. Por lo tanto, la pérdida del control de ambas Cámaras no supone de por sí un viraje decisivo en clave geopolítica. No obstante, el mensaje político de las urnas tiene una contundencia que se hará notar.

Un ejemplo evidente es la guerra lanzada contra Irán. Una motivación clave de la derrota electoral es el descontento en la sociedad estadounidense por la subida de los precios, una llamarada a la que ha aportado una importante contribución el ataque contra Irán y sus consecuencias sobre el mercado energético. Otro elemento que ha aflorado en la campaña es el creciente rechazo al Israel de Netanyahu, hasta el punto de que en vísperas de los comicios Trump se sintió compelido a anunciar su intención de cortar la ayuda militar de unos 4.000 millones de dólares que EE UU brinda a Israel, en un implícito reconocimiento de la toxicidad de esa asociación.

Por otra parte, aunque el presidente sea el comandante en jefe, es el congreso quien controla el gasto, lo que no es un factor menor. El ataque contra Irán está produciendo un fuerte desgaste para las Fuerzas Armadas estadounidenses, no solo por el agotamiento de misiles interceptores, sino por la fatiga sufrida por la fuerza naval en la operación de bloqueo del estrecho de Ormuz para evitar la salida de buques iraníes. En esta ecuación entra el Congreso, que controla el dinero que se asigna al Pentágono. Y, si bien los demócratas no querrán ser el partido que impone penurias a los militares, es indudable que aplicarán presión en esta tesitura desde una posición de rechazo al aventurismo en el Golfo.

Aunque no se puede descartar que Trump decida reavivar los ataques a Irán dejándose convencer de nuevo por un Netanyahu que no desea otra cosa por sus propios cálculos de interés personal, la realidad es que esos tres factores prometen pesar mucho en las próximas decisiones del presidente sobre la guerra contra Irán.

Diferente es el caso de Ucrania. Aquí, Trump tendrá un incentivo en conseguir finalmente proyectar su imagen como pacificador —y de paso abrir las puertas a nuevos y suculentos negocios en Rusia para su familia y asociados antes de salir de la Casa Blanca—. Dispone de herramientas: la información de inteligencia que proporciona a Ucrania, el servicio de conexión satelital Starlink y las armas que ya no regala, pero sí vende, a Kiev son tres elementos con los cuales puede definir el devenir de la guerra, forzando, y mucho, la mano a Zelenski.

No obstante, aquí también, sus prerrogativas e intereses encuentran un nuevo tope. El Congreso estaba en contra de dejar a Ucrania en la cuneta ya en la anterior fase del segundo mandato de Trump. Pero la sumisión de tantos republicanos al trumpismo hegemónico hizo que el Parlamento no enseñara los dientes. Cabe pensar que, ahora, con mayoría demócrata y con unos republicanos que, sin duda, empiezan a pensar en el post-trumpismo, la ecuación cambia.

La ecuación cambia también porque los demás, en el mundo, ya huelen la debilidad de Trump. Y esto significa muchas cosas. Aunque quedan dos años largos y nada está escrito, es obvio que queda reforzada la perspectiva de un cambio en la Casa Blanca en 2028. Sería un craso error considerar que una victoria demócrata retrotraería el mundo a un tiempo que ha muerto, por ejemplo con la resurrección de la alianza transatlántica en su viejo formato. Pero es evidente que aquel sería un escenario muy diferente. Y todos tendrán a partir de hoy muy en cuenta esa perspectiva, tanto Ucrania en su resistencia, como Putin en su agresión. El canciller Merz dijo esta semana que Rusia perdió a 52.000 soldados en el mes de octubre, la mitad muertos y la otra mitad gravemente heridos. Son cifras difícilmente sostenibles. Tal vez esta dinámica, y aquella perspectiva política alterarán los planes de Putin. La derrota de Trump es un activo para la paz mucho más que su mediación asimétrica en favor del Kremlin.

En cuanto a China, no cabe esperar un cambio por parte de la Casa Blanca. Lo más probable es la continuación de la dinámica de estabilización que Trump ha buscado tras su fallida embestida arancelaria. No le queda otra. Lo que sí cambia es la percepción de Pekín de un presidente débil, distraído en aventuras absurdas, desde la dramática guerra contra Irán hasta la patética fijación con asuntos como la decoración urbana de Washington. Ojalá esto no espolee nefastas ideas de que es el momento adecuado para lanzar actos agresivos —¿un bloqueo naval?— contra Taiwán.

Un ámbito de riesgo potencial es Latinoamérica. Cabe imaginar que esta es la región en la cual Trump podría tratar de recuperar protagonismo, en línea con los postulados hegemónicos en el continente plasmados en la llamada doctrina Donroe. Cuba se halla en primera fila de los posibles objetivos. Un cambio de régimen en la isla podría ser vendido como un triunfo histórico. La extracción despiadada de los recursos venezolanos con la anuencia del régimen títere en el poder en Caracas es otra. Un ojo atento deberá prestarse a posibles acciones envalentonadas contra el narco, sea con la repetición de ejecuciones extrajudiciales en alta mar, sea con violaciones de la soberanía mexicana por medio de incursiones con drones.

Tradicionalmente los presidentes de salida y sin fuerza en el Congreso se concentran en política exterior para cimentar su legado —o satisfacer su ego—. No cabe duda de que Trump lo hará. No puede descartarse que su ego herido y no contenido en una Administración desprovista de figuras realmente dispuestas a limitarle acabe tomando decisiones destructivas. Pero es un hecho que fuertes elementos de constricción pesan finalmente sobre él.

Política. Las elecciones tienen también un impacto global en el plano meramente político. El durísimo golpe sufrido por el trumpismo es un mensaje a navegantes. Los abrazos del trumpismo matan a menudo últimamente —como han comprobado Orbán y Bolsonaro—. Pero es que ahora está en la UCI él mismo.

Esto tiene consecuencias en Europa, donde el trumpismo tenía como gran proyecto político cultivar la resistencia contra la UE, objetivo explicitado en la estrategia de seguridad nacional. Esto se hace más complejo ahora que Trump es a todas luces un activo tóxico. Conscientes de ello, varias formaciones de ultraderecha europea ya habían marcado distancia de Trump —Le Pen, desde hace mucho; Meloni, más recientemente—, pero otras se han mantenido más cerca de ese calor indecente —véase Vox o AfD—.

Otra consecuencia tiene que ver con la eficacia del contubernio demagogos-oligarcas de las nuevas tecnologías. El resultado de las midterms ofrece lecciones y consecuencias alrededor de la “ilustración oscura”, según el concepto de Arnaud Miranda. Los 450 millones que puso Musk sobre la mesa y toda la distorsión de su plataforma, X, esta vez no funcionaron. Tampoco funcionó la distorsión intentada por varias plataformas en la campaña en Brasil.

Cabe por otra parte intuir que desde hoy mismo empieza de lleno la carrera para definir el futuro del Partido Republicano, y que este resultado facilitará, si no una plena corrección, al menos un cierto viraje en algunas posiciones. Tal vez hoy sea el inicio del fin de una década de dominación trumpista del partido. Algunas ideas del magnate están para quedarse, pero cabe intuir que otras empezarán a ser discutidas y rechazadas. Esto, también, tendrá consecuencias en el resto del mundo.

Además —y tal vez, sobre todo—, la humillante derrota trumpista abre el camino a la esperanza. Los activos materiales —el dinero, las armas— son fundamentales. Pero los inmateriales —las palabras, las emociones— tienen una fuerza a veces imparable. Esto no puede ni debe considerarse como la definitiva salida de la pesadilla del nacionalpopulismo. Esa fuerza sigue boyante en muchos lugares, y la derrota de Trump se debe, sobre todo, a errores crasos de gestión de una Administración inepta y corrupta más que al hundimiento de sus postulados centrales. Pero en la derrota hay también aciertos de los demócratas, y el resultado abona la planta de la esperanza de todos los demócratas —no los militantes del partido de EE UU, sino todos aquellos que, en el mundo, creen en el modelo democrático que estaba bajo ataque en la principal potencia mundial—. Andrea Rizzi es analista político. Publicado en El País.






















ENTRADA NO NUMERADA

ESPECIAL TRES DE HOY MIÉRCOLES: LAS LUCES NO SE APAGAN EN LA CIUDAD SOBRE LA COLINA, POR LLUÍS BASSETS

 






La democracia es local, pero sus efectos también son globales. Estados Unidos ha votado abrumadoramente contra Trump por motivos mayormente domésticos: el coste de la vida, en especial a la hora de llenar el depósito de gasolina; la expulsión y maltrato a centenares de miles de ciudadanos de inmigración reciente; los recortes al sistema de salud; o la corrupción escandalosa de la familia presidencial. Solo cuestiones que afectan muy directamente a la vida de las personas, a su bolsillo y su bienestar, pueden explicar la envergadura del tsunami electoral que ha penetrado en antiguos feudos republicanos. Difícilmente suscitan tal fenómeno las acciones y políticas de la primera superpotencia en la escena internacional, a menos que repercutan directamente en el ámbito más próximo a los votantes, como es el caso de los efectos de la guerra de Irán y los aranceles universales sobre la pérdida de capacidad adquisitiva.

Tras los dos años de una catastrófica segunda presidencia trumpista, con un Congreso de nuevo reactivado y los poderes presidenciales por primera vez limitados, el resultado electoral repercutirá directamente sobre los ciudadanos. Positivamente en lo inmediato y con esperanzador potencial de futuro si los demócratas saben aprovecharlo para conseguir el relevo en 2028. Donald Trump aprovechará los márgenes de su poder para concentrarse en la escena exterior, donde cuenta con intereses y amigos que no le abandonarán, y a perfilar su rimbombante legado, especialmente arquitectónico, hecho de propaganda mentirosa y de cartón piedra, fácilmente resumible en el estanque reflectante frente al monumento a Lincoln al que quiere dar su nombre y el salón de baile que está construyendo sobre la derribada ala este de la Casa Blanca.

En algo sorprendente se ha corregido gracias a un castigo electoral tan apabullante: ha reconocido insólitamente el resultado y felicitado a los demócratas, pero no ha podido resistirse a declarar sus dos últimos años presidenciales como los mejores de la historia del país. Sin pestañear, como de costumbre, ha declarado impensable la derrota republicana con su nombre en las papeletas, cuando lo contrario es lo cierto: la derrota es tan amplia porque muchos han votado como si su nombre constara en la papeleta. Esta sonrojante falacia apenas esconde su pretensión de obtener un tercer mandato presidencial que la Constitución descarta. El principio del fin del trumpismo que señalan los votantes exhibe también la fuerza de la democracia estadounidense. Esta es quizás la mejor y mayor repercusión global, en sintonía con la funcionalidad del relevo en el poder por las elecciones en Hungría, Brasil, Serbia o Israel. No es un día feliz para el rampante etnonacionalismo de extrema derecha global. Las luces no se han apagado en la ciudad sobre la colina que el mundo admira. Lluís Bassets es analista político. Publicado en El País.


















ENTRADA NO NUMERADA


ESPECIAL DOS DE HOY MIÉRCOLES: CASTIGO A TRUMP, VITORIA DE LA DEMOCRACIA. EDITORIAL DE EL PAÍS

 





La principal lección de la derrota rotunda de los republicanos y Donald Trump en las elecciones legislativas de este martes, para Estados Unidos y el resto del mundo, es que la democracia vive en el país que acaba de celebrar los 250 años de su fundación. No es una lección menor, y ni siquiera era seguro que sucediese dada la aversión de Trump hacia la separación de poderes y su sistemática impugnación del legítimo proceso electoral. De norte a sur en este país continental, y de este a oeste, los votantes han expresado el hartazgo por una economía golpeada por la inflación y las aventuras bélicas. Y al emitir este voto han rechazado también la agenda autoritaria que puso en marcha hace dos años, cuando conquistó la Presidencia por segunda vez, y que ha tensionado hasta extremos insólitos las costuras democráticas. A Trump le quedan dos años en la Casa Blanca. Pero ahora con el enorme poder del Congreso en contra.

El daño tardará en repararse y es muy posible que el trumpismo como ideología y estilo destructivo de hacer política sobreviva a su artífice. Trump conserva el poder suficiente para continuar sembrando el caos y la división. Pero a partir de ahora tendrá las manos atadas por un Congreso adverso, y eso será un impedimento serio para alguien que no conoce ni acepta límites a sus instintos. Los republicanos han perdido tanto la Cámara de Representantes como el Senado, algo que parecía difícil hace solo unos meses. Los demócratas han conquistado incluso bastiones inexpugnables desde hacía décadas del partido del presidente como es Texas, símbolo máximo de una ola azul —el color de esta formación— que dejará una marca en este país y que recuerda al castigo en las urnas que los republicanos recibieron tras el escándalo Watergate.

Los constituyentes de la democracia norteamericana tenían razón cuando previeron un sistema que impidiese que el presidente se convirtiera en un rey que hacía y deshacía a su antojo, como los del Antiguo Régimen europeo. Pese a los temores más que razonables, hoy este sistema, al producir un resultado que limitará el poder del líder de la superpotencia, ha vuelto a funcionar.

El resultado, por las dimensiones de la victoria demócrata y la claridad con la que los estadounidenses se han pronunciado, complica a Trump cualquier tentación que pueda albergar para impugnar la legalidad del voto o revivir la intentona de 2021, cuando sus fieles asaltaron el Capitolio tras perder en las presidenciales frente a Joe Biden. No hay espacio alguno de discusión en este resultado en el que, de Texas a Ohio, de Maine a Carolina del Sur, los ciudadanos no han dejado el más mínimo resquicio de duda sobre su voluntad de castigar al Partido Republicano del presidente. Ya ha asumido la derrota públicamente y se ha desvinculado de sus causas. La nueva correlación de fuerzas en Washington no admite ambigüedades de ningún tipo.

Hay algo natural en la victoria del partido de la oposición en unas midterms, que históricamente han servido para corregir las mayorías después de unas elecciones presidenciales y repartir el poder entre ambos partidos. El sistema está pensado para que esto pase. Pero estas no eran unas elecciones como las otras. Desde enero de 2025, cuando regresó al poder tras el interregno de cuatro años de Biden, Trump había sumido EE UU en la excepcionalidad. No eran solo sus excesos retóricos y sus extravagancias y arbitrariedades en la forma de gobernar, aunque estas se han exacerbado con los años y con la edad.

Lo grave y alarmante era el constante empeño en erosionar la división de poderes y las libertades y la cruel obstinación a la hora de perseguir a las minorías con políticas racistas y xenófobas. Estos años se han visto imágenes, como las de los agentes ICE acosando a cualquier persona con aspecto latinoamericano, indignas de una gran democracia. Se ha exhibido sin disimulo, y a veces incluso con jactancia, la corrupción del clan presidencial. Los estadounidenses han visto además cómo Trump les metía en aventuras bélicas absurdas e insensatas que, como ha ocurrido en el caso de Irán, ha tenido efectos instantáneos en el bolsillo de los ciudadanos y explica en buena parte la amplitud del resultado electoral.

Nada de esto terminará de la noche a la mañana. Lo que empieza ahora es una laboriosa tarea de reconstrucción. Trump puede atrincherarse o aprender a negociar. Tendrá que asumir en todo caso que estará fiscalizado como nunca lo ha estado en la Casa Blanca y que puede enfrentarse, como en su primer mandato, a un impeachment o proceso de destitución. El presidente es desde este momento mismo un pato cojo, con un margen de acción muy reducido en casa, pero todavía más o menos intacto en la política exterior. Y esto no reduce su capacidad para ofender a sus aliados y dañar sus intereses, prolongar guerras sin sentido o adular a dirigentes autócratas. Al contrario. Para los europeos y el resto de democracias es un alivio el resultado de las midterms, pero harían bien en no confiarse. Es el principio del fin de Trump, pero no es el fin del trumpismo. Editorial. Publicado en El País.





















ENTRADA NO NUMERADA

ESPECIAL DE HOY MIÉRCOLES: VUELCO ELECTORAL EN ESTADOS UNIDOS, POR EL PAÍS

 







Las ‘midterms’ 2026, en vivo | Vuelco político en Estados Unidos: los demócratas logran el control total del Congreso en un duro castigo a Trump

Los demócratas reconquistan el Senado y la Cámara de Representantes | Los republicanos pierden el poder en Texas después de décadas | Trump admite la derrota y dice que aceptará los resultados

Estados Unidos tiene su primer senador musulmán: Abdul El-Sayed en Míchigan

Obama celebra la victoria demócrata en las ‘midterms’ como un mensaje claro a favor de la unidad y las soluciones

Los demócratas se hacen con el control del Senado

El demócrata Josh Turek gana la batalla al Senado por Iowa

La demócrata Gina Hinojosa se convierte en la primera mujer hispana que gobierna Texas

Rob Sand, el demócrata al que comparan con Kennedy, se convierte en gobernador de Iowa

Vuelco político en Estados Unidos. Los demócratas han arrasado en las elecciones de medio mandato en una noche fatídica para el presidente Donald Trump. El partido azul ha recuperado el control del Senado y de la Cámara de Representantes después de imponerse en bastiones republicanos donde las encuestas ni siquiera les daban posibilidades. Uno de los triunfos de la noche es el de Texas, donde Gina Hinojosa se convierte en la primera gobernadora hispana tras derrotar al todopoderoso Greg Abbott. Los demócratas han logrado también su escaño en el Senado en ese Estado con el triunfo de James Talarico. Los republicanos han mantenido el escaño en el Senado por Florida, con el triunfo de Ashley Moody, y Byron Donalds será el primer gobernador negro de ese Estado, que se consolida como principal enclave conservador. Publicado en El País.



















ENTRADA NO NUMERADA

DEL CAFÉ SEMANAL: HOY, ¿RECUERDAS LO ÚLTIMO QUE HICISTE ANTES DE MORIR?, POR MANUEL JABOIS

 






Bryan Cranston (Breaking Bad) no se ha resistido al humanísimo impulso de despedirse de alguien recordando su último contacto, en este caso RJ Mitte, el actor con parálisis cerebral que interpretó a su hijo en la serie. La incredulidad (Mitte se ha suicidado a los 34 años) tiene muchas maneras de expresarse, pero ninguna mejor que la de contar los planes que teníais con el muerto. “¡Hace unos días quedamos para cenar!”, decimos de uno. “Si hace poco fuimos a jugar al tenis, ¿cómo es posible?”, decimos de otro. De nuestra sorpresa se deduce una conclusión ridícula: “¿Cómo se le ha ocurrido morir si teníamos pensado cenar: nunca piensa en los demás?“, o “¿cómo se pudo haber muerto si jugamos hace poco al tenis, tan mal jugué?”. Cranston relató que hacía poco había intercambiado correos con Mitte para almorzar. Al recordar Cranston su último contacto con él, al recordar nosotros la última vez que vimos a alguien de quien nos dicen que ha muerto de forma sorpresiva, lo que hacemos no es recordar esa última vez, porque para nosotros no era la última cuando lo vimos, no sabíamos que no lo volveríamos a ver, aquello no fue un final ni nada, generalmente se trató de una chorrada sin importancia (“me dijo que iba a votar a la Chunta”) sino que expresamos el íntimo asombro de que nuestro último encuentro fuese algo tan banal, tan parte de la vida como la decena de encuentros casuales que uno va teniendo durante la semana. “No me dijo que iba a tener un infarto en unos días, sólo que estaba acabando de leer un libro de autoayuda”. Pero de pronto lo trivial es trascendente, la muerte da al pasado un significado a veces extraño y ridículo que nos empeñamos en ver sublime (“algo le noté en la mirada cuando me dijo que no volvería a comer panceta”) porque no asumimos o no queremos asumir que la muerte generalmente, si llega de golpe, si llega en tromba, es un acto tan sencillo y despojado de épica como echar la llave. Por eso a menudo la sorpresa de verdad no es que el otro haya muerto, sino que tú no: “Pero cómo ha podido pasar, si me lo encontré hace unos días en el mercado..., y él me encontró a mí”. Manuel Jabois es escritor. Publicado en El País.






















ENTRADA NÚM. 11575

martes, 3 de noviembre de 2026

ESPECIAL CUATRO DE HOY MARTES: EL AMOR ES LO MÁS PARECIDO QUE TIENE LA VIDA A UN SENTIDO, POR DAVID MEJÍA

 





Ensayista, catedrático de Filosofía y referente intelectual, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) ha dedicado su trayectoria a reivindicar la libertad, la responsabilidad individual y el papel de la educación en la construcción de una sociedad democrática. En esta conversación reflexiona sobre la naturaleza de la filosofía, la ética, el placer, Spinoza, Kant, Nietzsche y las grandes preguntas que han atravesado su obra.

P. A menudo se refieren a ti como filósofo, pero tú siempre has preferido definirte como profesor de Filosofía.

R. Sí, efectivamente. Creo que cada uno debe ajustarse al papel que realmente ha desempeñado. Yo no soy un filósofo en el sentido en que lo fueron Spinoza o Kant. He sido profesor de Filosofía. He intentado acercar el pensamiento de los grandes filósofos al mayor número posible de personas, pero no me considero un creador de un sistema filosófico propio.

P. En uno de tus libros más celebrados, Las preguntas de la vida, aparece una dedicatoria que siempre me ha gustado mucho: «A los que no lo tienen todo claro». Después citas a Cioran: «Mi fuerza es no haber encontrado respuesta a nada». ¿Qué dicen esas dos frases sobre tu forma de entender la filosofía?

R. Las dos son una invitación al escepticismo. Cuando uno escribe un libro titulado Las preguntas de la vida, puede dar la impresión de que pretende responder definitivamente a las grandes cuestiones. Yo quise advertir desde el principio que no era así. Intento ofrecer respuestas, sí, pero siempre con reservas, con dudas. Creo que el territorio propio de la filosofía es precisamente la duda. Las respuestas filosóficas nunca deberían tranquilizarnos del todo.

P. ¿Cuál dirías que es la especificidad de las preguntas filosóficas frente a las preguntas de la ciencia o de la religión?

R. Son maneras distintas de enfrentarse a cuestiones que, muchas veces, pueden parecer semejantes. La ciencia formula preguntas que, cuando encuentran una respuesta comprobable, consideran resuelto el problema y pasan a otro. La respuesta científica es empírica y verificable. La religión, por su parte, parte de unas verdades reveladas y trata de interpretarlas. La filosofía funciona de otra manera. No pretende cerrar definitivamente las preguntas, sino profundizar en ellas. Un filósofo no deja al lector satisfecho porque haya encontrado la respuesta definitiva, sino porque le ayuda a comprender mejor la pregunta. En cierto sentido, la filosofía no resuelve los interrogantes: los hace más fecundos.

P. En la introducción de tu Diccionario filosófico dices que el filósofo es «el forastero por antonomasia», «el extranjero». ¿Qué quieres decir con esa imagen?

R. En la tradición clásica el filósofo aparece como alguien que llega de fuera. No forma parte de la rutina de la ciudad ni acepta sin más las convenciones establecidas. Su condición de extranjero consiste precisamente en eso: introduce extrañeza. No responde según lo esperado, sino que obliga a mirar las cosas desde otro lugar. El filósofo siempre descoloca un poco porque rompe con las respuestas convencionales.

P. Si hace años te hubieran preguntado cuál era el principal enemigo de la filosofía, quizá habrías respondido que la religión o la Iglesia. ¿Lo seguirías diciendo hoy?

R. Probablemente cuando era más joven tenía una visión más combativa. Hoy ya no. Creo que la filosofía convive con la religión, con la ciencia y con otras formas de conocimiento. No tiene sentido convertirla en un arma destinada a destruirlas. La filosofía posee una perspectiva propia y no necesita definirse únicamente por oposición a otras disciplinas.

P. ¿Tiene sentido preguntarse si la vida tiene sentido?

R. Sí. De hecho, quizá el sentido de la vida consista precisamente en preguntarse por su sentido. Es una pregunta distinta de todas las demás porque las trasciende. Nunca admite una respuesta completamente satisfactoria. La filosofía mantiene abierta esa cuestión y nos obliga a convivir con ella.

P. Hay dos palabras que suelen presentarse como enemigas: ética y placer. Pero en tu obra aparecen casi siempre como aliadas.

R. Porque creo que la conducta humana busca el placer. Pero no cualquier placer, sino un placer bueno, un placer compatible con una vida responsable. La ética no consiste en negar el placer, sino en aprender a disfrutarlo adecuadamente. Por eso ética y placer no son conceptos opuestos: deberían ser cómplices.

P. Coincides con Aristóteles en entender la ética como una forma de sabiduría práctica y en conceder tanta importancia a los hábitos. ¿Qué hábitos crees que deberíamos recuperar?

R. En la línea aristotélica, lo que debemos buscar es cómo aplicar mejor la prudencia. Una persona virtuosa es, sobre todo, una persona prudente, alguien que sabe aplicar correctamente las virtudes en las circunstancias concretas de la vida. Y respecto a los hábitos perdidos, no me gusta ese discurso según el cual todo tiempo pasado fue mejor y hoy se han perdido definitivamente las virtudes. La idea del filósofo como consejero único de la humanidad me hace reír. Pero la defensa de la prudencia, y de los mecanismos de la prudencia, me parece importante. Pierre Aubenque tiene un libro estupendo que se llama, precisamente, La prudencia en Aristóteles, que recomiendo mucho.

P. ¿Qué ha significado Spinoza para ti?

R. Spinoza representa uno de los grandes sistemas filosóficos de la modernidad. Su obra constituye un punto de referencia permanente para cualquier filósofo. Su manera de construir un pensamiento sistemático sigue siendo una referencia imprescindible para entender qué significa hacer filosofía. Siempre he dicho que todo filósofo, además de su sistema filosófico, tiene el de Spinoza.

P. Has criticado el moralismo, pero al mismo tiempo has defendido la dignidad humana y la autonomía, ideas muy kantianas. ¿Qué lugar ocupa Kant en tu pensamiento?

R. Un lugar fundamental. Kant enseña, sobre todo, a pensar. Más allá de sus conclusiones concretas, el razonamiento kantiano constituye una extraordinaria escuela de pensamiento. Gran parte de la filosofía posterior parte de él, aunque sea para discutirlo. Siempre le he tenido una enorme admiración, aunque no sea el pensador definitivo de nada, pero es quien ha planteado todos los caminos de la filosofía. El kantismo nos permite despegar hacia la filosofía, pero yo nunca me quedaría en Kant.

P. Nunca te interesó la ética animalista.

R. Porque creo que la ética es una reflexión sobre cómo convivimos los seres humanos entre nosotros. Siempre que escucho hablar de aplicar la ética a los animales me parece que es como incluir a los animales en las olimpiadas. Eso no significa que debamos maltratar a los animales, naturalmente. Pero otra cosa distinta es convertirlos en sujetos de la comunidad moral en el mismo sentido que las personas. Creo que eso desdibuja el objeto propio de la ética.

P. Peter Singer respondería que, como seres sintientes, los animales merecen formar parte de nuestra comunidad moral. El sufrimiento, por sí solo, no basta para fundamentar la moral.

R.Los seres humanos no solo sufrimos: comprendemos el sufrimiento, deliberamos sobre él y somos capaces de darle sentido o incluso asumirlo voluntariamente. La ética nace de esa capacidad racional y moral, no únicamente de la capacidad de sentir dolor.

P. Quería preguntarte también por Nietzsche. Siempre has admirado su pensamiento, pero también has advertido de sus riesgos. ¿Cuáles dirías que son sus virtudes y cuáles sus peligros?

R. Nietzsche es un pensador peligroso precisamente porque posee un talento literario extraordinario. Es uno de los grandes estilistas de la filosofía. Su manera de escribir seduce. A veces estamos dispuestos a darle la razón simplemente porque expresa las ideas con una belleza excepcional. Además, Nietzsche no busca eliminar todas las contradicciones. Convive con ellas. Entiende que el pensamiento humano no siempre puede aspirar a una coherencia absoluta, y esa es una de las razones por las que sigue siendo un autor tan fascinante.

P. En Fedón, Sócrates afirma que filosofar es aprender a morir. ¿Estás de acuerdo?

R. Siempre recuerdo una anécdota sobre una amiga de Voltaire. Alguien le decía que los grandes filósofos sostenían que filosofar era prepararse para morir. Ella respondió: «Pues todas las personas que he visto morir lo hacían muy bien a la primera». Me parece una buena respuesta. La muerte es lo que da espesor a la vida. Si no existiera, la vida perdería gran parte de su gravedad y de su importancia.

P. Para terminar, quería preguntarte por el amor. La filosofía quizá le ha dedicado menos atención de la que cabría esperar. ¿Por qué? ¿Y qué papel ha tenido en tu vida?

R. No lo sé. Pero una de las pocas conclusiones firmes a las que he llegado es que el amor es lo más parecido que tiene la vida a un sentido. Si tenemos que hablar del sentido de la vida, consiste precisamente en buscar, encontrar y fortalecer el amor. Una vida sin amor es una vida sin sentido.

P. ¿Es una convicción que has tenido siempre?

R. No, es algo que solo se aprende viviendo. Hay que haber amado para comprender la importancia del amor; hay que haber experimentado también lo difícil que puede ser amar y el sufrimiento que a veces conlleva. Cuando uno es joven tiene deseos, impulsos y pasiones. El amor, en cambio, es algo mucho más complejo. Solo la experiencia permite comprender realmente su profundidad. David Mejía, es escritor. Publicado en Ethic.















ENTRADA NO NUMERADA