miércoles, 25 de febrero de 2026

PENSAMIENTO DOMINICAL. ESPECIAL UNO DE HOY, MIÉRCOLES, 25 DE FEBRERO

 







Amigos, siempre he sido del tipo que ve el vaso medio lleno, incluso cuando está un décimo lleno, escribe en Substack (22/02/2026) el profesor Robert Reich. Así que me alegra mucho que las tropas federales se retiren de Minneapolis. También que comunidades de todo Estados Unidos se estén movilizando para bloquear los almacenes de ICE. Y que los demócratas hayan suspendido temporalmente la financiación del Departamento de Seguridad Nacional.

Me complace que la Corte Suprema haya anulado los aranceles de Trump.

Y algunos republicanos en el Congreso han dejado de hacer todo lo que Trump les dice que hagan.

Y no podría estar más feliz de que el índice de aprobación de Trump siga cayendo en picado. ¡Ahora hay más votantes que desaprueban que aprueban su desempeño en los siete estados clave que ganó en 2024!

Así que, me gustaría creer que lo peor ya pasó. Ojalá pudiera decirte (y decirme a mí mismo) que nos relajemos.

Pero tengo que ser sincero con vosotros: temo que lo peor está por venir.

¿Por qué? Porque ICE está reclutando a lo loco en una campaña masiva de 100 millones de dólares dirigida a militares y entusiastas de las armas, asistentes a NASCAR y usuarios de equipo táctico, mientras utiliza retórica de "tiempos de guerra" e imágenes neonazis en sus anuncios.

Porque los multimillonarios partidarios de Trump y sus aduladores enfermos saben que sólo tienen 11 meses para hacer lo peor antes de que los demócratas puedan tomar el control de al menos una cámara del Congreso y detenerlos.

Porque Trump también lo sabe y hará todo lo posible para intimidar a los votantes demócratas en las elecciones intermedias, manipular las papeletas, alterar los resultados o impedir las certificaciones para evitar una toma de control demócrata. Ya ha demostrado que no tiene reparos en intentar destruir los procesos electorales para salirse con la suya.

También está la armada estadounidense estacionada en Oriente Medio. Aunque Trump carece de autorización del Congreso para ir a la guerra, declaró a la prensa el viernes que estaba considerando un ataque militar limitado para presionar a Irán a un acuerdo.

Pero sobre todo temo que lo peor esté por venir, porque una y otra vez, sobre todo cuando siente que va perdiendo, Trump redobla la apuesta con estupideces. (Por ejemplo, acaba de anunciar que, a raíz de la decisión arancelaria de la Corte Suprema, impondrá un arancel del 15 % a todos los países con los que comerciamos en todo el mundo).

Y sus aduladores —Pam Bondi, Pete Hegseth, Kristi Noem, Stephen Miller y Robert F. Kennedy Jr.— redoblan su cruel insensatez, aunque sólo sea para demostrarle a Trump su estupidez similar.

El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) ha abandonado el centro de Minneapolis, pero, según informes, ha intensificado sus actividades en los suburbios de las Ciudades Gemelas. "En cuanto al anuncio de Homan sobre la reducción de personal, no hay diferencia", dijo Alex Falconer, representante estatal demócrata por Minnetonka y Eden Prairie. "De hecho, la situación ha empeorado un poco".

Debido a la campaña antivacunas de Robert F. Kennedy Jr., Estados Unidos está experimentando un aumento repentino de casos de sarampión. Carolina del Sur es el epicentro del brote, con más de 960 casos confirmados , y el virus continúa propagándose; 26 estados han reportado nuevos casos este año . El año pasado, dos niños en Estados Unidos murieron de sarampión . Ninguno de ellos estaba vacunado.

Estados Unidos continúa atacando pequeñas embarcaciones pesqueras en aguas de Centroamérica, alegando sin pruebas que trafican drogas a Estados Unidos. Tres personas murieron el viernes en el Pacífico oriental.

Trump sigue usando memes racistas, como lo hizo hace dos semanas cuando publicó una representación generada por inteligencia artificial del expresidente Barack Obama y Michelle Obama como simios.

La corrupción también está empeorando.

Esto significa que usted, yo y todos los estadounidenses cuerdos no podemos bajar la guardia. De hecho, debemos oponer una resistencia aún más enérgica a esta calamidad continua.

Estamos en una guerra de facto por la libertad y la democracia, y Trump y su régimen han demostrado ser un grupo de gánsteres: racistas, misóginos, nativistas, traidores y asesinos.

Como dijo Abraham Lincoln en su segundo discurso inaugural: “La dura prueba por la que pasamos iluminará nuestra vida, en honor o deshonra para la última generación… Salvaremos noblemente o perderemos miserablemente la última y mejor esperanza de la tierra”. Cuídate. Cuídate. Abraza a tus seres queridos.

























SALUTACIONS A LES LLENGÜES DE LA MEVA PÀTRIA. AVUI DIMECRES, 25 DE FEBRER, AL CATALÀ

 






Hola, bon dia a tots i feliç dimecres. Res de nou que explicar Espanya i el món segueixen igual: és a dir, malament. Anem amb les entrades del bloc d'avui. La primera, de l'escriptor Javier Cercas, en què diu que potser seria saludable que ens repetíssim que Trump no és la causa sinó el símptoma de la decadència. A la segona, un arxiu del bloc del març del 2018, el també escriptor Julio Llamazares, comentava que al sopar del Mobile Word Congress de Barcelona, ​​tots semblen traïdors o almenys es miraven entre si com a tals. El poema del dia, a la tercera, es titula Anatomia de l'hipòcrita, i és de la poeta veneçolana Elena Renjifo. I la quarta i darrera, com sempre, són les vinyetes d'humor de cada dia. Tamaragua, amics meus. Ens veiem demà si la deessa Fortuna està per la feina. Sigueu feliços, per gots. Petons. Els vull. HArendt












ENTRADA NÚM. 9864

LA RESPUESTA DE MIKE PENCE

 








Tal vez sería saludable que nos repitiéramos que Trump no es la causa sino el síntoma de la decadencia, comenta en El País (14/02/2026) el escritor y académico de la RAE Javier Cercas. Desde hace meses no paro de pensar en ella; en la respuesta de Mike Pence, quiero decir, comienza diciendo. El vicepresidente de Donald Trump durante su primer mandato en la Casa Blanca la dio en el curso de un debate público que tuvo lugar el 22 de noviembre pasado en el Teatro Nacional de la Ópera de Ámsterdam. Allí dialogamos sobre el estado del mundo, durante varias horas, ocho personas, incluido el moderador, Rob Riemen, del Nexus Institute y organizador del evento. Apenas iniciado este, me dirigí a Pence. Le dije que pertenezco a una generación de europeos que creció admirando Estados Unidos: su literatura, su cine, su música, su democracia. Le dije que, siendo un veinteañero, me marché a vivir a su país, dispuesto a convertirme en un escritor norteamericano (o poco menos). Le dije que aquella admiración se había acabado. Le dije que yo, como tantos europeos, asistía con una mezcla de incredulidad y espanto a lo que estaba ocurriendo en su país. Le dije que admiraba el coraje que había demostrado el 6 de enero de 2021 en el Capitolio, cuando se jugó literalmente la vida ratificando la elección de Joe Biden como nuevo presidente, negándose a obedecer la orden de Trump de revertir el resultado de las elecciones presidenciales y evitando que se consumase un golpe de Estado. Y acto seguido se lo pregunté: “Después de lo que vivió usted aquel día, ¿piensa que Donald Trump cree en la democracia?”. Entonces llegó la respuesta: la respuesta fue una polvareda de palabras sobre las bondades del pueblo norteamericano y su fe inmarcesible en la democracia; es decir: la respuesta fue que, según él, Trump no creía en la democracia.

Era una respuesta previsible, se dirá. Discrepo. Pence, un hombre profundamente religioso y conservador, pero sobre todo un político experimentadísimo, hubiera podido responder de otra forma ante las más de 1.500 personas que nos escuchaban, pero eligió responder la verdad. Porque es verdad que Trump, además de carecer de todas las virtudes que debería poseer el líder de un país democrático, ha demostrado con hechos —desde el asalto al Capitolio hasta el comportamiento criminal del ICE, su policía migratoria— despreciar por completo las reglas de la democracia; pero media un abismo entre el hecho de que usted y yo digamos que el presidente de la primera democracia del mundo y sostén indispensable del orden internacional no cree en la democracia, y que lo diga quien fue su vicepresidente durante cuatro años. Ese abismo da vértigo: el que produce el fin de las seguridades relativas en las que, al menos en esta parte privilegiada del mundo, habíamos vivido hasta ahora. Ante esta evidencia, algunos se refugian en el consuelo masturbatorio de llamar fascista a Trump; diga lo que diga Robert Paxton, yo me niego a hacerlo: no hay duda de que el trumpismo —o, más en general, el nacionalpopulismo— contiene ingredientes del fascismo, pero el fascismo atacaba abiertamente la democracia, mientras que el trumpismo la ataca en nombre de la democracia, como hizo durante el asalto al Capitolio, y esta astucia lo vuelve mucho más peligroso que el fascismo. Por su parte, nuestros viejos maîtres à penser nos acusan de hablar de Trump para no hablar de Sánchez; han perdido la cabeza: Sánchez comete errores, pero confundirlo con un Trump o un Orbán de izquierdas solo demuestra que lleva razón Diego S. Garrocho cuando afirma que el antisanchismo puede convertirse en “una obsesión invalidante capaz de arrasar cabezas que en otro tiempo fueron creativas”. Impotencia y delirio, pues.

¿Hay alternativa? Es evidente que solo los estadounidenses pueden parar esta locura, que es lo que quizá han empezado a hacer ya, a juzgar por su valiente rebelión contra el ICE en Minneapolis. En cuanto a los demás, tal vez sería saludable que nos repitiéramos que Trump no es la causa sino el síntoma de la decadencia estadounidense, que no hay bien que por Trump no venga y que los europeos debemos emanciparnos de una vez por todas de la tutela de Estados Unidos, plantando cara al matón sin olvidar que todo matón esconde a un cobarde. Pero sobre todo sin olvidar la respuesta de Pence.



















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, LA CENA. PUBLICADO EL 03/03/2018

 







En la cena del Mobile Word Congress de Barcelona, comenta en El País (03/03/2018) el escritor Julio Llamazares. todos parecen traidores o al menos se miran entre sí como tales. La fotografía de la cena oficial de inauguración del Mobile World Congress de este año en Barcelona, comienza diciendo, da para un sicoanálisis de la clase política española y, de paso, me temo, de todo el país. La visión de la mesa presidencial con el Rey de España en el centro y alrededor una serie de personajes que miran las copas con gran atención para no encontrarse los ojos de los de enfrente o ensayan sonrisas forzadas dirigidas no se sabe a quién confirma que este país no está en su mejor momento, en mucha parte por culpa de ellos. La tensión que se nota entre esas personas, la incomodidad que demuestran a pesar de su profesionalidad, el silencio que se corta con cuchillo, son tan manifiestos que uno se pregunta por qué siguen ahí cenando juntos en lugar de hacerlo en mesas separadas como desearían.

En La cena, la novela del holandés Herman Koch que inspiró la película del mismo título de Oren Moverman, dos matrimonios que cenan en un restaurante de lujo, en principio en buena sintonía, acaban por desatar la caja de los truenos a medida que van saliendo a la luz sus enfrentamientos ocultos, en su caso por causa de los hijos. En la cena del Mobile Word Congress de Barcelona no se llegó a ese extremo, pero se advierte por las expresiones de los comensales que la chispa está a punto de saltar y que, si salta, puede ocurrir de todo. Por suerte no pasó así, no saltó ninguna chispa, por lo menos que se sepa, y la cena acabó como comenzó, con sus participantes despidiéndose fríamente y algunos sin cruzar una palabra entre ellos ¡Qué necesidad tendrían!, habría dicho mi madre, para la que la diplomacia era sinónimo de hipocresía.

Necesidad no tendrían, pero, obligados a ello, cosa que se deriva de su condición institucional, bien podrían habernos ahorrado la fotografía de una cena que más parecía un funeral que otra cosa. La tensión en que desde hace ya tiempo vive la clase política nacional a causa del independentismo catalán es conocida de todos pero no ayuda nada a tranquilizar al país ver a sus dirigentes cenar sin mirarse. Al contrario, transmite la sensación de que no hay nada que hacer y de que la política solo sirve para enfrentar a una sociedad cuando debería ser al revés.

En la última cena de Jesucristo había un Judas y 11 apóstoles leales, pero en la del Mobile Word Congress de Barcelona todos parecen traidores o al menos se miran entre sí como tales. Lo peligroso es que esa fotografía se repite últimamente en muchas casas de Cataluña entre antiguos amigos e incluso familias.























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ANATOMÍA DEL HIPÓCRITA, DE ELENA RENJIFO

 







ANATOMÍA DEL HIPÓCRITA



Vistes seda para ocultar tu óxido.

Tu abrazo: muro de sal seca.

Hipotecan tu alma

besos de vidrio frío,  

tras máscaras de cortesía.

Cruje la seda, 

palpita el engaño entre rezos.

El paraíso huele a pantano…

Ecos sin voz muriendo en balanzas,

eres estatua fingiente,

mientras devoras todo aire humano.



ESPERANZA RENJIFO

poetisa venezolana





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY MIÉRCOLES, 25 DE FEBRERO DE 2026

 





























martes, 24 de febrero de 2026

DE LA DECISIÓN DE LA CORTE SUPREMA. ESPECIAL UNO DE HOY MARTES, 24 DE FEBRERO DE 2026

 








La decisión arancelaria de la Corte Suprema se extiende mucho más allá de los aranceles, escribe en Substack (21/02/2026) el profesor Robert Reich, e impide que Trump decida no gastar el dinero asignado por el Congreso y que vaya a la guerra sin la aprobación del Congreso.

Amigos, comienza diciendo, una mayoría de 6 a 3 de la Corte Suprema dictaminó ayer que Trump no puede apropiarse de los poderes fundamentales que la Constitución otorga al Congreso. En cambio, el Congreso debe delegar dichos poderes de forma clara e inequívoca.

Esta es una decisión importante. Va mucho más allá de la simple interpretación de la Ley de Poderes Económicos de Emergencia Internacional de 1997 para no otorgarle a Trump la facultad sobre aranceles que afirma tener. Reafirma un principio constitucional básico sobre la división y separación de poderes entre el Congreso y el presidente.

A primera vista, esta decisión deja claro que Trump no puede decidir por sí solo no gastar el dinero que el Congreso ha autorizado y asignado, como los fondos para USAID que se negó a gastar. Y no puede decidir por sí solo ir a la guerra.

“La Corte ha expresado durante mucho tiempo su ‘reticencia a interpretar las delegaciones extraordinarias de poderes del Congreso como pruebas estatutarias ambiguas’”, escribió el presidente de la Corte Suprema, John Roberts, para sí mismo y otros cinco jueces en la opinión publicada ayer en Learning Resources v. Trump .

Continuó: “En varios casos que involucran ‘cuestiones importantes’, la Corte ha razonado que ‘tanto los principios de separación de poderes como una comprensión práctica de la intención legislativa’ sugieren que el Congreso no habría delegado ‘poderes de gran trascendencia’ a través de un lenguaje ambiguo”.

Exactamente. Trump no tiene autoridad para imponer aranceles, porque la Constitución le otorga esa autoridad al Congreso.

Pero, siguiendo la misma lógica de la Corte Suprema, Trump no tiene autoridad para embargar el dinero que el Congreso ha asignado porque la Constitución le ha dado al Congreso el “poder congresional central sobre el dinero”, como afirmó ayer la corte.

Por lo tanto, los 410.000 a 425.000 millones de dólares en fondos que Trump ha bloqueado o retrasado violan la Ley de Control de Embargos, que exige la aprobación del Congreso para suspender el gasto. Esto incluye fondos retenidos para ayuda exterior, FEMA, Head Start, las universidades de Harvard y Columbia, y la salud pública.

Tampoco, por esta misma lógica de la Corte Suprema, Trump tiene autoridad para ir a la guerra porque el Artículo I, Sección 8, Cláusula 11 de la Constitución otorga al Congreso el poder de “declarar la guerra… y establecer reglas sobre las capturas en tierra y agua”, y el Congreso no habría delegado este poder de gran importancia a un presidente a través de un lenguaje ambiguo.

Presumiblemente, esta es la razón por la que el Congreso promulgó la Ley de Poderes de Guerra de 1973, que exige que el presidente notifique al Congreso dentro de las 48 horas posteriores al despliegue de tropas y exige su retirada dentro de los 60 a 90 días, a menos que el Congreso declare la guerra o autorice una prórroga. ¿Alguien recuerda a Irán?

La prensa ha informado sobre la decisión de ayer de la Corte Suprema como si solo se tratara de aranceles. Se equivocan. Es mucho más grave y aún más importante.

Cabe señalar que la decisión fue escrita por el presidente del Tribunal Supremo, John Roberts, el mismo juez que escribió la decisión de la corte de 2024 en el caso Trump v. Estados Unidos , otra decisión de 6 a 3 en la que la corte dictaminó que los expresidentes tienen inmunidad absoluta por las acciones tomadas dentro de sus poderes constitucionales básicos y al menos inmunidad presunta para todos los demás actos oficiales.

Creo que Roberts escribió intencionalmente la decisión de ayer en Learning Resources v. Trump como un complemento a Trump v. Estados Unidos .

Ambos buscan aclarar las facultades del presidente y del Congreso. Un presidente goza de inmunidad por las acciones que realiza dentro de sus facultades constitucionales fundamentales. Sin embargo, no tiene autoridad para ejercer las facultades fundamentales que la Constitución otorga al Congreso.

En estas dos decisiones, el presidente de la Corte Suprema y cinco de sus colegas en la corte han establecido una hoja de ruta para lo que consideran como el límite que separa el poder del presidente de los poderes del Congreso, y cómo decidirán casos futuros a lo largo de ese límite.

Trump no les hará caso, por supuesto. No acepta límites a su poder y no ha mostrado ningún respeto por la Constitución, el Congreso, la Corte Suprema ni el estado de derecho.

Pero el resto de nosotros ahora deberíamos tener una idea bastante clara de qué esperar de la Corte Suprema en los próximos meses.

AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN. GAUR, ASTEARTEA, 2026KO OTSAILAREN 24A, EUSKARAZ









 

Kaixo, egun on berriro guztioi, eta astearte zoriontsua, otsailaren 24a. Gaur egun zoriontsua da gure familian, baina oso gauza pertsonala denez, ez da garrantzitsua kontatzea. Gaurko blogeko sarrerak azter ditzagun. Lehenengoa, Antonio Muñoz Molina idazle eta Espainiako Errege Akademiako kideak idatzia, profezia beldurgarri batekin hasten da: Indar aurrerakoiek gogor borrokatuko dute, batu ez diren etsaiaren garaipenak espetxea, jazarpena eta erbestea partekatzen dituztela agerian utzi arte. Bigarrenean, 2025eko otsaileko blogeko sarrera artxibatu batean, Monika Zgustova idazleak adierazi zuen Donald Trumpek bere bigarren agintaldia hasi eta bere aldaketa politiko, ekonomiko eta sozial ugari ezarri zituenetik, gero eta agerikoagoa dela bere pentsamendu estrategikoaren eta ideologiaren arteko lotura Vladimir Putinenekin. Gaurko poema, hirugarren atalean, "Suaren Lurraldea" izenburua du, eta Olalla Castro poeta espainiarrak idatzi du. Eta laugarren eta azken atala, beti bezala, eguneko umorezko marrazki biziduna da. Izan zaitezte zoriontsuak. Bihar arte, Zorte Andereak nahi badu. Tamaragua, lagunok. Musuak. Maite zaituztet. HArendt














ENTRADA NÚM. 9858

AGRUPÉMONOS TODOS...

 







Las fuerzas progresistas se pelean con saña hasta que el triunfo del enemigo contra el que no supieron unirse les descubre que tienen en común la cárcel, la persecución, el exilio, comenta en El País (14/02/2026) el escritor y académico de la RAE, Antonio Muñoz Molina. Los que tanto se pelearon se encuentran por fin juntos en una celda, o en un café de desterrados en el que van envejeciendo sin mucha expectativa de regreso, y en el que son capaces de revivir con una furia parecida los enfrentamientos que los debilitaron hasta hacer más fácil su derrota. Pasan los años, y en vez de la lucidez del escarmiento lo que llega es el victimismo que convierte en épica el fracaso y permite volver a las andadas, una vez que la democracia que no se supo defender queda restablecida, una o varias generaciones después. En la universidad yo no aprendí casi nada, pero desde muy joven me ha apasionado el estudio de la Historia. No creo en las leyes históricas inquebrantables que nuestros profesores querían inculcarnos, pero sí en la capacidad de obcecación de la mente humana. Y lo que he aprendido del trabajo de los historiadores, y de los testimonios de muchos perseguidos y exiliados, lo voy pudiendo completar con una memoria personal que se remonta a los primeros años sesenta, y que sigo cultivando con un grado creciente de melancolía, aunque no de fatalismo, pues esa misma experiencia me dice que a veces las cosas cambian a mejor.

En la Alemania de Weimar, que tan actual se nos vuelve a cada momento, los comunistas llamaban socialfascistas a los socialdemócratas, y los combatían con más furia que a los nazis, junto a los cuales votaron unas cuantas veces en el Parlamento. Los comunistas alemanes, como los de otros partidos de Europa, incluidos los del entonces minúsculo PC español, seguían la consigna dictada por la Tercera Internacional, es decir, por el poder soviético y Stalin: la confrontación máxima, la “guerra de clase contra clase”. En circunstancias imposibles de derrota e inflación, gobiernos formados por socialdemócratas y partidos de centro y de inspiración cristiana habían ido tejiendo una república de grandes mejoras sociales y progreso democrático, a cada momento amenazada por conspiraciones de extrema derecha y por la creciente brutalidad demagógica de los nazis. Pero a partir de 1933, cuando empezaron las persecuciones y se abrieron los primeros campos, los comunistas se encontraron compartiendo el destino de los que creían sus peores enemigos, aquellos vergonzosos reformistas y socialfascistas, los socialdemócratas.

Fue en noviembre de ese mismo año cuando en las elecciones generales de la República española la dirigencia del Partido Socialista decidió no repetir la coalición con los republicanos que había llevado a la victoria en 1931, propiciando dos años de consolidación del régimen y avances sociales de mucho calado: en la construcción de escuelas públicas, en el derecho a voto de las mujeres, entre otros. En las guerras internas de los socialistas se imponía la actitud extremista de Francisco Largo Caballero, que dominaba el partido y la UGT, por encima de dirigentes más sensatos, Indalecio Prieto y Julián Besteiro. Sindicalista veterano pero de pocas luces, Largo Caballero había caído bajo la influencia de intelectuales doctrinarios como Julio Álvarez del Vayo y Luis Araquistain, de los que yo siempre he sospechado que actuaban a las órdenes directas de los soviéticos. Como era de prever, la pureza ideológica y el utopismo político que a Largo Caballero le impedían colaborar con burgueses reformistas y poltrones como Manuel Azaña sirvió para que esas elecciones las ganaran las derechas, la CEDA católica y el Partido Radical de Alejandro Lerroux. Los anarquistas, tan puros siempre, promovían la abstención. Lerroux era un antiguo libertino incendiario, y Gil-Robles, el líder de la CEDA, un beato de misa diaria, pero eso no les impidió colaborar en un Gobierno impaciente por abolir los avances de los dos años anteriores.

En vez de aprender una lección, Largo Caballero y los suyos decidieron dar un paso valeroso hacia el abismo. Que el Gobierno fuera conservador y Lerroux un botarate corrupto en modo alguno justificaba nada menos que un levantamiento armado contra la legalidad republicana. En octubre de 1934, el Partido Socialista y la UGT, bajo la inspiración de Largo Caballero, al que sus manipuladores halagaban llamándole el Lenin Español, dieron la orden de desatar un movimiento revolucionario que no tenía ni planificación ni fines claros, pero que, al prender entre los mineros de Asturias desató una represión militar que fue el ensayo general del salvajismo del golpe de 1936. El Lenin Español se quedó en su casa. Indalecio Prieto, que había maniobrado para suministrar armas a los revolucionarios, aunque era consciente del disparate que emprendían, escapó gloriosamente a Francia en el maletero de un coche.

Poco después, Stalin cambió de estrategia: de la guerra de clases había que pasar a los frentes populares contra el avance del fascismo. Ahora sí se podía unir fuerzas con reformistas socialdemócratas y burgueses. Formado a toda prisa, y con muy pocos objetivos unitarios de verdad, salvo la amnistía para los presos de 1934, el Frente Popular español fue tan débil que en el momento mismo de la victoria en febrero de 1936 ya estaba desmoronándose. Conseguida la amnistía, los anarquistas siguieron con sus estrategias de agitación permanente. Los socialistas estaban tan divididos que ese Primero de Mayo Indalecio Prieto tuvo que dar su mitin en Cuenca, y no en Madrid, donde no iban a permitirlo los caballeristas. Juan Negrín tuvo que salir huyendo del acto público en el que participaba, interrumpido a tiros por pistoleros de su propio partido. Abandonados a su suerte por la irresponsabilidad y la trifulca interna de los socialistas, sus únicos socios naturales, los republicanos formaron solos un Gobierno condenado a una inestabilidad extrema, justo cuando arreciaban la violencia sectaria y las conspiraciones militares. Cuando llegó el 18 de julio, Madrid estaba paralizado por una huelga de la construcción decretada por la CNT. El sindicato no consideró que una amenaza de golpe militar fuera motivo para suspenderla.

En el Hospital Real de Granada, donde estaba entonces la Facultad de Letras, hubo en la primavera de 1976 una explosión de huelgas, de asambleas políticas, de pintadas y carteles que llenaban los muros, carteles enormes escritos a mano con proclamas revolucionarias, muchos signos de admiración, estrellas rojas, hoces y martillos. Vivíamos en una especie de Mayo del 68 pobre y comprimido: a unos pasos, montaban guardia los furgones y las patrullas de los grises, que en cualquier momento podían asaltarlo. A lo que nos dedicábamos en aquella especie de invernadero ideológico era a pelearnos los unos con los otros, cada uno en el reducto de su partidillo ínfimo, troskos, chinos, marxistas-leninistas, hasta unos exóticos carlistas defensores del socialismo autogestionario. Los partidos de extrema izquierda se multiplicaban por escisión, como las amebas. Los más fuertes y mejor organizados, claro, eran los comunistas del PCE, contra los que se enfurecían de manera unánime todos los demás, por su reformismo (¡habían renunciado a la dictadura del proletariado!), en los ratos en los que no estaban peleándose entre sí con disquisiciones teóricas ardientes, aunque también superfluas. ¿Íbamos a derribar solo al fascismo, en una primera frase revolucionaria, o, ya puestos derribaríamos a la vez el fascismo y el capitalismo, en vez de conformarnos un tiempo con la democracia burguesa? Éramos como cristianos primitivos discutiendo en las catacumbas sobre la naturaleza del Espíritu Santo mientras los leones del circo se relamían en sus jaulas. Estábamos tan concentrados en nuestros anatemas mutuos que casi no nos acordábamos de que el franquismo permanecía intacto. De vez en cuando, la Policía daba un golpe y se llevaba por delante a alguien sin fijarse en las siglas, y le aplicaba la todavía vigente ley antiterrorista, que no era una broma, aunque Franco estuviera muerto. Pero andábamos tan a la greña que ni las colectas para pagar multas y abogados para los detenidos eran unitarias.
















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, DOS INDESEABLES, TAL PARA CUAL. PUBLICADO EL 27/02/2025

 









Desde que Donald Trump llegó a su segundo mandato y puso en práctica los muchos cambios políticos, económicos y sociales, ha ido quedando al descubierto la afinidad tanto de su pensamiento estratégico como de su ideología con los de Vladímir Putin, señala en El País [Trump sigue los pasos de Putin, 24/02/2025] la escritora Monika Zgustova. Ambos líderes hacen gala de una masculinidad desacomplejada: Trump se burla de los discapacitados y las mujeres son para él muñecas sexuales, a Putin le gusta exhibir sus músculos y el aparato militar ruso. Si desde hace dos décadas y media Putin se rodea de oligarcas, Trump tiene al suyo, Elon Musk. Putin, cuando quiere desviar la atención de algo negativo —por ejemplo, del hundimiento de un submarino o la caída de un avión— abruma a Rusia de acontecimientos hasta conseguir un caos en el que el desastre desaparece. De modo similar, Trump desborda al mundo con sus transformaciones hasta crear una anarquía en la que pocos se orientan. Pero, aparte de esas maniobras estratégicas, hay puntos ideológicos esenciales que ambos líderes tienen en común.

Hace unos años, Putin visitó el cementerio Sretenski para rendir homenaje a varios personajes del ámbito militar y cultural ruso. Fue entonces cuando puso en evidencia tanto su ideología como sus intenciones. Si los políticos se hubieran fijado en sus reveladores gestos, no les hubiera sorprendido tanto la guerra contra Ucrania que había estado planeada desde hace tiempo.

En el cementerio, Putin depositó un ramo de flores a la tumba de Antón Denikin (1872-1947), general del ejército zarista y luego del ejército Blanco durante la Revolución rusa, y recordó que el militar había advertido sobre el posible desmoronamiento de Rusia que podría sobrevenir si se producía la “criminal” pérdida de la “pequeña Rusia”, o sea Ucrania. Las flores en la tumba del general: este fue el primer gesto al que siguieron la toma de Crimea y la guerra contra Ucrania, que ya dura tres años. Y Donald Trump no quiere quedarse atrás: por eso, de momento, amenaza con apoderarse de Groenlandia y Canadá. De momento, ha conseguido que al nombre de Golfo de México Google Maps le añadiera entre paréntesis Golfo de América. Todo empieza por pequeños gestos.

Aquel día en el cementerio, Putin colocó flores también en la tumba de su filósofo predilecto, Iván Ilyin (1883-1954), un nacionalista que sostenía que el autoritarismo implacable era la única vía para Rusia. El historiador Timothy Snyder dice de Ilyin que acabó no muy alejado del fascismo, que “la evolución de su concepción del orden jurídico, desde un universalismo esperanzador hasta un nacionalismo arbitrario, aparece en los discursos de los políticos rusos, incluido Vladímir Putin”. Y sigue: “Dado que Ilyin encontró formas de presentar el fracaso del Estado de derecho como una virtud rusa, los cleptócratas rusos utilizan sus ideas para retratar la desigualdad económica como pureza nacional”.

La tercera tumba que decoró Putin fue la del escritor Aleksandr Solzhenitsyn (1918-2008), discípulo de Ilyin. Igual que su maestro, era eslavófilo, movimiento decimonónico cuyo mesianismo y nacionalismo tuvo una enorme influencia en los pensadores y en la sociedad rusos. Los intelectuales nunca han abandonado la idea del papel excepcional de Rusia. En los discursos del propio Putin resuenan grandes dosis de la doctrina de esos tres fallecidos, que Putin ha transformado en un discurso patriótico, grandilocuente y moralista. El discurso de Trump y su Make America Great Again se inspira en él.

Después de casi un siglo de comunismo y los años de Yeltsin, cuando los rusos se sintieron humillados, Putin busca restaurar el orgullo nacional ruso y trata a los no rusos residentes en su país como personas de segunda categoría, permitiendo y animando ataques de grupos violentos contra los africanos y asiáticos. Trump ha retomado esta idea —y la de otros líderes ultraderechistas— y la ha llevado aún más lejos al ordenar la expulsión de los extranjeros sin papeles. Si Putin cree en la familia tradicional —a pesar de que la suya no lo sea: tanto el líder ruso como el americano son en eso hipócritas— con la masculinidad como valor supremo y el menosprecio hacia los gais y las mujeres, a quienes sus leyes no permiten denunciar la violencia machista, bajo el presidente estadounidense florece el movimiento de las tradwives, neologismo para designar a las esposas tradicionales encerradas en el hogar con sus hijos.

Desde siempre, pero con más intensidad desde el inicio de la guerra contra Ucrania, Putin usa el método de subvertir las ideas formulándolas al revés: por ejemplo, cuando dice que el ejército ruso tuvo que intervenir en Ucrania porque es un país fascista. Trump, un buen alumno, proclama que Zelenski es un dictador y que Ucrania invadió a Rusia. Trump admira a Putin como a un guerrero que lucha patrióticamente por la grandeza de su país y comparte su odio por la democracia. ¿Para qué dar la palabra a los demás? Ante este panorama que, por otro lado, era bastante previsible, fijémonos en lo que ha hecho Putin y sabremos lo que hará Trump. Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Soy Milena de Praga (Galaxia Gutenberg, 2024).