martes, 10 de marzo de 2026

¿POR QUÉ LOS ESTADOUNIDENSES DE ODIAN Y LOS CANADIENSES DE AMAN? ESPECIAL TRES DE HOY MARTES, 10 DE MARZO DE 2026

 






Amigos: Una encuesta publicada el jueves pasado por el Pew Research Center revela que el 53 por ciento de los adultos estadounidenses describen la moralidad y la ética de nuestros conciudadanos como “malas” (desde “algo malas” a “muy malas”).Esto coloca a los estadounidenses muy por delante de otras naciones en la escala de "odiamos a nuestros compatriotas". En los otros 24 países encuestados, la mayoría de la gente calificó a sus conciudadanos de bastante buenos o muy buenos.

En el extremo opuesto del espectro respecto de Estados Unidos se encuentra Canadá, donde el 92 por ciento dice que sus compatriotas canadienses son buenos, mientras que sólo el 7 por ciento dice que son malos. ¿Por qué despreciamos tanto a nuestros conciudadanos? Quizás tenga algo que ver con nuestra política.

Hace unos treinta años, mi querido amigo, el difunto senador republicano Alan Simpson, me dijo que los demócratas consideraban estúpidos a los republicanos y que los republicanos consideraban malvados a los demócratas. «Preferiría estar en el partido de los estúpidos», dijo riendo. Le pregunté por qué los republicanos veían a los demócratas como malvados. Respiró hondo. «Religión». Dije que no entendía.

"Es la derecha cristiana", dijo como si le hablara a un niño de cinco años. "Desde Reagan, mi partido ha atraído a conservadores religiosos y fundamentalistas cristianos, donde todo gira en torno al bien y al mal. Qué lástima, amigo. Estás en el lado malo". Eso fue hace treinta años. Desde entonces, la brecha no ha hecho más que acentuarse.

En 2012, Mitt Romney dijo a sus partidarios que el “47 por ciento” de los estadounidenses votaría por Obama pase lo que pase porque “dependen del gobierno… creen que son víctimas… creen que el gobierno tiene la responsabilidad de cuidarlos… [y] no pagan impuestos sobre la renta”. Insultar al 47% de los estadounidenses no era forma de ganar unas elecciones. Tampoco era forma de unir al país.

Luego, en 2016, Hillary Clinton describió a la mitad de los partidarios de Trump como una “ canasta de deplorables ”. Tampoco era forma de ganar ni de fomentar la confianza mutua. Una vez que Trump asumió el cargo, el desagrado hacia nuestros conciudadanos se disparó. Antes de entrar a la Casa Blanca, el 47 por ciento de los republicanos y el 35 por ciento de los demócratas decían que la gente del partido opositor era “inmoral”. Para 2022, después de años del veneno de Trump: el 72 por ciento de los republicanos y el 63 por ciento de los demócratas llamaron “inmorales” a la gente del partido opuesto. Desde que regresó al Oval, la cosa ha empeorado. Tras el asesinato de Charlie Kirk en septiembre pasado, Trump culpó del asesinato a una pandilla de lunáticos de la izquierda radical . El vicepresidente J. D. Vance, imitando a Trump, prometió castigar a estos lunáticos de la izquierda radical . Como señaló en aquel momento el senador demócrata Chris Murphy : “El asesinato de Kirk podría haber unido a los estadounidenses contra la violencia política, pero el equipo de Trump parece estar preparando una campaña para destruir a sus oponentes”.

Cuando un juez federal dictaminó en marzo que Trump no tenía autoridad para enviar tropas de la Guardia Nacional a Los Ángeles, la portavoz de la Casa Blanca, Anna Kelly, en un lenguaje típico de lo que escuchamos del régimen de Trump, lo llamó " juez rebelde " y afirmó que Trump "salvó a Los Ángeles" de " lunáticos izquierdistas trastornados que sembraban un caos masivo ". Después de que agentes de ICE mataron a Renee Good y Alex Pretti en Minneapolis, Kristi Noem, exsecretaria de Seguridad Nacional de Trump, los llamó a ambos " terroristas domésticos".

Desde entonces, el Departamento de Seguridad Nacional ha enviado un flujo constante de tuits (que han alcanzado unos 380 millones de visitas en X) en los que afirma que sus agentes han sido atacados por ciudadanos estadounidenses a los que describe como " terroristas ", " alborotadores " y " agitadores ", y afirma, entre otras cosas, que "los estadounidenses están hartos de la criminalidad desenfrenada que gobierna este país ". Mientras tanto, Trump ha estado amenazando con cortar la financiación a varios programas que ayudan a los estadounidenses pobres, vilipendiándolos como “estafadores” y reteniendo dinero de los estados liderados por los demócratas.

Hace unos días, Vance denunció que los programas de Medicaid y de asistencia alimentaria estaban plagados de fraudes perpetrados por “ malos actores de nuestra sociedad… que se aprovechan de la buena voluntad y la confianza de los contribuyentes estadounidenses y las usan contra nosotros, [quienes] deciden enriquecerse ”.

Durante casi una década, Trump nos ha dicho que hay que temer a ciertos estadounidenses: entre ellos, demócratas, liberales, mexicano-estadounidenses, musulmanes, afroamericanos, personas transgénero y LGBTQ+. Se presume que todos son el "enemigo interno".

Como dijo Barack Obama en el homenaje a Jesse Jackson el 6 de marzo: “Todos los días, los que ocupan altos cargos nos dicen que debemos tener miedo unos de otros y que nos volvamos unos contra otros, y que algunos estadounidenses cuentan más que otros, y que algunos ni siquiera cuentan en absoluto”. ¿Es sorprendente que la mayoría de los estadounidenses ahora describan la moralidad de otros estadounidenses como “mala”? Pero no puedo evitar preguntarme: ¿cuánto de nuestra desconfianza y resentimiento es el subproducto de algo más fundamental que se ha estado desarrollando en Estados Unidos durante más de cuatro décadas, algo que Trump explotó pero que eventualmente habría invitado a un demagogo odioso como Trump: la creciente concentración de riqueza y poder en cada vez menos manos? Trump aprovechó la ira y la desconfianza que se habían ido acumulando durante años hacia un sistema que cada vez se consideraba más manipulado en contra de la mayoría de nosotros. ¿Qué opinas? ROBERT REICH es profesor de la Universidad de California en Berkeley. Este artículo se publicó en Substack el 10 de marzo de 2026.



















COSTA DISCREPA DE VON DER LEYEN SOBRE EL ATAQUE A IRÁN. ESPECIAL DOS DE HOY MARTES, 10 DE MARZO DE 2026

 







El presidente del Consejo Europeo, António Costa, ha contradicho este martes a la jefa del Ejecutivo comunitario, Ursula von der Leyen, en su visión sobre el fin del orden mundial basado en reglas. “Este mundo multipolar requiere soluciones multilaterales. No esferas de influencia donde la política de poder reemplaza al derecho internacional”, ha manifestado en un discurso en la reunión anual de embajadores europeos en Bruselas. “Conocemos la nueva realidad: una realidad en la que Rusia viola la paz, China perturba el comercio y Estados Unidos desafía el orden internacional basado en normas”, ha dicho en el mismo foro en el que el lunes, Von der Leyen daba por finiquitado el orden mundial basado en reglas y llamaba a reformarlo.

En esta nueva realidad, ha proseguido Costa, los europeos deben “defender el orden internacional basado en normas”. “Debemos defender los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, tal como se describen en nuestros Tratados”, ha continuado el presidente del Consejo Europeo.

El portugués también ha discrepado sobre la visión de Von der Leyen sobre la guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero sin resolución de Naciones Unidas. “No se deben aceptar las violaciones del derecho internacional, ni en Ucrania, Groenlandia, América Latina, África, Gaza ni en Oriente Próximo. No se deben tolerar las violaciones de los derechos humanos, ni en Irán, Sudán ni Afganistán”, ha expresado. “La guerra en Oriente Próximo es de suma importancia. Irán es responsable de las causas profundas de esta situación, pero el unilateralismo nunca puede ser el camino a seguir. Los ataques de Irán y sus aliados, como Hezbolá, contra sus vecinos, incluido Chipre, un Estado miembro de la Unión Europea, deben cesar”.

Unos minutos antes, la vicepresidenta de la Comisión Europea Teresa Ribera ha discrepado también de las palabras de Von der Leyen. “Es importante recordar que el respeto al derecho internacional es una premisa básica, no solamente desde el punto de vista moral o de construcción de la paz desde el punto de vista de la seguridad del espacio europeo también”, ha dicho la exministra española en una entrevista con la cadena Onda Cero.

“Creo que es muy peligroso entrar en un debate en el que parece cuestionarse el derecho internacional o la necesidad de trabajar al margen del derecho internacional. No creo que esa fuera su intención [de Von der Leyen], pero no me parece acertada la forma en la que se expresó”, ha añadido la también comisaria europea para una Transición Limpia, Justa y Competitiva y encargada de Competencia.

“Nosotros como europeos tenemos una especial obligación, una especial responsabilidad en la defensa del orden internacional. Y por supuesto que hay abusones, pero a los abusones no se les hace frente rompiendo las reglas y aceptando el abuso, al contrario, se les hace frente buscando una coalición que yo diría que somos la inmensa mayoría de los Estados parte de las Naciones Unidas y ha ido encontrando la forma de actualizar, contestar, enfrentar y no permitiendo o no consintiendo que lo que estamos que lo que estamos viendo en estos últimos meses se reproduzca”, ha recalcado Ribera.

“Es fundamental que hoy Europa defienda con entereza el valor del derecho internacional, que cierre filas con el secretario general de las Naciones Unidas, que busque la fórmula para llevar el debate a donde corresponde, que es si esta esta guerra es legal o es ilegal; si el uso de la fuerza está legitimado o no, y de qué forma se puede desescalar y volver a una situación en la que los conflictos se resuelvan de manera pacífica”, ha añadido la vicepresidenta comunitaria.

“A nadie le gusta el régimen que había en Irán, el régimen de los ayatolás. Por supuesto que hay muchas cuestiones que debemos resolver y perseguir, incluso llegando al Tribunal Penal Internacional. Pero lo que no se puede es consentir y mirar para otro lado cuando se producen este tipo de de ataques y de violencia que tiene un impacto directo evidentemente en los países de la zona”, ha proseguido Ribera. MARÍA R. SAHUQUILLO es periodista. Artículo publicado en El País el 10 de marzo de 2026.















EL ERROR VON DER LEYEN. ESPECIAL UNO DE HOY MARTES, 10 DE MARZO DE 2026

 








Alemania patrocinó la austeridad expansiva e impidió que el BCE acudiera al rescate en el punto álgido de la Gran Crisis. La canciller Merkel erró una y otra vez hasta que el euro estuvo a punto de desaparecer y, entonces sí, dio su brazo a torcer. Acabó acertando, pero solo después de haber agotado todas las equivocaciones.

Poco después llegó la crisis de refugiados y Merkel se hizo un selfie con un migrante sirio. Su opinión pública se le echó encima: los alemanes temían un alud de llegadas. Entonces se olvidó del selfie y patrocinó un acuerdo con Erdogán para que los recluyera en campos de refugiados, en condiciones insalubres, a cambio de 6.000 millones de euros para ese faro de la democracia occidental que es el líder turco. Una vez le pregunté al respecto: “Europa tiene valores, pero sobre todo tiene intereses”, fue su respuesta.

Los últimos líderes que Alemania ha exportado a Europa son Merkel y su escudero Wolfgang Schäuble, que llegó a exigir a Grecia que si hacía falta no organizase elecciones. Olaf Scholz, que dejó a la socialdemocracia germana en ruinas. Manfred Weber, el líder del PPE en la Eurocámara, que ha protagonizado la ruptura del cordón sanitario a la ultraderecha en Bruselas. El canciller Freidrich Merz, incapaz de defender a un socio como España ante los furibundos ataques de Trump en el Despacho Oval. La guinda es Ursula Von der Leyen. La jefa de la Comisión se está revelando como la mejor de esa especie de grupo salvaje, si vale esa referencia a Peckinpah.

Von der Leyen protagonizó una gran primera legislatura. Gestionó bien una crisis mayor, el covid, con la audacia de los fondos Next Generation. Sacó adelante una agenda ambiciosa con el pacto verde. Y de repente la cosa se torció: llegó su segunda legislatura, se vio con una mayoría frágil y empezó a coleccionar errores. Ha sido demasiado personalista. Ha retorcido los tratados en pos de ese personalismo. Ha echado al cubo de la basura buena parte de la agenda verde y ha puesto en marcha una agenda de desregulación. Ha salvado la cara en Ucrania, pero ha protagonizado escenas ignominiosas en las negociaciones con Donald Trump, como esa foto en un campo de golf escocés (propiedad del propio Trump) tras un acuerdo comercial que acabó con una foto que parece La rendición de Breda. Y sobre todo ha tenido un papel impresentable con Gaza, siempre a favor de Israel, siempre del lado de Estados Unidos, actuando más como una líder regional de la CDU que como una de las voces estrella de la Unión Europea, cargando con todos los tabúes del pasado alemán y demostrando un atlantismo inexplicable, vasallo con Trump, a pesar de que Estados Unidos ha dado sobradas muestras de no ser ya un aliado fiable.

Pero su discurso ante los embajadores europeos se lleva la palma. “Europa ya no puede ser guardiana del viejo orden mundial, de un mundo que ha desaparecido y ya no volverá”. Traducción libre: el orden basado en reglas que Europa construyó después de dos guerras mundiales junto con Estados Unidos ya no sirve para defender los intereses de la Unión. Eso no lo dice una roja peligrosa. Ni una ultraderechista. Ni siquiera lo dice el mercachifle de Trump, a pesar de que la Estrategia de Seguridad de EE UU va exactamente por esa senda. Lo dice la presidenta de la Comisión Europea, guardiana de los tratados.

Los tratados se fundamentan en el respeto a la libertad, la democracia, el Estado de derecho y los derechos humanos. Su finalidad es promover la paz “y el estricto respeto” al derecho internacional y a la Carta de Naciones Unidas, que prohíbe “los actos de agresión”, obliga a los Estados a arreglar sus controversias “por medios pacíficos” y a abstenerse de “las amenazas” o “el uso de la fuerza”; permite, eso sí, actuar en “legítima defensa”.

Todo eso lo tira directamente al cubo de la basura Von der Leyen, con ese atlantismo atávico, trasnochado y absurdo. Merz va por el mismo camino: acaba de anunciar su “completo apoyo” a Estados Unidos e Israel en Irán “hasta su victoria completa”, por mucho que esa intervención militar se haga completamente de espaldas al derecho internacional. Eso del viejo orden mundial, con su equilibrio entre valores e intereses, es la razón de ser de Europa, ese lugar de aventura donde el jardín de Goethe colinda con el campo de concentración de Buchenwald. Las derechas están cambiando en todo el mundo: de defensoras del orden y la estabilidad han pasado a abrazar ideas libertarias y populistas, en una americanización rampante. Pero Von der Leyen va más allá de esa deriva y pisa una línea roja: Europa avanzó siempre en los momentos críticos, como este, pero con la crisis iraní en el retrovisor Von der Leyen inocula en el proyecto europeo un virus de raíz trumpista. Si el nuevo orden es la ley de la selva, parece decir, pues viva la ley de la selva y santas pascuas. Debería rectificar. Y rápido. Anoche sus portavoces decían que su discurso se ha malinterpretado: ojalá fuera así. CLAUDI PÉREZ es analista político. Artículo publicado en El País el 10 de marzo de 2026.

























AGURRA NIRE HERRIALDEKO HIZKUNTZETAN. GAUR, ASTEARTEA, 2026KO MARTXOAREN 10A, EUSKARAZ

 







Udaberria hamar egunera iritsiko da, baina Ekialde Hurbila eta mundua kataklismorantz doaz. Ikusiko al dugu iristen?... Hala espero dezagun. Orain, gaurko blogeko sarrerak jarraituko ditugu, 2026ko martxoaren 10a, asteartea. Lehenengoa Timothy Snyder historialari estatubatuarrak idatzi du, eta bertan dio Trumpek Iran erasotzeko motiboak ez direla beste batzuk demokrazia suntsitzea aberasteko. Bigarrena 2017ko apirileko blogeko sarrera artxibatu bat da, non Arendtek James Joyceren Finnegans Wake irakurtzeko zailtasunak eta, azken finean, ezintasuna kontatzen zituen. Eguneko poema, hirugarren sarreran, aipatutako James Joyce idazle irlandarrarena, "Nire maitasuna jantzi arinean dago" izenburua du. Eta laugarren eta azken sarrera, beti bezala, eguneko marrazki bizidun umoretsua da. Tamaragua, lagunok. Bihar arte, Zorte onak nahi badu. Zoriontsu izan zaitezte. Musuak. Maite zaitut. HArendt














ENTRADA NÚM. 9964

DESTRUIR LA DEMOCRACIA O ENRIQUECERSE A SÍ MISMO: LOS MOTIVOS DE TRUMP PARA ATACAR A IRÁN

 







La ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán ya ha provocado ataques de represalia en todo Oriente Próximo. Parece cada vez más probable un conflicto regional más amplio, que puede tener graves consecuencias imprevisibles (como el derribo de tres aviones de combate estadounidenses por “fuego amigo” en Kuwait). Entonces, ¿por qué el presidente Donald Trump, autoproclamado “pacificador”, ha iniciado una guerra en el extranjero? La justificación oficial pone a prueba nuestra credulidad. La afirmación de la administración Trump de que Irán estaba construyendo la bomba atómica no está demostrada. Tampoco puede conciliarse con las repetidas afirmaciones del gobierno estadounidense de que destruyó el programa nuclear iraní en los ataques aéreos de junio del año pasado. La insistencia de Trump en la necesidad de que la República Islámica dé paso a un régimen democrático (o al menos amistoso hacia Estados Unidos) es igual de extraña, ya que se suponía que un principio fundamental del movimiento MAGA de Trump era la firme oposición a intervenciones militares en el extranjero y a guerras de cambio de régimen.

Veo dos razones creíbles para la decisión de Trump, ninguna de ellas legítima: destruir la democracia estadounidense o enriquecerse a sí mismo. Por supuesto, muchas guerras en el extranjero obedecen a razones de política interna, y en la mayoría de los casos el autoritarismo político no es incompatible con la corrupción personal. Es lo que parece estar sucediendo aquí.

Los conflictos internacionales pueden debilitar y desmantelar democracias, ya sea porque obligan a la población a respaldar al líder (mientras a los opositores se los describe como traidores) o crean condiciones favorables para el partido gobernante antes de las elecciones. Los gobiernos de derecha de Estados Unidos e Israel siguen este modelo autoritario totalmente predecible.

Las justificaciones oficiales de la decisión de iniciar otra guerra en Oriente Próximo son tan endebles que señalan en dirección a la segunda explicación posible: la corrupción. ¿Quién puede obtener un beneficio directo de un cambio de régimen en Irán? En la medida en que la decisión estadounidense haya estado influida por consideraciones de política exterior, sospecho que fue la de los aliados más cercanos de la administración Trump en la región.

El principal determinante de la política de Medio Oriente desde hace mucho tiempo es la rivalidad entre Irán e Israel, así como entre Irán y los Estados árabes del Golfo, en particular Arabia Saudí. Como esta característica estructural es mucho más duradera que las declaraciones erráticas y contradictorias de Trump, es un mejor punto de partida para analizar los objetivos del gobierno estadounidense. Y esos objetivos al parecer son los de promover su política personal; o mejor dicho, su beneficio personal.

Las monarquías del Golfo que se oponen al poder iraní han sido generosas en los acuerdos comerciales con Trump y sus parientes. Emiratos Árabes Unidos invirtió en una empresa de criptomonedas de la familia Trump. La Organización Trump también se ha beneficiado generosamente de sus acuerdos con Arabia Saudí. Y en ocasiones los monarcas del Golfo han cortejado a Trump de forma directa, por ejemplo, cuando los cataríes le regalaron un lujoso jet. La lista es muy larga, y ahora el gobierno estadounidense está usando la fuerza militar contra un enemigo común de los países que enriquecieron a Trump y a su familia. Cualquier análisis de la guerra debería incluir este contexto. La corrupción de este gobierno es tan manifiesta y asombrosa que plantea la pregunta de si las fuerzas armadas estadounidenses están ahora disponibles al mejor postor.

Por supuesto, no es mi intención defender a la República Islámica, un régimen brutal que desde principios de año ha llevado adelante un asesinato masivo de manifestantes pacíficos, una matanza cuya magnitud todavía no termina de comprenderse. Pero hay formas más eficaces de enfrentarse al sistema político autoritario y corrupto de Irán. El gobierno estadounidense podría lanzar una paciente campaña de presión y sanciones, sumada al apoyo a la oposición y a propuestas para ayudar a afrontar la crisis hídrica del país, un creciente problema ecológico que ha contribuido al malestar social. Por desgracia, la administración Trump es incapaz de ofrecer una estrategia completa y competente: lo único que puede ofrecer es militarismo, autoritarismo y corrupción.

A los estadounidenses se les dirá que no deben cuestionar la guerra en curso. Pero este es el momento de hacer preguntas, sobre todo si tenemos en cuenta lo que sabemos sobre la administración Trump. Hay abundantes motivos para creer que el objetivo del ataque a Irán puede ser debilitar la democracia estadounidense, enriquecer al presidente o ambas cosas. Aunque no hay una prueba irrefutable que permita corroborar estas sospechas, estos motivos sí sugieren líneas de investigación productivas que habrá que seguir conforme avance la guerra y se revelen más datos sobre sus orígenes.

Una guerra no borra las fechorías de un gobierno ni obliga a los ciudadanos a creer las justificaciones absurdas de sus líderes. Al contrario, es la mejor oportunidad para descubrir sus verdaderas motivaciones. Timothy Snyder (Dayton, Estados Unidos, 1969) es catedrático de Historia en la Universidad de Yale. Especialista en Europa central y oriental, es el autor de una veintena de libros, incluidos Sobre la tiranía (Galaxia Gutenberg, 2017) y Sobre la libertad (Galaxia Gutenberg, 2024).




















DEL ARCHIVO DEL BLOG. HOY, CON “FINNEGANS WAKE”, DE JAMES JOYCE. PUBLICADO EL 05/04/2017





 




Sobre el Finnegans Wake de Joyce he escrito ya varias veces en el blog. La última en marzo de 2011, en una entrada titulada "El Finnegans Wake de Joyce, o mi fracaso como lector". Comentaba en ella que me resultaba enormemente frustrante reconocer que no había sido capaz de pasar de la tercera página del libro en cuestión a pesar del empeño puesto en ello. Me refería, como se desprendía del título de la entrada, a mi fallido intento de leer el Finnegans Wake, de James Joyce. O más concretamente, el capítulo 8 del libro primero, un relato corto que lleva el título de Anna Livia Plurabelle, publicado en forma independiente por Cátedra (Madrid, 1992) en una cuidada edición bilingüe inglés-español a cargo de Francisco García Tortosa.

Satisfecho por haber podido con su Ulises (y seducido por la frase de Ezra Pound de que quien no fuera tonto debería leer el Ulises por gusto, y quien no lo leyera, no debería ser autorizado a enseñar literatura) decidí pasar por la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, en el parque de San Telmo, a ver que más tenían de Joyce. Un hermoso edificio, el de la biblioteca, amenazado de demolición por una sentencia del Tribunal Supremo a causa de los consabidos chanchullos urbanísticos a los que el PP local nos tenía acostumbrados, felizmente resuelta y no ejecutada al final. Por fortuna para mí un amable empleado me encontró Dublineses y Retrato del artista adolescente, las otras dos obras que junto al Ulises, Pound consideraba de imprescindible lectura, pero también, sin yo habérsela pedido, la mencionada Anna Livia Plurabelle. Ni decir tiene que me las llevé a casa más que contento.

Leí Dublineses en un solo día, de un tirón. Se trata de una serie de relatos cortos, historias independientes, en los que las gentes de Dublín y sus pequeñas agonías personales se convierten en protagonistas, de igual manera en que la propia ciudad de Dublín lo es del Ulises. Con especial emoción me reencontré con el último de los relatos del libro: Los muertos, uno de los textos más hermosos que he leído nunca, y que comenté en una entrada anterior de 2010. 

Leídos Dublineses y Retrato del artista adolescente con sumo placer, encaré con ánimo no exento de preocupación la lectura de Anna Livia Plurabelle. La preocupación me venía de recordar un artículo del escritor y director del Instituto Cervantes de Nueva York, Eduardo Lago en El País  que había calificado como "el libro más complejo de la historia" al Finnegans Wake de Joyce. Con curiosidad leí las 126 páginas de la introducción del editor y traductor del texto. Por ellas, y por lo que recordaba del artículo de Lago, sabía que me iba a enfrentar a un relato complejo, pero bello, de difícil -pero no imposible- traducción, que a su autor, a Joyce, le había llevado diecisiete años componer. Sobre ese asunto, el de la traducción, el editor-traductor llegaba a decir que "representa un caso especial dentro de la problemática de la traducción, ya que, en primer lugar, no se sabe muy bien que es lo que se ha de traducir, y qué lengua; y, en segundo término, cabe plantearse la utilidad del esfuerzo que una traducción de Finnegans Wake conlleva. ¿No sería más fácil -se preguntaba- que el posible lector aprendiera inglés y se informara de los motivos y técnicas de Joyce?. No pude pasar de la tercera página, y solo tiene veinte... Lo intenté de nuevo, pero nada... Imposible... Quizá en otro momento de mi vida... Buscando un vídeo sobre el Finnegans Wake que incorporar a la entrada como complemento, me encontré una pequeña joya del cine experimental estadounidense (1) rodado en 1966 por la cineasta Mary Ellen Bute (1906-1983). Se lo dejo en el enlace de más arriba por si se atreven con él. 

Seis años después de lo relatado anteriormente, Ismael Belda, un reputado crítico literario y escritor español, trae hasta Revista de Libros una reseña crítica de la más reciente traducción española de Finnegans Wake (Buenos Aires, El cuenco de plata, 2016) que no me atrevo a dejar de reproducir en el blog. Lleva el sugerente título de Lectores contra el monstruo: el periplo de Finnegans Wake. Les dejo con ella. 

Si Ulises había sido un libro sobre el día, comienza diciendo, éste sería un libro sobre la noche. Muy pronto, en aquellos primeros días de 1923, comenzó a llamar a su nuevo proyecto «el monstruo». En su vida por aquel entonces, mientras la criatura iniciaba su lenta formación, caía una especie de anochecer. Su matrimonio hacía agua; su hija Lucia mostraba los primeros síntomas de la enfermedad mental que terminaría por engullirla; Ulises había sido, para su gran satisfacción, un escándalo y objeto de un culto instantáneo, pero las ventas no daban beneficios, y el esfuerzo de terminarlo, unido a su rampante alcoholismo, había causado daños irreversibles a sus ojos, enfermos desde su juventud.

La gestación comenzó un año después de publicarse Ulises. Como en el caso de éste, el período de composición no fue de alejamiento del público: a medida que escribía capítulos, iba entregándolos a distintas publicaciones, sobre todo a la revista vanguardista transition, bajo el título general de Work in Progress. Las primeras reacciones no fueron alentadoras para el autor, que podía ser inseguro a pesar de la adamantina independencia artística que demostró toda su vida. Harriet Weaver, mecenas y protectora, empezó a perder la paciencia con su protégé; el caprichoso Ezra Pound, que se pavoneaba de haber descubierto al autor de Ulises, descubrió a su vez que su gusto por la innovación tenía límites («nada excepto una visión divina o una cura para la gonorrea podría justificar de ninguna manera semejante periferización circunvalante»); Archibald MacLeish reconoció que no sabía qué hacer con aquello; su hermano Stanislaus sugirió la posibilidad de que se encontrara al inicio de un reblandecimiento del cerebro y describió la criatura como «el vagar demente de la literatura antes de su extinción final»; y el sensato y cómicamente cientificista H. G. Wells, aunque benevolente con él, le envió una carta tajante: «¿Extraigo mucho placer de esta obra? No. ¿Siento que estoy recibiendo algo nuevo e iluminador, como cuando leo la terrible traducción de Anrep del mal escrito libro de Pávlov sobre los reflejos condicionados? No. Así que me pregunto: ¿quién demonios es este Joyce que me demanda tantas horas diurnas, de los pocos miles que me quedan por vivir, para apreciar correctamente sus caprichos y fantasías y fogonazos de entendimiento?»

Estuvo muchas veces a punto de abandonar. En 1933, desolado por la penuria y por la enfermedad de LucÍa (su anima inspiratrix), le confesó a Paul Léon: «No hay ni diez céntimos de ganancia en este libro. No veo nada salvo una pared oscura ante mí, una pared oscura o un precipicio si prefieres; físicamente, moralmente, materialmente». Aun así, perseveró: «Lo único que me permite lograr alguna cosa −decía− es la idea de Blake: “Si el loco persiste en su locura, se volverá sabio”». En 1939, a las puertas de la guerra, casi ciego y con Lucia internada en un manicomio, terminó el libro. Habían pasado dieciséis años. «Desde 1922 −confesó− mi libro ha sido para mí una realidad más grande que la realidad. Todo cede ante él. Todo fuera del libro ha sido una dificultad insuperable, las mínimas realidades, tales como afeitarme por la mañana, por ejemplo». Dos años después, en 1941, tras salir de Francia huyendo de los nazis, murió de pronto a causa de una úlcera duodenal perforada. Tenía cincuenta y ocho años y el aspecto de un hombre de setenta.

Una vez alguien le dijo que su libro estaba fuera de la literatura. Joyce respondió: «Puede que esté fuera de la literatura ahora, pero su futuro está dentro de la literatura». Esto se ha cumplido, por supuesto, pero aun así Finnegans Wake ocupa un lugar peculiar en el canon. Desde luego, ha sido una niña mimada de los críticos, precisamente porque parece hecho para la exégesis. En las décadas siguientes a su publicación surgió una impresionante plétora de estudios y más de un profesor cimentó su reputación gracias a la folie final de Joyce. Pero hoy día, cuando los clásicos se leen tanto o más que nunca (a pesar de cierto pesimismo), la última novela de Joyce se lee extremadamente poco. Harold Bloom ha declarado que es su obra maestra, pero también que «presenta tantas dificultades que uno debería estar preocupado por su supervivencia». Nabokov, que fue amigo de Joyce y un gran admirador de Ulises, equiparó Finnegans Wake con un ronquido persistente en la habitación de al lado y sólo a duras penas terminó de leerla. Al fin y al cabo, ¿quién la ha leído entera? Yo no conozco a nadie que lo haya hecho, aparte de mí mismo.

Pero, veamos, ¿es de verdad tan difícil? Uno de los primeros reseñistas ya dijo que Ulises, una novela legendariamente ardua, era un silabario infantil comparado con Finnegans Wake. De hecho, Ulises, a pesar de su fama y de ciertas innegables dificultades, es un libro claro como el cuarzo, maravillosamente condensado y estructurado. La prosa de Ulises se despliega en una profundidad llena de imágenes y el diamantino sistema de ecos, paralelismos y resonancias va haciendo en el lector un efecto acumulativo que, hacia el final, provoca esa increíble sensación de levitación, entre eufórica y melancólica, que los buenos lectores de Joyce conocen tan bien. ¿Y cuántos personajes en la historia de la literatura pueden compararse en nitidez, en humanidad y en pura realidad con Leopold Bloom? En Finnegans Wake no hay un Leopold Bloom, no hay esa cualidad cristalina de los detalles y de la estructura. ¡Qué decepción para generaciones de lectores entusiastas de Ulises que han acudido buscando algo similar!

La primera sensación es que no hay espacio, no hay profundidad. Tan solo una superficie abigarrada que no se abre. Caos en dos dimensiones. Cuenta Giorgio Vasari en sus Vidas que, a finales del siglo XV, había en Florencia un muro en el que los enfermos de un hospital cercano solían escupir. El pintor Piero di Cosimo se quedaba horas contemplando la superficie –decorada, podemos imaginar, con diversos estratos de esputo de generaciones de tuberculosos– y en ella descubría «batallas con caballos y las más fantásticas ciudades y maravillosos países que el ojo humano hubiera contemplado». El lector de Finnegans Wake a menudo tiene sólo la sensación de estar ante ese repugnante muro, ante la «pared oscura» que veía o sentía Joyce ante él. Y, sin embargo, poco a poco, algo se mueve en la superficie, nuestra mirada interior penetra lo impenetrable y nos encontramos inmersos en una extraña atmósfera paleozoica en la que las formas emergen y se deshacen como burbujas de fango. La aclimatación a esa era primaria del pensamiento y de la imaginación requiere tiempo y, de todas formas, pocos sobreviven al proceso.

En primer lugar, hay que aclimatarse al lenguaje. Este es increíblemente sofisticado y alusivo (quizá más que en cualquier otro libro que se haya escrito), y, al mismo tiempo, primitivo y salvaje. Avanza como un magma mediante la paranomasia y la desintegración y aglutinación continuas de componentes. Ecos de palabras, palabras pseudodigeridas y regurgitadas, palabras insidiosas y deformadas que repite la fiebre en la duermevela de un enfermo, transformándose unas en otras sin descanso. Y todo lleno de una música irlandesa e hilarante, llena de pequeñas danzas y balbuceos de bebé y de hojas e insectos transformados por arte de magia en sonido. Desde luego, hay un placer innegable en leerlo en voz alta. Muchos admiradores de Finnegans Wake han alegado el puro placer del lenguaje como su justificación. En cierto modo, el lenguaje de Finnegans Wake es el gesto de control definitivo: la tremenda fuerza gravitatoria de la voluntad artística de Joyce repliega hacia sí misma cada detalle de su obra hasta el punto de que incluso el aspecto que en toda novela o poema viene dado y no depende de su voluntad, el lenguaje mismo, se transforma en parte de su creación.

Pero, ¿es Finnegans Wake sólo una orgía de lenguaje? Joseph Campbell tomó prestado precisamente de sus páginas su término monomito, que denota el periplo esencial del héroe, el viaje circular de descubrimiento de sí mismo. En A Skeleton Key to Finnegans Wake sostiene que, una vez identificado el monomito de Finnegans Wake, la lectura se convierte en una revelación progresiva. Pero, ¿cuál es ese monomito? Northrop Frye identificaba con una U la estructura que, en la Biblia, funciona como marco general y que, al mismo tiempo, se repite una y otra vez en modelos más pequeños. La U simboliza de forma gráfica la caída del hombre y su restitución, que, en el marco más amplio, comienza con Adán expulsado del paraíso (línea descendente) y termina con Cristo redimiendo a la humanidad (línea ascendente), y se repite, de forma fractal, en cada uno de los libros. El monomito de Finnegans Wake comienza también como una U, pero una U que tenderá a cerrarse en una O: el mito de la caída en el tiempo circular. Pero veamos de qué trata Finnegans Wake, a pesar de que una sinopsis es un concepto absurdo en relación con este libro.

El título se refiere a una vieja balada irlandesa, «Finnegan’s Wake»1 («El velatorio de Finnegan»), sobre Tim Finnegan, un albañil «nacido con amor al licor», que un día se cae de una escalera y se rompe la cabeza. En su velatorio, los asistentes bailan, se emborrachan y se pelean, de suerte que un chorro de whisky rocía su cadáver y lo devuelve a la vida para unirse a la celebración. Ahí tenemos ya la caída de Adán y la redención final: primera U. La novela comienza con el relato mítico del gigante Finn MacCool, trasunto de Finnegan, que muere y se transforma en el paisaje: su interior es ahora el mundo, su sueño o su bardo. Pronto se hace patente que no estamos en el ámbito del día, sino en el de los sueños, «donde el deseo es padre del evento», como leemos en una de los miles de citas deformadas (en este caso, de la segunda parte de Enrique IV: «El deseo es padre del pensamiento»). Borges explica en algún sitio que, en la vida real, primero vemos un tigre y después sentimos miedo, mientras que en los sueños, primero sentimos miedo y sólo después aparece el tigre. Ese es el universo de Finnegans Wake, una de cuyas principales tensiones conceptuales es entre el dentro y el fuera. Mundo soñado, de dentro (microcosmos), y mundo recordado, de fuera (macrocosmos). Pero, ¿quién es el soñador? Aparte del autor y del lector (que tiene que soñar todo esto, como en cualquier otra novela), hay una serie telescópica de soñadores. El más conspicuo es Humphrey Chimpden Earwicker, un tabernero tartamudo de Chapelizod, en Dublín, cuyas siglas, HCE, se repiten en el texto en una miríada de combinaciones.

Todo es fluido en Finnegans Wake, en primer lugar el lenguaje, que Joyce quería que fuese como el agua de un río, y, por supuesto, también son fluidos los personajes. Así, Earwicker se metamorfosea constantemente en otros personajes, objetos e ideas, cada uno de los cuales representa una suerte de caída: Parnell (uno de los padres de la independencia irlandesa), Lucifer, el sol, el crash del 29, la manzana de Newton, Napoleón, Tristán o Humpty Dumpty (que, si recordamos bien, es un huevo –cósmico, según Campbell– que se cae de un muro y se rompe, como la cabeza de Tim Finnegan). Earwicker está casado con Anna Livia Plurabelle (o ALP), en cierto modo el personaje central de la novela, quien es también el río Liffey y el río del tiempo y que desempeña a su vez multitud de papeles, por ejemplo, el de Isis en busca de los fragmentos perdidos de su esposo Osiris/Humpty Dumpty, que son la creación entera, su sueño, los trozos de la unidad perdida.

El pecado original que precipita la caída adopta diversas formas. La principal es un acto indecoroso cometido por Earwicker en el dublinés Phoenix Park (trasunto del Edén), posiblemente su impúdica exhibición ante dos muchachas que orinaban entre unos arbustos (es famosa la obsesión mingitoria de Joyce). A continuación asistimos a un enorme juicio farsesco contra Earwicker, que es encarcelado y ultrajado, que muere y se hunde en una «acuosa tumba» en el lago Neagh. Se rumorea que resucita, se aparece en distintas batallas a lo largo del espacio y del tiempo, se convierte en un mito. A todo esto, cobran protagonismo cuatro recurrentes ancianos que son cuatro parroquianos de la taberna de Earwicker y, al mismo tiempo, los cuatro jueces de Earwicker, los cuatro evangelistas, los cuatro maestros autores de los Anales del reino de Irlanda, los cuatro ciclos viconianos, las cuatro estaciones, las cuatro provincias de Irlanda, las cuatro principales festividades judías anuales, etc. La atención se desvía de Earwicker, que será a partir de ahora una figura subliminal, aunque omnipresente. Aparece una carta, la famosa mamafesta, rescatada por una gallina que escarbaba en un montón de basura en busca de gusanos. Siguen largas exégesis eruditas de la carta, en la que, entre otras cosas, se nos proporcionan metaliterarias instrucciones para leer Finnegans Wake. La perdida y anónima carta reaparecerá una y otra vez a lo largo del libro, así como esa gallina que escarba y escarba y que se identifica oscuramente con ALP. Siguen secuelas y variaciones del juicio esencial, así como enfrentamientos y aventuras de los dos hijos gemelos de HCE y ALP: Shaun (el político, prudente y conservador, carismático pero incapaz de crear) y Shem (el artista, el introvertido, rechazado por todos, que escribe un libro fosforescente en un lenguaje que su hermano no puede entender), en los cuales parece haberse reencarnado Earwicker dividido en sus dos partes contradictorias, las cuales acabarán uniéndose en una mística (y cómica) reconciliación de contrarios. Cerca del final, el sueño comienza a desintegrarse. Entendemos que el soñador último es un tal Porter, que despierta a medias en su cama de Dublín. Una hoja seca en una rama rozaba contra la ventana y ese ruido insistente, al otro lado del ojo de la aguja del sueño, se transformaba en el rascar de la gallina en el montón de basura, en el tartamudeo de Earwicker, en los miles de voces que han entretejido miles de historias y una sola gran historia. Porter alberga sentimientos incestuosos reprimidos hacia su hija Isobel; en su sueño, incesto se ha transformado en insecto, y de ahí el apellido de Earwicker, derivado de earwig (tijereta o cortapicos), que en francés es pierce-oreille, es decir, perforaoídos (por la creencia de que esos insectos pueden atravesar el tímpano de un ser humano para depositar sus huevos en el cerebro), lo cual da uno de los muchos nombres de HCE, Persse O’Reilly, y está relacionado con el rascar de la hoja en la ventana y con la idea (importante en Finnegans Wake) de que los oídos de un durmiente están siempre abiertos y que los sonidos del mundo de afuera se transforman dentro en voces, en músicas, en historias, en mundos. Al final, la última frase, sin punto, continúa en la primera frase del libro, sin mayúscula inicial, el círculo más grande se cierra por fin (la gran O) y todo vuelve a empezar.

Podrían escribirse centenares de sinopsis muy distintas a esta e igualmente válidas, pero, de cualquier forma, lo esencial se escapa siempre. El tema, según el propio Joyce, sería la vida como una recurrencia de personajes en serie y de situaciones en serie. «Caminamos en la oscuridad por carreteras conocidas», explica Richard Ellman. La realidad para Joyce, y no sólo la de los sueños, es simbólica y cada detalle cotidiano está rodeado de un aura en la que traslucen verdades eternas. «Rien ne se crée, rien ne se perd», solía decir. Finnegans Wake podría ser en parte una gran historia sobre la variación y la identidad a través del tiempo. Bloom, en Ulises, se consuela con el pensamiento de que cada traición (como el adulterio de su mujer, Marion) es sólo un elemento de una serie infinita. El bien conocido uso estructural del corsi e recorsi de Vico para su monstruo sirve para formular la idea de un tiempo circular o, al menos, espiral (como una enorme serpiente enrollada sobre sí misma). Para Joyce, el tiempo no existe, como tampoco el yo, el espacio y la multiplicidad del mundo material, y por eso los personajes se metamorfosean sin cesar unos en otros, las palabras unas en otras, los niveles simbólicos y narrativos unos en otros sin solución de continuidad. La coincidencia, la repetición de una forma, de un patrón, era la música que Joyce escuchaba siempre, en el arte y en la vida. Y esa es la música, comprimida como por el peso de eones, de Finnegans Wake. «No texto, sino textura; no el sueño, sino la coincidencia patas arriba, no el ligero sinsentido, sino una red de sentido», como escribe Nabokov en Pálido fuego.

Personalmente, a pesar de que durante muchos años he estado obsesionado con Finnegans Wake, nunca fui más allá de leer capítulos sueltos y fragmentos y de practicar una especie de sortes virgilianæ: lo abría al azar y buscaba alguna luz en las palabras (el fenómeno del muro florentino). Sólo cuando me encargaron el presente ensayo me senté por fin y lo leí, primero en su versión original, desde la primera hasta la última página2. No dudo de que volveré a hacer el viaje completo antes de morir, probablemente más de una vez, pero la experiencia, aunque iluminadora y a menudo extática, ha sido extenuante, exasperante, casi enloquecedora. Es demasiado difícil, está demasiado alejado del lenguaje de nuestra vida diurna, incluso de nuestra poesía más nocturna. En lugar del orden diáfano de Ulises, encontramos un orden de una complejidad tal que se parece enormemente al caos, y aunque por doquier atisbamos indicios de un orden subyacente, quedan, al menos en un acercamiento inicial, demasiadas áreas de algo muy semejante a la pura confusión. En cierto sentido, es un libro concebido para un lector inexistente. Está hecho para ser percibido y comprendido en un fogonazo instantáneo y simultáneo, como la visión del aleph o de la merkabah. Su autor dijo: «La petición que le hago a mi lector es que dedique su vida entera a leer mi obra». Yo dudo de que ni siquiera en ese caso nosotros, pobres mortales, lograríamos una visión adecuada de la gloria de Finnegans Wake. Lectores divinos o angélicos podrían contemplar en un pestañeo el infinitamente intrincado instante de su belleza; nosotros, hombres y mujeres soñolientos, cuyas doloridas cabezas no contienen bibliotecas enteras, tan solo podemos aspirar, durante el examen de la piel de este inmenso leviatán (cubierta de percebes y bellotas de mar y algas y anélidos y kársticas costras de crustáceos), a ocasionales vislumbres del inhumano orden que lo rige. Como novela, por tanto, es un fracaso colosal, apoteósico. El mayor de la historia de la literatura.

Y, sin embargo, amigos y amigas, si el que esto escribe tuviera que llevarse un solo libro a la proverbial isla desierta del final, se llevaría Finnegans Wake. No sé si sería capaz de explicarme. Hay que volver a Finnegans Wake una y otra vez (o yo tengo que volver), porque sentimos que allí, en ese libro infinito que contiene virtualmente todos los libros y que trata de cada uno de nosotros, hay algo crucial, algo de decisiva importancia sobre nosotros, sobre nuestras vidas, que se nos escapa una y otra vez. Northrop Frye ha explicado que, en el universo cíclico de Finnegans Wake, el gigante Finnegan (el yo superior, digamos) nunca se despierta porque el durmiente, al despertar él mismo y seguir con su vida diaria, olvida o no sabe descubrir o aprovechar el secreto que le ha sido revelado en sueños. Por eso tendrá que volver a la casilla de salida y recomenzar el ciclo. Frye, que llama a este libro infinito la principal epopeya irónica de nuestro tiempo, da una explicación de la llamativa ausencia en él de un héroe central, de un héroe que venza a la arquetípica serpiente de oscuros anillos: el héroe verdadero, afirma, es el lector y, en la medida en que llega a dominar el relato –el dragón de todas las leyendas, la vieja serpiente Uroboros–, en la medida en que persevera en esta locura resplandeciente con la esperanza de alcanzar cierta sabiduría, puede llegar a ir más allá de la naturaleza cíclica del relato y, quién sabe, quizá también de su propia vida.

Por supuesto, es imposible verter Finnegans Wake a otro idioma. Y, sin embargo, el propio Joyce afirmaba que «no hay nada que no pueda traducirse» y colaboró en dos versiones parciales. Para la versión francesa (que se hizo antes de terminar la novela), se sentaba a fumar sus cigarrillos Maryland mientras su amigo Paul Léon leía en voz alta el texto original y, a continuación, Philippe Soupault sugería una traducción francesa, a lo que seguían diferentes propuestas de los presentes hasta que Joyce decidía la solución. Llaman la atención, en esas versiones, las numerosas licencias con el sentido en aras del ritmo y de la música.

En español, concluye Belda su reseña, los intentos de traducción han sido pocos y, en todos los casos, parciales. En 1993 apareció en la editorial Lumen una extraña versión a cargo de Víctor Pozanco, que blanquea el texto y lo reduce a una especie de paráfrasis. Un año antes, Cátedra había sacado una edición bilingüe de Anna Livia Plurabelle (el justamente famoso capítulo octavo de la primera parte) realizada por Francisco García Tortosa. Mientras escribo esto, aún puede encontrarse en Internet otra versión de ese mismo capítulo, obra de Eduardo Lago, y excelente. Uno imaginaba siempre que para verter el monstruo al completo se necesitaría no sólo un gran poeta, sino un equipo de grandes poetas. Por eso, entre otras cosas, la traducción íntegra que ahora aparece en El cuenco de plata, realizada por un héroe solitario, Marcelo Zabaloy, se antoja un prodigio sobrehumano de esfuerzo sostenido y de pasión recreadora. Es muy difícil juzgar una traducción de un libro como Finnegans Wake, en el que los parámetros lógicos para buscar equivalencias funcionales quedan abolidos. Desde luego, una traducción de Finnegans Wake debería ser, tanto o más que un acto de fidelidad, una recreación. Al comenzar a leer el trabajo de Zabaloy, con el comprensible escepticismo, uno empieza a no creerse lo que tiene ante los ojos. Yo aún no salgo de mi asombro: uno lee y todo fluye con perfecta naturalidad, las palabras portmanteau que Zabaloy recrea funcionan en más del noventa por ciento de los casos, los momentos líricos vuelan maravillosamente, la lectura es excitante y está casi tan llena de misterio y de humor como el original y uno escucha a Joyce. ¿Cómo es posible este milagro? El gran tejedor irlandés de historias, en el Valhalla de los grandes escritores, estará bailando su famosa danza de la araña. Por detrás de la mejor opción, que es aprender inglés y leerlo en el original, no puedo imaginar una mejor segunda alternativa que esta excepcional traducción, milagrosamente exacta e inspirada, que sin duda constituye un evento extraordinario. Increíble, amigos y amigas. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt


Notas:
(1) https://youtu.be/8V9USPiXXK8?si=9a9ZMe2HSBU7hHmu