domingo, 19 de julio de 2026

BONA NOX, QUIES BONUM ET DULCIA SOMNIA. HODIE, DIE SOLIS, XIX-XX IULII, MMXXVI, LATINE

 





Salvete iterum, amici. Bona nox, quies bona et dulcia somnia omnibus hac nocte dominica in Lunae, XIX-XX Iulii, MMXXVI, cum tandem cognoscemus quis Certamen Mundanum FIFA MMXXVI vicit. Spero vos diem bonum cum familiis et amicis vestris egisse. Gratias ex imo corde meo ago quod blog visitastis. Libenter existimarem vos visitatione vestra fructum esse. Tamaragua, amici mei. Dea Fortuna et Parca benevola vobiscum sint. Usque ad cras. Amo vos. Oscula. HArendt













REVISTA DE PRENSA, 7. SPOT MUNDIAL DE BARCELONA, POR JORDI JUAN. 19 DE JULIO DE 2026

 





La fábrica de fútbol de la Masia del Barça tuvo un día de gloria para enmarcar en su historia: el 10 de enero del 2011. Aquel día, Leo Messi ganó un nuevo Balón de Oro y los dos jugadores que le precedieron en la votación fueron Andrés Iniesta y Xavi Hernández. Los tres jugadores del Barça, formados en la Masia, copaban el podio.

El spot de lo que representa la cantera blaugrana va a tener hoy un impacto aún mayor. Porque la gran final de la Copa del Mundo, el partido más importante y trascendente de todos, donde cada cuatro años las mejores selecciones se disputan el honor de ser el campeón de un deporte que es el más seguido y el más popular del planeta, tiene como principales figuras a dos jugadores de la Masia.

Ni el publicista mejor de la historia podía haber ideado una imagen tan potente como que el primer partido que vayan a jugar –y seguramente el último– Leo Messi y Lamine Yamal sea disputándose la Copa del Mundo.

El mejor futbolista de la historia, de 39 años, contra un joven de 19 años que aspira a estar en el olimpo de los mejores futbolistas de la historia. Y los dos, con un pasado en la cantera del Barça. Durante esta semana, los memes y vídeos de inteligencia artificial de las fotos reales de un jovencísimo Messi bañando a un bebé llamado Lamine copan los teléfonos y los programas de televisión de todo el mundo.

El destino nos depara sorpresas que ningún guionista o escritor hubiera sido capaz de imaginar. En fin, que los aficionados culés pueden sentirse muy orgullosos. Como lo estuvieron en Sudáfrica en el 2010, donde otros dos canteranos del Barça fueron decisivos para que España ganase su primera Copa del Mundo: Carles Puyol marcó el gol de la semifinal, y Andrés Iniesta, el de la final.

Y, de rebote, Barcelona también. La ciudad que lleva el nombre del club, como se le escapó un día a José Luis Núñez –al que cabe atribuirle el mérito de la Masia–, puede sacar rendimiento de la enorme repercusión que va a tener esta final.

Ahora solo falta que la mejor selección del mundo se imponga al mejor jugador del mundo, como acertadamente titula hoy nuestra crónica en La Vanguardia el gran Luis Buxeres desde Nueva York. Que lo disfruten. Jordi Juan es director de La Vanguardia, 19 de julio de 2026.






















REVISTA DE PRENSA, 6. LA PELOTA NO SE MANCHA, POR JUAN GABRIEL VÁSQUEZ. 19 DE JULIO DE 2026

 






No sé qué pasará en la noche de hoy, cuando termine la final de esta Copa del Mundo, pero sí sé que algo se ha roto este año en el espíritu del campeonato y que tenemos derecho a preguntarnos cómo ha ocurrido. No hablo de fútbol, como entenderá cualquiera: de eso ha habido mucho y muy bueno, y esta noche jugarán dos equipos extraordinarios cuyo recorrido explica por qué los futboleros seguimos viendo los partidos de un Mundial a pesar de la suciedad que lo pueda rodear. Pero he estado pensando, inevitablemente, en lo que dijo Maradona el día de su retiro definitivo. Era el 10 de noviembre de 2001; siete años habían pasado desde que fuera expulsado de su último Mundial por uso de sustancias prohibidas, y allí, en La Bombonera, el estadio del Boca Juniors, habló frente a miles de hinchas que no lo veían como un futbolista, sino como un pequeño dios que había marcado los últimos 15 años de la vida argentina. Con los brazos cruzados, como abrazándose de pura tristeza, Maradona reconoció sus errores. Y entonces añadió: “Porque se equivoque uno, no lo tiene que pagar el fútbol. Yo me equivoqué y pagué. Pero la pelota no se mancha”.

Durante los últimos años hemos asistido a los esfuerzos denodados de la dirigencia de la FIFA, en complicidad con los líderes más deplorables del siglo XXI, por mancharla hasta dejarla irreconocible. Ya sabíamos que Donald Trump, como un Midas al revés, convierte en mierda todo lo que toca; Gianni Infantino, por su parte, lleva varios años dedicado a su propia alquimia: a convertir el fútbol en una mercancía grosera, susceptible de ser explotada o exprimida hasta el último dólar y, sobre todo, capaz de lavarles la cara a los matones y los autoritarios del mundo entero. Sí, lo ha hecho de manera dedicada y recurrente; pero ha caído más bajo que nunca en los últimos años, los de la preparación y ejecución de este Mundial que organizaron tres países pero que giró desde el primer momento alrededor de uno. Y el espectáculo ha sido lamentable.

Vamos por partes. Han pasado varios meses ya, pero todavía me da vergüenza ajena recordar el premio ridículo que se inventó Infantino para lamerle los zapatos (es un decir) al presidente de Estados Unidos: para darle contentillo a ese ego frágil, a esa herida narcisista en forma de ser humano que es Trump. “Premio FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo”, se llamaba desfachatadamente aquel trofeo artificial, o así lo llamaba el anuncio risible que hizo la FIFA el día del sorteo. El fútbol une al mundo, háganme ustedes el favor. Esa frase escogió Infantino para premiar al gobernante occidental que con más ahínco ha dividido a la gente, aupado a los xenófobos y alentado la violencia entre sus propios ciudadanos, por no hablar del sabotaje metódico que ha llevado a cabo contra todas las instituciones del multilateralismo —las Naciones Unidas, la OEA, los Acuerdos de París— cuyo empeño es fingir que el mundo no es una selva donde gana el más fuerte.

Para el momento de aquella ceremonia grotesca, ya Trump había humillado a Zelenski en el Despacho Oval de la Casa Blanca (mientras le negaba su apoyo al país agredido o lo sometía a chantajes) y había dicho que convertiría la franja de Gaza en un balneario (mientras condonaba el exterminio que ha llevado a cabo el régimen genocida de Netanyahu y los suyos). Todavía no había agredido a Venezuela para imponer su gobierno de títeres, ni había lanzado su guerra opcional contra Irán, ni había amenazado a la vista de todos con destruir en ese país las estructuras de la vida civil: es decir, con cometer lo que todas las convenciones del mundo consideran crímenes de guerra. Sus palabras de pandillero (pero de pandillero armado con misiles nucleares) quedaron inscritas desde el primer momento en la historia universal de la infamia: “El martes será el día de las plantas de energía, el día de los puentes, todo en un solo paquete para Irán. ¡¡¡No habrá nada parecido!!! Abran el puto estrecho, malditos bastardos, o vivirán en el Infierno”.

(Mi traducción es aproximada. Donde Trump escribe crazy bastards, me debato entre “malditos bastardos”, con su aire inevitable de película de Tarantino, o “locos de mierda”. Las dos responden bien al espíritu del original, creo yo.)

Pero nada de lo anterior nos hubiera podido preparar para lo ocurrido durante el mundial. Como lo sabe todo el que no haya vivido este mes escondido debajo de una piedra, el goleador de Estados Unidos, Folarin Balogun, recibió una tarjeta roja en el partido de su selección contra la de Bosnia-Herzegovina; Trump, que hasta entonces se había mantenido misteriosamente al margen del torneo, intervino al mejor estilo Corleone: levantó el teléfono, llamó al presidente de la FIFA, pidió que la sanción le fuera retirada al jugador. Infantino obedeció, por supuesto, pues no está en sus genes eso de plantarle cara a un poderoso ni mucho menos de defender con las acciones la integridad de un deporte que tanto defiende con las (huecas) palabras. Luego Trump se jactó de la llamada ante las cámaras; y en su respuesta a un periodista hubo tanto de satisfacción de Padrino como de cinismo impune, con un gramo de insinuación cobarde (pues no iba a desaprovechar la oportunidad de mancillar a alguien).

“Yo entiendo los deportes muy bien”, dijo. “Y eso no fue falta. No fue ni siquiera infracción. Y el árbitro, que es un tipo un poco sospechoso, si uno se fija en su pasado… Si usted quiere, le puedo entregar pruebas de ese pasado…” Enseguida, para probar que entiende los deportes muy bien: “Una cosa es sancionar a alguien por un partido. Pero, ¿cómo se le puede sancionar por un partido que aún no se ha disputado? Es muy injusto”.

La sanción le fue retirada a Balogun y el delantero pudo jugar contra Bélgica. Pero el fútbol, el terco fútbol, tiene sus correctivos, o su organismo tiene sus propias defensas: la situación provocada por Trump el marrullero puso a los pobres jugadores en medio de un debate incómodo, tan pesado y venenoso que se les olvidó jugar. Los Estados Unidos fueron ante Bélgica un equipo sin alma ni concentración, como si tuvieran la cabeza en otra parte, y salieron del mundial en medio del caso más agudo de schadenfreude que se haya visto recientemente.

Yo quiero creer que es cierto lo que decía Maradona. Esta noche, uno de los capitanes recibirá el trofeo que ojalá haya merecido, y lo hará en presencia de dos indecentes cuyo comportamiento mafioso ha dejado una mancha indeleble en la historia de los Mundiales: pero la pelota no se mancha. Estoy seguro de que más de un jugador preferirá no tener la obligación cargante de estrecharles la mano, y debo decir que los compadezco a todos: he hablado con campeones del mundo y sé cuántas emociones y cuántas memorias (las de los fracasos pasados, las de los éxitos con sus malentendidos, las de los vivos que los acompañan para ver el momento, las de los muertos que no pueden verlo) les llenarán el cuerpo, como a cualquiera en un momento parecido, y es una lástima que el momento sea menos limpio por la presencia de esos personajes nefastos que son Infantino y Trump. Pero ellos también pasarán, y el fútbol queda. Juan Gabriel Vásquez es escritor. El País, 19 de julio de 2026.


















REVISTA DE PRENSA, 5. EL MUNDIAL VISTO DESDE EL MÁS ALLÁ, POR JOHN CARLIN. 20 DE JULIO DE 2026

 





Las tres de la tarde hoy en Nueva York, cuando arranque la final de la Copa del Mundo, es el momento indicado para que por fin aterricen los extraterrestres y analicen la conducta de la especie dominante del planeta Tierra.

Gracias a su tecnología avanzada observarán que, salvo unas tribus perdidas en el Amazonas o la mitad de aquella nación pagana llamada Estados Unidos, la casi totalidad de Homo sapiens tendrá los ojos pegados religiosamente a un aparato primitivo llamado televisor. 

Su primera conclusión, o teoría, será la que propuso una vez un escritor llamado Geoff Dyer. Que el fútbol es “un fenómeno cultural y deportivo tan absorbente que unos visitantes de otra galaxia podrían concluir, con toda lógica, que nuestro planeta adquirió su forma en deferencia al balón alrededor del cual giran la vida semanal y el ciclo de las tem­poradas”.

Seres impolutamente racionales, los recién llegados de una civilización superior harán –en nanosegundos– un análisis de las reglas del deporte, y de todos los partidos disputados de la historia de los Mundiales, y se quedarán perplejos ante la frecuencia con que los resultados no corresponden ni con la lógica ni con la justicia.

El error –o el pecado– original es que a los árbitros se les otorgan poderes divinos, pero son tan falibles como el resto de estas extrañas criaturas, los humanos, esclavos más de la pasión que de la razón. En vez de actuar juntos por el bien planetario se dividen en tribus, se inventan unas cosas llamadas banderas y no entienden mayor gloria o felicidad que derrotar a aquellos que visten otros colores.

La guerra es una constante de la humanidad. El fútbol, una metáfora de ello: más benigna que la guerra con balas, pero emerge de los mismos sentimientos de odio al prójimo, fenómeno también conocido como nacionalismo. Una radiografía del actual Mundial ofrecerá a los extraterrestres más luz. Particularmente reveladora les resultará la semifinal del miércoles pasado entre Inglaterra y Argentina, dos países que hace no mucho fueron a la guerra de verdad.

Aquel conflicto fue descrito por un humano inusualmente lúcido, Jorge Luis Borges, como “dos calvos peleándose por un peine”. La misma definición se podría atribuir a la mayoría de las carnicerías bélicas que se han organizado a lo largo de los siglos en el planeta azul. Pero en este caso el absurdo se llevó a extremos desconocidos.

Murieron unas mil personas gracias a la disputa entre dos países por unos inhóspitos trocitos de tierra en medio de un océano, cuyo valor para las dos partes no es más que fruto de la vanidad que rige el comportamiento humano. Les cuesta reconocerlo, así que se inventan argumentos para dignificar su pequeñez mental. Las Mal­vinas deben ser argentinas por proximidad geográfica (a 1.800 kilómetros de la capital, Buenos Aires); las Falklands (a 12.800 kilómetros de Londres) deben ser inglesas por lo que llaman fair play democrático.

Argentina perdió esa batalla, pero, de infinitamente mayor importancia para sus ciudadanos, ganó a Inglaterra en un partido de fútbol que se celebró cuatro años después. Esta variante de la guerra por otros medios se libró otra vez esta semana, volvió a ganar Argentina y volvieron los argentinos, y sus jugadores, a celebrar lo que los psicoanalistas que en ese país pululan llamarían la imaginaria recuperación en el subconsciente colectivo del magro territorio malvinense. 

En la final de hoy reaparece Argentina y su rival será España, la una vez madre patria colonial. Otra oportunidad para que los extraterrestres reflexionen sobre los hábitos de nuestra especie. La curiosidad de que tanto dependa de meter una pelotita entre tres palos se extenderá, más allá de Argentina y España, al mundo entero. Los cuatro mil y pico millones que verán el partido­ lo interpretarán como una batalla moral, como siempre con un partido de fútbol. Los míos son los buenos; los tuyos, los malos.

En la final, la mayoría de los telespectadores estarán con España, pero Israel y Trump irán con Argentina

Un rápido repaso intercontinental les dirá a los analistas alienígenas que la gran mayoría de los telespectadores han elegido su tribu y querrán que España venza a Argentina. Israel, eso sí, estará con Argentina por razones reconociblemente coherentes (el Gobierno ar­gentino aplaude las matanzas en Gaza); medio Bangladesh estará con Argentina por razones absolutamente inexplicables, y el gran árbitro planetario, Donald Trump, estará con Argentina también, fervorosamente.

Por un lado, porque el rey naranja ama a su alma gemela en la Casa Rosada, Javier Milei, y apoya su reclamo por las famosas Malvinas. Por otro, porque, de todos los países del mundo, España es el que más aborrece. Rusia, China, Corea del Norte: ni una palabra en contra. Sobre España ha dicho en las últimas dos sema­nas que es un “socio terrible” y que los españoles son “mala gente, sin remedio”.

El resto del mundo irá con España en la final de hoy en parte porque el resto del mundo, o el 90% de él, considera que Trump es terrible, malo y sin remedio. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y también, o más, porque se ha creado la percepción durante las semanas de este Mundial, justificada o no, de que los jugadores argentinos son unos tramposos y de que la hinchada argentina exhibe una ofensiva chulería, más un aire de militancia fachistoide. Messi, la divinidad más idolatrada del planeta, ofrecerá un contrapeso a este prejuicio en contra, pero no tanto como para inclinar la balanza a favor de Argentina.

Este es el análisis de la situación a la que tendrán que haber llegado, con frialdad forense, los extraterrestres. Si gana España y Trump le tiene que entregar la copa a su capitán, sus sofisticados aparatos medirán impactos sísmicos gracias a las carcajadas que darán la vuelta al mundo. Si gana Argentina, detectarán algunos solemnes aplausos a su capitán, reconocido universalmente como tan responsable de las victorias de su equipo como Aquiles del suyo en la guerra de Troya, otro más de los baños de sangre a los que han conducido las pasiones humanas en los últimos diez mil años bajo el sol.

Lo más lógico, claro, sería que los extraterrestres no esperasen al pitido final. La comedia humana nos entretiene a nosotros, pero para cualquier ser civilizado es para correr volando al más allá. John Carlin es escritor. La Vanguardia, 19 de julio de 2026.

























MI PLAN DE LECTURAS PARA EL INVIERNO 2025/2026-INVIERNO 2026/2027 (MODIFICACIONES)

 







MI PLAN DE LECTURAS PARA EL INVIERNO 2025/2026-INVIERNO 2026/2027 (MODIFICACIONES)

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INVIERNO, 2025/2026

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LA FUGITIVA (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VI), de Marcel Proust (leída).

HANNAH ARENDT, UNA BIOGRAFÍA INTELECTUAL, de Thomas Meyer (leída).

IDENTIDAD Y AMISTAD, de Emilio Lledó (leída).

EL TIEMPO RECOBRADO (A LA BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO, T. VII), de Marcel Proust (leída). 

APOLOGÍA DE SÓCRATES, de Platón (leída).

WALDEN, de Henry David Thoreau (leída).

LOS GRANDES CEMENTERIOS BAJO LA LUNA, de George Bernanos (leída).

EL GRAN GATSBY, de F. Scott Fitzgerald (leída).

LA MARAVILLOSA HISTORIA DEL ESPAÑOL, de Francisco Moreno (leída).

FEDÓN, de Platón (leída).

SONETOS DE AMOR, de William Shakespeare (leída). 

ANA NO, DE Agustín Gómez Arcos (leída).

CAMINAR, de Henry David Thoreau (leída).

(Trece lecturas completadas).


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PRIMAVERA, 2026

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LA SOCIEDAD DEL CANSANCIO, de Byung-Chul Han (leída).

ENEIDA, de Virgilio (leída).

BIOGRAFÍA DEL SILENCIO, de Pablo D’Ors (leída).

TRISTRAM SHANDI, de Laurence Sterne (leída).

CRÓNICA DE LA LENGUA ESPAÑOLA, de la Real Academia Española (leída).

COMERÁS FLORES, de Lucía Solla (leída).

SAN MIGUEL, BUENO Y MÁRTIR, de Miguel de Unamuno (leída).

EL ARTE DE TENER RAZÓN, DE ARTHUR SCHOPENHAUER (leída).

SUITE FRANCESA, de Irène Némirovsky (leída).

ANTOLOGÍA GENERAL, de Pablo Neruda (leída).

EL PERIÓDICO DE LA DEMOCRACIA, de Javier Cercas (leída).

CÓMO EL MUNDO CREÓ OCCIDENTE, de Josephine Quinn (leída).

LENGUA MADRE, de Laura Spinney (leída).

(Trece lecturas completadas).


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VERANO, 2026

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POEMA DE GILGAMESH, Anónimo (leída).

REPÚBLICA, de Platón (leída).

IBIS, de José María Vargas Vila (leída).

CLÁSICOS SIN FILTRO, de Mary Beard (leída).

DESMITIFICANDO LA EDAD MEDIA PENINSULAR, de Alejandro García Sanjuán (leída).

EL FUTURO DE LA DEMOCRACIA, de Daniel Innerarity (leyendo ahora).

ANTOLOGÍA EN VERSO Y PROSA, de Gabriela Mistral (pendiente de lectura).

MARTÍ EN SU UNIVERSO, de José Martí (pendiente de lectura).

UNA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, de Jürgen Habermas (pendiente de lectura).

¿TIENE FUTURO LA VERDAD? de Georg Steiner (pendiente de lectura).

LA LIEBRE Y YO, de Chloe Dalton (pendiente de lectura).

ORIGEN Y META DE LA HISTORIA, de Karl Jaspers (pendiente de lectura).

HISTORIA ALTERNATIVA DE LA FELICIDAD, de Juan Antonio González Iglesias (pendiente de lectura).

(Cinco lecturas completadas, una leyendo ahora y siete pendientes)


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OTOÑO, 2026

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LA DECADENCIA DE OCCIDENTE, de Oswald Spengler (pendiente de lectura).

ARTE SONORA, de Auserón (pendiente de lectura).

POLÍTICA Y FICCIÓN, de Jorge Lagos y Pablo Bustinday (pendiente de lectura).

ESCRITOS 6, de Soren Kierkegaard (pendiente de lectura).

UN CABALLERO EN MOSCÚ, de Amor Towles (pendiente de lectura).

MANIFIESTO POR UNA DEMOCRACIA RADICAL, de Jordi Sevilla (pendiente de lectura).

GALDÓS, Yolanda Arencibia (pendiente de lectura).

CONTRA EL ESTADO, de James C. Scott (pendiente de lectura).

MOMO, de Michael Ende (pendiente de lectura).

LA MEMORIA RECUPERADA, de Antonio Iglesias (pendiente de lectura).

EL FENÓMENO HUMANO, de Teilhard de Chardin (pendiente de releer)

ERASMO Y ESPAÑA, de Marcel Bataillon (pendiente de releer).

ULISES, de James Joycee (pendiente de releer).

(Trece lecturas pendientes). 


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INVIERNO, 2026/2027

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ENSAYOS, de Michael de Montaigne (pendiente de releer).

OBRAS COMPLETAS, de Esquilo, Sófocles y Eurípides (pendiente de releer).

ASÍ HABLÓ ZARATUSTRA, de Friedrich Nietzsche (pendiente de releer).

¿QUÉ ES LA POLÍTICA?, de Hannah Arendt (pendiente de releer).

DON QUIJOTE DE LA MANCHA, de Miguel de Cervantes. (Pendiente de releer).

POLÍTICA, de Aristóteles (Pendiente de releer).

ILÍADA, de Homero (Pendiente de releer).

ODISEA, de Homero (Pendiente de releer).

COMEDIA, de Dante Alighieri (Pendiente de releer).

(Nueve lecturas pendientes).


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TOTAL DE LECTURAS PROGRAMADAS: 61

REVISTA DE PRENSA, 4. LIONEL MESSI Y EL BEBÉ EN LA CUNA, POR MICAHEL IGNATIEFF. 19 DE JULIO DE 2026

 






Se estima que 1.800 millones de personas verán la final del Mundial el domingo por la noche. Tendrá todo lo que se puede pedir de un espectáculo global: un partido reñido, una corrida de toros en español, con cánticos, aficionados ondeando banderas, estrategias de entrenadores rivales y sumas colosales de dinero apostadas al resultado. A pesar de todas las predicciones de los expertos, el misterio que subyace en el espectáculo es la incertidumbre sobre quién ganará, lo que convierte el partido en una gran metáfora del papel del azar, el destino y la casualidad en la vida humana.

Todo aquel que haya jugado al fútbol lo verá, transportado a su juventud, recordando lo que aprendió sobre sí mismo mientras lo practicaba. Quienes aman el juego por sí mismo buscarán momentos de belleza: un toque aquí, un pase allá, un gol desde un ángulo imposible; y a veces la belleza de estos momentos será tal que incluso obligará a los aficionados a rendirse ante su poder.

Más allá de la belleza, esperamos presenciar demostraciones de talento individual espectacular. Un futbolista no llega a jugar en una competición como esta a menos que tenga el potencial para brindar momentos así. Ciertas profesiones, como el deporte profesional, pero también la ópera, la música clásica, la neurocirugía y las ciencias exactas, requieren un talento excepcional. Entre estos profesionales, hay unos pocos asombrosos que elevan el listón incluso para los más excepcionales.

El domingo por la noche, todas las miradas estarán puestas en dos jugadores: Lionel Messi y Lamine Yamal. Messi pasa la mitad del tiempo en el campo caminando, en medio de la acción, observando y esperando una oportunidad fugaz para marcar. Este talento para ver lo invisible lo ha distinguido de los demás durante veinte años. Lamine Yamal, al igual que Messi, se formó en la cantera del FC Barcelona, ​​La Masia. El mundo ya ha visto la famosa foto tomada en una sesión fotográfica benéfica de UNICEF en 2007, donde un joven Lionel Messi mira con ternura a un bebé regordete en una cuna azul. Ese bebé, ahora de diecinueve años, se enfrentará a Messi en el campo en Nueva Jersey el domingo por la noche. Incluso a los doce años, los entrenadores sabían que el joven tenía un don excepcional. Les dijeron a los periodistas que debían anotar el nombre de Lamine Yamal en sus cuadernos.

Cuando entra en juego un talento tan extraordinario, nos adentramos en un reino mágico donde las reglas y expectativas habituales dejan de aplicarse. Por eso miramos: queremos que gane nuestro equipo, pero, al mismo tiempo, nos mantiene en vilo la posibilidad de lo inesperado, lo imprevisto, ese instante de talento que lo transforma todo.

El talento extraordinario en cualquier campo —fútbol, ​​ciencia, literatura, arte— siempre nos recuerda que lo que hace únicos a los seres humanos es la singularidad de cada individuo. En ninguna otra especie, los individuos excepcionales influyen tanto en nuestra identidad. Sus logros, ya sea en el deporte, la ciencia o el arte, marcan las expectativas para quienes vienen después. Sin duda, la atención y el entrenamiento que recibieron estos dos jóvenes en La Masia contribuyeron a su desarrollo, pero sus entrenadores sabían desde el principio que poseían un talento natural prodigioso. Sus seguidores veneran estos talentos y creen que ellos, al igual que otras grandes estrellas del deporte, merecen recibir cuantiosas sumas por exhibirlos.

Esta actitud ante la desigualdad incorregible entre los individuos contrasta con el resentimiento que sentimos hacia otras desigualdades sociales, económicas, de género y raciales. Admiramos y premiamos el talento individual excepcional, mientras que rechazamos cualquier ventaja desproporcionada derivada del nacimiento, la riqueza, la raza, la clase social o el género. Los privilegios inmerecidos de los hijos de famosos o adinerados nos parecen injustos y despiertan resentimiento y desprecio.

El gran filósofo liberal John Rawls intentó que abandonáramos la idea de que algunos merecemos nuestro talento y las ventajas que de él se derivan. « Algunos pensarán», dijo, «que la persona con mayores dotes naturales merece esos recursos». Esta visión, afirmó, era «sin duda errónea». «Nadie merece su lugar en la distribución de las dotes innatas, del mismo modo que nadie merece su lugar de partida inicial en la sociedad».

El gran profesor no tendría mucha suerte intentando convencer a los fans de Messi y Yamal de que no merecen su fama ni su éxito. La magnitud de sus ingresos se debe a la magnitud de su público, y ese público somos nosotros. Creemos que se lo merecen y les pagamos para que nos cautiven, del mismo modo que aprobamos, aunque con menos justificación, la desorbitada remuneración de las estrellas de cine que simplemente nos entretienen.

Que las personas con un talento extraordinario merezcan su fama y fortuna no es el único problema que plantean las desigualdades de talento entre individuos. En cualquier familia donde exista una marcada diferencia en los talentos de hermanos o hermanas, los padres saben que estas diferencias pueden desembocar en una tragedia. Como lo expresó el cantante estadounidense Sly Stone en una emotiva canción de finales de los 60: «Un niño solo quiere aprender, mientras que otro solo quiere arder; es un asunto familiar». El motivo por el cual la capacidad de aprender —frente al deseo de arder— se distribuye de forma tan arbitraria entre hermanos, y por qué ni siquiera una crianza llena de amor puede compensarlo, es la base de la tragedia y el distanciamiento familiar.

Justo debajo de nuestra admiración por el talento extraordinario subyace el temor a que sea peligroso. Los padres tienen motivos para preocuparse de que un hijo superdotado pueda sumir a la familia en el caos. Un entrenador de fútbol sabe que necesita un Messi y un Yamal para su equipo. La arrogancia que puede acompañar a tal talento puede convertirse en una especie de némesis, haciendo imposible que los grandes dependan de un equipo para mantener su brillantez.

Messi o Yamal, tras marcar los goles de la victoria, saben qué protocolos deben seguir en las ruedas de prensa posteriores al partido. Murmuran su gratitud por el «esfuerzo de equipo» que hizo posibles sus goles. Su aparente humildad es testimonio de la inquietud secreta que la verdadera grandeza despierta en quienes la presencian. Incluso los grandes tienen que fingir que son solo miembros de un equipo.

Aquí subyace un mensaje más profundo sobre la incomodidad que acompaña a nuestra actitud hacia las formas extremas de individualismo. La brillantez deportiva es precisamente eso: una individualidad extrema y trascendente que desafía las reglas, amplía las posibilidades y supera cualquier obstáculo. La admiramos, sin duda, pero también la tememos y realizamos rituales para mantenerla bajo control. Independientemente de lo que estos rituales nos exijan decir y hacer, sabemos que el domingo por la noche, la individualidad extrema marcará la diferencia. Michael Ignatieff es historiador y profesor de la CEU Viena. Substack, 18 de julio de 2026.