Una prolongada parálisis desde la derrota en las elecciones europeas de junio de 2024 y ahora terribles convulsiones. El viaje del macronismo empezó con el asombroso éxito político de un hombre sin partido cargado de ideas, y termina con un triste calvario. ¿Qué pasó?
La explicación es obviamente multifactorial. Pero probablemente su raíz fundamental sea un desgarro mal gestionado. Una brecha provocada por el movimiento dañino de distintas placas. Una de clase, entre los segmentos superiores, —no solo las élites, sino también la media-alta— que prosperan en el nuevo mundo, y los populares. Una territorial, entre los espacios que están en el corazón del nuevo tiempo y los periféricos. Otra identitaria. Otra puramente emocional, de dignidad herida, de orgullos, de expectativas. En el vacío abierto por esas brechas —un fenómeno ni exclusivo de Francia, ni generado por el macronismo— fermenta la ira. Macron fracasó en gestionarlo. Este argumento, sin embargo, debe observarse lejos de ciertas denuncias un punto caricaturescas que abundan contra Macron.
Consideremos su reforma de las pensiones, que provocó enormes protestas y el inicio del fin de su ciclo político. Cabe observar que elevar la edad de jubilación de los 62 a los 64 años no parece una iniciativa irracional e hiperliberal, y quienes le criticaron por ella, por lo general, no han reclamado al Gobierno progresista español que rebajara a 62 la edad de jubilación en España, donde se sitúa en al menos 65, y más si no se tiene un cierto recorrido de cotización. Se pueden criticar aspectos específicos y modalidades de ejecución de aquella reforma, pero es intelectualmente deshonesto considerar esa reforma en conjunto como un disparate neoliberal y obviar su sentido de equilibrio intergeneracional.
Otro problema muy señalado, y real, es el déficit desbocado, que ahora limita el margen de maniobra y obliga a tomar decisiones dolorosas que nadie quiere asumir. Curiosamente, esto es, en parte, el fruto de una política de consistente protección ―tampoco en línea con la imagen liberal de Macron― llevada adelante en sucesivas crisis, desde la covid hasta el shock por la guerra de Ucrania. Se gastó en amortiguar.
Lo que sí tuvo un corte liberal fue la acción para recortar ciertos impuestos, principalmente sobre empresas y capital. El recorte fomentó la inversión, pero no redundó en un crecimiento sostenido, y la mezcla de gasto sostenido, recortes de impuestos y crecimiento anémico ha causado un déficit muy grave. Ahora no hay margen.
Los impuestos que generaron la revuelta de los chalecos amarillos, de por sí, tenían una intención verde que tampoco responde al estereotipo del liberal poco implicado con la lucha contra el cambio climático. Pero la medida fue otra herida para esas clases descolgadas de la cresta de la ola del tiempo moderno.
El macronismo pues no ha sido un neoliberalismo caricaturesco, ni un thatcherismo, ni siquiera el reformismo de las medidas laborales Hartz del socialdemócrata Schröder. Pero dejó sangrar esa herida, y puso sal sobre ella con una actitud política presidencial altiva, distante, muy intelectualizada. Macron es la encarnación de las élites en un tiempo en el que triunfan políticos que hablan directo y al grano con lenguajes simplones y con pocas lecturas.
El resultado de esto es que la tasa de pobreza se situó en 2024 (dato disponible más reciente) en un 15,4%, el más alto de la serie, iniciada en 1996. Muchos más son aquellos que se sienten ciudadanos de segunda, desconectados de una manera u otra de la posibilidad de prosperar. Esto ocurre en un país con servicios públicos muy potentes. Francia tiene un gasto público que supera con creces el 50% del PIB, mucho más que España. Macron no lo amputó. Pero no solo cuenta el contexto sustancial, sino también las percepciones. Y ahí el macronismo ha fallado, propagando una imagen de desconexión de la gente común.
Macron acertó de pleno en apelar a la autonomía estratégica de la UE o en reclamar mayor firmeza europea ante la competencia desleal china. Desafortunadamente, se le ha hecho caso demasiado tarde. Pero no supo percibir y manejar adecuadamente las brechas que desgarran a Francia. Paradójicamente, la opción con más posibilidades de evitar la calamidad de una presidencia Le Pen es cierta continuidad macronista: Édouard Philippe, su primer ministro en el primer mandato, que podría conseguir pasar a la segunda vuelta con opciones si se retira de la competición otro macronista, Gabriel Attal. Pero incluso si eso pasara, no sería una salvación. El macronismo ha naufragado y hay que corregir el rumbo de navegación. Andrea Rizzi es analista de política internacional. Publicado en El País.



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