sábado, 30 de septiembre de 2023

De la necesidad de convivir con la duda

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura para hoy, de la escritora Carlota Gurt, va de la necesidad de convivir con la duda. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Dudar contra el totalitarismo de la certidumbre
CARLOTA GURT - El País
26 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

El entretenimiento del año es charlar con los chatbots de inteligencia artificial y jugar con sus límites para encontrar los fallos del oráculo computacional. También yo he sucumbido, y lo que más me horroriza con diferencia es que no dudan. Ni tan solo cuando mienten. Los datos con los que trabajan son limitados y la programación que los impulsa todavía defectuosa, de manera que son capaces de afirmar que un autor ha publicado un libro que no existe o atribuirle una obra de otro autor sin que les tiemble el píxel.
Lo curioso es que, a pesar de conocer las limitaciones de los chatbots, seguimos acudiendo a ellos porque nos responden con una certeza tranquilizadora. La duda nos aterra. Un chatbot no dirá nunca “no lo sé”, porque vive en un mundo en el que hay respuestas para todo (aunque sean inexactas). Preferimos la mentira a la incertidumbre.
Lo cierto es que convivir con la duda es incomodísimo, y si nos ponemos cartesianos puede llegar a ser incapacitante. ¿Cómo determinar qué hacer, qué opinar, cómo avanzar sin el combustible de la certeza?
A mí me parece que la certeza es propia de los idiotas y de los genios (si es que queda alguno: a veces también eso lo dudo). F. S. Fitzgerald escribía que la prueba de una inteligencia de primer orden es la facultad de tener simultáneamente dos ideas opuestas dentro de la cabeza y, a pesar de ello, no perder la capacidad de funcionar. De modo que uno debería ser capaz de darse cuenta de que las cosas no tienen remedio y, aun así, tener la determinación de cambiarlas.
Pero sostener la contradicción es agotador. Sobre todo porque la sociedad actual no tolera las medias tintas y nos empuja a posicionarnos. Solo hace falta echar una ojeada a las redes sociales para comprobar que la duda no está de moda. La gente opina con una seguridad apabullante (¿ridícula?). Hoy cualquiera tiene opiniones firmes sobre la política económica, el imperialismo lingüístico, la climatología, los pelos de la nariz del primer ministro sueco. Vivimos rodeados de expertos aficionados y filósofos de cafetería. Nos apuntan con una pregunta: manos arriba, ¿qué opinas de tal y cual? Y nosotros disparamos una respuesta para salvar nuestra reputación, no vaya a ser que alguien nos tome por unos mindundis sin criterio. No nos gusta reconocer que no lo tenemos claro, que nuestras opiniones son fluctuantes. Que sí, pero no. Cómo nos cuesta pronunciar un honesto: “No lo sé”.
Veo el mundo moderno como una gran centrifugadora. Metes una idea dentro y tras cinco minutos girando a 1.400 revoluciones ya tienes a todo el mundo vociferando desde su rincón, pegado a la pared de su parcela ideológica, incapaz de moverse ni un micrómetro porque la fuerza centrífuga no se lo permite. Cada vez resulta más complicado mantenerse a una distancia prudente de los extremos. Y eso, señoras, sí que es aterrador.
Históricamente, desde Sócrates o Descartes hasta los filósofos de la sospecha, la duda había sido el método para llegar a la verdad. Hoy, desengañados de tantas verdades que han resultado ser falsas, hemos decidido abandonar la duda y empuñar las convicciones feroces. El combustible del éxito es la seguridad. Fíjense en Trump, en Vox, en Rubiales. Eso se traduce trágicamente en un cambio significativo en la evolución de las ideas. El diálogo ha dejado de ser la forma primordial de contrastarlas y ponerlas a prueba, para dar paso al monólogo inapelable. Pero el progreso es (¿era?) fruto de la negociación de las ideas, nace (¿nacía?) de la capacidad de dudar y de escuchar los argumentos contrarios.
Dudar nos puede paralizar. Al fin y al cabo, nos deja en la intemperie: ¿cómo actuar si no estamos seguros de nada? Podríamos acabar instalados en un escepticismo estéril o en un delirio paranoico (decía Hume que la duda es el primer paso hacia la verdad, pero el último hacia la locura). Además, la equidistancia tiene visos preocupantes de falta de compromiso.
No dudar es nuestro mecanismo de defensa para vivir en estos tiempos de duda categórica. Síntoma de ello son la deriva narcisista del individuo (patológicamente seguro de todo y, en especial, de sí mismo), el síndrome del impostor (la duda primordial: dudar de uno mismo) o el deconstructivismo (la filosofía extrema de la duda). Hoy la duda lo impregna todo, y nuestra manera de afrontarlo es aferrarnos con más fuerza que nunca a unas certezas que no existen. Vivimos en el totalitarismo de la certidumbre.
Le pregunto al chatbot si dudar es bueno y me responde que sin duda lo es. A mí también me lo parece, pero no estoy completamente segura. A fin de cuentas, también hay numerosos ejemplos que confirman la fuerza revolucionaria de la convicción inquebrantable: Thunberg, Parks, Hermoso. ¿Cómo distinguir a un genio de un idiota? No lo sé. Dudo, luego existo.

























[ARCHIVO DEL BLOG] Contra las "listas negras". [Publicada el 13/12/2016]









Hay una frase, probablemente apócrifa, atribuida al que fuera tercer presidente de los Estados Unidos de América y uno de los "padres" de su Constitución, Thomas Jefferson, en la que dice preferir vivir bajo un gobierno despótico, pero con libertad de prensa, a vivir bajo uno justo donde no existiera dicha libertad. Creo que tiene razón Jefferson, y quienes así piensan. La libertad de expresión es la esencia de cualquier sociedad democrática. Por eso no me gusta la censura, ni las llamadas "listas negras". Se empieza por señalar a la gente que dice lo que no nos gusta, luego vienen los linchamientos morales, se continúa con la confección de listas sobre quienes son amigos o enemigos..., y de ahí se sigue sin solución de continuidad a los campos de concentración, y después a los de exterminio. No podemos concedernos ni un solo paso a atrás en la defensa de la libertad de expresión. Podemos detestar lo dicho, pero nunca jamás prohibir decirlo. A las personas se las debe juzgar por lo que hacen, nunca por lo que dicen. Por eso, aun sin compartir lo dicho en su día por el cineasta español Fernando Trueba, creo sinceramente que no se merece la campaña de acoso y derribo a la que está siendo sometido. 
Esa es también la opinión de Arcadi Espada en su artículo de hace unos días en El Mundo, titulado Los reyes de EspañaDijo hace tiempo el director de cine Fernando Trueba, señala Espada, que él no se había sentido español ni cinco minutos. Yo ni cero cinco, añade. A mí siempre me ha bastado con ser español, es decir, ciudadano de un Estado donde el ejercicio de mis derechos no dependa de mis opiniones. Esta frase de Trueba se la han pasado por la cara, ahora que ha estrenado una película que para más inri y patria se llama La Reina de España. Y desde las cavernas sociales se ha llamado al boicot con un argumento llamativo: el que cobra de España, y se refieren al dinero público de las subvenciones al cine, no puede vejarla. Es desoladoramente probable que muchos de los que protestan contra Trueba lo hayan hecho alguna vez contra la discriminación que la política nacionalista ejerce sobre todo aquel catalán o aficionado que osa decir: "Yo no me he sentido catalán ni cinco minutos". El que es mi caso, desde luego, fortalecido por el agravante de que yo tampoco soy catalán. No soy catalán, en primer lugar, porque hace años quedó fijado por el Gran Corrupto que catalán es el que vive y trabaja en Cataluña y quiere serlo, y yo no quiero. Pero sobre todo porque una nacionalidad solo rige seriamente cuando uno puede ir a una ventanilla y borrarse. Mi profunda, oceánica vergüenza ante la posibilidad de que haya quien me considere catalán no puede disolverse con un trámite limpio y seco. Se comprende que la única circunstancia que me haría recibir la independencia con alborozo sería poder ser el primero en la cola de los apátridas. En defensa de Trueba y de su derecho a la ofensa, y de su derecho a cobrar por el trabajo que hace y no por las opiniones que emite, se han levantado algunas gentes justamente escandalizadas. Otras, sin embargo, y las simboliza este Jordi Évole que presenta reality shows, se han apresurado a calificar de fachas a los críticos de Trueba. La palabra usada revela la vistosa característica española de la palabra nacionalista. A los críticos de Trueba les espetan la palabra facha o como máximo las palabras nacionalista español, que definen, a su estricto juicio, la mala manera de ser nacionalista. Pero nadie les llama nacionalistas a secas, porque nuestra izquierda no puede concebir que nacionalista sea un insulto. Observado desde Cataluña comprendo muy bien sus precauciones: desde el funcionario Enric Millo hasta el concejal Garganté habría demasiada gente insultada.
Los nazis no fueron los primeros ni los últimos en hacer "listas negras" de aquellos conciudadanos que, por las razones que fueran, consideraban indignos de pertenecer a su sociedad. También Estados democráticos cayeron en esa tentación. En los Estados Unidos de la "Guerra fría", por ejemplo. 
Acabo de ver por televisión una película estadounidense de 2015, dirigida por Jay Roach y titulada "Trumbo. Las listas negras de Hollywood", que me ha impactado profundamente. La película narra la historia de Dalton Trumbo (1905 –1976), un novelista, guionista y director de cine estadounidense perseguido por el macarthismo, obligado ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses en 1947, dentro de la búsqueda de elementos comunistas en la industria del cine.  Trumbo comenzó a trabajar para la revista Vogue y en 1937 se inicia en el mundo del cine, conviertiéndose en uno de los guionistas mejor pagados de Hollywood gracias a películas como Treinta Segundos sobre Tokio (1944), Our Vines Have Tender Grapes (1945) o Kitty Foyle (1940), en la que fue nominado al Oscar al mejor guion adaptado. En el campo de la novela, en 1939 consiguió el National Book Award por Johnny Got His Gun, de inspiración pacifista que surgió a raíz de la impresión que le transmitió la imagen de un soldado desfigurado en la Primera Guerra Mundial.
En 1947 Trumbo fue víctima de la caza de brujas contra el comunismo emprendida por el senador McCarthy. Acusado por el Comité de Actividades Antiestadounidenses (arma política encargada de vigilar la "peligrosa influencia comunista" en Hollywood durante la guerra fría), prefirió seguir fiel a sus principios y fue encarcelado durante 11 meses, exiliándose posteriormente en México. Desde allí, continuó escribiendo con extraordinario talento, para defender la libertad de expresión y siempre bajo diferentes pseudónimos.
En agosto de 2014, el diario El País publicó un reportaje firmado por Elsa Fernández Santos, relatando la persecución de que fue objeto Dalton Trumbo, titulado Espartaco contra las listas negras, y de la cerrada defensa que de él hizo el actor, ahora ya centenario, Kirk Douglas. Creo que merece la pena reproducirlo.
En el prólogo del libro ¡Yo soy Espartaco!, dice Elsa Fernández, el actor George Clooney escribe algo que siempre es bueno recordar: la verdadera naturaleza de un hombre —su grandeza o, por el contrario, su miseria— se manifiesta no por los principios que dice tener sino por los que finalmente tiene cuando lo que está en juego son sus propias habichuelas, su medio de vida y el de su familia. “En esos momentos es cuando se comprende la pasta de la que uno está hecho”. Clooney lo escribe para recordar uno de los episodios más valientes de la historia de Hollywood. El día que marca el fin de las listas negras que provocó la caza de brujas del Comité de Actividades Antiamericanas. Ese día fue el 19 de octubre de 1960, fecha del estreno de Espartaco, de Stanley Kubrick, cuando gracias al empeño de su productor y protagonista, Kirk Douglas, se puso en los créditos de la superproducción el nombre de su verdadero guionista, Dalton Trumbo, oculto hasta entonces en seudónimos que perpetuaban la hipocresía en la que estaba instalada la industria del cine desde que el inquisitorial miedo del macartismo se instaló en su plácida vida.
¡Yo soy Espartaco! Rodar una película, acabar con las listas negras, sigue diciendo, es la memoria que el nonagenario Kirk Douglas (Ámsterdam, Estado de Nueva York, 1916) publicó en 2012. Elegido mejor libro de cine editado en 2013 en Francia, llega en septiembre a las librerías en español de la mano de Capitán Swing (con traducción de Ricardo García Pérez) para detallar todo lo que ocurrió durante los 14 enloquecidos meses que duró el rodaje de la película. Espartaco costó 12 millones de dólares, más del doble de lo previsto, su fracaso implicaba llevarse por delante la productora de Douglas, Bryna (nombre dedicado a su madre rusa) y su propia carrera de actor. Más de cincuenta años después de aquella aventura, este patriarca del viejo Hollywood dedica a sus nietos un relato conmovedor, para que nunca olviden que en el mismo lugar donde hoy disfrutan de una vida privilegiada se instauró el terror de un sistema enfermo. Arropado por un equipo de documentalistas, echando mano de sus archivos y recuerdos, Douglas da marcha atrás para rememorar aquel vergonzoso capítulo histórico.
“Lo que me propongo contarles en este libro es cómo fue la producción de la película Espartaco durante otro periodo de enfrentamiento interno en la historia de nuestra nación”, escribe Douglas. “La década de 1950 fueron años de miedo y paranoia. En aquel entonces, el enemigo eran los comunistas. Ahora, el enemigo son los terroristas. Los nombres cambian, pero el miedo permanece. Los políticos exacerban aún más el miedo y los medios de comunicación lo explotan. Se benefician de mantenernos atemorizados. El primer presidente estadounidense por quien voté fue Franklin Roosevelt. Él dijo: ‘De lo único que debemos tener miedo es del propio miedo”.
Douglas nunca fue un activista político, dice Elsa Fernández. Pero no pudo mantenerse indiferente. Él lo achaca a la temeridad juvenil, a cierta ira innata que le recuerda demasiado a la peor cara de su alcohólico padre y a un sentido de la justicia donde la profesionalidad y el trabajo están por encima de otras cuestiones. “Hoy en día todavía hay quien sigue tratando de justificar las listas negras. Dicen que eran necesarias para proteger a Estados Unidos. Dicen que las únicas personas que resultaron perjudicadas fueron nuestros enemigos. Mienten. Hombres, mujeres y niños inocentes vieron arruinada su vida debido a esta catástrofe nacional. Lo sé. Estuve allí. Vi cómo sucedía”.
Dalton Trumbo no era amigo de Douglas, tampoco se conocían, pero le contrató simplemente porque pensó que era el mejor guionista de Hollywood, añade más adelante. Trumbo había ganado con el seudónimo de Robert Rich el Oscar a la mejor historia por Vacaciones en Roma (1953). Y, tres años después, al mejor guion por El Bravo. Obviamente, ni pudo recoger las estatuillas ni su nombre se oyó en ninguna gala. La doblez moral era absoluta. Después de pasar por la cárcel y exiliarse en México, donde había formado parte de una colonia de guionistas represaliados, vivía modestamente con su mujer y su hija en una pequeña casa de Los Ángeles. Escribía sin parar, pero siempre parapetado en falsas identidades. Hollywood se aprovechaba de su talento pero sin reconocerle sus derechos. No podía pisar ni un estudio, ni una fiesta, ni un rodaje. En 1947 se había negado a testificar ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Acogiéndose a la Primera Enmienda, fue uno de los llamados Diez de Hollywood, que se negaron a declarar ante un tribunal que violaba los derechos de libertad de expresión y de libre asociación. Ni se confesó comunista ni delató a compañeros. En un combate verbal que exasperó al juez, Trumbo gritó: “¡Este es el comienzo en Estados Unidos de un campo de concentración para guionistas!”. Lo sacaron de la sala por la fuerza. Su firmeza, al contrario que la de otros compañeros suyos, no flaqueó. Antes moriría de hambre. “Él era una especie de pararrayos de la división del país”, escribe Douglas. “Después de haber pasado casi un año en la cárcel seguía estando en la lista negra de los estudios de cine: la instrucción de ‘no contratar a determinadas personas’ llevaba vigente más de una década”.
Douglas, continúa diciendo Fernández, recuerda algunas historias terribles. Suicidios ante la impotencia de ver truncadas prometedoras carreras, la pobreza a la que se veían abocadas muchas familias, la inquina de columnistas como Hedda Hopper, que desde su tribuna de cotilleos señalaba sin piedad a los inculpados o a los que les daban trabajo. Con pena y emoción, el actor evoca a Carl Foreman, era el guionista de Solo ante peligro, pero por miedo a las represalias los productores quitaron su nombre de la película. Foreman no había pertenecido al Partido Comunista pero se negó a delatar. Huyó a Inglaterra. Se quedó sin trabajos y sin amigos, su mujer lo abandonó. “Se convirtió en un apátrida”, recuerda Douglas. En un encuentro en Londres, Foreman le insinuó que por su bien era mejor que no les vieran comer juntos. Douglas no daba crédito, muerto en vida, se había quedado totalmente solo.
Espartaco, nos cuenta más adelante, estaba basada en una obra que Howard Fast, popular autor de novela histórica, escribió cuando estuvo encarcelado por su apoyo a un grupo antifranquista español, el Joint Anti Fascist Refugee. El Comité de Actividades Antiamericanas quería saber el nombre de los simpatizantes y Fast se negó a revelarlos. Acabó en prisión. Allí gestó la novela que un tiempo después acabó en manos de Douglas. La historia del esclavo tracio que dirigió la rebelión más importante contra la República Romana era ese personaje épico que la incipiente estrella necesitaba.
El rodaje del filme, añade, se fraguó con Trumbo escribiendo insomne y a la sombra. Si los estudios averiguaban que él era el guionista, el proyecto podría acabar en la papelera o víctima de una estampida dentro del equipo. Años antes, cuando Frank Capra intuyó que detrás de Vacaciones en Roma podría estar la mano de un escritor de la lista negra, fue claro: no se arriesgaba. El clima era tóxico: Elia Kazan acababa de tirar la toalla para sumarse a la ponzoña delatando a ocho compañeros.
En el relato de Douglas hay muchas escenas reales que superan la mejor ficción, continúa diciendo. Como el día en que, finalizado ya el rodaje, Dalton Trumbo entró con él y Stanley Kubrick en los comedores de Universal después de años sin poder pisar un estudio. Todas las miradas se volvieron hacia ellos, algunos incluso empezaron a señalar con el dedo. El camarero, atónito, le cedió la carta a Douglas y este se la pasó al guionista: “Empecemos por mi amigo. ¿Qué le apetece tomar, señor Trumbo?”. Tembloroso y algo cabizbajo, el escritor añadió: “Tendrás que darme unos minutos. Hace mucho que no vengo aquí”.
Hasta 2011, concluye, el nombre de Dalton Trumbo no figuró en los créditos de Vacaciones en Roma. En 1971, el escritor dirigió la película sobre su perturbador alegato antibelicista de 1939 Johnny cogió su fusil. Murió en 1976. Douglas, por su parte, afirma que Espartaco no acabó con las listas negras sino con “las listas de la hipocresía”. Trabajar con Trumbo fue una lección de vida que este honorable anciano no quiere llevarse a su gloriosa tumba. Sus palabras sobre él no pueden ser más hermosas: “Dalton era fiel a sus ideas hasta decir basta, pero jamás se ofendía cuando alguien las ponía en duda. Albergaba una extraña mezcla de seguridad en sí mismo aligerada también por una gran distancia de sí mismo. Tomarse el trabajo muy en serio sin tomarse a uno mismo muy en serio constituye un don muy inusual que en él era abundante… Me enseñó mucho sobre la valentía y la elegancia. Y espero que este libro contribuya a que se recuerde a Dalton Trumbo como el auténtico héroe estadounidense que fue”.
Es posible que muchas personas honestas y de buena fe piensen, sinceramente, que esta historia no tiene nada que ver con el affaire sobre Fernando Trueba. Y sí, es posible que tengan razón, pero el problema es que si dejamos pasar una nos pueden colar ciento, y que como dije al comienzo de esta entrada, de la exclusión pasemos a las listas y de las listas a los campos y de los campos al exterminio. No sería la primera vez. En Europa ocurrió hace no mucho... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt











viernes, 29 de septiembre de 2023

De las lenguas de mi patria

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura para hoy, del poeta Luis García Montero, va de las lenguas de mi patria. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








Bilingüismo
LUIS GARCÍA MONTERO - El País
25 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

El poeta Joan Margarit afirmaba que tenía una lengua materna, el catalán, y una lengua casi materna, el castellano. Educado en la España franquista, vivió la represión contra el catalán y la consigna de estudiar en español. Un policía llegó a pegarle un pescozón para que hablase en cristiano. Pero este idioma es lo único que no pienso devolverle al franquismo, decía Joan, porque después de leer a García Lorca o a Neruda ya es mío. Recuerdo que en México, la noche antes de recibir el Premio Poetas del Mundo Latino, le conté la historia de un poema de Cernuda titulado Niño muerto. Se llamaba José Sobrino, uno de los 3.800 niños vascos que fueron evacuados durante la Guerra Civil, a bordo del transatlántico Habana, desde Bilbao al puerto de Southampton.
Cernuda fue uno de los encargados de cuidarlo. Enfermo grave, le pidió que le leyese un poema. Terminada la lectura, el niño dio las gracias y dijo que se iba a volver a la pared por pudor, porque no quería que nadie viera su cara mientras moría. Luis Cernuda escribió un poema, yo se lo leí a Joan en Aguascalientes, en su lengua casi materna, y me emociona descubrir el mismo sentido del pudor en su libro Animal de bosque, el libro que escribió acompañado de su familia mientras se estaba despidiendo de la vida.
Joan tuvo la suerte de ser bilingüe y de compartir el bien común de sus lenguas maternas no como dos sectas obligadas a enfrentarse, sino como una riqueza a la que no debemos renunciar por culpa de los fanáticos sin pudor que no saben vivir, convivir, morir y renacer con dignidad. Estamos acompañados de palabras que nos abrazan, nos reciben y nos despiden, palabras que conviven ahora en libertad y que nos acercan a la verdad histórica de nuestra tierra. Hay que ser muy soberbio para despreciar una lengua materna.






























[ARCHIVO DEL BLOG] Cambio de ciclo: ¿Fin del capitalismo? ¿Hora de revoluciones? [Publicada el 09/10/2014]












A mis nietos Gabriel, Guillermo y Saúl,
aunque aún no puedan entenderlo,
porque ellos representan el futuro


Cuando el Muro de Berlín se vino abajo en noviembre de 1989, y con él todo el sistema de dominación política y económica de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas sobre su propio territorio (que saltaría hecho pedazos dos años más tarde) y sobre el del resto de países del llamado "bloque socialista" de Europa Oriental, pareció a muchos que la Historia (con mayúsculas) se hubiera detenido y que un nuevo ciclo histórico dominado por el sistema capitalista en lo económico y el democrático-liberal en lo político, se hubiera instalado ya para siempre, o para mucho tiempo, en toda la sociedad. Era, el "fin de la historia", ya predicho por Hegel y Marx en el siglo XIX, entendido, en palabras del profesor Israel Sanmartín, como término de un proceso dialéctico que a través de unos estadios comprensibles e incluso predecibles desembocan en uno postrero que otorga sentido y realidad a los acontecimientos. ¿Se equivocaron Hegel y Marx? Parece que sí.
Un año antes de la caída del Muro, en 1988, un joven profesor de Ciencias Políticas estadounidense, Francis Fukuyama, escribió un polémico artículo que alcanzó una enorme difusión en todo el mundo. Se titulaba "El fin de la historia". Y en España mereció el estreno con él de la revista Claves de Razón Práctica, una publicación fundamental para conocer, en español, lo que se cuece en el mundo sobre historia, cultura, filosofía, sociología, economía y política. La tesis central del artículo era que, con el triunfo insoslayable del sistema económico capitalista y el político democrático-liberal, la Historia (de nuevo con mayúscula) había llegado a su culminación. Que nada más perfecto para el desarrollo del hombre y de la sociedad podría sustituir a ambos sistemas. ¿Se equivocó Fukuyama? Parece evidente que sí.
Veinticinco años después el mundo y el sistema económico capitalista y el político democrático-liberal están, como mínimo, trastocados. ¿Cambio de ciclo? ¿De paradigma? (Paradigma es, en palabras del filósofo estadounidense Thomas S. Kuhn, toda una constelación de convicciones, valores y modos de proceder compartidos por los miembros de una socidad dada). Bien pudiera ser...
Lo es, por ejemplo, para el sociólogo norteamericano Jeremy Rifkin, que acaba de publicar un libro (2014) titulado "La sociedad del coste marginal" en el que augura la jubilación del sistema capitalista, una tesis que defiende en un recientísimo artículo titulado "Hacia el Internet de las cosas". Dice en él que para el año 2050 los "prosumidores" (ya no existirán consumidores) dominarán el mundo con una nueva concepción de la economía, la cultura y las artes como productores y consumidores de manera gratuita, o casi, gracias al coste marginal cero. Un penúltimo logro, dice, de la democratización, la autogestión y autoregulación de un nuevo sistema llamado "procomún colaborativo", que habrá derrocado para esas fechas, al capitalismo. ¡Cuán largo me lo fiáis, amigo Sancho!, le dijo don Quijote a su escudero... ¿Será posible? Me gustaría que sí.
¿Será este, ahora, el momento de la Revolución? ¿De ese cambio de ciclo presentido? ¿De ese nuevo paradigma en la historia de la humanidad? Pienso, sinceramente, que no deberíamos dejarnos llegar por las ensoñaciones ni las utopías. Es cierto que sin "utopías" es difícil avanzar, pero las utopías, las más recientes: el comunismo (el dominio de una clase para abolir las clases) y el nazismo (el dominio de una raza para abolir la libertad y dominar a las demás) han causado demasiado sufrimiento, demasiada sangre, demasiadas muertes, como para no tomarlas, al menos, con un cierto escepticismo.
Mi admirada y profusamente citada Hannah Arendt, decía en su libro "Sobre la revolución", que la palabra "revolución", etimológicamente, no significa "cambio hacia delante", sino al contrario, cuando una situación se entiende como defectuosa o necesitada de cambio, como un "volver hacia atrás". Es decir, a una situación que se reconoce como "mejor" y "más justa", basada en la experiencia y el recuerdo del pasado.
Un joven, polémico y famoso filósofo surcoreano, Byun-Chul Han, muy crítico con las ideas de Jeremy Rifkin, ha escrito un reciente artículo titulado "¿Por qué hoy no es posible la revolución?", en el que afirma que quien pretenda establecer un sistema de dominación lo primero que debe hacer es eliminar resistencias. ¿Por qué el régimen  de dominación democrático-liberal es tan estable? ¿Por qué hay tan poca resistencia? ¿Por qué toda resistencia se desvanece tan rápido? ¿Por qué ya no es posible la revolución a pesar del creciente abismo entre ricos y pobres?, se pregunta el profesor Han. Para explicarlo, dice, es necesario comprender adecuadamente como funcionan hoy el poder y la dominación. Y a ello se dedica en el artículo que comento. ¿Tendrá razón Han? 
Como ven sigo planteando más preguntas que respuestas. En todo caso espero que los enlaces les resulten de interés. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












jueves, 28 de septiembre de 2023

De los impulsos nocivos

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura para hoy, del politólogo Víctor Lapuente, va de los impulsos nocivos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Cómo muere España
VÍCTOR LAPUENTE - El País
25 SEPT 2023 - harendt.blogspot.com

Desde los tiempos bíblicos sabemos que la ley se escribe en piedra, pero la legitimidad en las venas de la ciudadanía. Y ese es el problema actual de nuestro país: la población está dejando de sentir adhesión hacia sus instituciones públicas. Más allá de los anecdóticos juramentos de algunas señorías al tomar posesión de su cargo, como el “hasta la consecución de la república catalana” o “por la lucha antifranquista”, al Estado español (a su legislativo, ejecutivo o judicial; pero también a su policía, agencia tributaria o cualquier cuerpo funcionarial) se le obedece crecientemente por “imperativo legal”, no por convicción en su legitimidad. Algo de España se nos muere y la culpa es de todos y todas.
Citamos a menudo el ensayo Como Mueren las democracias de los politólogos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, como recientemente hizo el presidente interino del Tribunal Supremo, Francisco Marín, en su discurso de apertura del año judicial. Pero nos quedamos con el resumen mediático del libro: que, en nuestros días, las democracias no suelen morir por una repentina revuelta militar o popular, sino por la lenta erosión de las instituciones. Hoy escasean los golpes de Estado y abundan los autogolpes, por los que los presidentes van, poco a poco, acumulando poder y minando los contrapesos. Ahora tenemos pocos Pinochet, de cuyo asalto a la Palacio de la Moneda se cumplen 50 años y el eco de su recuerdo suena lejano, y muchos Putin, cuya represión inspira a cualquier aprendiz de tirano en el planeta.
Es una tesis empíricamente correcta, pero también un argumento éticamente inapropiado para atacar al rival político. Y es lo que oímos continuamente, tanto desde las filas de la derecha como de la izquierda: mire, es que estos (Sánchez pactando con los independentistas; o el PP bloqueando el CGPJ y haciendo lo que los anglosajones llaman lawfare) están acabando con la democracia. Esta instrumentalización partidista está en las antípodas el mensaje de fondo de Levitsky y Ziblatt, que apela a la responsabilidad compartida.
Los autores de este bestseller político nos conminan a todos (no sólo a los de la acera política opuesta) a hacer algo incómodo para nuestros egos, en defensa de la democracia. Reclaman, primero, un ejercicio activo de tolerancia mutua, de respetar el derecho del rival a competir y gobernar. Pero, en la España de hoy, la mayoría de dirigentes políticos consideran que los del bando contrario no son adversarios, sino enemigos de la nación (o nacionalidad). Y que, por ende, casi toda acción está justificada para negarles el acceso al poder. Ha sido el mantra de parte de la derecha durante el gobierno de Sánchez, al que ha intentado deslegitimar por tierra, mar y aire. Y ahora lo es de muchos en la izquierda, que nos repiten que hay que hacer “todo aquello que pueda permitir” un gobierno progresista y “cualquier cosa es preferible al fascismo”.
Más importante todavía es la segunda recomendación de Levitsky y Ziblatt: el “autocontrol paciente”, el abstenerse de llevar a cabo acciones que, aunque encajen con la letra de las leyes, violen su espíritu. Actos que pueden ser perfectamente legales, pero que serán percibidos como ilegítimos por un sector importante de la población. Al leer estos pasajes del libro es imposible no visualizar las imágenes del referéndum ilegal del 1 de Octubre de 2017 que dieron la vuelta al mundo: las porras contra los manifestantes. Porque eso es lo que quedó en la retina de millones de personas de todo el orbe, independientemente del “adoctrinamiento” de los servicios de propaganda del separatismo. Y en millones de catalanes fue más allá de la retina, colándose en los intersticios del corazón, el hígado y las entrañas, independientemente de sus preferencias soberanistas. La policía posiblemente cumplió la ley al pie de la letra, pero los responsables políticos que ordenaron las actuaciones podrían haberse atenido al principio de autocontrol paciente. No era difícil anticipar que, en cientos de intervenciones policiales (por impecablemente legales que fueran) contra miles de personas, habría disturbios. Y que eso generaría un malestar que iría más allá del movimiento independentista, calando en segmentos diversos de la España periférica, pero también central.
Hagamos un pequeño ejercicio de fantasía. ¿Qué hubiera pasado si el Estado hubiera aplicado el autocontrol paciente el 1-O, tratándolo como un referéndum de cartón-piedra, una botifarrada popular, y mantenido idénticas el resto de actuaciones frente al desafío separatista? Es decir, aplicando el 155 si hubiera sido necesario, así como persiguiendo las responsabilidades civiles y penales correspondientes para preservar el orden constitucional.
Yo lo tengo claro. La aplicación ciega de la legalidad, a caballo del “¡A por ellos, oé!” (que es la definición más clara de descontrol impaciente), minó la legitimidad del Estado español, tanto en diversos lugares del territorio nacional como en el extranjero. Muchos expatriados nos quisimos meter debajo de las piedras esos días, avergonzados por la acción de unas fuerzas de seguridad a las que tantas veces alabamos por su eficacia y profesionalidad, y no podíamos dejar de concurrir con lo que cualquier observador medio internacional veía: esta represión, innecesaria para su objetivo, no tiene cabida en un estado democrático.
Si hubiéramos visto a los carabinieri haciendo el mismo uso de la fuerza activa contra miles de ciudadanos lombardos participando en una consulta ilegal e intrascendente, España entera lo habría criticado, sin que eso supusiera que exoneráramos a los responsables de organizar ese referéndum. Seguiríamos pensando que quienes hubieran desviado dinero público o aprobado leyes de desconexión de la constitución italiana deberían afrontar consecuencias judiciales. Sin embargo, esa sencilla combinación —aceptación del Estado de derecho y, al tiempo, reprobación del exceso de celo— no la podemos aplicar a nuestro polarizado país. Ni al procés ni a la gestión posterior, de los indultos a hoy.
La falta de tolerancia mutua y de autocontrol paciente por parte de los principales actores políticos están detrás del problema estructural de confianza que, según los datos, sufre España. Todos los países atraviesan momentos de desconfianza hacia el sistema. En tiempos de crisis económicas o escándalos de corrupción, es incluso sano que las personas se vuelvan coyunturalmente escépticas pero, tras los años de vacas flacas, deberían volver a conectarse mentalmente con la res publica de su país. Y en un trabajo de reciente publicación, los expertos Tom van der Meer y Patrick van Erkel señalan que, después de la Gran Recesión, las ciudadanías de Europa occidental recuperaron la confianza en sus sistemas políticos, pero hay dos nítidas excepciones: Francia, una sociedad notoriamente fracturada, y España.
Hay una lesión en el alma política de nuestro país. La raíz del problema no es, como predican muchos altavoces en la derecha, “un boquete irreparable en el Estado de Derecho”. Ninguna actuación, ni del gobierno ni de la oposición, ha roto la Constitución. Y, si alguna lo rompe, será cercenada por el Tribunal Constitucional. El boquete no está en la ley, sino en la legitimidad. No hay tribunal (terrenal al menos) que lo pueda remediar. Y es un agujero negro que no deja de crecer, alimentado por declaraciones políticas de una creciente iniquidad hacia el contrario. Por favor, quieran un poco más a los demás y, sobre todo, repriman sus impulsos mucho más.