sábado, 6 de abril de 2024

Sobre belicismo y pacifismo. Especial 3 de hoy sábado

 






De belicismo y pacifismo
ANDREA RIZZI
06 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Mientras el horizonte de la guerra en Ucrania se oscurece por la falta de medios defensivos que sufre Kiev, arrecia en Europa un intenso debate acerca de qué hacer —y cómo hablar— ante las graves circunstancias que agitan el Continente. Son muchas las voces que discrepan de una retórica política que consideran excesivamente alarmista, o que rechazan la estrategia de fondo que se va perfilando en la UE. Según contó el primer ministro polaco, Donald Tusk, en una entrevista concedida a este diario, el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, pidió a sus homólogos en un Consejo Europeo que dejaran “de utilizar la palabra guerra” en sus declaraciones, argumentando que “hay gente que no quiere sentirse amenazada de esa manera”. Desde la sociedad civil también afloran voces que alertan de posibles riesgos de la actual senda retórica y fáctica. En este diario, por ejemplo, Ignacio Sánchez-Cuenca y Najat el Hachmi, con distintos matices, han publicado reflexiones en ese sentido.
Estos argumentos no son solo legítimos y respetables, sino que inspiran dudas o incluso empatía entre quienes tienen una visión diferente. Tienen razón cuando señalan el doble rasero de Occidente o el nauseabundo antecedente de las mentiras y la invasión de Irak. Es comprensible el temor a escaladas bélicas o intenciones partidistas. Sin embargo, estas ideas —de contexto o específicas— se topan con argumentos contrarios muy sólidos. Este es probablemente el debate más importante que Europa haya afrontado en décadas. Siguen algunas reflexiones para tratar de contribuir a una dialéctica constructiva en este asunto trascendental.
La premisa fundamental es aclarar que quienes consideran que Europa necesita más gasto en defensa son, en una abrumadora mayoría, pacifistas como los demás. No son belicistas. Belicismo, según la RAE, significa “actitud partidaria de la guerra como medio para resolver conflictos”. Salvo una minoría, los demás aborrecen la guerra. Simplemente, consideran que en las actuales circunstancias la mejor manera de garantizar la paz, de evitar una expansión de la guerra, es invertir en defensa de forma suficiente para disuadir a tiranos con comprobado historial de agresores. Debilidad y zonas grises animan a los agresores al ataque.
Asimismo, quienes abogan por la entrega de armas a Ucrania tampoco son belicistas. La legítima defensa no es ser partidario de la guerra como herramienta para conseguir objetivos. Simplemente, aquellos que secundan esa opción creen que si el pueblo ucranio quiere defenderse de la agresión rusa —lo que es evidentemente el caso—, tiene derecho a ello y es justo ayudarles, en su interés y en el nuestro propio, porque el triunfo de la agresión de Putin en Ucrania, además de una injusticia, representaría un claro aumento del riesgo para la seguridad. La subyugación de Ucrania, por cierto, es lo que hubiera pasado en cuestión de semanas si se hubiesen seguido los llamamientos pacifistas de ciertos sectores de la izquierda a dialogar y a no suministrar armas. Puede considerarse que es mejor la subyugación que la guerra. En ese caso, debe tenerse en cuenta que es una subyugación por parte de un dictador que no solo aniquila la democracia, sino que, por ejemplo, promueve un régimen en el que la homosexualidad es tratada como una aberración.
En segundo lugar, no es cierto que la acumulación de defensas precipite conflictos, que haya una suerte de inevitabilidad en el uso de las armas almacenadas. La OTAN, con todos sus defectos, es prueba de ello. Ganó la Guerra Fría sin disparar una bala. Los Estados de Europa Occidental gastaron durante décadas bastante dinero en Defensa y esto no provocó una escalada bélica, una guerra con la URSS y el Pacto de Varsovia: la disuadió. ¿Qué habría pasado sin OTAN y con Estados europeos militarmente débiles? Conviene preguntárselo. Si es comprensible la mirada hacia antecedentes como Irak, las comparativas históricas deberían ser más exhaustivas.
En tercer lugar, si no debe descartarse que haya algún político que tenga cálculos partidistas detrás de sus declaraciones (lo cual tampoco significa que sean belicistas stricto sensu, sino solo mezquinos tácticos de la política), no puede olvidarse que el discurso alarmista es hoy generalizado y transversal en la UE. Y esto debería ser motivo de reflexión. No procede solo de halcones derechistas o de los países cercanos a Rusia. Los socialdemócratas alemanes están lejos de ser sospechosos de belicismo y, sin embargo, aun con algunos titubeos internos, su liderazgo habla claramente de prepararse para disuadir la guerra y pone dinero consistente para ello. Igualmente Los Verdes alemanes. O liberales de varios países. O la ministra Robles en España. ¿Es una inmensa confabulación? ¿Hay políticos progresistas y liberales tan miopes como para caer en una trampa tendida por malintencionados derechistas en un asunto de este calado? Es sabio y necesario ser escéptico ante los políticos. Pero conviene preguntarse bien el porqué de esa mayoría transversal, trasnacional. Cultivar la duda de que, a lo mejor, de verdad piensan que hay riesgo y conviene afrontarlo de esa manera. Y también la duda de que, tal vez, algunos de los que rehúyen cierta retórica lo hacen también por cálculos partidistas.
En cuarto lugar, el anhelo de una negociación que termine las hostilidades es no solo comprensible, sino racional. La mayor parte de las guerras terminan con una negociación. Sin embargo, la historia muestra que son necesarios cierto tipo de condiciones entre los beligerantes principales para que eso ocurra. Pedirlo está bien, pero la racionalidad exige contemplar la dificultad fáctica de una solución negociada en Ucrania. Desafortunadamente, no parece que haya condiciones maduras para ello. Por el lado de Putin, hay que tener en cuenta que, con la menguante ayuda a Kiev, tiene perspectivas de mejorar su posición y pocos incentivos a parar. Por el lado de Ucrania, no hay señales de que la sociedad ucrania esté dispuesta a lo que podría parar Putin: concesiones equivalentes a un arrodillamiento hoy, y que muy difícilmente garantizarían que Putin no fuera de nuevo a más después. ¿Se lo imponemos los demás? ¿Queremos premiar a los violentos? No hay una respuesta simple. Quienes piden negociaciones, deberían considerar de verdad los sentimientos y la lógica de quien se defiende y la brutalidad y la ambición imperialista de quien ataca. Considerar que por supuesto que hay gente pensando y trabajando en lo que piden. Tal vez, simplemente, la vía no está madura.
En quinto lugar, es preciso sopesar bien las presuntas declaraciones belicistas antes de criticarlas. Por ejemplo, Emmanuel Macron jamás planteó, sugirió o defendió que se enviaran tropas occidentales a Ucrania. Simplemente, contestó a una pregunta al respecto diciendo que no descarta nada. Es una praxis elemental en relaciones internacionales. Se llama ambigüedad estratégica, y consta en no trazar líneas rojas cuyo único resultado es atarle a uno mismo cuando no tiene ni idea de cómo será el futuro y dar pistas y ventajas al adversario. La manera equívoca en la que se difundió esa respuesta causó un vendaval, forzó reacciones. Pero incluso eso es dudoso que pueda considerarse belicismo. La legítima defensa no es sinónimo de belicismo, de abrazar la guerra como solución de los problemas. Macron, por cierto, es el mismo que estuvo hablando y viajando a Moscú para sentarse en la famosa mesa de Putin. Negociando. Igual que Scholz, que prepara a sus Fuerzas Armadas para el riesgo de guerra. ¿Se han vuelto locos? ¿O igual, ante nuevas circunstancias, nuevas políticas?
La UE es un proyecto pacifista. Sus partidarios somos convencidos pacifistas y demócratas. La pregunta es si, para defender los mismos valores en un mundo cambiante —y, ay, cuánto más cambiará si vuelve Trump— podemos permitirnos no cambiar. O si la paz y la democracia se defienden mejor cambiando, dotándonos de los medios para impedir que Ucrania sea arrollada —que el coste de la agresión sea tal que Putin ya renuncie a ella para siempre— y para disuadir que el Kremlin agreda de nuevo en otros territorios. No sabemos cuán real es el riesgo futuro. Sí sabemos que casi todos descartaban una invasión a gran escala de Ucrania hasta casi el último minuto. Que EE UU engañó en Irak y acertó en Ucrania. Tal vez, el nuevo alarmismo sea exagerado. Pero Putin ha demostrado de sobra estar listo para ir más lejos de lo que se imaginaba y, en paralelo, la cooperación entre Rusia, China, Irán y Corea del Norte se estrecha, y no puede subestimarse lo que todo ello significa. Probablemente conviene prepararse para el riesgo, no solo con la disposición al diálogo cuando haya perspectiva razonable para ello, también con disuasión. El pacifismo, como si fuera un verbo, debe conjugarse según el tiempo. El nuestro ya no es el de la caída del Muro, sino el de cientos de miles de soldados rusos invadiendo un país europeo. Andrea Rizzi es analista de política internacional.












Sobre la increíble historia de Anónimo García. Especial 2 de hoy sábado

 






La increíble historia de Anónimo García
ANA IRIS SIMÓN
06 ABR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Hace un par de semanas, Joaquín Reyes dijo que la cultura de la cancelación no existe. Que simplemente es mala prensa e intolerancia a la crítica por parte de quien la recibe. Para ilustrar sus argumentos puso de ejemplo a Miguel Bosé, que se lamentaba de haber sido cancelado desde la portada de un periódico de tirada nacional. “El chiste se cuenta solo”, concluyó.
Justo antes había puesto a La Resistencia como ejemplo de espacio libre y disruptivo, en un momento en el que estaba en trámites de ser fichada por TVE por 14 millones por temporada. Pero aquello no le pareció un chiste. Al final de su intervención, uno no sabía si estaba viendo a Joaquín Reyes o un celebrities en el que el humorista se interpretaba a sí mismo.
Reyes no se enteró del caso de la humorista Patricia Sornosa, cuya mera presencia en Estirando el chicle les valió a sus presentadoras un linchamiento por el que llegaron a desaparecer de las redes. Reyes no debía estar el día de 2019 en que Los40 despidió al colaborador David Suárez por un chiste sobre personas con síndrome de Down. Reyes no ha oído hablar de Anónimo García.
De esto último no le culpo: el que seguramente sea el caso más sangrante contra la libertad de expresión y creación de los últimos años en nuestro país ha tenido un apoyo mediático y político prácticamente nulo. A la par que las calles ardían porque Pablo Hasél fuera condenado a nueve meses de cárcel por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la corona, Anónimo García era condenado al doble por una sátira en la que denunciaba el tratamiento mediático del caso de La Manada. Pero por él no ardió nada.
Anónimo pertenece al colectivo artístico Homo Velamine, que emplea el sarcasmo como herramienta para la reflexión. Asqueados por el morboso tratamiento mediático que se le dio al caso de La Manada ―recordemos los mapas interactivos televisados con el recorrido que hicieron aquella noche o las disputas entre tertulianos sobre si la víctima disfrutó o no―, crearon una web llamada “El tour de la Manada”. En ella ofrecían un recorrido por Pamplona siguiendo los pasos de la violación o calcomanías del tatuaje de El Prenda. El objetivo no era llevar a cabo el tour sino denunciar la conversión del caso en un circo nacional para beneficio de los medios, que no pararon de hacer caja con el sufrimiento de aquella muchacha. En cuanto la prensa empezó a indignarse con lo que ellos mismos hacían ―espectacularizar el dolor―, la web del tour se sustituyó por un desmentido.
La idea les puede parecer bien o mal y debatirlo es posible, incluso deseable. La víctima lo denunció. A mí en su momento me pareció fatal, y desde el medio en el que trabajaba escribí una pieza llamada Broma o denuncia: el Tour de la Manada por Pamplona es una mierda sea lo que sea. Pero lo que desde luego no es deseable es que su autor sea condenado a 18 meses de prisión y una indemnización de 15.000 euros por una sátira.
La increíble historia de Anónimo García, que además de ser condenado penalmente fue despedido de su trabajo en Greenpeace, fue contada por Juan Soto Ivars en Nadie se va a reír, un libro maravilloso. Se lo afearon al condenado los tertulianos de Colapso, Bob Pop y Alba Riera.
Si después de conocer el caso siguen pensando que la cultura de la cancelación no existe, vean la entrevista que le hicieron al miembro de Homo Velamine en TV3. En ella, Riera deja caer que Anónimo merece su condena con un argumento imbatible: si Soto Ivars ha escrito sobre él, algo habrá hecho. Ana Iris Simón es escritora.












Sobre el verdadero misterio de la batalla de Waterloo. Especial 1 de hoy sábado

 






El verdadero misterio de Waterloo
JAVIER SAMPEDRO
06 ABR 2024 - El País - harent.blogspot.com

Incluso para las cotas actuales de brutalidad bélica, matar a 10.000 personas en un solo día se puede considerar un genuino hito histórico, un tipo de guarismo que parece más al alcance de un virus que de un estratega militar. Pero eso es justo lo que lograron Napoleón y el duque de Wellington el 18 de junio de 1815 en una bonita pradera de Waterloo, 15 kilómetros al sur de Bruselas. Todos esos muertos a tiros y cañonazos deberían haber dejado un montón de restos humanos en el lugar de los hechos, ¿no? Pues no. ¿Dónde están los huesos de aquella escabechina? Es el misterio de Waterloo.
Los arqueólogos llevan desde 2012 excavando por todo el campo de batalla de Waterloo en busca de restos humanos. Después de 12 años, solo han encontrado dos esqueletos. Los otros 10.000 no aparecen por ninguna parte. Ni tampoco los restos de los caballos, que murieron al mismo ritmo que los soldados que los montaban. ¿Dónde están sus huesos? Bernard Wilkin y Robin Schäfer presentan la solución en Bones of contention (los huesos de la discordia), un libro coral de arqueólogos e historiadores recién publicado en inglés por Algemeen Rijksarchief.
Los esqueletos fueron recogidos ―extraídos de las fosas comunes donde los habían enterrado los militares supervivientes tras la carnicería— por los agricultores de Waterloo, el pueblo más cercano. Y los historiadores creen saber por qué.
A principios del siglo XVIII y principios del XIX, en la época vibrante de las guerras napoleónicas, los restos de los soldados muertos se convirtieron en una mercancía valiosa. Los huesos son muy ricos en fosfatos, que justo en la época empezaban a triunfar como fertilizantes agrícolas. Se usaban además para producir “carbón animal” mediante su combustión parcial, y este producto se había puesto de moda para refinar el azúcar de remolacha, un lujo gastronómico en aquella era. Todo esto se podía hacer con los huesos de los animales de granja muertos, pero el peculiar estilo guerrero de Napoleón había sembrado Europa de tantos cadáveres que el tráfico de restos humanos adquirió un fuerte impulso por el lado de la oferta, como diría un economista. O sea, que barriendo Waterloo de residuos de Homo sapiens se convirtió en una actividad económica quizá no muy escrupulosa, pero sí muy eficaz.
Waterloo es solo el ejemplo con más resonancias históricas, pero la emergente industria de los fertilizantes agrícolas y el refinado del azúcar tuvo probablemente muchos más efectos. Según Wilkin y Schäfer, la utilización de los cadáveres de las guerras napoleónicas y otras, e incluso la profanación de tumbas en los cementerios, se convirtieron a principios el siglo XIX en una práctica extendida al menos en Inglaterra, Francia, Bélgica, Alemania, Austria, Argelia y Estados Unidos. De hecho, hay evidencias de que esta actividad tan pragmática como macabra seguía practicándose en la guerra civil de Estados Unidos, la guerra franco-prusiana y hasta la Primera Guerra Mundial. Solo llevamos un siglo dispensados de servir como abono para los campos. Supongo que la generalización de la incineración tampoco está ayudando a mantener esa valiosa fuente de materia prima para la nutrición de la especie.
Es curioso que hayamos tardado dos siglos en descubrir que los 10.000 soldados muertos de Waterloo acabaron en una molienda de huesos para uso agropecuario. El soldado desconocido fue aquí poco más que una fuente de fosfatos. ¿Sería la Iglesia, protestante o católica, consciente de aquel contradiós? ¿Le pareció bien o mal?
Alimentar a los demás. Un destino glorioso para la corta biografía de un soldado. Uno empieza haciendo la instrucción por la patria y acaba como fertilizante para un campo de cebollinos. Eso sí que es un poema épico y no lo del Dante. Javier Sampedro es genetista.













De la subasta de nuestro pasado

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Los objetos cotidianos tienen su propia voz, potente y honda para quien quiera oírla, afirma en El País la escritora Elvira Lindo, y dan prueba material de cómo era la vida de aquella generación que está a punto de desaparecer. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com













Nuestro pasado a subasta
ELVIRA LINDO
31 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Me escribe Jesús, lector desconsolado, porque en el pueblo de su padre, allá donde luego regresaban a pasar los veranos, han subastado los pupitres de la vieja escuela. Echa cuentas Jesús y calcula que estas mesas escolares albergaron los sueños, miedos y fallidas ilusiones de criaturas desde los años veinte del siglo pasado. Son pupitres cuya madera recia y veteada no solo contiene los recuerdos de los que estudiaron sino también de aquellos, como el padre de Jesús que ahora cuenta 90 años, a los que la pobreza arrancó del estudio y arrojó por los campos de Castilla a pastorear; son pupitres que nos cuentan la historia de una generación a la que la pobreza y la guerra condenó con apenas nueve años a ingresar de golpe en la vida adulta. Los objetos cotidianos tienen su propia voz, potente y honda para quien quiera oírla, y dan prueba material de cómo era la vida de aquella generación que está a punto de desaparecer; deshacerse de ellos denota ignorancia sobre lo que debería ser un tesoro antropológico.
Los que tenemos edad para gozar de cierta perspectiva fuimos testigos del desprecio con el que, en las décadas de los setenta, ochenta o noventa, era tratado lo viejo, como si fuera irreparable y no cupiera una segunda vida para su uso. A la gente de los pueblos, sobre todo a las personas mayores, se les hizo el trueque, se les cambiaron cosas nobles que habían soportado el paso del tiempo por cacharrería de baja calidad y mobiliario de plástico o skai; allá donde daba sombra una parra aparecieron esos tejadillos de uralita ahora justamente denostados. Pero en esas décadas de progreso irreflexivo ya se caricaturizaba a aquellos que trataban de advertir de la valía de todos aquellos objetos que acababan en el rastrillo o en la hoguera. No existía entonces el término buenismo, pero hubiera sido el insulto ajustado para aquellas personas que percibían, en contra de la corriente dominante, la belleza y sostenibilidad de objetos que habían resistido indemnes el azote del tiempo. Pero entonces se veía esa lucha por la conservación como el capricho de personas que se negaban tontamente al progreso; se tachaba de romanticismo aquella defensa de lo antiguo por considerar que se había quedado rancio. Se descartaba un objeto tanto como se despreciaba un paisaje. Un paisaje. Me llega un mensaje de Carmen, soriana que integra alguna de las asociaciones que defienden el campo al que cantan los versos de Machado, y que hoy se encuentra amenazado por las excavadoras que a punto están de urbanizar una de las zonas naturales más bellas de España. Algo hemos aprendido, al menos ahora, aunque siempre es difícil paralizar un proyecto inmobiliario, hay paisanos que se indignan, se organizan y reclaman ayuda a los que tenemos una tribuna. “No podemos pasar a la historia”, escribe Carmen, “como la generación de sorianos y lectores de Machado que permitió machacar su paisaje: ‘álamos del amor cerca del agua/ que corre y pasa y sueña, / álamos de los márgenes del Duero/ conmigo vais, mi corazón os lleva!”. No se trata de la nostalgia enfermiza del pasado, muy al contrario, es la conciencia de que hay que trabajar para que en un futuro no haya que lamentarse por aquello que dejamos que se perdiera.
Pienso en estos mensajes que me llegan de un tiempo a esta parte con frecuencia denunciando talas, derrumbes, demoliciones, y pienso que algo tiene que ver con que se respira en el aire el sentimiento de que no está en nuestras manos la deriva del mundo, que otros decidirán por nosotros si el infierno aumenta o se reduce y, ante tal perspectiva, necesitamos defender lo que sentimos como nuestro, como si en esos árboles que “tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas”, estuvieran escritas las historias de lo que se fueron y de los que vendrán, y en ese pupitre subastado la infancia de todos los niños que no pudieron estudiar. Elvira Lindo es escritora.




























 

[ARCHIVO DEL BLOG] La Constitución de Cádiz y el primer liberalismo español. [Publicada el 27/04/2014]










El diálogo de sordera mutua que se traen los gobiernos de Cataluña y de España (y de este con el resto de las fuerzas parlamentarias) para acometer una reforma plausible de la Constitución que de satisfacción a todos, se presenta difícil, pero no hay nada imposible si hay voluntad de solucionar el problema. El problema es que esa voluntad no se ve por parte alguna, ni de unos ni de otros. Aunque la responsabilidad no alcance a todos por igual.
Un liberal de pedigrí acrisolado, como José María Blanco-White, desde su exilio voluntario en Londres, escribía en junio de 1813: "En el Estado actual, no es la nación española quien decide sobre su Constitución [la de 1812] y su modo de existencia política, es un partido que quiere fundar una Constitución a su modo, a despecho de otro, que si llega a tener poder hará lo mismo respecto del que ahora domina. Los triunfos que se ganen de este modo no producen más que división y desorden. Más vale caminar de acuerdo hacia el bien en una dirección media que haga moverse a la Nación entera, que no correr de frente atropellando y pisando a la mitad de ella".
No le hicieron caso en su momento y tampoco se lo harán ahora. Entre cosas cosas porque no creo que ni Artur Mas ni Mariano Rajoy hayan leído en su vida a José María Blanco-White. 
En marzo de 2012, con motivo de la conmemoración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, escribí varias entradas en el blog sobre el asunto. Una de ellas, titulada "Cádiz, 1812: Nación española y Constitución" era, o intentaba ser, una puesta al día sobre las publicaciones académicas más interesantes al respecto. Igualmente, entre 2010 y 2012, fui publicando mensualmente entradas con enlaces al Diario de Sesiones de las Cortes Generales y Constituyentes de 1812, que reflejaban no solo los debates de los procuradores reunidos en Cádiz y el proceso de elaboración de la Constitución, sino los avatares de la Guerra de Independencia contra Napoleón y las consecuencias de la misma en el ánimo de los reunidos. A ella les remito, bien directamente, o poniendo en el buscador de blog los términos "Guerra de Independencia, Cortes de Cádiz, Diario de Sesiones de las Cortes de Cádiz o Constitución de 1812".
Cómo digo en la presentación del blog una de mis pasiones es la Historia, no solo por deformación académica, sino también por pasión lectora. Mi primer libro leído, con ocho años, es decir hace sesenta ya, no puedo olvidarlo: fue "La isla del tesoro", el clásico de aventuras de Robert Louis Stevenson, regalo de mi abuelo materno. De entonces acá han caído unas cuantas lecturas más; con seguridad no tantas como de las que presume un brillante político de izquierdas aun en ejercicio, pero algunas, sí. Sesenta años de lecturas, de los cuales cuarenta tres han sido por motivos académicos -aparte de las literarias por devoción y las meramente hojeadas como consulta por obligación-, dan para mucho. A pesar de lo cual, de vez en cuando uno se encuentra por azar, por ejemplo ojeando las estanterías de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, con una joya que le deja deslumbrado desde sus primeras páginas. Acabo de una de ella en estos días; vale, de acuerdo, para muchos la Historia es una materia árida por naturaleza, pero al que le guste o sienta interés por la historia contemporánea española, estoy seguro que le va a apasionar. No dudo en traerlo hasta el blog porque completa la relación exhaustiva de fuentes sobre las Cortes de Cádiz, la Constitución de 1812, y las vicisitudes del primer liberalismo español que se contemplan en la entrada anteriormente citada.
Hablo concretamente del libro "La monarquía doceañista (1810-1837). Avatares, encomios y denuestos de una extraña forma de gobierno" (Marcial Pons, Madrid, 2013), escrito por el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Oviedo Joaquín Varela Suanzes-Carpegna. Su subtítulo ya enuncia con claridad la temática del mismo: cómo se llegó, quiénes lo hicieron y que argumentos manejaron los diputados de las Cortes de Cádiz durante el proceso de elaboración de la Constitución de 1812, cuya fuente de inspiración inequívoca fue la Constitución francesa de 1791, en menor medida la británica, y menos aun la estadounidense de 1787, aunque todas ellas la influyeran. 
Las consecuencias políticas que para el liberalismo español tuvo la Constitución de 1812, dos veces derogada y tres restablecida durante sus veinticinco años de vigencia (de los cuales estuvo diecinueve de ellos suspendida) es el objeto principal de estudio por parte del libro.  
Dice el profesor Varela en la introducción del mismo que este se ocupa de la teoría y práctica de una forma de gobierno, esto es, de una manera de entender y articular las relaciones entre los poderes encargados de llevar a cabo la dirección política del Estado, sobremanera el legislativo y el ejecutivo, aunque también el cuerpo electoral y el poder judicial, sin olvidarse del poder constituyente. La monarquía doceañista -dice más adelante- y la Constitución que la había vertebrado fue objeto de reflexión por parte de los liberales españoles en el exilio de esos dieciséis años, entre 1814-1820 y 1823-1833, y durante los dos años que estuvo en vigor el Estatuto Real, entre 1834 y 1836. Unos, los más -continúa-, se fueron apartando de ella; otros, los menos, continuaron siéndole fieles.
Cuatrocientas páginas de apasionada lectura después llego, con el profesor Varela, a la conclusión de que los liberales españoles fueron decantándose desde 1814 por una monarquía constitucional al estilo de la británica, que había servido de inspiración a la Carta francesa aprobada ese mismo año y a otros textos constitucionales europeos tras la derrota de Napoleón.
Las razones que les llevaron a ello surgieron inexorablemente de la dificultad de articular un sistema de poderes viable en función de la imposibilidad de una relación fluida que la Constitución de 1812 establecía entre las Cortes y el gobierno (o poder ejecutivo), las escasas atribuciones del monarca como titular del mismo, la fuertísima cláusula que impedía la revisión de la Constitución antes de los ocho años de vigencia, la cuestión religiosa (que no satisfizo nunca al sector más progresista de los diputados) y, como no, la cuestión de la "soberanía nacional" y el asunto crucial de dilucidar si esta residía en la Nación (es decir, el pueblo español) o en las Cortes como representación de esta.
De ahí, continúa el profesor Varela, que a partir de esa temprana fecha de 1814 los liberales españoles se fueran decantando por un modelo constitucional en el que el monarca se convirtiera "de iure" en el nervio del Estado, algo compatible con la defensa de un sistema parlamentario de gobierno bajo el cual la dirección del Estado se fuera desplazando del monarca a un ministerio responsable políticamente ante un Parlamento compuesto por dos cámaras, una elegida por sufragio directo (y censitario) y otra donde se daría representación a la aristocracia.
Esa monarquía, añade el autor, comenzó a articularse durante la corta, aunque muy sustanciosa vigencia del Estatuto Real, y se asentará definitivamente en la Constitución de 1837. Un texto clave -dice- en nuestra historia constitucional, pues configuró la organización del Estado español hasta el golpe militar de Primo de Rivera en 1923. Y ello, añade, pese a los deseos de un sector minoritario del liberalismo español que ese mismo 1837 decidió recoger y con el tiempo radicalizar el programa político-constitucional doceañista con el propósito de vertebrar en España una forma de gobierno democrática e incluso republicana y federal, algo que, y con ello concluye el libro, solo se consiguió en 1868, y ello, por poco tiempo. Ni que decir tiene que les animo a su lectura. Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt














viernes, 5 de abril de 2024

Sobre la abdicación de la certeza. Especial 1 de hoy viernes, 5 de abril

 






La abdicación de la certeza
AGUEDA GARCÍA GARRIDO 
04 MAR 2024 - Revista de Libros - harendt.blogspot.com

Reseña de la novela Mal tiempo, de Juan Villa. Comba, Barcelona, 2023
Cuando en 1999 salió a la luz El espacio ausente en la ya extinta colección Donaire, de la Diputación Provincial de Huelva, la que suscribe estas líneas ignoraba que el autor de su prólogo sería hoy día un escritor prolífico, aplaudido y respetado por la crítica. Y es que Juan Villa (Almonte, 1954) no deja indiferente al lector por su modo de construir personajes que, pese a llevar el semblante zurcido por la miseria, se erigen como héroes salidos de la tierra, formando con ella una «única materia sensitiva» que se extiende más allá del ejercicio retórico. Todos ellos arrastran la memoria de una «oscura inclemencia», retomando las palabras que el también escritor, José Juan Díaz Trillo, emplea en su brillante epílogo para designar el tiempo en el que se desarrolla la obra que aquí nos ocupa.
Juan Villa, autor de seis novelas sobre Doñana, es quien más y mejor ha escrito sobre las gentes afincadas en ese enclave privilegiado de la marisma bética que ocupa las noticias de actualidad por la gestión de sus recursos naturales, poniéndose con ello de relieve la desgraciada evolución de este lugar que, desde el siglo XVI, sirvió como alternativa en los momentos de malas cosechas. La caza, la recolección de huevos y la pesca fueron los principales aprovechamientos que para los lugareños amortiguaron las crisis alimentarias del Antiguo Régimen1. No en vano, la privatización de sus múltiples soluciones de explotación fue motivo constante de enfrentamiento entre los vecinos que allí residían y la casa del Duque de Medina Sidonia, generalizándose así las prácticas del furtivismo. El tiempo no parece haber modificado los hábitos. Durante los años de la contienda civil y los de la posguerra, Doñana se convirtió en el escenario de una serie de tragedias que no hicieron más que endurecer el rostro de los que veían el Coto como área de supervivencia y fervorosa reserva para quienes realizaban la peregrinación hasta el Rocío. Por eso, los personajes que desfilan por estos parajes son siempre los mismos: braceros, capataces, guardas, listeros, médicos, meseros… hombres y mujeres huidos de la noche que buscan entre eucaliptos y barro el camino a la redención («un cierto sentido de expiación», p. 72). En esa singladura de sórdidos recuerdos tampoco falta el cura, figura catalizadora de una paz facticia que tensaba el silencio de los vencidos.
El que fuera concebido como paraíso cinegético de la Europa meridional se identifica en esta obra con una región mitológica, donde las cosas pasan sin que el hombre las provoque, recordando las palabras de Miguel Delibes, otro gran amante del Coto y de lo que la naturaleza en él inventa2. Hay en estas tierras inundadas un impulso perdido, una inercia absoluta de las cosas hacia la abdicación de la certeza. Es un movimiento casi imperceptible que retiene magistralmente la pluma del escritor almonteño, como lo hizo en su momento el poeta gaditano José Manuel Caballero Bonald al vislumbrar en Argónida, trasunto de Doñana, la fuerza de «un mundo ignorado y arcaico» (Diario de Argónida, 1997). Sin embargo, en la lectura de Mal tiempo, estamos lejos de distinguir un locus amoenus. La incertidumbre omnipresente que subyace en el humus narrativo de esta obra bífida nos remite a una suerte de cosmogonía de la fatalidad que reclama nuevas reglas de vida.
Con Mal tiempo, título que abarca, a modo de díptico, dos relatos o nouvelles articulados armoniosamente («Mal tiempo» y «Los almajos»), el autor reconstituye, teje y cincela, siempre con la palabra justa, el largo espectro de una realidad ficticia que acontece no solo en Doñana sino en otras zonas de la provincia onubense, como son Aroche y el poblado, hoy abandonado, de los Cabezudos (Almonte). La recreación de una serie de secuencias à huit clos, observadas con muda precisión, acaba definiendo aquellos lugares de la provincia de Huelva como páramos remotos de la existencia. En ellas, el gesto acobardado y cotidiano ocupa el primer plano. No hay nada superfluo. Nada que exceda a las necesidades vitales. Los personajes se lían unos pitillos, sacan sus fiambreras para comer o se frotan las manos para combatir el frío. Afuera, en el territorio exterior que rodea a cada individuo, así como el que marca la memoria colectiva, todo se convierte en una inmensidad conminatoria.
En cuanto a las historias que van destilándose en el libro, o mejor, deberíamos decir la microhistoria ficcional a la que nos invita el autor, destacamos el basamento documental sobre el que se yerguen los sucesos que aquí se narran. Tres de esas historias fueron inicialmente escritas por un guarda del Coto al comienzo de la Guerra Civil. Se llamaba Antonio Camacho. Fue su hijo quien entregó el manuscrito al autor de este libro, que ha sabido honorar sobradamente su legado. La elección del título se debe a que el primer relato se desarrolla durante la nevada de febrero de 1954; el segundo, bajo un aguacero que vaticina el desenlace sine fine de Fabián, uno de los personajes que frecuenta el Majadal «corazón del ocio y los abastos del recién nacido poblado de colonización» (p. 90). Desde luego, la linealidad temática se mantiene a través del elemento climático, pues la nieve de los inicios se transforma en agua, fenómeno que, gracias a la taumaturgia literaria, nos orienta a meditar sobre la inevitable transmutación de los personajes.
En definitiva, estamos ante un libro ambicioso por su voluntaria capacidad de perfección; escrito con una lengua límpida, sin abalorios, que resucita la corpulenta nobleza de la novela social de los 50. Al mismo tiempo, como a fogonazos, este libro nos envía indicios de una narración que abreva en fuentes literarias que también han irrigado otros espacios mitológicos. Pongamos por caso Cien años de soledad. Así, felicitamos a la joven editorial Comba, con sede en Barcelona, por haber dado a luz este libro de lectura estremecedora. Esperemos que sepa capear los caprichos de la climatología y que ningún elemento desdibuje el profundo surco que ha abierto Juan Villa en el campo actual de las letras hispánicas. Águeda García Garrido es doctora por la Universidad de la Sorbona y profesora titular en la Universidad de Caen-Normandía (Francia) desde 2011. 












De la promesa de un pasado mejor

 








Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Los políticos, afirma en El País el escritor Juan Gabriel Vásquez, no dejan pasar una oportunidad de manipular el ayer con relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com








La promesa de un mejor pasado
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
31 MAR 2024 - El País

El debate sobre el pasado y la memoria —que no son la misma cosa— o sobre la historia y la memoria histórica —que también son cosas muy distintas— ha vuelto a la superficie recientemente en España. Ocurre cada cierto tiempo, de distintas formas y con distintas intensidades, pero yo no recuerdo un solo momento de este siglo en que estas tensiones no hayan estado presentes entre los ciudadanos: la ley de memoria histórica, sin ir más lejos, cumplirá 17 años en unos meses. Ahora se trata de la embestida que los partidos de la derecha llevan a cabo en ciertas comunidades contra la Ley de Memoria Democrática, que no ha cumplido dos años todavía. No hay nada nuevo en ello: los políticos siempre han querido apropiarse del pasado. Pero tengo la impresión confusa de que ese interés en dominar nuestro pasado común, lo que llamamos historia, ha cambiado de naturaleza en los últimos tiempos, a veces permitiéndose atrevimientos que a los memoriosos —no somos muchos, por desgracia— nos parecen salidos de viejos manuales que creíamos superados. Y acaba uno recordando una vez más, y con algo de cansancio, el manoseado refrán de 1984: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”. Sí, Orwell lo sabía bien, o lo sabían las autoridades de su dictadura ficticia.
Siempre me ha gustado la coincidencia banal entre la publicación de la novela y un episodio breve de la historia colombiana, y no me resisto a anotarla aquí. Por esos años, Colombia se hundía en un estallido de violencia política sin precedentes —y esto dicho de un país que ya cargaba a sus espaldas más de un puñado de guerras civiles—, y los dos grandes partidos empezaron a negociar para acabar como fuera posible con la guerra partidista. Para las siguientes elecciones, en las que se definiría la suerte de ese país estremecido, el partido liberal proponía a Darío Echandía, un liberal moderado que había sido presidente designado en otros momentos críticos; pero pocos meses después, mientras caminaba por las calles de Bogotá como parte de una manifestación de liberales, Echandía fue víctima de un atentado. Sobrevivió, pero murió su hermano. Al día siguiente retiró su candidatura, y de todo el episodio quedó para la historia su frase melancólica: “¿El poder para qué?”. Esto ocurrió en 1949. La novela de Orwell, publicada ese mismo año, contenía una posible respuesta. El poder para esto, señor Echandía: para controlar el pasado. Pues quien controla el pasado, controla el futuro.
Así es: el poder político es, entre otras cosas, la capacidad de imponer en una sociedad determinada una versión de la historia. Siempre ha sido así, como digo, pero fueron los totalitarismos del siglo XX los que mejor lo entendieron, o los que más jugo le sacaron. Lo que ha cambiado en tiempos recientes es, acaso, la facilidad con que lo hacemos o lo podremos hacer. Stalin tuvo que usar una técnica audaz y complejísima para eliminar a TrotskI y a Lev Kámenev de las fotografías que contaban la Revolución; en otro caso se insertó a sí mismo en la foto de un Lenin convaleciente, tratando de probar que lo había visitado en sus últimos días y ganar así derecho a ser su sucesor. Hay una foto fantástica en que Mussolini levanta una espada a lomos de un caballo, y hoy sabemos que hizo borrar al hombre que tenía al caballo de la brida para que nada entorpeciera su viril pose de prócer: como tantos dictadores, Mussolini era un hombre de masculinidad acomplejada. Pero nuestras sociedades entran ahora lentamente en una época peligrosa donde bastará un mínimo conocimiento informático para lanzar al mundo una imagen adulterada, convincente y, lo que es peor, influyente: para cuando se detecte el falseo, si es que se detecta, ya habrá conseguido sus consecuencias políticas.
Pero no es esto, en estricto sentido, de lo que se habla en estos días. Es verdad que ese (no tan) valiente mundo nuevo de la inteligencia artificial me inquieta profundamente, y más me inquieta ver que a nuestros líderes no parece inquietarlos demasiado. Las leyes que regularán la inteligencia artificial no están en pañales: es que no se han concebido. Por supuesto, la ley va por detrás de la realidad, siempre persiguiéndola a marchas forzadas, siempre con la lengua afuera; y en este caso los avisos están claros, y las consecuencias de no actuar a tiempo son —literalmente— inimaginables. Pero nuestro debate de ahora no se refiere a imágenes de ningún tipo, ni a inteligencia artificial, sino a algo más familiar: la guerra por el relato. Alrededor de ella hay preguntas inmensas: ¿cómo se cuenta la historia? ¿Quién la cuenta, o quién debería contarla? ¿Cómo defendernos de los intentos groseros que hacen las fuerzas políticas por imponernos su relato interesado y tendencioso? Bajo todas estas preguntas yace una que, en su simpleza, me resulta conmovedora: ¿por qué es tan vulnerable el pasado?
A eso se reduce todo, me parece. Y la respuesta es vertiginosa y a la vez sencilla: el pasado es vulnerable porque, en cierto sentido, solo existe mientras lo imaginamos. Una novela famosa comienza diciendo que el pasado es un país extranjero, y la metáfora está bastante bien, por lo menos en el libro, pero la realidad es más compleja justamente porque no es así: ya nos gustaría a muchos, pero el pasado no es un lugar físico al cual podamos ir para ver realmente cómo ocurrieron las cosas. Paul Valéry, que tantas veces y tan bien habló sobre estos temas, visitó a un grupo de estudiantes en 1932, y habló con ellos de nuestra relación difícil con los hechos de la historia. Los mismos hechos, les recordó a esos estudiantes, constituían un relato si lo contaba un historiador anticlerical y librepensador (Michelet, por ejemplo) y otro muy distinto si lo contaba un historiador conservador y ultracatólico de tendencias autoritarias (por ejemplo, Joseph de Maistre). ¿Cómo es eso posible? Valéry responde: es posible porque el pasado es “una cosa enteramente mental”. Y enseguida añade: “No es más que imágenes y creencias”.
Desde que se dieron cuenta de las implicaciones que eso tiene, los políticos no han dejado pasar una sola oportunidad de adulterar esas imágenes, de manipular esas creencias. Lo hacen contando relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio, que no tiene con frecuencia ni el tiempo ni los instrumentos para cuestionar lo que le digan, y con frecuencia no tiene tampoco la voluntad: pues las imágenes y las creencias que le llegan desde sus líderes políticos son siempre mucho más halagüeñas, más placenteras o menos incómodas que las que les proponen los otros. Es por eso por lo que el pasado histórico se está moviendo constantemente, dependiendo de vientos políticos o de inconstantes modas culturales: que se pongan o se quiten placas de mármol de nuestros lugares públicos no es sino la encarnación de esos fenómenos mentales. Hoy mismo parece que los populismos del mundo entero han descubierto, a falta de propuestas para mejorar el futuro de la gente, la inmensa rentabilidad de prometerles un mejor pasado. ¿Qué es un mejor pasado? Un espacio donde se sientan más cómodos, menos culpables, menos responsables. Es un error aceptarlo; es un error doble aceptárselo a los políticos. Sería como aceptar una foto adulterada. ¿Quién decide lo que sale en la foto? Que no sean ellos, por favor. Que no sean ellos. Juan Gabriel Vásquez es escritor.

























[ARCHIVO DEL BLOG] Leer (o no) a Juliette Binoche. [Publicada el 31/08/2019]











Ahora que empieza la temporada de novedades literarias, comenta el escritor catalán Sergi Pàmies, es probable que, en el fragor de la promoción, a los autores les pregunten por qué escriben. Es una pregunta cíclica, dice Pàmies, con una sólida tradición periodística. A partir de esta pregunta, la revista The Paris Review se consolidó, con conversaciones con autores tan conocidos como Vladimir Nabokov o William Faulkner. A menudo los autores esquivaban la curiosidad del entrevistador y acababan hablando más de cómo escribían (a mano, a máquina, tumbados, de pie...) que de por qué. Cambiando el punto de vista, quizá sería bueno preguntarse por qué leemos y, sobre todo, por qué seguimos leyendo cuando la oferta de acceso a la ficción se ha multiplicado tanto. Y una vez hemos adquirido el vicio de leer, ¿cuáles son los estímulos que nos atraen?
En mi caso, hay una corriente principal de curiosidad y de necesidad de alimentar físicamente el vicio –es decir: de conseguir materia prima que pueda transformarse en horas de lectura–. Pero las excusas para comprar un libro u otro son diversas y no siempre racionales. La recomendación es una de las posibles motivaciones. Que alguien con criterio te recomiende un libro no es una apuesta infalible pero sí lo bastante fiable para correr el riesgo. Luego está la elección salvaje, en la que, cual buscador de setas, te mueves por las mesas de novedades alternando contracubiertas, solapas, portadas, fotografías de autor, primeras frases, citas ampulosas de faja y sonoridad de títulos para acabar, o no, con el libro en el cesto. Este tipo de elección tiene más riesgos pero genera subidones a consecuencia de los cuales puedes acabar llevándote el libro porque te gusta la inexpresividad del autor o que tenga un pasado como intrépido sexador de pollos.
Como buscador de libros soy demasiado impaciente y suelo llevarme alguno indigesto, aunque, por suerte, nin­guno mortalmente venenoso. Y a veces constato que la motivación para inte­resarme por un libro es enfermiza. El caso más reciente tiene que ver con una mezcla de envidia y mitomanía. Lisa y llanamente: me gusta Juliette Binoche. Siempre me ha gustado, pero en los últimos años me gusta todavía más. Leí que Binoche había convivido unos años con el argentino Santiago H. Amigorena, escritor, productor, guionista, pintor y actor. También fue el maromo de Julie Gayet, la actriz asediada por los paparazzi cuando se descubrió que tenía una relación con el presidente Hollande. Compré un libro de Amigorena con el furor chafardero de querer saber qué clase de encanto podía tener el hombre capaz de seducir (o ser seducido) a Binoche y Gayet. Elegí la novela 1978, que cuenta la vivencia del hijo adolescente de una familia de argentinos políticos exiliados y su proceso de adaptación al París de finales de los setenta. Lo confieso: deseaba que el libro no me gustara, pero no sólo me gustó sino que me acabó seduciendo. Moraleja: Amigorena ha seducido directamente a Binoche y Gayet y, de un modo indirecto, a un servidor. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt