El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 6 de abril de 2024
Sobre belicismo y pacifismo. Especial 3 de hoy sábado
Sobre la increíble historia de Anónimo García. Especial 2 de hoy sábado
Sobre el verdadero misterio de la batalla de Waterloo. Especial 1 de hoy sábado
De la subasta de nuestro pasado
ELVIRA LINDO
31 MAR 2024 - El País - harendt.blogspot.com
Me escribe Jesús, lector desconsolado, porque en el pueblo de su padre, allá donde luego regresaban a pasar los veranos, han subastado los pupitres de la vieja escuela. Echa cuentas Jesús y calcula que estas mesas escolares albergaron los sueños, miedos y fallidas ilusiones de criaturas desde los años veinte del siglo pasado. Son pupitres cuya madera recia y veteada no solo contiene los recuerdos de los que estudiaron sino también de aquellos, como el padre de Jesús que ahora cuenta 90 años, a los que la pobreza arrancó del estudio y arrojó por los campos de Castilla a pastorear; son pupitres que nos cuentan la historia de una generación a la que la pobreza y la guerra condenó con apenas nueve años a ingresar de golpe en la vida adulta. Los objetos cotidianos tienen su propia voz, potente y honda para quien quiera oírla, y dan prueba material de cómo era la vida de aquella generación que está a punto de desaparecer; deshacerse de ellos denota ignorancia sobre lo que debería ser un tesoro antropológico.
Los que tenemos edad para gozar de cierta perspectiva fuimos testigos del desprecio con el que, en las décadas de los setenta, ochenta o noventa, era tratado lo viejo, como si fuera irreparable y no cupiera una segunda vida para su uso. A la gente de los pueblos, sobre todo a las personas mayores, se les hizo el trueque, se les cambiaron cosas nobles que habían soportado el paso del tiempo por cacharrería de baja calidad y mobiliario de plástico o skai; allá donde daba sombra una parra aparecieron esos tejadillos de uralita ahora justamente denostados. Pero en esas décadas de progreso irreflexivo ya se caricaturizaba a aquellos que trataban de advertir de la valía de todos aquellos objetos que acababan en el rastrillo o en la hoguera. No existía entonces el término buenismo, pero hubiera sido el insulto ajustado para aquellas personas que percibían, en contra de la corriente dominante, la belleza y sostenibilidad de objetos que habían resistido indemnes el azote del tiempo. Pero entonces se veía esa lucha por la conservación como el capricho de personas que se negaban tontamente al progreso; se tachaba de romanticismo aquella defensa de lo antiguo por considerar que se había quedado rancio. Se descartaba un objeto tanto como se despreciaba un paisaje. Un paisaje. Me llega un mensaje de Carmen, soriana que integra alguna de las asociaciones que defienden el campo al que cantan los versos de Machado, y que hoy se encuentra amenazado por las excavadoras que a punto están de urbanizar una de las zonas naturales más bellas de España. Algo hemos aprendido, al menos ahora, aunque siempre es difícil paralizar un proyecto inmobiliario, hay paisanos que se indignan, se organizan y reclaman ayuda a los que tenemos una tribuna. “No podemos pasar a la historia”, escribe Carmen, “como la generación de sorianos y lectores de Machado que permitió machacar su paisaje: ‘álamos del amor cerca del agua/ que corre y pasa y sueña, / álamos de los márgenes del Duero/ conmigo vais, mi corazón os lleva!”. No se trata de la nostalgia enfermiza del pasado, muy al contrario, es la conciencia de que hay que trabajar para que en un futuro no haya que lamentarse por aquello que dejamos que se perdiera.
Pienso en estos mensajes que me llegan de un tiempo a esta parte con frecuencia denunciando talas, derrumbes, demoliciones, y pienso que algo tiene que ver con que se respira en el aire el sentimiento de que no está en nuestras manos la deriva del mundo, que otros decidirán por nosotros si el infierno aumenta o se reduce y, ante tal perspectiva, necesitamos defender lo que sentimos como nuestro, como si en esos árboles que “tienen en sus cortezas/ grabadas iniciales que son nombres/ de enamorados, cifras que son fechas”, estuvieran escritas las historias de lo que se fueron y de los que vendrán, y en ese pupitre subastado la infancia de todos los niños que no pudieron estudiar. Elvira Lindo es escritora.
[ARCHIVO DEL BLOG] La Constitución de Cádiz y el primer liberalismo español. [Publicada el 27/04/2014]
El diálogo de sordera mutua que se traen los gobiernos de Cataluña y de España (y de este con el resto de las fuerzas parlamentarias) para acometer una reforma plausible de la Constitución que de satisfacción a todos, se presenta difícil, pero no hay nada imposible si hay voluntad de solucionar el problema. El problema es que esa voluntad no se ve por parte alguna, ni de unos ni de otros. Aunque la responsabilidad no alcance a todos por igual.
Cómo digo en la presentación del blog una de mis pasiones es la Historia, no solo por deformación académica, sino también por pasión lectora. Mi primer libro leído, con ocho años, es decir hace sesenta ya, no puedo olvidarlo: fue "La isla del tesoro", el clásico de aventuras de Robert Louis Stevenson, regalo de mi abuelo materno. De entonces acá han caído unas cuantas lecturas más; con seguridad no tantas como de las que presume un brillante político de izquierdas aun en ejercicio, pero algunas, sí. Sesenta años de lecturas, de los cuales cuarenta tres han sido por motivos académicos -aparte de las literarias por devoción y las meramente hojeadas como consulta por obligación-, dan para mucho. A pesar de lo cual, de vez en cuando uno se encuentra por azar, por ejemplo ojeando las estanterías de la Biblioteca Pública del Estado en Las Palmas, con una joya que le deja deslumbrado desde sus primeras páginas. Acabo de una de ella en estos días; vale, de acuerdo, para muchos la Historia es una materia árida por naturaleza, pero al que le guste o sienta interés por la historia contemporánea española, estoy seguro que le va a apasionar. No dudo en traerlo hasta el blog porque completa la relación exhaustiva de fuentes sobre las Cortes de Cádiz, la Constitución de 1812, y las vicisitudes del primer liberalismo español que se contemplan en la entrada anteriormente citada.
Hablo concretamente del libro "La monarquía doceañista (1810-1837). Avatares, encomios y denuestos de una extraña forma de gobierno" (Marcial Pons, Madrid, 2013), escrito por el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Oviedo Joaquín Varela Suanzes-Carpegna. Su subtítulo ya enuncia con claridad la temática del mismo: cómo se llegó, quiénes lo hicieron y que argumentos manejaron los diputados de las Cortes de Cádiz durante el proceso de elaboración de la Constitución de 1812, cuya fuente de inspiración inequívoca fue la Constitución francesa de 1791, en menor medida la británica, y menos aun la estadounidense de 1787, aunque todas ellas la influyeran.
Las consecuencias políticas que para el liberalismo español tuvo la Constitución de 1812, dos veces derogada y tres restablecida durante sus veinticinco años de vigencia (de los cuales estuvo diecinueve de ellos suspendida) es el objeto principal de estudio por parte del libro.
Dice el profesor Varela en la introducción del mismo que este se ocupa de la teoría y práctica de una forma de gobierno, esto es, de una manera de entender y articular las relaciones entre los poderes encargados de llevar a cabo la dirección política del Estado, sobremanera el legislativo y el ejecutivo, aunque también el cuerpo electoral y el poder judicial, sin olvidarse del poder constituyente. La monarquía doceañista -dice más adelante- y la Constitución que la había vertebrado fue objeto de reflexión por parte de los liberales españoles en el exilio de esos dieciséis años, entre 1814-1820 y 1823-1833, y durante los dos años que estuvo en vigor el Estatuto Real, entre 1834 y 1836. Unos, los más -continúa-, se fueron apartando de ella; otros, los menos, continuaron siéndole fieles.
Cuatrocientas páginas de apasionada lectura después llego, con el profesor Varela, a la conclusión de que los liberales españoles fueron decantándose desde 1814 por una monarquía constitucional al estilo de la británica, que había servido de inspiración a la Carta francesa aprobada ese mismo año y a otros textos constitucionales europeos tras la derrota de Napoleón.
Las razones que les llevaron a ello surgieron inexorablemente de la dificultad de articular un sistema de poderes viable en función de la imposibilidad de una relación fluida que la Constitución de 1812 establecía entre las Cortes y el gobierno (o poder ejecutivo), las escasas atribuciones del monarca como titular del mismo, la fuertísima cláusula que impedía la revisión de la Constitución antes de los ocho años de vigencia, la cuestión religiosa (que no satisfizo nunca al sector más progresista de los diputados) y, como no, la cuestión de la "soberanía nacional" y el asunto crucial de dilucidar si esta residía en la Nación (es decir, el pueblo español) o en las Cortes como representación de esta.
De ahí, continúa el profesor Varela, que a partir de esa temprana fecha de 1814 los liberales españoles se fueran decantando por un modelo constitucional en el que el monarca se convirtiera "de iure" en el nervio del Estado, algo compatible con la defensa de un sistema parlamentario de gobierno bajo el cual la dirección del Estado se fuera desplazando del monarca a un ministerio responsable políticamente ante un Parlamento compuesto por dos cámaras, una elegida por sufragio directo (y censitario) y otra donde se daría representación a la aristocracia.
Esa monarquía, añade el autor, comenzó a articularse durante la corta, aunque muy sustanciosa vigencia del Estatuto Real, y se asentará definitivamente en la Constitución de 1837. Un texto clave -dice- en nuestra historia constitucional, pues configuró la organización del Estado español hasta el golpe militar de Primo de Rivera en 1923. Y ello, añade, pese a los deseos de un sector minoritario del liberalismo español que ese mismo 1837 decidió recoger y con el tiempo radicalizar el programa político-constitucional doceañista con el propósito de vertebrar en España una forma de gobierno democrática e incluso republicana y federal, algo que, y con ello concluye el libro, solo se consiguió en 1868, y ello, por poco tiempo. Ni que decir tiene que les animo a su lectura. Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt
viernes, 5 de abril de 2024
Sobre la abdicación de la certeza. Especial 1 de hoy viernes, 5 de abril
De la promesa de un pasado mejor
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Los políticos, afirma en El País el escritor Juan Gabriel Vásquez, no dejan pasar una oportunidad de manipular el ayer con relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com
La promesa de un mejor pasado
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ
31 MAR 2024 - El País
El debate sobre el pasado y la memoria —que no son la misma cosa— o sobre la historia y la memoria histórica —que también son cosas muy distintas— ha vuelto a la superficie recientemente en España. Ocurre cada cierto tiempo, de distintas formas y con distintas intensidades, pero yo no recuerdo un solo momento de este siglo en que estas tensiones no hayan estado presentes entre los ciudadanos: la ley de memoria histórica, sin ir más lejos, cumplirá 17 años en unos meses. Ahora se trata de la embestida que los partidos de la derecha llevan a cabo en ciertas comunidades contra la Ley de Memoria Democrática, que no ha cumplido dos años todavía. No hay nada nuevo en ello: los políticos siempre han querido apropiarse del pasado. Pero tengo la impresión confusa de que ese interés en dominar nuestro pasado común, lo que llamamos historia, ha cambiado de naturaleza en los últimos tiempos, a veces permitiéndose atrevimientos que a los memoriosos —no somos muchos, por desgracia— nos parecen salidos de viejos manuales que creíamos superados. Y acaba uno recordando una vez más, y con algo de cansancio, el manoseado refrán de 1984: “Quien controla el pasado, controla el futuro. Quien controla el presente, controla el pasado”. Sí, Orwell lo sabía bien, o lo sabían las autoridades de su dictadura ficticia.
Siempre me ha gustado la coincidencia banal entre la publicación de la novela y un episodio breve de la historia colombiana, y no me resisto a anotarla aquí. Por esos años, Colombia se hundía en un estallido de violencia política sin precedentes —y esto dicho de un país que ya cargaba a sus espaldas más de un puñado de guerras civiles—, y los dos grandes partidos empezaron a negociar para acabar como fuera posible con la guerra partidista. Para las siguientes elecciones, en las que se definiría la suerte de ese país estremecido, el partido liberal proponía a Darío Echandía, un liberal moderado que había sido presidente designado en otros momentos críticos; pero pocos meses después, mientras caminaba por las calles de Bogotá como parte de una manifestación de liberales, Echandía fue víctima de un atentado. Sobrevivió, pero murió su hermano. Al día siguiente retiró su candidatura, y de todo el episodio quedó para la historia su frase melancólica: “¿El poder para qué?”. Esto ocurrió en 1949. La novela de Orwell, publicada ese mismo año, contenía una posible respuesta. El poder para esto, señor Echandía: para controlar el pasado. Pues quien controla el pasado, controla el futuro.
Así es: el poder político es, entre otras cosas, la capacidad de imponer en una sociedad determinada una versión de la historia. Siempre ha sido así, como digo, pero fueron los totalitarismos del siglo XX los que mejor lo entendieron, o los que más jugo le sacaron. Lo que ha cambiado en tiempos recientes es, acaso, la facilidad con que lo hacemos o lo podremos hacer. Stalin tuvo que usar una técnica audaz y complejísima para eliminar a TrotskI y a Lev Kámenev de las fotografías que contaban la Revolución; en otro caso se insertó a sí mismo en la foto de un Lenin convaleciente, tratando de probar que lo había visitado en sus últimos días y ganar así derecho a ser su sucesor. Hay una foto fantástica en que Mussolini levanta una espada a lomos de un caballo, y hoy sabemos que hizo borrar al hombre que tenía al caballo de la brida para que nada entorpeciera su viril pose de prócer: como tantos dictadores, Mussolini era un hombre de masculinidad acomplejada. Pero nuestras sociedades entran ahora lentamente en una época peligrosa donde bastará un mínimo conocimiento informático para lanzar al mundo una imagen adulterada, convincente y, lo que es peor, influyente: para cuando se detecte el falseo, si es que se detecta, ya habrá conseguido sus consecuencias políticas.
Pero no es esto, en estricto sentido, de lo que se habla en estos días. Es verdad que ese (no tan) valiente mundo nuevo de la inteligencia artificial me inquieta profundamente, y más me inquieta ver que a nuestros líderes no parece inquietarlos demasiado. Las leyes que regularán la inteligencia artificial no están en pañales: es que no se han concebido. Por supuesto, la ley va por detrás de la realidad, siempre persiguiéndola a marchas forzadas, siempre con la lengua afuera; y en este caso los avisos están claros, y las consecuencias de no actuar a tiempo son —literalmente— inimaginables. Pero nuestro debate de ahora no se refiere a imágenes de ningún tipo, ni a inteligencia artificial, sino a algo más familiar: la guerra por el relato. Alrededor de ella hay preguntas inmensas: ¿cómo se cuenta la historia? ¿Quién la cuenta, o quién debería contarla? ¿Cómo defendernos de los intentos groseros que hacen las fuerzas políticas por imponernos su relato interesado y tendencioso? Bajo todas estas preguntas yace una que, en su simpleza, me resulta conmovedora: ¿por qué es tan vulnerable el pasado?
A eso se reduce todo, me parece. Y la respuesta es vertiginosa y a la vez sencilla: el pasado es vulnerable porque, en cierto sentido, solo existe mientras lo imaginamos. Una novela famosa comienza diciendo que el pasado es un país extranjero, y la metáfora está bastante bien, por lo menos en el libro, pero la realidad es más compleja justamente porque no es así: ya nos gustaría a muchos, pero el pasado no es un lugar físico al cual podamos ir para ver realmente cómo ocurrieron las cosas. Paul Valéry, que tantas veces y tan bien habló sobre estos temas, visitó a un grupo de estudiantes en 1932, y habló con ellos de nuestra relación difícil con los hechos de la historia. Los mismos hechos, les recordó a esos estudiantes, constituían un relato si lo contaba un historiador anticlerical y librepensador (Michelet, por ejemplo) y otro muy distinto si lo contaba un historiador conservador y ultracatólico de tendencias autoritarias (por ejemplo, Joseph de Maistre). ¿Cómo es eso posible? Valéry responde: es posible porque el pasado es “una cosa enteramente mental”. Y enseguida añade: “No es más que imágenes y creencias”.
Desde que se dieron cuenta de las implicaciones que eso tiene, los políticos no han dejado pasar una sola oportunidad de adulterar esas imágenes, de manipular esas creencias. Lo hacen contando relatos cuya verdad sea difícil de comprobar para el ciudadano medio, que no tiene con frecuencia ni el tiempo ni los instrumentos para cuestionar lo que le digan, y con frecuencia no tiene tampoco la voluntad: pues las imágenes y las creencias que le llegan desde sus líderes políticos son siempre mucho más halagüeñas, más placenteras o menos incómodas que las que les proponen los otros. Es por eso por lo que el pasado histórico se está moviendo constantemente, dependiendo de vientos políticos o de inconstantes modas culturales: que se pongan o se quiten placas de mármol de nuestros lugares públicos no es sino la encarnación de esos fenómenos mentales. Hoy mismo parece que los populismos del mundo entero han descubierto, a falta de propuestas para mejorar el futuro de la gente, la inmensa rentabilidad de prometerles un mejor pasado. ¿Qué es un mejor pasado? Un espacio donde se sientan más cómodos, menos culpables, menos responsables. Es un error aceptarlo; es un error doble aceptárselo a los políticos. Sería como aceptar una foto adulterada. ¿Quién decide lo que sale en la foto? Que no sean ellos, por favor. Que no sean ellos. Juan Gabriel Vásquez es escritor.













































