sábado, 3 de junio de 2017

[Humor en cápsulas] Para hoy sábado, 3 de junio de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Idígoras y Pachi en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, y Ros en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






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La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura (Voltaire)

viernes, 2 de junio de 2017

[Humor en cápsulas] Para hoy viernes, 2 de junio de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, Ros y Sciammarella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 





Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






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jueves, 1 de junio de 2017

[Humor en cápsulas] Para hoy jueves, 1 de junio de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, Ros y Sciammarella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 




Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






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miércoles, 31 de mayo de 2017

[A vuelapluma] Un mundo infeliz: "El cuento de la criada", de Margaret Atwood





Se ha perdido la confianza en el futuro y se ha impuesto la idea de que el paraíso no está al alcance del ser humano. Lo señala en El País el escritor Eugenio Fuentes comentando la novela El cuento de la criada, de Margaret Atwood, convertida recientemente en una afamada serie de televisión.

Si la utopía es el proyecto de un paraíso, comienza diciendo, la distopía es la predicción de un infierno. Desde que Platón dio el aldabonazo de salida con su República, la historia de la literatura abunda en la invención de falansterios y comunidades donde reina la armonía, todo se comparte equitativamente, no hay guerras ni injusticias, no hay ricos ni pobres, basta con trabajar unas pocas horas al día para que todo funcione y las necesidades sean atendidas. En la Utopía, de Tomás Moro; en La ciudad del Sol, de Campanella, o en La Nueva Atlántida, de Francis Bacon, todos los saberes científicos recopilados en el Renacimiento sirven al bienestar de la comunidad, al alivio de la enfermedad y del dolor. Las mujeres viven en igualdad de derechos con los hombres, los niños prolongan su infancia sin ser sometidos a abusos ni a esclavitud laboral y los ancianos son cuidados por la comunidad hasta que les llega la muerte de forma natural. Resulta lógico que, con el optimismo de la Ilustración, Charles Fourier, Étienne Cabet o Edward Bellamy diseñaran nuevas organizaciones sociales justas y perfectas para alcanzar una nueva Edad de Oro.

Sin embargo, continúa diciendo, las visiones melioristas del futuro no lograron consolidarse en la realidad. Pasaron los siglos y las fechas previstas y nada se cumplió de aquellos proyectos que pretendían reparar los defectos del mundo. Cuando se llevaron a la práctica, siempre terminaron en decepción o en fracaso y pronto perdieron su prestigio teórico, y no por las dificultades geográficas o económicas, sino por la propia condición humana, por la resistencia de los participantes a compartir la euforia, a aceptar una felicidad obligatoria y por decreto, a someterse a una enojosa uniformización moral, política, laboral, educativa, por la imposibilidad de escapar al control del Estado utópico y también porque las mejores doctrinas han tenido servidores viles.

En los últimos años, añade, están apareciendo novelas sobre distopías, como si después de haber probado todas las variantes de monarquías y repúblicas, de capitalismos y socialismos sin haber encontrado una horma perfecta donde el hombre encajara y se gobernara a sí mismo sin daño, sin guerras, sin conflictos, a los creadores les vinieran a la imaginación pesadillas futuristas en lugar de paraísos. Michel Houellebecq, Cormac McCarthy, Ricardo Menéndez Salmón, Rosa Montero, Boualem Sansal han revitalizado un género cuya actualidad es inversamente proporcional al sosiego político y social: cuanto más áspero, ingrato e inquietante es el presente, tanto más se proyecta esa inquietud en infiernos futuristas donde se concretan los miedos, las predicciones de catástrofe. Con los escombros de las utopías anteriores, el chasqueado siglo XXI construye cárceles distópicas, ergástulas del pesimismo cuando se ha dejado de creer en la perfectibilidad del hombre.

En estas mismas páginas [se refiere a un artículo de El País que será objeto de tratamiento en una próxima entrada del blog], comenta, se daba cuenta del estreno de una serie televisiva basada en El cuento de la criada, la novela de Margaret Atwood, de la que Volker Schlöndorff ya había dirigido una adaptación cinematográfica, con guión de Harold Pinter. La historia sucede en un futuro incierto en la república de Gilead, nuevo nombre –de resonancias bíblicas-, de los antiguos Estados Unidos, donde los integristas han tomado el poder mediante un golpe de estado que ha suspendido la Constitución. Después de una hecatombe bélica y ecológica que ha dejado “el aire saturado de sustancias químicas, rayos y radiación, y el agua convertida en un hervidero de moléculas tóxicas”, la mayor parte de la población de Gilead es estéril, hay muy pocos hombres y mujeres fértiles, y estas, dedicadas exclusivamente a la procreación, son cuidadas con mimo, como hermosos y delicados animales en extinción, pero al mismo tiempo estrechamente vigiladas: “Pertenezco a la reserva nacional”, dice con triste ironía Defred, la protagonista. Las mujeres no pueden mirar a los hombres a los ojos y, cuando van por la calle, deben llevar toca y el rostro tapado, lo que les dificulta la visión: “Hemos aprendido a ver el mundo en fragmentos”. Incluso han perdido su nombre y se llaman según su propietario: Defred, Dewarren o Deglen, es decir, perteneciente a Fred, a Warren, a Glen.

En este marco de fundamentalismo teocrático-militar -¿les suena?, añade con ironía- que reduce a las mujeres al silencio, a la sumisión y a la reproducción, ya no hay revistas ni películas; las universidades están cerradas y a las mujeres les está prohibido tener propiedades, viajar, leer y escribir, hasta el punto de que jugar con las palabras al scrabble se convierte en un placer muy agradable.

La originalidad de Margaret Atwood consiste en sustituir las distopías de H. G. Wells, de Georges Orwell, de Aldous Huxley, de Ray Bradbury, de Vladimir Nobokov o de Ismaíl Kadaré, basadas en pesadillas sociales, por una variedad de pesadilla androcéntrica en la que nada de lo que esperaban Mary Wollstonecraft o Simone de Beauvoir se ha cumplido. En lugar de una distopía política, la novela de Atwood es una tenebrosa pesadilla sexista narrada sin ningún énfasis apocalíptico, lo que la hace más aterradora: la mitad de la población está discriminada o esclavizada por su sexo, prejuzgada por su anatomía y no por sus actos, pues la tétrica república de Gilead no siente ninguna animadversión personal contra Defred o contra Dewarren. Los endebles conatos de resistencia en la clandestinidad para articular una guerrilla femenina no pueden nada contra la poderosa fratría masculina.

En un final abierto, sigue diciendo, Atwood deja al lector en libertad para juzgar, no especifica el resultado de su lucha, pero el hecho de que la novela esté ambientada en el futuro indica que su autora tampoco es muy optimista sobre el conflicto entre los géneros.

Quizá la actual revitalización de la distopía, añade, sea un signo de los tiempos en los que se ha perdido la confianza en el futuro y se ha impuesto la idea de que el paraíso no está al alcance del ser humano, incapaz de organizar un sistema de felicidad colectiva. El hombre tiene talento para su diseño teórico, pero no cualidades morales para ponerlo en práctica. Siempre insatisfecho y con una irremediable tendencia hacia el caos, pronto se afana en el deterioro del hermoso edificio construido por los creadores del proyecto.

Si esto es cierto, concluye diciendo, acaso no haya mejor utopía que defender día a día una ética individual del presente, sin deslumbrarse por los espejismos y quimeras de futuros paraísos sociales o teológicos. Del mismo modo que en la vida privada no existe la felicidad permanente, que es una palabra demasiado grande, y solo nos salvan los buenos momentos, así tampoco en la vida colectiva es posible un paraíso perfecto y eterno. A pesar de esa limitación, sin embargo, no estamos eximidos de intentar erradicar los grandes sufrimientos sociales y buscar el máximo posible de buenos momentos históricos.




Fotograma de la serie televisiva "El cuento de la criada"



Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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[Humor en cápsulas] Para hoy miércoles, 31 de mayo de 2017





El Diccionario de la lengua española define humorismo como el modo de presentar, enjuiciar o comentar la realidad resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Pero también como la actividad profesional que busca la diversión del público mediante chistes, imitaciones, parodias u otros medios. Yo no soy humorista, así que me quedo con la primera acepción, y en la medida de lo posible iré subiendo al blog cada día las viñetas de mis dibujantes favoritos. Las de hoy con Morgan en Canarias7; Gallego y Rey y Ricardo en El Mundo; El Roto, Forges, Peridis, Ros y Sciammarella en El País; y Montecruz y Padylla en La Provincia-Diario de Las Palmas. Disfruten de ellas. 




Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt






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martes, 30 de mayo de 2017

[Especial] Día de Canarias, 2017



El Roque Nublo (Gran Canaria). Al fondo, el Teide (Tenerife)


ODA A CANARIAS

La patria es una peña,
la patria es una roca,
la patria es una fuente,
la patria es una senda y una choza. 

Mi patria no es el mundo;
mi patria no es Europa;
mi patria es de un almendro
la dulce, fresca, inolvidable sombra. 

A veces por el mundo
con mi dolor a solas
recuerdo de mi patria
las rosadas, espléndidas auroras. 

A veces con delicia
mi corazón evoca,
mi almendro de la infancia,
de mi patria las peñas y las rocas. 

Y olvido muchas veces
del mundo las zozobras,
pensando de las islas
en los montes, las playas y las olas. 

A mí no me entusiasman
ridículas utópias,
ni hazañas infecundas
de la razón afrenta, y de la Historia. 

Ni en los Estados pienso
que duran breves horas,
cual duran en la vida
de los mortales las mezquinas obras. 

A mí no me conmueven
inútiles memorias,
de pueblos que pasaron
en épocas sangrientas y remotas. 

La sangre de mis venas,
a mí no se me importa 
que venga del Egipto
o de la razas célticas y godas. 

Mi espíritu es isleño
como las patrias rocas,
y vivirá cual ellas
hasta que el mar inunde aquellas costas. 

La patria es una fuente,
la patria es una roca,
la patria es una cumbre,
la patria es una senda y una choza. 

La patria es el espíritu,
la patria es la memoria,
la patria es una cuna,
la patria es una ermita y una fosa. 

Mi espíritu es isleño
como las patrias costas,
donde la mar se estrella
en espumas rompiéndose y en notas. 

Mi patria es una isla,
mi patria es una roca,
mi espíritu es isleño
como los riscos donde vi la aurora.

Nicolás Estévanez (1838-1914)



Nicolás Estévanez



Me sumo a la efeméride del Día de Canarias, hoy, 30 de mayo, y lo hago trayendo hasta el blog un asunto que dos siglos después de iniciado sigue influyendo decisivamente en la difícil vertebración política de Canarias. Vertebración agravada por un sistema electoral que aunque declarado constitucional por el máximo órgano jurisdiccional del Estado, el Tribunal Constitucional, distorsiona hasta extremos grotescos el valor del voto de los ciudadanos en función de la isla en que residen. Un sistema difícil de reformar pues, en el fondo, y aunque no lo confiesen, beneficia a los tres partidos hegemónicos del archipiélago. 

Marcos Guimerá Peraza (1921-2012), es uno de los grandes historiadores, y ha dado muchos, que han nacido en esta tierra atlántica común que nos acoge. Hace ya cuarenta años escribió un ensayo sobre la compleja vertebración política de Canarias con el título de "El Pleito Insular". Se publicó en el prestigioso Anuario de Estudios Atlánticos (Casa de Colón, Las Palmas, 1967-1974) en cinco entregas sucesivas que pueden ustedes leer en el enlace anterior.  

Un pleito difícil de entender para quien no sea canario, no solo por lo que tiene de peculiar e idiosincrásico, sino por la carga política que lo provocó, lo mantuvo, y que aún colea, y que en realidad se resume en la lucha por la hegemonía en el archipiélago de las burguesías dominantes y enfrentadas de las ciudades de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas de Gran Canaria. 

Guimerá Peraza lo deja meridianamente claro desde el inicio del primero (1967) de los estudios que le dedicó: Las luchas por la capitalidad, primero, y por la división, después, cuentan con más de un siglo de antigüedad en el Archipiélago Canario. Y gozan siempre, por desdicha, de actualidad, tan pronto se apunta, siquiera, el tema de la unidad regional, después de más de cuarenta años de la división, en dos, de la provincia de Canarias. 

Con la renovación del pleito insular, -sigue diciendo- el tema de la capitalidad resurge. Orillado con la división de 1927, sustituido mucho antes por el divisionismo, con la pensada creación de regiones cobra el problema de la capitalidad del Archipiélago nuevos bríos. 

Como es sabido, -continúa- la organización de las Islas Canarias, antes y después de la Conquista, a fines del siglo xv, fue por Islas, regidas por sus antiguos Ayuntamientos o Cabildos. No hubo nunca una capitalidad provincial o regional, que extendiera su jurisdicción a todo el territorio. Había, sí, en la isla de Gran Canaria una Audiencia y un Obispado; como en la de Tenerife una Comandancia o Capitanía General, desde finales del siglo XVII : concretamente, instalada en Santa Cruz desde 1723, por el Marqués de Vallehermoso. Pero no existió una capital administrativa, poiítica ni económica, hasta bien entrado el siglo XIX.

La realidad -añade- es que la unidad ha sido, y es, la Isla. El Archipiélago es, por definición, un conjunto de Islas, y en las Canarias presentan caracteres bien distintos entre sí, y no sólo geográficos. La historia, política y administrativa, ha coincidido con la geografía. Y la economía ha presentado diferencias notables entre Islas.

Pues bien, pese a ello, -concluye- al nacer la Provincia de Canarias con la Constitución de 1812, surgió, casi de inmediato, el pleito sobre la capitalidad. Pero como quiera que la pugna entre Tenerife y Gran Canaria ya había aparecido desde el Motín de Aranjuez en 1808, nuestro estudio va a comprender la historia de la lucha por la capitalidad durante el primer tercio del siglo a XIX, es decir, la parte del mismo que va desde la guerra de la Independencia  contra Napoleón hasta el final de la primera guerra carlista: de 1808 a 1839". 

El pleito que tan exhaustivamente relata Guimerá Peraza es evidente que ya no es lo que era, ni histórica ni políticamente, pero sigue estando ahí por algo tan sencillo de explicar como difícil de entender para muchos: que la realidad insoslayable de Canarias, como él mismo enfatiza, es la "isla", y que el archipiélago canario son siete (o trece) islas diferentes física, histórica, social, cultural y económicamente. Y para resolver circunstancias como esta se inventó, a finales del siglo XVIII, el federalismo.

Personalmente siempre he creído que el federalismo es un marco idóneo en el que desenvolver el autogobierno de los pueblos y los Estados. Federalizar Canarias supondría, a mi juicio, replantearse la distribución del poder político en el seno de la Comunidad Autónoma de manera horizontal entre el gobierno regional y los gobiernos insulares mediante un reparto de competencias tasado estatutariamente tanto a nivel regional como insular, y la configuración de un parlamento regional (o Cabildo General de Canarias) bicameral, en el que estuvieran representados tanto el pueblo del archipiélago en su conjunto como cada una de sus islas (consideradas como entidades territoriales propias y autónomas) con competencias colegislativas iguales para ambas cámaras, y otras propias y específicas de cada una de ellas. 

La cámara de elección popular podría ser elegida por la totalidad de la población del archipiélago mediante un sistema proporcional puro, en una circunscripción electoral única, y con listas cerradas pero no bloqueadas, en las que el elector pudiera ordenar por orden de preferencia hasta una cuarta parte de los candidatos de la lista de su elección. Aunque a decir verdad, yo prefiero un sistema electoral directo y mayoritario, a dos vueltas (como el francés), en circunscripciones electorales de igual número de electores en las que se elija a un solo candidato en cada una de ellas, de forma que el voto de cada elector valga exactamente lo mismo en todas y cada una de las circunscripciones.

La cámara territorial podría conformarse por representantes de los gobiernos de los Cabildos Insulares, en número igual para cada uno de ellos, y con entre uno y cinco votos para cada isla en función de su población de derecho. 

No es la primera vez que planteo esta posibilidad. Lo he hecho ya ante el propio Parlamento de Canarias en 1995, 1996 y 1997, con ocasión de las deliberaciones que llevaron a la reforma del Estatuto de Autonomía, y en artículos de prensa que tuvieron cierta repercusión en medios académicos, pero ninguna en los políticos. Esos artículos pueden leerse en el blog en las entradas correspondientes a los días 26 y 27 de octubre y 25 y 28 de noviembre de 2006. 

Respecto al tan traído y llevado tema de las identidades compartidas, como digo en la presentación del blog, me gustaría dejar claro expresamente que no tengo problema alguno al respecto: me siento tan ciudadano de mi ciudad, Las Palmas, como grancanario, canario, español y europeo. No renuncio a ninguna, no las confronto, todas son mías y con todas me siento igual de solidario. 

Como los lectores de Desde el trópico de Cáncer saben, me gusta definir a Canarias como un estado de ánimo rodeado de agua por todas partes que tiene sus pies en África, su corazón en América y su cabeza en Europa. Desde ese estado de ánimo, pleno de esperanza en un futuro mejor, les deseo un feliz Día de Canarias a todos los canarios de las islas y la diáspora.







Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt




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