sábado, 20 de mayo de 2023

De los deliriossemánticos

 







Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Azahara Palomeque, va de los delirios semánticos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.












Un delirio
AZAHARA PALOMEQUE
18 MAY 2023 - El País.

A veces no entiendo nada. Intento concentrarme, trazarles una lógica a ciertos hechos; en vano, analizar antecedentes históricos, hilvanar genealogías, leer hasta que se me caen los ojos o, simplemente, recurro a la vieja táctica de escuchar durante largo rato, incluso tomando notas, como cuando era una alumna aplicada y no quería perderme un detalle de lo que decía la profesora porque aún creía en el futuro. Pero no entiendo nada de un sinsentido que se ha adueñado de tantos espacios mediáticos y sociales, sumiendo a la gente en una confusión palmaria, de manera que no sean posible vasos comunicantes entre nosotros, ya que cada palabra conforma un muro contra el que estrellarse. El galimatías, eso sí, la ristra de patrañas, cuando no abiertos ejercicios de manipulación, me arrojan ecos certeros de Estados Unidos que pronto se transforman en déjà vu y, a través de la memoria, continúo sin comprender, pero al menos puedo arcillar rimas que esclarezcan algo en su paralelismo.
Existen en nuestro país una serie de adeptos al papanatismo que repiten como loros consignas sacadas del acervo yanqui de la posverdad mientras se llaman a sí mismos españolísimos, o directamente patriotas —del inglés: patriot, aunque la etimología sea griega—. Así, términos como “comunista”, utilizados como insulto, son cada vez más frecuentes en una derecha que ha asumido el marco de la Guerra Fría discursivo en que se dirimen las políticas del otro lado del Atlántico y ha tejido una bandera con él. Lo que no hace tantos años se habría considerado un anacronismo fruto de la mejor batallita del abuelo o, como mucho, una referencia histórica al viejo PCE, ese partido que constituyó la mayor fuerza opositora al franquismo, ahora aterriza oliendo a aires foráneos para calificar al Gobierno de coalición, a cualquiera de sus miembros —poco importan las siglas si sirven a la estrategia de desgaste— e invoca fantasmas deslavazados contra toda articulación de lo factible, puesto que ni el comunismo se puede considerar vivo a nivel internacional (a no ser que se admitan ciertas particularidades de China, esa máquina suministradora de productos al neoliberalismo de cada día), ni cabe en una España cuya soberanía se encuentra demarcada por el contexto europeo, ni se corresponde a las medidas que se han adoptado últimamente, tímidos esquejes de socialdemocracia: subir el salario mínimo, limitar los precios de la energía mediante la excepción ibérica, o destinar algunos miles de viviendas de la Sareb al alquiler “asequible” —del inglés: affordable—. Nadie ha hablado de nacionalizar la banca o las eléctricas, ni de colectivizar la tierra, pero la etiqueta comunista funciona y yo, obviamente, no lo entiendo.
Como tampoco la cantinela del “Gobierno ilegítimo” o del supuesto “golpe” de Pedro Sánchez, muy de moda en los círculos reaccionarios e imanes potentes a la hora de generar clickbaits. La última vez que escuché barbaridades similares se estaba produciendo un intento de derrumbar la poca democracia remanente en el vasto territorio norteamericano, y todavía una gran mayoría de republicanos, fieles a Trump, juran firmemente que las elecciones le fueron robadas al magnate. Se ve que los asesores del papanatismo captaron bien el potencial disruptivo de mentir hasta que la boca sangre, de inocular a la población con una serie de conspiraciones alucinadas y promover un “fenómeno fan” capaz de convencer al más pobre de que los fanáticos de la mendacidad representan sus intereses. Pero no termina aquí la cosa: en ocasiones, ocurre que las pocas herramientas de los débiles que no han caído aún en el desvarío mutan en artillería pesada contra ellos. Un ejemplo claro lo constituiría el término woke, parte del lexicón de las luchas por los derechos civiles y más tarde recuperado por el movimiento #BlackLivesMatter para indicar que debían estar atentos, despiertos frente a las innumerables injusticias que los acechaban. Ahora lo woke sirve a políticos desaprensivos prestos a eliminar libros de las bibliotecas o los programas escolares, prohibir el aborto, o dinamitar los derechos de los colectivos más vulnerables, mientras que en nuestro país se ha tornado una suerte de comodín en el campo semántico de la “cancelación” con el fin de censurar las legítimas reclamaciones de quien exige mejoras sociales. Woke sería, de acuerdo con ese argumentario enajenado, el ingreso mínimo vital, cualquier medida para paliar la plaga de violencia de género que sufrimos, o la Aemet.
De hecho, en el terreno del cambio climático el sinsentido presenta incluso más arraigo, fruto de una extensa trayectoria que se inició en los años setenta mediante la puesta en marcha de campañas de desinformación que emulaban las implementadas por las tabacaleras, caminó más tarde de la mano del falaz desarrollo sostenible, y después transmutó en paranoia. Consecuencia de tales esfuerzos negacionistas nacieron las locuras basadas en las estelas químicas —del inglés: chemtrails—, esas huellas resultado de la condensación que dejan los aviones y se juzgan, falsamente, como sustancias letales, rastros de fumigación para los que jamás se han parado a pensar en los efectos de los pesticidas; pero también el dislate que supone asistir, en un mismo telediario, a mensajes tan contradictorios como “hace buen tiempo, la ocupación hotelera alcanza un lucrativo 90%” y, cinco minutos después, una alerta por sequía que se alía a varios récords de temperatura, riesgo extremo de incendios propios del verano y fallos en las cosechas. En última instancia, el raciocinio se resquebraja por completo en la categorización de los grupos ecologistas como “terroristas”, o a raíz de nomenclaturas que tiñen de verde cualquier cosa (el gas fósil, el reciclaje, los coches eléctricos), según explica Andreu Escrivà en Contra la sostenibilidad.
Así que yo no entiendo absolutamente nada: que la libertad haya sido fagocitada por la espuma de una cerveza y ni evoque los coletazos del libertinaje, porque encima las terrazas cierran tempranísimo; que los derechos humanos hayan involucionado en privilegios (véase el estado de nuestra sanidad pública); que el criminal sea quien planta árboles y no quien los tala o calcina. Asimismo, mi cerebro es incapaz de conceptualizar el grado de penetración del capital en los rincones más inhóspitos de la intimidad cuando hablamos de “invertir” en las relaciones (como si fuésemos accionistas del afecto); o de “gestionar” las emociones (como burócratas coleccionistas de sonrisas y lágrimas); o de superar o afrontar nuevos retos —del inglés: challenge— al malvivir entre empleos precarizados y alimentos carísimos. Inaprensible se me levanta un mundo donde la palabra que antaño creí segura ha sido despojada de su habilidad para significar y yace vapuleada, tergiversada a golpes de transacciones económicas y una deshumanización tan difícil de rebatir. Entonces me acuerdo de Antígona, condenada por reconstruir el cadáver de su hermano y darle digna sepultura, mujer que en la obra de María Zambrano no muere, más bien delira en su tumba convencida de haber hecho lo correcto, contravenir una ley injusta. El parlamento desbocado se opone al mandato en teoría racional que la sentenció desde atalayas de poder; el grito aunado a la poesía desnuda el sinsentido y construye otra lógica más certera en cuanto que ya no es producto de una civilización que ha perdido cabalmente el juicio. Quizá todo lo que hayan leído en esta tribuna no sea más que un delirio. Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Vivir peor que nuestros padres (Anagrama).




























[ARCHIVO DEL BLOG] Mayo del 68 visto a los 72. [Publicada el 26/05/2018]










¡Ah, Mayo del 68!... Así, con mayúsculas. Con toda la carga mítica que ese fecha conlleva para los que en ese mayo teníamos veinte y pocos años... Yo lo viví en Las Palmas (Canarias), con un año de casado y esperando mi primer hijo, pero con el corazón en París, capital de esa Francia que tanto amo, recién terminados mis estudios en la Escuela Social de Madrid, donde la efervescencia ya se hacía notar desde el 65. Asistí emocionado, por televisión, a las algaradas de los universitarios en París, Berkely, y medio mundo occidental; a los eslóganes de "bajo los adoquines está la playa" o ese otro de "sed realistas, pedid lo imposible", a la foto de la muchacha sobre los hombros de su compañero ondeando la bandera del Vietcong, que ha quedado como imagen incónica de Mayo del 68... Pero lo que más me impresionó, aunque no me lo crean, fue la "huida", ¿se la podía calificar de otro modo en aquellos días?, del presidente De Gaulle a Alemania en el momento álgido de las algaradas estudiantiles...
Sobre ese mítico año escriben sendos artículos en El País y El Mundo los profesores Fernando Savater, catedrático de Ética en la Universidad del País Vasco, y José Luis Rodriguez García, catedrático de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Se los recomiendo encarecidamente a todos los que, como un servidor de ustedes anda ahora por los 72. Les dejo con ellos
¿Cómo se ve mayo del 68 con setenta y pocos años...?, se pregunta el filósofo Fernando Savater en El País. Las agitaciones del 68 no transformaron el mundo, sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Desatascaron lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria: “Mujeres y hombres que no están comprometidos con ningún bando, con nada salvo con tratar de vivir, han quitado adoquines y arado la tierra de abajo. Cultivan debajo de cambiantes ruinas combatiendo cosas infernales y sueños salvajes. Han construido escuelas en salitas de estar para sus críos, en pueblecillos de una o dos calles. Han mantenido las barricadas”, escribe China Miéville en Los últimos días de Nueva París. 
El 31 de diciembre de 1967, en su discurso de fin de año, el general De Gaulle auguró: “Saludo con serenidad este año 1968”. Pero esa serenidad fue difícil de mantener, la verdad. El año vino cargado con una sobredosis de acontecimientos casi mágicos, aunque algunos de magia blanca —ilusionismo, más bien— y otros de magia negra. La guerra de Vietnam alcanzó el máximo registrado de bajas norteamericanas; fueron asesinados Martin Luther King y Robert Kennedy; el Apolo 8 fue la primera misión tripulada en salir de la órbita terrestre y llegar hasta la órbita lunar (se vio por primera vez el lado oculto de la Luna); en Praga se disfrutó de una primavera política que los tanques rusos agostaron brutalmente luego; Guinea se independiza de España...
A escala más personal, me acuerdo del triunfo de Massiel en Eurovisión tras la polémica sobre si "La, la, la" era catalán o castellano; los primeros crímenes de ETA; la inauguración en San Sebastián de la librería Lagun que tan importante habría de ser en mi vida, y, también en mi ciudad, la aparición de grandes estandartes con cruces gamadas en la Avenida (entonces “de España” y luego “de la Libertad”, que en el País Vasco significan lo mismo) porque rodaban La batalla de Inglaterra y Donosti fue por un rato Berlín bajo los bombardeos aliados... Lo más mágico en mi memoria, el triunfo contra todo pronóstico lógico de Tebas en el Gran Premio de Madrid, llevando veinte kilos más de los que le correspondían oficialmente para que pudiese montarle su propietario y entrenador, el incomparable duque de Alburquerque.
Pero indudablemente mencionar el año 68 significa para la mayoría el mes de mayo, la ciudad de París y los estudiantes sublevados. Aunque la verdad es que hubo revueltas estudiantiles también el resto de los meses, en California y en Tokio, en Alemania o España tanto como en Italia, Polonia y México. Los rebeldes se enfrentaron a situaciones políticas muy distintas, democráticas o dictatoriales, corriendo también riesgos nada comparables: contusiones en París y Roma, condenas a años de cárcel en Madrid o Varsovia, tiroteos asesinos en Tlatelolco...
Abundan las crónicas que ofrecen una panorámica global del año famoso (una muy completa es la de Ramón González Férriz, editada por Debate). Se ha dicho hasta el hartazgo, con arrobo utópico o con malicia escéptica, que su pretensión era cambiar el mundo, algo excesivamente ambicioso para unos muchachos o quizá superfluo, porque el mundo cambia constantemente aunque no siempre para bien. Los que concluyen que no cambió nada y los que sostienen que ya nada fue igual deberían recordar la sabia respuesta del primer ministro chino Chu En-lai cuando le preguntaron si en su opinión la Revolución Francesa había tenido consecuencias positivas: “Aún es pronto para decirlo”.
A mí me parece que las agitaciones del 68 no transformaron el mundo sino que fueron el síntoma indudable de que el mundo ya había cambiado. Más que revolucionarlo todo, sirvieron para desatascar lo rígido y autoritario que frenaba una mutación social, tecnológica y económica de escala casi planetaria. Sin duda tuvieron mucho de ideología convencional pero también un toque nuevo, característico, que iba más allá de la consabida problemática de la izquierda contra la derecha. El campo de batalla que inauguró el 68 (al menos en los países como Francia, que ya disfrutaban de democracia) fue la transformación de la vida cotidiana. Lo que se exigía no era un cambio en el Gobierno sino un cambio en la forma de vivir, en el trabajo, en el sexo, en la enseñanza, en la diversión... Eso se ve sobre todo en las pintadas en las paredes del Barrio Latino, los célebres grafitis. Algunos se han repetido tanto que ya resultan empalagosos, como pasa con coplas y refranes anónimos de la inventiva popular, pero apuntan a cuestiones que los revolucionarios convencionales descuidan: no a la toma del Palacio de Invierno, sino a la ventilación del dormitorio, el despacho y el aula en que transcurre la mayor parte de nuestra vida. “Prohibido prohibir”, “Amaos los unos sobre los otros”, “Bajo los adoquines está la playa”... pero no “Abajo el capitalismo” o “Viva la guillotina”. En esos lemas aparece el desterrado de las grandes revoluciones y de sus adversarios, tipo Raymond Aron: el humor, a veces sutil y otras meramente chusco. Nadie carente de humor debería hoy escribir ni a favor ni en contra de Mayo...
Por eso las referencias bibliográficas más ilustrativas sobre ese movimiento (que no conocían más que una minoría) no son los textos revolucionarios canónicos, sino obras marginales como los escritos sobre la vida cotidiana de Henri Lefebvre o Eros y civilización de Herbert Marcuse. En este último libro, a mi juicio el más interesante de su autor, influyó decisivamente un clásico de finales del siglo XVIII que yo recomendaría a quienes quieran ir más allá de los tópicos: Cartas sobre la educación estética de la humanidad, de Friedrich Schiller (hay nueva y excelente traducción de Eduardo Gil Bera en Acantilado). Ahí podemos aprender que “la fórmula victoriosa se halla a la misma distancia de la uniformidad que de la confusión” y que “el hombre sólo juega cuando es humano en la acepción plena del término y sólo es plenamente humano cuando juega”.
Para quienes adquirimos nuestra conciencia política individualista, hedonista y lúdica (también ingenua) en aquellos días, la mejor noticia fue que se podía ser progresista sin carnet del partido comunista o similares. Hoy veo que la ventaja que tenemos quienes nunca fuimos comunistas es que no necesitamos ahora perder energías en aspavientos derechistas para probar que ya no lo somos. Por cierto, algunos tratan de ridiculizar el progresismo diciendo que busca el paraíso en la tierra. Eso sí que es una ridiculez: el progresista sabe que nacemos rodeados de males y que moriremos rodeados de males también, pero aspira a que los males del final no sean los mismos o peores que los del principio.
Cuando se pregunta “¿qué queda del 68?” sólo se me ocurre responder que quedamos algunos, muchos menos ya desde luego que quienes lo invocan o lo maldicen. Y en cada uno de nosotros tuvo efectos distintos: tampoco la Virgen hace siempre milagros y cura a todos los que van a Lourdes. De los votos pintados en los muros de París aquel Mayo lejano, mi preferido (después del encomiable y poco respetuoso “Sartre, sé breve”) es este: “No quiero morir idiota”. Yo estoy casi a punto de conseguirlo, pero compruebo con pena que muchos de mi edad y sobre todo más jóvenes han dejado prematuramente de intentarlo. Hasta aquí, Savater.
Por su parte, José Luis Rodríguez García escribe al respecto: He de comenzar recordando algo que me parece incontestable: y es que el Mayo del 68 resultó ser tan solo la expresión simbólica de una serie de agrupamientos multitudinarios que no deben reducirse a la Francia convulsa del segundo lustro de los 60. 
Lo sabemos... Las circulaciones políticas y sociales habían comenzado a ser convulsionadas por motivos diferenciados: podemos recordar las algaradas de las universidades americanas -muy especialmente Berkeley-, el fortalecimiento de la lucha antiimperialista que fermenta en las universidades alemanas, el reforzamiento de las exigencias obreristas en Italia, los incipientes movimientos en los países del denominado con un sorprendente oxímoron "socialismo de rostro humano" o las pretensiones internacionalistas del proceso revolucionario cobijadas bajo la inspiración guevarista. 
Cada una de estas referencias contribuye a la transformación de lo que constatamos en la década de los 60. Nada volvería a ser lo que era, es cierto. Pero fueron los años 60, no Mayo-68. ¿Mayo del 68, París? Sabemos que confluyeron entonces, ahí, en la sorprendente ciudad de Baudelaire, las ansias multiplicadas de exigencias diversas. Morin lo certificaba con bastante gracia en un artículo que tituló La comuna estudiantil y en cuyas primeras líneas intentaba incorporar al extraño campus de Nanterre-La Folie los agrietamientos producidos en Polonia, Alemania, Italia, Inglaterra, Estados Unidos, y añadiendo, para alimentar nuestro falso orgullo, España -como si entonces estuviéramos con las manos en una masa tan complicada-. 
Lo cierto es que París, Mayo-68, se convirtió en un significante político y social que comenzó a circular sin control alguno -algo así, como el 14 de Julio o el 14 de Abril, fechas emblemáticas que no requieren comentario alguno-. Y no es menos cierto que muchos de nosotros, nacidos a finales de los 40, nos inoculamos el virus del significante Mayo-68. El admirable Nizan, en esa especie de novelado repaso a la fragilidad filosófica de su patria que es Aden Arabia, comenzaba el texto confesando que "yo tenía veinte años. No permitiré que nadie diga que es la edad más bella de la vida". Lo siento, amigo Paul, para muchos de nosotros era la edad más bella de la vida.
Y nos encontrábamos convenientemente pertrechados. No nos importaban las noticias de la televisión, suponíamos la posibilidad de una rebelión contra los poderes soñando en la aparición del viejo topo... Nizan, amigo, aquello era hermoso... Sartre, decadente y enmarcado, aunque no entendiera nada, se reunía con maoístas y otros... Aquello le agradaba: dedicaba sus noches o amaneceres a redactar los últimos capítulos de su inmensa flaubertiana mientras compensaba sus trabajos con veladas alcohólicas, atrevido como siempre: produce cierto sonrojo considerar hoy el diálogo que mantiene con Cohn-Bendit en Le Nouvel Observateur del 20 de mayo repleto de lugares comunes y de convocatorias al triunfo final. Malraux, por su parte, alejado y sereno, olímpico, curtido en derrotas victoriosas, esperaba... Confesaría Blanchot que también él andaba por ahí -buscando a Foucault-. Aron relata aquellos días en sus Memorias...: la lectura de algunas páginas, más allá de su tono decididamente crítico, revela la importancia de lo que sucedió a lo largo de los enrabietados días de mayo: "Finalmente", escribe el zarandeado Aron, blanco de las críticas de unos y otros, "fuera de los tumultos, a menudo un clima de alegría, de fiesta". 
El imaginario Mayo-68 abducía. Era hermoso. Nos liberábamos del Poder. ¿Oposición? Tan apenas se escucha la voz airada de Pasolini, provocador y acerado como siempre, quien se atreve a publicar un diabólico poema que levantará ampollas: "Llegáis con retraso, hijos (...) Tenéis caras de hijos de papá./ Os odio como a vuestros padres./ Buena raza no miente./ Tenéis la misma mala mirada".
Pero abajo, en las cloacas sociales, donde en verdad actúa la simpatía, comenzaba a funcionar el mecano del estupor. Nada era cierto, el significante Mayo-68 era una defensa para facilitar la supervivencia de quienes éramos frágiles e incautos. Recuerdo ahora mismo una noche en un cine al final de Rosales, en Madrid. Con alguien... No sé qué película vimos... Recuerdo la emoción al abandonar la pequeña sala. Acaso fuera una invención de Bertolucci o Bellochio. Éramos esta subjetividad inmolada al significante Mayo-68, pero comenzábamos a interiorizar que nuestro combate nació antes de tiempo.
Me he preguntado desde hace años, y esta apreciación es estéril, cuándo pudo iniciarse para muchos de nosotros el derribamiento del significante Mayo-68. No lo sé porque la conciencia del tiempo es absurda y, por otra parte, como sugería el amadísimo Borges, traicionera. Acaso fuera cuando releí al asesinado Goldman, cuando tuve noticias de la deriva de la Baader-Meinhoff y me entristeció la mala suerte de Ensslin, su inspiradora intelectual, suicidada en la celda de la cárcel de Stammheim en octubre del 77, quizás cuando descubrí la decisión de Debord, quien puso final a su vida en noviembre del 94... Y, desde luego, cuando constaté que los inspiradores y líderes del imaginario Mayo-68 se habían vendido por un puesto de prefecto, de directora de una ONG o de mierdoso interventor en el Parlamento Europeo. El desastre...
Ni revolución (Mao), ni liberación de la unidimensionalidad de la sociedad capitalista (Marcuse), ni superación de los antagonismos de clase (Marx): las tres M quedaron postergadas, telegramas de urgencia para los enfermos que padecieron el mal del ensueño. Glucksmann había soñado en su opúsculo sobre la estrategia revolucionaria con un incendio que lo arrasara todo en Europa, desde Moscú hasta Lisboa: en fin, tuvimos que conformarnos con encender la candela.
¿Qué ha quedado, qué rastros nos indican que algo sucedió? Muchos documentos, es cierto. Los textos vergonzantes de esos dos colosos de barro que fueron Rochet y Marchais, disparatando sobre los peligros del izquierdismo, octavillas anunciando la revolución de mañana, las llamadas a la unión obreros-estudiantes convocada un día sí y otro también por el PCM-L de Francia, autodenominado "el único partido comunista verdadero", la alegría confiada de las notas del Movimiento 22 de marzo, los delirios de los Comités de acción... 
Nadie alquiló un lugar para siempre: esos lugares políticos desaparecieron y los protagonistas supervivientes decidieron que era mejor mercadear. Poco años más tarde, el genial tándem Tanner-Berger narrarían la nostalgia de esta desolación en Jonás, que cumplirá 25 años...: Max y Marco, dos de sus protagonistas, observan con distancia su pasado, cuando ellos eran otros... ¿Que ha quedado algo más? Sí, claro está, lo intangible... El habla sutil de las paredes: "Dios: sospecho que eres un intelectual de izquierdas", se leía en el liceo Condorcet. Y en la Sorbona: "Profesores, ustedes nos hacen envejecer". Y mil más... El tiempo ha borrado los rastros políticos... El tiempo ha borrado las consignas y grafitis callejeros. La política se ha encanallecido y las pintadas ya sólo están en los libros. Acaso podría señalarse algo más: vuelvo a los dibujos del patafísico Siné, a la despiadada crítica de sus viñetas... Sí, el Mayo francés impulsaría un nuevo periodismo, ácido, afilado, inmisericorde, del que Libération, fundado en el 73, y el hoy conocido como Charlie Hebdo, heredero del Hara-Kiri, publicado entre el 69 y el 81, son sus muestras más relevantes. ¿Poca cosa? Es posible. Acaso tan sólo anécdotas... Pero no somos otra cosa: acopio de anécdotas que bien pudieron no suceder. El significante Mayo-68 ya está vacío: pero es que las ilusiones se desvanecen en el aire, tarde o temprano. El viejo topo decidió tumbarse a dormir. Acaso haya muerto. Quizás entonces ya estaba muerto y no lo sabíamos... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














viernes, 19 de mayo de 2023

Del lado de la gente decente

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Manuel Jabois, va del lado de la gente decente. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.










De un lado está la gente decente
MANUEL JABOIS
17 MAY 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Sobre la presencia de exetarras (a estas horas ya en retirada) en las listas de Bildu se han leído y escuchado escrupulosísimos análisis y muy pensadas reflexiones sobre leyes, ética y moral. Ha habido hemeroteca jugosa (no es la primera vez que en esas listas hay condenados por terrorismo y se ha recordado, porque se ha dicho a izquierda y derecha, que después de las armas, y dentro de la democracia, venía la política). No se ha dicho mucho que uno puede ser exetarra, pero no puede ser exasesino. Y tampoco he visto citado un párrafo esencial del monumental Borges que escribió su amigo Bioy Casares sobre la estrecha amistad de los dos (aquella declaración de amor portentosa al enterarse Bioy de la muerte de Borges en Ginebra: “Eran mis primeros pasos en un mundo sin Borges”) y que resume de una manera muy ligera y divertida algo que se ha querido convertir en una compleja materia de debate.
Ocurrió cuando empezó la Segunda Guerra Mundial y Bioy Casares, Borges y varios amigos más se reunieron en un restaurante de Buenos Aires con la intención de firmar un manifiesto a favor de los aliados. La implacable confianza de los intelectuales en los manifiestos ante conflictos bélicos, o de cualquier otra índole, es impresionante y se prolonga con euforia hasta estos días. A mí, que he firmado uno o dos, me ha parecido siempre una manera de firmar a favor de uno mismo; de decirle al mundo: mi firma importa. Pero en la guerra, por desgracia, importan más las bombas.
El caso es que llegados a la reunión, uno de esos amigos de Bioy y Borges, llamado Martínez Estrada, quiso hacer una salvedad, “o por lo menos un llamado a la reflexión”, según Bioy. Siempre que hay un pero a un manifiesto contra los nazis se trata indiscutiblemente de un pero nazi. Se preguntó Martínez Estrada si “no habíamos pensado que tal vez de un lado estaban la fuerza, la juventud, lo nuevo en toda su pureza, y del otro, la decadencia, la corrupción de un mundo viejo”. Bioy lo descartó mentalmente como firmante del manifiesto. Pero se levantó otro hombre, Petit de Murat, y dijo que el asunto era muy simple, mucho más simple de lo que se quería hacer ver: “De un lado está la gente decente, del otro los hijos de puta”. Entonces Martínez Estrada, sofocado, dijo: “Hombre, si eso es así, yo firmo con ustedes encantado”.
El gusto de este país por el debate lleva a menudo a intelectualizar soluciones sencillas. No, Bildu no es un partido nazi y sí, sus exetarras tienen derecho a presentarse a las elecciones. Luego usted, delante de la papeleta que contiene el nombre del asesino del padre o del hijo de sus vecinos, puede teorizar durante horas hasta llegar a alguna conclusión, pero si no es así, algún Petit de Murat habrá cerca de usted que le simplifique las cosas: a veces basta elegir entre la decencia o no. Normalmente, cuando las cosas se explican de un modo tan contundente, las conclusiones son más rápidas y dignas. Si quiere ser usted un indecente dígalo rápido, no firme el manifiesto si no quiere, pero no nos hable de la fuerza, la juventud y el mundo nuevo. Si quiere ser indecente no nos explique por qué, fue lo que dijo Petit de Murat. Y entonces, al no dejarle justificar su indecencia, Martínez Estrada se fue con los decentes. Que es mucho más fácil de explicar. Manuel Jabois es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Sus dos últimos libros son las novelas Malaherba (2019) y Miss Marte (2021). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.