sábado, 24 de febrero de 2024

De los traficantes de felicidad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. El pensamiento actual, escribe en El País el genetista Javier Sampedro, no ha resuelto la tensión entre el hedonismo y la devoción, pero sí ha añadido una nueva dimensión al debate: la búsqueda de una vida psicológicamente rica. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com









Traficantes de felicidad
JAVIER SAMPEDRO
17 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Como todo el mundo quiere ser feliz y nadie lo consigue, la felicidad se ha convertido en una droga legal que venden los oportunistas y compran los adictos al género. Este tráfico de esperanzas infundadas ya se había consolidado antes de las redes sociales, aunque con ellas está a punto de alcanzar el paroxismo. Si cometes la osadía de poner “libros sobre la felicidad” en cualquier buscador te verás sepultado bajo estratos de títulos seductores sobre la “auténtica” felicidad, el flow, los hábitos de un cerebro feliz, la ciencia de la felicidad y la vida que florece, junto a una ensalada de inventarios de los 12 mejores libros sobre la felicidad, los 10 mejores libros para ser feliz y los mejores libros sobre la felicidad para niños. De las webs ya ni hablemos.
Conscientes de que la búsqueda de la felicidad es un asunto central para la naturaleza humana, los filósofos llevan milenios analizando el asunto con su lupa analítica de alta precisión. Han identificado dos categorías muy diferentes en este apartado de apariencia tan simple. La primera es el hedonismo, la recomendación clásica de priorizar el placer, la estabilidad y el disfrute sobre otras consideraciones. Y la segunda, llamada a veces eudaimonía, aconseja buscar un significado a la vida, tener un propósito, una devoción, un espíritu virtuoso. Ya sé que comprarías los dos paquetes enteros, pero el problema es que hay que elegir entre uno y otro. Ambas filosofías de vida persiguen la felicidad por caminos contradictorios. No se puede ser Bertrand Russell y Frank Sinatra al mismo tiempo, y solo se vive una vez.
El pensamiento actual no ha resuelto la tensión entre el hedonismo y la devoción, pero sí ha añadido una nueva dimensión al debate: la búsqueda de una vida psicológicamente rica. El énfasis se pone ahora en los compromisos mentales complejos, la amplitud de las emociones profundas y las experiencias novedosas, como resume el psicólogo Scott Barry Kaufman. Ni entregarse al placer ni cocerse en la devoción, sino buscar una vida intensa, interesante e inteligente (las tres intes, si me permites el chascarrillo). El demonio ya no es la inestabilidad ni la falta de propósito en la vida, sino el puro y simple aburrimiento. Se trata de buscar la riqueza psicológica. Es un cambio de óptica interesante.
Según los experimentos con voluntarios, la riqueza psicológica muestra una fuerte correlación con la curiosidad, el espíritu abierto al mundo y la capacidad de experimentare emociones intensas, sean positivas o negativas. La aversión al riesgo está muy bien si paseas por un acantilado, pero no como guía vital ni tabla de los mandamientos.
Cuando los investigadores preguntan a sus voluntarios si prefieren el hedonismo, la entrega a un propósito o la riqueza psicológica, la mayoría (del 50% al 70% según los países) opta por el hedonismo, y bastante gente (del 14% al 39%) elige la devoción. Solo una minoría prefiere la riqueza psicológica, y curiosamente son muchos menos en Singapur (7%) que en Alemania (17%). De entrada, esto da la razón a la filosofía clásica, pues la gran mayoría de la gente encaja muy bien en las dos categorías tradicionales. Pero la diferencia entre Singapur y Alemania también indica que la cultura recibida tiene un peso sustancial en las decisiones vitales. Tal vez la riqueza psicológica se pueda estimular en las poblaciones humanas, y tal vez eso incremente el bienestar de las personas. Tal vez lo incremente más que los traficantes de felicidad que hemos padecido hasta ahora.
El filósofo austriaco-israelí Martin Buber (1878-1965) escribió: “No acepto ninguna fórmula absoluta para vivir. Ningún código preconcebido puede prever cualquier cosa que pueda ocurrir en la vida (…). Apostemos nuestra existencia entera por nuestra voluntad de explorar y experimentar”. El consejo es gratis. Javier Sampedro es genetista.








































[ARCHIVO DEL BLOG] Conejo o vaca, Trump está loco. [Publicada el 02/03/2017]











Moisés Naím (1952), escritor y columnista venezolano, profesor en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, considerado como uno de los 100 líderes mundiales del pensamiento global por el Gottlieb Duttweiler Institut de Suiza, no es el único que piensa que Trump está locoPor ejemplo, también lo piensa John Carlin (1956), escritor y periodista británico, hijo de padre escocés y madre española. Su libro El factor humano (2008) inspiró la premiada película Invictus, sobre el triunfo de la selección sudafricana en el campeonato del mundo de rugby de 1995. Especializado en la crónica de deportes, no rehuye los asuntos políticos, y como muestra de ello, esta entrada de hoy recoge su artículo en El País titulado Las vacas locas de Trump, sobre las similitudes entre las políticas de la Rusia de Putin y los Estados Unidos de Trump. El artículo se inicia con una cita de Joseph Conrad, y la afirmación de que la eliminación del deseo de distinguir entre la verdad y la mentira tiene su origen en Rusia, donde la enfermedad lleva siglos incubándose. Les dejo con él.


"El espíritu de Rusia es el espíritu del cinismo"
Joseph Conrad, escritor, en 1911


—A mí me tiene muy preocupada.
—A mí no.
—¿Cómo que no?
—Soy un conejo.
El chiste, dice Carlin, apareció en un diario inglés hace unos 15 años, cuando reinaba el temor de que la enfermedad vacuna iba a acabar con media humanidad. Los titulares en Reino Unido, donde aparecieron los primeros casos, chillaban que “millones” iban a morir. El Gobierno británico ordenó el exterminio de cinco millones de reses, el consumo europeo de carne se desplomó y los ganaderos vivieron una pesadilla: murieron más de ellos en Reino Unido a causa del suicidio que de la tan temida enfermedad cerebral.
Superada la histeria, continúa diciendo, hablé con John Adams, un profesor del University College London especialista en riesgos. Me dijo que el pánico que se había generado no provenía de la ciencia y había sido absurdamente innecesario. “Acaba siendo una cuestión no de verdad objetiva, sino de lo que uno cree”.
Todo lo cual nos remonta a la enfermedad cerebral mucho más dañina, contagiosa y real que nos aflige hoy, añade, la que ha eliminado la capacidad o incluso el deseo de decenas de millones de distinguir entre la verdad y la mentira. La podríamos definir como la bovinización del ser humano y tiene su origen esta vez no en Reino Unido, sino en Rusia, donde la enfermedad lleva siglos incubándose.
Reino Unido, señala, fue sin embargo el primer país de Occidente al que se extendió la plaga, también conocida como la campaña por el Brexit, a mediados de 2016. De ahí saltó a Estados Unidos, lanzando a 63 millones de sus habitantes a la locura de elegir a Donald Trump como presidente, y ahora se presenta el riesgo de que la población francesa sea la siguiente víctima con la posible victoria de Marine Le Pen en las elecciones presidenciales de mayo.
Los rusos no patentaron el engaño como instrumento de poder, añade. Pero desde hace siglos, mucho antes de la revolución bolchevique, lo utilizan como lubricante de la máquina estatal. En 1787, la emperatriz Catalina la Grande conspiró en la famosa mentira de los pueblos Potemkin, las fachadas falsas colocadas por uno de sus súbditos para disimular la pobreza de la recién conquistada Crimea. Joseph Conrad, el novelista polaco que escribía en inglés, habla en un libro de 1911 del “casi sublime desdén por la verdad” del Estado ruso. De Stalin ni hablemos y en cuanto al actual autócrata Vladímir Putin, la mentira es un hábito, un ejemplo entre muchos de los cuales fue negar la flagrante participación militar rusa en la recuperación imperial de (una vez más) Crimea en 2014.
Peter Pomerantsev, continúa diciendo, un británico hijo de emigrados rusos, publicó un libro en 2015 sobre la Rusia de Putin titulado Nada es verdad y todo es posible. Cuenta ahí con lujo de detalle, tras diez años trabajando como productor de televisión en Moscú, cómo el Kremlin fabrica la realidad. Falsos partidos de oposición legitiman una falsa democracia con un sistema judicial falso y un aparato mediático que disemina falsas noticias, todo con el propósito de perpetuar en el poder a un Estado policial de facto en el que los opositores de verdad son amenazados, encarcelados o, en casos extremos, asesinados.
Nada de lo cual ha impedido que Putin, un Stalin lite, sea santo de la devoción tanto de Donald Trump, como de Marine Le Pen, como de Nigel Farage, el artífice de la victoria del Brexit en el referéndum de junio del año pasado. Admiran su cinismo. Trump llegó al extremo durante su campaña electoral de animar al régimen ruso a filtrar información negativa sobre su rival, Hillary Clinton, consigna que los ciberguerreros al servicio de Putin pusieron en práctica, según han constatado todos los servicios de inteligencia de EE UU.
Tras la avalancha de alegaciones que el FBI investiga de colusión entre los rusos y la campaña de Trump para influir en el resultado electoral de noviembre, hay quienes proponen que el nuevo presidente de EE UU es un títere colocado en la Casa Blanca por Moscú, comenta sin recato. Eso es ciencia ficción. Pero lo que sí ha acabado ocurriendo en el mundo real significa un triunfo no soñado para Putin contra el antiguo enemigo.
El mundo político de EE UU ha sido rusificado, añade. A la mitad del pueblo estadounidense le es irrelevante hoy si las declaraciones que provienen del Ejecutivo son mentira. Han abandonado la razón por la fe y, como ganado al matadero, se dejan engañar alegremente por el presidente y sus compinches. Masha Glessen, una periodista nacida en Rusia, escribió en The New York Review of Books: “La mentira es el mensaje. No es solo que Putin y Trump mienten, es que mienten de la misma manera y con el mismo propósito: descaradamente, para imponer el poder a la verdad”.
¿Qué hacer?, se pregunta Carlin. A diferencia de Rusia, EE UU afortunadamente tiene sus anticuerpos institucionales, entre ellos el Congreso, los jueces y la prensa, que huele la sangre de un nuevo Watergate. En Francia y también en Alemania existen similares mecanismos de defensa y han tomado la precaución preelectoral de montar sistemas para neutralizar la ya visible campaña de desinformación cibernética rusa.
Pero en EE UU Trump ya ganó; medio país ha sido infectado por el virus de “los hechos alternativos”, según la curiosamente cándida definición de la consejera y exjefa de campaña de Trump, Kellyanne Conway, añade Carlin. Ahora toca luchar para que la enfermedad que tantos cerebros ha carcomido no migre y se instale en la médula del sistema político.
La llamada prensa tradicional estadounidense, comenta, está en la primera línea de combate. Por eso fue que en uno de sus infames tuits el comandante, troller en jefe y mentiroso en serie de la nación identificó el viernes a The New York Times, a NBC, ABC, CBS, CNN y otros como “los enemigos del pueblo americano”. La batalla está servida. En juego está la democracia de George Washington y Abraham Lincoln, ambos de los cuales fueron presidentes de verdad. Donald Trump no lo es. Ni siquiera es un conejo. Es una vaca loca. Y por supuesto, yo también pienso que Trump está loco, pero mi opinión, por fortuna para él, es irrelevante. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













viernes, 23 de febrero de 2024

De los amores idiotas

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. El amor pasional siempre tiene algo de estafa autoinducida, de mentira, comenta en El País la escritora Rosa Montero, pero preferimos cerrar los ojos e inventarnos al amado. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Los idiotas
ROSA MONTERO
11 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Tengo la sensación de que todos los individuos que hay sobre la Tierra creemos saber mucho sobre el amor. Me resulta curiosa esa aparente unanimidad en la sapiencia, cuando quizá sea el pantano emocional más proceloso con el que tenemos que lidiar en nuestras vidas. Yo a veces también caigo en la debilidad de pensar que soy una experta en las lides pasionales, pero por otro lado estoy segura de que es uno de los terrenos en donde me equivoco de forma más reincidente. Vamos, que una aprende poquito en el amor. Por eso los antiguos, que sabían mucho, representaron a Cupido, el dios romano del deseo amoroso, como un niño provisto de alas, desnudo y con los ojos vendados. Es un niño eterno, porque nunca aprende y nunca crece. Y no aprende porque no ve. Va ciego por la vida, revoloteando como un moscardón sonrosado y rollizo y dándose de bruces con las paredes de la realidad. Como ha demostrado hace unas semanas el trágico, tristísimo, demoledor crimen triple de Morata de Tajuña, el de los hermanos septuagenarios, Ángeles (76), Amelia (71) y Pepe (79), que padecía una discapacidad psíquica.
Y lo más tremendo para mí no es ya el feroz y violentísimo final, sino el acongojante y larguísimo proceso de autodestrucción en el que se sumieron las hermanas. Como saben, durante casi ocho años creyeron estar enamoradas de dos falsos militares norteamericanos destinados en Afganistán. Fueron sacándoles dinero con diversas excusas y empezó la caída. Las dos mujeres consumieron primero sus ahorros, luego vendieron un piso que tenían, después mandaban las pensiones íntegras y, como eso ya no era bastante, pidieron dinero prestado a los vecinos con tanta frecuencia que la gente acabó por evitarlas. Una loca humillación que duró demasiado. Lo más alucinante es que, cuando ya nadie las creía, consiguieran convencer a Dilawar Hussain para que les prestase 50.000 euros (por los que pagarían 100.000) a cuenta de una herencia que los supuestos novios iban a recibir. Sobre todo me duele imaginar el año final: a principios de 2023, Dilawar pasó a la acción. Un día abofeteó a Amelia, poco después le dio tres martillazos en la cabeza. Lo metieron en la cárcel, pero salió en unos meses. Intuyo la angustia, el miedo de esas hermanas, su soledad de apestadas. Las ridículas del pueblo. Dos mujeres cultas, con carrera. Amelia anticuaria, Ángeles profesora. No eran tontas, sino frágiles. Dos personas ávidas del amor pasional, que es una de las drogas más potentes que hay en el mundo. Y cuando caes en ella, en esa adicción, todos los caminos te llevan al infierno, de la misma manera que el adicto al juego continúa jugando más y más cuanto más pierde. Ellas tenían que seguir creyendo y seguir pagando, para poder mantener el espejismo. Todos llevamos dentro nuestra propia posible perdición.
Vi en Antena 3 el primer mensaje de Facebook que mandó el estafador a las hermanas. El típico blablablá de qué guapa eres y me gustaría tenerte como amiga. Desde hace un par de años bloqueo una treintena de mensajes así al mes en mi Facebook, no dirigidos a mí, sino a las personas que me escriben. Siempre han existido las estafas amorosas; hay un programa de televisión estadounidense, Catfish, que he visto algunas veces y que desconsuela por la candidez suicida, por el empeño en dejarse engañar que muestra la gente, tanto hombres como mujeres. Pero se diría que, en los últimos años, este tipo de trampas han aumentado. Han corrido como la pólvora entre los malos porque son rentables, porque funcionan. Y es que el amor pasional, en realidad, siempre tiene algo de estafa autoinducida, es decir, de mentira, de espejismo. Siempre cerramos los ojos y nos inventamos al amado. Los apasionados amamos el amor, como decía san Agustín: es decir, amamos la sensación de intensidad que produce. El subidón de la droga. También lo decía el pobre Nietzsche, que sufrió toda su vida un batacazo sentimental tras otro: “Llegamos a amar nuestro deseo y no el objeto de este”. ¿Quién no ha aullado como un lobo bajo la luna el dolor de un desamor, para luego, 10 años después, no entender qué pudiste haber visto en esa persona? Sí, hay casos extremos; gente que cree que les está escribiendo Brad Pitt (¡y pidiéndoles dinero!), pero, insisto, antes de llegar a ese momento de enajenación seguro que ha habido mucho dolor, mucha destrucción emocional, mucha necesidad de la droga amorosa. No somos idiotas: somos niños ciegos estrellándonos una y otra vez contra los muros. Rosa Montero es escritora.