viernes, 7 de agosto de 2009

Tinto de Verano: Venganza siciliana

Era extraño que en una serie de relatos de género "negro" no saliera ninguno relacionado con la mafia o los narcotraficantes. Lo hace hoy el escritor Juan Villoro en El País con el titulado "Fruta prohibida". Si cualquiera relato escrito de hoy tiene indefectiblemente un aire cinematográfico, en un relato corto ese "aire" se puede cortar con un cuchillo de espeso que resulta. Al menos a mi, "Fruta prohibida" me ha traido reminiscencias de "El Padrino" (Francis Ford Coppola, 1972) y "Tuareg" (Enzo G. Castellari, 1984). En cualquier caso, espero que lo disfruten. La foto del autor, tomada de Google. El dibujo, como los anteriores, de César Fernández-Arias, original para este relato. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. (HArendt)





El escritor Juan Villoro




"FRUTA PROHIBIDA", por Juan Villoro
EL PAÍS - 07-08-2009

Los narcos tienen estómago delicado. Lo sé porque comen mis platillos. Es posible que después de probar mis guisos reciban quince disparos en el intestino, pero a ellos les preocupa el perejil.

Soy dueño y lavaplatos de Mi Bella Ilusión. Con el mismo nombre, el negocio fracasó como peluquería y tienda de abarrotes. Esas bellas ilusiones permitieron la nuestra. Los mariscos no fallan. No en este desierto. Cuando los dedos se adormecen de disparar una AK-47, se antoja un cóctel de pulpo.

"Es nuestro ecosistema", dice el Ñato, que estudió Oceanografía y puede conferenciar sobre un ostión.

Al Ñato le gustan las frutas. En mi infancia sólo los afeminados comían frutas. No sugiero que el Ñato sea puto. Si un hombre come papaya, allá él. Respeto los prejuicios de cada quien. A fin de cuentas vivimos en la era de Internet.

Las frutas me inquietan por otro motivo. Mis dedos están cubiertos de pellejo rojizo por el caldo de camarón que les ha caído encima; cortamos callo de hacha con machete, respiramos humos, cerramos el horno a patadas. No es sitio para vegetales.

Nada de esto importaría si no existiera el Vinagre. Los capos más crueles han tenido apodos engañosos: el Panda, la Muñeca, el Fleco Rubio. El Vinagre es peor, y es vegetariano. Su apodo tiene que ver con su dieta y con su carácter. Despelleja a sus víctimas mientras un chef le prepara "caviar de mango".

Ningún Jefe de Jefes había sido vegetariano. Un borracho se atrevió a insinuar que al Vinagre le gustan las zanahorias, pero no en la boca. El Ñato salió de la cocina a gritar que se puede ser vegetariano y ser cabrón: "¡Ahí está Hitler!". Le pregunté si había aprendido eso en Oceanografía. "En Wikipedia", contestó con desprecio. El Vinagre es delicado con el tema de las zanahorias. El borracho que lo insultó amaneció en un breñal. Tenía la cabeza en las manos y el pene en la boca. La firma del Vinagre.

Así supe que el Ñato le pasaba información. Tal vez el capo lo vio comer fruta y le cayó bien. Como dos alcohólicos que se encuentran en un pueblo de menonitas.

Una mañana vi al Ñato hundir un termómetro en un líquido verde. Pensé que preparaba una droga. Su respuesta me desconcertó: "Es té verde".

Había dejado de trabajar para mí.

A los pocos días, tres capos llegaron a Mi Bella Ilusión con su gente de confianza. Pidieron pescado relleno y preguntaron si el ajo "hacía repetir". El guiso era un poco más fuerte. El Ñato rellenó los huachinangos de explosivos y huyó por la ventana de la cocina. Me salvé de la explosión porque había ido a orinar. Cuando abrí la puerta, una llamarada me quemó las piernas. Ahora tengo los pies peor que las manos.

Tal vez el Vinagre es vegetariano por estrategia. Nadie busca a un capo en una frutería.

Ahora el Ñato trabaja en un barco atunero. Detecta los cambios de temperatura en el agua y las zonas donde hay plancton. Ayuda a la pesca y a meter cocaína en la pesca. Le dicen el Wikipedia.

Mi Bella Ilusión fracasó por tercera vez. Nadie ha querido comprarla. Me jodí, pero tengo un consejo que dar: En el desierto, desconfía de la fruta.




Dibujo original para este relato de César Fernández-Arias



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Entrada núm. 1207
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura", (Voltaire)

jueves, 6 de agosto de 2009

Pena de muerte

En el mundo de los medios de comunicación se dice que una buena noticia no es noticia. Suele ser cierto. Pero en este caso, entre tanto rifirrafe, desvergüenza y falta de la más mínima ética por parte de los responsables políticos nacionales de la Oposición ("Summa Cum Laude") y del Gobierno (mero "Sobresaliente"), se agradecen noticias como la publicada ayer por El País con la firma de Miguel González, en la que se anuncia la entrada en la Cortes Generales para su ratificación del Protocolo núm. 13 al Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales del Consejo de Europa, que en su artículo 1 enuncia taxativamente: "Queda abolida la pena de muerte. Nadie podrá ser condenado a dicha pena ni ejecutado", añadiendo a renglón seguido (artículos 2 y 3) que se prohíbe "excepción o reserva alguna" a dicho principio.

Nada menos que siete años ha tardado España en sumarse al acuerdo del Consejo de Europa , adoptado en el año 2002, alegando reticencias en cuanto a la aplicación del Protocolo en el territorio no-autónomo de Gibraltar. Como comenta el articulista, no parece ese motivo suficiente.

La razón de esta reticencia española podría haber estado más bien en lo expresado por el art. 15 de la Constitución que declara abolida la pena de muerte salvo "lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempo de guerra", posibilidad que quedó legalmente zanjada con la reforma del Código Penal Militar de 1995, pero que pudiera llevar a una situación similar a la denunciada por el Tribunal Constitucional Alemán en relación con el proceso de ampliación de competencias de la Unión Europea: la necesidad de modificar la Constitución antes de suscribir cualquier Convenio Internacional que menoscabe competencias estatales.

Desgraciadamente, la pena de muerte sigue siendo una realidad que goza de existencia legal en casi la mitad de los estados del mundo, y de una salud envidiable en una docena de ellos: China (1010 ejecuciones), Irán (177), Pakistán (82), Iraq y Sudán (65) y Estados Unidos (53), respectivamente, sólo en 2006.

Les animo a visitar la página que Wikipedia dedica a la "Pena de Muerte" y detenerse en los numerosos enlaces que en ella se encuentran.

Por lo que respecta a nuestro país, sea enhorabuena la decisión de sumarse de derecho, y definitivamente, al concierto abolicionista internacional. Ahora sólo queda la modificación del artículo 15 de la Constitución para borrar la lacra de la pena capital de la Historia de España. Las fotos, con los preparativos de una ejecución masiva de condenados en China, y de la sede del Consejo de Europa en Estrasburgo, están tomadas de Google. Las notas están referidas a enlaces con las páginas electrónicas de las Cortes Generales, del Consejo de Europa y de la Wikipedia. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. (HArendt)





Ejecución masiva de condenados en China





"España ratifica el protocolo que prohíbe ejecuciones incluso en tiempo de guerra"
MIGUEL GONZÁLEZ - Madrid
EL PAÍS - España - 05-08-2009

El Parlamento español aprobará en otoño el Protocolo nº 13 al Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales del Consejo de Europa, que declara la abolición de la pena de muerte "en todas las circunstancias". Han transcurrido más de siete años desde que, el 3 de mayo de 2002, el entonces secretario de Estado de Política Exterior, Miquel Nadal, firmó este convenio hasta que, el pasado 3 de julio, el Gobierno decidió remitirlo a las Cortes para su ratificación.

Este retraso ha convertido a España en uno de los últimos países en ratificar el protocolo, aprobado ya por 41 miembros del Consejo de Europa. Una situación paradójica, ya que el presidente José Luis Rodríguez Zapatero ha abanderado públicamente la abolición de la pena capital y se propone lanzar en septiembre, ante la Asamblea General de la ONU, su propuesta de declarar una moratoria universal de ejecuciones en 2015 y proscribir la condena a muerte de enfermos mentales, discapacitados intelectuales y reos que fueran menores de edad en el momento de cometer el delito.

¿Cuál ha sido la causa de este retraso? En el informe del Ministerio de la Presidencia remitido al Congreso se atribuye a "ciertas dudas [...] en relación con la aplicación del protocolo a Gibraltar". Dichas dudas se solventan con una declaración en la que se recuerda que "Gibraltar es un territorio no autónomo de cuyas relaciones exteriores es responsable el Reino Unido" y que "las autoridades de Gibraltar tienen un carácter local y ejercen competencias exclusivamente internas".

Esta declaración es, sin embargo, similar a otras muchas hechas por España al ratificar tratados internacionales y no justifica más de siete años de demora. La razón de fondo, según fuentes gubernamentales, es el problemático encaje de dicho convenio con la Constitución.

El artículo 1 del convenio es taxativo: "Queda abolida la pena de muerte. Nadie podrá ser condenado a dicha pena ni ejecutado". Y los artículos 2 y 3 prohíben "excepción o reserva alguna" a dicho principio.

Sin embargo, el artículo 15 de la Constitución española deja abierta la posibilidad de aplicar la pena capital al declararla abolida salvo "lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempo de guerra". Por eso, hasta ahora, España sólo había ratificado el Protocolo nº 6 al Convenio, que "no excluye la pena de muerte por actos cometidos en tiempos de guerra o de peligro inminente de guerra".

El dictamen del Consejo de Estado considera que la pena de muerte desapareció del ordenamiento jurídico español con la reforma del Código Penal Militar de 1995, que la suprimió incluso en tiempo de guerra, y estima que la ratificación del convenio no tendrá consecuencias legales en la práctica.

No obstante, sí tiene una importante consecuencia que no se le escapa al Consejo de Estado: "España lleva hasta sus últimas consecuencias la proscripción en toda circunstancia de la pena de muerte, que será asumida como una obligación internacional".

En otras palabras: si en el futuro se quisiera reimplantar la pena capital en tiempo de guerra no bastará, como hasta ahora, con reformar una ley orgánica, el Código Penal Militar, sino que habrá que denunciar también un convenio internacional. La definitiva eliminación en el sistema legal español de cualquier alusión a la pena capital, considerada un vestigio de un sistema penal bárbaro y obsoleto, se completará el día que finalmente se acometa la anunciada reforma de la Constitución.

Legislación sobre la pena capital

- Constitución Española (1978). Artículo 15. "Queda abolida la pena de muerte, salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra".

- Protocolo nº6 al Convenio para la Protección de los Derechos Humanos y Libertades Fundamentales (1983). Proscribe la pena de muerte, salvo para delitos "cometidos en tiempos de guerra o peligro inminente de guerra".

- Protocolo nº13 (2002). "Queda abolida la pena de muerte. Nadie podrá ser condenado a dicha pena ni ejecutado. No se autoriza excepción alguna a lo dispuesto en el presente protocolo. No se admitirá [tampoco] reserva alguna".


Notas:
(1) Protocolo núm. 13 del Consejo de Europa:
http://movil.congreso.es/public_oficiales/L9/CORT/BOCG/A/CG_A171.PDF
(2) Consejo de Europa:
http://www.coe.int/t/es/com/about_coe/
(3) Pena de muerte:
http://es.wikipedia.org/wiki/Pena_de_muerte





La sede del Consejo de Europa en Estrasburgo



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Entrada núm. 1206
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura", (Voltaire)

martes, 4 de agosto de 2009

De corrupciones, obscenidades y volcanes

No acabo de entender muy bien la alegría del señor Rajoy, presidente nacional del partido popular, tras conocerse la decisión del Tribunal Superior de Justicia de Valencia de sobreseer la acusación contra el presidente del gobierno de la citada comunidad autónoma. Primero porque aunque la decisión del Tribunal considere que no ha habido delito -algo bastante discutible, y de ahí el anunciado recurso de la Fiscalía Anticorrupción ante el Tribunal Supremo- también acredita que el presidente de la comunidad autonóma valenciana recibió unos regalos cuyo pago no ha podido demostrar (regalos que el Sr. Camps dijo desde el primer momento que había pagado, ergo, el Sr. Camps mintió a sabiendas de que mentía). Segundo, porque es muy posible que los miembros del Tribunal Supremo que hayan de ver el recurso, que no están en Valencia sino en Madrid, no tengan tan alto grado de amistad personal y notoria con el señor Camps como algunos de los miembros de la Sala del TSJV que acordó el sobreseimiento de la causa...

¿Cabe de la resolución dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Valencia achacar una corrupción generalizada de los jueces? Yo diría que no, por lo menos, no en mayor número que la que cabría achacar a los bomberos, las asistentas, los empresarios de la construcción, los sindicalistas piqueteros, los políticos, los notarios o los pensionistas como yo. Ni siquiera lo pienso de los jueces de la Sala que ha dictado la resolución.

Si que lo pienso, por el contrario, del partido popular. La desvergüenza de la cúpula del partido en todo este asunto ha sido tan llamativa que roza la obscenidad. Rebobino y repito: de la cúpula del partido, no de todo el partido.

Hay un precioso librito titulado "Los volcanes", tomo I de la "Guía Física de España" (Alianza, Madrid, 1986), dirigida por la geógrafa Carmen Romero, que se abre con una cita sobre los volcanes de mi tierra, Canarias, que dice así: "En Canarias no hay volcanes; toda Canarias es un volcán".

Si me permiten trasponer la cita a la vida pública española, la misma quedaría más o menos así: "En España no hay partidos corruptos; lo que está corrompido es la totalidad del sistema partidista".

Y la pregunta es: ¿tiene solución? Desde luego que sí, si hubiera voluntad por parte de sus protagonistas, los partidos. Voluntad que no parece tener ninguno, y menos que ninguno, el PP de los señores Rajoy, Camps, Aguirre, Barberá y Soria (presidente de la "franquicia" pepera en Canarias, y recien salvadito por el TSJC de un embrollo similar), esos que tanto se ríen estos días...

En un artículo titulado "De regalos y corrupciones" que se publicaba en El País de ayer, sus autores, el abogado Agapito Ramos y el escritor Jorge M. Reverte, proponen un sencillo procedimiento para acabar con este tipo de corrupción a base de establecer un tope de precio a las dádivas, transparencia en las finanzas de los partidos y en los salarios de los políticos, medidas útiles -a su juicio- para atajar conductas impropias sin necesidad de legislar sobre la cuestión. Tengo serias dudas de que funcione, pero por intentarlo, que no quede. Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)





La alegría de la huerta (valenciana)




"DE REGALOS Y CORRUPCIONES", por Agapito Ramos y Jorge M. Reverte

Marcar un tope de precio a las dádivas, transparencia en las finanzas de los partidos y en los salarios de los políticos serían medidas útiles para atajar conductas impropias sin necesidad de legislar sobre la cuestión.

Como casi siempre, todo está en los romanos o en los griegos. Lo de la ley, sobre todo en los romanos. En el siglo III, un jurista llamado Domicio Ulpiano, que trabajaba para el emperador Caracalla, nos transmitía los sentimientos de su jefe al respecto de las xenias, o sea, de los regalos que los altos funcionarios del imperio recibían y podían o no aceptar. Su consejo era un monumento al sentido común: "Ni todo, ni siempre, ni de todos". Y lo explicaba un poco más: "un procónsul no puede privarse totalmente de xenia... rehusar de todos es una falta de educación, pero aceptar siempre parece de indecentes, despreciable aceptar de todos, y avaricioso aceptarlo todo".

Al final, de lo que se trata, según transmite Ulpiano, el espíritu de Caracalla, es de no sobrepasar en la aceptación de regalos todo aquello que excede las necesidades de la alimentación. Traducido a nuestra época y a lo que nos preocupa sobre la actitud de nuestros políticos, nos deberíamos quedar con una botella de vino y una lata de espárragos como límites. Lo de las anchoas, dependerá de la veda.

La cita de Ulpiano es, en cierto modo, consoladora, porque nos dice que nuestros representantes democráticos no son los más corruptos de la historia. El asunto viene de lejos, por lo menos de los romanos. Con algunos momentos estelares intermedios como la época en que Juan March era capaz de comprar a muchos de los mejores políticos españoles de la Restauración o la República. Y el espléndido periodo franquista en el que el dictador daba ejemplo aceptando, por recordar un caso medianillo y morigerado, el pazo de Meirás.

Una vez consolados, sabedores de que no siempre están claros para todos los límites entre la aceptación educada de una pequeña Xenia que demuestra simpatía y la de 300.000 euros que demuestran demasiada simpatía, habrá que concentrarse en la búsqueda de unos mínimos códigos que den objetividad a la conducta pública, para evitar bochornos innecesarios.

¿Sería ilícito que una alcaldesa aceptara un bolso de marca y, en cambio, permisible que se dejara agasajar con una imitación comprada en los mercadillos de la frontera de Paraguay con Brasil? Fijar la otra frontera exigiría, para que la acción fuera eficiente, una tarea ingente de clasificación propia de entomólogos. También cabe otra solución, que es la de marcar un tope de precio.

Lo malo de estos regalos, de estas xenias, es que aunque no sirven para obtener contratos, sí suelen ser útiles para ablandar corazones. Son detalles simpáticos que pueden ayudar a abrir otras puertas. Y detalles simpáticos que allanan, no siempre en la dirección más recomendable, las relaciones. No sólo para facilitar la corrupción de políticos, sino también la de otro grupo profesional sobre el que se asientan algunos pilares del sistema: periodistas, que reciben en Navidad jamones, botellas de aceite, surtidos de turrón y, si se dedican a informar de instituciones financieras, plumas de oro y juegos de ajedrez de ébano y marfil. Y si de otras cosas, viajes al Caribe.

La salida es compleja. Y quizá no quede más remedio que cortar por lo sano: los políticos y los periodistas no pueden recibir regalos cuyo valor exceda, por ejemplo, de 100 euros. Una declaración de los partidos, de los grupos parlamentarios y de los directores de medios de comunicación bastaría para dejar las cosas en claro, y eliminaría la necesidad de hacer una ley, farragosa de forma obligada y ridículamente actualizable año tras año para adaptar los topes a la inflación.

Uno de los peores efectos de la polémica sobre los regalos a los políticos ha sido el de oscurecer el debate, aún más serio que lo de las anchoas del Cantábrico, sobre la corrupción.

Y volvemos a decir que la cosa es compleja (¡qué original!). Pero, si lo piensa uno, no es tan compleja como parece a primera vista. Porque la corrupción tiene dos caras, la del que la provoca y la del que la acepta. Un agente, que podría ser un empresario, ofrece a un político algo a cambio de un favor; y un político acepta la oferta.

Al primero, al empresario (perdone el ilustre gremio el ser utilizado como ejemplo), sólo se le puede disuadir de su ilícita acción poniéndole ante la cara avisos legales y represivos; o sea, leyes duras contra ese tipo de acciones y actuaciones policiales y judiciales contundentes. ¿Sólo? No: poniéndole delante algo más serio, que es la garantía de que el sector público no va a aceptar nunca interferencias en adjudicaciones de obras o servicios. Y algo más fácil que eso: dándole la garantía de que los partidos políticos van a rechazar cualquier actuación de sus militantes, sean estos dirigentes de primera o de cuarta fila, que rompa las leyes transparentes del mercado.

Un empresario alemán o francés sabía hasta hace poco que se enfrentaría a problemas serios si intentaba corromper a un político alemán o francés, pero también que nadie le iba a perseguir en su país por practicar la corrupción en África. Alguien tan poco sospechoso como Carlos Solchaga, ex ministro socialista, expresó en España su actitud de comprensión para quien tuviera que pagar en países foráneos tasas de corrupción para conseguir contratos. Europa está así. Es decir, que la tarea de combatir la corrupción está en los que hacen las leyes, en los que gobiernan y, de forma muy importante, en los partidos políticos.

¿Sería muy dificultoso obtener de esas instituciones, de los partidos, una declaración solemne por la que se garantizara que quien recibiera tentaciones de pagar podía tener la seguridad de que ni un euro de lo que le sirviera para satisfacer un soborno iría a parar a las arcas del partido? Declararlo y demostrarlo muchas veces, tantas como se haya condenado a alguien por corrupción. Pero, para que una solemne declaración como esa tuviera credibilidad, haría falta que se cumplieran dos requisitos.

El primero, que las cuentas de los partidos fueran transparentes. Porque no lo son, por mucho que lo aseguren los tesoreros de todos ellos, las cuentas están repletas de remiendos y de trucos. Los presupuestos son falsos y los déficits se suelen enmascarar con el dinero de los ayuntamientos y comunidades.

El segundo, que los sueldos, todas las remuneraciones que perciben nuestros políticos, afloren y sean considerados de interés público. A muchos oradores parlamentarios se les hinchan los carrillos hablando de esos asuntos, pero todavía no sabemos por qué es imposible conocer de veras cuánto cobran cada mes aquéllos a los que elegimos que, desde el punto de vista del trabajo, son nuestros empleados, de los contribuyentes. Cuánto cobran, qué pluriempleos se permiten, qué dedicación tienen a su función y qué sueldos o primas sacan de sus actividades "externas".

Eso, de rebote, tendría un efecto gratificante para los que, por ejemplo, no reciben nada por participar en una tertulia y los que reciben un dineral por ser socios de un bufete de abogados.

Maniobras tan sencillas, tan poco complejas, bastarían para conseguir que nuestro país dejara de subir puestos en el ranking de la corrupción universal. ¿Por qué nuestros parlamentarios, por qué los dirigentes de los partidos a los que votamos se obstinan en no poner esos mecanismos en marcha?

La respuesta está volando en el viento porque la mayoría de los dirigentes políticos, de los responsables de los aparatos, quiere que esté ahí.

Mientras intentamos que se discuta sobre todo eso, que es de veras muy poquito y muy fácil, nos seguiremos dedicando a lo que es realmente complejo, que es saber cómo mantenernos en el límite de las xenias, aplicar el sentido común que nos recuerda Ulpiano: "ni todo, ni siempre, ni de todos". Para ir tirando.




El escritor Jorge Martínez Reverte



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Entrada núm. 1204 (.../...)

lunes, 3 de agosto de 2009

Tinto de Verano: La piscina

Hace más de cuarenta años que leí un interesantísimo libro titulado "El español y los siete pecados capitales" (Barcelona, Círculo de Lectores, 1968) escrito a modo de ensayo sociológico por Fernando Díaz-Plaja. Creo recordar que para el autor del libro la "soberbia" era el pecado capital de los españoles. No voy a discutir sobre ello, porque no lo recuerdo con exactitud. Puede que sí, puede que no... De lo que estoy convencido es de que el estudio de Diaz-Plaja ofreciera el mismo resultado hoy día. En todo caso, convencido de que en ningún sitio atan los perros con longanizas (o lo que es lo mismo, que en todos lados cuecen habas, y que no hay ningún pueblo superior a otro) creo que si hay un pecado capital que "marca" colectiva y colegiadamente a los españoles (y a los ciudadanos de sus diecinueve comunidades autónomas) ante el mundo, ese pecado no es otro que la "envidia"... Que ello sea producto de un complejo secular de inferioridad, a mi juicio más ficticio que real, escapa a mi capacidad de análisis, pero tengo la sospecha de que los tiros van por ahí.

Les dejo con el nuevo relato, dentro de mi Tinto de Verano, que en El País del sábado pasado publicaba la escritora Maruja Torres, y que va de "envidia" llevada hasta su extremo más dramático. El dibujo, como todos los anteriores de la serie, de César Fernández-Arias. Que lo disfruten.Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)





La escritora Maruja Torres




"Aqua Gym", por Maruja Torres
EL PAÍS - 01-08-2009

Llegó al club antes que los otros, antes que el entrenador, antes incluso que la Sirenita. Se dirigió a los vestuarios, sin entretenerse en charlar con las recepcionistas, como solía. Atravesó con rapidez el gimnasio. Lo hizo sin mirarse en los espejos, nunca le hizo falta ir al encuentro de su imagen repetida. Se conocía de sobra. No era la más fea. Sí era la más torpe. Y la más fuerte.

Se lanzó a la piscina. La idea aleteaba en su cerebro como un insecto atrapado por un puño iracundo. Más que una idea, un impulso. Una emoción caótica, punzante, que le pedía acción inmediata, salida al aire. Ejecución.

Bajo el agua, sus piernas parecían más armoniosas que en tierra firme. Contemplándolas como hacía a menudo, con la espalda apoyada en una de las paredes de la piscina, podía creer que eran dos pilares, dos columnas griegas, dos pequeños colosos perdurables, necesarios y dignos de respeto. Otra cosa era cuando se desplazaba caminando, ahora un muslo, ahora el otro, lo que implicaba un humillante frotamiento, y ella sentía que el esfuerzo de mover aquellas dos masas cilíndricas que apenas se afinaban en los tobillos no servía para nada, no la conducía a parte alguna. Que su vida permanecía sin desarrollar, estéril, inmovilizada por esa inferioridad de su cuerpo inferior.

Realizar ejercicios en el agua le proporcionó, al principio, algo de alivio, algo de dignidad. Cualquier mejora en su capacidad motriz era acogida por el entrenador con sonoros "¡Muuuuy bien!", y con grititos por parte del resto del grupo.

Torpe, lenta, descoordinada, sintiendo su fuerza bruta latir en ella como un ultraje más, había recibido, hasta entonces, un condescendiente trato de los miembros de la clase. Solían repetirle que la relación entre su cuerpo y el agua iba a mejorar. Agradecida, doblaba las rodillas y saltaba, y aunque a los dos o tres saltos se escoraba y se hundía -por entonces era la única que realizaba ese ejercicio en la parte menos honda de la piscina, haciendo pie-, se consolaba pensando que su situación pronto iba a cambiar.

Y así fue. La llegada de la Sirenita desplazó la atención de sus piernas remisas a las extremidades perfectas de la nueva alumna, a sus movimientos armoniosos. Todos la querían; bien, no todos.

Así que esa mañana ella llegó antes que los demás, antes que el entrenador, antes incluso que la mujer perfecta.

Y cuando los otros entraron, con los gorros ya puestos y las gafas en la mano, cuando la vieron saltando en la parte honda de la piscina, sí, saltando y pedaleando con los brazos en alto, y riendo de placer, espontáneamente se colgaron las gafas del brazo y prorrumpieron en una gran ovación. La única que recibió en su vida.

El agua transparente de la piscina pronto reveló que la mujer saltaba sobre el cuerpo de la Sirenita. Tenía el cuello roto y la rubia cabeza se movía sin control, por primera vez desacompasada, ajena a sus extremidades.




Dibujo de César Fernández-Arias



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