lunes, 3 de agosto de 2009

Tinto de Verano: La piscina

Hace más de cuarenta años que leí un interesantísimo libro titulado "El español y los siete pecados capitales" (Barcelona, Círculo de Lectores, 1968) escrito a modo de ensayo sociológico por Fernando Díaz-Plaja. Creo recordar que para el autor del libro la "soberbia" era el pecado capital de los españoles. No voy a discutir sobre ello, porque no lo recuerdo con exactitud. Puede que sí, puede que no... De lo que estoy convencido es de que el estudio de Diaz-Plaja ofreciera el mismo resultado hoy día. En todo caso, convencido de que en ningún sitio atan los perros con longanizas (o lo que es lo mismo, que en todos lados cuecen habas, y que no hay ningún pueblo superior a otro) creo que si hay un pecado capital que "marca" colectiva y colegiadamente a los españoles (y a los ciudadanos de sus diecinueve comunidades autónomas) ante el mundo, ese pecado no es otro que la "envidia"... Que ello sea producto de un complejo secular de inferioridad, a mi juicio más ficticio que real, escapa a mi capacidad de análisis, pero tengo la sospecha de que los tiros van por ahí.

Les dejo con el nuevo relato, dentro de mi Tinto de Verano, que en El País del sábado pasado publicaba la escritora Maruja Torres, y que va de "envidia" llevada hasta su extremo más dramático. El dibujo, como todos los anteriores de la serie, de César Fernández-Arias. Que lo disfruten.Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)





La escritora Maruja Torres




"Aqua Gym", por Maruja Torres
EL PAÍS - 01-08-2009

Llegó al club antes que los otros, antes que el entrenador, antes incluso que la Sirenita. Se dirigió a los vestuarios, sin entretenerse en charlar con las recepcionistas, como solía. Atravesó con rapidez el gimnasio. Lo hizo sin mirarse en los espejos, nunca le hizo falta ir al encuentro de su imagen repetida. Se conocía de sobra. No era la más fea. Sí era la más torpe. Y la más fuerte.

Se lanzó a la piscina. La idea aleteaba en su cerebro como un insecto atrapado por un puño iracundo. Más que una idea, un impulso. Una emoción caótica, punzante, que le pedía acción inmediata, salida al aire. Ejecución.

Bajo el agua, sus piernas parecían más armoniosas que en tierra firme. Contemplándolas como hacía a menudo, con la espalda apoyada en una de las paredes de la piscina, podía creer que eran dos pilares, dos columnas griegas, dos pequeños colosos perdurables, necesarios y dignos de respeto. Otra cosa era cuando se desplazaba caminando, ahora un muslo, ahora el otro, lo que implicaba un humillante frotamiento, y ella sentía que el esfuerzo de mover aquellas dos masas cilíndricas que apenas se afinaban en los tobillos no servía para nada, no la conducía a parte alguna. Que su vida permanecía sin desarrollar, estéril, inmovilizada por esa inferioridad de su cuerpo inferior.

Realizar ejercicios en el agua le proporcionó, al principio, algo de alivio, algo de dignidad. Cualquier mejora en su capacidad motriz era acogida por el entrenador con sonoros "¡Muuuuy bien!", y con grititos por parte del resto del grupo.

Torpe, lenta, descoordinada, sintiendo su fuerza bruta latir en ella como un ultraje más, había recibido, hasta entonces, un condescendiente trato de los miembros de la clase. Solían repetirle que la relación entre su cuerpo y el agua iba a mejorar. Agradecida, doblaba las rodillas y saltaba, y aunque a los dos o tres saltos se escoraba y se hundía -por entonces era la única que realizaba ese ejercicio en la parte menos honda de la piscina, haciendo pie-, se consolaba pensando que su situación pronto iba a cambiar.

Y así fue. La llegada de la Sirenita desplazó la atención de sus piernas remisas a las extremidades perfectas de la nueva alumna, a sus movimientos armoniosos. Todos la querían; bien, no todos.

Así que esa mañana ella llegó antes que los demás, antes que el entrenador, antes incluso que la mujer perfecta.

Y cuando los otros entraron, con los gorros ya puestos y las gafas en la mano, cuando la vieron saltando en la parte honda de la piscina, sí, saltando y pedaleando con los brazos en alto, y riendo de placer, espontáneamente se colgaron las gafas del brazo y prorrumpieron en una gran ovación. La única que recibió en su vida.

El agua transparente de la piscina pronto reveló que la mujer saltaba sobre el cuerpo de la Sirenita. Tenía el cuello roto y la rubia cabeza se movía sin control, por primera vez desacompasada, ajena a sus extremidades.




Dibujo de César Fernández-Arias



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Este comentario se publica simultáneamente en las páginas electrónicas del diario El País: http://lacomunidad.elpais.com/ccampos1946
y de la Cadena Ser: http://lacomunidad.cadenaser.com/desde-el-tropico-de-cancer.
La versión definitiva del mismo puede leerse en: http://harendt.blogspot.com
"La verdad es una fruta que conviene cogerse muy madura", (Voltaire).




Entrada núm. 1203 (.../...)
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