domingo, 31 de diciembre de 2023

De la palabra fin

 










Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz domingo y feliz fin de año. Nos gustan los finales falsos, nos alientan, comenta en El País de hoy el escritor Martín Caparrós, nos inflan con la sensación de que podemos empezar de nuevo.  Esta noche, que esperamos, añade, será el final de algo, el fin de nada, el principio de nada. De nada pero tanto, y muchas gracias. Lo mismo les digo yo: Gracias mil por haber compartido conmigo este 2023 que por fin se acaba. Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com






La palabra fin
MARTÍN CAPARRÓS
30 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Ya llega el fin. Hoy se acaba algo cuyo final dura tan poco que su principio se le superpone: fin de año, comienzo de año, todo en una noche vieja y repetida.
Pero en un rato lo celebraremos, chocaremos cavas y cabezas, nos atoraremos con campanas y uvas, nos diremos aquello de buen fin y mejor principio —aunque lo que nos importe no sea ni el fin ni el principio sino lo que vendrá después, la ilusión del reseteo y la esperanza de hacernos más o menos otros. Para eso precisamos creer que hoy, al fin y al cabo, por fin llegará un fin: algo debe acabarse.
La palabra fin es tajante como pocas: viene del latín, donde significaba the end, y siempre fue lo mismo. Tiene, claro, sus derivas raras, como finanza, que al principio, en su origen francés y medieval, significaba “pagar un rescate”. Cualquier parecido con la acepción actual no es mera coincidencia —y por eso, todavía, multa en inglés se dice fine.
Y está toda la línea de sus opuestos soñadores: sinfín, el infinito, definir. Pero lo que importa en la palabra fin es esa ilusión de que las cosas se terminan. Hay algunas que sí: cada uno de nosotros, por ejemplo, o un libro que leemos o escribimos o una felicidad de aquellas o ese guiso de lentejas tan sabroso. Pero nos la pasamos viendo fines ilusorios, o fines reales de entes ilusorios. Si las cosas no tuvieran un fin previsible serían insoportables. La ilusión del final aparece tan clara en italiano, ese tataranieto torpe del latín. Hay una canción sesentera que lo sintetiza: “Fin’a quando, amore, fin’a quando…”, para decir hasta cuándo, amor, hasta cuándo, o sea: cuándo va a terminarse este desastre.
Y entonces, por si acaso, nos llenamos de finales y principios. ¿Qué cambia en nuestras vidas que se acabe una convención que llamamos año 2023? ¿Qué será diferente a partir de mañana, cuando la llamemos 2024? Seguramente tan poquito, si es que algo, pero nos gustan esos finales falsos, nos alientan: nos inflan con la sensación de que podremos empezar de nuevo, que hay algo —que generalmente no nos gusta, que suele llamarse nuestra vida— que se acaba y que, entonces, algo empieza. Es el truco más viejo del manual.
Y entonces aprovechamos el supuesto fin para fijarnos nuevos fines. Porque lo mejor de la palabra fin es que es —como todas las buenas— tan ambigua: puede ser la conclusión de algo, puede ser el objetivo de algo. De ahí su participación en una de las frases más sinuosas del castellano actual: aquello de que “el fin justifica los medios”.
Más chico, yo creía que significaba tout est bien qui finit bien —está bien lo que termina bien—, que si el final era bueno todo el trayecto era bueno, pero no: quiere decir que si los fines son buenos, cualquier medio vale. Y como el que relata tiene la potestad de definir qué fines son buenos, puede aceptar medios muy raros. Pocas frases, pocas ideas, han sido tan usadas para defender las peores canalladas.
En cualquier caso, esos malabarismos son otra prueba de la ambigüedad de la palabra fin. ¿Por qué mantenemos esos vocablos socarrones que nos provocan sobre todo dudas? ¿Por suerte? ¿Por placer o pereza? ¿Por pura marrullería? ¿Para darnos el gusto de escribir alguna vez una palabra tan espléndida como marrullería? ¿O solo porque hablar es, en realidad, decir algo que el otro puede entender de varias formas, resignarse entonces a la escucha del otro —por conveniencia, por cansancio, por amor, por riesgo? ¿Porque hablar es tratar decir algo y nunca saber del todo qué es lo que estás diciendo, qué te escuchan?
Hay grados, siempre hay grados. El final puede reemplazar al fin pero la final, en cambio, ya es muy otra cosa. Esta noche, que esperamos no será final, será el final de algo, el fin de nada, el principio de nada. De nada pero tanto, y muchas gracias. Martín Caparrós es escritor.









De las cosas que solo se aprecian con los años

 






Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz domingo y feliz fin de año. No entendí las lágrimas de mi familia en Nochevieja, dice en El País de hoy la escritora Ana Iris Simón, hasta que un día me descubrí, ya sin vestido hortera ni entrada para ningún cotillón, con una lágrima corriéndome por la mejilla mientras en la tele voceaban “feliz año nuevo”. Y es verdad, hay cosas que solo se aprecian cuando vemos pasar los años...  Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com








Salud, alegría y levedad
ANA IRIS SIMÓN
30 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Las uvas de mi infancia eran en un piso de protección oficial, el de mi tita Toñi, en cuyo salón había siempre más gente que sillas. Antes de brindar se echaba algo de oro en la copa, un anillo o una esclava. Se fumaba y se reía mucho, era imperativo llevar algo rojo y cuando por fin sonaba la última campanada, siempre había alguien a quien se le caían las lágrimas: mi abuela María, la Rebeca, la Alma, quizá todas ellas.
Yo entonces no entendía mucho. Andaba toda la noche correteando de la cocina al salón y del salón a la cocina, contando una y otra vez las uvas que había en cada vasito de plástico y recolectando las millas de los paquetes de tabaco para que mi abuela y la Toñi las canjearan después por camisetas. Me embriagaba con la emoción del resto, pero veía que entre los adultos y yo había un muro, algo que ellos entendían o sentían y yo no. Quizá porque para los críos el año empieza en septiembre; igual porque, al contrario de lo que solemos pensar, crecer es ir incorporando creencias y supersticiones en lugar de deshacerse de ellas. El caso es que lo único que ocurría para mí el 31 de diciembre era que quedaba un día menos para la noche de Reyes. Aún no me creía del todo, como escribe Leila Guerriero, esa farsa renovada de que algo nuevo va a empezar.
Después llegó la adolescencia y con ella los SMS (“x más risas juntas este año, tqm”), y Nochevieja pasó a ser una excusa para llevar vestidos horteras y salir. Llegaron las entradas carísimas a garitos de mala muerte y las listas de buenos propósitos. Dejé de hacerlas con veintitantos y por una razón muy ridícula: en un suplemento de tendencias de un periódico leí a una psicóloga argumentando que suponían un perjuicio para la salud mental. Defendía que todas esas expectativas y propósitos, con demasiada frecuencia incumplidos, acababan generando ansiedad.
Supongo que entonces seguía sin entender las lágrimas de mi familia materna, pues las campanadas habían pasado a ser, simplemente, el pistoletazo de salida a la fiesta. Hasta que un día me descubrí a mí misma, ya sin vestido hortera, ya sin entrada para ningún cotillón, con una lágrima corriéndome por la mejilla mientras en la tele voceaban “feliz año nuevo”. Volví entonces a mi abuela, a la Rebeca y a la Alma. Entendí que se emocionaban por los que se habían ido y por los que vendrían, porque deseaban que en el año que entraba hubiera más trabajo o menos hospitales, por las bodas, los bautizos y los funerales.
Más o menos al mismo tiempo dejé de leer, gracias a Dios, los suplementos de tendencias de los periódicos. Maldije a la psicóloga aquella, cuyo discurso entroncaba con un paradigma muy en boga —y nocivo, ese sí— que nos dice que uno tiene que aceptarse a sí mismo en lugar de, como recomendaba Cortázar, vivir combatiéndose. Y volví a hacer listas de buenos propósitos para el año nuevo.
Así que para 2024 les deseo lo mismo que a mí: salud, alegría y levedad, que no es lo mismo que intrascendencia. Caridad, esa virtud teologal tan mal entendida, para mirarse y mirar. Ser como un Jano Bifronte, capaz de mirar hacia delante sin perder de vista lo de atrás. Paciencia para aguantar y coraje para decir basta. Cosas buenas, bellas y verdaderas. Y una mirada limpia para saber apreciarlas. Feliz año nuevo. Ana Iris Simón es escritora.







De la vida como acertijo

 








Hola de nuevo. Y de nuevo a todos feliz domingo y feliz fin de año. Los resúmenes, las listas, los balances existen para atajar la nostalgia del final, comenta en El País de hoy la escritora Laura Ferrero. Medir el año en libros, en películas, en buenos momentos, dice, no deja de ser un intento de fijar lo que se ha ido,  pero la vida con sus finales y en especial el del mes de diciembre, no es sino un acertijo cuya respuesta creemos conocer, pero que no conocemos. Sean felices, por favor. O al menos no dejen de intentarlo. HArendt. harendt.blogspot.com









Estaremos de nuevo en casa
LAURA FERRERO
30 DIC 2023 - El País - harendt

Mis años terminan siempre en un mismo apartamento: un 5º 3ª, escalera C, desde cuya cocina se ve el mar. A las 17.30 de cualquier 26 de diciembre, alguien ha emplatado ya los turrones, y ese mismo alguien probablemente se habrá atrevido con una barra de turrón de donut o de churro arguyendo que “hay que innovar”. Pero antes de la irremediable frustración que supone constatar que el turrón de donut no sabe a donut, mi padrino se levanta raudo de la mesa y me hace un guiño para que lo siga hasta la cocina. Ahí, se detiene frente al ventanal. Apenas queda luz. El cielo es de una tonalidad anaranjada, cobriza, y las siluetas de los edificios de primera línea de mar se recortan sobre un mar quieto, tranquilo, de un azul grisáceo. Por unos instantes, ninguno de los dos habla y entonces, él saca una foto con su teléfono. Años atrás, él me subía a un taburete para que viera el mar. Ahora, pasa su brazo alrededor de mis hombros y murmura algo que ya se ha convertido en letanía: otro año que se va. Los años, como tantas otras cosas de la vida, terminan cuando alguien invoca su final.
Empezar es fácil. Un idioma, un año. A gatear, a hablar. Una relación. Una rutina. Un relato. El verbo estrenar no está contaminado aún por los usos de la costumbre y quizás por eso nos gusta tanto. Porque no está gastado. Pero los finales se nos atraviesan porque nadie nos dijo “esto termina aquí”, ni qué hay que hacer para desembarazarse —y olvidarse— de lugares, de personas, o de años. Así, cada tipología de final requiere de sus propias liturgias, que consisten, en este caso, el de la despedida de un año, en mirar hacia atrás para poder impulsarnos hacia ese otro que se acerca. Y esto me lleva a aquella anécdota del filósofo polaco Leszek Kolakowski que, para explicar ciertas dinámicas y comportamientos sociales, citaba a menudo el alarido con el que el conductor de un tranvía de Varsovia trataba de acomodar a sus pasajeros. Decía: “¡Avancen hacia atrás!”. Algo de esa exhortación resuena en la solemnidad con la que enfilamos el final de un año, en esas infinitas recapitulaciones, en las inverosímiles listas de propósitos y tendenciosos balances con los que nos zambullimos en la ilusión de empezar algo distinto, otro año en el que seguro, esta vez sí, seremos mejores.
Los resúmenes, las listas, los balances existen para atajar la nostalgia del final. En realidad, medir el año a peso, en libros, en películas, en buenos momentos, atreverse con algo así como los grandes hits de los 12 meses pasados, no deja de ser un intento de fijar lo que se ha ido. Para decir: viví, estuve, leí. Para archivar el año en una sinopsis de cuatro líneas. Por no hablar de esa seriedad con la que nos pasamos factura a nosotros mismos —en los balances, aunque no lo hagamos por escrito— como si, en definitiva, lo que nos ocurre, esas cuentas del Debe y el Haber solo dependieran de nosotros. Como si lo que más nos pesará no fuera justamente esa partida que no aparece en el balance ni en ninguna lista, que es la partida de lo que finalmente no terminó sucediendo.
Durante los veranos de su infancia, en su casa de Vyra, la madre de Vladímir Nabokov lo animaba a observar el paisaje con una fórmula mágica: le repetía: ”Vot zapomni” (ahora, recuerda). Aludía, creo, a los detalles. A quedarse con ellos. Porque siempre son los detalles y si en las listas de propósitos escribiéramos ”tirar por fin esa camiseta rota”, “no interrumpir a mi pareja cuando habla” o “no volver a comprar jamás ese puré de patatas precocinado” nos iría un poco mejor. Cuando dicen que la vida anida en los detalles, supongo que también se alude a eso: a que nuestras listas de propósitos no se atasquen en generalidades y puedan detenerse en lo pequeño, que es, en realidad, lo único que nos pertenece.
Todos los 31 de diciembre mi padrino me manda una foto que no necesito ver porque ya conozco. Me desea un feliz año y no me atrevo a responderle que su deseo me llega con un poco de retraso porque el año empezó el 26, con él y el mar de fondo. Porque los finales se invocan y casi todo termina mucho antes de terminar. Solo que, afortunadamente, no lo sabemos. Así que en esa cocina de un 5º 3ª no pienso ya más en propósitos, pero sí en el “ahora, recuerda” y en los últimos versos de un poema cuyo significado se me escapa una y otra vez aunque me lo sepa de memoria. Se llama Resurrección, de Vladímir Holan y termina así: “Estaremos de nuevo en casa”. Pero qué es la literatura —y la vida, con sus finales y en especial el del mes de diciembre— sino un acertijo cuya respuesta creemos conocer. Solo que no la conocemos. Feliz año. Laura Ferrero es escritora.












De los hermanos pequeños y la Navidad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos, feliz domingo y feliz fin de año. Quizá por ser el pequeño de los hermanos, comenta en El País de hoy el escritor Ignacio Peyró, uno pensaba en la Navidad como un calor seguro, que no iba a cambiar nunca, pero con la lentitud del tiempo sabemos que también es un abandono, que la belleza y el drama de la Navidad es que tenemos las Navidades contadas. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com







Y nosotros nos iremos, y no volveremos más
IGNACIO PEYRÓ
23 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Todos los hermanos mayores se parecen, pero los hermanos pequeños lo son cada uno a su manera. Ocurre desde el propio nacimiento: a veces los pequeños llegamos al mundo como una sorpresa, otras veces llegamos como una preocupación y tampoco es infrecuente ser ese hermano que buscaban los padres para completar el pack. Aparecidos en la familia como estrambote feliz o alegría decreciente, la encrucijada ontológica, en todo caso, no nos va a abandonar ya nunca. Puede ocurrir que seamos los mimados, pero también podemos ser los olvidados: cosas de aparecer en la función cuando los papeles ya se han repartido. Quizá por eso hay hermanos pequeños que van por la vida como si el planeta no hubiera hecho otra cosa que esperarlos, mientras que otros tuvieron que ser algo zorros porque si no los mayores le dejaban sin tarta. De igual modo, es posible que de los pequeños no se espere lo mismo que de los mayores, pero si no se espera mucho tal vez sea porque de ellos no se acuerdan tanto. Entre las desventajas, hay hermanos pequeños que no han estrenado ropa hasta el día de su boda. Entre las ventajas, los hermanos mayores ya han negociado las horas de llegada antes de que tú empezaras a salir. Como sea, uno puede pensar que los pequeños se han ganado su mala fama a pulso, pero —­en términos contemporáneos— cabe decir que no han controlado nunca la narrativa: baste pensar que Caín era un hermano mayor. Por supuesto, hablamos de pequeños y mayores cuando Freud ya sabía que lo importante es ser el favorito de mamá.
Lo interesante del hermano pequeño, sin embargo, es una soledad muy propia, que va más allá de no tener a quien cuidar o no tener —a veces— quien nos cuide. Los mayores van estrenando y asentando las tradiciones familiares, mientras que los pequeños llegamos a un mundo ya ordenado, con sus ritos ya hechos, los padres ya muy padres y los abuelos muy abuelos. Durante años, uno no tiene edad para comer no sé qué o para jugar a no sé cuántos. El rezagado tiene por tanto el privilegio poético de ver el mundo desde abajo, de contemplar una vida que funciona sin uno: le toca más estar que hacer, acompañar una realidad que ya está resuelta. La del hijo pequeño es la última mano que se desprende de la mano de los padres: si de acompañar hablamos, es otro privilegio.
Esa inmovilidad ilusoria del mundo nunca es más fuerte que en Navidad, quizá porque el recuerdo de la Navidad llega al hondón de lo que somos: el tacto primero de la infancia, el recuerdo de la maravilla, la inocencia como sabiduría deseable, el corazón como raíz de la mirada. Es, más prosaicamente, el gran tiempo de las liturgias familiares. Aquella tía que siempre trae el foie. Elegir el vino. Un asado triunfante. Esa cristalería buena que —quizá por ser el último en llegar— piensas que ha estado ahí eternamente. Con los años, vivimos la Navidad como un anclaje contra el tiempo, desde aquella mañana de aguanieve en que alguien nos llevó a coger musgo a la constatación de que cenamos con aquellos que se asomaron a nuestra cuna y se asomarán a nuestra tumba.
A algunos les sonará naíf, pero cada casa tiene sus costumbres: nosotros oímos el discurso del Rey con una copa y, ya sentados, antes de cenar, se bendice la mesa. No todos creen, pero todos tenemos ahí un instante para meditar y quizá conjurarnos —el año termina— contra “el bien no hecho, el amor no dado, el tiempo desperdiciado”. Pero la mirada suele volverse además sobre esos otros que de alguna manera también nos han dado forma. La novia alemana que nos acompañó un año, dónde estará. Los maridos convertidos en exmaridos y que ya no han de volver nunca. Los abuelos que faltan, y cuánto faltan. Los sobrinos y los hijos que se han incorporado y que luego te preguntarán por tu modelo de iPhone sin que les sepas decir bien. Quizá por ser el pequeño, uno pensaba en la Navidad como un calor seguro, que no iba a cambiar nunca. Solo con la lentitud del tiempo sabemos que también es un abandono, que la belleza y el drama de la Navidad es que tenemos las Navidades contadas, que la cena de la Nochebuena tiene algo de mesa caliente de la que unos entran y otros salen, y que a su tiempo cada uno será nada más que el recuerdo que dejamos en los otros. Porque, como dice el villancico más triste del mundo, también nosotros nos iremos, y no volveremos más. Ignacio Peyró es escritor y director del Instituto Cervantes en Roma.






















[ARCHVO DEL BLOG] Balance personal de lecturas a fin de año. [Publicada el 31/12/2016]










A finales del pasado mes de junio subí al blog el balance de mis lecturas de ese primer semestre del año. Como dije entonces, era una entrada bastante intrascendente que suponía no iba a despertar excesivo interés entre los lectores, pero que me apetecía hacer. También afirmaba con humildad y conocimiento de causa que esas lecturas no eran, ni por asomo, las sugeridas en el Canon literario occidental, pero que quizá pudieran interesar a algunos lectores y que por eso me atrevía a traerlas hasta aquí. Hoy, seis meses después, hago balance de nuevo y dejo constancia de lo leído (y releído) a lo largo de este año que se nos va definitivamente. Los libros están numerados por relativo orden cronológico de lectura sin jerarquización de ningún otro tipo ni valoración personal. Todos me han gustado e interesado por unas u otras razones: placer, diversión, consulta, deformación profesional... Por obligación, ninguno.

1.- Pagden, Anthony: 
La Ilustración y por qué sigue siendo importante.
2.- Montaigne, Michel de: Essais/Ensayos.
3.- Hume, David: Historia natural de la religión. 
4.- Esquilo: Prometeo encadenado. 
5.- Arendt, Hannah: Entre el pasado y el futuro. 
6.- Hume, David: Diálogos sobre la religión natural. 
7.- Bauman, Zygmund y Bordoni, Carlo: Estado de crisis.
8.- Eurípides: Electra. 
9.- Savater, Fernando: Aquí viven leones.
10.- Fuentes, Carlos: La región más transparente.
11.- Gray, John: El silencio de los animales.
12.- Castells, Manuel: Redes de indignación y esperanza.
13.- Sánchez Ferlosio, Rafael: Campo de retamas.
14.- Innerarity, Daniel: La política en tiempos de indignación.
15.- Miquel, Jaime: La perestroika de Felipe VI.
16.- Nietzsche, Friedrich: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.
17.- Nietzsche, Friedrich: De la utilidad y los inconvenientes de la historia.
18.- Davis, Angela Y.: Democracia de la abolición.
19.- Nietzsche, Friedrich: Schopenhauer como educador.
20.- Franzen, Jonathan: Pureza.
21.- Cervantes, Miguel de: Don Quijote de La Mancha.
22.- Nietzsche, Friedrich: Genealogía de la moral.
23.- Sófocles: Edipo rey.
24.- Bloom, Harold: ¿Dónde está la sabiduría?
25.- Anónimo: Eclesiastés. Biblia de Jerusalén.
26.- Bolaños, Roberto: 2666.
27.- Huici, Germán: Entre miradas.
28.- Lindo, Elvira: Noches sin dormir.
29.- Anónimo: Evangelio de Tomás. Evangelios Apócrifos. 
30.- Romero, Juan y Furió, Antoni (eds.): Historia de las Españas. 
31.- Marías, Javier: Corazón tan blanco.
32.- Penadés, Alberto y Pavía, José Manuel: La reforma electoral perfecta.
33.- Bourdieu, Pierre: Sobre el Estado. 
34.- Gilbert, Michael: La ruta M.
35.- Hammett, Dashiell: El halcón maltés.
36.- Greene, Graham: El tercer hombre.
37.- Michels, Robert: Los partidos políticos. 
38.- Graves, Robert: Yo, Claudio.
39.- Maurier, Daphne du: Mi prima Rachel.
40.- Irish, William: La ventana indiscreta.
41.- Remarque, Erich M.: Sin novedad en el frente.
42.- Alighieri, Dante: Comedia. Paraíso.
43.- Mair, Peter: Gobernando el vacío. 
44.- Smolan, Rick y Cohen, David: Un día en la vida de España.
45.- Nicholi, Armand: La cuestión de Dios.
46.- Goytisolo, Luis: Antagonía.
47.- Arendt, Hannah: El concepto de amor en San Agustín.
48.- VV. AA.: Comentarios a la Constitución española (1996).
49.- Ruiz Soroa, José María: El esencialismo democrático.
50.- Montero, José Ramón: Informe sobre la reforma electoral.
51.- Informe del Consejo de Estado sobre la modificación del régimen electoral. 
52.- Vallespín, Fernando: Historia de la teoría política.
53.- Touchard, Jean: Historia de las ideas políticas. 
54.- Castro, Américo: España en su historia. Cristianos, moros y judíos.
55.- Barrera Tyszka, Alberto: La enfermedad.
56.- Stewart, Ian: Cartas a una joven matemática.
57.- Hölderlin, Friedrich: Cantos.
58.- Sófocles: Edipo en Colono.
59.- Jay, J.; Hamilton, A.; y Madison, J.: El Federalista.
60.- Esquilo: Los siete contra Tebas.
61.- Ceram, C.W.: Dioses, tumbas y sabios.
62.- Eurípides: Las fenicias.
63.- Goethe, J.W.: Las penas del joven Werther.
64.- Artola, Miguel: Textos fundamentales para la historia. 
65.- Gullón, Ricardo: Diccionario de literatura española e hispanoamericana. 
66.- Fernández-Miranda, Pilar y Alfonso: Lo que el Rey me ha pedido.
67.- Lorenz, Konrad: Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros.
68.- Wences, Isabel: Tomando en serio la teoría política.
69.- Durrell, Gerald: Bichos y demás parientes. 
70.- Guldi, Jo y Armitage, David: Manifiesto por la historia.
71.- Galfard, Christophe: El universo en tu mano.
72.- RAE: Manual de la nueva gramática de la lengua española.
73.- Oz, Amos y Oz-Salzberger, Fania: Los judíos y las palabras.
74.- Freixes, Teresa y Gavara, Juan Carlos: Repensar la constitución de 1978. 
75.- Álvarez Junco, José: Dioses útiles. Naciones y nacionalismos.
76.- Villacañas, José Luis: Populismo.
77.- Dumas, Alejandro: La dama de las camelias.
78.- Vargas Llosa, Mario: Cinco esquinas.
79.- Grueso, Natalio: Woody Allen. El último genio.
80.- Pardo, José Luis: Estudios del malestar.
81.- Tocqueville, Alexis de: La democracia en América.
82.- López Varas, María Luisa: Cartografía de la memoria de infancia.
83.- Ferry, Luc: Aprender a vivir.
84.- Lemaitre, Pierre: Tres días y una vida.
85.- Eurípides: Alcestis.
86.- Milena Busquets: También esto pasará.

Las lecturas más disfrutadas, sin duda, los Ensayos de Montaigne y el Don Quijote de La Mancha de Cervantes, releída por enésima vez con ocasión del cuarto centenario de la muerte de su autor. Ambos son libros de cabecera para mí.
Supongo que para los amables seguidores de "Desde el trópico de Cáncer" resultará mucho más interesante saber cuales han sido las lecturas realizadas este año por notables escritores como Javier Marías, Eduardo Mendoza, Isabel Burdiel o Elvira Lindo, entre otros. Pueden conocerlas en este enlace; en este otro, la lista de las diez lecturas más interesantes de 2016 sugeridas por la revista literaria Babelia; en este de aquí las recomendados por el New York Times en español; y por último, los cien libros que Librotea sugiere para escoger como regalo de estas Navidades.
Como podrán observar, apenas coinciden unas con otras. Lo que confirma el dicho ese de que para gustos se hicieron colores. Lean lo que quieran, pero lean, y disfruten de ello. ¡Y Feliz Año Nuevo a todos! Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















sábado, 30 de diciembre de 2023

Del elogio español de lo grotesco

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. España es tan divertida, comenta en El País de hoy el catedrático de Ciencia Política Ignacio Sánchez-Cuenca, porque tiene muchos ejemplos del género extravagante, como las manifestaciones en Ferraz, los monólogos de Jiménez Losantos, las no explicaciones de Juan Carlos I o las entrevistas de Alfonso Guerra. Parafraseando al gran Ricardo Costa, concluye diciendo, en España la fiesta no se acaba nunca. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Y nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com










Elogio de lo grotesco
IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA
27 DIC 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Grotesco: aquello que llama nuestra atención por resultar ridículo, exagerado, extravagante, inverosímil, irreal, contrahecho, deforme. Las reacciones que provoca lo grotesco son muy variadas, pueden ir del horror y la repugnancia a la carcajada, pasando por el asombro de que cosas así existan.
España es país sobresaliente en aspectos grotescos. Muchos de nuestros grandes artistas (pintores, escritores, cineastas) han construido algunas de sus mejores obras explotando el carácter grotesco de nuestra vida pública. Si España resulta tan divertida es porque ofrece abundante material grotesco. En mi caso, soy amante incondicional de este género. No sé si me siento español porque adoro lo grotesco o adoro lo grotesco porque he nacido en España.
Me interesa lo grotesco en todas sus dimensiones, desde la física hasta la intelectual. En la televisión norteamericana, a la que nada humano le es ajeno, hay multitud de programas sobre cuerpos grotescos (el más espectacular es Embarrasing Bodies, un compendio de las peores deformidades que puede sufrir el ser humano). Hoy, aprovechando el relajo navideño y que nos encontramos en los últimos días del año, quisiera traerles una lista, personal y caprichosa, de 10 momentos indiscutiblemente grotescos en la vida pública española de 2023. Espero que los hayan disfrutado tanto como yo.
Primero. Manifestaciones en la calle Ferraz de Madrid. Las escenas que hemos visto van más allá de lo que Luis García Berlanga o José Luis García Sánchez podrían haber imaginado nunca. El pijo agitado que, con el tono irrepetible de su condición social, dice aquello de “nos tira gases lacrimógenos la policía por ‘putodefender’ España”; un señor mayor, exaltado y bien vestido, que, altavoz en mano, grita a ritmo de rap “hay que echar a las ratas de Ferraz” y le dedica a Pedro Sánchez este bonito verso: “Hijo de puta, tienes que morir”; otro señor, con una bandera enorme, se queja de la incultura de los ministros de izquierdas, a quienes atribuye la creencia de que “los pollos violan a las gallinas”; el rezo del rosario entre banderas nacionales y carlistas, pidiendo la salvación mariana de España mientras se oyen de fondo cantos de “¡Puigdemont, a prisión!”; el desfile de muñecas hinchables a las puertas de la sede del PSOE, con las masas insurgentes motejando a dicho edificio de “puticlub”. Sencillamente insuperable.
Segundo. Chema de la Cierva (hijo del historiador franquista y ministro de UCD, Ricardo de la Cierva), que, cuando iba a ser entrevistado a propósito de un radar de carretera en un programa de RTVE, se saltó el guion y dijo estas inmortales palabras con voz de pito: “Que te vote Txapote, Sánchez, que te vote Txapote, socialista, hijo de puta, genocida, que te den por culo Sánchez, hijo de la gran puta, socialista, rojo de mierda…”. Era enero de 2023. El eslogan, como ustedes sabrán, hizo fortuna. El diario El Mundo, siempre atento a la novedad, le hizo una entrevista y De la Cierva dejó esta declaración que da para pensar mucho: “Con Franco no había IVA. Con Franco no había libertad para pensar en marxismo, pero una persona de bien, honrada, podía pagarse una segunda residencia en 15 años”. Qué lío, ¿paga IVA el Manifiesto Comunista?
Tercero. Las entrevistas a Alfonso Guerra y, en especial, la que le realizó Pablo Motos en El Hormiguero. Recuerden sus palabras solidarias con los humoristas reprimidos y represaliados por el régimen bolivariano que preside Pedro Sánchez: “Me dan mucha pena los humoristas, ya no pueden hablar de nada. Antes había [chistes] de homosexuales, de enanos, de todo. Ahora no, ahora es: ¡Esto no! ¡Esto no!”.
Cuarto. El magistrado Manuel García-Castellón. Un juez conservador a punto de jubilarse, obsesionado con Podemos y los independentistas, dispuesto a poner el país patas arriba y a explotar la muerte por infarto de un ciudadano francés en el aeropuerto de Barcelona durante los disturbios de 2019 para acusar de terrorismo a Carles Puigdemont y Marta Rovira cuatro años después e impedir de este modo que puedan beneficiarse de la ley de amnistía. Si el derecho puede volverse grotesco, no hay mejor ilustración que esta.
Quinto. La conversión de Macarena Olona, hoy la política más iluminada y visionaria de España. Afirma que la vida es como un gran botellón, tiene a Julio Anguita como uno de sus referentes y, tras su paso por Vox, ha desarrollado una aguda sensibilidad social.
Sexto. Jaime del Burgo, el excuñado impredecible que quiere vengarse de Letizia y Felipe VI por haber permitido que Pedro Sánchez gobierne con el apoyo de Bildu. Ha llamado al nuevo Ejecutivo “el Gobierno de las balas”. Entrevera sus amenazas con recomendaciones bibliográficas propias de Babelia, como un libro sobre hermenéutica, semántica y política. Dice que solo reconoce a un rey, Jesús de Nazaret, que al parecer le juzgará en el cielo. Quedamos a la espera.
Séptimo. Los monólogos de Federico Jiménez Losantos. No es que en 2023 hayan destacado especialmente, es que deberían estar en la lista de todos los años. Se trata de nuestro mejor comediante, superior incluso a Los Morancos, nadie le iguala en el género del absurdo político. Sus accesos de ira son tan tronchantes como los motes que pone a unos y otros. Los motes se han recogido para la posteridad en la Federicopedia. Él se cree una luminaria, lo que no sorprende a la vista de los colaboradores que le acompañan en sus tertulias. Una de las bromas más conseguidas es cuando se define como liberal (carcajada del público). Últimamente, afirma que Pedro Sánchez hará un referéndum, Cataluña se independizará y el presidente nos sacará de la Unión Europea para poder gobernar a sus anchas como un bolivariano (gran carcajada del público).
Octavo. La respuesta de Alberto Núñez Feijóo cuando, en una entrevista en plena campaña electoral, le preguntaron por su pasada amistad con el narcotraficante Marcial Dorado. Estas fueron sus palabras: “En aquel momento era contrabandista, cuando yo le conocí. Contrabandista, nunca narcotraficante.” Y aquí seguimos, como si nada.
Noveno. El excomisario Villarejo, perejil de todas las salsas nacionales. Todas las tramas pasan por él, todos confiaban en él mientras él les grababa a todos. Su oratoria es inigualable y será estudiada en los tiempos venideros. Aquí va una frase antológica, que alude al misterio mayor del reino, la cuenta de nombre Soleado de Suiza: “con todo el chocho que tienen de Cataluña y tal y cual, prefirieron preservar la cuenta de Soleado a seguir una línea de investigación…”.
Décimo. Y de la cuenta Soleado al rey emérito, Juan Carlos I, quien, en Sanxenxo, ante las preguntas de una periodista sobre si dará o no explicaciones, se encoge de hombros, se pregunta con fingida extrañeza “¿explicaciones de qué?”, se echa unas risas burlonas y sale pitando con su vehículo. Ya, ya sé que esta respuesta grotesca tuvo lugar en mayo de 2022, pero algunos episodios se vuelven intemporales.
Han salido 10 elementos para la lista sin recurrir al pequeño Nicolás. ¿Hay acaso algún otro país de nuestro entorno en el que puedan encontrarse muestras tan abundantes de lo grotesco? Estoy seguro de que en otros lugares habrá personajes no menos estrafalarios que muchos de los que aquí han sido citados. Ahora bien, sospecho que ni reciben tanta atención, ni están tan bien integrados en el sistema. Parafraseando al gran Ricardo Costa, en España la fiesta no se acaba nunca. Muera el aburrimiento. Ignacio Sánchez-Cuenca es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid.