sábado, 12 de agosto de 2023

De la lucha entre la inteligencia y la necedad

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Bernat Castany, va de la lucha entre la inteligencia y la necedad. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Un vasto programa
BERNAT CASTANY PRADO
07 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Uno de los jeeps de la Novena Compañía de la División Leclerc, compuesta casi exclusivamente por republicanos españoles, fue bautizado con el nombre de Mort aux cons, que me resigno a traducir como “Muerte a los necios”. No es improbable que dicho lema fuese una respuesta al más tristemente célebre “Muera la inteligencia” que Millán Astray vociferó en 1936. Y es que, por debajo de la codicia, la crueldad, la banalidad y demás fuentes de la barbarie, se halla la capa freática de la necedad. De ahí que las guerras de religión fuesen anunciadas por el Elogio de la locura, de Erasmo de Róterdam; el triunfo del nazismo, por el Sobre la estupidez, de Robert Musil; y la revolución neoliberal de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, por Las leyes fundamentales de la estupidez humana, de Carlo M. Cipolla. ¿Acaso deberían preocuparnos las reediciones de estos libros y la reciente publicación de La imbecilidad es cosa seria, de Maurizio Ferraris?
Sin duda, la infrafinanciación de la educación, el desprecio de las humanidades, la prestidigitalización de la vida, el antintelectualismo populista y la sustitución de la verdad por “relatos” financiados por diferentes grupos de interés, no son buenas señales. Pero nada muy diferente del oscurantismo y de los cuentos de brujas, traidores e inmigrantes, que nos hechizan de generación en degeneración. Claro que la lucha entre la inteligencia y la necedad no se da solo en todas las épocas, sino también en todos los lugares, y especialmente en nuestra propia mente, tan propensa a lo simple y a lo falso. Por eso, la lucha no puede consistir en “matar a los necios”, pues cada uno de nosotros debería matarse primero a sí mismo. Eso sin contar que, tal y como nos enseñaron los votantes de Donald Trump, reírse de la necedad ajena no es una buena estrategia.
Es mejor aprender a someter la opinión personal a la búsqueda en común de la verdad, a denunciar sin miedo la mentira y a defender nuestro sistema educativo, renunciando, para empezar, a esa especie de chupete digital que son los móviles, con el objetivo de incluir a los niños en nuestras conversaciones (lo siento, pero escribo estas líneas en una cafetería, y el espectáculo es lamentable). Se dice que, al ver el lema Morts aux cons en la parte delantera de aquel jeep de La Nueve, el general De Gaulle afirmó, con felicidad: “Vasto programa”. No esperemos a septiembre para empezar a llevarlo a cabo.






























[ARCHIVO DEL BLOG] Vidas paralelas: Alfonsina Storni y Violeta Parra. [Publicada el 06/09/2013]










No creo ser una persona envidiosa, y en ese sentido no ejerzo en exceso de español, en el que la envidia constituye con mucho su pecado capital por excelencia. En cualquier caso si me reconozco cierto reconcomo ante capacidades narrativas de otros, de las que yo carezco. Por ejemplo, del historiador griego Plutarco, que vivió a mediados del siglo I d.C., y escribió obras ejemplares como sus "Vidas paralelas" (Círculo de Lectores, Barcelona, 1997), entre ellas las "Alejandro y César", o "Pericles y Fabio Máximo".
Me gustaría hacer lo mismo con las de las dos mujeres que traigo a esta entrada: la poetisa Alfonsina Storni (1892-1938) y la cantautora y folclorista Violeta Parra (1917-1967), pero me falta la sensibilidad suficiente para hacerlo. Tienen en común su condición femenina, su origen sudamericano (argentina, la primera; chilena, la segunda), sus cercanas fechas de nacimiento: 1892 y 1917; sus difíciles y similares vicisitudes vitales; sus fracasos amorosos; sus trágicas muertes, casi a la misma edad y ambas por suicidio, en 1938 y 1967, respectivamente. Pero sobre todo el enorme valor artístico de su obra.
El 8 de septiembre de 2008 dediqué una de mis entradas del blog a Alfonsina Storni. Lo hice con motivo del 70 aniversario de su muerte, publicando uno de sus más emotivos poemas: "Dejad dormir a Cristo", y lo hice movido por los extraños sentimientos encontrados que me produjo el funeral de Estado celebrado por aquellos días en la catedral de Santa Ana, en Las Palmas de Gran Canaria, la ciudad donde yo vivo, con motivo del accidente de avión en el aeropuerto de Madrid unos días antes, en el que murieron decenas de grancanarios.
La única razón, el profundo desasosiego que me produjo la ocupación por la religión, la iglesia en este caso, de un espacio público, espacio que, por antonomasia, corresponde a todos, creyentes y no creyentes, como ámbito de su exclusiva competencia. La religión de cada cual debería ser algo que se desenvuelve en el estricto ámbito de lo privado. Iba a decir de lo íntimo, pero como decía mi profesor don Emilio Lledó, lo íntimo es ya un reducto inaprensible, y tampoco aspiro a tanto.
Les dejo el intimista poema de Alfonsina Storni y les animo a que escuchen la enternecedora "Gracias a la vida" de Violeta Parra, porque enterncedor resulta que su más famosa composición, su más entrañable canto a la vida, fuera compuesto un año justo antes de quitarse la misma. Sean felices, por favor. Y como decía Sócrates: "Ιωμεν", vámonos. Tamaragua, amigos. HArendt



Dejad dormir a Cristo: desde el duro madero
ha veinte siglos oye: "Interced por nos".
De su pecho de palo, sensible al lacrimero,
ya extrajísteis, sobrado, lo que cabe en un dios.
Dejad dormir a Cristo, y si estáis en naufragio
hacia otro calmo puerto desamarrad las velas
que, obligado a dentista por el mayor sufragio,
bastante os ha curado los dolores de muelas.
Veneno le pedisteis para mojar la flecha,
propicia sombra y viento para encender la mecha,
lo bajasteis al lecho que el diablo presidía.
¿Quién dijo que era un pozo jamás desagotado?
Huyendo de los hombres, por sobre algún tejado,
habréis de verlo, en fuga, dejar la cruz vacía.

"Dejad dormir a Cristo"
Alfonsina Storni: "Antología Poética"
Ediciones Busma, Madrid, 1984)











viernes, 11 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] ¿Por qué dormía Europa? [Publicada el 23/04/2009]










A comienzos del verano de 1940, cuando hacía justamente nueve meses que había estallado la guerra en Europa, un joven y brillante estudiante de la Universidad de Harvard (Cambridge, Massachusetts) leía su tesis de graduación en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Se titulaba Appeasement in Munich, y analizaba en ella las razones que llevaron al gobierno británico a una suicida política de contemporización y apaciguamiento a toda costa con el cada vez más creciente belicismo de Hitler, y a firmar con él los vergonzantes acuerdos de Munich que darían rienda suelta al expansionismo nazi. Obtiene la calificación de "Sobresaliente Cum Laude", y un mes después se publica como libro con el título de ¿Por qué dormía Inglaterra?, convirtiéndose en un auténtico "superventas" que gana el prestigioso premio Pulitzer de ese mismo año. Veinte años más tarde, ese joven estudiante, John F. Kennedy, sería elegido presidente de los Estados Unidos de América.
¿Por qué dormía Inglaterra? se publica en España por la editorial barcelonesa Plaza y Janés en 1965, supongo que a raíz de la conmoción mundial que produce el asesinato del presidente Kennedy. Yo la leo ese mismo año en una edición de bolsillo que aún conservo y que, casualmente, ojeaba hace unos días. Ya he dejado constancia en este blog de mi juvenil apasionamiento por la figura de Kennedy. Su trágica muerte dio lugar a uno de los días que más imborrable impresión han dejado en mi vida, día que puedo relatar minuto a minuto con exactitud, y que traigo al blog cada 22 de noviembre. La lectura de ¿Por qué dormía Inglaterra? me emociono. Lo leí con fervor y pasión, y en cierto modo, encaminó mi recién iniciada vida académica hacia la Historia y la Ciencia Política. 
No tengo muy claro que tipo de asociación de ideas me ha llevado a recordar el libro de Kennedy al leer el artículo que en el número de septiembre de Revista de Libros publica el diplomático y escritor Fidel Sendagorta titulado "Europa: poder, afecto y utopía", dedicado al comentario crítico del libro Poder y derecho en la Unión Europea (Madrid, Civitas/Thomson Reuters, 2014), del profesor José María Areilza Carvajal. Dice Sendagorta: "Las elecciones al parlamento europea del pasado mes de mayo han marcado un nuevo hito en la creciente desafección del electorado hacia el proyecto de integración europea. Partidos con programas contrarios a la propia Unión Europea han batido a las formaciones políticas mayoritarias en un país, como el Reino Unido, que se interroga sobre su permanencia en la Unión, pero también en Francia, uno de los Estados fundadores del proyecto de integración. En un momento en el que prevalecen los sentimientos en los debates europeos, el libro de José María Areilza nos sitúa en los argumentos de la razón. Pero el autor sabe que las ideas necesitan del motor de la emoción para ser verdaderamente movilizadoras. De ahí que su obra empiece y termine con la inquietud por la pérdida del horizonte utópico en el proyecto europea y la apelación a recuperarlo como condición esencial para que pueda revitalizarse". 
¿Fue eso, la apelación a recuperar el "horizonte utópico", lo que movió a los parlamentarios españoles socialistas a romper el pacto del grupo socialista europeo votando en contra de la elección como presidente de la Comisión del liberal-conservador luxemburgués Jean-Claude Juncker, un europeísta convencido? A mí, personalmente, me pareció un gesto promovido más por asuntos de política interna española que europea. Al parecer, más preocupados por la estética que por la ética, los europarlamentarios socialistas españoles, con escaso sentido de la responsabilidad, se saltaron el pacto interno del grupo socialista europeo en un gesto muy poco coherente ni prometedor, y más, si tenemos en cuenta que los grupos parlamentarios afectados mantuvieron su voto favorable a la reelección del socialista Martin Schulz como presidente del Parlamento. Me dolió, porque no tengo reparos en confesar que me siento identificado con los ideales de la socialdemocracia europea y española, más por ese orden, europea y española, que por el contrario, española y europea.
Pero vuelvo, y con ello termino la entrada, al libro que me ha servido de excusa para escribirla. La verdad es que no me gustaría que ninguno de mis nietos obtuviera su grado académico dentro de veinte años con una tesis que se preguntara y explicara "¿Por qué dormía Europa?", precisamente, cuando más necesitábamos de ella. Eso sería una muy mala perspectiva, que no les deseo en modo alguno. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt











Del hedonismo hospitalario

 






Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Irene Vallejo, va del hedonismo hospitalario. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com










Tener un cuerpo
IRENE VALLEJO
05 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Criaturas del deseo, amanecemos cada día obsesionadas por un mensaje que no llega; por un encuentro anhelado o temido; por la impaciencia burbujeante del viernes, antesala soñada del fin de semana. Presas en la hojarasca de ocupaciones y preocupaciones, no reparamos en la rotunda maravilla de despertar en un cuerpo saludable. Únicamente al perderlo se descubre ese placer prodigioso, cuando nos asalta el taladro de un dolor, el lento peregrinaje de las pruebas médicas, la angustia. Walt Whitman celebró esa insólita alegría corporal: “Gozaré como loco del vaho de mi aliento, mi lento respirar, el latir de mis entrañas, sangre y aire que inundan mis pulmones, el sentir que estoy sano bajo la luna llena”.
Nos cuesta amar nuestro físico así como es, oscilamos entre los extremos de modelarlo para adorarlo o descuidarlo por desdeñarlo: fetiche o fachada. Nuestros antepasados acusaron al cuerpo de ser lastre, infección, crisálida impura, castigo. Platón lo describió, con lenguaje penitenciario, como una prisión donde el alma cumple condena por sus faltas. En otros pasajes usó el juego de palabras griego sôma séma, “cuerpo tumba”. En ese paisaje, el filósofo Epicuro nadó contra corriente, colocando el cuidado corporal en el centro de sus teorías. Y así se convirtió en uno de los personajes más tergiversados de la historia. Como escribe Emilio Lledó en Fidelidad a Grecia: “El hecho de que su pensamiento fuese casi barrido de la historia, y de que solo quedase de él la caricatura que descubrimos en escritores posteriores, demuestra que algo revolucionario y conmovedor había en su mensaje”.
Hace más de 20 siglos, Epicuro compró una casa con un extenso jardín a las afueras de Atenas, donde fundó una singular escuela. A diferencia de la Academia platónica, no pretendía formar a futuros líderes políticos, sino que abría sus puertas a esclavos, mujeres, niños y ancianos. Allí, el dinero de los más ricos se repartía entre los más pobres para satisfacer las necesidades de la comunidad. Por entonces Grecia atravesaba un momento de dura crisis, y las cartas de Epicuro dibujan un nítido trasfondo de indigencias, miserias y dificultades. El filósofo del buen vivir aspiraba a un sueño colectivo modesto pero ambiciosísimo: “La voz de la carne pide no tener hambre, ni sed, ni frío”. Tan fácil, tan irrenunciable.
Este ideal le granjeó calumnias y caricaturas. Los antiguos se burlaban de sus seguidores con el mote “cerdos de la piara de Epicuro”. En nuestro lenguaje actual, un epicúreo es un amante del lujo, un exquisito manirroto, aunque el maestro era lo opuesto a un sibarita derrochador: vestía ropa sencilla y se alimentaba a base de pan, queso y olivas. Al mismo tiempo era crítico con la hipocresía de los poderosos que, encumbrados en sus lujos, predicaban resignación y austeridad solo para pobres y esclavos. El epicureísmo es más actual que nunca por su demanda de placer para todos los cuerpos, pero también por su denuncia de la avidez.
Aquellos inquilinos del jardín sabían que gozar requiere pensar: el poder intenta controlarnos modelando nuestros deseos. Un coro de voces nos invita a gastar sin medida, como si la clave de la buena vida fuese una tarjeta de crédito humeante. Epicuro cuestionó ese consumo codicioso que promete siempre una sensación más, un estímulo nuevo, dejando atrás tierra esquilmada. El filósofo sugería cultivar una libertad inteligente, compartida, consentida y sin compulsiones. Beber sin alcoholizarnos, comprar sin endeudarnos, comer sin hartarnos, saborear los manjares del jardín sin destruirlo, placeres generosos y nunca posesivos. No es una cuestión de templanza, sino de independencia, pues la adicción desemboca en esclavitud. Frente al goce egoísta, Epicuro buscaba un hedonismo más sabio cuanto más hospitalario, atento a no agredir al disfrute de los demás y de quienes vendrán. Cubiertos los mínimos vitales para todos, crecemos en colaboración, conversación y amistad, porque la alegría pide compañeros. Esa teoría se tergiversó para desacreditar su mirada revolucionaria. La filosofía del cuerpo sigue denunciando las dos fallas de nuestro mundo: el exceso de miseria y la miseria del exceso. 
































jueves, 10 de agosto de 2023

[ARCHIVO DEL BLOG] Sobre conservadores y populistas. [Publicada el 10/12/2017]











Los conservadores y la izquierda populista adoran el antagonismo. La obsesión por la estabilidad de los primeros resulta hiriente para quienes están en desventaja; los segundos consideran la democracia como una cadena de ‘big-bangs’ constituyentes, comenta en El País el profesor Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco. 
Los conservadores ignoran con demasiada facilidad las asimetrías del poder constituido y tienen demasiado miedo a las posibilidades que abre todo proceso constituyente, cualquier intervención abierta del pueblo; de ahí su escaso entusiasmo ante las reformas constitucionales, los movimientos sociales, los plebiscitos o la participación en general, comienza diciendo Innerarity. La izquierda populista, por el contrario, acostumbra a sobrevalorar esas posibilidades y a desentenderse de sus límites y riesgos. Unos dan las alternativas por imposibles y otros por evidentes. Para los primeros, cualquier cosa que se mueva es un desbordamiento; para los segundos, la espontaneidad popular es necesariamente buena.
Este es el marco de discusión en el que se plantea la crítica de Íñigo Errejón al reciente libro de José María Lassalle Contra el populismo (Babelia, 9 de septiembre, réplica el 15 de septiembre), quienes representan por cierto las versiones mas liberales y mejor razonadas de sus respectivas familias políticas. Como suele ocurrir en estos casos, tras un encarnizado debate hay más cosas en común de las que parecen, entre otras, una división del campo político muy binaria y antagonista (la estabilidad frente al desorden o los de arriba contra los de abajo), como si no hubiera otras posibilidades de plantear los términos de la discusión. Ambos adoran el antagonismo, en el que se asientan cómodamente para el combate político que más les conviene. Esto es lo que explica, por ejemplo, el curioso “afecto antagónico” que se profesan el PP y Podemos, mientras dejan fuera a todos los demás. El antipopulismo se ha convertido en el instrumento de legitimación de los conservadores del mismo modo que los populistas se entienden a sí mismos como el verdadero antídoto del elitismo conservador.
Ahora bien, si algo ha tenido de bueno el populismo ha sido cuestionar los discursos establecidos, los marcos hegemónicos que nos obligaban a encajar en categorías demasiado rígidas. Espero que se me permita cuestionar esta nueva división del territorio ideológico entre tecnócratas y populistas en los que ambos se desenvuelven con excesiva comodidad. De entrada, ¿por qué tiene que haber marcos hegemónicos?; ¿por qué esos marcos tienen que adoptar necesariamente la forma de un antagonismo y precisamente de ese antagonismo? ¿No es cierto que la configuración de un debate a partir de la lógica antagonista tiene una exasperante continuidad con las clásicas trincheras ideológicas que tanto nos desgarran y tan poco permiten abordar los problemas sociales que exigirían, por ejemplo, un marco de juego menos competitivo? Lo peor del debate público tal como lo padecemos es que quien critica algo es reagrupado inmediatamente entre los siniestros defensores de lo contrario; quien plantea objeciones al orden establecido es necesariamente un sembrador de divisiones, quien desconfía del populismo se erige en defensor de las peores élites… No es posible manifestar alguna insatisfacción en relación con cómo se plantean los términos del debate sin que eso le convierta a uno en un enemigo o, peor, en un equidistante.
Tienen razón los conservadores cuando critican a quienes parecen considerar la democracia como una sucesión de big bangs constituyentes, pero resulta exasperante su obsesión con la estabilidad que, por un lado, resulta muy hiriente para quienes se encuentran en situaciones de injusticia y desventaja, pero que además se ha revelado paradójicamente como la mayor fuente de inestabilidad. La sociedad democrática es un espacio abierto en el que se plantean muchos desafíos (qué término tan recurrente a la hora de descalificar cualquier aspiración a modificar las reglas del juego) que pretenden al menos revisar si el modo como se ha institucionalizado la política sigue teniendo sentido o ha generado algún tipo de desventaja injustificable. Los que velan celosamente por el orden establecido aprovechan este momento para argumentar que cualquier modificación debe llevarse a cabo a través de los cauces legales establecidos, pero no nos dan ninguna respuesta a la pregunta acerca de qué hacer cuando ese marco predetermina el resultado (y no estoy hablando, necesariamente, de Cataluña). La legalidad es un valor político cuando incluye procedimientos de reforma de resultado abierto; si no, apelar a ella es puro ventajismo.
Los populistas tienen una consideración demasiado negativa de la política institucional y una excesiva confianza en que de los momentos constituyentes no puede salir nada malo. Es cierto que sin la sacudida de agitación popular nuestras democracias se cosificarían y que las élites tienen una tentación muy poderosa de evitar que se reexaminen las reglas del juego. Pero el populismo tiene muy poca sensibilidad hacia las asimetrías que se producen en todo momento constituyente (donde participan más los más activos, los que tienen más capacidad de presionar, los más radicalizados…). Al mismo tiempo, no hay en la producción ideológica del populismo instrumentos conceptuales que permitan disipar la sospecha de que la futura mayoría triunfante va a incluir a las minorías perdedoras entre quienes formar parte del pueblo. Y no estoy hablando de intenciones, sino de conceptos y cultura política. ¿Quién nos asegura que las nuevas élites se van a comportar con una lógica menos excluyente que las anteriores, desde el momento en el que se justifican por la épica apelación a la soberanía popular y no por la prosaica defensa del orden y la estabilidad? Mientras no se resuelva esa desconfianza, el populismo seguirá siendo poco atractivo para aquellos sectores de la izquierda que tienen una sensibilidad liberal.
Al final, es la igualdad democrática lo que debería preocuparnos. La relación inestable entre poder constituido y poder constituyente, entre las razones del orden estabilizador y las del desorden creativo, debe entenderse como un campo de tensión cuyo objetivo final es corregir las desigualdades manifiestas que contradicen el principio democrático de que todos tengamos igual capacidad de influir en la configuración de la voluntad política. Así entendidas las cosas, la función de las instituciones políticas es asegurar dicha igualdad, impidiendo la cosificación de las élites o corrigiendo las asimetrías en los momentos de espontaneidad popular. Los conservadores no pueden garantizar esa igualdad mientras no permitan procedimientos para verificarla, algunos de los cuales les parecerán “subversivos”; los populistas practican un elitismo invertido y donde los conservadores sostenían la inocencia de los expertos ellos defienden la infalibilidad del pueblo. Solo quien haya entendido que las instituciones democráticas tienen su justificación en la igualdad y no en el mero orden o en el mero cambio será capaz de pensar la democracia fuera del marco mental que quieren imponernos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt












De la función del escritor

 








Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Javier Cercas, va de la función del escritor. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com







Milan Kundera y la función del escritor
JAVIER CERCAS
06 AGO 2023 - El País - harendt.blogspot.com

Milan Kundera pensaba que un novelista sensato no debe opinar sobre política: en cuanto un novelista opina sobre política, pensaba, pasa a ser juzgado por sus opiniones políticas y no por sus novelas, lo cual es una catástrofe, porque lo mejor que puede decir un novelista lo dice con sus novelas, no con sus opiniones políticas. Como insensato novelista que opina sobre política, opino que Kundera lleva razón. El escritor checo habló muy poco de política en su escéptica madurez parisiense —no así en su juventud praguense de entusiasta estalinista—, pero nunca se libró del sambenito de escritor político, ni logró que sus libros dejaran de leerse como meros testimonios de un disidente de la Europa comunista. Una paradoja muy kunderiana, que demuestra que, como dijo el oráculo, hagas lo que hagas, te arrepentirás.
Kundera murió el 11 de julio en París, donde residía desde 1980. Apenas dio a la imprenta un libro irrelevante, pero, vistas con la perspectiva del tiempo, las cuatro novelas que publicó antes de La insoportable levedad del ser se me antojan casi ejercicios preparatorios. Cyril Connolly sostenía que la verdadera función de un escritor consiste en escribir una obra maestra. Kundera escribió dos: La insoportable… y La inmortalidad. La primera tuvo un problema: se convirtió en un best seller, lo que autorizó a los papanatas a despreciarla sin leerla, o leyéndola por encima. Lo sé porque yo era uno de ellos; de hecho, sólo la leí porque Italo Calvino aseguró que era un acontecimiento literario. Lo era. En esa novela cristaliza la fórmula Kundera, compuesta en lo esencial por cinco ingredientes. Primero: la feliz combinación del espíritu libérrimo, mestizo, gamberro, digresivo y humorístico de la novela primitiva (o cervantina) y el rigor geométrico de la novela moderna (o flaubertiana), que exige que cada pieza desempeñe una función en el conjunto, como en un rompecabezas. Segundo: la mezcla inextricable de narración y reflexión, de tal modo que, en las novelas de Kundera, las ideas son tan esenciales como los personajes o la trama. Tercero: una composición musical (Kundera era hijo de músico y estudió música), a base de repeticiones y variaciones de motivos que estructuran el libro y lo abren a sentidos imprevistos. Cuarto: una prosa de una transparencia cristalina, empapada de Kafka y ­Hemingway, capaz de sumergirse en honduras filosóficas sin perder claridad. Y quinto (pero no menos importante): el uso sistemático de la ironía; como cualquier persona sensata, Kundera sentía una admiración infinita por Cervantes, pensaba que los novelistas sólo debemos rendir cuentas ante él, que Cervantes había impuesto la ironía como instrumento esencial de la novela, que la ironía es una forma de conocimiento tan útil como la ciencia, y el humor, la cosa más seria del mundo.
He ahí su fórmula, que luego aplicó en sus novelas posteriores, deliciosa música de cámara comparadas con sus dos grandes sinfonías. (Es un reproche que se le podría hacer a Kundera: que, una vez que se encontró a sí mismo, no buscara otro Kundera). Fue sobre todo un novelista, pero sus ensayos son tan valiosos como sus novelas: salvo Vargas Llosa, no conozco a ningún novelista actual con una visión tan coherente, poderosa y persuasiva de la novela. Fuera de su país lo apreciamos mucho más que dentro, porque nadie es profeta en su tierra y porque sus novelas tocan puntos neurálgicos de la historia checa, ante los cuales los paisanos exigen que se tome partido con claridad, que es casi lo peor que puede hacer un novelista. Consideraba que la biografía de un autor es irrelevante para entender su obra, porque había leído a Proust y sabía que el verdadero yo del escritor “no se muestra más que en sus libros”. Consideraba asimismo que la novela es ante todo una herramienta de conocimiento existencial. “El valor de una novela”, escribió, “reside en la revelación de las posibilidades hasta entonces ocultas de la existencia como tal; dicho de otro modo: la novela descubre lo que está oculto en cada  uno de nosotros”. Milan Kundera fue uno de los novelistas fundamentales de la segunda mitad del siglo XX.