sábado, 11 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 11 DE OCTUBRE DE 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 11 de octubre de 2025. Tanto las acciones de Israel como la opinión pública progresista mundial han sido deplorables, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la socióloga francoisraelí Eva Illuoz, pero es difícil juzgar la importancia de los hechos históricos cuando todavía se están desarrollando. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2008, HArendt confesaba que se sentía cansado: Los amables lectores de este blog tienen que haber percibido un cierto cansancio, agotamiento de ideas, reiteración de temas, repeticiones involuntarias... De treinta y una entradas en mayo he pasado a sólo cinco en este mes... Es cierto, estoy bastante cansado... Son veintiseis meses seguidos rellenando líneas en el procesador de textos, apostillando con mejor o peor arte y fortuna comentarios y visiones del mundo y de su acontecer desde la atalaya de esta pequeña islita en medio del Atlántico, a tres grados del Trópico de Cáncer... El poema del día, en la tercera, se titula Ortónimos, es del poeta portugués Fernando Pessoa, y comienza con estos versos: Cae amplio el frío, y duermo en la tardanza/de adormecer –./Soy, mas ni hogar, consuelo o esperanza/quiero tener. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt














DE LAS CONSECUENCIAS DEL 7 DE OCTUBRE

 






Tanto las acciones de Israel como la opinión pública progresista mundial han sido deplorables, comenta en El País [Las consecuencias del 7 de octubre, 07/10/2025] la socióloga francoisraelí Eva Illuoz. Es difícil juzgar la importancia de los hechos históricos cuando todavía se están desarrollando, comienza diciendo Illuoz. Aunque el 7 de octubre de 2023 no tiene la misma magnitud que la caída del Imperio romano o la Revolución Industrial, sí posee las características de un “gran” acontecimiento. Un gran acontecimiento es un hecho que tiene consecuencias objetivas sustanciales para las partes implicadas, que marca un “antes” y un “después” y cuyos participantes consideran significativo. El 7 de octubre cumple todos esos requisitos. Fue la experiencia más dramática de la historia de Israel para los israelíes y los palestinos sin Estado y ha supuesto una ruptura para muchos judíos de todo el mundo. En retrospectiva, es posible que sea también el origen de una tímida y vacilante luz de esperanza que empieza a parpadear en esta oscura región, aunque todavía sea difícil saber cómo se va a plasmar el programa de 20 puntos de Trump. Como ocurre a veces en la vida y en la política mundial, el desastre y la reconstrucción van de la mano.

Ya han ocurrido algunas cosas positivas. La primera es el golpe fatal que han asestado Israel y el mundo a Irán. Todo lo que se diga del papel pernicioso y criminal que ha desempeñado la República Islámica en el recrudecimiento de las tensiones en la región es poco. Ahora está por ver hasta qué punto el debilitamiento de este Estado patrocinador del terrorismo transformará Oriente Medio. El segundo hecho positivo es la participación de los países árabes vecinos. Por primera vez, los Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Arabia Saudí y Catar han asumido la responsabilidad de ayudar a negociar un alto el fuego entre Israel y los palestinos, lo que va a permitir que la resolución de este conflicto adquiera una dimensión regional y, tal vez, garantice una paz duradera.

Sin embargo, el 7 de octubre nos enseña otra lección: tanto las acciones de Israel como la opinión pública progresista mundial han sido deplorables.

El interés tan intenso que este conflicto ha despertado en los países occidentales debería sorprendernos: hasta ahora, una guerra y una catástrofe humanitaria en las que no hubiera soldados europeos o estadounidenses sobre el terreno nunca habían sacudido por igual a multitudes anónimas de manifestantes y a dirigentes como Pedro Sánchez, Maduro, Lula o Gustavo Petro, presidente de Colombia. Si todas esas personas y esos líderes se hubieran comprometido e indignado con la misma intensidad por la inmensa cantidad de tragedias que ocurren en Sudán, Congo, Etiopía, Kenia, Yemen y otros lugares, esa actitud habría sido una buena noticia para el mundo. Por desgracia, da la impresión de que los palestinos son el único pueblo del mundo cuya desgracia es capaz de conmover y cautivar a las masas. Se ha convertido en un resumen metonímico y condensado de todas las demás causas progresistas. Y sus defensores suelen mostrar un grado de conocimiento y comprensión de la región lamentablemente escaso.

El 7 de octubre ha dado pie a la aparición de dos izquierdas: la izquierda de Gaza y la izquierda del Holocausto, que coinciden aproximadamente con la distinción entre el izquierdismo y la socialdemocracia. En torno a Israel y Palestina han cristalizado y se han articulado varios debates más amplios sobre la (i)legitimidad de la violencia, la desaparición del universalismo debido a la política identitaria, la rivalidad entre la memoria del colonialismo y la memoria del Holocausto y la decisión de dar prioridad a la justicia frente a la reconciliación. El 7 de octubre señala la expresión externa de una redefinición previa de los mapas morales y políticos y ha agudizado estas transformaciones. Ha creado una profunda brecha entre estos dos tipos de izquierda, ha indignado a numerosos judíos que viven en democracias occidentales y ha fortalecido a la extrema derecha en casi todas partes.

La izquierda de Gaza ha fracasado estrepitosamente en su tarea y su vocación históricas. Una verdadera izquierda habría trabajado sin descanso para mitigar, mediar, moderar y servir de puente entre los israelíes y los palestinos, todos gravemente traumatizados. Pero pocas veces lo han hecho tan mal, tanto los políticos como la casta de opinadores que los acompaña. En lugar de ayudarnos a comprender, explicar y aportar complejidad y matices a la tragedia, muchos políticos, influencers, comentaristas, artistas, cineastas y novelistas de izquierda han avivado las llamas de un conflicto ya de por sí muy inflamable. En lugar de crear lazos de solidaridad con los grupos de la sociedad palestina y la israelí que desean la paz, en lugar de ayudar a que cada bando comprenda al otro, en lugar de ofrecer una alternativa a la retórica de la guerra, en lugar de reforzar el ideal de la paz, en lugar de reflexionar sobre los mecanismos e instituciones que ayudan a superar una hostilidad centenaria, muchos miembros de la izquierda han intensificado esa retórica belicista y han añadido una nueva capa de odio a la ya existente. Han abordado esta tragedia como si fuera una película de Hollywood, con las víctimas a un lado y los criminales al otro, con una pureza moral que no consigue ocultar el odio que verdaderamente los anima.

Netanyahu, por su parte, ha tenido un comportamiento tan espantoso que el extraordinario rechazo que solo él es capaz de generar se ha extendido ahora al propio Israel. Se negó a asumir la responsabilidad de la política que llevó a Hamás a cometer sus crímenes; se negó a reconocer que había habido señales de aviso sobre los ataques; insistió en la designación corrupta de personas leales al frente del ejército y los servicios secretos; ha librado una guerra sin importarle el desproporcionado número de palestinos muertos, la opinión pública internacional ni la desesperación de las familias de los rehenes israelíes. Netanyahu merece que la historia lo juzgue con severidad. Por su culpa, a Israel le será muy difícil recuperar la posición y la imagen que tenía. Aunque haya un alto el fuego, la tregua no bastará para que Israel deje de parecer un Estado irresponsable.

Como consecuencia de estos dos errores monumentales, la situación de los judíos en las democracias liberales ha cambiado drásticamente, como mínimo, en tres aspectos. El orden moral posterior a la Segunda Guerra Mundial supuso quizá la edad de oro de las comunidades judías en el Occidente democrático, puesto que, a pesar de que seguía habiendo un antisemitismo latente bajo la superficie, se podía decir que los judíos estaban protegidos por el recuerdo del Holocausto. Y ellos se sumaron con entusiasmo, en todo el mundo occidental, a los objetivos liberales. Pero ahora se sienten, si no extranjeros, al menos sí incómodamente desvinculados de unas sociedades en las que las expresiones de antisemitismo se han convertido en algo habitual bajo el disfraz del antisionismo de izquierdas. El largo matrimonio entre los judíos y distintas formas de universalismo, socialdemócrata, liberal, socialista, comunista, ha llegado a su fin. El segundo cambio es que, si bien el prestigio de Israel entre los judíos pasó gradualmente de ser casi hegemónico a controvertido después de la guerra de Yom Kippur de 1973, ahora se ha convertido en una fuente de profundas divisiones entre los propios judíos, entre aquellos cuya identidad está determinada por Israel y quienes dan cada vez más preferencia a su compromiso con el progresismo. La cuestión del nacionalismo e Israel divide a los judíos de una manera sin precedentes en la historia reciente. En una encuesta llevada a cabo por Pew en febrero de 2024, se observan las grandes diferencias de opinión sobre el Gobierno israelí entre los judíos estadounidenses en función de su partido: el 85 % de los judíos republicanos y simpatizantes tenían una opinión favorable, frente a solo el 41 % de los judíos demócratas y simpatizante. Para la mayoría de los judíos, sus ideas políticas condicionan la lealtad al Estado judío. Pero no son meras diferencias de opinión. Son dos caminos opuestos y dos definiciones esencialmente distintas de la identidad judía, algo que seguramente va a separar al pueblo judío en dos ramas independientes que tendrán poco en común.

En última instancia, también provocará un cambio en la política estadounidense. Ya se ve en la ciudad de Nueva York, donde la mayoría de los judíos están a favor de elegir a un alcalde propalestino. Y se nota no solo en los judíos demócratas, sino también en los republicanos en general. Nunca ha habido tantos republicanos escépticos e incluso contrarios a ayudar de manera incondicional al Estado israelí, lo que indica un cambio trascendental muy probable de la política de Estados Unidos respecto a Israel.

El tercer cambio, tal vez el más desconcertante, es que, en muchas democracias, la extrema derecha es la que más está hablando en contra del antisemitismo. Ocurre en Estados Unidos, España, Francia, Reino Unido y Alemania. El motivo es que muchos sectores de la izquierda han declarado vergonzosamente que el antisemitismo no es ningún problema y, por tanto, han dejado el campo abierto a la extrema derecha. Además, esta última se identifica con el modelo político de democracia étnica de Israel y apoya su guerra contra el terrorismo (Irán y sus aliados). Netanyahu se ha mostrado especialmente hábil a la hora de forjar alianzas políticas internacionales con miembros de ese lado del espectro, antisemitas o no (Orban, Trump, Modi, Milei y Duda, por ejemplo), y ha sabido presentar el conflicto entre israelíes y palestinos como una guerra de civilizaciones en la que Israel protege a Occidente.

Todo esto es malo. En la época moderna, la extrema derecha ha sido un semillero de antisemitas. Hoy, tras la deserción de la izquierda, los judíos encuentran respiro y consuelo en ella, pero es como cuando Otelo acepta los consejos y el cobijo de Yago. La bestia volverá a despertar. Su utilización por parte del Gobierno israelí y de Trump para acallar las críticas y vigilar, castigar y controlar las universidades dejará una mancha imborrable en la lucha contra el antisemitismo. El hecho de que muchos judíos sionistas consideren que los partidos de extrema derecha son sus amigos solo demuestra lo acosados que se sienten y lo caótica que se ha vuelto la esfera ideológica.

El 7 de octubre señaló el derrumbe de nuestras categorías semánticas: genocidio, resistencia, violencia, guerra, democracia, izquierda, derecha, racismo, colonialismo, antisemitismo; todas han perdido su significado. El 7 de octubre señaló la desaparición de nuestra esfera pública, cuya vocación, ahora, parece ser que las palabras pierdan su significado. El 7 de octubre elevó el galimatías a unas alturas sin precedentes. Tenemos que reconstruir el significado de las palabras y las ideas que han impulsado la socialdemocracia. Y eso exigirá paciencia y visión de futuro. Eva Illouz es socióloga y ensayista francoisraelí. Su último libro publicado en España es Modernidad explosiva (Katz).

















DEL ARCHIVO DEL BLOG. UN CIERTO CANSANCIO. PUBLICADO EL 20/10/2008

 







Los amables lectores de este blog tienen que haber percibido un cierto cansancio, agotamiento de ideas, reiteración de temas, repeticiones involuntarias... De treinta y una entradas en mayo he pasado a sólo cinco en este mes... Es cierto, estoy bastante cansado... Son veintiseis meses seguidos rellenando líneas en el procesador de textos, apostillando con mejor o peor arte y fortuna comentarios y visiones del mundo y de su acontecer desde la atalaya de esta pequeña islita en medio del Atlántico, a tres grados del Trópico de Cáncer....

Pero de vez en cuando se produce una convergencia de noticias y sucesos que me animan a ponerme ante la pantalla de mi portátil dejando de lado ese cierto cansancio del que hablaba al comienzo. Vamos con ellas.

Hoy publica en El País el escritor y diplomático José María Ridao un brillante artículo, "El silencio de Azaña", glosando las emotivas palabras que el presidente de la República española, Manuel Azaña, pronunciara en Barcelona en plena guerra civil pidiendo a los españoles "paz, piedad, perdón". Pero no pudo ser: fue su último mensaje a un pueblo en plena vorágine fratricida. Y se pregunta Ridao, con cierta angustia, que fue lo que el presidente de la República quiso decir a los españoles con su invocación, y si la invocación al "perdón" no pretendía hacer justicia a las víctimas inocentes de los desmanes de los tribunales populares republicanos. Ahora que unos hablan de "revancha" y otros de "procesos inquisitoriales" a cuenta de la Memoria Histórica, pienso que conviene mirar lo que está ocurriendo como simple afán de hacer justicia y no venganza. Y el emotivo artículo de Ridao creo que pone perspectiva y mesura en su tratamiento.

Unos días antes el filósofo y profesor de la Universidad de Zaragoza, Daniel Innerarity, trataba también en El País, con el título de "El retorno de la incertidumbre", y desde un punto de vista más filosófico que político o económico, la crisis financiera internacional que nos asola. Dice Innerarity que mientras estuvo vigente el modelo de la certeza, el mundo estaba configurado por decisiones soberanas que se adoptaban sobre la base de un saber asegurado. Que ahora nos toca acostumbrarnos a la inestabilidad y la incertidumbre, tanto en lo que hace referencia a las predicciones de los economistas, el comportamiento del mercado o el ejercicio de los liderazgos políticos. Nuestro principal desafío, dice, es la gobernanza del riesgo, que no es la renuncia a regularlo ni la ilusión de que pudiéramos eliminarlo completamente, y se pregunta si los gobiernos del mundo podrán decidir bajo condiciones de incertidumbre, incertidumbre que ha venido para quedarse y para convertirse en regla y no excepción... ¿Sabrán hacerlo? Esperemos que sí.

Sobre la curia episcopal española también habría que hablar largo y tendido. Desde luego, la palabra perdón no la pronuncian con excesiva frecuencia. Más bien todo lo contrario: se pasan el día largando andanadas y condenando al fuego eterno a quienes no comulgan con sus doctrinas. Afortunadamente, ese fuego ya no quema, pero no deja de ser molesta tanta desfachatez. No es extraño que de vez en cuando salga alguien con autoridad moral suficiente que les responde con claridad y pone las cosas en su sitio. Es el caso del editor romano y profesor de filosofía Paolo Flores D'Arcais, que en un artículo titulado "A Su Eminencia el cardenal Rouco Varela", el pasado día 18 le rebatía a monseñor Rouco en El País unas declaraciones suyas ante el Sínodo de los Obispos reunido en Roma, en las que ha vuelto a acusar al laicismo de querer hacer realidad la dictadura del relativismo ético, a cuenta de propuestas como la regulación de la eutanasia. Lo irónico de todo este asunto, dice Flores D'Arcais, es que se hable de un Dios que es amor para obligar a los condenados a muerte por una enfermedad terminal a sufrir horas, días, semanas e incluso meses una tortura a la que su libertad desearía poner fin. Es un amor verdaderamente extraño éste que se atribuye a Dios, concluye en su artículo, si no fuera porque, al atribuir a Dios una crueldad semejante, demuestran ser los herederos -claramente no arrepentidos-, no de Francisco de Asís, sino del inquisidor Torquemada. ¿Pedirá alguna vez la Iglesia paz, piedad y perdón, como Manuel Azaña, por los sufrimientos que ha infligido a tantos inocentes durante dos mil años de existencia? Tengo mis dudas... Sean felices a pesar de todo. Tamaragua... HArendt














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ORTÓNIMOS, DE FERNANDO PESSOA

 









ORTÓNIMOS




Cae amplio el frío, y duermo en la tardanza

de adormecer –.

Soy, mas ni hogar, consuelo o esperanza

quiero tener.


Un amplio llanto mi ser todo inunda

la imaginación.

Vaga nostalgia, anónima, profunda,

náusea de la indecisión.


Frío del duro invierno, que no inspira

cariño o amor.

Dentro, en mis huesos, tu temblor delira.

¡Basta ya!, sea el que sea yo.




FERNANDO PESSOA (1888-1935)

poeta portugués

























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 11 DE OCTUBRE DE 2025

 


























viernes, 10 de octubre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 10 DE OCTUBRE DE 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 10 de octubre de 2025. Creerse en posesión de la verdad y considerar que el otro es un enemigo hace inviable el respeto a las diferencias; los insultos sólo hacen verdadero daño cuando el enemigo tiene razón, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el poeta Luis García Montero. En la segunda, un archivo del blog de octubre de 2016, HArendt comentaba que el título de esta entrada de hoy constituía un deseo subliminal de que el señor Trump, al que detesta cordialmente, se siguiera enredando en sus propias contradicciones y se pegara una buena hostia en las elecciones del mes próximo; por desgracia, no ocurrió así. El poema del día, en la tercera, se titula La eternidad ansiada, es del poeta español Carlos Marzal, y comienza con estos versos: De que el mundo no basta/y de que no es bastante una vida cualquiera/nos da perfecta cuenta/la manera en que algunos observan el futuro. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












DE LOS SECTARISMOS

 







Creerse en posesión de la verdad y considerar que el otro es un enemigo hace inviable el respeto a las diferencias; los insultos sólo hacen verdadero daño cuando el enemigo tiene razón, escribe en El País [Los sectarismo, 06/10/2025] el poeta Luis García Montero. Vamos a pensarlo, comienza diciendo Montero. Como las ambiciones económicas cultivan el descrédito de la política para tener las manos libres en sus negocios, conviene que la conciencia política reflexione sobre las dinámicas que procuran infectar su prestigio. Una muy peligrosa es el sectarismo. Resulta peligroso en la teoría y muy dañino en la práctica, hasta el punto de convertirse en un arma de degeneración individual. Creerse en posesión de la verdad y considerar que el otro es un enemigo hace inviable el respeto a las diferencias que caracteriza las relaciones sociales. Más que convivir, se trata de habitar el infierno con el insulto en la boca.

Pero no es este el único sectarismo. A la hora de actuar en política, resulta muy peligroso convertir el compañerismo en complicidad. Cuando uno de los nuestros comete un error o actúa como un sinvergüenza, podemos denunciar sus actuaciones o podemos cerrar los ojos, negar los hechos, caer en el espectáculo del y tú más, generando un ruido que sólo sirve para camuflar las culpas. Mala cosa.

Peor es cosa todavía peor dejar de defender las propias ideas si se considera prioritario atacar al otro, aunque eso signifique traicionar nuestro pensamiento. La política crispada sirve para que el machista critique actitudes ofensivas contra las mujeres, el pacifista pida abrir fuego en aguas internacionales o los patriotas intenten hacer daño a los intereses de su patria. Se valora un presupuesto y, más que sobre los intereses de la nación, se discute sobre lo que le conviene a un Gobierno, a un partido o a una secta. Hay izquierdistas más interesados en llamar la atención que en defender la justicia social y jueces que trabajan para saltarse las leyes a la torera. Convendría repartir un manual poético para aprender a mirarse en el espejo. Los insultos sólo hacen daño cuando el enemigo tiene razón.












DEL ARCHIVO DEL BLOG. TRUMP EN LA RED. PUBLICADO EL 13/10/2016

 






El título de esta entrada de hoy no constituye una metáfora, ni una alegoría, ni un deseo subliminal por parte del autor del blog de que el señor Trump, al que detesta cordialmente, se siga enredado en sus propias contradicciones y se pegue una buena hostia en las elecciones del mes próximo, aunque todo hay que decirlo, confío para que ello ocurra tanto o más en el enrevesado sistema electoral estadounidense como en el innato sentido de la libertad de sus conciudadanos.

¿Debemos descuartizar a Trump?, se pregunta el profesor de la Universidad de Oxford Timothy Garton Ash en El País. Para Trump, el engaño es una segunda piel”, señala al comienzo de su artículo. Es lo que me decía -señala- el otro día en Chicago, Nathan, propietario de una pequeña empresa. Yo no habría podido decirlo mejor. Según un análisis reciente, Donald Trump dice una mentira o algo que no es cierto aproximadamente cada cinco minutos. Los medios de comunicación estadounidenses mantienen un gran debate a propósito de cómo informar sobre este demagogo narcisista, fanfarrón, mentiroso, ignorante y peligroso. Pero los medios son parte del problema.

Todos parecen estar de acuerdo, sigue diciendo, en que los presentadores de televisión deben pedirle cuentas cada vez que mete la pata, como hizo Leslie Holt en el primer debate, y no mantener un falso equilibrio entre dos candidatos de calidad y seriedad muy diferentes, lo que la analista Brooke Gladstone llama el prejuicio de la equidad. “Ah, sí, profesor Smith, gracias por defender que la Tierra es redonda, y ahora voy a dar el mismo tiempo y respeto a Mr. Jones, que asegura que la Tierra es plana”. Un ejemplo reciente del prejuicio de la equidad es la cobertura que hizo la tímida e intimidada BBC de la campaña del Brexit.

Es interesante que incluso The New York Times, añade, haya abandonado su habitual imparcialidad y discreción. No sólo porque casi cada día publica dos o tres artículos que atacan a Trump, sino porque sus informaciones, además de incluir excelentes reportajes de investigación sobre Trump como hombre de negocios, farsante y racista, deslizan expresiones, adjetivos y adverbios peyorativos que la vieja dama de gris, antiguamente, no habría aprobado.

Entiendo a la perfección por qué el Times ha dejado su práctica habitual, comenta el profesor Garton. Como decía en un editorial, Trump es “el peor candidato propuesto por un gran partido en la historia moderna de Estados Unidos”. Es un peligro para la paz civil y el prestigio de su país en el mundo. Un amigo italiano lo compara con la reacción de La Repubblica ante el ascenso de Silvio Berlusconi.

Por desgracia, añade, la decisión de tomar partido puede reforzar una tendencia estructural que está corroyendo la democracia norteamericana. Estados Unidos ha defendido siempre la libertad de expresión y la prensa libre con el argumento —mencionado expresamente en la Primera Enmienda de la Constitución— de que es necesaria para el autogobierno democrático. Los ciudadanos, como hacían los antiguos atenienses cuando se reunían a los pies de la Acrópolis, deben poder oír todos los argumentos y pruebas para tomar una decisión informada y, por tanto, poder decir legítimamente que se autogobiernan.

Sin embargo, nos dice, el primer debate televisado entre los dos candidatos no fue más que un breve instante de experiencia común en la plaza pública. El resto del tiempo, los votantes están en su cámara de eco, oyendo opiniones que consolidan las suyas. Este efecto de cámara de eco se vio primero en Internet, con la burbuja informativa y el filtro burbuja, pero se ha convertido en un elemento fundamental de todo el panorama mediático, no solo en la Red y no solo en Estados Unidos. Existe una profusión descontrolada de fuentes de noticias y opiniones, con la correspondiente fragmentación. Los votantes de Trump se alimentan de Fox News, los programas de radio de derechas, sitios de Internet como Breitbart (cuyo jefe supremo es asesor de Trump); los votantes de Clinton, de MSNBC, NPR, PBS, sitios de Internet como Slate o el HuffPost, gente de su misma opinión en las redes sociales... y ahora el periódico anti-Trump, The New York Times.

Como Internet ha destruido, señala más adelante, el modelo de negocio tradicional de la prensa y, al mismo tiempo, permite una enorme abundancia de fuentes, todos compiten ferozmente por quedarse con las visitas y los clics en este terreno abarrotado día y noche: como si fuera el parqué de una Bolsa o la calle de un mercado en India. Hay que gritar. Cuanta más sangre y más rugidos, mejor. A las informaciones y los análisis matizados, equilibrados y basados en pruebas les cuesta hacerse oír. Las posibilidades tecnológicas, los imperativos comerciales y los cambios culturales se unen para convertir la democracia deliberativa en infotainment, en espectáculo.

La realidad televisiva vence a la auténtica, sigue diciendo. Trump, hombre de negocios y antigua estrella de un reality show, es al tiempo creador y producto de este nuevo mundo. En esta realidad alternativa, los hechos, las pruebas y las opiniones de expertos dejan paso a los mitos, las exageraciones, las mentiras y las simplificaciones (el “hagamos que América vuelva a ser grande” de Trump, el “recuperemos el control” del Brexit). Los historiadores de la propaganda saben que las mentiras se imponen por mera repetición, a base de atontar la mente hasta expulsar la verdad. Las cámaras de eco constantes de los medios sectarios y las redes sociales que refuerzan los prejuicios causan un efecto similar.

Una vez tuve la divertida experiencia de tener que defender un libro mío, Los hechos son subversivos, nos dice, en el programa satírico Colbert Report. “¡Qué dice —exclamó Stephen Colbert—, yo no quiero que los hechos me subviertan y me hagan sentirme incómodo, quiero cosas que me hagan sentirme bien!”. Colbert fue quien inventó el término truthiness para indicar esa cómoda verdad alternativa, la que nos gustaría que fuera. Pues bien, la realidad ha superado a su humor satírico. Trump es el maestro de la verdad alternativa. Aunque ya ha dejado de hablar de la partida de nacimiento de Obama, uno de sus comentarios después de que Obama la hiciera pública es un buen ejemplo: “Mucha gente tiene la sensación de que no era un certificado propiamente dicho”. Y yo tengo la sensación de que la Tierra es plana.

En el primer debate, añade poco después, Clinton soltó una frase muy ensayada: “Donald, sé que vives en tu propia realidad”. Y él replicó con otra frase menos practicada, más graciosa y muy reveladora: “Creo que el mejor miembro de su campaña son los grandes medios de comunicación”. Unas palabras propias de la retórica populista en todo el mundo, desde Estados Unidos a Francia y desde Polonia a India, con las que señala que sus partidarios son un grupo asediado por las poderosas élites liberales y que son la única “gente real” (una expresión que utiliza mucho Nigel Farage).

La distorsión, concluye diciendo, está más agudizada en la derecha populista, pero la polarización tendenciosa, los gritos simplistas y las cámaras de eco son un problema en todas partes. Estados Unidos tiene medios de comunicación libres, variados y sin censura, pero que cada vez tienen menos sitio en la plaza pública común. Existe allí un noble lema que nos invita a creer en el “mercado de las ideas”. Lo que estamos presenciando en estas elecciones es el fracaso del mercado de las ideas.

Ariel Dorfman, famoso escritor chileno que reside en Estados Unidos, relataba hace unos días también en El País una anécdota que le ocurrió hace unos años a su madre con las autoridades de inmigración en una de sus visitas a los Estados Unidos que, nos cuenta, podría repetirse -hasta convertirse en una pesadilla- con infinidad de visitantes no estadounidenses, si Trump lograra la victoria en las presidenciales de noviembre. Se titula Mi madre y las cerradas fronteras de Trump, y está escrito con la suficiente ironía como para no resultar ofensivo. 

Donald Trump, nos dice Dorfman, reaccionando antes los recientas ataques de terror, ha llamado al gobierno y la policía a que luchen – al mejor estilo Macartista- contra “el cáncer interno.” Y enseguida exclamó: “Me es incomprensible cómo pudieron haber ingresado a este país.” Evidentemente piensa que éstos y miles de otros criminales parecidos no fueron sometidos al escrutinio drástico (extreme vetting) que propuso como indispensable para bloquear en la frontera estadounidense a terroristas islámicos o propugnadores de la ley de la Sharia. Es dudoso que tales intentos de impedir el acceso de semejantes visitantes a suelo norteamericano tengan éxito alguno.

Hace mucho tiempo atrás, nos cuenta, mi madre, Fanny Zelicovich de Dorfman, que falleció hace mas de veinte aňos, tuvo que enfrentarse a un sistema de interrogación similar al que el candidato republicano patrocina. Su experiencia podría ayudarnos a esclarecer los inconvenientes y trampas que tales exámenes conllevan. Aunque Fanny solía contar de una manera graciosa su detención por oficiales de migración norteamericana, no hubo, desde luego, mucho de qué solazarse cuando ocurrió aquel episodio.

Mi hermana y yo nos enteramos de la desventura de nuestra madre el último día de estadía en un campamento de verano en Massachusetts (fue a fines de julio o tal vez de agosto de 1953), cuando no aparecieron nuestros padres para rescatarnos. Mi papá les había pedido a unos amigos de Boston que se encargaran de nosotros mientras él intentaba extraer a mamá del berenjenal en que se había metido.

El problema se produjo porque mi madre, habiendo acompañado a su marido en un viaje a Europa, decidió no volar con él de vuelta a Estados Unidos, sino hacer la travesía en un lento transatlántico para llegar a Nueva York donde, gracias a que mi padre argentino era un alto oficial de las Naciones Unidas, residíamos hacía nueve aňos, con visa diplomática. Lo que significó que mi madre estaba sola cuando tuvo su encontronazo con los agentes de migración.

Empezaron, dice, por dirigirle una serie de preguntas habituales: su nombre (¿Usa usted ahora o ha usado antes algún apellido diferente del actual?), su dirección, su estatus de residente y, entonces, envalentonados quizás por La Ley McCarran que había sido promulgada el aňo anterior pese al veto del Presidente Truman, decidieron sondear otros aspectos de su identidad.

Are you now or have you ever been a member of the Communist Party? (¿Es usted ahora o ha sido alguna vez miembro del Partido Comunista?). Fue fácil para mamá responder. Rara vez osaba estar en desacuerdo con mi papá sobre lo que fuere, pero respecto al comunismo había disentido de sus fervientes simpatías bolcheviques, aunque siempre lo manifestaba en forma dulce, y con humor. A la hora de la cena anunciaba, con un destello travieso en los ojos, que había fundado una organización, el PCLRCLV (el Partido Comunista Levemente Reformado para Conservar La Vida), del cual ella era presidente, secretaria, tesorera y único adherente. De manera que pudo responder, con toda veracidad, que no, no era ni ahora ni nunca había sido miembro del grupo totalitario que los funcionarios de migración querían extirpar de América.

-¿Aboga por derrocar al gobierno de los Estados Unidos mediante el uso de la fuerza o la subversión?, le preguntaron. 

La pregunta era ridícula, nos dice, pero mi madre prefirió morderse la lengua. No le dijo que amaba muchas cosas del país (adoraba a Roosevelt), hasta el punto de que había contemplado hacerse ciudadana, pero la caza de brujas contra los Rojos, las investigaciones del Congreso en torno a actividades tildadas de antiamericanas, la cruzada de Joseph McCarthy en pos de la pureza ideológica, y la persecución de su propio marido e incontables amigos, le había tornado desagradable e irreconocible esta América de Lincoln. En efecto, ya estábamos planeando mudarnos a Chile. ¿Qué se ganaba con discutir tales asuntos con gente como aquella?

-No – dijo. -Claro que no.

Y finalmente la interpelaron con algo de veras sorpresivo:

-¿Tiene usted la intención de asesinar al Presidente de los Estados Unidos?

Mi madre no se pudo contener. Se río de una pregunta tan absurda, su única intención era bajarse del barco y reunirse con su esposo para que partieran al Norte a buscar a sus dos hijos. Pensó que una broma podría alivianar el proceso.

-Si yo fuera a asesinar al Presidente, ¿usted cree que se los diría?

Confiada de que su encanto pródigo le permitiría sortear siempre cualquier contrariedad, prosigue Dorfman su relato, se asombró de que inmediatamente le bloquearan el ingreso a los Estados Unidos y la mandaran a Ellis Island para que se investigaran a fondo sus actividades díscolas y posiblemente letales. A sus protestas de que se trataba tan solo de un chiste se le replicó: "Estas cosas no son como para reírse, señora Dorfman".

Las leyendas de la familia, sigue diciendo, y la inclinación narrativa irreprimible de mi mamá para exagerar en forma épica toda aventura sostienen que ella estuvo detenida durante tres días en esa isla frente a Manhattan donde durante décadas millones de inmigrantes habían sido depurados y registrados antes de entrar los Estados Unidos, pero pienso que su odisea probablemente no duró más que una larga noche. Lo que sí es cierto es que el entonces Secretario General de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, tuvo que intervenir personalmente para convencer a los comisarios que la dicha Fanny Zelicovich de Dorfman no constituía amenaza alguna para la seguridad o el bienestar de la nación ni tampoco atentaría contra la salud o la vida de su Presidente.

Sesenta y tres aňos más tarde, concluye Dorfman su artículo, en medio de una era dominada por el miedo a lo foráneo y diferente – musulmanes en vez de Rojos como el enemigo, la ley Sharia en vez del marxismo doctrinario como filtro y enfoque -, el encuentro de mi madre con aquellos inquisidores y sus pesquisas, ofrece evidencia anecdótica de cómo el tipo de escrutinio drástico propuesto por Donald Trump, además de violar la constitución norteamericana, terminaría por apresar en la frontera a gente inocente como Fanny Zelicovich mientras criminales experimentados pasarían la prueba sin mayores dificultades. Aquellos que están verdaderamente decididos a causar devastación ocultarán sin duda sus propósitos (¿o no han recibido acaso un entrenamiento intensivo?), y aquellos que son tan ingenuos como para llevar a cabo una broma acerca de la paranoia vigente serán entregados a las manos ineficientes de la Homeland Security. Y eso, en efecto, es demasiado serio como para reírse.























DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, LA ETERNIDAD ANSIADA, DE CARLOS MARZAL

 








LA ETERNIDAD ANSIADA




De que el mundo no basta

y de que no es bastante una vida cualquiera

nos da perfecta cuenta

la manera en que algunos observan el futuro.


Se propagan (dicen que se propagan)

en hijos, en palabras, y que su descendencia

y sus escritos

les conceden la eternidad ansiada.

Por obra de sus frutos,

resucita el que fueron

y regresa a la vida en la vida de otros.


Esa ingenua ilusión —albergar la esperanza

de que se cobra vida mediante la memoria—

nos da perfecta cuenta

de lo frágil y de lo lamentable

que es la ciudadanía.


La eternidad, si fuera,

si en verdad contuviese una brizna de vida,

y no sólo la prueba de nuestra insuficiencia,

no sería jamás vida que otros viviesen

en lugar de nosotros.

La eternidad, si fuera,

sería vida eterna, es decir, que esta vida

se prolongara ahora eternamente,

llegar a serlo todo

en todos los instantes, bajo todos los precios,

a sangre y fuego siempre, bajo cualquier

desánimo y bajo cualquier tedio.


Lo demás, mientras tanto,

es un enorme equívoco

que propician las lenguas naturales

y la falta de orgullo de los hombres.




CARLOS MARZAL (1961)

poeta español