sábado, 29 de abril de 2023

Del miedo a la inteligencia artificial

 







Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del filósofo Daniel Innerarity, va del miedo a la inteligencia artificial. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com









Una moratoria artificial
DANIEL INNERARITY
24 ABR 2023 - El País
harendt.blogspot.com

Desde los años 70 se han producido recurrentes oleadas de grandes expectativas y temores apocalípticos ante la evolución de la inteligencia artificial, pero este año va camino de convertirse en el más histérico. Al estupor, entusiasmo o pánico provocados por el ChatGPT y sus fabulosas prestaciones, ha seguido una carta abierta en la que científicos y empresarios piden una moratoria digital. Contemplando esta agitación me venía a la cabeza aquella Red Flag Act proclamada en Inglaterra en 1865 con el fin de evitar accidentes ante el aumento de los coches, a los que imponía una velocidad máxima de cuatro kilómetros por hora en el campo y seis en pueblos y ciudades. Además, cada uno de ellos debía estar precedido por una persona a pie con una bandera roja para advertir a la población. Hicieron falta unos cuantos años para que fuéramos conscientes de que el control humano de los vehículos no dependía de limitar la velocidad a los parámetros del caminar.
Es evidente que cuanto más sofisticada es una tecnología, mayores son sus prestaciones, pero también sus riesgos. Los seres humanos exploramos ese territorio en parte desconocido mediante la reflexión, que es una forma de pausar los procesos y adelantarse a los posibles problemas antes de que se produzcan. En el contexto de los actuales progresos de la inteligencia artificial se están haciendo presentes ciertos peligros como la discriminación, la pérdida de control, la precariedad laboral o la desinformación, todos ellos de tal envergadura que parecen hacer aconsejable frenar el desarrollo tecnológico todo lo que se pueda con el fin de disponer de un enfoque regulador, ponernos de acuerdo sobre los criterios éticos y políticos, establecer autoridades de supervisión y certificación. Los autores de la carta abierta exigen para ello una moratoria de seis meses.
El problema fundamental de una moratoria es que, pretendiendo evitar ciertos riesgos de la inteligencia artificial, acentúe otros. ¿Estamos tan seguros de que no mejorar los modelos de procesamiento durante un tiempo es menos arriesgado que seguir mejorándolos? Es cierto que los actuales sistemas plantean muchos riesgos, pero también es peligroso retrasar la aparición de sistemas más inteligentes, como pide la moratoria. Uno de esos posibles efectos indeseados sería la pérdida de transparencia. Si se decidiera tal moratoria, nadie podría asegurar que el trabajo de formación de tales modelos no continuara de forma encubierta. Esto supondría el peligro de que su desarrollo, que anteriormente había sido en gran medida abierto y transparente, se volviera más inaccesible y opaco.
Por otro lado, algo tan estricto como detener sectores tecnológicos dinámicos y competitivos plantea muchas dudas en cuanto a su viabilidad, tanto en lo referido a los Estados como en el sector privado. En la actual configuración geoestratégica del mundo, tan fragmentada, y donde la carrera tecnológica se ha convertido en uno de los principales escenarios de competencia, es inimaginable una regulación vinculante y de obligado cumplimiento. Tampoco hay ningún motivo para que las empresas dominantes asuman voluntariamente un freno que pudiera poner en peligro su posición. Revela mucha ingenuidad creer que todos los programadores van a cerrar sus computadoras y que los políticos del mundo entero se sentarán durante seis meses con el objetivo de aprobar normas vinculantes para todos.
Hay a mi juicio una falta de comprensión acerca de la naturaleza de la tecnología, de su articulación con los humanos y, concretamente, de las potencialidades de la inteligencia artificial en relación con la inteligencia humana, menos amenazada esta de lo que suponen quienes temen al supremacismo digital. Por supuesto que nos encontramos con un desfase cada vez más inquietante entre la rapidez de la tecnología y la lentitud de su regulación. Los debates políticos o la legislación son sobre todo reactivos. Una moratoria tendría la ventaja de que el marco regulatorio podría adoptarse de forma proactiva antes de que la investigación siga avanzando. Pero las cosas no funcionan así, menos aún con este tipo de tecnologías tan sofisticadas. La petición de moratoria describe un mundo ficticio porque, por un lado, considera posible la victoria de la inteligencia artificial sobre la humana, y por otro sugiere que la inteligencia artificial solo necesitaría algunas actualizaciones técnicas durante seis meses de congelación de su desarrollo. ¿En qué quedamos? ¿Cómo es que la amenaza sea tan grave y que, al mismo tiempo, basten seis meses de moratoria para neutralizarla?
Si pasamos de la política ficción a la política real nos encontramos un escenario bien distinto. La Unión Europea es el ámbito político en el que todo esto se está regulando con mayor eficacia y rapidez. Pues bien, la propuesta Artificial Intelligence Act de la Comisión Europea lleva casi dos años sobre la mesa y desde entonces se discuten los detalles. Aunque la ley pudiera aprobarse este año, probablemente pasarán otros dos antes de que se aplique en los Estados de la UE. Más que una prueba de irresponsabilidad o lentitud injustificada, es una confirmación de la complejidad del asunto, de que no es posible acelerar los procesos de regulación y detener el desarrollo tecnológico, cuando hay que poner de acuerdo a muchos actores, incluidos los propios sectores tecnológicos que se pretende regular.
ChatGPT ha sorprendido a todo el mundo, generando fascinación y pánico a partes iguales, al comprobar hasta qué punto una tecnología podía simular capacidades humanas. Más allá de esta primera impresión, es fácil entender que se trata de algo menos extraordinario de lo que parece, pues en la historia la mayor parte de las técnicas fueron desarrolladas para mejorar, complementar e incluso sustituir a ciertas actividades humanas. No constituye ninguna ruptura civilizatoria inventar tecnologías que hagan ciertas cosas mejor que nosotros, del mismo modo que tampoco la derrota de los humanos en el ajedrez o el go supusieron ninguna catástrofe. Es importante recordar que, históricamente, las nuevas tecnologías siempre han provocado fases de incertidumbre social, pero son sólo pasajeras.
La carta es un ejercicio de alarmismo sobre los riesgos hipotéticos de una inteligencia sustitutoria de la humana. Sugiere capacidades completamente exageradas de los sistemas y los presenta como herramientas más poderosas de lo que realmente son. De este modo, contribuye a distraer la atención de los problemas realmente existentes, sobre los que tenemos que reflexionar ahora y no en un hipotético futuro.
La principal aportación de pedir una moratoria es concienciar a segmentos más amplios de la población de que, en efecto, hay cuestiones relevantes en juego. Lo más valioso de esta petición de moratoria es su mensaje performativo, a saber, llamar la atención sobre la importancia de lo que tienen entre manos la ciencia, la tecnología, la economía, la política, las instituciones educativas y el público en general, y la petición de que se forjen las alianzas necesarias.
El problema no es que la inteligencia artificial sea ahora o en el futuro demasiado inteligente, sino que lo será demasiado poco mientras no hayamos resuelto su integración equilibrada y justa en el mundo humano y en el entorno natural. Y eso no se conseguirá parando nada, sino con más reflexión, investigación, inteligencia colectiva, debate democrático, supervisión ética y regulación.























[ARCHIVO DEL BLOG] Tres preguntas sobre el Guernica de Picasso. [Publicada el 22/06/2017]









El Parlamento vasco ha pedido con los votos favorables de PNV y EH Bildu que el Guernica de Picasso sea trasladado a la localidad vizcaína de Gernika, y que si la obra no se puede traer definitivamente, se pueda exponer temporalmente en uno de los museos de Bilbao, contaba El Diario Vasco en su edición del 27 de abril pasado.
Justo un día antes, se cumplieron ochenta años del bombardeo aéreo de la villa foral de Guernica por aviones de la Legión Cóndor nazi y de la Aviazione Legionaria fascista. Para celebrar la efeméride, los sectores radicales del nacionalismo vasco han vuelto a exigir que el famoso cuadro se traslade a la ciudad que lleva su nombre, mientras que los más moderados ofrecen el Museo de Bellas Artes de Bilbao como sede, parece que temporal, del lienzo. Por el momento se desconoce la respuesta del Gobierno de la nación, aun cuando lo más probable es que se limite a aducir razones técnicas para denegar el traslado del Guernica.
Todo lo anterior lo comentaba en el número del pasado mes de mayo de Revista de Libros Raimundo Ortega, economista titulado del Servicio de Estudios del Banco de España y exdirector general del Tesoro y Política Financiera. 
Vuelven así a plantearse, señala al comienzo de su artículo, tres cuestiones que tienen una respuesta clara desde hace mucho tiempo: primera, cómo se gestó el cuadro; segunda, quién es su propietario; y, tercera, dónde debe exhibirse según la voluntad de su autor. Sin embargo, la insistencia, una vez más, de diversos sectores de la opinión pública vasca aconseja recordar una serie de hechos que aclaren una polémica que hace tiempo debería haberse zanjado.
Picasso, que, como es sabido, residía por aquellos años en París, sigue diciendo, reaccionó vehementemente contra el golpe militar del 18 de julio de 1936, hasta tal punto que, agradecido, el Gobierno de la República, mediante un decreto publicado en la Gaceta de la República el 25 de septiembre de 1936, lo nombró director del Museo del Prado. No ha quedado testimonio alguno de si el pintor seguía detalladamente el desarrollo de las operaciones militares y de los ataques aéreos a algunas ciudades que, con Madrid a la cabeza, no se habían sumado al «Glorioso Alzamiento Nacional». Hubiera sido muy esclarecedor conocer sus reacciones a los frecuentes bombardeos sufridos por la Capital de la gloria o al ametrallamiento de los habitantes que, a principios de febrero de 1937, huían de la entrada de las fuerzas italianas en Málaga por la carretera de Motril; y ello tanto más cuanto que familiares del pintor vivían aún en su ciudad natal. Parece que Picasso tuvo noticias directas de este último episodio transmitidas por Arthur Koestler, quien, como corresponsal de News Chronicle, estuvo encerrado en la cárcel de la ciudad por espionaje, siendo las noticias proporcionadas por André Malraux otra posible fuente de información de la tragedia malagueña.
Todo ello se reduce a conjeturas más o menos fundadas, señala. El hecho es que, a principios de enero de 1937, Picasso comienza a grabar las dos planchas del aguafuerte titulado Sueño y mentira de Franco. Las últimas escenas de la segunda plancha −acabada a comienzos de junio− están relacionadas con bocetos destinados al Guernica. Es en esas semanas cuando el Gobierno de la República le pide un mural para el pabellón español en la Exposición Internacional de París. Picasso acepta, pero no parece encontrar la inspiración que desea plasmar en su lienzo. Sin duda, Sueño y mentira de Franco y la Minotauromaquia dan vueltas en su cabeza, aunque sólo días después de haber leído las crónicas publicadas el 29 de abril por los diarios Ce Soir y L’Humanité, el pintor comienza a dibujar los primeros bocetos −claramente influidos por las dos obras citadas− de lo que será el mural encargado por el Gobierno. A mediados de mayo, los bocetos se incorporan al lienzo, que se instalará finalmente en el pabellón a mediados de junio.
¿Por qué lo sucedido en Guernica impulsa a Picasso a pintar el cuadro quizá más conocido en la historia de la pintura del siglo XX?, se pregunta más adelante. Durante el inverno de 1936, Madrid había resistido los ataques de las tropas de Franco, al tiempo que los aliados italianos de éste eran derrotados en Guadalajara. El teatro bélico se desplazó entonces al norte de la Península, escenario primero de complicadas negociaciones, con el Vaticano de Pío XI y el cardenal Pacelli −futuro Pío XII− ejerciendo de intermediarios. El propósito era lograr la rendición del ejército vasco a cambio de la inmunidad de los dirigentes del PNV, que habían formalizado un estatuto de autonomía administrativa y fiscal con el Gobierno de la República que no deseaban perder. Cuando esas exigencias fueron rechazadas por Franco, este se fijó un objetivo claro: derrotar al ejército vasco y conquistar Bilbao, y para ello no iba a ahorrar medio alguno, incluyendo la guerra total y el terror mediante el ametrallamiento de la población civil, tal y como antes se había ensayado en Málaga.
El 31 de marzo y el 2 de abril de 1937, continúa diciendo, Durango es bombardeada por la aviación italiana, que busca destruir objetivos militares y nudos de comunicación y sembrar el terror entre la población civil, ametrallándola. Se ponía en práctica de esta forma la guerra total que la Legión Cóndor desencadenaría contra la vecina Guernica semanas después, exactamente el 26 de abril. Pero, así como el bombardeo de Durango tuvo escaso eco en la prensa extranjera, la destrucción aérea de Guernica alcanzó una enorme difusión debido a que, en aquellos días, estaban en Bilbao cuatro corresponsales extranjeros; el de The Times inglés y The New York Times estadounidense, el del Daily Express, también británico, el de Ce Soir y L’Humanité, y el de la Agencia Reuters, que inmediatamente se desplazaron a Guernica. Sus crónicas y fotografías despertaron una enorme indignación. Es seguro que Picasso las vio, como atestiguan unas declaraciones suyas, ya como director del Museo del Prado, recogidas por The New York Times. En ellas afirmaba que «los artistas que viven y trabajan con valores espirituales no pueden ni deben permanecer indiferentes ante un conflicto en el que se ven comprometidos los valores supremos de la humanidad y la civilización».
El bombardeo de Guernica movió a Picasso a pintar un alegato contra la barbarie y el terror engendrado por la guerra, fuese esta la que fuese, señala después. El crítico literario e historiador del arte inglés Herbert Read –que había combatido en la Primera Guerra Mundial− afirmó lo siguiente: «No sólo Guernica, sino España; no sólo España, sino Europa, están simbolizando esta alegoría. Es el calvario moderno, la agonía en ruinas −castigadas por las bombas− de la ternura y la fragilidad humana». Otra crítica de arte, especializada en fotografía, la estadounidense Elizabeth McCausland, incidiría en ese enfoque dos años más tarde: «[Picasso] ha encontrado su alma no en el estudio […] sino en su unión con la gente de su país de origen, España. En el Guernica no actúa como un hijo de España sino también como un ciudadano democrático […]. Quiere lanzar un grito de horror y angustia contra la invasión y la destrucción de la España de sus amores».
Aceptada por Picasso la invitación del Gobierno de la República, sigue diciendo, para que pintara un mural para el pabellón español, el comisario español José Gaos efectúa un primer pago por su trabajo a comienzos de mayo de 1937, firmando el pintor el correspondiente recibo. Dicho pago −por cincuenta mil francos− quedó reflejado en un escrito al presidente del Consejo de Ministros, Juan Negrín, dándole cuentas de los gastos incurridos por el pabellón. Y añade Gaos: «La pintura mural hecha expresamente para nuestro pabellón debe ser adquirida por el Estado y, por lo tanto, a éste toca fijar en qué cantidad considera conveniente completar, como precio de esta adquisición, los 50.000 Frs. que se le han adelantado».
El 28 de mayo, añade Ortega, el comisario adjunto del pabellón, el escritor Max Aub, entregó a Picasso un cheque por valor de ciento cincuenta mil francos. El pintor le dio el correspondiente recibo. Al parecer, Picasso se resistió a aceptar tal cantidad, pues pensaba donar el cuadro a la República española. Según señala Aub al embajador español Luis Araquistáin, la adquisición del Guernica era la «fórmula más conveniente para reivindicar el derecho de propiedad del citado cuadro».
En enero de 1938, continúa diciendo, el Gobierno francés ordenó la demolición de los pabellones de la Exposición Internacional. El pabellón español fue desalojado, con un cierto desorden, bajo la dirección de sus dos arquitectos (Luis Lacasa y Josep Lluís Sert), y fue precisamente ese desorden lo que indujo a Picasso a recoger sus esculturas y el Guernica, que, al ser propiedad del Gobierno de la República, fue custodiado por su autor en calidad de depósito hasta la normalización de la situación en España. El 2 de enero de 1938, Arthur Emptage −secretario del Congreso de Artistas Estadounidenses− solicita al Gobierno español, a través del embajador español en Estados Unidos, Fernando de los Ríos, «el privilegio de exponer en Nueva York […] la pintura mural de Picasso Guernica y los estudios que lo acompañan». Finalmente, el permiso es concedido en febrero de ese mismo año por el Gobierno republicano previo dictamen de la Dirección General de Bellas Artes, y ratificado por el ministro de Instrucción Pública.
Como he indicado antes, comenta a continuación, Picasso recoge el Guernica al demolerse el pabellón español, y el cuadro es trasladado por su autor a la ciudad, donde lo almacena en concepto de depósito. La obra emprende pronto un periplo por diversas capitales escandinavas, y ya en octubre de 1938 recala en Londres, con motivo de la celebración de las sesiones del Comité de Ayuda a los Refugiados Españoles. El cuadro volverá a salir de París para embarcar en Le Havre a comienzos de mayo de 1939 con destino a Nueva York, primera de una larga gira por numerosas ciudades norteamericanas, reposando casi dos meses –de mediados de noviembre de 1939 a comienzos de enero de 1940− en la que después sería su sede durante muchos años, el Museo de Arte Moderno (MoMA) de esa ciudad, en concepto de depósito hasta que se dieran las condiciones para su vuelta definitiva a España.
Debido al inicio de la Segunda Guerra Mundial, añade más adelante, Picasso había decidido que el Guernica quedase en custodia del MoMA al menos hasta el final del conflicto. Años después, en 1958, se tomó el acuerdo de no mover el cuadro del museo. Pero retrocedamos casi un lustro, a principios de 1953, cuando algunas de las personalidades del Gobierno republicano comienzan a preocuparse por el destino del cuadro, sobre todo al comprobar con espanto que toda la documentación sobre el pago del lienzo a su autor había desaparecido en el caos que rodeó la huida de los restos de dicho Gobierno hacia La Junquera y la frontera francesa. Se conserva, no obstante, una carta de Luis Araquistáin a Picasso, fechada el 3 de abril, en la cual se destacaban tres puntos cruciales: primero, los pagos al artista por el cuadro, que pasaba a ser propiedad del Gobierno de la República; segundo, que el Guernica había sido conservado por Picasso en concepto de depósito; y, tercero, que en 1939 el artista malagueño había reiterado a Araquistáin que el Guernica formaría «parte del patrimonio artístico de España cuando en nuestro país se restableciera la República», continuando «bajo su custodia mientras viva Franco». En su carta, el antiguo embajador en París se preguntaba «¿qué habría que decidir si, al desaparecer el “Generalísimo”, o nosotros mismos, se instituyera un Estado constitucional de hecho y de derecho? ¿Es que necesariamente tendría que ser un régimen de signo institucional republicano? [...] Pero podría suceder que surgiera otra alternativa histórica, no la resucitada República de 1936, esto es, una monarquía constitucional y democrática». Y concluía imaginando que ese «futuro régimen político» confirmaría y ratificaría el nombramiento de director del Museo del Prado, en cuyo caso «no tendría usted más remedio, amigo Picasso, que ir a Madrid para tomar posesión de ese cargo, y poder así colgar personalmente el Guernica en la “Sala Picasso”».
Pasan los años, dice, y Picasso recuerda frecuentemente que Franco es once años más joven que él y decide dejar clara su voluntad de qué hacer con el Guernica cuando él fallezca, tanto más cuanto que sabe que en diciembre de 1967 Franco autorizó el inicio de gestiones, que se llevarán a cabo a lo largo de los dos años siguientes, para recuperar su obra. En efecto, el 14 de noviembre de 1970, el pintor comunica por escrito al MoMA la eliminación de la cláusula que condicionaba el regreso del lienzo a la restauración de la República en España, sustituyéndola por otras según la cual el cuadro podría volver a España «cuando en España se restablezcan las libertades públicas», añadiendo que «ustedes saben que ha sido deseo mío que esta obra y las piezas que la acompañan vuelvan al pueblo español». Y fija una condición: que se consulte a un jurista. La fórmula empleada por Picasso es la siguiente: «Antes de toda iniciativa el Museo deberá solicitar el consejo del Señor Roland Dumas […] y atenerse a su consejo», pues «se tratará para él, o para sus sucesores, de apreciar si se han restablecido las libertades públicas en España». Y concluye: «Desde el momento en que su museo reciba el informe favorable del Sr. Dumas, o de las personas que este último haya designado para sustituirlo, ustedes entregarán el cuadro y sus anexos en un plazo razonable, a lo sumo de seis meses después de la recepción del informe, al representante en Nueva York del Estado español». Y un año después, en una fecha tan simbólica como el 14 de abril, envía un breve escrito al Museo que reza lo siguiente: «Nuevamente confirmo que Guernica y los estudios que lo acompañan han sido confiados en depósito, desde 1939, al Museo de Arte Moderno de Nueva York y que están destinados al Gobierno de la República española».
En abril de 1973, señala, Pablo Picasso muere en Mougins (Francia) y se abre un largo período en el cual abundan las gestiones de todo tipo para lograr que su Guernica vuelva a España. Roland Dumas, prestigioso jurista que desempeñó la cartera de Asuntos Exteriores con François Mitterrand, indica claramente que es la viuda del pintor, Jacqueline, quien debe cumplir las últimas voluntades de su esposo. Y es Jacqueline Picasso quien, en abril de 1977, casi dos años después del fallecimiento de Franco, responde a las peticiones que las autoridades de Guernica le hacen llegar, a través de Roland Dumas, para que el cuadro vuelva a esa villa: «Amigos […] Quizás ustedes no saben que Pablo Picasso dejó un documento escrito con respecto al asunto del Guernica. El maestro quería que el cuadro y los bocetos hechos para esta pintura sean entregados al Prado de Madrid. No piensen de ninguna manera que ello puede disminuir el símbolo del dolor de su pueblo, así como el de todos los pueblos que han sufrido».
Siguen numerosas gestiones y pronunciamientos relativos al destino del cuadro, añade, tanto por parte de la viuda y los herederos del pintor como del albacea, Roland Dumas, del Senado español y estadounidense. En marzo de 1980, es de nuevo la viuda del pintor quien escribe una clarificadora carta, ahora al presidente del Gobierno español democráticamente elegido, Adolfo Suárez, respecto a la ciudad en la cual debería conservarse el cuadro de su marido. Su párrafo más sustancial −y casi el único de la carta− dice así: «Considero útil señalarle, como esposa del artista, que siempre le he oído expresar a este respecto el deseo de que el cuadro y los dibujos que lo acompañan, una vez devueltos a España, se queden en Madrid, en el conjunto del Museo del Prado, del cual había sido nombrado, en cierto momento, conservador, título que él apreciaba particularmente». Pero quedaba un último escollo que salvar, pues se barajó la idea −no tengo idea de quién partió− de que en su regreso a Madrid la obra hiciera escala en París para una breve exposición en la ciudad en que se pintó. Sin embargo, y a tal respecto, el director del departamento de Pintura y Escultura del MoMA, William Rubin, informó al embajador de España en Estados Unidos, en un escrito fechado el 19 de mayo, lo siguiente: «en las tres o cuatro ocasiones en que discutí este asunto con Picasso […] expresó el deseo de que la pintura y sus obras anexas fueran del Museo de Arte Moderno a la ciudad de Madrid, donde debería ser instalado bajo la tutela del Museo del Prado […]. Mis conversaciones con Picasso, sin embargo, fueron más allá, en tanto que Picasso estableció, al conocer la delicada situación del mural, que la obra no debería ser expuesta en ninguna parte en su camino hacia Madrid, ni tampoco podría ser prestada después de su instalación en el Prado». En febrero de 1981, Roland Dumas aprueba el traslado del Guernica a Madrid, adonde llega el 10 de septiembre a bordo de un avión de Iberia.
Estos son los hechos, concluye Ortega su artículo, que permiten responder a las tres preguntas claves en relación con el Guernica. Que cada uno lo haga según su honesto saber y entender.
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














viernes, 28 de abril de 2023

Del fracaso de las democracias

 







Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, de la escritora Rosa Montero, va del fracaso de las democracias. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.









Estamos fracasando
ROSA MONTERO
23 ABR 2023 - El País
harendt.blogspot.com

A mediados de abril, la India atravesó una frontera vertiginosa: alcanzó los 1.425.775.850 habitantes y superó a China como país más poblado de la Tierra. De hecho, cada día nacen más de 67.000 niños en ese territorio gigantesco. Son cifras que marean. En 1981 fui a Nueva Delhi a entrevistar a Indira Gandhi. La mítica primera ministra había tenido una vida intensa y épica; estuvo en prisión, atravesó por una infinidad de altibajos políticos y muchos la acusaban de corrupción y feroz autoritarismo. Me temo que estas críticas eran ciertas, al menos en parte, pero también me pareció una mujer inteligente y entregada a un ideal: la grandeza y modernización de su país. Claro que hay personas tan convencidas de su valor histórico que terminan confundiendo la grandeza de la sociedad con la suya propia. La encontré, eso sí, triste y cansada: pocos meses antes su hijo Sanjai, el preferido, responsable de las mayores tropelías que se cometieron durante el gobierno de su madre, había muerto en un accidente aéreo. Cuando la entrevisté, Gandhi tenía 63 años. Apenas tres años después sería asesinada a tiros por dos de sus guardaespaldas. Pertenecían a la minoría sikh y estaban vengando una masacre que Indira había ordenado contra los suyos (el ejército asaltó el templo Dorado sikh y mató entre 600 y 1.200 personas, dependiendo de las fuentes). Justo la noche antes de ser acribillada, la primera ministra dijo en un mitin público: “No me importa si mi vida va en servicio de la nación. Si muero hoy, cada gota de mi sangre vigorizará a la nación”. Ya digo que tenía algo mesiánico.
Parece claro, en cualquier caso, que sabía que la iban a asesinar. Que la muerte le llegara de manos de quienes debían defenderla añade tragedia y soledad al magnicidio. Cuando le pregunté sobre sus excesos de autoritarismo, Indira se había defendido diciendo que incluso las democracias más consolidadas necesitan cometer esos excesos en ocasiones y suspender las libertades para defender el sistema, como, por ejemplo, Gran Bretaña durante la Segunda Guerra Mundial. “¿Por qué no hay otro país en vías de desarrollo que sea una democracia, como el nuestro? ¿Se lo ha preguntado alguna vez?”, me espetó con fiero orgullo. Era una afirmación arriesgada, porque, según las clasificaciones del FMI y de la ONU, había países democráticos latinoamericanos que también podrían considerarse en vías de desarrollo, por ejemplo, pero creo que entendí a qué se refería y sus palabras me hicieron intuir la colosal dimensión de los problemas sociales, culturales y políticos que puede tener un país como la India. Entonces, ay, estaba un poco por debajo de los 700 millones de habitantes. Ahora ha duplicado con creces esa cifra. Sí, el reto es enorme. Y están fracasando. Es decir, estamos fracasando.
Hace dos semanas se publicó en EL PAÍS un texto extraordinario de la gran escritora Arundhati Roy, El desmantelamiento de la democracia india, en donde explica cómo el primer ministro indio, Narendra Modi, miembro del RSS, una organización ultraderechista y supremacista hindú fundada en 1925 a imagen de los paramilitares fascistas de Mussolini, está llevando a cabo una demolición de la democracia india, que, definida en la constitución como una “república secular socialista”, ahora se está reconvirtiendo en una teocracia hindú en la que se persigue brutalmente a los 170 millones de musulmanes que hay en el país. Claro que, por muchas barbaridades que haga Modi, Occidente lo apoyará para utilizarlo contra China. He aquí a dos gigantes que suman casi el 40% de la población mundial, con armas nucleares y con pocas ganas de aceptar las reglas del juego democrático. Por no hablar de Rusia. O, aún peor: por no hablar de Finlandia, un país mundialmente admirado por su desarrollo cívico y por el nivel de bienestar y equidad social, que acaba de encumbrar en las recientes elecciones al partido ultraderechista de Riikka Purra. El estremecedor análisis de Arundhati me recordó las palabras de Indira, que se enorgullecía de seguir la senda democrática aunque fuera por caminos retorcidos. ¿Por qué en el siglo XX la democracia era un sistema deseable para los pueblos y por qué en el siglo XXI parece carecer de legitimidad y de atractivo? ¿En qué nos estamos equivocando? ¿En apoyar a Modi haga lo que haga, por ejemplo?




























[ARCHIVO DEL BLOG] Otra visión (académica) del populismo. [Publicada el 13/06/2016]










Hace unas pocas semanas, para ser exactos el pasado 30 de abril, escribí de nuevo en el blog sobre el recurrente tema del "populismo". Recordaba allí la definición que el famoso Diccionario de Política (Siglo XXI, Madrid, 1994) dirigido por Norberto Bobbio dedicaba a la voz "Populismo":  nada menos que once páginas de apretado texto a dos columnas, que lo definía como aquella fórmula política por la cual el pueblo, considerado como conjunto social "homogéneo" y como depositario "exclusivo" de valores positivos "específicos" y "permanentes", es fuente principal de inspiración y objeto constante de referencias. Para el populismo, dice Bobbio, el pueblo es asumido como mito más allá de una definición terminológica, a nivel lírico y emotivo. El llamado a la fuerza regenerante del mito, y el mito del pueblo es el más fascinante y el más oscuro y al mismo tiempo el más funcional en la lucha por el poder político, concluye diciendo, está latente aun en la sociedad más "articulada" y "compleja", más allá del orden pluralista, listo para materializarse en los momentos de "crisis". Los entrecomillados son míos, no del ilustre profesor italiano, y antes de proseguir con la entrada de hoy me gustaría dejar meridianamente claro que no comparto los postulados políticos que definen al populismo, ni al de izquierdas ni al de derechas.
No es esa la opinión de Chantal Mouffe (1943), la politóloga belga profesora de Teoría Política en la Universidad de Westminster en Londres, que junto a su esposo Ernesto Laclau (1935-2014) inició la corriente filosófica llamada posmarxismo, en la que se repiensa la herencia marxista desde el punto de vista de las transformaciones sociales de las últimas décadas, período llamado por algunos teóricos modernidad tardía o posmodernidad. El pluralismo agonístico es revisado en gran parte de sus obras, en las que formula una defensa acérrima de la democracia como proyecto político frente a corrientes menos abiertas, como las que se derivaron de los llamados "socialismos reales", y la tesis marxista de la historia del hombre como historia del conflicto, un conflicto antagónico, dice, sin el que la sociedad no puede existir.
La profesora Mouffe escribía hace unos días en El País un artículo titulado El momento populista, en el que defiende esa opción política como una fuerza progresista que, lejos de ser una perversión de la democracia, constituye la fuerza política más adecuada para recuperarla y ampliarla [la democracia] en la Europa de hoy. No la comparto, pero eso no quiere decir que no me parezca interesante.
Hoy en Europa, dice, estamos viviendo un momento populista que significa un punto de inflexión para nuestras democracias cuyo futuro dependerá de la respuesta que se dé a ese reto. Para afrontar esa situación es necesario descartar la visión mediática simplista del populismo como pura demagogia y adoptar una perspectiva analítica. Propongo seguir, añade, a Ernesto Laclau, que define el populismo como una forma de construir lo político, consistente en establecer una frontera política que divide la sociedad en dos campos, apelando a la movilización de los de abajo frente a los de arriba. El populismo no es una ideología y no se le puede atribuir un contenido programático específico. Tampoco es un régimen político y es compatible con una variedad de formas estatales. Es una manera de hacer política que puede tomar formas variadas según las épocas y los lugares. Surge cuando se busca construir un nuevo sujeto de la acción colectiva —el pueblo— capaz de reconfigurar un orden social vivido como injusto.
Examinado desde esa óptica, sigue diciendo, el reciente auge en Europa de formas populistas de política aparece como la expresión de una crisis de la política liberal-democrática que se debe a la convergencia de varios fenómenos, que en los últimos años han afectado a las condiciones de ejercicio de la democracia. El primero es lo que he propuesto llamar postpolítica para referirme al desdibujamiento de la frontera política entre derecha e izquierda. Fue el resultado del consenso establecido entre los partidos de centroderecha y de centroizquierda sobre la idea de que no había alternativa a la globalización neoliberal. Bajo el imperativo de la modernización se aceptaron los diktats del capitalismo financiero globalizado y los límites que imponían a la intervención del Estado y a las políticas públicas. El papel de los Parlamentos y de las instituciones que permiten a los ciudadanos influir sobre las decisiones políticas fue drásticamente reducido. Así fue puesto en cuestión lo que representa el corazón mismo de la idea democrática: el poder del pueblo.
Hoy en día se sigue hablando de democracia, añade, pero solo para referirse a la existencia de elecciones y a la defensa de los derechos humanos. Esa evolución, lejos de ser un progreso hacia una sociedad más madura, como se dice a veces, socava las bases mismas de nuestro modelo occidental de democracia, habitualmente designado como republicano. Ese modelo fue el resultado de la articulación entre dos tradiciones: la liberal del Estado de derecho, de la separación de poderes y de la afirmación de la libertad individual, y la tradición democrática de la igualdad y de la soberanía popular. Estas dos lógicas políticas son en última instancia irreconciliables, ya que siempre existirá una tensión entre los principios de libertad y de igualdad. Pero esa tensión es constitutiva de nuestro modelo republicano porque garantiza el pluralismo. A lo largo de la historia europea ha sido negociada a través de una lucha agonista entre la derecha, que privilegia la libertad, y la izquierda, que pone el énfasis en la igualdad.
Al volverse borrosa la frontera izquierda/derecha por la reducción de la democracia a su dimensión liberal, sigue diciendo, desapareció el espacio donde podía tener lugar esa confrontación agonista entre adversarios. Y la aspiración democrática ya no encuentra canales de expresión en el marco de la política tradicional. El demos, el pueblo soberano, ha sido declarado una categoría zombi y ahora vivimos en sociedades postdemocráticas.
Esos cambios a nivel político, continúa la profesora Mouffe, se inscriben en el marco de una nueva formación hegemónica neoliberal, caracterizada por una forma de regulación del capitalismo en la cual el capital financiero ocupa un lugar central. Hemos asistido a un aumento exponencial de las desigualdades que ya no solamente afecta a las clases populares, sino también a buena parte de las clases medias, que han entrado en un proceso de pauperización y precarización. Se puede hablar de un verdadero fenómeno de oligarquización de nuestras sociedades.
En ese contexto de crisis social y política, añade, ha surgido una variedad de movimientos populistas que rechazan la postpolítica y la postdemocracia. Proclaman que van a volver a darle al pueblo la voz que le ha sido confiscada por las élites. Independientemente de las formas problemáticas que pueden tomar algunos de esos movimientos, es importante reconocer que se apoyan en legítimas aspiraciones democráticas. El pueblo, sin embargo, puede ser construido de maneras muy diferentes y el problema es que no todas van en una dirección progresista. En varios países europeos esa aspiración a recuperar la soberanía ha sido captada por partidos populistas de derecha que han logrado construir el pueblo a través de un discurso xenófobo que excluye a los inmigrantes, considerados como una amenaza para la prosperidad nacional. Esos partidos están construyendo un pueblo cuya voz reclama una democracia que se limita a defender los intereses de los considerados nacionales. La única manera de impedir la emergencia de tales partidos y de oponerse a los que ya existen es a través de la construcción de otro pueblo, promoviendo un movimiento populista progresista que sea receptivo a esas aspiraciones democráticas y las encauce hacia una defensa de la igualdad y de la justicia social.
Es la ausencia de una narrativa capaz de ofrecer un vocabulario diferente para formular esas demandas democráticas, dice Chantal Mouffe, lo que explica que el populismo de derecha tenga eco en sectores sociales cada vez más numerosos. Es urgente darse cuenta de que para luchar contra ese tipo de populismo no sirven la condena moral y la demonización de sus partidarios. Esa estrategia es completamente contraproducente porque refuerza los sentimientos antiestablishment de las clases populares. En lugar de descalificar sus demandas hay que formularlas de modo progresista, definiendo el adversario como la configuración de fuerzas que afianzan y promueven el proyecto neoliberal.
Lo que está en juego es la constitución de una voluntad colectiva que establezca una sinergia entre la multiplicidad de movimientos sociales y de fuerzas políticas cuyo objetivo es la profundización de la democracia. En la medida en que amplios sectores sociales están sufriendo los efectos del capitalismo financiarizado, existe un potencial para que esa voluntad colectiva tenga un carácter transversal que desborde el clivaje derecha/izquierda tal como está configurado tradicionalmente. Para estar a la altura del reto que representa el momento populista para el devenir de la democracia se necesita una política que restablezca la tensión entre la lógica liberal y la lógica democrática y, a pesar de lo que algunos pretenden, eso se puede hacer sin poner en peligro las instituciones republicanas. Concebido de manera progresista, el populismo, lejos de ser una perversión de la democracia, constituye la fuerza política más adecuada para recuperarla y ampliarla en la Europa de hoy.
Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt















jueves, 27 de abril de 2023

Del exilio de Don Quijote en América

 







Hola, buenas tardes de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del escritor Jordi Soler, va del exilio de don Quijote en América. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com









El exilio latinoamericano del Quijote
JORDI SOLER
23 ABR 2023 - ​El País
harendt.blogspot.com​

Carlos Fuentes decía que Cervantes y Colón eran gemelos espirituales: “Ambos murieron sin darse cuenta cabal de sus descubrimientos. Colón creyó que había llegado al Lejano Oriente navegando hacia el Occidente; Cervantes pensó que sólo había escrito una sátira de las novelas de caballería. Ninguno de los dos imaginó que había desembarcado en los nuevos continentes del espacio —América— y de la ficción —la novela moderna—”.
El continente que fundó Cervantes se escribió en España, pero es del otro lado del mar, en Latinoamérica, donde mejor ha florecido y donde hasta hoy conserva toda su vigencia porque aquí, en su tierra, hace muchos años que dejó de iluminar a la enorme mayoría de los novelistas.
El Quijote se publicó en el año 1605 y un buen número de ejemplares, de la primera edición que circulaba solo en Castilla, llegaron en ese año a México y Perú. Allá, del otro lado del mar, la novela comenzó a crecer de una forma distinta. Las palabras con las que Cervantes nos cuenta esa historia prodigiosa enraizaron con mayor fuerza en Latinoamérica, y lo mismo pasó con el instrumental narrativo del Quijote, que parte de esos tres grandes temas erasmistas que, según el mismo Fuentes, son el centro nervioso de la novela: la dualidad de la verdad, la ilusión de las apariencias y el elogio de la locura.
El Quijote se compone de 381.104 palabras, de las cuales 22.939 son diferentes entre sí. Muchas de estas palabras, que en España han caído en desuso, siguen vigentes en México.
Voy a anotar unos cuantos ejemplos: “Que luego luego me pusiera en camino”, le dice Don Quijote al cabrero. En la novela los personajes platican, cuando conversan y lo raro o curioso es lo bizarro. El bodoque es un nudo o una bola de barro, cuyo significado se extiende, del otro lado del mar, para designar a una persona gorda y también, en México, para referirse a los bodoquitos, que son los niños pequeños. El bordón es el báculo del caminante y el badulaque, que en el Quijote es un lío o un embrollo, en México es una persona tonta o necia, es decir, embrollada. La botana, que en la novela es un pequeño parche de cuero, en México se ha convertido en el tentempié que acompaña a la bebida, servido en breves porciones que tienen la dimensión del parche cervantino. Espulgar, machucar y menjurje son otras palabras cervantinas que se utilizan todos los días en México. El mocho es, en el Quijote, la culata de un arma; esta palabra en el siglo XXI, en México, designa a una persona santurrona, quizá por la poca gracia que tiene una culata, mientras que en España mocho es la fregona, que en México se llama trapeador.
Del riquísimo universo léxico que tenemos a nuestra disposición en la novela de Cervantes, tendríamos que rescatar palabras muy sonoras y coloridas como aborrascarse, albar, faldamentos, poltrón, gañir o la juguetona cachidiablo.
El fermento que dejó la novela de Cervantes en Latinoamérica, su torrente de palabras y su contagiosa exuberancia irrumpieron en España, con la violencia de un desembarco pirata, muchos años más tarde, cuando llegaron los poemas de Rubén Darío. Entonces quedó claro que en aquel continente se escribía de otra manera.
La influencia del Quijote se fue diluyendo aquí mientras crecía del otro lado y luego vino la dictadura franquista a consolidar su exilio. La novela española se instaló mayoritariamente en el realismo y erradicó el instrumental narrativo del Quijote, ese “entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos”, a decir de Diego de Miranda, donde resplandecen el humor, el disparate, la parodia, el escarnio, la sátira, la distorsión del tiempo, el punto de vista múltiple, la experimentación.
Miguel Delibes observaba que García Márquez, uno de los alumnos aventajados del Quijote, “es el mejor heredero del sentido del humor de la literatura castellana clásica, que, por desgracia, se va perdiendo”.
Lo que permanece en las dos orillas es la óptica quijotesca sobre el mundo que, precisamente en estos días, se manifiesta en la batalla política por la identidad, donde una persona no es lo que es, sino lo que cree que es, como era el caso del caballero de la triste figura: “Eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino…”.
Después de la dictadura llegó la reconstrucción democrática, la reinserción en Europa y una bonanza económica que tenía ya muy poco que ver con la gloriosa miseria de los personajes del Quijote, que por cierto sigue intacta del otro lado del Atlántico. La ejemplar clase media española, que desde luego quisiera cualquier país latinoamericano, consiguió que una mayoría de ciudadanos tengan un nivel de vida impensable en aquellos países.
Voy a aventurar una modesta hipótesis, que no es más que la observación de un novelista mexicano que ha leído el Quijote, en diversas circunstancias, de un lado y otro del Atlántico. La bonanza económica española ha tenido también un impacto en la lengua; se ha cambiado la riqueza y la exuberancia del español que escribía Cervantes por una lengua más práctica, más útil, más acorde con la efectividad y la velocidad que impone nuestro tiempo. La bonanza económica allanó, en buena medida, las diferencias sociales que en el Quijote, y en Latinoamérica, son muy notorias. Los personajes de la novela hablan desde la clase social a la que pertenecen, desde esa flagrante asimetría cuya única virtud es el humus en el que florecen y se multiplican las palabras, un torrente de palabras diversas, ensortijadas, enriquecidas, con las que cada clase se identifica.
El número de palabras que utiliza el ciudadano común, según demuestra la estadística, va disminuyendo; estamos muy lejos de las 22.939 palabras distintas que utilizó Cervantes para escribir el Quijote. Ahora mismo, por ejemplo, asistimos a la entronización de la palabra escuchar, que ya está expulsando a la palabra oír, aun cuando no significan exactamente lo mismo.
Al exilio latinoamericano del Quijote, hay que añadir la puntilla que la agenda cultural del Gobierno de Felipe González le dio a la novela de Cervantes, según nos ilustra Pablo Sánchez en su ensayo Literaturas en cruce. Estudios sobre contactos literarios entre España y América Latina (Verbum, 2018). “Una de las prioridades del gobierno de González fue una nueva agenda transformadora para la cultura (….) a la reconversión industrial se le sumó así la reconversión cultural”, escribe Sánchez. La idea era recuperar la capitalidad de la literatura en español que ya había sido robada dos veces, una por Rubén Darío y otra por los escritores del boom. “Había que convertir al ciudadano democrático español en consumidor de novela, y para ello la primera receta era ofrecerle una novela no radical, ni en lo ideológico ni en lo técnico”, es decir, digo yo, una novela anti cervantina. Este sesgo provocó una reestructuración en el mercado editorial que, una vez diluido el boom, vuelve a apostar por autores españoles “y a buscar una narrativa a menudo posmoderna y poco política que encaje bien con la ansiedad de europeísmo recién satisfecha política y económicamente”, nos dice Pablo Sánchez.
Después de descubrir el nuevo continente de la ficción, la novela de Cervantes se instaló en Latinoamérica, donde su Quijote todavía cabalga, para hacernos ver “cuán necesarios fueron al mundo los caballeros andantes en los pasados siglos, y cuán útiles fueran en el presente si se usaran”.