El blog de HArendt (2006-2026). Pensar para comprender, comprender para actuar
sábado, 5 de noviembre de 2022
[ARCHIVO DEL BLOG] Cuento de Navidad. [Publicada el 27/12/2008]
viernes, 4 de noviembre de 2022
Del precio de la civilización
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy va del precio de la civilización, de ahí que como dice en ella el escritor Javier Cercas, el diagnóstico de Piketty nos parezca acertado; la solución, también: que los milmillonarios paguen un 90% de impuestos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
El precio de la civilización
JAVIER CERCAS
29 OCT 2022 - El País
No se puede decir mejor: “Los impuestos son el precio de la civilización”. Lo dijo Claudi Pérez en este diario; o, más bien, Claudi Pérez dijo que lo dijeron “los clásicos”. Los clásicos de la economía, claro está. Pero apenas hace falta saber de economía para entender que, como los otros, estos clásicos también llevan razón. ¿Para qué sirven los impuestos? Para pagar escuelas, hospitales, pensiones y toda la serie de servicios indispensables en la única sociedad donde merece la pena vivir: aquella que ha sido diseñada no para las personas excepcionales, las más fuertes y capacitadas, sino para las comunes y corrientes, las que no son nada del otro mundo (aunque esa sociedad también deba reservar un espacio y una función para las excepciones). En resumen: imposible ser una persona civilizada sin pagar a tocateja los impuestos que te corresponden. Es verdad que, en una tradición como la nuestra, donde el catolicismo mató de raíz al protestantismo, donde el espíritu picaresco derrotó al caballeresco y Quevedo a Cervantes, a la mayoría de la gente le trae al pairo ser civilizada o no, y quien paga sus impuestos pudiendo escaquearse es un panoli. Es verdad, pero no por ello los clásicos dejan de ser clásicos.
Dicho esto, ¿son sólo el catolicismo, la picaresca y Quevedo los responsables de que haya tan poca gente entre nosotros que obre conforme al criterio impositivo de los clásicos, o como mínimo de que haya mucha menos gente que en algunos países escandinavos, que no son el paraíso terrenal, pero tienen una ética fiscal más firme que la nuestra? La respuesta es no. Porque, además de cobrar impuestos, nuestros gobernantes deben gastarlos bien, o por lo menos no derrocharlos. Tranquilos: evitaré la demagogia antipolítica (aunque algunos chiringuitos, algunos sueldos de sátrapas y algunas trapacerías más no sean exactamente demagogia); me limitaré a recordar un par de cifras. Según el FMI, en 2019 la corrupción le costaba a España del orden de 60.000 millones anuales, lo que equivale a 4,5 puntos de nuestro PIB; según la OCDE, en 2017 entre el 10% y el 30% de la inversión en un proyecto de construcción financiado con fondos públicos podía llegar a malgastarse a causa de la mala gestión y la corrupción. ¿Es comprensible o no que haya tantos españoles que consideran un tonto del bote a quien paga impuestos pudiendo no pagarlos? La ética fiscal y el buen gobierno son dos caras de la misma moneda: uno paga impuestos menos a disgusto si sabe que el Gobierno no los va a malgastar, o si, al menos, como ocurre en los susodichos países nórdicos, los índices de corrupción figuran entre los más bajos del planeta. Por lo demás, la pregunta del millón es por supuesto quién debe pagar los impuestos, y cuántos y cómo debe pagarlos. Mientras escribo estas líneas, las comunidades autónomas (y no sólo las del PP) se han lanzado a un sprint fiscal a la baja, mientras el Gobierno prepara un alza de impuestos de algo más de 3.000 millones, obtenidos de los patrimonios de más de tres millones y de las grandes empresas. Lo primero me parece una locura en un país cuya presión fiscal está 6 puntos por debajo de la media europea; en cuanto a lo segundo, me parece insuficiente: el problema no son las personas que tienen tres millones de euros, sino las que acumulan miles. Por eso me gusta mucho la propuesta del economista Thomas Piketty, quien aboga por una sociedad en la que todos podamos disponer de algunos centenares de miles de euros, y en la que algunos que crean riqueza y gozan de éxito tengan unos millones, quizá unas decenas de millones. “Pero, francamente,” añade, “tener varios centenares o miles de millones no creo que contribuya al interés general”. El diagnóstico me parece acertado; la solución, también: que los milmillonarios paguen un 90% de impuestos. “Un 90% a quien tenga 1.000 millones de euros significa que le quedarán 100 millones de euros”, razona Piketty. “Con 100 millones uno puede tener un cierto número de proyectos en la vida”.
Yo creo que eso es muy civilizado. Piketty no debe de computar como clásico, pero a veces lo parece. ¿Quién le pone el cascabel al gato?
jueves, 3 de noviembre de 2022
De arte, activismo y ecología
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy va de arte y activismo ecológico, porque como dice en ella la escritora Azahara Palomeque, los activistas que atacan cuadros pretenden llamar la atención sobre la hecatombe climática inminente y exigir aquello de lo que disfrutaron quienes los precedieron: el derecho a una vida digna que admita recorrido. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
De la investigación del cáncer
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz jueves. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy va sobre la investigación del cáncer de mama en España, pues como dice en ella la escritora Laura Ferrero, que no nos confunda el lazo rosa: entre el 20% y el 30% de los cánceres de mama no tienen curación, y lo que necesitamos se llama fondos para investigación. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
Ni pena ni miedo
LAURA FERRERO
29 OCT 2022 - El País
A la poeta y ensayista Anne Boyer le diagnosticaron un cáncer de mama triple negativo de pronóstico grave. Lo contó en un libro necesario y desgarrador llamado Desmorir, donde desgranaba su enfermedad, pero sobre todo las consecuencias de esa omnipresente cultura del lazo rosa que, más que ayudar, hostigaba a las mujeres con discursos edulcorados del estilo “la actitud lo es todo”. Boyer contaba, en una frase que subrayé que “a veces dar a una persona una palabra con la que nombrar su sufrimiento es el único tratamiento disponible”. Y esa palabra, me temo, no es un símbolo, tampoco una frase hecha, tampoco un lazo rosa.
El 19 de octubre, el Día Mundial en Contra del Cáncer de Mama, la organización Teta&teta publicó una campaña de concienciación sobre esta enfermedad en la que se cuenta, en un vídeo de cinco minutos de duración, el origen del lazo rosa, que no era rosa sino de color melocotón, pero que se centra especialmente en denunciar el lavado de cara de una enfermedad tan áspera como el cáncer de mama en este mes de octubre en que el lazo rosa inunda medios y redes sociales. A lo largo del vídeo, varias mujeres que han padecido o padecen la enfermedad toman la palabra para decir, entre otras cosas que: “El cáncer de mama no es rosa, es un puto marrón” o que a menudo, la proyección que se hace de la enfermedad —pacientes maquilladas y sonrientes—, no coincide con la realidad en lo más mínimo: “Está la gente haciéndose fotos con su pañuelo. Monísimas, peinadas. Y yo estoy aquí vomitando y calva”, dice otra de las protagonistas. La campaña se plantea, entre otras cosas por el uso del vocabulario bélico o por las razones por las que el cáncer de mama es la única enfermedad comercializada del mundo: “¿Por qué no hay campañas de recaudación para el cáncer de próstata ni mensajes en los packs de calzoncillos?”.
Colgué el video de la campaña en redes e inmediatamente después, me escribió una mujer para decirme que a ella y a sus compañeros, trabajadores en un centro médico privado, les habían pedido que el 19 de octubre acudieran a sus puestos con una prenda de color rosa para dar visibilidad al cáncer de mama. Y me pareció una anécdota muy reveladora del tipo de sociedad en que vivimos. Una sociedad que no quiere ver el dolor ni la enfermedad sino es romantizado, infantilizado, un dolor a la altura de nuestras expectativas.
Tardamos de tres a cuatro años en aprender a hablar con fluidez, y casi toda una vida en saber lo que queremos decir. Pero a lo que aprendemos rápido y casi instintivamente es a dar rodeos. A no decir lo que no puede decirse. A sortear el tabú. A inventar frases hechas, símbolos, a dar con un hashtag solidario para cada causa a la que nos apuntamos sin movernos del sofá. Un día es una pantalla en negro, otro, un lazo de cualquier color, en otra ocasión, una foto de una ciudad que ha entrado en guerra con un #prayfor, que siempre queda mejor en inglés. Y todo esto estaría bien si fuera la mecha que encendiera lo verdaderamente importante, si moviera a las instituciones, a inversores, si nos moviera a nosotros del sofá porque el símbolo vacío no sirve. No es suficiente. No es real.
Tengo una buena amiga que cada vez que alguien le dice que tiene una enfermedad que no conoce se saca de la manga un “bueno, ahora hay muchos avances” con el que da por finalizada la conversación, sin importar que se trate de un ictus, de una depresión, de un cáncer metastásico o de una rotura de ligamentos. Y sería cómico si solo fuera algo anecdótico, pero es una muestra de nuestra infinita capacidad de negar y blanquear el sufrimiento y el dolor. Un hecho que sorprende teniendo en cuenta los tiempos en los que vivimos, tiempos tan llenos de imágenes violentas, de guerra, explosiones, unos tiempos tan llenos de muerte en los que sigue funcionando un mandamiento invisible según el cual no está permitido tener una conversación sobre la vulnerabilidad o sobre el miedo.
Últimamente releo mucho al poeta chileno Raúl Zurita, que tiene unos versos tatuados sobre la piedra del desierto de Atacama que dicen así: Ni pena ni miedo. No soy muy de lemas, pero me parece que este da en el clavo. Si, como apuntaba también Anne Boyer, solo pudiéramos nombrar el sufrimiento y dejar de esconderlo para poder, de verdad, acompañar sin compadecer a los que lo padecen. Si solo pudiéramos ver lo que hay tras el símbolo y el lazo.
Pero no quiere ser esta columna un alegato en contra del lazo rosa, ni mucho menos. Solo un recordatorio, una petición. Que el rosa no sea motivo de infantilizar, de lavar la cara a la dureza, de seguir hablando de guerreras y luchadoras culpando de perder la batalla a quien no se cura en esta sociedad en la que hablemos de la enfermedad mediante un lenguaje restringido y estereotipado. Y que tantos lazos rosas no nos confundan: entre el 20% y el 30% de los cánceres de mama no tiene curación: lo que necesitamos se llama investigación.
martes, 1 de noviembre de 2022
De jugar con la verdad
Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy va sobre don Alberto Núñez Feijóo, líder del PP, del que como dice en ella la escritora Nuria Labari, está dispuesto a jugar con la verdad, la espontaneidad y con todo lo que es (o parece) auténtico cuando la espontaneidad de Tik Tok barre al postureo calculado (y viejuno) de Instagram. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.



























































