sábado, 3 de agosto de 2024

Sobre el arte de morir. Especial 1 de hoy sábado, 3 de agosto.

 






Maneras de doblar la servilleta
IGNACIO PEYRÓ
03 AGO 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Unos definieron la vida como “un valle de lágrimas” y otros como “una mala noche en una mala posada”, pero no por eso parece causar un entusiasmo generalizado la idea de morirse, y reflexionar sobre nuestra condición de “seres para la muerte” es cosa que incomoda mucho a las visitas. Cuando, en el trance de su agonía, el filósofo Auguste Comte proclamó “¡qué irreparable pérdida!”, alzó un monumento a la vanidad humana, desde luego, pero también resumió no pocos de los sentimientos comunes al pensar en esa primera noche en que “la luna brillará lo mismo / y ya no la veré desde mi caja”.
Michel de Montaigne, encerrado en su torre, soñó con “recopilar un archivo comentado sobre las muertes diversas de los hombres”. Rilke insistía en que cada uno iba madurando su propia muerte y nadie puede decir que el gran poeta no se aplicara en consecuencia: iba a morir tras el pinchazo de una rosa. Es notable cómo a veces, en efecto, las muertes cuadran con las vidas. El cocinero Carême murió mientras enseñaba a preparar unas quenelles, y un maestro de cava bordelés aún pudo adivinar, con un estertor postrero, el “Château… Lafite… 1970″ que le habían dado a modo de viático (y que, dicho sea en passant, más que para confortar a un moribundo es un vino para resucitar a un muerto). Watteau, con su sensibilidad rococó, todavía pudo espantarse del crucifijo mal pintado que le acercaron en su hora de agonía y San Juan de la Cruz pidió que le ahorrasen las tiradas más penitenciales de los salmos y le leyeran los versículos desatados de amor de El cantar de los cantares. Sí, hay personalidades que son hasta el final lo que se espera de ellas, como si quisieran que su adiós fuera un resumen de lo que han sido. No siempre para bien: cuando un soldado le ordenó quitarse la ropa, Himmler le gritó irritado un “¡Usted no sabe quién soy yo!”. Y, vanidoso hasta el final, Murat pidió a sus ejecutores que no le dispararan, por favor, a la cabeza: antes muerto que despeinado. A veces las agonías no solo definen a los hombres, sino a las épocas, y en la comparación de las muertes de Austrias y Borbones puede leerse algo sobre la Historia de España. Felipe III se pregunta “¿De qué me ha servido tanta gloria si no es para tener mayor tormento en la hora de mi muerte?”, mientras que Alfonso XIII, a la castiza, se limita a constatar: “Estoy hecho polvo”.
Pocas muertes, con todo, a la altura de la de Ronald Knox, teólogo excéntrico, poeta en latín y traductor de la Biblia. Cuando le ofrecieron leerle fragmentos de su versión para aliviarle el tránsito, él rechazó la propuesta cortésmente: “Oh, no, cielos. Pero es una idea muy graciosa”. Tan templado hasta el final, no se sabe si Knox refuerza la vieja idea que hace contiguas la santidad y la buena educación. Pero sí parecería demostrar aquello por lo que Montaigne quiso compilar su archivo de “muertes diversas”: para ilustrar que enseñar a vivir y enseñar a morir son una y la misma cosa. Y sin embargo…
… Sin embargo, hay algo casi festivo en que la muerte tenga sus incoherencias y disparates e ironías. Y uno no le querría quitar a Montaigne ni una brisa de razón, pero no siempre es fácil cohonestar las muertes con las lecciones éticas. En vista de las últimas palabras de un poeta enérgico y sublime como Paul Claudel —”doctor, ¿cree que ha sido el salchichón?”—, cabe preguntarse si en todo hay moraleja o a veces hay una providencia que se lo pasa bien con nuestro absurdo. A un comecuras como Diderot su mujer le advirtió que no comiera un albaricoque: “Pero, ¿qué daño puede hacerme?”, preguntó el philosophe. Tras comer el albaricoque, cayó muerto de un ataque al corazón. Pero también un papa como Juan Pablo I se despidió con un “hasta mañana, si Dios quiere” para amanecer salami en su cuarto.
La muerte no es ajena a la ironía: el propio Montaigne, que murió sin terminar su archivo, parece probarlo. No sabemos ni el día ni la hora: no lo sabía, sin duda, aquel tipo —una de las muertes más pasmosas que recuerdo— que, al salir del autobús, vio cómo su foulard quedaba atrapado entre las puertas. De modo que quizá, más que filosofías, lo único que podamos en verdad pedir para la muerte está en aquellos versos que citaba Joan Perucho: “No me deis amor, / que no sacia, / dadme alegría / para morir”. Y después, doblar la servilleta mansamente. Ignacio Peyró es escritor.












Presentación de las entradas de hoy sábado, 3 de agosto

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Los excesos cometidos por algún sector de la judicatura, dice en la primera de las entradas de hoy la jurista Ana Carmona, no pueden llevarnos a la conclusión de que el ejercicio del poder judicial es expresión de una patología institucional generalizada, pero no es aceptable la idea de que la salvaguarda de la Constitución conduce a “reducir lo político a lo jurídico”, devaluando el papel que corresponde al Parlamento. La segunda entrada es un archivo del blog de agosto de 2019 en el que la escritora Nuria Labari afirmaba que en el actual estado de decepción mundial, tememos tanto lo malo que nos puede pasar, que salimos corriendo hacia ello y que eso ocurre porque tenemos miedo de vivir. La tercera, el poema de cada día, es hoy del poeta grancanario Eugenio Padorno y lleva el genérico título de Apuntes 1. Y la cuarta como siempre, son las viñetas de humor de la prensa del día. Espero que todas ellas les resulten interesantes. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com












De la defensa de la Constitución

 







Defensa de la Constitución frente al legislador y los jueces
ANA CARMONA
31 JUL 2024 - El País - harendt.blogspot.com

El acentuado protagonismo que determinados jueces han asumido en nuestro país está generando una situación anómala, en la que aquellos sobrepasan los límites de su ámbito funcional —la resolución de conflictos mediante la aplicación de la ley―, adoptando una actitud creativa mediante la que las normas incorporan un sentido diverso al decidido por el legislador. Una destacada muestra en este sentido sería la decisión de la Sala Segunda del Tribunal Supremo al interpretar el delito de malversación contemplado por la Ley de Amnistía, atribuyéndole un significado opuesto al previsto por aquella, lo que conduce a que tal previsión no se aplique a buena parte de sus destinatarios: los responsables del procés. En virtud de este criticable modus operandi, el esquema de distribución de funciones constitucionalmente establecido experimenta una seria quiebra, arrogándose el poder judicial una función de relectura y transformación normativa que no le corresponde e invadiendo el ámbito propio del legislador. Resultaría, pues, que nos hallamos en un contexto de “juristocracia”, según afirmaba recientemente Daniel Innerarity, donde el aludido protagonismo del poder judicial provocaría un pernicioso efecto de “disciplinamiento jurídico de las democracias” y en el que “claras mayorías políticas no consiguen llevar a la práctica lo que han conseguido”. Una alteración funcional que, según dicho autor, incorporaría una dimensión sistémica, provocando un abierto choque de legitimidades entre poderes. Así sucedería porque el poder que cuenta con el respaldo directo de la ciudadanía -el legislativo- es suplantado por otro -el judicial- que carece de dicho sustento democrático inmediato y que no está llamado a rendir cuentas ante el electorado.
Los razonamientos sucintamente expuestos conducen a formular un diagnóstico extremadamente negativo que no refleja adecuadamente el estado de la cuestión. La fundamentada crítica a los excesos cometidos por algún sector del poder judicial no puede conducir a la conclusión de que el ejercicio de la función jurisdiccional en nuestro país es expresión de una patología institucional generalizada. El último informe sobre Estado de Derecho de la Comisión Europea ha insistido en la independencia con la que actúa la judicatura en España, aunque sin ignorar la existencia de puntuales aspectos problemáticos. Igualmente, resulta obligado señalar que, en el ejercicio de su función, jueces y magistrados están exclusivamente vinculados al imperio de la ley. Es esa conexión funcional y no el modo en el que se accede a la judicatura la que legitima democráticamente el ejercicio de la función. Y si se quiebra ese nexo esencial, el ordenamiento cuenta con mecanismos para exigir la rendición de cuentas a los jueces. Unos mecanismos específicos, concretados en cauces disciplinarios y jurisdiccionales, que permiten verificar si se han producido extralimitaciones jurídicamente reprobables y merecedoras de sanción. Que la exigencia de responsabilidad por los excesos judiciales no discurra por vías similares a las aplicadas a los poderes representativos (legislativo y ejecutivo) cuya máxima expresión reside en la voluntad que el electorado manifiesta en las urnas, no significa en absoluto que el judicial es un poder inmune exento de límites en el desempeño de su tarea.
Conectada con el ejercicio de la función judicial en la aplicación de las leyes, pero situada en un plano diverso, se encuentra el control de la adecuación de estas a la Constitución desarrollada por el Tribunal Constitucional (TC). También en este terreno, la reciente experiencia española es objeto de importantes críticas, afirmándose en los medios de comunicación la percepción de que el TC es un órgano politizado que tiende a reproducir dinámicas decisionales reflejo de las mayorías políticas propias del circuito representativo. La generalización del mecanismo del voto particular en los últimos años podría ser considerado un relevante indicio de tal situación, puesto que, salvo escasas excepciones —entre estas, las decisiones adoptadas por unanimidad sobre asuntos relativos al proceso independentista catalán— lo habitual es la existencia de una previsible alineación ideológica entre magistrados a la hora de resolver las controversias. Así se evidencia en las sentencias relativas a normas especialmente significativas (estados de alarma, eutanasia o interrupción del embarazo, por citar algunos ejemplos), adoptadas con una mínima mayoría de apoyo y acompañadas de un nutrido número de votos discrepantes. Esta situación no plantea problemas desde una perspectiva formal, puesto que los magistrados del TC están facultados para manifestar su opinión discordante frente a las decisiones adoptadas por la mayoría. Sin embargo, en términos sustanciales, evidencia la incapacidad para hallar un espacio común que acoja una interpretación constitucional ampliamente compartida de cara a dirimir la constitucionalidad de las leyes. Es en esta recurrente dinámica fragmentada por bloques que las decisiones del TC se interpretan en clave eminentemente política. Dependiendo de cuál sea la pretendida mayoría ideológica predominante en su composición, se concluye que se abre camino una lectura progresista de la Constitución o, por el contrario, se impone otra de signo opuesto, cerrando el paso al cambio promovido por la mayoría en el poder.
Ante esta insatisfactoria situación, que va achicando de modo preocupante los espacios de una cultura constitucional común, es imprescindible reivindicar la idea de Constitución como norma suprema, expresión de una voluntad rectora que sienta las bases del ordenamiento, fruto de un consenso fundacional reforzado y que, por tal razón, incorpora una vocación reforzada de estabilidad y permanencia. Consecuentemente, su respeto se impone tanto a la ciudadanía como a todos los poderes públicos. Y para que así sea, el TC actúa como su garante último, trazando la línea que separa la interpretación políticamente admisible de la Constitución de la que la rebasa y no tiene cabida en la misma. Una adecuada comprensión de la tarea del TC exige recordar que, en el contexto de las democracias pluralistas contemporáneas, la Constitución incorpora a su texto un significativo conjunto de normas principiales o de mínimos. Estas se caracterizan por una especial elasticidad e indeterminación en su formulación, correspondiendo su concreción al legislador, esto es, a la representación ciudadana reunida en el Parlamento. Así pues, la interpretación política de las normas constitucionales incorpora una insoslayable dimensión creativa, dotándolas de específico sentido en función de las correspondientes mayorías políticas. Sobre la base de tal planteamiento se justifica la necesidad de que el TC muestre una actitud de máxima deferencia ante la obra del legislador, limitándose a actuar como árbitro de las controversias. Es precisamente en relación con esta obligada autocontención que cobra pleno sentido la idea de “autolimitación estratégica” referida por Daniel Innerarity, aludiendo a la existencia de “un espacio jurídico de posibilidades” accesible al legislador que el TC debe respetar. Ahora bien, compartiendo tal afirmación, no es aceptable la idea de que la salvaguarda de la Constitución conduce a “reducir lo político a lo jurídico”, devaluando el papel que corresponde al Parlamento. Y es que la preservación de la Constitución frente a la mayoría legislativa no puede interpretarse como una actividad orientada a impedir que el juego político fluya libremente. Antes bien, tal exigencia expresa la imprescindible necesidad de proteger las reglas configuradoras de dicho juego, sin que las mayorías puedan burlarlas. Lo contrario conduce a ignorar un principio esencial de todo Estado democrático de Derecho. Ana Carmona es catedrática de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla.










[ARCHIVO DEL BLOG] Miedo de vivir. [Publicada el 03/08/2019]













En el actual estado de decepción mundial, tememos tanto lo malo que nos puede pasar, que salimos corriendo hacia ello. Y es porque tenemos miedo de vivir, comenta la escritora Nuria Labari.  La verdad es que tanto Israel como Palestina, me comen el coño, comienza diciendo Labari. Les pareceré una frívola, escribe, pero no puedo dejar de experimentar una pequeña liberación íntima cuando escribo esta frase. No se asusten, no es mía. Es la provocación con que arranca la serie Years and Years, una de las últimas delicias de HBO. Quien habla así es la política populista Vivienne Rook, interpretada por Emma Thompson en una distopía sobre el futuro político de Europa, donde todo lo malo que nos puede pasar, nos pasa. Les adelanto que España tiene un papel fundamental.
¿Soy rara? ¿Votaré próximamente a un partido populista? ¿O es que hay algo realmente liberador en afirmar que Israel y Palestina me comen el coño? Otra vez. Es decirlo y me sonrío. Aunque creo que no por la provocación. Sospecho que lo más eficaz en la frase no son Israel ni Palestina. Ni siquiera la palabra coño. Lo que funciona es el sentido. Porque esta frase dice que puedo mandar a la mierda cualquier asunto social y político, por importante que sea, simplemente por el hecho de ser demasiado general, demasiado abstracto o suceder demasiado lejos.
Y yo claro, me vengo arriba. Porque no son solo Israel y Palestina. Es que tengo la sensación de que me paso la vida preocupada por asuntos que están demasiado lejos, que no logro entender del todo y sobre los que no tengo ninguna experiencia concreta. Aparte del conflicto árabe-israelí están también el cambio climático, el cáncer, el tipo de interés variable, los meteoritos, la extinción de especies, el big data, la alteración democrática vía Facebook, los robots inteligentes… y muchos otros asuntos igual de generales, abstractos y lejanos. ¿De verdad puedo mandarlos todos a la mierda? El populismo lo tiene claro, la respuesta correcta es sí. Y esto, quieras que no, la gente como yo lo agradece.
Porque ¿saben qué nos pasa a la gente como yo? A los que pensamos el mundo así, en general. A todos los que sabemos más sobre el cambio climático que sobre los niños que pasan hambre a siete paradas de metro de nuestro piso con hipoteca variable. ¿Quieren saber lo que nos pasa? Pues nos pasa que tenemos miedo. Muchísimo miedo. Miedo de vivir, así en general.
A veces estoy en mi cama y noto cómo me cubre un finísimo velo de terror blanco, de miedo a todo lo que no puedo evitar y me amenaza a mí y a los míos. Miedo también a todo lo que amenaza al planeta, ni siquiera a mi ciudad, ni siquiera a mi país, ni siquiera a Europa, ni siquiera al mundo entero. Miedo en general de todo cuanto está lejos y es inmenso y es inevitable. Miedo incluso de hacer el amor, porque el miedo al contagio debe ir por delante del deseo. Un terror tan universal como la mismísima cadena Starbucks. Y justo ahí, justo en ese temor y en esa desconexión con la realidad es donde golpea la frase. “La verdad es que tanto Israel como Palestina, me comen el coño”. Y digo yo, gracias señora populista, que pena que exista usted solo en la ficción.
Lo malo es que la gente como yo es la que va arruinarlo todo. Somos los futuros votantes de Gobiernos populistas que arrasarán con lo poco bueno que hemos construido. Y hay pocas salidas. Porque los políticos al final son personas y se han vuelto tan desconfiados y asustadizos como los demás. Solo los populistas parecen no tener miedo. Miren si no a Pablo Iglesias y Pedro Sánchez, que también se preocupan mucho por todo lo general. Dos tíos capaces de convertir a su cómplice en adversario por puro acojone. ¿Qué pasa entonces? ¿Estamos condenados al desastre o a la ineficacia más bochornosa? Podría parecer que sí. Aunque siempre queda la salida local y nacionalista, que tampoco tiene miedo, tan sexy y peligrosa como cualquier populismo de tres al cuarto pero dirigida a ciudadanos geográficamente escogidos, así que esta opción no cuenta para la mayoría.
Así pues, llegados a este punto, la única acción política urgente y responsable es dejar de tener miedo. Empezar a vivir con feliz despreocupación porque, además, no sirve absolutamente para nada preocuparnos por lo que no podemos controlar y, encima, empeora las cosas.
Yo aún recuerdo a esa generación que vivió mayo del 68 y que cantaba canciones que mi generación aún tararea, canciones que le encantan a Pablo Iglesias, por cierto. Aquella generación, quizás peor informada, creía de verdad que podía cambiar el mundo y tenía mucho menos miedo. Después, su decepción nos preparó para lo peor. Y en este estado de decepción, que es hoy mundial, tememos tanto todo lo malo que nos puede pasar, que no hacemos otra cosa que correr hacia ello. Por eso, ¿saben qué les digo a todos mis miedos? Que me pueden comer el mismísimo. Pedro y Pablo, si me leéis haced lo mismo. Y ya de paso, levantad vuestro miembro de la mesa. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día. Hoy, Apuntes 1, de Eugenio Padorno

 






APUNTES 1


APENAS nos movemos, mas la isla consiente la impresión del

viaje,

Reflejada en las nubes que pasan.

Soy el estibador que comprueba el reparto del peso de los

sueños en las hondas bodegas

Y luego, en la cubierta del Paseo, se despereza y canta.

¿Las gaviotas qué anuncian, preceden qué visión?

El espíritu aproa el fondo de la luz, atraviesa la llama,

Soporta el gélido centro del Misterio.

Me acodo sobre la sucesiva laminación del mar,

Quisiera retener estos signos que se siguen combinando sin fin

Donde lo que se apresa es sólo la multíplice voz indescifrable.


Eugenio Padorno (1942)

Poeta grancanario






















Las viñetas de hoy

 


















viernes, 2 de agosto de 2024

Presentación de las entradas de hoy viernes, 2 de agosto

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. La primera entrada de hoy del blog es la sentida reflexión personal de su creador, HArendt, en el día que su criatura, Desde el trópico de Cáncer, cumple 18 años y alcanza su mayoría de edad. La segunda es un archivo del blog de noviembre de 2011, es también otra reflexión de HArendt sobre el cine porno y más concretamente sobre una de sus más grandes estrellas, la actriz Linda Lovelace. La tercera es un poema del poeta grancanario Saulo Torón (1885-1974) titulado Árbol que yo planté. Y la cuarta y última, como todos los días, las viñetas de prensa de hoy. Espero que resulten de su agrado. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico; al menos inténtenlo. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com









Del 18 cumpleaños de Desde el trópico de Cáncer

 






Hoy viernes, 2 de agosto, cumple Desde el trópico de Cáncer dieciocho años y alcanza su mayoría de edad. Dieciocho años de alegrías y frustraciones, a partes desiguales, eso sí. Alegrías, porque de ninguna otra manera podría definirse lo que uno siente cuando las 6379 entradas publicadas en el blog alcanzan ya en este preciso momento más de 1352000 visitas y los comentarios de sus lectores los 3170. Frustración, porque después de 6379 entradas publicadas sé que me repito, resulto cansino en mis argumentaciones, que me falta la frescura de los primeros tiempos. Y también que tengo escasas opciones de remediarlo. Al menos como a mí, mi más severo crítico, me gustaría hacerlo.

En este día de celebración que me emociona compartir con los amigos de Desde el trópico de Cáncer, desearía enviar un saludo muy especial a los lectores estadounidenses del mismo, que son mayoría absoluta por goleada, seguidos por detrás por España y Francia, y muy muy por detrás ya por Alemania, México, Suecia, Singapur, Rusia, Canadá…y otros tan exóticos como Hong Kong, con más de cinco mil visitas solo por su parte.

No quisiera concluir esta entrada de aniversario sin hacer mención, una vez más, a la intención que movió a su autor al crear Desde el trópico de Cáncer. Intención que no es otra, parafraseando a Karl Popper, que demostrar en la medida de sus posibilidades que el papel del pensamiento es el de llevar a cabo las revoluciones por medio de debates críticos más que a través de la violencia y la guerra, siguiendo con ello la tradición del racionalismo occidental de librar las batallas, como dijo Víctor Hugo, con palabras y no con armas. Por eso, Desde el trópico de Cáncer asume sin cortapisas que toda opinión está sujeta a crítica, que hay opiniones más valiosas que otras y que no todas son merecedoras de igual respeto. Respeto que sí merecen, sin ambigüedades de ningún tipo, las personas que las emiten, pues siguiendo a Kant el hombre es siempre un fin en sí mismo, y no un medio para uso de otros.

En todo caso, les reitero que si algo interesante hay en las entradas de Desde el trópico de Cáncer, por subjetiva que resulte esta apreciación, no son los comentarios y opiniones de su autor sino los enlaces, artículos y opiniones de esos "otros" que le sirven de excusa para ellos.

Gracias de todo corazón a todos los amables lectores de Desde el trópico de Cáncer. Ustedes son la principal razón de su continuidad. Hoy es fiesta para este blog, pero no cierra por descanso. Nos vemos mañana. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν", nos vamos. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt













[ARCHIVO DEL BLOG] Garganta profunda. [Publicada el 20/11/2011]













Acabo de ver por televisión (Canal +) una película mítica del cine porno. Sí, no podía ser otra que “Garganta profunda”, dirigida en 1972 por Gerard Damiano (1928-2008) e interpretada en sus papeles principales por Linda Lovelace y Harry Reems. No la había visto anteriormente y me ha parecido mala, como casi todo el cine porno, pero también al contrario de lo tradicional en éste, una película divertida y entretenida. El mito de “Garganta profunda” se fundamenta en un triple hecho: Uno, fue la primera película porno exhibida en un circuito comercial y generó en los Estados Unidos una profunda controversia sobre la libertad de expresión que llegó hasta el pronunciamiento del Tribunal Supremo y la condena de sus productores y actor principal. Dos, por el encumbramiento hasta la figura de mito de la hasta entonces desconocida actriz, Linda Lovelace (1949-2002), más tarde principal instigadora de una desaforada cruzada antipornográfica en la que adujo que había sido obligada, a punta de pistola, a realizar las famosas felaciones que dieron título al film. Y tres, porque de manera indirecta coadyuvó a la defenestración política del presidente Richard Nixon a raíz del “caso Watergate”, ya que al principal informador secreto de los periodistas del Washington Post que desvelaron el caso éstos le dieron el sobrenombre de “Garganta profunda”.
No soy un asiduo de las visitas al cine. Casi todo lo que veo al respecto es por televisión, video o DVD. En estos últimos meses he visto una serie de películas que me han impactado profundamente. Son todas películas de las denominadas de autor: “El bosque”, “Munich”, “Titus”, “Entre copas”, “El hundimiento”, “Cosas que diría con sólo mirarla”, “Brokeback Mountain”,… Me gustaría comentarlas y dejar constancia de la impresión que me produjeron; pero eso será otro día. Son las dos y media de la mañana, y por hoy, me voy a dormir. Felices sueños...
El vídeo que acompaña la entrada son las escenas iniciales de la película "Garganta profunda" (1972) de Gerard Damiano. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt










El poema de cada día. Hoy, Árbol que yo planté, de Saulo Torón (1885-1974)

 






ÁRBOL QUE YO PLANTÉ


Árbol que yo planté, tus frutos de oro

premio son de tu gracia y de mi empeño;

-cada afán tiene un logro, aunque pequeño,

todo el logro de un tesoro.-

De tu ramaje el cimbrear sonoro

alas le ofrece a mi abatido ensueño,

cuando disfruto el bienestar risueño

de tu cobijo, en la quietud que adoro,

Árbol que yo planté -¡siembra fecunda!-,

tu rama erguida y tu raíz profunda

ejemplo son del orden soberano:

Arraigar en la tierra con firmeza,

para que en el espacio la cabeza

sueñe y dé frutos para el bien humano.


Saulo Torón (1885-1974)

Poeta grancanario













Las viñetas de hoy

 



















jueves, 1 de agosto de 2024

Sobre la necesidad de reconciliarse con la imperfección del mundo. Especial 1 de hoy jueves, 1 de agosto

 






Una de las grandes tareas del ciudadano culto es reconciliarse con la imperfección del mundo»
JAVIER GOMÉ y PEDRO VALLÍN 
26 JUL 2024 - Revista Ethic - harendt.blogspot.com

«Si la democracia liberal es el mejor momento de la historia, ¿por qué la gente está tan enfadada?». Esa es la pregunta que plantea el diálogo recogido en ‘Verdades penúltimas’ (Arpa, 2024), donde el filósofo Javier Gomá y el periodista Pedro Vallín debaten sobre la democracia y sus imperfecciones y el descontento que parece haberse propagado en la sociedad de hoy. El hilo conductor de Verdades penúltimas es el malestar en la democracia. ¿Por qué parece haberse generalizado el spleen, ese estado de melancolía sin causa exacta, el teadium vitae?
Javier Gomá: Tu pregunta adquiere mayor dramatismo si lo combinas con el otro dato, si fuera el peor momento de la historia entonces el malestar no necesitaría una explicación; el problema teórico viene cuando afirmamos que es el mejor momento de la historia. ¿Si estamos tan bien, por qué nos sentimos tan mal? Pedro y yo coincidimos en que habría al menos cuatro causas estructurales. Primero, que el malestar es inherente a la condición moderna. La modernidad ha sustituido el concepto de felicidad por el concepto de dignidad y la dignidad es lo más excelente que tenemos, pero al mismo tiempo está más expuesta a la cosificación que nunca. Siempre la modernidad está asociada a una cierta angustia, un cierto nihilismo. La segunda causa de malestar procede, paradójicamente, de que el aumento del reconocimiento de la dignidad produce mucho más escándalo que antes. La tercera es que el descontento es también propio de la actitud general ante la cultura. Por último, tras la caída del muro de Berlín, se ha producido una interiorización del descontento.
«Siempre la modernidad está asociada a una cierta angustia, un cierto nihilismo»
Pedro Vallín: La democracia liberal tiene esta condición de vida de un deportista de élite, en la que va a pasar mucho más tiempo añorando los éxitos que intentando conseguirlos. Desde el 89, somos un deportista retirado que triunfó. Pero, claro, la nostalgia es un activador mucho menos virtuoso de los humores sociales que la aspiración, que genera mucho más entusiasmo y esperanza. En el momento en que ya no externalizamos en el otro bloque, donde teníamos subcontratado el malestar, eso nos asusta. Además, por comparación, nos hacía mejores, porque aquello era un mundo gris y frío y la democracia liberal un mundo de colorines. Pues ahora todo lo que antes eran factores de adhesión de la sociedad cosmopolita, liberal, moderna, tolerante, ahora son estorbos. Y luego creo que hay otra razón de la que no hablo en el libro: el envejecimiento de la población. Somos gente muy mayor. Yo creo que las sociedades pujantes son sociedades jóvenes y que, cuando la pirámide poblacional se invierte, la sociedad se vuelve conservadora como actitud vital, refunfuñona.
Ustedes dicen que la democracia liberal es el sistema de las verdades penúltimas, un sistema para el «mientras tanto», porque dignifica el presente, no idealiza el futuro. ¿Cómo se enfrenta esa verdad penúltima a lo que Moisés Naím llama las «tres P»: polarización, populismo y posverdad, y a las que yo añadiría una cuarta, policrisis?
JG: Esas cuatro P excitan a una sociedad no educada a convertir las verdades penúltimas en últimas. Un hombre o una mujer educada es una persona que se reconcilia con la imperfección del mundo. El mundo es provisional, penúltimo, imperfecto. Y una de las grandes tareas del ciudadano culto es aprender a reconciliarse con la imperfección del mundo. Sin embargo, el corazón no educado de la ciudadanía tiende a mezclar los dos planos, el de la escatología interior y el del mundo exterior, y hacer de las instituciones instrumentos de salvación personal. Aspiras a que te hagan feliz, que te salven, que te rediman, que te hagan sentir bien, que te proporcionen una identidad, que te integren en un grupo. Es decir, convierte el mundo de las verdades penúltimas en verdades últimas.
«El mundo es provisional, penúltimo, imperfecto»
PV: Toda la movida de la posverdad es muy importante, pero yo no creo que se mienta más que antes, simplemente ahora es más fácil darse cuenta. Las mentiras de propaganda vertidas por los gobiernos durante la Segunda Guerra Mundial fueron dilucidándose años después. En la guerra de Irak, el escándalo de las prisiones de Abu Ghraib se conoció cinco meses después de producirse las torturas. Como ahora rápidamente se sabe que algo es mentira, la sensación es de que se miente muchísimo en la información pública. El problema es que necesitamos educarnos en la incertidumbre, en la provisionalidad, en que no hay respuestas definitivas, porque han muerto las grandes ideologías… Hay una frase que dice: «Dios ha muerto, Marx ha muerto y yo mismo no me encuentro muy bien». La gente se marea un poco con la complejidad, la incapacidad de entender bien los mecanismos con los que funcionan las sociedades sofisticadas. Entonces, ¿qué es el populismo? Pues es una respuesta sencilla, pegar un golpe en la mesa. Y por eso también funcionan las teorías de la conspiración, porque son un relato ordenado y vertical del mundo. Javier decía el otro día que los ciudadanos preferimos pensar que estamos gobernados por el mal a asumir que no hay una dirección de la historia dirigida por nadie. Que debería ser el sentimiento natural porque en las democracias liberales mandamos nosotros.
Precisamente quería que habláramos sobre las ideologías de gran relato, los «relatos de consuelo» que funcionan en un terreno cercano al mito, como la nación, las conspiraciones, el fanatismo…
PV: Si te fijas, las tres religiones abrahámicas hicieron un camino hacia la modernidad entre el siglo XIX y XX y están viviendo ahora una regresión a sus versiones más intransigentes. Responde al mismo fenómeno: esa necesidad de interpretaciones cerradas, verdades definitivas, respuestas totalizadoras que en el fondo son incompatibles con la modernidad y con la democracia.
«Necesitamos educarnos en la provisionalidad, en que no hay respuestas definitivas»
JG: Mariana, has utilizado una palabra muy hermosa, «relatos de consuelo», que no es tan distinta de las «verdades últimas», cuando los ciudadanos esperan de las instituciones políticas cosas como la felicidad, la identidad, la salvación. Si tú le prometes a un ciudadano una administración ordinaria, pues quizá le parezca bien. Pero si le prometes la felicidad, la utopía, la perfección, la realización del idealismo, la creación de una identidad colectiva y personal, eso evidentemente moviliza mucho más. Y crea una adhesión sentimental que para la política es muy importante. Mi tesis es que la política tiende a la dominación absoluta y la economía tiende al lucro infinito y que el momento ético tanto de la política como de la economía viene siempre de la ciudadanía ilustrada, que emite su voto y expresa su opinión en política y somete a las empresas a un referéndum cotidiano a través del mercado.
La imperfección de la democracia es lo que hace que se sostenga, su fragilidad ha superado a la fortaleza del autoritarismo… Pero «solo subsistirá si los ciudadanos demuestran la madurez moral de soportar un régimen imperfecto y se esfuerzan por mejorarlo sin sucumbir a la tentación de cambiarlo por otro supuestamente más perfecto». ¿Esto puede sostenerse en el tiempo? ¿Cómo hablar de madurez moral en tiempos de aceleración, ruido y una pérdida sostenida de la atención?
JG: Tienes razón, ese es un tema. Es lo que hay: una democracia liberal cuya soberanía reside en los ciudadanos depende enteramente de su educación sentimental. Esto significa que cualquier cosa puede ocurrir, incluso que nos vayamos por el sumidero. Para mí, la educación sentimental del ciudadano y la creación de costumbres cívicas es el instrumento más poderoso para la viabilidad de la democracia a largo plazo. Por supuesto, existen amenazas contra esa viabilidad y algunas de ellas son las que tú has mencionado. Pero es cierto que tenemos una cierta tendencia a las fobias, a las angustias. Hay terrores infantiles que subsisten. Y luego hay amenazas reales. Ser culto es tener conciencia histórica, saber que cualquier cosa puede ocurrir porque la materia de lo humano es inestable. En la democracia se hace más visible, porque su gran principio no es obedecer a una élite, sino obedecerte a ti mismo.
«Ser culto es tener conciencia histórica, saber que cualquier cosa puede ocurrir porque la materia de lo humano es inestable»
PV: Yo creo dos cosas. En cuanto al diagnóstico histórico, creo que estamos entrando en un periodo de oscuridad. Estas sociedades de 2024 son infinitamente mejores que las de 1955, no solo en el caso de España, sino en general, más libres, moralmente más sofisticadas. Pero creo que vamos a un periodo de retroceso. Lo que pasa es que no soy excepcionalmente pesimista con esto. De algún modo, el trauma de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto crea unas sociedades mucho más democráticas, más sanas y comprometidas, y además provoca la Declaración Universal de los Derechos Humanos. No creo que estemos abocados a otro abismo como fue el siglo XX, simplemente creo que en las democracias occidentales vamos a vivir momentos autoritarios, y a largo plazo creo que saldrán sociedades democráticas aún mejores. En cuanto a la atención, voy a decir una cosa que seguramente no mucha gente comparta y menos la gente muy politizada: una de las cosas buenas de la democracia liberal es que te permite no saber quién manda. En un régimen autoritario, si desconoces el sesgo ideológico estás abocado a que te pase cualquier desgracia, no puedes ignorar quién gobierna. En cambio, en una democracia funcional puedes desarrollar tu proyecto de vida totalmente al margen de la conciencia política. Esa es la grandeza de la democracia, que te permite politizarte o despolitizarte si quieres. Ahora hemos convertido la política en agónica. La hemos dramatizado como mandan los códigos de la televisión o del espectáculo. Esta agonía que transmitimos al ciudadano de que siempre nos estamos jugando el destino del mundo a los dados cada tres semanas creo que solo estresa la deliberación democrática.
¿Cómo salir del relato dicotómico de buenos contra malos y nosotros contra ellos? ¿Del espectáculo maniqueísta?
PV: Es muy difícil entender esto con un genocidio en marcha en Oriente Medio y con la guerra abierta en Ucrania, pero estamos viviendo sin lugar a dudas la época con menos conflictos armados en el planeta. Lo que pasa es que hay una transparentación del mundo: ahora tenemos todo el dolor del mundo asomando por todos lados todo el tiempo. En los años 60, nadie estaba viendo niños vietnamitas ardidos de napalm todos los días. Y el día que salió aquella foto famosa cambió las conciencias del mundo. Ahora estamos con las fotos de niños de Palestina viendo el horror todos los días. Entonces nos puede parecer que el mundo ha perdido incluso sus compromisos éticos y morales. Es al revés. No ha habido más conciencia del dolor ajeno que ahora mismo. Dentro de 100 años se va a escribir en los libros de historia el asombroso éxito de las democracias gestionando la pandemia. Es verdad que las buenas noticias no tienen abogados, no tienen prestigio ninguno. Pero las cosas no van tan mal.
«Hay una inteligencia colectiva de la especie humana que tiende a la supervivencia»
Esto me lleva a la pregunta de cierre. A pesar del malestar generalizado, de la amenazas contra la democracia liberal, ambos son bastante optimistas. Aunque a Javier no le gusta llamarlo optimismo… ¿Por qué hay que tener «razonada esperanza»?
JG: Me alegra que lo hayas captado. Es un tema de terminología, pero las palabras tienen connotaciones. Optimismo, para mí, tiene algo de declaración de la voluntad, de disposición interior ante la vida, y también tiene algo de pronóstico respecto al futuro. «Soy optimista» quiere decir que piensas que las cosas van a ir bien para ti o para la sociedad. Sin negarlo, mi argumento es un poco distinto: la condición humana es frágil, mutable, caduca. No hay logro que no sea reversible. Todo puede ocurrir, incluso irnos por el desagüe. No hay una ley histórica que asegure el progreso. Pero si uno echa la vista atrás y ve los últimos 5.000 años, 1.500, 150, 25 años… se ha producido progreso moral y material, y eso te da cierta confianza en que hay una probabilidad de que la línea que se ha observado durante milenios continúe, que hay una inteligencia colectiva, de la especie humana, que tiende a la supervivencia, que quiere vivir y seguir viviendo, aun cuando a veces toma decisiones de enorme peligro que hacen posible la destrucción.