sábado, 3 de febrero de 2024

De una UE en alza

 






La UE le propina un trago amargo a Putin y Orbán
ANDREA RIZZI
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Euroescépticos de distinto pelaje y enemigos de la UE han tenido que tragarse esta semana, otra vez, un erizo con púas de aguda decepción. Desde aquellos que auguraban que el euro no llegaría a la edad adulta hasta los que pensaban que el proyecto comunitario se resquebrajaría en un sálvese quien pueda pandémico, la lista de logros que desmienten la idea de que la UE no puede ser un actor funcional y sólido en el mundo moderno es larga. Esta semana se añadió a los hitos la aprobación por unanimidad de un paquete de ayuda financiera a Ucrania por valor de 50.000 millones de euros en un marco cuatrienal. Una excelente y fundamental demostración de compromiso con la nación brutalmente invadida por Rusia, que refuerza su capacidad de resistir, mientras Estados Unidos sigue sin dar un paso parecido, paralizado en el fango del politiqueo practicado por los republicanos. Da cierta satisfacción pensar en cómo regresó a casa tras el acuerdo Viktor Orbán, el primer ministro húngaro que trató de obstaculizarlo todo lo que pudo. Más satisfacción da pensar cómo se habrá recibido la noticia en el Kremlin.
La UE ha manejado con apreciable unidad y eficacia tres grandes crisis de la última década: la gestión del Brexit, la pandemia y la invasión a gran escala de Ucrania. Por supuesto, hay graves suspensos y agujeros negros en otros aspectos, desde el menor crecimiento y falta de competitividad con EE UU y China hasta una política migratoria de vallas y rebotes con pocas contemplaciones, desde la incapacidad de hacer crecer gigantes tecnológicos hasta la lamentable reacción a los primeros abusos de Putin en Ucrania o a la brutal respuesta de Israel al ataque de Hamás. Pero su nota en esos tres grandes frentes recientes es un aprobado. Hoy Orbán se fue a su casa derrotado. De entrada, parece que sin extraer grandes concesiones, aunque los balances definitivos es mejor hacerlos con tiempo.
Todo ello no excluye que los retos por delante sean formidables y que nada garantiza que la UE no salga malherida, incluso que pueda involucionar. Precisamente el nacionalpopulismo del que Orbán es una bandera es el grand desafío. Un sondeo publicado recientemente por el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores apunta, de cara a las europeas de junio, a un fuerte auge de la derecha extrema. Según esa proyección, la suma de PPE y agrupaciones ultras se queda a un soplo de la mayoría absoluta (356 de 720). ¿Tendrá el PPE, o incluso los liberales, la tentación de romper la tradicional mayoría europeísta y pactar cosas con los ultras? Ya hemos tenido algunos ejemplos de ello en la actual legislatura, precisamente en materia medioambiental. Esto abriría la puerta a un camino involutivo de la UE en varios apartados. Por eso la protesta de los tractores que brota en varios países europeos es políticamente importante. No representa a un sector ni demográfica ni económicamente de gran peso, pero el apadrinamiento de la ultraderecha y el entronque con ciertos presuntos valores tradicionales y conservadores es una mezcla que le otorga más peso político de lo que tendría de por sí.
Estamos, aquí, ante otro de los diferentes segmentos de malestar social que políticos como Orbán o Abascal quieren cabalgar. Conviene recordar que las clases sociales perdedoras de la globalización, los trabajadores que en Occidente perdieron sus empleos industriales, por ejemplo, han sido grandes caldos de cultivo de fenómenos como Trump, el Brexit o Le Pen. Hoy, en el campo se gesta una nueva bolsa de descontento. No es la única. Habrá que estar muy pendiente de otra que se irá inflando en los próximos años: los afectados por la irrupción de la inteligencia artificial generativa. El FMI, no un sindicato hiperprogresista, calcula que un 60% de los empleos de las economías avanzadas se verá afectado por esa irrupción. Una mitad de ellos, en términos adversos. Se van a llenar ahí grandes tanques de gasolina de descontento con el sistema que es siempre, con más o menos razón, el destinatario sin matices de la ira. Los populistas incendiarios ya se frotan las manos.
Los demás -a nivel europeo y en los niveles nacionales- deberíamos arremangarnos y abordar con suma atención estos problemas para hallar equilibrios inteligentes entre, por un lado, objetivos irrenunciables como la lucha contra el cambio climático o el estímulo a la innovación tecnológica, y, por el otro, el diseño de esquemas de protección para los auténticos damnificados por estas transiciones. No es justo y no es inteligente dejar a muchas personas abandonadas en la adversidad de grandes transiciones, como ocurrió con efectos colaterales de la globalización sumados a la desprotección postcrisis de 2008.
La protesta de los tractores ha puesto con vigor sobre la mesa la cuestión agraria. Pero mucho más complicada, por transversal, será la de la revolución de la IA. Habría que ponerse ya manos a la obra para abordarla de forma holística —desde sistemas educativos a mercados laborales—, para estimular lo mejor y atenuar lo peor de ella. Pero la fragmentación, la polarización, el secuestro de la agenda por parte de asuntos de importancia menor e incluso la triste y esperpéntica parálisis que sufren a menudo nuestras democracias dificultan el camino. Ojalá logremos colocarles otros erizos en el plato a quienes desean una UE débil, democracias débiles. Andrea Rizzi es analista de política internacional.








De ¿y si los malos somos nosotros?...

 






¿Y si somos los malos?
ANA IRIS SIMÓN
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Desde el inicio de lo que Israel llama “guerra contra Hamás” (en realidad contra el pueblo palestino), los sionistas la han tomado con cualquiera que ose criticar mínimamente su plan genocida. Cuando lo denuncia Sudáfrica en La Haya, son “el brazo legal de Hamás”. Cuando Sánchez dice que “el número de palestinos muertos es insoportable”, España está “alineada con Hamás”. La ONU entera, asamblea de todas las naciones, ha sido declarada non grata y una de sus organizaciones, la UNRWA, está siendo tachada de terrorista.
La UNRWA trabaja con refugiados palestinos (construye escuelas, instala infraestructura, reparte ayuda humanitaria) y tiene más de 12.000 empleados, pero Israel asegura que una parte de ellos (mínima, de seis personas en adelante) tiene vínculos con Hamás. Dando por buenas estas informaciones obtenidas no-se-sabe-cómo y verificadas por no-se-sabe-quién (no han proporcionado pruebas), lo máximo que se podría concluir es que hay militantes de Hamás (que allí es un partido político electo en las urnas) que cumplen sus ocho horas de trabajo para la UNRWA. Como los habrá que son panaderos, sin que por ello se pueda tomar por terrorista al gremio entero de la panadería.
Pero Israel busca inculpar a toda la UNRWA, porque se la tiene jurada desde hace años. Todo empezó tras la II Guerra Mundial, cuando la ONU creó la primera organización de refugiados (entonces OIR, ahora ACNUR), que comenzó atendiendo a los judíos refugiados del Holocausto. Muchos salían de Europa para establecerse en el naciente Israel, a menudo desplazando a los pobladores palestinos a base de dinero y amenazas. La preocupación israelí era que la organización de refugiados de la ONU les invitase a volver a Europa (cumpliendo el “derecho de retorno”) y, además, atendiese las peticiones palestinas de recuperar sus hogares en territorio acaparado por Israel. Así que el sionismo, apoyado por Occidente, logró forzar a la ONU a no atender a los palestinos, relegándolos a una organización menor: la UNRWA. De alguna forma fue una creación del propio Israel, al igual que en algunos aspectos lo es Hamás.
Una creación que ahora pretenden eliminar, con la previsible consecuencia de una marea de refugiados que impactará en todo el Mediterráneo, incluyendo España. El problema es que el delirio de Netanyahu tiene el apoyo de los principales países de Occidente, que han retirado la financiación a la UNRWA. EE UU, Reino Unido, Francia, Alemania: países que dicen luchar contra las fake news de Putin contra Ucrania o de Trump contra China, compran las del amigo de ambos, Netanyahu, contra la UNRWA en Palestina.
Según Francis Boyle, experto en casos judiciales de genocidio, Occidente ha pasado de ser “cómplice de genocidio” (por su apoyo económico, armamentístico y diplomático a Israel) a ser “participante en un genocidio” (por boicotear los esfuerzos humanitarios de la UNRWA, de forma que —según la convención sobre genocidio de 1948— “se inflige a un grupo unas condiciones de vida que conducen directa o indirectamente a su destrucción total o parcial”). Hay un número de Mitchell and Webb ambientado en la II Guerra Mundial donde un nazi le dice a otro: “Oye, ¿y si somos los malos?”. Parece que las élites occidentales nunca se hacen esta pregunta. Ana Iris Simón es escritora.








De los abusadores y los abusos

 






No somos valientes, somos verdad
ALEJANDRO PALOMAS
03 FEB 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Estos días han vuelto a los titulares y a la actualidad las denuncias de abusos sexuales, en esta ocasión todas ellas relativas al mundo del cine. En poco menos de una semana, hemos sido conocedores del testimonio de varias actrices que sufrieron la pesadilla de la violencia perversa en sus propios cuerpos por obra y desgracia de dos directores. A ellas, y al de Fernando Tejero, se suma ahora el testimonio y la voz de Cayetana Guillén Cuervo, una de nuestras grandes. A raíz del documental que acaba de estrenarse sobre Pandataria, la increíble obra con la que recorre nuestro país estos días, ha decidido hablar por primera vez de la violación que sufrió a los seis años y cuya existencia ha mantenido en silencio hasta la fecha.
Hoy se cumplen exactamente dos años desde que también yo viví ese mismo momento, el de la exposición. Las voces de estas actrices son recibidas con el mismo espanto que yo mismo vi en los ojos de quienes quisieron mirarme. Hay horror, hay pesar, incluso sorpresa. Y, desde la penumbra de la sala —que hoy es de cine— vuelve el eco del mismo público de entonces, compartiendo ahora idéntico titular: “Sois unos/as valientes”.
Después, el silencio. Fundido a negro. El público abandona la sala y sale a la calle, a su vida, a esa que es la de cada uno y nos aleja del otro, la que nos hace distintos, individuos, no grupo. Cada vez que un hombre confiesa haber sido violado en la infancia, cada vez que una mujer levanta la voz y señala en público al hombre que la agredió, reventándola por dentro para los restos, el público repite, convencido: “Qué valiente”. Y uno sabe que no es así, pero no lo corregimos porque sentimos que por lo menos alguien nos mira, que de repente no estamos solos y que ahí fuera no se nos juzga con asco o incredulidad por la mancha negra que creemos llevar impresa en la piel.
Valientes, dicen. No es cierto. Simplemente decimos la verdad, y la decimos porque cada día que vivimos ocultándola son 24 horas de no estar ni existir del todo. Decimos lo que es y eso, señores y señoras del público, no nos hace valientes, nos hace verdad. ¿O quizá es que llamamos valiente a quien no miente porque somos una sociedad que asume la cobardía como su estado natural?
¿Somos eso? ¿Queremos ser eso? Los supervivientes no somos valientes, somos supervivientes. Con eso nos basta. No nos regalen los oídos, ni se los regalen a ustedes para calmar sus conciencias. Si hay mujeres, niñas y niños violados, agredidos y abusados es porque existe un público que sabe y calla. El abuso se alimenta del silencio del grupo. Así es también en el acoso escolar. Está quien acosa y su víctima, pero el público silencioso —el grupo— es el que paga la entrada para ver y aplaudir el horror, la manada silente y cobarde que sabe pero que deja de saber cuando sale de la sala y vuelve a su vida.
Cuando un niño, una niña o una mujer —y en este caso se trata de actrices— revelan y describen con detalle los episodios de abuso sufridos en manos de un hombre, poco o nada tardan en dejarse oír las voces que aseguran haber estado al corriente de lo que ocurría. “Todo el mundo lo sabía”, “Era vox populi”, “En la profesión somos muchos los que conocemos casos” “Si yo te contara”… el público emerge de su silencio y se sube al carro de la víctima, sin saber que es precisamente ese púbico quien hace posible que las víctimas creamos que estamos solas, sumergidas en una angustia que ni siquiera sabemos verbalizar. Qué fácil, señores y señoras, llamarnos valientes. Qué elegante reconocer nuestra decisión, y qué torpe de su parte. Sépanlo: lo que nos hace valientes es su cobardía, la de haber sabido y no haber dicho, la de esperar a que seamos quienes vivimos en duelo perpetuo por un cuerpo quebrado quienes hablemos para, desde platea, asentir con expresión de solidaria condescendencia y darnos luego el pésame.
Sois unos/as valientes, nos dicen. No es cierto. No es lo que somos, sino lo que sois. Si somos valientes es porque ustedes no lo son y eso nos retrata como una sociedad que premia el silencio de quienes “saben” y da un diploma de consolación a quienes, por mera supervivencia, gritamos la verdad para que este barco en el que flotamos todos no se hunda. Si decir la verdad es ser valiente, necesitamos una revisión urgente como grupo que dice pretender lo justo y el bien común. Sépanlo: contar y denunciar no es de valientes, salvo que lo hagamos en una sociedad que se siente cómoda callando ante el sufrimiento ajeno. Esa es la diferencia, señores y señoras del público. No vuelvan pues a llamarnos “valientes”. Llámennos “verdad”. Alejandro Palomas es escritor.












De los miedos ajenos

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. La vida política se ha degradado hoy hasta tal punto, escribe en El País el filósofo Daniel Innerarity, que a falta de una esperanza creíble y movilizadora, resulta más fácil agitar el temor a los otros, y esa es una de las maniobras más torpes que cabe hacer en política. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. HArendt. harendt.blogspot.com











Los miedos ajenos
DANIEL INNERARITY
31 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Para entender a una sociedad es más útil examinar sus temores que sus deseos. Toda época de la historia se diferencia de las demás por haber conocido formas particulares de miedo, o mejor, por haber dado un nombre o un significado diverso a las angustias que desde siempre acompañan a la vida. También este año tendrá unos miedos diferentes de lo que nos preocupaban en el anterior. El paisaje ideológico de una sociedad se descubre observando a qué le tiene más miedo cada cual y cada grupo social o actor político. La confrontación política se lleva a cabo entre los miedos ajenos que nos resultan extraños y los miedos propios que nos parecen evidentes. Y la estrategia política elemental consiste en agitar el miedo a que se hagan con el poder aquellos cuyos miedos despreciamos. Hay conversación democrática allí donde, en vez de echar en cara a nuestros adversarios que teman cosas que nos parecen absurdas, tratamos de hacernos cargo de por qué pueden tener miedo a lo que juzgamos tan improbable.
Detrás de fenómenos políticos extremos (radicalismo, polarización, indignación, discursos del odio…) suele haber algún miedo intenso que por diversos motivos no conseguimos comprender. ¿Qué podemos y debemos hacer frente a él, especialmente cuando tenemos dificultades para entenderlo? Demasiadas veces achacamos opiniones o comportamientos que detestamos a la irracionalidad o la estupidez. Es cierto que muchos miedos tienen una base empírica y argumentativa muy endeble, como temer que el cielo pueda caer sobre nuestras cabezas, según el sentir de Astérix, o que con las vacunas se nos quiera introducir un chip para controlarnos. El escritor austriaco Robert Musil hablaba de un “analfabetismo del miedo” para describir ese sentimiento elemental que con frecuencia no valora correctamente el peligro ni sabe cómo gestionarlo. También podríamos hablar de un analfabetismo a la hora de comprender y relacionarse con los miedos ajenos, especialmente aquellos que, con o sin razón, nos parecen insólitos. Una de las obligaciones democráticas consiste en estar dispuesto a cambiar la perspectiva y examinar qué razones hay en los miedos de los demás y, a la inversa, si el miedo que les tenemos está plenamente justificado.
La vida política se ha degradado hoy hasta el punto de que, a falta de una esperanza creíble y que movilice positivamente, resulta más fácil agitar el miedo a los otros o ridiculizar los suyos. Además del desprecio declarado a los miedos ajenos, existe una condescendencia paternalista que no ayuda a entenderlos. Me refiero a la arrogancia implícita en aquello de que hay que comprender el miedo de los otros; se da así a entender que deberíamos esforzarnos para hacernos cargo de los falsos temores de las personas inseguras. En la recomendación de tomarse en serio los miedos de los otros se desliza un cierto menosprecio e incluso una devaluación moral. Los temerosos vendrían a ser los mal informados, los resentidos o los crédulos.
¿No podría ocurrir en muchas ocasiones que los demás no tienen miedos extraños sino preferencias políticas diferentes de las nuestras? ¿No estaremos haciendo un diagnóstico patológico de cuestiones políticas? Los miedos necesitan una terapia, mientras que las opiniones políticas son objetos de una discusión democrática. Y a veces queremos ahorrarnos este debate mediante una descalificación psicológica. Tratarles como a menores de edad que no saben que esos fantasmas no existen no es el mejor modo de hacerles frente, ni el más democrático. ¿Son esos miedos tan infundados como aseguran quienes disfrutan de tantas seguridades? ¿Quién es más razonable a la hora de ponderar los miedos, quien los padece o quien los observa, los más vulnerables o los mejor protegidos? En vez de echarse en cara unos a otros la irracionalidad de los miedos ajenos, nuestros análisis serían más certeros y nuestras decisiones más justas si los consideráramos como asuntos políticos, no de salud mental; si los abordáramos con una lógica política y renunciando a cualquier superioridad moral.
Esa condescendencia benevolente esconde un tono de superioridad que no va a ayudarnos a comprender nada y solo está dando lugar a diagnósticos perezosos. Se da a entender así que uno toma en serio los temores ajenos, pero no sus motivos, que considera completamente infundados. Los miedos ajenos pueden tener una causa insuficiente, pueden ser exagerados o estar agitados interesadamente por astutos manipuladores, pero son reales para quienes los sienten y eso es lo que deberíamos tomarnos en serio. Por supuesto que podemos —y en ocasiones debemos— discutir sus motivaciones, pero vencer el miedo no es conjurarlo con un mensaje tranquilizador que muestre lo absurdo de tenerlo sino, en muchas ocasiones, resolver aquellos problemas que lo originan.
Propongo que nos fijemos más en la realidad del miedo que en su fantasía o en su posible manipulación. El miedo es real, aunque no esté en proporción a sus causas; el entorno del que surge es real (la creciente incertidumbre, las transformaciones abruptas, la desprotección general), aunque muchas de las propuestas para conjurarlo sean engañosas. No basta con explicar a los temerosos lo exagerado de su miedo ante fenómenos cuyo verdadero impacto también nosotros desconocemos, como la digitalización, el incremento de la diversidad, el cambio de valores sociales o el desclasamiento.
Desde el punto de vista social es más real lo que sobrevalora la gente que lo que minimizan las élites. Estas argumentan que ciertas reacciones no son razonables ni ofrecen las soluciones adecuadas, lo que muchas veces es cierto, pero eso no nos exime de la responsabilidad de indagar en las causas de ese malestar. Insistir en que la política es representativa, que la globalización proporciona muchas oportunidades o el racismo es malo es algo que solo vale para tener razón, pero no sirve para hacerse cargo de por qué resulta tan irritante el elitismo político, qué dimensiones de la globalización representan una amenaza real para muchas personas o qué aspectos del conflicto multicultural deben resolverse con algo más que buenas intenciones. Tan cierto es que el capitalismo ofrece muchas oportunidades como que amenaza particularmente a un cierto tipo de trabajadores; el fenómeno multicultural es celebrado por quienes no experimentan más que sus beneficios en el bazar de la diversidad (en el consumo, la diversión o como mano de obra barata) y temido, tal vez en exceso, por quienes lo viven en sus dimensiones más conflictivas, pues sienten la inseguridad física en sus barrios o la precariedad en sus puestos de trabajo.
Los líderes de la nueva derecha pueden formar parte de esa misma élite, pero —como los dirigentes de la izquierda alternativa en otro momento— han captado bien una parte del descontento popular. Mientras tanto, existe un tipo de persona progresista que se siente cosmopolita y moralmente superior porque se eleva por encima de sus intereses cuando en realidad sus intereses no están en juego y los que son sacrificados son los intereses de otros, más vulnerables, más en contacto con las zonas de conflicto.
En la época de la indignación hubo quien aseguró que el miedo cambiaría de bando, sin adivinar que estaba agitando una munición electoral especialmente peligrosa. Se acaba generando así una cultura política en la que el miedo, con diferentes versiones, se generaliza e instala en todos los bandos. No hay nada más dañino que instalarse en aquel punto en el que, con palabras de Charles Taylor, el sueño de unos se convierte en la pesadilla de los otros. Es mucho mejor trabajar el miedo ajeno para disiparlo o aminorar su intensidad en la medida de lo posible, que producirlo. Como estrategia política, dar miedo es una de las maniobras más torpes. El miedo que atenaza a unos puede efectivamente cambiar de bando, pero en la dirección menos esperada y deseable, fortaleciendo una hostilidad que termina volviéndose contra cualquiera. Que otros tengan miedo no nos protege del nuestro. Sus miedos pueden alimentar en nosotros aquellos miedos de los que pensábamos librarlos al provocárselos. Tal vez lo más amenazante para nosotros sean esos miedos ajenos que, lejos de ofrecernos, por contraste, seguridad, nos conducen a una situación general de irracionalidad, desconfianza mutua, confusión, imprevisibilidad, en la que finalmente todos, no solo ellos, ni unos pocos, nos muramos de miedo. Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política.




































[ARCHIVO DEL BLOG] España 2025: Un horizonte incierto y lejano. [Publicada el 03/03/2013]














"El reconocimiento de la dignidad del hombre, de cualquier ser humano, entraña hoy su transformación práctica en ciudadano. La ciudadanía permite el derecho universal a participar en el cuerpo político, la libre expresión de opiniones y creencias, la libertad de asociación y el derecho al estilo de vida de cada cual" [...] "La sociedad decente ha sido definida por algunos autores, entre los que me encuentro, como aquella que no humilla a ninguno de sus ciudadanos. Es también la que, al mismo tiempo, les suministra un conjunto de oportunidades mínimas y garantías elementales para que, libremente, elijan su camino". (Salvador Giner: El origen de la moral. Ética y valores en la sociedad actual. Península, Barcelona, 2012).
¿Pueden compaginarse palabras como las anteriormente citadas con las que en El País de hoy enuncia con rotundidad Hans-Werner Sinn, un prestigioso economista alemán, al que las políticas que predica la señora Merkel para el euro y el sur de Europa le parecen "flojas"?: "A España le esperan diez años más de crisis y una devaluación interna del 30%". Y encima con un último consejo a nuestro presidente del gobierno: "Rajoy debe aprobar otra reforma laboral que flexibilice los salarios a la baja. Eso hizo Schröder en 2003 (en Alemania). Eliminó el salario mínimo y laminó el Estado de Bienestar privando a millones de personas de sus ayudas sociales; eso causó disturbios y protestas. Le costó el cargo. Sin embargo, se trataba de la política adecuada. Puede que con eso Rajoy no consiga gobernar mucho tiempo, pero eso es lo que España necesita". Pero inmediatamente después una de árnica: "La ventaja de España es su potencial para recuperar competitividad. Ha mostrado flexibilidad, y eso hace posible mejorar vía exportaciones. La desventaja es su deuda externa, de más de un billón de euros. Pero lo más importante es la competitividad, y ahí soy medianamente optimista". Si tienen la moral alta pueden leer sus declaraciones íntegras; si no, absténganse. 
Un toque de esperanza ante tanto futuro incierto y lejano lo pone la Fundación Colegio Libre de Eméritos. Una fundación cultural privada, creada en 1988, sin fin lucrativo alguno, con la intención de aprovechar en beneficio de la sociedad española las posibilidades de trabajo creador y didáctico de los profesores eméritos a ella asociados. Con esa noble intención, la Fundación acaba de publicar en su página electrónica un completísimo y amplio estudio que lleva el sencillo título de "España 2025"
El estudio consta de capítulos, que pueden leerse y descargarse por separado, escritos por los profesores Álvaro Delgado-Gal, Emilio Lamo de Espinosa, Antonio Morales Moya, Fernando Eguizadu, Gabriel Tortellá, Clara Eugenia Núñez, Roberto Luis Blanco Valdés y Alfredo Pérez de Armiñán, en los que se tratan asuntos como la situación de España en el mundo, las reformas económicas, la educación, los problemas territoriales, jurídicos y constitucionales que nos atenazan, las patologías que afectan a la idea que los españoles nos hacemos de nosotros mismos y nuestra constante búsqueda de un proyecto nacional contemporáneo. Todo un lujo en estos tiempos de zozobra que merece la pena leer.
Para acompañar la entrada he puesto tres vídeos recientes. El primero: "Crisis de un sistema; el retorno de una diosa", que aborda la crisis económica y la situación actual de la sociedad española a través de análisis y entrevistas a figuras relevantes del mundo de la economía, la cultura y la educación como Joan Antoni Melé, Santiago Niño Becerra, José Luis Sampedro, Eduardo Galeano, Matthieu Ricard, y otros más que no cito para no recargar la nómina. El segundo: "El futuro español y global", del profesor Santiago Niño; y el último: "Informe económico: El futuro de España en el euro", celebrado en julio pasado en el "Club Finanzas ESADE Alumni", con la partipación de ilustres profesores y economistas. Se los recomiendo con interés. Sean felices, por favor, a pesar del gobierno. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν". Tamaragua, amigos. HArendt













viernes, 2 de febrero de 2024

De la virtud y la necesidad

 






Hola, buenos días de nuevo a todos, y feliz viernes. El político, escribe en El País el filósofo Antonio Valdecantos, debería representar al ciudadano que duda en lugar de intentar convencer a sus electores de que tomar una decisión exige desacreditar todas las razones que se oponen a ella. Les recomiendo encarecidamente la lectura de su artículo y espero que junto con las viñetas que lo acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. harendt.blogspot.com







La virtud y la necesidad
ANTONIO VALDECANTOS
29 ENE 2024 - El País - harendt.blogspot.com

Es consabida la queja de quien votó a disgusto: “He tenido que taparme la nariz”, dirá de manera sarcástica. Por regla general, lo anterior se considera una desdicha, pues se supone que habría que votar siempre con entusiasmo y orgullo o, por lo menos, con suficiente convencimiento. Una democracia que exija combatir el sentido del olfato no resulta, en efecto, muy ejemplar. Pero habría que preguntarse si esta suposición es tan natural como parece. ¿Y si el votar con mal sabor de boca no fuera una anomalía? ¿De verdad es tan normal votar sonriendo y con las manos limpias? Confesémoslo: algunos electores somos incapaces de identificarnos con un partido y de entregarnos a él en cuerpo y alma, con todas nuestras pasiones y todo nuestro juicio, durante mucho tiempo seguido. Eso no significa, sin embargo, que nos desentendamos de la política. Al contrario: es porque creemos entenderla por lo que no estamos inclinados a esas prácticas, que nos parecen una pesadilla y que quizá expresen la esencia del populismo.
En la política (como en la vida en general) todo tiene la forma de una confusa mezcla de males y bienes y, por admirables que los segundos lleguen a ser, nunca debería olvidarse su inquietante proximidad a los primeros ni su frecuente dependencia de ellos. Muchos electores dubitativos, escépticos y tibios estaríamos mejor representados por políticos que mostraran estas mismas cualidades. Nos gustaría, por ejemplo, que, si un partido puede gobernar, pero tiene que hacerlo sin mayoría y buscando aliados, no eligiese a cualquiera para este fin. Declinar la ocupación del poder (un privilegio de políticos nobles) puede resultar más apropiado que gobernar bajo cierta clase de condiciones, igual que, para el ciudadano particular, abstenerse de votar o hacerlo en blanco puede ser, llegado el caso, la elección más digna. Lo anterior no implica hacer del desistimiento un hábito, aunque sí invita a advertir que, cuando las manos del gobernante no huelen a rosas, lo peor es atribuirles el aroma de un perfume que no existe. Seguramente es preferible no mancharse pero, en caso de hacerlo, nada mejora cambiando de manera ventajista el significado de las palabras.
¿Qué decir de un elector que ha estado a punto de abstenerse y que, habiendo decidido finalmente votar a cierto partido, se olvida de todas sus dudas y dice haber descubierto inmensas virtudes en su elección, la cual pasa a ser tenida por un hecho afortunado y por una ocasión histórica? ¿De verdad cuesta tanto trabajo hacer algo con reservas y sin perder consciencia de que no todo se hizo bien? ¿O es que en la vida solo puede hacerse aquello que produce un orgullo estridente? Lo peor de esta clase de conductas son las exageradas pasiones sobrevenidas que sustituyen a la duda. Hice esto a regañadientes, se pensará aunque no se diga, pero me resulta incómodo reconocerlo, así que me convenzo de que lo hice sin reservas y —cosa tan insensata como frecuente— paso a entusiasmarme realmente con lo hecho.
La actuación recién descrita no es quizá la más gloriosa que pueda emprender un elector lúcido, y a quien aspira a gobernar le ocurre lo mismo cuando dice hacer de la necesidad virtud. Quien gobierna como consecuencia de una decisión que ha exigido sacrificar bienes importantes no debería olvidar tales sacrificios ni declarar que no lo fueron. En general es muy raro, en la política y fuera de ella, actuar sin reserva alguna, y convencerse de que lo normal es lo contrario equivale a inventar una humanidad que no existe y, sobre todo, que no es deseable que exista. Poner en claro qué cosas poco honorables ha habido que hacer para lograr algo debería ser un imperativo para todos, políticos o no. La necesidad no es casi nunca virtuosa ni debe aspirar a serlo; a ella, desde luego, le basta con ser necesaria, y quien la adorna con atribuciones de virtud adultera el significado de esta última palabra, la cual pasa a aplicarse a continuación a cualquier cosa que a uno le convenga.
El político debería esforzarse por representar al ciudadano que duda y que sabe que apenas nada está justificado del todo, en lugar de pervertir a sus electores convenciéndolos de que tomar una decisión exige desacreditar todas las razones que se oponen a ella y persuadirse de que uno no tuvo dudas nunca. En realidad, los políticos y quienes no lo somos nos parecemos bastante en esto: una vez que hacemos algo, no nos gusta que se nos muestren al desnudo ciertos fundamentos de lo que hemos hecho. A veces nos acostumbramos a no verlos y otras a darlos por buenos y justos. Pero no se sabe si es peor lo primero o lo segundo, ni en la vida en general ni en la política en particular. Antonio Valdecantos es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense.