sábado, 25 de enero de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 25 de enero de 2025

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 25 de enero de 2025. La confusión sobre la relación entre la presunta discriminación y los distintos resultados obtenidos en los diversos procesos sociales, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, titulada De la falacia de la igualdad, exige una clarificación sobre los conceptos empleados en un debate a menudo contaminado de demagogia. La segunda es hoy un archivo del blog de octubre de 2022, titulado Del expresidente Felipe González, en el que se le consideraba el político más importante de la España moderna, porque ninguno de sus colegas transformó de raíz el país como él lo hizo. El poema del día, en la tercera, titulado Últimos poemas, comienza con estos versos: Hay un deseo que nace donde la carne ya no siente,/donde se agarra el alma/a lo invisible. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.











De la falacia de la igualdad

 







Thomas Sowell. Economista y teórico social estadounidense, afroamericano. Trabajó durante décadas en la Administración, la academia y la empresa, hasta ingresar en 1980 en la Hoover Institution de la Universidad de Stanford, de la que es catedrático. En 2002 recibió la Medalla Nacional de Humanidades, concedida por el presidente de los Estados Unidos. Autor de numerosos libros traducidos a más de doce idiomas, destaca por su abierta oposición al pensamiento de lo «políticamente correcto». Su libro «Discriminación y disparidades», Deusto, 2024, es el objeto de la presente reseña de Ben O’Neill, de la Australian National University, en Nueva Revista el 08/01/2025.

La confusión sobre la relación entre la (presunta) discriminación y los distintos resultados obtenidos en diversos procesos sociales (por ejemplo, en la educación) exige una clarificación sobre los conceptos empleados en el debate. Un debate a menudo contaminado de demagogia. En efecto, no son pocos los que atribuyen la diferencia de resultados exclusivamente a una discriminación previa. Thomas Sowell, el autor del libro aquí reseñado, no lo ve así. Para él (afroamericano y «el pensador más destacado hoy en día en el campo de la raza y la discriminación», según el autor de la reseña), quienes piensan así incurren en lo que llama «la falacia invencible», presente en ideologías opuestas; tanto en las que proponen la supremacía racial, como en las que persiguen a toda costa la igualdad de resultados. En el libro aquí reseñado, Sowell se centra en esta segunda. Y lo hace con un sólido fundamento en evidencias empíricas y estadísticas.

Por ejemplo, un dato estadístico sorprendente a primera vista es que los empleadores que tienen en cuenta los antecedentes penales de los solicitantes de empleo tienden a contratar a más jóvenes negros que los que no los tienen en cuenta. Y pese a ese dato, la Comisión de Estados Unidos para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo ha demandado a empresas por investigar antecedentes penales, alegando que hacerlo constituye discriminación racial.

La gran conclusión del libro es que la disparidad en los resultados no tiene que ver con la discriminación. Sin embargo, quienes defienden una relación de causa-efecto entre ambas se apoyan en un manejo erróneo, cuando no interesado, de la estadística y en métodos sesgados que ignoran datos fundamentales. La «falacia invencible» de asociar la diferencia de resultados a la (supuesta y previa) discriminación tiene efectos destructivos en diversos ámbitos, desde los legales a los educativos. Además de inculcar en las personas la perniciosa idea de que sus resultados desfavorables son el efecto, no de su propia responsabilidad, sino de causas ajenas, como la intolerancia de otras personas o del sistema. Además de criticar ese análisis erróneo, Sowell analiza también de modo crítico algunas medidas que pretenden solucionar la disparidad de resultados, y que él encuentra deficientes.

El autor de la reseña define el libro de Sowell como excelente y oportuno, escrito con un estilo claro y accesible, y un tono objetivo y desapasionado. Un trabajo que apunta al corazón de una falacia que está en la base de «la creciente irracionalidad e imprudencia del discurso sobre la raza y el sexo en Occidente a día de hoy».

Hoy hay pocas cosas tan inmersas en un estado de confusión intelectual como los debates sobre la relación entre la discriminación y los resultados de los procesos sociales. La deliberación y la discusión sobre ese asunto se ven distorsionadas por la demagogia hasta tal grado que se usan términos básicos de uso común para indicar sus perfectos antónimos. De hecho, en el momento en que me dispongo a escribir esta reseña acabo de leer un artículo sobre el testimonio del Decano de Admisiones de la Universidad de Harvard, relativo a las acusaciones según las cuales la universidad se ha hecho culpable de discriminación contra estadounidenses de origen asiático (Harvard Gatekeeper Reveals SAT Cutoff Scores Based on Race, New York Post, 17 de octubre de 2018). El decano declaró que Harvard envía cartas de solicitud de admisión a estudiantes de distintas razas usando distintas notas de corte en el SAT (siglas en inglés de «Prueba de Aptitud Escolar»), es decir, que los solicitantes de ascendencia asiática necesitaban una puntuación superior en el SAT que los solicitantes blancos, que a su vez necesitan una puntuación superior que los negros. «Eso es discriminación racial, pura y simple», dijo el abogado que tomó declaración al decano. «No, no lo es», insistía el decano.

Ese breve diálogo, y la causa judicial en general, refleja aproximadamente el pensamiento neomarxista prevalente hoy en el mundo occidental: según la persona de que se trate, la discriminación puede deducirse exclusivamente de las disparidades en los resultados o puede negarse directamente, incluso cuando se defienda al mismo tiempo que se admite explícitamente una disparidad calculada del resultado. En este asunto se necesita urgentemente clarificar los principios básicos, y este nuevo libro del prestigioso economista Thomas Sowell es una valiosa contribución a este debate. En su obra, Sowell aborda lo que llama «la falacia invencible», según la cual los resultados de los procesos sociales serían idénticos, sujetos solo a la aleatoriedad estadística, si no fuera por un tratamiento dispar o diferencias innatas subyacentes. (Los estadísticos reconocerán esta falacia como una variante de la falacia que consiste en confundir correlación y causación, cum hoc ergo propter hoc). Según Sowell, «[e]sta preconcepción, que abarca todo el espectro político, desafía tanto la lógica como la evidencia empírica en todo el mundo, a lo largo de milenios de historia registrada» (pp. 100-101).

Sowell es el pensador más destacado hoy en día en el campo de la raza y la discriminación. Ha escrito un gran número de convincentes obras sobre discriminación en general, discriminación positiva, relaciones raciales, economía e historia, obras que constituyen el corpus de una sugerente visión de las relaciones humanas. Los lectores familiarizados con otras obras de Sowell advertirán que ya ha identificado esta falacia en muchos de sus libros, tanto al tratar de ideologías que proponen la supremacía racial como al ocuparse de ideologías que fomentan la igualdad de resultados. En la presente obra, combina su análisis de teoría económica y la evidencia empírica en este asunto con respecto a esta última ideología.

Evidencias empíricas. El primer capítulo explora cómo las condiciones para el éxito en distintas empresas a menudo dependen de una combinación de aptitudes y decisiones, o condiciones específicas para una empresa concreta. Sowell sostiene que esto lleva de forma natural a resultados muy sesgados, incluso para grupos con variaciones relativamente pequeñas en las capacidades individuales. Dado que los resultados de un proceso social son insumos para otro, Sowell rastrea este proceso para mostrar por qué son tan comunes las grandes disparidades en los resultados. Presenta pruebas empíricas que ilustran disparidades en resultados de procesos sociales y naturales, muchos de los cuales no permiten un papel causal plausible de la disparidad de tratamiento. El lector entrará en contacto con estudios longitudinales de personas con alto CI, estudios de disparidades en resultados basadas en el orden de nacimiento y otras interesantes evidencias empíricas. La evidencia se examina primero a nivel de instituciones y países y, finalmente, al nivel más amplio de los procesos naturales. En este último caso, quizá sorprenda al lector enterarse de que en una pequeña cuenca del río Amazonas hay ocho veces más especies de peces que en todos los ríos de Europa (p. 17).

El capítulo segundo propone una tipología de la discriminación, siguiendo su análisis de la literatura económica, y examina tipos de discriminación y sus costes asociados en los que deciden y en los que sufren las decisiones ajenas. Sowell distingue tres tipos de discriminación: la que emplea rasgos individuales conocidos (Discriminación 1a); la que predice rasgos individuales desconocidos a partir de los rasgos de un grupo observado (Discriminación 1b); y la discriminación arbitraria que ignora completamente los rasgos particulares del sujeto sobre el que se decide (Discriminación 2). Aunque Sowell emplea su propia terminología, su análisis es consistente con la teoría económica en la literatura general. Estas categorías son lo que los economistas llaman «discriminación estadística» y «discriminación económica». A lo largo del capítulo, Sowell observa que datos adicionales pueden mejorar la capacidad del responsable de la decisión a la hora de determinar los rasgos individuales, pasando así de la Discriminación 1b a la Discriminación 1a, lo que puede traducirse en provecho de grupos con malos resultados. También señala que la Discriminación 2 impone costes al responsable de la decisión, pero que esos costes se pueden eliminar o alterar trasladando la responsabilidad decisoria a terceros. Como ejemplo ilustrativo de estas cuestiones, señala que los empleadores que recurren a los antecedentes penales de los solicitantes de empleo tienden a contratar a más negros jóvenes que los que no lo hacen, pero que, a pesar de ello, la Comisión de Estados Unidos para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo ha demandado a empresas por investigar antecedentes penales, alegando que hacerlo constituye discriminación racial (pp. 24-25).

El capítulo tercero examina la distribución espacio-temporal de los grupos en las poblaciones y el orden espontáneo que surge de la autoclasificación en grupos (aproximadamente) homogéneos. Sowell observa que los seres humanos tienden a clasificarse voluntariamente en grupos que muestran similitudes notorias, incluso cuando hay una diáspora a lo largo de continentes enteros. Los grupos diferenciados de poblaciones relativamente homogéneas a menudo aparecen difuminados por rasgos que comparten con la población general y que ocultan algunas similitudes notorias. Un ejemplo típico de estos hallazgos es que «en la ciudad australiana de Griffith, en los años de 1920 a 1933, el 90 por ciento de los italianos que habían emigrado de Venecia y se habían casado en Australia se casaron con mujeres italianas que también habían emigrado de Venecia» (p. 52). La lectura de este capítulo ofrece una visión de la sociedad humana como una especie de patrón «fractal», con patrones recursivos de desigualdad y agrupamiento que se repiten en diferentes niveles de escala, e incluso en escalas bastante pequeñas. Sowell examina una vez más las consecuencias de la intervención de terceros cuando las personas son «desclasificadas» por terceros que toman decisiones, y sostiene que esto traslada los costos y causa problemas sociales.

Sesgos y engaños estadísticos. El capítulo cuarto del libro examina diversos métodos de engaño estadístico empleados para ocultar u oscurecer la evidencia empírica que disociaría la discriminación y las disparidades en los resultados. Esto incluye la información selectiva de las disparidades de los grupos, métodos sesgados de agregación de resultados (por ejemplo, informar sobre los ingresos del hogar en lugar de los ingresos individuales), ignorar el tiempo y la edad en las comparaciones entre personas, ignorar la rotación de personas en los tramos de ingresos y otros grupos basados ​​en los resultados, abstenerse de comparar los resultados con una línea de base adecuada y otras diversas modalidades de error, sesgo o truco puro y simple. Esta parte del libro es algo sobre lo que Sowell ha escrito extensamente en sus otras obras. Los lectores que acceden por primera vez a la obra de Sowell lo encontrarán valioso, pero quienes hayan leído otras de sus obras pueden saltarse esta parte sin pérdida significativa. Aunque este capítulo amplía el debate sobre la discriminación y las disparidades, no se relaciona con la naturaleza de estos fenómenos per se, sino más bien con la demagogia y la sofistería que rodean estos temas en el mundo académico, los medios de comunicación y la política.

El capítulo 5 concluye la obra con el análisis de las consecuencias humanas destructivas que genera la «falacia invencible» y la visión social que la acompaña. Sowell identifica varias instituciones cruciales corrompidas por este tipo de pensamiento y analiza lo que sucede cuando la visión social predominante busca igualar los resultados mediante la intervención de terceros. Sowell sostiene que la noción jurídica de «impacto desigual» en la legislación antidiscriminación surge como resultado de esta falacia y corrompe la ley al revertir la presunción de inocencia. Observa que los intentos de garantizar que las medidas disciplinarias para los estudiantes se apliquen de manera proporcional a todos los grupos raciales en la educación conducen a una disminución de la disciplina en las categorías donde más se necesita, y esto hace que los niños pierdan la oportunidad de recibir una buena educación. Analiza otros problemas sociales concretos y las implicaciones generales de inculcar a las personas la idea de que sus resultados desfavorables son atribuibles a la intolerancia de los demás. Sowell critica varias «soluciones» propuestas para las disparidades de resultados y señala deficiencias en estas ideas. Termina su libro con una mirada al pasado y exhorta a sus lectores a evitar avivar el fuego de las hostilidades pasadas y, en cambio, buscar formas prácticas de mejorar el futuro.

Este es un libro excelente y oportuno, escrito en el estilo claro y accesible habitual en este autor. Sowell es un maestro a la hora de estructurar un argumento convincente a través del lento ritmo de la evidencia empírica, presentada en un tono clínico desapasionado y resumida al final con una sutileza penetrante. Los estudiosos pueden recurrir a notas detalladas de las fuentes y estarán interesados ​​en seguir algunos de los estudios interesantes citados en el libro. El lector común encontrará que la escritura fluye sin problemas ni distracciones académicas pedantes, y presenta una tesis clara y convincente, con mucho material para la reflexión posterior. Lo mejor de este libro es que se centra en la falacia básica que subyace y conduce a la creciente irracionalidad e imprudencia del discurso sobre la raza y el sexo en Occidente a día de hoy. Al dedicar una obra específicamente a la relación entre la discriminación y las disparidades en los resultados, Sowell ataca la raíz del problema y trata de restablecer la cordura. 











[ARCHIVO DEL BLOG] Contra Felipe González. Publicado el 29/10/2022

 






Es un viejo truco que los escritores conocemos bien: consiste en proclamar que el mejor libro de Cervantes es el Persiles y no el Quijote, en abominar de Memoria de mis putas tristes sin recordar Cien años de soledad (o en recordarlo sólo para asegurar que no alcanza la excelencia de El coronel no tiene quien le escriba), en sostener que Rafael Chirbes —digamos— es superior a Borges o Vargas Llosa, que además no son para tanto (afirmación que recuerda aquel verso de José Agustín Goytisolo, según el cual “Martin Luther King no fue tan negro como ahora se dice”). En definitiva: se trata de relegar o denigrar lo bueno y de enaltecer lo mediocre o lo malo, no sólo para hacerse el interesante y dar el pego entre los incautos, sino sobre todo para intentar que, gracias a la exaltación general de la mediocridad, la nuestra pase inadvertida, o al menos no contraste de manera demasiado cruel con la excelencia ajena. Esta bajeza, que tantos beneficios reporta a quien la practica, es habitual también en política, y durante la última década algunos protagonistas de la Transición han sido sus víctimas predilectas. El resultado lo ha descrito muy bien Miguel Aguilar: la gente de nuestra generación se siente mucho más orgullosa de sus abuelos, responsables de una guerra que costó más de 600.000 muertos y provocó una dictadura de cuarenta años, que de sus padres, artífices de una Transición que dejó poco más de 700 muertos y engendró una democracia de cuarenta años, alega en El País el escritor Javier Cercas. Es una estupidez colosal, de la que no podemos culpar a nadie salvo a nosotros mismos, por permitir que una panda de políticos e intelectuales de tercera categoría engañara al personal con una versión fraudulenta de la historia, según la cual la Transición fue un trampantojo cuyo resultado no fue una democracia de verdad sino una prolongación del franquismo por otros medios: el llamado Régimen del 78. Una estupidez, un delirio, una trola como una casa. Pero es lo que hay: como dijo el doctor Goebbels, las mentiras, cuanto más gordas, mejor.
Pero volvamos a la realidad. No resulta fácil hacerse cargo ahora mismo de la inmensa ilusión concitada por Felipe González en octubre de 1982: para intentarlo, quizá lo más sencillo sea recordar que se granjeó una confianza tan ingente que, hasta donde alcanzo, es el único político español de primer rango a quien los ciudadanos conocíamos por su nombre de pila, y a quien sólo sus enemigos acérrimos llamaban por su apellido. Lo cierto es que aquellas remotas elecciones eran las primeras en que, tras más de cuarenta años de guerra y dictadura, España elegía un Gobierno de izquierdas (y encima por mayoría aplastante), y que aquel andaluz jovencísimo, apuesto, encantador, inteligente, cosmopolita, persuasivo y aconsejado por maestros expertos —Willy Brandt, Bruno Kreisky, Olof Palme, sobre todo Olof Palme— parecía no sólo capaz de espantar de una vez por todas la maldición histórica que, según una funesta leyenda cainita, pesaba sobre este país de todos los demonios, devolviéndolo a Europa, sino que además prometía una civilizada Suecia del sur, con sol, Mediterráneo y tapas. Por supuesto, los hechos no podían estar a la altura de semejantes ilusiones, pero muchos nos las creímos. Más aún: como asombrosamente algunas de ellas parecieron empezar a cumplirse, muchos aceptamos que, pese a sus naturales desaciertos, aquel tipo era tan competente que los demás podíamos tumbarnos a la bartola y dedicarnos a nuestros asuntos. ¡Qué error, qué inmenso error! “Quien no está ocupado en nacer está ocupado en morir”, reza un verso de Bob Dylan; la democracia es igual: si no mejora, empeora. Nosotros sólo caímos en la cuenta de esta verdad elemental hacia 2010, tras el sacudón salvaje de la crisis de 2008. Fue entonces cuando comprendimos que, si no haces política, te la hacen, y que, después de mucho tiempo sin mejorar, la democracia española estaba hecha unos zorros. Quince años después de la salida de González del poder, veinte desde el fin de la Transición, nadie salvo nosotros, que ya éramos unos adultos, podía considerarse responsable del desaguisado, pero optamos por culpar a papá y mamá y, como Adolfo Suárez y Santiago Carrillo estaban muertos, arremetimos contra Felipe, que allí seguía, tocando las narices. Años atrás, aquel hombre había sido demonizado por la derecha, pero ahora también lo fue por la izquierda, sobre todo por la nueva izquierda, que, como antes había hecho la derecha, lo reducía a sus responsabilidades (reales o supuestas: reales y supuestas) en el GAL y en la corrupción de los años postreros de su mandato, como quien reduce Cervantes a las flatulencias pastoriles de La Galatea o García Márquez a las blanduras de Del amor y otros demonios.
Lo anterior explica que Un tal González, el último libro de Sergio del Molino, constituya en este momento una provocación, por no decir un sacrilegio: lo es porque intenta honestamente entender al personaje en toda su complejidad; también, porque su autor se declara más satisfecho de ser hijo de la Transición que nieto de la Guerra Civil. Hacia el final de su recorrido, Del Molino, que no oculta los deméritos políticos de su protagonista, hace un recuento de sus méritos: la creación de un sistema de salud pública para todos por vez primera en España; la universalización de la enseñanza en cualquiera de sus ámbitos; la nivelación de las infraestructuras de transporte con las del resto de Europa, que convirtió en emblema del cambio político la transformación de las carreteras bacheadas en autovías; la a menudo dolorosa modernización de la economía, que pasó de un sistema cerrado y obsoleto a uno abierto y competitivo; la descentralización del poder y el desarrollo de esa suerte de Estado federal que nosotros llamamos autonómico; el retorno a Europa que, desde hacía más de dos siglos, venían reclamando los mejores españoles… En fin: no es una Suecia del sur, pero hay que acumular una ignorancia apoteósica del pasado para no reconocer que la España moderna nunca había estado tan cerca de serlo.
Todo esto no significa por supuesto que Felipe González no cometiera errores, algunos de ellos graves, durante su mandato y después de su mandato. Los primeros son bien conocidos; en cuanto a los segundos, menciono tres, también muy notorios: la mejorable administración de sus palabras (y sus silencios); la dificultad para aceptar sin protestas ni mala cara que sus herederos se equivoquen como se equivocó él; el nerviosismo que a veces deja entrever por el lugar que le reserva la historia. Este último yerro, que Felipe negará, es el más evidente y el más grave (y el responsable sus ocasionales respingos de irritación o de soberbia). Porque, como sabe muy bien el expresidente, que es aficionado a la historia, ésta no se equivoca nunca. Adolfo Suárez fue el político más contundente y resolutivo del siglo XX español, pero su obra esencial —cambiar en menos de un año una dictadura de casi medio siglo por una democracia o por los fundamentos de una democracia, sin la guerra abierta o la revolución sanguinaria que tantos auguraban— parece con la perspectiva del tiempo más propia de la prestidigitación que de la política; Felipe González ha sido, en cambio, el político español más importante de la España moderna, porque ninguno de sus colegas transformó de raíz el país como él lo hizo. En todo caso, lo seguro es que ha contribuido infinitamente más a mejorar la vida de sus conciudadanos que cuantos, desde todos los confines del espectro ideológico, continúan abominando a diario de él. Esto no es una opinión: es un hecho.











El poema de cada día. Hoy, Últimos poemas, de Phil Camino

 









ÚLTIMOS POEMAS



Hay un deseo que nace donde la carne ya no siente,

donde se agarra el alma

a lo invisible.

Allí las bestias se callan,

enmudecen su lamento

en el silencio amaestrado.

Hay un deseo que no es

de la piel,

ni de la boca.

Sólo de un lugar que nadie conoce, en el que

como una bestia con fiebre,

palpita el pobre corazón humano.



Phil Camino (1972)

poetisa española


















De las viñetas de humor de hoy sábado, 25 de enero de 2025

 







































miércoles, 22 de enero de 2025

De la libertad de expresión. Especial 1 de hoy miércoles, 22 de enero de 2025

 







Cuando la defensa de la libertad de expresión cae en manos de los dueños absolutos de los canales de comunicación a escala mundial, es que ha cambiado de sentido un derecho originariamente concebido para proteger a la ciudadanía del poder de los Estados y su afán controlador, comenta hoy en El País [Contra la libertad de expresión, 21/01/2025] el escritor Jordi Gracia. Hoy es el poder quien quiere desregular las condiciones de la comunicación para fomentar la propaganda y la falsificación de la realidad deliberadamente tendenciosa con fines políticos, asociados a los intereses empresariales de quienes controlan las autopistas que impulsan la opinión y la información, verdadera o falsa, eso da igual. Hoy la desinformación militante circula por una gigantesca red de redes que llega a todos, y a todos llega de diferente forma en función del algoritmo opaco e impenetrable que nos regula a cada uno.

La paradoja definitiva e inteligentísima de Elon Musk o Mark Zuckerberg es defender la libertad de expresión contra la coacción que dicen padecer de los poderes democráticos. Esta resignificación totalitaria del derecho a la libertad de expresión va dirigida, paradójicamente, a inundar las redes de contenidos falsos, excitantes y provocativos para consumidores incautos, presas fáciles de la enormidad más absurda. Llega a nuestros móviles sin filtro pero con la pátina de veracidad incontestable y exclusiva, exclusiva para cada uno de nosotros, bombardeado una y otra vez con los mismos mensajes y sin herramientas de discriminación de la veracidad o mendacidad de lo que recibimos. Es una variante nueva de la lucha de clases: unos tienen instrumentos intelectuales y formativos para rebatir esos engrudos, e incluso para combatirlos, y muchos otros no los tienen ni los tendrán nunca.

La reacción contrailustrada ha dejado de ser una amenaza para ser una operación global y cotidiana en nuestros terminales digitales y a la vista de todos: los jefes de las grandes teconológicas, Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y el director ejecutivo de Google, Sundar Pichai, ocupaban un lugar privilegiado en la investidura de Donald Trump, y ha sido el propio Trump quien ha explicado su propósito de “recuperar las opiniones libres en EE UU”. El cambio es histórico y es cualitativo: consiste en dotar de plena legitimidad universal a una tríada plutocrática —antes se llamaba oligopolio— que alía en un solo centro al máximo poder político, al máximo poder económico y al máximo poder comunicacional de forma compacta, invasiva e inatacable con las armas de la democracia liberal del siglo XX.

Este blindaje duró doscientos años y rindió grandes beneficios a las sociedades modernas, pero hoy es anacrónico, obsoleto, inútil y hasta legitimador de la ofensiva totalitaria que inspira a los nuevos poderes ligados a Trump y sus hermanos políticos de ultraderecha repartidos por el globo. No hay ocultación alguna ya, y así lo ha dicho el nuevo jefe de asuntos globales de Meta, Joel Kaplan, en sintonía con Elon Musk. Según él, el propósito de moderar contenidos “ha ido demasiado lejos”, cuando en realidad seguían muy lejos de ser eficientes en el control de mensajes directamente racistas, misóginos y homófobos, negacionistas de la ciencia y de cualquier evidencia. La realidad, según ellos, es que la ciudadanía es víctima de la censura y las megaempresas tecnológicas también, por culpa de la presión de los poderes políticos para prohibir y penalizar discursos que caen una y otra vez en delitos tipificados en cualquier otro ámbito que no sea la esfera digital.

Cuando mande este artículo al periódico, tendré que quitar expresiones como las que acabo de leer en redes en las que se pregunta un tipo cuántas pollas ha chupado esa mañana una periodista con nombre y apellido en un programa de televisión, la acusación de violadores compulsivos dirigida a un grupo de muchachos negros paseando por una calle de Tenerife o las amenazas directas infligidas contra otra periodista —“puta, guarra, chupapollas”— porque ha rectificado una mentira de un político de ultraderecha. ¿Me dejará la directora de este periódico mantener estas expresiones en el artículo o coartará mi libertad de expresión obligándome a suprimirlas? ¿Tendrán razón Zuckerberg y Trump en que Pepa Bueno está erigiéndose en censora impía de la libertad de expresión que no disfruto aquí pero sí tendría en las redes? No contesten, no hace falta. Ya ha contestado el nuevo jefe de asuntos globales de Meta (es decir, Facebook, Instagram, WhatsApp): “A pesar de lo bien intencionados que han sido muchos de estos esfuerzos, se han expandido con el tiempo hasta el punto en que estamos cometiendo demasiados errores, frustrando a nuestros usuarios y, con demasiada frecuencia, interponiéndonos en el camino de la libertad de expresión que nos propusimos permitir”. De hecho, según ellos, “un programa destinado a informar, con demasiada frecuencia, se convirtió en una herramienta para censurar”.

La inteligencia de la operación es diabólica porque pone contra las cuerdas la convicción esencialmente democrática de defender la libertad de expresión, cuando esa libertad de expresión ya no es otra cosa que permisividad interesada ante delitos de insultos, difamación y mentiras sistemáticas. En nombre de esa libertad garantizan la posibilidad de inundar de mendacidad programada y masiva los móviles de la población, pero se reservan el derecho a controlar el discurso de forma opaca y unidireccional. Rechazan la legislación abierta mientras diseñan algoritmos que impulsan y cancelan a oscuras la expresión de todos, como más de una vez ha explicado Marta Peirano. Cuando un medio profesional defienda una posición contraria a la difundida masivamente en redes, el malo será el medio profesional porque el veraz y creíble es el que recibe cada cual en su móvil, sin control, sin verificación: con entera libertad... O reconceptualizamos el significado de la libertad de expresión en la era digital o la era digital va a terminar con uno de los fundamentos cruciales de la democracia.

Hoy se ha invertido la ecuación y son los gigantes tecnológicos aupados al poder del Estado quienes reivindican el derecho a la impunidad disfrazado de derecho a la libertad de expresión. Ese es el genial giro que han introducido en la conversación pública: exigen Estados que no regulen sus operaciones de comunicación para garantizar la perpetuación de beneficios estratosféricos, fundados en la adicción que las redes sociales inducen programáticamente en la ciudadanía. Las redes fundan su negocio básicamente en la incontinencia del narcisismo de la mayoría de la población y la existencia de un lugar —las mismas redes— que, por fin, nos resarce de la frustración de proferir nuestras grandes ideas círculos sociales que antes no pasaban de la mujer, la novia, el amante, la hija o el hijo, el amigo o el vecino. En cambio, hoy crece en repercusión a medida que aumenta la brutalidad o la enormidad del comentario: ese es el centro de la adicción a las redes, cebado exponencialmente por el narcisismo de un emisor sin límites, obligado a verificar cada dos por tres si alguien ha prestado atención a su insustituible opinión (por supuesto, anónima: otra lacra que justifica el desbocamiento que antes era íntimo y hoy es público) y dispuesto de inmediato a volver a la carga aumentando el decibelio tremendista.

No parece haber mucho margen. O los poderes públicos interceptan este obsceno tráfico de drogas duras o la turbamulta de narcisistas que somos reducirá gravemente la capacidad de control del instrumento que inventamos hace ya muchos años: el Estado es, y sigue siendo, el único poder regulador de nuestra propia barbarie contra la depredación económica a cualquier coste democrático que propician las grandes tecnológicas y sus socios políticos. Hoy solo se puede estar en contra de una libertad de expresión que protege la impunidad de unas ganancias cuya continuidad va ligada al fin de los controles de las democracias liberales.




















De las entradas del blog de hoy miércoles, 22 de enero de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz miércoles, 22 de enero de 2025. La toma de posesión de Trump no se hace al aire libre porque el frío es tan intenso que puede matar, se dice en la primera de las entradas de hoy del blog titulada De la nueva era que hoy comienza, temperaturas gélidas, muy por debajo de cero, parcialmente causadas por el vórtice polar, que contrastan con el ardor de los incendios de Los Ángeles, cuya ceniza aún sobrevuela buena parte del país. Ceniza y hielo para el nuevo presidente, negacionista climático. Ceniza y hielo sobre los tejados de una Casa Blanca que, de manera insólita en este tipo de actos, recibirá a líderes extranjeros. La segunda de hoy es un archivo del blog de enero de 2017, titulado Trump, presidente, en el que se decía que la elección de Donald Trump planteaba el problema crucial de intentar saber cómo iba a gobernar, si iba a hacer lo que había dicho durante la campaña más polarizada y bronca de la historia norteamericana, o si el ejercicio del poder le iba a moderar y la respuesta no era fácil. El poema del día, en la tercera, se titula Miedo y comienza con estos versos: Yo no quiero que a mi niña/golondrina me la vuelvan;/se hunde volando en el Cielo/y no baja hasta mi estera. Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor. Pero ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Nos vemos mañana si la Fortuna lo permite. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos.


 








De la nueva era que hoy comienza





 



La toma de posesión de Trump no se hace al aire libre porque el frío es tan intenso que puede matar. Temperaturas gélidas, muy por debajo de cero, parcialmente causadas por el vórtice polar, que contrastan con el ardor de los incendios de Los Ángeles, cuya ceniza aún sobrevuela buena parte del país. Ceniza y hielo para el nuevo presidente, negacionista climático. Ceniza y hielo sobre los tejados de una Casa Blanca que, de manera insólita en este tipo de actos, recibirá a líderes extranjeros, comenta en El País [Un nuevo mandato, una nueva era, 20/01/2025] la escritora Azahara Palomeque. De nuestro país, asistirá Santiago Abascal, aunque es cierto que en la internacional reaccionaria la idolatría ya no parece tan importante: se retroalimenta de odio. Qué se puede esperar del primer presidente convicto de la historia de Estados Unidos; de quien lo ha ganado todo —las dos Cámaras, el voto popular—; de quien logró alterar, a su favor, la composición del Tribunal Supremo y ahora este organismo le garantiza inmunidad frente a distintas tropelías, como confirmó en una sentencia. Qué se puede esperar de quien amenaza con tomar por la fuerza militar Groenlandia, un territorio perteneciente a una nación miembro de la Unión Europea y la OTAN, es un misterio que iremos resolviendo poco a poco, probablemente con ciertas dosis de violencia y chantaje económico; probablemente, el mundo no vuelva a ser nada parecido a lo que conocemos cuando hayan transcurrido los próximos cuatro años.

La diferencia entre ese futuro tenebroso y el pasado imperfecto, pero aún sujeto a ciertos goznes, la expresó el propio Trump hace unos días: “En mi primera legislatura, todo el mundo se enfrentaba conmigo; ahora, todos quieren ser mis amigos”. El republicano se refería a los amores fogosos que suscita entre los magnates del sector tecnológico, aunque, sin darse cuenta, estaba proporcionando las claves del paradigma político y emocional contemporáneo: la normalización de la ultraderecha. Si pensamos en el asalto al Capitolio, podrán venir a nuestra mente recuerdos de cómo reaccionó el sistema judicial —invalidando, caso tras caso, el intento de conteo falso de los votos—, o los medios de comunicación, algunos de los cuales retiraron el micrófono al mandatario para evitar su incontenible mendacidad y nuevas conspiraciones. Ahora, efectivamente, algo ha cambiado. Ha cambiado nuestra tolerancia hacia el mal; se ha expandido la impasibilidad que profesamos ante al dolor ajeno; se ha agigantado, también, la permisividad social con la desigualdad hasta el punto de que algunos cuestionan la injerencia de Elon Musk en las soberanías europeas o su influencia en los comicios presidenciales a través de X, pero no el hecho de que sea cien-mil-millonario. En otras palabras: sería necesario indagar en por qué nuestra sociedad permite tal acumulación obscena de capital y poder, antes de criticar en qué medidas específicas se materializa esta injusticia.

Todos quieren ser mis amigos porque va calando, gota a gota, un modo de estar en el mundo cada vez más agresivo y vil, que desdeña la diplomacia y ensalza la fuerza bruta como matriz del sentido. Es el mismo mundo donde la moral es motivo de escarnio público y más vale presumir de maldad, corrupción, o narcisismo; donde el tablero geopolítico sigue imponiendo un juego de bombas y sangre que ha segado la vida de, al menos, 46.000 palestinos, y vulnera los derechos humanos más allá del alto el fuego acordado recientemente. Decía el filósofo Michel Foucault que la violencia en la época actual gozaba de invisibilidad. En concreto, contraponía las crueles lecciones de ejemplaridad medievales —por ejemplo, quemar herejes en la plaza del pueblo— a un sistema basado en la burocratización del castigo, oculto tras sanciones administrativas o tiempo penitenciario, y más preocupado por gestionar la vida —biopolítica— que por dar muerte. Lástima que esa categorización se haya quedado obsoleta, porque lo que estamos contemplando es un derrame generalizado de violencia ejercida con total impunidad en el escaparate espectacularizado de la incomunicación digital. La (ultra) derecha caníbal frente a la cámara: la deglución del otro más débil, el encumbramiento mezquino del poderoso y, finalmente, el opaco silencio de los que miran y callan indolentes.

Ahora, debemos prepararnos no solo para ver ampliado el umbral del dolor colectivo, sino también para defender una democracia que estorba a las élites y convence cada vez a menos gente. Debemos anteceder que habrá impulsos cruzados entre el eje Washington-Moscú para amedrentar al Estado de derecho y que sus ecos hallarán fertilidad en suelo patrio, siempre predispuesto a replicar la barbarie foránea con acento local. Debemos practicar una memoria radical proyectada hacia un futuro sediento de demencia y, si somos capaces, evitar normalizar esa muerte ubicua que regresa como un fantasma a visitarnos —en Gaza, pero también en forma de dana criminalmente gestionada o falta de atención sanitaria—, y busca instalarse en los entresijos de nuestras rutinas, tan aceleradas. Ceniza y hielo actúan como augurios de una era en la que cada gesto de disidencia abre una ventana allá donde otros quieren construir un muro, lanzar un cohete, o derruir hasta los cimientos todas las casas.