sábado, 8 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 8 de marzo de 2025, Día internacional de la mujer trabajadora

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 8 de marzo de 2025. Con el eje Trump-Vance-Musk-Putin, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy, la democracia atraviesa una crisis que no puede ser trivializada; la sociedad debe salir del estado de ‘shock’ y unirse para defenderla. La segunda, un archivo del blog fechado en agosto de 2016, se preguntaba: "¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no”; palabras de Albert Camus que en el ensayo filosófico El hombre rebelde trazó una crítica de la sinrazón pura del crimen ideológico. El poema del día, en la tercera, comienza con estos versos: Olvidaré tus ojos cargados de ternura;/tu voz que me llenaba de dulces emociones;/tus promesas perdidas en este laberinto... Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt










De la verdad frente al fanatismo

 






Con el eje Trump-Vance-Musk-Putin, la democracia atraviesa una crisis que no puede ser trivializada; la sociedad debe salir del estado de ‘shock’ y unirse para defenderla, escribe en El País [La hora de la verdad de las sociedades libres frente al fanatismo,06/03/2025] la filósofa Carolin Emcke.

Sigue produciéndose en la actualidad un reflejo de gran ingenuidad política: cuando se celebran elecciones, todas las personas de talante democrático observan aterradas los resultados que obtiene la extrema derecha. Como si la popularidad de los partidos pseudolibertarios y neofascistas fuera el sismógrafo de la estabilidad de la constitución democrática de nuestras sociedades. Y así es como los observadores nacionales y extranjeros escrutan también a Alternativa para Alemania (AfD) en Alemania y su 20,8 % en las elecciones al Bundestag, que lo ha convertido en la segunda fuerza parlamentaria, solo por detrás de los conservadores de Friedrich Merz. Después viene la gran indignación por semejante avance demencial o el discreto suspiro de alivio porque la cosa aún podría haber sido peor. No obstante, la estrechez de miras de esa obcecación con la extrema derecha en los parlamentos, ya se trate de la AfD, de Vox o del FPÖ austriaco, trivializa la crisis que está atravesando la democracia.

De todos modos, desde la desastrosa reunión entre Trump y Zelenski, las elecciones de cualquier país europeo son la menor de nuestras preocupaciones. Lo que está en juego es el orden mundial basado en unas normas establecidas. Y para plantar cara a la recién formada alianza de matones radicalizados y autoritarios Trump-Vance-Musk-Putin, es necesario localizar correctamente el peligro cultural y político en el seno de nuestras democracias.

En realidad, la amenaza existencial no procede únicamente de los partidos que quieren socavar los principios de los derechos humanos, la separación de poderes y la protección que brinda el Estado del bienestar. El peligro no es solo que estos radicales autoritarios y revisionistas lleguen al poder o se establezcan coaliciones con ellos. El verdadero ataque a la democracia reside en que los demás partidos se apresuren a adoptar sus dogmas racistas, patrioteros y conspiracionistas. Tanto si es por resentimiento propio o por error táctico como si es por pura conveniencia, los intentos de los partidos tradicionales de debilitar a la ultraderecha adoptando sus posiciones populistas lo único que logran es acabar normalizando el desprecio por la humanidad y debilitar el sentimiento de comunidad basado en la solidaridad.

Durante la campaña electoral, los conservadores de Friedrich Merz se emplearon a fondo en mimetizar los eslóganes populistas y demenciales de la guerra cultural: se demonizó la inmigración (a pesar de que todos los datos económicos y demográficos demuestran la urgente necesidad de tener aún más inmigración), se debilitó el consenso político sobre la memoria histórica y la reflexión crítica acerca del nacionalsocialismo, se deslegitimó e intimidó a los actores de la sociedad civil. Los radicales de derechas apenas podían creer su suerte ante tanto apoyo de la competencia, que se apresuraron a vitorear.

Si queremos preservar los logros de las democracias europeas, si aspiramos a contrarrestar el eje autoritario y fascista Trump-Musk-Vance, los conservadores deben preguntarse si les queda aún un resto de fervor ético que los distinga de las ideologías conspiracionistas y de desprecio por la humanidad o se van a dejar manipular desde el guiñol populista de los radicales de derechas.

La crisis de la democracia no solo se manifiesta en las urnas, sino también en el discurso político, en la vida cotidiana, en los tribunales administrativos, en las escuelas, en los campos deportivos, en los cuerpos de bomberos, en los clubes y bares, en las operaciones policiales. Ahí es donde se pone de manifiesto si se están aplicando realmente las promesas de observancia de los derechos fundamentales de libertad e igualdad. Ahí se dirime si todos aquellos que se ven marginados por tener un aspecto diferente, por creer de forma diferente, por amar de forma diferente o por tener cuerpos que se aparten de la norma, si todos aquellos que son vulnerables pueden ser vilipendiados y atacados impunemente. O si, por el contrario, persisten la protección, el reconocimiento y la atención característicos de una comunidad democrática.

Desde la victoria electoral de Donald Trump y el golpe fascista que siguió, ya no cabe hacerse ilusiones al respecto: toda la gramática social de nuestras democracias está amenazada. De J.D. Vance a Javier Milei, de Viktor Orbán a Alice Weidel, nos quieren hacer creer que la libertad es esencialmente estar libres de normas, libres de obligaciones legales, libres de cualquier consideración hacia los demás. Con todo respeto: eso no es libertad; eso es un narcisismo sin tapujos. Vivimos en comunidades, en contextos locales, nacionales e internacionales. Y esa convivencia se rige por normas, cuya función es protegernos y a las que estamos mutuamente obligados. Cualquiera que confunda libertad con talante despiadado dice con ello adiós a la convivencia. El encuentro entre Trump y Zelenski ha demostrado que para Trump no hay reglas que valgan, y que no importa quién agrede y quién es agredido; ser autor o víctima es algo irrelevante para él.

En todo el mundo, las personas luchan contra regímenes autoritarios y totalitarios, se ven confrontadas con la guerra y la violencia. Aquí mismo, en Europa, en Ucrania, la gente está luchando por su supervivencia y su autonomía. Y sin embargo, desde Trump hasta Weidel, el concepto de libertad está siendo mutilado para proteger a las industrias de combustibles fósiles, desacreditar el derecho internacional e incitar al odio contra las personas.

Hoy en día, hay quienes sugieren que existen personas normales y no normales. La sociedad se divide en los que realmente cuentan, cuyas preocupaciones e irritación deben tomarse en serio, cuyas creencias, cuyos cuerpos, cuyas familias son “normales”. Y luego están “los otros”, los que creen de otra manera, se afligen de otra manera, aman de otra manera, tienen otro aspecto, cuyas preocupaciones se consideran preocupaciones de lujo, cuyos miedos se tachan de exagerados, cuyo deseo de reconocimiento se considera una muestra de ingratitud. Lo cierto es que no hay jerarquías entre las personas. No hay ciudadanos “auténticos” y “falsos”, no hay familias “auténticas” y “falsas”. No hay emigrantes que sean valiosos y otros que sean superfluos. No es que los de aquí sean normales y los de allá no lo sean. Esa retórica es inhumana.

No se puede responder al fanatismo con más fanatismo. No se puede contrarrestar el populismo con autocomplacencia; solo puede afrontarse con solidaridad, compasión y una precisión inquebrantable. Pero Europa debe reconocer también la dramática gravedad del ataque a las normas democráticas y al derecho internacional. El concepto de Occidente como comunidad de seguridad ha sido anulado unilateralmente por Estados Unidos. J.D. Vance lo dejó bien claro en su discurso durante la Conferencia de Seguridad en Múnich. Y tras la valiente resistencia de Zelenski a las mentiras y humillaciones sufridas ante las cámaras en la Casa Blanca, Europa debe reflexionar lo antes posible.

Para los actores de la sociedad civil, para todos nosotros, la pregunta es: ¿qué podemos hacer? No nos quedemos en estado de shock. No nos dejemos aislar. Debemos unirnos y actuar conjuntamente, pues es la única manera de defender las infraestructuras sociales, culturales y políticas. Lo que podemos hacer es, cada día y en cualquier contexto, prestar atención a los demás; cada día y en cualquier contexto, prestar atención al cumplimiento de las normas; cada día y en cualquier contexto, velar por el cumplimiento de las normas jurídicas, las normas científicas, las normas estéticas, las normas periodísticas, las normas éticas. Porque los regímenes autoritarios quieren corromper y desmontar esas normas y esos estándares. Lo que podemos hacer es aferrarnos cada día al hecho de que existen criterios para constatar la verdad, de que existe una realidad. Es crunch time: la hora de la verdad. Carolin Emcke es periodista, escritora y filósofa.














[ARCHIVO DEL BLOG] Rebeldía y terrorismo. Publicado el 08/08/2016











"¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice no”. Las palabras de Albert Camus que en el ensayo filosófico El hombre rebelde trazó una crítica de la sinrazón pura del crimen ideológico, han vuelto a cobrar consistencia a la luz de los ataques de los fanáticos yihadistas.
El filósofo Manuel Ruiz Zamora, a partir de esas palabras del pensador francés, publicaba hace unos días en El País un artículo titulado "Camus y el terrorismo" en el que relacionaba ambos conceptos, el de rebeldía y el de terrorismo, que vienen asolando Europa desde hace unos meses, y sacaba a relucir la incongruencia de la tesis central del ensayo de Camus con aquel aspecto concreto del mismo en que parece reconocerse cierta fascinación romántica por la épica de la muerte al servicio de una idea. Lo traje al blog en la nueva sección diaria Tribuna de Prensa (a la derecha de la pantalla), pero dado lo efímero de la misma y la trascendencia de lo que lo en el artículo se cita, creo que merece la pena pasarlo a la página central de Desde el trópico de Cáncer, precisamente en esta sección titulada Pensamiento.
Pocos ensayos de reflexión filosófica comienzan con la contundencia con la que lo hace El hombre rebelde, de Albert Camus, dice el profesor Ruiz Zamora. Y pocos han capturado en una fórmula tan precisa la esencia de su contenido. Imaginemos, por ejemplo, a una directora de instituto en Cataluña, añade, que ante la convocatoria de una consulta ilegal, se niega a someterse a las presiones del poder político. De entre los miles de funcionarios que ostentan ese cargo, solo ella dice no. Como ya demostró Antígona, más de dos mil años atrás, la rebeldía en absoluto es un atributo genérico. Y, sin embargo, el no rebelde que Camus propugna no es nunca un no absoluto: presupone un sí innegociable que es el que le da sentido. Nuestra directora de instituto dijo no a la coacción política, pero a partir de un sí heroico a la legitimidad democrática.
El hombre rebelde es, en sí mismo, un ejemplo excelso de rebeldía, sigue diciendo. Cuando la mayoría de los clérigos, por usar las palabras de Julien Benda, pusieron su inteligencia al servicio de una escolástica del despotismo, solo unos pocos se atrevieron a pronunciar un no rebelde y, de entre todos ellos, pocos más rotundo que el que Camus proclama en su libro. Hoy nos resulta conmovedora la sorpresa del escritor ante los furibundos ataques con los que fue recibido su ensayo por sus hasta entonces "compañeros de viaje", (por ejemplo, esos mismos que hoy siguen hablando de la revolución cubana de los Castro, o la venezolana de Chaves y Maduro, como paradigmas de la lucha por la libertad en iberoamérica) pero si leemos con calma encontraremos en sus páginas alusiones lacerantes a la complicidad de aquellos con los crímenes totalitarios: “La sangre ya no es visible, no salpica bastante el rostro de nuestros fariseos”.
La amenaza por antonomasia que se cierne en nuestros días sobre el mundo libre nos permite leer El hombre rebelde, añade, como una reflexión en profundidad sobre el terrorismo. Camus no se engaña al respecto: sabe que en la modernidad este fenómeno se encuentra estrechamente vinculado a la existencia de las ideologías: "En la época de la negación", nos dice, podía ser útil interrogarse sobre el problema del suicidio. En la época de las ideologías tenemos que habérnosla con el asesinato". Salvando las distancias, El hombre rebelde aspira a ser una crítica de la sinrazón pura del crimen ideológico. Por sus páginas desfilan las principales variantes del terrorismo: los regicidas, los deicidas, el terrorismo individualista acuñado por el visionario Necháyev y, por supuesto, las formas del terrorismo de Estado que representaron el fascismo y el comunismo. Hay, incluso, una mención especial a algo que, por lo general, pasa inadvertido para los estudiosos de este libro: el terrorismo de la cultura, esa pervivencia de la frivolidad romántica que llevó, por ejemplo, a los surrealistas a considerar como la obra de arte más bella el asesinato indiscriminado.
Resulta asombroso, dice más adelante, cómo el tiempo puede rejuvenecer algunas obras que parecían haber envejecido, pero también cómo ciertos acontecimientos pueden ensombrecer en ellas zonas que se juzgaban primordiales e iluminar, por el contrario, otras que habían permanecido en una extraña penumbra. Una de las líneas de fuerza que recorre El hombre rebelde, añade, es la constatación de que en todas las ideologías homicidas habita un componente más o menos importante de nihilismo. Para Camus, al igual que para Dostoievski, este fenómeno, al que Nietzsche se refirió como "el más incómodo de los huéspedes", es prácticamente sinónimo de ateísmo. "Si Dios ha muerto", proclamaba Iván Karamazov en una frase que tiene una presencia especial en el libro, "todo está permitido".
Pues bien, continúa diciendo, si algo vienen a recordarnos los episodios de terrorismo yihadista que asolan nuestras ciudades es que tanto Camus como Dostoievski estaban equivocados: no es la ausencia de Dios, que implica muchas veces la búsqueda de una ética rigurosa y desesperada, sino su afirmación absoluta la que, según nos demuestra la historia, otorga amparo ideológico a las mayores aberraciones homicidas. "Los mayores crímenes son perdonados si se cometen en nombre de Dios", gritaba con rabia el cantante del grupo de rock Lords of the New Church allá por los años ochenta. Algunas religiones incluso reservan para los asesinos un lugar de honor en su anhelado paraíso.
Pero hay otras aristas, añade, en El hombre rebelde que habrían pasado inadvertidas a no ser por las formas actuales del terrorismo. Camus desmonta de forma implacable la lógica homicida que subyace bajo el crimen político, pero, entrando en flagrante contradicción con sus propios postulados, le concede cierta dignidad moral al terrorista que se inmola para conseguir sus objetivos: "Quien acepta morir", nos dice, "pagar una vida con otra vida, cualesquiera que sean sus negaciones, afirma con ello un valor que le supera a él mismo como individuo histórico". Pero, podemos preguntarnos: ¿qué valor puede afirmar la eliminación de una vida que no sea el del fanatismo? ¿Y qué valor podría tener un valor que para afirmarse necesita acabar con las vidas de los individuos? ¿Es más disculpable, por ejemplo, el asesinato de una persona a manos de su pareja si el homicida acaba después con su propia vida? ¿Habría perseverado Camus en este punto de vista después de contemplar su ciudad adoptiva sembrada de cadáveres por obra y gracia de unos terroristas suicidas?
No es una mención incidental, dice poco después. El pensador vuelve una y otra vez a esta idea deleznable a lo largo de su libro, y se reafirma en ella en las entrevistas que concede tras su publicación: "El rebelde no tiene sino una forma de reconciliarse en su acto homicida si se ha dejado llevar a él: aceptar su propia muerte y el sacrificio". Esta inexplicable zona oscura de El hombre rebelde no tiene, por supuesto, por qué extenderse al resto del ensayo, ni, mucho menos, ensuciar la indiscutible dimensión moral de un pensador que, como Raymond Aron, Hannah Arendt o nuestro nunca suficientemente reivindicado Chaves Nogales, fueron capaces, en tiempos de penumbra, de decir no a las incitaciones estupefacientes de las ideologías asesinas.
El hecho de que la imagen y las palabras de Camus recorrieran abundantemente las redes sociales tras los atentados de París y Bruselas vendría a poner de manifiesto que su rebeldía intelectual y su ejemplaridad moral se encuentran más vivas que nunca. Pero también debería hacernos recordar que ese último vestigio de fascinación romántica (él, que se rebeló como nadie contra todos los absolutos románticos) por una épica de la muerte puede infectar incluso a las mentes más brillantes. "Hay algo en ellos que aspira a la esclavitud", escribió el pensador en sus carnets para referirse a sus antiguos compañeros de viaje, aquellos que seguían profesando de voceros del estalinismo. Sumisión, por otra parte, se titulaba el documental sobre el islam que le costó la vida su director, Theo Van Gogh. Aunque el rostro del fanatismo haya cambiado, en nada lo han hecho sus ambiciones homicidas. Tampoco lo ha hecho el dilema que Camus planteara en su día: sumisión o rebeldía. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt













El poema de cada día. Hoy, Olvidaré tus ojos cargados de ternura, de Mary Shelley

 







OLVIDARÉ TUS OJOS CARGADOS DE TERNURA



Olvidaré tus ojos cargados de ternura;

tu voz que me llenaba de dulces emociones;

tus promesas perdidas en este laberinto;

la presión turbadora de tu mano, tan suave,

y hasta lo más querido: el intercambio diario

de nuestros pensamientos, que tanto nos unía,

pues los dos corazones fundía en una mente

sin miedo ni esperanza más que en nosotros mismos.


Olvidaré las flores con las que me adornaba.

¿No son ya flores muertas las que ayer te ofrecí?

Olvidaré la cuenta de las horas del día.

Aunque sea de noche, tú no regresarás.

Pero, si he de olvidarme incluso de tu amor,

quiero cerrar los ojos, anegados de lágrimas

desde el amanecer, y buscar el reposo

para mi pensamiento que la tumba le brinda.


Quién fuera como aquella que, transformada en árbol,

ya no puede llorar ni seguir lamentándose,

o aquella solitaria que, temblando de frío,

siente que arde su pecho al volverse de piedra.

Quién pudiese beber el agua del Leteo,

que aniquila igualmente la tristeza y la dicha.

Aunque puede que ni ella, al cabo, me sirviese.

Esperanza, amor, tú, ¿cómo voy a olvidaros?



Mary Shelley (1797-1851)

poetisa británica




















De las viñetas de humor de hoy sábado, 8 de marzo de 2025

 







































viernes, 7 de marzo de 2025

De las entradas del blog de hoy viernes, 7 de marzo de 2025

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 7 de marzo de 2025. Los medios de comunicación del siglo XXI sitúan los acontecimientos, casi de inmediato, en dos narrativas polarizadas, se dice en la primera de las entradas del blog de hoy; para la mitad este es el amanecer de un nuevo día; la otra mitad piensa que es el fin de la civilización tal como la conocemos; ninguna de las dos estará en lo cierto. La segunda es un archivo del blog de agosto de 2017 en la que se comentaba el tópico de que la victoria de Trump se debió sobre todo a una coalición de trabajadores manuales blancos y de clase obrera, pero eso no encaja con los datos electorales de 2016, pues muchos de sus votantes sin estudios universitarios tenían rentas medias o altas. El poema del día, en la tercera, comienzas con estos versos: Hoy Windows no responde./Todo el mundo merece vacaciones,/el compañero exánime de toda/oficina, también. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












Del momento de Europa

 






Michael Ignatieff, académico, expolítico y Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales 2024, ha conversado con Diego S. Garrocho en Ethic [Este es el momento de Europa, 06/03/2025] sobre los elementos que amenazan a nuestra época. Eso sí, no esperen encontrar a un intelectual catastrofista.

Michael Ignatieff es algo más que un pensador liberal. Es un intelectual libre. Y esa libertad se expresa en la condición genuina de su pensamiento. En un tiempo en el que los ensayistas son absurdamente previsibles y en el que las servidumbres ideológicas agotan la creatividad —y la credibilidad— de quienes dedican su vida a la reflexión y a la opinión, el profesor Ignatieff siempre es capaz de proponer aproximaciones novedosas y valiosas a los grandes problemas de nuestro tiempo.

Su trayectoria bifronte —ha sido docente e investigador en algunas de las principales universidades del mundo y también se atrevió a probar suerte en la política, al frente del Partido Liberal canadiense— le dota de una sensibilidad singular a la hora de percibir las tendencias de nuestra época. En su condición de historiador, además, guarda siempre un sano escepticismo con respecto a la urgencia con la que tendemos a pronunciarnos sobre los asuntos del presente.

No existen tantos intelectuales que interesen a ambas orillas del espectro ideológico, y si Ignatieff lo hace es porque, probablemente, tenga el coraje suficiente de saber decepcionar tanto a unos como a otros. Es un liberal confeso, pero asume los costes de su posición y la ejerce con la mejor virtud que se le presupone a su ideología: con esa lucidez que le permite reconocer el talento y las razones de quienes no piensan como él.

El Premio Princesa de Asturias de las Ciencias Sociales 2024 ha conversado con Ethic y no ha dudado en fijar posición sobre los muchos elementos que amenazan a nuestra época. Eso sí, no esperen encontrar a un intelectual catastrofista. Su prudencia y su humildad cuestionan también el narcisismo con el que en nuestros días tendemos a juzgarnos como si fuéramos únicos.

Las cosas han cambiado mucho desde la última vez que hablamos, profesor. El conflicto en el Medio Oriente se ha intensificado, no hay señales de esperanza para una paz justa en Ucrania, y Trump ha asumido nuevamente la presidencia de Estados Unidos con gestos insólitos y desconcertantes… ¿Está realmente en peligro el mundo tal como lo conocíamos?

Como historiador, desconfío de nuestra tendencia, cada vez que hay un cambio, a pensar que el pasado ha desaparecido por completo y de forma repentina. Necesitamos ser humildes sobre nuestra falta de visión histórica, y debemos ser muy escépticos respecto a la manera en que de, forma inmediata, enmarcamos los acontecimientos.

Los medios de comunicación del siglo XXI sitúan los acontecimientos, casi de inmediato, en dos narrativas polarizadas. Para la mitad de Estados Unidos, este es el amanecer de un nuevo día. La otra mitad piensa que es el fin de la civilización tal como la conocemos. Ninguna de las dos estará en lo cierto.

Recuerdo una anécdota de mi amigo Ivan Krastev. Tenía 25 años cuando cayó el Muro de Berlín en 1989 y, en ese entonces, solo era un estudiante búlgaro. Creía estar presenciando el nacimiento de un nuevo mundo. Sin embargo, al mirar atrás en 2025, se pregunta ¿cuáles fueron realmente los acontecimientos más importantes de ese año? El acontecimiento más importante no fue la caída del Muro de Berlín. Fue lo ocurrido en la Plaza de Tiananmen, en junio de 1989. Podría haber sido el hecho de que ese fue el año en que un joven sudafricano llamado Elon Musk emigró de Sudáfrica a América del Norte.

Podría seguir, pero es crucial asumir que no podemos, en principio, conocer el significado de los tiempos que vivimos. Por este motivo existen los historiadores. Dicho todo esto, alguien como yo, nacido en 1947, siente dos cosas. Una es que la generación de mi padre ayudó a crear lo que pensaban que era un orden internacional basado en reglas.

'Desconfío de nuestra tendencia, cada vez que hay un cambio, a pensar que el pasado ha desaparecido por completo'. El orden internacional basado en reglas incluía la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los principios de Nuremberg sobre la responsabilidad individual por crímenes de guerra, las Convenciones de Ginebra, la Convención sobre los Refugiados y, por encima de todo, la Carta de la ONU, que salvaguardaba la integridad territorial de los Estados. Cada parte de eso está ahora en ruinas, y sería erróneo decir que se derrumbó de repente porque Trump ha tenido un segundo mandato. La desintegración de ese orden ha sido larga y lenta, pero ha estado ocurriendo durante 25, 30, 40 años. Sería ridículo decir que la primera violación de la integridad territorial de los Estados fue la invasión de Ucrania por parte de Putin en 2022. No sé por dónde empezar con las violaciones de ese principio del orden internacional.

Hemos vivido con un orden mundial muy imperfecto que estuvo dañado desde el principio, imperfectamente aplicado desde el principio, y eso ayuda, creo, a suavizar nuestra sensación de que estamos en un mundo nuevo. Siempre hemos estado en un mundo que ha luchado por conciliar el principio del derecho internacional con el principio de la fuerza de las grandes potencias. Estos dos principios han estado en conflicto desde 1945.

La segunda cuestión que percibo es relativa a Trump y su impacto en la política nacional. Hay un sentir generalizado que sitúa a Trump como una amenaza para el orden internacional que heredamos desde 1945, y yo sostengo que siempre estuvo en problemas. También hay quien subraya que el presidente de Estados Unidos es una amenaza para la democracia interna, pero de nuevo sostengo que uno de los aspectos desalentadores de la situación estadounidense es que su democracia ha estado en problemas sustanciales durante mucho tiempo.

El ‘gerrymandering’ de los distritos electorales [la costumbre de trazar las circunscripciones de voto de forma interesada], el increíble papel del dinero en la política, la doctrina de que el dinero tiene capacidades discursivas o de que puede acogerse a las protecciones de la Segunda Enmienda ha devastado la capacidad de liberar la política electoral estadounidense de la influencia del gran capital.

La redefinición de los distritos para aislar a las minorías étnicas de los distritos y conservar su electorado, las formas en que los políticos crean sus electores para asegurar las elecciones o el hecho de que más del 80% de las circunscripciones electorales en Estados Unidos no son competitivos hace que haya un grupo que gana siempre. Podría seguir. Sostengo que asumir que Trump irrumpió repentinamente y destruyó una democracia funcional es una mala interpretación de la historia de Estados Unidos desde la década de 1960.

Creo, por ello, que necesitamos una perspectiva histórica. Necesitamos ver que muchas de estas cosas que nos alarman ahora y nos están causando pánico han estado sucediendo durante mucho tiempo. Y esto, con suerte, nos permite pensar: ¿qué hacemos ahora?

Si miramos al pasado y asumimos esa perspectiva histórica que propone, tampoco estoy seguro de que el viejo orden internacional no estuviera basado en la fuerza. El marco posterior a la Segunda Guerra Mundial se estableció después de dos bombas atómicas. Las potencias nucleares siempre han tenido poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU… y podríamos seguir. ¿Es la situación actual realmente excepcional?

Lo que es absolutamente diferente del contexto de 1945 es el protagonismo de China, India, Brasil, Sudáfrica. Y Europa, claro. La consolidación de 27 —o lo que antes eran 28— Estados alineados en un bloque cada vez más cohesionado y poderoso ha sido un cambio radical desde 1945. Se trata de un logro enorme dado que el siglo XX estuvo marcado por guerras que comenzaron precisamente en Europa. Y luego, el ascenso de India, el ascenso de China, el ascenso de lo que ahora se llaman los BRICS, significa que, por primera vez, desde 1945, estamos en un mundo multipolar. Esto significa que Estados Unidos, de repente, se enfrenta a ser la segunda o posiblemente la tercera economía del mundo.

Creo que Estados Unidos solo comenzó a ser desafiado desde el 11 de septiembre, después con el desastre en Irak y finalmente con la crisis económica global de 2009. No habría un Donald Trump en un segundo mandato si el orden global no se hubiera desplazado tanto como lo ha hecho. Al tiempo que debemos tener una perspectiva histórica y no exagerar lo que es diferente, es igualmente importante subrayar lo que sí ha cambiado, y muchas de las cosas que han cambiado, en algún sentido moral, tienen también algo positivo. Cuando nací, India aún era una colonia de Gran Bretaña.

Cuando yo era estudiante, en 1965, organizaba reuniones en la Universidad de Toronto en las que hablábamos de una guerra civil que asolaba a China y que mataba a cientos de miles de personas. La China que conocía hasta los años 70 y 80 estaba esencialmente en ruinas, y su progreso ha sacado a 500 millones de personas de la pobreza absoluta. Así que, si miras todo esto desde la perspectiva histórica, ves muchas cosas que, en algún sentido, son enormemente positivas. Me preocupa que nuestra fijación con Trump, nuestra fijación con Europa, sea una señal de la dificultad que tenemos para deshacernos de una mentalidad imperial.

Es decir, creemos que somos el centro del mundo y la naturaleza del desafío de Trump es que entiende que Estados Unidos ya no es el centro del mundo. Y gran parte de lo que Trump está haciendo es reaccionar, de una manera nacionalista y agresiva, al hecho de que Estados Unidos ya no domina el entorno global. Europa también está descubriendo que ya no domina la conversación global, ya no define lo que es la sofisticación cultural, ya no define qué libros tiene que leer todo el mundo, ya no define qué música tenemos que escuchar todos.

Esta es una verdadera revolución en nuestro tiempo y, a mi edad, siento que es importante dar la bienvenida a algo en lugar de estar constantemente añorando el mundo de cuando era niño. Porque eso es simplemente un error ingenuo.

'No habría un Donald Trump en un segundo mandato si el orden global no se hubiera desplazado tanto como lo ha hecho'. Ha mencionado la pérdida de influencia de Estados Unidos y de Europa. La llamada de Trump a Putin para negociar las condiciones de paz en Ucrania sin contar con la UE marca el fin de más de medio siglo de atlantismo. Europa corre el riesgo de convertirse en un actor irrelevante, pero me pregunto si no somos nosotros mismos, los europeos, los culpables de parte de esa irrelevancia.

Permíteme comenzar con una refutación. En este instante estoy teniendo una conversación con un joven español. La España que recuerdo de mi infancia era una dictadura. España tiene el mejor récord económico de cualquier Estado europeo en la actualidad. Portugal ha hecho la transición desde la dictadura. Grecia hizo la transición desde la dictadura. No voy a unirme a la idea de golpear a Europa y decir lo patéticos que somos. De hecho, la consolidación de una Europa libre y democrática es uno de los grandes logros de la época en la que he tenido la suerte de vivir.

Esto es lo primero. Lo segundo, directamente relacionado con tu pregunta, creo que era inevitable que, cuando se abriera una oportunidad hacia la paz en Ucrania, esta pasara por encima de los europeos. Así es como funciona la política de grandes potencias. Trump levanta el teléfono para hablar con Putin y ¡boom!, ahí lo tienes. Pero fíjate en lo que también está pasando. Los estadounidenses sostienen que están cansados de que Europa suponga que siempre contará con su ayuda. Este es el momento de Europa. Hay que dar un paso al frente.

Estados Unidos no es ajeno al hecho de que Europa ha hecho transferencias masivas de armas y dinero para mantener a Ucrania en pie. No es cierto que Europa no haya dado un paso al frente. Lo ha hecho de manera rotunda. También es cierto que Europa tiene 300 millones de euros en activos rusos incautados que si los Estados de la UE mantuvieran una posición unificada, estos activos podrían servir para la reconstrucción de Ucrania. Así que Europa tiene un activo enorme que necesita aprovechar.

El historiador estadounidense Timothy Snyder hizo un planteamiento muy válido al decir que lo mejor que se puede esperar en Ucrania es un alto al fuego. Un simple alto al fuego. Detener la lucha sobre el terreno. No permitir que Putin imponga a Estados Unidos un acuerdo de paz que ratifique esto como un tipo de acuerdo permanente similar al de Yalta. Se trata, solo, de un alto al fuego. Si hay un cese de la violencia es absolutamente fundamental que Europa vaya a Ucrania y comience a invertir masivamente en su reconstrucción, replicando lo que hizo Alemania Occidental con Alemania Oriental: invertir en el futuro del lugar.

Creo que si Europa hace eso, no estará siendo excluida del futuro de Ucrania. Porque es un hecho que si Ucrania es abandonada por Estados Unidos y luego por Europa, caerá bajo el control de Putin. Dejará de existir como un Estado democrático. Y entonces creo que el futuro de Europa sí estaría en peligro. Pero el futuro de Europa puede salvarse si Europa, en lugar de quejarse, preguntándose por qué no estamos en la mesa, por qué no estamos haciendo la paz, asume que tiene delante de sí una oportunidad que debe aprovechar.

'No voy a unirme a la idea de golpear a Europa y decir lo patéticos que somos'. En ese cambio de papeles, ¿cree que es necesario el aumento del presupuesto de defensa en Europa?

No creo que haya otra opción. Soy canadiense, como sabes, y en Canadá nos hemos aprovechado descaradamente de Estados Unidos para nuestra defensa continental, por no hablar de nuestra contribución a la OTAN. Y esos días, simplemente, se acabaron. No soy insensible a la queja de Estados Unidos cuando afirma que ha estado asumiendo estas cargas desde 1945. Están hartos de eso y nos advierten de que nos tratarán como adversarios hasta que comencemos a pagar por nuestra propia defensa. De hecho, soy un nacionalista en ese sentido. Tenemos que defender nuestros territorios y la suposición de que no tenemos que hacerlo porque la paz es eterna entraña un cosmopolitismo ingenuo del peor tipo. No vivimos en un mundo cosmopolita, sin fronteras. Vivimos en un mundo peligroso. Vivimos en un mundo donde España tiene que protegerse. Canadá tiene que protegerse. Gran Bretaña tiene que protegerse. Y así sucesivamente. Y Alemania tiene que superar esta especie de patología de disculpas sobre sí misma. Alemania tiene que defenderse. Debe tener una capacidad militar robusta.

Está en la frontera con un país que ha mostrado una querencia por la agresión. No creo que Rusia esté a punto de cruzar la frontera polaca ni pienso realmente que Rusia represente una amenaza estratégica actual para la OTAN o para los países bálticos. Entiendo por qué los bálticos están asustados, porque tienen una memoria histórica de terror y tiranía. Pero creo que la disuasión funciona. Putin solo entiende un idioma y hay que demostrar que el coste de la agresión puede resultarle demasiado alto. Es simple, pero significa que tienes que gastar dinero y entrenar a tus tropas.

Una de las cosas más profundas que está sucediendo es que todos nos hemos desarmado internamente de alguna manera. En los años 60, cuando tenía 21 años, los estadounidenses comprendían que podían ser llamados a filas. En aquellos días, cada hombre crecía con la expectativa de que tendría que hacer un servicio militar. Y en ciertos países, Israel y otros lugares que podríamos nombrar, un hombre crece con la expectativa de que puede tener que luchar por su país. No creo que eso sea lo peor del mundo. Pero simplemente hemos sacado eso de la columna vertebral de los hombres y mujeres de Europa durante los últimos 70 u 80 años. Y eso tendrá que cambiar. Y no creo que eso sea lo peor del mundo.

'No vivimos en un mundo cosmopolita, sin fronteras. Vivimos en un mundo peligroso'. Espero que no cambien otras conquistas que son maravillosas. Somos un poco menos brutales, un poco menos salvajes, un poco mejores esposos, un poco mejores amigos de las mujeres que antes. Todo eso no quiero dejarlo atrás. Pero la idea de que es herejía o imposible pensar en un mundo en el que Europa tendrá que defenderse es inasumible. Y no es solo una cuestión de un porcentaje en el presupuesto.

Es una cuestión de cómo empezamos a pensar sobre la ciudadanía en España, en Gran Bretaña, en Francia, en Alemania. Y puede que tengamos que pensar que tenemos que pasar 18 meses en el ejército. Yo no lo quiero, pero no es el fin del mundo si tuviéramos que llegar a eso. Y creo que Putin nos dejará en paz y Rusia nos dejará en paz si se lo dejamos perfectamente claro. Si cruzas la frontera, tus tropas van a morir. Así de simple. Así es como se mantiene la paz.

La otra ironía que estamos aprendiendo es que el comercio traería la paz. Esta es una de las ilusiones más antiguas de nuestro tiempo. La de que si España vende automóviles o servicios financieros a Rusia, Rusia no va a atacar a España. O que si Alemania se vincula con la importación de gas de Rusia, entonces tendremos paz.

Estas ilusiones deben desaparecer. Y necesitamos volver a algo que deberíamos haber sabido durante todo el siglo XX: que las relaciones comerciales ni cancelan ni eliminan las razones del conflicto, ni en Europa ni en ninguna esfera. No se trata solo de una cuestión de presupuesto. Son nuestras mentalidades y actitudes hacia la relación entre el intercambio económico y el poder político lo que debe cambiar.

A menudo escuchamos a las élites académicas y periodísticas advirtiendo sobre los riesgos del populismo o estas nuevas formas de hacer política. Pero también me pregunto si hay algo en lo que los populistas tienen razón. Parece difícil creer que haya tanta gente equivocada que de repente se ha vuelto tonta o fascista, como algunos dicen. ¿Tienen razón los populistas en algo? ¿O cómo podemos hacer que se entienda su éxito?

David Brooks, el columnista de The New York Times, escribió hace muy poco un artículo muy acertado en el que sostenía que tenemos que dejar de llamar populista a Trump, porque un verdadero populista escucha al pueblo. Un verdadero populista no solo escucha al pueblo, sino que intenta hacer algo por el pueblo. Lo que me sorprende absolutamente de Trump es que ganó las elecciones escuchando al pueblo y luego creó una oligarquía plutocrática que no tiene ningún interés en ayudar al pueblo.

Esta contradicción va a hacer explotar la base popular del apoyo a Trump a menos que realmente baje el coste de vida para los estadounidenses comunes. Pero si desmantelas el Gobierno Federal que proporciona seguridad social para los estadounidenses, si usas aranceles e incrementas fuertemente el coste de vida de cualquier producto importado, no veo cómo esto ayuda a las personas que pusieron a Donald Trump en la Casa Blanca.

Ganó las elecciones porque supo escuchar de una manera que los demócratas y los progresistas liberales como yo no supimos hacer. Escuchó que la gente estaba cansada de las guerras interminables, de apoyar la paz en lugares lejanos como Europa a los que nunca viajarán. Escuchó que los estadounidenses están agotados por las cargas de ser un imperio y que quieren que les dejemos en paz. Los estadounidenses no quieren que sus hijos vayan a morir en expediciones militares inútiles. Trump respondió a estas demandas, pero no les está ofreciendo nada. Y este cinismo es aterrador porque es destructivo para la democracia. También es destructivo para su base, por eso de que hay personas que piensan que le quedan unos 14 meses y luego enfrentará elecciones legislativas de 2026. Así que solo tiene 14 meses. Por eso se están moviendo tan rápido, porque realmente saben que no son populistas en el sentido genuino democrático en absoluto. Son oligarcas autocráticos. Y tarde o temprano, su base de votantes lo descubrirá y los castigará.

Si tuviera que calificar el riesgo para la democracia en EE.UU. en una escala del 1 al 10, ¿dónde lo situaría? Ya expliqué antes que la degeneración de la democracia estadounidense comenzó hace mucho tiempo. Su punto culminante fue la Ley de Derechos Civiles de 1965, con el fin del escándalo de la negación del voto a los afroamericanos. A partir de ahí, comienza la caída con una lenta captura de la democracia estadounidense por parte del gran capital, culminando con la sentencia de la Corte Suprema de Citizens United en 2011 [un fallo que anuló las restricciones sobre la financiación de campañas electorales, que argumentaba que las contribuciones en política equivalen a una cuestión expresiva y que merecen quedar amparadas bajo la libertad de expresión]. Como canadiense, me asombra que en una república, que es un gran experimento democrático, se equipare el dinero con la libertad de expresión.

En Canadá, justo al norte de la frontera, me postulé para un cargo. Concurrí a tres elecciones. Y entendimos que el dinero es poder. Sin un control riguroso sobre la influencia del dinero en la política, la democracia se erosiona. Y eso significaba que tenía que declarar cada centavo que cualquier persona me donara. Y se publicó en una web gubernamental. Fue maravilloso porque significaba que solo podía recaudar 1.300 dólares de las personas más ricas de Canadá. Y no puedes [ironiza] comprarme mucho con 1.300 dólares. Como consecuencia, creo que nuestra democracia es más saludable. Estados Unidos ha perdido esa capacidad debido a esta asociación doctrinal entre el dinero y la libertad de expresión. Y eso, creo, es muy dañino.

Si esto lleva a lo que la gente está prediciendo con confianza, una especie de retroceso oligárquico de la democracia, simplemente no lo sé. Hay muchas claves, y una es la que dan los tribunales. Hace pocos días una fiscal conservadora de Nueva York dimitió porque la administración Trump la conminó a retirar los cargos contra el alcalde de Nueva York. Eso es una señal de que habrá una gran resistencia, no solo de los fiscales sino también de los jueces. Y los jueces han dicho, por ejemplo, que el intento de cerrar USAID es ilegal. El Congreso podría recordar que el presidente no puede desmantelar unilateralmente áreas enteras del gobierno sin su aprobación. Y es posible que incluso un Tribunal Supremo dominado por republicanos falle que el presidente ha excedido sus límites. Y entonces nos enfrentaremos a un conflicto constitucional de los que América ha tenido muchas veces.

Andrew Jackson [el séptimo presidente de los EE.UU.] tuvo un conflicto con la Corte Suprema en 1830. También lo tuvo Franklin D. Roosevelt. Es parte de la democracia estadounidense asumir que, en algún momento, el ejecutivo recibirá un golpe en la nariz por parte de la Corte Suprema y que, después, el Ejecutivo devolverá el golpe a la Corte Suprema. De este equilibrio constitucional depende la democracia. Pero hay otra posibilidad: que Trump simplemente ignore a los tribunales.

Entonces sí estaremos ante una verdadera crisis constitucional. Y es difícil prever cómo Estados Unidos saldría de ella. Creo que el otro hecho muy preocupante del poder ejecutivo ha sido el indulto dado a todas las personas que destrozaron el Capitolio el 6 de enero de 2021, incluidas las personas que agredieron a la policía. Muchos estadounidenses, independientemente de su opción ideológica, se extrañan de que se haya perdonado a las personas que atacaron a policías que defendían el corazón de la democracia estadounidense. Quiero decir, hay algo aquí que es increíblemente preocupante. Así que, en respuesta a su pregunta, creo que simplemente no lo sabemos. Esta será una batalla de poder.

Primero: ¿serán los tribunales lo suficientemente fuertes para contrarrestar? Segundo: ¿comenzará el Congreso a contrarrestar? Y tercero, y probablemente lo más importante de todo: ¿saldrán las personas a las calles? Soy un hijo de las grandes manifestaciones contra la guerra de Vietnam. Aquel ese fue un gran momento en la democracia estadounidense, así que veremos cómo se desarrolla esa batalla.

'Trump ganó las elecciones escuchando al pueblo y luego creó una oligarquía plutocrática que no tiene ningún interés en ayudar al pueblo'. Como académico, me pregunto si hay algún intelectual en la órbita de Trump que encuentre interesante o estimulante para entender, no para legitimar, lo que está sucediendo.

La respuesta corta es que no, pero la respuesta más larga podría incluir a J. D. Vance, si considera a J. D. Vance como un intelectual. Hillbilly Elegy es un libro muy interesante, y mostró una gran capacidad para captar el sentimiento de desilusión, ira y colapso del sueño americano en el corazón de los Estados Unidos. Y Vance es un tipo muy talentoso. Es posible que sea aún más ideológico que Trump, y de hecho es potencialmente el sucesor de Trump. Así que creo que vale la pena observar a J. D. Vance. Hay muchas otras personas, como Patrick Deneen en la Universidad de Notre Dame.

Hay una corriente muy, muy antigua de conservadurismo, que es la que siguen pensadores como Deneen, que básicamente dice: el liberalismo es individualismo, el liberalismo es secularismo, el liberalismo es ateísmo. Y por eso estamos en el lío en el que estamos, porque hemos perdido nuestra brújula moral. Para ellos, nuestra política ha perdido contacto con las verdades eternas.

Estas hipótesis reafirman todo lo que me ha hecho liberal durante toda mi vida, porque son ideas absolutamente equivocadas. Quiero decir, lo que creó el liberalismo fue su entendimiento de lo peligrosa que era la convicción religiosa en la política, y cuán importante era respetar y proteger las creencias religiosas de cada ciudadano de una sociedad.

Nunca he creído en un liberalismo que menosprecie o desprecie la fe religiosa, sea del tipo que sea. El propósito del liberalismo es proteger la fe religiosa de todos, musulmanes, judíos, católicos, protestantes, y también proteger las creencias de aquellos que no tienen creencias. El argumento conservador de que solo podemos regresar a una política sólida si traemos la fe religiosa de nuevo al centro de la plaza pública será un desastre, y toda la historia de las guerras religiosas europeas debería probarlo.

El liberalismo surge del descubrimiento de lo horrible que se vuelve la política cuando se convierte en una batalla de convicciones religiosas. La visión del liberalismo fue sacar las creencias absolutas de la política y convertir la política en una negociación de acuerdos entre personas que no están de acuerdo. Esa es la condición liberal que hace que la política sea valiosa, posible y necesaria. Algunas de estas personas —Deneen podría ser un ejemplo— básicamente quieren abolir el desacuerdo y devolver la universalidad de las creencias al centro de la política para que podamos salvar la república. Creo que debemos ahorrarnos eso, sería una catástrofe.

Trump y Musk defienden una peligrosa premisa: que su victoria justifica cualquier acto de crueldad hacia sus oponentes. Reproducen una especie de visión schmittiana del mundo en la que hay amigos y enemigos, y proponen usar el poder para castigar a los enemigos y recompensar a los amigos. Las creencias liberales desprecian esa política, no por razones estéticas, sino porque pensamos que esa es la ruta hacia una guerra civil.

Todo esto hace que me sienta un liberal más decidido que nunca en mi vida, porque esas tesis son venenosas. Locke lo entendió, Mill lo entendió, y Tocqueville lo entendió. Estas personas vivieron un cambio revolucionario y sabían lo peligroso que era este tipo de convicción fanática, y sabían que era destructivo para todo lo que mantenía a una sociedad decente unida.

'El liberalismo surge del descubrimiento de lo horrible que se vuelve la política cuando se convierte en una batalla de convicciones religiosas'. ¿El liberalismo debe hacer autocrítica o lo ha hecho todo bien?

Sí, creo que sí. Hemos tratado el liberalismo y el progresismo como sinónimos, cuando en realidad son proyectos distintos. A menudo, progresistas y liberales viajamos juntos, aunque los progresistas a menudo critican a los liberales y nos llaman neoliberales.

Para los progresistas somos demasiado amigos del mercado. Somos demasiado amigos de la desregulación. Somos demasiado amigos de la libertad para los ricos, lo que significa miseria para los pobres. Esa es la crítica progresista al liberalismo. La crítica liberal al progresismo es que, si hay que elegir entre libertad e igualdad, los progresistas siempre elegirán igualdad a expensas de la libertad. Siempre ha existido un conflicto entre progresismo y liberalismo, y mi firme creencia es que el liberalismo tiene un futuro siempre que se distinga claramente del progresismo, siempre que diga que, en una elección entre libertad e igualdad, elegimos la libertad. Entiendo lo que dicen los progresistas cuando sostienen que no se puede tener libertad a menos que se tenga igualdad, pero siempre habrá un conflicto entre igualdad y libertad. Eso fue lo que me enseñó Isaiah Berlin, y es en lo que creo: cuando tengas que elegir, elige la libertad. Elige la libertad de los individuos ordinarios, incluso cuando eso retrase o pause tu visión de un futuro progresista. Perdimos poder porque la agenda progresista se impuso de tal manera que mucha gente sintió que su libertad estaba en peligro. En las universidades ha habido una especie de espiral de silencio en los últimos 10 años. Había cosas que no se podían decir, cosas que decíamos porque no queríamos asustar a los caballos. Y así se impuso la corrección política en la forma de hablar.

La extrema derecha no está equivocada en algunos de estos puntos. Y esto nace del hecho de que no priorizamos la libertad, la libertad de hablar, la libertad de argumentar, la libertad de disentir, la libertad de defender la diversidad, la equidad y la inclusión como valores que son buenos pero que nunca deben anular la libertad de las personas para decir y pensar lo que deseen. En ocasiones hay que elegir y a veces está bien tener un amigo conservador en tu departamento que diga: «No me gustan los criterios de Diversidad, Equidad e Inclusión, y aquí está el por qué».

Eso es lo que los liberales queremos para la sociedad. Apreciamos el debate y las discusiones tanto como todos estos valores. De modo que creo en esta distinción entre liberalismo y progresismo. Acepto muchos de los objetivos y valores progresistas, pero insisto en que, cuando llegue el momento, habrá ocasiones en las que tendremos que priorizar la libertad de los individuos. Pienso que ese es un tema central para el futuro. No he reflexionado mucho sobre esto, estoy todavía trabajando en ello, pero creo que es un tema muy importante.

Si conseguimos aclararlo, creo que podremos revivir la confianza que hemos perdido entre nuestro electorado, que quiere, compartiendo muchos ideales progresistas, asegurarse de que su libertad para elegir, su libertad para vivir sus vidas, para invertir, para tomar decisiones equivocadas o para vivir como desean, no está suficientemente respetada y entendida por la política liberal. Así que necesitamos volver a ellos.

El liberalismo clásico se enfrentó a la monarquía absoluta; el liberalismo del siglo XX se opuso al totalitarismo y, ahora, el liberalismo, de alguna manera, está llamado a luchar contra estas nuevas formas de política que hemos convenido en no llamar populistas. ¿Pero pueden las recetas antiguas ayudarnos a enfrentar este desafío? Recuerdo que Tocqueville, al comienzo de La democracia en América, señaló que un nuevo mundo requiere de una ciencia política nueva. No sé si los intelectuales liberales son hoy demasiado predecibles, y si erróneamente están tratando de decidir qué hacer con la inteligencia artificial con las mismas herramientas conceptuales que usó en su día John Locke. No sé si deberíamos generar un nuevo vocabulario para enfrentar estos desafíos.

Valoro a aquellos que dicen que si sigues recurriendo a Locke, Tocqueville y Mill no estamos realmente preparados para la generación de inteligencia artificial. Entiendo esa crítica. Trabajo sobre inteligencia artificial en Oxford, y por eso pienso mucho en esos problemas.

Pero tomémonos un momento para pensar en la inteligencia artificial, porque creo que es un desafío enorme. Una de las cuestiones que creo que necesitamos devolver a la política liberal es, francamente, eso que solo podemos describir como humanismo. Porque sin una perspectiva humanista sobre la inteligencia artificial, no entenderemos cuáles son las apuestas políticas en el debate.

Permítame hacer una apreciación muy simple y primitiva, que es que los defensores de la inteligencia artificial están describiendo sus tecnologías utilizando el lenguaje de la inteligencia humana. Es decir, dicen que es inteligencia. Pero ¿qué queremos decir con inteligencia? ¿Se trata de inteligencia o es computación? Esto no es solo una disputa semántica o lingüística.

Musk y todas estas personas le están diciendo al mundo que tenemos una tecnología que sencillamente hará todo lo que los seres humanos alguna vez pudimos hacer, y que luego hará, incluso, cosas que los seres humanos nunca pudimos hacer. Exigen todo el poder del mundo, literalmente todo el poder eléctrico, todo el dinero del mundo, para que podamos hacer cosas que los seres humanos solían hacer y que ya no pueden. Y la política liberal tiene detenerse un momento y hacerse algunas preguntas.

¿Qué queremos decir con inteligencia? Cuando usamos la expresión «aprendizaje automático» (machine learning), ¿qué queremos decir con «aprendizaje»? Este uso constante del lenguaje antropomórfico para avanzar en la exigencia de recursos es algo que el público necesita saber. No me estoy sirviendo de un argumento ludita. Puedo ver el inmenso potencial de la inteligencia artificial, por ejemplo, en la producción de nuevos medicamentos, en la producción de nuevos descubrimientos científicos. Es obvio para mí que la inteligencia artificial tiene la capacidad de sintetizar, usar conjuntos de datos y entradas de datos que son simplemente demasiado grandes para que el cerebro humano los procese. Todo eso lo entiendo perfectamente.  Pero llamar a esto inteligencia, llamar a esto aprendizaje, usar todo el lenguaje que durante 2.000 años se ha usado para describir las capacidades humanas, es perpetuar una especie de fraude sobre la inteligencia humana. Es perpetuar un fraude sobre la política que nos lleva a justificar la desviación de recursos masivos hacia una tecnología que no ha probado todo lo que dice haber probado.

Esas tecnologías no son fiables, aunque espero que se vuelvan fiables. Pero si seguimos usando el lenguaje antropomórfico, estás afirmando algo que todavía tiene que ser probado y demostrado.

Esa es la clave del desafío regulador para la inteligencia artificial. Volviendo a la pregunta original, si quieres un liberalismo que esté preparado para el siglo XXI, debe ser un liberalismo humanista, un liberalismo que entienda qué es ser un ser humano. Y esto, de alguna manera, es lo que está más en riesgo en este momento.

En cierto sentido, contamos con personas que han hecho fortunas plutocráticas en estos campos, como Elon Musk, que no estoy seguro de que entiendan lo que significa ser un ser humano, punto. Si ese es el problema, y podría ser el problema, entonces necesitamos una política que diga, se detenga y se cuestione cuáles son los intereses humanos que deben ser protegidos, cuáles son los valores humanos que deben ser custodiados. Si perdemos ese sentido de lo que significa lo humano en el ser humano, no tendremos política. Sería como entregar todo a personas que no pueden distinguir entre una máquina y un ser humano. Y en realidad ni siquiera pueden hacerlo.

Si no puedes hacer una distinción clara entre una máquina y un ser humano, no deberías estar haciendo política pública. Este es el núcleo del problema de la política del futuro. Y no se trata solo del campo de la inteligencia artificial. Está en todos los campos. Una política que no comienza siempre con las preguntas «¿qué es un ser humano? ¿cuáles son las cosas que los seres humanos deben tener para tener algún tipo de vida?» está renunciando a su misión principal.

Para mí no es un problema retomar el estudio de tradiciones que se remontan hasta Aristóteles, por ejemplo, porque estos autores clásicos entendieron bien lo que está en juego en la pregunta por lo humano. No tiene sentido hablar de política como simplemente un conjunto de técnicas, a menos que se esté conectado con un sentido de los intereses y preocupaciones humanas vitales que son perdurables. Y esto no ha cambiado demasiado durante siglos. Los clásicos supieron comprender este problema, y nosotros tenemos que volver a entenderlo de nuevo. De hecho, creo que estamos en el momento de toda la historia donde es más urgente afrontar estas preguntas.

'Si quieres un liberalismo que esté preparado para el siglo XXI, debe ser un liberalismo humanista'

Una última cuestión. Hemos abordado algunos riesgos y desafíos de este nuevo mundo. Pero, ¿podría darnos alguna razón para la esperanza?

Creo todas nuestras razones para tener esperanza están en el pasado. Las fuentes de inspiración en el pasado, sencillamente, no tienen fin. Yo, por ejemplo, vivo en Viena. Si camino 15 minutos desde donde estoy ahora mismo, puedo entrar en el Museo de Historia del Arte, ir a la sala S en la parte trasera y contemplar el retrato de las infantas de Velázquez. Puedo imaginar a un hombre en el último año de su vida, con casi 60 años, pintando el retrato de una niña de ocho con un hermoso vestido azul [el profesor Ignatieff se refiere al cuadro La infanta Margarita en azul, pintado en 1659, un año antes de la muerte del pintor]. Y Velázquez le dedica una atención y una habilidad infinitas a la representación del vestido de una niña. Y lo hace mejor que cualquier ser humano haya hecho jamás. Y contemplas eso y piensas: esto es un logro humano. Esto es la expresión de lo mejor que se puede hacer. Y al año siguiente, Velázquez muere. Pero la compasión, la claridad, la disciplina, la habilidad y la paciencia con la que se pintó ese cuadro son una inspiración para mí cada vez que entro allí.

Necesitamos recuperar esa sensación de confianza, la que nos invade cuando salimos de un museo, sintiendo que hemos presenciado lo mejor que los seres humanos son capaces de hacer. Este es el motivo por el que vamos a ver a Velázquez. No vamos a gozar de un mero momento interesante desde el punto de vista histórico-artístico. Vamos allí para reforzar nuestra confianza en las capacidades del ser humano. Y creo que simplemente necesitamos conectar con eso, sentir pasión por ello y creer en ello.

Escribí un libro sobre el consuelo [En busca de consuelo, editado en español por la editorial Taurus], y el único consuelo que ofrezco es el consuelo del pasado y el consuelo específico que ofrecen los logros extraordinarios del ser humano, de los cuales Velázquez es solo un ejemplo. Pero la lista de fuentes de inspiración es literalmente infinita. Así que solo tenemos que recordar y agradecer el hecho de que tengamos estos antepasados.