sábado, 10 de mayo de 2025

De las entradas del blog de hoy sábado, 10 de mayo de 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 10 de mayo de 2025. Vivimos una paradoja: somos ciudadanos del siglo XXI con hormonas del Paleolítico e instituciones del Imperio Romano; amamos como si estuviéramos cazando mamuts, pero exigimos estabilidad emocional en formatos sociales diseñados hace milenios; ¿resultado?: una trampa; la trampa del amor romántico, dice en la primera de las entradas del blog de hoy el psicólogo Luis Muiño. Iniciar la jornada con un poco de buen humor, escribía HArendt en la segunda, un archivo del blog de mayo de 2015, aunque dure justo hasta terminar el desayuno, no parece mala idea para afrontar el día con una cierta posición estratégica de ventaja. El poema de hoy en la tercera, se titula "Nada se pierde", es de la poetisa rumana Svetlana Cârstean, y comienza con estos versos: "Nada se pierde,/todo se transforma/en silencio largo". Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












De la trampa del amor

 






Vivimos una paradoja: somos ciudadanos del siglo XXI con hormonas del Paleolítico e instituciones del Imperio Romano. Amamos como si estuviéramos cazando mamuts, pero exigimos estabilidad emocional en formatos sociales diseñados hace milenios. ¿Resultado? Una trampa. La trampa del amor romántico. Lo dice en la revista Ethic [La trampa del amor, 30/04/2025] el psicólogo Luis Muiño.

Ese amor que idealiza, posee y adormece. Que se sirve de las hormonas como si fueran oráculos. Que nos susurra que hemos encontrado «a la persona» cuando en realidad solo estamos atravesando la fase de enamoramiento, ese subidón bioquímico que, como explico en el libro, dura unos tres años. Justo el tiempo que necesita una cría humana para alimentarse sola. Después, caemos. Y lo llamamos fracaso amoroso, comienza diciendo Muiño.

En lugar de aceptar este diseño como inevitable, propongo una rebelión: pasar del amor romántico al amor consciente. El primero nos promete éxtasis; el segundo nos ofrece crecimiento. Uno quiere exclusividad eterna; el otro sabe que la libertad es el mejor alimento del deseo. El amor romántico idealiza; el amor consciente observa. No es fusión, sino sintonía.

Para llegar ahí hace falta algo más que suerte. Hace falta un casting emocional. Elegir a las personas no por el vértigo que generan, sino por su capacidad de estar. No por lo que proyectamos sobre ellas, sino por cómo se muestran en el conflicto, en el cansancio, en lo cotidiano. En la forma en que nos escuchan cuando no tenemos nada brillante que decir.

Pero incluso con el mejor casting, las relaciones terminan. Y cuando lo hacen, aparece el duelo amoroso. Nuestra cultura —obsesionada con la narrativa romántica— ha hecho del desamor una tragedia y de la ruptura una debacle. Sin embargo, como explico en el libro, el duelo por una pareja sigue las mismas fases que el duelo por una muerte: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. No porque la persona haya muerto, sino porque nuestras vísceras no entienden la diferencia.

En este escenario, surge una herramienta revolucionaria y brutal: el contacto cero. No es venganza. Es desintoxicación. Si la oxitocina es una droga, entonces necesitamos abstinencia para dejar de necesitar. Y lo más curioso es que, cuando se aplica bien, esta técnica no solo elimina la adicción: permite recuperar territorio emocional. Inicia lo que denomino descolonización emocional.

Porque sí: en las relaciones tóxicas, pero también en muchas relaciones convencionales, cedemos parte de nuestro yo. Lo entregamos al otro en nombre del amor, como si fuera un tributo. Descolonizarse significa reclamar ese espacio perdido. No para cerrarse al otro, sino para volver a ser quien uno era antes de moldearse para agradar. O incluso, mejor aún, para descubrir quién se es sin necesidad de gustar.

El problema de fondo no es solo biológico ni cultural: es narrativo. Hemos heredado un repertorio amoroso hecho de fantasmas: Werther, Heathcliff, Julieta, Ana Karenina… Todos ellos delirantes, celotípicos, adictos al otro. Como si el amor auténtico debiera doler. Como si la pasión se validara por su capacidad destructiva.

En ese contexto, incluso nuestras rupturas parecen ficciones mal dirigidas. A veces, ni siquiera se produce una ruptura: simplemente, el otro desaparece. Ghosting, lo llaman ahora. Fantasmas del amor líquido, que nos dejan flotando en una fase sin cierre. Por eso la fase más difícil del duelo no es la ira ni la depresión: es la negociación. Esa etapa en la que nos contamos que todavía hay esperanza. Que quizás si cambiamos, si esperamos, si escribimos una vez más…

Pero el amor consciente no acepta sobras. No negocia con fantasmas. No mendiga amor. Es una propuesta radical y sensata: amar con atención plena. Con ese tipo de mirada que describía Simone Weil cuando decía: «Somos aquello a lo que atendemos». ¿Y si nuestra forma de amar fuera una forma de mirar? ¿Y si la atención fuera el verdadero erotismo del siglo XXI?

Para eso hace falta un corazón bien informado. Que sepa detectar estafadores emocionales, pero también sus propias trampas internas. Porque no siempre es el otro quien nos hace daño: a veces somos nosotros quienes persistimos en idealizar lo que no existe.

En ese contexto, el amor sano no es una quimera ni una utopía new age. Es un equilibrio dinámico entre tres fuerzas, como explicó Robert Sternberg: intimidad, pasión y compromiso. El famoso triángulo del amor. La intimidad sin pasión es amistad. La pasión sin compromiso es aventura. Solo el equilibrio permite construir vínculos que no dependan del subidón, sino de una arquitectura emocional profunda.

Alberoni hablaba del paso del amor pasional al amor compañero. Pero en nuestra cultura, ese tránsito suele vivirse como una pérdida. Como si abandonar la fogosidad inicial significara caer en el tedio. De ahí que tantas parejas se debatan entre la adicción o el aburrimiento. En realidad, lo que falta no es deseo, sino lenguaje. Recursos para reconectar con el otro sin repetir el libreto romántico.

Y no, no se trata de renunciar al amor. Se trata de reescribirlo. Por eso La trampa del amor es un libro que se publica en San Valentín, pero que se opone al «amor moñas» que nos ha sido vendido. Ese que deja fuera a los solteros, a los no normativos, a los que piensan que amar puede ser también un ejercicio de lucidez.

El amor consciente no es menos profundo, sino más libre. No duele menos, pero hiere mejor. No necesita que nos perdamos, porque apuesta por que nos encontremos. Y eso, en una época saturada de ruido emocional, puede ser el gesto más revolucionario de todos. Este texto es un fragmento de ‘La trampa del amor’ (Aguilar), de Luis Muiño. 














[ARCHIVO DEL BLOG] Un poco de humor para iniciar este domingo. Publicado el 10/05/2015











Buenos días. Iniciar la jornada con un poco de buen humor, aunque dure justo hasta terminar el desayuno, no parece mala idea para afrontar el día con una cierta posición estratégica de ventaja. Hoy domingo, 10 de mayo, con las viñetas de Morgan en Canarias7, Montecruz y Padylla en La Provincia, y Forges, Peridis y El Roto en El País. Ahorro cualquier comentario sobre las mismas. Encierran en su sencillez expositiva agridulces mensajes y verdades como puños que nos ayudan a reflexionar. Benditos sean quienes nos hacen sonreír a pesar de todo. La foto que abre la entrada es un paisaje del interior de la isla de Gran Canaria. Sean felices por favor, y ahora, como también decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt








































Del poema de cada día. Hoy, Nada se pierde, de Svetlana Cârstean

 






NADA SE PIERDE



Nada se pierde,

todo se transforma

en silencio largo

o en una mirada

lanzada por encima del hombro,

cuando te vas

y ya no tienes nada que decir.




***




NIMIC NU SE PIERDE



Nimic nu se pierde,

totul se transformă

în tăcere lungă

sau într-o privire

aruncată peste umăr,

când pleci

și nu mai ai ce spune.




***




SVETLANA CÂRSTEAN (1969)

poetisa rumana



.















De las viñetas de humor de hoy sábado, 10 de mayo de 2025

 

















































viernes, 9 de mayo de 2025

De las entradas del blog de hoy viernes, 9 de mayo de 2025, Día de Europa

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 9 de mayo de 2025, Día de Europa. A los regímenes como el comunista o el que está imponiendo Trump, dice en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Monika Zgustova, les gusta generar caos para que no haya otra norma que la imprevisibilidad. Y la imprevisibilidad engendra miedo: todo el mundo sabe que en cualquier momento el régimen le puede acorralar. Muy pocos ciudadanos europeos, decía HArendt en un archivo del blog de tal día como hoy de 2016, saben que el 9 de mayo de 1950, justo el mismo día en que se cumplían cinco años del final de la guerra en Europa, nacía la Europa comunitaria, en un momento -es importante recordarlo- en el que la amenaza de una tercera guerra mundial se cernía sobre ella. El poema de la tercera se titula "A la espera del viento, y es de la poetisa bulgara Aksinia Mihaylova, comienza así: "Aprendo a lanzar cometas/igual que aprendo a ser madre:/desde ayer, desde semanas atrás,/trece años ya". Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν" (toca marchar); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt












Del Estado policial Trumpista

 






Hace casi seis semanas, comienza diciendo en El País [Estados Unidos, hacia el estado policial, la escritora  Monika Zgustova, la estudiante turca Rumeysa Ozturk caminaba por la calle en Somerville, en el Estado de Massachusetts, y buscaba el restaurante donde había quedado para cenar con unos amigos. Entonces un hombre le cortó el paso; ella intentó seguir caminando cuando cinco hombres más, policías vestidos de paisano, le quitaron su teléfono y su mochila y, tras esposarla, la introdujeron en un coche. Se la llevaron 2.400 kilómetros lejos de su casa, a un centro de detención situado en Luisiana, por haber publicado un artículo sobre Gaza en la prensa universitaria. Sin juicio. Durante 48 horas, nadie supo nada de ella. Además, se ignoraba que, sin notificación alguna, el Departamento de Seguridad Nacional había cancelado arbitrariamente su visado de estudiante convirtiéndola de este modo en ilegal (sobre este procedimiento, el secretario de Estado, Marco Rubio, proclamó ante la prensa que su departamento había revocado ya más de 300 estatus legales y que habría más: “Cada día buscamos a lunáticos de esos”). Algo parecido también les pasó a otros extranjeros detenidos de modo similar: alemanes, rusos, canadienses, árabes.

Esos casos me hacen pensar en las personas que eran detenidas en los regímenes totalitarios comunistas del siglo XX. Hace unos años, entrevisté a una decena de mujeres sentenciadas a años o décadas en el gulag, durante el estalinismo y después de él, que me contaron historias parecidas. La española Lina Prokófiev, cantante de música clásica y mujer del compositor, durante su estancia en Moscú a finales de los cuarenta fue secuestrada en plena calle por la policía secreta soviética, que la llevó a la cárcel y de allí al gulag siberiano, donde pasó siete años talando árboles y pelando patatas congeladas. A Irina Emeliánova —la hija de Olga Ivínskaia, el último amor de Borís Pasternak—, tras la muerte del poeta, en 1960, la KGB la arrestó junto a su madre y las envió al gulag, mientras al novio francés de Irina, Georges Nivat, después de envenenarlo, lo subieron a un avión que llevó a ese experto en literatura rusa lejos de la frontera soviética. Esta fue la venganza del régimen por la publicación de la novela El doctor Zhivago en el extranjero.

La arbitrariedad, la persecución y la falta de respeto por el Estado de derecho es lo que mejor define a los regímenes totalitarios. Sin ir más lejos, pienso en mi padre. En los cincuenta, era un joven profesor universitario que vivía con mi madre en Praga, capital de una Checoslovaquia en la esfera de la Unión Soviética. Un día, a mis padres les despertó el timbre en medio de la noche. Dos hombres con abrigos de cuero se llevaron a mi padre a la cárcel, donde —recurriendo a la tortura— intentaron que colaborara con la policía secreta como denunciante de sus colegas de la universidad. Mi padre no cedió bajo la presión de la policía secreta, así que los timbrazos de madrugada se repitieron una y otra vez; nunca se sabía cuándo mi padre volvería ni si volvería.

Desde que Donald Trump llegó al poder, algunos legisladores propusieron una recompensa para los que encuentren a inmigrantes indocumentados. Además, Marco Rubio ordenó a los empleados del Departamento de Estado que informen sobre cualquier caso de compañeros de trabajo que muestren “prejuicios anticristianos”. En los países comunistas, las denuncias se pagaban con favores, de modo que si alguien codiciaba un piso, bastaba con denunciar a su inquilino para que este pronto acabara en el gulag y el piso fuera adjudicado al denunciante. Como en la era estalinista, los expulsados de Estados Unidos pueden ir a parar a las temibles cárceles de El Salvador o a Guantánamo. En un artículo reciente, la periodista Masha Gessen habla de grupos formados a propósito para llevar a cabo las denuncias. Gessen menciona especialmente la organización Documenting Jew Hatred on Campus, que ha empezado a identificar a los profesores de la Universidad de Columbia que, según el grupo, deberían de ser purgados.

El secretario de Estado, Marco Rubio, además, ha hecho un llamamiento a los diplomáticos estadounidenses para que no faciliten visados de entrada a su país a quien haya criticado a la presente Administración o a Israel, aunque la crítica consistiera en un corazón bajo un post de Instagram. Así proceden los autócratas: Rusia dejó de emitir visados a los periodistas críticos con la guerra contra Ucrania. En la Praga comunista de mi niñez no había extranjeros admirando las vistas desde el puente Carlos porque tenían miedo a viajar a un país donde estarían vigilados, importunados y posiblemente acosados. De modo parecido, conozco a un buen número de escritores, periodistas y científicos europeos y asiáticos que han cancelado sus viajes laborales a Estados Unidos. El historiador norteamericano Timothy Snyder me contó recientemente por qué él y su mujer, la profesora Marci Shore, habían tomado la decisión de mudarse a Canadá.

Muchas de las cosas que pasan hoy en Estados Unidos me recuerdan lo que ocurría durante mi niñez. Nosotros sabíamos perfectamente cuáles eran las palabras y los conceptos “no recomendados” —en otras palabras, prohibidos— por el régimen comunista. La Administración de Trump también ha publicado su lista de términos “no recomendados”; entre el centenar de entradas figuran palabras tan cotidianas como “mujeres”, “víctima”, “trauma”, “sexo”, “sexualidad”, “inmigrantes”, “racismo”, “identidad”, “género”, “expresión”, “diversidad” y “activismo”. La censura, que tan bien conocemos los que hemos experimentado el totalitarismo, está empezando a implantarse en Estados Unidos. En febrero, las cinco mayores editoriales estadounidenses denunciaron ante los tribunales la prohibición en las escuelas y las bibliotecas de algunas novelas, entre ellas Matadero Cinco, de Kurt Vonnegut y El cuento de la criada, de Margaret Atwood.

A los regímenes como el comunista o el que está imponiendo Trump les gusta generar caos para que no haya otra norma que la imprevisibilidad. Y la imprevisibilidad engendra miedo: todo el mundo sabe que en cualquier momento el régimen le puede acorralar. Por eso, músicos como Dmitri Shostakóvich en la Unión Soviética, escritores como Václav Havel y académicos como mi padre en Checoslovaquia dormían mal con su maletín para la cárcel preparado bajo la cama, mientras angustiosamente intentaban captar el menor ruido en la noche. Mis amigos en Estados Unidos me cuentan que han empezado a notar señales de miedo, tanto entre americanos como entre extranjeros: estos temen ser deportados. Los barrios habitados mayoritariamente por inmigrantes están quedando vacíos: la gente tiene miedo a salir de casa. Muchos indocumentados han dejado de acudir al trabajo, y los niños no van a la escuela. El temor de los americanos es a perder su trabajo. La autocensura se extiende. En los setenta, tras la invasión soviética, mi padre vio cómo las autoridades iban echando a sus colegas de la universidad y los sustituían por personas de confianza que no eran expertos en la materia que enseñaban, pero obedecían las consignas políticas. Por eso, en los años setenta mis padres tomaron la dolorosa decisión de exiliarse con sus hijos. Al igual que Timothy Snyder y Marci Shore hoy.

Estos días, cuando observo a Elon Musk, quien, al igual que las autoridades comunistas de mi país de origen, ha despedido a decenas de miles de trabajadores necesarios de distintas áreas, no puedo dejar de pensar en los perseguidos del siglo XX, ese siglo de ideologías y guerras cuya lógica ha invadido el presente siglo y lo ha llenado con más autocracias y guerras, y de nuevo con ciudadanos que viven con miedo, amenazados y acosados en el país que hasta hace tres meses era el paradigma de la libertad. Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Soy Milena de Praga (Galaxia Gutenberg).

















[ARCHIVO DEL BLOG] 9 de mayo: Día de Europa. Luchemos por lo que nos une. Publicado el 08/05/2016











Muy pocos ciudadanos europeos saben que el 9 de mayo de 1950, justo el mismo día en que se cumplían cinco años del final de la guerra en Europa, nacía la Europa comunitaria, en un momento -es importante recordarlo- en el que la amenaza de una tercera guerra mundial se cernía sobre ella.
En esa fecha, en París, se convocó a la prensa a las 6 de la tarde en el Salón del Reloj del Ministerio de Asuntos Exteriores en el Quai d'Orsay porque se iba a hacer pública una "comunicación de la mayor importancia". Las primeras líneas de la Declaración del 9 de mayo de 1950, redactada por Jean Monnet y comentada y leída ante la prensa por Robert Schuman, Ministro francés de Asuntos Exteriores, expresan claramente la ambiciosa magnitud de la propuesta: "La paz mundial sólo puede salvaguardarse mediante esfuerzos creadores proporcionados a los peligros que la amenazan". "Con la puesta en común de las producciones de base y la creación de una Alta Autoridad cuyas decisiones vinculen a Francia, Alemania y los países que se adhieran a ella, esta propuesta establecerá los cimientos concretos de una federación europea indispensable para el mantenimiento de la paz". Se proponía en esa Declaración crear una institución europea supranacional encargada de administrar las materias primas que en aquella época eran la base de toda potencia militar: el carbón y el acero. Ahora bien, los países que iban a renunciar de esta forma a la propiedad estrictamente nacional de la "columna vertebral de la guerra" apenas acababan de salir de un espantoso conflicto bélico que había dejado tras de sí innumerables ruinas materiales y, sobre todo, morales: odios, rencores, prejuicios, etc.
Todo empezó ese día y, por eso, en la Cumbre de Milán de 1985 los Jefes de Estado y de gobierno decidieron celebrar el 9 de mayo como el "Día de Europa". Todos los países que deciden democráticamente adherirse a la Unión Europea adoptan los valores de paz y solidaridad que son la piedra angular de la construcción comunitaria. Estos valores se hacen realidad a través del desarrollo económico y social y del equilibrio medioambiental y regional, únicos mecanismos capaces de garantizar un nivel de calidad de vida equitativo para todos los ciudadanos.
Europa, como conjunto de pueblos conscientes de pertenecer a una misma entidad y de tener culturas análogas o complementarias, existe desde hace siglos. Sin embargo, a falta de reglas o instituciones comunes, esta consciencia de ser una unidad fundamental nunca logró evitar los desastres. Incluso en nuestros días, algunos países que no forman parte de la Unión Europea siguen estando expuestos a espantosas tragedias. Como cualquier obra humana de esta envergadura, la integración de Europa no puede conseguirse ni en un día ni en unas décadas. Hay todavía vacíos e imperfecciones evidentes. Es tan innovadora esta empresa esbozada nada más acabar la segunda guerra mundial! Las que en siglos pasados pudieran parecer tentativas de unión no eran en realidad sino el fruto de la victoria de unos sobre otros. Eran construcciones que no podían durar, porque los vencidos sólo tenían una única aspiración: recuperar su autonomía.
Ahora ambicionamos algo muy diferente: construir una Europa que respete la libertad y la identidad de cada uno de los pueblos que la integran, dirigida en común siguiendo el principio de "lo que puede hacerse mejor en común, debe hacerse así". Sólo la unión de los pueblos podrá garantizar a Europa el control de su destino y su proyección en el mundo entero. La Unión Europea debe mantenerse a la escucha y al servicio de los ciudadanos y los ciudadanos, a la vez que conservan su especificidad, sus hábitos y costumbres y su idioma, deben sentirse "en casa" y poder circular con plena libertad por esta patria europea. Comparto con el profesor de la UNED, mi universidad, José Ignacio Torreblanca su criterio de que hoy, Europa, es la única idea posible. Para bien o para mal, es la única opción de futuro. Todo lo demás es el abismo. Y como digo en la presentación de este, mi blog, mi anhelo y mayor esperanza sería la de saber a mis nietos ciudadanos plenos de los Estados Unidos de Europa, patria común de todos los europeos.
Antes de ayer, 6 de mayo, el papa Francisco recibió en el Vaticano, de manos de los dos máximos representantes de la Unión Europea, el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, y el del Parlamento, Martin Schulz, el premio Carlomagno, instituido en 1949 con la intención de fomentar el diálogo entre los políticos, los científicos y los personajes culturales de toda Europa, y con un contenido sumamente ético, el de contribuir  a la unificación de los pueblos europeos para defender los más altos valores humanos: la libertad, la humanidad y la paz. Aprovechando esa circunstancia Martin Schulz y Jean Claude Juncker publicaban ese mismo día en los principales diarios europeos un artículo firmado conjuntamente por ambos con un sugestivo título: Es hora de que los europeos luchemosQuizá hagan falta los ojos de un argentino que contemple desde el exterior lo que intrínsecamente nos une a los europeos para recordarnos nuestros puntos fuertes, dicen en él. En momentos en que las palabras Europa y crisis se pronuncian juntas con demasiada frecuencia, olvidamos con facilidad lo que la Unión Europea ya ha conseguido y lo que es capaz de lograr: nuestros padres y madres construyeron un proyecto de paz y de humanitarismo a partir de los escombros de la II Guerra Mundial. Rechazaron el belicismo, el deseo de destrucción y la barbarie de la primera mitad del siglo XX. En su lugar, unieron sus fuerzas en favor de una Europa sin vencedores ni vencidos, únicamente con ganadores. Aprendieron las lecciones de la historia: cuando los europeos nos hemos empecinado en pelear entre nosotros, el resultado ha sido fatal para todos; cuando hemos permanecido unidos, todos hemos salido ganando.
El alma de Europa son sus valores, añaden más adelante. En plena vorágine entre cumbre de emergencia y cumbre de emergencia, cuando la gente se pregunta si todos en Europa compartimos de verdad los mismos valores, reviste todavía más importancia que recordemos los vínculos que nos unen. Los europeos, en la era de la globalización, nos necesitamos más que nunca para abordar tres retos del presente: mantener nuestro estilo de vida europeo, garantizar la seguridad y la paz y gestionar la migración.Hoy día, añade, huyen más personas de las guerras, los conflictos y las persecuciones que en ningún otro momento desde la II Guerra Mundial. Hombres, mujeres y niños se dirigen a nosotros en busca de protección contra la brutalidad del denominado Estado Islámico y las bombas de Assad. El reto es de tal calibre que ningún Estado miembro puede solucionarlo en solitario, pero juntos sí podemos compartir esa responsabilidad en un continente con más de 500 millones de habitantes. La visita del papa Francisco a Lesbos, siguen diciendo, supuso más que un gesto. Acogió a doce refugiados sirios y al hacerlo obró de una forma más concreta y solidaria que muchos Estados miembros de la Unión. Solidaridad y amor al prójimo no han de ser mera retórica de domingo; estos valores solo importan si los vivimos a diario. Muchas decenas de miles de voluntarios, dicen, hacen exactamente eso cada día, a menudo hasta caer agotados, ayudando a que las personas encuentren cobijo frente al terror, la guerra y la violencia. Proporcionan alimentos a los refugiados, se preocupan por que tengan algo que vestir y ayudan a los niños a asegurarse un futuro. Estos voluntarios muestran a los refugiados y al mundo el rostro humano de Europa. Pero también es esa la tarea de la política, añaden, en particular en un continente que a lo largo de su historia ha visto con demasiada frecuencia vallas y muros, tumbas y fronteras. Que lo hayamos superado en favor de la paz y la prosperidad constituye uno de nuestros éxitos. Ya es hora de que los europeos nos levantemos y luchemos por nuestra Europa común, concluyen su llamamiento. Y yo me sumo a él, a ellos, en este nuevo 9 de mayo en el que celebramos el Día de Europa. Les recomiendo la lectura completa del artículo en el enlace de más arriba.
Otra manera de celebrarlo es también conocer y profundizar en los estudios que se centran en el desarrollo de la Unión Europea. Analizar y comprender Europa desde todas sus perspectivas, aspectos y contradicciones es el objetivo que persigue el libro La búsqueda de Europa. Visiones en contraste, publicado por la organización Open Mind. Un estudio realizado por veintitrés expertos internacionales que, en veinte artículos, repasan la economía, la cultura y la política del Viejo Continente con el fin de acercarnos a las realidades actuales y atisbar un futuro incierto, pero lleno de retos. Pueden acceder a ellos y descargarlos si lo desean en el enlace anterior. 
Espero que a partir de hoy, cuando en una agenda o en un calendario junto a la fecha del 9 de mayo aparezca la mención al "Día de Europa" ya no necesiten preguntarse que sucedió ese día y porque lo celebramos. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt














Del poema de cada día. Hoy, A la espera del viento, de Aksinia Mihaylova

 






A LA ESPERA DEL VIENTO



Aprendo a lanzar cometas

igual que aprendo a ser madre:

desde ayer, desde semanas atrás,

trece años ya.


No voy a lograrlo; ni los libros

ni los consejos ayudan.

Tirones repentinos a la cuerda,

si la aflojas demasiado,

el sol chamuscará la cola

de la cometa.


Un corte sangriento en el índice,

sobre la colina,


entre los cardos

por lo escarpado

se eleva, cae

el triángulo anaranjado,

atrapo por un instante

el viento

y me entrego a él,

antes de perderme

entre la bandada de cigüeñas que está llevándose

agosto y la cometa detrás de la colina.


Con un pie en la infancia,

tantas cicatrices en las rodillas

y en las fotografías blanco y negro,

vas a lograrlo,

me susurra el ángel de la guarda,

lanzar cometas

es igual que poblar tu alma

de nuevos cielos,

hasta que tú mismo te conviertas

en viento.




***




В очакване на вятъра


Все още те чакам. На прага.

Не знам кога ще дойдеш.

Може би с утринната мъгла,

може би с дъжда следобед.


Ще позная стъпките ти леки

по падналите есенни листа.

Ще позная гласа ти, далечен и мек,

като песен, която не стихва.


Ще отворя вратата и ще те пусна.

Няма да питам къде си бил.

Ще те прегърна силно и ще те стисна,

сякаш никога не си си тръгвал.


Ще поседнем мълчаливо до огъня.

Ще пием вино и ще си говорим.

Ще си спомним отминали дни,

ще помечтаем за нови светове.


И когато вятърът задуха през нощта,

ще се сгушим един в друг под завивките.

Ще слушаме как пее самотата,

и ще знаем, че сме заедно завинаги.




***




AKSINIA MIHAYLOVA (1963)

poetisa búlgara