sábado, 21 de octubre de 2023

De nuestros benditos monstruos





 


Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura para hoy, de la escritora Irene Vallejo, va de nuestros benditos monstruos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com











Benditos monstruos
IRENE VALLEJO - El País Semanal
14 OCT 2023 - harendt.blogspot.com

El miedo nos asfixia, nos ciega, ofusca y paraliza la mente. A primera vista, resulta inexplicable nuestro apetito por las historias de terror. Nace de un deseo contradictorio: ante el umbral de una temida y excitante revelación, nos estremecemos de curiosidad y turbación. Cuando nos asusta una película, nos tapamos los ojos, pero abrimos rendijas entre los dedos para espiar lo espeluznante. Deseamos conocer lo secreto y a la vez intuimos el peligro. En el temblor de los cuentos late la sombra del monstruo.
Dos mujeres fueron pioneras de la novela de terror moderna: la española María de Zayas y la inglesa Mary Shelley, que hibridó oscuros relatos góticos del pasado con la naciente ciencia ficción. De forma fulgurante, lo siniestro irrumpió en la amansada realidad cotidiana, territorio familiar para las escritoras, excluidas durante siglos de la vida pública, centinelas del hogar, de sus rutinas y ruinas. Quizá por eso fue durante décadas un género tachado de infantil y menospreciado. Cuando Mary inventó a su criatura más famosa en 1816, ya infringía los códigos de su época al vivir con el poeta Percy B. Shelley y tener hijos sin casarse. Los prejuicios sociales afectaron a las ventas del libro y la autora fue condenada al ostracismo. Como afirma su biógrafa Charlotte Gordon: “A principios del siglo XIX, las mujeres artistas eran monstruosas por definición”.
La mirada de Mary Shelley hacia su protagonista es siempre compasiva. Aunque popularmente lo llamamos Frankenstein, en la novela carece de nombre propio, más allá de demonio, miserable o desgraciado. Rechazado por su creador, Victor Frankenstein, representa la orfandad y el anhelo de compañía, en un eco de la infancia solitaria de la propia escritora. Huyendo del laboratorio de Ingolstadt donde despertó a la vida, encuentra cobijo en el cobertizo de una granja. A fuerza de observar a escondidas a los habitantes de la casa, aprende a hablar, leer y escribir. Aunque conoce la carne, elige ser vegetariano. Lector ávido, devora libros de Plutarco y Goethe. Se vuelve culto, sagaz y sensible, pero también consciente del espanto que provoca su aspecto. La parte más conmovedora de la novela relata cómo la sociedad defrauda al monstruo. Al verlo, todos se horrorizan y lo expulsan a golpes. Incluso cuando salva la vida a una niña, el padre dispara contra él. Sus intentos por aproximarse a los seres humanos terminan de forma violenta y cruel.
En la película Frankenstein, clásico dirigido por James Whale, una multitud enfurecida, empuñando antorchas y ansiedades, tortura al desgraciado en el bosque. Conscientemente, la sobrecogedora escena evoca los linchamientos de negros en Estados Unidos. Whale, abiertamente homosexual en aquellos años treinta, se identificó no con la horda de furiosos ciudadanos sino con la víctima, injustamente atacada por ser extraña e insólita. En El espíritu de la colmena, del maestro Víctor Erice, otra niña descubre que el auténtico peligro procede de esos adultos de mirada inclemente, no del monstruo acorralado.
La palabra “monstruo” comparte raíz con el latín monstrare, “señalar con el dedo”, ese índice apuntando hacia lo diferente, hacia aquello que invade nuestros arraigados mapas de la realidad. Por tanto, es el dedo que apunta y rechaza el que crea al monstruo. En cambio, “normal” proviene de norma, el nombre latino de la escuadra, un instrumento de carpintería destinado a fabricar objetos en serie, todos iguales. El ser imaginado por Mary Shelley encarna lo contrario: pieles cosidas y órganos entretejidos, un cuerpo múltiple que nacía a una nueva vida.
La literatura de terror alude a una pulsión humana muy primitiva, ancestral, común a todos los individuos: el temor al distinto. En palabras de H. P. Lovecraft: “La emoción más antigua y más intensa de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido”. Todavía nos resulta difícil convivir alegremente con la diferencia, reconocer su belleza y fortaleza, su variedad fabulosa y festiva. Los presuntos monstruos nos invitan a inventar otras reglas de juego: no es casualidad que diversión provenga de diversidad.





























 





[ARCHIVO DEL BLOG] Los candidatos no han leído a Kant, ni falta que les hace. [Publicada el 17/12/2015]









El Diccionario de la Lengua Española define la palabra espectáculo, en su primera acepción, como "función o diversión pública celebrada en un teatro, en un circo o en cualquier otro edificio o lugar en que se congrega la gente para presenciarla"; en segundo lugar, como "conjunto de actividades profesionales relacionadas con los espectáculos, la gente y el mundo del espectáculo"; en tercero como "cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles; y en su cuarta y última acepción como "acción que causa escándalo o gran extrañeza".
Me niego a opinar sobre el debate televisivo del pasado lunes entre el candidato del partido socialista, Pedro Sánchez, y el del partido popular y presidente del gobierno, Mariano Rajoy. Ya lo han desmenuzado bastante los medios de comunicación y las redes sociales como para creer que mi opinión va a aportar algo original al respecto. Parodiando el refrán: a quién los electores se la den, la Corona se la bendiga. En todo caso, pueden verlo completo, si lo desean, en este enlace
Prefiero con mucho referirme al novedoso espectáculo que el diario El País organizó el pasado 30 de noviembre reuniendo en un debate electoral a tres (con un cuarto atril ausente por voluntad propia) a los líderes de Ciudadanos, Albert Rivera; Podemos, Pablo Iglesias; y Partido Socialista, Pedro Sánchez. Novedoso, fue, desde luego; provechoso, no lo tengo tan claro. Pero fue un buen espectáculo, y eso es lo que es la política entre muchas cosas: una representación, un espectáculo que se ofrece a la ciudadanía para que cada cual saque sus conclusiones, si es capaz de ello, al finalizar la representación. Las cuatro acepciones del Diccionario de la RAE cuadran como definición de lo que vimos ese día. 
Justo una semana antes, el 23 de noviembre, Albert Rivera y Pablo Iglesias, habían mantenido un debate a dos, en el auditorio de la Universidad Carlos III de Madrid, en el que tuvo lugar un hecho que llamó la atención de los asistentes y que fue destacado, con maliciosa intención, por todos los medios de comunicación. Y ese hecho fue que ambos se refirieron en sus intervenciones al filósofo Inmanuel Kant (1724-1804), y que ambos se equivocaron en sus citas al responder a una de las preguntas del público sobre si apoyaban la decisión del Gobierno de dejar en un segundo plano la asignatura de Filosofía en la enseñanza secundaria y pedirles que recomendarán una obra de esta materia. Y ambos quedaron en evidencia. Pablo Iglesias al mencionar Ética de la razón pura, en lugar de Crítica de la razón pura de Kant y defender la importancia de la Filosofía porque "enseña a pensar". Y Albert Rivera, que también criticó la decisión del Gobierno y apostó por recuperar esa asignatura, al reseñar al filósofo alemán como un referente pero no ser capaz de mencionar ninguna obra suya tras insistirle en tal sentido el moderador: "La verdad es que no he leído a Kant, ningún título concreto, pero lo he estudiado en Filosofía Política", confesó. 
No tiene mayor importancia. Lo citaron mal, pero lo citaron. Es muy posible que otros candidatos ni hayan oído hablar de ese tal Kant, tan de moda estos días. Ya lo dicho en ocasiones anteriores, pero no me importa repetirme a mí mismo: Occidente, es una creación de la cultura greco-latina trufada de conceptos morales judeo-cristianos, y, salvo en las ciencias experimentales, casi todo lo demás que se ha escrito o dicho desde entonces es mera paráfrasis de lo que ellos dijeron mucho mejor. La frase es mía y la cedo gustoso, sin copyright. 
No soy el único que lo piensa... Por ejemplo, hace ya unos años el poeta y escritor Luis Antonio dVillena, se preguntaba en un delicioso y mordaz artículo en El País, ¿Por qué Rajoy o Zapatero nunca citan a Cicerón?. Ni tampoco, claro está a Séneca, Platón, Aristóteles, Heródoto o Tucídides, que tanto tienen que enseñar al hombre de nuestros días. Villena no daba ninguna respuesta a su pregunta, pero si adelantaba una conclusión que comparto plena y absolutamente: estamos creando una sociedad "en la que hay una minoría cultural muy culta y una inmensa mayoría cada vez más inculta (.../...) con una democracia empobrecida en la que los ciudadanos no tienen capacidad de respuesta". Esa es una de las cosas que la enseñanza de la filosofía y de lo que dijeron los filósofos podría arreglar, pero... Dejémoslo así.
Si así andamos con la enseñanza de la filosofía, la literatura que consumimos es un índice del grado de cultura de una sociedad, y creo percibir presagios de tormenta. Permítaseme un símil, y no es nada personal pues he leído con gusto ambas obras. Hace unos años, por las mismas fechas en que Villena escribía el artículo citado, dos novelas acaparaban todos los índices de superventas en las estanterías de las grandes superficies de España. Me refiero a La sombra del viento y El Código Da Vinci, pero comparar a Carlos Ruíz Zafón o Dan Brown, sus autores respectivos, con Esquilo o Virgilio, es como comparar el "tachum-tachum" de la música "bacalao" con el Don Giovanni de Mozart. 
Desde luego, en un sentido lato, lo que hacen los Zafón y Brown de turno y cada época es tan literatura como las obras inmortales de Esquilo y Virgilio. Y tan música es el "tachum-tachum" como la ópera más excelsa. Y claro está que siempre será preferible leer un superventas a no leer nada; o escuchar el "tachum-tachum" a no disfrutar del placer de la música, pero en ambos casos, ese debería ser sólo el primer paso en la búsqueda y encuentro de la excelencia literaria y musical. Aunque sobre gustos no haya nada escrito. 
Disfruten del artículo de Villena. Es bastante más serio que mi digresión, un tanto a vuelapluma y con cierta dosis de mala leche. Producto del desencanto. Y el próximo domingo voten con el corazón, que es el único que no se equivoca. Yo ya lo he hecho, por correo, y no estoy muy seguro de no haberme equivocado, a pesar de sí haber leído a Kant... Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: nos vamos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt







viernes, 20 de octubre de 2023

Del problema de nuestros partidos

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura para hoy, del escritor Javier Cercas, va del problema de nuestros partidos. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos. harendt.blogspot.com






Tenemos un problemón
JAVIER CERCAS - El Paìs Semanal
14 OCT 2023 - harendt.blogspot.com

Se llama partidos políticos. El problemón lo teníamos antes de 2015, cuando el viejo sistema entró en crisis y surgieron nuevos partidos, y lo tenemos ahora, cuando los partidos nuevos han demostrado ser peores que los viejos y el sistema ha degenerado. El problema no es sólo que los partidos colonicen o intenten colonizar la sociedad entera, incluidos los medios de comunicación; el problema es que tienden a ser clubes antidemocráticos, sectarios, verticales y militarizados, donde la crítica brilla por su ausencia y se funciona a golpe de pito.
Pongo un ejemplo flagrante, que incumbe al partido que voté en las últimas elecciones, y a la izquierda en general. Como Sumar, el PSOE se presentó a los comicios con un programa donde ni siquiera se mencionaba la posibilidad de una amnistía a los líderes del procés; más aún: tanto los votantes como los militantes del PSOE podíamos albergar la certeza de que esa amnistía no iba a producirse, porque así lo había dicho durante años el partido, por activa y por pasiva, incluso durante la propia campaña electoral. Pero una carambola entregó a los secesionistas la llave del gobierno del PSOE y Sumar y, en un pispás, el PSOE dio un giro de 180 grados para obtener el apoyo de los secesionistas. Fue increíble: lo que dos semanas antes era ilegal e inaceptable para el PSOE y sus satélites mediáticos pasó a ser, dos semanas después, no sólo legal sino también bueno para todos. ¿Alguien en el PSOE pidió explicaciones por ese cambio inaudito? ¿Protestó alguien? Que yo sepa, nadie salvo la vieja guardia, que no tiene cargos que perder ni que ganar, y uno de los llamados barones, blindado por una mayoría absoluta en su feudo. Fue de chiste oír a una dirigente del PSOE impartir lecciones de democracia interna a la vieja guardia rebelde dando la vuelta a una frase de Alfonso Guerra (“aquí, el que se mueve, sí sale en la foto”), días antes de expulsar del PSOE a un miembro rebelde de la vieja guardia, por hablar mal del partido; el chiste incluye también a los viejos rebeldes, tan obedientes en tiempos de Guerra como los jóvenes en el nuestro, y al propio Guerra, autoerigido en estadista responsable y azote del populismo de izquierdas tras haber sido un preclaro precursor del populismo de izquierdas, además de responsable de algunas de las frases más incendiarias de la Transición. Dicho esto, no les quepa duda: si el PP hubiera dispuesto de la más mínima oportunidad de pactar con Puigdemont, habría hecho lo mismo que el PSOE, los cuadros y la militancia lo hubieran aceptado con la misma mansedumbre y, al día siguiente del acuerdo con los secesionistas, la prensa de derechas —tan sumisa como la de izquierdas, ambas salvo contadísimas excepciones— lo hubiera bendecido como un acto de patriotismo responsable y hubiera titulado a toda página: “Puigdemont, español del año”. ¿Que cómo lo sé? Porque esto ya ha ocurrido (y, si no lo remediamos, volverá a ocurrir): en 1996, un PP necesitado de los votos nacionalistas para formar gobierno pasó en un pispás de corear “Pujol enano, habla castellano” a corear “Pujol, guaperas, habla lo que quieras” y José María Aznar, político de principios inconmovibles y baluarte frente al nacionalismo periférico, le dio a Pujol lo que no está escrito, arrancó a hablar catalán (en la intimidad) y no entonó el Virolai haciendo el pino porque Dios es misericordioso. Y en el PP y sus satélites nadie dijo ni pío.
Sí: tenemos un problemón. Necesitamos partidos de verdad: sin ellos, no hay democracia de verdad. Necesitamos partidos que no se sirvan de nosotros, sino que nos sirvan, que fomenten la crítica y la autocrítica, que no confundan la disciplina con la sumisión, partidos aireados, plurales y generosos, idealistas y realistas, integrados por militantes libres y no amedrentados y por cargos elegidos en listas abiertas. En suma: necesitamos una nueva ley de partidos (y, de paso, una nueva ley electoral). La pega es que sólo pueden hacerla los propios partidos, que no quieren hacerla. Así que, señoras y señores, o los obligamos nosotros a cambiar, o no cambiarán. Y el problemón seguirá siendo nuestro, no suyo.