sábado, 6 de septiembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 6 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 





Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 6 de septiembre de 2025. La negación de nuestra singularidad como especie es un freno brutal para la exigencia de un comportamiento decente entre los seres humanos, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el filósofo Víctor Gómez Pin. En la segunda, un archivo del blog de septiembre de 2009, HArendt nos contaba que hacía unos meses le había llegado por correo un libro que había prestado a un antiguo compañero de trabajo, jubilado hace ya mucho tiempo, hacía al menos quince años. Me lo devolvía con una nota pidiéndome disculpas por su tardanza en hacerlo. Confieso que sabía que lo había prestado, pero ni recordaba a quién. Lo había vuelto a comprar, y no una, sino varias veces. El poema del día, en la tercera, se titula Roma, si y hubiera sabido, el del poeta español Pedro Alcarria, y comienza con estos versos: Roma, si yo hubiera sabido que eras su dueña,/recordaría los ojos que una vez dijeron el oro/del poema. Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt














DE LA SINGULARIDAD DE LOS SERES HUMANOS

 





La negación de nuestra singularidad como especie es un freno brutal para la exigencia de un comportamiento decente entre los seres humanos, escribe en El País [Nihilismo y barbarie, 30/08/2025] el filósofo Víctor Gómez Pin. A la hora de sostener la necesidad de la creencia en algún ser omnipotente y garante final de la justicia, comienza diciendo, suele evocarse un pasaje célebre de Los hermanos Karamazov de Dostoievski. La moral se sustentaría en la esperanza de recompensa o en el temor al castigo, de ahí que la desaparición de la referencia a un principio trascendente supondría la matriz del nihilismo: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Todo, incluidos los extremos de barbarie en los que el mundo está hoy inmerso y que, de Oriente Próximo a las fronteras meridionales de Estados Unidos, sin excluir zonas de Europa, común denominador en la liberación de la pulsión tendiente al abuso de quienes son percibidos como débiles.

No cuestionando el argumento de que la moralidad exige confianza en que algún componente de nuestra condición posibilita un comportamiento no limitado a la darwiniana “lucha por la subsistencia”, quiero sin embargo apartar el foco de la idea de dios y proyectarlo sobre otra renuncia que efectivamente abre las puertas al nihilismo y con ello a la barbarie, al repudio de toda exigencia subjetiva por contribuir a la dignificación de nuestra especie. Me refiero a la negación, tan presente en nuestra cultura, de la idea de la singularidad vertical del ser humano, idea un tiempo sustentada en postulados religiosos, pero perfectamente reivindicable, y de hecho reivindicada, por el laicismo ilustrado.

El humano es un animal raro. Vive en la paradoja de ser un mero eslabón de la historia evolutiva, y al tiempo ser testigo de tal cosa, interrogándose sobre su naturaleza y teniendo certeza de la propia finitud. Esta condición de testigo de su propio ser supone una diferencia singular respecto de todo otro ente, inerte o vivo, natural o artificial. Pues bien:

Si se niega esta premisa, si se declina la responsabilidad de asumir lo excepcional de nuestra presencia en el cosmos, si se enfatiza la obviedad de que el hombre es un ser vivo entre otros, si se perciben las diferencias genéticas en el seno de nuestra especie como más relevantes que las que nos separan de otras especies y, sobre todo, si se estima que ese rasgo diferenciador de la especie humana que es la capacidad de lenguaje no es de orden diferente a los códigos de señales propios de tal o cual especie animal... si se cae en esta modalidad primordial de nihilismo, entonces, efectivamente hay peligro de que todo parezca permitido. Empezando por la abyecta modalidad de dirigismo político consistente en jalear la disposición de individuos que, impotentes ante los poderosos canalizan hacia seres más débiles la animadversión que, conscientemente o no, albergan contra los primeros.

Con mayor generalidad, la negación de nuestra singularidad es un freno brutal para la exigencia de un comportamiento decente entre los seres humanos, es decir, un comportamiento que no instrumentaliza a los congéneres. Pues, en efecto: ¿por qué el no usar al ser humano sería más imperativo que el no servirse de otros seres vivos, si se niega la diferencia jerárquica entre unos y otros? En los trágicos días de agosto de 2021, el entonces ministro de defensa británico cedió a su posición inicial tendiente a impedir que un avión saliera de Kabul hacia Heathrow con doscientos canes y setenta gatos, mientras miles de personas pugnaban por un vuelo que les librara de la amenaza de los rebeldes talibanes. Pero la polémica, y hasta la indignación que provocó este episodio, sólo se justifica si se considera que, dada su radical singularidad, la existencia de un ser humano no es de ninguna manera homologable a la de otros animales, por mucho que el lazo afectivo con estos forme ya parte de nuestra herencia, sino genética, sí al menos cultural. De lo contrario, ¿qué tiene de extraño que una famosa actriz francesa defienda (¡desde hace ya cuatro decenios!) el ofensivo discurso contra poblaciones inmigrantes del fundador del entonces llamado Front National, a la vez que milita por la causa de una variedad de mamíferos a su juicio mucho más merecedores de atención que ciertos franceses originarios del sur del Mediterráneo?

Una de las paradojas de ese episodio de Kabul fue que el avión fue designado como Arca. Lamentable guiño al mito de la catástrofe por las aguas, y a la tarea heroica de Noé en la misma, que encierra una gran lección sobre nuestro ser y nos da una clave de conducta: hemos de ser garantes de la persistencia de la diversidad de la vida… porque somos el único ser que puede hacerlo. Quizás por la misma razón que somos el único ser que puede efectivamente introducir el daño gratuito en la naturaleza, es decir el mal (al que la naturaleza es ajena, cuando descarga la lluvia torrencial, como es ajena al bien que supone el descenso de las aguas) y a la vez sustentar en tal violencia las relaciones humanas, es decir, la esencia de la barbarie. Víctor Gómez Pin es catedrático emérito de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

















ARCHIVO DEL BLOG. ADRIANO, POR YOURCENAR. PUBLICADO EL 03/09/2009

 







Salvo excepciones, que haberlas, haylas, no me gusta prestar mis libros. Soy de los que piensan que es tristemente real ese pareado que reza: "libro prestado, libro amortizado", así que prefiero regalarlos, sin desprenderme del mio... Hace unos meses me llegó por correo un libro que había prestado a un antiguo compañero de trabajo, jubilado hace ya mucho tiempo, hacía al menos quince años. Me lo devolvía con una nota pidiéndome disculpas por su tardanza en hacerlo. Confieso que sabía que lo había prestado, pero ni recordaba a quién. Lo había vuelto a comprar, y no una, sino varias veces.

Ese libro, uno de los más hermosos que yo he leído nunca es, sin duda alguna, "Memorias de Adriano" (Edhasa, Barcelona, 1983) de la novelista franco-belga Marguerite Yourcenar (1903-1987). Un texto bellísimo, al menos en el castellano de la traducción de Julio Cortazar, que es la que yo conozco. Es también uno de los libros que más veces he regalado a aquellos que considero mis amigos, en la confianza de que sabrían apreciarlo. No siempre ha sido así, pues no es un libro que atraiga de entrada: ¿a quién puede interesar la reflexión que al final de su vida, un emperador envejecido hace por carta a quién años después le sucederá al frente de Roma (Marco Aurelio) sobre lo que ha sido su vida y su reinado?... A mucha gente, se lo aseguro, que conserve intacta la ilusión de la buena literatura.

De Yourcenar he leído también "Opus Nigrum" y "Alexis o el tratado del inútil combate". Y la biografía, excelente, que sobre ella escribió Josyane Savigneau: "Marguerite Yourcenar: La invención de una vida" (Alfaguara, Madrid, 1992). Pero ni punto de comparación con "Memorias de Adriano".

En El País del pasado 31 de agosto, José Manuel Fajardo firmaba un bello artículo sobre la tierra flamenca, a caballo entre Francia y Bélgica, que vio nacer y crecer a Marguerite Yourcenar. Leyéndolo, me dio por recordar la anécdota de la recuperación de ese libro suyo que ya creía perdido, pero también me vinieron al recuerdo los largos paseos que en mi último viaje a Roma, hace ya tres años, diera por la que fuera la última residencia del emperador Adriano, "su casa", Villa Adriana, en la actual Tívoli, a una veintena de kilómetros al nordeste de la capital italiana, tan retratada en la novela que comento. Anímense a leerla; seguro que les encantará. Les dejo con el artículo de Fajardo, que dice así:  "A LA SOMBRA DE YOURCENAR", por José Manuel Fajardo (EL PAÍS - 31-08-2009). Montes de Flandes es sin duda un nombre exagerado porque las colinas a las que se refiere, situadas en la frontera entre Francia y Bélgica, son unas ondulaciones del terreno de apenas 200 metros de altura. Sin embargo, el rigor horizontal de la gran planicie flamenca sobre la que se alzan las vuelve excepcionales. Sólo las torres de las iglesias compiten con ellas en la disputa por el título de montaña, como ironizaba el cantante Jacques Brel.

Uno de estos montes, el Mont Noir, así llamado por la abundancia de pinos negros que oscurecen su cima, debe su discreto renombre a dos hechos bien opuestos: ser paraíso de compras de tabaco y bebidas alcohólicas durante los fines de semana, y haber albergado la residencia familiar de la gran escritora Marguerite Yourcenar, autora de Memorias de Adriano.

El pueblo que corona la colina parece sacado de un relato de ciencia-ficción en el cual el tiempo se hubiera detenido. En pleno espacio Schengen, en medio de la Europa sin fronteras, la carretera-calle en torno a la cual se reúnen los pocos edificios que componen el pueblo traza una especie de frontera perdida. En ella no hay más que restaurantes, bodegas, estancos y tiendas de souvenirs, y cada fin de semana su calma de decorado de película de Far West se rompe con el bullicio de automóviles y peatones. Una acera es territorio belga, la otra, francés. Y el espacio único europeo, logrado por la política, recupera sus diferencias gracias a los impuestos. Las menores tasas aplicadas por las autoridades belgas a las bebidas alcohólicas y al tabaco propicia ese semanal regreso de un pasado de vida fronteriza.

A menos de un kilómetro del happening comercial, Mont Noir ofrece su otra cara casi secreta: las ocho hectáreas del parque departamental Marguerite Yourcenar, una zona boscosa en la que abundan robles, hayas y castaños, que desciende entre pequeñas vaguadas hacia las planicies de las villas de Bailleul y de Saint Jans-Cappel. En pleno parque está el antiguo pabellón de los guardianes del château que fuera residencia de verano de la familia Yourcenar, el único edificio del conjunto arquitectónico que sobrevivió a los terribles bombardeos de la I Guerra Mundial que asolaron la zona.

Porque la serena planicie y las amables lomas de los montes flamencos esconden un pasado atroz: haber sido escenario de terribles batallas desde los tiempos en que los tercios españoles luchaban en lasñ guerras de religiones. Sus campos están moteados de pequeños cementerios que acogen los cuerpos de miles de soldados aliados muertos en las dos guerras mundiales, uno de los cuales se halla en el mismo parque de Mont Noir.

Marguerite Yourcenar describió el horror de aquella guerra que vivió de niña, pero es sobre todo la evocación de los descubrimientos de sus veranos infantiles lo que ha dado un lugar a Mont Noir en su obra. "Allí aprendí a disfrutar de todo aquello que aún hoy sigo amando", afirmó, "la hierba y las flores silvestres que crecen en ella, los huertos, los árboles, los bosques de abetos, los caballos y vacas en las praderas. (...) Aunque el francés ha sido mi instrumento como escritora, no puedo verme sin Flandes, sin el lugar en el que por primera vez me vi confrontada a la pureza y a la fuerza de los elementos".

Como si la propia tierra hubiera aprendido, gracias a la autora, la terrible lección de su pasado de división y violencia, Mont Noir y toda la región del Flandes francés se han convertido durante los últimos 20 años en punto de encuentro cultural, un rincón de intenso activismo literario europeísta. El pabellón de la antigua residencia Yourcenar, en cuyos hermosos locales se organizan también festivales y debates culturales, alberga una residencia de escritores por la que han pasado en los últimos 12 años más de un centenar de autores. Y el que durante años fuera director de la Residencia, Guy Fontaine, ha dado continuidad a ese activismo a través de la Asociación Lettres Européennes, que agrupa autores de todo el continente y se esfuerza en introducir la enseñanza de la Literatura Europea en los sistemas educativos, como herramienta pedagógica en la formación de la mentalidad de los ciudadanos de la Unión. Cultura y naturaleza, a la sombra de Marguerite Yourcenar. Y sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, ROMA, SI YO HUBIERA SABIDO, DE PEDRO ALCARRIA

 







ROMA, SI YO HUBIERA SABIDO




Roma, si yo hubiera sabido que eras su dueña,

recordaría los ojos que una vez dijeron el oro

del poema.


Aunque con los años el poema ya no me importa,

incluso si adoptó un contorno y fue la imponente piel

que cubre este mundo de ruinas y vestigios,

en un lugar perdido del futuro.


Dijiste que era una bestia sufriente,

que acechaba entre las iglesias amontonadas,

rugiendo verdades con el cabello erizado

y el falo incandescente igual que un muñón.


Que era un frío tren sentimental devorando los raíles,

declamando su verdadera densidad metálica.


El poema estaba vivo entonces y obsesionado

con la idea de desgarrarme los ojos.


Laten los frescos de las paredes

teñidos de verde por el moho.


Late el poema teñido por un recuerdo

y flota sobre el recuerdo un instante.

Luego se hunde bajo el cauce de todas las cosas

repetidas, simétricas, nubladas, muertas.




PEDRO ALCARRIA (1975)

poeta español


























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DE HOY SÁBADO, 6 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 




























viernes, 5 de septiembre de 2025

DE LAS ENTRADAS DEL BLOG DE HOY VIERNES, 5 DE SEPTIEMBRE DE 2025

 






 

Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 5 de septiembre de 2025. El paleoconservadurismo y el ultraliberalismo ofrecen a la ciudadanía control sobre sus vidas en un mundo sin intermediarios, escribe en la primera de las entradas del blog de hoy el politólogo Víctor Lapuente. En la segunda, un archivo del blog de mayo de 2009 en la que HArendt comentaba que una de las cosas con las que más disfrutaba cuando viajaba era con la lectura de las placas conmemorativas que adornan ciudades, pueblos y lugares; unas veces celebrando que en tal o cual calle o edificio vivió, nació o murió un célebre personaje; en otras, que en aquel lugar ocurrió un hecho memorable digno de recuerdo. El poema del día, en la tercera, se titula El recuerdo importuno, es de la poetisa cubano-española Gertrudis Gómez de Avellaneda, y comienza con estos versos: ¿Serás del alma eterna compañera,/tenaz memoria de veloz ventura?/¿Por qué el recuerdo interminable dura/si el bien pasó cual ráfaga ligera? Y la cuarta y última, como siempre, son las viñetas de humor, pero ahora, como decía Sócrates, "ἡμεῖς ἀπιοῦμεν" (nos vamos); volveremos a vernos mañana si las Euménides y la diosa Fortuna lo permiten. Sean  felices, por favor. Tamaragua, amigos míos. HArendt


















DE LA TIRANÍA DEL EXCEL

 








El paleoconservadurismo y el ultraliberalismo ofrecen a la ciudadanía control sobre sus vidas, un mundo sin intermediarios, escribe en El País [Debemos derrocar la tiranía del Excel, 29/08/2025] el politólogo Víctor Lapuente. Voy a intentar convencerte de que los males de nuestro tiempo (la eclosión de grandes problemas, de la desigualdad al acceso a la vivienda, y de falsas soluciones, con el ascenso de los populistas en los gobiernos y las encuestas) tienen un mismo origen: la hoja de Excel, comienza diciendo Lapuente. Lo primero sensato que pensarás es que estoy loco. Lo segundo, que es una historia tan cabal como manida: las fuerzas de la globalización neoliberal que anteponen el recorte de costes al desarrollo de las personas (y que el Excel simbolizaría) han llevado a que la gente abrace a la extrema derecha nacionalista. Pero esta visión tan estilizada ofrece un diagnóstico pobre y una prescripción errónea. Para superar la frustración reinante en nuestras sociedades no hay que escapar de un tipo de política, sino de una filosofía de vida. Debemos derrocar la tiranía del Excel.

Entender la disrupción del orden moderno requiere unas nuevas gafas conceptuales. Los parámetros que todavía usamos son las antiguas categorías de liberalismo versus comunitarismo. Las sociedades oscilarían, como un péndulo, de sistemas que dan mucha libertad a las personas a otros que la limitan en aras de la comunidad. El individuo en un extremo. El colectivo en el otro.

La narrativa dominante es que el liberalismo, que ha ido conquistando el mundo desde 1945, extendiendo la libertad económica del capitalismo y la política de la democracia, ha tocado techo. Las víctimas, inocentes o responsables, pero ciertamente culpabilizadas, se han rebelado. Quienes malviven con trabajos precarios mientras a su alrededor medran jóvenes listillos en bermudas, o trepas con corbata que tienen buenos contactos, han dicho basta. El capitalismo global les ha arrebatado su trabajo estable, su vivienda estable y su familia estable y les ha dejado huérfanos de identidad. Ya no son obreros ni enfermeras. Son peones de corporaciones sin rostro ni alma. Y los perdedores de la globalización, como las ratas de Hamelin, han sido seducidos por la sencilla melodía de los flautistas del populismo: orden y patria frente al caos y cosmopolitismo.

Pero hay un problema en esta visión del populismo como encarnación del comunitarismo. ¿Qué pintan ahí los anarcoliberales y los criptobros, los Elon Musk y Javier Milei, los neoliberales de Vox y AfD, los Alvise y youtubers que defienden la libertad más absoluta frente al opresor Estado? ¿Qué tienen que ver estos Ultraliberales 2.0 con los viejos carcas? La contradicción interna entre los protagonistas de los altercados en Torre Pacheco —que Israel Merino genialmente describe como “Soy neonazi, pero también libertario; quiero un Milei español, pero también añoro a Primo de Rivera”— tiene más coherencia de la que aparenta. ¿Qué une, pues, a cripta-liberales y cripta-conservadores?

Una hipótesis es que ambos son reacciones al orden liberal, a sus lejanas instituciones (partidos, gobiernos, universidades, multinacionales) y sus soberbios expertos. Los ultraliberales y paleoconservadores están unidos por un profundo desprecio hacia las élites del establishment. Hay datos que parecen dar validez a esta teoría. Las personas que simpatizan con estos movimientos presentan perfiles antisistema: desconfían de representantes políticos, banqueros, científicos y la mayoría de funcionarios públicos. Y creen que la vida es un juego de suma cero: tu ganancia es mi pérdida, el beneficio de otra nación es el perjuicio de la mía. Esta cosmovisión se ha desparramado como una sombra siniestra por sectores crecientes de la sociedad norteamericana, quebrando las “creencias útiles” que, según la economista Alberto Alesina, cimentaron el milagroso despegue de EE UU: la idea de que, con esfuerzo, todos podemos progresar. Ahora reina el pesimismo. Y se proyecta al resto del mundo; a menudo, paradójicamente, a través de vehículos culturales diseñados por las élites liberales de izquierdas. De House of Cards a White Lotus pasando por Breaking Bad, el mundo se nos presenta como una contienda entre unos muchos malos y unos pocos tontos. Los buenos han desaparecido. Hoy la justicia es, a lo sumo, un capricho del destino.

Sin embargo, este mosaico de evidencias deja al descubierto la pregunta esencial, ¿Por qué este resentimiento hacia las élites? Intelectualmente, es poco satisfactoria una teoría que se limita a explicar un movimiento en negativo, como mera oposición a algo. En los reaccionarios hay siempre algo más que reacción.

Para construir una hipótesis “en positivo” del paleoconservadurismo y el ultraliberalismo, debemos mirar no tanto qué critican como qué proponen. Ambos ofrecen a la ciudadanía control sobre sus vidas: aranceles y proteccionismo para cortar la dependencia de intereses extranjeros, referéndums para que los eurócratas de Bruselas no decidan por ellos, monedas personalizadas libres del aval de tenebrosos bancos centrales, y hasta la capacidad de decidir sobre su sistema inmunitario evitando invasivas vacunas. También se incluirían aquí las medidas de direct economics que, según Quinn Slobodian, caracterizan a los populistas modernos, como los cheques que Trump envió a cada norteamericano durante la pandemia, con su firma visible. Todo para el pueblo, pero sin intermediarios.

Y si los populistas nos ofrecen control personal es porque tenemos demandas cada vez más personales. Los paleo-conservadores no son la oposición al individualismo, rayano en el narcisismo, del neoliberalismo, sino su culminación. Que personajes anarcoides como Milei y Musk cohabiten con ultraconservadores como Orbán y Trump no obedece a la casualidad, sino a la misma causa: el desatado empoderamiento del individuo que ha ido abriéndose paso en nuestras sociedades. La concepción de que somos los únicos dueños de nuestro destino y de que todo a nuestro alrededor (jefes, subordinados, amigos, parejas, hijos) es un coste o beneficio en el Excel de nuestra felicidad. Pues el objetivo en la vida es maximizar nuestros placeres y minimizar los dolores.

Vivimos una epidemia de inmanencia. En contraposición a trascendencia, inmanencia es un término usado en filosofía y teología para designar la condición de estar enteramente dentro de algo (del latín immanere, “habitar en”). El ser inmanente no busca una meta más allá de sí mismo. Como señala el pensador Wolfram Eilenberger, rememorando a pensadoras (arrinconadas por su género y opiniones contracorriente) como Simone Weil, en la actualidad padecemos una pobreza de trascendencia y estamos atrapados en la pesadilla de la inmanencia. En la búsqueda de la satisfacción inmediata, inminente e inmanente de nuestros deseos individuales. O tribales.

Por tanto, lo que hay que temer de los populismos no es que erijan regímenes totalitarios, a imagen y semejanza de 1984 de George Orwell. Sino que, más bien, nos conduzcan en una dirección contraria, aunque no menos perturbadora: una ciberdemocracia anárquica donde las personas se relacionen sin apenas interferencia de instituciones: ni Estados, empresas ni religiones. De hecho, los desencuentros entre la extrema derecha y tres de sus tótems históricos (el Estado policial, ahora tildado de "deep state" por Trump; las grandes corporaciones, atacadas por prominentes republicanos como Marco Rubio; y la Iglesia católica, denostada por J.D. Vance, en línea con los ataques de Abascal a los obispos por Jumilla) no son accidentes, sino expresiones del antiinstitucionalismo que es el Zeigeist de nuestro tiempo.

Los populistas nos llevarán allá donde los neoliberales siquiera soñaron: una utopía de seres libres que no sirven a nadie más que a sí mismos. Obviamente, será un horror. Pero el malo no será el Gran Hermano, sino el pequeño cuñado en el que nos estamos convirtiendo todos. Víctor Lapuente es catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Gotemburgo. Su último libro es Inmanencia (AdN), de próxima publicación.













ARCHIVO DEL BLOG. AL SUR DE GRANADA. PUBLICADO EL 26/05/2009

 







Una de las cosas con las que más disfruto cuando estoy de viaje es con la lectura de las placas conmemorativas que adornan ciudades, pueblos y lugares; unas veces celebrando que en tal o cual calle o edificio vivió, nació o murió un célebre personaje; en otras, que en aquel lugar ocurrió un hecho memorable digno de recuerdo. Así, a bote pronto, recuerdo algunas de ellas que me impresionaron vívamente. Por ejemplo, la que bajo el Pont Neuf de París, recuerda que en aquel lugar fue quemado vivo el último gran maestre de la Orden del Temple; o la otra en Madrid, en la plaza de Oriente, en la fachada del Palacio Real, conmemorando que en aquel lugar tuvo inicio el levantamiento popular de los españoles contra Napoleón; o esa otra en los aledaños de la Vía Apia romana, en el lugar en que fueron fusilados por los nazis, en las denominadas Fosas Ardentinas, varios centenares de presos italianos en las postrimerías de la II Guerra Mundial; y por terminar con el relato de efemérides varias, una pequeña plaquita en el muelle del pueblo de Sardina, en la costa norte de Gran Canaria, en la que se rememora que en aquel lugar hizo aguada Cristóbal Colón camino del Nuevo Mundo. También recuerdo con ilusión cuando descubrí casualmente en Madrid la casa donde vivió Miguel de Cervantes, en la calle que lleva ahora su nombre; o la primera vez que visité la casa natal del escritor Benito Pérez Galdós en la calle Cano, de Las Palmas de Gran Canaria... Pero basta de recuerdos.

Alhaurín el Grande es una hermosa ciudad andaluza de la provincia de Málaga, de unos 23.000 habitantes, situada en la vertiente norte de la Sierra de Mijas y en el valle del río Guadalhorce, a unos 30 km. de la capital provincial. Yo nací en ella hace 63 años, un poco por accidente, como casi todos los hijos de militares. Mi padre había sido destinado allí tras su ascenso a teniente de la guardia civil, después de haber permanecido con mi madre y mis hermanos mayores durante cinco años en la isla de El Hierro, la más occidental de las islas Canarias. Y allí, en Alhaurín el Grande, estuve hasta los dos años en que de nuevo toda la familia salió hacia Asturias con motivo del ascenso paterno a capitán y el nuevo destino en la capital del Principado. Sólo volví por mi ciudad natal en 1967, durante un día, camino de Canarias, de vuelta de mi viaje de novios por la Península. Desde entonces he estado en la provincia de Málaga en dos ocasiones, pero no he vuelto nunca más a Alhaurín, así que no creo que nadie en ella me recuerde ni que hayan colocado ninguna placa conmemorativa celebrando mi natalicio. Tampoco creo que tenga ninguna placa en ella, -aunque sí lo recordarán-, otro hijo de Alhaurín, trístemente célebre: el ex teniente coronel de la guardia civil Antonio Tejero, protagonista del golpe de estado del 20 de febrero de 1981, en el que asaltó con otros guardias civiles el Palacio del Congreso de los Diputados en Madrid. E ignoro si la tienen dos actuales vecinos ilustres de la ciudad: el actor de origen belga Jean-Claude Van Damme, y el afamado escritor español Antonio Gala.

Quién sí estoy seguro que debe tenerla, sin duda, es el más célebre de los hijos y vecinos de la ciudad, el escritor británico Gerald Brenan (2), don Geraldo para sus paisanos, que vivió y murió en Alhaurín el Grande durante muchísimos años, y cuyas cenizas descansan para siempre en tierra malagueña. No recuerdo cuando fue la primera vez que oí o leí hablar de Gerald Brenan. Supongo que fue con motivo de alguna de mis lecturas académicas referidas a él, entre otras "El laberinto español", o "Historia de la literatura española". Hace unos años tuve una excelente relación de amistad con un compañero de trabajo, Julio Martínez, granadino, que había sido -y era en aquel momento- amigo personal de Gerald Brenan. Él fue el que me regaló el único de los libros que he leído de Brenan, su famosísimo "Al sur de Granada" (Siglo XXI, Madrid, 1984), con una preciosa dedicatoria en la que relacionaba el Roque Nublo grancanario con el Veleta granadino y expresaba su esperanza de que algún día pudiéramos contemplar juntos el sur y el alma de Granada. Esperanza que no se ha realizado.

Todo lo anterior me ha venido a la mente tras leer hace unos días el precioso artículo que Carlos Pranger ("Brenan, memoria personal de España". El País, 23/05/09), custodio del "Legado Español de Gerald Brenan", e hijo del que fuera secretario personal del escritor británico publicó hace unos días. Miembro del denominado "Círculo de Blomsbury", al que perteneció también la escritora Virginia Woolf, de la que fue amigo íntimo, Brenan llegó a España en 1919, con una excelente formación académica, buscando paz y tiempo para profundizar en sus lecturas, y quedó prendado por los paisajes y las gentes de la Alpujarra granadina. Y aunque viajero incansable y aventurero, allí quedó enganchado a los españoles para siempre. En su artículo, Carlos Pranger dice que España, la suya, la del "todo o nada", era un país que le fascinaba, aunque nunca fue ni se sintió español; que ni siquiera se nacionalizó y que siguió siendo muy inglés y perteneciente a su clase social media-alta. Pero, al final, con su estilo personal y entrañable, mezcla de inteligencia y sensibilidad, cautivó al pueblo sobre el que tanto y tan bien había escrito, y supo congeniar con los españoles, que lo vieron como uno de los suyos. Espero que disfruten de su lectura, que reproduzco más adelante. Les dejo con él.

"BRENAN, MEMORIA PERSONAL DE ESPAÑA", por Carlos Pranger. (El País, 23/05/09): Conversador nato y escritor curioso, el hispanista británico Gerald Brenan supo congeniar con los españoles, que acabaron viéndolo como uno de los suyos. Ahora se publican algunas de sus obras inéditasCon la aparición de El señor del castillo -la primera de una serie de obras inéditas que publicará la editorial Alfama-, el hispanista Gerald Brenan vuelve a estar de actualidad. Pasados ya 22 años desde su muerte, cabe preguntarse por la vigencia de su obra y sobre la relación que mantuvo con España, lugar donde se forjó como escritor.A Gerald Brenan puede considerársele como uno de los grandes exponentes de un género literario popularizado por los escritores románticos: especular sobre un país ajeno. Al escritor foráneo se le otorga un punto de vista más válido y objetivo, puesto que se asume que no está involucrado emocionalmente con el país sobre el que escribe. España ha sido uno de los epicentros inspiradores de esta corriente literaria. Los dos grandes ejemplos procedentes del Reino Unido son Richard Ford y George Borrow, y de Estados Unidos, Ernest Hemingway. Todos son interesantes, pero fueron meros observadores, presenciaron los acontecimientos desde la barrera. Por el contrario, Brenan no se limitó a la mera observación, su acercamiento fue más arriesgado e intuitivo, y a juzgar por el respeto que se ganó entre los españoles, no del todo equivocado. Sin embargo, esa relación tan especial con España comenzó años antes de pisar suelo español. "Cualquiera que se plantee como modo de vida el ideal de 'todo o nada', está siguiendo, sea o no consciente de ello, un camino que discurre paralelo al trazado por los santos". Estas palabras escritas por Gerald Brenan con apenas 18 años están recogidas en el primer volumen de su autobiografía, Una vida propia. Embebido por sus lecturas obsesivas de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, Brenan se había creado la imagen de un país, España, dentro de sí mismo, mucho antes de visitarlo. Llegó a España después de la Primera Guerra Mundial, a finales de 1919. Era un lugar barato y con buen clima, el lugar idóneo para mejorar su formación intelectual, para empaparse de conocimiento por medio de la lectura. Su intención era continuar viaje hacia el Oriente. Se instaló en Yegen, un pueblo de la Alpujarra granadina que describe en Al sur de Granada. En una entrevista recogida en la revista Litoral (1985), Brenan le describe a Eduardo Castro lo que significó esta experiencia: "Vine a Andalucía como se va a una universidad, pero sin clases ni profesores ni más compañeros que mis propios libros. Por supuesto, no podía imaginarme que terminaría quedándome aquí para casi toda mi vida". Encontrar a un escritor, como Brenan, que escriba con tanta profundidad sobre un país ajeno, y que aglutine temas tan diversos como su historia, su literatura y sus gentes, no es frecuente. Llegaría como autor, pero también como persona, a identificarse con un país extraño y diferente por completo al suyo. Su infancia y los años de escuela, unidos a las difíciles relaciones con su padre, hicieron a Brenan retirarse en sí mismo. Ansiaba escribir, pero le daba miedo exponerse, mostrarse. Fue en España donde Brenan dio rienda suelta a su talento literario. Sintiéndose seguro en la distancia, comenzó a escribir de verdad, sin cortapisas. Este proceso latente se inició en Yegen y eclosionó con el estallido de la Guerra Civil española; su reacción ante el horror fue un trabajo de cinco años, El laberinto español, aclamado por igual por crítica y público. Había nacido el gran escritor. No es casualidad que sus mejores escritos tengan por tema a España y los españoles. Leer a Brenan es un recorrido preciso por la historia reciente de nuestro país. Observó de primera mano el tránsito de España pobre y rural de los años veinte, pasando por los años oscuros de la dictadura de Franco, hasta la aparición de los aires de esperanza que trajo la democracia. Hombre de vida azarosa, y mejor escritor, es autor de obras capitales en el conocimiento de la literatura, la historia o la etnografía de España como son Historia de la literatura del pueblo español, La copla popular española, La faz de España, El laberinto español o Al sur de Granada; junto con biografías como San Juan de la Cruz, o sendos volúmenes autobiográficos como Una vida propia y Memoria personal. La relación personal de Brenan con España es comparable con la del biógrafo con el biografiado. El biógrafo termina dejando su impronta sobre la persona de la que escribe. España y su complejidad es el reflejo de la propia complejidad de Brenan. "Dentro de cada español descansa un derviche confuso, un genio de inmenso poder aprisionado en una botella, lo que García Lorca llama un duende, al que le encantaría liberar si fuera posible", escribe Brenan en su introducción a La copla popular española. Las intuiciones y observaciones de Brenan sobre España y los españoles, como pueden ser el orgullo, la impaciencia, el optimismo exagerado, la cólera ante la frustración etcétera, no tienen todas que ser correctas, son de un origen muy profundo, y muy próximo al propio Brenan persona. Es verdad que ciertas opiniones y algunas de las descripciones que aparecen en sus libros pueden circunscribirse a una tradición romántica. Además, el propio Brenan siempre se consideró un romántico y fue lector acérrimo de los libros de Borrow y Ford, llenos de campesinos, bandoleros, paisajes pintorescos, gitanos, flamenco etcétera. Pero no siempre una cierta visión romántica tiene que ser desacertada. Es más, hace que el escritor se involucre emocionalmente y haga el tema suyo. Por otra parte, Brenan nunca se cortó a la hora de criticar a los españoles. "España es pródiga en hombres que creen ellos solos ser capaces de alumbrar el manantial puro de las tradiciones nacionales y proyectarlo hacia el futuro. Todos los que no estén de acuerdo con ellos son necesariamente perversos y, en consecuencia, han de ser aplastados", escribe Brenan en El laberinto español. Instintivamente descubrió que una parte de los españoles y él compartían una misma alma. "El alma española es un castillo fronterizo, adaptado para la defensa y para la ofensiva en territorio hostil: la soberbia, o el orgullo, sumados a una eterna suspicacia, son sus cualidades más inveteradas, junto a la desconfianza de todo lo que no sean su destreza y sus propias armas. No obstante, lo que percibe la guarnición a todas horas es soledad", escribió Brenan. Por tanto, el tópico de la religión, el realismo extremo de su literatura, la fuerza tiránica de los sentidos, según Brenan, forzaban a la aridez de imaginación, a la preocupación obsesiva por el dolor y la muerte; pero, por encima de todo, abocaba al orgullo desmedido que implicaba que nada estaba a la altura. "Así son los españoles en todas partes. Son hombres sin conflictos. Creen que siempre tienen razón, hagan lo que hagan, y esta convicción los dota de mayor vitalidad", escribe Brenan en La faz de España. Gerald Brenan era un conversador nato y un escritor de una curiosidad inusitada. Esas cualidades, que terminaron de explotar en España, forjaron un escritor de estilo vivaz y preciso, cuyos textos están regados de feraces generalizaciones que espolean la imaginación del lector. "Para la mente española supone un placer ascético el ver las cosas llevadas a sus últimas consecuencias", de modo tal que "la meta del hombre está más allá de la razón, en el desconcierto de la razón". España, la suya, la del "todo o nada", era un país que le fascinaba, aunque nunca fue ni se sintió español, ni siquiera se nacionalizó y siguió siendo muy inglés y perteneciente a su clase social. Pero, al final, con su estilo personal y entrañable, mezcla de inteligencia y sensibilidad, cautivó al pueblo sobre el que tanto y tan bien había escrito. Supo congeniar con los españoles, que lo veían como uno de los suyos. Como bien dice su lápida, que se encuentra en el Cementerio Inglés de Málaga: "Gerald Brenan. Escritor inglés. Amigo de España". Sean felices. Tamaragua, amigos. (HArendt)














DEL POEMA DE CADA DÍA. HOY, EL RECUERDO IMPORTUNO, DE GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA

 









EL RECUERDO IMPORTUNO 




¿Serás del alma eterna compañera,

tenaz memoria de veloz ventura?

¿Por qué el recuerdo interminable dura

si el bien pasó cual ráfaga ligera?

¡Tú, negro olvido, que con hambre fiera

abres ¡ay! sin cesar tu boca oscura,

de glorias mil inmensa sepultura

y del dolor consolación postrera!,

si a tu vasto poder ninguno asombra

y al orbe riges con tu cetro frío,

¡ven!, que su dios mi corazón te nombra.

¡Ven y devora este fantasma impío,

de pasado placer pálida sombra,

de placer por venir nublo sombrío.




GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA (1814-1873)

poetisa cubano-española