sábado, 11 de febrero de 2023

Del pesimismo

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz domingo. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del historiador Benigno Pendás, va del pesimismo. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com









Contra el pesimismo estéril
BENIGNO PENDÁS
01 DIC 2014 - El País
harendt.blogspot.com

La desilusión política es un fenómeno palpable, en las encuestas y en la calle. Sucede en España y en otras democracias maduras y estables. El malestar está ahí. Gentes (en otro tiempo) sensatas muestran su indignación con palabras gruesas que convendría evitar, porque unas veces se traducen en propuestas de regeneración, pero otras muchas sirven de sustento al populismo antipolítico. Si los partidos sólidos no ofrecen respuestas, el peligro acecha por todas partes. Vivimos en sociedades emotivas que buscan y encuentran culpables, casi siempre por méritos propios. Es fácil predicar el apocalipsis y anunciar el colapso del sistema, incertus quando. Pero los profetas siempre se equivocan en materia social y política.
En todo caso, algún elogio merece la sociedad española, capaz de rechazar el populismo de derechas, a diferencia de nuestros ilustres socios en la Unión Europea. En cambio, es muy preocupante la puesta en escena de un populismo de izquierdas, impropio de un país fiable, en el marco de una operación que apunta maneras al estilo de Gramsci. La reacción frente a ciertos despropósitos será un buen índice de la capacidad real para consolidar nuestra modernización. O si se prefiere, en términos orteguianos, para medir “la altura de los tiempos” en esta encrucijada histórica, tal vez un genuino umbral de épocas.
La afición de los españoles por hacer borrón y cuenta nueva parece un “invariante castizo” (como decía Fernando Chueca respecto a la arquitectura) del carácter nacional. Menos mal que tal carácter no existe, como demostró el recordado Caro Baroja, y por tanto está en nuestras manos hacer bien las cosas. Por eso, el pesimismo es estéril: en el fondo, una manera de eludir responsabilidades por medio de desahogos personales que a estas alturas no engañan a nadie. Hay que superar una minoría de edad culpable, en términos kantianos, imposible de justificar para una sociedad desarrollada en pleno siglo XXI. Es hora de actuar con madurez, al margen de sueños cargados de buenos propósitos. La adolescencia perpetua es una herencia de la posmodernidad que no nos podemos permitir en tiempos de crisis. No hay que pasar de la euforia a la impotencia sin buscar un acomodo razonable en alguna de las estaciones intermedias en los estados de ánimo colectivos. Como siempre, la moderación es mejor que la intransigencia. O, si se admite el oxímoron, la gravedad de la situación nos invita a ser radicalmente moderados.
La adolescencia perpetua es una herencia de la posmodernidad que no nos podemos permitir en tiempos de crisis
“La historia no termina en el futuro, sino en el presente”, dice con razón Collingwood. Por eso, construir desde el pasado reciente es la mejor respuesta al desafío. Los españoles conseguimos saldar en la Transición una vieja deuda con la libertad política. Frente a los tópicos, a veces bien ganados, España pasó a ser arquetipo del cambio (sustancialmente pacífico) de la dictadura a la democracia. Esta sociedad supo ser generosa y valiente. Nos quedan un orgullo legítimo y una lección, sin embargo, mal aprendida.
Sabemos hacer las cosas razonablemente bien, como es propio de la política, espejo de la vida. La reforma fue un acierto y la ruptura hubiera sido un error de alcance histórico. Aquí y ahora: las señas de identidad de la Constitución siguen siendo válidas, pero hay instituciones que rinden mejor y otras que (notoriamente) precisan una revisión. Hay un amplio margen de mejora por la vía del sentido común y la ejemplaridad personal. Para practicar las virtudes de la sensatez, conviene ser conscientes de que falta el proyecto sugestivo que animó la Transición: ser como los demás europeos. Ya lo hemos conseguido.
Vamos a lo práctico. ¿Reforma de la Constitución? Todos aceptamos con naturalidad el argumento de Thomas Jefferson: no society can make a pepetual constitucion… Pero el asunto es muy serio y no nos podemos equivocar. Así pues, sosiego y prudencia, también paciencia, para generar un consenso social que produzca acuerdos eficaces. Entre el inmovilismo y las aventuras sin final conocido hay un amplio terreno para avanzar en reformas útiles. Es hora de trabajar para lograrlo. No podemos salir de viaje sin saber cuál es el destino. Aquí no juegan las aventuras románticas ni las emociones vitales, sino una suerte de razón instrumental. Si se permite la ironía: prefiero aburrirme con Rawls antes que disfrutar con Nietzsche. Me refiero, claro, a la vida política, al margen de preferencias subjetivas.
En definitiva: es tiempo de plantear alternativas sensatas, pero conviene esperar al momento apropiado para mover las piezas sin caer en riesgos inútiles. Entre otras cosas, no nos engañemos, porque cuando se habla de reforma todos pensamos en el modelo territorial, en clave autonómica, federal o confederal; o, ya puestos, con intención centralista o independentista, dos opciones indeseables. Otros asuntos tan relevantes como la sucesión a la Corona, la Unión Europea o la propia regeneración democrática apenas sirven de complemento circunstancial. En política, el bálsamo de Fierabrás no existe. Sobre todo —para acabar también con Don Quijote— en estos tiempos de encrucijadas y no de ínsulas.
Necesitamos sosiego y prudencia, también paciencia, para generar un consenso social que produzca acuerdos eficaces.


























[ARCHIVO DEL BLOG] Berlusconi y la idiotización de la sociedad. [Publicada el 27/01/2011]











Ya he escrito en otras ocasiones sobre el personaje, pero recuerdo con especial cariño mis entradas del 20 de febrero de 2010: "Un gesto inapropiado", y del 18 de mayo de 2008: "Ensoñaciones", así que a ellas me remito y no creo que tenga mucho que añadir sobre él. Silvio Berlusconi  ha logrado, desde que se hizo con la presidencia del gobierno, lobotomizar a la sociedad italiana, prostituir a la república y sodomizar a su clase política. Y encima, que le aplaudan. Todo un récord difícil de igualar por ningún otro gobernante en ejercicio. Pero algo parece moverse en el seno de la sociedad italiana: lobotomizados, prostituidos y sodomizados comienzan a estar hartos del susodicho. La clase política le planta cara, las instituciones de la república le buscan algo más que las cosquillas, y la sociedad civil, con las mujeres al frente, le grita ¡basta ya! 

En mi último viaje a Italia, hace cuatro años, trabé una cierta complicidad amigable con una de nuestras guías, una atractiva joven italiana, con buen acento español, que no podía tener más de allá de 22 o 23 años. Se iban a celebrar en aquellos días elecciones generales en Italia y le pregunté su opinión sobre las mismas, las posibilidades de la izquierda de ganarlas y sobre lo que pensaba de Berlusconi. Para mi sorpresa, aquella dulce señorita  comenzó a despotricar contra la izquierda italiana, a la que responsabilizaba de todos los males de su patria, y a cantar alabanzas sobre el hombre que iba a salvarla, que no era otro que Silvio Berlusconi... Evidentemente, en cuanto pude desvié la conversación hacia las rivalidades manifiestas entre Rafael Sanzio y Leonardo da Vinci, o sobre la historia de Antinóo y el emperador Adriano, que tan bien conocía gracias a la preciosa "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar, quizá, o sin quizá, uno de los libros que más profunda impresión me han causado nunca, y no volví a sacar a relucir mi interés por la política italiana.

Pero sí, las cosas han comenzado a cambiar en Italia. Y han sido las mujeres las que han dado el primer paso. Una crónica de la periodista italiana Lucía Magi: "Las curvas antes que el currículo", y un artículo de Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política en la UNED y miembro del Consejo de Estado: "¿Se puede caer más bajo?", daban cuenta de ello en el diario El País de antes de ayer. No es posible saber cuanto más tardará en acabar "Il Cavaliere" en manos de la justicia italiana, pero que cae, seguro. Al menos, yo así lo espero. Por pura higiene mental, y por Italia, a la que amo como una segunda patria, quizá también por deformación profesional como historiador.

Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt













viernes, 10 de febrero de 2023

Del escritor Vargas Llosa

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del historiador Enrique Krauze, va del escritor Vargas Llosa. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.
harendt.blogspot.com









Universalidad de Vargas Llosa
ENRIQUE KRAUZE
09 FEB 2023 - El País

El muchacho peruano que vivía en París cuando París era una fiesta, el joven que seguía los debates de Sartre y Camus, el novelista formado en la lectura de Victor Hugo y Flaubert, el lector que soñaba en emular el heroísmo de Malraux, construiría con el tiempo una obra que merecería lo que ningún autor que no escribiera en francés, desde hace siglos: el ingreso a la Academia Francesa. Francia, capital de la cultura occidental, honra la universalidad de Mario Vargas Llosa, escritor que desde la particularidad peruana y latinoamericana ha iluminado temas permanentes de la condición humana.
Constelación de novelas, cuentos, dramas, comedias, ensayos, su obra es una literatura. Como tantos otros, he vivido leyéndola por más de medio siglo. Me conmovió la fibra moral de sus primeras novelas, escritas bajo el aliento apasionado, muy francés, de la indignación social. Celebré la vena lúdica y sensual de sus novelas amorosas, ese bendito recurso de escapar de la realidad para imaginar vidas atadas al deseo. Imaginarlas y contarlas, con recursos flaubertianos y prosa límpida. Me cimbró La guerra del fin del mundo, ambiciosa y épica como Los miserables, referida a una rebelión premoderna que entonces pareció remota pero que, con el tiempo, resultaría premonitoria.
Lo seguí en sus batallas ideológicas de los ochenta, cuando tras atestiguar los horrores de Sendero Luminoso escribió Historia de Mayta, encarnación del guerrillero enamorado de su pureza moral a quien de pronto asalta la verdad de sus propios errores, irrealidades, dogmatismos y crímenes. En El pez en el agua asistí a la confesión sobre el primer dictador que confrontó Vargas Llosa, su propio padre, cuyos abusos le revelarían la entraña última de las desgracias del continente, la filiación del poder. La derivación natural tenía que ser La fiesta del Chivo, novela cumbre inspirada por la filiación contraria, la de la libertad. A diferencia de otros novelistas célebres de nuestra lengua cuyas obras revelan una atracción casi erótica por el poder, la creación de Vargas Llosa diseccionaba el poder como el cirujano el cáncer, no para regodearse en su malignidad asesina sino para evidenciarla, exhibirla y extirparla. Poder o libertad: ¿no ha sido el dilema central de toda sociedad civilizada? Y la literatura, ¿no es el antídoto universal contra el veneno del poder?
El viento de la historia universal lo arrastró sin descanso. Y el viento no cesa. Vargas Llosa ha vivido bajo el asedio de ejércitos fanatizados que en el siglo XX rindieron pleitesía a los dictadores totalitarios (Lenin, Stalin, Mao, Castro) y ahora reverencian a sus caricaturas populistas. Él responde escribiendo. El bastión de libertad permanece. Vargas Llosa, que por convicción defendió por una década la Revolución Cubana, se separó de ella porque su sentido de la autenticidad era incompatible con la mentira radical del castrismo. Pero no por eso olvidó la desdicha de nuestros países. ¿Cuál podía ser la salida? En una relectura reciente, entendí que La guerra del fin del mundo fue clave en su búsqueda. Y su hallazgo ha cobrado una inquietante vigencia.
La novela, se recordará, ocurre en los remotos sertões brasileños pero su drama es universal: la batalla entre la razón y la fe. El corazón de Vargas Llosa (y el de lectores como yo) estaba con los condenados de nuestra tierra, los seguidores de Conselheiro, el redentor de Canudos, a quien rodeaba un pueblo sufriente, pobre, que pocos autores han recreado con tal piedad. Frente a ese vasto fenómeno de la fe se alzaba la fría y geométrica Razón, que un Gobierno republicano busca imponer a sangre y fuego. El “periodista miope” que protagoniza la novela entiende que una oposición así, entre el llamado milenarista de la tribu y los preceptos racionales y modernos, no puede llevar sino a una conflagración total, final. “En Perú, tenemos un Canudos vivo en los Andes”, declaró entonces Vargas Llosa. Pero ¿qué hacer?
Llegó entonces —me parece— su momento de la definición, que ilumina nuestra circunstancia actual. Por más atractivo que resulte el mundo encantado del mesianismo, con sus comunidades fervorosas y sus liderazgos carismáticos, si creemos en la posibilidad de una vida común pacífica, civilizada, libre, fraterna, digna e incluso próspera, estamos moralmente obligados a desencantarlo mediante la razón. La fe atañe a la relación del hombre con Dios, no a la polis. Al concluir esa novela, y al confrontar el proyecto que el marxismo (milenarismo disfrazado de racionalidad) tenía para el Perú y América Latina, Vargas Llosa desembocó en la convicción de que no había mejor opción para el reino de este mundo que la modesta utopía republicana, democrática y, sobre todo, liberal. ¿Cómo acercarla a los miembros de la tribu, sin imponerla? ¿Cómo lograr que no se rindan a nuevos mesianismos políticos? Sigue siendo el tema de nuestro tiempo.
Pero hoy es día de fiesta. Hoy la Academia Francesa reconoce la universalidad de Mario Vargas Llosa y se reconoce en ella. No es el poder el protagonista de esta historia. Es la literatura, vida en libertad.





























[ARCHIVO DEL BLOG] El día de la ignominia. [Publicada el 22/02/2009]











Mañana se cumplen 28 años del intento de golpe de Estado conocido en España con el nombre de "23-F". A estas alturas, ya es historia. Los responsables fueron juzgados, condenados, cumplieron sus penas o fueron indultados cuando el Gobierno lo consideró conveniente. Pero es una fecha para el recuerdo. Recuerdo para el que yo no guardo ningún sentimiento especial salvo el de la enorme vergüenza que sentí aquella tarde-noche de 1981. Hasta que el Rey pudo leer su discurso por televisión. Como para muchos españoles, para mí, con él, terminaba la zozobra, pero la vergüenza persistiría por mucho tiempo. Mejor dicho, todavía persiste, porque aunque me resisto a ello, cuando ponen las imágenes de aquellos traidores a su patria, su rey, sus conciudadanos y su honor, asaltando a tiro limpio el Congreso de los Diputados, se me viene el rubor a las mejillas y la vergüenza me impide articular palabra. Aquella tarde estaba esperando en la biblioteca del Centro Asociado de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), en la calle Luis Doreste Silva, de Las Palmas, a que fuera la hora del coloquio programado de la asignatura de Geografía e Historia que correspondía aquel día. Un alumno llegó a la biblioteca y comentó que habían asaltado el Congreso en plena sesión de investidura de Calvo Sotelo como presidente del Gobierno. Bajé enseguida al coche, que tenía aparcado en la puerta misma del Centro, y me puse a oír emisoras de radio. Ninguna era capaz de concretar nada, salvo que se había interrumpido la sesión en el Congreso ante la entrada de guardias civiles armados, que había habido disparos... Y poco más. Busqué un teléfono público y llamé a casa. No me contestó nadie, y entonces me acordé que aquella tarde mi mujer había quedado en visitar a algunos clientes con el director regional de la empresa para el que ella y yo trabajábamos en aquel entonces. Volví a casa tras recoger a nuestras hijas, de 12 y 2 años. Estaban su abuela, que vivía en nuestra misma calle, a unos cinco kilómetros como mucho de la universidad, en el extremo sur de la ciudad de Las Palmas, frente al mar. Mi mujer volvió poco después, no sabía nada sobre lo que había ocurrido, así que nos pusimos a oír la radio. Llamamos, sin problema en las líneas a mis padres y mis dos hermanos, que vivían en Madrid. Nos contaron que las calles estaban tranquilas, y la gente atenta en sus casas, pegadas a las radios en espera de noticias que no llegaban. No logro recordar que tipo de sentimientos me embargaban en ese momento. Desde luego no eran de temor, miedo o algo similar, a pesar de ser sindicalista en activo con responsabilidades de ámbito provincial en una de las federaciones de industria de la Unión General de Trabajadores (UGT), el sindicato hermano del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), el partido mayoritario de la oposición. Más bien de incredulidad, estupor y vergüenza; sí, mucha vergüenza, porque de nuevo España fuera protagonista de una asonada militar a lo siglo XIX. Lo había estudiado en profundidad por aquellas fechas en la universidad y el recuerdo era irremediable. La angustia y la incertidumbre duraron hasta el momento de ver al Rey por televisión. Después de verlo nos fuimos a dormir, agotados pero tranquilos. El golpe, o lo que intentara ser, estaba claro que había fracasado. A la mañana siguiente acudimos a nuestro trabajo, no como siempre de ánimo, pero acudimos. A medida que fueron transcurriendo las horas, el intento de golpe de Estado fue tomando el formato de un esperpento valleinclanesco. Ver salir por las ventanas del Congreso, arrojando sus armas al suelo, a numerosos guardias civiles de los que habían participado en el asalto, que se entregaban brazos en alto a las fuerzas de policía que rodeaban el edificio, era un espectáculo en el que uno, como espectador, no sabía muy bien si reír o llorar. Hace unos días Televisión Española (TVE1) puso una mini serie de ficción de dos capítulos titulada "23-F: El día más difícil del rey", dirigida por Silvia Quer, que ha batido todos los récords de audiencia del país durante las dos jornadas en que se emitió. Aunque algunos medios la han tildado de oportunista y falta de rigor, a mi, personalmente, me gustó y me emocionó. Y por el número de espectadores que la vieron, parece que también interesó a bastantes españoles. Quiero suponer que sobre todos a los que por aquellos años teníamos ya edad suficiente para darnos cuenta de lo que pudo suponer. ¿Recuerdan ustedes que pensaron o sintieron durante esas horas entre el 23 y 24 de febrero de hace 28 años? Si quieren contarlo tienen esta página a su disposición. Sean felices. Tamaragua. HArendt












jueves, 9 de febrero de 2023

De la vida intelectual

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes. Mi propuesta de lectura de prensa para hoy, del jurista José María Carabante, va de la vida intelectual. Se la recomiendo encarecidamente y espero que junto con las viñetas que la acompañan, en palabras de Hannah Arendt, les ayude a pensar para comprender y a comprender para actuar. Nada más por mi parte salvo desearles que sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Nos vemos mañana si la diosa Fortuna lo permite. Tamaragua, amigos míos.







Elogio de la vida intelectual
Reseña de Pensativos. Los placeres ocultos de la vida intelectual 
JOSÉ MARÍA CARABANTE
02 FEB 2023 - Revista de Libros

La gran paradoja de la sociedad de la información es que todo en ella se encuentra organizado con el propósito de boicotear su principal recurso, la inteligencia, signifique esto lo que signifique: atención, reflexión, pensamiento… Al menos desde Aristóteles muy pocos son los que ignoran que la sabiduría es una virtud escasa y, de hecho, uno de los más sublimes poetas del siglo XX, T. S. Eliot, tuvo a bien recordar a quienes lo pasaban por alto que la acumulación de datos -eso es, a fin de cuentas, la información- no es ni mucho menos lo mismo que el conocimiento.
Con la incapacidad para desprendernos de los mitos urdidos en torno a la Inteligencia Artificial, todo lo que propone Zena Hitz en Pensativos (Encuentros, Madrid, 2022) resulta indudablemente terapéutico. Catárquico, aunque solo sea porque sugiere que si abandonamos el pensamiento -o abdicamos de él, en favor de las máquinas- nos desprenderemos al tiempo de otros regalos que nos constituyen como animales racionales, como la admiración o la libertad. La advertencia no puede ser -confesémoslo- más oportuna pues ya ni siquiera en la universidad, aquel enclave en el que se mantenía vivo el culto a la teoría, alcanza uno a aprender que andamos necesitamos de bienes más altos -e inmateriales- de los que puede proporcionar una aplicación. Resumiendo: que, como seres humanos, comemos y buscamos esquinas para desprendernos de nuestros desechos, pero ansiamos a la vez levantar la mirada para idear soluciones al enigma de las estrellas.
Además, a diferencia de una computadora, sabemos leer entre líneas. Así, aunque hay cosas que, en su encendida y bella defensa de la vida intelectual que es Pensativos, Hitz no dice expresamente, el lector avezado se dará cuenta de que rehúye echar balones fuera, lo que quiere decir que no sucumbe a la fácil tentación de identificar al supuesto chivo expiatorio para explicar lo que nos pasa, endilgando, como hacen muchos, a instituciones, al cambio generacional o a la moda la tarea de acarrear con nuestra crisis de sentido. Todo lo contrario, ya que, aunque alude a las casi insalvables repercusiones que ha tenido tanto una concepción demasiado superficial de éxito como la adaptación de la carrera académica a los cánones industriales de productividad, ella afirma que ejercitar el pensamiento, o ahondar en el misterio, es una vocación personalísima, cuyo cumplimiento depende de cada uno, de nuestras opciones existenciales.
Pensativos es una manera de poner al día libros clásicos e inolvidables como La vida intelectual, de Sertillanges o El trabajo intelectual de Guitton, incluso El ocio y la vida intelectual, de J. Pieper, en los que muchos seguimos abrevando a fin de hallar sosiego. Al igual que los mencionados, Hitz no solo asume el encargo de conminarnos a cultivar una vida profunda, sino que nos sugiere los aperos que necesitamos para ello. Y es en este punto en el que sus páginas dispensan una lección antropológica de calado que tal vez nadie deje de suscribir, pero que no congenia -por desgracia- con el espíritu de nuestro tiempo: nuestro fin prioritario es comprender, no comprar o medrar. Ella intuyó esta verdad tan diáfana un día en que, como profesora de alto nivel, se dio cuenta de que era infeliz. Andaba haciendo equilibrios entre índices de impacto, clases maratonianas, emails y tutorías inútiles; lo que suscitaba su frustración era que lo que la rodeaba la obligaba irónicamente a dejar de lado la quietud y el gozo espiritual que acompaña al descubrimiento y la familiaridad con la verdad.
La decisión que tomó fue drástica -darse un largo respiro lejos de los campus, en un monasterio-, aunque no supuso, como pensaba al principio, dejar su vocación intelectual en barbecho. He aquí la moraleja de esta historia porque sin libros, sin grupos de investigación ni proyectos I+D, ni workshops, halló en la naturalidad e inocencia de la vida sencilla las huellas de una sabiduría olvidada. Tras su experiencia, y después de reflexionar mucho, descubrió que no hay que trasladarse a la ladera de una montaña para optar por una existencia auténtica, sino curarse del virus utilitarista que nos aqueja.
Hay un hilo muy fino -quebradizo- que conecta la reflexión sobre la labor profesional -cualquiera que sea- con la búsqueda intelectual. Lo vieron los griegos; lo heredó el cristianismo y lo intentó transmitir la cultura medieval, pero factores que no vienen al caso han desviado nuestra mirada. Cuando se recuerda -y con Hitz lo viene haciendo con sutileza e insistentemente ese filósofo mainstream que es Byung Chul-Han- que estamos llamados a la contemplación, al ocio, no a arrostrar, como bestias de carga, el fardo de la necesidad, uno puede darse cuenta de que descansar es algo más que descabezar un sueño mientras distraemos nuestra conciencia con los estrenos de Netflix. Nuestra humanidad -y todo lo que conlleva- crece o se marchita dependiendo de lo que hagamos en esas horas que transcurren desde que regresamos a casa hasta que fichamos de nuevo por la mañana en la oficina.
Pero Hitz va más allá, primero, porque, como hemos comentado, indica que la vocación a la vida espiritual no conoce de clases sociales ni de cocientes intelectuales, y bien puede uno ahondar en el significado de lo que somos tanto desentrañando la obra sesuda de filósofos ignotos, como esbozando en un papel los colores del amanecer. O acaso solo contemplándolo. De una manera u otra, el ocio humanizador no tiene nada que ver con un centro comercial; sí con sintonizar nuestro temple espiritual con lo profundo, para lo cual, afortunadamente, no se necesita mucha sofisticación. Lo sabe bien esta profesora americana que tropezó con más sabiduría entre los desnudos muros de un monasterio, en sus escuálidos huertos, que entre académicos empeñados en exhibir sus galones desde la tarima. En segundo lugar, la defensa de la vida intelectual que propone parte de una realidad: y es que los ejercicios espirituales resultan ser un compendio de los valores humanos por excelencia, como la gratuidad, el servicio, el cariño, la persistencia o la libertad.
La línea argumental de Pensativos resplandece como el mediodía en verano. En efecto, si estamos desquiciados por lo útil, lo cuantitativo, el rédito, nada mejor que embarcarnos en la aventura intelectual, que nos descubre bienes altos -y nobles y bellos-; fines en sí, pues, no medios ni puntales para otra cosa. La ascesis nos cincela, quitando lo que nos sobra y poniéndonos sobre la pista de lo que nos falta.  Los clásicos dieron nombre a todo ese capital espiritual que se nos ha destinado y entendieron que necesitábamos del bien, la belleza y la verdad tanto como del agua. Puede que no apaguemos la sed con nada de lo que hallemos, pero en el camino que transitado para aproximarnos a esas fuentes espirituales tallamos lo que nos hace humanos, como muestra este libro con el ejemplo de novelas y anécdotas. 
El estudio -afirmaba Simone Weil- es valioso en cuanto sirve para entrenar nuestra atención. Lo mismo ocurre con el silencio, que ayuda a captar latidos cósmicos. La distracción -ese mal del alma del que hablaba Pascal-, las pantallas y el ruido en el que vivimos son síntomas de nuestra necesidad de auxilio. Este libro muestra los viajes siderales que nos estamos perdiendo con nuestra superficialidad. Comprender, pensar, observar, no son hábitos o costumbres que nos encierran en nosotros mismos, sino que, en su más alto grado de desarrollo, repercuten en nuestro encuentro con los demás. La sabiduría, enseñaba San Agustín, sirve para afinar el amor.
«Lo que quiero es comprender» escribió H. Arendt en sus diarios. Se trata de un deseo que debe concernirnos y sacudirnos, siempre que la cultura ambiental no lo impida. Para atizar la llama de ese anhelo, nada mejor que acompañarse en el viaje por Hitz y aprender de ella esos placeres ocultos que nos brinda el ejercicio de la inteligencia.