sábado, 28 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy sábado, 28 de diciembre de 2024

 






Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado, 28 de diciembre de 2024. La palabra idea es de origen griego, del verbo ver, comenta en la primera de las entradas del blog de hoy la escritora Nuria Labari: Idea es aquello que ves y permanece hasta el punto de que lo consideras una forma de conocimiento, así, todavía hoy, cuando hay algo que por fin entendemos, decimos “ya lo veo”. La segunda entrada de hoy es un archivo del blog de febrero de 2018 en el que se hablaba de los intelectuales: El intelectual vendría a ser quien esclarece, porque trae a la conciencia de la mayoría de personas aquello que, sin saberlo a ciencia cierta, pensaban; y su compromiso es únicamente con sus ideas: decir lo que piensa y no otra cosa. La tercera es hoy un poema del poeta chileno Gonzalo Rojas que comienza con estos versos: Ya no se dice oh rosa, ni/apenas rosa sino con vergüenza; ¿con vergüenza/a qué? ¿a exagerar/unos pétalos, la/hermosura de unos pétalos? Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt











De mirar y pensar la realidad

 






Cuando Joseba Elola, el director de este ágora, me llamó hace casi dos años para escribir una columna en estas páginas me entró el vértigo. Entonces yo firmaba en el periódico, pero no en Ideas, un suplemento que tiene claramente nombre de templo. “Yo no soy filósofa, Joseba”, le expliqué. “Tampoco soy una intelectual. Ni puedo traerte una buena idea cada domingo”. No era el síndrome de la impostora, decía la verdad. “Pero es que Ideas no va de eso. Solo tienes que mirar la realidad y pensar sobre ella”. “¿La realidad? ¿Pero qué realidad? ¿En plan las grandes ideas de nuestro tiempo?”. “Puedes hablar de lo que quieras, de Platón o de TikTok, de Dua Lipa o Wislawa Szymborska, incluso de todos a la vez. Mira donde tú quieras y no te importe si nadie más está mirando ahí o si te parece demasiado pequeño”. Podría decir que acepté el reto pero, en realidad, lo que acepté (y celebré) fue el regalo, comenta en Ideas, la revista dominical de El País [500 formas de enamorarnos del mundo] la escritora Nuria Labari.

La palabra idea es de origen griego, del verbo ver. Idea es aquello que ves y permanece hasta el punto de que lo consideras una forma de conocimiento. Todavía hoy, cuando hay algo que por fin entendemos, decimos “ya lo veo”. Así que Joseba tenía razón: un suplemento que se llame Ideas es uno de visiones, de todas aquellas cosas que decidimos mirar desde la consciencia y la atención. Y lo que aquí se lee es justo eso, distintas miradas atendiendo a la realidad con esa atención enamorada de la que Lévi-Strauss decía que era el principio del conocimiento en todas las culturas. Ideas es, por tanto, un suplemento erótico, en el sentido en que Theodor Kallifatides hablaba del erotismo que se desprende de la realidad. Y, por esta misma razón, Ideas no es un espacio ideológico.

A menudo se confunden ideas con ideología e ideología con doctrina. Pero la ideología entendida en sentido doctrinal es un sistema cerrado frente al de las ideas que son siempre un sistema abierto. Eso no quiere decir que la mirada de quien plantea una idea no sea consciente e intencionada. Pero será intencionada en la búsqueda de una verdad que, por relativa o efímera que sea, se llega a establecer como tal. A mí por ejemplo, una de las cosas que más me gusta de Ideas es que aquí leo y disfruto de ideas que no me gustan nada. Encontrar opiniones distintas a las de una es fácil, pero el esfuerzo de desprender la mirada de la ideología es lo que no abunda. Como en la reciente entrevista de Íñigo Domínguez a Adriana Cavarero, una filósofa que defiende a mis amados Platón, Arendt y Judith Butler como fuente de pensamiento y articula un discurso feminista transexcluyente que me espanta a continuación. Con todo, Cavarero deja claro cuál es el lugar de su mirada. “Cuando no discutimos mediante el diálogo, cuando lo que queremos es vencer al oponente y no entender lo que dice, estamos preparados para el totalitarismo, para el populismo”.

Me gusta la voluntad de diálogo de Ideas y me gusta también que el pensamiento toque el suelo por aquí, que salga a la calle, que se vaya de rebajas con Sergio del Molino (y que Marx le perdone) o que nos cuente todo lo que aprendió Sabina Urraca cuando se mudó a EE UU y dejó de ser percibida como una mujer blanca. Decía Goethe que “toda la teoría está en la realidad” y que no hay que buscarla fuera. Y yo creo que a Goethe le gustaría leer Ideas. Ojalá a ustedes también. Felicidades y a por 500 más.









[ARCHIVO DEL BLOG] Intelectuales cebolletas. Publicado el 11/02/2018














El intelectual vendría a ser quien esclarece, porque trae a la conciencia de la mayoría de personas aquello que, sin saberlo a ciencia cierta, pensaban. Su compromiso es únicamente con sus ideas: decir lo que piensa y no otra cosa, comenta en El País el profesor Manuel Cruz, catedrático de Filosofía Contemporánea en la Universidad de Barcelona y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados.
El término intelectual, comienza diciendo, apenas conserva unas pocas briznas de su antiguo prestigio, de cuando dicha figura venía a constituir una modalidad secularizada del sacerdote y se le atribuía una enorme autoridad para emitir juicios de valor sobre cuanto pudiera ocurrir en la esfera pública y buena parte de la privada. Hoy en día para conseguir el mismo efecto sobre la ciudadanía hace falta reunir un número muy elevado de profesionales de la cultura, como si la cosa ya fuera al peso, y para alcanzar la repercusión que obtenía alguno de aquellos intelectuales de antes con sus argumentos no hubiera otra que recoger una abundante cantidad de firmas.
Esta patente devaluación de la figura a menudo se interpreta en una clave equivocada. Como si lo que ya no existieran fueran intelectuales de una superioridad intelectual y moral tan notable como la que supuestamente poseían los del pasado. Cuando tal vez la clave debería ser la contraria, y habría que empezar afirmando que el secreto de la autoridad que se les atribuía nunca residió en esa presunta jerarquía sino casi en su opuesto. De ahí que quizá la definición más adecuada del intelectual se podría resumir en unas pocas palabras, sin duda para muchos exageradamente modestas: intelectual es aquel que tiene algo que decir.
De aceptar la definición de urgencia, lo que caracterizaría a la mejor versión de esta figura no sería su superioridad, su excepcionalidad o ninguna otra forma de supremacía sino, más bien al contrario, su completa, absoluta y perfecta normalidad. Esto es, el hecho de que fuera capaz de plantear y argumentar unas ideas susceptibles de ser entendidas y aceptadas por el máximo de gente o, si se prefiere, de decir unas palabras en las que cualquiera se pudiera reconocer. El intelectual vendría a ser quien esclarece porque trae a la conciencia de la mayoría de personas aquello que, sin saberlo a ciencia cierta, pensaban. La tarea que tendría encomendada sería entonces la de acompañar a sus interlocutores en el camino de la autoclarificación, tarea que finalizaría en el momento en que estos consiguieran acceder a su particular ¡eureka!
Recuerdo una entrevista con Fernando Fernán Gómez que leí hace unos años. En ella reconstruía su trayectoria, centrándose especialmente en su faceta como director de cine, e iba pasando revista a las películas de las que había quedado más satisfecho a nivel personal, a las que habían tenido mejor crítica, sin olvidar aquellas que habían resultado un auténtico fiasco en taquilla. En un momento dado de la entrevista, al ser preguntado precisamente por la película de la que había quedado menos contento, hizo referencia a una, cuyo título no consigo recordar, pero respecto de la que sí recuerdo bien las razones de su descontento.
Había sido, comentaba, una película de autoencargo. Esto es, alcanzada una cierta altura de su carrera, Fernán Gómez llegó al convencimiento de que había adquirido el suficiente dominio del oficio y de los gustos del público como para llevar a cabo un producto con unas características tales que tuviera el éxito asegurado. Filmó esa película y el resultado fue un desastre. Entonces descubrió que lo que debía hacer no era, artificiosamente, ponerse en la piel de otros y realizar algo a la medida de lo que les atribuía, sino permanecer lo más fielmente en su propia piel y dirigir las películas que a él le gustaran, confiando en que gustaran también a mucha gente.
Así fue como consiguió grandes creaciones. No había más secreto: ser lo más veraz posible y, desde esa sencilla afirmación de sí mismo, conectar con los espectadores. Materializaba con este nada pretencioso comportamiento lo que antes señalábamos, esto es, asumía que sus gustos no eran excepcionales sino perfectamente comunes y que lo que a él le emocionaba podía emocionar a cualquiera. Lo más íntimo es lo más universal, escribió el poeta hace muchas décadas, y de nuevo este sencillo criterio resultaba ser el camino más directo para acceder al alma del mayor número de personas.
Es desde semejante perspectiva desde la que (re)cobra su sentido la vieja expresión “compromiso del intelectual”, así como la afirmación según la cual el compromiso del intelectual es únicamente con sus ideas. En efecto, esta figura, definida por su sencillez, también viene obligada por un compromiso a su vez sencillo: decir lo que piensa, y no otra cosa. No, por ejemplo, lo que sus lectores estén esperando que diga, lo que él crea que es más conveniente para sus intereses, lo que entienda que puede agradar al editor del medio para el que trabaja o cualquier otra consideración ajena al pensamiento mismo. Rechazar estas tentaciones tiene sus riesgos, claro está. El específico fracaso que aguarda a quien mantiene en la plaza pública lo que de veras piensa en su fuero interno es quedar descalificado por otros, verse refutado por los acontecimientos o ser incapaz de dar cuenta de aquello que pretende explicar.
Intentaré ilustrar en primera persona lo que estoy pretendiendo sostener. En los últimos tiempos, a menudo he tenido la impresión de que los comportamientos y las palabras de algunos de los nuevos protagonistas que irrumpían en la vida pública de este país, anunciando una regeneración radical, no me venían de nuevas. Al contrario, me provocaban la poderosa sensación de que la película que protagonizaban, supuestamente recién estrenada, yo ya la había visto. De inmediato, lo confieso, me asaltaba el temor a estar incurriendo en el imperdonable pecado de cebolletismo (por el legendario abuelo Cebolleta de los tebeos de mi infancia, que todo cuanto ocurría lo relacionaba con algún episodio de su lejana juventud), esto es, la resistencia a aceptar los cambios y novedades que acompañan al devenir de la historia. Pero, inevitablemente, me preguntaba a continuación: ¿hay otra opción que señalar lo que uno cree estar viendo?, ¿acaso resulta aceptable ocultar lo que se piensa por el miedo a según qué tipo de críticas, o a las críticas de según quién?
Para mi tranquilidad y alivio, el tiempo se encargó de demostrar que, en efecto, estábamos ante un mero remake de una vieja película. Un remake que, lejos de hacernos olvidar la versión original, conseguía que la añoráramos intensamente. Pero, de cualquier forma, más allá de que en unas ocasiones el tiempo nos pueda dar la razón y en otras quitárnosla, no hay para ese particular profesional del espíritu que es el intelectual más alternativa que la de correr el riesgo de decir lo que piensa, sea esto lo que sea. Por más que a continuación twiter, facebook y similares puedan rugir o incluso arder en llamas. Y ahora, como decía Sócrates, Ιωμεν: vámonos. Sean felices, por favor, a pesar de todo. Tamaragua, amigos. HArendt
















Del poema de cada dia. Hoy, Adiós a Hölderlin, de Gonzalo Rojas

 






ADIOS A HÖLDERLIN



Ya no se dice oh rosa, ni

apenas rosa sino con vergüenza; ¿con vergüenza

a qué? ¿a exagerar

unos pétalos, la

hermosura de unos pétalos?


Serpiente se dice en todas las lenguas, eso

es lo que se dice, serpiente

para traducir mariposa porque también la

frágil está proscrita

del paraíso. Computador

se dice con soltura en las fiestas, computador

por pensamiento.


Lira, ¿qué será

lira?, ¿hubo

alguna vez algo parecido

a una lira? ¿una muchacha

de cinco cuerdas por ejemplo rubia, alta, ebria, levísima,

posesa de la hermosura cuya

transparencia bailaba?


Qué canto ni canto, ahora se exige otra

belleza: menos alucinación

y más droga, mucho más droga. ¿Qué es eso de

acentuar la E de Érato, o de Perséfone? Aquí se trata

de otro cuarzo más coherente sin

farsa fáustica, ni

Coro de las Madres, se acabó

el coro, el ditirambo, el célebre

éxtasis, lo Otro, con

Maldoror y todo, lo sedoso y

voluptuoso del pulpo, no hay más

epifanía que el orgasmo.


Tampoco es posible nombrar más a las estrellas, vaciadas

como han sido de su fulgor, muertas,

errantes, ya sin enigma,

descifradas hasta las vísceras por los

instrumentos que vuelan de galaxia en galaxia.

Ni es tan fácil leer en el humo lo

Desconocido; no hay Desconocido. Abrieron la

tapa del prodigio del

seso, no hay nada sino un poco

de pestilencia en el coágulo del

Génesis alojado ahí. Voló el esperma

del asombro.



Gonzalo Rojas (1916-2011)

poeta chileno


















De las viñetas de hoy sábado, 28 de diciembre de 2024

 



























viernes, 27 de diciembre de 2024

De las entradas del blog de hoy viernes, 27 de diciembre de 2024

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz viernes, 27 de diciembre de 2024. Con la mejor intención de hacer frente a la actual proliferación de bulos, desinformación y las mentiras en política, dice en la primera de las entradas de hoy en el blog el filósofo Daniel Innerarity, algunos echan mano del aliado más disponible pero menos necesario e incluso inconveniente: la verdad. En la segunda de las entradas de hoy, un archivo de febrero de 2015, el autor del blog decía que los españoles, al contrario de anglosajones y franceses, no éramos excesivamente aficionados a la lectura de memorias, y menos aún si están escritas por políticos contemporáneos, entre otras razones, porque la mayoría no saben escribir, aunque lo más probable es que tampoco las hubieran escrito ellos. La tercera es hoy un poema del poeta español Rafael Soler que comienza con estos versos: Llega el instante/de dar tinta y papel/a su memoria... Y la cuarta, como siempre, son las viñetas de humor del día. Espero que todas ellas les resulten de  interés. Y ahora, como decía Sócrates, nos vamos. Nos vemos de nuevo mañana si la diosa Fortuna lo permite. Sean felices, por favor, aun contra todo pronóstico. Tamaragua, amigos míos. HArendt














Verdad y democracia

 






Con la mejor intención de hacer frente a la actual proliferación de bulos, desinformación y las mentiras en política, algunos, como mi colega el filósofo Diego S. Garrocho el pasado 16 de diciembre en EL PAÍS, echan mano del aliado más disponible pero menos necesario e incluso inconveniente: la verdad. No hace falta que insista en mi desprecio hacia la mentira antes de sostener que introducir a la categoría de la verdad en nuestras disputas políticas no es muy razonable y no mejora nuestras democracias, todo lo contrario. Y no solo porque caracterizar a nuestro tiempo como una era de la posverdad suena como si acabáramos de salir de otra en la que hubiera triunfado siempre la verdad. Más que la indiferencia frente a la verdad, lo que más daña a nuestras democracias es pretender tenerla siempre de nuestra parte, escribe en El País [La democracia y la verdad, 19/12/2024) el filósofo Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y titular de la cátedra Inteligencia Artificial y Democracia en el Instituto Europeo de Florencia.

Puestos a buscar culpables reputados de la degradación de nuestras trifulcas políticas, recurrir al pensamiento débil y la posmodernidad es como pretender que lo cutre tiene que tener siempre un autor intelectual. No es la primera vez que oigo que la posmodernidad sería la explicación de que la mentira esté tan extendida en la política actual. De entrada, la reivindicación que Gianni Vattimo hizo del valor de la interpretación no tiene nada que ver con el relativismo banal y, además, detrás de un mentiroso no hay un relativista sino alguien sin el menor interés en tener una relación con la verdad, buena o mala. No creo que los actuales maquinadores de bulos hayan leído a Vattimo y, si lo pudieran comprender, se avergonzarían de lo que hacen. Es una estrategia política que no necesita el prestigio de ninguna teoría. Quien haya conocido a Vattimo ha podido ver, por el contrario, hasta qué punto su respeto por las opiniones de los demás se basaba en el cuestionamiento reflexivo acerca de las propias. Es una paradoja que la defensa de la verdad se haga partiendo de una caricatura de sus supuestos adversarios.

Las cautelas hacia el empleo ligero de la categoría de la verdad cuando nos movemos en el terreno de la política es una propiedad del pensamiento liberal en sus distintas versiones, que reconduce nuestras pretensiones de representar la objetividad a un intercambio o combate de opiniones. La democracia no tiene por objetivo alcanzar la verdad, sino conversar y decidir sobre la base de que nadie —mayoría triunfante, élite privilegiada o pueblo incontaminado— tiene un acceso privilegiado a la objetividad. En este sentido se puede entender por qué John Rawls decía que cierta concepción de la verdad (the whole truth) era incompatible con la ciudadanía democrática y por qué Hannah Arendt hablaba de una tensión o no coincidencia entre la verdad y la política. Al afirmar que “la verdad tiene un carácter despótico” no pretendía defender ninguna clase de relativismo, sino proteger el carácter contingente y libre de la política, cuyas decisiones deben ser informadas y respetuosas con la realidad, pero que no se deducen de esa realidad. Una democracia es un sistema de organización de la sociedad que no está especialmente interesado en que resplandezca la verdad, sino en beneficiarse de la libertad de opinar. La democracia es un conflicto de interpretaciones y no una lucha para que se imponga una “descripción correcta” de la realidad.

Existen cosas objetivas, por supuesto, pero la mayor parte de lo que entendemos por política tiene muy poco que ver con ellas. No se puede hacer política sin una correcta identificación de los hechos sobre los que debe basarse o actuar, pero aún menos si se piensa que esa constatación de los hechos es una actividad que no implica ninguna interpretación de la realidad. Todos sabemos que los datos —tan importantes, por supuesto— no prescriben una única conclusión y que el célebre “gobernar mediante los números” justifica decisiones diversas, alguna de ellas muy ideológicas. Quien se crea en disposición de monopolizar la objetividad producirá grandes distorsiones en la vida política. Una de las principales razones para utilizar con sumo cuidado la expresión “verdad” en política tiene que ver con la experiencia histórica de en cuántas ocasiones creerse en posesión de ella ha servido para olvidarse de otras dimensiones de la convivencia más necesarias. Que las tiranías ideológicas o tecnocráticas hayan abusado de la verdad no dice, en principio, nada en contra de la verdad, por supuesto, pero parece recomendable que el debate político se sitúe siempre que sea posible en otros términos. Las valiosas aportaciones de quienes se dedican al fact checking no deberían llevarnos a olvidar que la conversación colectiva se refiere solo en una pequeña parte a objetividades y en una mayor medida al modo cómo los humanos interpretamos la realidad en una sociedad pluralista.

Por supuesto que hay mentiras flagrantes y mentirosos compulsivos, que merecen ser combatidos con todos los instrumentos periodísticos y jurídicos a nuestro alcance. Pero nuestra relación con la verdad —especialmente en la vida política— es menos simple de lo que quisieran quienes la conciben como un conjunto de hechos incontrovertibles. No vivimos en un mundo de evidencias, sino en medio del desconocimiento, el saber provisional, las decisiones arriesgadas y las apuestas. Además, como la vida misma, también la política posee una dimensión emocional y nuestras emociones —aunque las haya más o menos razonables, mejor o peor informadas— tienen una relación muy indirecta con la objetividad.

Una cierta debilidad de la democracia ante los manipuladores es el precio que hemos de pagar para proteger esa libertad que consiste en que nadie pueda agredirnos con una objetividad incontestable, que cualquier debate se pueda reabrir y que nuestras instituciones no se anquilosen. Por supuesto que hay límites para la libertad de expresión, que no todo son opiniones inocentes y que hay mentiras que matan. Una sociedad democrática se caracteriza por permitir la libertad de expresión y limitar al máximo la intervención represiva en el espacio de la opinión. Un largo aprendizaje histórico nos ha llevado a la conclusión de que las mentiras no son tan peligrosas para la democracia como cierta persecución de las mentiras. Hemos de protegernos de los instrumentos a través de los cuales pretendemos protegernos frente a la mentira. En una sociedad avanzada el amor a la verdad es menor que el temor a los administradores de la verdad.

Los defensores de la verdad en política dan a entender, por un lado, que la verdad es lo normal y no más bien la excepción; parecen desconocer que nuestro mundo es, en realidad, un conjunto de opiniones generalmente con poco fundamento, donde discurren con libertad muchas extravagancias, se aventuran hipótesis con poco fundamento, se simula y aparenta. La apelación a la verdad tiene también el efecto contrario de dar a entender que nos encontramos siempre ante situaciones límite, frente a una tropa de contestadores de la verdad, lo que daría a sus defensores unos poderes extraordinarios. Esta dramatización puede ser muy perturbadora para la convivencia democrática porque puede hacer que resulte sospechosa la diversidad de interpretaciones de la realidad e incluso justificar el empleo de cualquier medio frente a enemigos tan mentirosos (incluido el recurso a la falsedad para defender la verdad).

Siendo el de los mentirosos un grave problema para las democracias, también lo es esa degradación de la conversación democrática debida a que hay demasiada gente demasiado convencida, incapaces de reconocer alguna incertidumbre, que manejan las evidencias con excesiva ligereza, donde los golpes de efecto han sustituido a los argumentos, una confrontación política llena de hipérboles y sin ninguna moderación (justificada por estar defendiendo la verdad). La democracia es un régimen de opinión que desconfía de los detentadores de la verdad, pero no renuncia a que haya mejores y peores argumentos. Dejemos a la verdad en paz y no nos pongamos aprovechadamente de su parte; ella no lo necesita y a nosotros no nos conviene. Esto no es una rendición ante la dificultad de alcanzar la verdad y el cinismo de los manipuladores, sino que implica un mayor nivel de exigencia hacia quienes nos representan: no digan solo cosas verdaderas, sino también oportunas, respetuosas, ilusionantes, bien argumentadas, que apelen a nuestra razón y a las emociones tranquilas que otro liberal, David Hume, consideraba tan necesarias para la convivencia social.











[ARCHIVO DEL BLOG] Verdad e historia. Las memorias de González, Aznar y Zapatero. Publicado el 20/02/2015












A María Rosa Casanovas, historiadora y amiga: In memoriam


Los españoles, al contrario de anglosajones y franceses, no somos excesivamente aficionados a la lectura de memorias, y menos aun si están escritas por políticos contemporáneos. Entre otras razones, porque la mayoría no saben escribir, aunque lo más probable es que tampoco las hayan escrito ellos. Hay excepciones, claro está, por ejemplo las de los dos presidentes de la II República española, Niceto Alcalá-Zamora y Manuel Azaña.
El pasado año ha habido una verdadera epidemia "memorialista" por parte de nuestros más ilustres y cercanos, en el tiempo, dirigentes políticos. Por centrarnos solo en los expresidentes del gobierno, lo han hecho casi simultáneamente Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Antes, con bastante ironía y mala leche, lo había hecho también Leopoldo Calvo-Sotelo. Y desgraciadamente resulta ya imposible de saber lo que hubiera podido contarnos Adolfo Suárez de propia mano.
El blog Vitrinas, que se publica en Revista de Libros, trae en este número de febrero las reseñas críticas de las "memorias" de González, Aznar y Zapatero. Ninguno de ellos sale bien parado por sus comentaristas respectivos. Normal... Pero no seré yo quien se atreva a criticarlas sin leerlas, algo, por otra parte, que veo difícil de hacer dado que mi grado de masoquismo no ha superado todavía el umbral de la insensibilidad. Pero sí me animo a invitarles a que lean los comentarios que han suscitado a quienes, como los prestigiosos articulistas de Revista de Libros, si las han leído.
Yo, por mi parte, estoy leyendo en estos momentos un libro fascinante, libro del que ya hablaba en una de las últimas entradas del blog: "Pensar el siglo XX" (Taurus, Madrid, 2012), escrito por el historiador británico Tony Judt con la colaboración del también historiador Timothy Snyder. "Pensar el siglo XX" es, como indica Snyder en el prólogo, un libro de historia, una biografía y un tratado de ética. Una historia de las ideas políticas modernas: el poder y la justicia, tal y como las entendieron los intelectuales europeos y norteamericanos, de todas las ideologías, desde el liberalismo al fascismo, desde finales del siglo XIX a principios del XXI. Una reflexión sobre la necesidad de la perspectiva histórica y de las consideraciones morales en la transformación de nuestra sociedad. Y también un libro que no solo habla sobre el pasado sino sobre la clase de futuro al que deberíamos aspirar.
La mejor crítica de este y otros libros de Tony Judt pueden leerla en el artículo titulado "El profesor Judt hace trasbordo", escrito por Geoffrey Wheatcroft, y publicado en julio de 2013 en Revista de Libros. 
Timothy Snyder, en el prólogo del libro citado, se pronuncia sobre los diferentes tipos de "verdad" existentes. Algo que parece bastante pertinente cuando tratamos del género "memorialista" ya que, cada uno de los que escribe sobre sí mismo (y las "memorias" de los citados en el epígrafe lo dejan claramente de manifiesto a jucio de sus comentaristas), tiende a autojustificarse sin el más mínimo reconocimiento de error de juicio propio y cargando los mismos, si los hubiera habido, en las circunstancias o en los otros. Dice Snyder en él que la verdad del historiador no es la misma que la verdad del ensayista. El historiador puede y debe saber más de un momento del pasado de lo que el ensayista posiblemente puede saber sobre lo que está pasando hoy. El ensayista -sigue diciendo- está obligado a tener en cuenta los prejuicios de su tiempo, y de este modo exagerar en aras del énfasis. Para el historiador, la búsqueda de la verdad -añade más adelante- implica muchos tipos de búsqueda, y en eso consiste el "pluralismo" al que se debe: aceptar la realidad moral de diferentes tipos de verdad, pero rechazando la idea de que todas ellas puedan situarse en una misma escala y ser medidas por un mismo valor. Es decir, todo lo contrario de unas "memorias" autoexculpatorias y justificativas de lo injustificable.
En uno de los capítulos finales de su libro, y hablando de la diferencia existente entre memoria e historia, dice Tony Judt: "Permitir que la memoria sustituya a la historia es peligroso. Mientras que la historia adopta la forma de un registro continuamente reescrito y reevaluado a la luz de evidencias antiguas y nuevas, la memoria se asocia a unos propósito públicos, no intelectuales [...] Estas manifestaciones mnemónicas del pasado son inevitablemente parciales, insuficientes, selectivas; los encargados de elaborarlas ser ven antes o después obligados a contar verdades a medias o incluso mentiras descaradas, a veces con la mejor de las intenciones, otras veces no. En todo caso, no pueden sustituir a la historia". Sean felices, por favor. Y ahora, como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt












Del poema de cada día. Hoy, Empieza el tiempo de descuento, de Rafael Soler

 








EMPIEZA EL TIEMPO DE DESCUENTO



Llega el instante

de dar tinta y papel

a su memoria


por coito un monedero

por tertulia un soliloquio

por abrazo en soledad los hombros


así templado y desprovisto

baje el mentón

perdone a los iguales

escuche del afín las cuitas


cuestión de léxico encontrar

la meta del verbo y del afecto

volver por las afueras

al dentro perentorio


átese

prosiga su cochura funeraria

dé sustento a lo perdido


estamos con usted

saldrá indemne.



Rafael Soler (1947)

poeta español