viernes, 22 de mayo de 2026

DEL ASUNTO DEL DÍA. DEL 15-M AL IMPUTADO ZAPATERO, POR ESTEFANÍA MOLINA. 22 DE MAY0 DE 2026

 






Quizás Pedro Sánchez solo haya sido un espejismo político. El de pensar que España podía evitar más casos de corrupción presunta alrededor de un Gobierno. El de creer que el PSOE había superado la crisis existencial que 2011 dejó en el partido. Del 15-M que se montó cuando gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero, hasta la derrota en Andalucía del pasado domingo hay algo más que 15 años de diferencia: asistimos también al fin de un ciclo político en la izquierda española, que coincide además con la investigación al expresidente socialista.

Si Sánchez existe como lo entendemos hoy es porque antes existió Zapatero. Es decir, el miedo a la pasokización cuando Podemos irrumpió en el tablero político impugnando la ortodoxia de Bruselas, que no solo aplicó Mariano Rajoy, sino que el PSOE había inaugurado en 2010 mediante los primeros recortes y la posterior reforma del artículo 135 de la Constitución para priorizar el pago de la deuda. Y también existió la sentencia del Estatut: una crisis territorial que Rajoy exacerbó, pero que el PSOE no pudo suturar frente a las ansias de mayor autogobierno de Cataluña. En definitiva, Pedro Sánchez solo ha sido el heredero natural de aquel momento político. De ahí su pánico a tener que hacer ajustes, que ha suplido a costa de deuda pública, del favor europeo y de la subida de las cotizaciones sociales, entre otras medidas. De ahí también su entendimiento con el independentismo mediante los indultos y la amnistía, para evitar a toda costa una gran coalición con la derecha.

En ese contexto, la imputación de Zapatero aparece casi como una alegoría, aun con el respeto a su presunción de inocencia. La izquierda que más ha bebido de su legado vuelve a navegar sin rumbo claro coincidiendo con la investigación al expresidente. Resulta curioso que el partido de los indignados, que fue Podemos, recele tanto de cualquier acción judicial sobre el PSOE, cuando ellos decían querer fiscalizar al bipartidismo más que nadie. Ferraz también debería reflexionar sobre hasta dónde ha llegado cierto populismo en sus relatos, si hoy mucha gente es incapaz de asumir una imputación sin cuestionamiento previo, con independencia de si el expresidente termina o no exonerado.

Pese a ello, la crisis de la izquierda no tendrá tanto que ver con Zapatero como con Sánchez: tan orientado a corregir las debilidades de su predecesor, finalmente ha terminado por completar su propia obra. El presidente no solo ha logrado impedir cualquier sorpasso entre sus competidores, erigiéndose hoy en líder el indiscutible de su espacio político, sino que ha devuelto el poder de la Generalitat al PSC. Su problema es que España está girando a la derecha y, en ese giro plurinacional de un PSOE que ya solo mira a Euskadi y Cataluña, el partido ha empezado a secarse en el interior y en el sur, donde difícilmente podrá volver a gobernar en mucho tiempo, como el reciente ciclo de elecciones autonómicas ha hecho evidente.

El resultado de ese agotamiento se nota en que Sánchez solo puede pivotar ya en torno a la bunkerización de su proyecto. Primero, porque probablemente la estrategia de enviar ministros a competir en los territorios jamás buscó ser exitosa. Quizás el objetivo era tomar el poder territorial con afines a Ferraz y acallar a las federaciones que pudieran ser críticas de cara a las municipales: muchos alcaldes y concejales se tiran de los pelos porque no quieren ir a elecciones locales antes de que haya generales. Tal vez se haya asumido desde La Moncloa que sacrificar a las autonomías era el mal menor a cambio de mantener el relato de los pactos entre el Partido Popular y Vox, procurando además el blindaje orgánico de aquí a 2027.

Segundo, Sánchez ni siquiera tendría hoy socios con quienes regresar al poder, aun si ganara las elecciones. Gabriel Rufián, convertido en fiel escudero del PSOE, probablemente no lo sepa, pero el poder no se casa con nadie. Si su tándem junto a Irene Montero no cuaja, pronto aparecerán alternativas más sugerentes. Sería lógico pensar que en La Moncloa estén contando escaños tras observar el auge de Adelante Andalucía, Chunta Aragonesista, BNG o Bildu: otro eco de la era post Zapatero. Los brotes verdes de la izquierda no están hoy en Yolanda Díaz, sino en las izquierdas de proximidad, con aire regionalista. Generan ilusión entre parte de la gente joven frente al auge de Vox, y lo hacen por delante de marcas como Podemos, que parecen hablar ya solo desde la virtualidad política e irradiar sus campañas desde el centralismo madrileño.

Sin embargo, los brotes verdes tienen un problema, como también supo Zapatero: es cuestión de fe creer en ellos. El PSOE da hoy síntomas de final de ciclo político, y esta vez no parece que vaya a resolverse sin una travesía por el desierto. Del 15-M a la imputación del expresidente en 2026, la izquierda española va camino de reinventarse, pero esta vez ni el populismo indignado es un reto, ni la secesión es ya una prioridad en Cataluña. España es otra tras 15 años. Todo proyecto político es también —y debería serlo— el producto del tiempo que les tocó vivir a sus ciudadanos y a sus líderes a cada momento. Estefanía Molina es analista política. El País, 21 de mayo de 2026.



























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