1. Nuestra memoria funciona como un planisferio en el que las imágenes del remoto pasado se entrecruzan con las del pasado reciente. Y estas coexisten con las imágenes fugaces del presente y con las que evoca el futuro, las que comúnmente llamamos proyectos. Otros, de forma más prosaica, las denominan sueños. Da igual, lo cierto es que la memoria es ese mapa sincrónico que se despliega ante los ojos del alma, expandiéndose y recomponiéndose sin cesar. Así, cuanto más se ha vivido y más imágenes se han acumulado, más se sabe cómo funciona el pasado y mejor se predice el futuro.
Quizá por ello, la desagradable profecía que Bernie Sanders pronunció hace algún tiempo sobre la urgente necesidad de una moratoria en la aplicación de la inteligencia artificial (IA) en lo relativo al mundo laboral implica que debemos regresar a la memoria personal e histórica para evaluar lo que está en juego. Tengo la impresión de que, si Bernie no fuera estadounidense, si no perteneciera al ala más izquierdista de su partido y, sobre todo, si no se hubiera convertido en millonario —una combinación un tanto difícil de digerir para los de este lado del océano— muchos europeos comunes y corrientes lo suscribirían.
2. De hecho, lo más sorprendente de ese discurso de un hombre irritado ante la predicción de un futuro catastrófico es que tiene razón. Las devastadoras amenazas de los ejecutivos de las tecnológicas, cuando estiman cuántos miles, millones o miles de millones de personas serán despedidas de cada sector ante la robotización del trabajo y de la vida en general, se ciernen en el aire como crueles amenazas contra la humanidad. Más allá de la posibilidad real de que ese plan global de panrobotización en el cambio de paradigma se cumpla, se percibe un instinto sádico de amenaza por parte de esos aspérgers millonarios, aliados con políticos indecentes, que resulta intolerable. Nunca tan pocos, y en tan poco tiempo, diseñaron el futuro de todos los demás como si fueran divinidades.
Tal vez por eso, involuntariamente, en mi planisferio, entre las maravillas liberadoras que la nueva tecnología logra cada día y de las que todos disfrutamos con alegría, ha vuelto a hacerse presente el sonido de las sirenas de las fábricas de conservas que en mi infancia servía de reloj para la vida local. Los años sesenta eran ya una época de declive para esta rama de la industria; la refrigeración ganaba terreno, las neveras llegaban a todos los hogares, pero en las ciudades costeras cercanas al Atlántico aún perduraba el recuerdo de la antigua lucha entre los obreros de las fábricas conserveras y las máquinas. En los años treinta, estas se disponían a reemplazar el trabajo manual, y los trabajadores salían en grupos, a pie, con palos en mano, para impedir que las herramientas de su desempleo llegaran a las fábricas. Se decía que se plantaban frente a los transportes, al amanecer, impidiendo que la bestia de ruedas y metal, con sus brazos automáticos, les robara el pan.
3. Como es natural, el futuro pertenecía a la bestia; el destino de derrota de los trabajadores ya estaba sellado. En otro lugar, cien años antes, allá donde la revolución industrial había dado comienzo y alcanzado su apogeo, se había hecho célebre la lucha de los llamados luditas, obreros enfurecidos contra las máquinas de tejer e hilar movidas a vapor que estrangulaban la otrora próspera industria textil artesanal del norte de Inglaterra, como relata James Suzman en su obra Trabajo. Una historia de cómo empleamos el tiempo. Los luditas destruían las máquinas, las incendiaban, realizaban sabotajes sistemáticos, y el prominente Lord Byron estaba con ellos. Por alguna razón, su amiga Mary Shelley había inventado el monstruo creado por el doctor Victor Frankenstein. Los luditas acabaron derrotados; las máquinas de tejer continuarían expulsando vapor y produciendo lenguas de tela de algodón que daban la vuelta al globo terrestre. Por extraño que parezca, nuestro planisferio nos enseña que el progreso existe, pero tiene efectos retardados: quienes realizan el trabajo manual que lo produce rara vez reciben la recompensa por su tarea. Sus efectos les resultan ajenos porque están desincronizados, mejorarán las vidas futuras, pero no llegan a tiempo para remediar las de quienes sufren el cambio. Nunca he tenido mayor certeza de este desencuentro entre el aplastamiento de generaciones enteras en aras del progreso del que otros se beneficiarán como el día que visité Salford, ciudad satélite de Mánchester, y vi en un museo las camas donde dormían entonces los obreros de las fábricas. Las sábanas eran de algodón, pero quien nos hacía de guía nos explicó que nunca se enfriaban; las camas se alquilaban por horas, uno se iba y el siguiente se acostaba de inmediato. Era necesario alimentar, día y noche, el imparable horno junto al río Irwell. Y remataba el guía: “Al cabo de una semana, las sábanas se habían vuelto marrones, del color de la arcilla; no eran blancas, como aparecen ahora”.
4. Engels vivió cerca de allí, y gran parte de su teoría surgió de lo que vio. El capital de Karl Marx nació en buena medida de su convivencia con Engels y de la imagen de las sábanas de Salford. La desconfianza beligerante entre empleador y empleado que el marxismo implica, y a la que incita, tiene mucho que ver con esto. El tiempo ha pasado. El mundo ha cambiado, y esta historia podría sonarnos hoy a esas cosas arcaicas que se cuentan en los márgenes del planisferio. Pero, a juzgar por el discurso alarmado de Bernie Sanders y de otros más moderados, aunque no menos inquietos, se están preparando sábanas enlodadas para los seres humanos en los territorios metálicos de la IA.
5. Para afrontar el futuro que se avecina, se debate por todas partes la modernización de las leyes laborales, y Portugal no es una excepción. Hace 10 meses que reina un vivaz desentendimiento entre el Gobierno, los sindicatos y los empresarios. Se trata de un debate espectacular que pasará a la historia del mundo del trabajo, porque se han puesto sobre la mesa tres supersticiones que chocan entre sí. El Gobierno mantiene la superstición de que solo flexibilizando la legislación laboral se recuperará la economía portuguesa, lo que implica necesariamente una mayor precariedad del trabajador. Los trabajadores entienden que cualquier cambio, aunque parezca facilitarles la vida, oculta lo contrario. Los empresarios creen que los robots y los algoritmos les permitirán adelgazar sus empresas y, por lo tanto, consideran necesario que la legislación les permita liberarse de las amarras con los trabajadores de carne y hueso, seres que tienen hijos por la mañana y sueños por la noche. Pero para quienes lo observan todo y solo desearían un mayor equilibrio mientras la IA no trastoque por completo el universo, sería aconsejable que la sustitución moderna del antiguo obrero por un colaborador, y del patrón por un emprendedor, no fuera solo una figura retórica. Que implicara un vínculo de confianza efectivo, distinto de la guerra civil laboral heredada del siglo XIX, y que juntos se prepararan para afrontar un desconocido que avanza a galope tendido, sin las moratorias que defienden los europeos y algunos indignados al otro lado del océano, como Bernie Sanders. Lídia Jorge es escritora. Su último libro publicado en España es El día de los prodigios (La Umbría y la Solana).



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