Hay una viñeta muy famosa en la que un ejecutivo masculino dice: “Excelente sugerencia, miss Triggs. Quizá alguno de los hombres de aquí quiera hacerla”. Se hizo viral porque ilustra con precisión un fenómeno fascinante: en una jerarquía presuntamente horizontal, un hombre sólo tiene que repetir la idea que ha dicho un mujer para recibir el crédito, el aplauso, el éxito y el aumento. También es un buen ejemplo de cómo funciona la autoridad en las jerarquías implícitas. La clase de patrón que deja la diplomacia planetaria en manos de gente tan ridícula y peligrosa como Marco Rubio, Pete Hegseth, Stephen Miller, Elon Musk y Donald Trump.
La autoridad es una variable interesante. En su versión formal, es objetiva y explícita: los cargos altos tienen más que los bajos. En dictadura, la tiene el que puede matar. En la corte, funciona por proximidad genética. En nuestra sociedad, presuntamente igualitaria pero fuertemente jerárquica, los ricos tienen más autoridad que los pobres, los hombres más que las mujeres, los blancos más que los negros, los nacionales más que los migrantes, los del clan más que los de fuera, los famosos más que los no famosos, los guapos más que los feos, los adultos más que los niños, y los humanos más que el resto de especies del reino animal. En la viñeta, la señorita Triggs no tiene autoridad para ser autora de su propia idea porque es mujer. Paradójicamente, su falta de autoridad hace que compartir su buena idea no aumente su autoridad, sino que la reduce. Esto genera una curiosa perversión.
En los entornos donde la jerarquía es transparente, la autoridad se manifiesta a través de códigos estables, como títulos, galones en el hombro, medallas en el pecho y estrellas en la boina. En las jerarquías implícitas, la autoridad se manifiesta a partir de señales como, por ejemplo, quién es escuchado, quién recibe crédito y quién es recompensado con aplausos, ascensos y cenas con la dirección. Cuando esa clase de validación no tiene relación con la calidad de las contribuciones sino con las otras variables, como ser hombre, ser blanco o tener más dinero o mejor apellido que los demás, entonces los que no reciben atención ni crédito por sus buenas ideas pierden credibilidad, porque han sido rechazados incluso cuando han hecho algo bien. Por la misma lógica, los que reciben el crédito, atención y recompensa por ideas que no son suyas refuerzan su autoridad, porque son validados incluso cuando hacen algo mal. La cumbre de esta lógica perversa es el hombre blanco, rico y poderoso que es investido presidente tras ser condenado por 34 cargos de falsificación relacionados con su campaña anterior. El crimen no le quita autoridad, sino que la multiplica, porque esa autoridad es tan grande que lo hacen presidente incluso sabiendo que es un criminal.
Después de unos cuantos ciclos, este proceso de retroalimentación positiva sólo puede amplificar el poder de los peores y destruir la calidad de las contribuciones, porque es cuestión de tiempo que miss Triggs se canse y se vaya a otra empresa o se guarde sus buenas ideas para que sea su marido o su novio quien se beneficie de ellas, y no el plagiador profesional de su departamento. Todo el mundo piensa que la viñeta es de un ilustrador de The New Yorker, la publicación con más prestigio del mundo occidental, pero la dibujó Riana Duncan en 1988 para la revista británica Punch. Marta Peirano es analista política. El País, 19 de mayo de 2026.



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