La política madrileña es un enigma. En general, las grandes ciudades globales, así como sus regiones circundantes, suelen ser bastiones del progresismo. En la Comunidad de Madrid, sin embargo, gobierna el Partido Popular ininterrumpidamente desde 1995. En las últimas elecciones generales, en 2023, las derechas en su conjunto obtuvieron el 55% del voto y el apoyo a Vox se situó un par de puntos por encima de la media nacional. La región capital de España ha sido protagonista de algunos de los peores casos de corrupción de la etapa más negra del PP. En 2003, cuando el PP perdió la mayoría absoluta y PSOE e IU llegaron a un acuerdo de investidura, Esperanza Aguirre y los suyos se las arreglaron para permanecer en el poder gracias a una trama de empresarios afines que sobornó a dos diputados del PSOE que renunciaron a votar al candidato de su partido (el famoso tamayazo). En las siguientes elecciones, celebradas unos meses después, el PP aumentó su porcentaje de voto y consiguió de nuevo una mayoría absoluta, y así hasta hoy. Esta hegemonía de la derecha se sustenta sobre algunos datos contundentes: siendo la región con mayor renta per cápita de España, se sitúa en las posiciones de cola en gasto por habitante en educación y sanidad. Como resultado de todo ello, es una de las regiones con mayor desigualdad de España.
La fórmula mágica de la permanencia del PP se compone de varios ingredientes: buenas infraestructuras de transporte, expansión urbanística, educación concertada (con claro predominio de los centros gestionados por la Iglesia), fuerte crecimiento económico (aprovechando el efecto de la capitalidad) y rebajas fiscales. El modelo se inspira en valores neoliberales clásicos: bajos impuestos, deficientes servicios públicos y clases medias con suficiente poder adquisitivo para sufragarse sanidad privada y, en los hogares con mayores recursos, también educación privada en todos los niveles (desde la primaria hasta la universitaria).
Creo, no obstante, que esta fórmula no acaba de explicar algunas características propias de la derechización de la región madrileña. En concreto, me parece que es necesario introducir también algunos componentes ideológicos y culturales. Aunque la cosa viene de más atrás, es sobre todo a raíz de la crisis catalana de 2017 cuando Madrid se consolida como un centro orgullosamente españolista que considera que los nacionalismos subestatales son una anomalía política que entorpece el desarrollo del país. En el renacer del nacionalismo español excluyente, Madrid ha tenido un protagonismo indudable. Está de vuelta un cierto casticismo y, sobre todo, un claro anti-intelectualismo. Baste recordar la batalla del Gobierno regional para acabar con la universidad pública madrileña. No es solo que sea la Comunidad Autónoma que menos gasta por estudiante universitario, hay además una clara hostilidad ideológica. Madrid reúne todas las condiciones para convertirse en un polo universitario europeo de primer nivel, pero sus gobernantes han decidido dejar pasar la oportunidad. Ni siquiera la ventaja de las universidades catalanas sobre las madrileñas sirve de estímulo frente a lo “nuestro”, es decir, las “cañitas”, el Ibex y universidades privadas religiosas de tercera división.
Quien encarna a la perfección esta especie de catetismo cultural es la actual presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso. El éxito de su figura puede resultar aún más misterioso que el del propio PP madrileño. Su popularidad es directamente proporcional a la extensión de ese catetismo orgulloso que domina en la región. Se trata de una oradora pésima, incapaz de improvisar un par de frases seguidas que tengan sentido. No tiene una buena preparación, es evidente que la mayor parte de las veces en las que habla sobre un tema cualquiera, no sabe apenas nada sobre el mismo. Hay abundantes ejemplos cómicos en las redes (mi favorito sigue siendo el laberinto en el que se metió al hablar sobre la inflación). Y, por si eso no fuera suficiente, combina una agresividad extrema hacia los rivales con un victimismo ridículo por las críticas que recibe. En su cruzada ideológica, riega con publicidad institucional a los medios más reaccionarios y ha convertido Telemadrid en una empresa sectaria sin parangón, supongo que con el propósito de confirmar que todo lo público está siempre podrido.
Para solaz de sus seguidores, ha aprendido a provocar a quienes no piensan como ella. Le da igual recurrir al relato más rancio sobre la conquista de América (qué sabrá ella) o sobre la identidad española. En este terreno, tiene un talento indiscutible: consigue convertir sus lagunas culturales e intelectuales en un arma política poderosísima. Lo logra revolviéndose contra todo aquel que presuma de saber algo más que ella. Frente a los “listos” y “sabihondos”, ella representa como nadie el desprecio de la formación y la cultura. De ahí esa autenticidad suya contra la que se estrellan todos los políticos que intentan competir por la presidencia de la Comunidad. Como consumada alquimista, convierte la ignorancia en un instrumento para ridiculizar a todo el que presume de tener alguna idea o propuesta y no hay mejor combustible para su discurso que el desprecio que recibe de las élites ilustradas. Un articulo como este que escribo es munición contra la “izquierda que vive del odio”, los de “la superioridad moral”, etc., etc., etc.
Hay algo transversal en su estrategia cateta: une a todos aquellos, ricos y pobres, pijos y chonis, que se sienten reivindicados frente a lo que perciben como “la dictadura progresista”. Son los del “ya no se puede decir nada” y “antes había más libertad de expresión”. Se forma así un círculo del que resulta muy difícil escapar, pues cuanto más se exhibe el catetismo, más se ahonda la brecha con la progresía. Los seguidores de Díaz Ayuso no se avergüenzan de sus salidas de tono, al revés, las celebran y les hacen sentirse liberados con respecto a los valores que dominan en otras grandes capitales europeas. Díaz Ayuso les reconforta si les gustan los toros, si creen que la conquista de América fue la mayor gesta de la historia de la humanidad, si ven normal cobrar comisiones de empresas que contratan con la comunidad (como el hermano de la presidenta y también su actual pareja) y si piensan que es una idiotez el reciclaje, restringir el tráfico y promover las bicicletas cuando hay tantos atascos en la ciudad. Hace años escribí, cuando todavía no era tan habitual, que hay una afinidad innegable entre Díaz Ayuso y Donald Trump. Inspirándose en este o descubriendo el secreto trumpista a su manera, el caso es que representan una forma muy parecida de hacer política.
Los madrileños partidarios del ayusismo se desenvuelven en una especie de burbuja cultural y social de radio bastante estrecho. La prueba de fuego está en cruzar fronteras y probar a decir allí las simplezas que aquí circulan como cosas naturales. El reciente viaje de la presidenta madrileña a México es la mejor demostración. Fuera de su medio natural, la ignorancia de Díaz Ayuso y su discurso pueril provocan incredulidad (y también hilaridad). Piénsese que una de sus figuras de referencia sobre Hernán Cortés es un ensayista, Juan Miguel Zunzunegui, que escribió hace años un libro conspiranoico en el que defendía la tesis de que los atentados del 11-S fueron planificados por las autoridades estadounidenses para contar con un pretexto con el que ir a la guerra en Oriente Próximo. Ese es el nivel. Ignacio Sánchez-Cuenca es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Carlos III de Madrid. El País, 19 de mayo de 2026.



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