martes, 19 de mayo de 2026

DE LA TARDE QUE CAE. PENSAR LA CIUDAD EUROPEA, POR RICARDO GONZÁLEZ VILLAESCUSA. 19 DE MAYO DE 2026

 






«Europa es el resultado de la europeización, no preexiste» nos dice Rémi Brague. No hay lugar para el esencialismo ni el Volksgeist hegeliano. En realidad, los orígenes de la identidad de Europa son externos. Probablemente denominado desde Oriente Europé (poniente), el continente tiene una identidad desplazada, excéntrica, como recuerda el propio mito de Europa. Ésta era una princesa fenicia, hija de Agénor, rey de Tiro, raptada y transportada por Zeus a través del mar desde Fenicia a Creta. Enviado por su padre, Cadmo, preguntó por su hermana al oráculo de Delfos, quien le dijo que no la encontraría pero que se hiciera con una vaca y la siguiera hasta donde cayera agotada y allí, fundara una ciudad, Tebas.

¿Por qué preocuparse entonces por la trayectoria histórica de la ciudad europea? El desarrollo de la arqueología preventiva en los últimos treinta años ha evidenciado que en el subsuelo de nuestras ciudades se encuentran restos de la Antigüedad; raras veces de la protohistoria; muchas de ellas de época romana; y, las más, medievales, musulmanas o cristianas en el caso español. A partir de esta realidad y del hecho de que la ciudad que llamamos europea se ha extendido por todos los continentes por obra de la colonización, hemos querido determinar los rasgos que permiten identificarla. ¿Qué entendemos, pues, por ciudad europea? Éste ha sido el tema que nos ha ocupado en los últimos tres años cuando la Comisión Europea nos otorgó financiación a un equipo interdisciplinar para enseñar e investigar sobre la ciudad europea. Así nació CivEUr, acrónimo de Ciuitates et Urbes Europæ1 cuya finalidad era comprender el pasado, la génesis; el presente, el marco jurídico y las prácticas científicas de protección patrimonial; y el futuro, el proyecto urbano de la ciudad europea.

Entre finales del siglo XIX y la primera mitad del XX, sin duda como reacción al nacionalismo romántico, los historiadores consideraron el Imperio romano como la primera estructura paneuropea, un modelo a seguir de unidad administrativa, económica, jurídica, lingüística y que, de la diversidad provocada por su caída y desintegración, surgiría Europa: François Guizot (1870), Alfons Dopsch (1920), citado explícitamente por Ortega y Gasset en La rebelión de las masas (1930), Stefan Zweig (1932) o Marc Bloch (1935) y Lucien Febvre (1944) así lo entendieron. Europa sería, pues, una serie de recepciones, dice Ortega en su conferencia impartida en 1949 De Europa meditatio quaedam, apenas tres meses después del final del bloqueo de la capital berlinesa. Aparte del esencialismo, se les podría objetar a todos ellos, como hiciera la comisión Gulbenkian presidida por Immanuel Wallerstein, que esta visión negaba toda autonomía a la Antigüedad, que devenía de esta manera un simple prólogo de la Modernidad. Al mismo tiempo, esta perspectiva sólo reivindicaba la parte grecolatina de la genealogía europea, cantonando Oriente a una «inalterable alteridad», como la describe Sophie Bessis.

De esta manera, el dosier sobre la ciudad europea que presentamos se centra en lo que podemos llamar la «eurogénesis» urbana de Europa, la infancia y la adolescencia de las ciudades europeas, entre la Antigüedad y la Edad Media y los primeros tiempos modernos en los albores de la globalización.

Las urbes donde vivimos son el fruto de un proceso cumulativo de decisiones seculares independientes que los arqueólogos llamamos la fábrica urbana. Esa sucesión de acciones autónomas que construyen las ciudades tiene lugar como una sucesión de confrontaciones con la alteridad. Una alteridad entre culturas diversas que se encuentran en un mismo espacio, con resultados fatídicos en muchas ocasiones; o una alteridad entre grupos sociales que transmiten y heredan sucesivamente el espacio y que lo transforman según sus necesidades, estructurándolo según su propia «ley social», reproduciendo la fórmula de Henri Galinié. Esto nos vuelve a alejar de toda veleidad esencialista, las ciudades no son, resultan.

La huella de la Antigüedad en nuestras ciudades no la encontramos en nuestras ruinas, sino en la realidad espacial de que algunas de las calles antiguas se encuentran con la misma orientación que las nuestras por debajo del nivel del suelo y en la trama urbana de ciudades que nace con el helenismo, en el siglo IV a. de C. y que se consolida en los tres primeros siglos con Roma a través de la «canalización jurídica del ejercicio del poder» o juridificación racionalizadora y civilizadora, en palabras de Jürgen Habermas. Este proceso evidencia de nuevo la alteridad, que se afirma de manera fundamental desde el momento de la generalización de la idea urbana en Europa, en lo que Rémi Brague ha definido como la actitud romana, es decir «la conciencia de tener, por encima de sí, un “helenismo” que domina y, por debajo de sí, una barbarie que someter». La escenografía urbana de las ciudades a la romana fue una lectura latina del helenismo, importado por las conquistas orientales que infusionó por todos los territorios conquistados en Occidente. Esta teatralización del Imperium se materializaba en las ciudades por un callejero regular, salpicado de monumentos y edificios (foro, edificios de culto…) que evidenciaban la autonomía de la comunidad cívica así como su rol jurídico y recaudatorio en relación con la capital del Imperio y la función redistributiva, gracias a las munificencias de las élites (termas, teatros, anfiteatros y circos), todo ello profusamente exaltado por la estatuaria y por las omnipresentes inscripciones conmemorativas en piedra o con letras de bronce.

Las diferentes crisis sociales y económicas que empezaron a manifestarse a finales del siglo II, pero que se aceleraron, sucediéndose en crisis políticas desde mediados del siglo III d. de C., conllevaron un profundo cambio en el arquetipo urbanístico. Desde el siglo IV d. de C. en adelante el centro urbano ocupado por los antiguos espacios del poder cívico se amuralló y la superficie de la ciudad se contrajo entre un 70 y un 90 % de su dimensión original. Al mismo tiempo, el espacio no amurallado se fragmentó formando espacios habitados que alternaban con otros baldíos que la arqueología ha podido identificar con cultivos urbanos y corrales, dando lugar a una ciudad discontinua o polinuclear. Esta radical nueva forma urbana pone de manifiesto profundas transformaciones sociales, institucionales y políticas que cristalizaron en el nuevo paisaje cristiano caracterizado por las nuevas sedes episcopales y la entrada de los cementerios al corazón de la ciudad, mientras que en la antigua periferia se multiplicaban las basílicas suburbanas, capillas, martyria y monasterios.

Sin embargo, a pesar de estas transformaciones materiales y sociales profundas, la Iglesia católica clonó y reprodujo la estructura de poder de las diócesis a través de las sedes episcopales y sus divisiones administrativas, los espacios geográficos. Las ciudades romanas, esta vez en plural, transcendieron hasta bien avanzada la Edad Media, porque la Iglesia necesitó de la misma capacidad de dominio a distancia que había construido el Imperio romano.

Muchas de las ciudades del intensamente romanizado Mediterráneo fueron ocupadas por la conquista musulmana en el norte de África y parcialmente en el sur de Europa, Sicilia hasta el siglo X, y, durante ocho siglos, en al-Ándalus. Una sociedad con estructuras de parentesco y con modelos urbanos orientales que transformó las ciudades tardoantiguas como Córdoba o Mérida, que hacía mucho que habían perdido las huellas de las fundaciones romanas originales, y creó otras nuevas como Murcia o Madrid. El resultado es el de una diversidad de ciudades islámicas, pero es en ese espacio excéntrico de Europa donde se genera la primera y más densa red urbana medieval. De nuevo las redes. Pero éstas no están aisladas y en esos momentos, entre los siglos VIII y X, los wiks, portus, castra o vicus, emporios comerciales de las costas y vías fluviales navegables del noroeste de Europa y de la costa anglosajona controlaban el comercio a larga distancia con el Oriente árabe y bizantino y con el Occidente islámico, al-Ándalus.

El crecimiento demográfico del siglo XII, las ferias comerciales, la liga hanseática, las peregrinaciones y las órdenes monásticas, la colonización de vastos espacios europeos, como el Ostsiedlung en Europa central y oriental o la conquista feudal de la península ibérica, corrientemente llamada Reconquista, así como la creación de las universidades, generaron una movilidad de mercaderes, peregrinos, arquitectos, profesores, colonos, etcétera, que impulsaron un florecimiento urbano sin igual, acompañado del arte gótico como expresión artística uniforme de la Europa cristiana. La creación y la construcción del modelo de ciudad medieval cristiana en el sur de Europa también fue un proceso de confrontación de alteridades. La ciudad de la conquista cristiana se basa en la crítica y en la distinción del «otro», atribuyendo a la ciudad árabe las «deformaciones» que hoy sabemos que ya existían desde el siglo IV d. de C. En este «gran momento» de la Europa urbana se produce un renacimiento del vocabulario de las instituciones y magistraturas, los cónsules de las ciudades italianas, y en las fundaciones urbanas del siglo siguiente, que reproducen la sintaxis urbana de los castra, los campamentos militares romanos, en las bastidas del suroeste francés y en las pueblas y ciudades del nuevo Reino de Valencia. Una inspiración que también se encuentra en la utopía cristiana del franciscano Francesc Eiximenis (1330-1409), que abogaba por una ciudad bien gobernada en lo espiritual y bien construida en lo material, aportando ideas sobre la ordenación regular y el desarrollo de la ciudad a finales del siglo XIV.

A la diversidad de ciudades medievales se añade un rasgo diferenciador de otras culturas que, al mismo tiempo, las uniformiza: la proliferación de los barrios. La vecindad con asiento territorial, el civis y la «convivencia» orteguianos, fruto de la experiencia espacial común, como motor de la acción solidaria de sus habitantes por alcanzar objetivos comunes, como la definió Ruth Glass. Aunque a veces la alteridad étnica y religiosa de algunos barrios, morerías y juderías, los guetos, no fueran otra cosa que instrumentos de exclusión, «pecios de Oriente empujados a las afueras de la ciudad europea», para Sophie Bessis. Pero en la península ibérica de los siglos XIV y XV la copresencia de ambas ciudades, la ciudad medieval cristiana y la ciudad musulmana con sus arquitecturas, se verían mutuamente influidas.

La «obsesión por el otro», la alteridad, continuaría imprimiendo la arquitectura y el urbanismo del Nuevo Mundo. Desde la Reforma (1517) la unidad europea ya no residía en la religión, pues la cristiandad bifurcaba, ni en la unicidad geográfica, ya que el viejo continente se reafirma frente al nuevo. El fin de la ciudad andalusí (conquista de Granada) y el inicio de la expansión extraeuropea (1492) coincidieron en el tiempo con los tratados renacentistas de Leon Battista Alberti (1452), Filarete (1465) o Martini (1481) y con el inicio de la globalización y conquista hispanoportuguesa del continente americano. Los nuevos señores atravesaron el océano con aquellos manuales bajo el brazo, como es el caso de Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva España entre 1532 y 1550. No era una nostálgica mirada al pasado, sino, más bien, un punto de anclaje para construir una civilización nueva. De modo que las Ordenanzas de descubrimientos, nueva población y pacificación de las Indias de Felipe II (1573) no se limitaron a copiar, sino que reformularon al arquitecto y urbanista Vitruvio del siglo i a. de C., especialmente aquellos artículos (art. 111-127) que hacen alusión a las «Formas de las ciudades». El artículo 112 de las Ordenanzas… sintetiza dos pasajes vitruvianos, uno que versa sobre la posición excéntrica de la plaza mayor en el caso de una ciudad costera (De architectura, i, 7, 1) y otro que define la proporción armoniosa de la plaza (De architectura, v, 1, 2). Y, donde Vitruvio decía forum, las Ordenanzas… dicen «Plaza Mayor». El plano de Matthäus Merian (1646) de Santo Domingo, primera ciudad europea en suelo americano (1502) nacida del mismo paradigma espacial que inspira la renovatio urbis romana del papa Julio II (1503-1513), y arquetipo del resto de fundaciones americanas, recoge no sólo la topografía excéntrica de la plaza, sino que la denomina «forum» 70 años antes de la promulgación de las Ordenanzas de Felipe II. La ciudad europea, como la Europa del mito original, era «raptada» y transferida allende el Atlántico donde se fundarían ciudades, no a imagen y semejanza de las existentes, sino como plasmación de la proyección mítica de una nueva sociedad resucitando y apoyándose en las tradiciones de la Antigüedad. Ricardo González Villaescusa es profesor de la Universidad París-Nanterre. Revista de Occidente, 16 de mayo de 2026.























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