sábado, 13 de junio de 2026

ESPECIAL 2 DE HOY. SIN DIOSA MADRE, POR LAURA FREIXAS. 13 DE JUNIO DE 2026





 



Mucho aplauso y poca crítica ha dejado la visita del Papa. Es comprensible: cuando alguien o algo arrastra a las masas, ¿quién se atreve a ir a contracorriente? ¿Y qué partido político resiste la tentación de aprovechar en beneficio propio el entusiasmo popular? León XIV ha jugado hábilmente sus bazas, permitiendo que unos y otros arrimaran el ascua a su sardina. Una de cal: “Nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. Otra de arena: “Toda vida humana debe ser custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural”.

Crítica ha habido. Pero, en mi opinión, decepcionante. No ha salido, o apenas, del terreno de juego marcado por él mismo: inmigración, aborto y eutanasia. Casi nadie ha hablado del papel de la Iglesia en la desigualdad entre los sexos.

Parece difícil aplicar la igualdad desde una institución cuyo libro sagrado cuenta que el mundo fue creado por un Padre sin necesidad de Madre, y que cuando el Padre, Él solo, decidió tener un hijo, buscó a una mujer que le dijera: “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu voluntad”. Esa es la que nos ponen como ejemplo. Santa, pero no diosa. Los dioses, por definición, tienen poder. María es solo dulce intercesora ante el Todopoderoso, el de verdad.

Difícil, digo, ser igualitario, con esos mimbres; pero quizá no imposible. Pregunten a la Asociación de Teólogas, a Revuelta de Mujeres en la Iglesia, a Alcem la Veu… O a Sarah Mullally, que desde octubre del 2025 encabeza la Iglesia anglicana en calidad de arzobispa de Canterbury.

A quien mejor no pregunten es a la izquierda, especialmente a la que está a la izquierda de la izquierda. Que cada vez habla menos de igualdad y más de diversidad; menos de salarios, pensiones, poder político, y más de identidad y orientación sexual; menos de mujeres y más de otros colectivos que suponen porcentajes de la población mucho menores.

¿Quién defiende, entonces, la igualdad entre los sexos?... Adivinen quién ha escrito esto: “No es suficiente afirmar con palabras que hombres y mujeres tienen la misma dignidad y los mismos derechos; es necesario que esto se traduzca en decisiones concretas, en las leyes, en el acceso al trabajo, a la instrucción, a las responsabilidades sociales y políticas”... Es una cita de Magnifica humanitas.

¿Cómo? ¿León XIV? ¿Ese que al inicio de su pontificado reafirmó la exclusión de las mujeres del sacerdocio? El mismo. ¿A qué viene esa cara?... Como si no supiéramos que una cosa es predicar y otra dar trigo. Laura Freixas es escritora. La Vanguardia, 13 de junio de 2026.






















ESPECIAL 1 DE HOY. ALGO HUELE A PODRIDO EN EL ESTADO, POR IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA. 13 DE JUNIO DE 2026

 





Siempre se ha dicho que una de las grandes lagunas de la transición fue la falta de renovación del Estado. No solo no hubo renovación en sectores como el ejército, la policía o la justicia, sino que el gobierno de Adolfo Suárez aprobó un real­ decreto por el cual el personal del Movimiento Nacional se incorporaba a la Administración civil (se publicó el 1 de abril de 1977, aniversario de la victoria del bando franquista en la Guerra Civil). No era un buen augurio.

En su comparación entre las transiciones española y portuguesa, Robert Fishman ha señalado que así como en Portugal se produjo una crisis de régimen y de Estado a raíz de la revolución de los claveles, en España hubo una crisis de régimen, pero no de Estado, el cual se mantuvo prácticamente intacto a lo largo del proceso de cambio político.

La brutalidad del Estado quedó patente en los primeros compases de la transición. La Policía Nacional y la Guardia Civil acabaron con la vida de 84 ciudadanos que no estaban relacionados ni con la delincuencia común ni con el terrorismo en el periodo que va entre la muerte de Franco y la victoria del PSOE en octubre de 1982. Desde noviembre de 1975 hasta las primeras elecciones democráticas el 15 de junio de 1977, murieron 27 ciudadanos en actividades de protesta, controles de carretera y altercados con las fuerzas de seguridad. Asimismo, durante la transición y mucho después, la tortura fue práctica habitual en comisarías y casas cuartel.

En cuanto al ejército, no hace falta extenderse sobre lo que supuso la amenaza militar en la primera década democrática. La última intentona golpista tuvo lugar en fecha tan tardía como 1985: una conspiración de altos mandos militares pretendía crear una situación de vacío de poder matando al Rey, al presidente del Gobierno y a otras autoridades durante la celebración del día de las Fuerzas Armadas en A Coruña.

Las consecuencias de no renovar el Estado se han dejado sentir a lo largo de las cinco décadas de democracia. Desde los primeros tiempos, ha habido numerosos escándalos en todo lo relativo a la seguridad del Estado. Mencionaré solo algunos a modo de recordatorio: la impunidad de las tramas de ultraderecha en los primeros años de democracia; el terrorismo de Estado (los GAL), que llevó a un ministro del Interior a la cárcel; el uso de los fondos reservados para fines ilícitos; el escándalo de las escuchas ilegales de 1995, en el último gobierno de Felipe González, que produjo la dimisión del vicepresidente y del ministro de Defensa; el escándalo de las filtraciones de los papeles de Perote; la corrupción de Luis Roldán al frente de la Guardia Civil; la manipulación de la información sobre la autoría del 11-M realizada por el gobierno de José María Aznar; la llamada policía patriótica durante la etapa de Mariano Rajoy; las tramas en torno al comisario Villarejo; las escuchas a los independentistas catalanes (el caso Pegasus), y así hasta llegar al reciente escándalo sobre la trama de Leire Díez.

Acerca de los problemas de la justicia, he escrito en numerosas ocasiones en las páginas de La Vanguardia. Hay cada vez más personas convencidas de la existencia de lawfare (utilización de la ley con fines políticos) o, al menos, de un doble rasero en los casos políticos. Lo más inquietante es descubrir la connivencia entre iniciativas de las fuerzas de seguridad (de la UCO o de la UDEF) y los jueces de instrucción. Se dan por definitivas las informaciones de la policía aun cuando se han detectado numerosos errores e invenciones (casi siempre en la misma dire­cción). En los últimos años hemos visto causas judiciales que producían vergüenza ciudadana (las de los García-Castellón, Escalonilla, Peinado, el Tribunal Supremo condenando al fiscal general del Estado, etcétera).

El origen de muchos de estos problemas se encuentra, como antes he dicho, en una transición política que no tocó los aparatos de Estado. Lo interesante, sin embargo, es que con el paso del tiempo se ha producido una diferencia entre el ejército, la policía y la justicia. El ejército se ha modernizado y ha superado sus vicios intervencionistas o golpistas. Hoy no plantea un problema para la gobernación del país. En cambio, la policía y la justicia siguen involucradas en prácticas que se alejan de lo que cabe esperar en un Estado de derecho democrático. ¿A qué se debe esta diferencia?

Para responder a esta pregunta, hay que recordar la integración de nuestro ejército en la OTAN, así como su participación en numerosas misiones internacionales. Creo que esa apertura al exterior y el aprendizaje de las normas y valores que rigen en otras latitudes ha sido fundamental en la normalización de las relaciones entre el ejército y el poder político en España. En cambio, policías y jueces siguen inmersos en las peores tradiciones carpetovetónicas, impregnados por un fuerte corporativismo y sin entender del todo su papel en una sociedad democrática.

Hace falta que entre aire fresco, huele a cerrado en esos cuerpos. Los ministros del Interior y de Justicia de la época democrática o no se han atrevido a realizar una reforma en profundidad o han visto cómo se bloqueaba todo intento de cambio. Un cambio mínimo como el que ha propuesto el actual ministro de Justicia, Félix Bolaños, consistente en introducir una prueba escrita en las oposiciones a juez, ha provocado una reacción airada en la mayoría de los jueces, acusando al Gobierno de querer “someter” la justicia a su control. Que hayamos llegado a ese punto de ridiculez muestra mejor que ninguna otra cosa el coste de no haber hecho bien las cosas en su momento. José Ignacio Sánchez-Cuenca es politólogo. La Vanguardia, 13 de junio de 2026.



























DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY SÁBADO, 13 DE JUNIO DE 2026

 




























DEL ARCHIVO DEL BLOG. DÍAS DE PLAYA, POR ANA MERINO. PUBLICADO EL 11 DE JUNIO DE 2018

 






Cada inmigrante que llega a nuestras playas arrastra una historia espeluznante. Todos esos náufragos llegan a nuestras costas anhelando rehacer sus vidas en Europa

Con el sol y los días de playa llegarán más pateras, más barcazas, más lanchas… llenas de personas exhaustas por un angustioso viaje. Atrás dejarán sus gentes, sus raíces, sus culturas, sus tierras. Lo tendrán que abandonar todo en un impulso desesperado que les obligará a intentar una aventura peligrosa y trágica. Cada inmigrante que llega a nuestras playas arrastra una historia espeluznante. Hambre, guerras, violencia, miedo, dolor, pobreza, represión, corrupción, expolio. Las espectaculares rutas que emprenden sin equipaje suman un mapa de muchos países con historias muy ligadas a la nuestra y tradiciones milenarias. Si pudieran, se quedarían en sus casas. El tiempo de los grandes exploradores ya ha pasado. No buscan descubrir otros horizontes ni abrir rutas de las especias. No son los descendientes de Marco Polo o de Colón.

Son hombres y mujeres de países en ruinas, de lugares olvidados, heridos, masacrados, destruidos. Vienen de regiones que necesitan ayuda urgente, infraestructuras y oportunidades, apoyo y logística, garantías democráticas, derechos humanos, libertad, paz, prosperidad y justicia. Todos esos náufragos que llegarán a nuestras costas anhelando rehacer sus vidas en Europa se quedarían en sus casas si sus países tuvieran la misma estabilidad y oportunidades que tenemos nosotros.

¿Cuándo vamos a desarrollar planes eficientes de apoyo y creación de infraestructuras que tengan un impacto real sobre esas regiones relegadas? Contemplamos la desesperación de la humanidad desde nuestras sombrillas, tumbonas y toallas; vemos con estupor el paisaje del sufrimiento humano golpeado por las olas del mar. Y tanta miseria nos tiene que obligar a ser contundentes y presionar a nuestros políticos para que asuman responsabilidades y busquen soluciones internacionales comprometidas y conjuntas que traten de apoyar a esas gentes y a sus países. Los náufragos de nuestras costas solo sueñan con la sencilla felicidad de una vida tan digna como la de un europeo.

Disuadirles para que no vengan significa apostar e invertir en un desarrollo sostenible en sus países, en una defensa de sus derechos y oportunidades, y unas garantías de estabilidad política que les permitan poder progresar y sentirse seguros en sus tierras. Necesitamos planes europeos que elaboren programas sólidos que ayuden a atajar las razones que obligan a tantas personas a emprender estos desesperados periplos. Conocer el origen de su sufrimiento y sus circunstancias, ayudar a cambiarlas, es infinitamente mejor y más humano que construir muros y bloquear fronteras. Ana Merino es escritora. El País, 11 de junio de 2018.























DEL POEMA DEL DÍA. HOY ESTOY FELIZ CON LAS SÁBANAS DE LA VIDA, POR ANNE SEXTON






 

HOY ESTOY FELIZ CON LAS SÁBANAS DE LA VIDA



Hoy estoy feliz con las sábanas de la vida.

Lavé las sábanas.

Tendí las sábanas y las vi

aletear y elevarse como gaviotas.

Cuando estuvieron secas las descolgué

y hundí mi cabeza en ellas.

Todo el oxígeno de la tierra en ellas.

Todos los pies de todo los bebés del mundo en ellas.

Todos los calzones de todos los ángeles del mundo en ellas.

Todos los besos mañaneros de Filadelfia en ellas.

Todos los juegos de saltar pintados sobre las aceras en ellas.

Todos los caballitos hechos de trapo en ellas.


Así que esto es la felicidad—

ese agente viajero.



ANNE SEXTON (1928-1974)

poetisa estadounidense




***




Anne Sexton (1928 - 1974) fue una destacada escritora estadounidense con una obra que gira en torno al análisis de la identidad, la vida y la muerte. Su estilo confesional la hizo bastante popular y llegó a recibir el Premio Pulitzer en 1967. Aunque luchó durante toda su vida con problemas de salud mental, en estos versos intenta buscar la felicidad en las cosas más sencillas de la existencia diaria. De este modo, lavar las sábanas sirve como un acto de limpieza para la hablante que es capaz de observar con otros ojos la realidad. Así, la felicidad se convierte en un ente viajero, es decir, una emoción que aparece en distintas situaciones y momentos del recorrido vital del ser humano.














DEL ASUNTO DEL DÍA. ESPAÑA NO LE TIENE MIEDO A CHINA, POR MIGUEL OTERO IGLESIAS, 13 DE JUNIO DE 2026

 





La política internacional ha entrado en una fase en la que todos los caminos parecen conducir a Pekín. Las recientes visitas de Donald Trump y Vladímir Putin a China no son episodios aislados, sino síntomas de una realidad más profunda: China se ha convertido en el centro de gravedad de la geoeconomía y la geopolítica mundial. Estados Unidos compite con ella, Rusia depende cada vez más de ella y Europa tiene que adaptar su estrategia. La cuestión no es si hay que relacionarse con China, sino cómo hacerlo.

España ha optado por una vía pragmática y, en los tiempos polarizados que corren, eso levanta sospechas. España habla con Pekín, atrae inversión china y busca oportunidades en sectores como el vehículo eléctrico, las baterías, las energías renovables y la logística. Algunos en el norte de Europa interpretan esta actitud como ingenua. Se equivocan. España no está abrazando a China sin condiciones. Está intentando convertir una relación inevitable en una palanca para reforzar su base industrial y aumentar su peso dentro de Europa.

China no es un mercado más. Es la segunda economía del mundo, el mayor productor industrial del planeta, un actor dominante en tecnologías verdes y un nodo central de las cadenas globales de valor. Pretender aislarla por completo sería costoso e irrealista —hasta Trump se ha dado cuenta de ello. Pero aceptar pasivamente sus excedentes industriales, sus subsidios masivos y su difícil acceso a su mercado sería imprudente. La estrategia correcta no está en el cierre ni en la apertura acrítica, sino en una interdependencia más equilibrada.

Por eso España no debe oponerse a que la Unión Europea adopte una posición más firme frente a China. Bruselas debate estos días cómo reforzar sus barreras ante la sobrecapacidad china, especialmente en sectores industriales y tecnológicos. Esa discusión es necesaria. Europa no puede permitir que sus empresas compitan en condiciones desiguales mientras el mercado chino sigue siendo mucho menos abierto que el europeo. Hay que reducir el déficit comercial, exigir reciprocidad real y utilizar los instrumentos de defensa comercial cuando existan prácticas distorsionadoras.

Ahora bien, una Europa más firme no debe confundirse con una Europa más cerrada. Más que de-risking, necesitamos disuasión económica, aunque China tome represalias. Porque incluso si llegásemos a una guerra comercial, los aranceles y las nuevas condiciones de acceso pueden tener un efecto positivo: aumentar los incentivos para que las empresas chinas produzcan dentro de la Unión. Si China quiere vender en Europa, debe producir más en Europa. Y si produce en Europa, España debe aspirar a que una parte importante de esa producción se localice aquí.

La confirmación de que SAIC, dueña de la marca MG, instalará una planta de coches en Ferrol ilustra esta lógica. No se trata solo de una inversión china más. Es una señal de que la presión regulatoria europea puede inducir localización productiva, empleo y arraigo industrial. También demuestra algo políticamente relevante: la relación de España con China no es ideológica. El Gobierno central socialista y la Xunta de Galicia gobernada por el Partido Popular han trabajado en la misma dirección. En este ámbito sí que hay una estrategia de país.

España tampoco llega aquí sin experiencia. Ya vivimos el primer China shock. Sectores como el textil, el calzado, la energía solar o parte de la industria manufacturera sufrieron la competencia china con dureza. Pero la respuesta no fue levantar un muro imposible, como pedían algunos. Hubo costes, cierres y reconversiones, pero también adaptación. La economía española siguió abierta, atrajo inversión, desarrolló servicios avanzados, consolidó capacidades industriales y mantuvo una fuerte inserción en cadenas globales. El proteccionismo absoluto habría empobrecido al país.

Esa experiencia importa. España sabe que la apertura sin estrategia puede generar vulnerabilidades, pero también que la inversión extranjera bien gestionada puede dejar valor en el país. Buena parte de la modernización industrial española se ha construido así: con capital, tecnología y empresas extranjeras. ¿Por qué debe ser diferente con China? La pregunta no es si debe entrar inversión china, sino bajo qué reglas.

Esas reglas deben ser claras. La inversión china debe aportar empleo local de calidad, integración de proveedores españoles, formación, transferencia de conocimiento y cumplimiento estricto de las normas laborales y medioambientales europeas. También debe someterse a mecanismos de control cuando afecte a sectores sensibles. Hablar con China no significa vender activos estratégicos sin vigilancia. Significa negociar con una superpotencia difícil desde una posición de interés propio y coordinación europea.

El objetivo final debe ser reforzar la autonomía estratégica europea. Para ello, Europa necesita proteger sectores críticos, invertir más en tecnología propia, completar su mercado interior y profundizar en la unión fiscal y política. Pero también necesita aprender a utilizar las capacidades y los productos chinos cuando sirvan para acelerar su transición industrial y energética. Frente al pánico instalado en los países del norte más sometidos al China Shock 2.0, España puede aportar al debate una mirada menos defensiva.

No tener miedo a China no significa ser ingenuos. Significa entender su poder, reconocer sus riesgos y negociar mejor. España debe apoyar una Europa más exigente con Pekín, pero también defender que la firmeza sirva para atraer producción, empleo y tecnología. En un mundo en el que todos miran hacia China, la peor estrategia sería encerrarse en el proteccionismo. La historia de España así lo demuestra. Miguel Otero Iglesias es investigador principal para la Economía Política Internacional del Real Instituto Elcano. El País, 12 de junio de 2026.



























BUENOS DÍAS. SALUDOS EN LAS LENGUAS DE MI PATRIA. HOY SÁBADO, 13 DE JUNIO DE 2026, EN CASTELLANO

 







Hola, buenos días de nuevo a todos y feliz sábado. Hermoso gesto el de ayer tarde del rey Felipe para con el papa León: cederle su propio avión para que pudiera volar a Roma sin más demora, tras el fallo de los motores del avión de Iberia que debiera haberle trasladado de vuelta. Salvo esa anécdota final, el viaje pastoral del Papa a España, con su etapa final en Canarias, ha sido un éxito y un baño de multitudes, tanto en Madrid y Barcelona, como en las islas de Gran Canaria y Tenerife. Un viaje centrado, en esta última etapa, la de las islas Canarias, en el asunto, incómodo para algunos, insufrible para otros, de la inmigración. Con un gobierno socialista por una parte, que la defiende y una oposición cerrada de la derecha y la extrema derecha, española y europea, que la rechaza sin vergüenza, algo, la vergüenza, de las que ambas, la derecha española y la europea, carecen. De vergüenza y de sentido de la humanidad, de ambas también. Tamaragua, amigos míos. Que la diosa Fortuna y las benevolentes Moiras les sean favorables. Que pasen un buen día. Espero que las entradas del blog de hoy sean de su interés. Y nos vemos mañana de nuevo si la diosa Fortuna lo permite. Por cierto, ayer, 12 de junio de 2026 se cumplieron 41 años de la entrada de España en la Unión Europea. Feliz aniversario a todos mis compatriotas canarios, españoles y europeos. HArendt

























ENTRADA NÚM. 10772

viernes, 12 de junio de 2026

BONES NITS, FELIÇ DESCANS I DOLÇOS SOMNIS. AVUI DIVENDRES, 12 DE JUNY DE 2026, EN CATALÀ

 





Hola de nou, amics. Bona nit, feliç descans i dolços somnis a tots aquesta nit de divendres, del 12 al 13 de juny del 2026. Acaba la visita pastoral del papa Lleó XIV a Canàries i Espanya amb anècdota final. Va viatjar a primera hora de l'illa de Gran Canària a la de Tenerife, per reunir-se amb els migrants acollits al centre d'internament de Las Raíces: L'estranger d'ahir pot ser el germà i veí d'avui, els ha manifestat amb èmfasi, i clama contra els que s'aprofiten de la desesperació, retenen documents i exploten treballadors, recordant-los. Els canaris valoren el Papa, però la migració és una altra cosa: El problema és a l'Àfrica, no aquí, li han dit. Després, visita al Bisbat de La Laguna i missa al port de Santa Cruz de Tenerife. I la sorpresa final: El motor de l'avió del papa Lleó XIV ha fallat, i davant dels dubtes sobre la seguretat de l'aparell, el rei Felip VI, que havia viatjat a Tenerife per acomiadar-se'n, li ha cedit el seu propi avió perquè volés de tornada a Roma. Gràcies, Sa Santedat, Espanya i Canàries us agraeixen la vostra visita i les vostres paraules. Això de la immigració, per desgràcia, és una altra cosa. Tamaragua, amics meus. Que la deessa Fortuna i les benvolents Moiras els siguin favorables. Fins demà. Els vull. Petons. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. LA NIÑA Y LA IA, POR SANTIAGO ALBA RICO. 12 DE JUNIO DE 2026

 





Hace unos días, en un vuelo a São Paulo, entré en el avión muy tarde y, cuando llegué hasta mi plaza, había en el asiento una niña. No era una aparición. Se llamaba Antonela. Era una niña minúscula y morena, de pelo crespo y ojos negrísimos, vestida con un pijama peludo de color rosa tachonado de estrellitas blancas. Tenía un año y medio y viajaba a Brasil con su mamá de vuelta a casa tras haber visitado a unos parientes en Portugal. Al ver a Antonela, que me miraba fijamente, no pude dejar de sucumbir a su desarmante belleza, pero tampoco dejar de pensar con una cierta contrariedad: “Qué viaje tan difícil me espera”.

No lo fue. Para alivio de su madre, orgullosa y cansada, Antonela acabó sentada entre los dos asientos, jugando alternativamente con cada uno de nosotros. Me tocaba el hombro y con elocuente riqueza de gorjeos y gorgoritos me pedía que liberara su cinturón de seguridad para —una y otra vez, infancia incansable— reenganchar hábil y trabajosamente la lengüeta en la hebilla. Yo me había reservado para el viaje la lectura de la encíclica papal Magnifica humanitas, que me mantenía muy concentrado, pero no me molestaba su juego. Al contrario: cada vez que me interrumpía, vivía su presencia a mi lado como una ilustración de las tesis del texto, que han sido siempre las mías: los límites y la fragilidad del ser humano, digamos, “no son un error a corregir” sino la condición de su “florecimiento”. ¿Puede imaginarse una fragilidad mayor que la de una niña de 18 meses a 10.000 metros de altura, lanzada por el aire en un huevo de acero? ¿Puede imaginarse un límite más acertado e insuperable, más preñado de florecimientos, que una niña que interrumpe con su dedo nuestros pensamientos? ¿Alguien osaría considerar a Antonela “un error a corregir”? Sólo un supercriminal se atrevería, en efecto, a matar a un niño (no digamos a 20.000), pero esa superhumanidad del asesino prueba justamente la relación ontológica entre la humanidad y los límites.

Así que la primera parte de mi viaje a Brasil la pasé leyendo la encíclica papal al lado de una magnifica humanitas, viva y morena, que me interrumpía cada tres minutos para explicarme en su idioma de gorgoritos lo que yo estaba leyendo. De esta manera, Antonela y la encíclica se han acabado mezclando en mi recuerdo, y ahora, al abordar su contenido, no puedo separarlas.

Cuando pensamos en la inteligencia artificial (IA) y en esta nueva encrucijada civilizacional, conviene que nos hagamos —quiero decir— dos preguntas al mismo tiempo: qué cosas aún podemos hacer mejor que la IA y qué cosas conviene que sigamos haciendo, aunque la IA las haga mejor que nosotros. En general, suele preocuparnos más la primera cuestión, como si se tratase de una competición en la que el perdedor quedara para siempre fuera de juego. Digamos la verdad: esa competición ya la hemos perdido. La IA lo hace ya todo mejor que nosotros: calcular, recordar, sintetizar proteínas, fabricar bombas, hacer planos, pintar, redactar ensayos, incluso escribir poemas (o pronto lo hará). Puede hacerlo todo porque todo se lo hemos enseñado nosotros y puede hacerlo todo mejor porque sus recursos cerebrales, al contrario que los nuestros, son infinitos. ¿Todo? Bueno, hay dos cosas que de momento nosotros todavía sabemos hacer y ella no: tener infancia y morirnos.

¿En qué consiste la infancia? En la alegre y trabajosa adquisición de un cuerpo humano en el choque con la luna y con la madre, con los monstruos nocturnos y con los adultos diurnos. ¿Podemos concebir una inteligencia sin infancia? ¿Sin traumas? ¿Sin la insaciable nostalgia de una caricia? Una inteligencia quizás sí; una inteligencia —aún más— podría memorizar todos los traumas de la humanidad y utilizarlos en una conversación para convencernos de su humanidad; podría incluso fingirse niña (y balbucear gorgoritos) para enternecernos, como nos enternecen los bebés de las películas. Eso es lo que llamamos un psicópata, capaz de remedar los sentimientos humanos para explotarlos o aniquilarlos. Pero si la inteligencia puede disociarse de los cuerpos, los niños no. La infancia es, sobre todo, la presencia corporal de una vulnerabilidad sagrada que mantiene en el mundo el vicio de cuidar. Madre puede ser cualquiera (incluso un hombre, incluso una loba), pero siempre en relación con un cuerpo que nos toca con el dedo y que no nos deja ser sencillamente inteligentes.

¿Y morirse? ¿Qué ventajas tendría morirse? Lo he escrito otras veces: al menos tres: el pensamiento, el amor y la risa. Gracias a la muerte, podemos pensar, esa cosa que, exclusivamente humana, los humanos hacemos raramente y que, si nos fiamos de Hannah Arendt, sólo sirve para desactivar los protocolos y los excesos de la inteligencia; algunos lo llaman todavía ética o moral. Gracias a la muerte, podemos también amar, ese doloroso interés en la existencia del otro que nos salva de nosotros mismos. Y gracias a la muerte, podemos permitirnos la risa, que es el derecho de los frágiles a tratar en pie de igualdad —y recordárselo— a los que también van a morirse. El pensamiento, el amor y la risa son a su vez las condiciones de la justicia, que Zeus concedió a los humanos desvalidos porque no tenían caparazón como las tortugas ni garras como las águilas ni pinchos como los erizos.

Ahora bien, defender nuestra humanidad no significa sólo defendernos de la IA (o ella o nosotros, en un juego de suma cero); significa seguir haciendo gestos humanos, aunque la IA pueda hacerlos mejor que nosotros. Está bien que haya lavadoras inteligentes que liberan tiempo de ocio y estaría mejor que empleáramos ese tiempo emancipado en algo propio, individual, al margen del ocio proletarizado de la vida digital. Hay máquinas en las que es bueno que deleguemos algunas de nuestras fatigas cotidianas. Pero tenemos que seguir queriendo que nadie, ni cuerpo ni máquina, cuide a nuestras niñas en nuestro lugar. Supongamos que pudiéramos sustituir a las madres por robots; no seríamos ni más felices ni más libres. Nos olvidaríamos sencillamente de cuidarnos. ¿Y la escritura? Hace ya casi dos siglos que por primera vez una locomotora fue más deprisa que un ser humano. No por eso hemos dejado de correr: hacemos footing, corremos maratones y celebramos campeonatos de atletismo en los que no dejamos participar a los bólidos de la fórmula 1. Del mismo modo, cuando la IA escriba mejor que nosotros, tendremos que seguir escribiendo nuestras propias frases. ¿Y por qué crear nuestras propias frases? Porque de otro modo nos olvidaríamos de hablar, esa facultad que nos distingue del resto de los animales. Si el lenguaje dejara de ser nuestro, entonces no podríamos ni alegrarnos ni defendernos ni rebelarnos.

Antonela y su pijama peludo nos recuerdan lo que somos: combinaciones chapuceras, frágiles y analógicas, de carne y de palabra. Ahí deben caber todos los mortales. Y si finalmente una IA corporizada consiguiese ser madre y ser niña y morirse y pensar y amar y reírse, entonces la IA habría sido vencida por la humanidad, y la humanidad así extendida tendría que proteger del racismo y de la explotación a las nuevas máquinas humanizadas. La batalla es esa: o dignidad humana aplicada a todos los que sufren o desaparición de la humanidad en la inteligencia abstracta del poshumanismo. Que cada uno elija su campo. Yo no tengo dudas: apuesto por Antonela y su dedito de flor, subversivo como un beso, fecundo como un soneto. Santiago Alba Rico es filósofo. El País, 11 de junio de 2026.