jueves, 23 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. ARGENTINA PERDIÓ APOSTA: LA ÚLTIMA CONSPIRACIÓN, POR MANUEL JABOIS. 23 DE JULIO DE 2026

 






Abrió este martes el Olé, primer diario deportivo argentino, con la contestación de Lionel Scaloni a las teorías de la conspiración que circulan por las redes. “No tengo redes”, despachó el entrenador que, cuando le informaron de esas teorías, dijo algo así como que la cabeza ya se va a cualquier parte. A mí me queda una red, sin embargo, y el algoritmo ha sido generoso conmigo: me ha suministrado material de la mejor calidad. Presentadores televisivos (marginales, espero), podcasters, blogueros y, por supuesto, comentaristas de cualquier post conspirativo, han decidido que la FIFA reclamó de Argentina, “igual que en Italia 90”, que perdiese la final. Así se explica que Messi dijese en la arenga “olvidémonos de todo” (de la exigencia horas antes de que se dejasen perder, ¿a qué podía referirse si no?). Las teorías también justifican que Argentina no disparase a puerta, no tuviese la pelota, y jugase tan mal. Todo ello, claramente imposible en circunstancias normales, tuvo que deberse únicamente a que se les pidiese “desde arriba” que no compitiesen. Más que el poco respeto a España, que ya había barrido a Francia del campo antes que a Argentina, sorprende el poco respeto a su selección por parte de los aficionados más zumbados. No se han ahorrado explicaciones con videos interesantísimos: un pase malo, una carrera a la que Unai Simón llega antes que Messi al balón, una posesión que avanza y retrocede (“por orden de la FIFA”). No quiero desmontar semejante teoría (es imposible: si crees algo así, quién te va a parar), y estaría bien incluso que se ampliase y documentase porque en verano todos tenemos derecho a divertirnos. Pero me ha llamado la atención, de nuevo, la polarización que promueve el algoritmo y terminan recogiendo, a su pesar, medios tradicionales: cómo los tarados de cada país son premiados de forma masiva e instantánea y alcanzan millones de reproducciones hasta que uno cree que Argentina está llena de ellos, cuando en realidad son unos pocos moviéndose muy rápido. Y así con todo y todos en todas partes. Manuel Jabois es escritor. El País, 22 de julio de 2026.





















DE LAS VIÑETAS DE HUMOR DEL BLOG DE HOY JUEVES, 23 DE JULIO DE 2026

 































DEL ARCHIVO DEL BLOG. LIBERTAD DE PRENSA, POR HARENDT. PUBLICADO EL 23 DE JULIO DE 2009

 







Se me hace muy cuesta arriba no pensar que la actual y beligerante línea dura de crítica a la persona y a la política del presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, por parte de los medios de comunicación de PRISA, no responde a un enfado de la empresa editora de dichos medios a cuenta de la afección del presidente, más que aparente, hacia la empresa editora del diario "Público" y la cadena de televisión "La Sexta". Nada que objetar a que PRISA defienda sus intereses empresariales, dentro de la ley, como mejor le parezca. Incluso criticando la política de aparente (o real) favoritismo gubernamental hacia otra empresa competidora de PRISA. Eso es legítimo, guste o no guste. Pero el caso es que tampoco quiero poner en duda que la línea editorial de un periódico de una trayectoria democrática tan clara como la de "El País" no va a dejarse supeditar a los intereses empresariales de sus dueños.

El pasado día 20 la Defensora del Lector de "El País", Milagros Pérez Oliva, ante la avalancha de críticas recibidas por el periódico, pidió al director del mismo que expusiera ante los lectores su versión de los hechos. Más adelante pueden leer el artículo de la Defensora del Lector y las explicaciones del director de "El País", Javier Moreno, en defensa de la independencia del periódico sobre su propia empresa editora. Yo, por mi parte, destacaría el párrafo final de la Defensora del Lector: "Cuando la sospecha se instaura en el ecosistema mediático, no sólo afecta a la credibilidad del medio que está bajo escrutinio, sino a la del periodismo en general. Y crea desafección. Alimenta un discurso según el cual, parece normal que un Gobierno, del signo que sea, quiera tener medios afines y utilice para ello los resortes del poder; y también, que los operadores respondan a este juego utilizando su influencia para defender sus intereses empresariales. El resultado de este discurso es una idea de efectos letales: la de que todos son iguales, los gobiernos y los medios. Demostrar lo contrario es, pues, un imperativo democrático".

Expuestos los términos, habrá que estar al examen minucioso y atento de los hechos. pues a fin de cuentas, son éstos los que cuentan y no las opiniones que nos hagamos de ellos. Entre los columnistas habituales de "El País", diría yo que de momento hay división de actitudes. La de hoy, del escritor Juan José Millás, en un artículo titulado "La cacería", parece bastante clara. Lo pueden leer más abajo. En todo caso, ustedes juzgarán. Les dejo con una frase, que cito de memoria, del que fuera tercer presidente de los Estados Unidos de América, Thomas Jefferson: "Si tuviera que decidirme entre un régimen de gobierno en el que no hubiera periódicos, y otro régimen en el que hubiera periódicos y ningún gobierno, sin duda alguna optaría por el segundo". La viñeta del final, de Forges, se publicó en "El País" del 23 de julio pasado. Sean felices, por favor. Tamaragua, amigos. HArendt


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"EL PAÍS y Zapatero: una crítica incómoda", por Milagros Pérez Oliva. 

EL PAÍS - Opinión - 20-09-2009

Un editorial crítico con el presidente desata un aluvión de interpretaciones sobre las relaciones de PRISA con el Gobierno. El director niega un giro en la línea editorial del diario.

A los diarios les gusta más dar noticias que ser noticia, y si algún día han de ser noticia, lo deseable es serlo por haber dado una gran exclusiva. Me perdonarán los lectores esta digresión inicial, que en realidad no es sino una confesión de incomodidad: el tema que voy a tratar incide sobre un debate público-mediático muy enconado en el que no todo es juego limpio y en cuyo epicentro se ha encontrado EL PAÍS de una manera que puede erosionar su credibilidad. La tormenta comenzó el pasado miércoles, con la publicación en portada de un editorial titulado En la pendiente, en el que se criticaba muy duramente la política del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en materia económica. Este artículo editorial y algunas informaciones recientes han sido interpretados como un viraje en la línea editorial del diario y como una ruptura entre los medios del Grupo PRISA y el presidente del Gobierno.

Que un diario critique la política económica del Ejecutivo no debería ser noticia. Es lo normal en una democracia. Pero a raíz de ese editorial se ha propagado la idea de que esta posición no es fruto del convencimiento, de un análisis independiente y libre de sus periodistas, sino de una estrategia empresarial del Grupo PRISA frente a decisiones del Gobierno que considera lesivas. El pasado 13 de agosto, en plenas vacaciones estivales, un Consejo de Ministros extraordinario aprobó, en contra del criterio del Consejo de Estado, la regulación de la Televisión Digital Terrestre de pago mediante un real decreto ley, instrumento que la Constitución reserva para casos de "extraordinaria y urgente necesidad". El consejero delegado de PRISA, Juan Luis Cebrián, publicó el día 21 de agosto un artículo titulado Un desatino en el que afirmaba que ese procedimiento constituía un abuso de poder. Cebrián no se oponía a la regulación de la TDT de pago, sino al procedimiento empleado, por considerar que favorecía a otro operador, Mediapro, con el que PRISA mantiene un largo litigio por los derechos del fútbol.

Que el máximo ejecutivo de un operador privado defienda sus intereses no debería ser tampoco noticia. Tiene todo el derecho a hacerlo. Pero la coincidencia entre la polémica sobre la TDT y la publicación del editorial crítico con el Gobierno ha propiciado que se instale en la opinión pública una sospecha que también ha hecho mella en los lectores. Algunos, como Joaquín Gasca Gil, J. M. Sala Franco, José Luis García Lorenzo o Pablo Requejo, se han dirigido a la Defensora para pedir explicaciones. Otros, como Javier Muñoz Álvarez, Enrique Casanova o Mariano García Pechuan, para comunicar, dolidos, que han dejado de serlo. Se consideran traicionados.

No forma parte de las atribuciones de la Defensora cuestionar la línea editorial del diario. Pero en la medida en que este editorial ha causado inquietud en algunos lectores y claro enfado en otros, le he pedido al director, Javier Moreno, que responda a sus inquietudes. Lo ha hecho extensamente, cosa que, dada la importancia del asunto, agradezco.

"No es cierto que se haya producido un viraje. La línea editorial de EL PAÍS no ha dado un giro de 180 grados a raíz de la aprobación de la TDT de pago a mediados de agosto. Ése es un relato que no encaja con los datos, que son siempre más tozudos que las opiniones. Y en este caso, los datos están a disposición de todos, en la hemeroteca del periódico, accesible a los lectores en elpais.com. Difícilmente un lector atento, que haya seguido con interés la cobertura de la crisis económica en EL PAÍS, habrá pasado por alto alguno de los titulares y editoriales que no encajan con la polémica que se trata de establecer, en mi opinión artificialmente".

"Sin ánimo de ser exhaustivo, citaré sólo tres: la primera que recuerdo fue el 4 de enero de 2008. Ese día EL PAÍS tituló a cuatro columnas en primera página: La economía acosa a los socialistas a sólo dos meses de las elecciones. El 25 de marzo pasado, también abriendo el periódico y a cinco columnas (lo máximo que permite el diseño), titulamos: El paro desborda al Gobierno a propósito de la cifra de paro conocida el día anterior, que por primera vez superaba los cuatro millones de desempleados; acompañaba a la información un editorial (Estado de alarma) que arrancaba en la primera página y en cuya primera frase se decía que la gestión del Ejecutivo en esta materia era "un rotundo fracaso". El 3 de agosto de 2008, el titular de la portada del suplemento Negocios tenía sólo tres palabras: Suspenso al Gobierno".

"No es ningún secreto que la decisión del Gobierno sobre la TDT ha merecido las críticas de EL PAÍS. También Juan Luis Cebrián, consejero delegado de PRISA, editora del periódico, ha expresado su opinión negativa (y por tanto la de la empresa) en un artículo de opinión el pasado agosto. Así que resulta también difícil de sostener que el diario maneja una agenda oculta a sus lectores. ¿Resultan más duras, por emplear un calificativo usado por algunos de ellos, las informaciones y editoriales sobre Zapatero y la crisis a la vuelta del verano? Sin duda. ¿Responde esto a un deterioro objetivo y cuantificable de la situación económica (paro, déficit, titubeos sobre el alza de impuestos)? Sí, también sin duda. ¿Supone un giro copernicano (donde antes apoyábamos sin fisura ahora atacamos sin fundamento)? Rotundamente no, según los datos a disposición de todos en la hemeroteca. ¿Alguna de las informaciones objeto de la polémica son falsas o utilizan torticeramente los datos en los que se basa la información para engañar al lector? Nadie, ni siquiera los lectores más críticos, utiliza este argumento. EL PAÍS y el Grupo PRISA pueden juzgar con dureza una decisión concreta del Gobierno, pero ello no va a cambiar la cobertura general, ni en un sentido ni en otro. ¿Aceptarían los lectores a partir de ahora una visión más "amable" de la crisis que azota España sólo para evitar suspicacias? ¿Sería esto compatible con la misión y la obligación de un periódico independiente como EL PAÍS?".

"Finalmente, unas palabras en defensa del periodismo y de la dignidad de la Redacción y de todos los profesionales que hacen posible EL PAÍS. Yo soy el director y como tal, responsable último de sus informaciones y de la línea editorial, que se debate ampliamente en los consejos editoriales. Pero en este diario nadie escribe al dictado. Y algunos de los mecanismos de control que aseguran la calidad a los lectores (el Comité Profesional o la Defensora del Lector, que me ha pedido estas explicaciones) aún buscan parangón en el resto de la prensa española". Ésta es la explicación del director. Lo pernicioso de una situación como ésta es que ninguna decisión se libra de las suspicacias. Si un editorial es crítico, será interpretado como una presión o una venganza; si no lo es, como una concesión que espera recompensa. La frase con la que termina Ignacio Carbó del Moral su escrito a la Defensora me ha llevado a una reflexión que requería mucho más espacio. "Lamentablemente", dice, "sus únicos intereses no son mejores que los de cualquier otra empresa cuyo objetivo son las ganancias por encima de otros aspectos. Malos tiempos para el país y para EL PAÍS".

Cuando la sospecha se instaura en el ecosistema mediático, no sólo afecta a la credibilidad del medio que está bajo escrutinio, sino a la del periodismo en general. Y crea desafección. Alimenta un discurso según el cual, parece normal que un Gobierno, del signo que sea, quiera tener medios afines y utilice para ello los resortes del poder; y también, que los operadores respondan a este juego utilizando su influencia para defender sus intereses empresariales. El resultado de este discurso es una idea de efectos letales: la de que todos son iguales, los gobiernos y los medios. Demostrar lo contrario es, pues, un imperativo democrático.


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"LA CACERÍA", por Juan José Millás. 

EL PAÍS - Última - 23-09-2009

Tropecé en la calle con un amigo de izquierdas. ¡Voy corriendo a la cacería!, dijo invitándome a seguirle. ¿A qué cacería?, pregunté. A la de ZP, coño, vamos a darle una lección. ¿Pero por qué?, insistí trotando a su lado. Por algo de 400 euros, dijo él, cogiendo, al tiempo que corría, las piedras que encontraba por el suelo. Pero no se puede linchar a nadie por eso, dije yo. Y porque ha insultado a las mujeres con su visita a Villa Certosa, replicó él, y por algo de un cheque bebé, y porque es un inconsistente y un frívolo y un chavista y un radical de mierda...

A medida que avanzábamos se iban uniendo a nosotros grupos de personas vociferantes con adoquines en las manos. Había compañeros de La Razón y de El Mundo y de EL PAÍS y de Abc, y de todas las emisoras de radio y televisión, y hasta un colega de Público. Uno de los manifestantes arrastraba una cuerda gruesa en la que había practicado un nudo corredizo. ¡Paqui -gritó un abuelo a su hija-, trae a los niños, que va a haber un ahorcamiento! Pero por qué, insistía yo. Porque no ha colocado a Leguina, decía éste. Y porque ha regalado una TDT a sus amigos, decía aquél. Y porque odia a las clases medias, aseguraba el de más allá. Y porque quiere obligar a abortar a las niñas de 16 años, gritó el presidente de la Conferencia Estomacal (perdón, Episcopal), que apareció por una bocacalle seguido de un ejército de obispos entre cuyas faldas se ocultaban Rajoy y Cospedal y el presidente de los empresarios y el mandamás de las cajas de ahorro. Como yo no había recogido ninguna piedra, me preguntaron si era un estómago agradecido y dije que no, que no me había dado nada, pero no me creyeron. Escapé aterrado por un callejón, llegué a casa jadeando, cerré las puertas y las ventanas y hasta hoy. Joder, que no me atrevo a salir sin piedras por miedo a parecer un flojo.

























DEL POEMA DE CADA DÍA. DECENCIA PERDIDA, POR JORDI ETRESI

 






DECENCIA PERDIDA


 


La pasión es la droga cuya fuente es la intoxicación de emociones muy intensas


 


Todo el año como en rebajas tus prendas desaparecen en mis manos como por arte de magia, y toda garantía pasa por poderte ver desnuda una y otra vez.


 


Entre sinfonía de suspiros , jadeos, y voces susurrantes, nos habitarnos uno dentro del otro en nuestro refugio mas intimo de nuestros cuerpos tangibles.


 


Nuestra inercia y fricción de la piel se combinan perfectamente alimentando por placer dos sexos opuestos en un intenso orgasmo, a través de una sinuosa tempestad en llamas.


 


Así da gusto perder la decencia, como una cerilla pierde la cabeza al incendiarse, como tu y yo nos consumimos, al pensarnos, al querernos.


  


JORDI ETRESI

poeta español



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DEL ASUNTO DEL DÍA. NOSTALGIA DE LA DECENCIA, POR MANUEL CRUZ. 23 DE JULIO DE 2026

 





De un tiempo a esta parte hemos visto reproducidas hasta la saciedad, tanto en televisión como en prensa escrita, las palabras pronunciadas por José Luis Ábalos el 31 de mayo de 2018, cuando presentó la moción de censura contra Rajoy para “sacar de la política la corrupción”. El motivo de tan insistente recordatorio resultaba evidente: se pretendía denunciar la flagrante contradicción entre lo que dijo en sede parlamentaria el que luego sería ministro de Transportes y su conducta real, efectiva, tanto en el plano personal como en el político. No he visto recordadas, en cambio, otras palabras anteriores, pronunciadas concretamente en diciembre de 2015 por Pedro Sánchez en el histórico cara a cara electoral previo al 20-D que mantuvo con Mariano Rajoy, palabras que mantenían un inequívoco aire de familia con las anteriores. Reconozco que a mí me impactaron sobremanera, pero las reproduzco para quien no las recuerde: “El presidente del Gobierno tiene que ser una persona decente y usted no lo es [sic]”, le espetó el entonces candidato a la presidencia del gobierno al líder del PP.

Vaya por delante, para evitar enojosos equívocos, que lo que aquí me interesa no es deslizar, de manera más o menos subrepticia, algún tipo de paralelismo entre la situación de ambos dirigentes socialistas, como si de los dos se pudiera predicar una parecida contradicción personal y política. Lo que me interesa es algo muy distinto: resaltar lo que compartían las palabras tanto de uno como de otro, a saber, la apelación a la decencia. Porque tal vez la coincidencia tenga algo de reveladora del signo de estos tiempos que nos está tocando vivir.

Es muy probable que haya quien piense que precisamente uno de los rasgos que mejor define dichos tiempos es la crisis de valores, lugar común donde los haya en los debates éticos. Pero quizá convendría pararse a pensar un momento y plantear la posibilidad de que dicha crisis, cuya existencia nadie en su sano juicio puede negar, resulta susceptible de ser planteada bajo otra luz, distinta a la habitual. Se trataría de dejar de verla como el episodio casi terminal de un viejo imaginario colectivo agonizante, para pasar a considerarla como uno de sus rasgos más persistentes y que mejor da cuenta de su solidez. Dicho de una manera tan vertical como simplista: si no dejamos de hablar de crisis de valores es porque tenemos una clara conciencia de su rigurosa necesidad, de que sin ellos no resulta pensable una vida buena colectiva mínimamente digna.

A modo de refuerzo de esta afirmación se podría aportar el dato, contrastable sin el menor esfuerzo, de que el cuestionamiento de los valores socialmente más aceptados (como podría ser el de la decencia en la gestión de la cosa pública) nunca se hace en nombre de unos hipotéticos valores de signo contrario. De hecho, el reproche que con más frecuencia suelen recibir de parte de sus adversarios quienes apelan a los valores como criterio fundamental, indiscutible, de su práctica política es el de “buenismo”. Se trata de un reproche que no entra en el fondo del asunto, esto es, no cuestiona la idea de bondad en sí misma sino la función que se le hace desempeñar a la hora de tomar decisiones de trascendencia colectiva. Quien lo formula no apela a un valor alternativo sino a una particular manera de entender el principio de realidad.

Con otras palabras, este tipo de críticos no se presentan a sí mismos como unos cínicos carentes por completo de valores, sino como adultos maduros que, frente a la infantil ingenuidad de los buenistas, son plenamente conscientes de la desgarradora dificultad que en muchas ocasiones plantea intentar aplicar a la realidad los más excelsos criterios éticos. Uno de los avales de autoridad al que con más frecuencia recurren dichos críticos para legitimar su actitud es el de Max Weber, de cuya ética de la responsabilidad hacen una lectura pro domo sua, reduciéndola a un mero tener en cuenta las consecuencias de las propias acciones, sin atender a ninguna cuestión valorativa. En todo caso, repárese en que este recurso argumentativo, sustanciado en la fórmula “por responsabilidad” (tan utilizada por los profesionales de la política, en especial cuando se ven pillados en un renuncio), presenta un alcance limitado, al igual que le ocurre al de que el fin justifica los medios. Únicamente resulta de aplicación en aquellos casos en los que el abandono de los valores comúnmente aceptados se hace en nombre de la salvaguarda de los intereses colectivos.

Pero este mismo recurso argumentativo resulta del todo inaplicable para casos como los de corrupción económica, que constituyen un tipo de comportamiento de naturaleza por completo distinta a la de, supongamos, un mero incumplimiento programático. Es evidente que el corrupto desdeña cualquier consideración valorativa porque le importa única y exclusivamente su propio interés. De ahí que los episodios protagonizados por dicha figura representen devastadores proyectiles bajo la línea de flotación de las formaciones a las que pertenece, sin margen alguno de justificación. Porque en los casos de esta corrupción, en efecto, el consecuencialismo weberiano se vuelve en contra de sus usuarios, dado que no hay consecuencias prácticas más devastadoras para el vivir juntos que el imperio del egoísmo generalizado, del sálvese quien pueda en el que, inexorablemente, siempre termina salvándose el más fuerte. De ahí también que, frente a esto, la reivindicación de la decencia no se plantee en términos de un desideratum abstracto sino de una necesidad urgente, ineludible, inaplazable. Porque, por añadidura, dicha reivindicación no es vivida como un anhelo utópico, sino como la nostalgia por algo perdido. Aunque tal vez fuera más preciso decir por algo arrebatado.

Nada tiene de extraño, por regresar ya al punto de partida, que poder endosar al adversario la responsabilidad por dicha pérdida se haya convertido en un objetivo político de primer orden. El elogio de Zapatero por ser presuntamente el presidente bajo cuyo mandato no se había producido ningún caso de corrupción, elogio que en los últimos tiempos tanto gustaba de reiterar Pedro Sánchez, iba, sin duda, en esta dirección, la de extraer rendimientos electorales de la ética. El impoluto comportamiento atribuido al expresidente legitimaba la nostalgia de la decencia, sin por ello incurrir en ninguna variante de pasadismo, puesto que el que ya hubiera tenido lugar convertía en verosímil la posibilidad de recuperarla. Como resulta notorio, las imputaciones de las que recientemente ha sido objeto Zapatero en sede judicial han dado al traste con la formulación más interesada de semejante pretensión (la de que solo el sector político afín al expresidente podía protagonizar dicha recuperación). El jarrón chino, si es que alguna vez fue tal, ha caído de la peana en la que algunos le habían colocado. Ha quedado hecho añicos, sin la menor posibilidad de reconstrucción. Así la cosa, quizá deberíamos intentar minimizar el perjuicio, y aprovechar la experiencia para extraer de la misma alguna lección.

Constituiría un grave error reincidir en alguna de las actitudes más frecuentes en el pasado, con el desencanto o la desafección respecto a la totalidad del sistema en lugar muy destacado. La decepción provocada por la indecencia de la corrupción no falsea en absoluto la expectativa de eliminarla algún día, sino tan solo la selección equivocada que hemos hecho de los que debían efectuar esa tarea. Los cuales no están a la altura de la misma por el mero hecho de que la invoquen con énfasis, sino solo si son capaces de acreditar con su práctica que han interiorizado la exigencia moralizadora que la sociedad no cesa de reclamar. Y únicamente podrán hacerlo quienes, previamente, hayan entendido que la ética es, por definición, prepolítica. Manuel Cruz es catedrático de filosofía y expresidente del Senado. Es autor del libro Resabiados y resentidos. El eclipse de las ilusiones en el mundo actual (Galaxia Gutenberg). El País, 22 de julio de 2026.
























KAIXO, EGUN ON GUZTIOI ETA OSTEGUN ON, 2026KO UZTAILAREN 23A. GAUR EUSKARAZ

 






Kaixo, egun on guztioi eta ostegun on, 2026ko uztailaren 23a. Beroaz hitz egingo al dugu? Hobe ez, benetan. Eta politikariek beren gauzak egiten ari dira. Seinale ona da, dena normal jarraitzen du. Gaurko blogeko sarrerekin jarraituko dugu. Gaurko gaia Manuel Cruz filosofoak idatzi du eta "Duintasunaren Nostalgia" izenburua du; nik ere badut, ez nekien zenbat faltan botako nuen 81 urterekin. Gaurko poemaren izenburua "Duintasun Galdua" da, eta Jordi Etresi poeta espainiarrak idatzi du; poema hori gaurko aukeratzea ez da kasualitatea. Blogeko artxiboa 2009ko egun honetakoa da, blogaren egileak idatzi zuen eta prentsa askatasunari buruzkoa zen. Eta gaurko marrazki bizidunen ondoren, Manuel Jaboisek idatzitako afalosteko kafeak eguneko azken zentzugabekeriak kontatzen ditu: Argentinak bere burua galtzen utzi zuen, aginduak jarraituz... Noren aginduak, galdetuko duzue?... Ah, hori beste kontu bat da... Arratsaldeko sarrerak "Liburuen salmenta" du izenburua, eta Javier Melerok idatzi du; apur bat deprimigarria da, baina errealista. Egun batzuetan ezin dut lo egin nire emazteak eta biok hirurogei urteko ezkontzan eraikitako familiako liburutegiaren patuaz pentsatzen, inork itzultzen ez den bidaia horretatik abiatzen garenean... Eta azkenik, beti bezala, blogaren egileak eguneroko gau on desioak bidaltzen dizkie bere irakurleei, Zortearen jainkosaren eta Patu onenen onena opa die. Egun ona izan. Espero dut gaurko sarrerak interesgarriak izatea. Tamaragua, lagunak. HArendt















ENTRADA NÚM. 11178

miércoles, 22 de julio de 2026

BOAS NOITES, DESCANSADE E DOCES SOÑOS. HOXE, MÉRCORES, 22 DE XULLO DE 2026, EN GALEGO

 






Ola de novo, amigos. Boas noites, descansade e doces soños a todos esta noite de mércores a xoves, 22 e 23 de xullo de 2026. Espero que pasarades un bo día coas vosas familias e amigos. Grazas de corazón por pasarvos polo blog. Alégrame pensar que disfrutastes da vosa visita. Tamaragua, meus amigos. Que a deusa Fortuna e o benévolo Destino vos acompañen. Ata mañá. Quérovos. Bicos. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. DE LOS NO NACIDOS (Y DE LOS TODAVÍA VIVOS), POR SANTIAGO ALBA RICO. 22 DE JULIO DE 2026

 






Ahora que todos volvemos a leer a Hannah Arendt, es necesario mencionar que la idea central de su pensamiento político es la de “nacimiento”: la del comienzo como matriz generadora de historias imprevisibles que se trenzan en un tejido común. “A pesar de que todo el mundo comienza su propia historia, al menos la historia de su propia vida, nadie es su autor o su productor”, dice Arendt en La condición humana, recordando que la existencia siempre nos viene dada y siempre se inscribe en un mundo preconstituido que, sin embargo, gracias a esa novedad puede ser transformado. A Arendt le importaba mucho insistir en el “nacimiento” como lo más decisivo de la vida humana, y ello en clara ruptura con su maestro y amante Martin Heidegger, al que guardó hasta el final una fidelidad pugnaz. Nada resume mejor esta ruptura con el existencialismo (y su ser-para-la-muerte) que esta breve entrada de sus Diarios filosóficos: “Parece como si los hombres desde Platón no hayan podido tomar en serio el hecho de haber nacido, y solo se hayan tomado en serio el hecho de tener que morir”. Esa obsesión por la muerte y la inmortalidad, tan dominante hoy en la ideología de los tenebrosos tecnobros de Sillicon Valley, olvida, en efecto, la importancia política y filosófica del nacimiento. Si la “gran decisión de la filosofía contemporánea” es la disyuntiva entre el Ser y la Tierra, según la última obra del profesor Villacañas, no cabe duda que el énfasis natalicio de Arendt es una clara apuesta por la Tierra frente al Ser.

De todos los que aún no hemos muerto, es verdad, se puede decir que vamos a morir, pero también puede decirse —de todos sin excepción— que hemos nacido. ¡Que levante la mano el que no haya nacido! Hace un mes, en estas mismas páginas, escribía que la única cosa que aún pueden hacer los humanos mejor que la IA es morirse. Es cierto, a condición de que recordemos que la IA tampoco puede nacer. Y que, mientras no aprenda a nacer, y a nacer de otra vida, podrá contar historias, e historias bien trabadas, pero no introducir en el mundo nada radicalmente nuevo.

Pero cuidado. El caso es que los ya nacidos no nacemos una sola vez. Por ejemplo, hace unos días encontré a un amigo al que no veía hace mucho tiempo y que me contó que había sufrido un infarto fulminante, con tan buena suerte que se encontraba en ese momento en el hospital para una revisión rutinaria y los médicos pudieron salvarle la vida. “Es como si hubiera nacido de nuevo”, me dijo. Condenados a muerte, todos los días sobrevivimos a un posible infarto y a un posible accidente de coche y a una posible caída. Cada día que no nos morimos volvemos a nacer. Aún más: volvemos a parir. Porque todos, cada vez que no nos morimos, cada vez que nacemos de nuevo, contribuimos a asegurar las condiciones de re-nacimiento del mundo, con todas sus cursilerías y todas sus porquerías. Es verdad que las mujeres saben de nacimientos más que los hombres, pero los hombres también paren, al menos en el sentido de que pueden ayudar a sobrevivir a esos nacidos prematuros que somos todos los humanos; y a consolidar y transformar con sus acciones un mundo en ininterrumpida gestación.

De manera que, si nos fijamos más en el nacimiento que en la muerte, introducimos en nuestras vidas un permanente fondo de ingenuidad. No de optimismo, no, esa chuchería analgésica de la que con razón se burlaba Voltaire en la figura de Pangloss, absurdamente convencido de que vivimos en el mejor mundo posible y de que incluso las desgracias más atroces anticipan un mundo superior. No hablo de optimismo sino de ingenuidad en su sentido clásico, etimológico, ése que asociaba la idea de nacimiento a la de libertad originaria. Todos, quiero decir, nacemos libres todos los días, aunque quedemos enseguida atrapados en una red de obligaciones, trabajos, cuerpos y relaciones de poder. El optimismo es incompatible con el estado actual del mundo. La ingenuidad, en cambio, acompaña a todos los mundos posibles porque tiene que ver con la repetición de lo imposible: el gesto de la madre regañona que vuelve a cambiar los pañales al único hijo que ha sobrevivido a la guerra, el del maestro desengañado que sigue enseñando el alfabeto entre las ruinas, el del bombero misántropo que regresa entre las llamas del bosque incendiado; el gesto, en definitiva, de nacer y parir contra toda esperanza y toda racionalidad. Suspicaces y escépticas, todas las madres del mundo —de cualquier sexo y de cualquier género— sostienen el universo sobre sus espaldas. El optimista suele acabar desengañado y buena parte de los suicidas son, en realidad, optimistas descabalgados. Las madres —de cualquier género— no son optimistas y por eso no se suicidan; sencillamente nacen y paren y de esa manera, como decía Hannah Arendt, restablecen con sus acciones, una y otra vez, el mundo común.

Así que hay que defender la ingenuidad frente al optimismo y recordar cuáles son sus tres fuentes milagrosas de renovación: los niños, cuyas demandas no se pueden ni rechazar ni procrastinar; el trabajo, de cuya repetición fatigosa depende todo lo bueno y todo lo malo del ser humano; y la belleza, cuyas revelaciones efímeras (artísticas, poéticas, literarias) no sirven para “orientarnos” o “educarnos” o “volvernos virtuosos”: sólo sirven para hacernos imprescindible el mundo común.

Por eso, cuando hablamos del aborto incurrimos en un malentendido. Nadie tiene derecho a nacer y nadie tiene derecho a impedir un nacimiento. No hay ningún derecho de los no nacidos ni tampoco sobre los no nacidos. Existe, sí, el derecho de los nacidos a cuidados, ropa, alimentos, reparo; es decir, el derecho a una vida digna y el derecho más general a que, una vez nacidos, a los niños les esté esperando aquí un mundo y no un infierno. Y existe asimismo el derecho de cada mujer individual a decidir sobre su propio cuerpo, con las aporías éticas y psicológicas que acompañan a toda verdadera decisión. Pero ni nacer ni abortar pueden ser un “derecho”. Si aceptásemos la idea del “derecho a nacer”, habría que reconocer enseguida el derecho a nacer rico, blanco, sano, feliz, lo que —contrario a la idea misma de “nacimiento”— instituiría una eugenesia de clase y privaría a la mayor parte de las mujeres del derecho sobre su propio cuerpo. Como ha ocurrido a lo largo de la mayor parte de la historia.

En este sentido, la obsesión de la derecha con los no nacidos es coherente con su tendencia, en tantos casos, a desentenderse de los nacidos, a los que tratan, contra la caridad cristiana, como seres condenados a muerte. ¿Y por qué ocuparnos de criaturas que se van a morir? Paradójicamente, entre los mal llamados activistas pro-vida y esos antinatalistas que, invocando los males presentes, se niegan a traer más niños al mundo, existe esta concordancia: los dos se tratan a sí mismos y a las generaciones futuras como condenadas a muerte. No es justo: los nacidos merecen volver a nacer; los no nacidos merecen un mundo mejor que este.

Este artículo, dirigido contra el optimismo, se opone también al pesimismo. Recuerdo que Chesterton, hace ahora un siglo, defendía los cuentos de hadas en cuanto que transmisores de un doble mensaje: (1) los monstruos existen y (2) podemos vencerlos. Pues bien, el optimismo es negacionista: pretende que los monstruos no existen. El pesimismo es derrotista: pretende que no podemos vencerlos. La ingenuidad actúa una y otra vez, sin falsas ilusiones, como si la victoria sobre los monstruos estuviese —nunca mejor dicho— al alcance de la mano. Demos a luz de nuevo al mundo; volvamos a nacer un día más. Santiago Alba Rico es filósofo. El País, 21 de julio de 2026.