José Luis Martín, quien suele acompañar con sus chistes gráficos la página editorial de La Vanguardia, se inventó un personaje en los ochenta, Quico, el progre, que representaba a la generación que hizo la transición. No solo fue una tira de prensa, sino que acabó convertida en una serie de televisión, porque en ella se identificaban muchos barceloneses. El ilustrador se había inspirado en Narcís Serra, con su barba, sus gafas de pasta, sus camisas de cuadros y su modernidad. A medida que esa generación llegó al poder, empezaron a aparecer los críticos. El periodista Xavier Rius acabó escribiendo un libro, Contra la Barcelona progre, en que criticaba la capital catalana porque el progresismo, a su juicio, la había convertido en un lugar mejor para visitarla como turista que para vivir como vecino.
Esta obra se publicó hace quince años, pero en este tiempo ha emergido una nueva generación que piensa que lo del progresismo es una cosa de sus abuelos y de cuyos valores participaron sus padres, pero que a ellos les queda muy lejos. Eso es lo que detecta la encuesta de valores sociales que realiza cada cuatro años el Consistorio de Barcelona. En realidad, sus autores reconocen que se intuye un giro ideológico, con un repunte de actitudes individualistas y materialistas. En el total de encuestados, aún son mayoría los que se consideran progres, si bien se pone de manifiesto que los más jóvenes están en otra onda y han perdido el interés por la libertad, la igualdad o el feminismo.
Caen igualmente en picado los que se consideran pacifistas, ecologistas o multiculturalistas. Y lo peor, en veinte años ha caído un 13% el porcentaje de los que defienden la democracia como sistema político. Crece la desconfianza en la política y las instituciones, y se advierte una tentación de ciertos discursos autoritarios.
Pasqual Maragall, uno de nuestros progres preferidos, escribió que en el barcelonés coexistía el narcisismo y el sufrimiento, “aquello típico del Barça”, y que eso de estar en la frontera del ganar o perder es lo que nos hacía atractivos. El problema lo tendremos el día en que este equilibrio se rompa, porque el narcisismo por sí solo produce monstruos, como hemos descubierto tras el último relevo en la Casa Blanca. Màrius Carol es consejero editorial de La Vanguardia. 29 de julio de 2026.


No hay comentarios:
Publicar un comentario