En el episodio de la carreta de las Cortes de la Muerte, Don Quijote y Sancho Panza tropiezan con una compañía teatral: hay un actor disfrazado de la Muerte, otro de ángel, otro de emperador, etcétera. Don Quijote les aborda, les pregunta quiénes son y adónde van y, tras un lance con el actor caracterizado de diablo, recomienda a Sancho Panza que se lleve siempre bien con los comediantes, porque nos hacen un gran bien a todos poniéndonos ante un espejo de la vida humana, y le dice:
“Dime, ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, este el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales (…) Pues lo mismo acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura”.
Sancho Panza deja caer con malicia que ha oído muchas veces esta comparación –una manera simpática de Cervantes de reconocer que no es suya–, y dice que es como el juego del ajedrez, “que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio; y al acabarse el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura”.
Si el mundo es un teatro o un tablero de ajedrez, como estas ideas sugieren, unas vacaciones bien aprovechadas –para quien se las pueda tomar– también pueden ser un intervalo en la obra que representamos o un regreso temporal y saludable –nada que ver con la sepultura, toquemos madera– a esta bolsa en la que, cuando el juego se acaba, guardamos las piezas: una oportunidad para suspender la interpretación y mezclarnos con el resto de los actores sin sentirnos obligados a interpretar el papel que hemos elegido o nos ha tocado en este valle de lágrimas.
El hombre de negocios que está siempre atareado, con mil embrollos que atender, ahora puede hacer de marido, padre o amigo. La mujer que pugna por combinar la maternidad con una carrera profesional, puede dedicar todo su tiempo a sus hijos. Quienes se sienten aplastados por la rutina pueden entregarse a la aventura, y quienes tienen que viajar durante todo el año por imposición profesional pueden quedarse en casa. Con el cambio de hábitos y de entorno, de cama y de mantel, es la hora de retocar un poco el guion, de suspender las conexiones habituales y probar suerte con otras, de ponernos los cuernos a nosotros mismos, la hora de los amores de verano y de las confidencias nocturnas a desconocidos que quizás no volveremos a ver nunca.
A modo de juego, podemos sostener ideas distintas de las nuestras y hacernos pasar por seguidores del Real Madrid cuando somos culés a muerte, o abogar por más turismo cuando estamos persuadidos de que, para Catalunya, es un negocio ruinoso, o a la inversa. Se trata de probarnos las afinidades y convicciones ajenas, para darnos cuenta de que pueden ser tan razonables o tan absurdas como las nuestras. Es un ejercicio sano y puede ser muy instructivo. Los más atrevidos pueden incluso intentar defender las objeciones del Tribunal Supremo a la aplicación de la amnistía, a ver si logran convencer a alguien.
A veces, lo que más falta nos hace no es recuperar fuerzas, sino descansar un poco de nosotros mismos y no tomarnos tan en serio. Como escribió Jaume Perich, “el único animal capaz de reírse de sí mismo es el ser humano. No tiene ningún mérito: es el único que da motivos para ello”. Ahora es el momento. Ser siempre uno mismo puede acabar fatigando. No hay nada que temer: la máscara habitual nos esperará dentro de unas semanas en el mismo lugar donde la dejemos, con las obligaciones, responsabilidades e inquietudes que la acompañan. Si nos reímos un poco de ellas, tal vez nos pesarán menos. Carles Casajuna es diplomático. La Vanguardia, 25 de julio de 2026.



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