domingo, 26 de julio de 2026

REVISTA DE PRENSA DOMINICAL, 10. DESCANSAR DE UNO MISMO, POR CARLES CASAJUANA. 26 DE JULIO DE 2026

 





En el episodio de la carreta de las Cortes de la Muerte, Don Quijote y Sancho Panza tropiezan con una compañía teatral: hay un actor disfrazado de la Muerte, otro de ángel, otro de emperador, etcétera. Don Quijote les aborda, les pregunta quiénes son y adónde van y, tras un lance con el actor caracterizado de diablo, recomienda a Sancho Panza que se lleve siempre bien con los comediantes, porque nos hacen un gran bien a todos poniéndonos ante un espejo de la vida humana, y le dice:

“Dime, ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, este el mercader, aquel el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales (…) Pues lo mismo acontece en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura”.

Sancho Panza deja caer con malicia que ha oído muchas veces esta comparación –una manera simpática de Cervantes de reconocer que no es suya–, y dice que es como el juego del ajedrez, “que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio; y al acabarse el juego todas se mezclan, juntan y barajan, y dan ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la ­sepultura”.

Si el mundo es un teatro o un tablero de ajedrez, como estas ideas sugieren, unas vacaciones bien aprovechadas –para quien se las pueda tomar– también pueden ser un intervalo en la obra que representamos o un regreso temporal y saludable –nada que ver con la sepultura, toquemos madera– a esta bolsa en la que, cuando el juego se acaba, guardamos las piezas: una oportunidad para suspender la interpretación y mezclarnos con el resto de los actores sin sentirnos obligados a interpretar el papel que hemos elegido o nos ha tocado en este valle de lágrimas.

El hombre de negocios que está siempre atareado, con mil embrollos que atender, ahora puede hacer de marido, padre o amigo. La mujer que pugna por combinar la maternidad con una carrera profesional, puede dedicar todo su tiempo a sus hijos. Quienes se sienten aplastados por la rutina pueden entregarse a la aventura, y quienes tienen que viajar durante todo el año por imposición profesional pueden quedarse en casa. Con el cambio de hábitos y de entorno, de cama y de mantel, es la hora de retocar un poco el guion, de suspender las conexiones habituales y probar suerte con otras, de ponernos los cuernos a nosotros mismos, la hora de los amores de verano y de las confidencias nocturnas a desconocidos que quizás no volveremos a ver nunca.

A modo de juego, podemos sostener ideas distintas de las nuestras y hacernos pasar por seguidores del Real Madrid cuando somos culés a muerte, o abogar por más turismo cuando estamos persuadidos de que, para Catalunya, es un negocio ruinoso, o a la inversa. Se trata de probarnos las afinidades y convicciones ajenas, para darnos cuenta de que pueden ser tan razonables o tan absurdas como las nuestras. Es un ejercicio sano y puede ser muy instructivo. Los más atrevidos pueden incluso intentar defender las objeciones del Tribunal Supremo a la aplicación de la amnistía, a ver si logran convencer a alguien.

A veces, lo que más falta nos hace no es recuperar fuerzas, sino descansar un poco de nosotros mismos y no tomarnos tan en serio. Como escribió Jaume Perich, “el único animal capaz de reírse de sí mismo es el ser humano. No tiene ningún mérito: es el único que da motivos para ello”. Ahora es el momento. Ser siempre uno mismo puede acabar fatigando. No hay nada que temer: la máscara habitual nos esperará dentro de unas semanas en el mismo lugar donde la dejemos, con las obligaciones, responsabilidades e inquietudes que la acompañan. Si nos reímos un poco de ellas, tal vez nos pesarán menos. Carles Casajuna es diplomático. La Vanguardia, 25 de julio de 2026.

















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