No se ha hecho público cuál era la lengua habitual que tenían los 92 alumnos que quedaron exentos de la evaluación PISA en Catalunya por no dominar el catalán. No se sabe si era el castellano, el árabe, el chino, el urdu, el amazig; aunque se supone que los primeros, incluso viniendo de Latinoamérica, tenían ventaja. O no. Por lo general no se estudia latín en la escuela en esos países.
Tampoco Europa puede presumir de garantizar el futuro de esta asignatura en itinerarios de humanidades, pero quien más quien menos tiene clara la idea de la raíz latina de las lenguas romances y ve la utilidad nada más cruzar la frontera de su país o de su comunidad autónoma. Y con el inglés: un 60% del vocabulario viene del latín, a menudo vía el francés normando.
Esa tradición de estudiarlo en secundaria no se consolidó igual en Latinoamérica. El término en sí, América Latina, es relativamente joven. Aparece en el s. XIX y lo popularizan intelectuales franceses y latinoamericanos para distinguir la América de habla española, portuguesa y francesa de la América anglosajona. A Napoleón III eso le vino de perlas durante su intervención en México, para presentar a Francia como una nación latina con afinidad cultural. Luego el término lo adoptaron pensadores y gobiernos latinoamericanos con un significado más amplio: una identidad cultural compartida.
Siglo y medio después, la gran corriente migratoria es en sentido contrario. Y muchos latinoamericanos de países de habla hispana que llegan a Catalunya no están –salvo honrosas excepciones– en la onda de poner la oreja cuando oyen hablar catalán. Al contrario, les choca, les molesta incluso. Reivindican haber aterrizado en suelo español, en esa madre patria con la que tienen identidad cultural compartida.
Lo de la Europa de los pueblos y las lenguas derivadas del latín les puede sonar a chino. Y desde luego, por mucho que sean herederos de la antigua Roma a través de la península Ibérica, no suelen sentir una conexión especial con ella ni con la lengua que hablaban en el Lacio. De hecho, más de uno se pregunta a qué viene eso de usar –también en sus países– números romanos. Y a la más pintada hacen la prueba del nueve. A saber: ¿cómo traduces 9.999?
Esta es buena. Y el europeo medio no la vio venir por el Atlántico. La respuesta es que no hay una representación única en la notación clásica para esa cifra. El sistema llegaba hasta el 3.999: MMMCMXCIX. Para números mayores recurrían, por ejemplo, al vinculum, la barra sombrero que multiplica por mil el valor de la letra. Estarían locos esos romanos, pero cabalgamos todos sobre su misma lengua. Maricel Chavarría es escritora. La Vanguardia, 28 de julio de 2026.



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