martes, 28 de julio de 2026

DEL CAFÉ DE SOBREMESA. UNA CABAÑA DEL BOSQUE, POR MARTA PEIRANO. 28 DE JULIO DE 2026

 







Mi Ítaca es una casa azul en lo alto de una pequeña colina donde mi abuela da de comer a sus gallinas, atiende un huerto y vigila una empanada de xoubas en su horno de leña, frotándose las manos y limpiándoselas con el mandil. Está cercada por muros de piedra tapizados de musgo de los que salen las lagartijas y racimos de dedaleras púrpuras llenas de pecas. Detrás de los muros hay fincas de berza, maíz y patata. Más abajo está la iglesia donde están enterrados mis muertos, con un cruceiro y una fuente por la que baja agua limpia y fría de manantial.

Si subes al tejado puedes ver que en todas direcciones irradian suaves colinas onduladas cubiertas de pasto, alternadas aquí y allí por bosques de roble y castaño, pino y eucalipto, asfaltados de brezo, xestas y toxos. Cuando subes por uno de sus caminos enmarcados de zarzamora puedes encontrarte zorros, jabalíes y tejones, petirrojos, mirlos y busardos y, a partir de la noche de Todos los Santos, el milano real. Los jueves llega la pesca con su carga de jurel, merluza y rodaballo; los lunes llega el panadero con sus bollas, empanadas y, si hay fiestas, roscón.

Desde niña he soñado con pasar los últimos años de mi vida en esa casa. Es el paraíso de mi infancia; mi Walden, mi Tinker Creek, mi Blackwater Pond. Y el otro día, mientras trataba de entender qué aportan los modelos y aplicaciones de inteligencia artificial a nuestra habilidad de combatir los incendios, me di cuenta de que nunca llegaré a mi cabaña del bosque. Que mi Ítaca desaparecerá con la crisis climática antes de que yo llegue allí.

Ojalá me equivoque, pero no lo creo. Este es mi argumento: hay cámaras de IA con visión de múltiples espectros, capaces de vigilar el bosque de día y de noche, capaces de detectar humo o fuego de forma inmediata y avisar a los servicios de emergencia para decirles qué forma tiene y dónde está. Hay drones autónomos con cámaras térmicas capaces de peinar áreas afectadas y ayudar a los operadores a verificar focos sin poner en riesgo la vida de los bomberos. Hay satélites, sistemas de comunicación capaces de resistir un fallo eléctrico, un humo intenso y el calor. Estamos mejor equipados que nunca. Los forestales están mejor formados que nunca, todo el mundo cuenta con más información. Pero la tecnología no nos salva. Ahora y para siempre, nos salvan los demás.

Quién salvará una casa en mitad de un monte que arde, cuando no hay voluntad política ni para tomar las medidas más asequibles que ya sabemos que funcionan para que el incendio no exista en primer lugar. Si ahora los incendios ya son inevitables y, una vez ocurren, ya no se pueden parar, quién querrá asegurar una vivienda dentro de 10 años en un país que nadie salvará de las llamas. Cuántos vecinos le quedarán a mi aldea cuando sea tan arriesgado vivir cerca del bosque como hacerlo a la orilla del mar.

Dice Cavafis que Ítaca no es tanto un lugar sino la visión que nos da sentido a nuestra vida. Qué sentido nos deja el fuego a los que nunca soñamos con yates, joyas, conquistas intergalácticas y proyectos de dominación mundial. Sólo ese viaje misántropo pero digno hacia el lugar amado, pequeño y discreto, donde solo hay árboles, libros, animales y rocas. Marta Peirano es escritora. El País, 27 de julio de 2026.




















No hay comentarios: