Donald Trump, Benjamín Netanyahu y Vladimir Putin son hombres drásticamente diferentes, pero tienen una cosa importante en común: cada uno cree que es la persona más inteligente en cualquier lugar al que entran. Sin embargo, por desgracia, como todos han hecho lo más tonto que puedes hacer como líder —rodearte de aduladores—, todos se han metido torpemente en guerras sin salida de las cuales hoy solo pueden zafarse comiéndose un plato de humillación.
Cuidado. No hay nada más peligroso que un líder imprudente ante un plato de ese tipo: a veces, en su lugar, su instinto es redoblar la apuesta por una estrategia perdedora.
Empecemos con el primer ministro israelí. El indicio de que Netanyahu ha perdido el norte —y se ha llevado consigo a la cúpula de la famosa agencia de inteligencia israelí, el Mossad— se refleja en dos decisiones que tomó que fueron una completa locura: la primera es la idea de que Israel podría derrocar al régimen de Teherán con un gran golpe desde el aire, y la segunda fue que podría elegir al nuevo líder de Irán.
Antes de explicar exactamente qué tan loco fue eso, un poco de contexto rápido: desde que vi de cerca cómo la milicia cristiana libanesa, los falangistas, ayudó a engañar al Mossad en 1982 para que pensara que mediante una invasión rápida Israel podría instalar al líder antipalestino de los falangistas, Bashir Gemayel, como presidente en Beirut, he mantenido la siguiente regla cuando se trata del alabado servicio de inteligencia israelí: si quieres que asesinen a alguien en Beirut o Teherán, llama al Mossad. Si quieres entender las tendencias políticas y sociales en Beirut o Teherán, no llames al Mossad. Porque la misma razón por la que es bueno en lo primero también lo lleva a ser malo en lo segundo.
El Mossad es muy bueno cazando y matando a los enemigos de Israel, en gran parte porque es muy hábil reclutando a ciudadanos descontentos en el Líbano, Irán, Cisjordania y otras partes del mundo árabe; es decir, personas que odian a sus regímenes y están dispuestas a trabajar con Israel para derrocarlos. El problema es que estos mismos agentes, motivados ya sea por el resentimiento o el dinero, tienden a exagerar lo débil que es su régimen y lo fácil que sería derribarlo.
Quieren que Israel haga el trabajo sucio por ellos. El resultado es que un incauto como Trump, que no sabe nada de historia, asume que como el Mossad es bueno asesinando personas, es igualmente bueno al predecir lo que pasará la mañana siguiente a su muerte.
Eso explica por qué, después de la reunión en la Casa Blanca en febrero, cuando Netanyahu y el director del Mossad en ese momento, David Barnea, argumentaron en esencia que si Israel y Estados Unidos asesinaban a los principales líderes de Irán, el gobierno caería y buena gente asumiría el control, Trump no los echó de la sala a carcajadas. Al parecer, el presidente asumió que como el Mossad tenía superpoderes de asesinato, también tenía superpoderes analíticos, y por lo tanto Irán caería en sus manos de la misma manera que lo hizo Venezuela cuando Estados Unidos destituyó a su presidente, Nicolás Maduro.
Como reportaron mis colegas Maggie Haberman y Jonathan Swan en su libro de lectura obligada, Regime Change, el director de la CIA, John Ratcliffe, usó una palabra para describir los escenarios de cambio de régimen en Irán de Netanyahu: “ridículos”. Trump, confiado en que él sabía más, lo ignoró a él y a otros, y ha estado pagando el precio desde entonces.
El indicio aún mayor de que tanto Netanyahu como su agencia de inteligencia se habían embriagado de poder fue otra increíble historia que el Times destapó: que el Mossad había estado preparando al expresidente iraní Mahmoud Ahmadinejad para asumir el control de Irán después de que el gobierno del líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, fuera eliminado. Como reportaron mis colegas: “La decisión de Israel de construir un plan de cambio de régimen en torno a Ahmadinejad es un giro extraordinario en la saga de las relaciones del país con el expresidente, quien era conocido por acelerar el programa nuclear de Irán, pedir regularmente la destrucción de Israel y negar el Holocausto”.
¿Hola, Israel? ¿Sabes algo de la historia moderna iraní? ¿Alguna vez has oído hablar de Mohammad Mossadegh? Fue el primer ministro de Irán elegido democráticamente de 1951 a 1953 que fue derrocado por un golpe orquestado por la CIA y el MI6 de Reino Unido después de que Irán nacionalizara la Anglo-Iranian Oil Company. La furia por ese golpe, que instaló al hombre de Occidente en Teherán, aún arde en el corazón de muchos iraníes.
La locura absoluta de que Israel pensara que podía instalar a Ahmadinejad —y que el cuerpo político iraní no lo rechazaría de la misma manera que un cuerpo humano rechaza el implante de un órgano— es demencial. ¿De verdad pensaron Netanyahu y el Mossad que los iraníes orgullosos y nacionalistas, incluso aquellos que odian a los clérigos que los gobiernan, dirían: “Oh, gracias, Bibi, por instalar a nuestro próximo líder”? La vanidad y extralimitación al pensar que 7,2 millones de judíos israelíes podrían decidir quién gobernaría a más de 90 millones de musulmanes iraníes es asombrosa.
Trump y Netanyahu están en buena compañía con Putin, quien se creyó su propio cuento al asumir que todos los ucranianos se morían de ganas por volver a ser parte de la Madre Rusia y que el régimen elegido democráticamente en Kiev caería fácilmente.
“El error más fundamental de Putin fue creer en su propia narrativa de que ucranianos y rusos eran ‘un solo pueblo’ y que la independencia ucraniana era simplemente un constructo occidental artificial”, señaló el año pasado Robbin Laird, analista militar. “Este punto ciego ideológico lo llevó a esperar que las fuerzas rusas serían recibidas como libertadoras”.
En una analogía perfecta con lo que sucedió en Irán, la inteligencia rusa pareció haber dependido demasiado “de fuentes prorrusas que le decían a Moscú lo que quería oír”, dijo Laird, “en lugar de proporcionar la verdadera situación sobre el terreno acerca del sentimiento y las capacidades de los ucranianos”.
Netanyahu, a pesar de todas sus victorias tácticas sobre Hamás, Hezbolá y Teherán, no ha convertido nada de esto en una nueva realidad estratégica para Israel. Eso requeriría que él dejara en claro que sus operaciones militares en Gaza, el Líbano e Irán tenían el propósito de hacer que la región fuera segura para una paz israelí-palestina.
En cambio, lo que el mundo entero ve es a Netanyahu intentando hacer que la región sea segura para una anexión israelí de Gaza y Cisjordania, y que está dispuesto a tirar por la borda todo lo demás —la normalización con Arabia Saudita, el apoyo de muchos jóvenes estadounidenses, el apoyo del Partido Demócrata, el apoyo de Europa Occidental y la independencia del poder judicial de Israel— para conseguirlo.
Mientras tanto, Trump ha debilitado y aislado a Estados Unidos al elegir de manera perezosa invadir Irán sin aliados, sin legitimación internacional y sin un plan B para eliminar la capacidad de Teherán de construir un arma de destrucción masiva. En cambio, Trump permitió que Irán descubriera dos armas de disrupción masiva increíblemente baratas y efectivas: controlar el estrecho de Ormuz y bombardear a los aliados de Estados Unidos en el golfo Pérsico casi cada vez que Trump bombardea a Irán.
Y Putin —en lugar de hacer el arduo trabajo de convertir a Rusia en una sociedad libre y abierta a la que los ucranianos en realidad podrían sentirse atraídos— ha convertido lo que era una débil democracia rusa en un estado policial en toda regla, con una economía petrolera vulnerable. Hoy en día, Rusia no aparece por ningún lado en la revolución de la inteligencia artificial. Es como si los autos se acabaran de inventar y Putin dijera que prefiere invertir en más caballos, y en su fantasía del siglo XIX de una Madre Patria rusa unificada.
Lo que tenemos hoy son tres líderes que ahora intentan salir a bombazos de un callejón sin salida.
Pero no olvidemos a los líderes retorcidos, cínicos e incompetentes que han estado dirigiendo Irán desde 1979. Ellos también están en su propio callejón sin salida. En lugar de empoderar a su talentosa población, los dictadores clericales de Irán eligieron atrincherarse en el poder durante 47 años acribillando a tiros a opositores, imponerles a la fuerza un islam puritano a su pueblo y desperdiciando miles de millones de dólares tratando de destruir a Israel.
Esperemos que algún día su gente los derroque por su cuenta, tal vez con la ayuda de un sorprendente poder no soberano. Los líderes de Irán sobreexplotaron de manera impune su medioambiente y represaron imprudentemente demasiados ríos para recompensar a los compinches del régimen y ahora son totalmente vulnerables a un enemigo mucho más poderoso que Trump o Netanyahu: la madre naturaleza. El reporte más estremecedor sobre el futuro de Irán fue publicado hace siete meses por analistas que escribieron en el muy respetado Boletín de Científicos Atómicos, y nunca mencionó las armas nucleares. Solo mencionó la aguda crisis del agua de la nación, que podría haber paralizado más instituciones iraníes que Israel y Estados Unidos juntos.
“Durante el verano de 2025, Irán experimentó una ola de calor excepcional, con temperaturas diurnas en varias regiones, incluida Teherán, que se acercaron a los 50 grados Celsius y forzaron el cierre temporal de oficinas públicas y bancos”, dijeron los analistas. “Durante este periodo, los principales embalses que abastecen la región de Teherán alcanzaron niveles mínimos récord. … Los funcionarios advirtieron que la ciudad capital incluso podría tener que ser evacuada si los suministros de agua no logran recuperarse”.
En conclusión, eventualmente todos estos conflictos terminarán en negociaciones, porque ninguno de estos líderes puede sostener sus estúpidas guerras de manera indefinida. La única pregunta es cuándo tendrán que llamar al mesero y decir: “Joven, ¿podría traerme, por favor, un plato de humillación?”. Thomas L. Friedman es columnista de Opinión sobre asuntos internacionales. Se unió al periódico en 1981 y ha ganado tres premios Pulitzer. Es autor de siete libros, entre From Beirut to Jerusalem, el cual ganó el Premio Nacional del Libro. The New York Times, 27 de julio de 2026.


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