La primera vez que lloré en un museo fue con 17 años. Yo y mi amiga Cynthia habíamos ido al Reina Sofía para ver De donde no se vuelve, la exposición que recorría la trayectoria de Alberto García-Alix. Tengo muy mala memoria, pero aún puedo acordarme de algunas de las fotos que componían la pieza audiovisual que me emocionó. Había amigos muertos del fotógrafo, prostitutas, retratos suyos. De fondo sonaba la voz ronca y grave de García-Alix advirtiendo del poder de la fotografía como médium que “nos lleva al otro lado de la vida, de donde no se vuelve”.
Vuelvo a sus palabras cuando, de manera muy tonta, me siento mal por no fotografiar lo suficiente las cosas. Por no hacerme muchos selfies —con lo que me gustará verlos cuando tenga más canas y más arrugas—, por no tener una foto decente con mi mejor amiga, esa con la que fui a la exposición de García-Alix, más o menos desde entonces, hace casi 20 años. Pero, sobre todo, por no estar registrando lo suficiente la infancia de mis hijos, que tienen decenas de fotos en todas sus etapas pero que, en comparación con las de otros niños, se me hacen cosa de poco.
La infancia y la primera juventud fotográfica de mis padres cabe en un sobre: un par de fotos de bebés, mi madre en una silla de anea, mi padre siempre con la Ana Rosa, su hermana pequeña. Otro par en el colegio, sosteniendo un lápiz y con el mapa de España de fondo. Alguna en la adolescencia, ya en color, mi madre en la feria con sus amigos, mi padre en la mili. Había una que me hacía mucha gracia porque varios de sus compañeros salían enseñando el culo en el cuartel.
Mi infancia noventera abulta más, cabe en un álbum de fotos; tengo incluso carretes enteros que dan fe de algunas etapas de mi vida. De cuando estaba aprendiendo a andar, de los veranos que vinieron los saharauis a casa, de las ferias con mis abuelos y de mi primer campamento. Algunas navidades y algunos carnavales, alguna de esas que te hacían con cara de susto a la entrada del zoo.
La infancia de mis hijos cabrá en un dispositivo más pequeño que un sobre o un álbum: un pendrive de unos cuantos gigas. Supongo que cuando sean adultos tendrán que hacer algún proceso tedioso para ver lo que hay dentro, como los que tenemos vídeos caseros en cinta y los pasamos a discos DVD que ahora tampoco podemos ver porque los ordenadores ya no llevan reproductores. Las memorias infantiles de los hijos de mi generación están condenadas a la obsolescencia o a los caprichos de los magnates de Silicon Valley, cuyas nubes asumimos como eternas, pero que seguramente no lo sean. Así que en el futuro puede darse un fenómeno curioso: que los niños más fotografiados de la historia sean los que menos fotos de su infancia conserven.
Serán, desde luego, los que menos las valoren como ese artefacto capaz de darnos el don de la bilocación. Porque la combinación de llevar una cámara en el bolsillo a tiempo completo y el uso que hacemos de las imágenes en las redes sociales han hecho que las fotos dejen de ser un fetiche y pasen a ser una mercancía a granel. Muchas de las que tenemos en las galerías de nuestros teléfonos y desde luego la mayoría de las que subimos a redes sociales no serán, cuando las revisemos en un par de décadas, un médium que nos lleve al otro lado de la vida. Habrán perdido su poder. Porque lo que estábamos haciendo cuando las sacamos no era vivir sino consumir (consumir experiencias, tendencias o píldoras para el ego). O, en el caso de las redes, consumir para ser consumidos. Ana Iris Simón es escritora. El País, 25 de julio de 2026.


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