sábado, 4 de julio de 2026

GAU ON, ATSEDAN ON ETA AMETS GOZOAK IZAN. GAUR, LARUNBATA, 2026KO UZTAILAREN 4A, EUSKARAZ

 






Kaixo berriro, lagunok. Gau on, atseden on eta amets gozoak izan guztioi larunbat gauetik igande goizera, 2026ko uztailaren 4-5. Espero dut egun ona izan duzuela zuen familiekin eta lagunekin. Bihotz-bihotzez eskerrik asko bloga bisitatzeagatik. Pozten naiz zuen bisita gustatu izana pentsatzeaz. Tamaragua, lagunok. Fortuna jainkosa eta Patu onbera zuekin egon daitezela. Bihar arte. Maite zaituztet. Musuak. HArendt















DE LA TARDE QUE CAE. EN FILADELFIA, PENSILVANIA, HOY, HACE 250 AÑOS..., POR HARENDT. 4 DE JULIO DE 2026

 







Hoy,  4 de julio de 2026, hace 250 años que unos hombres audaces aprobaron y proclamaron en la ciudad de Filadelfia, en la colonia británica de Pensilvania, la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. Era la primera vez en la historia moderna que unos hombres que se consideraban libres a sí mismos se declaraban en rebeldía frente a la metrópoli y rompían los lazos políticos que a ella les unía defendiendo su derecho a vivir en libertad y bajo las leyes que ellos mismos se dieran.

En su libro Sobre la revolución (Alianza, Madrid, 1988), Hannah Arendt dice que la Revolución Americana de 1776, en contraposición a la Francesa de 1789, triunfó porque no pretendió en ningún momento cambiar el mundo ni a sus gentes, sino devolver la libertad política de decidir su destino como hombres libres y otorgarse sus propias normas a un pueblo y una sociedad. Nada más que eso, pero nada menos también. 

Esto fue lo que esos hombres, todos ellos hijos de la Ilustración, leyeron ese día con emoción contenida a las puertas del ayuntamiento de la ciudad de Filadelfia: 

"Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro, y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual al que las leyes de la naturaleza y del Dios de esa naturaleza le dan derecho, un justo respeto al juicio de la Humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.

Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad. Que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres, los gobiernos derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla, o abolirla, e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, claro está, aconsejará que no se cambie por motivos leves y transitorios gobiernos de antiguo establecidos; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y proveer de nuevas salvaguardas para su futura seguridad y su felicidad.

Tal ha sido el paciente sufrimiento de estas colonias; y tal es ahora la necesidad que las compele a alterar su antiguo sistema. La historia del presente Rey de la Gran-Bretaña, es una historia de repetidas injurias y usurpaciones, cuyo objeto principal es y ha sido el establecimiento de una absoluta tiranía sobre estos estados. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial.

Ha rehusado asentir a las leyes más convenientes y necesarias al bien público de estas colonias, prohibiendo a sus gobernadores sancionar aun aquellas que eran de inmediata y urgente necesidad a menos que se suspendiese su ejecución hasta obtener su consentimiento, y estando así suspensas las ha desatendido enteramente.

Ha reprobado las providencias dictadas para la repartición de distritos de los pueblos, exigiendo violentamente que estos renunciasen el derecho de representación en sus legislaturas, derecho inestimable para ellos, y formidable sólo para los tiranos.

Ha convocado cuerpos legislativos fuera de los lugares acostumbrados, y en sitos distantes del depósito de sus registros públicos con el único fin de molestarlos hasta obligarlos a convenir con sus medidas, y cuando estas violencias no han tenido el efecto que se esperaba, se han disuelto las salas de representantes por oponerse firme y valerosamente a las invocaciones proyectadas contra los derechos del pueblo, rehusando por largo tiempo después de desolación semejante a que se eligiesen otros, por lo que los poderes legislativos, incapaces de aniquilación, han recaído sobre el pueblo para su ejercicio, quedando el estado, entre tanto, expuesto a todo el peligro de una invasión exterior y de convulsiones internas.

Se ha esforzado en estorbar los progresos de la población en estos estados, obstruyendo a este fin las leyes para la naturalización de los extranjeros, rehusando sancionar otras para promover su establecimiento en ellos, y prohibiéndoles adquirir nuevas propiedades en estos países.

En el orden judicial, ha obstruido la administración de justicia, oponiéndose a las leyes necesarias para consolidar la autoridad de los tribunales, creando jueces que dependen solamente de su voluntad, por recibir de él el nombramiento de sus empleos y pagamento de sus sueldos, y mandando un enjambre de oficiales para oprimir a nuestro pueblo y empobrecerlo con sus estafas y rapiñas.

Ha atentado a la libertad civil de los ciudadanos, manteniendo en tiempo de paz entre nosotros tropas armadas, sin el consentimiento de nuestra legislatura: procurando hacer al militar independiente y superior al poder civil: combinando con nuestros vecinos, con plan despótico para sujetarnos a una jurisdicción extraña a nuestras leyes y no reconocida por nuestra constitución: destruyendo nuestro tráfico en todas las partes del mundo y poniendo contribuciones sin nuestro consentimiento: privándonos en muchos casos de las defensas que proporciona el juicio por jurados: transportándonos mas allá de los mares para ser juzgados por delitos supuestos: aboliendo el libre sistema de la ley inglesa en una provincia confinante: alterando fundamentalmente las formas de nuestros gobiernos y nuestras propias legislaturas y declarándose el mismo investido con el poder de dictar leyes para nosotros en todos los casos, cualesquiera que fuesen.

Ha abdicado el derecho que tenía para gobernarnos, declarándonos la guerra y poniéndonos fuera de su protección: haciendo el pillaje en nuestros mares; asolando nuestras costas; quitando la vida a nuestros conciudadanos y poniéndonos a merced de numerosos ejércitos extranjeros para completar la obra de muerte, desolación y tiranía comenzada y continuada con circunstancias de crueldad y perfidia totalmente indignas del jefe de una nación civilizada.

Ha compelido a nuestros conciudadanos hechos prisioneros en alta mar a llevar armas contra su patria, constituyéndose en verdugos de sus hermanos y amigos: excitando insurrecciones domésticas y procurando igualmente irritar contra nosotros a los habitantes de las fronteras, los indios bárbaros y feroces cuyo método conocido de hacer la guerra es la destrucción de todas las edades, sexos y condiciones.

A cada grado de estas opresiones hemos suplicado por la reforma en los términos más humildes; nuestras súplicas han sido contestadas con repetidas injurias. Un príncipe cuyo carácter está marcado por todos los actos que definen a un tirano, no es apto para ser el gobernador de un pueblo libre.

Tampoco hemos faltado a la consideración debida hacia nuestros hermanos los habitantes de la Gran Bretaña; les hemos advertido de tiempo en tiempo del atentado cometido por su legislatura en extender una ilegítima jurisdicción sobre las nuestras. Les hemos recordado las circunstancias de nuestra emigración y establecimiento en estos países; hemos apelado a su natural justicia y magnanimidad, conjurándolos por los vínculos de nuestro origen común a renunciar a esas usurpaciones que inevitablemente acabarían por interrumpir nuestra correspondencia y conexiones. También se han mostrado sordos a la voz de la justicia y consanguinidad. Debemos, por tanto, someternos a la necesidad que anuncia nuestra separación, y tratarlos como al resto del género humano: enemigos en la guerra y amigos en la paz .

Por tanto, Nosotros, los Representantes de los Estados Unidos, reunidos en Congreso General, apelando al Juez supremo del Universo, por la rectitud de nuestras intenciones, y en el nombre y con la autoridad del pueblo de estas colonias, publicamos y declaramos lo presente: que estas colonias son, y por derecho deben ser, estados libres e independientes; que están absueltas de toda obligación de fidelidad a la corona británica: que toda conexión política entre ellas y el estado de la Gran Bretaña, es y debe ser totalmente disuelta, y que como estados libres e independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concluir la paz, contraer alianzas, establecer comercio y hacer todos los otros actos que los estados independientes pueden por derecho efectuar. Así que, para sostener esta declaración con una firme confianza en la protección divina, nosotros empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor.

Firmantes:

* Nueva Hampshire: Josiah Bartlett, William Whipple, Matthew Thornton

* Massachusetts: Samuel Adams, John Adams, John Hancock, Robert Treat Paine, Elbridge Gerry

* Rhode Island: Stephen Hopkins, William Ellery

* Connecticut: Roger Sherman, Samuel Huntington, William Williams, Oliver Wolcott

* Nueva York: William Floyd, Philip Livingston, Francis Lewis, Lewis Morris

* Nueva Jersey: Richard Stockton, John Witherspoon, Francis Hopkinson, John Hart, Abraham Clark

* Pensilvania: Robert Morris, Benjamin Rush, Benjamin Franklin, John Morton, George Clymer, James Smith, George Taylor, James Wilson, George Ross

* Delaware: George Read, Caesar Rodney, Thomas McKean

* Maryland: Samuel Chase, William Paca, Thomas Stone, Charles Carroll of Carrollton

* Virginia: George Wythe, Richard Henry Lee, Thomas Jefferson, Benjamin Harrison, Thomas Nelson, Jr., Francis Lightfoot Lee, Carter Braxton

* Carolina del Norte: William Hooper, Joseph Hewes, John Penn

* Carolina del Sur: Edward Rutledge, Thomas Heyward, Jr., Thomas Lynch, Jr., Arthur Middleton

* Georgia: Button Gwinnett, Lyman Hall, George Walton".

Si tienen oportunidad de hacerlo vean la serie de televisión "John Adams" (2008), que narra los hechos que conmemoramos y la vida del que fuera segundo presidente de los Estados Unidos de América. Protagonizada magistralmente por Paul Giameti y Laura Linney, está dirigida por Tom Hooper y producida, ¡cómo no!, por la cadena HBO. Imprescindible.

Ahora, por favor, sean felices. Y como decía Sócrates, "Ιωμεν": nos vamos. Tamaragua, amigos. HArendt





















ESPECIAL 10 DE HOY. UN CRISTIANISMO SIN CRISTO, POR JAVIER CERCAS. 4 DE JULIO DE 2026





 


Pasado el empacho papal (y antipapal) provocado por la visita de León XIV, me acordé de Gandhi. “Cristo está muy bien”, declaró. “El problema son los cristianos, que no se parecen en nada a Cristo”. También me acordé de Éric Zemmour, líder de ultraderecha francés que aboga por un cristianismo sin Cristo, concebido no como una fe religiosa ni como una doctrina ética, sino como una base cultural, identitaria y excluyente. Pero sobre todo me acordé de mi último viaje a Ginebra.

Fue poco antes de la visita del Papa. Me habían invitado a hablar en la Societé de Lecture, una venerable institución con más de dos siglos de existencia cuya sede se halla en el casco antiguo de la ciudad, en el número 11 de la Grand-Rue; muy cerca, en el número 28, una placa recuerda que allí murió, en 1986, Jorge Luis Borges (en realidad murió en el edificio de enfrente, pero el propietario no permitió que colocaran la placa con el argumento de que el escritor solo había vivido allí la semana previa a su muerte). Antes del evento, un bibliotecario me dio un paseo por la biblioteca, que consta de más de 200.000 volúmenes, y me mostró algunas de sus joyas, entre ellas una primera edición de la célebre Vie de Jésus, de Ernest Renan. Abrí el libro por aquel capítulo que glosa la evidencia de que Cristo fue un revolucionario; había muchos subrayados a lápiz. “Lo que distingue en efecto a Jesús de los agitadores de su tiempo y de todos los tiempos es su perfecto idealismo”, habían subrayado. “Jesús, en ciertos aspectos, es un anarquista, porque no tiene ninguna idea de gobierno civil. Ese gobierno le parece pura y simplemente un abuso”. Enseguida, otro subrayado: Jesús no intenta “sustituir a los ricos y los poderosos. Quiere aniquilar la riqueza y el poder, pero no adueñarse de él”. Junto a este último subrayado había una anotación, garabateada en francés con el mismo lápiz. “Como el socialismo moderno”, rezaba. “¿Sabes quién escribió eso?”, me preguntó el bibliotecario. Antes de que pudiera responder, me alargó una hoja de inscripción en la Societé de Lecture a nombre de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin: la letra era idéntica a la de la anotación. Incrédulo, por un segundo imaginé un encuentro entre Lenin y Borges en la Societé de Lecture, un diálogo o una serie de diálogos entre el aspirante a escritor —que había residido en la ciudad entre 1914 y 1918, y que en 1920 escribiría un poemario donde celebraba la Revolución Rusa: Los himnos rojos— y el maduro bolchevique en el destierro; hasta que comprendí que la cronología volvía inverosímil ese juego: 1908 fue el último año de la estancia de Lenin en Ginebra. Luego pensé que Lenin, perseguido y exiliado en la capital suiza mientras planeaba el retorno a Rusia y el derrocamiento del zar Nicolás II, no pudo no identificarse con el Jesús subversivo de Renan y que, a juzgar por los subrayados y comentarios al libro, había captado muy bien el pensamiento de Cristo, pero, una vez convertido en líder de la Revolución y fundador de la Unión Soviética, no lo había aplicado (no desde luego en lo referido a “no adueñarse” del poder). También pensé que cristianismo y comunismo guardan entre sí semejanzas flagrantes, que a su modo el comunismo quiso ser una suerte de cristianismo ateo, que Cristo puede parecer un tarado o un héroe y su doctrina y su ejecutoria vital pueden o no gustar, pero lo cierto es que Gandhi llevaba razón: nada o casi nada de lo que la historia ha conocido como cristianismo se asemeja al cristianismo de Cristo.

Es más bien un cristianismo sin Cristo, como el que vindica Zemmour. Por supuesto, un cristianismo sin Cristo es como una paella sin arroz, pero esa es la clase de milagros que obramos nosotros (y no solo la ultraderecha): baste recordar que, en 2025, al menos 2.108 personas perdieron la vida o desaparecieron en el Mediterráneo, y que se registraron 1.047 muertes o desapariciones en la ruta del Atlántico que une el oeste de África con las Canarias. Así que León XIV se equivocaba cuando, aludiendo a nuestra política migratoria, proclamó: “No se puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. ¡Sí, se puede! (y lo hacen, sobre todo, personas y gobiernos que se tildan de cristianos, añado yo, HArendt). Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.






















ESPECIAL 9 DE HOY. SOBRE LA TIRANÍA, POR TIMOTHY SNYDER. 4 DE JULIO DE 2026




 






El 4 de julio, los estadounidenses celebran una rebelión. En su lugar, se celebrarán nuestras conmemoraciones oficiales, organizadas por la Casa Blanca. Hoy, quienes pretenden humillarnos, nos dicen que Estados Unidos se fundó con un espíritu de inocencia, que sus líderes nunca hicieron nada malo y que el patriotismo consiste en insistir en nuestra propia inocencia y atribuir toda la maldad a los demás.

Si aceptamos esa oferta, no solo tergiversamos la historia, sino que renunciamos a nuestro poder para cambiar las cosas para mejor. Dejamos que los oligarcas nos roben nuestro dinero y que los fascistas nos arrebaten el mayor tesoro: nuestra libertad.

Si la república ha perdurado tanto, es porque fue radical en sus inicios. Su prosperidad se debe a una lucha constante y exitosa contra sus propios límites.

Y eso solo ha sido posible porque los estadounidenses han reconocido esos límites, porque han optado por ver la verdad sobre su historia y sobre sí mismos. Pensaba en el autoconocimiento y la autocorrección hace diez años, cuando escribí Sobre la tiranía ; hoy, como parte de la celebración de nuestros doscientos cincuenta años, algunos amigos de la libertad se han unido a mí para leer en voz alta sus lecciones.

En mi libro Sobre la tiranía, escribí que «el precedente establecido por los fundadores exige que examinemos la historia para comprender las profundas raíces de la tiranía». La verdad sobre la que se fundó este país no es que las personas sean perfectas, sino que no lo son. Son vulnerables a quienes acumulan riquezas y difunden propaganda. Podemos ser enfrentados unos contra otros. Debido a nuestra imperfección, dijeron los fundadores, depositamos nuestra confianza no en una sola persona —ni reyes, ni tiranos— sino en un sistema de leyes, controles y equilibrios, y representación cívica mediante el voto, que nos permite vivir con la digna convicción de que el poder emana del consentimiento.

La rebelión de 1776, en otras palabras, surgió de ideas sobre lo que era justo: «la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad ». Sin embargo, nadie creía que esos ideales pudieran establecerse de una vez por todas. El objetivo era crear las condiciones necesarias para reconocer, en todo momento, los problemas que solemos generar y para encontrar soluciones. Esto incluía —con el tiempo, el esfuerzo, el sufrimiento y el dolor que algunos soportaban más que otros— la capacidad de ver la humanidad en los demás, de comprender el horror de la esclavitud y de reconocer que todos merecemos tener voz y voto sin restricciones.

El 4 de julio de 1776, nada estaba terminado. Algo se emprendió, con gran peligro y riesgo. Los fundadores no se veían a sí mismos como grandes hombres cuyos rostros debían estar en las montañas, como semidioses cuyos rostros de piedra debían invitarnos a someternos a futuros tiranos. Cuando, en palabras de la Declaración de Independencia, se comprometieron mutuamente a dar "nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor", lo hicieron por una causa que creían justa, pero también por una causa difícil, incluso desesperada.

Tras la victoria en la Guerra de Independencia, los fundadores debatieron sobre cómo establecer una república, conscientes de los fracasos de la libertad a lo largo de la historia. Sabían, gracias a los antiguos griegos, que las oligarquías —el gobierno de unos pocos hombres ricos— se consolidan fácilmente. Comprendieron, gracias a los estoicos romanos, que la libertad requiere una autodisciplina que trascienda las circunstancias inmediatas. Observaron, a partir de los fracasos de las repúblicas de su época, que la riqueza fácilmente se apodera de las instituciones. Así, en un segundo momento de lucidez, añadieron una Constitución a la Declaración de Independencia.

Lamentablemente, quienes dirigen nuestra celebración oficial hoy representan todas las amenazas a la libertad que los fundadores señalaron: el gobierno arbitrario; la indiferencia hacia la ley; la acumulación indebida de riqueza; la corrupción del gobierno para obtenerla; la colusión con potencias extranjeras para alcanzar el poder. Y nos enfrentamos a un espíritu contrario a la libertad, uno que nos dice que debemos cambiar una historia de libertad por el humo de los fuegos artificiales y un rostro reflejado en una montaña. El pasado se utiliza para decirnos que no tenemos más remedio que aceptar el presente.

Como nos recuerda Frederick Douglass en un memorable discurso del 4 de julio, «la causa de la libertad puede ser atacada por quienes se enorgullecen de las hazañas de nuestros antepasados». Lamentablemente, eso es precisamente lo que ocurre hoy. Esa es la esencia de la conmemoración oficial de hoy. Como él mismo comprendió, los fundadores, aunque equivocados en muchos aspectos, fueron rebeldes en su época, personas que asumieron riesgos. Celebrarlos con justicia no implica desear que el pasado regrese, ni venerarlos como perfectos, y mucho menos aceptar al tirano en ciernes que está deshaciendo lo mejor de su obra.

Celebrar una rebelión significa no obedecer de antemano, no aceptar nada de esto como normal: ni las mentiras sobre la historia que cuentan quienes destruyen nuestro futuro, ni la veneración empalagosa de la Constitución por parte de quienes la violan a diario, ni la usurpación del manto de la revolución por un grupo de oligarcas reaccionarios. Significa ser lo más valiente posible: decir la verdad, proteger las elecciones que aún nos quedan y, sobre todo, organizarnos en una gran y alegre coalición.

La historia no es algo que nuestros oligarcas y fascistas puedan arrebatarnos, por mucho que lo intenten hoy. La historia la forjamos nosotros. No nos llega por sí sola. Nosotros la forjamos, con lo que sabemos, lo que decimos y lo que hacemos. Nada en la historia nos condena ni nos salva. En los meses que quedan hasta las próximas elecciones, habrá muchas predicciones, especulaciones y preocupaciones. Nada de eso importa. Lo único que importa es organizar una gran coalición, llena de alegría.

Lo único que importa es el trabajo. Si mis palabras son útiles, si la hermosa lectura de mis palabras aquí presente es útil, es solo porque esas palabras te impulsan a actuar.

Celebrar una rebelión es saber que, a partir de un mundo imperfecto, podemos crear cosas nuevas. Podemos resistir, podemos encontrarnos y no solo imaginar, sino crear una América mucho mejor .

PD: Las lecciones: (1) No obedezcas por adelantado; (2) Defiende las instituciones; (3) Cuidado con el estado de partido único; (4) Asume la responsabilidad por la imagen del mundo; (5) Recuerda la ética profesional; (6) Ten cuidado con los paramilitares; (7) Reflexiona si debes estar armado; (8) Destaca; (9) Sé amable con nuestro idioma; (10) Cree en la verdad; (11) Investiga; (12) Haz contacto visual y conversa brevemente; (13) Practica la política corporal; (14) Establece una vida privada; (15) Contribuye a buenas causas; (16) Aprende de tus compañeros en otros países; (17) Escucha las palabras peligrosas; (18) Mantén la calma cuando llegue lo impensable; (19) Sé un patriota; (20) Sé tan valiente como puedas.

PD: Un agradecimiento muy especial a quienes pronunciaron las lecciones: Isabel Allende, Judd Apatow, Margaret Atwood, Joan Baez, Sophia Bush, Misha Collins, Kimberlé Crenshaw, Ted Danson, Ron Funches, Tony Goldwyn, Eric Holder, Jenifer Lewis, Leslie Odom Jr., Sarah Jessica Parker, Billy Porter, Maria Ressa, Lisa Rinna, Molly Ringwald, Sheryl Lee Ralph, Mark Ruffalo, J. Smith-Cameron, Holland Taylor, Viet Thanh Nguyen y Bradley Whitford. Timothy Snyder es historiador. Substack, 4 de julio de 2026.















DEL CAFÉ DE SOBREMESA. POÉTICA DE LA PAZ, POR LUIS GARCÍA MONTERO. 4 DE JULIO DE 2026

 






En medio de las situaciones más conflictivas, ya sea en la crispación política o en los partidos de fútbol que se salen de tono y se llenan de patadas, conviene mantener una poética de la paz, respetar las espinillas del contrario, los derechos humanos y la justicia internacional de unas reglas de juego. Me atrevo a contarlo aquí: en el extranjero, una y otra vez, elogian a la selección española. Como delantero centro del Instituto Cervantes, o como defensa, no lo sé bien, acabo de estar en Macedonia del Norte para proponer que el español sea lengua de estudio en los colegios y los institutos. Gracias a las gestiones del embajador Rafael Soriano, en día y medio, o en 90 minutos, pude hablar con la ministra de Medio Ambiente, que estudió en España; con el ministro de Deportes, que fue portero del equipo de balonmano del Barcelona; con el ministro de Cultura, y con Gordana Siljanovska-Davkova, presidenta de la República, una catedrática de Derecho Constitucional que representa a una coalición conservadora.

Después de conversar sobre el español y su futuro, doña Gordana tuvo la gentileza de recordar una afirmación del poeta Jean-Pierre Siméon: sólo los poetas pueden salvar el mundo. Yo le di las gracias, pero me atreví a hacerle una corrección: los poetas no; salvarán el mundo los buenos políticos que guarden la poesía en su corazón, es decir, los valores democráticos, la paz y los derechos humanos. Entonces, la presidenta de Macedonia del Norte me respondió: así es, como el presidente de Gobierno de su país. Yo le sonreí agradecido y volví a hablar de la importancia de la lengua española, mientras pensaba que esta escena iba a contarla en España, orgulloso de defender la camiseta de la selección en medio de las crispaciones internas y los insultos de las aficiones enemigas. Me gusta centrar el balón en nombre de una poética de la paz. Gracias, señora Gordana Siljanosvka-Davkova. Luis García Montero es poeta. El País, 29 de junio de 2026.



























ESPECIAL 8 DE HOY. EL ÚLTIMO DERRUMBE DE VENEZUELA, POR SERGIO DEL MOLINO. 4 DE JULIO DE 2026





 


Sería muy injusto leer el terremoto de Venezuela como metáfora, la ruina final de tantas ruinas anteriores. Sería un ejercicio de la peor literatura, la que no busca comprender ni acompañar, sino dejar frases bellas sobre la tragedia y la muerte, inscripciones de prosa municipal en las lápidas. La decencia exige mirar la catástrofe de frente, sin contexto ni resonancias políticas, como los bomberos voluntarios que desescombran y sacan cadáveres sin preguntarse nada sobre gobernantes, tiranías, decadencias o paraísos revolucionarios que devienen infiernos cotidianos.

Y, sin embargo, esa forma tan directa y urgente de mirar el terremoto es también injusta, pues solo funciona bajo la premisa de lo inevitable. Lo catastrófico sucede sin culpables y casi sin causas, nos dicen, pero no hace falta creer en el dios de la Biblia y en sus castigos recurrentes para comprender que la desdicha no golpea igual en todas partes. Quien ha paseado por Lima o por Ciudad de México puede criticar muchas cosas de los gobiernos que rigen esas ciudades, pero percibe una preocupación muy seria por minimizar las víctimas de los sismos y tsunamis. Todo está sembrado de puntos seguros y de rutas de evacuación, los edificios cumplen una normativa estricta para prevenir derrumbes y los servicios de emergencia están muy entrenados. Nada de eso sucedía en Venezuela. Ni los edificios se construyeron para aguantar, ni los servicios saben qué hacer. La gente se muere bajo los cascotes sin que ese gobierno tan asfixiante, tan metomentodo, que no les deja en paz ni a la hora de la siesta, reaccione y demuestre que le importa un maldito carajo ese pueblo que dice representar.

Por eso, el terremoto como metáfora no es una grosería ni un capricho de vate provinciano que quiere ganar unos juegos florales. Las dictaduras revelan su crueldad en los instantes trágicos, cuando es evidente que todo su aparataje solo está al servicio de la represión y de la perpetuación de las élites corruptas. Lo único eficaz en tiranías como la de Venezuela es la policía política. Nadie te garantiza la asistencia sanitaria, el avituallamiento, la circulación de los transportes o el suministro eléctrico, pero puedes dar por seguro que, si disientes, aparecerá un uniformado para llevarte preso. Esos nunca fallan.

El terremoto es una catástrofe inevitable, claro que sí, pero también el final de una larguísima decadencia que empezó antes de Hugo Chávez y que se ha ido expresando en pesadillas sucesivas. Es el último sello que quedaba por romperse en el apocalipsis de un país que alumbró el mundo hispánico entre 1940 y 1990 y pudo haber sido –quizá lo fue, no hace tanto– el modelo de prosperidad y libertad que nunca acaba de cuajar en la América hispanohablante. Solo apunto un dato del mundo al que me dedico, los libros. En el año 2000, la división venezolana de lo que entonces era Santillana (hoy, Penguin Random House) facturaba el doble que la colombiana. Hoy, ningún grupo editorial opera en Venezuela, los libros entran casi de matute y en cantidades minúsculas, circulando en una red ínfima de librerías resistentes, mientras Colombia lidera el mercado sudamericano.

Como tantos otros españoles, tengo una relación familiar e íntima con Venezuela. Una parte de mi familia se exilió en Caracas tras la guerra civil y prosperó enormemente. Se convirtieron en la rama rica, los happy few cuyas vidas apenas podíamos imaginar desde nuestros pisitos españoles. Tenían casas en la playa, se iban de compras a Miami, montaban negocios y siempre estaban de buen humor. Mi tía se reía constantemente, y al reírse le brillaban las joyas que llevaba al cuello y en las orejas, como una Castafiore tropical. Eran joyas buenas, nada de la bisutería que gastaba mi madre.

Asistimos desde nuestro lado del charco a la ruina progresiva de aquel país que acogió a tantos exiliados y tantos intelectuales. Ese país donde todo el mundo era culto porque los libros estaban baratísimos y había un sistema de enseñanza universal enorme. Ese país que atraía a los artistas de vanguardia, que diseñaban una Caracas caótica y vibrante donde todo parecía posible. Ese país que impuso una industria televisiva al resto de la comunidad de habla española, que incluso premiaba a los escritores muertos de hambre de otros países invocando a un presidente letraherido llamado Rómulo Gallegos.

Nos parecía inverosímil que todo aquello fuera desapareciendo bajo las zapatillas deportivas de un Tirano Banderas. Peor que la ruina y la represión era la grosería chandalera con la que esta avanzaba. La vida alegre de mi familia fue convirtiéndose poco a poco en una versión caribeña de La busca de Baroja. Nos contaban que cualquier trámite cotidiano era una odisea: conseguir papel higiénico, llenar la nevera, comprar ciertos medicamentos… Todo escaseaba (salvo la gasolina, prácticamente gratuita), cortaban la luz, el dinero no valía nada. Las casas de la playa desaparecieron, el patrimonio de los años buenos se fue borrando de los catastros, y a cuentagotas primero, en desbandada después, mis familiares siguieron la ruta de tantos otros y abandonaron Venezuela.

Descapitalizada, con millones de ciudadanos esparcidos por tantos países (víctimas en muchos del racismo y la xenofobia, y en otros, del cliché del venezolano opulento que oculta a tantos taxistas y currantes inscritos en la regularización española), silenciada por la represión y el fraude electoral, y, al final, paradójica colonia del imperio trumpista tras el secuestro de Maduro, Venezuela ya era una inmensa ruina antes del terremoto. La desolación de La Guaira solo ha constatado lo que los venezolanos sabían: que no queda nada parecido a un Estado, que la policía y el ejército solo sirven para reprimir manifestaciones y que el destino del pueblo no le importa a ninguno de los sátrapas cuya única ideología es la perpetuación del poder petrolero.

Ahora hablarán de reconstrucción. ¿Y qué reconstruirán? ¿El mismo agujero, los mismos vacíos, la misma vaina bolivariana, las mismas vallas de propaganda gubernamental para tapar la miseria y las cárceles? Ni los artistas venezolanos de vanguardia del arte cinético o del informalismo de los años 60, tan audaces, sabrían cómo resolver urbanísticamente esa paradoja. Hay que cavar mucho más hondo: debajo de estos muertos se esconden muchos otros. Sergio del Molino es escritor. Ethic, 30 de junio de 2026.






















ESPECIAL 7 DE HOY. LA DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA EUROPEA DE UNOS ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA TENEBROSOS, POR ANDREA RIZZI. 4 DE JULIO DE 2026

 







Se considera la tierra de los libres, según el célebre pasaje de su himno, pero en el 250 aniversario de su Declaración de Independencia, Estados Unidos se describe mejor como una tierra de crueldad e indecencia. Entre su ciudadanía hay, por supuesto, la misma proporción de nobleza y mezquindad que en cualquier otro lugar del mundo. Pero a veces las sociedades van a la deriva, y en esta el poder proyecta esas dos pulsiones oscuras: piensen en el terror del ICE o en el enriquecimiento desde el poder del presidente y de su entorno. A lo largo de cuarto de milenio de historia EE UU ha acumulado un gran historial de abusos, pero también ha sido una fuerza hegemónica con impulsos admirables, y no solo por su papel en la derrota del nazifascismo. Hoy, no obstante, el nivel de las tinieblas alcanza cotas elevadísimas, y el de las luces, mínimas. El entramado político-tecnológico estadounidense tiene rasgos horripilantes. Y su alcance es desgraciadamente global. ¿Qué relación debería tener Europa con estos EE UU? Nadie sensato a estas alturas duda de que necesitamos superar la dependencia en la cual hemos vivido durante décadas como protectorado militar y asistidos tecnológicos. El problema es: ¿cómo?

La complejidad reside en que seguimos siendo profundamente dependientes de EE UU mientras afrontamos a la vez un desafío brutal y sin escrúpulos desde Rusia, y un reto formidable e inquietante desde China. Si es una ingenuidad letal confiar en los EE UU de Trump, también lo es creer que la China de Xi no desea tenernos divididos y frágiles para que no planteemos una competencia eficaz. Con esta realidad, un corte abrupto con Washington puede tener consecuencias graves. A la Casa Blanca no le falta capacidad de represalias, sea en términos de retirada de protección militar, de corte de acceso a tecnología, de andanadas comerciales.

Hay quienes consideran que el shock de un corte abrupto puede provocar un momento de dificultad, pero que esta es la mejor opción. Concentraría las mentes y contribuiría a superar, finalmente, las lamentables divisiones que nos frenan en el salto de integración. Las amenazas de un mundo de depredadores son grandes, pero en este momento Rusia desde luego no tiene la fuerza de plantear un riesgo militar.

Otros son partidarios de la tesis prudente del avanzar lo más rápido posible hacia la autonomía mientras se mantiene cuanto más tiempo posible viva al menos una parte del lazo transatlántico. Este bando apunta también que, si bien está claro que la relación transatlántica no va a volver a ser lo que fue, Trump pasará, y no sería lo mismo con otra Administración demócrata o incluso con una republicana si, en vez de ser liderada por J. D. Vance o un allegado de Donald Trump, lo fuera por Marco Rubio. Hay mucho sentido en esta tesis, pero su segunda parte nos ha frenado demasiado.

Los extremos maximalistas y el minimalista no sirven. El primero no concita apoyos suficientes; el segundo no garantiza avances suficientes. Hay que andar en un camino intermedio como siempre en las cosas europeas. Este puede ser fructífero, mucho más que los modestos resultados actuales. Modestos, pero no nulos: los europeos hemos reaccionado muy bien a la espantada de Trump en Ucrania o a sus amenazas contra Groenlandia. Pero modestos al cabo. Estamos muy lejos de una verdadera independencia. Y mírese el lamentable naufragio del proyecto de avión de combate FCAS. Un disparo en el pie, como si no fueran suficientes los que nos llegan de Oriente y Occidente.

Ese camino reclama mayor decisión sin llegar al desgarro. Esta columna celebró hace unas semanas el portazo de Países Bajos a una empresa tecnológica estadounidense que buscaba adquirir una empresa involucrada en la gestión de servicios y datos públicos. Cabe comprobar con satisfacción que España ha dado pasos para dar portazo a Palantir, y el primer ministro in pectore del Reino Unido busca hacer lo mismo, después de que Alemania diera ejemplo en ello.

Pero hay que hacer mucho más. En el plano de la defensa hay que dotarse de las capacidades que nos faltan y nos hacen dependientes. Y, más difícil aún, hay que dotarse de las estructuras de mando para un despliegue coordinado de esas capacidades, que es la única manera para que tengan credibilidad disuasoria y, dada la necesidad, eficacia operativa.

La cumbre de la OTAN de la semana que viene será un momento de prueba importante. Los europeos deben asumir una mayor cuota del peso de la defensa convencional del continente. Pero también deben intentar asumir un papel mucho más protagónico en su liderazgo y coordinación, rol tradicionalmente asumido por EE UU. Para ello, es preciso pensar en mecanismos de rediseño del mando de la Alianza que faciliten esa asunción de responsabilidades compartidas por europeos. Rafael Loss, Marta Prochwicz Jazowska y Jana Puglierin del think tank ECFR acaban de publicar un interesante paper con propuestas en ese sentido de rediseño regionalizado del mando.

Este aspecto es esencial para garantizar que los europeos, en caso de necesidad y de no poder contar con el apoyo de EE UU, tengan una estructura operativa común. Pero incluso si se dieran pasos en ese sentido, no puede descartarse que Washington llegue no solo a rechazar involucrarse en la defensa común europea, si no que opte por torpedear todo uso de estructuras comunes en la OTAN. Y es por ello que es sabio proceder a fórmulas de estrechamiento de lazos en paralelo a la Alianza. Esto no va a poder ser en el marco de la UE, que puede desempeñar un valioso papel en el ámbito del apoyo financiero y la coordinación industrial, pero no dispone de las condiciones políticas para asumir una función militar a corto plazo. Lo que se puede y debe hacer es el estrechamiento de lazos minilaterales entre quienes tengan una visión compartida y puedan funcionar como embrión de alternativa.

En el frente tecnológico hay que proceder con el mismo espíritu. No titubear a la hora de regular y fijar impuestos. Construir alternativas propias. Hay quienes promueven la idea de un CERN para la IA, un vehículo para que sumemos fuerzas y podamos estar a la vanguardia del conocimiento esencial de nuestra época. De fondo, naturalmente, está la cuestión de conseguir la fibra competitiva sin la cual no se va a ningún lado.

La tarea es ardua e inmensa. Las trece colonias americanas lo consiguieron en condiciones mucho más complejas. Los Veintisiete europeos y otros socios valiosos como Reino Unido o Noruega también pueden conseguirlo. No hace falta ni conviene ningún enunciado formal. La declaración de independencia europea solo necesita abandonar día tras día los delirios nacionalistas de ciertas formaciones euroescépticas y los pequeños intereses nacionales que nos impiden unir fuerzas lo suficiente. Andrea Rizzi es analista político. El País, 4 de julio de 2026.