Pasado el empacho papal (y antipapal) provocado por la visita de León XIV, me acordé de Gandhi. “Cristo está muy bien”, declaró. “El problema son los cristianos, que no se parecen en nada a Cristo”. También me acordé de Éric Zemmour, líder de ultraderecha francés que aboga por un cristianismo sin Cristo, concebido no como una fe religiosa ni como una doctrina ética, sino como una base cultural, identitaria y excluyente. Pero sobre todo me acordé de mi último viaje a Ginebra.
Fue poco antes de la visita del Papa. Me habían invitado a hablar en la Societé de Lecture, una venerable institución con más de dos siglos de existencia cuya sede se halla en el casco antiguo de la ciudad, en el número 11 de la Grand-Rue; muy cerca, en el número 28, una placa recuerda que allí murió, en 1986, Jorge Luis Borges (en realidad murió en el edificio de enfrente, pero el propietario no permitió que colocaran la placa con el argumento de que el escritor solo había vivido allí la semana previa a su muerte). Antes del evento, un bibliotecario me dio un paseo por la biblioteca, que consta de más de 200.000 volúmenes, y me mostró algunas de sus joyas, entre ellas una primera edición de la célebre Vie de Jésus, de Ernest Renan. Abrí el libro por aquel capítulo que glosa la evidencia de que Cristo fue un revolucionario; había muchos subrayados a lápiz. “Lo que distingue en efecto a Jesús de los agitadores de su tiempo y de todos los tiempos es su perfecto idealismo”, habían subrayado. “Jesús, en ciertos aspectos, es un anarquista, porque no tiene ninguna idea de gobierno civil. Ese gobierno le parece pura y simplemente un abuso”. Enseguida, otro subrayado: Jesús no intenta “sustituir a los ricos y los poderosos. Quiere aniquilar la riqueza y el poder, pero no adueñarse de él”. Junto a este último subrayado había una anotación, garabateada en francés con el mismo lápiz. “Como el socialismo moderno”, rezaba. “¿Sabes quién escribió eso?”, me preguntó el bibliotecario. Antes de que pudiera responder, me alargó una hoja de inscripción en la Societé de Lecture a nombre de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin: la letra era idéntica a la de la anotación. Incrédulo, por un segundo imaginé un encuentro entre Lenin y Borges en la Societé de Lecture, un diálogo o una serie de diálogos entre el aspirante a escritor —que había residido en la ciudad entre 1914 y 1918, y que en 1920 escribiría un poemario donde celebraba la Revolución Rusa: Los himnos rojos— y el maduro bolchevique en el destierro; hasta que comprendí que la cronología volvía inverosímil ese juego: 1908 fue el último año de la estancia de Lenin en Ginebra. Luego pensé que Lenin, perseguido y exiliado en la capital suiza mientras planeaba el retorno a Rusia y el derrocamiento del zar Nicolás II, no pudo no identificarse con el Jesús subversivo de Renan y que, a juzgar por los subrayados y comentarios al libro, había captado muy bien el pensamiento de Cristo, pero, una vez convertido en líder de la Revolución y fundador de la Unión Soviética, no lo había aplicado (no desde luego en lo referido a “no adueñarse” del poder). También pensé que cristianismo y comunismo guardan entre sí semejanzas flagrantes, que a su modo el comunismo quiso ser una suerte de cristianismo ateo, que Cristo puede parecer un tarado o un héroe y su doctrina y su ejecutoria vital pueden o no gustar, pero lo cierto es que Gandhi llevaba razón: nada o casi nada de lo que la historia ha conocido como cristianismo se asemeja al cristianismo de Cristo.
Es más bien un cristianismo sin Cristo, como el que vindica Zemmour. Por supuesto, un cristianismo sin Cristo es como una paella sin arroz, pero esa es la clase de milagros que obramos nosotros (y no solo la ultraderecha): baste recordar que, en 2025, al menos 2.108 personas perdieron la vida o desaparecieron en el Mediterráneo, y que se registraron 1.047 muertes o desapariciones en la ruta del Atlántico que une el oeste de África con las Canarias. Así que León XIV se equivocaba cuando, aludiendo a nuestra política migratoria, proclamó: “No se puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano”. ¡Sí, se puede! (y lo hacen, sobre todo, personas y gobiernos que se tildan de cristianos, añado yo, HArendt). Javier Cercas es escritor y miembro de la Real Academia Española.

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